Esa extrema derecha que irrumpe…

Enviado por Fernando Jáuregui | 24/09/22

Ya sé, ya sé que nunca se debe titular con una interrogación, pero sucede que en este caso la noticia es exactamente la pregunta: nadie parece capaz de explicar por qué sube, en las encuestas y en las urnas, la extrema derecha, que a veces incluso refleja su admiración o simpatía por Putin, mientras las ideologías clásicas, templadas, parecen sumidas en la inoperancia. Y así, de Suecia a Italia, pasando por Francia –y hasta en esos sectores republicanos de los Estados Unidos que miran con nostalgia la era loca de Trump–, la ola se extiende. Con distintos perfiles, sí, pero con algunas características comunes. ¿Y en España?

El autócrata ruso ya ni se molesta en guardar las apariencias: no solo organiza consultas que son un ‘pucherazo’ sin disimulo y reprime a los disidentes ante las cámaras de televisión, sino que interviene con descaro en las elecciones del mundo libre. Esta semana vimos cómo el Kremlin distribuía abiertamente fotografías de Putin riendo con algunos líderes de la extrema derecha italiana, esos que, en una coalición que nadie puede creer que haya llegado a existir, ganarán probablemente las elecciones de este domingo. Y ahí está nuevamente la pregunta: ¿cómo es posible que alguien como Silvio Berlusconi, que arrastra una trayectoria simplemente vergonzosa, pueda seguir jugando un papel en un país con una democracia asentada como Italia? O ¿quién iba a pensar hace un año que la socialdemocracia sueca, la esencia de las socialdemocracias, iba a resultar vencida por una derecha ‘dura’ que niega el derecho a la emigración?

El mundo parece perplejo ante estos hechos, que evidencian que millones de personas en Europa se decantan por fórmulas que tienen un cierto componente xenófobo y de rebeldía ante no pocos avances sociales. No conviene, empero, generalizar: ni Vox, que, con sus crisis internas –el ‘caso Olona’ está siendo magnificado, sospecho–, trata de moderar sus perfiles, es igual que el movimiento descabellado de Enric Zemour, ni la señora Meloni es lo mismo que el desbocado Salvini, aunque ahora vayan de la mano. Pero todos ellos concitan el apoyo de gentes que se sienten desamparadas por el sistema tradicional y por los políticos al uso, esos que no pisan la calle ni escuchan los lamentos del ciudadano.

La extrema derecha es un refugio, así, frente al desdén con el que la política tradicional se ha ido alejando de esa ‘gente de la calle’ que todos reivindican, pero a la que, en realidad no se hace caso en sus demandas. Lo que ocurre es que se trata de un refugio peligroso, una cueva en la que pueden anidar murciélagos o de la que acaso salga un oso. Y por supuesto, esta extrema derecha ha dejado de ser violenta, y sus peores perfiles son hoy apenas verbales. Ya a muchos no les causa vergüenza decir que apoyan a esa extrema derecha, como reacción al maltrato que, justa o injustamente, dicen padecer desde otras formaciones, desde un sistema que, al parecer, no les sirve.

Así, puedo comprender el desapego de muchos ante un orden de cosas que se ha ido desgastando; pero no comprendo que, como reacción, se lancen a los brazos de lo desconocido, o de lo tristemente ya conocido. La democracia, como decía Churchill, es el peor sistema, si exceptuamos a todos los demás. Y, para mí, una democracia de plenas libertades incluye el derecho de los inmigrantes a buscar una vida mejor, la igualdad plena de sexos, el derecho a ser y mostrarse diferente. O, ya que estamos, incluye también la posibilidad de que un periodista entre al mitin de un partido sin ser rechazado porque su medio no gusta a los dirigentes de esa formación. No; yo, si fuese italiano, este domingo no votaría a Meloni. Y a sus pésimas compañías, menos aún.

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Matad al mensajero, o sea, a las encuestas (y a los medios hostiles)

Enviado por Fernando Jáuregui | 04/09/22

La culpa, cómo no, la tiene el mensajero. Las encuestas, en este caso. Que conceden, pese a todos los esfuerzos de imagen que está haciendo Pedro Sánchez, una creciente ventaja, aún insuficiente, a Núñez Feijóo. Eso hace que el inquilino de La Moncloa se lance por los caminos a repartir sonrisas, que reciba a ‘invitados anónimos ‘en el palacio presidencial y que acceda a batirse con el líder del PP y de la oposición en un ‘cara a cara’ en el Senado que Sánchez cree que va a ganar porque tiene más bazas en la mano. Y mientras, pasen y vean, empieza el curso: el escolar, el judicial –que ese es otro incendio–, el de las angustias energéticas e inflacionistas.

Los comentaristas se centran, sobre todo y ante este panorama, en el ‘duelo dialéctico’ en la Cámara Alta este martes entre el presidente del Gobierno y el presidente del Partido Popular, que es la formación al alza en los sacrosantos sondeos, los públicos y los que los partidos guardan celosamente en sus cajas fuertes. Casi nada he leído sobre la extrañeza que produce que el presidente reciba en La Moncloa a “la gente” –lo que me parece bien—y no reciba, en cambio, al líder de la oposición o a sectores críticos –lo que obviamente me parece mal–.

Existe expectación máxima por algo que en cualquier país sería casi rutina, la confrontación dialéctica entre el jefe del Ejecutivo y la oposición, y en cambio consideramos algo casi obligado, normal, el enfrentamiento que se está dando en el poder judicial, desgastado y desesperado porque van a cumplirse cuatro años, cuatro, habiendo vencido su preceptiva renovación constitucional. Son apenas dos ejemplos de hasta qué punto está trastocada la vida política española, mientras los problemas de la ciudadanía, esa ciudadanía a la que la llamada ‘clase política’ dice escuchar, se acrecientan: se paga más por el curso escolar, por el gas que ya escasea, por la electricidad, por la cesta de la compra.

Y sospecho que esas son las causas fundamentales por las que, no solo en España, los que gobiernan descienden en las encuestas y quienes ejercen la oposición suben, pensando el personal que en el péndulo está la esperanza. Veremos quién gana este lunes en Gran Bretaña, quién a finales de este mes en Italia o en Brasil, por citar solo tres citas que apasionan a los sondeos y cuyo resultado va a influir sobre la marcha del mundo. Conservadores, progresistas y populistas se reparten el escenario; es el esquema, muy simplificado si usted quiere, de cómo anda la cosa. El bipartidismo imperfecto.

En este marco tan preocupante dudo bastante de que el ‘cara a cara’ en el Senado se sustancie como a uno le gustaría: con ofertas de colaboración, una mano tendida para arreglar el desaguisado judicial, un recuerdo constante a los sufridos ciudadanos que esperan que ‘los políticos’ les solucionen sus problemas (entre otras cosas, porque así lo proclaman las promesas de los representantes de esa ciudadanía). Pero si ellos mismos dicen no fiarse el uno del otro, ¿cómo esperar que se fíen de ellos esas buenas gentes “de la calle’ a las que ellos insisten que procuran escuchar? Yo creo que más bien lo que ellos escuchan es lo que dicen las encuestas, que no son exactamente la voz de la calle, y actúan en consecuencia, lo que no siempre lleva al éxito en las urnas.

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Noticias Sánchez, stop the press

Enviado por Fernando Jáuregui | 01/09/22

Pedro Sánchez va a por todas, decidido como está a ganar las elecciones que él mismo convocará seguramente en el otoño de 2023, pero que ya está preparando desde ahora. La rebaja drástica en el IVA del precio del gas, que es algo que ya pidió el líder de la oposición, Alberto Núñez Feijóo, es apenas el prólogo, nos cuentan, de una avalancha de propuestas y respuestas que van a surgir de La Moncloa, a ver si cambia el signo de las encuestas. Así, con aires de batalla en precampaña electoral, comienza un mes de septiembre que va a ser, pronostican todos, especialmente movido y prólogo de un invierno con mucha ‘leña’.

Aseguran que, cuando el martes próximo, Sánchez debata cara a cara en el Senado con Feijóo se mostrará mucho más respetuoso con el presidente del Partido Popular de lo que lo ha sido hasta ahora al referirse al político gallego. Aparentemente, la política de hostigamiento por parte de algunos ministros contra el partido rival no está dando, en los sondeos monclovitas, los resultados previstos: un fallo más en la estrategia de comunicación de La Moncloa. Así que más valdrá que en el tan traído y llevado debate en la Cámara Alta (increíble que sea noticia algo que debería constituir parte de la cotidianeidad política) el tono presidencial sea más comedido y hasta colaborador.

Porque es seguro que Sánchez sabe que no solo se vive de éxitos internacionales, como el cosechado esta semana con el canciller alemán Scholz intentando -y seguramente consiguiendo- vencer la resistencia francesa con el Midcat. Y probablemente también tiene muy presente aquella confesión, que algunos pudimos escuchar, de Gorbachov a Felipe González: “me aclaman fuera de mi país, me detestan dentro”. Y donde te votan, como todo el mundo sabe, es dentro, no fuera.

Así que el presidente encara los catorce meses duros, durísimos, que, glorias exteriores al margen, le quedan ya desde este mismo septiembre, que pone fin oficial a un verano en el que todos nos hemos empeñado en mirar hacia las orillas de la felicidad, no hacia las cumbres nevadas que nos aguardan. Por eso el presidente y secretario general del PSOE va a recorrer el país de arriba abajo, va a tratar de consensuar ya un método para renovar el poder judicial, va a intentar consultar más (bueno, en realidad consultar algo) a los sectores afectados por las medidas de recorte y austeridad. Y hasta puede que intente dulcificar su tono hacia esos ‘poderosos’ de la banca y la energía, a los que atacó tanto en las últimas semanas en lo que parece, encuestas cantan, otra ‘pifia’ de comunicación.

Iniciamos, así, un período incierto, en el que van a cambiar desde algunos gobernantes europeos (el lunes sabremos quién será el/la sucesor/a de Boris Johnson, y este mes sabremos quién va a (des)gobernar Italia) hasta bastantes pautas de conducta de los ciudadanos de la UE. Todo, todo está abierto, incluyendo la continuación del diálogo, que se hará crecientemente difícil, con la Generalitat catalana e incluyendo también las relaciones con el ‘socio’ Podemos, que asimismo van a ser crecientemente difíciles a medida que se aproximen las elecciones municipales y autonómicas, y no digamos ya las generales.

Así que Sánchez, que quiere, no como le ocurría a Gorbachov, ser amado fuera de España para contribuir a que le voten dentro, ha empezado el curso bajando el IVA del gas y poniéndose a subir pronto el salario mínimo. Entre otras medidas que algunos calificarán, simplificando demasiado, de ‘electoralistas’. Pero que, qué caramba, pueden ayudar, y no poco, a la hora de ir a las urnas, que es lo que a Pedro Sánchez, como el animal político que es, más le importa.

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Un 24 de agosto lleno de malos presagios

Enviado por Fernando Jáuregui | 23/08/22

Este miércoles 24 de agosto es uno de esos días en los que el panorama está lleno de aprensiones, de negros vaticinios, que, por supuesto, pueden cumplirse o, esperemos, no. Pero desde los Estados Unidos, desde Kiev, desde algunas cancillerías europeas, se alerta de que tal vez en una fecha como la de hoy, en la que se cumplen seis meses de la invasión rusa de Ucrania y treinta y un años desde que este país firmó abandonar la Unión Soviética, Putin podría aprovechar para llevar a cabo una de sus salvajadas contra objetivos civiles ucranianos. Porque, aseguran observadores en Moscú, está feliz por ‘estar ganando la guerra a Europa’ y porque quiere remarcar que está aplastando la resistencia de Zelenski. ¿Qué ocurrirá?

De momento, Ucrania ha suspendido todas las celebraciones conmemorativas de su independencia y ha alertado a la población. Los gobiernos europeos, consta, están igualmente alerta y los servicios de inteligencia tratan de anticiparse a cualquier catástrofe, porque de Putin puede esperarse todo, más ahora que tiene el pretexto del atentado contra la hija del ‘pensador’ Alexander Duguin, un crimen que la prensa oficial -o sea, casi toda_ rusa achaca a los servicios ucranianos, que rechazan la acusación, atribuyendo más bien el asesinato al propio Kremlin, en busca de razones para proseguir, o aumentar, sus matanzas de civiles -ya van, según estimaciones incompletas, cerca de ocho mil- en Ucrania.

Los seis meses transcurridos desde la invasión han alterado las pautas de comportamiento en toda Europa, enfrentada a una crisis energética sin precedentes y a la amenaza de una hambruna en el norte de Africa, mientras contempla cómo China y la propia Rusia se reparten la influencia en este último continente y también en América Latina. El mundo ha cambiado profundamente, y no precisamente a mejor, en este medio año. Incluso las políticas nacionales se ven afectadas por esta guerra absurda; y, si no, basta con ver el muy polémico revuelo causado por el decreto gubernamental sobre ahorro energético, que este jueves se debate, y probablemente será aprobado con los votos del PP en contra, en el Congreso.

Qué duda cabe, dicen todas las fuentes desde Rusia, de que Putin, al que le importa poco haber perdido cerca de nueve mil soldados -estimaciones aproximadas de nuevo_ en esta contienda, se siente ya vencedor. No solo frente a Ucrania, sino frente a una Europa que no ha sabido o podido hacerle frente de una manera decisiva ni en el campo militar, ni en el diplomático, ni en el económico. En los países de la UE ya surgen voces sugiriendo una negociación con Moscú antes de que sea demasiado tarde, unas voces que señalan a Zelenski como víctima de un ’empecinamiento’ que ha llevado a demasiadas muertes y a seis millones de ucranianos refugiados fuera de su patria; un precio que ya es demasiado caro, dice esa aún tímida oposición al presidente ucraniano.

En España, la brutal invasión a Ucrania ha perdido ya, ciento ochenta días de combates después, el carácter de noticia de primera página. Las muertes, la destrucción, el sufrimiento de un pueblo, son una novedad menos urgente que la crisis energética o alimentaria derivada de las acciones del Kremlin. Puede que, cuando usted lea este comentario, haya sucedido ya algo irreparable o, ya digo, confiemos que no. Pero hay que insistir en que, seis meses después, el hombre empeñado en destruir Europa sigue en ello, y nosotros seguimos, con las restricciones que usted quiera, comprando su gas y soportando sus desmanes armamentísticos, cibernéticos y humanitarios. ¿No hay motivos para estar preocupados, por mucho que nos empeñemos en seguir mirando para otro lado?

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Pues sí, yo firmé el indulto a Griñán

Enviado por Fernando Jáuregui | 20/08/22

Me llama una amiga, que ejerció un muy alto cargo en tiempos de Felipe González: que si quiero firmar la petición de indulto a José Antonio Griñán, otro conocido de viejos tiempos. Aun sin conocer el texto de la sentencia que condena al ex presidente de la Junta andaluza y del PSOE a seis años de prisión, además de la inhabilitación, acepto unirme a la demanda. No solo por estar convencido de que no es cárcel, sino inhabilitación política, lo que corresponde a la ‘negligencia in vigilando’, sin lucro propio, de Griñán. Es que me parece que empieza a ser urgente valorar en este país lo que es pisar la cárcel y quién y por qué debe hacerlo, algo que no puede devaluarse en debates políticos sin sentido.

El propio presidente del PP, Núñez Feijóo, empeñado por lo demás en un debate casi frontal con un Gobierno cerril ante cualquier pacto, se ha mostrado tibio: él no quiere ver a Griñán en la cárcel, y añade más de lo mismo: a él, nadie en el Gobierno de Pedro Sánchez le ha consultado nada al respecto. No lo dice, pero se le entiende: las prisiones no están hechas para unos, a mi juicio, delitos de prevaricación o malversación que, en este caso, resultan difíciles de probar de manera palmaria, como queda evidente en la fractura de criterios de la Sala que lo juzgó.

Ya digo: a ver qué leemos en la sentencia y los votos particulares. Lo que pienso es que los centros de reclusión están para castigar el dolo, la mala fe, la apropiación indebida, el abuso sobre los demás. No me consta que Griñán tenga que ver con todo esto, aunque sí con un deficiente cumplimiento de sus funciones: ni él ni Chaves supieron hacerlo, indagar a fondo lo que hacían sus subordinados, digo, pero creo, de veras, que eso no comporta una dolosa mala utilización de fondos públicos. Inhabilitación para ocupar cargos, por tanto, me parece lo procedente. Las ‘penas de telediario’ ya las ha cumplido, las está cumpliendo.

El debate, desde algunos sectores mediáticos y de la oposición, se está exacerbando. Pensar que el Gobierno pueda indultar al ex presidente del PSOE no implica ni militar en las filas socialistas -yo, desde luego, no lo hago– ni un desprecio a las sentencias de un poder judicial que bastante pisoteado está siendo ya por una clase política empeñada en tirarse las togas, y el pasado, y el presente, de la institución, a la cabeza, cual munición política de grueso calibre.

Hora es de cerrar brechas, de que pague quien verdaderamente abusó de su poder en provecho propio y de acabar con discusiones sobre el alcance del Estado de Derecho a cuenta de un perdón cuyos motivos me parece que todos, al margen de posicionamientos vociferantes, entienden. Y conste que no estoy apelando, como hacen otros, ni a la edad de Griñán ni a sus méritos en una parte de su trayectoria. Estamos hablando de Derecho Procesal, y ahí se debería ceñir el debate. Aquí está mi firma. Por favor, no me lapiden.

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Defina ‘intoxicación’, presidente…

Enviado por Fernando Jáuregui | 17/08/22

Fernando Jáuregui

Dice el presidente que las informaciones sobre una posible remodelación próxima del Gobierno son “intoxicaciones”. Y es cierto que nadie, excepto el propio presidente, sabe cuándo tendrá lugar una crisis en el Ejecutivo ni cuál será su extensión y alcance. Puede que en alguna ocasión los periodistas confiemos más de la cuenta en lo que fuentes presuntamente muy bien informadas nos dicen, y quizá en este sentido deberíamos a veces ser más cautelosos. Pero sepa Pedro Sánchez que los profesionales de la información muy rara vez nos inventamos los hechos, aunque podamos interpretarlos erróneamente: haber un clima de crisis política lo hay, como las meigas. Espero que alguien en La Moncloa no me tache de ‘intoxicador’ por decirlo y por lo que a continuación escribo.

Acusa el presidente a los medios de, con la publicación de rumores sobre cambios de ministros, pretender “dar la imagen de que este no es un Gobierno estable”. Y yo afirmo algo que no es ni una especulación ni un rumor: es que resulta que este no, repito, no, es un Gobierno estable. Las disensiones, los forcejeos, son algo cotidiano entre unos ministros que en según qué casos ni se dirigen la palabra. Las fricciones van mucho más allá de lo que sería tolerable en una coalición y lastran un óptimo funcionamiento del Ejecutivo.

Dice el presidente que este Gobierno, en su actual composición, “va a durar hasta el final de esta Legislatura”. Me permito también negarlo. Ni siquiera el propio Sánchez sabe si podrá mantener a todos sus ministros/as en el Consejo hasta el otoño de 2023, dado lo galopante de una actualidad especialmente inestable, cambiante, y la necesidad de encontrar candidatos ‘conocidos’ para las próximas elecciones municipales. Y, sobre todo, dada la capacidad de errar clamorosamente que muestran algunos ministros/as, alguna de las cuales hace tiempo que debería haber sido cesada: recuerde usted el sonrojante episodio de la ‘foto de la playa’ impulsada por el Ministerio de Igualdad. Ni un minuto debería haber seguido en el cargo la titular de esa cartera, responsable, por cierto, de otros varios dislates.

Pero hay un tercer elemento que me parece importante destacar: la necesidad imperiosa de esa remodelación ministerial. Ignoro, claro, cuándo piensa, si es que lo piensa, el presidente llevarla a cabo. Pero el conjunto de desaciertos recientes en el enfoque de las cosas registrado desde algunos Ministerios, y desde el propio Gabinete del presidente (y aledaños, que quizá no estén en La Moncloa) harán que, inevitablemente, como hizo con la dirección del PSOE, separe a algún ministro e incorpore alguno nuevo, aunque procurando, es de suponer, reducir el excesivo número de carteras. Un nuevo rumbo para nuevos tiempos.

De la gestión de ‘Pegasus’ al ‘decretazo energético’, pasando por la elección de los enemigos ‘poderosos’, muchos han sido los disparates en el enfoque global del Gobierno, que justo es reconocer que también tiene otras aportaciones interesantes. No estaré, desde luego, entre quienes (y son bastantes) niegan al Ejecutivo hacer o haber hecho algo positivo: el debate con algunos intransigentes, más papistas que el Papa en su oposición total al Gobierno, lleva en alguna ocasión a erigirse en defensor de un Gobierno que seguramente no merece demasiado ser defendido en su conjunto.

No está Sánchez, en todo caso, para dar consejos sobre cómo y cuánto informar y menos aún sobre lo que es veracidad en la información ni sobre lo que es transparencia para acceder a ella. Cierto: los periodistas nos hemos acostumbrado a no creerle, y motivos hay para ello. Seguramente merecemos, globalmente, algunas críticas; quién no las merece. Pero no, desde luego, procedentes del presidente ni en esta materia. Mala táctica es criticar a los medios informativos desde el poder político (o económico): lo han hecho demasiados personajes, teóricamente ‘intocables’, que han caído estrepitosamente. Sánchez, a veces, da la impresión de que se pone la soga al cuello. Y opinar esto no comporta la menor voluntad tóxica, de veras.

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¡Es la guerra del agua, estúpido!

Enviado por Fernando Jáuregui | 10/08/22

Absortos en el día a día –no hay jornada sin titular escandaloso en este país nuestro–, olvidamos a veces cosas esenciales: inmersos en la ‘guerra de la luz’, que hay que ver lo que ha sido la (no) negociación del decreto de ahorro energético, quizá no nos damos cuenta del riesgo de que ahora venga a sumarse una pavorosa ‘guerra del agua’. Hacía décadas (treinta años, en concreto) que España no estaba tan seca, los embalses tan vacíos ni el ambiente era tan caluroso. De manera que, junto a las restricciones energéticas inevitables y dictadas por Europa, existe la posibilidad de que este otoño nos encontremos con importantes restricciones también en el consumo de agua. ¿Estamos preparados para esta eventualidad?

Los primeros informes globales han comenzado a aparecer en los medios, las primeras fotografías de la gran sequía se instalan ya en no pocas portadas. Y los primeros vaticinios en el sentido de que veranos como este van a repetirse, pero agravados, han comenzado a tomar carta de naturaleza. No podemos sumar a la imprevisión energética la derivada de la sequía, ni me parece prudente confiar en algunas pretensiones meteorológicas que quieren creer que la situación mejorará, aunque en todo caso solo moderadamente. Los mapas no prevén lluvias generalizadas, y ello nos conducirá inexorablemente a cortes de agua en según qué regiones y según qué suministros, lo que agravará viejas tensiones interterritoriales y abrirá otras nuevas. Entre otras cosas.

No he escuchado a ningún responsable político referirse a esta nueva desdicha a sumar a las variadas que nos aguardan a la vuelta de este verano feliz y desinformado. La lamentable gestión partidista y sectaria de la normativa sobre ahorro energético, que se suma a las no menos lamentables contiendas con motivo de las restricciones derivadas del Covid, no puede repetirse con el agua, fuente de contiendas (¿cuántas ‘guerras del agua’ registra nuestra Historia?) entre territorios. Claro que no podemos invocar aquí el ‘non piove, porco Governo’, pero sí pienso que se puede exigir a nuestros representantes esa previsión que tanto echamos en falta año tras año en cuestiones como, por ejemplo, los incendios, que jamás se ‘apagan’ en febrero, como sería lo razonable.

Es preciso comenzar concienciando a la ciudadanía de lo que nos puede venir y de los sacrificios que acaso tendrá que hacer la sociedad civil: no hablamos ya de apagones de escaparates o de limitaciones de temperatura –medidas implementadas en toda Europa, muy semejantes a las de España, por cierto, aunque con menor contienda social–: hablamos de grifos cerrados con todo lo que ello implica. Lo primero de todo es decir la verdad, sin optimismos artificiales ni ocultamientos, con previsiones realistas sobre lo que quizá haya que hacer, que sin duda no será agradable. Porque aún recuerdo que, no hace ni un mes, la misma vicepresidenta Ribera, que ahora amenaza con echar al Constitucional encima de cualquier autonomía díscola a las medidas energéticas gubernamentales (o sea, sobre todo Madrid), decía que España ha hecho bien sus deberes y no tenía por qué secundar las recomendaciones de la UE sobre ahorro de energía.

Esas incoherencias, la falta de un talante verdaderamente negociador con los sectores afectados y con otras fuerzas políticas, los fallos estrepitosos en eso que se dio en llamar, tan falsamente, la cogobernanza, hacen que la desconfianza de la población en sus representantes crezca más aún. El ‘Estado de las autonomías’ no está funcionando a plena satisfacción, ni mucho menos. Y eso, ahora que se ponen en marcha unas medidas energéticas de muy difícil y costoso cumplimiento (habrán de mirar para otro lado, porque la obediencia total y generalizada al decreto me parece poco factible), puede resultar especialmente serio si el panorama del agua que se divisa en el horizonte se cumple.

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El último, que apague la luz…si es que entonces hay luz

Enviado por Fernando Jáuregui | 07/08/22

Nueva rectificación –creo que afortunada– del Gobierno en relación con el decreto sobre ahorro de energía: ha adelantado a este lunes el encuentro que iba a tener el martes con representantes autonómicos y ha ‘elevado de nivel’ esta reunión, que de ‘técnica’ pasará a ser ‘política’, con asistencia (telemática) de la vicepresidenta Ribera y la ministra de Industria, Reyes Maroto. El Ejecutivo recoge así algunas exigencias de autonomías, no solo del Partido Popular, que reclamaban un mayor contenido para el encuentro que tratará de aunar exigencias y necesidades en relación con un decreto que entrará en vigor el propio martes y que ha sido calificado como “imposible de cumplir” no solo por representantes de la oposición, sino también por los sectores afectados.

Parece increíble, pero es cierto, que una reunión ‘técnica’, como la que se preveía para el próximo martes, en torno a un decreto del Gobierno que afecta a la vida cotidiana de todos los españoles, el uso de la energía, fuese a celebrarse apenas para “resolver dudas”. No para escuchar nuevas iniciativas de la autonomías sobre cómo puede, cada una de ellas, ahorrar energía. No para consensuar una flexibilización de las “imposibles” normas del decreto. Nada de eso: lo que se pretendía era, apenas, “resolver dudas”, dijeron en el Gobierno.

O sea, que el dichoso real decreto es, ya lo estamos viendo, un semillero de dudas. Cómo, cuándo, cuánto, dónde, por qué se han de aplicar las restricciones a la temperatura de los establecimientos, cuántas luces de escaparates y edificios han de apagarse, quién vigila los (in)cumplimientos, qué sanciones pueden imponerse y quiénes han de imponerlas. La variopinta casuística se enfrenta a la pretensión generalizadora del decreto. Todo son incertidumbres ante una normativa legal que, contra lo que en la buena teoría debe hacer una ley, es susceptible de sembrar un cierto caos con su aplicación a partir del miércoles de esta semana que comienza.

Se detectaba perplejidad y enfado en las autonomías ante esa reunión convocada para este martes, pocas horas antes de que entrase en vigor el decreto, por el Instituto para la Diversificación y el Ahorro de Energía (IDAE), que depende del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico, que encabeza la vicepresidenta Teresa Ribera. El hecho de que la convocatoria se efectuase desde un organismo tan específico como el que dirige alguien sin relevancia política como el balear Joan Groizard da ya una idea de que el Gobierno pretendía mantener este encuentro ‘para aclarar dudas’ en un nivel meramente técnico, alejado de la controversia política.

Una pretensión que es precisamente lo que rechazaban sobre todo desde la Comunidad de Madrid, donde Isabel Díaz Ayuso se distingue tradicionalmente por su hostilidad a las iniciativas del Gobierno central. Medios del PP admiten que la presidenta madrileña se equivocó en su reacción inicial, sugiriendo (“Madrid no se apaga”) que no pensaba cumplir las directrices del decreto, de ochenta densas páginas, de las que treinta se dedican a una especie de exposición de motivos. Pero en el Partido Popular (y no son las autonomías ‘populares’ las únicas que critican este decreto, aunque sean las que llevan la voz cantante), aun señalando que es preciso el ahorro de energía y que las leyes de la nación hay que cumplirlas “mientras se pueda”, no esconden su convicción de que el decreto “está mal hecho y es incumplible en casi todos sus extremos”. Y habría, por tanto, que negociarlo con las autonomías de arriba abajo, escuchando a los sectores afectados.

Ahora, con esta nueva y acertada marcha atrás, convocando para este lunes una auténtica ‘cumbre’ de las ministras del ramo con los consejeros autonómicos, en la que se supone que los debates y las controversias van a ser muy vivos, el Ejecutivo trata de evitar lo que podría haber sido una situación caótica en la (no) aplicación del decreto. Veremos, porque la agenda concreta parece sin definir y la precipitación de esta nueva convocatoria sugiere una cierta improvisación en el manejo de este difícil asunto.

Las dudas, por tanto, se extienden a la propia agenda y contenidos de la reunión. Demasiadas sombras, ya digo, en torno a la luz que hay que apagar y los aires acondicionados que hay que limitar para llegar a ese siete por ciento de disminución del gasto energético que pide la Unión Europea. ¿Es ese, la irrelevancia, el destino de un decreto que pretende regular algo tan insoslayable como el ahorro de una energía decreciente? La respuesta, quizá, este mismo lunes: depende mucho del pragmatismo, la inteligencia y la flexibilidad que se impongan el Gobierno… y las diversas oposiciones. No estamos para más jaulas de grillos: porque, a este paso, el último, que apague la luz al salir.

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Otro viraje en el ‘PSOE de Sánchez’

Enviado por Fernando Jáuregui | 18/07/22



(He criticado mucho a Lastra. Ahora le envío un saludo)

La dimisión, como ‘número dos’ del partido gobernante, de Adriana Lastra, fundamentada en motivos de salud, servirá sin duda a Pedro Sánchez para acometer una sibilina pero profunda reestructuración en un PSOE que no está funcionando ni a pleno rendimiento ni a plena satisfacción. Las tres ruedas sobre las que se asienta un poder ejecutivo, es decir, el Gobierno, el partido y el grupo parlamentario, tienen aquí y ahora una dimensión muy distinta y una velocidad de rodaje muy dispar, lo que dificulta, admiten fuentes socialistas, la buena marcha de un engranaje preelectoral como el que ahora se precisa.

Sánchez conocía desde hace días la marcha de ‘su’ vicesecretaria general, y no creo que, dejando aparte los motivos que fundamenten esta salida de la política, la haya lamentado demasiado. Lastra carecía de las facultades precisas para ser ‘la cara visible’ de un partido que es el más antiguo de España, el que más sedes y quizá militantes/cotizantes tenga (habría que confrontar números y calidades con el PP), que es un referente en las socialdemocracias europeas y que ahora sustenta al Gobierno de una potencia europea como es España. Y, sin embargo, el PSOE era un instrumento varado, atenazado por la escasa calidad de las ideas que en Ferraz se barajan y preso de las ya muy conocidas disputas entre Lastra y el ‘número tres’, el secretario de Organización Santos Cerdán, que ahora pasa a ejercer, con permiso, claro, del secretario general, las principales funciones orgánicas.

Y es que el secretario general/presidente del Gobierno se dejó llevar de viejas fidelidades y de lealtades absolutas a la hora de cerrar la dirección del PSOE en el 40 congreso del partido, celebrado el pasado octubre. Fuimos muchos los que ya entonces pensamos, y dijimos, que, pese al aparente éxito de aquella ‘cumbre’ en Valencia, ni la estructura orgánica, ni el programa, ni los planteamientos, ni la dirección del partido salían reforzados, sino más bien lo contrario. Fue un congreso sin debates ideológicos, sin la menor autocrítica. Consecuencia tal vez buscada por Sánchez: el peso político pasó casi exclusivamente a La Moncloa, mientras Ferraz, también padeciendo una pésima comunicación externa e interna (otra fidelidad máxima bien recompensada por Sánchez, poniendo esta importante área en manos inadecuadas), perdía peso e influencia a ojos vista.

Desde hace días se venía especulando con posibles cambios en la estructura del poder socialista. Lastra centraba muchas de las críticas internas (y no hablemos ya de las externas), pero teóricamente era intocable como próxima al líder y mandatada por el Congreso de Valencia. Ya había perdido el puesto clave de portavoz del grupo socialista en la Cámara Baja y su actividad pública decrecía no poco, hasta el punto de que muchos destacaron su ausencia en el escaño en el debate sobre el estado de la nación. Si eso estaba motivado por alguna enfermedad o causa seria, he de enviar mis saludos sinceros a una política a la que, confieso, he criticado muchísimo.

En cualquier caso, Sánchez se ha deshecho de muchas de las personas que, como José Luis Ábalos o Carmen Calvo, incluso Iván Redondo –y, claro, Lastra—le ayudaron en la remontada. Ahora se abre un tiempo nuevo en el PSOE, que siempre ha sido una formidable maquinaria electoral –al menos, mientras estuvo en las manos de gente como Alfonso Guerra o Pérez Rubalcaba–. Una maquinaria que Sánchez va a tener que utilizar a fondo hasta llegar, cuando sea, a las urnas. ¿Cuál es el próximo movimiento en esta tabla de ajedrez? Sánchez no puede seguir enrocándose, digo yo.

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Feijóo tiene que aprender que la política en Madrid es otra cosa, quizá peor

Enviado por Fernando Jáuregui | 16/07/22



(Siempre he pensado que Feijóo y Urkullu son los dos mejores políticos de este país)

Vaya por delante que pienso que Alberto Núñez Feijóo es el más probable presidente del Gobierno de España tras Pedro Sánchez, y no me parece una predicción demasiado arriesgada, aunque en este país, con todo lo que ha ocurrido y ocurre, a ver quién es el guapo que se mete a profeta. Pero, dicho esto, creo que la que ahora ha concluido ha sido una mala semana para el líder de la oposición, a quien se ha visto algo descolocado ante las medidas ‘anticrisis’ del Gobierno y fuera de foco en el debate del estado de la nación en el que, por no ser diputado, no pudo intervenir.

Confieso que me equivoqué cuando escribí que Feijóo iba a ser el ganador del debate sin participar en él. Lo ganó Sánchez, sin duda. Esperaba una reacción contundente del presidente del PP tras las jornadas parlamentarias, una conferencia de prensa a bombo y platillo para anunciar iniciativas, una reacción más fuerte al desafuero de una ley de memoria histórica pactada con Bildu y a la ‘contrarreforma’ de la ley del poder judicial para poder ‘colar’ a dos magistrados afines al Gobierno en el Tribunal Constitucional. La verdad es que lo que Feijóo ha ido diciendo en las últimas horas, más allá de que derogará la ley de memoria histórica cuando él gobierne, ha merecido más bien páginas pares y titulares líquidos en los periódicos: creo que ha perdido una oportunidad de ganar el debate sin estar en él.

Que Núñez Feijóo es hombre prudente y moderado es algo obvio desde hace años. Pero no pueden confundirse la prudencia y la moderación con la falta de iniciativas y de energía en el combate a las medidas equivocadas del Ejecutivo: hizo bien absteniéndose en la votación de las medidas económicas; no podía haber votado negativamente. Pero hizo mal no proclamando con mayor fuerza su indignación ante otras cuestiones, como las más arriba apuntadas. Que hacer política en el bronco Madrid, y más si en La Moncloa está el muy hábil –entre otros adjetivos posibles—Pedro Sánchez, no es lo mismo que ejercitarla en la suave Galicia, también me parece una obviedad. El presidente del PP tiene aún que aprender a jugar en esos ‘cenáculos’ que tanto dice odiar Pedro Sánchez. Quien, por cierto, increíblemente aún no ha citado a La Moncloa a quien es líder de la oposición desde hace tres meses y medio.

El camino emprendido por Sánchez en esta era ya casi preelectoral está claro: reeditar los pactos de la moción de censura, fortaleciendo los lazos con Esquerra –ya se vio en la muy medida ‘cumbre’ con Pere Aragonés–, con Bildu y ‘conllevando’ con Podemos. Las relaciones con el PP de Feijóo no parece que vayan a ser mejores que con el PP de Casado o de Rajoy. Temo que hay que abandonar toda esperanza de grandes pactos transversales, más allá de acuerdos que ya no admiten más demora, como la renovación del Consejo del Poder Judicial.

Feijóo entró con buen pie, aclamado por todos los sectores y ‘barones’ de su partido. Ahora tiene que encontrar su sitio como un gran líder de la oposición, que no todo en este mundo de la política es ‘dar bien’ en las encuestas, para lo que valgan.

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