La pandemia de las querellas

Enviado por Fernando Jáuregui | 06/04/20

Lo anuncia alguien, Margarita Robles, que, por encima de ministra de Defensa, es una experimentada jurista: ahora viene una época de querellas y demandas. Va a ser la hora de los juristas, después de que –esto, claro, no lo dice ya la ministra—el Derecho y los derechos se hayan visto en riesgo de vulneración, si no claramente vulnerados, por un estado de alarma derivado en casi un estado de excepción.

La verdad y, en segundo lugar, el Derecho, son las dos primeras víctimas en una guerra. La tercera, las libertades. Y guerra es, al fin y al cabo, una pandemia que obliga, y permite, a las autoridades el bordear algunas leyes que no contemplan excepcionalidades y faculta a restringir libertades a veces hasta un punto que los ciudadanos podrían considerar excesivo.

La última gran polémica entre los juristas a los que los medios han consultado ha sido ese proyecto de ‘reclusión de portadores’ que alberga el hoy omnipotente Ejecutivo de Pedro Sánchez. ¿Se planea recluir a cuánta gente? ¿Tras realizar qué tests de presuntos infecciosos? ¿Por cuánto tiempo y en qué condiciones? Me parece muy serio lanzar una idea genérica, sin que vaya acompañada de las correspondientes garantías jurídicas y sociales. Eso, claro, suponiendo que un tal proyecto, tan preocupante, pudiera realizarse, cuando ni siquiera somos capaces, nos lo reconocen, de cuantificar exactamente el número de infectados, que acaso sean probablemente cinco, seis o siete veces más que los oficialmente censados. Nadie lo sabe.

Es apenas una de las muchas controversias que restan buena parte de la credibilidad y la seguridad jurídica a un país que, como España, adolece de falta de una legislación adecuada tanto para regular catástrofes como para defender al Estado de tentaciones secesionistas, por ejemplo, como ha quedado patente con el ‘problema catalán’ y los presos golpistas.

Muchas veces he pedido una mayor involucración de las gentes del Derecho en los asuntos políticos de un país regido por ‘políticos puros’, pero no por juristas, contra lo que sí ocurrió en épocas más afortunadas. Ahora nos vamos a encontrar con cientos de miles de demandas y querellas contra el Estado (o contra el Gobierno, o contra determinados ministros), contra algunas instituciones, contra empresas públicas y privadas que, a juicio de los demandantes y querellantes, no han cumplido contractualmente: cuando se paraliza un país, como nos ha ocurrido, habría de tener una infraestructura legal mucho más sólida que la nuestra como para garantizar un perfecto funcionamiento de todas las estructuras, de todos los engranajes.

¿Está el Estado, está el Ejecutivo, está el mundo judicial, preparados para esta avalancha que se viene? La verdad, lo ignoro, aunque sospecho que habrá inmensos retrasos, colapsos y controversias en los Juzgados. Es, junto con la ecopandemia, la infopandemia y la demopandemia, otra de las plagas que sin duda nos vienen una vez que logremos estabilizar las curvas sanitarias. Un Estado de derecho tiene que estar en disposición y con capacidad de acoger las reivindicaciones de los ciudadanos que en estos tiempos hayan podido verse injustamente tratados, desde los que no pudieron viajar y no han recuperado su dinero hasta los familiares de aquellos a los que se negaron respiradores.

La normalización también tendrá que alcanzar a este previsible atasco judicial: muchos juicios están pendientes y muchos más, como digo, nos vienen. Ya sé que acaso existen otras materias de solución quizá más angustiosa en un país en el que seguramente casi dos millones de personas perderán sus trabajos, en un país que tiene pendiente llorar a casi catorce mil muertos. Pero de ninguna manera podrá minimizarse la importancia de las reclamaciones ante los tribunales de quienes se sienten maltratados o estafados por una situación que a todos nos arrolla. La pregunta que cabe hacerse es, insisto, si España está lista para afrontar esta nueva consecuencia de la pandemia. Y me temo que, como nos ha ocurrido en el sector sanitario, en el terreno de la Justicia tampoco del todo.

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El ‘sermón de las más de siete palabras’ de Sánchez

Enviado por Fernando Jáuregui | 05/04/20

La semana política que empieza

Lo que Sánchez no nos dirá el día de Jueves Santo

Fernando Jáuregui

Me gustaría pensar que, cuando Sánchez se enfrente al ‘pleno restringido’ del jueves en el Congreso, no se limitará a pedir meramente una prórroga de quince días para el estado de alarma y, si acaso, a enunciar que se abrirá algo –más bien poco—la mano para permitir que todo el sistema productivo no colapse y que la tensión familiar se relaje con algún paseo. Me gustaría que Sánchez, cuyas ambiciones personales son inmensas, pero cuya ambición como estadista es más bien limitada, aprovechara la ocasión para, de veras, concretar esos pactos de La Moncloa que ya nos ha anunciado en sus larguísimas intervenciones de sobremesa.

Me decía Francisco Fernández Ordóñez, que mucho tuvo que ver en aquellos pactos de 1977, que, en realidad, fueron algo semejante a un Gobierno de concentración. Un acto, suscrito en el Congreso de los Diputados entre Adolfo Suárez y todos los líderes políticos, sindicales y patronales, que evidenciaba que todos, de Felipe González a Carrillo, de Miquel Roca a Juan Ajuriaguerra, de Marcelino Camacho y Nicolás Redondo a Ferrer Salat, incluso con un Fraga reticente a ‘pactar con los comunistas’, se involucraban no solo en la salvación de la maltrecha economía del país, sino también en la regeneración política y en el avance de la democracia. El gran abrazo. Porque, aunque haya gentes interesadas en decir lo contrario, los pactos de La Moncloa no fueron meramente económicos.

Supongo que Sánchez, que sí quiere alentar un acuerdo económico, incluso para sacar adelante unos Presupuestos ‘de guerra’, sí tiene presente que no puede darse este acuerdo económico sin un cierto acuerdo político en torno a una plataforma económica ‘segura’. Y que ni la coyuntura es ahora la misma que la de 1977, ni los políticos, sindicalistas y empresarios son idénticos a aquellos empeñados en sacar a España de la dictadura y de cuanto el franquismo había significado de aislamiento del país. Ni, claro, Sánchez es Suárez, salvo que sea capaz de demostrar lo contrario, que a mí bien que me gustaría, pese a todo, poder darle un voto de tímida confianza.

También supongo que el presidente del Gobierno tiene asimiladas dos cosas muy importantes: una, que los presidentes autonómicos tienen que involucrarse en estos nuevos pactos de La Moncloa (en 1977 la territorialización de España era muy diferente; y fue aquel el año en el que Suárez ‘firmó la paz’ con Tarradellas). Y dos, que esos pactos no se podrán suscribir ni con Vox, que ha declarado la guerra al inquilino de La Moncloa, ni con ‘este’ Podemos, empeñado en una batalla intestina de poder en el Consejo de Ministros. Ya se lo ha dicho Pablo Casado a Sánchez: ¿seguro que firmará Pablo Iglesias unos pactos como los que Carrillo suscribió en 1977? Estúdiense los contenidos de aquello de La Moncloa y se verá que, aunque todo lo supedita a seguir pisando moqueta, Pablo Iglesias tendrá que decir que no, y ojalá me equivocase.

Confío en que no piense el lector me siento una animadversión enfermiza por el líder de Podemos. Personalmente, hasta simpatizo con él y sus circunstancias: últimamente, las ‘fake news’ virales incluso han puesto en mi boca afirmaciones que yo habría hecho en una radio sobre la vida y milagros de Iglesias, pero que jamás he hecho, entre otras cosas porque lo desconozco y más bien tiendo a pensar que es víctima de una campaña de acoso en su contra, utilizando falsedades sobre su trayectoria personal. Jamás, jamás, utilizaría yo tales armas, ni aunque existiesen. Así lo desmentí en esa radio, pero ¿quién oye los desmentidos cuando está empeñado en deformar los mensajes originales?

Pero creo que, desde una óptica puramente política y hasta lógica, Pablo Iglesias, que no alcanza precisamente la talla de Carrillo, ya no tiene sitio en esta coyuntura. Como no lo tienen otros ministros. Como quizá no lo tendría Pedro Sánchez, que ya digo que tampoco es Felipe González, ni Suárez… si no fuese porque Sánchez fue el más votado en las últimas elecciones, y a él le corresponde arreglar este entuerto que no esperaba, aunque seguramente tendrá que hacerlo con otro equipo. Después, ya se verá.

Pero no; Sánchez, en su versión (larga) del ‘sermón de las siete palabras’, no creo que remonte el vuelo este Jueves Santo. Nos hablará de superación de la pandemia sanitaria, pero poco de la infopandemia, de la ecopandemia y nada de la demopandemia, que esa es otra: a ver cómo van a quedar nuestras libertades y nuestra democracia una vez que esas curvas malditas de muertos e infectados comiencen, de verdad, a bajar. Que confiemos en que sea ya esta misma semana de pasión.

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El ‘affaire’ de las mascarillas, como ´sintoma del desmadre

Enviado por Fernando Jáuregui | 04/04/20

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(con la máscara puesta; perdón, la mascarilla)
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Soy escasamente partidario de ejercer la crítica por la crítica, y menos aún de disparar al piloto en pleno vuelo. Pero, a estas alturas, y mirando hacia atrás en la que ha sido la semana más negra de nuestra historia democrática, hay que reconocer que el Gobierno de Pedro Sánchez (y de Pablo iglesias() lo está haciendo mal. Incluso muy mal. Tome usted el ejemplo de las mascarillas, que hasta ayer era calificadas por portavoces gubernamentales como un signo de histeria ciudadana, algo superfluo, y ahora resulta que son de uso imprescindible para el ministro de Sanidad, Salvador Illa, que no sabe por dónde le viene, nos viene, el aire. Pero hay muchos más ejemplos, desgraciadamente.

Yo no sé a usted, pero a mí me resulta imposible, en la localidad en la que resido, encontrar mascarillas en las farmacias. Y estar supeditados a la fabricación casera, pacientes mujeres y hombres confeccionándolas con trozos de tela, suscita la impresión de una vuelta a la autarquía, de que nos estamos instalando definitivamente en una economía de posguerra. Cosa de la que, en un futuro no lejano, volveremos a hablar, lamentablemente: ¿quién nos ha robado el mes de abril?.

O los respiradores tan ilegalmente secuestrados por la autoritaria Turquía, sin que a la aún flamante ministra de Exteriores, que controla su parcela con la misma eficacia que Salvador Illa la suya, se le ocurra otra cosa que decir que es un hecho sin retorno. ¿Dónde, dónde están esos aparatos que aparentemente se están produciendo a toda velocidad en numerosas fábricas españolas, y que tardan tanto en ser homologados por la insufrible burocracia ministerial? ¿Qué se hace en el Ministerio de Comercio, para qué nos sirven ahora los departamentos de Igualdad o de Consumo, para qué tantas vicepresidencias coordinadoras de la nada, a qué los ejércitos de asesores teletrabajando para una Moncloa desierta, como infectada?

Están encantados ellos pensando, y diciendo, que la curva empieza a bajar. Es posible; ojalá. Los últimos datos hablan de más de ochocientos y pico muertos en las últimas veinticuatro horas (menos mal: ya no son novecientos diarios, te dice uno de esos burócratas insensibles que soplan en los oídos de quienes soplan en los oídos del presidente aturullado). Primer país productor de muertos en el mundo entero, sin que a nadie, excepto a alguna Comunidad, a algún Ayuntamiento, se le haya ocurrido rendirles un mínimo homenaje, un poco de luto, ya que ni han podido despedirse de los suyos.

Este es el esquema del Gobierno que tenemos, donde unas teorías económicas ‘realistas’ se enfrentan a otras ‘rupturistas’, en una polémica interna que no puede disimularse, sin que quien encabeza el Consejo de Ministros haya siquiera puesto un mínimo de orden en tanta inseguridad jurídica. Sin que haya exigido a ‘su’ militante, la presidenta del Congreso, que agilice la vida parlamentaria (por favor, no me hable de la separación de poderes, que de eso aquí no hay desde hace tiempo). Sin que haya puesto orden en el poder Judicial, que campa por sus respetos habiendo sobrepasado en año y medio casi su mandato. Ni tampoco en los medios públicos, que nadan como pueden, no siempre bien, en las aguas embravecidas.

Nunca como ahora se necesitó a gritos una urgente remodelación ministerial, la salida de unos y la entrada de otros hasta que, pasada esta crisis y cumplidos los plazos constitucionales, se puedan convocar otras elecciones, allá para finales de este año desgraciado; entonces tal vez podamos ver, por fin, sin trampas, lo que quieren los ciudadanos. Pero hasta entonces faltan nueve meses y eso es una eternidad en las malas manos en las que estamos, unas manos que solo llevan, pásmese, menos de dos meses en el ejercicio del poder. Con mucha cara, mucha máscara y sin mascarillas.

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Gobierno de salvación, ya

Enviado por Fernando Jáuregui | 03/04/20

Desde el Gobierno ya emiten señales en el sentido de que el estado de alarma se prorrogará probablemente durante quince días más, hasta finales de abril. Eso, con suerte y porque no quedará otro remedio, ya que el país está a punto de estallar. Difícilmente se podrá alargar por más tiempo el confinamiento de cuarenta y siete millones de españoles, que ven con desesperación cómo sus mayores se mueren a chorros, cómo sus ahorros se esfuman y cómo sus trabajos se evaporan. No sé si para mayo habremos vencido al virus –todos los expertos te dicen que no–, pero lo que es seguro es que la economía nos habrá vencido a nosotros, en una crisis que es infinitamente peor que la de 2008 y a la que solamente cabe buscarle parangón en el ‘crack’ de 1929, de la misma manera que esta pandemia solo puede compararse a la de la ‘gripe española’ de 1918, que costó millones de muertes.

En mayo tendremos al menos un par de decenas de fallecidos sobre la mesa, unas cifras de paro correspondientes a abril que poco o nada, porque serán mucho peores, tendrán que ver con las de este mes de marzo y que nos pondrán los pelos como escarpias. Y tendremos una moral nacional por los suelos, de ciudadanos que no saldrán a protestar a las calles por el simple hecho de que estarán confinados en sus casas, bajo severas restricciones que, de una u otra forma, el Gobierno se tendrá que ver obligado a ir levantando poco a poco. Como en Francia, Alemania, Gran Bretaña o incluso Italia.

En mayo se habrán ensayado unos pactos de La Moncloa que en nada se parecerán a aquellos de 1977 puestos en pie por Adolfo Suárez –cuánto se les echa de menos a él y a otros líderes políticos que culminaron el hoy hecho añicos ‘espíritu del 78’–. Esos pactos, que llegan tarde y mal, no servirán de gran cosa, porque no habrá tejido productivo con el que negociar (a ver quién levanta el turismo, primera empresa nacional) y porque carecerán del componente político que sí tuvieron aquellos acuerdos bajo el paraguas ‘suarista’. También, desde luego, porque no estarán insuflados de la imaginación, del patriotismo y del espíritu de sacrificio que impregnaron aquella Transición.

Quiero decir que, si algo muy probablemente permanecerá intacto en mayo, que es un mes para el que falta una eternidad de sufrimientos, es la composición de este Gobierno, en el que Sánchez debería, en mi opinión, haber introducido ya cambios profundísimos, gustasen o no a sus socios de Unidas Podemos y a sus ‘apoyos’ de Esquerra Republicana de Catalunya. El presidente sabe, me parece, que ningún acto parlamentario puede derrocarle –tampoco hay propiamente dicho Parlamento, que ya se ha encargado la señora Batet de congelarlo, así que…– y que no pueden celebrarse elecciones, por mandato constitucional, antes del mes de noviembre.

Por eso mismo, Sánchez podría, debería, según el criterio de muchos, aprovechar para poner en marcha una operación política de enorme calado, apoyarse en la oposición y convocar ese gobierno de concentración que sustituya a la actual fórmula de gobernación, esta coalición prendida con alfileres tan inoperante por muchas razones, entre ellas la escasa sintonía del equipo a la hora de mirar en una misma dirección. No podemos seguir anclados en el falso dilema entre ‘socialización de la economía’ versus ‘soluciones técnicas’ para arreglarla, es decir, no podemos empantanarnos en la polémica soterrada entre Nadia Calviño, que sabe de qué va la cosa, y un vicepresidente que no, pero que juega bazas meramente ideológicas.

Sé que, como ha dicho el presidente del Círculo de Empresarios, John de Zulueta, esto de un Gobierno de concentración, o de salvación, es una entelequia. Y eso es lo malo: que sea un portavoz empresarial quien se atreva, casi en solitario, a proponer una salida política diferente a la actual, y que su voz no sea secundada desde otras instancias, sindicales, políticas, mediáticas y ciudadanas. Pero esta ‘entelequia’ en mayo, cuando estemos llegando, exhaustos, a un levantamiento parcial de nuestra reclusión, será, ya lo verá usted, un clamor. ¿Seguirá Sánchez, el único que tiene ahora el poder para arreglar algunas cañerías, seguirán algunos en la oposición, sordos ante el vocerío ciudadano, hoy por fuerza limitado solamente a los balcones?

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Qué mal día…

Enviado por Fernando Jáuregui | 02/04/20

Creo, permítame hablar hoy en primera persona, que jamás he escrito un comentario más triste, más apesadumbrado, más atemorizado, que hoy. Que este. Me llega, y me golpea de manera terrible, la cifra de que España ya tiene diez mil tres (10.003, me abruma) muertos por el coronavirus –algunos más cuando usted lea esto–, casi la cuarta parte del total mundial; ciento diez mil contagiados, más del diez por ciento del resto del mundo. A este ritmo, este país se quedará sin los que primero, más, están cayendo: sin sus mayores, sin esa gente que fue la que hizo crecer la nación, esa generación ‘del juancarlismo’ desaparecido que, con sus impuestos y su trabajo, financió esos hospitales donde ahora rechazan intubarlos, esa sanidad que considerábamos modélica y que los profesionales del sector se empeñan en que, pese a todo, siga siéndolo.
Cada muerto es una tragedia, personal y familiar: mueren solos, casi sin poder velarlos, con las funerarias que no dan más de sí. Ya no podemos ni expresar nuestro dolor por los que perdemos. Y nos dicen que es de mal gusto publicar fotografías de ataúdes. Quien fuera presidente de Extremadura, José Antonio Monago, acusa al Ejecutivo, sin pruebas, de que está falseando el número de muertes. No lo sé, no lo creo. Sobrepasar los diez mil en el tiempo récord de menos de un mes ya es, desde luego, suficiente horror; no hay que hacer política con los muertos.
El país estalla por todas sus costuras y, para completar el mazazo, nos avisan, al margen de las cifras de paro oficiales, de que, en realidad, un millón de españoles pueden haber perdido ya la normalidad de sus empleos, también en el último mes, que no ha sido sino el prólogo de un abril al que todos miramos con enorme aprensión.
Reclamo un comportamiento distinto de nuestros responsables públicos. Los muertos no pueden ser tratados como parte de una curva estadística. Lo mismo digo de los parados. Vivimos en la náusea de las cifras globales, que nos hacen olvidar que tras ellas hay tragedias individuales. Demasiadas tragedias individuales. Quiero escuchar autocríticas porque se dificultó la llegada de materiales de protección sanitaria, porque se colocó al frente de un Ministerio clave a una persona -muy bien intencionada, lo sé- que carecía de la menor formación o idea en este campo, porque las carteras ministeriales se repartieron atendiendo a equilibrios de poder, y no a criterios de eficacia. Porque, acaso, el ciudadano es lo último en lo que se piensa.
Pero, en fin, este no es el meollo de la cuestión ahora, ni cabe achacar todas las culpas al ‘piove, porco Governo’. Aunque el Gobierno, claro, que es el que tenemos, tenga mucho que decir, y no dice, y que hacer, y no hace.
Estamos encerrados en nuestras casas y la única protesta ‘callejera’ que cabe es la de los balcones, que sirven lo mismo para un roto de caceroladas que para un descosido de aplausos a las ocho de la tarde. Las responsables del Parlamento (de ambas Cámaras) han optado más bien por el ‘perfil bajo’ del Legislativo; el responsable del poder judicial no sé dónde se ha metido -lleva ya año y medio sobrepasando su mandato legal-; los medios públicos no pueden, o no quieren, renovar sus direcciones y los privados se angustian, como tantos otros sectores, ante la enorme falta de recursos que nos viene. Y ese marasmo lo controla -es un decir- el gran solitario de La Moncloa, que no sé a qué diablos espera para cambiar radicalmente su política de aislamiento, de silencios, de plasma. Para cambiar de ideas y de equipo. ¿Aguardaremos –no será mucho tiempo, ay– a que el titular de este comentario sea, en lugar de 10.003, algo así como 20.003?

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¿Llegará Sánchez al final del camino?

Enviado por Fernando Jáuregui | 01/04/20


(Se puede, y debe, resistir. Hasta que la resistencia es perjudicial para uno y para todos los demás)
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Mis maestros en periodismo trataron de enseñarme que una crónica o un artículo no deben titularse con un interrogante, salvo que forme parte de la esencia del comentario que se escribe. Y preguntarse cuánto tiempo aguantará así, a este ritmo y rodeado de enemigos con piel de amigos, Pedro Sánchez es más aseveración que interrogación: quién sabe si el presidente del Gobierno más atípico en la Historia de la democracia española, el hombre que logró formar un Ejecutivo prendido con alfileres y con extraños compañeros de cama, podrá resistir –y eso que resistir, dice, es lo suyo—mucho más sin hacer cambios profundos. Puede que logre llegar y descender, con un precio altísimo, del ‘pico’ de la crisis sanitaria. Pero difícilmente aguantará, tal y como va, las ‘pandemias’ económica y democrática que llegarán a continuación.

Cierto que, cuando Sánchez, con el solo objetivo de resultar investido y poder formar Gobierno, se alió con quien se alió, durmiendo con su enemigo, no podía ni siquiera imaginar que iba a estallarle en las manos la mayor catástrofe que haya vivido España desde la guerra civil. El equipo, bisoño y mal conjuntado, que logró apañar, con dos almas y muy diferentes latidos en cada uno de los corazones, desde luego no estaba preparado para hacer frente a esto: no tiene este Gobierno más que dos meses y medio de vida –ni siquiera los cien días famosos—y ya se aprecian disfunciones, rencillas, carreras por el protagonismo y planes muy diferentes sobre cómo cimentar la ‘nueva’ economía que va a surgir del enorme terremoto: con o contra los fondos de inversión, para simplificar. Nadia Calviño por un lado y Pablo Iglesias, por otro. El avance prudente frente a la revolución, para seguir simplificando, quizá demasiado.

Pedro Sánchez, en quien ya se aprecian algunos rictus de nerviosismo y ojeras de aquel insomnio al que él mismo, atendiendo a sus propias declaraciones, se condenó, es un hombre acorralado: por su propio vicepresidente –por mucho que se disfrace de amigo leal y capaz–, por las circunstancias terribles, demasiado terribles para un solo hombre, y por el propio coronavirus, que se ceba en la mismísima familia presidencial y en sus colaboradores. La Moncloa es hoy, y no lo digo de manera parabólica, un foco de contagio. Milagroso que el propio presidente, que debería, como el resto del Consejo de Ministros, estar en cuarentena, no haya quedado infectado, y quiera Dios que así siga porque, malo o bueno, es el único timonel en esta nave.

Pero no puede seguir actuando de manera unipersonal, casi, decía yo en días pasado, de forma autocrática. Sin controles parlamentarios ni, en la práctica, mediáticos. Sin fiarse de la oposición –al menos, de la leal oposición, porque desde algún otro sector no se conciben sino ideas peregrinas–, sin convocar algo parecido a unos pactos de La Moncloa, sin consultar sus súbitos decretos, que generan un clima de inseguridad jurídica.

Me parece que él, que es persona intuitiva y con fino instinto político, sospecha que la situación se le está yendo de las manos y que pagará, presumiblemente, un alto precio político por esto. Lo pagaría aunque lo hiciese bien, porque la ciudadanía tiende a buscar culpables públicos de sus sufrimientos privados. Algunos llevan tiempo diciendo que no le queda otro remedio que prescindir de sus pesadillas, fortalecer su Gobierno con gentes que sepan luchar contra este inmenso dragón con forma de virus, elaborando un esquema presupuestario ‘de guerra’ y consensuándolo con la oposición, en una especie de nuevos pactos de La Moncloa, olvidando al tiempo a sus ‘aliados’ independentistas, que ya se ve que aprovechan la menor ocasión para hacerlo todo aún más difícil.

No sé si, angustiado –lógico—por las cifras diarias de muertos, será capaz, al tiempo que intenta tapar la sangría, de poner en marcha toda una operación política de calado y de futuro. De momento, en sus comparecencias parece un portavoz de la batalla, no un estadista pensando en el mañana, Y el mañana va a ser, tiene que ser, muy diferente. Ya lo dijo el inteligente comisario de Mercado Interior de la UE, Thierry Breton: “tras esta crisis, se escribirá un nuevo mundo con otras reglas”. Y esas reglas hay que ir, también aquí, o principalmente aquí, ya redactándolas. Y, si Sánchez no es capaz, tendrá que ser otro quien lo haga. Y más pronto que tarde.

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El autócrata

Enviado por Fernando Jáuregui | 31/03/20

Permítaseme recordar que la definición oficial de una autocracia se basa en “un sistema de poderío y supremacía de un solo individuo frente al grupo al que él gobierna; en este sistema, el individuo en cuestión –el autócrata—tiene la potestad absoluta de regular leyes y reglamentos a conveniencia, y sus seguidores atienden a sus órdenes con ciego fanatismo”. Las catástrofes, las guerras (y, claro, las pandemias) tienden a facilitar un clima de autocracia, al desaparecer o debilitarse controles como los poderes legislativo y judicial, y al caer los medios de comunicación críticos, el cuarto poder, en una cierta atonía derivada de sus estrecheces económicas y de su falta de posibilidades, facilidades y recursos para atender a todos los frentes noticiosos.

Tras la pandemia sanitaria vendrá la pandemia económica, que supondrá angustias ciertas para un gran sector de la población. Y temo que se acompañará de una cierta ‘pandemia democrática’, que intentará restringir, dirán que por nuestro bien, de manera prolongada las libertades que hoy nos aseguran que son necesaria y coyunturalmente coartadas para atajar el mal. El autócrata se erige como el salvador: gracias a él, a su gestión –que procura que quede claro que es unipersonal: él y su círculo de confianza–, se salvará el colectivo ciudadano de la hecatombe. El autócrata se consume, y hasta muestra ojeras visibles, por el bien del grupo, de su pueblo: todo para el pueblo, pero sin el pueblo.

Y, así, nos encontramos al húngaro Orban reclamando plenos poderes ya que no hay Parlamento. El ruso Putin se instala en una ‘tecnología autoritaria’ –no es el único: nuestro móvil es nuestro principal vigilante– para controlar a quienes considera indudablemente sus súbditos, mientras intenta garantizarse ‘legalmente’ su pervivencia en el poder durante muchos años. Las encuestas dicen que, ahora, la popularidad de Trump –autócrata en una democracia, por más contradictorio que parezca—aumenta en detrimento de la de su principal rival demócrata, Biden.

Increíble, pero ya digo: suele ser el propio ciudadano-elector quien, ante la catástrofe, selecciona a su propio autócrata. Todo ello, mientras otros gobiernos ensayan sus particulares vías de comunicación, o de incomunicación, con su propia ciudadanía: el griego Mitsotakis propone, para establecer canales de simpatía con sus gentes, que el Gobierno se rebaje a la mitad sus sueldos.

No sé en qué grado de autocracia o de simpatía situar el caso español, la verdad. A nadie por estos pagos osaré llamar autócrata, desde luego. Pero lo cierto es que nunca, jamás, un gobernante ha tenido tales dosis de poder en nuestro país desde el fin del franquismo. Cuando el propio Luis de Guindos, que hoy es nuestro economista más universal, nos habla de la llegada de una “recesión profundísima” que está ahí, a la vuelta de la esquina, o especialistas como Daniel Lacalle, próximo al Partido Popular, se atreven a pronosticar un paro del 35 por ciento, se entienden mal los decretos súbitos que cambian de golpe el rumbo de la economía. Así, sin apenas hablarlo con nadie, causando un auténtico ‘shock’ en círculos empresariales y laborales.

¿Pueden, deben, hacerse las cosas de este modo, alegando una situación de alarma, sin consultar, ya sea en el ámbito sanitario, restringiendo la acción de las autonomías, o en el económico?

Menos aún se entienden los silencios ante la oposición, la ausencia de control parlamentario y periodístico. El monólogo televisivo. El aprovechar la situación de angustia colectiva para ‘colar’ por la puerta de atrás determinadas disposiciones que nada tienen que ver con la pandemia, como consolidar al vicepresidente Pablo Iglesias en la comisión de control de los servicios secretos. No hablemos, en fin, de autocracia, si usted y yo no queremos llegar tan lejos; no nos dejemos llevar, a la hora de los gritos y lamentos, por la angustia de tantas muertes que cada día enlutan nuestro corazón y radicalizan nuestras opiniones.

Pero sí tengo que hablar de límites cada día más rigurosos que van cercando, enflaqueciendo, a nuestras democracias. Y eso sí que nos va a costar remontarlo más aún que a los ‘picos’ de este coronavirus maldito.

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El cierre total, ¿es necesario?

Enviado por Fernando Jáuregui | 29/03/20

Puede que esta semana que comienza lleguemos, de verdad, al ‘pico’ de contagios y muertes y empiece el lento descenso. Puede. Paralizar casi por completo un país es una medida que refleja el fracaso de otras políticas menos agresivas, y es algo que necesariamente tiene que dar resultado. Porque ya no queda otra salida. España se encamina esta semana de confinamiento casi absoluto hacia los siete mil muertos por la pandemia (el veinte por ciento del total mundial), los cuatro millones y medio de parados nuevos, los dos mil detenidos por incumplir las normas restrictivas. Los hospitales están colapsados, sobre todo en Madrid, el Wuhan español, los sanitarios al borde del agotamiento y del contagio masivo. Las acusaciones de que el Gobierno no ha funcionado bien proliferan, lógicamente: hay que buscar culpables, lo sean o no, para socializar el sufrimiento.

Así no podemos continuar muchos días. España, hay que recordarlo, no es China. La ‘policía de los balcones’, que insulta desde ellos a cualquier transeúnte sin conocer las circunstancias que le obligan a estar en la calle, tiene que cesar, lo mismo que algunos excesos, aislados, que salpican el magnífico comportamiento de las fuerzas del orden: no puede ser que los ciudadanos se sientan en momento alguno en un estado policial. Cada día que Sánchez aparece en nuestro televisores muestra un aspecto más alarmante, lo que es exactamente lo contrario a tranquilizador. Como ya no tranquiliza la explicación cotidiana de las ‘curvas’ de Fernando Simón. Hay que ensayar otra cosa, otros mensajes.

La primera conclusión es que el fallo principal quizá haya residido en la centralización excesiva a la hora de afrontar la crisis. Se restringió la iniciativa de las autonomías. El lehendakari Urkullu, a quien nadie podría acusar de ser un político irresponsable, pidió, molesto con el Gobierno central por el brusco anuncio de la paralización total en toda España, que cada autonomía decida qué actividades se paran. Y Núñez Feijoo, que es otro gran activo en nuestra política, decidido saltarse restricciones emanadas del Ministerio de Sanidad a la hora del reparto de mascarillas, otra de las catástrofes de estos días. Torra no: Torra ha dado una muestra más de su oportunismo al felicitarse en público, desde su confinamiento, porque el ‘Estado’ se ha visto obligado, gracias a él, a decretar el confinamiento total: menudo falsario, con perdón. ¿Es con ese señor con quien queríamos hacer una mesa de negociación en la que nos jugábamos el futuro del país?

Sé que la idea puede ser discutible, pero, a mi parecer, ocurre que probablemente no debió generalizarse el cierre casi total. Hay autonomías mucho menos afectadas por la pandemia que podrían, manteniéndose desde luego severas medidas cautelares, cooperar más a la productividad del país. Creo que así lo piensa la patronal y, en privado, algunos líderes sindicales en no pocas autonomías.

Lo fácil –entiéndaseme: toda decisión es ahora difícil– es lanzar un ‘diktat’ obligatorio para todos. Pero no habremos enfocado bien el Estado de las Autonomías hasta que no comprendamos de una vez que suponen diecisiete realidades distintas, con distintas posibilidades, diferentes necesidades y aspiraciones variadas. Y que la coordinación territorial es algo más que un ordeno y mando ‘urbi et orbi’. Ay del Gobierno –que insisto: está pidiendo a gritos una remodelación ministerial—si el ‘pico’ no empieza ya a bajar de una manera inequívoca. Ay de nosotros.

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Remodelación ministerial, ya

Enviado por Fernando Jáuregui | 28/03/20

Han pasado dos meses y medio escasos desde que Pedro Sánchez formó el primer Gobierno de coalición que España ha tenido en ochenta años. Todos pensábamos entonces en una situación de relativa normalidad, en una ruptura escalonada hacia moldes de ‘progresismo’ que permitiese, quizá, salir de la crisis política que se vivía desde hacía cinco años. Pero llegó la pandemia, la catástrofe total y hoy sería difícil sostener que este equipo ministerial no está sumido en el desconcierto, que se hace patente en su voluntad de endurecer aún más las restricciones que otros países suavizan y en una demencial política de comunicación que genera creciente desconfianza en el ciudadano. Sé que esto que aquí me veo profesionalmente obligado a proclamar segura y lamentablemente no ocurrirá, pero he de decirlo: Pedro Sánchez tendrá (tendría) que hacer una crisis de Gobierno a corto plazo. Por su bien y, sobre todo, por el bien del país.

Comenzando por el reparto de las vicepresidencias, que era más bien un equilibrio de poderes que otra cosa: carece de sentido que Carmen Calvo coordine, desde la cuarentena domiciliaria –en realidad, todos los miembros del Ejecutivo deberían estar en cuarentena—, las tareas de los subsecretarios, en abierta pugna con otros miembros del Consejo de Ministros. En especial, con la ministra de Igualdad, Irene Montero, que ha mostrado patentemente su falta de idoneidad para estar en el Gobierno del Reino de España, confiemos en que aún la novena potencia económica del mundo. Carece de sentido ahora, por otro lado, mantener un Ministerio de Igualdad y no tener departamentos de Familia y contra la Exclusión, por ejemplo.

De la misma manera, pienso que resulta por completo innecesario un Ministerio de Consumo (y del juego, Dios mío): la inactividad, seguramente forzosa, de Alberto Garzón resulta clamorosa, y ahora nos dicen que se dará de baja temporal por paternidad. Pues eso.

Ignoro los méritos de la señora González Laya para encabezar un Ministerio de Exteriores que tiene que hacer frente a la pérdida de imagen de España, a la que desde diversos potentes medios extranjeros (The Guardian, New York Times, CNN) se acusa frontalmente de gestionar mal la pandemia. Por otro lado, no puede recaer sobre los exclusivos hombros del presidente del Gobierno la tarea de pelear en el seno de la UE por vencer los egoísmos proteccionistas de alemanes y, sobre todo, de holandeses (‘el holandés errado’, llaman al primer ministro Rutte en el Palacio de Santa Cruz). La UE se ha convertido en el club de los desastres, y sería preciso, para afrontarlo, un específico Ministerio para Europa, gerenciado por alguno de los grandes especialistas en la materia que existen en el Ministerio de Asuntos Exteriores.

Y está, claro, en el corazón de todo, el Ministerio de Sanidad. Sería absurdo culpar a su titular, don Salvador Illa, del principio de caos que se adivina en hospitales y centros de salud. Illa heredó, al recibir la cartera ministerial, una vieja tradición según la cual este Departamento era una ‘maría’, un premio de consolación a quien no se podía dar un Ministerio más importante. Su mérito era ser dirigente socialista catalán, no, obviamente, tener un mínimo conocimiento de la materia que tendría que gerenciar. Me parece urgente situar a un técnico, que refuerce la confianza ciudadana, en ese Ministerio: los hay, y muy buenos, procedentes de, por ejemplo, la época de Trinidad Jiménez al frente de ese Departamento.

Por lo mismo habría que modificar la manera de comunicar del Gobierno en la materia específica de esta crisis. Que no digo yo que Fernando Simón lo haya hecho mal, o que el secretario de Estado de Comunicación esté equivocado en todo. Digo solamente que, un mes después, el método ya está abrasado, lamentablemente.

Este debe ser un Gabinete de Crisis, enfocado a combatir la hecatombe actual en todos sus aspectos –económico, social, de seguridad–, además del sanitario. Los viejos esquemas de toma del poder y de asalto a los cielos, de pactos ‘contra natura’ para aprobar unos Presupuestos que ya para nada sirven, de equilibrios en un Parlamento que está congelado, de pactos imposibles con independentistas, se han quedado eso: viejos. Ya no es un Gobierno para durar una Legislatura, o media. Hay que hacer un equipo de emergencia, independientemente de colores, que mantenga su eficacia y su prestigio hasta mayo. Y después, ya veremos qué nos depara el futuro. Pero, de momento, este presente es ya inaceptable, bien que siento obligarme a decirlo.

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Corbata roja, corbata negra

Enviado por Fernando Jáuregui | 26/03/20

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(sí, España está de luto. No es para corbatas rojas)
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Puede que a usted –estará en su perfecto derecho—lo que le voy a contar le parezca un detalle menor, una insignificancia, una puñetería propia de periodista que ya no sabe, ante la magnitud de la tragedia, qué contar. Pero no lo es, creo. España es un país que está sufriendo lo indecible, que ve a sus mayores muriendo a centenares cada día; que tiene que contemplar fotografías de pacientes atestando, tirados por el suelo, las salas de urgencia de los hospitales madrileños (y no solo); que ha tenido que transformar el palacio de hielo, lugar lúdico por excelencia, en una enorme morgue colectiva. Los espectáculos empiezan a ser dantescos, casi de peste en la edad Media. Dígame usted si no es una situación luctuosa: segundo país en número de muertos, casi el doce por ciento del total de fallecimientos en el resto del planeta.

Claro que no es una cuestión solamente de corbatas, no me tome usted por frívolo. Lo que ocurre es que el periodismo a veces se hace partiendo de lo insignificante para mostrar lo sintomático. Y ya nos decían, creo que era Pompidou, que la corbata, o la falta de ella, es un síntoma inequívoco de tus planteamientos ante la vida. Quizá quede ya algo anticuado todo eso. Pero es el caso que, en el último pleno del Congreso, el que acabó ya en la madrugada de este jueves, día en el que el número de fallecidos superó ampliamente los setecientos, ví a Pablo Casado con corbata negra y traje oscuro (creo que Abascal también, pero la realización de la televisión del Congreso no era, lo lamento, demasiado buena). El presidente del Gobierno llevaba corbata de tonos rojizos.

No quisiera que se me interpretase en clave de demagogia: estoy seguro de que Sánchez, y todo el Ejecutivo, llevan el luto, y una inmensa pesadumbre, en el corazón. Son ellos los que más expuestos están, por muchas razones, en esta pandemia, aunque algunos quieran acusarles hasta de tener más facilidades que otros para hacerse las pruebas del coronavirus que a la mayoría tanto les cuesta que les hagan. Entiendo que la salud de nuestros representantes, los que, para bien o para mal, tienen que gestionar esta crisis total, es verdaderamente esencial ahora; de hecho, no cabe sino preocuparse ante la constatación de que, en puridad, todo el Gobierno debería ahora estar en cuarentena. Pero en fin… Lo que ocurre es que, cuando con toda la razón, se reclaman banderas a media asta y homenajes a estos muertos nuestros (y tan nuestros), llevar una corbata rojiza ante millones de telespectadores evidencia, más que una falta de sensibilidad, un descuido, que se tiene la cabeza en otra cosa.

Y conste, repito, que lo entiendo. Es mucha la losa que pesa sobre un Ejecutivo que muestra su bisoñez, y también su buena voluntad, a cada paso. Dicen algunos medios extranjeros, estoy leyendo ahora ‘The Guardian’, que esto se les ha ido de las manos. No sé si es el momento de recibir lecciones de un país que no está siendo precisamente modélico en cuanto a su gestión de la pandemia, pero no menos cierto es que, por lo que vemos cada día, hay aquí inquietantes destellos que se semejan bastante a un caos. Estamos superados. Y eso no es ya una cuestión de corbatas, o puede que también.

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