¿A qué espera Sánchez para cesar a Pablo Iglesias?

Enviado por Fernando Jáuregui | 06/08/20



¿Repetirán ahora en público aquel abrazo?)

Dos cosas he de elogiar, entre un cúmulo de reproches, a Pedro Sánchez: una, su defensa de la forma de Estado, que es la contenida en la Constitución que él prometió defender. La otra es que nos haya dejado claro, sobre todo que se lo haya dejado claro al interesado, que Pablo Iglesias no es el ‘número dos’ del Gobierno, sino que lo es la vicepresidenta segunda, Carmen Calvo. Y es la señora Calvo, ahora que el presidente se nos ha ido de (pese a todo merecidas) vacaciones a La Mareta, quien ejerce interinamente la presidencia del Gobierno. Para bien, para mal o para ambas cosas.

Parece a estas alturas innecesario resaltar que las relaciones entre las tres vicepresidentas y el vicepresidente segundo no son precisamente idílicas, lo cual resulta especialmente obvio en el caso de Carmen Calvo, que ya ha rectificado a Pablo Iglesias en un par de ocasiones señaladas, la última con motivo de la ‘huída’ –así lo calificó Iglesias, y lo desmintió Calvo—de Juan Carlos I al extranjero. A estas alturas, la relación de fuerzas en el seno del Ejecutivo –increíble que pueda hablarse así, como si de una guerra se tratase—arroja una mayoría de ministros en contra de las tesis de Pablo Iglesias, que permanece en el Consejo de Ministros aferrado a su dicen que buena relación con Pedro Sánchez y acomodado por el aplauso de ‘sus’ tres ministros, porque la cuarta, la titular de Trabajo Yolanda Díaz, no parece ya en muy buena sintonía con quien fue, más o menos, su ‘jefe’.

Así, en medio de todos los errores de comunicación que se han cometido desde el Gobierno y desde la Casa del Rey, desde La Moncloa se van filtrando cosas como la ‘firmeza’ de Sánchez en el último Consejo de Ministros al recalcar que él defenderá a la Monarquía de Felipe VI –no a Juan Carlos I; en esto, desde el Gobierno han sido muy tajantes–. También se nos ha sugerido que Unidas Podemos y sus terminales no cejarán en la defensa de la causa republicana, que está en el ADN de la formación morada. Lo cual es perfectamente legítimo, pero difícilmente comprensible que se haga desde el Gobierno del Reino de España.

Ignoro en qué parará esta batalla interna ya no tan soterrada en el ‘sancta sanctorum’ del poder político. Ha habido encontronazos, además de acerca del apoyo a la Monarquía, sobre la reforma laboral, sobre el posible apoyo de Ciudadanos a los Presupuestos, sobre las posibilidades de que el Gobierno de coalición pueda o no –que es que no—cumplir el programa con el que llegó al timón de la nación… Creo saber que también hay diferencias sustanciales sobre cómo afrontar la ‘cuestión catalana’, que este viernes se enquista de nuevo con un pleno extraordinario en el Parlamento sobre la Monarquía, que acabará sin duda en alguna resolución inaceptable para el Gobierno central…o para una parte de él. La mesa de negociación aquella entre el Gobierno central y las instituciones catalanas ha volado ya en pedazos, me parece. Y ahora todo se reduce a una magnífica relación entre Podemos y Esquerra Republicana de Catalunya, que es una pesadilla.

Y todo eso, y los rebrotes salvajes, y el rechazo de varios países a aceptar turistas españoles y a enviar turistas a España, cae hoy sobre la cabeza de una mujer que, como Carmen Calvo, ha mostrado, al menos, sangre fría y calma en las circunstancias más duras, aunque su trayectoria como ‘número dos’ no haya estado exenta de errores, muchos derivados de la falta de transparencia consustancial a este Gobierno. Me pregunto si el líder de Unidas Podemos y su ministra consorte –también increíble que se puedan, y tengan, que escribir cosas así—aprovecharán la ocasión para volver a mostrar su hostilidad y distanciamiento de quien ahora, en funciones desde La Moncloa, es, de hecho y para las emergencias, la presidenta.

Ya se ve que todo son contradicciones e incongruencias en el seno de este Ejecutivo. No sé a qué está esperando Sánchez para cesar a Pablo Iglesias, la verdad. Claro que como insiste tanto en que la coalición está más cohesionada que nunca, podemos esperar, dada la confianza que las palabras del presidente suscitan, que algo de esto ocurra en cualquier momento. O no…que diría Rajoy.

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Felipe VI nos debe una explicación

Enviado por Fernando Jáuregui | 05/08/20

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(resulta inconcebible el silencio de La Zarzuela, por muy atribulada que esté)

Resulta difícil imaginar una mayor sarta de errores en una gestión de comunicación como la que ha empañado esa ‘operación salida’ de Juan Carlos I no solo de La Zarzuela, sino incluso, parece que se pretende, de la Historia de España. Su marcha fuera del país, mal e inverazmente explicada en un comunicado que pretendía que esta salida era una iniciativa exclusiva del llamado emérito, se ha presentado casi como una huida vergonzante, casi un exilio, cuando no es, a mi juicio, ni lo uno ni lo otro: el afán de secretismo, la falta de transparencia –y de esto hay que culpar al Gobierno, pero también al entorno que no siempre aconseja bien a Felipe VI—ha provocado situaciones tan increíbles como que el jefe del Gobierno del Reino de España diga públicamente que ignora el paradero de quien ha sido jefe del Estado, y padre del actual jefe del Estado, durante cuarenta años.

Nadie creyó, claro está, una tal ignorancia de Pedro Sánchez acerca de dónde se halla refugiado Don Juan Carlos, como nadie creyó el tenor literal del comunicado de La Zarzuela, así que el presidente tuvo que admitir, en una rueda de prensa líquida y anodina, que las cosas que se tratan entre el jefe del Ejecutivo y el jefe del Estado han de mantenerse reservadas. Tres horas después, el vicepresidente del Gobierno, Pablo Iglesias, preguntado en una televisión acerca de sus diferencias de grueso calibre con ‘su’ jefe y presidente, también apelaba a que esos asuntos polémicos –el de la forma del Estado entre ellos, nada menos— han de ser cuestiones que se resuelvan en la intimidad entre él mismo y Sánchez, y punto. Como si la política no se hiciese para los ciudadanos a los que ambos, lo mismo que el jefe del Estado, representan. ¿Todo para el pueblo (se supone) pero sin el pueblo, señor Iglesias?

Demasiado hermetismo en un país en el que todos alardean, con patente falsedad, de transparencia oficial. Nunca la hubo menos. Creo que es urgente variar el rumbo: no se entiende que, con la crisis interna que ha sufrido y sufre la principal institución del país, La Zarzuela mantenga un silencio, que empieza a ser demasiado denso, sobre los muchos detalles ‘secretos’ que se nos escapan en todo este complejísimo asunto que podríamos resumir con un freudiano titular: ‘hay que matar al padre’. Y no, sospecho que, al final, una estrategia tal se va a convertir en una equivocación más: de hecho, pese a los muchos errores cometidos por Juan Carlos de Borbón, se aprecia estos días un auge de sentimiento popular entre nostálgico y compasivo que, reconociendo sus meteduras de pata –y de mano–, tiende a recordar los muchos servicios que Juan Carlos I prestó a la democracia y a la economía española.

Lástima que nadie se haya entretenido en desenterrar anécdotas y pasajes, quizá desconocidos, de esa labor benéfica de cuarenta años para sobreponer esos titulares a la voz de la dama malvada y aventurera y a la del policía archi corrompido y archi corrompedor. Por lo visto, ni a La Moncloa ni a La Zarzuela les interesaba demasiado recuperar episodios de un pasado que, sin duda, fue mejor y del que todos participamos en el llamado ‘juancarlismo’. Y el emérito, aun conservando amistades fervientes, carecía de la más mínima infraestructura de apoyo para intentar, si es que al final tuvo fuerzas para intentarlo, mejorar algo su imagen. Ahora, en este afán de ruptura total, parece que se trata de hacer tabla rasa de lo actuado en cuarenta años, en aquel ‘espíritu del 78’ que alguno, encaramado además al Gobierno de Pedro Sánchez, quiere derribar para instaurar muy nuevos aires –o huracanes– en el que aún sigue siendo el Reino de España.

Felipe VI es figura con muy acreditada y merecida credibilidad. Pienso que, y lo digo precisamente porque deseo que el gran pacto constitucional, que restauró la Monarquía, se mantenga, nos debe una explicación. Nos la dará. Una vez, el que creo que está siendo, pese a todo, uno de los mejores reyes de la Historia de España, dijo que el ‘trono hay que ganárselo cada día’. Su coyuntura es difícil, muy dolorosa en lo personal, pero ha de sobreponerse y superarla en bien de la estabilidad del país. Y no más errores de comunicación, por favor; se lo digo a quien corresponda, imaginando tal vez a quién corresponde.

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Sánchez, encantado con su Gobierno, entre otras cosas increíbles

Enviado por Fernando Jáuregui | 04/08/20

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, parece no haber entendido del todo que hemos entrado, desde este lunes, en una nueva era institucional. Apoya, y en ello me parece que actúa correctamente, al actual jefe del Estado, aunque ello suponga dejar en la cuneta a quien lo fue durante cuarenta años; pero se niega a reconocer (públicamente) la contradicción que supone albergar en el mismo Ejecutivo dos opiniones contrapuestas sobre la forma del Estado: apoyar a la Monarquía actual, constitucional, como parece que quieren el propio Sánchez y una mayoría de ministros, o derrocarla y favorecer la llegada de la República, como proclama Unidas Podemos. Por lo que dijo en la jornada posterior a la marcha al exterior de Juan Carlos I, ni siquiera piensa en remodelar un Consejo de Ministros de cuyo trabajo en general, aseguró, “estoy satisfecho”. Una oportunidad perdida de dar un salto adelante, en suma.

Y eso que Pedro Sánchez sabe, cómo no saberlo, que hay mucho lastre en su equipo. No me refiero ya solo a las ideas opuestas sobre la forma del Estado, ya comentadas, sino también a cosas más cotidianas, como que Ciudadanos pueda o no apoyar unos nuevos y necesarios Presupuestos Generales del Estado. Difícilmente se comprende que siga arrastrando una parte de su Consejo de Ministros que rema en la dirección exactamente opuesta a la del presidente del Gobierno: él quiere apoyar, dice, a Felipe VI en la Jefatura del Estado, y quiere incluir a Ciudadanos, y a quien se pueda, en las tareas de la gobernación en estos difíciles momentos para la nación. Justo lo contrario de lo que dice Unidas Podemos. Al observador casual, o no tan casual, se le hace muy complicado comprender que no haya orientado a su elenco ministerial en una dirección unívoca, a favor de la reconstrucción y de la consolidación institucional. Sigue con el ejñercito de Pancho Villa, Felipe González dixit.

Decepcionante rueda de prensa de Sánchez, en suma, en uno de los momentos más complicados para la política española. El presidente piensa que puede abonar la falta de transparencia, increíble, de que ni siquiera el jefe del Gobierno sepa el paradero de quien fue jefe del Estado de España durante cuarenta años, y que desconozca muchos detalles de ese viaje, que ni siquiera puede llamarse exilio, que ahora aparece como clandestino, del rey emérito al extranjero, saliendo por la puerta de atrás de La Zarzuela. El surrealismo no conviene a la política, y el jefe del Gobierno debería saberlo, lo sabe sin duda.

El momento político, extremadamente complicado, requiere otras respuestas, más elaboradas, menos evasivas. No un discurso, previo a las preguntas, de tres cuartos de hora de duración, autosatisfecho y autocomplaciente. Ni tampoco cabe ya el elogio al comportamiento del partido coaligado y del vicepresidente disidente. No se pueden comprender estas comparecencias ante los medios, tan vanas, del presidente del Gobierno que, por cierto, está destinado –lo dicen las encuestas—a seguir siéndolo, pero quizá con otras compañías, otras tácticas, otra estrategia, nuevas ideas y reflexiones. Nada de esto vimos en su comparecencia ante los periodistas de este martes.

No puede, simplemente no puede, el señor Sánchez dejarnos con la sensación de que apenas nos aguarda más de lo mismo: dos almas en el Gobierno, instituciones paradas, falta de transparencia, alejamiento de lo que hoy representa la oposición de las tareas de la gobernación. Pero así fue, sin respuestas, como Pedro Sánchez puso fin a un curso político lamentable, el más lamentable de nuestras vidas.

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Entre los avatares de Juan Carlos I y los “irresponsables” del botellón

Enviado por Fernando Jáuregui | 28/07/20


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(Felipe González tuvo un final de mandato cuestionable. Pero el momento ahora es el de reivindicar lo hecho en aquellos años de crecimiento y colocación de España en un buen ‘ranking’ internacional)

Parece que, entre los perversos efectos del virus que sigue azotándonos, se ha producido el agravamiento de una ruptura generacional de la que no puede culparse solo, ni principalmente, a la pandemia. El nuevo ‘espíritu 2020’ que algunos de nuestros representantes quisieran imprimir a la política nacional pasa por romper ese ‘candado del 78’ del que habló Pablo Iglesias, algo que llevaría directamente a la ruptura del sistema constitucional tal y como lo hemos venido viviendo hasta ahora. Parece obvio que una parte de los ataques –no pocos merecidos, por otro lado—al aún llamado ‘rey emérito’ provienen de sectores que quisieran aprovechar la oportunidad para forzar la llegada de la República a base no de reformar la actual Constitución, lo que sería deseable en varios aspectos puntuales, sino de sustituirla por una nueva, sin el carácter monárquico de la actual.

Si uno defiende que la estrategia no es ‘matar al padre’, como parece que algunos quisieran en La Zarzuela, sino reordenar de manera sosegada y no traumática las relaciones entre Juan Carlos I y su hijo el Rey, no es por un afán de defender a la figura de Juan Carlos I, o, ya que estamos, a la de Felipe González, también incluido en el anatema dictado por quienes predican ‘revolución’ y no ‘evolución’. Si uno dice que no hay que borrar de la faz de la tierra hasta el recuerdo de quienes fueron el jefe del Estado o del Gobierno del Reino de España durante casi cuarenta años, como ahora le piden algunos a Felipe VI que haga, es porque uno quiere defender su propia historia. Y la de quienes trabajaron desde la primera Transición por hacer de España un país habitable, próspero, respetable en el concierto internacional.

Ahora, algunos, instalados a veces en un sector del Gobierno de Pedro Sánchez (que, por su parte, ha asegurado que defenderá el sistema monárquico, de lo que estoy convencido) quisieran hasta hacernos perder la memoria de que esa historia está ahí, y que mucho nos queda de ella pese al ‘delenda est’ que quieren imponernos a varias generaciones. Y, así, asisto pasmado a una especie de contienda en la que los ‘antiguos’, a su vez, cargan contra los jóvenes, quizá como defensa, tal vez como venganza. Y en este asunto es obvio que el coronavirus ha acelerado la agitación cuya simiente ya estaba ahí.

No tiene sentido culpar a la juventud de ir a las discotecas y propagar una enfermedad que a ellos apenas les afecta; no es justo achacarles casi en exclusiva el haber provocado, por su ‘’irresponsabilidad’, ese millón nuevo de desempleados que se produce tras la ‘desescalada’. Como tampoco lo era tratar de marginar a los mayores, teóricamente para ‘protegerlos’, cosa que, a las cifras de muertes me atengo, no se ha hecho. Incomprensión total desde ambas partes. Ni ser mayor es delito (ellos llegarán a eso) ni lo es ir a tomar copas a una discoteca (como nosotros, desde luego, hicimos). Lo delictivo es ampararse en tales pretextos para evitar críticas por hacer las cosas mal. Y se están haciendo, la verdad, bastante mal.

Esta brutal ruptura generacional no es sino una manifestación más, quizá una de las más graves, de que vivimos en un país que ha tocado fondo. La pandemia no ha hecho sino agravar y acelerar los procesos. Y si ellos, los de la ruptura, trataron de minimizar, u olvidar, cuanto habían hecho quienes, desde su trabajo en los años setenta, ochenta, noventa, trataban de poner en pie un país mejor, la verdad es que nosotros, los de la evolución, obviamos que estas nuevas generaciones, las del botellón y la discoteca, están asomándose a la desesperación. No hay sino que ver las cifras de (des)empleo conocidas este martes y avizorar con realismo lo que va a ser el otoño. No es la generación del botellón: es la de la desesperanza. Y, para arreglar las cosas, hay que partir de diagnósticos realistas, comprensivos.

La reconciliación nacional, política, territorial y moral, que a tantos nos gustaría, pasa también por un abrazo intergeneracional. No podemos seguir cavando una fosa entre ambos mundos, pensando unos que el pasado siempre fue mejor y los otros que ese fue un pasado corrupto, degenerado, la caverna. También en esto las dos Españas. La distancia actual entre un padre y un hijo, o entre quien un día transformó desde el Gobierno España y quien ahora, desde el mismo puesto, dice que trata de reconstruirla, tiene que achicarse, no agravarse. Porque ese agravamiento puede que convenga a quienes, desde la nada, quisieran edificar un mundo diferente al que hemos conocido. Pero me temo que a usted, y a usted, a usted y a mí todo eso no nos conviene nada. Pero nada.

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La crisis de Gobierno es urgente

Enviado por Fernando Jáuregui | 27/07/20



(¿dónde están, qué hacen, algunos ministros?)
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De mi repaso habitual de una docena de cabeceras periodísticas, una, de un diario malagueño, llama no poco mi atención: “la Costa del Sol exige al Gobierno que no solo luche por Baleares y Canarias”. Este titular se produce, claro, tras el intempestivo anuncio del Ejecutivo de Boris Johnson de que exigirá el cumplimiento de una cuarentena a los turistas que regresen de España, algo que la ministra de Exteriores española, Arancha González Laya, trata de evitar diplomáticamente para Canarias y Baleares, obviando Andalucía. Hay muchas cosas que no se entienden en la acción e inacción del elenco ministerial español: por ejemplo, dónde está la ministra encargada del turismo. O, ya que entramos en ello, dónde diablos para media docena de ministros, diluidos en la actividad frenética de otros colegas en el Gabinete.

La protesta de la Costa del Sol, los titulares alarmadísimos de un buen número de diarios de toda España, hacen prever una agitada sesión este viernes en la ‘cumbre’ de presidentes autonómicos en San Millán de la Cogolla. Allí se discutirá el destino de esos ciento cuarenta mil millones que llegarán, paulatinamente y en los próximos meses, para sofocar los muchos incendios económicos que, cual rebrotes del coronavirus, van surgiendo en las distintas Comunidades. Para colmo, ni Urkullu, públicamente enfadado porque antes no se ha convocado a la comisión mixta del concierto, ni Torra, porque no le da la gana (él dice que por el virus que llena de temor a toda Cataluña) estarán en San Millán, aunque seguro que luego reclaman su parte en el ‘bienvenido míster Marshall’.

Pienso que, a la hora de reprimir las efectos de esta segunda oleada del Covid’19, las autonomías no han actuado con idéntica eficacia todas ellas. Se ha fallado en el recuento de datos, en la contratación de rastreadores, en la detección de visitantes de fuera, en la seguridad de las discotecas, en el control de las playas…¿sigo? Ahora, el clamor pide un retorno del mando único por parte del Gobierno central; vuelve Illa, que te perdonamos. Y todo eso estará presente en la presumiblemente ‘movida’ Conferencia de Presidentes Autonómicos, la primera presencial en seis meses, la más angustiada.

No creo que el Gobierno central, tal y como está, pueda afrontar el control único. Está en parte agotado, quemado, cuarteado por las ya innegables grietas internas derivadas de la existencia, en verdad, de dos ejecutivos paralelos y crecientemente alejados. Las protestas de la Costa del Sol; la pretensión del presidente valenciano, Puig, de negociar por su cuenta con los británicos; la señora González Laya negociando por su cuenta con el ministro principal de Gibraltar la creación de un ‘área de desarrollo’ en la zona (¿dónde está el ministro de Fomento?); las polémicas en torno a la forma del Estado o sobre si se puede o no pactar con Ciudadanos la confección de los Presupuestos me parecen, todos ellos, y muchos otros más, puntos que abonan una inmediata remodelación del Gobierno.

Una crisis en toda regla, que afronte que las cuatro vicepresidencias no fueron sino una dádiva a la coalición, lo mismo que varios ministerios, como el de Igualdad, o el de Consumo, o el de Universidades. Y una crisis que, sobre todo, cambie la orientación de un Gobierno que ha de seguir presidido, cómo no, por Sánchez, el ganador de las elecciones, pero con otras adherencias.

Al elenco gubernamental, a una parte de él al menos, hay que reconocerle dedicación, esfuerzo y valor a la hora de afrontar el tremendo imprevisto de la pandemia. Pero este equipo está, ya se ve, superado por la realidad y por la incompetencia de algunos. No entiendo que el inquilino de La Moncloa prolongue su inmovilismo: hay que enviar mensajes al mundo, a Europa, al propio país, en el sentido de que esto tiene arreglo, que algo se mueve. Y el viernes, con todos los presidentes autonómicos (menos dos, claro) reunidos, puede ser un buen momento para lanzar ese decisivo mensaje. Bien podría incluso haberse invitado a San Millán al líder de la oposición, pero claro, eso es una utopía. ¿Dará Sánchez el paso, algún paso? Sí, yo también desconfío.

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Cataluñá, al fin en la independencia que da el aislamiento

Enviado por Fernando Jáuregui | 25/07/20


Tres años van de entonces hasta ahora. Las cosas, como se ve, han cambiado no poco…
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El primer ministro francés, Jean Castex, que no da un paso sin consultar con el presidente Macron, ha recomendado públicamente a los vecinos galos que se abstengan de visitar Cataluña este verano. Dado que los aragoneses andan como andan con el coronavirus y que en el resto de España, pese a las pasadas invitaciones a hacerlo, parece que Cataluña no es precisamente el destino turístico principal, es de temer que los catalanes vayan a pasar las vacaciones veraniegas muy solos. Con el consabido desastre para la hostelería y el sector hotelero, que acapara casi la mitad de los ingresos veraniegos de la autonomía. Al fin independientes. Perdón: quiero decir, claro, por fin aislados.

Hay que ser muy ciego, muy sectario o muy fanático para no colgar del pecho del molt honorable president de la Generalitat, Quim Torra, la medalla de oro a la incompetencia. Mucho de lo que ocurre es culpa de su mala gestión, que llegó hasta asegurar que si la extensión de la pandemia es en Cataluña mayor que en el resto de España es porque no es aún territorio independiente. Ha colocado los intereses de ‘su’ independentismo por delante de los de la salud y la economía de los catalanes, ha sido profundamente insolidario a la hora de compartir datos ‘con Madrid’ , inepto para proteger la seguridad de playas y ciudades, rematadamente insensato al anunciar que no irá a la reunión de todos los presidentes autonómicos en los que se hablará de los fondos europeos.

Prefiere Torra que el Parlament ‘repruebe’ al rey Felipe VI a que en la cámara legislativa (que no legisla) se debatan las posibles soluciones a la crisis del virus. Elige una política de tierra quemada a la vista de su probable inhabilitación en septiembre (menudo mes); antepone sus intereses y los de su ausente mentor a los de los ciudadanos a los que teóricamente representa.

Y, para colmo, junto con este mentor, Carles Puigdemont, ha organizado un inmenso caos político con el apoyo al nuevo partido del fugado en Waterloo, el hombre que quiere, este otoño, disputar la presidencia de la Generalitat al preso Oriol Junqueras, a quien presumiblemente el Supremo privará en breve de los beneficios del tercer grado penitenciario. Bueno, todo eso será si se pueden hacer las elecciones este otoño –el 4 de octubre es la fecha más señalada– , lo que tampoco está claro dadas las estrictas medidas que habrá que poner en práctica para atajar los enormes rebrotes de la enfermedad.

¿Puede Pedro Sánchez, en estas condiciones, retomar mesa de diálogo alguna? Claro que no. Primero se tendrán que poner de acuerdo entre las fuerzas independentistas catalanas sobre cuáles son sus últimas metas y cómo proceder a negociar con el Estado. Ya no sé qué tiene que ocurrir en Cataluña para que los catalanes se harten definitivamente de la gestión a la que son sometidos, de tanto envolverse en la estelada y en el lazo amarillo para disimular corruptelas e incompetencias. Europa, esta semana, nos ha dado una muestra de por dónde van a ir las cosas en el futuro, y ese futuro ni de lejos pasa por crear nuevas repúblicas independientes.

De momento, Torra ha conseguido ofrecer a los catalanes un atisbo de lo que sería su independencia: el primer paso, el aislamiento, ya es un hecho. Al menos, durante este verano de dolor para tantos comerciantes, trabajadores y pequeños y medianos (y grandes) empresarios. Enhorabuena, molt honorable: la medalla de oro a la incompetencia, en un país donde el título está muy disputado, es suya.

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Un fin de curso bastante desastroso

Enviado por Fernando Jáuregui | 23/07/20

Pues señoras y señores, el curso político terminó –bueno, falta una comparecencia de Sánchez para explicar ‘su’ triunfo en la ‘cumbre’ de la UE—y, en mi opinión, el balance no justifica precisamente la tanda de aplausos con los que los diputados ‘culiparlantes’ obsequiaron este miércoles a sus líderes. Yo diría que este balance es más bien desastroso y solamente el haber salvado ‘in extremis’ esos ciento cuarenta mil millones de fondos de reconstrucción europeos, lo que ciertamente no es poco, nos libra de sumirnos en la desesperación más extrema. Pero ciertamente no es esto, no es esto: seguimos, en mi opinión, en una especie de caída libre. De caída democrática libre.

El hecho de que se hayan más que duplicado los contagios en las dos últimas semanas, coincidiendo con las juergas veraniegas, habla muy poco de nosotros, ciudadanía, y tampoco deja en buen lugar la gestión de la desescalada, la verdad. Miles de turistas que, pese a todo, se había atrevido a venir a nuestro país, han cancelado a última hora sus pasajes y reservas, y el sector, que creía poder levantar tímidamente la cabeza, se halla al borde de la desesperación total, y sé de lo que hablo.

Y esto se produce en un clima político pestilente, perfectamente reflejado en la lamentable sesión parlamentaria de este miércoles y en los inanes acuerdos y majestuosos desacuerdos a los que llegó la rimbombante comisión parlamentaria de reconstrucción: la montaña parió un ratón y nuestras fuerzas políticas, tan ocupadas en volarse la cabeza unas a otras, no han sabido siquiera gestionar en buena armonía la buena noticia que supuso el desbloqueo de los fondos europeos. Sánchez estuvo mal atacando al PP por no haber ‘ayudado’ a tal desbloqueo, casi acusándolo de traición, y Casado actuó casi peor apropiándose de las figuras de las verdaderas gestoras del eurotriunfo, Angela Merkel y Ursula von der Leyen, porque ambas pertenecen al Partido Popular Europeo y no son socialistas. Menudos argumentos escuchamos en cada sesión de control parlamentario…

Creo que si el Legislativo va como va, y el Judicial está atascado desde hace dos años, el Ejecutivo no presenta perfiles mucho más esperanzadores. Cada día es más patente la excéntrica presencia del líder de Podemos en ese Ejecutivo: Pablo Iglesias hace, cada vez que puede, profesión de su fe republicana y de su alineamiento en una izquierda que no aprobará los Presupuestos si también los apoyan los centristas de Ciudadanos. Todo ello, en un afán por disimular sus problemas internos, externos y mediopensionistas, que le cercan y que le importan mucho más que la coherencia política en un Ejecutivo que prometió lealtad a la Constitución monárquica..

A este paso, llegará el momento en el que Pedro Sánchez tenga que elegir, y entonces esperemos alguna acción positiva por parte del Partido Popular, cuya ayuda será también muy necesaria no solo para sacar adelante, como sea, unos Presupuestos, sino hasta para sofocar las inevitables llamas que este otoño nos van a llegar desde Cataluña. Por lo pronto, el Parlament catalán ya ha pedido nada menos que la reprobación del Rey Felipe VI y su abdicación; ahí queda eso.

Este es, a grandes rasgos, el panorama desde el puente cuando el curso político concluye, aunque ya digo que nos queda una sesión que protagonizará Sánchez para explicar, sin autocríticas –ningún político español es aficionado a ellas—, su sin duda buena, o al menos afortunada, gestión en esta última, angustiosa, reunión del Consejo Europeo.

Y así, entre peticiones mil de comisiones de investigación parlamentaria, que afectan desde al Rey hasta al mismísimo Pablo Iglesias, entre demasías lanzadas desde los escaños, como que “las cloacas se sientan en el Consejo de Ministros”, o en medio del descontento algo caótico de las autonomías por el desequilibrado reparto de los fondos, hemos llegado al final de un semestre ‘horribilis’. Lo siento por esas promesas de Sánchez en el sentido de que agotará la Legislatura con una coalición cada vez más consolidada: puede que me equivoque, claro, porque errar es fácil en medio de este desorden henchido de inseguridad jurídica y política, pero sospecho que esto, así, mucho tiempo no va a poder seguir. Y he de recordar que aquí quien lleva el timón y la nave a un pretendido buen puerto se llama Pedro Sánchez, el hombre que aún sigue liderando las encuestas de intención de voto. Pese a todo.

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Un triunfo de Sánchez, guste o no guste

Enviado por Fernando Jáuregui | 21/07/20

Que Pedro Sánchez es el político español que mejor se asoma al abismo para de inmediato ganar tierra firme ya no cabe duda. Nos coloca al borde del infarto con su acción atrevida, a veces imprudente, nunca, es la verdad, carente de valor. Lo ha demostrado una vez más en la ‘cumbre’ europea para el reparto de los fondos de reconstrucción, que España –y el Gobierno de Sánchez, claro—tanto necesitan.

No me encontrará usted entre los entusiastas de Pedro Sánchez; demasiado maniobrero, tiene algún problema con la verdad y con la garantía de la seguridad jurídica. Pero, con todas las reticencias, le digo a usted que me parece que en este cuarto de hora nadie salvo él puede liderar el Ejecutivo del Reino de España. Lo que viene a significar que nunca encontrará un momento como este, en el que ha salido bastante crecido de la dificilísima ‘cumbre’ europea, para poner a su Gobierno a punto para los combates de ajuste que vienen. Otro Gobierno. El de la meritocracia.

Sánchez no se puede permitir mucho más tiempo liderar un conjunto de ministros (y de vicepresidentes) que marchan a distintas velocidades, cuando no marchan por caminos contrapuestos, como en lo referente a la forma del Estado. Es más necesario que nunca un equipo compacto, naturalmente liderado por quien ganó las elecciones, pero sin repartos absurdos de poder a quien quedó en el cuarto lugar en el podio del 10 de noviembre, es decir, que ni medalla de bronce obtuvo.

Sánchez, en quien muchos no creían, y bastantes aún siguen en creer, es capaz de meter en un mismo equipo, aunque solamente en este momento fugaz, a los separatistas de Esquerra y a los centristas de Ciudadanos. Ahora le toca tender una mano unitaria a Pablo Casado para la reconstrucción de un país bastante devastado. Y a Casado le toca, creo, aceptar la mano tendida, reconociendo unos hechos que no tienen discusión: a Sánchez, una vez más, esta carambola le ha salido bien. Y no reconocerlo no puede sino evidenciar ceguera en quien lo niegue. ¿Sabrá aprovechar el presidente español este instante para intentar ser un estadista o seguiremos teniendo más de lo mismo?

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El ‘anuncio’ de Felipe VI

Enviado por Fernando Jáuregui | 19/07/20

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(motivos de preocupación al Rey no le faltan, no…)

Llevamos días de especulaciones acerca de un presunto ‘anuncio’ de Felipe VI sobre su padre, Juan Carlos I. Dicen algunos que el Gobierno presiona al monarca para que el llamado ‘emérito’ sea desposeído de su título de rey, algo insólito en nuestra Historia y con, me parece, difícil encaje jurídico. Otros hablan de que Don Juan Carlos debe salir ya mismo de La Zarzuela, expulsado de allí por su hijo, camino quizá del exilio, lo cual, a mi juicio, constituiría otra insigne barbaridad: estos no son los tiempos de Alfonso XIII. Entonces ¿de qué anuncio hablamos? ¿Habrá, por cierto, anuncio alguno?

A mi juicio, en el marco misterioso de filtraciones diarias sobre las actividades pasadas de quien fuera jefe del Estado durante cuarenta años, cualquier cosa que pudiese hacer ahora Felipe VI sería un error. Como lo fue, entiendo, aquel extrañísimo comunicado emanado el pasado 15 de marzo de La Zarzuela, puede que con la connivencia del Gobierno de Pedro Sánchez, en el que se vertían subrepticiamente muy serios cargos contra Juan Carlos I, además de desposeerle de la subvención de que gozaba en los Presupuestos de la Casa del Rey.

Matar al padre no tiene por qué significar una salida ventajosa para el hijo. Son muchas las voces que escuchamos estos días en el sentido de que, junto con las sanciones penales y morales que correspondan por sus acciones lamentables, es preciso dar un reconocimiento a la figura de un jefe del Estado que, junto a su defensa de la democracia, hizo mucho por el papel de España en el exterior. El ‘juancarlismo’ forma parte de la historia de todos nosotros, y eso no se puede, no se debe, borrar de un plumazo, decretando que, simplemente, aquello no ocurrió porque quien lo hizo ha dejado de tener el título de rey.

Reconozco que ignoro si las rumoreadas presiones que el Ejecutivo de Sánchez (y de Pablo Iglesias) estaría ejerciendo para que Felipe VI haga algún anuncio desvinculándose del todo de su padre tienen alguna verosimilitud. Comprendo la inquietud del Gobierno ante la posibilidad de que llegase a tambalearse la jefatura del Estado; mal momento, cuando estamos en plena negociación con Europa, para tales bailes.

Creo que Sánchez lo sabe, y sabe que la compañía de Pablo Iglesias en este trance no es precisamente la más conveniente: supongo que los jefes de gobierno reunidos en Bruselas no entenderán demasiado bien que en España un mismo Gobierno albergue dos tesis contrapuestas sobre la forma del Estado. Pero esa es, en el fondo, una manifestación más, quizá la más grave ahora, de esas dos Españas machadianas que pueden helarnos el corazón y acaso dificultar el acceso a las arcas del fondo de reconstrucción europeo.

Puede que, como decía el insigne Pío Cabanillas, lo urgente ahora sea esperar. Aguardar a que el temporal amaine, a que pase el vendaval de las ‘filtraciones’ y cese el chaparrón de las ‘vendettas’ y de los mensajes subliminales a los fiscales. Cualquier precipitación, cualquier paso en falso, podría hacer aún más perfecta la tormenta que ya se cierne sobre nuestras cabezas. Y, claro, sobre la nación.

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Torra no está en el centro de la tormenta; es la tormenta

Enviado por Fernando Jáuregui | 18/07/20

La situación hoy en Cataluña es tan paradójica como que el Govern confina en sus casas a varios millones de ciudadanos al tiempo que los presos por los actos de sedición de 2017 salen a la calle, en un régimen de semilibertad que resiste pocos análisis comparativos. La gestión de la pandemia por Torra y su equipo se acerca mucho a lo desastroso, mostrando que se ha antepuesto la lucha por seguir el ‘procés’ hacia la independencia al combate por el bienestar ciudadano. Batir el récord nacional de infectados ha de tener unos motivos no enteramente achacables a la caprichosa voluntad del virus maldito. Torra se ha convertido en el gran problema para los catalanes y, claro, para el resto de los españoles.

No me consta que exista un contacto fluido entre la Generalitat y La Moncloa, por mucho que se hable de la inminente restauración de aquella ‘mesa de diálogo’ que para tan poco ha servido hasta el momento, si no es para sustentar los estados de alarma de Pedro Sánchez. Hoy no es posible un diálogo constructivo entre el Gobierno central y el independentismo por la sencilla razón de que este último está dividido en familias que se odian y que, previsiblemente, solo se pondrán de acuerdo para afrontar, tras las elecciones, un camino hacia la secesión, pero no para el fortalecimiento del Estado.

Entretanto, los ‘presos de Lledoners’, con Oriol Junqueras a la cabeza, salen homenajeados de la cárcel. Con un mensaje lanzado por uno de ellos, Jordi Cuixart, a los líderes europeos reunidos en Bruselas para deliberar si van a dar a España los miles de millones de euros –la cantidad ya casi ni importa—para la reconstrucción del país: “queremos demostrar que España no es un país democrático”, ha gritado el líder de Omnium Cultural a los responsables de una UE que mira con lupa cualquier cosa que ocurra en nuestra nación, que anda, claro, a la caza necesaria de subvenciones.

Tampoco es un buen mensaje a los líderes europeos la misiva de Torra a la Casa del Rey, mostrando que la visita de Felipe VI el lunes a Poblet –por razones sanitarias se ha limitado este viaje a Cataluña, que no incluirá Barcelona—es cualquier cosa menos bienvenida. Conviene poco horadar la imagen del jefe del Estado del Reino de España en estos momentos, pero eso es lo que hace una desafortunada coincidencia, si es que es tal, de factores: las revelaciones sucesivas sobre las actividades de Juan Carlos I, que tanto alegran al mundo independentista, además de la última actuación judicial contra el ‘clan Pujol’, que ya no parecen satisfacer tanto a los medios ‘indepes’, son malos mensajes hacia Europa. ¿Está controlado el dinero de los españoles y su gestión?

Cataluña vuelve, así, a emerger como el principal, aunque no el único, problema para los españoles, cuando aún ni siquiera puede darse por controlada la pandemia y nos enfrentamos a un verano altamente irregular en no pocos sentidos. Y lo peor es que, tras el verano, va a llegar un otoño muy poco esperanzador. Y, cómo no, Quim Torra, su mentor en Waterloo y quienes se muestran incapaces de rebelarse contra la tiranía de la incompetencia y el fanatismo tendrán no poca culpa en ello.

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