¿Cómo será el PSOE tras el ‘sanchismo’?

Enviado por Fernando Jáuregui | 17/10/21

De una cosa no cabe duda: este 40 congreso del PSOE, el más ‘tranquilo’ de todos a cuantos he asistido –y no han sido pocos–, marca el fin de una época de ese Partido Socialista que creó, hace 142 años, Pablo Iglesias (Posse, naturalmente) y abre otra de futuro incierto. Mal hará Pedro Sánchez, amo indiscutible ahora de las siglas, si, tras tantos avatares, confrontaciones internas –muchas, protagonizadas por él mismo—y conatos de ruptura a lo largo de la trayectoria del histórico partido, no toma medidas. No basta con haber arrasado a la disidencia, como le advirtió, muy cautamente, Felipe González: ahora tiene que dejar hablar a todos, contar con todos, no ejercer (más) de ‘killer’.

El PSOE del futuro tiene que asomarse al mundo del futuro, que es ya presente. Hay muchas cosas en el desde luego en el PSOE ‘pablista, pero también en el ‘felipista’ y en el ‘zapaterista’ que ya no sirven. Y, de hecho, hay generaciones enteras de ministros que hicieron no poco por el país –Solana, Solchaga, Maravall, Solbes, el propio Guerra—que ni estaban ni se les esperaba por el congreso. Solo Felipe, en una especie de adios, y Zapatero, que es quien encarna el pasado más reciente, por decirlo de algún modo.

Y, claro, Pedro. El hombre que ha llegado al control absoluto del partido más veterano y mejor organizado territorialmente a través de un viaje alucinante, que incluyó su defenestración hace cinco años, su reconquista del liderazgo a través de las primarias, agrupación por agrupación, y su toma de La Moncloa vía una osada moción de censura, apoyada por fuerzas muy heterogéneas, que podría haberle salido mal, pero que le salió lo suficientemente bien, al menos para los fines que se buscaban. Una trayectoria en la que se jugaba al todo o nada, y la diosa Fortuna a Pedro Sánchez siempre le ha dado todo. O quizá casi todo, porque las encuestas hoy no le amparan tanto como los aplaudidores delegados en el 40 congreso, desde luego.

He tratado, en los pasillos de este 40 congreso, de atisbar en las brumas del futuro. He hablado con jóvenes que yo creo que tienen porvenir, como Juan Lobato, probable próximo secretario general del Partido Socialista de Madrid desde el próximo fin de semana, o Javier Guardiola, que aspira a ser secretario general de las Juventudes Socialistas. No son muchos los jóvenes que llegan al partido, la verdad, y los que llegan son, en general, hijos de militantes que se han mantenido fieles a las siglas. Ambos me reconocen que tendrán que bregar mucho para lograr que otros de su edad se acerquen al PSOE. Pero tendrán que pensar mucho más a largo plazo de lo que se planteaba este 40 congreso, centrado apenas en ganar las elecciones proyectadas quizá para finales de 2023.

Después…después es posible que Sánchez pase a engrosar las filas del pasado tras cinco años gobernando y nueve años controlando el timón del partido. O puede que siga: las urnas darán su veredicto. Pero, en todo caso, será la hora de los Lobato o los Guardiola, que, ya digo, no son por ahora tantos (la media de edad del congreso se situaba, como la de la ejecutiva, en más de cuarenta y cinco años). Y tendrán que replantearse muchas cosas, de esas cosas que ahora el incansable Sánchez está plantando e implantando.

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El hombre que llevaba corbata

Enviado por Fernando Jáuregui | 16/10/21

Claro que un congreso de partido, sobre todo si es del PSOE y en un fin de semana caluroso, no es lugar pródigo en gentes encorbatadas. De hecho, salvo error u omisión, me parece que el único que llevaba corbata en el acto de inauguración plenaria este sábado del 40 congreso socialista era Felipe González. Cuyo discurso, como corresponde a su historia y a ser considerado el ‘gran disidente’ del sanchismo, era, sin duda, el más esperado.

Fiel a su estilo, de asegurar que dice lo que piensa y piensa lo que dice, pero aplicando una buena dosis de sordina, González repartió algunos varapalos al ex socio Pablo Iglesias, por haber menospreciado eso del ‘régimen del 78’; al PP, por decir que defiende la Constitución “pero no la cumple” (referencia a la falta de acuerdo para renovar el poder judicial) y también, muy, muy velados, a Pedro Sánchez.

La verdad es que hacía falta estar muy atento, haber seguido paso a paso las desavenencias entre el hombre que ganó aquellas elecciones de 1982, hace casi cuarenta años, y quien ahora vive en La Moncloa, para haber captado de forma cabal algunos de esos alfilerazos. Pero González, que se define como la máxima representación viva de aquel ‘espíritu del 78’, y que está a punto de cumplir ochenta años, pidió al secretario general –o sea, a Sánchez– que “estimule” la capacidad de expresarse de la militancia; es decir, que hay quien se queja de no poder hacerlo con libertad. Y, en lo que muchos interpretaron como una alusión a los ‘socios’ del Gobierno, dijo: “Tenemos que defender la Constitución y el ordenamiento jurídico como el único método de convivencia”. Una inequívoca alusión a que algunos de esos ‘socios’ ni defienden la una ni lo otro.

También le recordó a Sánchez, en un plan acaso demasiado exhaustivo y fatigoso, cuántos cimientos pusieron para la modernización y el progreso aquellos ministros de sus primeros gobiernos. Por cierto, todos ellos, incluso Guerra, ausentes del 40 congreso, con la excepción de Joaquín Almunia, que allí estaba, como Zapatero, en su calidad de ex secretario general del partido.

Pero, alfilerazos y educadas indirectas al margen, lo cierto es que el congreso, una vez que el único hombre con corbata aceptó acudir, es una balsa de aceite. A casi nadie le interesan los nombres de la nueve ejecutiva, que ya se sabe que va a estar controlada por gentes totalmente afines a Sánchez (Santos Cerdán, Lastra, Bolaños), sin disidencias ni excepciones, ni concesiones al recuerdo. Y bastantes de los presentes con los que hablé sacaron la impresión de que ya Felipe González no es un problema para Pedro Sánchez. El discurso de este sábado del ex presidente en la inauguración oficial del 40 congreso, a falta de cosa mejor, será analizado hasta la saciedad por críticos y exégetas. Pero la impresión es la de que Pedro Sánchez tiene un obstáculo ‘crítico’ menos en su carrera triunfal en un PSOE ‘reinventado’ y cuyo pasado –¿quizá mejor?– solo recordó la única persona que allí llevaba corbata.

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¿Apoya ahora Felipe González a Pedro Sánchez? Quién sabe…

Enviado por Fernando Jáuregui | 10/10/21


(Rubalcaba, si viviese, encabezaría hoy la oposición interna a Pedro Sánchez)
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Que a Pedro Sánchez estos días le sale todo bien se plasma hasta en el hecho de que Felipe González, el último ‘disconforme’ que le quedaba al ‘sanchismo’, acudirá este fin de semana al congreso del PSOE, el más presidencialista de los cuarenta que ha celebrado hasta ahora el histórico partido fundado por Pablo Iglesias el 2 de mayo de 1879. González será, diga allí lo que diga, o lo que no diga, la auténtica ‘estrella’ de una ‘cumbre’ socialista concebida como apoyo al secretario general (y presidente del Gobierno), mucho más que como escenario para debatir un futuro cuyo diseño no llega más allá de las previsibles elecciones legislativas de finales de 2023.

¿Ha abandonado González, el hombre que durante trece años gobernó España, su actitud reticente sobre Pedro Sánchez, un personaje sin duda de trayectoria desconcertante desde que en 2014 ganó aquella iniciales primarias, pero personaje, al fin, siempre afortunado? Responder a esa pregunta no es fácil: Felipe habla poco y, cuando lo hace, utiliza casi píldoras verbales que necesitan exégesis e interpretaciones. Nunca ha querido el ex presidente descalificar abiertamente a quien ahora ocupa el despacho que él ocupó, aunque se le entendía todo: ni le gustaba la coalición con Unidas Podemos, ni el ‘Gobierno Frankenstein’, como lo definió Rubalcaba, que, de seguir vivo, sin duda sería hoy el principal crítico de Sánchez desde las filas socialistas.

El caso es que el 40 congreso del PSOE se avizora mucho más tranquilo que cualquiera de sus predecesores: ni una voz disidente ­-que se conozca–, ni un tema excesivamente polémico, más allá de las enmiendas presentadas por las Juventudes Socialistas sobre la forma de Estado (la Monarquía): ahí tendrá Sánchez la oportunidad de hacer como en otro congreso hizo Rubalcaba, apoyando a la figura de Felipe VI. Y no, desde luego, la de Juan Carlos I, cuyo posible regreso a España revoloteará, como tantas otras cuestiones de actualidad candente, desde la luz hasta los alquileres, por los pasillos de la Feria de Valencia donde discurrirán los tres días congresuales.

Espero poco del programa ‘innovador’ que salga de este congreso y mucho, en cambio, de la escenificación que ha preparado Santos Cerdán, un personaje obsesionado con mostrar falta de protagonismo, rayano en la clandestinidad ante las cámaras y micrófonos. Claro que un congreso partidario no es, por definición, ni una escuela de otoño como la de Podemos, ni una convención que culmina en una plaza de toros, como la del PP, ni una fiesta pueblerina como la de Vox: un congreso tiene que tener apariencia, al menos apariencia, de debate. Pero lo sustancial es el aplauso final al líder reelegido, y Sánchez lo será por un abultado porcentaje.

Y después, una vez que el secretario general haya formado su nueva Ejecutiva, Sánchez proseguirá su andadura incansable, algo precipitada a veces, tratando de cubrir todos los huecos, desde el presupuestario al de la política exterior, pasando hasta por protagonizar el teléfono de atención para tratar de evitar posibles suicidios. Todo. Va a ser la precampaña electoral más larga que recordamos, pero, al fin y al cabo, ¿no debe un político estar siempre como en campaña electoral, tratando de captar votos agradecidos? Yo eso no lo critico: está en la base de una democracia. O eso es lo que oiremos en este congreso, con o sin la anuencia del ‘congresista estrella’, ese Felipe González que es la máxima encarnación ahora de esos tiempos de la primera transición, de aquel ‘espíritu del 78’ ahora tan, tan olvidado ya. Puedo anticipar el discurso de Sánchez al clausurar, el domingo, ‘su’ congreso. Pero no tengo ni idea de lo que pueda decir Felipe.

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El retorno a la normalidad depende de ellos

Enviado por Fernando Jáuregui | 09/10/21



(ahora, el retorno a la normal-normalidad depende de una figura tan cuestionada como ella)
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No, no me refiero, cuando hablo del regreso a la plena normalidad (política), a ese siempre demorado encuentro en La Moncloa entre el presidente Sánchez y el líder de la oposición, Pablo Casado: sin duda esa reunión podría desbloquear muchas de las cosas extrañas que salpican y embarran nuestra vida política. Sin embargo, en este momento estoy pensando más bien en otros dos hombres, a los que para nada quiero situar en paralelo, pero que constituyen dos enormes problemas para el Estado: el Rey emérito y el fugado ex president de la Generalitat catalana, Carles Puigdemont.

Lo voy a repetir, porque me horrorizaría que alguien me malinterpretase: poco tienen que ver el que fuera jefe del Estado durante casi cuarenta años, y que, con los claroscuros que sabemos, prestó grandes servicios al país, y quien presidiera la Generalitat de Catalunya desde enero de 2016 hasta el 28 de octubre de 2017, un personaje que ha protagonizado algunos de los más oscuros y tristes episodios que los catalanes y los españoles hemos padecido en las últimas décadas. Lo que quiero decir es que la estancia de ambos fuera de España, solo relativamente voluntaria por parte de Don Juan Carlos, un autoexilio en la versión que de su caso da Puigdemont, supone un serio quebradero de cabeza para el Estado, que algo ha de hacer para resolver, cada una por su lado y con sus propios remedios, ambas anomalías.

En los últimos días hemos conocido que la Fiscalía General del Estado estudia levantar, por diversos razonamientos que son técnicos, pero también políticos, las imputaciones que pesan sobre Juan Carlos de Borbón, de manera que se facilite su retorno desde Abu Dhabi. Un regreso sin duda problemático, en su protocolo y en sus consecuencias inmediatas, para el Gobierno y más aún para La Zarzuela, pero se trata de un paso inevitable: ¿qué ocurriría si quien reinó en España durante casi cuatro décadas muriera fuera de su patria? ¿Y qué si se mantiene, durante su permanencia en el Golfo, el incesante goteo de su desprestigio? Son preguntas que, me consta, se han hecho al alimón, y varias veces, Felipe VI y Pedro Sánchez, y que resurgirán para el público, entre otras muchas, la semana próxima en las sesiones del congreso federal del PSOE.

Sospecho que el ‘caso Puigdemont’ también circulará por los pasillos de la feria valenciana que albergarán el cónclave del partido que nos gobierna. Sobre todo, después de que el ex presidente socialista Zapatero lo sacase a relucir en una entrevista radiofónica el pasado viernes. Solucionar este caso, que pone a la Justicia española en un constante brete ante sus colegas europeos, es un “factor importante”, según Zapatero, para el diálogo en marcha entre el Govern independentista y el Gobierno central. Muchas críticas le han llovido al ex presidente por estas declaraciones, pero, en su defensa, no puedo sino recordar las que también le cayeron, incluyendo algunas del entonces magistrado y hoy ministro del Interior Grande-Marlaska, cuando comenzó a negociar, con éxito final, con los terroristas de ETA.

Ya digo, por tercera vez, que muchas cosas, casi todas, separan al ex jefe del Estado, cuyo prestigio sin duda no poco ha disminuido ante las revelaciones sobre sus actuaciones presuntamente irregulares, del ex president de la Generalitat, protagonista de tantas rocambolescas historias desde que, aquel nefasto 27 de octubre en el que proclamó la independencia más efímera de la Historia, iniciase su fuga. Pero también he de insistir en que son precisas soluciones imaginativas, generosas y lo más justas posibles –¿quién se acuerda ya de la polémica sobre los indultos?–para tratar de resolver dos problemas que, por distintas y distantes razones, se enquistan en la piel de nuestra política y en el alma de nuestros tribunales, que se enfrentan a leyes incapaces de resolver tan inéditas y antes impensables cuestiones. No, no habrá normalidad mientras esas soluciones no se encuentren y se pongan en práctica.

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‘Las Díaz’ y Puigdemont

Enviado por Fernando Jáuregui | 03/10/21


Quien lea el titular que encabeza esta suerte de crónica de la semana política que comienza pensará que el autor del mismo se ha vuelto loco: ¿qué pueden tener en común personajes tan dispares como Isabel Díaz Ayuso, la presidenta madrileña, con Yolanda Díaz, la vicepresidenta del Gobierno que se ha convertido en la ‘musa de la izquierda a la izquierda del PSOE’, y con Carles Puigdemont, el hombre que protagoniza la huida más espectacular y pintoresca que se haya visto en las últimas décadas? Poco que ver, desde luego. Excepto por una cosa: la valoración de sus ausencias.

Las especulaciones acerca de si la presidenta madrileña iba o no a asistir a la convención de su partido, el PP, en Valencia, apoyando o no a Casado, indicaban que la no presencia de Díaz Ayuso en la plaza de toros, sumando su aplauso a los otros miles que vitoreaban a Pablo Casado, hubiese resultado más significativa aún que su asistencia. Al final, allá fue y todo pareció normalizarse: tormenta en vaso de agua, me parece.

Hay gente que resalta su protagonismo más siendo deseada que estando presencialmente allí donde se la deseaba: así ocurre con Díaz Ayuso. Y con Yolanda Díaz, que estará ausente, dicen, en el ‘cónclave’ que el partido por el que será presumiblemente candidata y en el que no milita, Unidas Podemos, organiza a partir del jueves, en un intento de potenciar una formación que, sin las trapisondas de Pablo Iglesias y con la poca gracia de Ione Belarra, anda como de capa caída.

¿Por qué no va ‘la otra Díaz’ a la escuela de otoño de Unidas Podemos? Se me ocurren muchas explicaciones. Pero no hay mayor afán de notoriedad que el que desea que lo aclamen por su falta de afán de notoriedad, que le llamen al teléfono para desdeñar responder. Y ese, aparentemente, es el caso de una Yolanda Díaz encantada por la buena acogida que tiene en los medios, incluso en los de la derecha, aparentemente sin buscarlo. Ella quiere situarse por encima de la ‘melèe’ e ir forjando su propia alternativa al PSOE. Ese PSOE, por cierto, gobernado en la sala de máquinas por otro personaje al que aterran los focos, Santos Cerdán, verdadero impulsor del ya cercano congreso del partido gobernante.

Y ¿qué pinta Puigdemont en todo esto? Ocurre que al ex president de la Generalitat quizá le gustaría precisamente lo contrario: estar en todas las salsas. Pero no puede hacerlo, claro. Y ve cómo solamente los titulares de periódicos muy afines a su causa –o sea, ni siquiera los de Esquerra– le siguen en sus peripecias, en su saga/fuga que este lunes tiene una nueva parada en la isla de Cerdeña, de donde saldrá, libre, con nuevos desafíos al Estado. Es el suyo un caso diametralmente opuesto a los de ‘las Díaz’ o al del secretario de organización del PSOE, que son aquellos a los que todo el mundo quisiera ver y que se hacen de rogar en sus comparecencias.

Puigdemont, en cambio, es el no deseado, casi el indeseable: me parece que muy pocos le quieren ver en su tierra, en las negociaciones con el Gobierno central que él trata de boicotear, en los mítines independentistas. Él necesita estar, aparecer en las fotos, que le detengan un rato, la controversia. Que no lo olviden. ‘Las Díaz’, el Cerdán del ‘nuevo PSOE’, son de esas figuras emergentes rodeadas aún de un halo de incertidumbres y, por tanto, de futuro. Puigdemont es ya un pasado que todos, comenzando por los suyos, quieren orillar. Los nombres que aquí aparecen son, por tanto, la cara y la cruz de esta semana que comienza y en la que tanto, ya lo verá, habrá que contar.

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Aquel discurso del Rey hace cuatro años, hoy no tendría sentido

Enviado por Fernando Jáuregui | 02/10/21

((Gran semana en Sevilla. He mangtenido conversaciones muy importantes con personajes relevantes –eran off the record– y he comprobado que un cliam de concordia entre ‘populares’ y socialistas puede ser posible. Al menos, ya digo, en Andalucía, donde el alcalde sevillano, Juan Espadas, tras reunirse con Moreno Bonilla, dice que “otra forma de entender la política es posible” ¿Lo entenderán Pedro Sánchez y Pablo Casado?)) El caso es que hoy, 2 de octubre, me viene a la cebaza escribir este comentario:

Aquel discurso de Felipe VI ya no tendría sentido

Fernando Jáuregui

En octubre, últimamente, han pasado muchas cosas en España. Por ejemplo, aquel 1 de octubre de 2016, cuando Pedro Sánchez fue casi literalmente defenestrado de ‘su’ sede de Ferraz. O el 1-o del año siguiente, cuando se celebró aquel simulacro de referéndum independentista, que obligó al Rey Felipe VI a pronunciar ante las cámaras de televisión un durísimo discurso dos días después. Las cosas han cambiado mucho en este tiempo: hoy, Sánchez prepara el congreso de un partido, el PSOE, en el que toda sombra de disidencia ha sido borrada. Y, desde luego, este 3-o carecería por completo de sentido una intervención tan polémica, traumática –y en mi opinión justificada—como la del jefe del Estado, basada, dijo, en que “estamos viviendo momentos muy graves para nuestra vida democrática”. Y era, entonces, muy cierto.

Digo que mucho ha variado, quisiera creer que para mejor, en los cuatro años transcurridos desde aquel octubre, en el que Puigdemont, entonces presidente de la Generalitat, cometió todos los errores imaginables, que acabarían llevándole a él a la fuga y a su círculo más próximo a prisión, en medio de no pocas convulsiones judiciales. Hoy, la Generalitat –Aragonés no es Puigdemont, ni tampoco Quim Torra—y el Gobierno central se muestran de acuerdo en que hay que ‘ganar tiempo’, la famosa ‘conllevanza’ orteguiana, en una mesa de negociación que quizá no sirva para mucho más que para seguir hablando, lo que ya es mucho si se compara con el clima en 2017.

Claro que ahora tampoco está Pablo Iglesias, que atizó el fuego contra el discurso del Monarca y contra el entendimiento entre los españoles. Y el independentismo aparece más dividido que nunca. Ya sé que las buenas noticias no son noticia, pero me arriesgaré a decir que me parece que una cierta brisa de concordia sopla en las velas del tan desnortado buque de la política española: Rajoy y Felipe González se palmean las espaldas, Díaz Ayuso piropea a Casado, desactivando bastante, creo, las trompetas de discordia en el principal partido de la oposición, que corta orejas –para lo que valga—en las plazas de toros.

Hay más: en Andalucía, ya que no en La Moncloa, se inicia un diálogo entre el presidente de la Junta, Moreno Bonilla, y el líder de la oposición socialista en esa Comunidad, Juan Espadas. Y, desde luego, en el PSOE no queda ni rastro de aquel cisma que, en parte provocado por él mismo, dejó a Sánchez fuera de la secretaría general, de Ferraz y del escaño en el Congreso de los Diputados. Puede que el Sánchez de octubre 2021, ese personaje algo desconcertante que dentro de pocos meses cumplirá cincuenta años, sea bastante otro en comparación con el político lamentable en el que se había convertido en 2016. Es el hombre que busca consensos en Cataluña y en su propio Gobierno –Yolanda Díaz no es Iglesias, laus Deo– pero que aún (aún, seamos optimistas) no lo ha hecho con el principal representante de la oposición.

Este, el de la España del consenso, del pacto transversal para el progreso, sigue siendo el principal agujero en la actividad de un presidente que, reconozcámoslo, ha logrado, con pandemia y todo y desde luego no en solitario, sino con la ayuda de muchos, que podamos colocar al comienzo de este comentario el titular que lo encabeza: aquel país en máxima crispación, que obligó a la intervención crítica y de urgencia del Rey, ya no es el mismo, aunque persistan muchos focos de tensión, algunos de ellos afectando, como es patente, a la propia Zarzuela. No, no soy optimista, ni siquiera, me parece, soy utópico: solamente quiero creer, lo digo una vez más, que este mes de octubre va a ser de menos bronca y broncas que los precedentes. Y que quizá avanzamos algo, algo, hacia la reconciliación nacional.

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Partidos ‘reñidores’

Enviado por Fernando Jáuregui | 21/09/21

Si analizamos con cuidado las tripas de las encuestas, comprobaremos un hecho indesmentible: a los ciudadanos la política les resulta antipática. Y de que recuperen la empatía con esa gente corriente a la que la ‘clase política’ desdeña, o eso creen al menos los encuestados, depende el éxito o fracaso de un líder o de un partido en las próximas elecciones generales, seguramente dentro de dos años. Claro que no todas las formaciones partidarias muestran la misma lejanía: lo vamos a comprobar en los ya inminentes cónclaves y congresos que se avecinan.

Pregunté un día, ya lejano, al presidente Felipe González, durante un vuelo a Filipinas, si consideraba que su partido, el PSOE, era antipático. “Pues claro que no hacemos una política antipática”, me dijo, un punto indignado. Una respuesta que hizo la portada del periódico en el que yo entonces trabajaba, El País. El líder nunca se considera alejado de ‘su’ pueblo, y piensa que una subida de pensiones más aparente que real, y lo mismo sea dicho de, por ejemplo, el salario mínimo o un pretendido combate contra la subida de la luz, le basta para acercarse a su electorado.

Pero lo cierto es, si lo sabremos los periodistas, que lo sufrimos en primera línea, que los partidos muestran una conducta muy distante del trato debido a quien les vota y les financia. La hostilidad al informador poco amigo, al que hasta se le hurta la concesión de entrevistas; la falta de transparencia y hasta el utilitarismo feroz patente en respuestas como la de la ministra Maroto exaltando el ‘maravilloso espectáculo’ turístico de la isla de la Palma arrasada por la lava, muestran un escaso amor a la ciudadanía y un equivocado estado de lisonja al electorado.

He seguido muy de cerca y durante mucho tiempo a los dos partidos mayoritarios, PSOE y PP. Aun declarándome un socialdemócrata moderado, he de decir que el primero resulta mucho más impermeable a la crítica, a la indagación y hasta a la mano tendida que el segundo. Claro que la formación gobernante siempre está mucho más cerrada a la ‘curiosidad’ del exterior que quien se halla en la oposición. Pero uno, que arrastra mucha veteranía en la profesión, se ha sentido siempre como más rechazado por aquellos de los que, sin embargo, quería sentirse más cercano.

Contemplo con relativo escepticismo tanto la convención del PP –plagada de diferendos inventados– como el congreso del PSOE, que muestra, no sé si con realismo, un partido tan pacificado en relación con otros congresos anteriores que parece casi monolítico: ni una crítica, siquiera procedente de esos ‘barones’ en los que hemos tratado de encontrar a veces posiciones de algún diferendo en algún tema con respecto a las posiciones del ‘jefe’. Veremos qué sorpresas nos prepara el ‘mago de la imagen’ en una ‘macro reunión’ socialista preparada por el excesivamente discreto Santos Cerdán y la enemiga de la información –tengo experiencias propias sobre eso– Adriana Lastra.

A Sánchez, que es de todo menos simpático, por más que utilice bien las argucias –no siempre acertadas– de sus especialistas en comunicación, hay que reconocerle que se ha hecho con el control total, quizá por primera vez en su historia, de un PSOE con 142 años a sus espaldas. Ni siquiera Felipe González en sus tiempos de mayor gloria. Lo que es todo un mérito de Sánchez, cuando hace cuatro años mendigaba el voto en las primarias frente a Susana Díaz, tras ser defenestrado casi literalmente de Ferraz. Por el contrario, a Pablo Casado, que resulta bastante más cercano y dialogante, se le abren cráteres de fuego amigo tras haber ganado, menos traumáticamente que su adversario Sánchez, sus propias primarias en 2018: en el PP siempre andan pegándose tiros en el pie.

No quiero ser equidistante: en materia de simpatía, hay diferencias entre los dos grandes partidos, y quienes, con mayor o menor sintonía política, siguen informativamente al PSOE han podido constatar las casi nulas facilidades informativas que se les depara en la sede de Ferraz; compruébelo, si no, en los últimos libros escritos por compañeros/as encargados de narrar las peripecias de esta formación.

Sí he de decir, en todo caso, que les toca a ambos ahora aprovechar sus respectivas e inminentes ‘cumbres’ para intentar conectar con sus electorados y con quienes aún no les votan. Sánchez está bastante libre del aliento en la nuca de Podemos, y Casado trata de no mostrar una excesiva dependencia de Vox. Los dos partidos extremistas no son precisamente un ejemplo de amor y sintonía con quienes no les son del todo adeptos: baten el récord de antipatía, al menos con los periodistas, que aún aspiramos a ser los intermediarios entre las fuentes y la opinión pública. Aguardo con expectación para poder comprobar si los mayoritarios han entendido el mensaje que todos los días les envía la calle, al parecer sin ser, hasta el presente, demasiado escuchada, ni siquiera oída.

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Un tiro en el PPie

Enviado por Fernando Jáuregui | 19/09/21

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(una jornada de reflexión periodística)
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Pocas veces he asistido, a lo largo de mi ya dilatada vida profesional, a una polémica tan absurda como la que se registra en el seno del Partido Popular acerca de si la presidenta de la Comunidad madrileña, Isabel Díaz-Ayuso, debe o no presidir el PP de Madrid tras un congreso regional que quién sabe cuándo se celebrará. Claro que no es Madrid el objeto del enorme terremoto en un vaso de agua: el fondo es si Casado acabará o no presidiendo el Gobierno de España, también quién sabe cuándo, cómo, por qué o con quién.

El PP parece situarse en un eterno reajuste, necesitado de darse algún tiro que otro en el pie de cuando en cuando. ¿Que gana abrumadoramente en las elecciones madrileñas, ayudado por una cierta heterodoxia en fondo y formas, por la señora Díaz Ayuso? Enorme jaleo sobre si ella –que asegura que no—y sus mentores lo que quieren es acabar suplantando a Pablo Casado –que jura que tampoco está en la ‘melee’—en un combate no tan inminente contra Pedro Sánchez por el sillón de La Moncloa.

Entonces aparece la polémica sobre la presidencia el PP de Madrid, si la presidenta o el alcalde Almeida, que insisten en que mantienen una buena relación no desmentida por hecho alguno, dirigirán el partido en Madrid, la Comunidad políticamente más bulliciosa, traviesa e ilógica de España. Yo creo que todo el mundo sabe que Díaz Ayuso acabará presidiendo el PP en Madrid, con la anuencia de Martínez Almeida, cuando sea, y aquí paz y después gloria.

Así que me pregunto hasta qué punto es todo un montaje de esos ‘chiquilicuatres’ emboscados en Génova o en la Puerta del Sol, como denuncian unos y otros, mirando, en realidad, hacia el secretario general, Teodoro García Egea, o hacia el influyente asesor de la presidenta de la CAM, Miguel Angel Rodríguez. Bueno, y todo eso con intervención de los medios, claro. Y hasta de figuras esotéricas, que poca atención interna en el PP deberían merecer, como la expresidenta madrileña Esperanza Aguirre.

Organizamos, desde un Foro periodístico, una jornada de reflexión sobre el futuro de la profesión a la que invitamos, como ex periodista y futura periodista –ella insiste en que regresará a la tarea informativa cuando, transcurridos ocho años de su mandato, deje la política pública–, a Díaz Ayuso. Pocas veces en mi vida he visto tanta profusión de cámaras de televisión, micrófonos y compañeros, arremolinándose en torno a un personaje político. Las mismas preguntas siempre y siempre las mismas respuestas.

Ella es, sin duda, una figura atractiva y también polémica, con decisiones controvertidas –la ‘toma’ de Telemadrid, por ejemplo–, pero que creo que se ha trazado con firmeza su futuro: ahora que tantos ex, más políticos que informadores, miran hacia el periodismo como medio de vida y propaganda, desde Pablo Iglesias a Susana Díaz, pasando por Carmen Calvo, me parece que ella también se ha ‘resignado’ a, dentro de tres o cuatro años, regresar a lo que profesionalmente quiso ser cuando estudiaba en la Facultad de Ciencias de la Información, pocos cursos después de la reina Letizia, por cierto.

Ser periodista es algo que, me temo, imprime carácter. Ves la vida de manera diferente a los demás, como desde otro lado. Sobre eso, sobre la esencia de la información que vamos a seguir haciendo, queremos interrogarnos muchos a, lo largo de los próximos meses en un ‘observatorio de Nuevo-Nuevo Periodismo’ auspiciado por el mentado Foro, la Fundación Axa y varias universidades, como se anunció en la citada jornada. Y es un interrogante esencial: ¿somos o no el cuarto poder?

Creo que los debates de la jornada, a alguno de los cuales asistió, interesaron a la presidenta madrileña, consciente de que el revuelo organizado a su paso, las cámaras de TV, las decenas de micrófonos acosándola, es transitorio. Lo malo es lo de quienes se siguen pegando tiros en el PPie, a punto este partido de iniciar una convención que debería ser de reflexión mucho más serena: ni Ayuso será jamás presidenta del Gobierno nacional ni Casado, a quien las encuestas favorecen tibiamente –a saber de aquí a dos años—se siente amenazado por ella.

Más valdría que ambos se enzarzasen en la tarea de construir alternancia, en esas nuevas políticas de las que por ejemplo Alemania, lo veremos el domingo, es una espléndida muestra. Pero nada: venga a darse tiros en los PPies, mientras Sánchez, encantado con el tiroteo, ve transcurrir la Legislatura. Así ¿quién gana unas elecciones?

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Un día clave para nuestra democracia

Enviado por Fernando Jáuregui | 05/09/21

Un país como el que muchos soñamos no puede permitirse el lujo de no respetar a sus jueces. Ni desdeñar la separación de poderes en favor del duelo a garrotazos entre ellos, como ocurre hoy entre una mayoría de los magistrados y el Ejecutivo. Ni que un ministro, ministra en este caso, diga públicamente que “la oposición al Gobierno son los jueces”. Ni decir, como aquí se dijo hace unas décadas, sin que nadie haya puesto remedio, que “Montesquieu ha muerto”. Ni que el/la fiscal general del Estado sea designado/a por el Gobierno inmediatamente después de haber ocupado el Ministerio de Justicia en ese mismo Gobierno. Ni que el presidente del Consejo del Poder Judicial y del Tribunal Supremo haya de pedir a gritos que se cumpla la Constitución y se renueve de una vez ese gobierno de los jueces.

Bien, pues todo esto, y mucho más que no cabe en este comentario, confluye este lunes en el solemne acto, con presencia del Rey, de apertura del Año Judicial. Un act, en el que el presidente del CGPJ, Carlos Lesmes, previsiblemente lanzará sus rayos y truenos –con la sordina que dan la toga, las puñetas y las condecoraciones de rigor—contra el escándalo que supone que, en diciembre, se vayan a cumplir tres años, tres, con el plazo constitucional vencido para la renovación del gobierno de los jueces. Con las asociaciones profesionales, progresistas frente a conservadores, más divididas que nunca, lo mismo entre los fiscales; con el presidente del Gobierno acusando al principal partido de la oposición, el Popular, de tener, nada menos, que“secuestrada la Constitución” por su ‘negativa’ a pactar esta renovación, el marco en el que se celebra la que debería ser la fiesta anual de la independencia judicial no puede ser más desastroso.

Y, por cierto, menos esperanzador. Pablo Casado, el presidente del PP, ya ha dicho que, o el Gobierno accede a propiciar la reforma de la Ley del Poder Judicial que él propugna –que una mayoría los jueces sean elegidos por los jueces, y menos por el Parlamento–, o que dantescamente ‘abandone toda esperanza’ de llegar a un acuerdo. Se me ocurre que, en medio de la política testicular española –‘esto se hace por, ejem, narices, porque me sale de…’—ambas partes son culpables del empecinamiento en posiciones encontradas que, me parece, una mayoría de los españoles no acaba de entender.

Puede, sí, que una parte sea más culpable que otra. A Sánchez, en sus últimas entrevistas, ya ni le preguntan si piensa alguna vez recibir en La Moncloa a Pablo Casado, y a este último ya ni se le recuerda cuándo fue la última vez que pidió ver al presidente. Así que poco puede esperarse en el sentido de llegar a un pacto que desbloquee la presidencia del Tribunal Supremo, del Consejo del Poder Judicial, del Tribunal Constitucional, del de Cuentas, del Defensor del Pueblo y de alguna agencia de control más. Y puede que tengamos que asistir pronto al bochorno de alguna reprimenda europea –tres asociaciones judiciales han pedido ya ver a Didier Reynders, el comisario de Justicia de la UE—ante el increíble espectáculo que supondría llegar al tercer aniversario de un palmario incumplimiento constitucional, contenido en el artículo 122 de nuestra ley fundamental.

En España hay bastantes cosas que prometen mejorar tras un período tan angustioso como el suscitado por una pandemia aún no del todo vencida. Y algunas de estas mejoras son. Cómo no, achacables al Gobierno, por muchos avatares que la coalición haya experimentado en este año y ocho meses de existencia y por mucho que la oposición se empeñe, menudo error, en no reconocer el más mínimo avance.

Pero no hemos progresado, y bien que siento decirlo, en el deseo de profundizar en nuestra democracia: han sido muchos los palos puestos en las ruedas de este avance, en primer lugar por sectores del propio Ejecutivo, pero también de un Legislativo inoperante y de un Judicial parcializado. Gobierno y oposición han renunciado a entenderse en cuestión tan grave como la propia percepción de lo que ha de ser una democracia, que es algo que va mucho más allá, obviamente, del hecho de votar cada cuatro –o menos—años.

Este lunes debería ser el día en el que ambos partidos principales en nuestro sistema político habrían de anunciar el comienzo formal de unas negociaciones para, al menos –al menos–, desbloquear la renovación de los organismos judiciales; sin trucos ni componendas secretas, como ha ocurrido otras veces. Con la normalidad que la Constitución buscaba (y obviamente no encuentra). Pero no sé por qué se me ocurre pensar en el letrero a la puerta del infierno de la Divina Comedia del Dante: ‘lasciate ogni speranza’. ¿Nada que hacer?

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Tormenta sobre La zarzuela

Enviado por Fernando Jáuregui | 04/09/21


(el principal error de Pedro Sánchez)

Lo menos que puede decirse es que la semana que concluye no ha sido la mejor que recuerda Felipe VI, un Rey a quien las encuestas muestran como un jefe del Estado querido y sobre cuya honradez pocas dudas pueden albergarse. Pero cuando, este viernes, la fiscal general del Estado acudió a la Zarzuela para entregar la Memoria anual de la Fiscalía, la tormenta perfecta se abatía no solo sobre las zonas devastadas por la dana, depresión atmosférica que ha devastado Levante y otras zonas españolas, no; una gran tormenta (esta, política) se situaba peligrosamente sobre la Casa del Rey, incapaz de solucionar a través de la comunicación el que va a convertirse en problema número uno para un país en el que problemas no faltan: un problema enunciado como ‘el futuro de Juan Carlos I’. ¿Qué hacemos con Juan Carlos I?

Cuando, el pasado 3 de agosto, día en el que coincidía la ‘conmemoración’ de la salida del llamada emérito a Abu Dhabi, se entrevistaban en Marivent Felipe VI y Pedro Sánchez, esta tormenta ya se barruntaba sobre las sienes del a mi juicio mejor Rey en la Historia de España. Aunque el presidente del Gobierno aseguró –y nadie le creyó—que no se había abordado la cuestión del regreso o no a España del emérito, lo cierto es que la sombra de Juan Carlos I pesaba, y pesa cada vez más, como una losa sobre la Corona.

Y la estrategia de tratar de hacer olvidar las numerosas irregularidades cometidas por el anterior jefe del Estado, dejando el tema en una especie de limbo fiscal, simplemente no ha funcionado: se ha ahogado tal estrategia, sumida en un mar de filtraciones, de torpezas de la Fiscalía, de divisiones en el seno del propio Ejecutivo (Podemos reclama una comisión de investigación parlamentaria y el PSOE trata de frenarla). Un mar en el que se incluyen equivocaciones tan palmarias como la gestión de la salida de Juan Carlos I del país en el que durante cuarenta años fue jefe del Estado.

En este marco, el viernes llegaba una inconveniente filtración, presuntamente procedente de la Fiscalía o de la Agencia Tributaria, que señalaba al emérito como presunto –bueno, algunos medios, sobre todo independentistas catalanes, han suprimido la palabra ‘presunto’—‘comisionista’ de obras públicas del Estado. La Fiscalía, que increíblemente aún demora su dictamen sobre si ha lugar a querella contra Juan Carlos I, se vio el propio viernes acusada por la defensa del emérito de vulnerar su presunción de inocencia. Y la abierta pelea entre ambas partes salpicó el encuentro de Dolores Delgado, para colmo sometida a una denuncia ante el Supremo por presunta irregularidad en su nombramiento, con el inquilino de La Zarzuela.

La misma Memoria que la fiscal general entregaba el viernes al Rey –un texto que pasa de puntillas sobre el ‘caso Juan Carlos I’, claro– será una de las piezas centrales en el acto de apertura del año judicial, que, con la presencia del Monarca, se celebra este lunes en medio de mayor caos y divisiones que se recuerdan en el mundo togado. La división política sobre la constitucionalmente necesaria renovación del poder de los jueces va a ser una espada de Damocles sobre este acto lleno de togas, condecoraciones, puñetas y… tensiones sin cuento.

Uno de los errores más graves del mandato de Pedro Sánchez fue, desde luego, designar a la hasta entonces ministra de Justicia –para colmo, indirectamente envuelta en la polémica, que afecta al Supremo, sobre la denuncia de las Naciones Unidas acerca de la inadecuada inhabilitación de Baltasar Garzón, su compañero—como fiscal general del Estado. Y ahora el Gobierno, que creo que es consciente de su equivocación, no puede destituirla a menos que ella renuncie voluntariamente.

Que el Rey, a cuya Casa llegan todos los días muy inquietantes noticias sobre su ausente padre, se vea relacionado, aunque sea fotográficamente, con todo cuanto la señora Delgado y sus circunstancias implican, es, ya digo, mala noticia. Que la ceremonia más solemne de los jueces se celebre en un clima de ruptura sin precedentes entre los togados –y entre los fiscales, por cierto—es síntoma aún peor. Y el caso es que dos personas, en una reunión que no tiene por qué ser necesariamente larga en La Moncloa, podrían desatar el nudo gordiano judicial de discordia que ahoga a la democracia española, comenzando, ya vemos, por su más alta institución. Se llaman Pedro Sánchez y Pablo Casado, pero abandonemos, temo, toda esperanza.

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