Señor Sánchez, póngase al teléfono, ande…

Enviado por Fernando Jáuregui | 15/11/19

¿Cree usted que si en la secretaría general del PSOE estuviesen hoy Felipe González, o Alfredo Pérez Rubalcaba o el propio Zapatero, no se habría tendido ya una mano hacia el Partido Popular?¿Piensa que si en la presidencia del PP estuviesen ahora Aznar –aquel que hizo el gran pacto en 1996 con los nacionalistas, recuerda usted–, Mariano Rajoy o, no digamos, Alberto Núñez Feijoo, no se hubiesen buscado fórmulas para llegar a un acuerdo que permitiese, con condiciones, la investidura del ganador en las elecciones, Pedro Sánchez, e impidiese la coalición PSOE-Unidas Podemos que tantas cejas está haciendo enarcar?

¿De verdad juzga usted que Aznar, o Núñez Feijoo, o, ya que estamos, Fraga, se iban a acobardar ante un posible crecimiento de Vox ‘en la oposición’ si llegasen a un pacto de salvación nacional, llámese Gobierno de coalición o acuerdo de legislatura reformista, con los socialistas? No; todos intuyen que el partido de la derecha ‘dura’ –vamos a llamarlo así—, o sea, Vox, ya ha tocado techo y poco más puede crecer frente a un PP moderado, ejerciendo una oposición constructiva e imponiendo parte de su programa y su talante en un acuerdo con un socialismo dialogante. Casado tiene hechuras de auténtico líder de la oposición, se ha merendado a Ciudadanos y no creo razonable que siga considerando que Vox es un gran rival.

Pero ¿está siendo el socialismo dialogante? Sé perfectamente quién es el principal responsable de la irresponsabilidad, valga el juego de palabras, de este acuerdo mal hilvanado y, hasta el momento, peor explicado, entre Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, un acuerdo no sometido a las respectivas ejecutivas de ambas formaciones y que se trata de legitimar acudiendo al voto de ‘las bases’. Unas bases, las socialistas, que no me parece que coincidan milimétricamente con aquellos no militantes que votaron al PSOE, pensando muchos de esos electores que Sánchez cumpliría su palabra de no volver a las andadas con Unidas Podemos. Conozco casos, créame.

También creo saber que Sánchez, ante los malos resultados en las elecciones del 10-n, temiendo un nuevo acoso deun sector de su partido, casi como el experimentado allá por octubre de 2016, y con su valido Redondo fuertemente criticado por ‘barones’ y hasta por relevantes miembros de la Ejecutiva, precipitó su decisión el propio lunes posterior al domingo electoral: llamó a Iglesias, que está siempre encantado de dar nuevamente el salto a la fama y a la moqueta y acordaron anunciar con precipitación y alevosía, y sin preguntas de periodistas ni detalles que aún no habían sido pactados entre ambos, el preacuerdo de gobierno de coalición. El viejo sueño de Iglesias, que obtuvo sus peores resultados ante las urnas, hecho realidad: él, vicepresidente, y sus allegados y allegada, ministros. Moquetas. Ahí es nada.

A Pablo Casado tan solo –y nada menos– puedo reprocharle que está siendo timorato, que se resiste a convertirse en un hombre de Estado tras haber logrado alzarse como un hombre de partido bastante unificado. Ahora, debería escuchar las voces sensatas –la de Núñez Feijoo siempre lo es, lo mismo que la de Fernández Mañueco y las de otros que lo dicen más bajo, además de la portavoz Cayetana Alvarez de Toledo– que empiezan a proliferar en el PP, que son un clamor en el mundo empresarial y en el bancario, en los medios de comunicación y me parece que en algunos círculos europeos: todos ellos piden que se busque urgentemente un acuerdo, casi cualquier acuerdo, desde la coalición a la ‘abstención patriótica’, a cambio de algo, o de mucho, con los socialistas.

Seguir desoyendo este clamor podría resultar suicida para el futuro político de alguien que, como Casado, creo que está predestinado a ser presidente del Gobierno en fecha quizá no tan lejana como pudiera parecer. Actuar meramente por temor a un auge de Vox es desconfiar del buen sentido de los ciudadanos españoles. Insistir en que ‘no queremos hacer a Sánchez presidente del Gobierno’ es desconocer una obviedad: ya es presidente del Gobierno y lo seguiría siendo con el apoyo de Podemos, la creo que probable abstención de Esquerra y de otros grupos cuyas prioridades no son, me parece, las que ahora convienen al Reino –sí, Reino—de España.

Nuestro país está en las manos de dos políticos condenados a entenderse, el presidente del Gobierno en funciones y el presidente del PP. Y que se entienden, me parece, mucho mejor de lo que Pedro Sánchez lo hace con Pablo Iglesias. No estoy hablando solamente de frenar un Ejecutivo en el que la izquierda se haga con todos los poderes frente a la mitad de España: estoy hablando de no cometer un dislate político que incurre en todas las contradicciones, falsedades y miopías vividas a lo largo de toda la campaña electoral. Y de la anterior y la anterior. Es hora de evitar la gran equivocación. Aunque parezca tarde, creo que aún no lo es. Sánchez, póngase al teléfono, hombre…

[email protected]

Share

Este gobierno de Navidad no será ‘mi’ Gobierno

Enviado por Fernando Jáuregui | 13/11/19



((un abrazo que puede ser el del oso. Menudo aliado es Pablo Iglesias…)
—-
Las fuentes esas que siempre te lo dicen todo algo tarde hablan de que tendremos gobierno en Navidad: Sánchez, presidente, matizado por Pablo Iglesias como vicepresidente que cuenta con ‘sus’ cuatro o cinco ministros. Y ya habrá habido, a estará a punto de producirse –vienen los reyes magos—la ‘pedrea’ de altos cargos, presidencias de empresas nacionales, antes las presidencias del Congreso y del Senado. No hablo de reparto del botín, porque así de acaparadora ha sido la política española desde hace muchos años. Pero sí digo que la distancia entre las dos Españas se agranda tras el sorpresivo pacto –sin preguntas, sin entrar en detalles– entre Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, dos personajes que a veces se aborrecen y a veces, ya se ve, parece que se quieren. Al menos, se abrazan ante Blas cámaras.

Todo, todos, han, hemos fallado para llegar a una solución que no gusta los empresarios, menos a la Banca –las cosas que Podemos ha dicho al respecto durante la campaña son para ser oídas–, ni a una parte consistente de España, concretamente a esa que obtuvo más votos, pero menos escaños, que la coalición ahora en ciernes. ¿Para esto fueron necesarias nuevas elecciones, gastar ciento treinta millones de euros, permitir que Vox se haga con más de medio centenar de escaños en la Cámara Baja? Ahí, ahí hay una clave: Vox. Los de la ‘coalición’ aseguran que, con su acuerdo, quieren frenar la posibilidad de que los de Abascal obtengan un centenar de diputados en unas hipotéticas nuevas elecciones. Y los del PP reconocen que, si no han dado el paso adelante valiente de ofrecer su abstención, con condiciones, a una investidura de Sánchez fue precisamente para evitar que Vox se quedase sola ‘en la oposición’.

Me duele pensar que la política española quede, así, condicionada por Vox, cuyo aumento electoral certifica el fracaso de los demás. Me duele casi tanto como darme cuenta de que de Esquerra Republicana de Catalunya, que no es partido precisamente amigo de la unidad española –perfecto derecho tienen a su ideología independentista, claro, pero…– ni de que España siga siendo un Reino, depende el hilvanado final de la coalición PSOE-Unidas Podemos. Eso va a influir, a su vez, en los acuerdos en Cataluña ante las próximas elecciones autonómicas. Pero, en fin, eso van a ser, como la posible excarcelación de Oriol Junqueras, apoyado, a todo esto, por el abogado general de la Unión Europea, segundas derivadas. Que de eso queda mucho. Cada cosa a su tiempo.

Lo primero, ese Gobierno antes de Navidad, que dicen. Si no surgen pugnas anticipadas por tal o cual nombre, tal o cual cargo: la ministra Calviño no gusta como vicepresidenta económica en el cuartel morado, Adriana Lastra dicen que quiere ser ministra –que eso mola mucho–y algunos enarcan las cejas, o ¿quién ocupará el despacho ‘grande’ de la vicepresidencia, sí, ese con cuadros de los mejores pintores españoles?.

Puede que tengamos un Consejo de Ministros antes de Navidad, porque ahora no es cuestión, Iglesias ha aprendido mucho de las dos veces anteriores, de ponerse a pelear por un Echenique más o menos. Todo llegará. Así que yo le auguro una vida no muy larga a ese equipo de poder, contra el que están las hemerotecas –ah, las cosas que se han dicho unos hoy aliados a otros, cuando no eran tan amigos ni se abrazaban precisamente–, los empresarios y banqueros –bueno, quizá se lo tengan merecido algunos–, los que no votaron al PSOE ni a IU. Y algunos que sí votaron al PSOE y se fiaron de la palabra de Sánchez contraria al acuerdo que se suscribió este martes. Y esos votos desencantados con Sánchez, que se sienten estafados por Sánchez, que ahora saben lo que vale la palabra de Sánchez, serán importantes en el futuro a corto plazo.

Ahora toca entretenernos en si Carmen Calvo seguirá de ‘vice’ –serían tres–, en si Errejón entrará en el Ejecutivo con Manuela Carmena, en cuánto poder podrá retener la señora Calviño, en qué pasará con la renovación en RTVE, del CNI, del Consejo del Poder Judicial, del Constitucional, de Paradores o de Aena. Por ejemplo. Eso será hasta año nuevo, o hasta que vengan los reyes (los magos, que ahora es el turno republicano); luego, tras haberse sentado en la poltrona, tocará gobernar. Como español, espero que no desacierten mucho. Como periodista, me apasiona todo este cúmulo de despropósitos. Como ciudadano que ha procurado mantener la equidistancia, me paso a la oposición, con perdón de Vox, maaadre mía…

[email protected]

Share

¿Echar a Sánchez dice usted? Esa no es una solución

Enviado por Fernando Jáuregui | 12/11/19

Ahora hay quien afirma, en el principal partido de la oposición, que no habrá acuerdo ninguno con el PSOE mientras Pedro Sánchez no se retire del panorama político. Algo que, en mi opinión, no tiene sentido una vez que, nos guste o no, Sánchez lidera el partido que se ha alzado con la victoria en las elecciones del pasado domingo, y más de seis millones y medio de votos –seiscientos mil menos que en abril, por cierto; alguien debería reflexionar sobre esto en La Moncloa y en Ferraz—quieren que siga. Pedro Sánchez tiene el derecho y el deber de gestionar en persona la crisis que, de nuevo, se ha abierto con los resultados electorales. Y ahora le tocaría, para variar, hacerlo mejor que antes.

Así que las salidas son todas complicadas, pero alguna habrá que buscar para no incurrir en una repetición de elecciones que sería el acabóse, el comienzo de una ruta segura hacia el Estado fallido. Ya sé que está usted cansado de tanta especulación, de tanto cálculo de cuántos escaños se pueden reunir ante determinadas hipótesis y combinaciones para investir a Sánchez como presidente. Lo sé: yo mismo, que me dedico a esto, estoy más que harto. Sin embargo, déjeme analizar con usted cuáles son las soluciones que se adivinan en el horizonte, aunque no sea para otra cosa que para comprobar juntos las montañas de contradicciones, traiciones a las palabras dadas y políticas de baja estofa que se nos están acumulando estos días en el horizonte, haciendo presagiar lo peor para el futuro.

Primera hipótesis: Pedro Sánchez quiere hacer un Gobierno ‘de progreso’. Y, aunque confesó que le costaría dormir sabiendo que tiene ministros de Podemos en su Gobierno, dicen ahora que estaría dispuesto a arriesgarse al insomnio y ceder a las presiones de Pablo Iglesias, abrir el Consejo de Ministros a los ‘morados’ y ampliar el horizonte a la abstención o incluso colaboración de otras fuerzas, incluyendo quizá a los separatistas catalanes y quizá –muy dudoso me parece esto– al ‘nuevo’ Ciudadanos huérfano de Rivera.

Es decir, lo que salió mal en la no-investidura anterior se repetiría, incluyendo el momento en el que el secretario general de Podemos nos desgranará la lista de los puestos que apetece para su gente, para él y para su pareja; será la tercera vez que lo intente. Dicen que a la tercera va la vencida y ahora, aun habiéndose dejado siete escaños y medio millón de votos en las elecciones del domingo, pasaríamos a vivir la paradoja de que quien ha perdido en las urnas gana en los despachos alfombrados. ¿Es eso lo que deseaban los electores?

Segunda hipótesis: Pedro Sánchez quiere hacer un Gobierno en solitario. El mensaje de las urnas no es ese, precisamente: lo que han dicho los electores, creo que de manera inequívoca, es que Sánchez debe seguir gobernando –con tres escaños menos, eso sí–, pero, desde luego, no en solitario para hacer lo que le parezca oportuno, nombrando a placer a los amigos en las empresas más rentables, utilizando el CIS para sus fines, etc. Tiene que pactar. La cuestión es ¿qué?¿cuánto?¿con quién? Prosigamos.

Porque parece improbable que, a estas alturas, Sánchez espere que otras fuerzas, desde Unidas Podemos hasta el PP, faciliten su investidura gratis, a cambio de nada. Y, con una política tan ‘monetarizada’ como la española, en la que los componentes patrióticos y morales están tan ausentes, parece muy difícil que los otros no exijan mucho al PSOE, y además es comprensible; desde los ministerios de Podemos hasta los grandes acuerdos de Estado –y otras cosas—que podrían proceder del Partido Popular a cambio de una abstención que, hoy hoy por, parece difícil que los ‘populares’ concedan a la investidura del ahora presidente en funciones. Pero ya veremos.

Tercera hipótesis: el PP acaba accediendo, no obstante, a abstenerse en la investidura de Sánchez alegando motivos “patrióticos”. Ello exigiría un reconocimiento oficial de Casado como líder de la oposición, haciéndole quedar nacional e internacionalmente como un estadista, además de ventajas al presidente del PP para que Vox no se quedase ejerciendo casi en solitario esta oposición. Igualmente, serían deseables grandes acuerdos en políticas públicas y hasta en nombramientos de gentes cercanas al PP en puestos no ministeriales.

Porque en ningún caso, parece, se dará un Gobierno de coalición, y mire usted que personalmente lo siento. Sí, lo siento, porque ese, un Gobierno de coalición entre PSOE, PP y lo que queda del naufragio de Ciudadanos, durante una Legislatura ‘reformista’ abreviada a dos años, sería para mí el remedio ideal a la situación políticamente crítica que vivimos desde hace casi cuatro años. Se trataría, sí, casi de un Gobierno de salvación nacional, de concentración, frente a los desafíos del separatismo y para fortalecer una Constitución que ha de reformarse y una Jefatura del Estado crecientemente hostigada por varias fuerzas parlamentarias, entre ellas ese Unidas Podemos que quiere encaramarse al Gobierno del Reino de España.

Difícil veo esta salida del acuerdo PSOE-PP, porque nuestras fuerzas políticas aún piensan más en la supervivencia del partido que en el bienestar de la nación. Pero deberían meditar nuestros representantes en lo que ha ocurrido no solo en otros países, en los que partidos tan potentes como el Socialista virtualmente han desaparecido por la mala gestión de las crisis, sino en el nuestro propio: ahí está el caso de Ciudadanos que, como la UCD, el CDS y UPyD, no ha sabido estar a la altura de lo esperado en un partido que se reclama centrista. Que es facilitar la formación de un Gobierno de centro-derecha o de centro-izquierda, así de simple.

Otras hipótesis: las sumas que se hacen son muy variadas, pero intentar mezclar a Ciudadanos –a menos que los ‘naranjas’ varíen ciento ochenta grados su mensaje—con el PNV y con Podemos en un mismo acuerdo de gobierno me parece de aurora boreal. Ni tampoco me parecen acertadas las propuestas de una ‘soluciòn a la italiana’, consistente en buscar un técnico independiente que, con ministros de diversas formaciones, encabece un gobierno de transición durante uno o dos años. No veo para qué serviría eso, excepto para ganar un poco de tiempo inútil, ni cómo saldríamos después del atasco. Creo que es una variante barroca al ‘váyase, señor Sánchez’.

Este es el panorama que hay. Busque, compare y, después, compre alguna de estas salidas. Pero advierto que solamente con un gran pacto de Estado, a suscribir entre todos los posibles, con un proyecto creíble de reformas, comenzando por la de la normativa electoral, nos sacará de esta en la que nos han metido.

Fjauregui2educa2020.es

Share

Esto no se arregla dando un par de ministerios más a Podemos

Enviado por Fernando Jáuregui | 11/11/19

Más importante aún que los resultados electorales es, en un país con el nefasto sistema electoral español, la manera como los dirigentes políticos lean el mandato emanado de las urnas. Escuchando, en la noche electoral, a los líderes políticos, me sentí de nuevo como en los días finales de abril: decían las mismas cosas que entonces nos llevaron a estas nuevas elecciones. Que si Gobierno de progreso, que si coalición de las izquierdas, que si no vamos a facilitar el proyecto de Sánchez, que si las derechas…

Todos, menos los periféricos de Vox, y si acaso los independentistas, habían obtenido unos malos resultados, por debajo de lo que esperaban. Ninguno parece haber entendido el mensaje: cambien a fondo de una vez. Tendrán que acabar por entenderlo, porque seguir con el ‘yo, yo, yo’ y con el ‘no, no, no’ para desembocar ahora en otras elecciones, allá por la primavera, sería llevarnos directamente al Estado fallido. Y eso sí que no se lo vamos a tolerar ni siquiera en este país de ciudadanía bonancible y algo pastueña, que solo desahoga sus malos humores en las redes sociales.

Y no, esto no se resuelve dando un par de ministerios más a Pablo Iglesias, que ya se siente –es la tercera vez—vicepresidente ‘in pectore’, con despacho en Moncloa y mando en los medios públicos para echar a los que le molestan y poner a los que le gustan (lo siento: la cosa es así). Si el hecho de que el líder de Podemos pudiese tener algún asiento en el Consejo de Ministros no dejaba dormir a Pedro Sánchez antes –el propio Sánchez ‘dixit’–, no veo qué diablos, excepto el complejo de culpa por haberlo hecho todo mal, puede hacer que ahora gire ciento ochenta grados y reciba en los amorosos brazos monclovitas a alguien que, como Iglesias, sabe que le va a causar muchos, pero muchos más problemas que satisfacciones.

Dirá usted que le tengo manía a Iglesias, cuando la verdad es que le contemplo con algo así como a un hijo demasiado travieso que siempre acaba metiendo la pata y metiéndote en un lío. De momento, a pesar de haberse dejado unos cuantos escaños en la gatera, Pablo Iglesias se nos presentó en la noche electoral como si hubiese sido el triunfador de la jornada: le ganó a Errejón, claro, pero su ex amigo tuvo que montar todo el aparato para presentarse deprisa y corriendo, sin infraestructura, sin candidatos…¿Le ofrecerá también a Errejón el consuelo inestimable de recibir su apoyo?

Aquel ‘Gobierno Frankenstein’ salido de la moción de censura acabó mal –empezó también mal—y no veo medio de repetirlo y que salga bien. No saldrá bien con Iglesias, con Esquerra, con alguno de Junts per Cat, quién sabe si con Bildu. No es una cuestión de izquierdas o derechas: es, simplemente, que tal algarabía no iba a funcionar. Dejemos de hacer la cuenta de la vieja a ver cómo sumamos escaños para que Sánchez pueda seguir en La Moncloa aupado por gentes que, más que construir, derriban.

Que, por cierto, yo creo que Sánchez puede y debe seguir: ¿qué es eso que dicen algunos de exigir que se marche a cambio del apoyo del PP o de ¡¡Ciudadanos!!?. Ha ganado las elecciones y debe gobernar, pero, desde luego, nunca en solitario y como le dé la gana, colocando amigotes en las empresas públicas más suculentas y negándose a negociar contrapartidas importantes a cambio de que le faciliten la investidura; como si todo el país estuviese obligado a facilitar su permanencia en el poder por su cara bonita.

Lo único consolador en la a mi modo de ver desastrosa noche electoral fue el atisbo que creímos adivinar en las manifestaciones de Pablo Casado en el sentido de que ahora espera, antes de actuar, a ver los movimientos de Sánchez. O sea, las ofertas a cambio de la investidura. Quizá, al final, desoyendo a quienes le hablan más del bien del partido que del bien de España, el líder del PP acabe facilitando la investidura de Pedro Sánchez, y estoy seguro y confío en que no será gratis. Ni barato: hay mucho que regenerar y no será a base de operaciones de imagen, tacticistas, ‘a lo Redondo’, como se hará.

La pelota está ahora en el tejado de Sánchez, pero para articular soluciones nuevas. Una mayoría ‘transversal’ –¿a qué vino hablar en la noche electoral nuevamente de Gobierno de progreso? Dése usted a sí mismo, señor Sánchez, libertad de movimientos– para enderezar el problema de Cataluña, para hacer una nueva legislación reguladora de las elecciones que evite el bloqueo continuo, para taponar los agujeros que empiezan a verse en la Constitución. Para acometer juntos la reforma de la educación, de la Administración. Hágannos el regalo de una Legislatura de dos años reformistas a tope.

El panorama está abierto. España necesita que sus políticos dejen de jugar como en el patio del colegio a ver quién es más macho. Si no han entendido lo que les hemos dicho con nuestro voto –que ha sido de castigo, empezando por lo de Vox, que va a ser una penitencia dura–, estamos perdidos.

[email protected]

Share

Tras el 10-N, el dinosaurio seguía ahí

Enviado por Fernando Jáuregui | 10/11/19


—-
(coloree usted mismo este dinosaurio: píntelo de rojo, de azul, de naranja, de morado, incluso de verde. Lo mejor sería una mezcla cromática, ya que no parece que el dinosaurio vaya a dejar de estar ahí)
—-

Varío algo, en el titular de este comentario, el contenido del cuento más corto de la historia, de Augusto Monterroso, porque son varios los líderes que despiertan este lunes poselectoral con la certidumbre de que no es un solo dinosaurio, sino muchos, los que siguen ahí, aparcados. Un dinosaurio es un problema muy gordo: ¿dónde lo metes? Porque no hay zoológicos para dinosaurios. Además, comen mucho y no hay quien los amaestre. O sea, como los problemas que nuestros representantes dejaron ahí, tras las elecciones. Y hoy, al ver el panorama tan del jurásico de nuestra política incapaz, estancada en el pasado como estos saurópsidos, no nos queda sino pensar en qué hacer para despejar el panorama. Porque casi todo aquello que dejamos en el pre-10N sigue ahí, como el bicho de Monterroso.

Algunos de nuestros representantes, o aspirantes a serlo, se nos antojan también un poco como del período triásico, pese a que son los más jóvenes de la historia de nuestra aún poco consolidada democracia. Quiero decir que las urnas imponen, además de una renovación de rostros, una modificación de las costumbres políticas y, sobre todo, de la relación del representante con el representado, del dirigente político con eso tan olvidado que se ha dado en llamar ciudadanía. Mientras no entiendan que lo importante no es la supervivencia del partido, sino la de la nación, no habremos entendido nada. Hasta que no superen los vetos personales, los miedos y la pereza a la hora de la renovación, seguiremos anclados en épocas muy pretéritas. Y ya no nos queda tiempo para andar mirando hacia atrás, creo.

Claro, este domingo no se podía votar por las grandes coaliciones, ni por los gobiernos de concentración, que serían casi un gobierno de salvación nacional: ahí está el dinosaurio-problema catalán, que no crea usted que porque permitiese –tras no poca controversia entre los ‘indepes’ más fanáticos—votar en los colegios de Cataluña ha decidido desaparecer. Lo mismo que algunos fósiles en nuestra legislación, comenzando por la normativa electoral. O la desigualdad. O la dicen que inminente recesión económica. Los dinosaurios, como todos los saurios, son tenaces: duran mucho. Se resisten a extinguirse. Y solamente la coalición de los cavernícolas logra vencerlos. Pero eso no puede votarse, ya digo: las papeletas solo nos dejan votar a los partidos y, encima, en plan cerrado y bloqueado.

A saber ahora lo que harán los jefes de nuestras cavernas. Más de una vez se ha dicho, y lo comparto, que de esta no salimos sino con una coalición. O con algún tipo de pacto transversal, que nos aleje de las dos Españas a derecha-izquierda. O sea, algún acuerdo de centro-derecha o de centro-izquierda. Es lo que no supo entender, ignoro por qué, Ciudadanos, que estaba ahí para facilitar uno u otro tipo de gobierno, con el PP o con el PSOE. Albert Rivera se empeñó en ser él el gran dinosaurio, y ahí tienen ustedes el resultado. El ‘no es no’ es, simplemente, un dislate cuando hablamos de política, un error del que quienes lo cometen siempre acaban arrepintiéndose. Y girando ciento ochenta grados, pero siempre demasiado tarde..

Ha llegado la hora del ‘sí es sí’. De terminar con este parque jurásico que consiste en acudir a las urnas casi una vez al año, con las mismas reglas electorales que impiden la formación de mayorías, manteniendo así la inestabilidad. Ahora es el momento de llegar a acuerdos entre extraños compañeros de cama, como decía Churchill que era la esencia de la buena política, y darnos una legislación capaz de defender al Estado, no propicia, como ahora, a destruirlo. Un gran acuerdo engtre quienes se dicen constitucionalistas para una Legislatura abreviada que regenere el país. O, si no son capaces de eso, que hagan lo que al final no les quedó otro remedio que hacer a los dinosaurios: que se extingan políticamente para dejar paso a otros animales (políticos) no tan prehistóricos. Ni tan duros de mollera.

[email protected]

Share

Esta es la última vez que voto…así

Enviado por Fernando Jáuregui | 09/11/19

Los últimos mensajes que recibimos en el cierre de la campaña electoral pueden resumirse, todos, en cinco palabras: “o yo o el caos”. Lo cual, si cada uno de ellos se erige en único salvador posible, nos hace temer que estamos asomados al abismo de lo caótico en este domingo histórico que recordaremos, 10 de noviembre de 2019. El día en el que todo empezó a seguir destruyéndose. O a, ojalá, construirse. O el día en el que el muro comenzó a derribarse a golpe de votos. Ya, pero ¿qué, a quién votar para derribar ese muro y empezar a construir un edificio políticamente sólido? Porque lo de Berlín, eso de que de pronto se caiga un paredón sin que nadie supiese muy bien cómo había sido, aquí no pasa: los muros invisibles levantados por la incompetencia, los rencores, la pereza, el egoísmo y la corrupción son mucho más sólidos que los levantados a base de hormigón, cemento y ladrillos. O a base de adoquines como ese con el que nos ilustró Rivera, dicen que comprado en Amazon, en el único y tristón debate que ha jalonado la campaña.

Muchas veces he pensado que, dado el anacrónico sistema electoral que padecemos, y que quizá nos lleve a unas quintas elecciones pronto si Dios y ‘ellos’ no lo remedian, la papeleta de voto debería llevar una explicación de la finalidad que se da a ese sufragio: yo voto por una coalición de tal y cual partido; yo, por que fulano se abstenga para que gobierne mengano; yo, para que ‘mi’ formación tenga el poder en solitario; yo… Bueno, usted entenderá que el escrutinio sería imposible, porque cada español tiene una motivación peculiar, como tiene en su alma un seleccionador de futbol ideal y, así, nos encontraríamos con al menos veinte millones de mensajes diversos explicando cada voto, sospecho.

Así que la única solución sería que los españoles nos acostumbrásemos a votar de otra forma, porque nuestra legislación electoral ha de ser distinta. Es decir, hemos de forzarnos a votar pensando en que el más votado será quien llegue al poder y, por tanto, a ser nuestro representante. Eso reclama una profunda modificación de la legislación electoral, incluyendo una leve reforma constitucional para permitir ir a un sistema de doble vuelta. Estas deben ser las últimas elecciones que acometamos sin un gran pacto entre las fuerzas constitucionalistas nacionales para acometer, ya mismo, esa reforma. O eso, o seguiremos condenados para siempre a esta inestabilidad política, sin poder soñar en mayorías estables, que tanto daño nos está haciendo. No entiendo que nuestras fuerzas partidistas nos hayan permitido llegar a esto y que hoy, cuarta vez en cuatro años, estemos nuevamente plantados ante las urnas.

El caso es que, dejémonos de ensoñaciones sobre acuerdos de futuro, este domingo nos toca votar. ¿La última vez con este sistema electoral? Temo que ya me lo pregunté en abril y en junio de 2016, y nada… En fin, quiero ser políticamente correcto, e inducirle a usted, en lo que valga mi opinión, a que acuda a su colegio electoral, tome la papeleta que menos rabia le dé y la introduzca en la ranura, tapándose o no la nariz, como usted prefiera. Yo así lo voy a hacer (con la nariz tapada, naturalmente), incluso sin poder explicar cuáles son mis objetivos votando lo que esta misma mañana he decidido que voy a votar. Anímese: tal vez un día de estos ellos entenderán el mensaje e interpretarán correctamente para qué, por qué, seguimos apoyándoles, pese a todo lo que nos han hecho. Pese a todo lo que NO han hecho.

[email protected]

Share

Ante el día nacional de la irreflexión

Enviado por Fernando Jáuregui | 08/11/19

—-
(no me movieron el voto, que bastante complicado lo he tenido para decidirme, ni el debate de ellos ni el de ellas)
—-
Ignoro si, ahora que acaba de concluir la campaña electoral, no estaremos abocados a comenzar otra, no oficial, desde el mismo lunes. Las últimas comparecencias de los candidatos, todos hombres, aún jóvenes, sin experiencia de gestión en empresas privadas y con poca o ninguna en lo público, dejan poco espacio al pacto poselectoral para que el ganador, presumiblemente Pedro Sánchez, pueda resultar investido. Aunque ya estamos acostumbrados a que una cosa es lo que se diga en campaña (llevamos casi cuatro años en campaña, en realidad) y otra lo que ocurra una vez que tengamos en la mano los resultados de las urnas. El caso es que nos encontramos ante una jornada de reflexión, antes de ir a depositar nuestro voto, que es probablemente la que condensa la suma de las actuaciones más irreflexivas de nuestros representantes. La política española ha entrado en una deriva completamente loca y mucha reflexión, temo, será precisa para adivinar quién será capaz de enderezar las cosas.

Mirando hacia atras sin ira, pero con algo de preocupación, nos encontramos con una España más bien invertebrada, quebradiza, con poco sentido de Estado y sin líderes que garanticen soluciones para los demasiados problemas que se nos plantean a la hora de reflexionar –esta jornada ‘oficial’ es, en el fondo, una antigualla, como la prohibición de sondeos y tantas otras cosas en nuestra normativa electoral— hacia dónde conducir nuestro voto, que es lo único que tenemos. Porque el ciudadano carece de voz y de presencia suficientes como para erigirse en una sociedad civil que grite, esperando ser escuchada, por sus derechos, por el cumplimiento de los compromisos con el electorado, por recetas a los problemas que muchas veces han creado nuestros propios representantes. Votar cada cuatro años no basta para garantizar una buena marcha de la democracia; votar cada año, como nos ocurre, menos aún, si en los intervalos no se producen otras acciones e iniciativas más allá de sacudirse patadas en las espinillas.

Parece, en primer lugar, intolerable que nos plantemos ante unas nuevas elecciones, las cuartas en cuatro años, con el temor de que tal vez tengamos que afrontar pronto unas quintas porque los dirigentes políticos no han sido capaces de reformar una normativa electoral que garantice mayorías suficientes para formar gobierno, en lugar de fragmentar los resultados como hasta ahora. Si esta pereza para cambiar algo que patentemente no funciona no deriva en algún tipo de pacto entre extraños compañeros de cama, como decía Churchill, tenga usted por seguro que regresaremos a las urnas dentro de poco, si es que, hartos, no desertamos de ellas. Pero yo confío en que algo, algo, hayan, hayamos, aprendido todos de lo mucho malo ocurrido desde que, en diciembre de 2015, se celebraron aquellas elecciones generales que no dieron holgura suficiente a ningún partido para gobernar. Y ahí seguimos, en la indefinición, según dicen esas encuestas que todos conocemos y que han sido absurdamente prohibidas, una vez más, por las normas prehistóricas que rigen nuestras elecciones.

Nos plantamos ante este día de reflexión sin que ‘ellos’ hayan hecho los deberes. Ni siquiera sabíamos, a la hora de escribir este comentario, si la tranquilidad estaba garantizada del todo en las calles catalanas, que esperemos que así sea, ni si el Gobierno podría, en el peor de los supuestos, garantizar ese orden callejero alterado por los salvajes del ‘cuanto peor, mejor’. Ni siquiera habían trascendido a la opinión pública los programas electorales, que son los más romos, los menos ilusionantes e ilusionados, que recuerdo haber visto en mucho tiempo. Ni siquiera se debatieron ideas, sino amenazas: o me votan a mí, o el caos. Ni los hombres debatiendo por su lado, ni las mujeres por el suyo –así andamos—han sido capaces de trasladar a la ciudadanía un mínimo de confianza en que ahora sí, a partir del lunes se van a comenzar a arreglar los muchos problemas que, cual nubarrones amenazantes, aparecen en nuestro horizonte.

Qué quiere que le diga: llamar ‘jornada de reflexión’ a esto que hoy estamos viviendo me parece demasiado arriesgado. Yo diría que es más bien algo parecido a la llegada ante la meta de los atletas que, derrengados, saben que han hecho una mala carrera. Pero uno de ellos –intuimos cuál, claro– se alzará con el laurel de la victoria coyuntural; todos dirán que merecieron la victoria, que es huidiza, versátil y volátil. Caprichosa. Es posible que la realidad de los números imponga a alguno –también lo intuimos—el abandono para siempre de la carrera y entonces el panorama puede que se despeje algo. O se complique más aún. Esta debería haber sido una carrera por equipos y no de todos contra todos y, además, con zancadillas. Las jornadas de reflexión empiezan, en realidad, el lunes. Ya que nadie parece haber reflexionado lo suficiente antes.

Share

Montesquieu huye, despavorido

Enviado por Fernando Jáuregui | 07/11/19

Llamó una oyente a la radio en la que en ese momento yo me encontraba para acusar a Pedro Sánchez de haberse ‘cargado la separación de poderes de Montesquieu’. Le respondo que no ha hecho tanto el presidente del Gobierno en funciones: simplemente –y nada menos—sugirió que había dado instrucciones a la Fiscalía para que agilizase la extradición a España de Puigdemont. Un lapsus presidencial que ha enfurecido a los fiscales, que rechazan depender del Gobierno y reiteran su imparcialidad. Pero este conflicto, ahora en la recta finalísima de la campaña, no es nuevo: las pugnas entre el tercer poder (el Judicial) y el primero (el Ejecutivo) son frecuentes y, a veces, sonadas. Y no pocas veces el Gobierno, los gobiernos, tiende(n) a creer que la Fiscalía, como la Abogacía del Estado, están subordinadas a los dictados del Ejecutivo.

Acepto que nuestros gobernantes, y no hablo solamente del actual presidente en funciones y su equipo, tienen una concepción acaso demasiado laxa de lo que es la separación de poderes. La propia vicepresidenta Carmen Calvo amenazó con que, si Bélgica no extradita a Puigdemont, “tomaremos nuestras decisiones”. Olvidaba que son los jueces belgas, que han pospuesto la vista en el tribunal hasta el 16 de diciembre, quienes tienen que acordar o no la extradición del muy molesto prófugo.

Y no, ni Bélgica, siempre reticente a acoger las peticiones del Gobierno español, ni Gran Bretaña, que pone ‘pegas’ a la extradición de la señora Ponsatí, ni Alemania, donde pasó lo que pasó cuando detuvieron allí al hoy ‘residente en Waterloo’, comparten muchos puntos de vista de los gobernantes españoles en cuanto a la ‘levedad’ de las demarcaciones entre los distintos poderes. Y así lo hacen constar no pocos medios extranjeros, ante los que el independentismo ha hecho una labor mucho más eficaz que el constitucionalismo. Y es que España carece de leyes bastantes para defender al Estado.

No me extraña, la verdad, el patente desconcierto que al respecto se vive en este país nuestro: los ejecutivos han detentado siempre un poder de decisión excesivo, mientras el Legislativo ha tendido a ser inoperante –ahora lleva meses casi sin funcionar—y con el Judicial han tratado de jugar unos y otros; ahora, tanto el Consejo del Poder Judicial como el presidente de este Consejo y del Tribunal Supremo llevan diez meses habiendo sobrepasado su mandato legal para renovarse, tomando decisiones que ya no les competen y que son consideradas “abusivas” por algunas fuentes judiciales.

Del llamado ‘cuarto poder’, no especificado por Montesquieu, mejor ni hablamos. La propia Radiotelevisión Española lleva instalada ‘en la provisionalidad’ desde hace año y medio, lo que facilita que le lleguen desde muchos sectores las críticas, a veces ciertamente injustas, de ‘parcialidad’ en favor del Gobierno.

No sé qué nota pondría Montesquieu, si levantara la cabeza, al seguimiento que el Gobierno español (y los otros poderes) hacen de su doctrina: seguramente huiría despavorido, gritando ‘no es esto, no es esto’. Los poderes aquí no se vigilan ni se controlan unos a otros: todos trampean y se zancadillean. El propio Quim Torra, nos lo han reiterado ahora desde las investigaciones de las fuerzas del orden, trató de ‘tomar’ el Parlament catalán y hacerse fuerte allí en su intento de forzar la independencia. No puede haber mayor desprecio a Montesquieu que este nuevo intento golpista.

No sé si me dejo llevar demasiado lejos por el optimismo, pero solo puedo confiar en que las elecciones de este domingo empiecen a arreglar las cañerías. Es necesario, mediante pactos para la investidura y luego para la gobernación –a Sánchez no hay que dejarle gobernar en solitario, pero acepto que, como el más votado, deberá gobernar–, serenar el ánimo político y retornar a las esencias más puras de la democracia. De las que a veces, y obviamente no solo, ni principalmente, en alguna declaración frívola y precipitada del presidente en funciones, nos estamos apartando.

[email protected]

Share

Acuérdese de Romanones…¿o era Churchill?

Enviado por Fernando Jáuregui | 05/11/19

Quedan tres días para las elecciones y el resquicio para la esperanza de salir del bloqueo es cada hora menor. Concluí de ver el debate, bien pasada la medianoche del lunes al martes, con un nudo de angustia en la garganta. Ninguno de los candidatos –no sé quién ganó ni quién perdió; me parece irrelevante: perdimos todos—dió salida alguna para el intenso bloqueo político que vivimos. Iglesias se ofreció, no sé si generosamente, a compartir gobierno con Sánchez, que le dio con la puerta en las narices; Casado prometió que no ayudaría a gobernar a Pedro Sánchez; Sánchez sigue comportándose como si pedalease en solitario, aunque sabe que no ganará en solitario. Y el presunto ‘bloque de centro-derecha’, como le llaman, se dedicó a sacudirse de lo lindo entre ellos: ¿qué elector confiaría en un gobierno integrado por tres que peleaban más entre sí que con el presunto adversario socialista?.

Así que ni por la derecha ni por la izquierda tienen nuestros males remedio, parece. Vienen las elecciones y los pactos para consolidar un gobierno siguen pareciendo remotos. Viendo lo que dicen las encuestas –perdón por citarlas: la Junta Electoral las prohíbe, lo que ya sé que es absurdo, pero…–, sin mayorías claras, los agoreros se atreven a pronosticar nuevas elecciones allá por marzo, si Dios y ‘ellos’ no lo remedian. Que, desde luego, viendo el debate, te daba la impresión de que no tienen la menor intención de remediarlo. Menos mal que nos queda Romanones. ¿O era Churchill?

Es lo mismo. Sea del cínico español o del escéptico británico, la frase es acertada, redonda: “en política, cuando digo jamás, quiero decir hasta esta misma tarde”. Allí estaba Rivera, para ilustrar la exactitud de la frase, tendiendo soterradamente su mano a Sánchez ‘desde la oposición’ y olvidado ya el ‘no es no’ al actual presidente en funciones, al que, recuerden, era tarea urgente echar de La Moncloa, el líder naranja dixit en su día. Claro que el dirigente de Ciudadanos me parece que se ve en el trampolín de bajada, ese que termina lejos de la política y en un bufete influyente.

Comprendo que, en campaña, los dirigentes no van a decir a sus electores que van a pactar, tras las urnas, con aquel a quien han definido en los mítines como rival, casi enemigo, una desgracia para España. Pero otra frase acertada, esta sí de Churchill, es que la política hace extraños compañeros de cama. Así que yo sigo apostando por una ‘abstención patriótica’ (y a cambio de contrapartidas, espero), tanto por parte de Pablo Casado como de Rivera, para que Pedro Sánchez logre ser investido, pero no para seguir haciendo lo que le da la gana.

Eso sí: a fecha de hoy, sabemos que nos esperan al menos tres meses antes de ver a alguien consolidado en La Moncloa. Y eso, en el mejor de los casos: si no hay sorpresas en la jornada del 10-n, hoy poco previsibles, de aquí a febrero habrá tiras y aflojas, conversaciones secretas, cesiones, exigencias, presiones y amenazas. Y luego, si ‘ellos’ llegan a algo, un Gobierno más o menos estable para una Legislatura que debe ser regeneracionista.

La verdad, no creo que haya muchas más salidas que la que digo: esa abstención por parte de PP y C’s y la resignación de Sánchez de tener que dar algo a cambio. O en eso confío, al menos.

Lo malo es que, mientras andamos en estas, mareando perdices, pasamos más tiempo hablando del pasado –la que liaron con Franco en el debate, Dios mío—y maniobrando en la oscuridad para consolidar ‘su’ presente, que pensando en el futuro: el discurso, dicen que en catalán impecable, de la princesa Leonor en una Barcelona que algunos quisieron convulsionada se quedó este martes, claro, en página par, porque, como era lógico, el debate y sus naderías acapararon las portadas. En fin, que nos quedan, ya digo, tres días de campaña, uno de reflexión y hala, a votar. Pero no desespere: no olvide usted a Romanones. ¿O era Churchill?

[email protected]

Share

Yo no veré el ‘debatazo’: no me dejan…

Enviado por Fernando Jáuregui | 03/11/19


—-
(Es posible que la única novedad esta vez sea la presencia de Abascal. Y que la Academia cobra por dar la señal. Y punto)
—-

Este lunes por la noche, a la hora absurdamente tardía en la que algunas cadenas retransmitirán el debate ‘a cinco’, teóricamente decisivo, que dicen, para conformar sólidamente el voto, yo estaré en otro programa, en una televisión más modesta, que no podrá retransmitir el ‘debatazo’ porque las exigencias económicas de la Academia, desorbitadas a mi modo de ver, se lo impiden. Nunca entenderé que TVE, que es un servicio público que pagamos todos, no haya sido la encargada de organizar este momento de espectáculo político, ofreciendo gratuitamente, como siempre se ha hecho, su señal a cuantas ‘teles’ lo pidan, para que estas comenten, en directo, lo que los líderes políticos dicen.

Claro que son muchas las cosas que no entiendo en esta absurda regulación, o mejor en esta falta de regulación, de las campañas electorales, debates en TV incluidos. En cada ocasión, se nos coloca ante la incertidumbre de si habrá o no confrontación de líderes, cuántos de estos espectáculos televisivos tendremos y con cuántos participantes, cómo han de organizarse, si el moderador puede o no interrumpir –en esta ocasión, han intentado que sea que no: finalmente se ha impuesto una cierta racionalidad—a los políticos, etc. No hemos aprendido nada, y mira que elecciones no nos han faltado: concurrimos a las urnas este próximo domingo con las mismas absurdas regulaciones. Tan absurdas que, mire usted, no podremos enterarnos del efecto del debate de este lunes sobre la intención de voto…porque ya estará vigente la prohibición, ridícula en estos tiempos de Internet, de publicar sondeos desde varios días antes de la jornada electoral.

Ahora, rizando el rizo, estamos, pues, ante campañas para ricos y para pobres. No importa que se trate de un asunto de evidente interés público: si no se paga, no hay señal. Una diferencia, esta de ricos y pobres, a veces alentada por los propios líderes políticos: no me extraña que haya quien asegure que estamos en el país más injusto de Europa. Pero descuide usted, que, en el programa televisivo en el que yo he de estar mientras ‘los cinco’ se lanzan descalificaciones, puyazos y patadas verbales, no han de faltar los temas a tratar, muchos de los cuales, sin duda, no van a ser abordados con la profundidad y el valor requeridos por los aspirantes a ocupar La Moncloa en la próxima Legislatura.

Por ejemplo, a ver cómo sale Sánchez del aprieto cuando le pregunten qué va a ocurrir en Cataluña esta semana. Posiblemente, el lunes, cuando debatan, ya esté ocurriendo, porque la visita del jefe del Estado con motivo de los premios Princesa de Girona, acompañado por su hija doña Leonor, heredera del trono, agita los peores augurios: las hordas fanáticas montarán, es de temer, algún escándalo. Esas mismas hordas que tratarán de forzar la anulación de las elecciones en territorio catalán a base de impedir que la gente vote normalmente en los colegios electorales este 10-n. Claro, algunos de sus interlocutores/adversarios requerirán al presidente en funciones para que emplee la dureza, desde el 155 hasta la declaración del estado de excepción. No es que algunos quieran salvar la situación en Cataluña: es que tratarán de que Sánchez meta la pata y pierda algún puñado de votos más.

Por favor, no vaya a creer que lo digo motivado por el sentimiento de percibirme discriminado por no poder ver en directo el debate, pero tengo que afirmar, porque así lo creo, que este va a servir para poco. La campaña ha estado huera de ideas sobre la modernización, regeneración y mejora económica y moral de España, así que no espere usted que, ya en la recta finalísima, las cosas mejoren: acuérdese del encuentro de los portavoces –o sea, los ‘segundos de a bordo’—del pasado viernes en TVE, del que lo único que se recuerda es la negativa final del peneuvista Aitor Esteban a estrechar la mano del ‘voxero’ Espinosa de los Monteros.

Tampoco me parece que, como ha ocurrido con la famosa exhumación de Franco –¿quién se acuerda ya de eso?–, el debate vaya a tener una importancia crucial para que los indecisos, y algunos que no lo son, orienten su voto, o para que quienes, hartos ya de estar hartos de votar y votar sin que sirva de gran cosa, pensaban abstenerse, no lo hagan.

Ceo que algunos, marginados incluso como telespectadores, además de como comentaristas del debate, tendrán que poner sobre la mesa, desde el ordenador y ante el micro, esas cuestiones que tienen que ver con la profundización de la democracia, con una mayor justicia social, con el reequilibrio territorial y con un reforzamiento de las instituciones, comenzando por la Jefatura del Estado. Asuntos todos que me temo que van a ser, en el mejor de los casos, solo frívolamente tratados por los cinco padres de la patria, o aspirantes a ello.

Share