El papel que a cada uno, del Rey abajo, corresponde

Enviado por Fernando Jáuregui | 20/08/17

“Cuando una catástrofe se produce, lo más importante es que cada cual se mantenga en su papel, sin interferir en la labor de otros, sin buscar protagonismos ni holgazanear en la tarea que le corresponda”. Quien habla conmigo es un experto en inteligencia militar y, para lo que valga, me ha soltado la frase que antecede. Me ha parecido muy conveniente: ahora, en esta coyuntura tan difícil y con algún riesgo de descoordinación en las primeras horas tras el criminal atentado del jueves en Barcelona, lo esencial es eso, que cada cual, cada Administración, cada personaje, desarrolle con dignidad y eficacia el papel que le toca jugar. Comenzando, claro, por el Rey, que me parece que ha estado plenamente a la altura que de él se esperaba. Y concluyendo por el conseller de Interior de la Generalitat, de quien lo menos que se puede decir es que es cuestión de días, o de horas, que meta una pata estrepitosa si alguien –Puigdemont, Junqueras—no se lo impide.

Ignoro, desde luego, lo que saldrá de la reunión del llamado pacto antiterrorista, convocado para este lunes con la urgencia con la que podía hacerse. No estoy seguro de que, dados los antecedentes, vaya a resultar muy eficaz, y, en cambio, estoy casi convencido de que alguno de los representantes políticos, tan ansiosos siempre de protagonismo –el papel que no les corresponde, y menos ahora–, no podrá evitar participar en la carrera de demasías verbales y despropósitos. Confío en no acertar en esta predicción.

Pero, en fin, justo es decir que, desde luego, el Rey, que ha vuelto a ganarse el cargo este fin de semana, lo mismo que Rajoy, sobrio y contenido, y el president Puigdemont, que ofreció una sensación dialogante y abierta, cumplieron, hasta ahora –hasta ahora—con el rol que les cabía. Hasta Oriol Junqueras –enemigo natural de esta prenda– se colocó una corbata oscura para asistir, este domingo, a la misa de réquiem en la Sagrada Familia, dando al acto la solemnidad que tenía, que la solemnidad también es, ahora, un arma para luchar contra el terror fanático.

Se han cuidado hasta los repartos de protagonismo televisivo a los personajes a los que la desgracia ha juntado, ya que no les juntaba el necesario diálogo político, y me refiero, claro, sobre todo a Rajoy y Puigdemont, y a los otros líderes políticos. Faltaría más, desde luego. Lo importante ahora es que se sepa mantener el espíritu que, de manera más o menos forzada, ha reinado este fin de semana en la plaza de Catalunya, en los templos de toda España y creo que también en muchas mezquitas sobre las que he procurado recabar algo de información.

No crea usted que traigo a colación a las mezquitas de manera casual y de pasada. No: he leído y escuchado demasiadas insensateces –al menos, a mi juicio—cargadas de islamofobia, y hasta de hispanofobia, casi de supremacismo, como para no hacer constar mi alarma ante un clima de intolerancia que nada tiene que ver con la imprescindible firmeza para combatir el terror del que cualquiera que pasee por las calles puede ser víctima, sea cual sea su religión, su credo, su raza. Es más: este naciente espíritu de ‘reconquista’, de nuevas cruzadas –literal—que se ha extendido por la parte más flamígera de nuestras redes sociales puede resultar altamente contraproducente en esa lucha contra los asesinos fanatizados, que en ocasiones, y eso me preocupa especialmente, son tan jóvenes.

Hay que buscar dónde están las raíces que siembran tal irracionalidad cruel en chicos que, hayan nacido donde hayan nacido, conviven con nosotros, con nuestras costumbres, en las ciudades que habitamos, compartiendo tantas veces su educación con nuestros hijos. Inducir a un rechazo general de todos cuantos practican una determinada religión, creernos superiores a ellos, que constituyen casi una quinta parte de la población europea, sería un descomunal error, como lo sería aminorar la vigilancia. Y lo peor es que a los anónimos en ciento cuarenta caracteres se unen, a la hora del rechazo generalizado –por decir lo menos– , voces con proyección mediática en ciertos sectores de nuestra sociedad. Y quisiera recordar que también nosotros, los medios de comunicación, tenemos el deber, moral y profesional, de atenernos a nuestro papel, grande e importante, pero humilde, lejos de la tentación predicadora. Eso también me lo decía el citado experto con quien compartía ayer estas reflexiones: puede que, de todos los papeles a desempeñar ahora, el de los medios de comunicación sea el más importante. Así, como suena.

fjauregui@educa2020.es

Lo siento, Puigdemont: no es miserable hablar del ‘procés’ ahora

Enviado por Fernando Jáuregui | 19/08/17


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(¿quién falta en esta foto?)
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Ahora, aunque el corazón esté hecho pedazos, no queda otro remedio que pensar en el futuro. En concreto, en cómo se gestionan los cuarenta días que quedan hasta que, el 1 de octubre, Puigdemont lleve adelante, contra viento y marea, su proyectado referéndum. Tras el atentado de este jueves, y tras los errores iniciales –dos gabinetes de crisis, el estatal y el catalán, imagen de escasa unidad, pese a las proclamas en contrario–, hay que reconocer que, el viernes, las cosas se recondujeron bien, a partir de la imagen de ‘todos juntos’ en la plaza de Cataluña.

Una imagen indiscutiblemente encabezada por el Rey, en medio entre Rajoy y el president de la Generalitat, rostros serios, vestimenta oscura. Allí estaban Soraya Sáenz de Santamaría, y Oriol Junqueras, y Romeva y todos los consellers, y el ministro del Interior y, en segundo plano, por allá andaban Pedro Sánchez, Pablo Iglesias, Rivera… y cien mil personas entristecidas. Todos, de una u otra manera, estábamos allí, al menos en espíritu, preguntándonos ‘y ahora, qué’. Luego, los dos presidentes, el del Gobierno central y el del Gobierno autonómico que más quebraderos de cabeza ha proporcionado al Estado en décadas, se dieron la mano, hubo una bandera de España junto a la enseña catalana en el Palau de la Generalitat e hicieron, ellos y sus equipos, como que van a trabajar conjuntamente en pro de la seguridad de la ciudadanía. Bien. Lástima que…

Lástima que el molt honorable president de la Generalitat calificase, a preguntas de un colega, de “miserables” las opiniones en el sentido de que lo que ahora se impondría sería un cambio de rumbo, hacer realidad esa foto de unidad, dejando en un segundo plano un ‘procés’ que va a significar un choque de trenes dentro de cuarenta días, como si no hubiese habido ya choque bastante. Y es que voces de la Generalitat y de lo que significa Junts pel Sí consideran que ‘nada tiene que ver’ el terrible atentado del jueves con el ‘procés’; no hay que mezclar una cosa con otra, te dicen.

Pero me temo que sí, que hay que mezclarlas. Los mensajes de condolencia y apoyo de todo el mundo llegaban a España, a Rajoy, al Rey; algo deberían estos mensajes hacer meditar a Puigdemont y Junqueras, cabezas de la partida independentista. Cuando los servicios de inteligencia del Estado, las fuerzas de Seguridad estatales, las instituciones, la Justicia (estatal) hacen posible, junto con los mecanismos autonómicos, una lucha más rápida contra el terror, la detección de los culpables, no se puede decir que nada tiene que ver una cosa y otra. Los terroristas serán probablemente detenidos o, en su caso, abatidos, o juzgados, con la colaboración de todos, incluyendo las potencias extranjeras: ellos son el principal objetivo ahora. Y garantizar la seguridad ciudadana, sin distracciones de ningún otro género, es lo que importa. Las divisiones, ahora, distraen de esa tarea.

En medio del gran espectáculo de la Plaza de Catalunya –costó más de veinte horas la imagen de Puigdemont y Rajoy hablando, bajo el paraguas del Rey, que es otro elemento primordial a considerar en estos cuarenta días hasta el 1-o–, ahora el mejor homenaje a las víctimas sería hacer útil su sacrificio. Atisbé algunas polémicas absurdas –que si debe o no intervenir el Ejército, que si unos se culpaban a otros de las fallas de seguridad—que ahora de poco servirían: es al Estado, en primer lugar, y luego a Barcelona, y luego a Cataluña, pero siempre a todos nosotros, a quien se amenaza. Y esa es la escala de las responsabilidades.

Es, por tanto, el Estado quien debe dirigir la contraofensiva que se inicia ya este lunes con la reunión del pacto antiterrorista. Hay ocasiones, me parece, en las que el ciudadano de a pie, que somos todos, no entendería otra cosa que no fuese la eficacia contra el terror que pretenden ejercer contra nosotros. Y la eficacia no viene de fuerzas de seguridad recelosas unas con otras, de direcciones políticas cuarteadas y enfrentadas. Ni de proclamas islamófobas como las que hemos visto, algunas, ay, con nombres bien conocidos, en las redes.

Nada puede ser igual tras el 17 de julio. Ninguna hoja de ruta puede quedar inalterada. Ni hoy, ni dentro de cuarenta días. Y si por decir esto, alguien, desde un atril muy alto, me llama miserable, allá él. Aquí, y en muchos otros escritos, con voces muy plurales, queda dicho. Recuerde Puigdemont lo que ocurrió políticamente tras el horrible atentado del 11 de marzo de 2004, cuando alguien no entendió ni atendió las voces que pedían ‘unidad, unidad’.

fjauregui@educa2020.es

Dos comités de crisis, dos

Enviado por Fernando Jáuregui | 18/08/17

“Ojalá la política les honre”. Escuché este comentario a un respetable colega, barcelonés de toda la vida, lógicamente conmocionado por lo que, en esos momentos, acababa de conocer. Quería el autor de esta frase significar muchas cosas: que esas víctimas inocentes merecen que, al menos, un cambio radical de política vuelva a respetar los derechos de los ciudadanos a la mejor gestión posible de su seguridad. Alguna vez, con motivo de los atentados en Manchester y Londres, dije que, cuando un país se distrae, todos los males caen sobre las cabezas de ese país, de su gente. Quizá, con cuánto dolor he de decirlo, porque sé que no es lo políticamente correcto ahora, la abarrotada Barcelona de la polémica sobre el turismo, la Cataluña ensimismada en su ‘procés’, andaban demasiado distraídas como para prestar toda su atención a lo fundamental: el servicio a la gente.

Lamenté, por tanto, ver que había dos comités de crisis en Barcelona, uno presidido por Carles Puigdemont, el otro por Mariano Rajoy. No se hicieron una foto juntos. Y, si uno se ponía a ello, pudo apreciar en los discursos del president de la Generalitat y en el de la alcaldesa de la Ciudad Condal, Ada Colau, un disimulado intento de minimizar el papel de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado a la hora de echar una mano e investigar la autoría del monstruoso atentado que causó, cuando esto escribo, quizá ya catorce muertos y un centenar de heridos. Y no sabe usted cuánto lamento comenzar este comentario con las apreciaciones que anteceden, porque sé que, como decía Pujol cuando le respetábamos, ahora no toca. No debería tocar, pero tampoco tocan las conductas miserables o sectarias, si se dieren. Las autoridades que dicen representarnos tienen que tener, en estas horas, una especial sensibilidad sobre lo que hacen, dicen y hasta piensan.

Al Estado le va a corresponder jugar un papel primordial en la persecución de los asesinos. También a la hora de juzgarlos. Y el Govern catalán tendrá que comprender que el apoyo de los servicios secretos, de las fuerzas de seguridad del Estado, de los diversos departamentos relacionados con el Gobierno central y con las instituciones que puedan prestar su ayuda para paliar tanto dolor, es imprescindible. También habrá de comprender que las muestras de condolencia que llegaron de los mandatarios de todo el mundo, incluyendo alguna demasía tuitera del presidente de los Estados Unidos, iban dirigidas a España y a las máximas autoridades españolas, esas que se apresuraron a viajar a la capital de Cataluña para estar ahí y para estar este viernes de dolor en la concentración silenciosa en la plaza de Cataluña, junto con los máximos responsables de la política catalana.

No sé si Puigdemont lo entenderá o no: esperemos a ver qué ocurre ahora, en los días de la imposible convalecencia. Desde luego, estoy seguro de que, al menos, lo va a entender la opinión pública catalana. Y la española, en general. Entre las docenas de reacciones que escuché en radios y televisiones, la que más me interesó fue la del presidente de la patronal catalana, Joan Rosell, destacando que, cuando la tragedia humana se produce, nada importa la pequeña política. Creo que no hubiese tenido sentido ahora echar en falta alguna condena, buscar doble sentido en los discursos de Puigdemont o de Ada Colau, o de cualquier otro. O lamentar que Rajoy y Puigdemont no apareciesen juntos en el primer momento, en la tarde-noche de ese jueves negro que quedará en la historia de la infamia terrorista. Pero ocurrió, y uno considera que no debe callarlo.

Creo que este atentado, y esto quizá esto sea también políticamente incorrecto en estos momentos, debería tener eso: consecuencias políticas. No es tiempo de fraccionamientos. En la Plaza de Cataluña quisieron estar todos. Hay que dejar para mejor ocasión esa pequeña política de la que hablaba Rosell, porque lo esencial es garantizar la seguridad y el mayor bienestar posible del ciudadano. Y eso, parece mentira que haya que reiterarlo ahora, solamente lo puede hacer un país grande, con medios, con relaciones internacionales. La España unida, que tiene que hacer la gran política, codo con codo con Cataluña. Ojalá esto que escribo ahora, con el corazón encogido, como usted que me lee, como todas las personas de bien, no quede solamente en bellas palabras que se lleva el viento.

fjauregui@educa2020.es

Rajoy, ni idea de lo que hace Puigdemont. Y viceversa

Enviado por Fernando Jáuregui | 13/08/17

Cuesta entenderlo, pero todos los indicios muestran que es así: el Gobierno central no tiene ni idea, a estas alturas, cuando faltan cuarenta y siete días para lo que sea que acabe ocurriendo en la jornada del referéndum catalán, acerca de qué piensa hacer el Govern que preside Puigdemont. Ni idea. Las miradas gubernamentales, que están mucho más atentas de lo que en principio pudiera pensarse dada la época y los silencios que nos abruman, se angustian: ¿qué se prepara en el Parlament a partir de este miércoles?¿Habrá por fin una sorpresa y la Mesa aceptará a trámite esa ley del referéndum que, en estos momentos, no figura en el orden del día? Todo puede ser, porque todo indica que la Generalitat juega al despiste ‘con Madrid’.

Estamos, en el ‘puente’ menos laborioso quizá del año, e inmersos en muchos silencios. Desde luego, está claro que los ministros o tienen instrucciones, o tienen muy pocas ganas, de hacer declaraciones a los medios; y, así, apenas vemos al titular de Fomento hablando sobre el conflicto de El Prat, que ha sido un problema puntual, pero muy preocupante, agravado porque ha ocurrido en Barcelona. Y desde la Generalitat, lo mismo: sabemos que andan en frenéticos preparativos, pero es, como siempre, la CUP la que da las exclusivas: ya hay urnas y censo, han proclamado, sin que, ya digo, ‘en Madrid’ se hubiesen enterado. Aunque se dude, eso sí, de la veracidad de los anuncios de la formación extra-sistema.

Resulta, así, difícil precisar el calendario para las próximas seis semanas y media, que es lo que nos separa de ese potencial ‘choque de trenes’, o de lo que sea, si Puigdemont lleva adelante su promesa –que tendrá que llevarla, aunque sabe que la cosa acabará mal— de ir a las urnas para que los catalanes digan si quieren o no separarse de España. Lo que ocurre es que hay indicios de que él también está muy preocupado: ignora lo que piensa hacer al respecto, en concreto y más allá de acudir al Tribunal Constitucional, el Gobierno central. Me dicen que Puigdemont, como mucha más gente, cree que Rajoy tiene un as secreto en la manga: no es difícil tenerlo, dada la cantidad de irregularidades, corruptelas, violaciones de la legalidad y trampas de toda suerte que caracterizan el camino del ‘procés’ y de muchas otras situaciones previas al proceso independentista. Y Rajoy sabe manejar la información, como quedó evidente en el ‘caso Pujol’. ¿Hay dossieres explosivos flotando por el aire? Y si los hay, ¿servirán para hundir el referéndum? Forzosamente lo tenemos que ver pronto.

Así, en este ambiente, muy peligroso, de mutuo ignorarse, transcurren días cruciales en los preparativos de ese referéndum ilegal que, curiosamente, tan poco parece interesar a la opinión pública del resto de España. La sensación, insisto, es la de que cualquier cosa puede pasar con un Govern y un Parlament catalanes que hasta esconden el verdadero alcance y propósitos de las leyes de desconexión que forzosamente habrán de tramitarse en la Cámara legislativa autonómica, sin que se sepa cuándo.

Claro, de esta forma, pretender hacer un calendario político en Cataluña para el próximo mes y medio es imposible, más allá de los anuncios de que habrá un encuentro entre Puigdemont y el máximo representante del PP en aquella Comunidad, García Albiol u otros encuentros puntuales y temo que no muy trascendentales. Por no saber, ni siquiera sabemos cuándo podría ser llamada la presidenta del Parlament, Carme Forcadell, a declarar por su presunta desobediencia a los dictámenes del Constitucional, y ese día sí que se va a registrar una movilización independentista importante en las calles de Barcelona y frente a los Juzgados; no será la Diada, dicen en el PDeCat, pero casi… Y, por cierto, puestos a hacer calendarios, para la Diada ya no falta ni un mes. ¿Es esto significativo?

Lo significativo es que Cataluña cada día se endeuda más, que el ambiente político no puede estar más enrarecido y que hay que constatar el fracaso de aquella ‘operación Diálogo’, que tan ilusionados nos hizo sentirnos a algunos. ¿Qué pasó de esta ‘operación Diálogo’? Pues eso: silencios que indican que nadie quiere enterrarla, pero que también evidencian que, si aún existe, solamente un débil hilillo de vida corre por sus atrofiadas venas. No hay interlocución entre las dos partes, y conste que no equiparo a una, la que tiene que hacer cumplir la legalidad y los deseos de la inmensa mayoría de los españoles, con la otra, la que incumple la legalidad y quiere imponer sus dictámenes fantasma quién sabe si basándose en la voluntad de una minoría de los catalanes.

Ya saben: el día 16 de este mes, miércoles, superado el super-puente festivo, entramos en la recta final. Cuarenta y cinco días nos separarán de una meta a la que, sospecho, nadie quiere llegar, pero qué remedio.

fjauregui@educa2020.es

Ya no quedan ni siete semanas

Enviado por Fernando Jáuregui | 12/08/17


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(viene el choque de trenes. ¿Habrá en septiembre ‘cumbres’ menos borrascosas?)
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A veces, es en agosto donde se producen las movidas políticas que luego serán trascendentes. Con tiempo por delante, los políticos –que se aburren en el ocio–, lejos de miradas indiscretas y de controles del ‘aparato’, perpetran ocurrencias que luego se consolidan o no. Por ejemplo, el pacto de gobierno autonómico entre PSOE y Podemos en Castilla-La Mancha. Que, a pesar de la general indiferencia agosteña, está provocando ríos de controversia: ¿debe a o no debe este pacto regional convertirse, en un futuro cercano, en un pacto nacional? Unos, en el PSOE, dicen que sí; otros, que no. Lo mismo, por cierto, que en Podemos.

Estoy seguro de que Pedro Sánchez y Pablo Iglesias algo se habrán hablado telefónicamente estos días, y sin duda que también habrán quedado para septiembre. Mientras, guardan un vacacional silencio, dejando que sean los ‘segundos escalones’ quienes dictaminen, debatan pros y contras, pontifiquen. Ya llegará el otoño. Y facilitando también que algunas voces mediáticas extremadas, desde una derecha excesivamente ‘dura’, que nada tiene que ver con las cautelas de Rajoy, se lancen a hablar de frentespopulares y de que vienen los rojos. Menuda barahúnda. La insoportable levedad del ser.

Miramos preocupados hacia Cataluña, hacia el 1 de octubre, hacia los excesos sindicales y las incapacidades gubernamentales y empresariales en El Prat, y andamos, así, distraídos mientras en Castilla-La Mancha, donde aparentemente nunca pasa nada, Emiliano García-Page mete en su Gobierno a un vicepresidente de Podemos. Y, de paso, deja pasar una enmienda parlamentaria que pretende consolidar privilegios de por vida a los funcionarios ‘políticos’ en la región. Sin que, claro, ni Sánchez ni Iglesias digan nada. Como nada dicen sobre otros temas, como la perversa dinámica en ese territorio que Puigdemont considera su feudo.

Si España necesita algo es que izquierda, derecha y centro se aclaren, se reinventen. Que la izquierda defina sus límites –no puede ser que la CUP difamadora pueda seguir considerándose izquierda, no puede ser que algunos aquí sigan considerando a Maduro progresista–. Que nos digan los de Podemos por fin si apoyarán o no el referéndum secesionista catalán, y cómo piensan, en su caso, evitarlo. O propiciarlo. Que nos diga el PSOE si en 2019 tendremos un acuerdo general entre socialistas y ‘morados’, con qué programa y fines, más allá de desalojar a Rajoy de La Moncoa. No se puede mantener mucho tiempo una situación en la que, dentro de cada partido, unos dicen unas cosas, otros otras y los más, nada. Ni es posible pretender representar a los ciudadanos sin informarles, de verdad, con transparencia, de lo que pretenden esos ‘representantes’ hacer. No les escucho hablar de Venezuela, ni de Aena, ni de esa ‘enmienda’ parlamentaria que ha encendido al personal en Castilla-La Mancha tras el ‘nuevo pacto de Toledo’. Ni de los carteles de la ‘barrida’ de la CUP, ni de Trump. Ni del nuevo ‘pacto de Toledo’. De nada.

Dirán que están tomando fuerzas para la gran movida del otoño. Y, en efecto, sospecho que septiembre, pongamos ya los finales de este mes de agosto, será tiempo de grandes declaraciones, cuando reaparezcan los que hoy se mantienen callados y permitiendo la escandalera de voces bajo sus pies dirigentes. Entonces será cuando surjan Sánchez e Iglesias anunciando su acuerdo no sé si para intentar gobernarnos en 2020, pero sí, al menos, para ‘solucionar’ el tema catalán; un acuerdo del que estos días hablan, creo, pero entre ellos y por teléfono, ya digo. Y tal vez incluso aparezca Rajoy para decirnos que sí, que tiene un ‘plan B’ –con que hubiese un ‘plan A’ ya me daría por satisfecho—para contener las ínfulas independentistas del molt honorable president de la Generalitat.

Pero para entonces, claro, ya habremos perdido un mes. Un mes precioso. Porque, recuerde, nos quedan cuarenta y ocho días, apenas cuarenta y ocho días, menos de siete semanas, para ese choque de trenes que antes todos consideraban imposible y que ahora todos admiten que, de una u otra manera, se va a producir. Y entonces… ¿qué? Ahí queda la pregunta para los grandes silentes.

fjauregui@educa2020.es

Si Lenin levantara la cabeza…no se haría de la CUP, creo

Enviado por Fernando Jáuregui | 11/08/17


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Adaptando la canción, ‘si la CUP tuviera una escoba, cuántas cosas barrería’)
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(Yo creo que, si levantase la cabeza, el camarada Ilich Ulianov se volvería a la momia que hoy es)
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Hice la preceptiva cola en la Plaza Roja de Moscú para ver la momia de Lenin, en los estertores de la Unión Soviética. Comenté a mi acompañante, un ex alto cargo de un partido de izquierda en España, que no estaba seguro de que el camarada Vladimir Ilich Uliánov, cuya reproducción cerúlea contemplábamos, se hubiese sumado entusiasta a lo que luego ocurrió en la URSS, que ahora es ‘esta’ Rusia de Putin. Hoy, a la vista de la utilización que la CUP catalana hace del célebre cartel de la revolución de octubre, la barrida de capitalistas, eclesiásticos y demás ‘traidores a la clase obrera’, me pregunto qué haría Lenin si levantase la cabeza y viese esa versión cupera de su cartel: ¿se afiliaría Lenin a la CUP?¿Se haría de Arran para barrer, además de al Rey, a Rajoy, al torero Padilla, a Florentino Pérez, también a los turistas?

Claro, los tiempos de los zares no son los de esta Europa ‘burguesa’, ni las ‘libertades’ que se vivían antes de Lenin (y después de Lenin, desde luego) son las mismas de las que hoy gozamos, también quienes se colocan del otro lado del sistema, atribuyéndose el liderazgo de la izquierda, aprovechando la confusión que la izquierda vive en toda Europa, pero me parece que hoy, sobre todo, en España. Y más aún en Cataluña, que es territorio que, naturalmente, se incluye en España, guste o no a la CUP.

Yo no estoy muy seguro de que el proyecto primigenio de Lenin hubiese evolucionado con los tiempos, como, al final, lo hizo, al margen del camarada Vladimir, el concepto de comunismo, de socialismo y, sobre todo, de socialdemocracia: el caso es que lo bueno que hubiese podido tener –que algo era, pero ni mucho menos todo—el primer pensamiento de Lenin, se estancó y pervirtió con Stalin. Pero de lo que sí estoy bastante convencido es de que el camarada Ilich Uliánov no estaría pinchando bicicletas, ni pintando carteles con turistas como diana; me parece que un concepto, ya digo que adaptado a los tiempos y superando tentaciones leninistas, de lo que ha de ser la izquierda, tampoco incluiría la prohibición de los toros. O el aplauso a Nicolás Maduro. O considerar ‘casta’ despreciable a quien no piensa como nosotros.

Y, ya que estamos ¿es el independentismo patrimonio de la izquierda, cuando quienes lo promueven proceden de un muy burgués y conservador pensamiento? No sé yo si el referéndum secesionista hubiese sido muy aplaudido por el internacionalismo del ‘agrupémonos todos’, no sé. O, regresando a la cosa urbana, ¿es el furor antiautomóvil de algun@s regidor@s municipales un distintivo de progresismo sin contaminar?¿izquierda es procurar que los viajeros hagan colas interminables en un aeropuerto y hala, que se chinchen?

He puesto algunos ejemplos que me vienen, desordenados, a la cabeza, como desordenadas están las figuras a las que la CUP pretende barrer no de España, sino exclusivamente de Cataluña. Ya lo hizo Podemos con su famoso, efímero y hoy a Dios gracias olvidado autobús: el dazibao ambulante mezclaba figuras de conducta reprobable con otras que son, simplemente, representación de las instituciones, o de la voluntad de las urnas. Ellos se convierten en jueces y parte de quién es bueno o malo, y los ponen, a quienes ellos deciden que son ‘malos’, en la picota. Y aquí nadie, ni en la izquierda, ni en la derecha, ni en el centro, pone el grito en el cielo ante el abuso de la libertad de expresión que practican esos juzgadores implacables, que lapidan alzándose con la exclusiva de la verdad y la ética.

Me parece que una de las cosas urgentes que tenemos que solventar en este país es el deslinde entre unas izquierdas, otras y otras. Clarificar, vamos. Así, en Castilla-La Mancha se ha dado un acuerdo, que algunos interpretan como un primer hito para ampliarlo a escala nacional, entre el PSOE de García-Page (digo bien; hay otros PSOE’s) y el Podemos castellano manchego (creo que también hago bien en precisar al respecto). Y no he escuchado un análisis coherente, claro, inequívoco, ni por parte de la dirección de Ferraz, ni por la de Podemos (Echenique ha dicho una cosa; otros, otras) de lo que ese paso tan importante, dado con agostidad, puede significar.

Claro que también me faltan voces sobre lo que está ocurriendo en Venezuela. O en El Prat. Y añoro algunas reacciones sobre lo de la escoba de la señora Gabriel, más allá del cabreo de los de Puigdemont… solo porque en el cartel se incluye, entre los barridos, a Artur Mas. Me parece importante escuchar a Pedro Sánchez dando su opinión, que por su cargo causa estado, sobre muchas cosas: pero anda como ausente. Y creo que desde Podemos tienen que fijar líneas divisorias, para desmarcarse de los excesos antiturísticos, antitaurinos, anti casi todo, de unos grupúsculos instalados en la ‘gran barrida’, de momento limitada a acciones en Cataluña y, en menor medida (hasta Otegi se ha distanciado de la loca oleada contra el turismo), en Euskadi.

Pero, si nadie con voz sensata lo impide, el incendio de la locura acabará extendiéndose a otras comunidades, a otras capas que abominan del ‘statu quo’, haciendo una enmienda de totalidad a este sistema. Que, ya digo, no es precisamente el zarismo. Claro que tampoco los pensadores de Arran tienen exactamente el cerebro de Lenin (antes de la momificación, desde luego). Retrotraerse, a la hora de equiparar cartelería, a lo que ocurría hace cien años (se cumplen, por cierto, en noviembre, que es cuando ocurrió la revolución de octubre), es, simplemente, una demencialidad más. Y si la izquierda-sensata no sabe diferenciarse con suficiente rotundidad de esa otra sedicente izquierda-extremada, lo que hará será reforzar a la derecha, que se presentará como garantía de lo establecido, del orden, de lo previsible. Y ello, aunque algunas voces de esa derecha, provocando accesos de tos en sus filas, se proclamen ahora ‘revolucionarias’, contribuyendo, desde luego, a la enorme ceremonia de la confusión que padecemos.

Ya digo: si Lenin, figura controvertida en la Historia donde las haya, levantara la cabeza… sospecho que preferiría volver a su estado momificado, allá en su mausoleo, monumento que ahora el nuevo zar de todas las Rusias estudia, me dicen, ubicar en otro lugar menos notable y transitado, porque sic transit gloria mundi. Incluyendo la gloria del líder bolchevique que quiso controlar el mundo.

fjauregui@educa2020.es

el noble arte de insultar…a alguien como Erdogan

Enviado por Fernando Jáuregui | 10/08/17


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(este tipo, lo siento, merece ser insultado. Libertad ya para Yalçin)
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Líbreme Dios, por supuesto, de predicar el insulto. Como periodista, me estomaga escuchar cómo, desde algunas tribunas y tribunos, se ofende al que no piensa como el orador o el escribiente de turno. Quizá figuremos entre los países más intolerantes con quienes discrepan de nosotros. Bueno, los hay peores, claro: aquí, al menos, te insultan, incluso por las redes sociales, y no pasa nada, más allá del cabreo que coges. En la Turquía de Erdogan, insultar al presidente, o decir del presidente lo que el señor presidente toma por un insulto, te lleva a la cárcel, como al periodista Hamza Yalçin, retenido ahora en España por uno de esos vericuetos de extradiciones que parece que un juez, aunque sea tan demócrata como el que ha intervenido en este caso, no puede saltarse a la torera. O sea, que en España, donde no existe, laus Deo, el delito de opinión, tenemos a un periodista turco, que en realidad es sueco, en la cárcel por insultar, o lo que sea, a Erdogan.

Déjeme que le diga que, en mi concepto de lo que es libertad de expresión, el insulto es una cosa muy fea cuando se dirige, en lugar de argumentos, al que piensa o actúa de otra manera. Pero, en cambio, puede estar admitida alguna forma de crítica severa cuando el destinatario de tal crítica, o del insulto sin más, es alguien como Erdogan, qué quiere que le diga. Es ese señor golpista que tiene a cientos de mis compañeros periodistas encarcelados, dice él que por apología del terrorismo, lo que, traducido al castellano, significa discrepar de su régimen tiránico. ¿Y ese individuo quiere ingresar en la UE?¿Y ese personaje es merecedor del respeto de quienes, como los periodistas, están obligados a ejercer un trabajo crítico, no turiferario?

A uno, la verdad, le entran a veces ganas de agarrarse al ordenador y lanzar unos cuantos insultos contra esos personajes que hacen más miserable la vida de los demás. Y pienso, para que no se me acuse de irme por las ramas, en Nicolás Maduro, por ejemplo. O en el impresentable-entre-los-impresentables Kim. O, si me fuerza usted, en Trump, a quien estoy a punto de equiparar con una catástrofe ambulante con corbata y botón nuclear rojos. O, claro, pienso en alguien como Erdogan, que tanto hace sufrir, y lo he comprobado no hace mucho ‘in situ’, a quienes pretenden informar con veracidad, sin mordazas ni aplausos. Lo que es por mí, dése el señor Erdogan por insultado. Y confío en que el Consejo de Ministros de mi país, que es un país demócrata y a veces hasta templado, niegue la extradición del señor Yalçin a Tiranoladia. Faltaría más.

fjauregui@educa2020.es

Vaya, Rajoy es mortal, al fin y al cabo

Enviado por Fernando Jáuregui | 07/08/17


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Y yo que estaba admirado por la forma física de Rajoy…
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Nos dijeron que Mariano Rajoy llegaba tarde a su cita con el Rey en Marivent porque… sufría un ataque de lumbago. Y las fuentes oficiales especificaban aún más: le dio de pronto, al concluir su trote cotidiano por la ruta da pedra e auga, en su provincia pontevedresa. Me gustó saber que Rajoy es, al fin y al cabo, mortal; estaba a punto de dudarlo. Y que, ya que no tiene, como los aurigas vencedores en Roma, quien vaya recordándoselo, haya tenido que ser el doloroso acceso quien le baje de las nubes y de la columna: “recuerda, Mariano, que eres mortal”.
Más de una vez me he pasmado de la buena forma física de Rajoy, que tampoco, contra lo que hacía Aznar con sus famosas flexiones, o Pedro Sánchez en sus posados veraniegos, presume mucho de ella. He conocido los difíciles vericuetos de la ruta que él frecuenta, e incluso me encontré, prendido en una rama, un mensaje que un niño le dirigía: “Sálvanos”, decía el papel de bloc que aún conservo y que, obviamente, no llegó a manos del presidente, que me consta que sí ha recogido otros papeles similares en su ascenso montaraz. Un ascenso que, mis piernas pueden atestiguarlo, es difícil y cansino. Por eso sé de la buena forma de Rajoy.
Otra cosa es que, a los sesentaytantos, nos dediquemos a galopar colegialmente por los pedriscos, agotando, como hacía el predecesor de Rajoy en el PP, con sus carreras por tierra y nieve, incluso a los escoltas. El entrenamiento físico no puede llegar a nublar, por cansancio, nuestro cerebro, y a Rajoy le necesitamos, en este cuarto de hora de prueba para la patria, como dirían los antiguos parlamentarios castelarinos, vivo y coleando, no doliente, para explicarle al jefe del Estado si tiene o no un ‘plan B’ para el referéndum independentista ilegal en Cataluña.
En todo caso, estoy seguro de que, lumbálgico o no, lo que Rajoy habló con Felipe VI tuvo mucha más enjundia que lo que luego nos transmitieron. O eso espero, al menos. Porque uno, en su ingenuidad incurable, sigue confiando en un as en la manga presidencial, que no es, por la información que contiene, una manga cualquiera.
Solo le queda a uno, que ha padecido la crueldad de estos dolores, desearle al presidente una pronta mejoría, y que, hombre de Dios, dosifique estos esfuerzos, que le necesitamos para otras cosas.

Pues no, no acabo de creerme el ‘efecto Sánchez’

Enviado por Fernando Jáuregui | 05/08/17


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Todos tenemos derecho a las vacaciones. Pero mejor con el deber cumplido, ¿no?
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Debo reconocer que tengo algunas reticencias sobre ese ‘efecto Sánchez’ casi unánimemente admitido por los comentaristas tras haberse conocido la encuesta del CIS del pasado viernes, que concede un importante aumento en la intención de voto al PSOE. Bueno, en primer lugar, al margen de que una encuesta es una encuesta, y solo eso, basta echar un vistazo en profundidad a algunos aspectos de la misma para poner en entredicho que, en el mejor de los casos, este ‘efecto Pedro Sánchez’ vaya a ser perdurable. Lo que sí se repite sondeo tras sondeo –para lo que valgan, insisto—es que ocho de cada diez españoles desconfían algo o mucho de la gestión de Sánchez; claro que lo patético es que son aún más los que siente la misma desconfianza por la gestión de Rajoy. Estamos apañados.

Toda encuesta revela muchas contradicciones en esa veleta que es la opinión pública. Así, mientras los preguntados –se percibe una cierta desproporción en favor de las personas mayores de sesenta años– se declaran mayoritariamente felices, al tiempo manifiestan una inquietud por el futuro político y económico y un desapego muy notable por los políticos en general. Lo que hoy es apoyo, mañana se tornará en hostilidad: con decirle a usted que el personaje más popular es el diputado de Compromís Joan Baldoví, que, al tiempo, es desconocido para el 77 por ciento de los sondeados…

Creo que va siendo hora de pedir a los sabios del CIS –no figuro entre quienes piensan que la ‘cocina’ de las encuestas tenga una intención premeditada de hundir o apoyar a nadie, claro—una metodología diferente. Otras preguntas, otras inquietudes –imposible creer que el tema de Cataluña no figure entre las principales causas de preocupación de los españoles; si así fuera, habría que alarmarse tanto casi como ante la aparente pasividad de Rajoy al respecto–. Así que no me ha convencido la encuesta más comentada del año, no. Como no me convencieron otras realizadas anteriormente: aprecio demasiados puntos flacos que puede que no sea esta la ocasión de detallar.

Pero, más que dar lecciones, que no me corresponden, a los reconozco que sin duda competentes funcionarios del Centro de Investigaciones Sociológicas, me cabe aquí expresar algún comentario sobre esa aparente bondad de Sánchez a la hora de recuperar voto para su partido. Que, dicho sea de paso, ha dado –el partido, digo– una lección de democracia y transparencia interna con su proceso de primarias a todas las escalas. Otra cosa es que uno piense que Sánchez fuese la mejor elección de los militantes, y que esas primarias serían mucho más convincentes y completas si, como ocurre en Francia, participasen en ellas también los simpatizantes del partido de que se trate. Puede que ese proceso de ‘hacer partido’ a través de movilizar a todo el PSOE, a todos los niveles, en las primarias, tenga un efecto beneficioso en la movilización de la opinión pública y, por tanto, en esos marcadores de una tendencia coyuntural –ojo, coyuntural– que son las encuestas.

No he visto en Pedro Sánchez, cuya llegada a la secretaría general, hace tres años, saludé alborozado como un positivo elemento potencial para un cambio necesario en tantos aspectos, una reacción acorde a su triunfo de junio tras su defenestración (auto-defenestración) el pasado octubre. No he escuchado verdaderas soluciones para los verdaderos problemas (hablo, sí, de Cataluña, pero no solo), no se entiende qué reforma constitucional preconiza (y conste que es muy necesaria), ni qué federalismo, ni cuál plurinacionalidad (que no condeno ‘a priori’, también conste). No ha habido verdadera integración con los sectores del partido derrotados, más allá de la buena cara que al mal tiempo han puesto los ‘barones’. Y, en cuanto a la relación con algunas instituciones en general y con la prensa en particular…Bueno, lo menos que se puede decir es que son mejorables.

Junto a auténticas nulidades políticas, tiene gente estimable en su equipo, destacando el secretario de Organización, José Luis Abalos, que, sin embargo, a veces se deja llevar por el entusiasmo: tras la encuesta del CIS, comentó el viernes que, con esos resultados, Rajoy no puede seguir más tiempo en La Moncloa. No puede olvidarse que, con todos sus fallos y carencias, Rajoy, el hombre que se entrevistará con Trump el mes próximo, sigue representando al Estado y que el partido que preside, aunque en descenso, sigue en cabeza, por delante del PSOE, en intención de voto. El peor ‘efecto’ que este sondeo podría producir, es hacer que el ‘sanchismo’ en general y el titular de este nombre en particular, vuelvan a la desmesura, a la imprudencia, al ‘trepismo’ hacia Moncloa de la mano de quien sea, al afán de vendetta y al desprecio por los periodistas que ya caracterizaron su anterior, a mi juicio pésima, etapa.

No sé si Pedro Sánchez habrá entendido el mensaje que muchos le envían. Aunque esta encuesta del CIS, en mi opinión, no figure entre estos benéficos mensajeros, sino que, al contrario, va a servir para despistarle. Con lo necesario que sería que ahora, con la que nos viene, mantenga la cabeza fría, el pulso templado y el sentido común en alto.

fjauregui@educa2020.es

Aquellas buenas, inocentes, serpientes de verano

Enviado por Fernando Jáuregui | 02/08/17



(Aquello de Franco con el golf sí que era un pedazo de serpiente de verano)
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Hubo épocas en las que los meses de agosto eran la nada informativa. Ni siquiera había ‘boom’ turístico. Los periodistas apenas teníamos a Franco jugando al golf, presa de tembleques que la televisión oficial se esforzaba en disimular, en el pazo de Meirás, ese sitio que quieren convertir en centro de peregrinación para magnificar las bondades del dictador. Ahora, claro, nada es lo mismo. Ya no hacen falta serpientes de verano para animar los titulares; ni siquiera el enfado de la presidenta madrileña, Cristina Cifuentes, porque un miembro chuleta de la oposición le haya llamado ‘guapi’, ha dado de sí más que la flor de un día. Y es que ya no hay que buscar en el baúl de la insoportable levedad del ser, o en el trasiego de los futbolistas por los juzgados, el gran tema informativo.

Quiero decir que lo que está ocurriendo en Cataluña — un mes menos dos días, tic, tac, para el choque de trenes que ahora ya todos admiten como probable—para nada me parece una serpiente de verano, de esas que desaparecen en otoño; más bien al contrario, la serpiente, que es una especie de boa constrictor, crece y crece y en el otoño se puede engullir muchas cosas. Dicen ahora que Rajoy tiene un ‘plan B’ para evitar ese referéndum ilegal y peligroso, pero que solo lo pondrá en marcha tras los previsibles sucesos del 1 de octubre. O sea, después de que mucha gente haya votado en urnas de cartón, después de que Puigdemont haya consumado todos sus desafíos y puede que después de que la muchachada kaleborrokista de Arran haya incendiado unos cuantos autobuses de turistas, pinchado las ruedas de unos centenares de bicicletas y quizá tirado algún coctel Molotov al mobiliario urbano. Es entonces, te dicen, cuando el caminante de la ruta da pedra e auga pondrá en marcha su ‘plan B’.

No sé si la verdadera serpiente de verano es ese ‘plan B’ que todos dicen que tienen –Esquerra Republicana de Catalunya anda presumiendo de tener uno para garantizar que la gente que quiera hacerlo vaya a votar; no sé si también hay otro plan para los que no quieran acudir a las urnas de cartón en medio de tan escasas garantías–. Lo que sí sé es que lo de Arran es más bien víbora que pacífica culebra. Hay que tomárselos en serio, no como Ada Colau, que mira hacia otro lado. O como algún medio, que simplemente ha decidido ignorarlos. No quiero magnificar esa absurda ‘lucha callejera’ de jóvenes de pantalón corto y verbo desarrapado, pero tampoco quisiera minimizarla; al fin y al cabo, quién nos iba a decir, quién le iba a decir a Artur Mas hace apenas un par de años, que un grupo antisistema, casi anti-todo, como la CUP, reclamándose como la verdadera izquierda (¿?), acabaría siendo el árbitro de la política ‘oficial’ catalana.

No quiero decir, porque no lo pienso, que todo tiempo pasado fue mejor: los silencios periodísticos impuestos por la dictadura –a ver quién era el ‘guapi’ que decía, cuando lo del golf en La Zapateira, que al ‘generalísimo’ le quedaban meses—eran, en el fondo, lo que nos obligaba a los medios a sacar del ostracismo a esas serpientes de verano que nadie lograba fotografiar, básicamente porque no existían. Pero a veces uno casi siente nostalgia por aquellas pobres serpientes fantasma: eran mucho menos dañinas que estos gusanos de Arran, que más de un disgusto van a darnos en nuestra (relativa) satisfecha placidez agosteña. Placidez oficial y casi, casi social. Porque ¿es que no ha visto usted las buenas cifras del paro? Pues eso: como el lord inglés al que se le quemó la fábrica el sábado, que exclamó “menudo disgusto me voy a llevar el lunes”, algunos por aquí, viendo destrozar los autobuses, dicen: menudo disgusto me voy a llevar en septiembre. Y en eso andamos: en postergar el disgusto, tic-tac.

fjauregui@educa2020.es