El gobierno anda despistado, y la oposición, aún más

Enviado por Fernando Jáuregui | 25/02/20

Los titulares de los periódicos de todo el mundo se angustian ante los avances del coronavirus, que, a los riesgos para la vida de los ciudadanos, suman anuncios de potenciales catástrofes económicas: tiemblan el turismo y las bolsas, las mascarillas se agotan en las farmacias. Hacía muchas décadas que no se vivía una crisis de pánico así y, con razón o sin ella, las gentes están seriamente preocupadas. Y, sin embargo, aquí, en España, mantenemos la vieja táctica de que nada pasa: ¿ha escuchado usted alguna alerta gubernamental, algún plan interministerial convincente, para hacer frente a la enfermedad? Yo tampoco. Solo este martes, o sea muy tarde, se produjo una primera reunión gubernamental para definir ‘protocolos’ ante el avance de la potencial pandemia.

He visto, eso sí, que el ministro de Sanidad, que habría de hallarse en otros afanes, aunque solo fuese por cosmética política, formará en cambio parte este miércoles de los muchos miembros del Ejecutivo que iniciarán una negociación ‘de gobierno a gobierno’ con la Generalitat de Catalunya. Una negociación que todos saben que conducirá a ninguna parte, excepto a mantener el despiste que caracteriza a este aún flamante gobierno de España. Y de la oposición ya ni hablamos, claro.

Atentos a un reparto de poder que pasa incluso por colar al responsable de la ‘agenda 2030’ en la comisión delegada del gobierno para asuntos de inteligencia o a forzar las máquinas legales para que la ministra de Igualdad –que es mucho más que una ministra, claro—pueda alzar su voz triunfante el próximo 8 de marzo, día internacional de la mujer, los responsables de llevar el timón del barco descuidan lo importante. Hay boquetes en el casco en política exterior, en seguridad, en las instituciones. Y no digamos ya en lo referente a Cataluña: esa desgracia ambulante que es Puigdemont lanzará este sábado un nuevo desafío, que supera los límites de lo nacional, desde Perpignan, sin que desde el gobierno central, ya digo que pendiente de la ‘taula’ negociadora, se registre movimiento o reacción visible alguno.

Y menos mal que, a última hora, en el Consejo de Ministros de este martes, se arbitraron medidas para sofocar algo la ira de los agricultores, cuestión que inicialmente se llevó de manera pésima y que ahora el ministro de Agricultura va, parece, enderezando. Veremos.

Supongo que estas críticas, tan obvias, a la acción o más bien inacción gubernamental deberían copar el grueso de la agenda y de las acciones de la oposición. Pero los partidos de la oposición están demasiado ocupados sacudiéndose de lo lindo, casi en público –Casado con Alfonso Alonso, Arrimadas con Igea, por poner dos ejemplos que aún, aún, dejan fuera a Vox—, como para fijar su atención en minucias tales como la marcha algo errática de la gobernación de la nación. Andan nerudianamente como ausentes.

Decir que la situación política española precisa, en general, de un viraje en las prioridades, en los conceptos, en las trayectorias, en las actitudes, es también, supongo, una obviedad. Pero es, lamentablemente, una obviedad que nadie dice, fijas todos las miradas ombliguistas en la corteza que no deja ver el árbol, y ya del bosque no decimos nada. País…

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La Ruptura

Enviado por Fernando Jáuregui | 23/02/20

Si usted tenía alguna duda sobre el cambio profundo que se está produciendo en las entrañas de este país, lo que podríamos llamar ‘La Ruptura’, permanezca con mucha atención frente a la pantalla esta semana. El cambio es aceptar que el Gobierno vasco gestione a placer ‘su’ seguridad social, o que Torra, inhabilitado y todo, se plante en La Moncloa para escenificar una ‘cumbre’ bilateral de Gobierno central a Govern de la Generalitat. El cambio es también que el fugado Puigdemont instale sus reales en Perpignan el próximo sábado para protagonizar un mitin que, no lo duce usted, horadará un poco más los cimientos del Estado.

El cambio es otras muchas cosas que ocurren y que se diseminan por las páginas de los periódicos sin que alcancemos a hilvanarlas de manera coherente, entre otras razones porque son acontecimientos, objetivos, actos, que se producen de manera desordenada y, tengo la impresión, escasamente planificada. No, no hay planificación en el proyecto de Estado de Pedro Sánchez y su aliado en el Ejecutivo de coalición: hay, apenas, la necesidad de sobrevivir, de ir ganando tiempo, lo que no deja de ser una forma de hacer política, desde luego. Pero ¿es la mejor forma de hacer política? Sobre eso es sobre lo que debería alguien peguntarnos a los ciudadanos.

Un mínimo de lucidez te obliga a no culpar exclusivamente a este Gobierno de coalición que se dice progresista de una situación que a veces se asoma a lo caótico. Sánchez hereda una política en muchos aspectos errónea de Rajoy, que, a su vez, la heredaba de Zapatero. Y, en el otro lado del Ebro, ya ni digamos: el propio Artur Mas presenta esta semana un libro de memorias –se están poniendo de moda estos ‘revivals’—que es un reflejo de su increíble viraje, de hombre que decía que ser independentista es ser retrógrado –me lo dijo a mí mismo, en 2010–, a ‘padre de la independencia’ en 2012.

Todo eso, la ‘cabeza fría, corazón caliente’, que es el título del libro de Mas, la marcha sobre Perpignan, el ‘traspaso’ de la Seguridad Social a la organización de Ajuria Enea, los intentos de Sánchez de pactar un acuerdo con el Bloque Nacionalista Gallego para tratar de echar a Feijoo de la Xunta, todo, va a estar muy presente este miércoles en la reunión monclovita de la ‘mesa de negociación’ a la que viene Torra con el virus (del lazo) amarillo en la solapa.

Ignoro si de la reunión saldrá algo concreto, Seguramente no. Pero el hecho de que se celebre, la escenificación, que sin duda estará siendo muy cuidadosamente preparada en el ‘laboratorio Redondo’, es ya un dato. Todo un viraje respecto de lo que se afirmaba desde las alturas políticas no hace muchas semanas. Que no digo yo que el realismo, el adaptarse a las circunstancias, no sea una virtud. Pero mucha pedagogía habrán de desplegar Pedro Sánchez y su equipo para despejar esta sensación de vértigo que, no solamente en la derecha, que bastante tiene con sus líos, se está instalando en este país llamado España.

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A manotazos con los micros

Enviado por Fernando Jáuregui | 22/02/20


(nada hay que guste a un político más que un micrófono. Excepto, claro, cuando hay que liarse a manotazos con él)
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Lo ví por televisión, porque ese día yo no estaba allí: un tremendo manotazo a un micrófono que, a la entrada de la comisión de Justicia del Congreso de los Diputados, trataba de arrancar alguna declaración de la ex ministra de la cosa e inminente fiscal(a) general del Estado, la controvertida doña Dolores Delgado. Tres días antes pude ver también el poco amable forcejeo de los responsables del ‘orden’ en la Cámara Baja pretendiendo impedir que mis compañeros fotógrafos inmortalizasen, es un decir, una reunión entre el Partido Popular y Ciudadanos, en busca de la coalición apetecible de centro derecha que atenúe cualquier desastre previsible. A los ‘foteros’ les dijeron que no se preocupasen, que ya les enviarían la imagen ‘oficial’ del encuentro. Y claro, ellos colgaron las cámaras en protesta, qué menos.

Hablo, por supuesto, de la opacidad que se enseñorea de nuestra vida política. Y que no afecta, como vemos, solamente al Gobierno y a los partidos que lo integran, aunque el PSOE y Podemos ya hayan demostrado sobradamente que la transparencia no es lo suyo, por mucho que proclamen sus anhelos de abrirse a la información, a la libertad de expresión y todas esas cosas que nuestros representantes dicen siempre y no practican casi nunca. Porque ahí tienen ustedes, sin ir más lejos, a ‘Génova’ dando con nocturnidad y algo de alevosía un golpe en la mesa para forzar el pacto entre PP y Ciudadanos en el País Vasco, sin que se enterasen no ya los chicos de la prensa, sino ni siquiera el responsable ‘popular’ en Euskadi, Alfonso Alonso. Otro, como Basagoiti o Samper, rebelde con causa; el que se mueve no sale en la foto, mira que os lo advirtieron.

Pero podría seguir: qué te parece que, a cuatro días como quien dice de la puesta en marcha de la famosa ‘mesa negociadora’, los de Esquerra y Junts per Cat, en pleno forcejeo entre ‘indepes’, ni siquiera hayan comunicado quiénes van a asistir a la ‘cumbre monclovita’ de la taula, quién sabe si ‘rodona’. Y, si ni te dicen quiénes van a asistir del lado catalán, ya de comunicarnos de qué van a hablar ni te cuento. Que especulen los periodistas, seguro que se dicen entre ellos, que ya daremos nosotros después el comunicado, insisto, oficial. Y que no protesten mucho, no vaya a ser que tampoco les dejemos siquiera hacer fotos a la entrada. Ya veremos si preguntas se admiten o no y cuántas. Y de repreguntar, nada.

Así, la consecuencia más palpable del inmenso barullo político que vivimos es, fundamentalmente, que, a falta de información, florece la especulación. Y la sensación de que desde los despachos oficiales se falta a la verdad, ¿no es cierto, señor Abalos?, es reemplazada necesariamente por las ‘hipótesis que se barajan’, cuando no por las ‘fake news’. No sé muy bien, a estas alturas, a qué pescadores beneficia tan revuelto río. Al final, pues eso: que cuando la estrategia del silencio, de la nota ministerial poco o nada explicativa, de la versión múltiple y contradictoria, no funciona, se acude al manotazo al micrófono y asunto resuelto. Y a callar todos.

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Esta gran mesa de negociación llamada España

Enviado por Fernando Jáuregui | 21/02/20

España se ha convertido en una inmensa mesa de negociación, en la que el Gobierno central ocupa siempre una de las esquinas, sin que conozcamos bien cuál es la estrategia mediante la cual se negocia en nuestro nombre, el de los ciudadanos y a veces ni siquiera quién, ni con qué intenciones, se sienta al otro lado. Ignoro a dónde nos llevará tanto encuentro negociador en el País Vasco (gestión de la seguridad social en Euskadi, por ejemplo), en Cataluña (el miércoles veremos por dónde andamos), en la Unión Europea (el propio presidente Sánchez nos expresó su preocupación por cómo están las cosas) e incluso en el seno del propio Ejecutivo. Donde, por cierto, ya se aprecia el intento de Podemos de quedarse con la ‘cara benéfica’ , las reivindicaciones de las mujeres, por ejemplo, y allá se las apañe el ‘socio’ con problemas como Abalos o la fiscal Delgado.

Y, a todo esto, la única mesa negociadora que con mayor premura debería mantenerse en pie para modificar legislaciones, acordar instituciones y poner en marcha reformas y regeneraciones, se ha quebrado las patas. Me refiero a ese mal comienzo de semana en el que se (des)encontraron Pablo Casado y Pedro Sánchez, representantes de los dos principales partidos nacionales. Así que la negociación del Estado se queda en manos del PNV, de Esquerra Republicana de Catalunya, de Podemos frente al PSOE.

No llevamos ni la mitad de los cien días que se exige a los comentaristas que aguarden antes de criticar a un nuevo Gobierno y lo actuado en estas seis semanas y media produce ya tanto vértigo, tanto desconcierto, tan desordenado ha sido, que resulta muy complicado hacer una crónica puntual, serena acerca de quiénes somos, de dónde venimos y, sobre todo, a dónde vamos. Que no digo yo que no sea por el buen camino: hay tanto bache, tanta curva, tanta neblina, que resulta difícil un diagnóstico sereno. Quizá al final del trayecto haya luz al salir del túnel, quién sabe.

Y ya verá usted cuando de veras tengamos que enfrentarnos a una negociación presupuestaria, migratoria, social y de economía puntual con una Unión Europea que tengo la impresión de que no comprende demasiado bien a este Gobierno español tan… ¿peculiar?. O cuando alguien, además de próximamente el Rey, haya de sentarse frente al, ejem, inestable Trump incluso para pedirle permiso para poder utilizar una u otra marca de teléfono móvil. Cierto: cuando estemos a mitad de Legislatura –que yo creo que sí, que llegaremos–, es probable que, esta vez sí, a España no la conozca ni la madre que la parió, como advirtiese, en muy otras circunstancias y con muy otras intenciones, Alfonso Guerra.

Y, a todo esto, la oposición jugando al mus en un taburete sobre no sé qué acuerdos ante las próximas elecciones en el País Vasco y en Galicia. O en Cataluña, cuando por fin nos enteremos de cuándo piensa ese señor que tanto está haciendo por agravar el torbellino, a Torra me refiero, convocarlas.

Siempre estaré a favor de la negociación. Cuando se sabe qué es lo que se tiene que negociar para ir avanzando hacia metas bien definidas ante la ciudadanía. Si no, yo prefiero que un Gobierno venga ya negociado de casa en lugar de andar dando vueltas en un tiovivo que me marea, la verdad.

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Pablo Iglesias, la ‘estrella’

Enviado por Fernando Jáuregui | 19/02/20

Que Pablo Iglesias es un auténtico animal político es afirmación que no debe, objetivamente, hurtarse aun cuando no creas ni en la probidad personal ni en la trayectoria del líder de Podemos. Las dos sesiones de control parlamentario registradas en esta recién estrenada Legislatura nos han mostrado a un Iglesias que tasca el freno, que se toma su papel más en serio que sus oponentes –hay, es la verdad, una cierta distancia en cuanto a tallas parlamentarias– y al que resulta difícil hacerle caer en trampas dialécticas o provocaciones.

En suma: Iglesias se está mostrando no solo como un mejor orador que su jefe político, que está siempre como crispado, algo faltón y viendo enemigos por todos lados, sino que, en una sin duda inteligente estrategia (y táctica) política, está atribuyéndose todas las realizaciones ‘sociales’ del Ejecutivo. Como si a él le cupiese en persona la responsabilidad desde de mejorar las pensiones y los sueldos de los funcionarios, el arreglo de los problemas del campo, la subida del salario mínimo o hasta la prohibición del despido laboral a quien tiene una enfermedad prolongada.

El secretario general de Podemos y vicepresidente del primer Ejecutivo de coalición en casi un siglo llega, incluso, a utilizar a diputados próximos a su formación para, sin tapujos ni vergüenza, utilizar su turno de preguntas al Gobierno para elogiar abiertamente la labor vicepresidencial. Lo pocas veces visto en las sesiones de control parlamentario.

Qué duda cabe de que Pablo Iglesias busca su hueco en un Gobierno en el que, inicialmente, se contaba poco con él para cuestiones inmediatas y ejecutivas. Y si para ello se tiene que plantar en una reunión con agricultores, pues allá va. Si tiene que proclamarse el campeón de los discapacitados, adelante. Y si tiene que arrogarse proyectos de ley que corresponden a ministerios que, por afinidad ideológica, están bajo el paraguas de Podemos, pues se los atribuye y en paz. Que se encarguen Pedro Sánchez, Carmen Calvo o José Luis Abalos de pelear con la oposición de ‘las derechas’ en las cuestiones espinosas.

He comenzado este comentario proclamando que Iglesias es, acaso, el animal político más ‘vistoso’ de la Cámara. No le hemos escuchado nada sobre la Venezuela que tanto le acogió en sus comienzos, y muy poco últimamente sobre los temas conflictivos a los que debe hacer frente el conjunto el Gobierno, con Cataluña en primer lugar. Veremos qué rol decide enfundarse cuando forme parte de esa cada día más lejana ‘mesa negociadora’ con el Govern catalán.

Claro que no quiero decir que este ‘plan de comunicación’ que Iglesias se fabrica a sí mismo, hecho de palabras firmes y afirmaciones contundentes, le haya devuelto siquiera una mínima parte de la credibilidad perdida. Solo digo que, en cuanto a técnica política, Pablo Iglesias deja en mantillas a sus compañeros de Gobierno, desde luego a las figuras de la oposición y hasta a ese ‘vicepresidente sin vicepresidencia’, el silente mago de la imagen Iván Redondo. Ya sé que en la política española todo es una gran ‘fake’. Pues resulta que Pablo Iglesias se está convirtiendo en el rey de este mambo. Este miércoles, desde luego, en la sesión de control, fue, a mi juicio, la gran estrella mediática.

Ah, ¿que el lider de la oposición ofreció al presidente llegar incluso a un acuerdo presupuestario a cambio de abandonar las negociaciones con Esquerra? Bah, eso es solo lo importante; lo de Pablo Iglesias es el espectáculo, lo interesante. Y esta va a ser, creo, la tónica de la Legislatura. Pan y circo.

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Increíble, pero cierto: quien se la juega es Casado, no Sánchez

Enviado por Fernando Jáuregui | 16/02/20

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(Creo que Casado sabe que es hora de construir: le quedan tres años de legislatura ‘de oposición’ por delante)

El viento favorable hincha las velas del buque de Sánchez. En el comité federal del PSOE, que ha estado ajeno a las grandes decisiones, le aplauden sin crítica alguna. Pablo Iglesias, el provocador de los insomnios de antaño, calla y también aplaude: hasta irá, encantado, a vicepresidir el Consejo de Ministros este martes en La Zarzuela, bajo la presidencia del Rey. Quien parece que anda pidiendo ‘paciencia’ ante este Gobierno a determinados poderes, como la patronal, que también han adoptado el silencio una vez que sus advertencias previas sirvieron de poco.

Así, un indudablemente triunfante, crecido, Pedro Sánchez recibe este lunes en La Moncloa al líder de la oposición y presidente del PP, Pablo Casado. A quien, por increíble que parezca, es al que se le va a pedir un esfuerzo para mantener la estabilidad del Ejecutivo ‘de progreso’. Y tendrá que hacerlo.

Difícil papeleta la de Casado. Sánchez se le adelantó en la sesión de control parlamentario del pasado miércoles: parecía que, pendiente tan solo la asignatura de Abalos, a quien se controlaba era a la oposición, y no al Gobierno. El presidente ofreció su mano tendida al líder del Partido Popular, consensuar ‘pactos de Estado’. Y eso mismo es lo que creo que va a reiterarle, con tambores y trompetas, este lunes. Que llegue a pactos en política exterior, para renovar los órganos judiciales, que apoye sin hacer mucho ruido el diálogo con los estamentos oficiales catalanes, que… Puede que incluso le ofrezca un pacto sobre educación y sanidad, los dos arquitrabes del estado de bienestar. Y hasta cabe que hablen de tractores y de cómo el PP puede aplacar la ira de algunas organizaciones agrarias a las que se considera más bien influidas por el partido conservador que por los socialistas.

Creo que Casado acude a La Moncloa con ánimo constructivo, aunque sospechando que debería haber sido él, y no su oponente, quien hubiese pedido un diálogo de Estado en el que él, Casado, podría haber planteado exigencias a cambio de su apoyo. Me parece que el líder de la oposición, que es figura sin duda relevante y de futuro, se ha dado cuenta de que la política del hostigamiento, de –por ejemplo– sugerir que la eutanasia es un intento de aliviar las cifras de pensionistas y alguna otra desmesura, lo que hace, en el fondo, es fortalecer a Sánchez. Y si, encima, algunos en el PP tratan de superar las demasías que se proclaman desde Vox, peor. Que otros, en Ciudadanos, piensen que pueden seguir compitiendo por el liderazgo del centro-derecha es una baza más que, al menos coyunturalmente, se apunta el presidente del Gobierno central y secretario general del PSOE: a río revuelto,,.

Así las cosas, me susurran algunos ‘casadistas’ que su líder ha de empezar a protagonizar él las jugadas a base de proponer al Gobierno dar pasos constructivos, consensuar nombramientos –esta semana, la nueva fiscal general Dolores Delgado, tan polémica, pasará un duro examen en el Congreso–, sorprender a la opinión pública con propuestas de Estado. “Hay que arrebatar a Iván Redondo los titulares de prensa”, me decía un diputado ‘popular’. Para ello hacen falta equipo, portavoces algo mejores que los actuales, tiempo para desarrollar y discutir nuevas ideas. Una nueva forma de estructurar la política, en suma. Porque la verdad es que, hoy por hoy, Sánchez pedalea aupado por el ‘maillot’ amarillo y asciende en solitario; ya se sabe que el ‘maillot’ amarillo da alas. Y el poder escribir en el ‘Boletín Oficial del Estado’, ya ni te digo.

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El pluriempleo del desocupado Pablo Iglesias

Enviado por Fernando Jáuregui | 15/02/20


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(hasta ahora, la verdad es que el abrazo ha sido sincero. Quosque tándem?)
Cumplido ya el primer mes efectivo del nuevo gobierno de ‘coalición progresista’, que desde la derecha prefieren llamar ‘social-comunista’, se aprecian ya líneas de acción, unas más discutibles que otras, y un cierto desbarajuste. Por ejemplo ¿qué pintaba en una negociación agraria el vicepresidente del Gobierno don Pablo iglesias, junto a la ministra ‘podemita’ de Trabajo Yolanda Díaz y con la significativa ausencia del titular de Agricultura, Luis Planas? O ¿qué hacía el ministro de Fomento actuando como un diplomático o, mejor, como un agente del ‘nuevo’, o no tanto, CNI? Por poner apenas dos ejemplos, digo, que sin duda encontraremos muchos más, derivados de un organigrama, el hecho por Pedro Sánchez, destinado más a satisfacer clientelismos que necesidades reales en la mesa del Consejo de Ministros.

Y así salen algunas cosas, como la negociación agraria. Y es que me parece que la principal anomalía detectada este mes, junto a la cesión de un excesivo número de funciones al jefe de Gabinete Iván Redondo, es el abanico de competencias, demasiado genérico, del vicepresidente Pablo Iglesias. Cuya línea de moderación, quién sabe si meramente coyuntural, creo, no obstante, que hay que aplaudir.

Lo que ocurre es que Iglesias no está ahí para controlar a los ministros de Podemos, como Yolanda Díaz, una presencia esperanzadora, creo, en el elenco gubernamental. Ni para buscarse trabajos iluminados por focos atractivos, como convertirse en el adalid de las necesidades de los discapacitados. Ni, seguramente, para integrarse, aunque comprendo que eso es más discutible, en esa extraña ‘mesa negociadora’ con el Govern catalán. Y menos, claro está, para inmiscuirse –creo que no lo hace, la verdad, al menos de manera clamorosa—en política exterior, a cuenta del desgraciado ‘caso venezolano’, o el boliviano, o…

El problema es que no sabemos bien en qué área de actuación se centrará el siempre inquieto Pablo Iglesias, sin duda todo un talento político que, reconvertido como parece que está en este cuarto de hora, podría jugar un papel interesante en muchos aspectos. Pero no así, como perejil en todas las salsas, ni poniendo velas en todos los entierros, básicamente porque me parece que se aburre en su papel algo líquido.

La situación me recuerda, con perdón y sin ánimo de comparar, desde luego, y menos de ofender, a aquel preboste del franquismo, llamado Gregorio Marañón, que se colaba en todas las audiencias del llamado Generalísimo en El Pardo, tanto fuesen a la asociación de criadores de palomas como a la de, pongamos por caso ahora que está de moda, de tractoristas honorarios o a la de los militares en la reserva. Hasta que un día, Franco, con aquella coña gallega que gastaba, no siempre bienintencionada por supuesto, le preguntó: “oiga, Marañón, y usted ¿en qué se ocupa?”. Nunca me contaron la respuesta: quizá no la había. Marañón acaso estaba demasiado ocupado como para buscar una convincente.

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Los dos mejores políticos de España…y el peor

Enviado por Fernando Jáuregui | 11/02/20


(estos, a mi juicio, los dos mejores políticos de España. ¿El peor? El peor es…)

Se anuncian en estas horas las candidaturas ‘oficiales’ para las elecciones autonómicas de los actuales presidentes de Galicia y Euskadi. El 5 de abril, domingo de Ramos, resultarán, previsiblemente, reelegidos, quizá sin alianza alguna que sustente a Alberto Núñez Feijoo, al borde de la mayoría absoluta, y manteniendo Iñigo Urkullu sus pactos con los socialistas y el recelo vigilante de Bildu. Quizá nada nuevo: los dos políticos que más han procurado la estabilidad y prosperidad de sus respectivas autonomías seguirán, si no hay sorpresas mayúsculas, en sus puestos. En territorios, por cierto, en los que la ‘coalición de progreso’ de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias tiene poca influencia y casi ningún poder. Lo mismo, por cierto, que la proyectada ‘coalición de centro-derecha’, salga de ella por fin lo que salga.

El tercer territorio donde se celebrarán, quién sabe en qué momento de este año, elecciones ‘autonómicas’ –plebiscitarias más bien—está aún regido por el peor político de la historia catalana, nacional y quién sabe si universal: Quim Torra. El hombre de los líos al timón de la situación de caos instaurada por la malhadada decisión de Puigdemont, aquel 27 de octubre de 2017, de declarar la independencia de la República de Catalunya. En lugar de convocar, como casi le había convencido Rajoy de que debería hacer, elecciones.

Pero, en cualquier caso, salga por donde salga el sol –o la lluvia—en Cataluña, lo cierto es que tampoco en este territorio puede decirse que exista algún tipo de control político por parte del Gobierno central. Más bien al revés: tanto en el caso catalán como en el vasco, se trata, más bien, de que la estabilidad del Ejecutivo de Pedro Sánchez-Pablo Iglesias se sustenta en el mundo separatista y nacionalista de ambos territorios. Así, la gestión de los resultados electorales en los tres territorios ‘históricos’ requerirá, desde La Moncloa, negociaciones complicadas y delicadas. Y distintas: en Galicia habrá de aproximarse a algún tipo de pacto con el ‘barón’ del PP más proclive a los acuerdos; en el País Vasco, mantener esa incómoda alianza con el Partido Nacionalista Vasco, que me parece que cada día se siente menos independentista y más proclive a soluciones territoriales ‘nuevas’, inéditas; con Cataluña…

Ya digo que uno de los principales problemas que el Estado tiene planteado es la baja calidad de los políticos catalanes. Se echa de menos, claro, a Tarradellas, e incluso, en sus mejores momentos, a Pujol. Ojalá Cataluña tuviera un Urkullu, siempre dispuesto a transar y jamás proclive a sacar los pies del tiesto. Me inquieta poco esa negociación de un nuevo Estatuto vasco, por mucho que Bildu meta sus manos en ese pote: ahora mismo, apenas un veinte por ciento de los vascos, dicen todos los estudios demoscópicos, apoyaría claramente una independencia. O sea, como en Cataluña en 2010, hasta que el viento del ‘procés’ y los errores de todas las partes barrieron cualquier atisbo de normalidad.

Esa normalidad que los dos mejores políticos del país han de procurar, y creo que procurarán, garantizar, al menos en sus respectivas autonomías. Y ya ven que no estamos aquí hablando de la batalla entre ‘derechas’ e ‘izquierdas’: hay otras formas de hacer política.

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Philip Alston ‘for minister’

Enviado por Fernando Jáuregui | 08/02/20

Pedro Sánchez ha reunido a sus ministros en Quintos de Mora, para pasar revista, supongo, a lo hecho en estos apenas dos meses de gobernación, que ha sido mucho, para lo bueno y para lo malo. Y también, sospecho, para hablar del futuro, de los retos pendientes, de las promesas por cumplir. Este lunes se cumplen esos dos meses, y hay temas muy serios sobre la mesa: quizá les haya contado Sánchez a sus ministros el ‘verdadero’ contenido de la reunión con Torra, qué va a pasar con esa ‘mesa de negociación’ con la Generalitat; acaso se haya ofrecido la (pen)última versión sobre lo de Abalos y la vicepresidenta venezolana; el conflicto de los agricultores; la ‘rebelión autonómica’ a cuenta de la no devolución del IVA; y hasta qué hacer con Trump y sus aranceles. Dudo que hayan tenido tiempo, en esta ‘cumbre’ sin versión para los periodistas, de hablar de un tal Philip Alston. El hombre que ha dado un mazazo a nuestras conciencias.

Alston, el relator de las Naciones Unidas para casos de extrema pobreza y derechos humanos, ha pasado diez días en España, recorriendo las tierras más desfavorecidas. Culminó su viaje con una rueda de prensa estremecedora, al menos a mi entender, retratando desigualdades, angustias y penalidades. “Hay barrios en España peores que algunos campos de refugiados”, nos ha dejado dicho. En los campos de fresas de Lepe hay gentes que vive como animales. Etcétera. Y ha culpado a ‘los políticos’, que “han fallado a los más débiles”. Sí, a esos políticos que llevan décadas turnándose en el poder y desoyendo, o minusvalorando, informes como los de Cáritas, y no solo.

Que en nuestro país hay millones de personas que viven en el umbral de la exclusión es algo incuestionable, y nunca, sin embargo, figura en la lista de preocupaciones prioritarias de Gobierno alguno, ni en los programas electorales de los partidos, si no es con frases como de pasada, para quedar bien. Temo que los medios de comunicación hayamos, en algún momento, sido algo cómplices de este mirar hacia otro lado, porque siempre hay cosas más urgentes que hacer, críticas más apremiantes que verter sobre los gobernantes o los opositores de turno. Y ya alguna vez algunos, bastantes, hemos dicho que lo más urgente, si acaso, es un pacto nacional contra la exclusión, contra esa pobreza descarada o semi oculta en la que viven muchas, pero muchas, gentes que habitan este mismo país que presume de próspero, de ‘ir bien’, de crecer más que los vecinos europeos y todo eso. Y que, sin embargo, es líder europeo en desigualdades: en unas regiones la esperanza de vida es varios años menor que en otras, por poner acaso un solo ejemplo.

Si hubiese rueda de prensa tras de lo Quintos de Mora me gustaría preguntar por qué no piensa el señor presidente en hacer ministro a Philip Alston. Claro que nada de rueda de prensa. Y, si la hubiese, seguramente te dirían, mirándote con lástima, que no se podría ensanchar aún más la mesa del Consejo de Ministros para albergar a un australiano, como es lógico. Menuda idea descabellada hacer ministro al tal Alston, te lanzarían, severos. Entonces, acaso lo que también sería lógico es que, tras el ‘varapalo Alston’, dirigido a todos nosotros y no solo a ‘los políticos’, alguno de los vicepresidentes o ministros sin gran cosa que hacer realizase un recorrido similar –total, diez días—al que Alston ha hecho en nuestro país, hablando con las mismas gentes y escuchando los mismos sollozos. Y después, otra reunión en Quintos de Mora, o donde sea, para abordar soluciones no a largo y medio plazo, sino urgentes. Urgentes, sí. Que ya es hora.

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La España que cambió…dronando

Enviado por Fernando Jáuregui | 04/02/20

Mis alumnos ocasionales están acostumbrados a escucharme que el sesenta por ciento de ellos trabajarán en puestos de trabajo que hoy ni siquiera se han inventado: “a ver quién se iba a imaginar hace cinco o seis años que se podría uno ganar la vida siendo piloto de drones, por ejemplo”, les digo. La velocidad con la que nuestro mundo cambia nos pilla a contrapié. Por eso, el Código Penal no define bien algunos tipos delictivos del presente, impensables hace menos de una década, y ahí está ese debate sobre rebelión y sedición, por ejemplo. Y en los aeropuertos tienen halcones listos para interceptar a pájaros que pueden poner en peligro la navegación aérea. Pero, sin embargo, como acabamos de ver, no pueden hacer casi nada contra los drones invasores del cielo.

Vaya usted a saber si por un concepto imbécil, con perdón, de la gamberrada, o si con propósitos más delictivos, un par de drones, parece que ni siquiera demasiado sofisticados, paralizaron dos horas el tráfico de aviones en el aeropuerto de Barajas, uno de los más importantes de Europa y del mundo. Y es que, simplemente, no estamos preparados para cosas como una invasión maliciosa de drones que pueden trastornarlo todo. Estamos entre la ‘España que dronó’, moderna y tecnologizada, y la España que se frenó, que carece de una legislación adecuada para defender, en muchos sentidos, al Estado.

Es esta última la España que nos duele. La que se retrasa en educación –los estudios de robótica, sin ir más lejos, se abandonan antes del Bachillerato, y la Formación Profesional sigue en estado de postración, digan lo que digan las autoridades académicas– ; la que aún mantiene posturas atávicas en muchas cuestiones sociales y las desigualdades económicas que los países europeos más avanzados ya han superado, al menos en el grado de magnitud que a nosotros nos agobia. Es la ‘España que dronó’ frente a la ‘España que se empantanó’ en algunas arenas movedizas.

Todo, o casi todo, es nuevo, políticamente nuevo quiero decir, en esta España que inicia la XIV Legislatura más imprevisible de nuestra Historia. Incluyendo en estas inciertas perspectivas un ejemplo tan sectorial como esa legión de drones que utilizan los particulares casi sin trabas. Porque, ya digo, frente a la irrupción de lo nuevo, algunas de nuestras leyes sustanciales, incluyendo en algunos aspectos nuestra Constitución, se están quedado viejas. Y tiene que venir un energúmeno, cuya identidad aún, a la hora de escribir este comentario, desconocemos, para demostrarnos, a dronazos, los peligros de permanecer estancados.

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