Las revoluciones de octubre acaban mal. Esta que se pretende, también

Enviado por Fernando Jáuregui | 27/09/20

Octubre es mes de revoluciones. La rusa de 1917, que en realidad fue en noviembre, pero ha pasado a la historia con otra fecha. La de 1934 en Asturias. La de 2017 independentista en Cataluña, que duró menos de un minuto. Ahora, en este año nefasto 2020, octubre nos llega ya esta semana cargado de nubarrones muy negros, que presagian lluvias torrenciales de muy variada índole y constituyen, en conjunto, una tormenta perfecta. Un diseño de revolución, tal y como algunos pretenden. Ojo, porque las revoluciones de octubre, aunque tengan lugar según el calendario juliano en noviembre, acaban mal a más o menos corto plazo: ya sean los diez segundos de la catalana o los setenta y dos años de la rusa. Así que atención, que la Historia está para no repetir los peores pasos de la misma.

El próximo sábado, 3 de octubre, se cumplirán tres años de aquel discurso memorable de Felipe VI condenando, en términos inusualmente enérgicos, el intento de golpe perpetrado desde la Generalitat catalana, con el simulacro de referéndum y la efímera declaración de independencia de dos días antes. Muchas cosas han ocurrido, y temo que ocurrirán, desde entonces en una Cataluña agitada por el peor president imaginable, manejado desde el exterior por el incompetente más completo que ha conocido la agitada historia política del secesionismo catalán. Ahora, como una venganza conmemorativa, arrecian los ataques contra el jefe del Estado desde los ámbitos independentistas, pero también conjuntamente desde el sector de Unidas Podemos coligado en el Gobierno central de Pedro Sánchez. La consigna es revolucionaria, aunque no proclamada en voz demasiado alta aún: sustituir la actual Constitución por otra republicana, denigrando lo que fue, y ya no es, el ‘espíritu de 1978’. Y cambiando el signo de la Jefatura del Estado, naturalmente.

No puede ignorarse que la debilidad del país en general, la tristeza noventayochista que embarga a los ciudadanos atemorizados por la pandemia y la ineptitud de sectores del Gobierno y de la oposición, o de las oposiciones, favorece el clima de quienes quieren sustituir el pasado por un presente no diseñado para durar en el futuro. El panorama, que es el caldo de cultivo de las aventuras rupturistas, no puede ser más desolador: La Moncloa, enfrentada a La Zarzuela y, a la vez, al Gobierno de Madrid en la Puerta del Sol. Y viceversa. Vivir en el Madrid de las conspiraciones, aunque sea al borde de otro semi confinamiento, da para muchas crónicas. Ah, si Pérez Galdós y Larra levantaran la cabeza…

Y, a todo esto ¿y la oposición? Supongo que Pablo Casado, el presidente del PP y líder de la misma, iniciará ya esta semana la ofensiva de desgaste al Ejecutivo de Sánchez consistente en pedir la reprobación del vicepresidente Pablo Iglesias, por sus ataques a la forma del Estado, y el cese del ministro Alberto Garzón, por lo mismo. Lamentablemente, la voz de Casado no suena tan fuerte como otras, quizá porque le falta algo de empuje y mucho de televisión, pero no cabe duda de que es intolerable que un miembro del Gobierno que ha prometido fidelidad a la Constitución monárquica hable de que el Rey “maniobra” contra la coalición, saltándose además la Constitución. Nada menos. Y todo ello, porque Felipe VI telefoneó al parecer –ahora La Zarzuela lo desmiente, pero vaya usted a saber—al presidente del Constitucional para decirle que le “hubiera gustado” ir a Barcelona a la entrega de despachos de los nuevos jueces, acto al que el monarca no pudo ir creo que por prescripción gubernativa. Y digo ‘creo’ porque en este episodio, como en tantos otros, la transparencia brilla…por su ausencia. Un conflicto a tres bandas: Jefatura del Estado-Ejecutivo-Poder Judicial. Y el mal llamado ‘cuarto poder’ a verlas venir, sumido en un mar de silencios.

Y encima, la batalla de Madrid, que puede dar con todos los que en esta Comunidad vivimos en una nueva casi reclusión. Pero es una batalla eminentemente política, mucho más que sanitaria: al inquilino de La Moncloa no le gusta que la Comunidad más rica de España esté controlada por el principal partido de la oposición en coalición con Ciudadanos. Así de simple. La ciudad con un centro solitario, frecuentada por manifestaciones en el sur que pronto serán manifestaciones contra el norte, alentadas por la llamada a la lucha de clases que efectúan portavoces ‘morados’ como Pablo Echenique. Agítese todo esto y sírvase frío. Porque puede que este otoño vaya a ser caliente, pero, si nada cambia, nos va a helar el corazón. A las dos Españas y a todas las demás.

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¿Por qué no cesa Sánchez al ministro Garzón y, de paso, a algun [email protected]?

Enviado por Fernando Jáuregui | 26/09/20

Ha sido la que ahora concluye una semana dramática, pródiga en malas noticias, en acontecimientos que han desestabilizado aún más el ya precario equilibrio político. El enfrentamiento ha enterrado cualquier brote de consenso; los contagios por el virus, sobre todo en Madrid, cabalgan incontrolados en medio del caos; y un aroma a indisciplina asfixia al Gobierno y, de paso, al país en su conjunto. Así, de esta manera, resulta difícil pronosticar que se pueda seguir mucho tiempo.

Que desde el Ejecutivo, y desde los gobernantes de este desastre pandémico que es Madrid, se rompa la tenue luz de acuerdo al menos sanitario que se encendió el lunes con el encuentro Pedro Sánchez- Isabel Díaz Ayuso, es sintomático. Que desde el Gobierno, sea por miedo a lo que ocurra, sea por cálculo oportunista, se impida al jefe del Estado visitar una parte de ese Estado, agraviando de paso al poder judicial, como ocurrió el viernes en Barcelona, es algo bastante grave. Que, a cuenta de los flecos de este ‘affaire’, un ministro diga que el Rey ‘maniobra’ contra el Gobierno de coalición del PSOE y Unidas Podemos, es sencillamente inaudito.

Me quedo con esto último para remitirme al título de este comentario: me parece inexplicable que el presidente del Gobierno no haya cesado todavía a ese ministro que tan claramente se ha posicionado contra quien, constitucionalmente, ostenta la Jefatura del Estado, abriendo un nuevo boquete en las relaciones entre la Corona y el Ejecutivo.

Ese ministro, el titular de Consumo (y de las actividades de juego), Alberto Garzón, acusó al Rey de maniobrar, sic, contra el Gobierno y de mantener una postura inconstitucional. ¿La razón? Pues que, aparentemente, Felipe VI llamó para disculparse al presidente del Poder Judicial, Carlos Lesmes, por no haber podido acudir a la toma de despachos de los nuevos jueces en Barcelona. Una ausencia impuesta, aseguran, por el propio Gobierno, vaya usted a saber por qué razones, porque nadie nos las ha explicado.

El señor Garzón no tenía justificación ni títulos para lanzar su diatriba contra el Rey, más allá de la pretensión de cambiar la forma del Estado, y por tanto la Constitución, que cada día más parece urgir a Unidas Podemos. Una maniobra publicitaria, vaya, cuyo alcance no se calculó bien por el joven político del Partido Comunista. Dicha sea toda la verdad, este señor es mucho más pródigo, en su trayectoria ministerial, en meter la pata con sus declaraciones que en sorprender a la ciudadanía con aportaciones sustanciales desde su cargo. Un cargo, séame permitido decirlo, creado para dar hospedaje y calor a un socio necesario para que Sánchez pudiese resultar investido el pasado 7 de enero. Pero, por lo demás, perfectamente innecesario en un organigrama gubernamental, máxime cuando este debería estar orientado a la pelea contra el virus que mata a miles y deja sin trabajo a millones.

Si me extraña que Alberto Garzón siga hoy en el Gobierno de Pedro Sánchez es porque he de tomarlo como un ejemplo. El presidente está forzando la máquina hasta lo indecible para no hacer la crisis ministerial que la situación pide a gritos: tiene a ministros (y a vicepresidentes) enfrentados entre sí, hay al menos cuatro carteras perfectamente prescindibles (y ‘ahorrables’), varios están por completo quemados y a alguno, casi nueve meses después de haber tomado posesión, la gente ni le conoce, mientras que a algún otro más valdría no conocerle por sus hechos y desechos. Sí, señor Castells, ‘el mundo se acaba’, como acaba usted, ministro ignoto de universidades, de proclamar. Hay un mundo, cincelado a trompicones, que debe acabarse, aunque usted no se refiera a él precisamente.

Junto a ellos, varios ministros serios, conscientes de dónde estamos, de que hay que arreglar las cañerías ahora y, si acaso, ya pensaremos en revoluciones de octubre pasado mañana, se afanan en su labor sin entender de maniobras de distracción, de juegos de imagen ni de pérdidas de tiempo. Ni tampoco de atentados contra la tan proclamada y traicionada unidad. Otro día nos ocuparemos de las responsabilidades desde ‘el otro lado’, pero hoy tocaba hablar del Gobierno. Y en mí crece la sensación de que el presidente del mismo va, como el barco nacional, a la deriva. Se hunde. Hay que tirar peso por la borda y Garzón era, lo digo sin la menor acritud personal, una buena ocasión para empezar a hacerlo. Bueno, otra oportunidad perdida de enderezar el rumbo. Y van…

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Periodismo 2030. Porque algo tenemos que hacer

Enviado por Fernando Jáuregui | 26/09/20

Dentro de una semana empezamos potra guerra, pese al virus, pese a la incompetencia de quienes nos gobiernan desesperándonos: Periodismo2030, un canto a la esperanza, al menos en mi profesión. Lo iré contando.

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¿Hacia un conflicto dinástico, por si faltaba algo?

Enviado por Fernando Jáuregui | 25/09/20

En España, todo son errores en lo relacionado con la Monarquía. Errores del Gobierno, de la Casa del Rey y del propio Juan Carlos I. Una falta general de transparencia que acabará teniendo serias consecuencias, si es que no deriva en la amenaza de un conflicto dinástico, cuya sombra, aún leve, ya se delinea.

Ignoro quién habrá sido el genio de la lámpara que aconsejó al Gobierno impedir la presencia del Rey Felipe VI en el acto de entrega de despachos en Barcelona de los nuevos jueces. Una tradición de décadas situaba al jefe del Estado presidiendo, siempre en la Ciudad Condal, el segundo acto más importante del año relacionado con el poder judicial. So pretexto de defender a la Monarquía ante posibles disturbios provocados por independentistas catalanes, el Ejecutivo ha enfadado a los jueces, que se expresaron por la voz del presidente del Consejo del Poder Judicial, Carlos Lesmes, que proclamó, sin esconder las consecuencias políticas de lo ocurrido, el “enorme pesar” por la ausencia del monarca, una ausencia que servía para politizar, en el peor sentido, lo que debería haber sido una ceremonia protocolaria del ‘tercer poder’.

Ha enfadado también el Ejecutivo a las Fuerzas de Seguridad, al sugerir su incapacidad para garantizar el orden en Barcelona ante una protesta porque el jefe del Estado visite, faltaría más, una parte de ese Estado. Y ha cometido un enorme error de protocolo que es mucho más que eso: ahora bastantes dudan de que Pedro Sánchez quiera, en efecto, defender el actual ‘statu quo’ constitucional, que, por supuesto, incluye primordialmente la forma de Estado monárquica, frente a la ‘otra parte’ del Ejecutivo.

Dejando al margen las propias presuntas culpas –me atrevo a suponer que graves—de Juan Carlos I en el pasado, pienso que la cadena de equivocaciones comenzó el pasado 15 de marzo, cuando un comunicado increíblemente torpe lanzado desde La Zarzuela venía a incriminar, sin presunción alguna de inocencia, al llamado emérito en las acusaciones lanzadas desde ámbitos cercanos a la mujer fatal y al comisario corrupto, además de excluir a Don Juan Carlos de la Presupuestos de la Casa del Rey. Demasiados nervios y una cierta incapacidad de comunicación parece que aconsejaron tan mal paso.

Se agravó la cosa con la inexplicada salida del ex jefe del Estado de La Zarzuela y de España, para ir a parar nada menos que a una monarquía absolutista tan antidemocrática como es la que representan los países del Golfo Pérsico. Se presentó esta salida casi como una huida, como un exilio (ambas cosas falsas, por supuesto) y se extremó, para variar, la opacidad en torno al tema.

Aún hoy, dos meses después, es el día en el que ni desde La Zarzuela ni desde La Moncloa se han ofrecido explicaciones suficientes y creíbles a la opinión pública. Y los sectores monárquicos, conocedores del clima de tensión existente en la familia real y entre algunos de sus respectivos asesores, empiezan a decantarse por el padre o por el hijo, dado que nadie parece interesado en rebajar las obvias tiranteces, en despejar el aire enrarecido. Lo dicho: la sombra de un conflicto dinástico, que puede llevar el problema hasta los límites donde quisieran verlo los republicanos independentistas y los socios del Gobierno de coalición, Unidas Podemos, que apenas dejan pasar una semana sin recrudecer sus ataques no tanto al Rey emérito cuanto al propio Felipe VI. Creo que, desde los tiempos de Fernando VII –lo de Don Juan de Borbón fue, por muchas razones, distinto: él no llegó a reinar–, no se había producido en España un tan abierto abismo en la Corona entre el padre y el hijo.

Parece urgente que Felipe VI empiece a tender puentes. Con su padre y con la sociedad. Es a él a quien le corresponde, incluso dando algún puñetazo en la mesa ante algún exceso gubernamental. Que la causa monárquica, hacia la que quien suscribe tiende a inclinarse con las pertinentes reservas, ha perdido muchas plumas en este envite, resulta evidente.

Y que el mejor Rey que ha tenido, en mi opinión, España, Felipe VI, se vea zarandeado por extraños y también por algunos propios, resulta un barril de dinamita a cuya mecha algún irresponsable, o demasiados irresponsables, están a punto de prender fuego. Otra pretendida ruptura brusca con un pasado que, ay, todo indica que siempre fue mejor. Al menos, mejor que este presente tan incierto que nos quieren diseñar algunos.

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Y ahora azuzan la lucha de clases

Enviado por Fernando Jáuregui | 23/09/20

Tras el movimiento apaciguador que supuso el encuentro de Pedro Sánchez con la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, parece que las aguas del frentismo vuelven a su cauce. Pocas horas tardaron las ‘fuerzas de oposición’ madrileñas, PSOE Y Unidas Podemos, en convocar una manifestación contra el Gobierno regional de PP y Ciudadanos, que debería haberse celebrado este domingo. Y eso, también a pocas horas de que el ministro de Sanidad, Salvador Illa, pidiese a los madrileños que permanezcan, en la medida de lo posible, en sus casas, dada la intensidad de los rebrotes de coronavirus en esta Comunidad.

Afortunadamente, el buen sentido pareció prevalecer entre los socialistas, que, a pesar de las declaraciones ‘frentistas’ de la portavoz parlamentaria, Adriana Lastra –el lenguaje guerrero es habitual en ella–, se retiraron de la convocatoria, que contradecía abiertamente todas las instrucciones del Ministerio encargado en primer término del combate a la pandemia.

No hizo lo mismo el partido coaligado con el PSOE en el Gobierno central, Unidas Podemos. El portavoz parlamentario de ‘los morados’ en el Congreso, Pablo Echenique, lanzó una incendiaria soflama en la que venía a mostrarse contra los ‘ricos’ que acusan, o poco menos, sugirió, a los barrios ‘pobres’ de la capital y a los pueblos del sur de la Comunidad de estar propagando el virus. Una auténtica llamada a la lucha de clases, a salir en manifestación contra el Gobierno ‘de la derecha’ que, obviamente, en el catálogo de Echenique, representa a los ricos y desdeña a los pobres. El sur, contra el norte, con el virus cavando la fosa entre ambos.

Hace tiempo que proclamo que tanto Lastra, cuyo lenguaje no difería demasiado del empleado por Echenique, deberían, como ha ocurrido con la ‘popular’ y no menos pugnaz Cayetana Alvarez de Toledo, ser sustituidos por personas más templadas en sus labores parlamentarias. Sigo sin entender para qué sirven los llamamientos de Pedro Sánchez a la unidad –el último, con ocasión del ‘acto de las mil banderas’ en la sede de la Comunidad de Madrid—si luego su portavoz parlamentaria, a veces también la portavoz gubernamental y siempre la muchachada de Unidas Podemos, se lanzan de nuevo a desenterrar el hacha de guerra contra ‘la caverna’. Que son, como se sabe, el PP, Ciudadanos y, en otro plano igualmente más agreste, Vox. Y, de paso, todo aquel que se atreva a criticar al Ejecutivo, en todo o solo en una de sus dos partes.

Hacer convocatorias al guerracivilismo –que todavía no se hacen, al menos en los ámbitos políticos madrileños, pero ya estamos al borde de ello–, al frentismo social que supone la lucha de clases, a la falta de respeto a las instituciones, comenzando por elpoder Judicial y siguiendo por el Rey, se me antoja, en estos momentos de confusión nacional, peligrosísimo.

Muchas veces me preguntan qué es lo que nos diferencia a los españoles en estos momentos de aflicción de nuestros vecinos franceses, de los italianos, de los alemanes, de los portugueses, los holandeses y hasta de los belgas, que siempre son tan peculiares. Yo pienso que lo que nos separa de otras naciones, que no han caído en el nacional-pesimismo que tanto nos afectó en el ‘noventayochismo’ y que tanto nos está afectando ahora, es el sentido de Estado, del que algunas formaciones españolas carecen totalmente. Ningún país en su sano juicio toleraría ahora, precisamente ahora, claros retos a la unidad del Estado y a la concordia nacional. Y menos desde una formación que gobierna en coalición ese país y que en teoría al menos ha prometido fidelidad a la Constitución.

Ignoro cuánto tiempo más habremos de soportar ese juego de poli bueno-poli malo que practica el Gobierno y que, desde luego, tanto está beneficiando a Sánchez, que nos advierte continuamente, sin decirlo expresamente, que ya vemos que todo podría ser peor y que ahí está su vicepresidente segundo para demostrarlo. Una auténtica locura, vamos.

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Jekyll Pedro, Hyde Pablo. El Gobierno Jano

Enviado por Fernando Jáuregui | 20/09/20

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¿este rostro?)
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(O este otro?¿cuál es el rostro del Gobierno de España?)
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—Pedro Jekyll y Pablo Hyde. Dos caras, muy diferentes, de una misma moneda. El primero sacará a relucir la más encantadora de sus sonrisas este lunes para trasladar la ‘ayuda del Estado’, sin reproches, dijo, a la desventurada presidenta de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, contra quien hasta hace apenas unas horas se lanzaban los más ácidos dardos desde La Moncloa. El segundo, el vicepresidente Hyde, mostró, en cambio, ese rostro en tensión, que él debe atribuir al Lenin mitinero, cuando, el sábado, pronunciaba su ‘delenda est Monarchia’ ante las gentes de su partido, Unidas Podemos. Sánchez Jekyll salió de inmediato, en la Sexta, a garantizar la fidelidad del Gobierno al espíritu constitucional, que, como se sabe, es monárquico. Los monclovitas y ministros más templados se esfuerzan en minimizar la enorme discrepancia: “cosas de Pablo”.

Se me antoja difícil encontrar otros ejemplos en Europa, en el mundo, de un Gobierno bifronte como este. El Gobierno Jano. En un mismo día, el sábado, nos encontrábamos al Hyde republicano, combativo con ‘la derecha’ Ciudadanos, y al Jekyll que templa gaitas, inclusivo con todos –excepto con el Partido Popular, claro–. El que quiere, dice, que Ciudadanos le firme también los Presupuestos y el que asegura que los Presupuestos que elaboran en la sala de máquinas del Gobierno, “progresistas”, no van a gustar nada a Ciudadanos.

No, seguro que Iglesias no hubiese acudido a la Puerta del Sol a consolar a la enemiga Ayuso, que sin duda se ha pasado de frenada y que confina, por los contagios, a casi un millón de madrileños en los barrios pobres o semi pobres. Alguna repercusión social, acaso muy profunda, tendrá lo que ocurra este lunes. Esos barrios, dicen los estudios, votan a la izquierda, y desde la izquierda les azuzan hablando de la mala gestión de la pandemia por parte del Gobierno ‘de derechas’ de Madrid. Hay brotes de indignación, nos lo cuentan las radios que entrevistan a ‘sureños’ que no han podido escapar a tiempo en el éxodo del pasado viernes. A saber en qué se va a traducir el cabreo, que siempre es mal consejero, sobre todo cuando se expresa en las calles porque no encuentra otros cauces.

Jekyll Sánchez es el que intenta apaciguar, con su sonrisa de actor duro, las tormentas que Hyde Iglesias provoca. Hay quien piensa, yo lo ignoro, que es un reparto de papeles poli bueno-poli malo para que Ciudadanos y Esquerra republicana, y Bildu, convivan como muy extraños compañeros de cama en los mismos Presupuestos gubernamentales, que aún nadie conoce en profundidad. Todos juntos bajo la batuta sanchista-eclesial. La cuadratura del círculo. Se muestra el espantajo de la República Federal, que teóricamente aquieta algo al próximo interlocutor Torra, y, al tiempo, se tranquiliza a la otra España asegurando fidelidad a la Constitución, “algo que Pablo acatará, lo suyo se quedará en lo ‘declarativo’”, te dicen voces ministeriales. También ignoro si las interpretaciones ‘buenistas’ serán las que acierten o si, por el contrario, tendrán razón los que se inclinan por un cierto catastrofismo, pensando acaso en la figura del general Berenguer, aquel de la ‘dictablanda’ del penúltimo Gobierno de Alfonso XIII.

Pero no vayamos tan lejos. La sangre dialéctica no llegará al río, esperemos. Quién sabe dónde y cómo acabará esta ‘nueva anormalidad’ que vivimos. La realidad ahora es acuciante. De momento, más de un millón de españoles se hallan en una situación que nadie quiere calificar como de confinamiento en varias partes del país, Madrid a la cabeza.

Y, mientras, el Gobierno, a saber cuál de los dos rostros del Gobierno, o ambos, saca lustre a una ley, la de memoria democrática, quizá necesaria en algún momento, pero excesiva en algunos de sus puntos y perfectamente prescindible ahora, cuando lo esencial es ponerse todos a empujar en una misma dirección, que tire el virus por el barranco. No nos distraigan. Ocurre que el virus se aclimata políticamente –claro que la política es importante para luchar contra una pandemia—entre las dos Españas, la del mitin de Iglesias en la sede morada y la que, presidida por Felipe VI, conmemoraba este domingo en Viator el centenario de la fundación de la Legión, acto en el que la presencia del vicepresidente segundo del Gobierno del Reino de España hubiese sido impensable. Salvo que el guión de mantenerse en la alfombra roja lo exigiese, por supuesto. Sabemos en qué alfombra se hospeda Hyde. A saber en cuál de las alfombras posibles está Jekyll.

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El parto ¿de los montes?

Enviado por Fernando Jáuregui | 13/09/20

Se cumplieron este domingo ocho meses desde que el Gobierno de coalición comenzó a funcionar. Es decir que, a partir de este lunes, comienza la cuenta atrás de lo que sería un parto. Va a ser este un mes, sospecho, más difícil, enrevesado y contradictorio aún que los ocho anteriores, pandemia incluida (bueno, en realidad, en la pandemia aún estamos), que ya es decir. Quién sabe si el parto concluirá con el nacimiento de un hermoso bebé, si será con fórceps o con cesárea. O si será el parto de los montes, o de las Monteros. Lo que es seguro es que algo tiene que ocurrir, como es obligado en toda gestación que se precie. Y esta recta final va a estar cuajada de situaciones que van desde el sobresalto a la pesadilla. Apasionante.

Sucede que este equipo gubernamental se engendró para una cosa y luego han sobrevenido circunstancias muy diversas, impensables, que han hecho, en primer lugar, imposible aplicar aquel programa que nos anunciaron el pasado mes de enero. Y, en segundo lugar, esas mismas circunstancias, más las impericias de algunos ministros, más las rencillas internas –que negarán que existan, pero haberlas, haylas–, más el indudable desdoblamiento del Ejecutivo en dos almas cada día más diferentes han hecho que el elenco gubernamental esté mucho más achicharrado de lo que correspondería a ocho meses de ejercicio del poder. Los padres han dejado de dormir ya antes de que nazca un bebé llorón.

Me sigue costando escuchar sin sonreír aquello que, a cada oportunidad que le sale, nos suelta el presidente Sánchez en el sentido de que la coalición está hoy más sólida que nunca. Es como si el padre de la futura criatura nos asegurara que el parto durará tres años y que nada sucederá hasta entonces. No: los partos duran lo que duran, nueve meses normalmente, y a continuación ocurre, ya digo, algo nuevo. Lo que de veras me produce perplejidad es que aún poco haya pasado de lo mucho que podría haber (y habernos) pasado.

Ahí están, no obstante, los retos. Los del secesionismo catalán, cada vez en una deriva más incomprensible, incluyendo para ellos mismos. Los económicos, que esa es otra: los ministros no se ponen de acuerdo, y lo muestran públicamente, en las recetas a aplicar. Los sanitarios, porque aquí parece que todo se sustancia denunciando, por un lado, la mala gestión en la Comunidad de Madrid –que es bastante evidente—y, por otro, los trompicones, la falta de transparencia y los errores del Gobierno central, que también resultan obvios. Ahora, eso sí: ambas partes nos aseguran que vamos a mejor y luego los números dicen lo contrario.

Pero no llegará este Gobierno a cumplir los nueve meses sin que haya roto aguas antes en una suerte de tormenta perfecta, en la que se aunarán la crisis territorial con la económica, la sanitaria, la escolar, que esa es otra, y hasta la institucional: no nos faltará ni siquiera la declaración ante el juez de la mujer fatal; ni la del comisario infame que está detrás de todo, todo, escándalo político en este país. El Parlamento volverá a ser el escenario de la confrontación total entre el Gobierno y un Partido Popular bastante lastimado por las revelaciones del ‘caso Kitchen’. Y el gobierno de los jueces, cada vez más desbordados, seguirá sin renovarse, en medio de crecientes tensiones internas y externas.

Pretender que, en este marco, todo pueda seguir igual sin siquiera hacer cambios cosméticos, lampedusianos, me parece una quimera que solamente pueden albergar los cerebros, o las voces, de algunos responsables de este Gobierno, que, en el fondo, no de todos, según se me cuenta. Así que espero ansioso el momento del parto y sus consecuencias, sabiendo que lo único que no puede ocurrir es nada, por mucho que nada es lo que les gustaría que ocurriese a quienes disfrutan de esta situación ciertamente… embarazosa.

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Lasciviómetros, por favor

Enviado por Fernando Jáuregui | 12/09/20

Siete días trepidantes

El lasciviómetro

Fernando Jáuregui

Cuando quieres abordar una crónica que resuma lo que sido la semana, la verdad es que los pelos se te ponen de punta. ¿Por dónde empezar, Dios mío? ¿por la Diada y sus desobediencias al sentido común?¿por las muy diversas versiones en el Gobierno sobre lo que ocurrirá con el salario de los funcionarios?¿O acaso por la Kitchen, que ha provocado un terremoto en la sede del PP en Génova? ¿No?¿El lío de Unidas Podemos entonces? Pues nada de eso: hoy comenzaré hablando del lasciviómetro.

España se acongoja ante el brutal repunte de la pandemia, que afecta de lleno al bastante caótico regreso a las aulas. Hasta el punto de que la propia princesa de Asturias, la aún niña que debería heredar el trono de España, se ha visto confinada ante el contagio de una compañera en el colegio. Sí, esa misma Leonor de Borbón cuya efigie, junto a la de su familia, era incinerada el viernes en una hoguera salvaje en las calles de Barcelona. La hija de un Rey que, dice el hombre que aún manda en la Generalitat catalana, ha de pedir perdón…por el fusilamiento por Franco de Companys, año 1940, ochenta años ha. Pero todo esto, bah, apenas es un conjunto de síntomas quizá preocupantes, sí. Pero el lasciviómetro es lo fundamental.

Ha comenzado la caza. A Pablo Casado, que posiblemente haya tenido que ver tan poco en el feo asunto Kitchen como Felipe de Borbón en el asesinato de Companys. O a Pablo Iglesias, a quien tampoco le veo horizonte penal en los turbios manejos que le achacan, pero que, de momento, no pasan de ser acusaciones de oídas. Un auténtico dislate que se aplique la máquina de picar carne, sin presunciones de inocencia, sobre dos partidos clave en el arco parlamentario; pero, la verdad, ellos se lo han ganado. Y, al fin y al cabo, tampoco eso importa tanto al lado del lasciviómetro.

El Gobierno pierde clamorosamente en el Parlamento el ‘decreto Montero’ (María Jesús, naturalmente) tras haber logrado poner en pie en su contra a los alcaldes de todo el país. El ministro de Universidades siembra la confusión días antes del inicio (o no…) del curso, el casi desconocido titular de Cultura se pelea con su teórica subordinada, la ‘jefa’ de los deportes, el de Consumo se enfrenta al de la Seguridad Social, la portavoz anda como perdida, la vicepresidenta primera dice cosas diferentes que la tercera, y no digamos ya que el segundo… Pero pelillos a la mar: lasciviómetro, por favor. Que, como siempre ocurre en este país nuestro, es lo epidérmico lo que más ha apasionado esta semana a la opinión pública y a la publicada.

Y es que la más prescindible de las ministras o ministros del Ejecutivo, titular del más prescindible de los ministerios, ha sacado a la luz una encuesta que asegura que la mitad de las españolas se ha visto acosada sexualmente de una u otra forma en algún momento. Conste que el sondeo me parece oportuno y muestra la pésima educación y los aún peores hábitos que aún nos habitan. Solo que, como todo en ese Ministerio fantasma, la encuesta está mal hecha: junto a casos obvios de acoso y abuso, incluye, por ejemplo, las ‘miradas lascivas’. Unas cosas no pueden convivir con las otras, y las ‘miradas lascivas’ son poco mensurables, escasamente definibles, inaprehensibles, imposibles de demostrar ante un tribunal.

Mi compañero Miguel Ángel Aguilar inventó el ‘aplausómetro’ para medir el grado de peloteo de esos diputados que vitorean a su líder tras cualquier intervención anodina: cuánto duran las palmas, con qué intensidad. Pues ahora creo que sería una interesante aportación a la causa de la igualdad de géneros algún adminículo capaz de determinar la intensidad lasciva en los ojos de los varones. Lasciviómetros, necesidad urgente para distraer las zozobras de la pandemia. Y en esas estamos en estos tiempos banales, y algo venales, del cólera, que acabarán convirtiéndose en los de la indignación.

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En país opaco, ganancia de espías

Enviado por Fernando Jáuregui | 08/09/20

España es un país poblado de silencios densos. Y, por tanto, al faltar clamorosamente la transparencia, es también un país poblado de espías. Aficionados los más, y así salen las chapuzas que les salen, y profesionales otros, entre cuyas ambiciones se encuentra nada menos que hacer que el Estado se tambalee y, claro, también les sale mal. Nos hallamos ahora en un momento en el que las filtraciones, escuchas, ‘distracciones’ de sumarios judiciales y habladurías diversas, con o sin utilización de redes sociales, afectan desde al ex jefe del Estado hasta a medio Gobierno anterior, el de Rajoy, pasando quizá por una parte del Gobierno actual, fracción Unidas Podemos.

Nos enteramos de conversaciones lamentables, significativas sobre la falta de escrúpulos (y de educación) de alguno de los contertulios (y sí, hablo en especial del ex comisario Villarejo). Se filtran interesadamente conversaciones privadas, básicamente en este caso para desacreditar la voluntad negociadora del PP. Y constatamos, aunque lo supiésemos, que la opacidad informativa con la que se suele fustigar a los medios se extiende al interior del propio Ejecutivo: Pablo Iglesias, entrevistado este martes por la Ser, nos dejó muy claro que se enteró por la prensa no solo de la fusión entre Caixabank y Bankia, sino incluso de la marcha de España del anterior jefe del Estado. Pero esos enfados, dijo el vicepresidente, son ropa que hay que lavar en casa, en los encuentros privados del propio Iglesias con Pedro Sánchez, asuntos incómodos de los que los ciudadanos no tenemos por qué enterarnos y que se ‘negocian’ en algún despacho silente de La Moncloa. Con eso, el vicepresidente segundo de este Gobierno nos muestra su grado de aprecio por la transparencia y la libertad de expresión: ninguno.

Y así, claro, él también anda enredado en asuntos de espías, que es algo que siempre ha gustado a nuestros políticos, tan dados a pelearse –véase aquella célebre riña entre Soraya Sáenz de Santamaría y María Dolores de Cospedal—por quedarse en exclusiva con la gestión del Centro de los servicios secretos, el CNI. Un Estado verdaderamente democrático, el que a uno le gustaría, sería el que no administra en exclusiva beneficiosa para el gobernante de turno ni los secretos ni a los espías que siempre están, más o menos, en los secretos. Pero aquí no se consensua ahora ni a los miembros del poder judicial, ni a los responsables de la televisión pública, ni al defensor del pueblo, ni al director del CNI, ni al fiscal general del Estado. Aquí, el único consenso tácito que advierto es la obsesión, y a la citada entrevista con Pablo Iglesias me remito, de que esos chismosos de la prensa sigan sin enterarse de nada; y, cuando se enteran, se les acusa de estar en la caverna, o haciendo el juego a no sé quién, o de corruptos, o de comunistas, o de la CIA. Como antaño, en los viejos tiempos.

Y así andamos: permitiendo que estas mentadas instituciones se devalúen por el mal uso partidista y que la confianza del personal en sus representantes decaiga aún más. Y, claro, fomentando que florezcan los agentes de pacotilla de las escuchas huelebraguetas, algún ex ministro del Interior ‘microfonero’, los canallas que venden secretos obtenidos por métodos ilegales, esos golfos que chantajean al Estado o pretenden hacerlo, las Corinnas inmorales y los Villarejos nauseabundos. Que sirven, eso sí, para poner al descubierto no pocas vergüenzas de quienes hasta ayer ejercían el poder y hoy tal vez, algunos, lo sigan ejerciendo. Pues nada: luz y taquígrafos aunque vengan de las cloacas con propósitos inconfesables. Entonces, tal vez algún día alguien se decida a hablar(nos) claro en este país nuestro, hoy conocido como la nación de los silencios.

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¡Menudo año judicial nos viene!

Enviado por Fernando Jáuregui | 06/09/20

Cuando, este lunes, se produzca la tradicional sesión solemne de apertura del año judicial estaremos asistiendo a una ceremonia de la confusión más, propia de esta absurda ‘nueva (a)normalidad’ que nos abruma. Las estrellas de la sesión protocolaria de togas, puñetas y condecoraciones, presidida por el Rey, serán el presidente del Consejo General del Poder Judicial y del Tribunal Supremo, Carlos Lesmes, y la fiscal general, Dolores Delgado, que hará pública la Memoria de la Fiscalía correspondiente al pasado año. Que el primero haya sobrepasado su mandato legal en casi dos años y que la segunda, ex ministra de Justicia, fuese designada por Pedro Sánchez el pasado 26 de febrero en medio de la mayor polémica que se recuerda en torno a este cargo da idea del ambiente que ‘anima’ esta cumbre, siempre tan ‘ formal’, del tercer poder del Estado.

El caos que se avecina en los juzgados ante la avalancha de demandas y querellas derivadas de la pandemia, la imposibilidad de que los dos principales partidos se entiendan para renovar el poder judicial como ordena la Constitución, los muy sonados y sonoros casos en los que se quiere involucrar a respetados jueces en la pugna política, desde el que afecta a Juan Carlos I hasta los que salpican a Podemos, las inminentes comparecencias de personajes relacionados con estos ‘casos estrella’ (Corinna Larsen, el abogado Calvente), hacen que, una vez más, la apertura del Año Judicial no sea algo rutinario.

El barullo togado ya ocurría el año pasado y el anterior, tras los sucesos de 2017 y el juicio a los responsables del ‘procés’, presidido acertadamente por Manuel Marchena, el hombre que se negó a participar en oscuras maniobras que le hubiesen llevado a la presidencia del Supremo y sobre quien acaba de aparecer ahora una interesante biografía de la periodista Ramírez de Ganuza. Pero este año amenaza con ser judicialmente aún peor, como , por otro lado, ocurre en tantos otros aspectos de nuestras vidas.

Ahí están, para unir más cosas a la lista, los intentos de Lesmes –que permanece en el cargo tras haber pedido a los partidos políticos que faciliten la renovación del CGPJ—de nombrar decisivos puestos en la Judicatura, como las presidencias de las Salas III, IV y V del Supremo o la presidencia del Tribunal Superior de Justicia del País Vasco; una pretensión a la que se oponen asociaciones de fiscales y de jueces por entender que el mandato de Lesmes y su equipo hace ya tiempo que está caducado y se mantiene solo por la incapacidad de los políticos de llegar a un acuerdo.

En resumen, la jornada de este lunes hará patente la debilidad de un Poder, el Judicial, que debería estar ordenando, y solamente a medias puede hacerlo, importantes conflictos de la vida política española, entre ellos el que afecta al problema del secesionismo catalán, terreno en el que nuestra justicia ha recibido importantes varapalos de los tribunales europeos. Y es que, como eminentes juristas han resaltado, en España faltan leyes adecuadas para defender al propio Estado, y, ante la inacción de Ejecutivo y Legislativo para llenar este hueco, los jueces se encuentran no pocas veces con las manos atadas. ¿Cómo, por ejemplo, no pensar que una decisión judicial podría detener la celebración más o menos masiva este jueves de esa Diada, tan peligrosa en tiempos de pandemia? Claro, pero ¿quién, qué magistrado, sería capaz, en estos momentos de confusión, fanatismo y locura, de poner el cascabel al gato, cuando las acusaciones gratuitas (a veces) de servidumbre partidaria se lanzan contra los jueces como balas contra la independencia judicial? Pues esta es la radiografía del sector: si Montesquieu levantara la cabeza…

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