Cuando las barbas de tu vecino (francés) veas pelar…

Enviado por Fernando Jáuregui | 07/07/20

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(Edouard Philippe tenía barba. En el Gobierno español, ¿quién tendría que poner sus barbas (y sus guedejas) a remojar?)

Mientras Pedro Sánchez insistía en que la coalición en el Gobierno de socialistas con Unidas Podemos está más fuerte y sólida que nunca, el presidente francés, Emmanuel Macron, remodelaba a fondo su Ejecutivo, incluyendo al primer ministro, Edouard Philippe, un personaje popular que no ha podido sobrevivir, políticamente, claro, al coronavirus. Macron ha impuesto su personalismo y se ha rodeado de ministros transversales, en los que lo que menos importa es su procedencia ideológica: lo importante es la eficacia, cosa que, desde luego, está aún por demostrar, porque varias de las incorporaciones al Gabinete no dejan de ser, por excesivamente populares, polémicas.

Siempre he sido un apasionado de la política gala. No porque haya que imitarla en todo, desde luego, sino porque casi siempre es un prodigio de imaginación y creatividad. Los analistas franceses a los que más sigo, que militan en la derecha republicana, en el centro macroniano y en la izquierda ‘melenchoniana’, han entendido que el desgaste producido por la gestión de la pandemia, y las muchas demandas que se han acumulado contra el Gobierno por esta gestión, justificaban de sobra esta importante remodelación de Macron, que, sin embargo, ha dejado intactas las parcelas de Economía y Exteriores (que, por cierto, son temas muy directamente gestionados por el presidente).

Desconfío, la verdad, de la solidez gubernamental de la que presume Sánchez. El Gobierno cada vez más claramente tiene dos ‘almas’ (digámoslo así) crecientemente irreconciliables. Y puede que cualquier acontecimiento, la acumulación de cargos contra el ex jefe del Estado Juan Carlos I, o el muy pringoso ‘caso Dina’, que afecta directamente al vicepresidente Pablo Iglesias, haga saltar en pedazos, a no muy largo plazo, la coalición. Súmense a ello el cansancio evidente de varios ministros que han tenido que bregar en primera línea con el virus, las querellas y demandas judiciales a las que deberán enfrentarse, las nuevas exigencias de la UE y los retos internacionales que se derivarán de una posible reelección de Trump y comprobaremos fácilmente que la ‘España de la reconstrucción’ ha de afrontarse con algunos nuevos ministros (otros están actuando a plena satisfacción) y sin diferencias radicales en la concepción del Estado.

Sánchez habría de entender, antes de que sea tarde y se tambalee su supervivencia en La Moncloa, el ejemplo de Francia, donde, además, el presidente Macron no tiene que afrontar retos territoriales como los que aquí se presentarán nuevamente a partir de septiembre. Se me ocurre, por ejemplo, que seguramente, Salvador Illa debería abandonar el Ministerio de Sanidad para volver a los planes originales de negociación con el independentismo catalán y sin duda habría que proceder a una reestructuración (y limitación) de las vicepresidencias, donde Iglesias tiene difícil acomodo entre sus tres compañeras de cargo. Y hay ministerios, al menos tres, que obviamente sobran y que fueron nombrados respondiendo a un reparto de poder para cerrar la coalición.

Es urgente también un acuerdo con la oposición a este respecto. España necesita no solo el nombramiento de Calviño como presidenta del Eurogrupo, sino reequilibrar su influencia en la UE, en América Latina y en los Estados Unidos, hoy más separado que nunca de Europa. Y necesita unos Presupuestos creíbles que congreguen a todas las fuerzas políticas, o a la mayor cantidad de ellas. Aferrarse a planteamientos ideológicos a la hora de gobernar es, ahora, simplemente necio. ¿No ha escuchado los discursos en el Parlamento galo? Pues eso: lo de las barbas del vecino; Edouard Philippe tenía barba. Aquí…repasemos quién tendría que pelarse barbas. Y guedejas.

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Yo también soy Vicente Vallés, claro…

Enviado por Fernando Jáuregui | 06/07/20

Cientos, miles de tuits dicen estos días “yo también soy Vicente Vallés”. El periodista presentador de Antena 3 se ha convertido, creo que involuntariamente, en el enemigo número uno de Podemos en unos medios en los que la formación morada se ha ganado a pulso desafectos en abundancia. El ‘caso Dina’, que Pablo Iglesias esperaba ver desaparecer pronto de los titulares, es, en verdad, un asunto menor, que no llegará a nada penalmente. Pero el propio Iglesias, con sus reacciones desaforadas, lo está convirtiendo en un episodio de caza mayor…contra él.

Vallés no ha dicho nada que otros no hayan, hayamos, dicho respecto al pringoso ‘affaire’ en el que se mezclan todos los elementos que gustan a los chicos de la prensa y al lector, oyente o telespectador: sexo, policías corruptos, política de la mala, fiscales…Y un juez, el tenaz Manuel García Castellón, indignado porque alguien pretendió engañarle haciéndose pasar por víctima cuando en realidad, parece, no lo era. Este caso no lo va a soltar fácilmente.

Sí, está siendo Iglesias, mucho más que el juez o los chicos de la prensa, quien está magnificando un tema que ya debería ser objeto de esa comisión parlamentaria de investigación (aunque originariamente no la merecería) que ahora el propio secretario general de Unidas Podemos reclama indignado. Y ante la que promete llevar a periodistas varios, a la derecha, a la ultraderecha, a la ultra -ultra derecha, a Mariano Rajoy, a Soraya Sáenz de Santamaría…yo qué sé. Por si le sirve, y para que complete la ronda, puede llamar a otros muchos, entre ellos informadores que le oyeron hablar de manera especialmente desacertada de cómo tratar a los medios de comunicación privados o cómo asaltar los medios públicos. O de cómo somete a cuarentena informativa a los periodistas que no le gustan. Sobre eso puedo dar conferencias personalmente.

En suma, y aunque ninguna organización corporativa lo denuncie, me parece innegable que el vicepresidente segundo del Gobierno del Reino de España no tiene la menor idea de los compromisos y servidumbres que conlleva la libertad de expresión, que es un pacto con los intermediarios ante la opinión pública, con esa ciudadanía a la que Pablo Iglesias y su portavoz –que debería dejar de serlo– Pablo Echenique tanto dicen querer y respetar.

No sé mucho de los intríngulis del ‘caso Dina’; no figuro entre los receptores de las filtraciones, que llegan, me parece, de ámbitos del propio Podemos. Pero sí sé que alguien como Pablo Iglesias no puede, simplemente no puede, convertirse en el principal problema de un país y de un Gobierno angustiado ante la tarea de reconstruir España de la manera más transversal posible, preocupado ante la necesidad de recibir cuanto antes las ayudas de una Europa que nos escudriña y a la que Iglesias sorprende por ‘atípico’, digámoslo así. Debería marcharse de este Ejecutivo, someterse a los ámbitos de su defensa y llevarse con él a la ministra cuya presencia en el Gobierno forzó.

No sé si decir esto me convierte también en un “presunto periodista” afecto a no sé qué caverna. No se molesten: llevo cincuenta años ejerciendo mi profesión obligándome a una independencia progresista. Sé que mi voz no es tan poderosa como la de Vicente Vallés, un excelente periodista a quien conozco desde hace tiempo; pero, desde el susurro que me quede, quiero unirme a esos tuits que dicen “yo también soy Vicente Vallés”. Faltaría más.

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La ‘encuesta de los 440’

Enviado por Fernando Jáuregui | 05/07/20

A veces, las encuestas son un arma cargada de intención. Que se lo pregunten a algunas fabricadas por el CIS y a otras encargadas por partidos políticos con el inequívoco objetivo de divulgar lo bien que van de cara a las inminentes elecciones gallegas y vascas, por ejemplo. Ahora, un sondeo con una muestra de ochocientas personas y encargada por un periódico digital barcelonés claramente separatista informa, a toda página, de que “la mayoría de los catalanes cree que Felipe VI debe abdicar por la corrupción”. Esta mayoría, leemos después, es de un 56’3 por ciento. O sea, que en torno a cuatrocientos cuarenta (440) encuestados piensa que esta abdicación es conveniente. Los titulares y el texto de esta información hacen creer que, en verdad, serían millones quienes así se pronuncian. Y no: son cuatrocientas cuarenta personas.

La utilización de los sondeos se convierte a veces en una ‘fake news’ de primera magnitud. Y me temo que el uso que El Nacional, que es el digital en cuestión, hace de su pequeña encuesta es, cuando menos, desmesurado. Y envuelto en otras informaciones que hacen referencia a las finanzas de Don Juan Carlos I o a la incómoda revelación que otro periódico –El País– hacía este domingo divulgando la declaración de Corinna Larsen, la ‘aventurera’ ex amante del llamado Rey emérito, ante el fiscal ginebrino.

Claro que no vamos a discutir a estas alturas que estas revelaciones, inevitables y hasta saludables, sobre lo que fueron las actividades económicas de quien ocupó la jefatura del Estado durante casi cuarenta años caen como una bomba sobre el concepto popular de la monarquía. El rey Felipe VI, que me parece persona ajena a cualquier corrupción económica o moral y a quien, desde luego, nada ha podido achacársele en cuanto a maniobra dudosa alguna, no puede quedar salpicado por las actividades de su padre, y me parece que la idea que la opinión pública tenga sobre la Corona tampoco puede quedar contaminada por las malas prácticas de Don Juan Carlos. Que es, por cierto, figura a la que la Historia hará justicia, supongo, con sus luces, que son muchas, y sus sombras, que alguna obviamente ha habido.

Resulta patente que algunos –y vuelvo a la ‘encuesta de los 440’—tratan de aprovechar estos momentos de crisis para cargar no solo contra Juan Carlos I, sino contra la forma del Estado consagrada en la Constitución, lo que equivale a cargar también contra la Constitución y contra todo nuestro pasado de cuarenta y seis años. Y que precisamente la lapidación de Felipe VI se intente cuando los reyes están recorriendo distintas Comunidades Autónomas –pronto, Cataluña–, en una campaña de toma de contacto con la ciudadanía, parece casi de manual de acoso y derribo, especialmente cuando el digital en cuestión es bien conocido por sus duros ataques a la monarquía en defensa de una República de Catalunya.

Perfecto derecho tienen los republicanos a serlo y a hacer proselitismo a favor de sus ideas. No tanto derecho tienen a hacerlo utilizando armas ponzoñosas y no sé si prohibidas en los sagrados buenos usos de mi profesión. Eso, dejando aparte la inconveniencia de abrir, precisamente en estos momentos en los que hablamos nada menos que de la reconstrucción de un país que sale de la pandemia de todo menos más fuerte y más unido, una cuestión tan delicada como la de la forma del Estado. El Gobierno de Pedro Sánchez, donde hay miembros inequívocamente republicanos, aliados con un partido separatista catalán, debe entender –creo que, al menos, Sánchez y la mayoría de los ministros sí lo entienden—que la defensa de la figura del jefe del Estado es ahora primordial.

Y ciertos cortesanos que, más papistas que el Papa, rodean al monarca, quizá deberían revisar tácticas y estrategias excesivamente inmovilistas, a mi entender: Felipe VI es demasiado buen rey como para condenarle a hacer, precisamente ahora, un papel meramente protocolario, más de lo mismo siempre, aunque con mascarilla. Y creo que el poso monárquico entre los españoles es lo suficientemente fuerte y profundo como para que lo haga tambalear la opinión de cuatrocientas cuarenta personas en una encuesta de ochocientas. Pero en fin: maniobras orquestales en la semioscuridad que no falten en este país maniobrero nuestro.

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Los furtivos dan caza al vicepresidente

Enviado por Fernando Jáuregui | 01/07/20


(al pícaro le va a caer una buena, me parece)

Sorprende la cantidad de revelaciones negativas que, a raíz del estallido de ese culebrón mal explicado que es el llamado ‘caso Dina’, se acumulan no ya solamente sobre lo que ocurrió entre el secretario general de Podemos y su entonces asesora en Bruselas, sino sobre el funcionamiento de la propia formación. Conspiraciones, manejas oscuros y poco democráticos proliferan en las informaciones de diversos medios, que se ven beneficiados por ‘filtraciones’ que sugieren que una caza más o menos furtiva se ha iniciado contra el vicepresidente del Gobierno y líder de la formación morada, Pablo Iglesias.

Trataré de ser prudente a la hora de referirme a este cúmulo de informaciones, favorecidas por la escasa transparencia del partido de Iglesias y por las malas relaciones que el propio vicepresidente y secretario general ha establecido con una parte importante de los medios. Personalmente, he de reconocer que solamente a través de vías indirectas puedo acceder a lo que realmente ocurre en las sombras de Podemos, dado que el propio Iglesias decretó que no hubiese información oficial para quien suscribe ni entrevistas con el líder. Hago esta advertencia preliminar, que es la constatación de una anomalía, una más, en el funcionamiento de la formación que formó coalición de gobierno con el PSOE de Pedro Sánchez: la libertad de expresión bien entendida exige un acceso de todos, incluyendo a los no partidarios, a las fuentes. Lo que ocurre, y existen abundantes testimonios al respecto, es que don Pablo Iglesias tiene un concepto muy especial de lo que es la libertad de expresión.

De lo que no cabe duda, en todo caso, es de que esta descarga de fusilería mediática contra Iglesias y contra Podemos, a la luz de esa novela de espías que dará origen pronto a algún libro con el título de ‘El caso Dina’, está debilitando la posición de Iglesias en el conjunto de la política española. De momento, el vicepresidente está limitando sus apariciones públicas y sus contactos con los chicos de la prensa, que le acribillarían a preguntas sobre un ‘affaire’ que ni Podemos ni el propio Iglesias han sabido, a mi juicio, explicar, siquiera someramente, ni a los ciudadanos ni al juez García Castellón. Ni al Parlamento: el ‘caso Dina’ exige ya una comisión de investigación en el Congreso.

Ha pasado el momento de los desconciertos suscitados por la pandemia y está llegando el momento de los ajustes políticos. Iglesias y su entorno, de manera singular la ministra de Igualdad, doña Irene Montero, han sabido rodearse de impopularidad, dicen las encuestas. Y de enemigos, y no todos precisamente en la derecha. Han dejado demasiados cadáveres de gente que fue próxima. Han violado demasiadas reglas éticas y, sobre todo, estéticas. Han sembrado excesiva crispación en la mayor parte de sus intervenciones públicas. Y eso se paga.

Iglesias ha logrado concretar muchas de las ambiciones que enumeró en aquel inolvidable 22 de enero de 2016, tras entrevistarse con el Rey en las consultas de investidura: la vicepresidencia, ministros ‘propios’, los servicios secretos, la tele pública… Todas las ambiciones, menos una: no ha podido acelerar el paso hacia la revolución con la que soñaba, aquel asalto a los cielos que, el propio Sánchez lo dijo, nos llevaría al insomnio al noventa por ciento de los españoles.

Ahora, alentada quién sabe por quién, la cacería ha comenzado, mientras Sánchez, en sus contactos informales aéreos con periodistas, asegura en privado que la coalición está reforzada y asegurada. Bueno, creo que no siempre hay que tomar al pie de la letra las cosas que dice el presidente, ya se sabe. A mí, en cuanto a la cohesión de la coalición, me parece todo lo contrario: tengo casi la certeza de que el insomne de La Moncloa ha de estar disfrutando como nunca leyendo algunos de los titulares referidos a su socio que aparecen estos días en los medios.

El plan de Iglesias, cada día más en connivencia con formaciones como Esquerra Republicana de Catalunya, no es el plan de Sánchez, creo. Volvemos a la primera Transición, en que el debate era ‘evolución o ruptura’. Aquí, uno quiere la segunda y el otro, confío, lo primero. Estamos en un momento clave, evolución o revolución, y me parece que el tren del futuro no pasa por la estación del vicepresidente.

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Una campaña de mascarillas, que no de campanillas

Enviado por Fernando Jáuregui | 28/06/20


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(Feijoo, junto con Urkullu, es uno de los políticos más interesantes del país)

A los políticos les convienen las campañas electorales, los mítines, los selfies con partidarios. De acuerdo en que esta vez, en el País Vasco y en Galicia, no habrá abrazos ni besos a niños y se acudirá, los que vayan, a las urnas con mascarilla. Son una campaña y un acto electoral distintos de sus predecesores, pero, véanse las imágenes de la votación de este domingo en Francia o en Polonia, ya nos vamos acostumbrando a que todo sea estéticamente diferente, aunque igual en el fondo. La maldición cínica de Lampedusa: es preciso que algo cambie para que todo siga igual. Que es lo que va a pasar en, por ejemplo, París, Varsovia, Euskadi o Galicia.

Porque nadie duda de que Alberto Núñez Feijoo va a seguir al frente de la Xunta, con mayoría absoluta, ni de que Iñigo Urkullu se mantendrá en Ajuria Enea, seguramente apoyado por los socialistas y riñendo cada vez más con Bildu. Son, a mi juicio, los políticos más sólidos con que cuenta el país: lo han hecho bien y recogen los frutos. Y tampoco hay muchas dudas de que ni Unidas Podemos ni Vox, ni seguramente tampoco Ciudadanos, tendrán mucho papel que jugar en ninguna de las dos comunidades históricas.

Así que el máximo interés de las campañas que ahora se inician formalmente consistirá en estar atentos al tono de los mensajes que se lancen en público Pedro Sánchez y Pablo Casado –otra cosa será los que se dirijan en privado—cuando acudan a mitinear, que es ejercicio que encanta a los políticos: aplausos y lisonjas por doquier, aunque, ya digo, sea con mascarilla, y escasa profundidad en los discursos.

No me parece que los resultados en Galicia y País Vasco vayan a ser relevantes para saber si Pablo Casado se afianza en el PP –ya está afianzado, de hecho—ni si se acelera o retrasa su trayecto hacia La Moncloa. Ni tampoco creo que atisbemos el futuro a través de lo que diga Sánchez ante los micrófonos mitineros o en sus encuentros con la prensa: este domingo insistía el presidente en que el PP ha intentado ‘derrocarle’ utilizando la epidemia y en que su Gobierno de coalición está ya bastante consolidado, por lo que no ha pensado siquiera en una remodelación de sus ministros en otoño. Otra cosa será que eso se cumpla, que ya se sabe que un jefe de Gobierno está autorizado a mentir cuando le preguntan si piensa hacer crisis. Y Sánchez hace de la verdad, en este y en otros puntos, un ejercicio de relativismo, digámoslo así.

De las peleas subterráneas y los alfilerazos entre algunos de estos ministros, el presidente no dice ni palabra. De los escándalos que algunos medios vierten sobre la cabeza del vicepresidente Iglesias a cuenta del ‘caso Dina’, un extraño culebrón donde hay tramas policiales, injerencias fiscales, sexo e irresponsabilidad a chorros, menos aún. Mejor ni se atreva usted a mencionarle a Sánchez, si tiene oportunidad, esta cuestión, porque le dirá, incómodo, que eso se lo pregunte usted a don Pablo Iglesias. Y si, llegado el caso, logra usted interrogar al respecto al señor Iglesias, le caerá inexorablemente sobre la cabeza la acusación de pertenecer a la caverna que, por la impresentable vía de filtraciones de sumarios, trata de cargarse al vicepresidente y cuanto él representa.

Así que esos temas y otros muchos, me parece, van a estar por completo ausentes de una campaña que será básicamente sosa por la baja participación impuesta por razones sanitarias (la abstención va a ser presumiblemente histórica) y en la que apenas se tocarán los asuntos relacionados con la reconstrucción, económica y moral, de un país que no, no sale ni más fuerte ni, me temo, más unido de la durísima prueba por la que estamos pasando. Pero de eso, claro, de sufrimientos, en las campañas electorales se habla poco. Como siempre: las campañas algo tienen de ‘fake’. Y con mascarilla, que oculta los gestos del rostro, más aún.

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Cuando Sánchez pudo defender al Rey y no lo hizo

Enviado por Fernando Jáuregui | 24/06/20

Siempre me ha parecido que las sesiones de control parlamentario al Gobierno quedan algo desfasadas y carecen de la calidad castelarina y de la grandeza de miras que les serían exigibles. Sirven, eso sí, para medir cómo anda la temperatura política en esto de los pactos o, por el contrario, en los distanciamientos. Y sirven también para valorar la intensidad del escaso ingenio a la hora de las invectivas que lanzan Sus Señorías al Gobierno, y viceversa. La sesión de este miércoles, empero, me pareció que contenía detalles de cierta mayor gravedad que la habitual sensación de que, en este país, Gobierno y oposición parecen incapaces de entenderse. Y es que este miércoles fue el día en el que el jefe del Gobierno podía, y debía, haber defendido al jefe del Estado. Y no lo hizo.

Gabriel Rufián, el portavoz de Esquerra Republicana de Catalunya, vuelve a sus aires provocadores para lanzar un tremendo ataque no solo contra Juan Carlos I y sus pasadas actividades digamos ‘financieras’. El republicano independentista, que fue clave en el apoyo a la investidura de Pedro Sánchez para que este pudiese formar su Gobierno de coalición con Unidas Podemos, lanzó sus rayos también contra Felipe VI y contra la institución monárquica. Estaba, desde luego, en su perfecto derecho: España es y ha de seguir siendo una democracia que debe amparar la discrepancia y las alternativas. Otra cosa es la oportunidad del momento y que ello nos guste o no, que en mi caso confieso que no.

De paso, Rufián dirigió algún venablo también contra Felipe González, a cuenta de los ahora desclasificados papeles de la CIA, que sitúan al ex presidente como conocedor de la trama de los GAL. Me recuerda al pasaje de Casablanca en el que el capitán Renault se escandaliza porque en el garito de Rick ‘se juega’: ¿alguien duda, treinta y cinco años después, de que González lo sabía? Y ¿merece la pena levantar ahora aquellas polvaredas, con la que está cayendo?.

Lo que me preocupó fue lo que vino a continuación. La respuesta de Pedro Sánchez a su ocasional ‘aliado’ de ERC consistió en una defensa de su correligionario y sin embargo no tan amigo Felipe (González). Y ‘olvidó’, en cambio, defender a Felipe (VI). Ni una palabra de defensa al Rey o a la Corona en medio del tremendo ataque lanzado por Rufián. Ni una alusión de pasada al menos de apoyo al monarca, que anda ahora visitando comunidades autónomas en un intento de conectar directamente con la ciudadanía tras el confinamiento.

Hubo más cosas preocupantes en la sesión de control que, con motivo de la defensa de Sánchez a su antecesor remoto González, registró el desdén de Pablo Iglesias, que en esos momentos se abstuvo ostensiblemente de aplaudir las palabras de su ‘jefe’: es obvio que Unidas Podemos ha convertido al ex presidente en objeto de caza y captura parlamentaria, lo mismo que al ex jefe del Estado. Ambos, Juan Carlos I y Felipe González, son lo más representativo que nos queda de la ‘primera línea’ de aquel espíritu constitucional del 78. Y la alianza invisible entre los republicanos de Esquerra y los de Unidas Podemos parece, en este punto, más sólida que nunca. Ambos pugnan por crear ruidosas comisiones de investigación dirigidas directamente contra el ex jefe del Estado y contra el ex jefe del Gobierno ¿Percibe Sánchez la magnitud del asunto?¿Sabe que puede convertirse en cómplice de este intento de abrir una nueva, inesperada, época, la ruptura total con el pasado?

No sé si Sánchez lo percibe. Como ignoro si Pablo Casado y Abascal perciben que su patente hostilidad al ya cercano homenaje a las víctimas del Covid (‘homenaje al enfermo desconocido’, llegó a ridiculizarlo la pugnaz Cayetana Alvarez de Toledo) es un despropósito. Porque el homenaje estará presidido…sí, por el mismísimo Rey. Ese al que Rufián ataca y a quien Pedro Sánchez pudo haber defendido y no defendió. Ese monarca que acaba de conmemorar, es un decir, su sexto aniversario en el trono. Ya solo le faltaba al jefe del Estado que ese homenaje a los muertos, nuestros padres, hermanos, amigos, y en el que él, Felipe VI, estará como cabeza visible, se convierta en otro motivo de pugna política entre la derecha y la izquierda, entre las dos Españas. No nos merecemos esto, la verdad.

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Las catorce semanas que nos vienen

Enviado por Fernando Jáuregui | 21/06/20



(no, la clase política, en general, no ha funcionado)

Pedro Sánchez, en un largo mensaje esta vez sin preguntas, dijo ‘adiós’ este sábado al estado de alarma y, por tanto, ‘hola’ a eso que ha dado en llamar, extrañamente, ‘nueva normalidad’. Fue el suyo un mensaje casi triunfalista, casi electoralista –aunque asegura que estamos lejos de unas elecciones–, nada autocrítico. Como si todo se hubiese hecho bien y nada mal. Sospecho que el futuro que encaramos desde hoy habría que cimentarlo más bien haciendo recuento de lo positivo, claro; pero también de lo negativo, comenzando por ese excesivo triunfalismo ‘sanchista’.

España ha funcionado bastante bien en estos cien días de reclusión, de prueba máxima. Los mercados estaban abastecidos, las recogidas de basuras llegaban con regularidad, las infraestructuras aguantaron. Internet, la electricidad, el suministro de agua, las fuerzas del orden, las fuerzas armadas, el personal sanitario, los medios de comunicación –en situación a veces desesperada–, cumplieron su papel. Dignamente, o más que eso. Y tener una plataforma que sustente una crisis como la que se abrió con la pandemia es sinónimo de país grande. No, esta crisis no ha sido como la salida de una guerra civil, ni mucho menos. La nación, en un diagnóstico general, aguanta. Con mascarillas y sin abrazos, pero aguanta.

Lamentablemente, eso que se llama ‘política’, lo mismo que las instituciones, temo que no lo han hecho tan bien. El Ejecutivo, al que hay que reconocer que ha luchado con esfuerzo para mantener la cabeza fuera del agua, ha hecho trampas con la transparencia, ha maniobrado orquestalmente en la oscuridad sin recato. Ha habido autonomías que han marchado mejor y otras, comenzando por la que rige la Generalitat catalana, peor. Se ha abierto la brecha entre el Gobierno central y el de Madrid. El Consejo del Poder Judicial está varado, con su mandato sobrepasado en más de año y medio, el Tribunal Constitucional dividido, el Consejo de Estado como ausente, la televisión estatal inserta –¡aún!—en la provisionalidad. Temo que, por diversos motivos, también la Corona sale de esto algo debilitada.

Y luego, claro, la quiebra del estado de bienestar. La Sanidad ha salido desmoralizada, la Educación, desconcertada gracias a la pésima gestión de la ministra responsable. Y el Trabajo…ese va a ser, desde luego, el talón de Aquiles de la reconstrucción, suponiendo que en algún momento las fuerzas políticas acuerden afrontarla mínimamente unidas, que esa es otra.

No sé si, con este marco, con un Ejecutivo claramente dividido (unos ministerios funcionan, otros no) y con un incierto panorama internacional que incluye el ‘fondo europeo de reconstrucción’ que tan necesario le es a España, estamos en condiciones de asegurar, como hace Sánchez, que esta Legislatura se agotará. Creo, más bien, que son muchas las cosas que van a ocurrir en los próximos meses, sin que esta vez las vacaciones veraniegas, que más de la mitad de los españoles dicen que no van a disfrutar, sirvan de cortafuegos. De estas catorce semanas terribles no salimos ni más fuertes ni, me temo, más unidos, contra lo que dice el autobombo sanchista. Lo que ocurra en las próximas catorce semanas es la gran incógnita que pesa sobre nuestras vidas, incluyendo, claro, la de Pedro Sánchez, por muy seguro que ahora se muestre de controlar el futuro.

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Lo que va de Laya a Leyen

Enviado por Fernando Jáuregui | 20/06/20

Mi amigo ocupa un puesto destacado en Bruselas. Es un gran observador privilegiado, interesado en la política, un mundo en el que ha ocupado lugares que le permitían vigilar muy de cerca lo que ocurre. Mi amigo, cuyo nombre, conocido, obviamente no puedo dar aquí, está horrorizado por la pérdida de imagen de España en Europa. Esa Europa que no supo, pudo o quiso plantar esta semana que concluye las bases sólidas del ‘fondo de reconstrucción’, esos 750.000 millones de euros –140.000 irían a parar a España—destinados a paliar los desastres causados por el coronavirus. Y lo peor, advertía, apocalíptica, Christine Lagarde, nada menos que presidenta del Banco Central Europeo, está aún por llegar. “Nuestro país no puede afrontar lo que venga con su estructura actual; ¿cómo, por ejemplo, presentarse con alguien como Iglesias en la vicepresidencia?”.

Mi amigo es un progresista reconocido desde hace tiempo. Su puesto institucional le impide militar en partido alguno, y yo diría que se inclina más hacia una izquierda moderada. Ha escuchado, dice, demasiadas voces clave en la UE que se asombran de que España cuente en su Gobierno con alguien que, como Pablo Iglesias, solo podría aspirar a ser el Varoufakis nacional, aquel ministro de Finanzas ‘gauchiste’ griego que acabó como acabó, mientras el Ejecutivo de Tsipras tenía que virar a toda velocidad, impulsado por los ‘hombres de negro’ hacia posiciones más templadas. Sospecho que Europa no quiere más Varoufakis, que los países ‘austeros’, que en realidad son boicoteadores del fondo común, no gustan de ingresos mínimos vitales y que incluso a doña Ursula von der Leyen y a su compatriota Angela Merkel, que es la política europea más sensata y eficaz de lejos, les alarma un poco el aroma de falsa seguridad que emite el Gobierno bipartito de Pedro Sánchez. Porque España, al fin y al cabo, sigue siendo una de las potencias económicas, ya que no políticas, de la vieja Europa. Y conste que no quiero hacer juegos de palabras entre lo que va de nuestra canciller González Laya a von der Leyen.

El análisis de mi amigo no es demasiado revolucionario, desde luego: España ha de emitir en una nueva onda, de entendimiento transversal con la oposición, aunque la vicepresidenta Carmen Calvo, en sus últimas entrevistas, insista en que hay que construir una entente con los de siempre: Unidas Podemos, Esquerra Republicana de Catalunya y hasta Bildu, si se deja. La mayoría de la investidura, como si nada hubiera pasado desde el 7 de enero. Las recetas sugeridas por Pablo Iglesias en una reciente entrevista –a toda página: quién se lo iba a decir—en el ‘Financial Times’ han caído como una bomba en Bruselas: en ella, el vicepresidente español no se limita a ‘arreglar’ con perspectivas futuristas los problemas en España, sino que da recetas a Europa para sobrevivir.

En la ‘cumbre’ de la CEOE, prolongada durante toda esta semana, con asistencia de los más importantes empresarios y banqueros españoles, se ha evitado lanzar una crítica frontal al Gobierno –excepto en el caso del representante de los autónomos, Lorenzo Amor–; pero se les entendía todo, incluyendo la alarma en sus voces siempre reposadas: ellos saben mejor que nadie que de un Gobierno de la contradicción, en el que una parte trabaja y la otra grita, poco de futuro se puede esperar. Y que de esta oposición, como alicaída, que se ha dejado meter un gol por los ‘austeros’ en la UE, pues lo mismo. He percibido el aroma del desencanto impreso en las páginas de los periódicos esta semana. ¿Hacia dónde vamos, hacia dónde nos llevan? Mi amigo dice que ni en Europa, que es donde deberían saberlo antes de aflojar la bolsa, lo saben, según parece.

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El retrato descolgado de Juan Carlos I

Enviado por Fernando Jáuregui | 16/06/20



(qué lejos quedan ya stas imágenes…)
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Por si fuese necesario para testimoniar el fin de una era, la del ‘espíritu del 78’, la del llamado ‘juancarlismo’, ahí está esa fotografía, ampliamente difundida y publicada, en la que unos operarios descuelgan el retrato de Juan Carlos I de las paredes del Parlamento de Navarra. Ha sido la más publicitada, pero no la única ‘caída’, me dicen, de aquel retrato, siempre el mismo, que colgaba en despachos oficiales, uniformado y severo. La verdad es que Juan Carlos I, el llamado ‘emérito’, ya no es el jefe del Estado y su presencia icónica en centros gubernamentales y administrativos carecía, seguramente, del sentido de la actualidad y del protocolo. Pero, claro, no vamos ahora a engañarnos: su descenso a los suelos se debe a muy otras motivaciones y sobre ello, que tanto tiene que ver con el futuro de la Monarquía en España, quisiera reflexionar un par de minutos con ustedes.

Porque no cabe duda de que no son solamente las muy lamentables (y presuntas, por supuesto) actividades ‘financieras’ de Juan Carlos de Borbón las que han propiciado el ‘descolgamiento’. Nunca como ahora se había producido una tal ofensiva sobre la institución monárquica como ahora y esa ofensiva no se va a detener, me temo, a considerar si el actual Rey, de probada integridad y dedicación a la ‘causa país’, tuvo o no –que no—que ver con lo que hiciese su padre en cuanto a percepción de comisiones y, repito, presuntas evasiones al fisco.

A Felipe VI hay que reconocerle que, en sus seis años de reinado –se cumplen este viernes–, no le han faltado sinsabores y disgustos que su padre no conoció mientras ocupó el trono. Y, ciertamente, algunos de estos disgustos, los más amenazadores a corto plazo, le vienen de los propios manejos de Juan Carlos I, cuya trayectoria en favor de la democracia temo que quedará empañada por todo lo que hemos ido averiguando sobre otras actividades de índole ‘privada’, vamos a llamarlo así. No, Juan Carlos, inviolable hasta el final, no irá a prisión; ni siquiera será, por imperativo legal, investigado en el Parlamento. Pero su figura quedará empequeñecida en la Historia y la última parte de su vida transcurrirá en manos de dos fiscales, uno del Supremo español y otro del cantón de Ginebra. Una triste recta final. Pero cada palo ha de aguantar su vela.

Creo que, una vez caídos inexorablemente los retratos de Juan Carlos, habría que afianzar en los muros los de Felipe VI, a quien sigo considerando el mejor Rey de la Historia de España, teniendo en cuenta todas las circunstancias históricas y políticas. Don Felipe sabe, sospecho, que el despacho en La Zarzuela habrá de ganárselo día a día y que, para conservarlo, tiene que salir frecuentemente de él, ver gentes, estrechar manos, prodigar sonrisas, ser generoso con su tiempo y con sus afectos. Considero positiva esa gira de los reyes por todas las Comunidades Autónomas, planificada para las próximas semanas: el monarca gana de cerca. No siempre acierta en su política de imagen y relaciones públicas, porque su entorno le lleva en ocasiones a una excesiva prudencia rayana en el inmovilismo. Pero ahora tiene su oportunidad.

Para nada pienso que estén en lo cierto algunos colegas que aseguran que el presidente actual del Gobierno, Pedro Sánchez, alberga entre sus planes “cargarse la Monarquía” y ocupar –palabra de honor que se lo he leído a un importante y, por otro lado, muy admirado y reconocido periodista—él la presidencia de la República. No digo yo que algún sector del Ejecutivo, y usted sabe muy bien a quién me refiero, no albergue planes para socavar la forma del Estado, y reconozco que puede estar legitimado para ello, por muy inoportuno e impertinente que ahora nos parezca.

Pero no es el caso de Sánchez, que sigue siendo el que manda y a quien se vota: puede que no sea un monárquico entusiasta, pero de ninguna manera sería tan irresponsable como para, en esta crisis que vivimos, propiciar la más importante de las mudanzas: sabe bien que sería su final político. El es un resistente, para lo bueno y para lo malo, no un revolucionario de salón, como sí lo es su vicepresidente. Sospecho que esa alianza de gobierno durará menos, mucho menos, que la Monarquía en España. Y, sinceramente, debo decir que me alegro.

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Núñez Feijoo enciende el debate en el PP

Enviado por Fernando Jáuregui | 15/06/20



(Los dos políticos más interesantes de este país y que ahora van a ganar, más que probablemente, sus elecciones)

Han provocado no poca conmoción interna en el Partido Popular las palabras del presidente de la Xunta de Galicia, Alberto Núñez Feijoo, admitiendo que, en su lucha contra el coronavirus, el Gobierno central ha tenido “aciertos” y “errores, lógicos por ser la primera vez que nos enfrentamos a una pandemia”. Es más: el muy probable vencedor de nuevo en las elecciones gallegas llegó incluso a agradecer “el esfuerzo del Gobierno” de Pedro Sánchez en su combate contra el virus. Unas declaraciones que distan no poco de la tradicional bronca que, semana tras semana, tanto Pablo Casado como el secretario general del PP y la portavoz parlamentaria, Cayetana Alvarez de Toledo, echan en el Congreso a Sánchez y a los miembros del Ejecutivo.

¿Es esto algo parecido al comienzo de la distensión, propiciada desde el noroeste, a base de empezar a admitir que, al menos, el equipo de Pedro Sánchez, con todas sus chapuzas, equivocaciones, silencios y faltas a la verdad, se está batiendo el cobre al menos con dignidad y sacrificio? Es algo que difícilmente escucharemos más allá de la sede de San Caetano. Pero, con todas las críticas que puedan hacerse a la trayectoria gubernamental, que no son pocas, el reconocimiento de que se hace un esfuerzo parece lógico. Y un mínimo realismo habrá de admitir que tendrá alguna traducción en las urnas: sobre todo en lo que respecta a ‘su’ imagen, Sánchez lo está haciendo bien.

Siempre lamenté que Núñez Feijoo, sin la menor duda un importante valor político, no diese hace dos años el paso de cruzar el Miño para hacerse cargo del PP nacional. Lo digo sin desmerecer el empeño de Casado por mantener una rígida oposición al Gobierno de coalición de PSOE y Podemos, tratando, a la vez, de desmarcarse de las demasías de Vox y de la ‘templanza’ de Ciudadanos con su acercamiento al Ejecutivo. No es nada fácil el papel del presidente nacional del PP, ciertamente; pero no cabe desconocer que el principal partido de la oposición ha quedado como desdibujado, fuera de los principales titulares de los medios, sin que conste que ciertas encuestas que aproximan al PP al PSOE sean eso, demasiado ciertas.

Pregunté a Núñez Feijoo, en el foro organizado este lunes por Europa Press, si esas palabras de alabanza –en medio de otras críticas, cierto—al Gobierno central pudieran llegar a desear un alejamiento de la actual crispación y un acercamiento a fórmulas de entendimiento, tal vez hasta la formación de un Ejecutivo de gran coalición, o de salvación nacional. “La crispación no tiene sustento social”, dijo Feijoo, que realizó un canto a la mayor moderación de las autonomías del PP –es un hecho en Castilla y León y en Andalucía, aunque no en Madrid—en relación con el frentismo nacional.

Pero la vieja idea de una gran coalición parece ya por completo imposible: “claro que abogaría por intentar evitar un Gobierno como este con Podemos y en manos del independentismo; pero eso ahora no es posible”. “Somos la única alternativa a este Gobierno y debemos ejercerla, con moderación, pero efectivamente”. No va más allá el presidente gallego, hombre prudente que no se deja atrapar por una declaraciones que vayan un milímetro más allá de lo que él pretende. Pero consta que ahora la estrategia en la sede de Génova pasa precisamente por eso, por ser alternativa, a la espera del batacazo que, piensan los ‘cerebros’ del PP, se dará en las urnas el Ejecutivo autodenominado ‘de progreso’.

Pienso que, con todo, este ejercicio de la alternativa pasará por disminuir sensiblemente las dosis de hostilidad pública –no tanto privada, dicen—entre los dos principales partidos nacionales. Pero no estoy seguro de que las posibilidades de Casado de ganar unas elecciones a corto plazo sean una expectativa realista, entre otras razones porque tampoco tengo certeza de que se celebren estos comicios antes de un par de años, como pronto: claro que, hoy por hoy, cualquier predicción, con la que está cayendo, es arriesgada. Lo que sí me parece seguro es que el PP debería seguir más la ‘línea Núñez Feijoo’, o la de Fernández Mañueco, o la de Juanma Moreno que las de Cayetana Alvarez de Toledo o, hasta cierto punto, la de Isabel Díaz Ayuso. No es tiempo de broncas, sino todo lo contrario. Y, de momento, quien gana elecciones en su terreno, con su moderación atlántica, es el gallego.

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