Un Estado que se debilita

Enviado por Fernando Jáuregui | 22/05/22

Yo diría que los últimos días no han sido demasiado beneficiosos en lo que podríamos llamar el fortalecimiento del Estado. El regreso temporal del llamado emérito a España culminará este lunes con un encuentro entre Don Juan Carlos y su hijo Felipe VI que La Zarzuela quiere limitar al ámbito estrictamente privado, como tratando de poner sordina, el último día de su estancia, a la polvareda y la polémica que el viaje desde Abu Dabi del padre del monarca ha suscitado. Creo que nada ha salido como le hubiese gustado a la actual Casa del Rey, ni sé cómo gestionará ahora esta Casa sus silencios tras el paso huracanado de Juan Carlos: ¿restringiendo fotografías e información de un encuentro que de ninguna manera puede considerarse limitado al ámbito de lo familiar?

Luego está, para colmo, lo de Villarejo. Toda la inmensa podredumbre acumulada en torno a los manejos del comisario corrupto con el poder en los tiempos de Mariano Rajoy es una amenaza para el ‘nuevo’ PP de Núñez Feijóo y de Isabel Díaz Ayuso, que el domingo escenificaban el inicio de la ofensiva para ‘echar a Sánchez de La Moncloa’, olvidando el pasado. Lo que ocurre, como bien saben el emérito y los habitantes de la sede de la calle Génova, es que el pasado está ahí, y de cuando en cuando llega alguien como Villarejo –Dios mío, entrevistado en TV3 como si fuese una estrella—para recordárnoslo. Sí, y el comisario infame también tiene que ver con algún otro capítulo que afectará al hombre que fue jefe del Estado en España durante cuarenta años, concretamente el ’capítulo Corinna’, que aún colea por Londres.

Y que no crea el Gobierno que, porque se haya encogido de hombros respecto a la estancia del emérito en Sanxenxo y porque haya abandonado en manos de los tribunales el futuro del comisario se va a ver libre de la larga sombra de los audios grabados por este, y que ahora corren como liebres por las páginas de los periódicos: porque la propia fiscal general del Estado, un nombramiento que ha sido el mayor error cometido por el Gobierno en sus cuatro años de funcionamiento, y su pareja, el ex juez Baltasar Garzón, también andan por alguna grabación comprometedora, y en los combates políticos futuros, que temo que serán implacables, saldrán nuevamente a la luz, claro.

Soy incapaz de prescribir cuánto protagonismo y responsabilidad corresponden al Gobierno a la hora de corregir tantas anomalías. Cuando le pregunté al respecto, una ministra me dijo un día que fortalecer el Estado consiste en hacer “lo que el presidente va a hacer ahora en el foro de Davos: presentar la imagen de una España integrada en la revolución tecnológica y capaz de atraer inversiones en este campo”. Y no diré yo que el viaje de Sánchez a Davos este lunes, injusta y despectivamente tratado por alguien como apenas ‘una búsqueda de salir en las fotos’, carezca de importancia; creo que la tiene y puede que bastante. Veremos.

Pero eso no basta en un país en el que sistema judicial ve anclada –¡todavía!—su renovación y en el que los servicios secretos han sido puestos en tela de juicio. Un país que se estremece, porque debilita a la principal de sus instituciones, apenas con la visita fugaz de su ex jefe del Estado. Un país que trata de ignorar que un comisario que trata de poner en tela de juicio a ese Estado ha sido entrevistado sin paracaídas en una televisión autonómica ‘oficial’. No, no basta con que, entre viaje y viaje preelectoral a Andalucía, el jefe del Gobierno pueda codearse con los principales en un foro del prestigio del de Davos. Ni basta con aplacar a Pere Aragonés, que ahora conmemora el primer aniversario de su Govern, con un próximo encuentro apaciguador.

No, tampoco basta con que el PSOE de Sánchez pacte con el PP el fortalecimiento de la Corona. Sanxenxo y TV3, cada cual a su aire, han sido ejemplos para mostrar que el Estado está débil: ¿puede un ministro llamar ‘ladrón’, así, sin presunciones de inocencia, a quien ha regido el Estado durante décadas? Pues ha ocurrido. Y ya digo que al Gobierno, pero también a la oposición, a la sociedad civil, les compete jugar un papel a la hora de fortalecer ese Estado que a veces parece resquebrajarse. Porque España es un gran país y sería muy bueno que todos lo tuviesen presente.

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La foto que no veremos

Enviado por Fernando Jáuregui | 21/05/22

Dicen que no habrá testimonios gráficos del encuentro, este lunes, entre Juan Carlos I y Felipe VI en La Zarzuela. Como si el encuentro se limitase a ser un acontecimiento familiar entre un padre y un hijo presumiblemente distanciados por unas conductas irregulares del progenitor que podrían enlodar la impecable trayectoria de honradez del descendiente. Y no: el abrazo de reconciliación –o no, que eso se trata de ver—entre el actual monarca y quien fue jefe del Estado de España durante casi cuatro décadas y tras dos años de autoexilio –vamos a llamarlo así—, es un acto político, como se va viendo en la enorme polémica que ha suscitado, está suscitando, la estancia del llamado emérito en Sanxenxo.

Uno se ha proclamado siempre más bien monárquico que republicano, entendiendo que es preferible un poder moderador, ‘supra’ partidos, en un país definido por Bismarck como el más fuerte del mundo. Porque los españoles llevamos siglos intentado destruirnos unos a otros sin haberlo conseguido nunca, ironizaba el canciller de hierro. Imagine usted un presidente de la República del PP y un primer ministro del PSOE, por ejemplo. Sí, en otros países se ha logrado una convivencia pacífica y hasta fructífera en casos similares. Pero ¿aquí y ahora, en una nación en la que el pacto y el consenso brillan siempre por su ausencia?

Lo que ocurre es que a veces cuesta mantener esta fidelidad a la actual forma del Estado, a la vista de los errores de comunicación y de concepto que se evidencian cada día, para no hablar del controvertido espectáculo de Don Juan Carlos en Sanxenxo. Que ha dado pie a que desde quienes se proclaman republicanos, y alguno que se dice monárquico, y muchos indiferentes, se exija que el emérito dé explicaciones públicas sobre sus actividades irregulares, bien es verdad que hoy casi del todo perdonadas, por unas u otras vías, por la justicia.

No digo yo que Don Juan Carlos tenga que comparecer en rueda de prensa o en una comisión parlamentaria para responder a preguntas de tono e intencionalidad variados; no había sino que escuchar lo que los periodistas gritaban, sin obtener ni una mirada, cuando tuvieron oportunidad de acercar sus micrófonos al anciano que regresaba desde Abu Dabi. Pero sí digo que, al menos, puedan las cámaras tomar imágenes del reencuentro, enmarcado en la más absoluta anormalidad, no entre el padre y el hijo, sino entre el actual jefe del Estado y su predecesor, que no es pedir tanta transparencia, digo yo.

Y es que, insisto, una imagen vale más que cien titulares de prensa. Que se lo digan a Isabel Díaz Ayuso en su congreso madrileño triunfal. O a Pedro Sánchez, que ya tiene el marco en el que colocará su próximo abrazo, a menos de un mes vista, en su encuentro con Biden en la ‘cumbre’ de la OTAN en Madrid. O a Macarena Olona, que en el fondo está encantada con la publicidad extra que le da la torpeza de quienes le niegan su empadronamiento como candidata a las elecciones de Andalucía. Todo es cuestión de fotos en un mundo dominado por la imagen y la comunicación. La Zarzuela no puede perder la ocasión de controlar, desde la libertad de expresión más absoluta, la ‘photo opportunity’ que, qué remedio, se le brinda.

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Líos en torno al emérito que causan estragos en la política

Enviado por Fernando Jáuregui | 17/05/22

Si alguien quería dar la sensación de que se recupera la normalidad institucional, perdida hace dos años, con un regreso fugaz del llamado rey emérito a España, desde luego se equivoca. El cúmulo de desaciertos en comunicación, iniciado en marzo de 2020, con un comunicado que establecía la ruptura entre el padre y su hijo, Felipe VI, y agravado con la salida en agosto de Juan Carlos I a Abu Dabi, se ha completado ahora. Es más, quizá los desaciertos hasta se intensifiquen con la extrañísima manera de informar de que quien reinó en España durante casi cuarenta años volvería este próximo fin de semana. Pero solo eso: el fin de semana, con un encuentro ‘de médico’ con su hijo y para participar en una regata en Sanxenxo, preparada por el más fiel de los amigos de don Juan Carlos, el navegante Pedro Campos. Y después ¿el retorno definitivo a los emiratos, a eso que algunos llaman, aunque no lo sea, aunque sea voluntario, ‘exilio’?

El Rey viajó a Abu Dabi este domingo para trasladar personalmente sus condolencias al presidente de los Emiratos, Mohamed bin Zayed, por el fallecimiento del hermanastro de este. De entrada, nos avisaron de que, por motivos protocolarios (¿?), Don Felipe no podría ver a su padre, aunque La Zarzuela dejó saber que había mantenido una conversación telefónica con él “y han quedado en verse en Madrid cuando Don Juan Carlos venga a España”. Curiosa forma de anunciar, sin dar más detalles –luego se fue filtrando periodísticamente la fecha del 21 de mayo, que tampoco parece ser aún definitiva ni oficial–, una inminente venida del ’emérito’ al país en el que tantos años ejerció como jefe del Estado.

Además, está ese absurdo debate, azuzado desde ambas partes, acerca de si, en su caso, el ’emérito’ podría o no dormir en el palacio de La Zarzuela. Incomprensible discusión, rematada con lo de la ‘conversación telefónica’. La mala relación entre padre e hijo, agravada por el temor a que las informaciones sobre actividades irregulares de Don Juan Carlos acabasen salpicando al hijo, ha llevado a un distanciamiento que va más allá de lo familiar: la enorme anomalía, tan mal resuelta desde ámbitos de La Zarzuela, afecta al final a la vida política española. Creo sinceramente que La Moncloa ha tenido poco que ver con este ‘affaire’ que trasciende lo palaciego y que afecta a la esencia de la Monarquía, hoy tan bien encarnada por la figura patentemente honrada y eficaz de Felipe VI. La cuestión también alcanza a la presidencia del Gobierno y a los planes conjuntos de PSOE y PP para reforzar el papel de la Corona y hacer la institución más transparente.

No puede ser que la Jefatura del Estado se vea lastrada por los dimes y diretes en torno a las idas y venidas de quien, con sus luces y también con sombras evidentes, reinó durante cuatro décadas desde la reinstauración de la democracia tras la muerte de Franco. Ni puede cundir la sensación de que rencillas que deberían afectar exclusivamente a lo familiar acaben extendiéndose a la política nacional.

Creo que un retorno (definitivo y sin pretextos extraños, entre los que cuento la famosa regata gallega) del ’emérito’ a su país, España, y su instalación allá donde él elija, incluyendo el complejo de La Zarzuela, sería positivo para normalizar lo que desde el primer momento no fue normal. Don Juan Carlos, incluyendo el contencioso con la aventurera Corinna, no debe seguir dando titulares a sectores que quisieran debilitar la actual forma del Estado. Ha conseguido, de una u otra forma, quedar libre de casi todas las persecuciones fiscales y, dicen, es libre de ir y venir cuando le plazca.

Puede que así sea legalmente, en efecto. Pero creo que los deberes para con su patria de quien fue el primer español van más allá de eso: Juan Carlos I tiene que dejar de ser noticia. Al menos, noticia que lleve aparejada la extrañeza que todas estas maniobras artificiosas puedan provocan: regrese en buena hora y sea bien acogido por todos e instálese en el silencio al que él y la institución a la que representó tienen ya derecho.

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Margarita Robles no puede irse; no ahora, al menos

Enviado por Fernando Jáuregui | 11/05/22

Todos los dislates puestos en marcha por el Gobierno desde que Puigdemont destapó la caja de los truenos dejando que se filtrase el informe sobre el ‘catalangate’, el espionaje a dirigentes independentistas catalanes por el Centro Nacional de Inteligencia, no pueden culminar en el que sería el último y mayor de los errores: prescindir de Margarita Robles, que es ahora, ante la próxima ‘cumbre’ de la OTAN de finales de junio en Madrid, la ministra más importante del Gobierno. O aceptar una dimisión que, estoy seguro, la ministra de Defensa presentaría muy gustosa ante lo que está padeciendo y ante su evidente pérdida de peso político por este ‘affaire Pegasus’. No, contra lo que dicen algunos que hasta ayer la apoyaban y que ahora la acusan de ‘indignidad’ por haber dejado caer a ‘su’ directora de los servicios secretos, Paz Esteban, pienso que de ninguna manera se puede sustituir en estos momentos a quien dirige el Departamento que afecta a las Fuerzas Armadas.

Cierto que el Gobierno no ha dado pie con bola desde que, el 2 de mayo y tratando de tapar el ‘catalangate’, tuvieron la ocurrencia desde La Moncloa o aledaños de poner en marcha el ‘moncloagate’, revelando que también el presidente Sánchez y la propia ministra Robles fueron espiados, aunque no se dijo por quién, recayendo inmediatamente las sospechas (y los rumores) sobre los ‘servicios’ marroquíes. Cosa que sin duda no contribuyó a ‘seguir normalizando’ las relaciones con Rabat (¿qué habrán hablado este martes el ministro Albares y su homólogo marroquí Burita?). Ni ha reforzado, desde luego, la cohesión interna en el Ejecutivo. Ni la confianza de los españoles, que se han sentido, me parece, engañados por las ‘explicaciones’, o la falta de ellas, sobre esta película de espías.

Solo faltaba, ahora, que, cuando por primera vez, se va a celebrar la más importante ‘cumbre’ en la historia de la OTAN en Madrid, en plena invasión cruenta de Ucrania por Putin, se nos marchase quien me parece que con bastante acierto ha venido dirigiendo las Fuerzas Armadas desde el Ministerio de Defensa. Creo que Robles goza de un apoyo mayoritario, aunque quizá no unánime, en el mundo castrense, y también pienso que cuenta con mucho respeto entre los militares europeos. Quizá Paz Esteban ha tenido una sustituta ‘a la fuerza’ –porque Robles forzó este nombramiento, quizá contra los deseos del ministro de la Presidencia, Félix Bolaños–en alguien de similar trayectoria, como Esperanza Casteleiro. Pero Robles, aunque estos días está visiblemente desnortada y fuera de sí (se vió nuevamente en la sesión de control de este miércoles en el Congreso), no tiene, hoy por hoy, sustitución fácil.

Creo y espero que la ‘cumbre’ atlántica, tan poco deseada por los socios gubernamentales de Podemos y por sus apoyos independentistas, va a salir bien. Docenas de esforzados funcionarios lo procuran ya. Madrid estará en los focos de todos los medios del mundo, expectantes ante que la ‘cumbre’ discurra normal y eficazmente, adoptando las difíciles decisiones que ha de tomar ante la agresión rusa; así que las infraestructuras no pueden fallar. Ni el Gobierno anfitrión puede dar muestras de que es el ejército de Pancho Villa. Sánchez no puede seguir dando la imagen de que es capaz de entregar la cabeza de sus más próximos y mejores colaboradores a las exigencias de quienes le mantienen, cada vez más a duras penas, en el sillón de La Moncloa. Esquerra Republicana de Catalunya, el propio Podemos, no esconden que quieren guillotinar también políticamente a esa ‘representante de la derecha moderada, del PSOE más conservador y rancio’ (Rufián, el portavoz de Esquerra, ‘dixit’, aunque Robles no es militante del partido en el Gobierno).

Sánchez, por una vez, ha de mantenerse firme en su próximo encuentro con el president de la Generalitat, Aragonés. Pienso que no puede seguir ofreciendo la sensación de una rendición constante a la parte del independentismo que representa Esquerra. Así, con un Gobierno que, lo mostró el ministro de la presidencia, Félix Bolaños, ante las acometidas parlamentarias en la sesión de control, ya no es capaz de dar respuestas mínimas a las inquietudes ciudadanas, Sánchez ni podrá concluir la Legislatura, aunque sea a trancas y barrancas, ni, desde luego, podrá ganar las próximas elecciones, anticipadas o no. Estos días han sido horribles para Sánchez, y, desde luego, para Margarita Robles, a la que este miércoles volvieron a dejar sola en los escaños azules. Pero eso no es lo que importa: lo que importa es que han sido política, moralmente, horribles para todos los españoles, que profundizan en su desconfianza hacia sus representantes. ¿Para cuándo el golpe de timón, señor presidente?

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La izquierda que queremos no es la que tenemos

Enviado por Fernando Jáuregui | 10/05/22

Sigo sin comprender qué pacto ata a Sánchez con los residuos de Podemos en el Gobierno. El hombre con quien suscribió en 2019 tal pacto, que Sánchez sabía que no le dejaría dormir, el inestable Pablo Iglesias, ya ha dejado –oficialmente—la política tras estrellarse en ella, y ahora anda socavando esa izquierda-de-la-izquierda que él construyó con mérito y con más ambición dispersa que programa y fundamento. Hoy, Unidas Podemos casi ha dejado de existir, empujado por la propia heredera de Iglesias, que jamás militó en UP: Yolanda Díaz busca, con razón, un espacio propio al margen de esa pareja de ministras, inoperantes pero ‘incordiantes’, que son Ione Belarra e Irene Montero, que tanto daño están haciendo a la política española. Hasta el ministro Garzón se ha separado de ellas.

¿Qué hace Sánchez ligando su, NUESTRO, Gobierno con un moribundo como Unidas Podemos, un partido que ni siquiera es capaz de llegar a tiempo de formalizar su candidatura en Andalucía?¿Qué hace atando su, nuestro, Gobierno a una formación que para nada comparte ya los valores esenciales de este sistema en cuanto a la forma del Estado, alineamientos internacionales, instituciones, economía e incluso territorialidad? Nunca ha sido mayor la contradicción entre una y otra rama del Ejecutivo que ahora, cuando los ‘podemitas’, liderados por alguien como Pablo Echenique, piden nada menos que la dimisión de la ministra de Defensa, convertida en su total enemiga.

Estamos en momento graves en los que hasta los servicios de seguridad se han puesto en tela de juicio, y quizá estén empezando a debilitarse en vísperas de una ‘cumbre’ de la OTAN en Madrid que no va a ser, con la que está cayendo en Europa y en el mundo, un encuentro cualquiera. Yolanda Díaz tiene ahora mismo en sus manos el futuro político de la nación casi tanto como Pedro Sánchez. Ella conserva la credibilidad y la popularidad, y no puede dilapidarlos por un quítame allá esas subvenciones en Andalucía.

Cada día veo más claro que la única posibilidad para la señora Díaz es constituirse en una especie de ‘ala izquierda’ del laborismo, es decir, del PSOE. No habrá, al menos a medio plazo, ninguna nueva posibilidad de ‘sorpasso’ al PSOE por parte de la izquierda-de-la-izquierda. Ni de que esa izquierda-de-la-izquierda-de-la-izquierda ejerza un gobierno efectivo de la nación, ni influya en la marcha de la misma más allá de poner continuos obstáculos para ganar un espacio en los titulares.

Errejón no deja de ser un apéndice menor (del PSOE), y sigue dando vueltas, cavilando dónde colocarse. El PSOE, desnortado y mal dirigido en Ferraz, es ya la parte menos importante del Gobierno (sector Sánchez, claro). Alguien, en el partido, y no serán ni Santos Cerdán ni, menos, Adriana Lastra, tiene que hacer la ‘operación izquierda’, creando su propia ala crítica mucho más allá de la corriente Izquierda Socialista: atraer a los jóvenes, a los desconcertados con una socialdemocracia que no acaba de definirse, a tantos huérfanos que no encuentran el centro progresista y temen la alianza de la derecha moderada con la que es inmoderada.

Pero, claro, mientras el Gobierno se debata acerca de las exigencias de sus aliados que le sustentan en una precaria mayoría, mientras haya ‘dos almas’ (o lo que sea) en un mismo Ejecutivo, mientras se exija la cabeza de nada menos que la responsable de las Fuerzas Armadas para mantener un ‘statu quo’ claramente indeseable y no se den las adecuadas respuestas desde donde deben darse, es decir, La Moncloa, poco habrá que hacer. No, no estamos para bromas, para tonterías, para despistes ni para juegos de patio de colegio ni de salón. Sánchez, no nos falles…más: esperemos que su comparecencia en el Congreso no sea para repetirnos la trola de que el Gobierno desconoce a quién espían los espías oficiales. Y usted, señora Díaz, haga de una vez su plataforma, pero sobre bases sólidas, fuera de la jaula de grillos grillados. Arreglen esto de una vez en lugar de estropearlo cada día un poco más, por favor.

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Sánchez concluye con bien una semana infernal

Enviado por Fernando Jáuregui | 07/05/22

Los círculos que se dicen bien informados en la Villa y Corte madrileña especulan acerca de la personalidad, que no es funcionario ni figura en la nómina oficial de asesores, que habría aconsejado a Pedro Sánchez que tratase de tapar el ‘catalangate’ con la revelación del ‘moncloagate’. Hay mucho aspirante a sustituir, sin despacho en La Moncloa, al gurú Iván Redondo. Y el presidente, que es mucho más maleable de lo que se piensa, aceptó el ‘consejo’ de enviar a su ministro de la Presidencia, Félix Bolaños, y a su portavoz, Isabel Rodríguez, a cometer el dislate político más importante del año.

Así, el lunes 2 de mayo, jornada festiva en media España, a las siete y media de la mañana, Presidencia anunciaba una conferencia de prensa en La Moncloa para dos horas después. Allí se anunció, sin identificar a los responsables, que también, como los de los independentistas catalanes, los teléfonos de Pedro Sánchez y de la ministra de Defensa, Margarita Robles, habían sido espiados por Pegasus. Se abrió la caja de Pandora y salieron de ella todos los viejos diablos en la semana más infernal para Pedro Sánchez desde que le echaron de Ferraz el 1 de octubre de 2016.

Denunciar desde la mismísima Moncloa una quiebra de la seguridad del Estado tan importante como la que supone que el presidente del Gobierno y la responsable de las Fuerzas Armadas y de los propios servicios secretos han sido espiados tenía forzosamente que provocar una catarata de efectos indeseados. Lo incomprensible es que eso no se previera.

Por ejemplo, quiebra del tímido acercamiento entre el Gobierno central y el Govern de la Generalitat (había que ver con qué cara se miraban el viernes Sánchez y Pere Aragonés en el Círculo de Economía en Barcelona); puesta en solfa del CNI y de su directora, Paz Esteban, obligada a dar incómodas explicaciones, consideradas por todos insuficientes, ante el Parlamento en la imposible comisión de secretos oficiales; pérdida aún mayor de la credibilidad del Estado; envenenamiento de las parecía que retomadas relaciones con Marruecos, al difundirse el rumor, que el Gobierno no pudo controlar, de que fueron los alauitas los que espiaron al Gobierno español; nueva oportunidad para que Podemos se distancie del PSOE en la coalición, llegando a pedir nada menos que la dimisión de la ministra de Defensa, con la que está cayendo en Ucrania; polémica inmensa entre los ministerios de la Presidencia y Defensa, acerca de a quién corresponde la seguridad telefónica del presidente…

Podría seguir. Porque, por ejemplo, el presidente del PP, Alberto Núñez Feijóo, que desde luego ha decidido no hacer sangre del ‘catalangate’, dado que los espionajes al propio Aragonés comenzaron ya en tiempos de Rajoy, se ha apresurado a pedir elecciones anticipadas, alegando el “caos” en el que se halla la Legislatura. Y sí, una cierta sensación de caos sí existe, un caos que abarca no solo a ciertas acciones que superan al Gobierno, sino a la coaligada izquierda a la izquierda del PSOE, que ha vivido, disfrazados todos de alegría y faralaes en la feria de Sevilla, angustiosos momentos para encontrar un candidato/candidata en un frente único ante las elecciones andaluzas. Yolanda Díaz ganó a Pablo Iglesias, pero la batalla deja heridos (y quizá muertos) en el bando que respalda, es un decir, al Gobierno.

Ocurre que la descoordinación en el Ejecutivo de Sánchez se ha hecho evidente. Que miembros de un Gobierno pidan la dimisión de otro miembro de ese Gobierno, como ha ocurrido con las ministras de Podemos con la titular de Defensa, Margarita Robles, ejemplifica la incoherencia que se vive en un Consejo en el que hay ministros/as que apenas se hablan con otros/as; ríase usted de aquella pelea florentina entre la vicepresidenta de Rajoy, Soraya Sáenz de Santamaría, y la que entonces era ministra de Defensa, Dolores de Cospedal. Nada comparado con esta pugna, que ya ni se disimula.

En fin: Sánchez tiene todos los frentes, excepto quizá el europeo –puestos a hablar de fotos, hay que ver lo sonriente que se mostraba este viernes ante Ursula von der Leyen en la playa de la Barceloneta–, abiertos. Lo único que tiene claro, por ahora, es que no piensa disolver las Cortes anticipando las elecciones, no importa la profundidad de la crisis de la coalición que gobierna, no importa el desgaste, de nuevo, en las relaciones –no rotas de milagro—con la Generalitat de Catalunya. Pero creo que, para llegar con bien a finales de 2023, tiene que dar un golpe de timón muy serio. Y no será atendiendo a las ocurrencias de algún lobista, que se pasea poLa Moncloa como Perico por su casa, como arreglará las cañerías y los cada vez más patentes desconchones. Bueno, al menos no se han roto todos los puentes con el ‘aliado’ catalán: la semana que viene, ‘cumbre’ con Pere Aragonés al canto. Difícil, pero algo es algo.

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La ‘guerra de las galaxias’ telefónicas: otra de espías

Enviado por Fernando Jáuregui | 03/05/22



(¿nos están tomando el pelo?)
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Supongo que algún día no lejano descubriremos las razones por las que el Gobierno, por boca del ministro de la Presidencia y de la ministra portavoz, convocó de improviso a los medios a La Moncloa, en una jornada festiva en Madrid, a dos horas de que la presidenta de la Comunidad, Isabel Díaz Ayuso, celebrase ‘su’ fiesta del 2 de mayo con la asistencia de Núñez Feijóo. ¿Era necesaria esta espectacularidad, no prevista siquiera en la agenda oficial que el Gobierno lanza a los medios? ¿Era conveniente difundir así, de golpe, que el sistema Pegasus, utilizado para espiar a los independentistas catalanes, infectó también los teléfonos del presidente Pedro Sánchez y de la ministra de Defensa, Margarita Robles? ¿No hubiese sido más eficaz convocar con más tiempo la rueda de prensa, dando más detalles, como, por ejemplo, sobre quién recaen las sospechas del espionaje a los miembros del Gobierno? Porque, así, lo que se ha hecho es alimentar todo tipo de especulaciones, rumores más o menos disparatados y chismes sobre la debilidad de un Gobierno ‘que se deja espiar’: un año ha tardado en descubrir, y denunciar, este espionaje. Menos mal que no han sido los de Citizen Lab quienes nos lo han comunicado…

Carezco de respuestas a las preguntas enunciadas más arriba. Hemos pasado del ‘catalangate’ al ‘Moncloagate’. Vamos progresando. Solo diré que esta inesperada e imprevista –seguramente incluso para ellos mismos– comparecencia desde La Moncloa de Bolaños e Isabel Rodríguez puede hacer sospechar que habrá más revelaciones relacionadas con espionajes esta semana, cuando comparezcan ante el Parlamento, el miércoles, la propia titular de Defensa y, quizá el jueves o el viernes, la directora del CNI, Paz Esteban.

Cuando Bolaños habla de ‘intervención exterior’ en el ‘pinchazo’ telefónico de Sánchez y Robles, y cita el programa Pegasus, seguro que tiene en mente la palabra que aún no se ha pronunciado, pero que se pronunciará: Rusia. Que no me atrevo yo a decir que haya sido el régimen de Putin, muy activo siempre en el ‘hackeo’ internacional, el culpable de haber utilizado el sofisticado sistema israelí para intervenir los teléfonos de dos personas clave ante la ‘cumbre’ de la OTAN en Madrid el próximo mes de junio (la infección, en todo caso, ocurrió hace un año). Pero sí puedo afirmar, y afirmo, que en el Gobierno, y no solo en el de Sánchez, existe desde hace tiempo la preocupación ante la ‘guerra de las ondas’ que hasta ahora iba ganando Rusia y sobre la que la UE está tomando especiales precauciones.

En cualquier caso, cierto es que España es, desde hace demasiados años, un puro ‘pinchazo’ telefónico. A veces, obra indudable de los servicios secretos, que desataron el gran incendio en 1995, cuando el vicepresidente Serra, el titular de Defensa García Vargas y el jefe del entonces CESID general Manglano, hubieron de dimitir ante el escándalo de unas escuchas no autorizadas que afectaron incluso al Rey. Luego ha habido multitud de ‘controles’ ilegales, públicos y privados (recordemos lo de Método 3 en Cataluña, por ejemplo, o lo ocurrido en Madrid en tiempos de Ignacio González), mientras a escala mundial se difundían las ‘intervenciones’ rusas incluso en procesos electorales, sin excluir a los Estados Unidos. Todo el mundo espía a todo el mundo. Y en España, más.

Es urgente que los ciudadanos, públicos y privados, políticos, empresarios, periodistas o simplemente gente que pasaba por ahí vuelvan a sentir garantizada una intimidad que, por culpa de todos, empezando por nosotros mismos, encantados de exhibir lo que hacemos o no hacemos por las redes, hemos ido perdiendo. Esa, esa, debería ser tarea principal de una ley de seguridad ciudadana, más enfocada ahora a garantizar la de los poderes públicos que la de los hombres y mujeres que transitan por la calle. Y esa debería ser tarea que las inoperantes Naciones Unidas abordasen de manera urgente, antes de que la tercera guerra mundial, que será la guerra de las ondas, sin misiles pero con víctimas económicas y morales, estalle sin remedio.

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Socavando a la ‘ministra de los militares’

Enviado por Fernando Jáuregui | 30/04/22

Que Pedro Sánchez tiene a su Gobierno profundamente dividido no es ningún secreto, y ya nadie se molesta en pretender unanimidades que no existen. Pero la división tiene connotaciones que afectan ya a la seguridad del Estado, y eso no es ninguna broma. Que desde el propio Ejecutivo, aunque sea desde sus carteras menos importantes, se torpedee a la ministra que actualmente es la personalidad más significativa del Gobierno, la titular de Defensa, es uno de los datos más inquietantes que recojo en mi cuaderno de notas de la semana, pródiga en hechos que para nada favorecen a una democracia.

Margarita Robles, la ministra de Defensa, lo es en un momento de guerra en Europa, cuando Madrid albergará dentro de dos meses la que probablemente vaya a ser la ‘cumbre’ más importante en la historia de la Alianza Atlántica, con asistencia de los principales mandatarios occidentales. ¿Cómo puede sentar en una tal asamblea la noticia de que quien ejerce la cartera de Defensa, persona que sin duda comparte los actuales valores del atlantismo, está siendo socavada desde un sector del Gobierno anfitrión, un sector que, para colmo, está en contra de lo que la OTAN significa y, por supuesto, de la propia celebración de la ‘cumbre’ en Madrid? ¿Cómo puede acogerse esta increíble situación entre los militares europeos, que consta que consideran a Robles una buena ministra y que, con un respeto y una disciplina que son obligados y mantienen ejemplarmente, sin embargo asisten al espectáculo sin dar crédito a lo ven y oyen?

Considero perfectamente legítimas esas posiciones antiatlantistas, sustentadas por Ione Belarra e Irene Montero, de Unidas Podemos, y las de otros partidos que sustentan en la actualidad al Gobierno. Como considero perfectamente legítimo mostrar simpatías por el Frente Polisario, como ha hecho el minisytro de Consumo, Alberto Garzón, cuando la postura oficial de España ha virado hacia las tesis marroquís. Lo que parece increíble es que esas posiciones se mantengan desde el propio Gobierno cuyo núcleo duro predica cosas diametralmente opuestas. Un Gobierno tiene que dar sensación de coherencia y se supone que todos sus ministros han de seguir unas directrices homogéneas en cuestiones fundamentales, como alineamiento internacional, forma de Estado, territorialidad o régimen económico de cara a Europa; otras cosas son susceptibles de debate interno, desde luego. Pero estas, no. Porque están en la base de la defensa de un Estado. Y en el basamento programático del propio Gobierno de la nación.

Los ‘socios’ de Sánchez, esos a los que el Gobierno ha forzado a la endeble presidenta del Congreso, Meritxell Batet, a meter ‘manu militari’ hasta en la comisión parlamentaria de secretos oficiales, acabarán dándole, dándonos a todos, algún disgusto serio. La semana, que podría haber encauzado un acuerdo transversal en torno al decreto de medidas económicas para paliar los daños de la guerra, acabó torciéndose y el Ejecutivo, en lugar de buscar pactos con un Partido Popular que se los ofrece –aunque no se los regala—se ha echado de nuevo en los brazos de Bildu, que es socio que a ningún socialista gusta y, sin embargo, ya ven…

Y, siguiendo por la estela de la perdición, la ministra que ahora es la más importante del Gobierno, y que, además, es la que registra mayor popularidad en las encuestas, se queda sola en el Congreso, desasistida por el presidente y las vicepresidentas, respondiendo a la indignación por el espionaje a los independentistas, mientras otras ministras la descalifican abiertamente. Entretanto, Puigdemont, líder indiscutible de una fracción de esos independentistas, maniobrando a sus anchas contra España desde importantes instancias europeas. Hay cosas que, desde luego, es imposible hacer peor. Y no me refiero a Puigdemont, claro, que lo suyo, conspirar contra el que, le guste o no, es su país, lo está haciendo bastante bien.

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Nada como un buen ‘affaire’ de espionaje…

Enviado por Fernando Jáuregui | 24/04/22

Nada como un buen ‘affaire’ de espionaje para calentar las portadas de los periódicos y el interés de los lectores. Y para avivar el languideciente clima en el Legislativo. Preveo esta semana una auténtica batalla parlamentaria en torno a ese desdichado ‘catalanGate’, la masiva invasión de la intimidad telefónica de más de sesenta independentistas catalanes, un escándalo que, lejos de remitir, se espesa y, lejos de aclararse, se oscurece.

Y eso que la política española también se adensa. Todavía más. Pero, desde los efectos de las elecciones francesas hasta la posible convocatoria de comicios en Andalucía, pasando por el plan gubernamental ’anti guerra’, todo quedará eclipsado esta semana por las derivas del estallido del ’caso Pegasus’: el control, presuntamente al margen de la autorización judicial, ordenado quién sabe por quién, sobre personajes de la vida pública (y privada) catalana, incluyendo a abogados de independentistas procesados. Un escándalo mayúsculo, sin duda.

Tiene el Gobierno central que demostrar al Govern catalán que nada ha sido ilegal, que los servicios secretos españoles no actúan al margen de la ley, cosa que, dicho sea de paso, la historia nos muestra que de ninguna manera ha sido siempre escrupulosamente así. Será la titular de Defensa, Margarita Robles, que acumula una buena dosis de prestigio en su trayectoria, quien, sobre todo, haya de encerrarse en el Parlamento con el peligroso morlaco, con la queja indignada de los grupos nacionalistas de la Cámara. Contando, además, con la inquina que el ‘socio’ Podemos mantiene contra la magistrada devenida en ministra sin carnet en el Ejecutivo de Pedro Sánchez; no, Podemos no va a apoyar a Robles. Tampoco ahora.

El presidente mantiene su silencio, el Centro Nacional de Inteligencia, que comanda una absoluta desconocida –pero bien conocida de Robles– como Paz Esteban, es un muro de hermetismo, lo que, a primera vista, podría parecer lógico, pero no es ni eficaz ni operativo. Y tiene que ser ella, ‘Marga’ Robles, la que defienda el prestigio de los servicios secretos, la que procure convencer al frente independentista, esta vez unidos ERC y Junts contra la violación de su intimidad, de que el Gobierno nada ha tenido que ver con la ‘operación Pegasus’. O nada, al menos, con sus perfiles más clandestinos e ilegales. Difícil tarea.

¿Hasta dónde llegan los métodos de la defensa del Estado frente a riesgos para su integridad territorial como los que planteaba el independentismo en 2017? ¿Son aceptables las violaciones de la intimidad, al margen de una orden judicial, para mantener al Estado informado de lo que maquinan los enemigos de ese Estado? Y, sobre todo, ¿son los independentistas enemigos del Estado, o es el Estado quien tiene que aprender a convivir con ellos, en la ‘conllevanza’ que decía Ortega? Son cuestiones que se plantean en un debate crucial, que probablemente no ha hecho más que comenzar.

Tengo muchas más preguntas, como si el Parlamento, en su estructura actual, puede actuar eficazmente para esclarecer y apaciguar los presuntos excesos del Ejecutivo. Ya digo que es previsible una batalla parlamentaria en la sesión de control al Gobierno, el miércoles (la ‘comparecencia estelar’ de Robles en la comisión correspondiente no está aún oficialmente agendada por la Cámara Baja): habrá, al menos, una pregunta de Gabriel Rufián, de Esquerra, dirigida al presidente del Gobierno acerca de si piensa investigar ‘el caso de espionaje político’. Y otra de la diputada de la CUP Mireia Vehí a la ministra de Defensa, preguntando, sin presunción de inocencia, “qué razones pueden tener los servicios de inteligencia españoles para investigar a la oposición política independentista catalana y vasca”. Y el diputado de Bildu Jon Iñarritu formulará una pregunta similar al titular de la Presidencia, Félix Bolaños. Lo mismo que el peneuvista Aitor Esteban o la diputada de Junts Miriam Nogueras harán, de nuevo, con la señora Robles. Incluso el representante de Ciudadanos Edmundo Bal interroga a la ministra, aunque más indirectamente: ¿qué actuaciones ha llevado a cabo este Gobierno en materia de seguridad nacional respecto a la amenaza separatista?

Seis preguntas que requieren contestación. Me parece que el Gobierno tiene que ser capaz, conjuntamente, de ofrecer respuestas, más allá de que los coaligados de Podemos se desmarquen con mayor o menor habilidad del pringoso ‘catalanGate’. Se juega el Ejecutivo no solo su credibilidad, sino también el futuro de esa pretendida ‘normalización’ con la Cataluña independentista, esa ‘conllevanza’ orteguiana que parecía, poco a poco, ir lográndose con Pere Aragonés, y no sus predecesores, en la presidencia de la Generalitat. Ha sido este, sí, un momento especialmente desafortunado para hacer estallar un caso –que ahí estaba, aguardando la explosión—también particularmente desgraciado.

Probablemente, Pedro Sánchez, refugiado en su rol institucional, y Bolaños, amparado en el de negociador, consigan salir airosos de la prueba en el Congreso y escapar hacia sus otros muchos quehaceres. Así que ya digo: tendrá que ser Margarita Robles, una mujer que ya tuvo responsabilidades en Interior cuando la lucha contra ETA y la saga-fuga de Luis Roldán, y salió inmaculada –aunque perdiera no pocos amigos, entre ellos el actual ministro del Interior– de todas las difíciles pruebas, la que tendrá que jugar el principal papel nada menos que en la defensa de la credibilidad del Estado, más que del Gobierno. A todos nos va mucho en que ahora también salga con bien del lance.

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Adiós a una no sé si querida compañera

Enviado por Fernando Jáuregui | 19/04/22

Has sido mi compañera obligada durante casi dos años. Te llevé conmigo a todas partes, te interponías en mis conversaciones con los amigos. A veces casi ni me dejabas respirar, de puro exigente. Eras molesta como un grano. Me decían que me acabaría acostumbrando a ti: nunca fue así. No me gustan las imposiciones, y eso eras tú: una imposición. Te puede salvar la vida, me decían. Otros aseguraban lo contrario: eras una inutilidad, una carga molesta, como una amante a la que ya no queremos y de la que no sabemos cómo desembarazarnos sin causarle daño.

Ahora me dicen que ya te puedo abandonar sin pena y sin riesgo. No lo sé: no acabo de verme en el espejo con la boca sonriente o triste, porque la tristeza o la alegría está más en la boca que en los ojos. Ahora pienso que quizá eras una mordaza que controlaba nuestros gestos, que velaba una parte de nosotros y que quizá nos incitaba a la cautela con nuestras palabras. Hablar teniéndote a ti no era lo mismo que hacerlo en tu ausencia.

Ignoro qué será de nuestras vidas sin ti. Dos años de convivencia es mucho tiempo como para ahora, hala, tirarte a la basura. Los hombres y las mujeres somos animales de costumbres y ya estábamos hechos a esa disciplina que consistía en velar la mitad de nuestros rostro; nuestros hijos y nietos más pequeños quizá creyeron que formabas parte de nuestra anatomía, y ahora se sorprenderán al ver nuestras caras impúdicamente desnudas.

Yo, por si acaso, querida, maldita, compañera, te voy a permitir acompañarme un trecho más. No sé si servirás para protegerme –¿por qué hasta ahora sí y desde ahora no?–, pero seguro que sí me serás útil para seguir parapetándome. Que nadie te utilice como pretexto para decir que la normalidad ha regresado a nuestras vidas, porque, contigo o sin ti, nuestros males no tienen remedio.

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