Habría que recibir al vencido Torra en Madrid

Enviado por Fernando Jáuregui | 15/10/19

El follonero president de la Generalitat, Quim Torra, el pirómano que aviva todos los incendios, quiere verse con el Rey y con Pedro Sánchez. Consideración merece la audaz propuesta de quien decía, hace semanas, que Felipe VI no es el rey de los catalanes y se negaba a recibirle en ‘su’ feudo. Y, sin embargo…

De entrada debo advertir que muy probablemente haya bastantes lectores que estén en desacuerdo con esto que escribo; al fin y al cabo, la sentencia del ‘procés’ constituye un nuevo pretexto para que las dos Españas se enzarcen en otro, interminable, combate: hay quienes consideran la decisión del Tribunal Supremo insuficiente –y se alegan múltiples teorías conspirativas para decirlo–, no faltan los que la consideran excesiva –y entonces los más extremistas y locos se lanzan a ‘tomar’ el aeropuerto del Prat, o de Tarradellas, cuya memoria ellos no aman–. Y estamos los que nos situamos en una posición puede que equidistante: el Estado de Derecho ha vencido, pero no debe exagerar en las penas. ‘Summa lex, suma iniuria” debe ser siempre, creo, la máxima de un Estado que se quiere plenamente garantista.

Quizá por eso, y porque este delicado momento es el de la moderación, pienso que es llegado el momento de que el vencedor, el Estado, retome ‘desde arriba’ el contacto con el vencido, en este caso quien sigue siendo, muy a nuestro pesar eso sí, el molt honorable president de la Generalitat de Catalunya.

Reconozco que albergo pros y contras acerca de la conveniencia –ya sé que ni se considerará la cuestión; entiendo, simplemente, mi deber hacer este apunte—de que el jefe del Estado, que lo es de todos, también de Torra, lo reciba en audiencia. Sí creo decididamente que debería hacerlo, pero en La Moncloa, sin concesiones, sin permitir a su visitante alharacas y montajes publicitarios, Pedro Sánchez. Para dejar muy claro al hombre que busca la confrontación que eso es precisamente lo que el Estado no quiere y va a evitar: la confrontación que Torra y su mentor en Waterloo desean, aunque cada día sean más los independentistas que, con Esquerra Republicana a la cabeza, buscan vías menos traumáticas, menos lesivas para Cataluña, que las que Puigdemont y su discípulo pretenden.

Sé perfectamente que Torra no quiere diálogo, sino patentizar el victimismo; no desea soluciones, sino que el templo se hunda, aunque le arrastre a él mismo. Precisamente por eso, creo que el Estado de Derecho le tiene ganada la batalla de la imagen –y, pensando en Europa y en el mundo, ganarla es muy importante—a poco que se esfuerce y no cometa (más) errores. NO me parece que sea la hora de los ‘halcones’, que, olvidando que el fin de la pena es evitar la repetición del delito, y no el mero castigo del delincuente, como decía Beccaria, buscan la máxima dureza penitenciaria para unos golpistas que, naturalmente, han de recibir su castigo, pero, sobre todo, han de recibir una lección. Nunca más.

Y esto lo deben saber Torra y su reducto de inasequibles al desaliento. Y quizá el presidente del Gobierno central en funciones tenga que decírselo a la cara, porque él también es el presidente de Torra, como el Rey es el jefe del Estado español en Cataluña, faltaría más, por mucho que este fanático niegue una evidencia que el Estado debe esforzarse en reforzar.

Sí, hemos ganado. NO creo que la sentencia cierre todas las heridas –parece haber abierto, por el contrario, muchas que son artificiales, fruto de la intransigencia y de la falta de respeto al tercer poder–; pero se ha garantizado el cumplimiento de la ley, por más que las penas impuestas, y su posterior dulcificación penitenciaria, gusten o disgusten a una u otra España. Ha pasado el momento de los exaltados y de los que quieren hacer campaña electoral predicando el palo y nunca la zanahoria. También esto hay que decírselo a Torra, ciudadano español, que ha perdido este lance y a quien, me parece, no se puede dar el gustazo de ir proclamando que no han querido recibirle, aunque sea para lanzar sus insensateces y luego ir proclamándolas a la prensa en la librería Blanquerna y en algunos periódicos europeos acogedores.

Sí; creo que yo recibiría a Torra, el vencido, para decirle a él, y al mundo, que España es una nación abierta, dialogante, amante de la paz y de las leyes, con todo lo perfectibles que estas sean y por mucho que admitamos que algunas se han quedado obsoletas para hacer frente a situaciones inicuas, como la que se planteó en octubre de 2017. No se trata de humillar a nadie, ni siquiera a este hombre que tanto daño ha hecho, pero conviene recordarle a este alevín de Companys en versión ridícula que, simplemente, ha perdido. Y que se inaugura una nueva era en la que ni él ni sus ideas tienen ya sitio en la política española. O sea, también catalana.

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Y después de la sentencia ¿qué? Después, quizá, ¿la distensión?

Enviado por Fernando Jáuregui | 13/10/19


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(¿sobre qué hombro se posará ahora la mano de Junqueras?)
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Claro que en los próximos días no se va a hablar de otra cosa que de la sentencia, del ‘procés’, del juez Marchena… Y de Oriol Junqueras, que previsiblemente quedará inhabilitado para encabezar la candidatura electoral de Esquerra ante la convocatoria a las urnas el próximo día 10. La campaña se catalaniza y de cómo sepa Pedro Sánchez resolver el previsible caos posterior a la publicación de la sentencia dependerá no solo su éxito o fracaso electoral, sino el futuro inmediato del país.

Porque Sánchez tendrá que gestionar palo y zanahoria, firmeza y flexibilidad, gestos de autoridad con actitudes conciliadoras, diálogo sonriente y gesto serio. Y en todo ello previsiblemente encontrará el apoyo del principal partido de la oposición, el PP gestionado ahora de manera conciliadora –qué diferencia con tiempos no tan lejanos—por Pablo Casado. Será el primer resultado de un pacto de hecho que posibilitará la gobernación de este país en funciones tras las elecciones de dentro de tres semanas.

Coincidí en la recepción real del 12 de octubre con mucha gente interesante, dispuesta a decir, naturalmente lejos de micrófonos, cosas no menos interesantes. Era, ya sabe usted, el ‘establishment’ con algunas ausencias notables. Lo más sorprendente –o no tanto—que escuché a persona muy relevante, cuyo nombre, obviamente, no puedo revelar, fue: “veremos a Junqueras pronto andando por las calles de su pueblo”. Sí, se refería a Oriol Junqueras, el principal encausado por el ‘procés’, para quien se prevé una pena no muy inferior a doce años en la sentencia que se le comunicará a él, y al país, en las próximas horas.

Y no, no habrá indulto. Sería imposible ese consenso del PSOE con el PP si lo hubiera. Y tampoco van a pedirlo los nueve condenados a bastante severas penas de prisión. Pero sí habrá, más bien pronto, terceros grados, posibilidad de que los condenados acudan a la cárcel solamente a dormir, relajación del rigor carcelario. Dependerá de una junta calificadora que, obviamente, se mostrará más bien partidaria. De ahí esa afirmación de mi interlocutor asegurando que Oriol Junqueras, el más emblemático de los presos –y, sospechan muchos, el interlocutor del Gobierno central para intentar ‘pacificar Cataluña’– , podrá ser visto más pronto que tarde paseando por San Vicente dels Horts, la localidad de la que fue alcalde hasta 2015. Inhabilitado, no podrá ganar las elecciones en Cataluña, pero podrá, al menos, pasear. Y ejercer un ‘gobierno moral’ de su partido, al que las encuestas dan como ganador en la Comunidad.

Ignoro si ese paseo será el principio de una distensión, de esa anhelada ‘conllevanza’ entre Cataluña y el resto de España. Eso tendrá, en todo caso, que pasar por el apartamiento de la política del principal pirómano de la concordia, que es el actual president de la Generalitat, o sea, Quim Torra, con quien ningún entendimiento parece posible. Y que el mentor de Torra, Carles Puigdemont, acabe de perder todo su predicamento en foros internacionales, ante los que sin duda será recurrida la sentencia dictada por el Tribunal Supremo.

Claro que todo eso se producirá dentro de algunos meses, coincidiendo con la convocatoria de elecciones autonómicas (casi plebiscitarias van a ser, en realidad) en Cataluña. Ahora, en lo inmediato, lo importante es gestionar las reacciones callejeras por la sentencia. Ante la dimensión de este problema, me parece que todo lo demás que pueda ocurrir en esta semana crucial –la fotografía de la exhumación de la momia de Franco, el propio discurrir de la campaña electoral en torno a otros temas, lo que digan las encuestas—ha perdido, desde ya, bastante relevancia.

“Pues vótame y ya verás cómo se arreglan”, respondió Pedro Sánchez a un periodista que, bromeando, o no tanto, le pidió que solucionase los problemas del país. Creo que el periodista se quedó pensando que, por el contrario, antes de que los españoles vayan a las urnas, Sánchez tendrá que mostrar cómo resuelve la cuestión más espinosa que la ciudadanía tiene planteada. Y, en función de cómo lo haga, tendrá más o menos votos. A partir de hoy mismo, Sánchez se la juega. Y nosotros todos, también.

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Para gobernar, primero es el Estado; luego, el Estado de bienestar

Enviado por Fernando Jáuregui | 11/10/19

Nuestros políticos, lanzados en campaña electoral (siempre lo están), insisten en que ellos abordarán en sus programas “las cuestiones que interesan a los españoles”, y no otras, que son esas cosas absurdas que cada líder atribuye como prioridad del adversario y, a veces, rival: que si Franco, que si… Y ¿cuáles son esas cosas que, de verdad-de verdad, interesan a los españoles? Está claro: la educación, la sanidad, el empleo, las pensiones…Ya sabe usted. Claro que todo eso nos interesa, pero ¿es lo que más nos debería interesar? Con su permiso, me atrevo a discrepar.

Asisto a un desayuno multitudinario con Albert Rivera y le escucho precisamente eso: “vamos a hablar de los problemas reales de los españoles” y, añade algo así que como que vamos a hablar menos de Torra y de Puigdemont. Ojalá, señor Rivera, fuese eso posible: ocurre que los dos citados, y otros muchos a los que me encantaría no tener que mencionar constantemente, son los que provocan los problemas. Que no son virtuales, sino muy reales. ¿O no es un conflicto mayúsculo que quieran dar un golpe de Estado, la desobediencia permanente, la perpetua voluntad de confrontación con la legalidad y ese largo etcétera que usted y yo sabemos?

Para mí, aunque las encuestas no lo detecten como la principal pesadilla de los ciudadanos, esta es la principal angustia que ahora tenemos: la definición del propio Estado, amenazada por conflictos territoriales y por una voluntad de formaciones (que tienen una bastante nutrida representación parlamentaria) por situarse al borde del sistema, incluyendo la voluntad de deterioro de la Corona.

Mientras, en base a una consolidación de la voluntad unitaria de las fuerzas constitucionalistas, no definamos un marco de actuación que ofrezca a la ciudadanía solidez y credibilidad en sus representantes, será absurdo y hasta algo demagógico anteponer trabajo, educación, sanidad, pensiones u otras necesidades más puntuales –muy importantes todas, pero…–como marco fundamental de la acción política.

Que no digo yo que Rivera, y los demás, no anden proponiendo estos días llegar a un pacto, a un frente de trabajo común para solucionar las grandes cuestiones que tenemos planteadas. Pero lo hacen con la boca muy pequeña, insistiendo mas en la descalificación del otro –Rivera pidió a Pedro Sánchez y a Pablo Casado “que dejen de mentir”—que en las líneas de posible acción común para librar a España de quienes quieren, de una manera u otra, desmembrarla y debilitarla. Y ya he dicho muchas veces que, a mi juicio, no será imponiendo la aplicación del mal redactado artículo 155 de la Constitución como ese deseable pacto será posible. No: ese debilitamiento solo se logrará en las urnas, es decir, convenciendo a los electores de las bondades de lo que se ofrece.

Agitar, como banderas al viento, ofertas de creación de miles de puestos de trabajo, de reformas educativas, de mejoras sanitarias, sin haber solucionado primero un encaje a la financiación de las autonomías, de inevitables y ya urgentes reformas constitucionales y de la normativa electoral, una modernización de las estructuras de las administraciones, una profundización en la democracia española, me parece trazar una raya en el agua. Pienso que ese deseable pacto de Estado que ahora –ahora—abraza Rivera y que otros sugieren débilmente, es lo prioritario, lo que verdaderamente contribuirá a regenerar el país tras estas elecciones del 10-N, que deberían contemplarse como decisivas. Y no como una batalla por ocupar el poder.

El gran problema es que ese pacto todos lo quieren –o dicen desearlo, con diferente grado de intensidad, según lo que les vaticinen las encuestas–, pero casi nadie lo ve realizable. Y luego se quejan de la desafección de la ciudadanía. Recordemos, porque viene muy a cuento, aquella frase de Mandela: “siempre es imposible, hasta que se hace”. Yo votaré por eso, pero ¿quién de veras lo proclama?

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Prohibido prohibir decir ‘presos políticos’

Enviado por Fernando Jáuregui | 09/10/19

Me resulta especialmente triste tener que comenzar un comentario como este advirtiendo a mis lectores que yo no creo que en España haya presos políticos: un intento de golpe de Estado como el que se propició en octubre de hace dos años tiene, forzosamente, que ser castigado penalmente; de manera inminente conoceremos la sentencia contra los aún presuntos golpistas, y no va a ser, desde luego, blanda. Y créame que me alegro:’fiat iustitia el pereat mundus’. Pero, con parecida convicción, me atrevo a decir algo que sé que no gustará a este lado del Ebro: rechazo que Junta Electoral alguna prohíba –ya lo hizo en la anterior campaña—a televisión alguna –aunque sea la muy parcial, por decir lo menos, TV3—pronunciar las palabras ‘presos políticos’ o ‘exilio’, al referirse a la fuga de Puigdemont y demás.

No, no son, pienso, presos políticos, sino, ya se sabe, políticos presos. Pero no creo que deba limitarse la libertad de expresión de quien sea, aunque se trata de ‘indepes’ irremisibles, o de aquella ‘tele’ a veces infumable, hasta el punto de que no puedan usar, cuando se hallen en un espacio mediático, los términos antedichos. O, incluso, hasta obligarles a anteponer la palabra ‘autodenominado’ para referirse a esos fantasmales órganos creados por la Generalitat o por el ‘fugado’ –que no exiliado—Puigdemont. ¿Por qué será que este ‘autodenominado’ me suena tanto a aquel ‘ilegal’ que a los periodistas de mi generación nos obligaban a escribir cuando, a continuación, nos referíamos al Partido Socialista Obrero Español, por ejemplo?

Confío en que me crea si le digo que pondría mi máximo afán, si alguien me lo pidiera –y aunque no lo haga—para garantizar la buena marcha entre los estamentos oficiales de Cataluña, tan montaraces, y los del resto de España, tan renuentes. Pero ni soy partidario de obligar a quitar lazos amarillos de los edificios públicos ni a arriar de ellos carteles pidiendo libertad de expresión. Pido, en contrapartida, que a quienes abrazamos carteles diferentes, lazos distintos y expresiones distantes, nos dejen colgarlos en los balcones públicos controlados por la Generalitat, y que a los periodistas que pensamos de otra manera, alejada de las verdades ‘oficiales’ en la Cataluña secesionista, nos permitan expresarnos sin trabas en los medios públicos catalanes.

Se trata, en suma, de asimilar la tesis volteriana: “yo, que odio lo que usted proclama, daría la vida para que usted pueda seguir expresándolo libremente”. Quizá, si Voltaire presidiera nuestro comportamiento en estos azares, el conflicto de la Cataluña más involucionista con los sectores más ‘halcones’ del resto de España se suavizaría. Y no estaríamos en el punto en el que nos hallamos. Esto es algo que pienso decir en un acto público al que se me ha invitado este jueves en Sabadell, y sé que no gustará allí. Ni quizá, aquí, en este Madrid desde el que escribo.

Pero, en fin, multiplicamos los órganos encargados de prohibir y restringimos los responsables de dialogar. Mandamos más policías y ellos generan más conspiradores en las sombras del ‘coctel Molotov’. Ya sé, ya sé, que en Cataluña se multiplican, alentados por la locura de Torra, los amantes de la ‘confrontación’ y no de la ‘conllevanza’. Como sé que de este lado, que es el mío, proliferan los partidarios de lanzar el artículo 155 a la arena de la lucha, que aún no ha comenzado, pero que todos creen que comenzará, en detrimento de una búsqueda de diálogo que yo, al menos, aún creo posible, aunque sea remoto. Y así, esto no puede pintar nada bien.

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Partes de guerra

Enviado por Fernando Jáuregui | 08/10/19

Martes, ocho de la mañana. El taxista que me lleva de Lorca a la estación de Murcia se ha quedado mudo al escuchar el comienzo de un informativo de radio. “Parece un parte de guerra”, exclama. Acaba de oír que cientos de efectivos policiales y de la Guardia Civil han sido movilizados para unirse a los miles que ya están en Cataluña. ¿Objetivo? “combatir” unas movilizaciones en la calle que se dan por seguras inmediatamente después de que se conozca el tenor de la sentencia del Supremo contra los independentistas catalanes que participaron en el intento de golpe de octubre de 2017: se habla de cortes de carreteras, huelgas, ‘toma’ de edificios públicos…

A continuación, y a mi juicio algo exageradamente, la locutora habla de la ‘batalla’ que este lunes se había desarrollado en el Parlament con motivo de la moción de censura fallida presentada por Ciudadanos contra Torra: “solo ha fortalecido al irredento Torra”, dice la radio. Luego, la locutora hace recuento de los ‘desafíos’ lanzados por el president de la Generalitat, embarcado en una ‘confrontación, de momento verbal’, contra el Gobierno central.

Tengo que dar la razón al taxista: es una apertura de informativo cuando menos apta para despertarte a tempranas horas de la mañana. Completada con la opinión de un colaborador, que afirma que solamente un entendimiento entre las ‘fuerzas constitucionalistas’ podrá impedir una posible ‘quiebra’ del Estado, tal y como hoy lo conocemos.

A veces empleamos tintes dramáticos para calificar una situación susceptible de asustarnos, como una reacción ‘muy fuerte’ de los sectores independentistas ante una sentencia presumiblemente ‘dura’ contra los procesados, no se sabe aún si por rebelión (improbable, creo, que la sentencia se pronuncie en este sentido), sedición o qué. A raíz de esta sentencia, parece haberse abierto una especie de concurso de ideas entre los ‘indepes’ para ver quién logra tirar la piedra de la protesta más lejos, perjudicando más los intereses de los ciudadanos y, si se puede, de rechazo, los intereses de ‘los españoles’. Un marciano se marcharía pensando que estos terrícolas están a punto de iniciar una confrontación bélica y que hay que huir cuanto antes de este país de locos.

Yo, la verdad, no dramatizaría tanto como algunos conductores radiofónicos en busca de ‘share’, pero sería absurdo y hasta lerdo no admitir que me siento, probablemente como usted, como tantos, preocupado: Quim Torra se ha convertido en líder del sector secesionista más intransigente y cerril, lo que, siendo el president de la Generalitat –y jefe supremo de los ‘mossos’, en realidad, aunque no lo sea en teoría–, lo convierte en sumamente peligroso para la estabilidad del Estado. Como el diálogo con él desde el Gobierno central se ha vuelto imposible, hay, entonces, que mandar a los Grupos de Reserva y Seguridad para que garanticen que el máximo pirómano y sus amigos los CDR no enciendan fuegos devastadores. GRS versus CDR. Mal panorama, que nos retrotrae a aquel 1 de octubre de 2017 (y a otros ejemplos, glub, bastante anteriores)

Pero, claro, también me inquietan algunas cosas que (no) ocurren en este lado del Ebro. Que ni Pedro Sánchez, que ha definido la idea de ‘gran coalición’ como un “trampantojo”, ni Pablo Casado, para quien el concepto de esa alianza, defendida por Núñez Feijoo entre otros, son ‘caralladas’, sean capaces de aceptar, a estas alturas, que de aquí no salimos sino con un gran acuerdo de Estado entre PSOE y PP, es algo que me produce angustia. Que ambos se aferren todavía a los mismos conceptos que nos llevaron a estas elecciones del 10-N, como si aquí no hubiera pasado nada, demuestra que no han entendido gran cosa. O que se guardan las cartas para el día después de la jornada electoral, porque no quieren resbalones ‘a lo Albert Rivera’ durante la campaña.

Pero las reformas, decisiones y diálogo que son precisos para afrontar la enorme crisis catalana, entre otras amenazas, necesitan de un amplio consenso. Y de una generosidad de la que Pedro Sánchez, empeñado en gobernar en solitario –es lo que dice en campaña, luego ya veremos lo que puede lograr-, no hace precisamente gala. Sé que los líderes de los dos principales partidos mantienen un cierto diálogo subterráneo, sí, pero la política de oídos sordos, al menos oficialmente, se mantiene. Serán ‘caralladas’, ‘trampantojos’ o, dice, reproduciendo la voz de sus mayores, Adriana Lastra, ‘cosas absurdas’; pero se equivocan si creen que, tras el 10-N, pueden volver a la casilla de salida, como si las radios no estuviesen emitiendo lo que el taxista llamó ‘partes de guerra’.

No son cosas de este cronista: pregunte usted a mi amigo el taxista de Lorca y verá el cabreo que tiene con las ‘caralladas’ y los ‘trampantojos’, para él y para tantos incomprensibles, de aquellos a quienes, genéricamente, califica como “ellos, los políticos”. Y no se refiere precisamente a gran coalición alguna: habla de las actitudes de esos políticos, apenas interesados en acumular votos más que soluciones a problemas que a veces ellos mismos han creado. En ocasiones creo que a ‘ellos’ les convendría tomar un taxi y dejar el coche con el chófer momentáneamente aparcados. Para escuchar a gente como mi taxista, digo.

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Ana Pastor ‘for speaker’

Enviado por Fernando Jáuregui | 07/10/19

Cada día tiene su afán en esta campaña. Mañana puede que las plumas jurídicas que se afilan a la espera de la sentencia del ‘procés’ comiencen a comentarla desde los mil prismas que exigirá tan compleja decisión del Supremo. La campaña entrará en una ‘órbita catalana’, para bien o, seguramente, para mal: por ejemplo, ¿podrán Junqueras y otros presos encabezar candidaturas? Ahí tiene usted un motivo (más) de reflexión. Pero, en el momento en el que escribo, ocurre que este lunes se cierra el plazo para presentar candidaturas, y lo más descollante ha sido la súbita decisión de Pablo Casado de situar a la ex ministra y ex presidenta del Congreso, Ana pastor, como su ‘número dos’ en la lista por Madrid. Es decir, equivalente, creo yo, a la ‘número dos’ del partido, seguramente por delante del secretario general, Teodoro García Egea. Y, claro, por delante de la hasta ahora portavoz en el Congreso y ‘número uno’ en la lista catalana, Cayetana Alvarez de Toledo.

Me atrevería a decir que la designación de la moderada Pastor, a quien casi nadie ha escuchado decir una tontería, que representa lo mejor de la época de Mariano Rajoy, ha sido un acierto pleno de Casado. Une pasado y futuro. Lo siento por Adolfo Suárez, que quiso representar el ‘suarismo’ en el PP, sin plenamente lograrlo. Pienso que ese acierto debería completarlo nombrando a Pastor, que fue una buena presidenta de la Cámara Baja, portavoz parlamentaria. Sustituyendo, sí, a doña Cayetana, que, en su breve paso por el poder otorgado, ha metido ya un par de veces la pata con su seguridad despectiva, aplastante y extremista. Me consta que no representa a ‘todo el PP’ y he escuchado críticas a su actuación procedentes de alguno de los ‘barones’ territoriales del partido, que son lo más sólido que tiene el PP, comenzando por Alberto Núñez Feijoo, a quien, sin duda, el nuevo ‘ascenso’ de Ana Pastor habrá agradado no poco.

A Casado empiezan a salirle bien las cosas desde que dejó de llamar ‘felón’ al presidente del Gobierno. Las encuestas le amparan y el PP crece más que ninguno, aunque no hasta el punto de desbancar al PSOE, cuyo líder, Pedro Sánchez, hay que reconocer que está haciendo una buena campaña. No sé si se puede decir tanto como que volvemos lentamente a un ‘bipartidismo imperfecto’, pero lo cierto es que aquí, para formar un Gobierno estable, solo parecen sumar los socialistas y los ‘populares’. Y ahí no caben ni Alvarez de Toledo ni Adriana Lastra.

Cada día se escuchan más voces que hablan de la necesidad de una gran coalición o, al menos, de un gran pacto reformista que regenere la pestilente situación política que vive el país. Si lo hubiésemos hecho hace algunos años, ni estaríamos repitiendo elecciones ni, seguramente, el ‘problema catalán’ sería el que es. Pero, en fin: nos decían que no somos alemanes. Tampoco somos portugueses y no faltó quien vió para España ‘soluciones a la portuguesa’ sin pensar que los vecinos no tienen, seres afortunados, ‘indepes’ dando la lata.

Y las voces más sensatas que escucho en el PP, que es un partido organizado y que ha sabido darse a sí mismo la vuelta como un calcetín desde los aún próximos tiempos del ‘marianismo’, dicen que no les gusta una posible coalición ni ‘a la andaluza’ ni ‘a la madrileña’ en la que la veleta Ciudadanos, que no se ha resignado a ser lo que debería ser, bisagra, ni la rocosa Vox –hay que ver las cosas que dijo Abascal este domingo en Vistalegre—jueguen un papel decisivo. Lo mismo que, en el otro lado, se escucha en el PSOE: nunca más un ‘Gobierno Frankenstein’ en el que Pablo Iglesias tenga vara alta y Oriol Junqueras entresijos bajos.

O sea, blanco y en botella. Además, las encuestas ya dicen que la única posibilidad de obtener una mayoría de escaños para un Gobierno no ‘de progreso’ , ni ‘de cooperación’, ni ‘de concentración’, sino ‘de desbloqueo’ y ‘de avance’, es la que se deriva de un entendimiento entre Casado y Pedro Sánchez, que bien haría también puliendo su ‘frente parlamentario’ en el que destacan las obvias limitaciones de su portavoz.

Porque en el Parlamento, tan inoperante hasta ahora, es donde debe radicar la regeneración política del país. En el Parlamento, y en ese tan vapuleado, por unos y por otros, Parlament catalán. Y, en suma, en la idea de un poder Legislativo en el que radique la democracia que hay que reconstruir. Y ahí, digo yo, gente como Ana Pastor tiene mucho que decir: debería haber sido una pieza de consenso entre PSOE y PP y haber continuado en su puesto anterior. Pero, en fin: de quién debe presidir ambas Cámaras, o de cómo se reorganice el Legislativo catalán, hoy, todavía, no toca hablar. Pero hablaremos, vaya si hablaremos. Porque será una clave decisiva.

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En España se fabrican terremotos como en ninguna pare del mundo

Enviado por Fernando Jáuregui | 06/10/19

La verdad es que en pocos sitios, si es que hay alguno en todo el mundo, se organizan los terremotos políticos mejor que en España. Partidos políticos, instituciones, sociedad civil, a veces hasta los medios y las empresas, se conjugan para elaborar un calendario perverso, en el que todo lo que pueda ocurrir ocurra a poco que los hados, que también tienen vela en este entierro, con perdón, lo quieran. Y, si no, fíjese usted en lo que nos espera en los próximos días, que son de pre-campaña electoral, o sea, de campaña electoral: ‘la’ sentencia, una moción de censura en el Parlament catalán, las explicaciones de ciertos políticos para justificar sus giros copernicanos…bueno, y la pronta exhumación, o quizá no tan inmediata, de Franco. Y el aniversario del fusilamiento de Companys. Y…

Comencemos por la sentencia del Tribunal Supremo contra los golpistas por la independencia de Cataluña. Puede llegar esta misma semana, quizá por unanimidad de la Sala de lo Penal. No será, desde luego, absolutoria ni demasiado leve –quizá tampoco tan severa como inicialmente pensaron algunos—y los rumores en torno al tema corren como liebres sueltas por el campo político, sin que haya información fidedigna y segura sobre el grado de las penas que se impondrán.

El día 16, uno después de que se cumpla el aniversario del fusilamiento por Franco de Companys, que es figura a la que le gustaría semejarse a Quim Torra, llega el plazo para el fin de la prisión provisional de los Jordis, dos años encarcelados ya. Sería una auténtica locura jurídica que la sentencia no llegase antes de esa fecha, aunque este plazo sea revisable. Y los ‘indepes’ ya han abierto un concurso de ideas sobre cómo mostrar públicamente su oposición a esa sentencia condenatoria: a ver quién tira la piedra más lejos.

Así que el mes que nos separa de las urnas va a estar decisivamente influido por lo que vaya ocurriendo en Cataluña, entre otros movimientos sísmicos de menor intensidad. Cataluña, donde este mismo lunes se debate en el Parlament la moción de censura presentada por Lorena Roldán, de Ciudadanos, contra Torra. Uno de esos movimientos políticos de la formación naranja –menudo viraje el de Rivera: podría haberlo pensado antes, la verdad, pero ya digo que somos especialistas en tsunamis—condenados a la esterilidad. Nadie, excepto, el PP, apoyará esta moción y los ‘indepes’ aprovecharán la ocasión para airear el victimismo y para lanzar piedras contra el Estado ‘opresor’.

Sume usted a todo esto el previsible ‘frenazo’ económico. O los inquietantes vaivenes en las encuestas, que coinciden ‘grosso modo’ en sus previsiones de que, con todo, Sánchez ganará pero no convencerá, el PP crecerá bastante, a costa de Ciudadanos, que, de error en error, se pegará el batacazo, Podemos bajará algo en favor de Errejón, pero no tanto, Vox más o menos como ahora. Y entrarán en el Congreso de los Diputados, o crecerán algo, ciertas fuerzas no precisamente afines al sistema. Ni, desde luego, a la Monarquía, que estos días, precisamente en medio del terremoto, procura la presencia en foros públicos de la heredera de la Corona, la princesa Leonor. Ya era hora, la verdad; pero también es verdad que los momentos no son los mejores para acompañar esta ‘puesta de largo política’ de la princesa de Asturias.

Ya me dirá usted, con este panorama frenético, cómo diablos se va a fijar la gente en los programas que presenten los partidos –este lunes, Pedro Sánchez, que es el que mejor pedalea la imagen propia en esta campaña, presenta el del PSOE–, cuando ni estos saben muy bien cuáles son sus posiciones definitivas ni a qué carta de póker quedarse. Y, para colmo, ahí seguimos, con la polémica de si desenterramos o no a Franco y a vueltas con la Historia, que es justo lo que nos faltaba para perder el norte de nuestra identidad como país. No me negará usted que estamos haciendo la carambola perfecta para que, como Dios, una coalición decente y alguien no lo remedien, caigamos por el agujero de la mesa de billar en la que todos parecemos ser meras bolas de colores. Y mientras, Portugal, tan cerca y tan lejos, votando en su paz; claro, como ellos no tienen ‘indepes’ ni este carácter mesetario nuestro…

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¿Cuánto vale la palabra de un político?

Enviado por Fernando Jáuregui | 05/10/19


(Vaya, ahora Albert Rivera da un giro –otro– de ciento ochenta grados y dice ‘sí’ a pactar con Sánchez…)
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Algunos cavernarios han puesto el grito interesado en el cielo porque Pedro Sánchez, en una visita a la feria agroalimentaria de Zafra, confundiese el jamón serrano con el ibérico, que es prenda de honor de la ganadería extremeña. No seré yo quien eleve el tono ante este discreto (convertido en indiscreto: ¿se hubiese usted enterado de que el presidente en funciones visitaba Zafra?) ‘patinazo’ de Sánchez. Lo que ocurre es que, a raíz de este ‘lapsus’ presidencial, he acumulado una serie de datos que me sirven para diagnosticar la altura del tono intelectual que podemos, y no podemos, esperar de esta campaña en la que estamos de hecho inmersos.

Y es que ocurre que nuestros políticos, en su incesante deambular por las tierras y pueblos de España, no tienen tiempo, ni quizá ganas, de preparar bien las asignaturas. La confusión entre jamón serrano e ibérico evidencia no solo que Sánchez tiene unos gustos gastronómicos no bien precisados, sino que es capaz de acudir a una feria agroalimentaria con un discurso hecho para salir del paso, metiendo la pata precisamente en el terreno que compete a la feria que visita. Y eso que el asesor áulico, Iván Redondo, vivió y aconsejó un tiempo en Extremadura, y debería bien conocer el grado de orgullo que en esa Comunidad existe por su cerdo ibérico.

El discurso de nuestros representantes, lanzados a la vorágine constante de campañas electorales vividas en la angustia de pegarse un castañazo en las urnas en cualquier momento, está falto de profundidad y de verdadero conocimiento. A veces, riéndome de mí mismo, me digo que parecen tertulianos, con perdón de todos los que nos dedicamos a esta apasionante tarea. Pero claro, lo de ellos tiene otra dimensión, porque el ciudadano-elector tiende a creerse promesas, títulos, sesudos ensayos y tesis doctorales que, ya lo vemos tantas veces, son copiados, manipulados o realizados por esforzados ‘negros’.

Quiero decir, ay, que la palabra, oral o la escrita, de quienes nos representan vale lo que vale el gramaje del papel o el volumen del micro que los sustenta. Hemos asistido, en los últimos cuatro meses sin ir más lejos, a giros copernicanos de políticos que pasaron del ‘no es no’ a ofrecerse abiertamente, negando encima que tal giro se hubiese producido; o que se transformaron de llamar “felón” al presidente del Gobierno a ser su casi interlocutor en busca de consensos futuros poselectorales. Hay quien rechazó acudir a la convocatoria del jefe del Gobierno y ahora anda reclamando un ‘encuentro de Estado’ en La Moncloa o allí donde le llamen.

Insoportable levedad oral (y escrita) que tiene sin duda trascendencia en las cosas de comer. Y en los problemas más graves que tenemos planteados. Como Cataluña y los dimes y diretes sobre la aplicación, o no, del artículo 155 de la Constitución, que es, por cierto, uno de los peor redactados y concebidos de nuestra Carta Magna. Falta, en suma, estrategia y sobran tacticismos de lo más efímero.

Y ¿qué dijo Pedro Sánchez sobre los debates electorales? Cuando están en la oposición gritan una cosa –entonces acusan al presidente de turno de huir de los debates, porque se limita a procurar solo uno—y, cuando en el poder, otra: ahí está ese debate único que se nos quiere, contra los dictados del sentido común, de la política como necesario espectáculo y contra los principios de una democracia avanzada, imponer ahora. Y me temo que tal imposición viene de La Moncloa, a cuyos ‘cabeza de huevo’ no se puede achacar precisamente que no sepan organizar campañas electorales. Para ganar, desde luego.

Grave cosa cuando a los ciudadanos se les procura una total falta de confianza en lo que sus representantes, aquellos a los que ha de votar y sustentar, dicen o escriben. Todo vira cual veleta, en función de la coyuntura: se pasa de una izquierda casi radical a buscar acomodo en los templados prados del centro. Y del centro a la derecha. Y de la derecha a la más derecha. Esta inseguridad política, que en el fondo es jurídica, acabará pasándonos a todos, sobre todo a la ya escasa credibilidad de ‘ellos’, la correspondiente factura. Ah, pero eso será tras el 10-n y ahora lo que importa es la jornada electoral, que les tiene angustiados. Y a nosotros, probablemente, también. Con pan, vino (tasado por Trump), circo y jamón, directos a la reelección.

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Felipe, Mariano, volved, que os perdonamos

Enviado por Fernando Jáuregui | 05/10/19

Alguien tendrá que explicarme algún día por qué los presidentes del Gobierno se vuelven más simpáticos, cordiales y hasta mejores políticos cuando se convierten en ex presidentes. Recuerdo cuando Mariano Rajoy y Felipe González se enfrentaban abruptamente, nos hablaban de ‘derecha’ e ‘izquierda’ y consideraban que, como España no es Alemania, pensar en una gran coalición ‘a la española’ entre, por ejemplo, el PP y el PSOE era una mera utopía. Ahora, dialogando ambos en el llamado Foro la Toja, resulta que se entienden estupendamente, se parten de risa el uno con los chistes del otro y abogan por un entendimiento transversal para poder llegar de una vez a la formación de un Gobierno estable tras las elecciones del 10-N. Pasmoso.

Incluso, hace unos días tuve ocasión de subir en un ascensor, que es zona de confidencias o de incomodidades, con el expresidente José María Aznar, sin duda uno de los jefes de Gobierno más antipáticos que se hayan conocido, y se mostró sonriente y hasta amable con un servidor, que no ha dudado en criticarle cuando le pareció oportuno: “¿Qué si voy a participar en la campaña? A estas alturas no me voy a preocupar de si me llaman o no”, respondió, bienhumorado, a mi pregunta. Y Rodríguez Zapatero, quizá el más simpático en lo personal de cuantos presidentes yo haya conocido, incluso elogió mi “profesionalidad” no hace mucho, cuando, en sus tiempos en el poder, creo que decía más bien otra cosa.

Para mí que cuando dejas de ser presidente, y sabes que ya no vas a llegar Jamás tan alto, a la par que tienes la vida resuelta, tiendes a ver las cosas de otra manera: exacerbas la crítica a lo que hacen y no hacen tus sucesores en La Moncloa –las malas relaciones entre sucesor y sucedido son una realidad incuestionable– y abrazas soluciones, como ese pacto entre derecha e izquierda, de las que abominaste cuando estabas en la poltrona. Te mejoran el talante y la sonrisa, quizá porque tienes menos aduladores a tu alrededor, y hasta se te ocurren posibles salidas ‘nuevas’ para la crisis catalana. Un día de estos hasta les vamos a escuchar reconociendo los errores que cometieron, ya verán.

Yo creo que Pedro Sánchez quisiera ser ‘este’ Felipe González, como me parece que a Pablo Casado no le importaría ser Mariano Rajoy (o incluso Aznar, pero en menos pugnaz); les falta aprender a reírse de sí mismos. Albert Rivera quisiera ser Macron, pero se tendría que conformar con ser Manuel Valls, que también anda, por cierto, pidiendo un entendimiento entre PP y PSOE tras el 10-n. Pablo Iglesias quisiera ser la portuguesa Catarina Martins, que no tiene problemas con ‘la otra’ izquierda. Abascal quizá quisiera ser Trump, pero con aspecto de legionario, en lugar del horrible tupé anaranjado. Y Errejón quizá quisiera ser el Tsipras de otros tiempos: bueno, a ninguno de los dos se les ha visto con corbata, si es que eso significa algo, que no. Y todos, en conclusión, sueñan lo que no son, aunque ninguno lo entienda.

He tenido mis más y mis menos tanto con Felipe González como con Rajoy: es lo que tiene haber ejercido durante tan largo tiempo el oficio de comentarista político; que acumulas muchas anécdotas, algunas bien significativas, de tu relación con el poder. Ocurre que los periodistas casi podríamos decir lo que el bedel del Ministerio cuando el ministro olvida saludarle: “sí, sí, te crees mucho, pero tú te irás de aquí, como los anteriores a ti, y yo me quedo”. Quiero decir que los periodistas guardamos memoria de lo que hicieron y no hicieron quienes hoy dicen que harían lo que, cuando podían hacerlo, obviaron hacer. Pero, en fin, lo importante es lo que ahora dicen que harían. Volved, Felipe, Mariano, que os perdonamos.

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Diarfio de una campaña más: el ‘caso Leila’

Enviado por Fernando Jáuregui | 03/10/19


(Leila Jiménez sufre el acoso de unos vándalos contrarios a la libertad de expresión)
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Para desacreditar ante mis ojos a un movimiento de masas basta con un ‘caso Leila’. Lo malo es que es algo que se repite casi en cada manifestación independentista en Cataluña, por ejemplo. Leila Jiménez es una reportera de Telecinco a la que unos energúmenos impidieron realizar la información en directo de la concentración que estaba discurriendo en Barcelona en apoyo del ‘referéndum’ del 1 de octubre y al conmemorarse el segundo aniversario de este intento de declaración unilateral de independencia de Cataluña.

A Leila Jiménez le colocaron pancartas ofensivas, fue empujada y abucheada, impidiendo que se oyera lo que intentaba decir a los espectadores, le vertieron encima una botella de vodka, la insultaron soezmente; en suma, no pudo realizar su trabajo. Y con ello los energúmenos, que no eran uno ni dos, sino bastantes más, perpetraron una violación contra la libertad de expresión, que es una derecho democrático básico cada día más amenazado por unos y por otros.

No, el de Leila no es un caso único. Ocurrió lo mismo hace dos semanas con una periodista de TVE, y rara es la vez que alguna retransmisión en directo de actos multitudinarios en Cataluña no es boicoteada por grupos de manifestantes, con pancartas, insultos, empujones, gente que se coloca ante la cámara, otra que hace gestos ineducados detrás de ella. Lo he visto, en algún momento lo he padecido y sé muy bien que no es este el comportamiento que podría esperarse de quien, legítimamente, expresa sus ideas y aspiraciones.

Temo que tendremos más de esto en la campaña en Cataluña. Puede que no solamente en Cataluña. Los órganos más o menos corporativos de los periodistas o son impotentes o, simplemente, no se atreven a combatir con la dureza y determinación precisas estos atentados contra la libertad de expresión e información. La falta de respeto por los medios, sean de la ideología y el color que sean, evidencia un desprecio por las reglas básicas de la democracia: ¿es esa la Cataluña que quieren construir los’indepes’?¿Silenciando no solo a quienes piensan diferente, sino incluso a quienes solo pretenden realizar su trabajo de contar lo que estápasando?.

No conozco a Leila y ni siquiera he podido contactar con ella para expresarle mi solidaridad. Salgo en su defensa porque esta es la única manera en la que puedo hoy echar una mano a favor de algo en lo que creo: que podamos expresarnos con libertad y en paz. Y no hablo, claro está, solamente de los periodistas.

Pero, ya que hablamos de ellos, o sea, de nosotros, pienso que o los periodistas comenzamos a hacer que se nos respete o los ciudadanos que nos ven, nos escuchan o nos leen habrán perdido un enorme valor: el de estar bien, puntual, verazmente informados. O que puedan elegir la versión informativa que más les plazca. Y conste que la regresión de la libertad de expresión no es obra solamente de esa alegre y estúpida muchachada que cobardemente se escuda en la masa para vejar a los informadores. Ya digo que no sé en qué están pensando quienes nos representan para comenzar a denunciar ante los tribunales y para señalar con el dedo acusador a los últimos responsables de que esto se tolere así, sin más. Como si el escrache al informador fuese una hazaña más en la campaña de despropósitos.

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