¿Reformar la Constitución? Qué pereza…

Enviado por Fernando Jáuregui | 05/12/21

Uno lleva treinta años oyendo a las fuerzas políticas hablar de la reforma constitucional. O escuchando cómo algunos otros combaten cualquier cambio, hasta el más mínimo, en nuestra Constitución. Como si cambiar los aspectos más obsoletos fuese cosa de quienes quieren socavar el sistema o derrocar la Monarquía, cuando, en mi opinión, se trata absolutamente de lo contrario: de fortalecer el sistema en el que nos asentamos y potenciar la figura y las funciones del Rey. De momento, la falta de consenso, que es uno de los pilares del mal funcionamiento de nuestra democracia, impide tocar nuestra ley de leyes y hace que, en la práctica, con la deficiente, por lenta, gestión que ocasionalmente define al Tribunal Constitucional, los incumplimientos más o menos soterrados a la Constitución sean cosa casi cotidiana. Hay múltiples ejemplos de ello y ocioso es hacer aquí una recopilación que haría este comentario demasiado largo.

Pero sí, pienso que la Constitución hay que reformarla, de común acuerdo los partidos mayoritarios frente a otros que quieren socavar las bases de lo que somos aquí y ahora. Algunos de estos ‘otros’, por cierto, resulta que son son socios del Gobierno de Pedro Sánchez, que lleva cuatro años hablando de reformar la constitución sin haberse, para nada, puesto manos a la obra. Pero , por cierto, pienso que de ninguna manera se puede acusar a Sánchez –algunas voces en la oposición lo intentan—de violentar y menos aún vulnerar la Constitución; siempre he dicho, sin ir más lejos, que si el líder del PSOE y actual presidente del Ejecutivo no estuviese defendiendo la figura del actual Rey –otra cosa es la del llamado emérito, primer firmante, por cierto, de la Constitución–, la Monarquía caería en dos días.

Otra cosa es que pueda acusarse a Sánchez, como a las demás fuerzas políticas y a sus predecesores, de una inaceptable pereza y cobardía a la hora de plantear cambios y reformas sustanciales: hay que modificar al menos otros dos Títulos, el referente a la Corona (inviolabilidad del monarca) y el que habla del Legislativo (cuántas veces se ha dicho que el Senado actual es inoperante y, sin embargo, nada…), además del octavo (las autonomías). Eso, independientemente de otros numerosos artículos que andan por ahí perdidos, obsoletos y propiciando interpretaciones múltiples y hasta contrapuestas de mandatos constitucionales concretos, por ejemplo en lo relativo al poder judicial, que esa es otra. Ya digo: la lista sería demasiado larga.

Cada año, al llegar a una fecha como la de hoy, recuerdo que nuestra Constitución sigue hablando del servicio militar obligatorio, suprimido por José María Aznar ¡hace veinte años!. Pero claro, paree que tocar un pelo a la norma fundamental, por ejemplo el artículo 49, que habla de ‘disminuídos’, para reemplazar este término, obsoleto y hasta humillante, por ‘discapacitados’, supondría el peligro, citado por la rutina política, de ‘abrir el melón’ para que quienes quieren derribar el templo, empezando por ejemplo por la Corona o la unidad de la nación, intenten hacerlo.

Sí, la reforma constitucional ha de ponerse en marcha con prudencia, pero sin demoras que hagan que el texto aprobado en 1978 y que ha servido de base a nuestra convivencia democrática siga vigente bastantes años más. Y lo lamento, pero no puedo estar de acuerdo con algunas tesis que escucho de labios de miembros del Gobierno (Margarita Robles, por ejemplo) y en la oposición en el sentido de que todo está bien y que ni cambios lampedusianos, para que todo siga igual, son necesarios. Otra muestra más de la miopía existente en la llamada clase política de nuestro país, que no acaba de enterarse, parece, de que hemos entrado en una nueva era y que cuarenta y tres años, en los que el mundo ha dado la vuelta como un calcetín, son más que suficientes para pensar en modificar algo para que no nos cambien, los huracanados vientos que a veces soplan en nuestros cogotes, todo.

Share

Es el fin d e los partidos, estúpido!

Enviado por Fernando Jáuregui | 03/12/21

Cuando Vox dice querer defender los derechos del obrero y la vicepresidenta Yolanda Díaz aboga por un ‘pueblo ilusionado’ que no sea ‘ni de izquierdas ni de derechas’, uno tiende a pensar que algo está cambiando muy profundamente en la piel política de la nación, como está ocurriendo en Europa, quizá en todo el mundo. Los partidos políticos, los clásicos al menos, ya no están de moda: a ver si va a tener algo –algo—de razón Francis Fukuyama, que señalaba que las ideologías ya no son necesarias, que todo es la Economía, con mayúscula.

No sé si la responsable de Trabajo del Gobierno de Pedro Sánchez o el fundador del partido de la extrema derecha han leído ‘el fin de la Historia’, del politólogo norteamericano, pero alguien tiene que empezar a releerlo urgentemente. Porque algo, muy profundo, está ocurriendo en el ‘corpus’ político, sin que lo estemos entendiendo cabalmente.

Que la persona que está revolucionando tantas estructuras políticamente anquilosadas, y ahora me refiero a Yolanda Díaz, rechace que la confinen a “un rinconcito a la izquierda”, ha de forzar a meditar a los responsables del PSOE, sobre todo al principal responsable del PSOE, encerrado en unas siglas partidarias que claramente –lo vimos en el 40 congreso—ya no atraen a los jóvenes. Como, si me lo permiten, por extensión, nos les atraen ni esta Monarquía –ni aquella República–, ni la fidelidad a la Constitución tal y como está. Ni tal vez el sistema, tal y como está.

Esta es la verdad, aunque a quienes llevamos más tiempo transitando por el mundo no nos guste o nos asuste. De la misma manera, creo que en el principal partido de la oposición tendrían que meditar muy seriamente si su actual política de ‘disparos en el pie’ por lograr parcelas de poder e influencia en su propia formación política no es, simplemente, suicida. Sobre todo, a la vista de unos populismos, el de Vox o el del francés Zemmour, en cuarto creciente y tratando de apropiarse de trozos de pastel defendidos hasta ahora por la moderación ‘conservadora’, pero al tiempo abogando por no conservar casi nada.

Así las cosas, plantear el futuro político de la nación mirando a través de las lentes actuales resulta cuando menos miope. Vivimos una era en la que un virus ha sido capaz de transformar, más de lo que ahora nos damos cuenta, nuestras costumbres, nuestros viajes, nuestras relaciones. Y nuestra economía, claro. Pero me parece que de Díaz a Zemmour, pasando por el próximo conglomerado de gobierno alemán, por ejemplo, también han comprendido que los tiempos políticos han cambiado de golpe y que las siglas partidarias o se actualizan, o las instituciones y las constituciones se modernizan, o alguien las obligará a hacerlo.

Por supuesto que para nada equiparo en ningún aspecto la me parece que ilusionante plataforma nonnata de Yolanda Díaz con los disparates que le he leído a Zemmour o las salidas de tono de alguno de los seguidores de Abascal. Solo digo, en vísperas de la celebración del 43 aniversario de nuestra Constitución, que no tenemos otro remedio que pensar, por ejemplo, en lo significativo que resulta el hecho de que quien la firmó como jefe del Estado sigue, desprestigiado por unos y aún loado por otros, fuera de su patria. Mientras, su hijo, un buen Rey que creo que trata de adaptarse a los nuevos tiempos, compone el rostro ante lo que nos dirá en la Nochebuena. Supongo que hay que mantener, hasta donde se pueda, la tradición en momentos de revolución.

Y, en este marco, tan solo añado que quizá Fukuyama, lejos de haberse pasado varios pueblos, como dijeron sus críticos allá por los primeros años noventa, se quedó corto cuando escribió ‘el fin de la Historia y el último hombre’. Puede que empiece a no haber ya ‘rinconcitos’ en la izquierda, ni las usuales, definibles, cavernas en la derecha, ni sistemas inamovibles. Un buen motivo de reflexión cuando nos lanzamos en brazos de 2022, que va a ser, sin duda, otro año de grandes cambios, mal que nos pese.

Share

La Navidad que quién sabe cómo viene

Enviado por Fernando Jáuregui | 21/11/21

Por no saber, a estas alturas no sabemos siquiera si la tradicional recepción de la Constitución en el Congreso, que siempre se celebró el 6 de diciembre, tampoco podrá volver a celebrarse este año. El rebrote de la pandemia, ya sabe usted, y que la señora presidenta de la Cámara, doña Meritxell Batet, es quizá hasta excesivamente cauta para estas (y otras) cosas. Tiene el asunto de si hay fiesta o no su miga política, cuando la Constitución está más zarandeada que nunca, en parte por un sector del Gobierno, y cuando, a mi entender, se incumple más que nunca. Y claro, cuando la necesidad de llegar a un amplio consenso para reformar determinados aspectos desfasados de la ley de leyes es mayor que nunca.

La fiesta de la Constitución era, además, la precedida por las visitas de los ciudadanos al Congreso y al Senado: largas colas para ver por dentro la sede del Legislativo (tampoco he conseguido saber si este año se reanudará esta tradición). Y era la celebración que, de alguna manera, abría las puertas a las exaltaciones navideñas, con las ciudades ya brillantemente iluminadas, sin miedo a la factura energética.

La pandemia, que está golpeando de nuevo a una Europa que se interroga si hay que volver a los confinamientos, y también los cambios de costumbres y de coyunturas, hacen que se cuestione cómo vamos a llegar a la Navidad, lo cual tiene muy importantes implicaciones económicas, sociales y hasta políticas. Por ejemplo, y contemplando el conjunto desde otro plano, a ver qué nos dice el Rey este año en su mensaje de Nochebuena, cuando será, presumiblemente y si nada inesperado ocurre, el segundo que nos haya de dirigir con su padre navideñamente ausente gracias a una de las operaciones políticas más desastrosas que yo haya contemplado jamás.

Claro, vistas así las cosas, la pregunta acerca de la celebración de la Constitución en el edificio que es el arquitrabe de la democracia, el palacio de la Carrera de San Jerónimo, es absolutamente pertinente, porque incluye todo lo demás que hasta las Navidades de 2019 dábamos por garantizado: desde las colas de la lotería hasta el naciente apogeo del ‘black Friday’, pasando por ese cóctel a la sociedad en el aniversario de la Constitución, que este año cumple 43 años con relativamente buena salud (ya he dicho que está obsoleta en algunos aspectos que sería conveniente reformar) y poco consenso para su defensa.

Ya sé que hay cosas quizá más importantes en el panorama político que el hecho de que la señora Batet, siguiendo instrucciones –sanitarias, naturalmente– desde el Ejecutivo, convoque o no ese encuentro del 6-d. Un encuentro interesante para los periodistas, al que suelen asistir los ex de la UCD, militares y, hasta ahora, jueces (ya veremos si por esas fechas se ha acordado la renovación del Consejo del Poder Judicial y si aminoran las tensiones que el tema está generando) y nunca los diputados nacionalistas.

A veces, lo que es significativo adquiere la categoría de la importancia. Y, para mí, creo que para muchos cuando vemos lo que está ocurriendo en Europa, cómo vayamos a pasar estas Navidades, que irrumpen con la fiesta de la Constitución el 6 de diciembre, es importante. Mucho. Será la muestra de que hemos entrado, aunque sea de puntillas, en la normalización, o no. Y ojalá todo dependiera, como nos repite Pedro Sánchez, de “vacunación y mascarillas”. Nuestro optimista presidente sabe que es mucho más complejo el asunto que la existencia de algunos, incluso muchos, negacionistas, aunque no convenga decirlo.

Share

Casado, ante el test para saber si llegará a La Moncloa

Enviado por Fernando Jáuregui | 20/11/21

Usted, yo, cualquiera, hemos hablado con mucha gente que vota al Partido Popular, que piensa que es una alternativa razonable, “cuando sea”, al Gobierno de Pedro Sánchez, y que este ‘cuando sea’ puede ser bastante antes de ese 2023 oficialmente previsto y anunciado. Y usted, yo, cualquiera, hemos escuchado a gentes ‘muy peperas’ quejarse amargamente de que el partido, con guerras intestinas que nadie parece comprender muy bien, “se está pegando constantemente tiros en el pie”. Puede, empero, que esta semana próxima asistamos a episodios de reconducción de las aguas hacia terrenos menos pantanosos e insalubres. Estamos ante un verdadero test para saber si Pablo Casado logrará llegar con bien a la final frente a un Pedro Sánchez que hace cualquier cosa menos mostrarse abrumado por los problemas que le aquejan, que nos asedian a todos los ciudadanos.

Ojo, que no digo que yo posea las preguntas infalibles para el test de ‘gobernabilidad’ futura de esta loca política española, tan imprevisible. Pero sí le puedo asegurar que las cuestiones que siguen son las que escucho en mis viajes, en mis entrevistas, en las conversaciones por la calle, en las cenas de amigos y no tan amigos.

La primera cuestión es, claro, si por fin el PP va a ceder, a cambio de contrapartidas, a la renovación del Consejo del Poder Judicial. Parece que sí, que la muralla ‘sanchista’ abre algunos huecos y que esa renovación, que está a punto de cumplir tres años escandalosamente pendiente, va a producirse pronto, en los próximos días. Confiemos en que no con el mismo secretismo y similar encanallamiento político a como se hizo la del Tribunal Constitucional. Y esperemos que sin dejar el habitual rastro, tan cainita, de vencedores y vencidos.

Segunda pregunta: ¿de verdad se va a sancionar a alguien tan incómodo como Cayetana Alvarez de Toledo por haber votado en contra de las consignas de la dirección de su partido en la votación (teóricamente secreta) de los nuevos magistrados del TC? La ex portavoz ‘popular’ en el Congreso siempre puede alegar que votó en conciencia mientras sus compañeros lo hacían ‘tapándose la nariz’, como más de uno dijo, tanto en el PP como en el PSOE y Podemos, ante un trágala vergonzoso.

Tercero: ¿hay alguien que no esté convencido, en el mundo más ‘cafetero’ del PP, de que Isabel Díaz Ayuso, tampoco muy cómodo personaje por cierto, es un activo, y no una rémora?¿Que es ella quien debe presidir el PP madrileño y que poco importa si el congreso regional se celebra en enero o en marzo? Pues, si es así, ¿a qué viene tanta estúpida escaramuza, propiciada por personajes secundarios? ¿Será que la señora Díaz Ayuso está corriendo el riesgo de morir de éxito, que es algo de lo que deberían avisarla sus asesores?

Y cuarto. ¿Está bien asesorado Pablo Casado? Debería el presidente ‘popular’ tomarse unas horas de descanso y reflexión, en medio de tanto viaje frenético a terrenos que pisa levemente antes de marchar a otra parte?. Creo, por concretar, que las atribuciones dadas al secretario general son excesivas y la política ‘testicular’ de este no es ahora la más conveniente.

Estoy convencido de que Pablo Casado seguirá siendo el principal oponente, dentro de unos meses, a un Pedro Sánchez al que se le multiplicarán los problemas, y uno de ellos, acaso el menos serio, pero con todo importante, se llama Yolanda Díaz. De la misma manera que es patente que Ciudadanos ha dejado de ser un riesgo, y una oportunidad, para el PP: el partido centrista se ha reducido a apenas tres nombres destacados y admirables, como los vicepresidentes de los gobiernos andaluz y castellano-leonés, y casi pare usted de contar. Así las cosas, la principal cuestión será saber si los votantes del PP de Casado logran superar sus reticencias ante Vox, sin duda necesario en un futuro para que la derecha forme gobierno.

Si Casado gira en sus planteamientos de ‘no a todo’, tiende manos al ya sé que intratable Sánchez –es la política, qué le vamos a hacer—y controla los ardores guerreros de algunos en la sede de Génova, impidiendo ‘maniobras orquestales en la oscuridad’, por ejemplo contra Díaz Ayuso y su entorno, estoy convencido de que acabará viendo los frutos de tal viraje. No le queda mucho tiempo: debería aprovechar ya hasta la clausura, este domingo, del congreso andaluz del PP en Granada, todo, ya. Lo demás, seguir filtrando desde la propias filas presuntos golpes de estado contra Ayuso, o de Ayuso contra Casado, por cierto sin aportar nunca la más mínima prueba –creo que no las hay—, es seguir con la acreditada táctica de suicidio por capítulos, pegándose hoy tiros en el pie, mañana en las manos, en…¿Va a superar Casado el test, no tan difícil, de la supervivencia?

Share

Una vergüenza ya casi olvidada

Enviado por Fernando Jáuregui | 19/11/21

La despedida de Juan José González Rivas como presidente del Tribunal Constitucional, para ser sustituido desde este viernes por el también conservador Pedro González Trevijano, fue algo parecido a un poema: ante las máximas instituciones del Estado, comenzando por el Rey, habló de la ‘independencia’ y ‘ética’, de la necesaria ‘honestidad’, que deben presidir la vida pública y jurídica de España. La fotografía, claro, fue, sin embargo, la de la jura del cargo del nuevo magistrado Enrique Arnaldo, el hombre que protagonizó uno de los escándalos políticos a mi juicio más notables de los últimos tiempos. Pero el ‘affaire’, con perdón, ocurrido hace apenas semana y media, ya está casi olvidado: un par de ceremonias institucionales, unas solemnes promesas del cargo y unas bellas palabras de adiós, que sonaban algo artificiales, han bastado para echar tierra sobre el asunto.

Aquí no ha pasado nada, y el máximo órgano encargado de velar por el cumplimiento de una Constitución cada día más vejada sigue su trayectoria, imperturbable. Difícil lo van a tener el nuevo presidente conservador y el vicepresidente progresista, Juan Antonio Xiol, junto al resto de sus compañeros, para hacer que el Constitucional recupere su prestigio y, más aún, su necesaria operatividad, sin someterse a decisiones partidistas de apoyo o castigo al Gobierno de turno, el de Pedro Sánchez en esta ocasión.

Lo que más me sorprendió de las imágenes del acto de despedida de los salientes del TC, que vieron prolongado su mandato de manera artificial por la falta de acuerdo entre los partidos para renovarlos, fue la impasibilidad con la que el ‘nuevo’ señor Arnaldo participó en un acto al que llegó tras un considerable escándalo, el de su presunta falta de idoneidad para ocupar el importante cargo al que accede. Un escándalo matizado y con sordina porque los diputados de los dos partidos mayoritarios, PSOE y PP, le votaron a él, y a los otros tres magistrados entrantes, tapándose la nariz, sic, ante la constatación de que el señor Arnaldo había incurrido en prácticas profesionales que le harían inviable para el cargo que en esos momentos estaba prometiendo.

Ese voto aquiescente, pastueño, de los parlamentarios socialistas y ‘populares’ ante el pacto suscrito por sus respectivas direcciones para ‘desbloquear’ esta renovación del TC a base de aportar a juristas claramente adscritos a los intereses de uno u otro partidos mayoritarios, constituye, para mí, una de las muestras más claras del progresivo envilecimiento en el que cae nuestra vida política. Que ahora puedan ser sancionados por sus respectivos grupos parlamentarios los muy escasos diputados que, por el lado del PSOE –Odón Elorza—o del PP – Cayetana Alvarez de Toledo—, se atrevieron, apelando a sus conciencias, a romper la férrea disciplina de voto (que era secreto en teoría, que no en la práctica), es algo que da una idea de hasta qué punto hemos llegado.

Pero, una vez visto de reojo lo que ocurre en el Legislativo, y sabiendo que el largo brazo del Ejecutivo trata de asfixiarlo todo, vayamos al Judicial, el tercer poder de Montesquieu. Ya digo que mucho habrá de reformar sus conductas, sus deliberaciones, sus tiempos y sus decisiones el Tribunal Constitucional para poder ser acreedor a la confianza que su alto magisterio exige. Porque, al fin, habremos de convenir, y ejemplos existen a mares, en que casi cada día se producen decisiones administrativas que no respetan, entre otras cosas, la igualdad de todos los españoles ante la ley, y eso es algo en lo que cotidianamente debería intervenir, con celeridad hoy inexistente, la institución que constituye el último recurso de quienes sienten maltratados sus derechos constitucionales.

La Constitución, cuyo 43 aniversario celebraremos dentro de pocos días, no es siempre de fácil y escrupuloso cumplimiento. Simplemente, ha quedado desfasada en no pocos aspectos. Pero ¿quién reforma al reformador? En estas condiciones de falta de pacto y de acuerdo –aunque parece que el desbloqueo del Consejo del Poder Judicial es ya inminente, porque la cosa no da más de sí–, se realza la importancia de los intérpretes de la ley fundamental. Y esos son los magistrados del Tribunal Constitucional, convertido ‘de facto’ en una especie de cuarto poder que va más allá del judicial.

Permitir, con los manejos de los políticos y la mansedumbre de los propios magistrados, la indeseable degradación de la pureza de méritos de esos magistrados, el ‘arnaldismo’, me parece una muestra más, si falta hiciera, de lo que nos está pasando. O, mejor dicho, de que aquí no ha pasado nada, o como si nada.

Share

Solo veinte días para evitar el aniversario de la vergüenza

Enviado por Fernando Jáuregui | 14/11/21

Con el rostro aún colorado por cómo se renovó la pasada semana, con parlamentarismo y alevosía, el Tribunal Constitucional, creo que debemos aprestarnos a evitar lo que sería una nueva ignominia: ‘celebrar’ el tercer ‘cumpleaños’ del vencimiento de la composición del Consejo del Poder Judicial. El triste aniversario se producirá el 4 de diciembre. ¿Serán capaces nuestras fuerzas políticas de llegar a un acuerdo, que no sea tan oneroso para la moral política como el del TC, antes de esa fecha? Quedan veinte días y todos los ojos están puestos en dos hombres, Pedro Sánchez y Pablo Casado, que no se reúnen en La Moncloa desde hace más de dos meses, si nos atenemos a las informaciones oficiales.

En veinte días, lo demuestra la trepidante actualidad que nos toca vivir, pueden ocurrir muchas cosas. Quizá demasiadas, porque una democracia, ya nos lo enseñaron los suizos, ha de ser aburrida, y la nuestra es cualquier cosa menos eso. Hoy, la situación en las relaciones entre el poder Judicial y el Ejecutivo no puede ser peor, por mucho que ambas partes traten de poner sordina a sus patentes desavenencias, que provocan consecuencias muy graves en el prestigio del Tercer Poder de Montesquieu…y del propio Ejecutivo, claro. Dos veces, dos, han estado PSOE y PP –de los otros ya ni se habla—a punto del acuerdo. O eso nos dijeron, al menos. Una se frustró por una indiscreción de un senador ‘popular’ que ya no lo es. La otra se frustró a última hora por una vuelta de tuerca al pacto impuesta por el PP.

Hoy, todo es una cuestión de porcentajes, Si deben ser más o menos los magistrados del gobierno de los jueces elegidos por el Parlamento o por las propias organizaciones judiciales, donde prima el sector conservador. En el fondo sigue flotando el afán de los partidos por controlar la Magistratura. Es un serial por capítulos que ahora, exacerbadas ya todas las contradicciones, anegadas todas las vergüenzas, tiene que llegar a su final, porque la cosa no aguanta más. Y ya digo que ojalá, con las ‘prisas’ (total, solo han pasado tres años de nada…), la montaña no para un ratón ‘arnaldino’, como ha ocurrido con el Constitucional.

Dicen que las conversaciones para renovar el CG PJ entre el ministro de la Presidencia y ‘supernegociador’ de temas políticos en el Gobierno, Félix Bolaños, y el magistrado Enrique López, consejero de Justicia del gobierno de Madrid, siguen su curso, apenas lastradas algo por el ‘caso Arnaldo’ y el bochorno que ha producido en la opinión pública: solamente la desfachatez del jurista, no renunciando al puesto en el TC con la que se ha armado, justificaría dejar de contar con él en tan importante, y hoy tan zarandeada, institución, a la que son solamente habría que renovar, sino también reformar. Fuentes judiciales, y también políticas, insisten en que habrá renovación del CGPJ (y de la presidencia del Supremo) antes de fin de año. Puede que esta misma semana nos hagan algún guiño interpretable como positivo.

Confío en que sea así, y no solo porque la Europa de los ‘fondos next generation’ está mirando ya demasiado atentamente el estado de nuestra democracia; ni tampoco solo porque algunos quieren, exagerando, comparar nuestra situación en el campo judicial a la de la autoritaria Polonia, un ejemplo de violación de la separación de poderes. Yo quiero el imprescindible acuerdo PP-PSOE, al menos en el campo judicial, para no seguir muriéndome de vergüenza colectiva.

Share

No descarto (del todo) una anticipación de elecciones

Enviado por Fernando Jáuregui | 12/11/21

Entre enero y abril, portugueses y franceses estarán inmersos en importantes elecciones, legislativas los primeros, presidenciales los segundos. Serán, piensan los analistas, elecciones continuistas, que dan por casi segura la reelección del socialista Antonio Costa y del ‘centrista’ Macron, que tendrá que vérselas con un rival inesperado hace poco tiempo: el ‘ultra’ y sedicente bonapartista Eric Zemmour. De momento, España no contempla entrar en un proceso electoral general como sus vecinos. No hasta finales de 2023, según las fuentes oficiales. Pero eso es cada día menos seguro.

Portugal ha tenido que adelantar sus elecciones al 30 de enero porque se rompió el acuerdo que los socialistas tenían con comunistas y el Bloco, la famosa ‘gerinconça’, que no era coalición de gobierno sino acuerdo de Legislatura. No hubo pacto para los Presupuestos, porque los comunistas se opusieron, y los lusos han sido llamados a las urnas pese a su desaprobación: un 54 por ciento se manifiesta en contra.

Pocas cosas indican que algo similar (pero diferente), en este caso la ruptura de la coalición con Unidas Podemos, vaya a darse en España…a menos que un tema tan importante como las pensiones haga saltar por los aires un acuerdo que, en todo caso, se romperá cuando la vicepresidenta Yolanda Díaz termine de montar su plataforma, que este sábado da su primer paso en público en Valencia, y comience a velar sus armas preelectorales.

Apostar por un adelanto electoral en España sería ahora demasiado arriesgado. Sin contar con que unas alecciones serían inconvenientes en unos momentos en los que Europa nos mira muy fijamente antes de soltar los fondos ‘next generation’. Pero cierto es que el entendimiento entre socialistas y ‘podemitas’ se agota, por mucho que afronten juntos la indignidad de la votación del jueves sobre las vacantes del Tribunal Constitucional y por mucho que la ‘derogación’ de la reforma laboral se haya pactado al final como una simple ‘reforma de la reforma’, como mucho.

Lo de las pensiones, tan farragosamente explicado por el ministro Escrivá, es ya muy otra cosa: se juega con las cosas de comer para una gran parte de la población más empobrecida y más airada. Y que vota.

Me dicen que algunos ‘cabezas de huevo’ en Moncloa parecen pensar que ‘cuando las barbas de tu vecino portugués veas pelar…’, al tiempo que contemplan con cierta aprensión el ascenso, indudable
aunque no demasiado rápido, del Partido Popular en las encuestas. Algún día, cuando el PP deje de pegarse tiros en el pie a cuenta de no se sabe bien qué rencillas internas, es posible que la distancia entre los partidos mayoritarios se ensanche.

Portugueses y franceses votan a comienzos de 2022. Ya digo que, en principio, no creo en un ‘efecto contagio’; no tiene por qué haberlo. Pero, pese a la segura aprobación de los Presupuestos, ya digo que los lazos que unen a la coalición gobernante se debilitan, en buena parte porque Podemos, alarmada por el empuje de los planes de Yolanda Díaz, va como un pollo sin cabeza, en busca meramente de titulares que la congracien con un electorado que se le marcha hacia otros parajes. Así que el abanico de posibilidades podría estar más abierto de lo que parece: mire usted, sin ir más lejos, la cantidad de cosas que han ocurrido desde las últimas elecciones, hace apenas dos años. Hagan juego, señores.

.

Share

escribo tapándome la nariz

Enviado por Fernando Jáuregui | 12/11/21

‘Ellos’ dicen que votan tapándose la nariz. Saben que votar ‘sí’ a un candidato clarmente no idóneo para el Tribunal Constitucional es un acto indigno. Dicen que lo hacen obligados por sus superiores políticos. Anteponen el valor de la disciplina ciega y sorda a su conciencia.

Podían no hacerlo. El reglamento del Congreso prevé que determinadas votaciones de sus Señorías sean secretas, precisamente para salvaguardar su conciencia.

Votar al candidato equivocado para cubrir una vacante nada menos que en el Tribunal Constitucional, que es la última instancia de apelación, va, me consta, contra la conciencia de muchos diputados. Pero ya se sabe que en la ramplona política española el que se mueve no sale en la foto.

El Parlamento, y con él los partidos que se han hecho cómplices de este enjuague, y de paso el conjunto de los poderes de Montesquieu, salen profundamente tocados de este lance. ‘Ellos’ confían en que pronto se olvide, como tantas otras trapisondas.

Hasta seis grupos parlamentarios no han querido ser cómplices del pacto subterráneo de los mayoritarios para seguir repartiéndose el Constitucional, y no quisieron ni siquiera entrar en la Cámara a La hora de debatir este feo asunto. Es lo menos que podrían hacer y por mucho que se discrepe de ellos, aquí hay que darles la razón, al menos, según mi criterio.

La política española, cerrada, inflexible, miope, testicular, autoritaria, ha infringido una severa humillación, además, a los parlamentarios de ‘a pie’, que son nuestros representantes. Es decir, los ciudadanos salimos humillados.

El principal culpable esta vez ha sido el grupo socialista y su nuevo portavoz, que ha quedado como un apparatchik al exigir a sus ‘súbditos’ mostrar cuál ha sido el sentido de su voto, que la ley quería secreto. Claro que el PP debía haber vigilado más a quién seleccionaba para renovar el TC.

Alguno con acta parlamentaria, seguro que no podrá dormir bien durante algún tiempo. Loor a los muy escasos disidentes. Ellos sí merecerían mi voto. No ha sido este jueves un buen día para la democracia española, desde luego.

Share

El improbable ‘efecto Odón’

Enviado por Fernando Jáuregui | 06/11/21

Odón, el verso quizá no tan suelto

Fernando Jáuregui

¿Queremos sintetizar en una sola crónica la radiografía de las miserias de nuestra vida política?. Podríamos lograrlo fijándonos, por ejemplo, en lo que algunos llaman ya ‘el caso Arnaldo’, el jurista designado, en virtud de los opacos acuerdos entre PSOE y PP, nuevo magistrado del Tribunal Constitucional. La cosa puede quedar en apenas un sonrojo. Pero puede ir a más, a bastante más. Me explico:

Porque ahora Arnaldo está en cuestión al haberse descubierto sus excesivas, ejem, ‘afinidades’, incluso económicas, con el principal partido de la oposición, lo que compromete una independencia política en la que, la verdad, ya nadie creía. El asunto puede estallar el jueves, cuando los parlamentarios refrenden en voto secreto lo que la comisión de nombramientos del Congreso dejó pasar, aunque en medio de variadas críticas: la lista de los cuatro nombres para renovar el TC. ¿Y si ese voto secreto no hace definitiva la designación de Arnaldo y/o de sus otros tres compañeros? ¿Qué ocurriría entonces? Pues entonces podría suceder que…

Algunos miembros de la comisión parlamentaria de nombramientos ya dejaron oír ciertas quejas, con sordina, sobre la idoneidad de Arnaldo (y de alguno de los otros tres) para ocupar uno de los puestos nada menos que en el Tribunal Constitucional. Las protestas de otros grupos se evidenciaron en sus silencios. Porque hasta desdeñaron acudir a la sesión de la comisión en la que los diputados de PSOE y PP –¡¡y Podemos!!– fueron los únicos que, lógicamente, apoyaron los cuatro nombres surgidos de un pacto entre los dos partidos mayoritarios para ‘repartirse’ los puestos a renovar en el alto e importante Tribunal. Cuyo funcionamiento, por cierto, como dijo en privado un parlamentario del PNV, es “claramente mejorable”.

Solamente Odón Elorza, el ex alcalde socialista de San Sebastián que apoyó decisivamente a Pedro Sánchez en sus peores momentos tras haber sido este ‘defenestrado’ de Ferraz, se atrevió a expresar los ataques más descarnados contra la trayectoria del ‘pactado’ Arnaldo. Cierto que Elorza ha actuado en varias ocasiones como un ‘verso suelto’ respecto de las instrucciones ‘superiores’, ciegamente aceptadas por la ‘sabia disciplina’’ de los demás en su grupo: fue uno de los quince diputados socialistas que votó ‘no’ a la investidura de Rajoy cuando la consigna oficial en el grupo era abstenerse. Y sospecho que no va a ser él precisamente el designado para defender ante el pleno de la Cámara Baja, el jueves, la conveniencia del acuerdo del TC pactado entre sombras con el PP.

Esa disciplina se va a poner a prueba: ¿seguro que apoyarán todos los diputados socialistas este jueves los cuatro nombres propuestos en virtud del pacto PSOE-PP? La dirección del grupo, ahora representada por el nuevo portavoz, Héctor Gómez, no cree en defecciones; algún parlamentario ha dejado entender, sin embargo, que prefiere seguir su conciencia –sobre todo, claro, si este seguimiento es anónimo—a las directrices ‘de arriba’. Lo mismo le he escuchado a un parlamentario ‘popular’, descontento igualmente a cuenta de que la dirección de su partido se haya embarrado en el ‘caso Arnaldo’. Veremos, aunque, personalmente, me inclino por pensar que, de haberlas, las sorpresas serán pocas. Mínimas, Tal vez ninguna, ni siquiera la del señor Elorza. Elque se mueve, ya se sabe, no sale en la foto.

En todo caso, este ‘affaire’ no solo pone en cuestión la ética de los pactos –lamentablemente tan escasos, por lo demás—entre los dos partidos mayoritarios y, por extensión, de casi todos los pactos, sin luz ni taquígrafos, habidos hasta ahora; es que, de rebote, pone en peligro el incipiente acuerdo entre socialistas y ‘populares’, sustanciado en la negociación entre Félix Bolaños y Teodoro García Egea, para una eventual renovación del Consejo del Poder Judicial. Un acuerdo que, de producirse, no podría hacerlo con la misma evidencia de ‘maniobrerismo’ y de partidismo de los nuevos magistrados elegidos, tal y como se ha puesto clamorosamente de manifiesto en el caso de un Tribunal Constitucional que sale muy tocado de este asunto.

Nada me gustan los linchamientos: ni presumo culpabilidades en Enrique Arnaldo, a quien personalmente conozco y aprecio, ni soy quién para absolverlo o condenarlo; solamente afirmo que la pureza de nuestras instituciones y la propia labor de los miembros del Judicial, y también del Legislativo, se ha puesto severamente en cuestión. Y, si le digo la verdad, a uno, que ama tener una democracia lo más limpia posible, le gustaría pensar que el efecto puesto en marcha por el ‘verso suelto’ Elorza se mostrará el jueves en la votación de Sus Señorías. Aunque, siguiendo con la verdad, personalmente lo dudo bastante: así de encanallada está nuestra vida política.

[email protected]

Share

Por qué los españoles no nos creemos casi nada

Enviado por Fernando Jáuregui | 04/11/21

¿Por qué los españoles, dicen las encuestas, no nos creemos casi nada de lo que nos cuentan desde las esferas oficiales, que tanto desprestigio acumulan entre la ciudadanía? Voy a ensayar alguna explicación a mi propia pregunta. Asistí a la presentación de un libro, ‘el jefe de los espías’, que recoge los ‘papeles secretos’ de quien durante catorce años fue el jefe del CESID. Todo un pedazo de historia, ordenada por dos compañeros, buenos profesionales, Juan Fernández Miranda y Javier Chicote. A quien no se les ocurrió otra idea que invitar a presentar su obra a dos periodistas que coparon tanto protagonismo en la Transición como Juan Luis Cebrián y Pedro J.Ramírez, con Luis María Anson ‘de mediador’.

Y digo ‘mediador’ porque lo que el ex director de El Mundo y lo que le replicó el ex director de El País fueron versiones opuestas del pasado: el primero calificó casi como delincuentes al ‘felipismo’ y a no pocos protagonistas de la época, mientras que Cebrián, mucho más comprensivo con algunos excesos e irregularidades, lo justificó todo diciendo que, en el fondo, fue una era positiva y que todos los Estados del mundo tienen sus cloacas. Cada uno contó la fiesta como le fue en ella, sin duda.

En España, ni siquiera los testigos (y un poco actores) de la Historia que se iba desarrollando –los periodistas— se ponen de acuerdo, de manera que un marciano que hubiese aterrizado en aquella presentación hubiese dado en creer que los españoles hemos vivido dos experiencias paralelas, poco que ver entre ellas. Anson, un sabio equidistante, advirtió que los acontecimientos tienen dos caras, una buena y otra mala. Una diferencia que en España se convierte en radical hostilidad en las versiones. Las dos Españas se encarnizan más en la Historia que en ninguna de las otras cosas en las que cotidianamente amamos dividirnos, según la maldición bismarckiana, que advertía que somos el pueblo más fuerte del mundo, porque llevamos siglos intentando destruirnos sin haberlo conseguido nunca.

Me dio en pensar en las razones por las que los habitantes de este país nuestro somos, junto con los griegos, los más descontentos con nuestra política, con nuestro sistema y, claro, por tanto con nuestros políticos, de acuerdo con una macroencuesta realizada por el instituto norteamericano Pew Research en numerosos países de todo el mundo.

Claro, ese mismo día, en el que nuestra Historia adquiría perfiles de Jano, el de las dos caras, el Gobierno afirmaba y negaba que lo de la reforma laboral sea una verdadera ‘derogación’ (que no lo es); el PSOE y Podemos, en virtud de un acuerdo nada transparente, votaban a cuatro magistrados del Tribunal Constitucional obviamente no demasiado idóneos para el cargo; el ministro de la Seguridad Social nos anunciaba, de golpe, una próxima subida de las cotizaciones, para mantener un sistema que dijeron que no corría peligro. O nos anunciaban nuevas subidas de esa luz cuyo precio nos dijeron que no subía. O el principal partido de la oposición se enfangaba en una absurda querella intestina por un quítame allá ese congreso del partido en Madrid, foco sempiterno de toda tormenta en vaso de agua. Y, ya que estamos, cuando era la víspera del debate parlamentario sobre unos Presupuestos que todos saben imposibles.

Si, encima de lo líquido que nos resulta el presente, la Historia se nos echa encima como arma arrojadiza, esta vez a cuenta del superespía Manglano y de sus jefes, estamos liquidados. Porque comprobamos que en el presente se sigue gobernando como en el pasado: trabajando para que, de nuevo, Bismarck tenga razón. Somos los más fuertes del mundo porque no acabamos de matarnos unos a otros, por más que lo intentamos. Aunque puede que la muerte, en realidad, sea ese pasotismo que nos invade cuando miramos hacia nuestro devenir político, me parece que inédito en el mundo. De ahí lo de Pew, tan triste.

Share