Los periodistas queremos algo más que el artículo 20

Enviado por Fernando Jáuregui | 24/01/23

Coincidiendo con la fiesta del patrón de los periodistas, San Francisco de Sales, la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación quiso unirse a la efeméride celebrando un acto sobre ‘Verdad y Constitución’ en el que intervinimos el vicepresidente de la sección del Derecho a la Información, el magistrado Antonio García Paredes, el periodista Juan Fernández Miranda y yo mismo, como uno de los galardonados en esta jornada por la Asociación de la Prensa de Madrid con la insignia tras cincuenta años de ‘militancia’ en esta organización. Decidí hablar sobre un tema que desde hace tiempo me ocupa: “los periodistas queremos algo más que el artículo 20 de la Constitución”, era el título de mi conferencia. Lo queremos y lo necesitamos; por eso traigo hoy el tema a estas páginas.

Y es que, en estos tiempos convulsos, en los que la información está siendo manipulada hasta el punto de que la mitad de las noticias que nos llegan son, de alguna manera, ‘fake news’, el artículo 20, que es el que nuestra ley de leyes dedica al derecho a la libertad de expresión, precisa de una legislación más específica que lo complemente y desarrolle. No basta con leyes de transparencia ni con las que defienden el secreto profesional o el acceso igualitario a las fuentes de información. Nada de eso se está cumpliendo lo bastante, como se demuestra en muchos recientes acontecimientos políticos, en los que se ha detectado una tendencia a la apropiación, desde el Ejecutivo, de parcelas institucionales: ni en el Parlamento, ni en los medios, ni en el seno de la sociedad civil se han debatido lo suficiente los pasos que se han dado. Porque desde ese mismo Ejecutivo -y no ha sido el actual el primero en hacerlo, ni estas cosas ocurren solamente en España- se ha procurado hurtar ese debate, prefiriendo las maniobras orquestales en la oscuridad a la luz y los taquígrafos.

Por eso creo que el artículo 20 debería haber incorporado algún tipo de advertencia a los poderes, en el sentido de que una parte sustancial de la libertad de expresión es el acceso sin discriminaciones, abierto y pleno, a la información de lo que hacen los gobiernos. La participación de los ciudadanos en la tarea de la gobernación es una de las claves de una democracia sana. Y de ahí la importancia de esa lucha por una mucho más completa libertad de expresión que llevamos a cabo tantos profesionales, conscientes de que nuestra misión es controlar al poder, no ser sus cómplices a la hora de la opacidad. Y esto, opiné, es particularmente necesario cuando hemos entrado, de hecho, en una campaña electoral trascendental, donde la verdad, la información abierta y no sectaria, se convierte en un bien especialmente escaso: el artículo 20 habría de ser desarrollado también en este punto, con una regulación incluso de los debates electorales que evite el caos actualmente existente.

¿Cuánto más tardaremos en elaborar una ley específica que desarrolle por completo, en nombre de la libertad de expresión y todo cuanto ella implica, este derecho enunciado en el artículo 20, al que hay que amar y respetar, pero que no llega a comprender los enormes cambios que se han registrado en el mundo de la comunicación no desde 1978, sino incluso en los últimos cuatro años?. Pero esto, planteado en unos momentos en los que nos asomamos a un cambio vertiginoso, ¿a quién le interesa? Parece a veces que lo esencial es la protesta porque a la presidenta de la Comunidad de Madrid la hayan declarado ‘alumni ilustre’ de la Facultad de Ciencias de la Información. Lo anecdótico sigue primando abusivamente sobre lo esencial. Y esa es otra.

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Que Feijoo y Sánchez mediten tras lo que hemos visto

Enviado por Fernando Jáuregui | 22/01/23


Una de las consecuencias de toda manifestación callejera, como las del jueves en Barcelona y la del sábado en Madrid, es que los rivales de quienes alientan esa manifestación pueden comprobar la fuerza real de los que convocan a la gente a protestar en las calles. Creo que Pedro Sánchez y Alberto Núñez Feijoo, ajenos ambos a las convocatorias que cito, han de sacar las consecuencias oportunas y ajustar sus tácticas y sus estrategias a lo que hemos visto y escuchado en esas concentraciones. Y una de las acciones a adoptar por ambos habría de ser una reestructuración de sus equipos. Una crisis de Gobierno, que se avecina, por el lado de Sánchez, y una toma de posición definitiva del PP respecto de Vox, por el lado de Feijoo.

Por supuesto que para nada hago, como sí hizo Sánchez en un claro exceso, una comparación entre lo ocurrido en las calles de Barcelona el jueves y lo que sucedió en Madrid este sábado. Son dos proyectos políticos sideralmente separados, como es obvio. Lo que ocurre es que en ambos casos se trataba de una protesta globalizada, una sanción general contra un Gobierno que trata de ejercer una acción balsámica en Cataluña –ya se ve que el bálsamo es insuficiente, a juicio del independentismo radical, que por cierto no congregó precisamente a grandes multitudes—. Y un clamor extremado contra un Ejecutivo que conduce por la izquierda y desde la falta de transparencia, que era la denuncia, ideologizada, de los congregados en Cibeles a la sombra de Vox.

El destinatario de las protestas era, en ambos casos, un Pedro Sánchez incapaz de autocrítica y que sigue esperando grandes réditos de su política ‘apaciguadora’ en Cataluña, a base de volantazos que, como en el caso de la reforma de la malversación, le costarán caros en el resto de España. Pero yo también diría que el otro gran actor de la política española, Feijoo, situado en el balcón del espectador mientras la derecha-derecha, esa que le acusa de ‘blando’, se congregaba en La Cibeles, debería anotar ambas congregaciones en su cuaderno de propósitos para el año nuevo, que es electoral: si Sánchez tiene que ordenar su Ejecutivo para ganar coherentemente esas elecciones, sin ministras que llamen “capitalistas despiadados” a empresarios destacados, Feijoo tiene que arreglar cuentas con ese Vox que saca a miles de personas a las calles armadas de indignación y de banderas españolas.

Creo que se juegan, nos jugamos, mucho más que la victoria de unos u otros en las urnas. Es la construcción de un Estado lo que está en juego. Las relaciones de Cataluña con el resto de España siguen siendo una pieza difícil de encajar –ministro hay también que aboga con claridad por un referéndum de autodeterminación—y la configuración partidaria de un país que hasta hace poco era bipartidista sigue siendo, se mire como se mire, una asignatura pendiente. Sánchez ha abierto demasiados cajones a la vez y no sabe cómo cerrar muchos de ellos: ahora le toca, aprovechando que dos ministras son candidatas, terminar la obra de un Gobierno coherente.

Y Feijoo tiene pendientes de abrir otros varios cajones: encontrar gente de relieve para sus listas electorales –ya está contactando con personas relevantes– y clarificar de una vez hasta dónde está dispuesto a llegar con o sin Vox, para lo cual dependerá bastante lo que haga, no haga y grite o susurre el partido de Abascal, que supo, es cierto, imprimir una cierta moderación a ‘su’ manifestación de este sábado. Y que ninguno de los dos confíe demasiado en las encuestas que corren como liebres: todo está demasiado abierto como para que sean suficientemente fiables. Todo es reversible, todo puede encauzarse. Y también desmadrarse. Ellos tienen que elegir.

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¿Es posible el ‘giro a la dereha’?

Enviado por Fernando Jáuregui | 18/01/23

La imagen apacible de Pedro Sánchez con los responsable de varias de las principales entidades del Ibex en Davos puede resultar significativa de un hecho que cada día me parece más evidente: está acabando el ‘acelerón por la izquierda’, tan patente en los tres años de gobierno de coalición. Lo que no necesariamente quiere decir que haya llegado el turno a la derecha, ya se ve –miremos a Castilla y León, pero también a Madrid o a Barcelona—que aún envuelta en la gran polémica que determinó la caída de Pablo Casado: ¿sí o no a la acción con Vox para una futura gobernación? ¿sí o no al frentismo?
Me parece la respuesta a estas preguntas uno de los temas clave que tiene planteados España. Alberto Núñez Feijoo cuenta ahora con una gran oportunidad para aclarar su futuro. Porque lo ocurrido en Valladolid con el ‘voxista’ vicepresidente Juan García-Gallardo no es apenas una metedura de pata en cuestión tan sensible como el aborto por parte de un político inexperto y excesivamente ‘fogoso’, vamos a llamarlo así: es una auténtica prueba para mostrar si el PP puede funcionar en un gobierno con una formación tan dispar como la de Santiago Abascal. Y, aunque en pura teoría sean cuestiones diferentes, creo que no le vendría mal al político gallego aprender de lo que está siendo la coalición entre el PSOE y Unidas Podemos: un continuo desencuentro que, se diga lo que se diga oficialmente, lastra la gobernación del Estado y cuestiona puntos clave, como la propia forma de ese Estado o el occidentalismo de España.
Mucha gente reconoce ahora haber votado al PSOE en las últimas elecciones generales de noviembre 2019 pensando que se haría realidad lo que el propio Sánchez había reafirmado: que convocaba aquellos comicios para evitar hacer lo que precisamente hizo al día siguiente de que la ciudadanía acudiese a las urnas: un pacto de coalición con Pablo Iglesias y su partido. Seguramente, los resultados electorales hubiesen sido otros si se hubiese advertido previamente de la inevitabilidad de ese pacto entre ‘extraños compañeros de cama’, como dijo Churchill. Ahora, sospecho que en su propio ‘viaje al centro’, Feijoo vería lastradas sus expectativas de ampliarse hacia zonas templadas si siente en el cogote el perturbador aliento de Vox.
Por lo demás, las encuestas –tengo una en mi poder, no publicada, muy reveladora—abonan esa tesis del agotamiento del ‘¡izquierda, ar!’ que ha venido siendo la tónica de un Sánchez que empezó, puedo dar fe de ello, con tesis muy moderadas en lo económico antes de llegar al poder y que luego, por aquello de contentar a los ‘socios’ de diverso pelaje, ha ido derivando hacia esas posiciones, ya se ve que decaídas, de considerar enemigo al adversario, al ‘del puro en la boca’ de los cenáculos y, en concreto, a la presidenta de un banco y al de una hidroeléctrica que, por otro lado, personalizan la internacionalización de la economía española. La ‘foto de Davos’ que ayer publicaban todos los periódicos, con Sánchez en paz, armonía y tal vez acuerdo con el Ibex, era muy, muy reveladora del giro mental que sospecho que se está produciendo.
Tengo para mí, desde hace años, que, excepto esos excesos verbales y en algunas medidas muy puntuales, Feijoo no gobernaría en materia económica muy diferente a como lo ha tenido que hacer Sánchez bajo la tutela constante de la UE. Otra cosa serían las medidas sociales, esos gestos hacia una de las dos Españas que siempre lastran los mensajes moderados. Y es ahí, en esos gestos, donde tanto Vox como Unidas Podemos se convierten en muy incómodos socios para gobernar. Como, supongo, podrá deducir Feijoo de lo que se grite en la manifestación de los de Abascal este sábado.
El momento, cuando se define nada menos que la actuación para una ‘conllevanza’ del Estado en Cataluña –atención a la manifestación de este jueves en Barcelona–, cuando hay que distribuir los fondos europeos y redefinir toda una política derivada de la guerra en Ucrania, es delicado. Tanto para el presidente del Gobierno como para quien, de momento solo con encuestas en la mano, aspira a serlo. No puede ser que actuaciones precipitadas y poco reflexivas, que siempre emanan de los dos extremos, pongan en peligro esa oportunidad para una era realmente nueva y mejor que reclamamos y merecemos para este país.

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Goya sigue de actualidad, ay

Enviado por Fernando Jáuregui | 08/01/23

El 2023 en el que ya nos adentramos, y que este lunes conoce ya el pistoletazo de salida hacia las elecciones no tan lejanas, va a ser año pródigo en goyescos duelos a garrotazos, tan hispanos. Comenzando por dos batallas absurdas, netamente políticas, aunque una de ellas tenga como escenario el Tribunal Constitucional. Por un lado, seguimos atónitos la enconada pugna en Ciudadanos, un partido centrista necesario a punto de fenecer por sus propios errores, que tendrá su punto culminante este fin de semana, en un congreso extraordinario donde explotará la rivalidad entre Inés Arrimadas y Edmundo Bal. Y, por otro lado, en las próximas horas se dilucidará quién presidirá el Tribunal Constitucional en una disyuntiva que muy pocos, o quizá nadie, entienden en una institución que se quiere prestigiosa.

Lo de Ciudadanos bordea el ridículo. Un partido al que los sondeos con unanimidad vaticinan la catástrofe absoluta ante las urnas, si es que hasta ellas llega, se desangra para lograr, al final, nada. Una muestra más de la inanidad de la política española, consumida en batallas por el poder personal y en errores de libro siempre con ese poder, y no con el bien del país, en el punto de mira. Bien ido estará el partido que fundó, con enormes expectativas y con grandes oportunidades, un Albert Rivera que se equivocó, al final, en todo, sin que su sucesora, Arrimadas, haya tenido muchos más aciertos, desde su ‘huida’ de Cataluña –donde había ganado las elecciones– hasta su loco intento de moción de censura contra el Gobierno murciano. Lo malo es que en España hace falta un partido netamente centrista, bisagra. Como el comer. Y siempre, desde la UCD, los intentos de consolidarlo han fracasado. Quizá porque la legislación electoral sigue siendo la equivocada. O, más probablemente, porque España es mal terreno para la equidistancia entre los extremos.

Claro que peor es el espectáculo que se nos ofrece en el Tribunal Constitucional, donde, salvo maniobras y pactos orquestales en la oscuridad de última hora, dos candidatos compiten por la presidencia del máximo órgano de garantías, tan desgastado por lo ocurrido para su renovación en las últimas semanas. Los magistrados se han comportado como auténticas terminales obedientes a los partidos que los seleccionaron, y todo indica que esta semana votarán de acuerdo con las indicaciones de ‘sus’ políticos para situar en la presidencia a Cándido Conde Pumpido, odiado por la derecha, que le considera un ‘filosocialista’, o a María Luisa Balaguer. Una magistrada de ideología fuertemente izquierdista, por cierto, y muy paradójicamente apoyada por la oposición conservadora: todo con tal de que no salga don Cándido…

Claro que esta situación refleja el absurdo en el que ha caído nada menos que la institución que tiene la última palabra en lo que se refiere a la interpretación –siempre demasiado laxa, flexible y hasta sectaria en España– de la Constitución. El Gobierno ha logrado situar en el TC a sus poco idóneos peones (también lo hizo el PP, de manera similarmente descarada) y ahora cuenta con una relativamente cómoda mayoría en el Constitucional. ¿Significará eso que será Conde Pumpido el elegido? Ello seguramente facilitaría una nueva era de más de lo mismo, de duelos a garrotazos en un Tribunal que es mucho más que eso y del que todas las formaciones políticas han tratado, desde tiempos inmemoriales, de apropiarse.

Yo diría que este es el pórtico de lo que va a ir ocurriendo en un año que se prevé, si nadie lo remedia, pródigo en broncas, en ese marco inútil y odioso de confrontación que marca no solo las precampañas electorales (once meses interminables quedan para las generales, cuatro meses y veinte días para las municipales y autonómicas), sino, véanse las sesiones de control parlamentario al Gobierno, toda la vida política nacional. Y atención a las manifestaciones callejeras y a la moción de censura que vienen ya este enero, impulsadas por sectores próximos a Vox. Lástima, en fin, que la magnífica pintura negra de Goya siga estando tan de actualidad, y no precisamente por sus evidentes méritos artísticos.

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Yolanda 2023

Enviado por Fernando Jáuregui | 07/01/23

MADRID, SPAIN – 2021/04/30: Spanish Labour and Deputy Premier Minister Yolanda Diaz during a rally of Unidas Podemos party in Vallecas neighborhood. Unidas Podemos continue to present their candidature for the next regional elections of Madrid that will take place on the 4th of May 2021. (Photo by Marcos del Mazo/LightRocket via Getty Images)

Qué duda cabe de que uno de los más interesantes y quizá prometedores rostros políticos de este 2023 va a ser el de la ministra de Trabajo y vicepresidenta Yolanda Díaz. El halo de incertidumbre que rodea su futuro político, su propia indefinición a la hora de decantarse por algunas de las vías por las que creo que aún puede optar, contribuyen a que su rostro, día sí, día también, aparezca en las páginas de los periódicos y, por cierto, casi siempre en las páginas positivas, incluyendo las internacionales. Y lo más curioso es que lo logra siendo una de las pocas figuras políticas en candelero que no se ha metido ya de lleno en la precampaña electoral que tendrá su primer hito en los comicios municipales y autonómicos del 28 de mayo. Quizá hasta entonces pueda mantener el misterio, la levitación; luego, ya no.

Difícilmente verá usted a Yolanda Díaz metiéndose en charcos. Para eso ya están los/as dirigentes de Unidas Podemos, esa Ione Belarra y esa Irene Montero que cada vez que hablan hacen temblar los cimientos de lo que habría de ser una coalición armoniosa (lo es más de lo que parece, pero la coordinación podría, y debería, ser mejor para una buena marcha del Ejecutivo). Y no digamos ya nada del portavoz parlamentario ‘morado’, Pablo Echenique, que este viernes se apresuraba a descalificar el discurso del Rey el día de las Fuerzas Armadas, sabiendo, como sabe, que ese discurso ‘de Estado’ proviene directamente del Gobierno al que UP apoya. Ni la guerra de Ucrania, ni la ‘cumbre’ de la OTAN, ni la forma monárquica del Estado, por ejemplo, han sido temas que Díaz considere propios para abordarlos en polémicas: que otros practiquen el duelo a garrotazos.

Ella ha limitado su acción en el Ejecutivo al tema que le ocupa: el laboral. Y admito que, con sus ondulaciones, ha sido hasta ahora una bastante buena ministra de Trabajo: los sindicatos están ‘pacificados’, valga el término, y la patronal, que en muchas cosas discrepa lógicamente de la vicepresidenta-ministra, al menos la respeta. No ha sido posible otro ‘pacto laboral de La Moncloa’, pero este se ha avizorado como más cercano que un acuerdo político. Sus interlocutores se sienten siempre halagados, quizá en exceso, por ella (lo cual puede también ser bueno, al menos en el contexto de este lenguaje político, tan ‘broncas’, que se gasta en España). ¿Es fiable? He escuchado respuestas contrapuestas.

Son incapaz de predecir si marchará en solitario hacia las urnas (podría obtener unos cuantos escaños, quizá decisivos para apoyar un acuerdo de gobierno con el PSOE de Sánchez), o si acabará aceptando encabezar las listas de Unidas Podemos, para lo cual tendrá que aclarar sus malas relaciones con su competidora interna Irene Montero y, claro, con el ‘fundador’, no tan en la sombra ni tan apartado, Pablo Iglesias. O si escuchará los cantos de sirena que le llegarán sin duda desde el campo socialista y se prestará a una nueva ‘operación Garzón’ (Baltasar, no Alberto), como aquella de 1993 de Felipe González con el entonces ‘juez estrella’, que concurrió de ‘número dos’ en la lista por Madrid, y aceptará figurar directamente en las canbdidaturas del PSOE, como independiente o en un acuerdo con los restos de Izquierda Unida.

Todo esto es un cierto lío, lo sé, y el lío es poco conveniente a la hora de enfrentarse a las urnas. Por ello tendrá que decantarse –le quedan menos de cuatro meses–, rodearse de colaboradores más eficaces y notorios, que no todo va a ser repartir sonrisas y lisonjas mientras acapara el protagonismo en las medidas ‘buenas’ para la opinión pública, como la subida del salario mínimo, o los abrazos con Lula da Silva, contemplada con una sonrisa por Felipe VI. Ahora llega lo realmente difícil. Hoy, cuando empezamos a recorrer un año que va a ser sin duda políticamente apasionante, Yolanda Díaz es, aunque con distinto signo para unos y para otros, una apuesta. Pero ¿por cuál carta apostar? Hay quien predice el batacazo, pero no falta quien la vea, en un futuro quizá no tan lejano, hasta de presidenta de algún gobierno peculiar (el de ahora ya lo es, obviamente): no faltan encuestas que la prefieran a Sánchez en La Moncloa. El serial continuará, vaya si continuará: hoy, solo cabe constatarlo y tomar asiento de espectador en primera fila, si se puede, sabiendo que aquí van a ocurrir muchas cosas.

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Las constituciones, ministra, sí se negocian

Enviado por Fernando Jáuregui | 05/01/23

Dice la ministra portavoz del Gobierno español, Isabel Rodríguez, que “la Constitución no se negocia: se cumple”. Una de esas frases vacías, muestra de la política testicular del ‘aquí-se-hace-esto-porque-a-mí-me sale-de’ que tanto practicamos por estas lindes. Y una frase que, para colmo, evidencia un severo error político: solo con una reforma profunda de la Constitución, negociada al más amplio nivel posible, podrá el país recuperar una cierta tranquilidad y racionalidad. Y se pondrá fin a una crispación y a una incertidumbre que duran ya demasiado y cuyos efectos son devastadores.

La frase de la ministra está enmarcada en el rechazo del Gobierno a negociar una renovación del poder judicial según la fórmula propuesta por el Partido Popular, para que sean los jueces quienes, en su totalidad, elijan a los magistrados del Consejo del Poder Judicial. Sigue el atasco en una cuestión que, evidentemente, no apasiona los ánimos políticos de los españoles, mucho más centrados en cuestiones más básicas, como hasta qué punto les va a afectar la inflación o las previsibles subidas energéticas derivadas de la prolongación al invierno de la guerra en Ucrania.

Sin embargo, guste o no a tirios y a troyanos, la Constitución hay que reformarla en puntos sustanciales, incluyendo los que afectan al Título VIII dedicado al régimen autonómico o los artículos que se refieren a la organización de la Justicia (Título VI). Difícilmente se podría avizorar, por ejemplo, una solución en Catalunya si no se producen algunas modificaciones de calado en la Carta Magna, que deberían ser consensuadas entre las dos formaciones mayoritarias, PSOE y PP, en negociación con las fuerzas nacionalistas vascas y catalanas.

Claro, entiendo que esto le parezca a usted una utopía, y más aún si, como es probable, lo que pueda ser el presente o el futuro de la Constitución española le importa nada o menos que nada por considerarlo ajeno a sus intereses o sus creencias. Y, sin embargo, como ‘constitucionalista imperfecto’ –o sea, consciente de que la carta magna española está gravemente desfasada—que soy, y acogiéndome a la amplitud de miras y al buen talante de esta publicación que me cede un espacio muchas veces discrepante, me gustaría poder avanzar una opinión sobre lo que sigue:

– Que la actual Constitución de 1978, aun no cumpliéndose ya en algunos de sus extremos, aun necesitando una buena mano de pintura en Títulos como los dedicados a las autonomías, a las Cortes, a la Corona o a la Justicia, entre otros, es la única ley que rige ‘supra’ territorios e ideologías, y que a veces, precisamente por sus carencias y desfases, lo hace de manera caótica.

-Que solamente bajo el paraguas del actual texto constitucional podrá procederse a una reforma del mismo que dé cabida, aunque sea en parte, a las muy variopintas aspiraciones políticas existentes en la nación, incluyendo en lo posible muchas de las de quienes quisieran separarse de la nación.

-Que se hacen precisos unos nuevos pactos de La Moncloa, con participación de todas las fuerzas nacionales y periféricas, para definir un nuevo marco de actuación política, una nueva transición política, en un país que va acumulando serias deficiencias democráticas.

-Que la recta final de esta Legislatura, precedida por graves irregularidades jurídicas que afectan a la marcha de la propia Constitución, debería ser el prólogo de esa era de diálogo multilateral que abriese un período ‘casi constituyente’ que reformase algunas de las bases del sistema.

Ya sé que, dicho así, suena como algo de imposible realización, así una loca quimera. Lo único que ocurre es que la alternativa, es decir, el ‘seguimos como estamos’, varados en una especie de cambio lampedusiano en el que se modifica algo para que todo siga igual e instalado en el coyunturalismo, es bastante peor. Porque muy poco, casi nada, puede seguir como hasta ahora.

No, ministra, no vale decir –cuando conviene: otras veces se guarda prudente y servil silencio—que “la Constitución no se negocia, se cumple”, y punto. Claro que la Constitución hay que negociarla. Y, si fue posible hacerlo en 1977, aún bajo la sombra del dictador fallecido, tiene que volver a ser posible ahora, cuando el rodaje democrático se va desgastando. Si arrastramos desde hace ya casi una década la crisis política que arrastramos, que ha afectado desde a la Jefatura del Estado hasta a bastantes gobiernos autonómicos, ha sido precisamente por meter la cabeza debajo del ala y creer que bastaba con unas cuantas llamadas telefónicas secretas entre La Zarzuela y La Moncloa, entre La Moncloa y el Palau de la Generalitat, entre Barcelona y Waterloo, entre Madrid y Bruselas, para colocar los apósitos sobre las heridas, cada día más profundas, que afectan al cuerpo social y político de la nación.

Ya digo: quizá usted, lector, considere que estos problemas ‘de la nación’ no son sus principales problemas, que estarían circunscritos a un ámbito más local. Y, sin embargo, puedo asegurarle que sí son sus problemas, y que se irán agravando en la medida en la que no se afronten de una manera clara, tajante, dialogada e imaginativa. De acuerdo: eliminando la sedición y haciendo más leves las penas por la malversación, o haciendo más ‘digerible’ el Tribunal Constitucional, se pueden tender puentes frágiles y provisionales sobre el abismo. Pero, como el dinosaurio de Monterroso, el abismo, al amanecer, seguía ahí. Y el amanecer puede ser ya este año trascendental 2023 por el que hemos empezado a cruzar, a toda velocidad y sobre un puente de tablas desvencijado, entre las dos orillas.

Sí, ministra. Las constituciones, como todo ,lo demás, se negocian cuando es preciso. Y ahora, para que la Constitución se cumpla y sirva para los propósitos que deben ser el objetivo de una ’ley de leyes’, ya es preciso empezar a negociarla. Entre todos, empezando por aquellos a quienes la Constitución ni les gusta ni les importa una higa, y que, sin embargo, serían los primeros afectados por su mal funcionamiento.

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A mí, más que la cabalgata de reyes, me interesa el discurso del Rey

Enviado por Fernando Jáuregui | 05/01/23

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Un célebre director de un programa radiofónico montó un lío hace horas anunciando, con gracia, que al día siguiente, es decir, este 6 de enero, iba a entrevistar al Rey. Dejaba pasar unos minutos, para que la competencia rabiara y los oyentes se pusieran en alerta. Luego añadía: “al rey Gaspar, naturalmente”. Le verdad es que, desde que abandoné la niñez, esto de los reyes magos siempre me ha parecido cosa de ilusionismo, quizá porque la magia siempre tiene truco y la monarquía –yo soy monárquico, conste—es cosa demasiado controvertida y frágil como para andar paseándola en cabalgatas.

Pero ahora en serio: estos días se habla mucho de reyes. Ahora nos sorprenden con la noticia de que el emérito, Juan Carlos I, va a fijar su residencia permanente en Abu Dabi, donde se ha construido –¿?—una casa. No me parece buena noticia: el sitio para Juan Carlos, que ya ha pasado lo peor de su purgatorio por causa de sus evidentes errores y de los errores de quienes han gestionado sus errores, es España. El país en el que fue un bastante buen jefe del Estado –ya digo: también con sus trapisondas—durante cuarenta años.

Creo que Felipe VI, que está siendo mejor rey que su padre y al que le está tocando vivir una época que moral, política y socialmente es mucho más compleja, con todo, que la ya complicada que tuvo que afrontar Juan Carlos I, tiene pendiente la asignatura de la reconciliación con su progenitor y antecesor en el cargo. Y viceversa: pocas cosas más desmoralizadoras que una familia real que realmente ha dejado de ser una familia, al menos en el sentido tradicional de lo que eran, quizá solo de boquilla y de manera ‘mágica’ -véase la serie ‘The Crown’–, las casas reinantes. Veo a doña Sofía, gran señora, contemplando con respeto y una cierta tristeza el féretro del papa Benedicto y me entra como una especie de nostalgia por lo vivido y por lo representado en el altar de la política española…

Y este 6 de enero es cuando el jefe del Estado y mando supremo de las Fuerzas Armadas encabeza la jornada de la Pascua Militar, una fecha que quizá ha ido perdiendo dramatismo desde aquella catastrófica actuación de Juan Carlos I –lo ví desde muy cerca—en tan solemne jornada de 2014. La verdad es que el discurso del Rey ante los mandos militares suele tener más de rutina y menos de simbolismo que su mensaje a la nación en Nochebuena. Pero lo que el jefe del Estado diga encierra siempre, aunque a muchos no parezca interesarles, claves de gran significado. Máxime en un año en el que la guerra llama a las puertas de Europa y las Fuerzas Armadas adquieren una potencial relevancia especial.

Hoy, el estamento castrense es, entiendo, ejemplarmente democrático: nada que ver con lo que ocurría hace cuatro décadas. Los militares españoles aguantan en silencio muchas cosas que la oposición civil al Gobierno no tolera. Pero están ahí, garantizando, de manera silente, la unidad territorial y la permanencia básica de una Constitución que, contra lo que dice la portavoz del Gobierno, Isabel Rodríguez, sí puede y debe negociar unas cuantas reformas, alguna de calado, entre otras cosas para fortalecer la propia institución monárquica.

Y no, no será Pedro Sánchez quien, pese a todas sus maniobras que vulneran la seguridad jurídica y la seriedad de las instituciones, haga tambalearse a la Monarquía. El sabe que, hoy por hoy, y aunque algunas encuestas evidencien el desinterés de la juventud por la forma del Estado, el Rey es mucho mejor aceptado por la ciudadanía que el presidente del Gobierno, que cualquiera de los presidentes del Gobierno posibles.

Claro que yo, ante este día de los magos de Oriente, no voy a caer en la trampa, que es un ejercicio inútil que practiqué antes y te lleva a la melancolía, de pedir en una crónica regalos, materiales o morales, a Melchor, Gaspar y Baltasar. Menos aún caería en el ejercicio circense de entrevistarles (ya me gustaría a mí poder hacer una entrevista periodística con el Rey ‘real’, pero para qué soñar con imposibles: a los reyes-de-verdad, dicen, no se les entrevista. Lástima).

Porque creo, insisto, que estas cosas de los reyes son muy serias y hay que tratarlas con mucho mimo, para que la tradición perdure como la fuerza equilibradora que es. Sin afeites, ni trucos, ni betunes para el falso Baltasar.

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Todólogos y teólogos

Enviado por Fernando Jáuregui | 02/01/23

Se nos ha muerto Ratzinger y quienes tenían desde tiempo atrás en el cajón la necrológica la han sacado ahora a pasear. Me ha sorprendido el número, y la escasa consistencia, de quienes han querido enfrentar a Benedicto con Francisco, a Ratzinger con Bergoglio, un Vaticano con otro. Colega veteranísimo, y a mi juicio pocas veces acertado en estas cuestiones, se empeña en contraponer un Papa al otro, casi como si con el uno fuese la iglesia católica verdadera y con el otro se hubiese instalado un peligroso comunismo pontificio. Error, pienso, este de contraponer dos iglesias basándose en dos caracteres que eran, más que contrapuestos, complementarios.

La ‘todología’ es, junto a las ‘fake news’ implícitas en algunos sondeos políticos, uno de los peores defectos del actual periodismo español. Alfganistanólogos que hubiesen tenido problemas para encontrar el país en un mapa mudo, virólogos que solamente anteayer descifraron el significado de ‘pandemia’, vulcanólogos que confundían todos los términos científicos, ucraniólogos de manual, se convierten hoy en ‘teolólogos’ capaces de descifrar los capítulos más umbríos de la obra del fenecido Papa alemán.

Y no; la teología, asignatura en la que me cuidaré muy mucho de entrar con mis legos conocimientos, está muy alejada, y eso sí lo sé, de esa ‘todología’ tan proclive a criticar, desde la supina ignorancia, en todos los campos, a todos –sobre todo, a los que no piensan como nosotros– y todo el tiempo. Y eso, como decía Jefferson de las mentiras, no se puede mantener por un período demasiado prolongado: a los mentirosos, como a los todólogos, se les acaba cazando, aunque a veces el daño que provocan ya esté hecho.

Respeté, desde el alejamiento, a Ratzinger, a quien en una ocasión, junto con mi amigo Carlos Iturgaiz, corrí para dar la mano en una audiencia nutrida en Roma. Me sorprendió la fragilidad con la que afrontaba el saludo. Su mano, desde luego, no era como la firme de Bergoglio, que también tuve el honor de entrechocar con la mía. Los dos papas me interesaron, cada uno en sus grandezas y flaquezas, y pienso que su mayor logro ha sido evitar esa maldición que dice que el sucesor y el sucedido en un cargo siempre acaban enfrentándose. No; los dos jefes de la Iglesia han sabido, desde sus criterios encontrados, respetarse y creo que hasta complementarse en una discrepancia nunca estallada hacia fuera. Y, al final, como se mostraba en aquella película interesante, los dos Papas, acaban sentándose juntos para ver el partido de futbol entre Alemania y Argentina. Un ejemplo a tener en cuenta en estos tiempos de políticas de rabiosa confrontación.

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Una ‘felicitación’ (o lo que sea) para 2023

Enviado por Fernando Jáuregui | 30/12/22

¿Cómo resumir en un titular lo que ha ocurrido en este año tremendo, en el que tantos adioses hay que contabilizar? Se me ocurre que hablar del ‘año de Serrat’ sería quizá apropiado. El cantautor que amparó los guateques de muchos hoy veteranos ha culminado una larga despedida emocionando también a muchos jóvenes que casi no sabrán quién fue, por ejemplo, Felipe González, pero sí conocen perfectamente el repertorio de canciones del Noi del Poble-Sec. Y con el autor de tanta música que acompañó nuestras vidas se jubilan definitivamente otras muchas cosas: tengo para mí que con este 2022 queda definitivamente enterrado aquello que un día se llamó el ‘espíritu del 78’, el año aquel en el que se aprobó la Constitución y primaron el consenso y la cooperación sobre la confrontación y la mala uva. Ah, qué tiempos aquellos…

Obligarse a reflejar lo que ha sido 2022 en los estrechos límites de un comentario periodístico parecería, en principio, una labor casi imposible: se nos ha ido una idea de estabilidad en Europa, en el mundo, y nos hemos convencido de que no hemos acabado con la pandemia maldita. Han cambiado los rostros de muchos responsables políticos, nacionales e internacionales, y se nos han muerto –pero eso ocurre todos los años, porque la muerte es parte de la vida—algunos iconos: desde Isabel II, que encarnó una forma irrepetible de monarquía, hasta, el último, Pelé, el hombre que nos hizo amar un futbol hoy casi olvidado por el encanallamiento qatarí, entre otras calamidades.

Pero ya digo: lo más importante es que entramos en 2023 con la sensación de estar cruzando el umbral de un mundo, una Europa, una España, necesaria, inevitablemente, distintos. Ideas que nos ampararon durante una larga Transición a la democracia han quedado sustituidas por una concepción mucho menos romántica de lo que es y debe ser la política; la generosidad de entonces se reemplaza por un ansia de rapiña para controlar las instituciones, los medios, la calle. Ser ciudadano hoy me parece quizá menos ilusionante, con todo, que hace una década. Y sí, ya sé que hay cosas que han mejorado, que Pere Aragonés, pongamos por caso, no es Puigdemont ni Quim Torra, ni Biden es el salvaje Trump. Hay cierta esperanza, económica y hasta geográfica, ante un 2023 en el que habrá que negociar con el ser más malvado del mundo el fin de una guerra y un nuevo ‘statu quo’ para que el planeta Tierra sobreviva en los parámetros que hemos conocido y transitado, que, bien mirado, puede que, al fin y al cabo, no fuesen los peores.

Ocurre, vuelvo al comienzo, que Rosalía, con sus indudables virtudes, ni, mucho menos, esa cantante emparejada escandalosa y traumáticamente con un futbolista, poco o nada tienen que ver con la calidad y la entereza moral, ética y estética, del casi octogenario Serrat. Quizá haya que meditar si hemos llegado al fin de una época de contrastes y contradicciones, una época en la que un romance tan raro como el de Vargas Llosa con alguien como Isabel Preysler aún tenía sentido. Una época que, fíjese usted, se cierra con la suprema paradoja de que la palabra del año, dice Fundeu, es, son, dos palabras, no una: inteligencia artificial. Y a nadie parece extrañarle que el artificio sea precisamente lo inteligente.

A ver si en 2023 logramos aclararnos en los mil galimatías que han poblado nuestras vidas en este 2022. No estoy seguro de que lo logremos, pero, por si acaso, me apresuro a felicitarle a usted el año que tantas cosas va, para bien y para mal, nos guste o no, a cambiar. Y es que, parafraseando a Joan Manuel, ‘Fa 60 anys que tinc 20 anys’. Y que cumplas muchos más.

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El electoralismo de Pedro Sánchez

Enviado por Fernando Jáuregui | 27/12/22


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(A Sánchez hay que reconocerle que, en lo suyo, es un campeón)

Pienso que hay que ser cuidadoso con los clichés cuando de analizar una figura tan irrepetible, para lo bueno y para lo malo, como la de Pedro Sánchez se trata. No ha faltado crítico que, hablando del ‘insoportable electoralismo’ del presidente, lo ha comparado con el ‘populista’ Juan Domingo Perón, el tres veces presidente argentino que dejó un legado más que discutible con el movimiento peronista. Ni creo que el ‘sanchismo’ sea un embrión del ‘peronismo’, que sobrevive a su creador, ni me parece que el llamado ‘electoralismo’ sea algo privativo del actual inquilino de La Moncloa. No; lo de Pedro Sánchez es, creo, otra cosa, y a ello me referiré a continuación.

Pero antes debo decir que condenar las ‘acciones electoralistas’ de Sánchez cuando, como hizo este martes en su comparecencia de fin del curso político, anuncia una serie de ayudas a una población que sufre la inflación y las carestías –frente a otra parte de los españoles que patentemente tienen dinero para consumir— es cuando menos algo precipitado. Nunca me pareció que el llamado ‘electoralismo’, practicado desde que el mundo celebra algún tipo de comicios, sea negativo ‘per se’: si no hubiese elecciones y, por tanto, aprovechamiento de las mismas por parte de los gobernantes para anunciar medidas beneficiosas para la población, estaríamos aún anclados en el derecho de pernada.

Claro que hay otro tipo de electoralismo que no afecta al precio de los alimentos, de la luz o de los combustibles. Se trata de ese ventajismo tramposo que aprovecha los tiempos más favorables para elaborar, a veces con nocturnidad, un calendario benévolo a la hora de dictar decisiones; o de esa opacidad que oscurece la tramitación de leyes, que son tantas veces impulsadas desde decretos; o de ese descaro que se va apropiando de parcelas del Estado en beneficio del Ejecutivo propio. Sí, para mí, electoralismo es también, y sobre todo, el manejo sutil, en beneficio de ‘la causa’, de los medios de comunicación y de los fondos públicos, de las ventajas del gobernante frente a la oposición a la que se quiere preterida, la utilización algo tramposa del ‘Boletín Oficial del Estado’…

Se ha dicho muchas veces –yo mismo lo he repetido, desde mi escaso conocimiento ‘en directo’ del personaje—que hay dos ‘pedrossanchez’, una especie de Jekyll y Hyde. Perón era un populista puro, y Sánchez no lo es. Como tampoco acaba de ser el estadista que él mismo sueña ser, autoconvencido con la quimera de que él será quien ‘arregle’ el ‘problema catalán. Es sí, un mago la hora de enderezar imágenes y conducir opiniones públicas, y no vacila en ser inveraz –llamémoslo así—para lograr su fines. Es un político ambicioso que no se da cuenta de que la ambición, en política y en la vida, es algo bueno mientras no se traspasen los límites. Y puede que esté a punto de traspasarlos, aunque muchos no acaben de darse cuenta. No resulta extraño: se ha presentado, en este inicio de ‘su’ campaña electoral, como una especie de reencarnación de los Reyes Magos (ponga usted Papá Noel en alto y delgado, si lo prefiere) en una sola persona: él. Muy hábil, ya digo.

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