España, capital…¿Madrid? ¿Seguro?

Enviado por Fernando Jáuregui | 25/01/20


(España, ya lo decía Bismarck, un país empeñado en destruirse a sí mismo. Menos mal que nunca lo consigue)
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Con 2020 y esto del ‘fin de la generación del 78’ ha entrado en el país un huracanado, furioso, viento de innovación que hace que todo se ponga en cuestión. Hasta la capitalidad. ‘España, capital…’ Madrid, dicen los manuales; pues claro. Ya no lo tengo tan claro, desde que Manuel Valls propuso, sin que se le haya hecho mucho caso hasta ahora, pero ya veremos, compartir entre Madrid y Barcelona la capitalidad de la nación. Al cincuenta por ciento en cuanto a edificios oficiales, ministerios, etcétera. Puede que en esto también acabemos viendo cambios. Y puede que en este terreno, al menos en este, no fuese del todo para mal. Porque todo lo demás, me parece, bien, lo que se dice bien, no va.

De momento, Madrid y Barcelona ya comparten protagonismo en los titulares. Este sábado, al menos, el Gobierno conservador de Madrid se enfrentó al Gobierno socialista-podemita de la nación a cuenta del trato oficial al régimen venezolano. Y a saber qué pasará en la jefatura del Govern catalán, ubicada en la barcelonesa plaza de Sant Jaume, donde el lío es mayúsculo: se barrunta tensión con el Parlament, en el Parc de la Ciutadella. ¿Irá finalmente el jefe del Ejecutivo central a Barcelona para entrevistarse con el quién sabe si del todo inhabilitado Quim Torra dentro de diez días?

Los españoles, ya lo decía Bismarck, aprovechamos cualquier oportunidad para tirarnos los trastos a la cabeza, se supone que buscando destruirnos. Si ayer fue el pin parental, hoy es la llegada del venezolano Guaidó y quién le recibe, y si Abalos subió al avión de la vicepresidenta venezolana o no subió –menudo carajal se ha armado el ministro de Fomento y ‘número tres’ del PSOE; con lo fácil que era explicar las cosas tal y como han sido–. O sea, que del deseable consenso en materias como la educación y la política exterior, nada de nada. Madrid se erige, desde sus gobernantes del PP-Ciudadanos, alojados en Cibeles y la Puerta del Sol, en contrapoder de La Moncloa, situada en la cuesta de las Perdices, a tres kilómetros de Sol. Y en Fitur, en el pabellón de Euskadi, no se deja pasar a Rocío Monasterio, de Vox, al grito de “¡Esto es Euskadi!”.

No sé, puede que me llame usted exagerado, pero todo esto me parece, ya que no alarmante, sí, al menos, sintomático. Un follón. No sé si el titular de Fomento explicará de una vez qué pasó en el dichoso avión que hacía escala en Madrid y del que no podía bajar la vetada vicepresidenta venezolana; pero a mí, al menos, me parece lógico que alguien como Abalos suba al aparato para intentar convencer a doña Delcy Rodríguez de que no montara una escandalera por no poder pisar suelo aeroportuario español. Lo malo fue que el señor Abalos mintió. Y me parece lógico, y hasta positivo, que Pedro Sánchez vaya a ver, entre otros presidentes autonómicos, a Torra. Lo increíble del caso es que no sabemos, a estas alturas, si el mentado Torra aún es president de la Generalitat: él dice que sí, el Supremo dice que no. Y, por supuesto, el ‘otro Sánchez’, no sé si el Sánchez Jekyll o el Hyde, nos había dicho que, de hablar con Torra, ni hablar.

Vamos, haces una película con todo esto y te dan un Goya seguro; ‘la casa de los líos’ se queda en mera escena de sofá en comparación. Claro que, cuando lea usted esto, ya sabrá si Almodóvar ha ganado a Amenábar en estatuillas del genial sordo. Pero es más que probable que ni sepa si Barcelona acogerá a Sánchez –he apostado que no irá, pero uno pierde muchas apuestas con este Sánchez—ni se haya resuelto la pugna entre Sant Jaume y la Ciudadela ni la de la Puerta del Sol y Moncloa. Que esa, cuando se toca la política exterior, es melodía que desafina: a ver qué hace la ilustre desconocida doña Arancha González Laya, nueva jefa de la diplomacia, para poner un poco de orden, en la casa: ¿se cargará, por ejemplo, la ‘España global’ que sustituyó a la ‘marca España’ y que tanto disgustaba en la Generalitat, en Waterloo y puede que hasta en Perpignan, donde acabará residiendo Puigdemont?

Ya digo: menudo lío. En su momento me pareció una chifladura, pero ahora empiezo a ver el sentido de aquel anhelo que un día me dijo haber albergado Adolfo Suárez: unificar España y Portugal y poner la capital en Lisboa. Claro que aquellas eran ensoñaciones de la ‘generación del 78’. Las de 2020 puede que sean otras, seguro que son otras. A estas alturas, es lo único que tengo seguro.

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Y la ‘generación del 78’, ¿dónde está?

Enviado por Fernando Jáuregui | 24/01/20

La situación política se adensa. Puede que el lunes que viene Cataluña entre en una parálisis institucional cuando, en el Parlament, el no sé si aún president de la Generalitat de Catalunya se niegue a aceptar la inhabilitación acordada por el Tribunal Supremo. Es ese señor Torra con quien aún sostiene el presidente del Gobierno central, Pedro Sánchez, que se entrevistará, pese a lo que pese (yo creo que acabará no haciéndolo, pero al tiempo: quién sabe lo que vale la palabra actual del inquilino de La Moncloa). Y todo ello, envuelto en muy polémicas decisiones del Ejecutivo, desde la designación de la fiscal general del Estado hasta la ‘reforma exprés’ del Código Penal. Solamente una voz, y tímida, se ha levantado en el guirigay: la del presidente de Castilla-La Mancha, el socialista Emiliano García-Page. Que podría pasar, pese a su relativa juventud, 51 años, por el último representante de la ‘generación del 78’. ¿Dónde están los otros?

Me sorprende el silencio atronador de Felipe González, del propio Alfonso Guerra, de los herederos de Rubalcaba: todo un PSOE que anda como ausente, quizá ya desaparecido. En el otro bando, resulta clamorosa la prudencia de Aznar, de Rajoy, sobre quien circula el chiste, por él no desmentido, de que quiere presidir la federación de fútbol, y que está, como Umbral, ‘hablando solo de su libro’. Y, con ellos, todos callan, mientras las instituciones sufren, los empresarios se alarman y, ya digo, en Cataluña se avizora un enorme vacío que a saber cómo diablos se va a llenar; no se contemplan planes para solucionar el cada día más grave conflicto, al margen de esa prevista entrevista de Sánchez con Torra, en Barcelona, ya me dirá usted. Un encuentro que a mí, en principio, no me parece mal –hay que dialogar incluso con quien no quiere hacerlo–, pero que, vistas las cosas como se están poniendo, causaría alarma en esa otra ‘media España’ que calla y se asombra, pero que prefiere apuntarse a la mayoría silenciosa.

Creo que la ‘generación del 78’, a la que ya se ha dado por amortizada, tiene la obligación de hablar. Los ex presidentes del Gobierno –y sí, incluyo a Zapatero–, los más importantes ex ministros, los juristas señeros que transformaron España –Landelino Lavilla, instalado en el Consejo de Estado, lo mismo que Herrero de Miñón, o Fernando Ledesma, tantos otros–. Y quiero escuchar a la izquierda que está al margen de esa ‘izquierda oficial’ incluida en el Gobierno de coalición de progreso: Manuela Carmena, Gaspar Llamazares, que preparan sendos manifiestos, Coscubiela, muchos, tienen la obligación de hablar, y nosotros de escucharles.

No puede ser que solamente una parte de los jueces, una parte de los medios, se hayan constituído en la oposición, necesaria, a muchas cosas que pasan o que podrían ocurrir. Y eso que se da en llamar sociedad civil ni está ni, creo, se la espera. Hay miedo en esa izquierda, como una cierta desidia en la derecha. Y el centro está desaparecido: nadie quiere elevar su voz, no vaya a ser que quien se mueva no salga en la foto. Y la foto, en este cuarto de hora, está muy borrosa. Y, además, se frivoliza: la imagen que triunfa es la de un feliz Pedro Sánchez, ayer triunfante en Davos, hoy en la gala brillante de los premios Goya, los de los smokings. El goce del poder. No está mal.

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Hay que celebrar el debate sobre el estado de la nación ya

Enviado por Fernando Jáuregui | 22/01/20

Que Pedro Sánchez ha venido, contra lo que decían sus programas electorales, para cambiar profundamente estructuras y hasta conceptos es algo de lo que ya no cabe duda a casi nadie. Véase, si no, ese atisbo de inminente reforma del Código Penal, que ha suscitado las sospechas de que lo que se busca en realidad es liberar cuanto antes a Oriol Junqueras –el hombre que manda en este país, aún desde la cárcel—y levantar su inhabilitación para que, en un plazo corto de tiempo, pueda llegar a presidir la Generalitat de Catalunya, haciendo olvidar al por todos indeseado Torra.

Se suscitan alarmas en la Magistratura –todo esto no puede ser más contrario a la ‘doctrina Marchena’–, en las más altas instituciones –el desgaste de la figura del Rey es obvio–, en la opinión pública: se perdió del todo la confianza en la palabra de nuestros representantes. Se hace urgente que Sánchez, más allá de entrevistas, confortables o no tanto, en los medios, potencie la vida parlamentaria convocando un debate sobre el estado de la nación, repaso imprescindible al estado de cosas que dejó de celebrarse hace cinco –¡¡cinco!!– años.

El país está al borde de la ruptura de relaciones entre lo que representa a la oposición –varias voces no bien sintonizadas—y el mundo que apoya, inestablemente, a este gobierno. Y seguramente ambas partes tienen su lado de razón, y de sinrazón, en afirmaciones y críticas a la otra parte. Quiero creer que, con sus movimientos, que afectan incluso al Código Penal y suponen un cierto desafío a las sentencias del Tribunal Supremo, Pedro Sánchez busca ‘normalizar’ las relaciones con esa Cataluña insumisa, secesionista, si se quiere irredenta; él, usted y yo, todos, sabemos que esa normalización pasa por negociaciones que implicarán hacer ‘cesiones’.

Porque también es cierto que la legislación española, que distingue mal entre los delitos de rebelión y sedición, por ejemplo, resulta escasa a la hora de defender al Estado. Me gustaría saber si, durante su etapa negociadora con Puigdemont, Rajoy y Soraya Sáenz de Santamaría hubiesen llegado, si se hubiese dado el caso, a ‘cesiones’ como las que ensaya Sánchez en sus pactos secretos –porque secretos son, aunque él diga lo contrario– con Esquerra. Tal vez sí, quién sabe. En las memorias de Rajoy nada de eso se dice. Y la señora Sáenz de Santamaría no ha vuelto, lástima, a decir una palabra en público. No sé si ahora tiene derecho a ese silencio.

Lo que ocurre es que proceder a la reforma de esa Legislación no puede corresponder exclusivamente a la situación de un preso, o de un conjunto de ellos, que pretendieron dar un golpe de Estado; a ese Estado que Sánchez cree poder defender. La otra ‘media España’ –por lo menos—piensa que no se puede burlar la legislación vigente y que no puede minimizarse un delito como el de la sedición, se fundamente en lo que se fundamente: es “un alzamiento colectivo y violento contra la autoridad, el orden público o la disciplina militar, sin llegar a la gravedad de la rebelión”. Las acciones de Puigdemont, Junqueras y compañía en aquel aciago octubre de 2017 de ninguna manera pueden quedar impunes. Otra cosa es que la instrucción y tramitación penal hayan sido las más adecuadas; aunque si los juristas no se ponen de acuerdo en ello, ¿cómo iba uno, desde la humildad de sus conocimientos, a atreverse a dictaminar?

Pero lo malo es eso: que los juristas andan hechos patentemente un lío, tanto sobre la extensión de la prisión provisional, la inhabilitación, los derechos de un preso a ocupar un escaño, los beneficios penitenciarios, el nombramiento de un fiscal general y tantas otras cosas; contradicciones que se resuelven con varapalos que llegan desde la justicia europea. Por eso, una reforma unilateral, no consensuada, del Código Penal y de otros ordenamientos, en estos momentos de tensión entre las cada día más claras dos Españas, contribuiría, un factor más, a partir la nación en dos mitades difícilmente conciliables.

Creo que es al Parlamento, al debate parlamentario en busca de soluciones alternativas y consensos, donde hay que llevar las reformas del futuro. Es en el Legislativo donde reside el arquitrabe de la democracia: ignorar al Parlamento, como se ha venido ignorando hasta ahora, es intolerable. Dividirlo aún más –la cosa va del baile de un escaño—a cuenta de una reforma fundamental, como puede ser la del Código Penal, traería consecuencias de futuro acaso gravísimas. Y mantenerse durante esos mil cuatrocientos días que Sánchez y sus aliados se quieren en el poder exige mucho más consenso de lo que estamos atisbando. Lo cual es también un aviso a la oposición, que habría de mostrarse más constructiva; a Sánchez no se le puede dejar solo, porque son otros, más que él y su propio partido, los que se beneficiarían de la situación.

Y si les beneficia a ellos, seguramente nos perjudica a los demás, a la inmensa mayoría.

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Los mil cuatrocientos y pico días de Sánchez

Enviado por Fernando Jáuregui | 21/01/20

Pedro Sánchez, en su primera entrevista tras las elecciones –me gustaron el tono y lo incisivo de las preguntas planteadas por mis compañeros Blanco y Franganillo en la ‘tele’ oficial, la verdad–, se esforzó por dar una apariencia de normalidad al inicio del rodaje de su Gobierno, que dedica los primeros Consejos de Ministros ‘de los martes’ a pensiones, salario mínimo y sueldos de funcionarios, que era lo previsible. Lo malo es lo imprevisible: está claro que al nuevo Ejecutivo le falta rodaje en su apéndice ‘podemita’ y que algunas meteduras de pata, ciertas polémicas, afean lo que Sánchez, hoy triunfando –o algo así– en Davos, quiere pavimentar como el camino ‘normal y dialogante’ de los mil cuatrocientos cincuenta y seis días que espera que dure su mandato.

Debo elogiar en el presidente de un Ejecutivo de coalición forzada, basada en el apoyo de los enemigos de la unidad de España, ese esfuerzo por hacer aparecer normal lo que a todos luces es anormal: la mesa de negociación ‘de gobierno a gobierno’ con el secesionismo catalán, el hecho de que esa negociación se lleve a cabo con un preso por golpismo y condenado a trece años de cárcel y de que un fugado de la ley se inmiscuya también, las patentes contradicciones que evidencian las hemerotecas entre lo prometido y lo cumplido, entre el dicho y el hecho. Baste decir que el apoyo necesario para la estabilidad de Sánchez se ausentará de la inauguración solemne de la Legislatura porque…a ella va el jefe del Estado, y Esquerra no le reconoce como tal. ¿Es esto normalidad?

Eso, sin contar con que no hay ningún gobierno europeo, ni siquiera el portugués, tan distinto y distante por muchas razones, con una estructura bifronte, tan basada en la desconfianza, como el español. Jamás los integrantes de las ‘grandes coaliciones’ alemanas, por ejemplo, se miraron tan de reojo como Pedro Sánchez y Pablo Iglesias. Y mira que ha habido roces entre ambos partidos germanos; pero aquello estaba bien organizado, y ‘esto’ es fruto de la improvisación.

Todo lo dicho, más lo bisoño de algunos ministros ‘morados’, que no acaban de entender que, una vez que se pisa moqueta, hay que saber cuidar el lenguaje cuando te refieres a los jueces o a otras instituciones, instala los primeros pasos del Ejecutivo en un cierto titubeo, que no pueden ocultar ni los planes de Sánchez para visitar a los presidentes autonómicos en sus sedes –Buena idea; incluyendo, o empezando por, Torra—ni la promesa, o declaración de intenciones, de tener listos los Presupuestos para antes del verano. Cosa que me temo que difícilmente ocurrirá, si Junqueras, desde la prisión, sigue agitando las aguas, que ya veremos lo que ocurre en el ‘territorio comanche’ catalán.

De momento, lo urgente sería no aumentar la sensación de inseguridad jurídica y política de los ciudadanos a base de amenazar con, por poner un ejemplo entre muchos, imponer el artículo 155…¡¡en Murcia!! por un quítame allá ese pin parental, haciendo el juego a una derecha ‘dura’ que lo que quiere también, un poco desordenadamente, pero con cierta razón, es contribuir al oleaje en el estanque, sobre todo cuando el estanque está embravecido.

Sería, más bien que la hora de las polémicas estériles e innecesarias sobre la educación, o sobre casi todo, la hora de proponer pactos de Estado: mucho más urgente que ir a ver a Torra, aunque ello me parece positivo, sería, entiendo, recibir a Pablo Casado e Inés Arrimadas en La Moncloa, y ver qué se puede construir a partir de ahora. Pero, claro, para ello Sánchez tiene que bajarse de la prepotencia que su limitadísima victoria ‘turolense’ le ha imbuido, Iglesias tiene que ajustarse al papel que le permiten tener, Casado tiene que dejar de mirar con angustia el ascenso de Vox en las encuestas y dejar de pasar a Abascal por la derecha y Arrimadas tiene que afianzarse como partido de centro, si puede y la dejan. Ya sé que es mucho pedir, pero que sepa Sánchez que, tal y como va el rumbo, así no llega a sus famosos mil cuatrocientos y pico días. Ni soñando.

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Ahora toca, qué remedio, implantar la normalidad

Enviado por Fernando Jáuregui | 19/01/20

Se inicia de hecho la Legislatura. La principal fuerza que tiene el Gobierno es que, como los salmones salvajes, ha tenido que remontar el río, nadar a contracorriente, y eso crea mucho músculo. Se ha quitado de encima las críticas –la Fiscalía, los superpoderes a Iván Redondo y, claro, las hemerotecas—con una filosofía escenificada en una frase por Pablo Echenique, un personaje a quien hace dos meses no se podía ni ver en La Moncloa: “pasó el tiempo de los reproches”. O sea, tabla rasa con todo lo actuado y dicho; prepárense, que llega el futuro. Y esta vez sí que el futuro va a significar cosas nuevas, que ni siquiera los encargados de prepararlo saben bien en qué consistirá: Cataluña, la economía y a ver cómo se hacen los Presupuestos, los líos en la Judicatura, las intervenciones de Europa en ‘nuestras’ cosas, las grandes confrontaciones sociales que se avecinan, la conferencia de presidentes autonómicos y un largo etcétera.

La democracia debe ser lo que aquí nunca ha sido: aburrida. Así que lo urgente es volver a la normalidad, te dicen. Ya hemos olvidado lo que es eso. Llevamos cuatro años de plena anormalidad política, incluyendo al Parlamento, al Consejo del Poder Judicial y el Supremo, al Tribunal Constitucional, las agencias de control, los servicios secretos, los medios de comunicación públicos (lo que afecta a los privados). Y la oposición, que parece bastante desnortada, empeñada en cosas como el ‘pin parental’, que es un invento de Vox, empeñado en comerle la merienda a Pablo Casado, que debe urgentemente dar un puñetazo sobre la mesa, sobre su propia mesa, y pensar en cómo debe participar en esa normalización que, ya digo, ni los ‘populares’, ni sus teóricos aliados ni tampoco sus adversarios saben muy bien cómo instalar de una vez en el país.

Vamos a ver esta semana a Pedro Sánchez en los escenarios que le gustan, los internacionales, ahora como ‘estrella’ en la ‘cumbre’ del Foro Económico Mundial, en Davos. Y no, no se lleva con él a nadie de Podemos, que ya veremos cómo se armonizan esas dos ‘sensibilidades’ en un mismo Ejecutivo. Eso no forma(ba) parte de la normalidad en España, pero tampoco era precisamente normal que un señor preso en Lledoners sea, de hecho, quien aspire a controlar la Legislatura y sea, él, que quiere marcharse del Estado, quien garantice la estabilidad, al menos coyuntural, de ese Estado. O que sean fuerzas republicanas quienes cooperen a la pervivencia de una Constitución inequívocamente monárquica.

Eso es exactamente lo que quiero decir: que hay que instaurar, para seguir viviendo, una apariencia de normalidad en una estructura política que es completamente anormal. Me parece que el país sale bastante desconcertado del último proceso político vivido desde aquellas elecciones de diciembre de 2015 hasta la semana pasada, cuando se celebró el primer Consejo de Ministros ejem ‘normal’, o normalizado y que consagró, por ejemplo, al jefe del Gabinete presidencial como un nuevo vicepresidente que no se sentará en la mesa del Consejo de Ministros ni tendrá que rendir cuentas ante el Parlamento.

Normalizar la anormalidad, que es virtud de cínicos improvisadores, materia en la que algunos obtienen sobresaliente. Todos tendremos que ajustar ese desconcierto a las actuales circunstancias. El primero, el Gobierno, que no puede seguir calificando de ultraderechistas y cavernícolas a cuantos discrepan en algo o en el todo de aquello que nos aseguraron que nunca iba a ser así, como en realidad está siendo, como inevitablemente va a ser. Aceptemos, qué remedio, normalidad como animal de compañía. La normalidad, como la Legislatura, como el resto de nuestras vidas, comienza hoy, qué le vamos a hacer.

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La ‘doctrina Echenique’

Enviado por Fernando Jáuregui | 18/01/20

De la semana políticamente trepidante que hoy concluye, llena de cosas tremendas, lo más tremendo de todo ha sido, en mi opinión, una frase. La pronunciada por el ahora portavoz parlamentario de Unidas Podemos, Pablo Echenique, cuando le preguntaron por el brusco giro de su partido en temas como la valoración de la próxima fiscal general del Estado, Dolores Delgado, o del director del Centro de Investigaciones Sociológicas, el confirmado en su cargo José Félix Tezanos: “el tiempo de los reproches pasó”, liquidó el tema Echenique. Borrón y cuenta nueva. Donde dije digo, digo Diego, O daga. O dogo, qué importa. La ex ministra reprobada es ahora impecable y el vate errado se ha convertido en el genio de las predicciones, abracadabra.

Resultaría errado pasar por alto como irrelevante, como una necesidad de escapatoria, una frase que resume todo un estado de cosas y anuncia el espíritu de lo que viene: una vez ocupado el poder, lo actuado anteriormente carece de valor, porque el tiempo pasado se ha ido ya y es una pérdida de tiempo recordar tomas de posición y opiniones ‘antiguas’, aunque la antigüedad se remonte a apenas unos meses. Yo lo dijo otrora la vicepresidenta Carmen Calvo: lo que Pedro Sánchez, antes de llegar a La Moncloa, dijo no puede compararse con lo que el presidente del Gobierno Pedro Sánchez diga ahora. No hay, por tanto, contradicción. Como si fuesen personas distintas.

Así que el “pasó el tiempo de los reproches” puede extenderse también a la justificación de por qué se celebraron las elecciones del pasado 10 de noviembre, basadas en evitar hacer lo que, sin embargo, se puso en marcha a las veinticuatro horas de la jornada electoral: un gobierno de coalición del PSOE con Unidas Podemos. La pesadilla que Sánchez dijo que quería evitarnos al 95 por ciento de los españoles, ¿recuerdan?. Pero, siguiendo con la doctrina Calvo, tan lapidariamente corroborada por Echenique, lo que dijo entonces el presidente en funciones para nada puede compararse con lo que diga (o actúe) el presidente en pleno ejercicio de sus poderes. Insisto: como si fuesen personas distintas.

Y así andamos: devaluando ‘de facto’ la palabra de nuestros representantes, lo que nos introduce en una situación de inseguridad política, o sea, en el umbral de la inseguridad jurídica. Y eso, un país con las quiebras jurídicas que está mostrando tener España –ni siquiera está asentada la inhabilitación o no de Torra–, donde, además, la separación de poderes no deja de ser un eslógan esgrimido pero no muy practicado y en el que, además, se adecúan las leyes a las necesidades prácticas del poder para mantenerse en él, resulta, en conjunto, muy peligroso. Puede ser un primer paso hacia el Estado fallido, y quien me haya seguido en otras ocasiones sabe que odio ser alarmista.

La urgencia que nuestros representantes tienen de recuperar la confianza de los ciudadanos –nunca tuvieron mucha, la verdad; pero creo que ahora menos que nunca—temo que no pasa precisamente por frases como la de Echenique. Ni por ‘doctrinas’ como la de la señora Calvo. Recuerden, y no quiero hacer comparaciones con conceptos que nada tienen que ver con esta democracia, que el dictador se defendía diciendo que ‘Dios y la Historia me juzgarán’ (y me absolverán, pensaba). Ya sé que esto no es una dictadura ni el señor Echenique es, válgame Dios, Franco. Pero nunca está de más recordar que las democracias son perfectibles y también degradables.

No, señor Echenique: quienes han de juzgar a sus representantes, que para eso les votamos y les pagamos, somos los ciudadanos. Y eso incluye que no me quite usted mi capacidad crítica, que no me cierre las hemerotecas para recordar lo que usted dijo ayer e incumple hoy. Incluye también, al menos, mi derecho al reproche. Faltaría más.

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El diálogo con Cataluña es posible (quizá no entre políticos)

Enviado por Fernando Jáuregui | 17/01/20

El diálogo entre Cataluña y el resto de España es posible. Quizá el entendimiento no sea pleno e inmediato, pero se ven posibles salidas, búsquedas hacia un acercamiento. La corrección entre los dialogantes es norma, incluso la cordialidad. Hay que fomentar los encuentros entre todas las partes, entre todas las sensibilidades. Incluyendo, desde luego, a quienes piensan que la independencia es la mejor salida y a quienes creen que aplicar la ley de manera estricta es la única solución. Que se pueden encontrar y dialogar los ‘indepes’ y eso que se llama ‘constitucionalistas’ pude palparlo en un encuentro interesante celebrado este pasado jueves en Madrid. Claro que no fue un encuentro entre políticos. Fue entre periodistas: veinte llegados de los medios catalanes más dispares y otros tantos de Madrid, Galicia, País Vasco y Andalucía.

Los periodistas son, somos, gente como los demás: tenemos cada cual nuestra alma política. Sobre todo si, como era el caso, nos dedicamos al análisis político. En el encuentro había colegas declarada y fuertemente independentistas, que trabajan en medios que no disimulan sus tendencias secesionistas. Y los había también de medios madrileños que piden soluciones radicales para evitar cualquier ‘procés’ hacia la independencia. Todos discutimos calmadamente agravios profesionales de uno y otro lado, expusimos nuestros planteamientos y convinimos en que, al menos, hay que cuidar los aspectos semánticos, la no agresión verbal, como primer paso hacia un acercamiento que todos consideramos necesario en un diálogo que no estaba destinado sino a una reflexión interna, no a ser transmitido ni publicado.

Esta ‘cumbre’ informal, que en mi opinión podría tener consecuencias interesantes en una prolongación con carácter quizá anual, constató la escasa información que, en general e incluso entre periodistas, teníamos los unos sobre los otros, los prejuicios que perviven, la idea anticuada que los catalanes tienen ‘de Madrid’ y que en el resto de España existe sobre Cataluña. Nos asombramos ambas partes de que encuentros como el del jueves no sean algo frecuente, que aún sean noticia. Hay, comprobamos, posibilidades de conllevanza…en el ámbito periodístico. Sí, pero ¿y en el político?

Pienso que, en España, el mundo político va un paso por detrás del mundo real; y, si no, mírese el desafortunado brindis al sol de la presidenta madrileña sobre ‘ir a por’ el Mobile Congress y traerse a Madrid un importante congreso que se celebra tradicionalmente en Barcelona. El encuentro entre las partes que piensan distinto parece más difícil que en los ámbitos ‘normales’ de la sociedad civil, esa que llena cada día los puentes aéreos y la línea de AVE. Lo digo ahora a cuenta de la polémica suscitada por el próximo encuentro entre Pedro Sánchez, el hombre que ya ha empezado a gobernar y no precisamente en funciones, haciendo arquear muchas cejas con sus primeras decisiones, y el aún president de la Generalitat, Quim Torra, cuya situación de inhabilitación está sujeta, por increíble que parezca, a incertidumbres legales.

De momento, lo más atinado que puede decirse es que parece que la situación de Torra, aunque inestable, sigue siendo que falta una última sanción del Tribunal Supremo acerca de su inhabilitación, cierta en un inmediato futuro. Y, por tanto, sigue siendo el presidente de una autonomía española, la que vive una situación políticamente más delicada y la que puede emborronar –seguir emborronando—la trayectoria de la nación en cuanto tal. Y, entonces, para nada puedo condenar esa prevista ‘cumbre’ entre Sánchez y Torra, por más que el primero –ya sabemos lo que vale su palabra—asegurase que no pensaba tener contacto con el segundo, vista su actitud desafiante y desabrida frente al Estado.

No es que uno espere gran cosa de esa reunión entre el presidente del Gobierno central y el cerril presidente de la autonomía catalana, la verdad. Desde luego, no figuro entre quienes, de manera algo gratuita, piensan, o al menos dicen, que Pedro Sánchez será el hombre que propicie la ruptura de España. Tampoco figuro entre los interlocutores del presidente, por supuesto, pero sospecho que él pretende precisamente lo contrario: llegar, como hizo Suárez en 1977 con Tarradellas, a una solución de convivencia, de conllevanza, que aplace por unos años el problema, ya que resolverlo de manera definitiva no parece ahora probable. Pero esa conllevanza ya es en sí una solución, mientras se reparan cañerías, se ajustan legislaciones –la española ya hemos visto que es actualmente insuficiente y, si no, véase el enorme conflicto judicial que nos atenaza–, se van cambiando mentalidades hoy ancladas en el inmovilismo de uno u otro signo.

Pero, entretanto, no tenga usted duda de que van a pasar cosas. Quizá unas elecciones autonómicas, si Torra resulta definitivamente inhabilitado, que resultará. Quizá variaciones en la situación carcelaria de los presos por intento golpista. Tal vez nuevos reveses procedentes de Europa. Y, en medio del torbellino, quizá convenga saber lo que piensa hacer la otra parte. No, no creo que la solución al completo esté en manos de Sánchez. Ni, desde luego, creo que Torra y su mentor en Waterloo tengan la más mínima posibilidad de lograr la independencia. Lo que sí creo es que hay que ensayar cosas nuevas, porque las que hemos puesto en práctica hasta ahora no funcionan. Y eso, al menos eso, los cuarenta periodistas reunidos este jueves lo constataron unánimemente: hay que verse las caras. Y puede que en esas caras atisbemos alguna sonrisa.

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La generación de los abandonados

Enviado por Fernando Jáuregui | 15/01/20

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Renunciar, abandonar, romper con lo que ha sido tu pasado tiene mucho más de grandeza que de deserción. Borja Sémper, el presidente del Partido Popular en Guipúzcoa, un hombre que ha peleado contra el fanatismo en el País Vasco durante veinticinco años, abandona la política, que “transita por un camino poco edificante”. Pasa a eso que da en llamarse ‘vida privada’, que, si no es mucho más amable con el individuo, sí es, al menos, más gratificante con aquellos a los que dirige sus cantos de sirena. Lo significativo de la marcha de Sémper, lo que ha hecho que se le dedique más atención de lo que en pura técnica periodística le hubiese correspondido, no es que evidencie tensiones en el PP ya conocidas, sino que muestra el desánimo al que muchos han, hemos, llegado ante una situación de nuestra vida pública que no entendemos ni, sospecho, compartimos. Ni somos capaces de combatir.

Son, quizá somos, los abandonados de una política que ya no se puede, y sigo las declaraciones de Sémper, “escribir con mayúscula”. Te llaman traidor, o habitante de no sé qué caverna, si denuncias las incoherencias de quien ayer, por poner un solo ejemplo, pedía el cese de la ministra de Justicia y hoy, en cambio, alaba su nombramiento de fiscal general del Estado del Reino de España como figura “impecable”. Te arrumban en el rincón de los jarrones chinos si dices que para nada vale la palabra dada de nuestros representantes públicos, denunciados cada día por las hemerotecas. Te llamarán homófobo, pese a haber defendido toda tu vida lo contrario, si te atreves a decir que son una locura las cosas que va diciendo, como agenda contra el ‘heteropatriarcado’, una señora a la que acaban de nombrar para una dirección general relacionada con la Mujer.

Sémper se marchará y, como su correligionario y creo que amigo Basagoiti, será pronto olvidado. Como se olvidará el magnífico gesto de Ana Oramas oponiéndose a los dictados de su partido, que no compartía: su premio fue una ‘multa’ de mil euros y un silencio atronador en la Cámara Baja cuando, en la sesión de investidura, pronunció uno de los discursos éticamente más bellos que recuerdo haber escuchado en el hemiciclo. Ni un aplauso: ella ya no representaba ni a los del ‘sí’, ni a los del ‘no’; ni siquiera a los de la abstención. Se había alejado de los juegos de poder. Como Sémper. Quizá como muchos que, sin la proyección pública de los citados, piensan y sienten que esta ya no es su era, que no pueden subirse al autobús de trayecto sospechoso cuya única indicación de destino es ‘progreso’ y que tantas vueltas ha dado ya en direcciones tan opuestas, según quién fuese el conductor, según quién el copiloto, según quiénes los pasajeros.

Carlos Alsina, en una iniciativa pienso que acertada, reunió este miércoles en la radio a Sémper y a su paisano Eduardo Madina, el hombre que fue arrollado por Pedro Sánchez en aquellas primarias de 2014: fue un breve diálogo memorable, instalado en el desencanto del primero y en el laconismo me parece que sólido del segundo. No ha querido el perdedor frente al sin duda triunfante Sánchez constituirse en portavoz de corriente alguna: otros sí lo han intentado, me parece que trampeando algo. Y, así, Madina. Como Sémper, Basagoiti, Oramas. O esa ‘vieja guardia’ silenciosa del PSOE. O los Llamazares de Izquierda Unida. O los que bascularon entre Iglesias y Errejón, con una figura tan respetable como Manuela Carmena a la cabeza. Tantos que ven cómo se desvanecen en la noche de los tiempos sus sueños políticos y cómo se difuminan, en medio de la astenia general, aquella ‘generación del 78’ y otras muchas generaciones posteriores. Hoy vagan desconsolados, desengañados, sabiendo que estos tiempos ya no son los suyos, los nuestros.

Ya sé que hay intentos minoritarios, aislados, repito que en ocasiones acaso fraudulentos, para recomponer el cuadro político, cuya pintura ha salido tan desgarrada de esta lucha por alcanzar La Moncloa como fuese, en medio del terrible oleaje en Cataluña, con la torrencial lluvia que caía sobre las instituciones y, encima, con el desierto parlamentario como único horizonte. Hay gentes perdidas en el PSOE, en Ciudadanos, en el PP, en Unidas Podemos, en el nacionalismo catalán –ay, dónde están los Coscubiela, los Joan Herrera y los Jordi Xuclá o Carles Campuzano— y, sobre todo, en la sociedad civil; quizá usted, yo, que buscan, buscamos, una luz, un faro, que sienten, sentimos, sonrojo ante quienes, habiendo perdido ya toda conexión con la izquierda, emborronan tribunas pidiendo la ‘regeneración de la socialdemocracia’. O que se avergüenzan, nos avergonzamos, de los que, en eso que se llama prados de la derecha, se colocan en la tentación de irse con los cuernos de caza del extremismo que proclama vino y rosas, siempre que no sean rojas.

Algo hay que hacer, más allá de marchar hacia el Eldorado de la ‘vida privada’, cuando habría de ser al revés: el servicio público debería atraer a integrantes más conscientes de esa sociedad civil, desperdigados por la ‘vida privada’, en una concurrencia de los mejores. Pero estos, como Sémper, Oramas, Madina, como cualquiera que se mueva, no saldrán ya en la foto que hacen quienes se erigen en retratistas oficiales. Y eso, esa pérdida de lo mejor de varias generaciones, es algo que me parece que no nos podemos permitir. Ya, pero ¿qué hacer? De momento, si se me permite, jamás perder la capacidad crítica. Y en eso, mejor o peor, por si vale de algo, estamos. Y Sémper, Oramas, Madina, Llamazares y demás, también.

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El quinto (o el primero) vicepresidente

Enviado por Fernando Jáuregui | 14/01/20

De la ciertamente insulsa comparecencia—por fin, algo es algo—de Pedro Sánchez ante los periodistas yo sacaría un titular que no corresponde ciertamente a lo informado por el presidente: el número de vicepresidentes es más bien cinco que cuatro. Y este quinto, que no figura en el organigrama del Consejo de Ministros, podría incluso ser el vicepresidente primero, tal es la magnitud de las atribuciones que recibe, superiores a las de muchos nuevos ministros Y sí, me refiero, desde luego, al jefe del Gabinete presidencial Iván Redondo, que, a sus muchas tareas actuales ‘no escritas’, suma ahora la secretaría de Estado de Comunicación y una nueva oficina de ‘prospectiva y estrategia’ “para preparar el futuro”. O sea, lo que se había reservado para sí otro vicepresidente, Pablo Iglesias, que no creo que esté demasiado contento con el auge del valido de La Moncloa. “Aquí, quien ha ganado la investidura ha sido, en realidad, Iván, a quien todo le sale redondo (más o menos)” me comentaba ayer, chusco, un diputado socialista.

Cierto que los validos eran cosa del siglo XVII, con los austrias menores, y que ahora algunos remedos del conde duque de Olivares se llaman asesores, jefes de Gabinete o… directores de prospectiva. Pero mucho me temo que esa ‘agenda 2030’ cuya insignia hace dos días se colgó de la escasa solapa el vicepresidente Iglesias va a tener mucho más que ver con Redondo que con el líder de Podemos. Y así, muchas otras cosas. Coordinar al ejército de Pancho Villa va a requerir mucha sabiduría y mucha paciencia y dedicación, virtudes que no he detectado aún en el inquilino de La Moncloa.

La rueda de prensa presidencial, si estuvo montada por Redondo –que supongo que sí—fue simplemente correcta: salvó los muebles, no hubo sangre a cuenta de la nueva fiscal general del Estado y logró el presidente que pasara como inadvertida su afirmación de que ahora las negociaciones con otras fuerzas son públicas, lo cual es patentemente inveraz. Lamenté mucho no haber podido acudir a este encuentro en La Moncloa, pero me quedé con las ganas de saber si el presidente ha tenido o no algún contacto telefónico con el encarcelado Oriol Junqueras, que es el que manda aquí, y en qué sentido. Se le preguntó mucho por la subida de las pensiones _-lo que está bien—y por el salario mínimo interprofesional –también bien–, pero poco, y él respondió nada, sobre la marcha de los ‘acuerdos bajo la alfombra’ con ERC. Decir que estas negociaciones son transparentes, que lo dijo, es como decir que la ex ministra de Justicia y nueva fiscal general del Reino es independiente, que también lo dijo, sin alterar un milímetro el gesto.

Nada tampoco sobre el caos en la Justicia, ni sobre qué ocurrirá con los servicios secretos o con quién piensa pactar la renovación del poder judicial. No fue, en suma, una comparecencia para explicar las cosas que desconocemos, sino para quitarse de encima, además con elogios que sonaban falsos como una moneda de tres euros, a los pelmas de los periodistas, que ya se sabe que siempre quieren estar haciendo preguntas, esta vez no tan incómodas, por cierto.

Bueno, la verdad es que salió del paso a base de prometer que mucho, que dialogarán más, incluso con Torra –y también, lo admito, me parece correcto que lo haga: qué remedio…– y a base también de pasar la mano por el lomo de los chicos de la prensa. Le queda mucho por hacer y me dio la impresión –ví el acto en directo, naturalmente, desde un plató de televisión—de que tiene poco clara aún la hoja de ruta: natural, si todo el trabajo lo ha hecho para asegurarse, con quien fuera, la investidura.

Tampoco se le preguntó, por cierto, si duerme bien. Quizá haya que esperar un par de meses con sus extraños compañeros de cama para preguntárselo. O hasta la próxima rueda de prensa, quién sabe cuándo.

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La ‘ministra número 23. O 24, quién sabe

Enviado por Fernando Jáuregui | 13/01/20

Ignoro quién ha podido meter en la cabeza de Pedro Sánchez la disparatada idea de designar a Dolores Delgado, hasta ahora ministra de Justicia, como nueva fiscal general del Estado, desplazando a la actual titular, María José Segarra, que al parecer ha resultado excesivamente ‘díscola’ ante los dictados emanados del Ejecutivo. Difícilmente se podría haber hallado un nombre más controvertido en los ámbitos políticos, en la carrera fiscal y en el mundo togado en general que el de la señora Delgado, a quien no ha faltado, en los meses que ha permanecido en el cargo, responsabilidad a la hora de que el planeta de la Justicia esté como está. Que no es bien, precisamente. La oposición, que se ha cebado en este nombramiento ‘a dedo’, ha llamado a la señora Delgado “la ministra número veintitrés”, aunque este lunes no haya tomado posesión de su ‘cartera’.

Ya la designación como nuevo titular de Justicia de Juan Carlos Campo, personaje de indudable competencia técnica, pero excesivamente ligado, a mi entender, al partido y, por diversos motivos, también al Legislativo, muestra un escaso respeto por una escrupulosa separación de los poderes cásicos de Montesquieu. En mi concepción, tanto quién ocupa la Fiscalía General del Estado como el propio Ministerio de Justicia –sí, también este Ministerio, y más en los tiempos desbocados que corren—debería ser consultado e incluso consensuado con la oposición, buscando una figura con perfil de independencia. Nunca más lejos de eso que ahora.

Comprendo que el desmadre jurídico catalán, y los varapalos que nos está propinando una Justicia europea que no tiene, lógicamente, sensibilidad con el problema que al Estado le causa el secesionismo ante la falta de elementos legales que España tiene para defenderse de los ataques a su integridad territorial, socaven la moral de la Fiscalía, del Supremo, del Constitucional y de la Abogacía del Estado. Especialmente, cuando el Ejecutivo tiende a acaparar, como es el caso, todos los poderes clásicos de Montesquieu, y, si puede, incluso extender sus tentáculos hasta al cuarto poder, el de los medios, que no estaba en la ‘lista’ del barón de Secondat.

Nunca, como ahora, al menos que yo recuerde, el poder Judicial estuvo más tambaleante, más inseguro –pese a la firmeza que muestran algunos de sus integrantes, como Manuel Marchena–, más necesitado de un consenso entre quienes se sienten constitucionalistas precisamente para mejor defender a ese Estado y a sus instituciones, comenzando por la propia Monarquía.

Pero el reloj parece caminar al revés de lo que una democracia sana precisaría. Este último capítulo, el de la férrea dependencia de la Fiscalía con respecto al Ejecutivo, personalmente me parece alarmante en cuanto que evidencia un cierto estado de cosas. Y que no me digan, por favor, que la Fiscalía siempre fue una especie de dependencia del Gobierno: no siempre, y al caso de la señora Segarra, o de Torres-Dulce, o a varios otros, me remito, ha sido así. Casi nunca ha acabado por ser así.

No sé si aún Pedro Sánchez está a tiempo de rectificar y, entonces, esta crónica tendría que ser arrojada a la papelera. Me alegraría. Pero me temo que ya es demasiado tarde. A ver cómo lo explica el presidente del Gobierno este martes en rueda de prensa, acontecimiento que, como la independencia de los poderes clásicos, también empieza a ser ‘rara avis’, un bien en peligro de extinción.

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