La hora de los ‘jarrones chinos’

Enviado por Fernando Jáuregui | 27/11/20


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(creo que los ‘jarrones chinos’ están llamados a jugar un mayor papel en estas circunstancias))

Se aceleran rupturas, desde la de Arrimadas con el proyecto de Presupuestos de Sánchez/Iglesias/Rufián/Otegi hasta la de dos bancos, que iba a asentar el nuevo y complicado mapa económico que habrá de consolidarse tras la pandemia. Este, 2020, ha sido un período en el que muchas cosas se han hecho añicos, y unos destrozos se han unido a otros. Y ello hace a mi entender urgente redefinir un panorama político que nos tiene a muchos demasiado desconcertados. Un plan de reconstrucción no solo económico; también moral. Pienso—y., tras consultarlo con no pocos, me parece que no soy ni mucho menos el único– que hay cosas que deben hacerse urgentemente, antes de que acabe de despedirse este nefasto año y demos paso a, glub, 2021.

Lo primero, explicar un plan de vacunaciones algo más detallada y convincentemente de lo que lo hizo el titular de Sanidad, Salvador Illa, que debería ir pensando en dejar paso a otra figura menos abrasada en estas lides. Qué duda cabe de que Illa, que aún conserva un cierto prestigio en el terreno de la imagen estrictamente política, podría colaborar muy activamente en la campaña catalana en apoyo de Miquel Iceta. O sea, otra cosa.

Y, por cierto, es obvio que no debería ser el de Illa el único ministerio que cambiase de manos y de rostros; pero ese es el viejo tema de las dos almas que no podrán convivir mucho tiempo en el mismo elenco gubernamental. Y algo tendrá que ver la actuación de este elenco en el hecho de que en el índice de resiliencia de Bloomberg ante el Covid, un ranking titulado ‘Los mejores y los peores sitios para vivir en la era del coronavirus’, España esté situada en el puesto cuarenta y uno de un total de cincuenta y tres países analizados. Por debajo de naciones como Bangladesh, Rusia, Egipto, Pakistán o Turquía, por poner solamente algunos ejemplos significativos y que en principio se podría pensar que estarían a nuestra retaguardia. O sea, que algo debemos estar haciendo mal, o peor que otros cuarenta países, vamos.

Lo segundo, creo que al menos tres de los ex presidentes del Gobierno, Felipe González, Aznar y Rajoy (lo de Zapatero me parece ya más impredecible), habrían de salir ante los medios para, conjuntamente, proclamar que así no se puede seguir. Me parece que sería un enorme ejemplo de convivencia democrática esta ‘gran coalición de los ex’ para sugerir líneas maestras que sí pueden seguirse transversalmente y para proclamar que uno de los grandes problemas de la nación está anclado en la vicepresidencia segunda del Ejecutivo y en sus alianzas con gentes imposibles para la construcción del Estado. Puede que ese paso tuviese como consecuencia benéfica acelerar un encuentro en La Moncloa entre el presidente del Gobierno y el líder de la oposición, Pablo Casado, que cada vez aparecen más distanciados por motivos obviamente ajenos al bien de la nación.

Lo tercero, entiendo que sería conveniente, y posiblemente será inevitable, un acercamiento entre Ciudadanos y el Partido Popular, una vez que Inés Arrimadas ha dado un portazo doloroso a su colaboración con el Gobierno de coalición PSOE-Unidas Podemos. Me parece lamentable que C’s y PP, ambas formaciones moderadas y en cuyos programas encontraríamos no demasiadas diferencias, sigan mirándose de reojo ante el temor a una absorción y buscando puntos de discrepancia ideológica que, sencillamente, apenas existen.

En cuarto lugar, debo decir que albergo grandes esperanzas en que, esta vez, el mensaje navideño del Rey a los españoles, dentro de poco más de tres semanas, albergue contenidos que no necesiten ser demasiado interpretados ni tamizados desde la lisonja, desde la indiferencia o desde la corrección política. Los tiempos no son como los que vivíamos el año pasado y, por tanto, el mensaje a unos ciudadanos que esperan sintonizar en sus inquietudes con las del jefe del Estado, tampoco puede ser como tantos anteriores.

No digo yo que aquí se agoten las cosas que de manera prioritaria e inmediata habrían de hacerse en la vida política nacional para empezar a aquietar los ánimos inflamados por algunos anuncios que desde el Gobierno se nos hacen. No, de esta no salimos precisamente ni más fuertes ni más unidos. Pero sí puedo asegurar que, por muy difíciles de dar que hoy se nos antojen, por muy utópicos que parezcan, estos cuatro pasos, apenas cuatro pasos, allanarían no poco el sendero de espinas que nos aguarda en este primer tramo de los ‘infelices años veinte’ del siglo de las tinieblas.

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Vacunación

Enviado por Fernando Jáuregui | 23/11/20

‘Vacunación’ es la palabra que nos ha invadido en los titulares periodísticos y también en las tertulias con amigos. “Y tu ¿piensas vacunarte?”. Mil veces me lo han preguntado en las últimas cuarenta y ocho horas, mientras las potenciales principales productoras de la vacuna que nos salvará no sé si de la infección, pero sí del terror, pugnan por convencernos de las ventajas de ‘la suya’ frente al producto de los competidores. Hace un mes nos angustiábamos porque veíamos que la vacuna no llegaba y ahora estamos a punto de tener una inflación de ellas, lo que son las cosas. Y lo más curioso: hace un mes reclamábamos el bálsamo de Fierabrás, como si culpa de nuestras autoridades fuera que no nos llegara, y ahora resulta que la mayoría de la población dice que no tiene intención de someterse al pinchazo.

Yo creo que en este rechazo a la vacuna por parte de más del cuarenta por ciento de las personas encuestadas al respecto anidan muchos factores: el principal, que ya la gente no se cree nada de lo que le cuentan, y no digo yo que les falte razón para ello. Ahí está, sin ir más lejos, el presidente del Gobierno anunciando aque, para primavera, la mitad de los españoles estarán vacunas, cuando, de hecho, la vacuna sigue sin ser una realidad tangible e incuestionable. Ha sido mucho lo que nos han mentido, lo que han pretendido, o eso creemos, ocultarnos. Y ahora miramos con recelo esa competición comercial sobre que ‘si la mía es más fiable que las otras’ o que si necesita menos temperatura para conservarse que las demás. Supongo que son las miserias de la condición humana.

Hay también una posición diletante, de separarse del vulgo en las ansias de normalidad y de rodearse de una capa de seguridad, que es lo que el efecto placebo de la vacuna va a darnos. Allá los negacionismos: hace tiempo que no creo, y los años van haciendo que tome conciencia creciente de ello, que seamos indestructibles. Es más, somos enormemente falibles, lo suficientemente frágiles, como para que no nos fallen más tarde o más temprano uno o varios de los motores que animan nuestro cuerpo.

Yo sí me pondré, cuanto antes, en cuanto me lo permitan, la famosa vacuna: es mi forme de decirme a mí mismo que lo he hecho todo frente a la adversidad que nos ha llegado; si luego la cosa no resulta, no será ciertamente por mi culpa

Lo que sí me preocupa es la actitud un tanto egoísta de quienes, por sentirse jóvenes e invulnerables, aseguran que no piensan aplicarse el aún no llegado remedio. Creo, la verdad, que estamos obligados a procurarnos salud y a procurársela a quienes nos rodean. Y esa cierta seguridad emanada de la sensación de que, al final, puede que haya remedio y, si no lo hay, para qué seguir penando por ello, me parece que tiene bastante que ver, si bien se mira, con procurarse la salud y una cierta dosis de seguridad. De manera que pido ya la vez para vacunarme, aunque la vez me la tenga que dar el doctor Simón, qué le hemos de hacer.

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Un país abierto en canal

Enviado por Fernando Jáuregui | 21/11/20

Casi ni acierto a imaginar cómo celebraremos los españoles nuestro 42 aniversario de la Constitución, en ese próximo ‘puente’ que ya se nos anuncia como pleno de restricciones a la movilidad de una ciudadanía atenazada por la crisis sanitaria y angustiada ante las navidades más penosas de sus vidas. Y es que nuestra ley fundamental, la ley de leyes, empieza a ser casi un papel mojado que trata en vano de regular la vida institucional en un país abierto en canal. No había sino que asistir al debate sobre la reforma educativa, que debería hacerse, decimos todos, por consenso y se aprueba, por el contrario, en plena bronca. Pero hay tantos ejemplos de la fractura de las dos Españas, tantas muestras de que estamos al borde de ser un Estado fallido, que creo que ni merece la pena ponerse a detallarlos. Más nos valdría aplicarnos a las posibles soluciones.

Creo que para coser la enorme herida que se abierto, no solo desde hace un año, en la piel de la nación hay que tomar medidas drásticas. Es imposible, aun situándose en una izquierda moderada, colocarse en una posición de apoyo ciego a este Gobierno de Pedro Sánchez/Pablo Iglesias, que todo amenaza con arrasarlo sin ofrecer alternativas claras. Porque se han formado, cada día lo palpamos con mayor nitidez, dos gobiernos, una coalición dentro de la coalición, que el vicepresidente segundo, nuestra pesadilla indudable, con astucia y habilidad política que no se le pueden negar, ha logrado tejer no sé si a espaldas del presidente: la que forman Unidas Podemos, Esquerra Republicana de Catalunya y EH-Bildu. Un frente anti institucional, que Iglesias cree que, en el fondo, podrá manejar, conduciéndolo a algún redil, y que tiene atónita a una mayoría de ministros, aunque nada griten a la opinión pública.

Esta es la radiografía del cuerpo malherido: perdido el rumbo interior y el prestigio exterior, que esa, la deriva diplomática, es otra. Solo una manera distinta de gobernar, con un Sánchez aliado a otros socios diferentes a los que se llaman ‘mayoría de la moción de censura’, podría mejorar al enfermo. Este país no puede permitirse escuchar en sede parlamentaria cómo el presidente de la nación equipara al líder de la oposición con el trumpismo’, que es lo peor de lo peor y, por ello, es la descalificación recomendada al ‘jefe’ por su asesor áulico para atacar a la ‘otra España’. Ni podemos ver con paciencia que este insulto, ‘Trump’, se le devuelva al propio presidente del Reino de España desde algunos rincones mediáticos afiliados al otro lado. Tirarnos a la cara, a trompadas, la imagen del hombre que está hundiendo el prestigio de la nación más poderosa del mundo, la cuna de la democracia, es lo último que nos faltaba. La mutua descalificación total de una clase política que se tira a Franco a la cabeza y que, dice el CIS sin decirlo, constituye el mayor problema para la mayoría de los españoles.

Para triunfar en la mesa de operaciones hay que cesar a algunas personas, algunas de ellas situadas muy por encima del denostado portavoz sanitario Fernando Simón, a quien, la verdad, uno también se sentiría tentado de cesar, si en su mano estuviese. Una minoría del Gobierno, las personas agazapadas en la Fiscalía General del Estado, quizá algún asesor engalanado en la máxima institución, habrían de ser relevados para empezar a taponar la sangría. Y entonces eso: gobernar de manera muy diferente, desde la concordia y no desde el hostigamiento. Ya sé que esto es difícil cuando quien podría hacer muchas de estas cosas está convencido de que sacará adelante ‘sus’ Presupuestos (que los sacará) y que, con estos mismos mimbres, intocados, será capaz de agotar la Legislatura, allá por 2023, 0 2024, si se puede.

Me parecería impensable que pueda lograrlo… si no fuese por los errores de la oposición, empeñada en hablar de la desaparecida ETA y no de la reaparecida atonía de un país que, ya digo, está abierto en canal. Pero eso sí: anestesiado.

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La paupérrima política exterior de España

Enviado por Fernando Jáuregui | 14/11/20

Spanish Foreign Affairs and European Union and Cooperation Minister Arancha Gonzalez Laya listens to questions from journalists during a joint press conference with her Turkish counterpart following their meeting at the Turkish Foreign Ministry in Ankara on July 27, 2020. (Photo by Adem ALTAN / AFP) (Photo by ADEM ALTAN/AFP via Getty Images)


(No, ni Arancha González Laya ni Carolina Darias son ministras de mucho perfil, esa es la verdad. Pero puede que no tengan otras posibilidades de hacer más; el conjunto del Gabinete quizá no se lo permita)
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Sé que la pandemia, que ha limitado al máximo los viajes al extranjero y los contactos entre países, no favorece precisamente la diplomacia. La falta de ideas y el mirarse continuamente al ombligo, por ejemplo dilucidando si Bildu puede o no entrar en las tareas de la gobernación del Estado o si el español puede ser lengua vehicular en la docencia, tampoco facilita una acción de cara al exterior. España retrocede en muchos terrenos. En el campo internacional, también. Tenemos el equipo inadecuado en el momento menos adecuado. Y así, Pedro Sánchez no está en las ‘cumbres’ europeas en las que debería estar, y la ‘marca España’ cotiza hoy a la baja.

Ocupados como estábamos en un debate presupuestario que fue de todo menos eso, presupuestario, batallando sobre la importancia –numéricamente ninguna, por cierto—de que Bildu apoye o no las cuentas del Estado, o sobre la colleja que la nueva ley de Educación propuesta por la ministra Celáa da al idioma español, se nos pasaron por alto algunas cosas. Por ejemplo, la celebración de una ‘cumbre’ europea, el martes, sobre el problema creciente de la inmigración y el terrorismo yihadista. Bueno, no fue una ‘cumbre’ tan, tan europea, porque ni España, ni Italia, ni Grecia fueron invitadas al encuentro entre Macron, Merkel, el holandés Rutte y el austríaco Kurz para tratar precisamente sobre el refuerzo de las fronteras europeas, que es un problema que afecta sobre todo a los países mediterráneos y en concreto a España, a cuyas costas canarias llegan mil inmigrantes ilegales al día.

No quiero ahora centrarme en el doloroso aspecto de la llegada de los menos afortunados, algunos de cuyos cuerpos tapizan los mares, a unas islas a las que llaman afortunadas, ni quiero regocijarme en la crítica al bajo perfil, quizá inevitable, de la ministra del ramo, la desconocida Carolina Darias. Puede que ni ella ni la jefa de la diplomacia española, Arancha González Laya, otra ministra de relieve cuando menos discreto, puedan hacer otra cosa. Pero que Pedro Sánchez no ocupe un lugar protagónico en una ‘cumbre’ en la que se habla de terrorismo yihadista, precisamente cuando se enjuicia a los participantes en aquella masacre de agosto de 2017 en Barcelona y Cambrils, y de migraciones ilegales, cuando Canarias se ha convertido en un polvorín, resulta sintomático. Ni una protesta ante la exclusión del inquilino de La Moncloa he escuchado procedente del Estado español ante las autoridades comunitarias, que sí estuvieron, con Charles Michel y Ursula von der Leyen, presentes en el encuentro telemático de Macron-Merkel-Kurz-Rutte.

Puede, claro, que, además de las cuestiones internas, algunas, como las citadas de Bildu y el ‘español vehicular’, bien estrafalarias y provocativas, el Gobierno estuviese ocupadísimo montando en El Pardo una absurda ‘cumbre’ conmemorativa del aniversario de las Naciones Unidas, a la que no acudieron ni siquiera los países fundadores de la Unión y en la que se obligó al Rey a hacer el papel de casi un elemento decorativo. O puede que el ejecutivo estuviese aún deglutiendo los ecos no precisamente favorables de la inclusión de Pablo Iglesias en el séquito oficial que asistió a la toma de posesión del nuevo presidente boliviano, Luis Arce. O quizá existía gran empeño en seguir tapando algunos recientes nombramientos que afectan, por ejemplo, a las embajadas en Caracas y La Habana, a donde ha ido a parar un embajador ‘político’, ajeno a la carrera diplomática, pero buen amigo de un relevante ministro.

Claro, vivimos en una suerte de confinamiento general y no tenemos la oportunidad de pegar nuestras orejas a las paredes de las salas de Bruselas, París, Amsterdam o Berlín, donde se habla de qué hacer con las ayudas a una España que se desmarca algo de la ortodoxia económica con unos Presupuestos muy discutibles –lo dice incluso el FMI, para lo que valga–, pero que se aparta mucho más de la ortodoxia política. ¿En qué país sería posible un vicepresidente como Pablo Iglesias? La Grecia de Tsipras tuvo en Varoufakis algo semejante. Pero el calvo, académico y peculiar ministro de Finanzas heleno duró seis meses y diez días en el cargo, y nuestro ‘vice segundo’ cumplió diez meses de mandato este viernes, pensando, gracias a los 198 votos de rechazo a las enmiendas a la totalidad en los Presupuestos Generales del Estado, que les queda, a él y a los suyos, el disfrute de una larga Legislatura de mandato por delante.

Lo veremos, porque el mundo cambia a una velocidad inexorable, y España no tiene por qué estancarse en su situación actual, relativamente confortable para las poltronas ministeriales. La novia de Boris Johnson determina a quién se admite y a quién se expulsa del gabinete británico. Y Donald Trump, que ya no tiene el pelo tan naranja, se hace fuerte en la Casa Blanca pese a los abrumadores resultados de las elecciones norteamericanas a favor de Biden. A quien, por cierto, todo el mundo ignora si ya le ha felicitado el presidente del Gobierno del Reino de España, tan poco es lo que importa si lo ha hecho o no. Cuando, dentro de pocos días, repasemos, en los tradicionales resúmenes de fin de año, lo que ha sido este ‘tempus horribilis’, no podremos excluir tampoco, ay, el capítulo exterior en la lista de las desgracias.

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Un Gobierno provocador

Enviado por Fernando Jáuregui | 14/11/20

Alguien me tiene que explicar, porque no lo entiendo, por qué diablos esos guiños a una formación que, como Bildu, siempre te acaba dando disgustos. ¿A qué venían aquellos jocosos codazos de Pablo Iglesias a Mertxe Auizpurua ante los ojos de todos los diputados y también de las cámaras de los fotógrafos? ¿Se trata de hacer imposible, con estas muestras cariñosas hacia la formación ‘abertzale’ vasca, un acuerdo presupuestario con Ciudadanos, que es la bestia negra de Unidas Podemos? ¿Es simplemente un deseo de agrandar la brecha con la ‘otra España’, la que abomina de cualquier acuerdo con una organización que, como Bildu, muchos consideran aún una reminiscencia de la pesadilla de ETA?

Quién sabe. Lo que sí sabemos es que ni Pedro Sánchez ni, claro, Pablo iglesias necesitan para nada a Bildu para sacar adelante los Presupuestos. Son gesticulaciones de complicidad gratuitas, innecesarias, con las que se quiere provocar el rechazo en la bancada de la derecha, incluyendo a Ciudadanos en esa derecha, de manera que Inés Arrimadas acabe por abandonar su intención de seguir adelante tratando de forzar un pacto con el Gobierno de Sánchez.

Claro que ocurre que no hay Gobierno de Sánchez, sino de Sánchez//Iglesias, y sospecho que no hay posibilidad de entendimiento entre los ‘morados’ y los ‘naranjas’. La retirada de Ciudadanos pondría por completo a Sánchez en las manos de Iglesias a la hora de aprobar los Presupuestos y, por tanto, a la hora de garantizarse la pervivencia en la Legislatura. No hay amor por Bildu (es muy difícil querer a Bildu, incluso en la sede de Podemos): hay aversión por Arrimadas. Y hay también un cálculo político por parte de Podemos cuyo alcance a mí me resulta muy claro: una ocupación en toda regla de todo el poder posible.

Y entonces, de ahí la provocación a la señora Arrimadas para que ella acabe hartándose, tirando la toalla y dejando de ser un riesgo, pesa sus escasos diez diputados, para un pleno entendimiento, en exclusiva, de Unidas Podemos con el PSOE. ¿Percibe Pedro Sánchez lo que su socio está haciendo, ahondando la brecha entre las dos Españas? Pues claro que lo percibe: con tal de durar en la poltrona, todo vale. Hasta cohabitar con alguien como Iglesias que, superado solo por Abascal, lidera la lista de los políticos más impopulares del país. Sea como sea y cuando sea, esto acabará mal, y no precisamente en boda.

Si a la ‘provocación Bildu’ le añade usted la ‘provocación Celáa’, es decir, el proyecto para nada consensuado de esa nueva ley de Educación llena de aristas polémicas perfectamente gratuitas, como la eliminación del español como lengua vehicular docente en Cataluña, es probable que usted adquiera la sensación de que el Gobierno, o parte de él, tiene el plan de retar ‘a la derecha’ para dificultar cualquier mano tendida. El Gobierno de la nación repite una y otra vez que tiene voluntad de consenso, de pacto, pero solo ofrece a la oposición trágalas, desplantes y, claro, estas provocaciones. La ‘estrategia Pablo’ (Iglesias) sigue primando claramente sobre la ‘estrategia Pedro’ (Sánchez), suponiendo que sean ciertas las protestas de este último en el sentido de que anhela llegar a acuerdos con la oposición. Que ya es mucho suponer.

Así, en esta coyuntura especialmente difícil para España, nos encontramos con hostigamiento en lugar de acercamiento, más fraccionamiento aún en vez de unidad. Así, de esta no salimos más fuertes, y eso es obvio. Ni más unidos, lo cual cada día es más patente. Vamos por mal camino. Y yo, al menos, tengo ya muy claro quiénes son los principales culpables

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No, no ha acabado la era de las falsedades

Enviado por Fernando Jáuregui | 07/11/20

Que Estados Unidos es un gran país y que allí la libertad de expresión es algo que se respeta mucho lo demuestra el aplauso mayoritario –ha habido opiniones en contra, sí, pero han sido las menos—al hecho de que tres importantes cadenas de televisión norteamericanas cortasen por lo sano: interrumpieron la emisión en directo del discurso en el que Trump aseguraba haber ganado las elecciones y denunciaba fraude electoral en su contra. ‘Son mentiras’, explicaron, con razón indudable, las teles. Y ya se sabe que en Estados Unidos las mentiras son cosa grave. En otros lugares, no tanto, me parece.

Me hubiese gustado poder titular este comentario con algo así como ‘con Trump se acaba la época de la mentira’. Pero no puedo. No quiero dejarme llevar por el optimismo, entre otras cosas porque el gran ‘trumposo’ se ha embarcado en una extraña batalla legal para que no le desalojen de la Casa Blanca. Pero me hubiese gustado, al menos, poder encabezar este comentario con un titular semejante aplicado a nuestro país, algo así como ‘en España se acabó la era de las falsedades’. Tampoco estoy seguro de que pueda hacerlo. Más bien al contrario, y bien que lo siento.

Supongo que, como ha hecho en otros temas de calado –la reforma del poder judicial, la declaración de alarma hasta mayo–, el Gobierno de Pedro Sánchez dará una cierta marcha atrás en su proyecto de combatir, desde La Moncloa, las ‘fake news’, las ‘campañas de desinformación’, dizque a menudo alentadas desde el extranjero (¿por qué no se cita a la Rusia de Putin de una vez, si esto es lo que se pretende?). Ha sido tal y tan negativa la reacción, incluso llegada desde Europa, ante la orden ministerial creando un difuso Comité contra la desinformación que tengo la impresión de que el Gobierno se ha asustado, incluyendo al omnipotente Godoy que da la impresión de controlar casi por sí solo la vida política nacional.

Lo malo es que, con las huidas del Parlamento, con el control absoluto de la Fiscalía del Estado, con los intentos de controlar el gobierno de los jueces y ahora –faltaban los medios de comunicación– con este paso, que ha provocado el escándalo de los periodistas y de buena parte de la ciudadanía más consciente, el Ejecutivo de Sánchez deja entrever un muy escaso respeto al espíritu de Montesquieu y, en concreto, a determinadas libertades. Está justificada la inquietud ante lo que pudiera haberse pretendido en este ‘combate a la desinformación’ anunciado, de tan desinformativa manera, por la vicepresidenta Calvo. Entre otras cosas, porque la desinformación ha venido no pocas veces de la mano de un Gobierno cuyo ‘gabinete de estrategia’ piensa mucho más en una luenga toma de La Moncloa que en una ciudadanía que se va asfixiando poco a poco. Y así, la invasión al ciudadano se pretende desde la inspección de Hacienda, desde los teléfonos móviles, desde la opacidad en los despachos oficiales, desde la ocupación oficial de cuantos medios pueden. No culpen al mensajero ni al pianista, por favor.

No diré que estamos en el mismo plano que Trump haciéndose fuerte en el despacho oval, porque Sánchez, al fin y al cabo, ha ganado las elecciones y Trump, aunque cosechando casi setenta millones de votos, las ha perdido. Ni el presidente de acá es tan zafio como el de allá, obviamente. Ni tan descaradamente mentiroso, aunque las hemerotecas patrias podrían confeccionar un grueso volumen de inveracidades venidas desde el mundo oficial. Pero lo que sí tengo que decir es que el desdén, incluso el odio, por el periodismo libre es tan acusado, tan iliberal, aquí, en la actual Moncloa, como allí, en la aún actual Casa Blanca. Y que, aun sin saber muy bien cómo acabará la cosa (aquí, digo; allí va a acabar muy mal para Trump, me parece), me resisto a que dos monclovitas, que han mostrado una lealtad mucho más allá de lo razonable a lo que dice y calla ‘el jefe’, sean quienes se erijan en jueces de lo que ha de decirse o no. Que es, simplificando, de lo que se trata. Esto también les va a salir mal, creo. Como a Trump, aunque, por supuesto, no tanto.

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Siguen las amenazas a la libertad de expresión

Enviado por Fernando Jáuregui | 06/11/20

Ya se sabe que, en la guerra –y estamos en guerra, aunque sea contra un virus que es mucho más que un virus–, la primera víctima es la verdad. O sea, la libertad de expresión. En el país donde se cierran, o se opacan, los portales de transparencia, en el que reinan las escuchas ilegales, los espionajes clandestinos ‘desde arriba’, en el que las hemerotecas claman por las violaciones a la verdad, hemos –han– decidido crear, atención, una Comisión Permanente contra la Desinformación. Se crea, nos dicen, para potenciar la verdad, combatir los bulos y las ‘fake news’, fomentar el pluralismo de los medios y detectar campañas lesivas contra el buen nombre de la nación (¿o de su Gobierno?) que pudieran ser puestas en marcha por ‘potencias extranjeras’.

Será, claro, el propio Gobierno, sus agentes en Moncloa, el humorísticamente llamado Godoy, quienes determinen el alcance, gravedad y consistencia de las transgresiones a la Verdad, presuntas o reales. Y los periodistas, a todo esto, viéndolas venir: que yo sepa, nadie nos ha consultado nada, aunque, en teoría, seamos los intermediarios entre los poderes y la opinión pública.

Si no fuese porque uno conoce a sus clásicos y el muy descriptible respeto a la libertad de expresión que reside en determinados miembros de este Ejecutivo, comenzando por su vicepresidente segundo –tampoco es que el presidente se haya mostrado como un campeón de la veracidad, como consta en múltiples ejemplos–, admitiría que acaso un deseo sincero de combatir el Gran Bulo Universal anida en el ánimo de nuestros gobernantes. El problema es que uno, perro viejo al fin, ha visto pasar demasiadas torrenteras bajo los puentes quebradizos de la libertad, y hasta heridas en el alma, algunas bien recientes, aún conserva uno: pandemia, pandemia, cuántos golpes a la libertad de expresión se cometen en tu nombre….

Dicen que estamos ante una ola de ‘infodemia’, el mal de la mentira que se expande por doquier. Y aprovechan que el campeón del mundo de los mentirosos resida aún en la Casa Blanca. Desde allí se atrevió a proclamar ‘urbi et orbi’ que había ganado unas elecciones que no había ganado; de paso, ha desautorizado el sistema, enlodando el prestigio de los EE.UU. Y nada ha ocurrido, hasta ahora, ante tan monstruosa deformación de la más elemental evidencia. Si en el país que se reclama cuna de la democracia no se tambalea la estatua de Lincoln por tener a Superpinocho de presidente, ¿por qué iba a suceder algo, un estallido de indignación, en un pequeño país del Imperio cuyo presidente asegura, ante unas elecciones, que las convoca para que no ocurra lo que, a las veinticuatro horas de celebrados los comicios, él mismo propició? Y eso, por poner apenas un ejemplo, desde luego.

Pues eso: que si Trump, siendo como es –veinte mil mentiras en un año, le contabilizó el ‘Washington Post’–, llegó a donde llegó, si Putin se permite hasta interferir en los recuentos electorales de otros países, ¿qué impide aquí forzar un poco la mano de la veracidad, alegando motivos de salud pública y el combate contra los bulos que la pandemia provoca (los primeros, por supuesto, son fomentados desde el propio Gobierno)? Bah, minucias: cuidado con los digitales y con los periodistas aviesos, que los Representantes del Pueblo tienen licencia para mentir, perdón, para edulcorar la realidad.

Lo siento, pero no concedo a este Ejecutivo la capacidad de discernir entre sus ‘verdades’ y las presuntas mentiras –que las hay, sin duda—que circulan por ahí. Reclamo que esa Comisión integrada por funcionarios monclovitas, si es que una tal Comisión hubiere de crearse, que me parece que no, se sustituya por un ente más imparcial, mejor fiscalizado, menos sectario. Más creíble, en suma.

Y lamento mucho que la voz que con mayor estruendo se ha elevado para protestar contra este que ya es llamado ‘Ministerio de la Verdad’ sea precisamente la de Vox, un partido alineado con el ‘trumposo’ presidente aún de los Estados Unidos y, desde luego, no precisamente célebre por su defensa del pluralismo y de la apertura informativa. No; la protesta tiene que estar alejada de cualquier caverna. ¿Dónde está la voz corporativa de los periodistas, a la que han puesto sordina, incluso desde las redes sociales?¿Dónde la de una sociedad que, con todas sus razonables críticas hacia algunos medios, hacia ciertas prácticas, debería reclamar su derecho a ser informada sin restricciones ni cortapisas?

Lo peor de una sociedad en crisis es su miedo a gritar contra la iniquidad, pensando que la menor disonancia te puede costar una represalia. O, aún peor, no servir de nada. Ahí lo dejo, por si a alguien le suena lo que digo. Me temo que ‘los rusos’, o los cabezas de huevo que, desde cualquier despacho oval, todo lo trampean, están mucho más cerca de nosotros de lo que pensamos.

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Que dimita Fernando Simón

Enviado por Fernando Jáuregui | 02/11/20


(demasiado protagonismo, demasiada frivolidad)

El doctor Fernando Simón debe dimitir. O tendría que ser cesado. No (solo) por sus intolerables chanzas machistas en un vídeo que se ha hecho indignantemente viral y que me da hasta rubor comentar, sino porque no da una. No es momento ni para fiestas ni para bromas, cuando más de un centenar de personas muere cada día infectado por un virus contra el que las autoridades sanitarias de todo el mundo están perdiendo la batalla. Pero otros dan tal batalla con mayor seriedad que nuestro director del Comité de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias. Que sospecho que, con sus salidas folclóricas, con sus errores de previsión, con sus pasadas verbales, ya ni siquiera es útil para que la indignación popular no se centre en los superiores de este médico, que tiene un curriculum meritorio, sin duda, pero cuya trayectoria en estos ocho meses de pesadilla y de pandemia ha ido decayendo y pasando del error puntual al ridículo.

No, Fernando Simón ya no sirve como pararrayos para que el ministro Illa quede en evidencia por su incompetencia. Y menos sirve para tapar los patinazos de Pedro Sánchez, de quien no podemos olvidar que el 7 de julio, sin que Simón dejara de reírle las gracias –bueno, en realidad nunca ha dejado de reírselas–, se proclamó vencedor frente al Covid, animándonos a todos a salir a la juerga veraniega.

Parece claro que, si se quiere imprimir una nueva dinámica en el combate a estas sucesivas oleadas de rebrotes que a todos nos hacen temer lo peor, lo primero será, como decía Einstein, no hacer ni decir lo mismo que hasta ahora, porque sería insistir en el fracaso y en el desconcierto: son necesarios cambios en profundidad y también en lo accesorio. No sé si Fernando Simón es lo primero o más bien lo segundo, un señor ofuscado por su propio éxito mediático, que se jacta de comparecer ante las teles con camisas inenarrables y que cree que puede hacer bromas soeces, secundado por dos cantamañanas, a cuenta de las enfermeras, que se baten el cobre en primera línea frente a la enfermedad más contagiosa que se conoce.

Ya sé que el mundo anda en cosas muy trascedentes, y que ahora lo importante es saber si alguien tan detestable como Trump –al menos para mí, conste: habrá quien le defienda— va a seguir o no estropeando más el mundo. Pero mucho más vital, aquí y ahora, es vencer a una enfermedad que mata a nuestros mayores –y no tan mayores–, que nos encierra en casa, que arruina a buena parte de la sociedad, que arrasa con nuestra forma de vida, que nos hace lamentar que, cuando éramos felices sin darnos cuenta de ello, no supiésemos aprovecharlo a tope. Y, para vencer, insisto, lo primordial es restablecer la confianza de la tropa en los generales, en los portavoces, en los rostros visibles de la batalla, que no pueden cada día asemejarse más a un clown haciendo y diciendo eso, payasadas, dicho sea con todo el cariño hacia los payasos, claro.

España cuenta con figuras muy respetables, algunas procedentes de administraciones anteriores –estoy pensando en los días de Trinidad Jiménez como ministra, con José Martínez Olmos en la Secretaría general de Sanidad, y esto es para poner apenas un ejemplo que conozco–, que deberían incorporarse a la batalla pública de manera integral, sin pensar en hacer política partidista y sectaria, porque los problemas están muy por encima de todo eso. Por esta misma razón, me atrevo –yo, que inicialmente elogié su labor inicial—a pedir que Fernando Simón sea apartado ya de sus funciones, sin que valgan ahora excusas y disculpas simplemente por sus salidas de tono. Los errores de Simón van mucho más allá, son estructurales y no puntuales, son éticos y no meramente estéticos. Sería muy malo, creo, mantenerle para pagar los servicios –o lo que sea—prestados. Tiene, insisto, que irse. Y temo que el ministro al que protege con su paraguas multicolor, también.

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La era ‘trumposa’ llega a su fin (confío)

Enviado por Fernando Jáuregui | 01/11/20



(no, a Sánchez tampoco le gusta Trump; en eso, al menos, coincidimos muchos en este país. Menos Vox)
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Yo creo que ganará Biden y, además, lo deseo: deberían dejarnos votar a los europeos en las elecciones norteamericanas. Entonces las cosas estarían más claras y ese universo taimado, salvaje, que nos ha regido en los últimos cuatro años dejaría de existir como por ensalmo. El mundo ya no es aquel lugar del que teníamos referencias más o menos seguras. Y lo será menos aún en función de quién gane las elecciones norteamericanas: nos espera, por si teníamos pocas en casa, una semana llena de emociones. La gerontocracia de los wasps que, sin embargo, preludia un mundo nuevo: los ‘trumposos’ decadentes, frente a la promesa de una mujer magnífica como Kamala Harris, que hace bueno a su presidente (¿es que los demócratas no tenían algo mejor que este burócrata de 77 años para combatir a alguien como Trump?) y regenera las peores aprensiones de seguir en la ‘América profunda’ frente a un eurocentrismo debilitado.

Alguien como Trump es trampa. Y ha impuesto su moral –por llamarlo algo—‘trumposa’ al mundo que los EE.UU siguen controlando: Boris Johnson, Bolsonaro, los feroces demodictadores de Polonia o Hungría, los populistas que se basan en las ‘fake news’ para engañarnos siempre que pueden, han contribuido a dejarnos el mundo un poco peor de lo que lo encontraron. Y peor: han contagiado sus ‘trumpas’ a muchos más. Lejos de mí la funesta manía de comparar, porque además las distancias son muchas; pero tramposos, lo que se dice tramposos, aunque de tono algo menor, trileros, los hay en muchos otros lugares; y no quiero señalar, porque usted, querido lector, me entiende perfectamente, y no quiero que me reproche andar volviendo, también hoy, a la política nacional.

Solamente diré, sin embargo, que aquí es Vox el único que apoya de forma explícita y entusiasta la candidatura de Trump; pero que a otros, en otros ámbitos ideológicos, ese señor de pelo naranja les viene muy bien para decirnos que hay cosas peores. Que puede que haya dos Españas, pero están un poco, un poco, mejor avenidas –o lo estaban hasta hace no mucho—que las dos Américas. Que allí los disturbios en las calles son mucho más incendiarios. Y que allí también hablan, quizá sin mucha razón, de ‘estado fallido’. Y se hacen aún más trampas, porque con Trump, la trampa adquiere un carácter institucional, y aquí aún se trata de disimular un poco con grandes cifras de Presupuestos.

Tengo ante mí dos libros, preocupados y preocupantes, que se refieren de manera indirecta al peligro de fin de la democracia representativa: ‘Cómo mueren las democracias’, de Levisky y Ziblatt, y ‘cómo salvar las democracias liberales’, obra de varios pensadores españoles editados por el Círculo de Empresarios. Estoy a punto de comenzar ‘El desmoronamiento’ de George Packer. Todos hablan del mundo, mal gobernado, que periclita. Y uno, que realizó no hace mucho su propia y modesta aportación editorial al rupturismo total que se otea en el ambiente, se pregunta si lo que está a punto de ocurrir (o no) en ese gran país del que tanto dependemos nos afectará aún más, y a peor, en esta época de tantas y tan variadas pandemias. Lo dicho: deberían dejarnos votar a los europeos. Y así, quizá, habría menos trampas. Allí, y aquí. 3

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Casi todo lo que se nos va muriendo

Enviado por Fernando Jáuregui | 31/10/20

Hay días, como el primero de noviembre, en los que te detienes unos minutos y te pones a recordar a la gente que se te ha muerto dejando huella en ti. Este año, los muertos han sido demasiados, muchos más de la cuenta –¿cincuenta mil?¿más?—y, en conjunto, duelen más que jamás. Pero, puestos a meditar en esta aburrida jornada, una más más de confinamiento, o lo que sea, en este 1 de noviembre, cuando antes nos largábamos de puente, o a los cementerios a visitar a los nuestros que ya no están, me ha dado por enumerarme a mí mismo lo mucho que se nos está muriendo, sin que pueda verse un recambio fácil.

Nunca se sabe si la ruptura con lo anterior es la muerte definitiva o el comienzo de algo nuevo que surge de los rescoldos. Era mucho lo que, antes del estallido de la pandemia, se nos iba muriendo por consunción. Recuerdo que ya cuando comenzaba noviembre de 2019 y el coronavirus no era ni un brote de alarma en China, advertíamos signos de que había cosas que quizá no volverían: aquel bipartidismo, aquel espíritu de consenso del 78. Todo iba a volar con las elecciones de hace un año: imagine usted cuánta agua ha pasado bajo los venerables puentes en apenas doce meses. Puede que los puentes se caigan de viejos: pero ese agua no retornará.

Sí, hay días, como el primero de noviembre, en los que te paras a pensar en que ‘sic transit gloria mundi’; la vida es efímera. Pero nunca como este 1 de noviembre, en el que casi todo nos está fallando y la angustia ante la enfermedad es casi más liviana que la que nos produce el panorama económico, el social, el moral. Entramos en un mes en el que habremos de debatir unas presupuestos algo tramposos –mire qué departamentos se han beneficiado más: los de Pablo Iglesias e Irene Montero, que llevan semanas de protagonistas de titulares cuando menos, ejem, curiosos–; un mes en el que quizá regrese a España el que fue llamado rey emérito, que, nos dicen, siente terror ante la posibilidad de morir fuera del país en el que ejerció casi cuarenta años como jefe del Estado. Un mes de aceleración del desgaste de las instituciones, desde el Parlamento al poder judicial. Un mes que, elecciones norteamericanas por delante, puede cambiar el mundo. A mejor o a peor.

Sí, es mucho lo que se nos va muriendo. Sin ir más lejos, la propia idea de la navidad, aunque los alcaldes se esfuercen en iluminar de alegría unas calles que se van quedando vacías. Se nos va quedando exangüe la mismísima confianza en nuestro futuro, que es algo que conviene revitalizar cuanto antes. No hay espacio en los cementerios para cuanto se nos está yendo de las manos, así que más nos vale empezar a entonar, ya desde mañana, tras la jornada nostálgica de Todos los Santos, cantos a una inédita esperanza. Y a una imprescindible reconstrucción.

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