Estas dos Españas que se miran ceñudas

Enviado por Fernando Jáuregui | 11/04/21

España es país binario, de blancos o negros, pero poco de paleta de colores. Izquierda o derecha, sin más. Independentismo o constitucionalismo, sin matices. Madrid o Barcelona. País despoblado o arracimado. Monarquía o República. Quizá, desde que se reinauguró la democracia, nunca como ahora, cuando estamos a la vera de varias elecciones posibles, las dos Españas se habían mirado cara a cara con el ceño tan fruncido. Habría que remontarse a fechas históricas, desde 1898 a 1931, pasando por el 22 de junio de 1977, aquellas elecciones constituyentes, o el 28 de octubre de 1982, cuando la victoria del PSOE cambió el sesgo político del país, para entender la dimensión del reto que enfrentamos: estamos ante la tragedia o la farsa, como quería Marx, interrogándonos sobre lo fundamental, quiénes somos hoy o hacia dónde vamos mañana.

La increíble marcha de la campaña electoral en Madrid, como antes ocurrió en Cataluña y antes en las elecciones generales de noviembre de 2019, muestra que no hay propuestas de construcción de una ciudad, de una autonomía, de un país, sino una pura y dura batalla por el poder. Juego de tronos, como le gusta a quien usted y yo sabemos. Las elecciones se conciben como un método de aclarar un panorama político: aquí lo empeoran. El mundo se sume en una revolución económica, climática, social, y temo que somos ajenos a tales debates y planteamientos: hemos aprobado, sin saber muy bien para qué y sin el consenso suficiente, una ley de cambio climático tras un debate en el que un diputado (de Vox) llegó a decir que el calentamiento del planeta es bueno porque menos gente morirá de frío. Y no, no ha sido la gran risa, de derecha extrema a extrema izquierda, porque hemos perdido el sentido del humor.

Ahora, por poner otro ejemplo, llegamos esta semana al 90 aniversario de la República en momentos en los que deberíamos estar interrogándonos sobre cómo fortalecer nuestra forma del Estado de una manera integradora y no, como hace una parte del espectro político, cómo horadarla. Es perfectamente legítima la alternativa, pero construida desde un acuerdo de alternativas, no, como hace sin ir más lejos Pablo Iglesias, desde el reto permanente a la ‘otra España’. Y así, en tantas otras cosas, incluyendo la confrontación política, que no puramente sanitaria, en la lucha contra la pandemia que sigue devastándonos, pese a la esperanza en las vacunaciones masivas.

Ese mirarse con animadversión –vamos a decirlo así, levemente—del país contra el país se plasma con claridad en la campaña electoral que ya ha comenzado, no oficialmente aún, en Madrid. En los propios medios de comunicación. Es una campaña feroz, en la que algún candidato parece querer poner en almoneda lo que hasta ahora está siendo una forma de vivir, de estar en política. Una campaña nacional, porque así lo ha aquerido incluso la cúpula del Gobierno, y no autonómica. Como el debate que se desarrolla en Cataluña a la hora de tratar de formar un Govern más o menos de confrontación con el Estado.

Lo digo con escasa esperanza, pero, tras el fracaso de hecho de una fórmula de coalición que, simplemente, no ha funcionado, es preciso ensayar soluciones nuevas, de alguna manera reinventar España, que es concepto que va mucho más allá de los estrechos límites de un comentario periodístico. Se ha desperdiciado la oportunidad de hacer un Gobierno central nuevo tras la dimisión del vicepresidente, que era, a mi entender, un obstáculo más para una renovación coherente y planificada. Se desperdició antes la posibilidad de construir una alternativa ‘de país’ desde el constitucionalismo en los comicios catalanes, que todo lo han llevado a peor. Ahora veo que volveremos a tropezar con la misma piedra en Madrid, rompeolas, ya sabe usted, de todas las Españas. Luego, las olas rotas ya no tienen arreglo, aunque vuelvan. Los historiadores y la Historia escribirán sobre la nación de este 2021 con tintes bastante negros, como los del 98, si no lo arreglamos entre todos.

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¿Lo que quiere Sánchez es ser presidente de la Asamblea de Madrid? Pues lo parece

Enviado por Fernando Jáuregui | 10/04/21



(la táctica Miguel Angel Rodríguez’ está funcionando mejor que la de Ivan redondo)
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Uno, que lleva muchos años siguiendo profesionalmente los avatares políticos, no recuerda, la verdad, un caso similar al de un jefe del Gobierno trasladando a un viaje al exterior una pelea electoral interna. Es lo que hizo Pedro Sánchez en Angola, sugiriendo que la Comunidad de Madrid, que lidera –y aspira a seguir haciéndolo– su aborrecida Isabel Díaz Ayuso, falsea los datos de la pandemia.

Algunos graciosos hablaron de ‘odios africanos’, pero la verdad es que la cosa tiene poca gracia: la pelea a muerte entre la presidenta de la CAM y el presidente del Gobierno debilita la lucha contra el virus, y, eso sí, favorece claramente las posibilidades electorales de la primera frente a un PSOE donde el valioso Angel Gabilondo permanece como en segundo plano, atento al duelo al sol entre su jefe Sánchez y la señora Ayuso. Un pugilato que, de momento, tengo la impresión, va ganando ella: a este paso, acabarán votándola todos los que tienen inquina al Gobierno, olvidando que la pelea se circunscribe a la Comunidad de Madrid.

Y va ganando ella porque, entre otras cosas, y poniendo apenas el último ejemplo, el presidente del Gobierno central no pudo luego sustentar sus insinuaciones de falsificación de datos, y se tuvo que tragar, glup, el sapo de las palabras de su rival: “cree el ladrón que todos son de su condición”. A este paso, como la campaña electoral siga a este ritmo –supongo que Iván Redondo ya habrá aconsejado al inquilino de La Moncloa que pise el freno–, el huracán Ayuso no solamente ganará por goleada a Gabilondo, sino que acabará con el mismísimo Pedro Sánchez y, de paso, puede que hasta con su propio jefe de filas ‘popular’, Pablo Casado, que, como Gabilondo, parece destinado a ser poco menos que un espectador de la balacera.

Todo empezó cuando Sánchez, ocupando el puesto que le hubiese correspondido a la excesivamente discreta ministra de Sanidad, Carolina Darias, salió a la televisión a proclamar, ufano y como si el vacunador fuese él mismo, un alentador calendario para la inmunización de los españoles. Era necesario, aunque, ya digo, quizá le hubiese correspondido a la titular de la cosa, tranquilizar los ánimos encrespados. En ese momento, el pasado lunes, todo eran buenas noticias acerca de la llegada de vacunas procedentes de diversas partes, y toda la polémica, con la señora Díaz Ayuso de nuevo en el centro de las tormentas, consistía en si nos lanzábamos o no a comprar la vacuna rusa Sputnik.

Lo malo fue que al día siguiente, y espoleado por una metedura de pata de un alto funcionario de la malhadada Agencia Europea del Medicamento, se desató un vendaval a cuenta de la vacuna AstraZeneca y sus peligros de efectos secundarios. En las autonomías españolas, que parecen a veces el ejército de Pancho Villa, se organizó una notable algarabía de idas y venidas, decisiones a favor y en contra, para desconcierto y enfado de la ciudadanía, que ahora ya no sabe a qué carta quedarse. El gozo de la vacunación dio paso al temor a la inyección en esos momentos más común, la de AstraZeneca. Adiós al ‘efecto Sánchez’ y a su glorioso calendario ‘vacunacional’. Y para colmo, tras vapulear a Díaz Ayuso por haber mantenido contactos con las gentes de Sputnik, Sánchez acabó admitiendo que tal vez habría que recurrir también, si Europa se pone de una vez de acuerdo, a la solución rusa.

Yerra, a mi juicio, Sánchez al convertirse en el adalid de una vacunación de la que deberían responsabilizarse en el Ministerio de Sanidad, que también ha dado un recital de incompetencias y falta de liderazgo esta semana, moviendo de un día para otro los límites de edad para recibir la AstraZeneca. Y yerra, entiendo, porque se mueve en un terreno resbaladizo, inseguro, que hace muy difícil predecir cuándo y cuánto se habrá vacunado para ese temido verano que puede fallarnos de nuevo turísticamente, y entonces qué. No se puede, ni debe, sacar pecho político a cuenta de una pandemia, ni tampoco deberían ser las víctimas de la misma munición electoral.

Y se equivoca también, creo, asumiendo personalmente el liderazgo de una campaña socialista que mejor haría, con su sosiego de ‘sosoman’ fiable, Gabilondo. Ir a Africa a decir, para pasmo de su colega senegalés, que Madrid está “en alto riesgo”, con todo lo que ello implica para la imagen del país, es, vuelvo a decirlo, inconcebible. Y conste que de ninguna manera olvido los excesos de la armada de los ‘populares’ madrileños en sus ataques al Gobierno central. Pero así, como en ningún otro país europeo con un mínimo de sentido común, está planteada la batalla. Que no es la de Madrid; es la de las dos Españas, de nuevo, una vez más.

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Sí, soy un cretino. Y usted, también

Enviado por Fernando Jáuregui | 09/04/21


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(la teoría del ‘cretinaje’ según Don PI)
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Lo sospechaba hace tiempo: soy un cretino. Trabajo mucho, cobro poco y, encima, creo que lo que hago sirve para algo, con lo que me ilusiono pensando que, a mi ínfima manera, estoy contribuyendo a hacer un mundo un poco mejor de lo que lo encontré. Supongo que a muchos lectores les pasa lo mismo: se enfurruñan porque curran demasiado y no se les remunera con el afecto ni con los emolumentos que creen que merecen; nada, ni chófer oficial ni niñera de lujo para los hijos. Pero, con todo, se sienten orgullosos de lo que hacen, pensando, seremos cretinos, que es algo útil.

Como usted bien supondrá, esto de la cretinez no es cosa mía. Lo dice, con su superior criterio, el ex ‘número tres’ del Gobierno del reino de España, don Pablo Iglesias Turrión; así que a mí que me registren, que no soy culpable de nada.

Me temo que, eso sí, figuro entre los ‘carcas’ de esa ‘generación del 78’ que aún piensan, pensaban, que ser ministro, y no digamos ya vicepresidente, es un honor, porque te permite esforzarte para mejorar la vida de los ciudadanos y todo eso que se proclama ante los micrófonos en el Parlamento y en los mítines de las campañas. Al ex vicepresidente del Gobierno de coalición, que tanto maniobró, por cierto, para que ese Gobierno se formase, con él y su mujer dentro, le parece, sin embargo, que “solo un cretino se sentiría bien cuando lo que tiene encima es muchísimo trabajo”. Así se lo dijo a Susanna Griso, que, sin ninguna mala intención, le preguntó si se sentía satisfecho por haber dejado la vicepresidencia. No, no echa de menos ser el ‘vice segundo’, porque eso implica “muchísima responsabilidad” y, por ende, “muchísimo trabajo”, respondió, antes de soltar lo de los cretinos.

Bueno, ya digo que uno pensaba que la responsabilidad y el trabajo en favor de sus representados era lo que un político, al menos en teoría, más debería anhelar a la hora de elegir su camino en la vida. Pero no: ahora ya sé que el señor Iglesias, candidato a una presidencia de la Comunidad de la que las encuestas le sitúan, laus Deo, bastante lejos, no quiere ir a la Asamblea de Madrid a deslomarse. Bueno, tampoco es que lo hiciese, la verdad, en la vicepresidencia del Gobierno, donde, aparte de incordiar, no es que haya dejado grandes realizaciones plasmadas en leyes o avances, y ya de visitar residencias de mayores, de las que dijo que asumía la responsabilidad, mejor ni hablamos. Eso sí, a Bolivia sí que viajó, y aquello fue sonado.

En fin, que no sé si el señor Iglesias se merecía los seis mil seiscientos euros (brutos) que cobraba como vicepresidente, ni los cinco mil trescientos dieciséis que cobrará como ex vicepresidente y que no ha olvidado reclamar, porque, alega “es de lo que voy a vivir”. Al menos, hasta que consiga ser diputado raso, ya digo, en la Asamblea madrileña, si es que le peta sentarse en aquella Cámara tras haberlo hecho en el Congreso de los Diputados y no dedicarse al ‘show business’, que ya se sabe que no hay business como el ‘show business’, por mucho que hayas convertido la política en un ‘show’.

O sea, que –suponiendo que no se nos vaya ‘full time’ al ‘show’ — como ex vicepresidente cobraría apenas un mes; bien podría, dado el patrimonio que le conocemos, haber hecho el elegante gesto de renunciar a esos cinco mil trescientos euros que a él presumiblemente le hacen poca falta. Claro que elegancia y Pablo Iglesias son términos que mal maridan, como se dice de los vinos y de ciertos alimentos.

Sí, soy un cretino y usted que me hace el favor de leerme quizá también, porque no tenemos la teoría del aprovechamiento y ocupación del Estado que con tanta eficacia han llevado a la praxis don Pablo Iglesias y su dignísima compañera. Pero ahora ya sé, además, que, por el mísero sueldo de seis mil seiscientos euros, que muchos ya quisieran por currar de lo lindo (no como él) ocho o más horas diarias, no le compensaba eso de andar agobiado recorriendo los muchos metros del despacho vicepresidencial con vistas.

Así que, si por seis mil seiscientos no dio ni golpe, imagínese usted lo que nos va a producir este hombre, con una compensación de ‘apenas’ tres mil quinientos euros brutos mensuales, en su escaño de la Asamblea madrileña. Menos mal que lo complementará adoctrinándonos con algunos bolos en teles varias, que es lo que le gusta. Porque, si no, ¿de qué iba a vivir, el pobre? Que ya se sabe que eso del estajanovismo por cuatro perras es cosa, Iglesias Turrión dixit, de cretinos. A él, que le den series de Netflix, que son muy educativas do povo trabalhador, y de currar, lo justo. O menos, si es posible.

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Sábado santo rojo. O roto

Enviado por Fernando Jáuregui | 02/04/21

Aquel 9 de abril de 1977, cuarenta y cuatro años han pasado ya, nos sobresaltamos cuando un agitado y confuso compañero de radio, el gran Alejo García, nos dio, a trompicones, la noticia: el Gobierno de Adolfo Suárez acababa de legalizar el Partido Comunista. Suárez lo hizo el sábado santo, día en el que la gente se halla distraída, disfrutando de sus vacaciones y, por tanto, con una capacidad de reacción agresiva, en su caso, menor. Fue un paso valiente, necesario para la normalización de un país encaminado decididamente hacia la democracia, aunque la cúpula militar no lo entendiese, obviamente, así. Ahora, increíblemente, la disyuntiva ‘comunismo o libertad’, regresa, con aires del pasado que se quieren trasladar al presente. Y un comunista, nada menos que el secretario general del PCE, entra con polémica en un ‘segundo escalón’ del poder que ocupa Pedro Sánchez.

Todo ello me ha hecho recordar, cuando escribo este viernes santo, aquel ‘sábado santo rojo’, ingenioso título que el periodista Joaquín Bardavío puso a su libro, lleno de revelaciones, sobre las peripecias de Santiago Carrillo y su peluca en el último tramo de su relativa clandestinidad previa a la legalización. Tengo para mí que la designación de Enrique Santiago, que así se llama el líder del PCE en estos momentos, como secretario de Estado para la Agenda 2030 es una suerte de nueva ‘legalización’ de un partido que se halla como camuflado en la Izquierda Unida de Pablo Iglesias, pero que en puridad no es el partido morado. Ni debería permitir la confusión al respecto.

A Enrique Santiago incluso le han desempolvado una declaraciones en las que decía que, si se dieran las mismas condiciones que entonces (1917), él también asaltaría el Palacio de Invierno a la manera leninista. Una bobada, en suma, mucho más que la amenaza que quienes ahora desentierran la frase quisieran hacer ver, porque el guerracivilismo nunca se ausenta de las muchas cavernas de las dos Españas.

Pero lo cierto es que el nombramiento de Enrique Santiago, como antes el de Alberto Garzón o el de la propia Yolanda Díaz, que se reconocen miembros del partido fundado hace ahora cien años entre otros por Dolores Ibarruri, ha generado no poca controversia: ¿cómo va un comunista ‘ortodoxo’ y considerado como de la ‘línea dura’, a ser quien prepare el trayecto hacia 2030? ¿Cómo sentará tal cosa en la Europa ‘liberal’? Claro que no se trata de que el flamante secretario de Estado, que sustituye a la no menos flamante ministra Ione Belarra, prepare agenda alguna –nada hizo Belarra cuando ocupó ese cargo–, sino de satisfacer por parte de Pedro Sánchez exigencias de su aún socio de coalición, Unidas Podemos, repartiendo cargos, despachos y chóferes oficiales a los ‘minoritarios’. Una reafirmación de Sánchez en el sentido de que para él sigue siendo prioritaria la alianza surgida de la moción de censura de 2018 sobre cualquier ‘viraje al centro’ que pudiesen preconizar las instituciones y los ministros y miembros del PSOE más moderados.

Personalmente, no me asusta ni el nombramiento para un alto cargo del secretario general del PCE –es la primera vez que ocurre desde que se legalizó el partido—ni tampoco el frentismo que, desde el otro lado, evidencia el lema ‘comunismo o libertad’ elegido por la candidata del PP en las elecciones madrileñas. Creo que el comunismo ‘a la europea’, y estoy incluyendo al bastante duro PC Portugués, para nada guarda ya los perfiles estalinistas de los viejos tiempos de la guerra fría. Y en España, de la mano de Carrillo, la verdad es que prestó un buen servicio, renunciando a su programa de máximos, para el advenimiento de la democracia. Para mí, que en el último franquismo milité brevemente en ‘aquel’ PCE, el comunismo es, simplemente, una tesis que se ha quedado vieja por un uso inadecuado y por la apropiación del término por parte de aprovechados que, como Pablo Iglesias, solo buscan, o buscaban, la ocupación de unas parcelas de poder. El comunismo ha envejecido mal.

Por eso, no me parecen apropiados para esta sociedad ni el vocerío frentista de Iglesias ni la búsqueda del enfrentamiento entre comunismo –primero el eslógan se aplicó al socialismo—o libertad. Me parecería mucho más preocupante un país que amaneciese un sábado santo roto a que lo hiciese rojo. Y pienso que, con o sin Enrique Santiago planificando –es un decir—nada menos que el trayecto hacia el inicio de los próximos años treinta, el peligro que España tiene de sufrir una ruptura social es mucho mayor que el de que vengan los soviets a asesinar al zar, por mucho que algunos se empeñen estos días de pasión en pregonar el absurdo.

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España, país en el que las procesiones van por dentro

Enviado por Fernando Jáuregui | 01/04/21


(ni siquiera en la muy feminista Dinamarca una ministra promete el cargo hablando del ‘Consejo de Ministras’. Aquí, sí)
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España es (era) ese país tan peculiar que en la Semana Santa organiza(ba) procesiones con unos señores llamados nazarenos que iban con el rostro cubierto y tocados con un capirote siguiendo o precediendo a un paso que portaba tallas religiosas, a veces de gran valor, representativas de la pasión de Jesucristo y el dolor de su madre, la virgen María, ante las torturas infligidas al hijo de Dios. Es, más o menos, la explicación que hace tres años di a una periodista de una televisión danesa que pensaba hacer un reportaje turístico al respecto. Hoy –estamos a siglos de distancia de 2018: nada es igual—he vuelto a hablar con aquella periodista, que ocasionalmente sigue llamando para ver cómo siguen las cosas por acá.

Le he explicado –¡y lo ha entendido!—el significado de “la procesión va por dentro”. Que es lo que ocurre en esta España de 2021, ayuna de penitentes y saetas en las calles y de turistas en unas playas donde los muchos bañistas locales hacen mangas y capirotes de la flamante obligación legal de llevar mascarilla hasta cuando te metes en el agua. Bueno, le digo –¡y lo comparte!–, este es el país de las mangas y los capirotes, de las fiestas ilegales que provocan interminables disquisiciones jurídicas sobre la pertinencia de las ‘patadas policiales’ a la puerta de los pisos donde franchutes y otros jóvenes, nacionales y multinacionales, se saltan a la torera las prohibiciones de fiestas masivas. Como, por otra parte, viajeros clandestinos escapan, hacia segundas residencias, al confinamiento perimetral.

Mi ya casi vieja amiga danesa, que es periodista con larga práctica y mediana edad y fue la primera en advertirme sobre la pertinencia de la serie ‘Borgen’, me asegura que va a escribir –“no es que España interese demasiado, pero el tema es bonito”—sobre el concepto de las procesiones que van por dentro, es decir, que no salen a la luz callejera. Piensa ella, y ho no podría contradecirla, que, pese al sol, España es territorio de bastantes sombras.

En el Gobierno, por ejemplo, procesiones no se verán, pero haberlas haylas: menudo lío tiene Marlaska con la sentencia judicial que da la razón al coronel Pérez de los Cobos, o vaya follón el de Abalos con la compañía aérea Plus Ultra, o el de la reciente ministra de Sanidad, Darias, con la normativa de ida y vuelta sobre el uso de las mascarillas, o el señor Iceta con la que está cayendo en Cataluña –pero ¿por qué nadie intenta reactivar el ‘efecto Illa’ ahora que el independentismo se consume, en fuegos intestinos?–. Pues nada, silencio oficial y oficioso ante tantos cirios pascuales.

Otros años, aquel lejanísimo 2018 en el que me contactó la colega nórdica, los ministros del Gobierno salían a las plazas para cantar, al paso del Cristo de la Buena Muerte en Málaga, el himno de la Legión. Claro que entonces el ministro del Interior no era Marlaska, sino Zoido; el de Justicia era Catalá, y no Campo, y el de Educación, Cultura y Deporte era Méndez de Vigo, y no la amalgama de carteras en las que se ha repartido la cosa, que hoy hasta un señor apellidado Franco se ha convertido, y no precisamente por ser una medalla olímpica, en responsable de la cosa deportiva.

No creo que este año ministro alguno cante, ni siquiera para sus adentros o en la ducha, el himno de la legión, y supongo que hacen muy bien, porque lo de 2018 quedó algo ridículo, la verdad. Están muy ocupados con sus procesiones intestinas, que muchas veces derivan, explico a la danesa, en una alarmante falta de transparencia. Porque ¿cómo es posible que el presidente del Gobierno no haya salido aún a responder a los periodistas sobre el alcance y objetivos de la última mini-micro-remodelación en el elenco ministerial consumada al inicio de esta santa semana, más allá de ufanarse de que España es el único país del mundo que tiene a cuatro mujeres en las vicepresidencias de un Gobierno? Y sí, ya sé, respondí a mi interlocutora, que lo noticioso es que tengamos nada menos que cuatro vicepresidencias, otro récord mundial, y no que estén ocupadas por mujeres, algo que en Dinamarca para nada es una novedad. Claro que ni en Dinamarca una nueva incorporada al Gobierno osaría prometer el cargo hablando del `’Consejo de Ministras’, como hizo el miércoles la señora Belarra, doña ione.

Las procesiones que van por dentro incluyen no hacer nunca autocrítica –¡qué mal ejemplo el del tal Macron admitiendo haber cometido errores antes de confinar a todos los franceses, excepto, claro, a los que vienen a España de botellón!–, evadir los interrogatorios de los informadores y jamás admitirles que repregunten. Y, cuando un informe –algo deslavazado, lo admito—oficial norteamericano, de esta Administración Biden, tira de las orejas al presidente, al ya ex vicepresidente y al portavoz de Unidas Podemos (además de a Vox) por el mal trato que dan a los chicos de la prensa, pues ellos van y culpan a Trump, que es aquel energúmeno de quien hoy nadie, laus Deo, se acuerda.

La periodista danesa agradece, como siempre con educación y simpatía, mis comentarios. “Me he reído mucho con lo que dices”, comenta. Por eso, por mi deseo de que los lectores pasen un buen rato, he traído a esta crónica mi conversación con ella. Aunque le dije que por aquí estamos para pocas risas y seguramente los lectores no reaccionarían con la misma hilaridad nórdica. Por estos pagos, le comenté, andamos como las procesiones este año: recluidos y de capa algo, bastante, caída.

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¿Por qué se empeña Pedro Sánchez en cometer este error?

Enviado por Fernando Jáuregui | 28/03/21


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(el ‘broncas’ Iglesias se va, Belarra la ‘broncas’ viene. Pues menudo negocio)
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Dos apellidos vascos, que ahora regentan el mayor banco español, una fusión madrileño-catalana, lanzaban este domingo una clarísima advertencia –bueno, llamémosle consejo—a Pedro Sánchez desde las portadas de numerosos periódicos: es preciso hacer una política sin tensiones, transversal. Es decir, llegar a ese gran pacto, alejado de los sectarismos y la bronca que han caracterizado el año, dos meses y trece días en la vicepresidencia de ese Pablo Iglesias que el martes deja el Gobierno para emprender una aventura autonómica más que incierta. Pero no consta que el presidente del Gobierno vaya a dar el paso que cambiaría la imagen política del país y le convertiría en un estadista. Más bien me inclino a pensar que, este mismo martes en el que se va Iglesias, su ‘socio’ Sánchez reincidirá en el error.

Y el error será no hacer una remodelación ministerial amplia, disminuyendo carteras innecesarias (y muy caras) y abriendo el Gobierno a tendencias moderadas que cohesionen una acción gubernamental que hoy más que nunca debe brillar por una eficacia que hasta ahora se ha detectado poco o quizá nada. Creo, para concretar, que todos ganamos teniendo a Yolanda Díaz en una vicepresidencia que, en el fondo, consistirá en mantener su cartera de Trabajo y en nada más: el talante y el talento de la señora Díaz son, sin duda, mejores que los de su no sé si aún ‘jefe’. Pero pienso, a la vez, que todos perderemos si se concreta la entrada en el elenco ministerial de quien hasta ahora ha sido secretaria de Estado para la Agenda 2030, sin que se haya detectado en su actuación avance alguno para la sociedad civil española.

Hablo, sí, de Ione Belarra, que hasta el momento solo ha destacado como fiel y bien recompensada amiga del tándem Iglesias-Montero y como una notable ‘broncas’ que se permitía lanzar sus dardos gravemente acusatorios contra la ministra de Defensa, que, por cierto, dicen las encuestas que es la persona mejor valorada de las que componen el Consejo de Ministros. Supongo que doña Margarita Robles no estará precisamente exultante de alegría al tener que sentarse, de ministra a ministra, junto a la señora Belarra.

Y eso, si Sánchez no lo remedia, que dudo que lo remedie, ocurrirá también este mismo martes, cuando, por cierto, comprobaremos si el ‘socio lejano’ del Gobierno central –bueno, ya no sé si son tan socios, a raíz de las bravatas que escuchamos–, Esquerra Republicana de Catalunya, consigue hacerse con la presidencia de la Generalitat porque el fugado Puigdemont y los antisistema de la CUP lo permiten. Desde ERC ya han llegado algunos ‘recados’ dirigidos a Sánchez, y que son como el anuncio de lo que le y nos espera: que ponga ya fecha a la puesta en libertad de Oriol Junqueras y demás encarcelados por el ‘procés’. Como si Sánchez pudiera hacerlo…

El clima político, ya digo, se enrarece más, y eso que no era fácil aumentar los vapores tóxicos de la política española. Y, en lugar de aprovechar para hacer un Gobierno fuerte, capaz de afrontar los enormes retos que nos vienen en todos los órdenes, Pedro Sánchez va a introducir nuevos elementos de discordia interna en el Ejecutivo, precisamente cuando, con un suspiro de alivio audible desde fuera de La Moncloa, se había librado de Pablo Iglesias. Pues menudo negocio hace. Y nos hace.

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Adios, Pablo Iglesias, adios

Enviado por Fernando Jáuregui | 24/03/21

GRAF3818. MADRID, 19/04/2019.- El candidato de Unidas Podemos a la presidencia del Gobierno, Pablo Iglesias, participa en un acto contra el maltrato animal, este viernes en Madrid. EFE/ J.J. Guillén

El martes, Pablo Iglesias se despedía del Senado, donde posiblemente jamás vuelva a intervenir como miembro de Gobierno alguno. Este martes hacía lo mismo en el Congreso de los Diputados.

Allí acudió a la que fue su última sesión de control parlamentario para decir adiós, menos elegantemente que en la Cámara Alta la víspera, y anunciando que presentará ante los tribunales una denuncia por cohecho contra el secretario general del Partido Popular, Teodoro Garcìa Egea: el todavía vicepresidente del Ejecutivo de Pedro Sánchez, le acusa de haber ‘comprado diputados’ en Murcia para hacer fracasar la moción de censura presentada por los socialistas.

Presumiblemente, Iglesias abandonará su escaño en las próximas horas: desde enero de 2016 ha sido uno de los diputados más polémicos e ‘inquietos’ -llamemoslo así_en el hemiciclo. El lunes dejará el Gobierno en el que ha permanecido un año, dos meses y trece días por varios conceptos inolvidables.

Se va Pablo Iglesias del Parlamento nacional como ha vivido en él: con bronca. Sus maneras suaves para despedirse de quienes han sido sus adversarios –¿sus enemigos?– durante cinco años no han bastado para disipar el tono retador, faltón y nunca conciliador que le ha caracterizado. Creo, la verdad, que la rácana vida parlamentaria española no pierde mucho con su salida, como pienso también que el Gobierno de Pedro Sánchez, al margen de que el presidente pueda empeorarlo en los próximos días con alguna incorporación a mi entender nefasta -como la de la secretaria de Estado Ione Belarra, otra ‘bronquista política’ profesional _gana con la marcha del aún líder de Unidas Podemos. La figura de la ministra de Trabajo, Yolanda Díaz, que pasará a ocupar la vicepresidencia tercera del Ejecutivo, es mucho más conciliadora y mucho menos conspiradora. Y más eficaz a la hora de hacer cosas por la gobernación del país.

Las encuestas dicen que al señor Iglesias no le irá demasiado bien en las elecciones madrileñas. Los que parecían sus socios más probables, los de Más Madrid, le han dado con la puerta en las narices. Y el propio candidato socialista a la presidencia de la Comunidad, Angel Gabilondo, ha dicho taxativamente que con Iglesias no querrá acuerdos de gobierno tras las elecciones: esperemos que eso sea capaz de mantenerlo el ex ministro de Educación y ex rector de la Universidad Autónoma de Madrid. De momento, a Iglesias, que ha sembrado tantos vientos, todos le dan la espalda. La tempestad le llegará si obtiene el mal resultado que le anticipan los sondeos el 4 de mayo: eso podría dar con sus huesos fuera de la política.

No descarto que sea lo que él desea: quien bien le conoce, como la anticapitalista andaluza Teresa Rodríguez, dice de él que es un inestable, incapaz de mantener mucho tiempo ni una relación personal, y a la vista está, ni un puesto de trabajo. Desde luego, esa es la impresión que nos ha dado a muchos. Como periodista y como ciudadano, debo confesar que me gustaría saber que su adiós a la política nacional, y el que puede ser otro adiós, forzado por las urnas, en la política autonómica, es irreversible: no es este Pablo Iglesias, tan diferente al menos al que creímos atisbar en 2014, lo que muchos piensan, pensamos, que necesita este país.

Ahora viene una campaña electoral, la de Madrid -que tendrá tintes de campaña nacional–, en la que tendremos abundantes oportunidades de ver a Iglesias en su salsa más auténtica, fungiendo de caballo de Atila. Puede que después quiera empezar a frecuentar tertulias periodísticas -nada le gusta más que salir en televisión–, o a dar conferencias bien pagadas: se encontrará con muchos colegas a los que ha dado desplantes que mostraban su escaso aprecio por la verdadera libertad de expresión.

Adiós, Pablo, adiós; ni siquiera me sale una despedida neutra, tanto es lo que me alegra su éxodo. Creo que la Historia de España le incluirá no en sus páginas más negras, sino en las de la anécdota, transformada, como decía Marx, en farsa. Confío en que su legado político, esa ‘coalición dentro de la coalición’, formada con Esquerra y con Bildu, sea aún más fugaz que este pintoresco personaje, irrepetible en cualquier Gobierno de Europa.

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El caso ¿lamentable? de una tal María Montero

Enviado por Fernando Jáuregui | 20/03/21



(esta es María Montero, que ha acaparado fugazmente los titulares…para nada. La historia de la corruptela española o algo así)
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Los diez días más bochornosos que ha vivido la, ejem, inestable política española en este año, ejem, atroz, culminarán este lunes en un nombre: María Montero. Usted, aunque sea castellano-leonés, seguramente no había oído hablar en su vida de la procuradora salmantina María Montero Carrasco. Ella es, era, militante en Ciudadanos hasta este pasado viernes, y puede que el lunes sea votante a favor de la moción de censura que en las Cortes de Castilla y León presentará el socialista Luis Tudanca contra el Gobierno regional del ‘popular’ Fernández Mañueco, aliado con Ciudadanos en otra coalición inestable. Tras Murcia, tras Madrid con el salto de trampolín de Pablo Iglesias, con nuevos casos de presunta corrupción asomando en el horizonte, con una presidenta del Parlament catalán imputada por cuestiones que poco tienen que ver con la política y mucho con el presunto delito común, el ‘affaire Montero’ podría ser, bah, uno más. Lo peor es que no será el último.

¿Por qué abandona la señora Montero la bancada naranja pero, eso sí, sin dejar el escaño, lo que la convierte en una posible aliada de los socialistas para derribar este lunes a Mañueco? Bueno, similares pasos en Murcia merecieron el calificativo de ‘transfuguismo’. Pero seguro que usted ya ni recuerda lo que ocurrió la pasada semana en Murcia, o al menos seguro que no retiene en su memoria los nombres de quienes han protagonizado una carrera de ida y vuelta en el intento socialista de derribar el gobierno del ‘popular’ López Miras. Solo le recordaré, para no hacer esto demasiado largo en el recuento de miserias, que, con su habitual fineza y elegancia, el aún increíblemente vicepresidente Iglesias soltó en el Parlamento al secretario general del PP, Teodoro García Egea, que de dónde había sacado ‘la pasta’ para se supone que sobornar a los tres diputados regionales de Ciudadanos que al final abandonaron en Murcia el barco de los cantos de sirena socialistas para oponerse a la moción de censura.

Tampoco recuerda usted, volviendo a Castilla y León, el caso de aquella ahora ex política llamada Silvia Clemente, que lo fue casi todo en la vida pública oficial castellano-leonesa y se despeñó tan recientemente como en 2019 en un oscuro caso de recuento, ejem ejem, discutible de votos en unas primarias para hacerse con el control de Ciudadanos en esa autonomía, tras haber abandonado el PP, donde ya su futuro político se oscurecía.

O podría hablarle del madrileño Ángel Garrido, que pasó del PP a Cs, tras haber militado en otros partidos, y ahora salta del barco de la política quizá porque sus, ejem ejem ejem, expectativas personales no se han colmado y el candidato naranja a las elecciones madrileñas será otro, concretamente Edmundo Bal. ¿Quién recordará a Garrido dentro de una semana? ¿Quién, ya digo, recuerda los nombres en el culebrón murciano? ¿Quién se acuerda de Silvia Clemente? ¿Quién del disputado voto del diputado turolense que en enero de 2020 dio un vuelco, yo creo que no para demasiado bien, a la gobernación de este país?

Pues eso: aunque lograse dar la vuelta a una inicialmente fracasada moción de censura en las Cortes castellano-manchegas, que nadie duda de que, como la de Murcia, tiene su última inspiración en La Moncloa, María Montero será titular de un día. Como lo fueron aquellos diputados en la Asamblea de Madrid, Tamayo y Sáez, que, con su traición en 2003, dieron la vuelta sorpresivamente a la que debería haber sido la proclamación del engañado Rafael Simancas, el ‘pobre Simancas’ le llaman, como presidente de la Comunidad de Madrid.

Jamás se supo qué había tras la felonía del ‘tamayazo’; no estaba entonces el lenguaraz Pablo Iglesias para preguntar de dónde se había sacado ‘la pasta’. Naturalmente, cuatro ejems, si es que había ‘pasta’ en ese caso, o en los otros ‘asuntos’ que comentamos. Lejos de mí, desde luego, albergar siquiera la sospecha de que motivos espurios, lejos del ‘compromiso con mis electores’, cimenten ahora el nuevo caso de transfuguismo vallisoletano. Pero eso es lo que es y algo de, ejem, agua, ejem ejem ejem ejem, más allá del autoproclamado ‘ejercicio de honestidad’, habrá tras ese salto a la piscina.

Mal van las cosas cuando desde los principales despachos políticos del país se alientan estas cosas, con o sin ‘pasta’, con o sin promesas de cargos. Y nadie reverdece viejas promesas de reforma del perverso sistema electoral español que favorece prácticas tan ‘irregulares’ (poner aquí seis ejems). ¿Qué ocurrió de aquel ‘pacto antitransfuguismo’ que quería regenerar las hediondas aguas de la vida pública de un país que, además y por otro lado, pasa impasible por casos ‘Gürtel’, ‘Kitchen’, ‘Dina’ (no, no es Iglesias el más legitimado para hablar de ‘pasta’ ni de honestidad), Neurona, Delci (y ‘Plus Ultra’)… y un larguísimo etcétera que desbordaría los límites de espacio de este comentario y precisaría más bien de varios libros? ¿Dónde quedó aquello de que un imputado, perdón, investigado, debería abandonar la vida pública mientras su caso se sustanciaba?

Pues todo olvidado, qué diablos. La memoria es selectiva y las hemerotecas están arrumbadas. Si criticas un caso es que estás vendido al otro lado. Si los criticas todos, eres un gruñón resentido, y de milagro no te llaman antisistema. En fin, se avecina la campaña electoral, la madrileña, más temible, y mira que es difícil ocupar el lugar de honor en el podio de las cosas temibles que ocurren en este secarral político de la piel de toro. Este mundo es de lasmariasmonteros, las silviasclementes, las ionesbelarras, que saben que la gente prefiere vivir el presente y no recordar el titular coyuntural, que pasa, mientras que el coche oficial y el chófer permanecen. Al menos, mientras permanecen, porque ahí tenemos el caso ejemplar del holandés Mark Rutte yendo a actos oficiales en bicicleta. ¿Hasta cuándo, ejem, abusarán de nuestra paciencia?

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Sánchez, como Rajoy, deja que los problemas se pudran

Enviado por Fernando Jáuregui | 19/03/21



(Ione, la máxima representante del ‘clan Iglesias’)
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No hace falta ser un gran especialista en política para darse cuenta de que este Gobierno, así, no marcha. Cada materia, cada decisión, suscita un enorme conflicto interno, que, en lugar de dirimirse en el Consejo de Ministros, se resuelve a base de alfilerazos e indirectas, bien captados, claro está, por los periodistas, en entrevistas de radio. Y así, el alquiler, la vivienda, ocupan ahora el protagonismo en la batalla que antes fue de la reforma laboral –eso aún colea–, el salario mínimo y una decena más de cosas, para no hablar de la mismísima forma del Estado o del propio concepto de la democracia. A Pedro Sánchez el Gobierno se le descompone a jirones: hay ministros que buscan acomodos extranjeros, aunque la mayoría hayan fracasado en sus intentos y nada menos que un vicepresidente da el salto a quién sabe qué vacío –él sí lo sabe– sin siquiera avisar con la suficiente antelación a su ‘jefe’.

Resulta difícil de entender que Pedro Sánchez siga inmóvil, o incluso agravando la situación. La promoción de Yolanda Díaz, una buena ministra de Trabajo y una política sensata, con ideas que gustarán más o menos a según quién, pero al menos coherente con ellas, puede que reste algo de la virulencia que Pablo Iglesias imprimía e imprime a cuanto hacía y hace, pero no anula las discrepancias con, por ejemplo, Nadia Calviño y José Luis Escrivá en cuestiones fundamentales. “Guerra de vicepresidentas”, titulaba, con fortuna, un importante periódico refiriéndose a los desencuentros entre la ahora ‘vice número dos’ y la recién llegada ‘vice número tres’, la señora Díaz.

El distanciamiento en políticas concretas no está ya solo en los titulares de los diarios, sino hasta en las viñetas de los ‘cartoonists’. Consta que en importante ámbitos de decisión europeos, donde se aprecia a la ‘superministra’ de Economía, que, al fin y al cabo, pertenece al clan de los ‘eurócratas’, están pasmados ante estos conflictos internos. Y estas discrepancias, que se hallan en múltiples frentes del Ejecutivo, hacen, te cuenta alguno, que las sesiones del Consejo de Ministros constituyan una sinfonía de silencios reprimidos, de miradas cómplices de soslayo, antes de lanzarse a lavar fuera los trapos sucios.

Ahora nos dicen que la remodelación ministerial, cuando toque –que esa, agravar la interinidad y los compases de espera con la que está cayendo, es otra–, incluirá la promoción de Ione Belarra; la actual secretaria de Estado para la Agenda 2030, y ‘número dos’ en la vicepresidencia que increíblemente aún ocupa Pablo Iglesias, probablemente será, por imposición de este, ascendida a un ministerio, ¡uno más!, con la titularidad de Derechos Sociales.

Cualquiera que haya seguido mínimamente la trayectoria de la señora Belarra, al fin y al cabo una ‘enchufada’ más en el club de los Iglesias, no podrá sino tener los pelos como escarpias ante la hipótesis de esta promoción. Porque, al escasísimo volumen curricular de la señora Belarra, se une su condición de ser una ‘broncas por naturaleza’. Sánchez no puede, simplemente no puede –lo que no quiere decir que no vaya a hacerlo—, meter en el primer escalón de su Gobierno a alguien que se ha distinguido por atacar de la manera más feroz, entre otros, a la ministra más popular del Ejecutivo, la titular de Defensa, Margarita Robles. Conociendo también el carácter indomable de la señora Robles, que me parece que está tascando el freno pero que eso es algo que no hará eternamente, se podría adivinar, sin muchos riesgo a equivocarse, que otro conflicto, uno más en el gabinete, por si pocos hubiera, está servido.

La maestría de un presidente del Gobierno en su oficio se muestra, me dijo un ya lejano día Adolfo Suárez, en cómo resuelve sus crisis de Gobierno. O, lo que es lo mismo ‘a sensu contrario’, la impericia de un aspirante a estadista que jamás llegará así a serlo se plasma en sus indecisiones a la hora de cambiar sus alfiles, sus caballos y sus peones. Y a Sánchez sus ministros se le van, o eso pretenden algunos, pero él ni los echa ni los sustituye más que cuando resulta inevitable… porque han dado el portazo hacia otros destinos, no porque hagan mal sus funciones.

Uno de los grandes errores de Mariano Rajoy fue que creyó que dejar que las situaciones comprometidas se pudriesen era la solución idónea a muchos problemas. Sánchez, lo digo así porque es ya una verdad palpable, incontrovertible, está dejando que se le pudra el Gobierno, y los ministros más competentes y conscientes deberían avisárselo, lo que no me consta que hagan siempre. O probablemente no lo hagan nunca.

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Este finde no se le ocurra venir a Madrid, ni aunque se lo permitiesen

Enviado por Fernando Jáuregui | 18/03/21

Hoy más que nunca, escribir desde Madrid es llorar. Ser corresponsal en Madrid significa poder explicar por qué un señor de Pamplona o una señora de Santander no pueden venir a la capital estos días, y sí pueden hacerlo, en cambio, miles de jóvenes franceses, por ejemplo, que se preparan para participar en alguna fiesta clandestina, convocados por alguna mafia que las autoridades han sido, hasta ahora, incapaces de detectar.

O significa tener que narrar cómo es posible que, para este fin de semana, se estén dando cita impunemente en Atocha decenas de organizaciones tan violentas o más que aquellas de energúmenos que arrasaron Barcelona protestando contra la detención, por lo demás absurda, de ese mal rapero y peor individuo que es Pablo Hasél. Una ‘cita’ ésta a la que, por cierto, se suman un par de manifestaciones, esas sí legalmente convocadas, a la misma hora y por la misma zona de la ‘reunión’ de los ácratas y demás: una, de pensionistas cabreados y otra, de inquilinos más enfadados aún. Y todo eso, en una de las Comunidades con mayor índice de contagios por Covid de España, el Wuhan hispano. ¿Qué puede salir mal, con tan esperanzadores datos sobre la mesa?

Así que hágame caso si le digo que este fin de semana no venga usted por Madrid*aun en el caso de que pudiera hacerlo, cosa que ya se ve que está difícil -la ciudad y alrededores van a estar fuertemente controlados policialmente_ si no es usted franchute, alemán o sueco. Además, en caso de que por necesidad extrema tuviese que desplazarse a este polo de atracción de todas las tormentas políticas, donde la campaña electoral más tensa y sucia de la historia ya se adivina con claridad, tenga en cuenta que no podrá reservar un alojamiento en casa rural de la sierra ni una mesa en restaurante al aire libre: los pobres madrileños, queriendo festejar el puente de San José y no pudiendo salir del perímetro de la Comunidad, han copado las reservas en busca de un pequeño respiro en este rompeolas y ‘acaparatormentas’ de toda España que es este territorio al parecer dejado de la mano de Dios.

Tiempo tendremos que diseccionar minuciosamente en crónica política el desastre moral, ético y estético, que se vive en la Comunidad que habito, inmersa en tensiones a las que muchas otras zonas del país son ajenas. O donde, al menos, la inmensa crispación no es tan palpable. Pero, por ahora, algo de todo esto hay que decir. Y es que aquí tenemos museos y teatros, sí; pero también las sedes políticas cuyos perversos tentáculos llegan, o lo pretenden, a Murcia, a Valladolid, a Sevilla. A donde pueden, aunque a veces les salgan mal sus pueriles ‘putchismos’, ¿verdad doña Inés, seducida por el guapo Tenorio?.

Y, si no está aún convencido de la degradación moral que vivimos por estos lares, repase usted la sesión de control parlamentario de este miércoles, en el Congreso, ubicado, claro, en la zona parlamentaria de Madrid, que se está convirtiendo en la más peligrosa de todas. Allí, un descerebrado, indigno del acta de diputado, gritó a Errejón, que habló, y bastante bien, sobre las enfermedades mentales: ‘¡vete al médico!’.

Lamentable exabrupto, sin que quien lo lanzó, y me resisto a nombrarle, aún haya sido, que se sepa, apercibido por su partido. También allí nada menos que un vicepresidente, haciendo con los dedos ese gesto chulesco e inelegante que significa ‘money, money’, preguntó al secretario general del partido principal de la oposición que cómo había pagado a los diputados ‘tránsfugas’ de Murcia: “¿de dónde ha sacado usted la pasta, de una constructora?”, decía el increíblemente aún vice, sin que, que se sepa tampoco, ni los presuntos tránsfugas ni el secretario general interpelado le hayan llevado aún a los tribunales por calumnia. Que, como todos conocen, es atribuir a otro un delito que no ha cometido.

Quiero creer que la radiografía política de Madrid no se corresponde con la que podría hacerse en otras regiones, Murcia incluida. La historia del Madrid político es abrumadora: casos Kitchen, Tamayo, tantos otros cuya enumeración haría demasiado extenso este artículo. Presidentes autonómicos que han pasado por la cárcel o/y por los juzgados.

Desvergüenza sin límites. Comisiones, espionajes, ‘affaires’ Dina, Villarejo, Monedero, Bárcenas, Cifuentes; yo qué sé. Luchas descarnadas por un poco de poder, y no digamos ya por llegar a ese palacio de falsos mármoles en la Cuesta de las Perdices llamado La Moncloa. Y nadie parece dispuesto a regenerar todo esto en sus programas políticos ante las inesperadas elecciones del 4 de mayo. Puede que ni siquiera haya aún programas políticos -son lo de menos– y, cuando los haya, quizá estarán para olvidarlos cuanto antes. O sea, más de lo mismo.

No, mejor no venga a Madrid este puente, incluso aunque, siendo francés con reserva para fiesta ilegal, pudiera hacerlo. No vaya a contagiarse… de la podredumbre.

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