El aniversario de un aventurero

Enviado por Fernando Jáuregui | 02/06/20

Dos años al frente del Gobierno tras una moción de censura –que fue como fue– le están dando a Pedro Sánchez para casi todo, bueno y malo. Nadie puede decir que el presidente del Gobierno y <
aspirante a seguir en ello no haya sufrido, y mucho, en el desempeño de su cargo: cómo iba él a imaginar que le iba a caer encima la que le cayó por culpa de un virus. Pero yo creo que su espíritu arriesgado, poco fiel a la palabra dada –las circunstancias mandan, y donde no podría dormir hoy se acuesta con su extraño compañero de cama–, le está haciendo gozar mucho más que padecer. Y este miércoles, tras ganar, increíble pero cierto, una sexta nueva votación crucial, Sánchez enfilará un nuevo tramo que, si no será triunfal, sí, al menos, será de resistente, que es lo que él es, en el palacio de la Cuesta de las Perdices.

No le ha ido mal a Sánchez en la última semana: el ingreso mínimo vital ha puesto en un aprieto a la derecha –que no necesita éxitos del Gobierno para dividirse; véase, si no, lo que está ocurriendo en la Comunidad de Madrid–; la pandemia retrocede, aunque las cifras, esas de ‘ningún muerto’, no sean del todo ciertas; y, aunque el desempleo avanza de modo pavoroso, se encuentran explicaciones lógicas para explicar esas cifras: a partir de ahora, todo irá, lento pero seguro, a mejor. A peor es difícil, desde luego.

Ahora empieza la desescalada, la recuperación, llegarán fondos europeos casi ‘gratis total’ aunque no le guste al holandés errante. Él, Sánchez, es el rostro omnipresente, semana a semana, y lo demás es paisaje. Excepto, claro, el vicepresidente, que incordia lo justo; mucho más incordio es ‘ella’, la ministra y mujer del vice, pero sus meteduras de pata se olvidarán, dicen las emisiones monclovitas, como se olvidó lo de Abalos con la señora aquella venezolana. Y como se han olvidado más cosas: la memoria selectiva.

Sí, los españoles son olvidadizos, tienden al perdón siempre que no se les cabree demasiado y que se reabran playas, bares, restaurantes, en el país que era el más alegre del mundo. Cierto es que el número de demandas y querellas judiciales que van a estallar cuando esto termine será tremendo y afectará a medio Gobierno, pero las cosas de palacio (de Justicia) van despacio, y más ahora que el colapso en los tribunales va a ser de aúpa: ahí sigue hasta el Consejo del Poder Judicial, varado desde hace año y pico. Además, las reclamaciones ante los jueces las plantea, mayoritariamente, Vox, y esos, ya se sabe, son presuntos golpistas.

Cierto también que se está dando una cierta –ciertísima—ocupación del Estado: Fiscalía, Abogacía del Estado, Comisión de Mercados y de la Competencia, Guardia Civil, empresas públicas y semipúblicas… No se respeta ni el veto a las ‘puertas giratorias’, ni la separación de poderes, ni el afecto a la transparencia y a la verdad. Pero la ‘desescalada’ y el triunfo en la sexta prórroga de un estado de alarma que no parece del todo necesario sirven, de momento, para taparlo todo.

Lo demás, pues como en ‘lo que el viento se llevó’: “ya me preocuparé mañana”, que dijo Scarlet O’Hara. Carpe diem, Pedro, que las encuestas, Ciudadanos, Esquerra, el PNV, te permiten seguir en la cuerda floja, tan divertida para un aventurero de verdad.

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Pedro Sánchez, ese genio que no me deja dormir

Enviado por Fernando Jáuregui | 31/05/20


(le ves y te dices: es un alma de Dios…)
—-

Uno ha de reconocer que, en su infinita capacidad de no seguir sus propios consejos, sigue haciendo predicciones relacionadas con lo que harán o no el actual Gobierno y la actual oposición. Y, así, uno confiesa que hace un par de meses tituló una crónica de la siguiente guisa: “no habrá cuarta prórroga” (del estado de alarma, claro). Pues ya vamos a por la sexta, con todas las probabilidades de que salga adelante pese a la oposición de Vox y del Partido Popular, ahondando la pandemia en esto de ‘las dos Españas’: la que quiere prorrogar y la que no. A Sánchez hay que reconocerle que es como los trapecistas del ‘más difícil todavía’: negocia a varias bandas y saca adelante sus intereses, que pueden o no ser los del conjunto de la ciudadanía. Pero eso parece, a estas alturas, casi secundario.

De pronto, casi siempre ya de noche o anocheciendo, te enteras de que sí, de que se ha vuelto a la negociación, quizá nunca abandonada, con Esquerra Republicana de Catalunya y que, a base de convenir cosas que nada tienen que ver con el virus que nos ataca, ni siquiera con la reconstrucción que, de una u otra forma, hay que asumir, los republicanos independentistas catalanes han pactado abstenerse en la votación del miércoles.

Como el PNV dará sus votos a favor y Bildu quién sabe, además de un par de los pequeños, pues resulta que Pedro Sánchez, ale hop, podrá con mucha probabilidad sacar una vez más adelante su prórroga. Alarma hasta finales de junio, cuando, por cierto, supongo que es una mera coincidencia, acaba el período de sesiones parlamentarias hasta septiembre. Luego, tras el descanso agosteño, el regreso en medio de un otoño tórrido, tal vez un reajuste ministerial, los efectos del ingreso mínimo vital y de una cierta recuperación de la actividad económica… y a afrontar el invierno y poner rumbo a 2021, que es fecha cercana y, sin embargo, tan lejana, en la que no falta quien se atreva a pronosticar que habrá elecciones generales. Pero eso, ya digo, está lejísimos, visto desde el hoy todavía confinado.

A mí, Sánchez me parece casi un mago: te lo encuentras pactando con Bildu y con Ciudadanos al tiempo, convenciendo a todos, con ‘argumentos’ que están bajo el tapete, de que lo mejor para la salud pública es prolongar la alarma, aunque haya expertos que dicen que tal cosa carece de justificación. El país está como anonadado y los bocinazos semanales de la oposición en la sesión de control parlamentario de los miércoles la verdad es que son poca cosa, como son poca cosa las ráfagas de preguntas telemáticas de los periodistas en las ruedas de prensa presidenciales, con evasivas y sin repreguntas.

No solo saca adelante sus prórrogas, a veces en condiciones extremadamente difíciles: es que ha logrado que la oposición se convierta o en un mar de claxons voxiferantes o en una bronca cada siete días al señor presidente por parte de un Pablo Casado que sigue siendo la pieza esencial en el tablero y que, en mi modesta opinión, quizá debería reorientar sus estrategias y hasta su táctica. Y repensarse algunas colaboraciones.

Supongo que algún día los historiadores publicarán volúmenes y volúmenes sobre una figura, como la de Sánchez, irrepetible, vamos a llamarla así. Hoy se cumplen dos años desde la moción de censura –presentada inesperadamente hasta para él—que llevó a Sánchez a La Moncloa. En estos dos años, ha ocurrido casi de todo lo imaginable y mucho inimaginable. No haré ahora valoraciones sobre este aniversario para no alargar demasiado este comentario. Solo destaco que las encuestas –la del CIS ya se sabe que es otra cosa, pero también lo afirma, claro—siguen diciendo que, si hoy hubiese unas elecciones, Sánchez las ganaría. Por los pelos, pero ya le digo: como lo de las prórrogas del estado de alarma. Ni usted ni yo quizá lo entendamos, pero salen adelante. Y ese es el caso.

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El pobre Patxi López y otros muchos ay, pobre de mí…

Enviado por Fernando Jáuregui | 30/05/20

Patxi López, por quien siento gran simpatía personal, encarna, a mi juicio, todas las desdichas de una semana políticamente nefasta enmarcada, además, en la tragedia que para todas nuestras vidas está suponiendo el coronavirus. Sí, cometió un enorme error el socialista vasco al no reprender a su ‘socio de coalición’ Pablo Iglesias por su increíblemente zafio comportamiento en la comisión parlamentaria que, en teoría, está destinada a unir los esfuerzos de los políticos para hacer frente a la reconstrucción del país. El vicepresidente segundo del Gobierno, acusando a Vox de querencias golpistas, protagonizó una nueva campanada en el Legislativo. Y, así, en parte gracias a él, en parte también a Vox, que quiere ‘engrilletar’ a algún ministro, la comisión ‘de la reconstrucción’ está a punto de convertirse en la ‘comisión de la destrucción’ del único puente que ha quedado en pie. Semana ‘horribilis’ tras meses horripilantes.

Cierto que López se disculpó humildemente, horas después, por no haber actuado con mayor energía frente a la salida de tono de Iglesias, obsesionado en acusar a la formación ultraderechista de Abascal de andar animando un golpe de Estado. Bueno, era un rifirrafe parlamentario más: la víspera, una exaltada Cayetana Alvarez de Toledo se había extralimitado, furiosa porque Iglesias la llamó ‘marquesa’ –a mí sigue sin parecerme un insulto; seguramente al desclasado Iglesias sí–, acusando de “terrorista” al padre del vicepresidente, que en sus años mozos militó en el Frente Revolucionario Antifascista y Patriótico (FRAP). Otra querella judicial más de las decenas de miles que se van a producir tras la pesadilla, o coincidiendo con ella.

El Parlamento, arquitrabe de una democracia, está devaluado, en parte gracias a sus belicosos y belicosas portavoces. Anda como incapacitado para ejercer sus funciones como Legislativo y convertido en sede donde los políticos de distinto signo se disparan a matar. A matar… cualquier consenso: golpismo, terrorismo, ‘marquesados’ (¿?). Es el mensaje de patio de colegio que están lanzando a una Europa atónita que discute cuándo, cómo y cuánto dinero dar a esa España cuyos padres de la patria deberían estar, y no están, afanados en poner en pie a un país zarandeado, herido por tanta muerte, como desnortado.

La Abogacía del Estado, la Guardia Civil, la Judicatura, han sufrido esta semana severos embates gracias a la pésima acción política. Y el propio Ejecutivo aparece cada día más cuarteado, socavado por esos ‘dos gobiernos’ que conviven en un mismo Consejo de Ministros. La ‘crisis Marlaska’, es decir, la de un ministro del Interior enfrentado nada menos que con la Guardia Civil, ha hecho estallar, aseguran, las ya de antaño malas relaciones con la ministra más en alza, Margarita Robles, que tampoco parece una ‘fan’ del vicepresidente Iglesias (bueno, en realidad, son varios los ministros que no se calificarían precisamente como entusiastas del señor Iglesias, que se ha colocado en el foco de todas las rencillas).

Así va la cosa, cuando este Gobierno está a punto de cumplir ciento cuarenta días de agónica existencia (y lo mismo digo de la oposición). Se comprende que la lucha contra la terrible pandemia haya agotado a algunos, desatado las peores pasiones de otros y abrasado a alguno. Pero no sé si Pedro Sánchez, a quien hay que reconocerle al menos dedicación en el combate al virus, aunque no siempre acierte en la estrategia de las batallas, y a quien hay que atribuir alguna iniciativa loable, como la del ingreso mínimo vital, encontrará tiempo y valor para remodelar su Gobierno.

Para mantenerse, en el sentido lampedusiano, Sánchez ha de cambiar algo: tiene que hacer una crisis de Gobierno en toda regla. Porque el elenco ministerial ya está en crisis innegable, por mucho desmentido que algunos, empezando por Sánchez, tal vez engañándose (también) a sí mismo, se empeñen en lanzar. Ya se acerca el ‘ay, pobre de mí’: pobre Patxi, metido en el berenjenal de deconstrucción en el que está; pobres de todos nosotros como esto no se arregle ya. No es tan difícil, caramba. Lo difícil es hacerlo peor.

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Sánchez tiene que elegir entre sus dos gobiernos

Enviado por Fernando Jáuregui | 29/05/20

Confío en que no se me incluya en esa presunta, o quizá real, ‘estrategia de la derecha para tumbar al Gobierno’ si digo que esto va mal con tendencia a empeorar. No hablo de la pandemia, no, que eso, afortunadamente, parece que algo mejora. Me refiero a todo lo demás. Y, como a mí lo que me gustaría es que fuese bien, siento escribir esto el día en el que el Consejo de Ministros aprueba el ingreso mínimo vital, que ya sabemos quién va a apuntárselo: como si el mérito no fuese de usted. Y de usted. Y de usted. Y también mío, contribuyente que, como usted, usted y usted, parece que va a serlo cada día más.

Pero ya verá usted cómo se registra una sutil competición interna en el seno del Ejecutivo para atribuirse la iniciativa de ese por otro lado imprescindible ingreso mínimo para que muchos, arrinconados por la Fortuna, puedan sobrevivir. Hora va siendo de reconocer que este nuestro es uno de los países más injustos de Europa: millones de personas al borde de la exclusión por un lado y colas para ir a las terrazas y restaurantes, a los hoteles de fin de semana, por otro.

Pues claro que hay que redistribuir en alguna medida la menguante riqueza nacional, y eso solo se consigue vía impuestos. Lo que ocurre es que me parece que muchos aceptaríamos una subida de tasas si la prescriben Nadia Calviño y Europa y en cambio rechazaríamos esa misma, o similar, subida si va de la mano de un vicepresidente que proclama ‘abajo los ricos’ como antes proclamó ‘abajo la casta’, que acusa de golpistas a los que tiene enfrente y que ha convertido el Parlamento, lugar sacrosanto, en un patio de colegio de niños no muy bien educados.

Estos días de crisis total evidencian que hay un Gobierno que trabaja por llegar aunque sea a esa ‘nueva normalidad’, temible pero necesaria, y otro que procura atribuirse cuanto de ‘social’ se hace en ese equipo, con fines propagandísticos y, claro, electoralistas. Creo que andar llamando golpistas a quienes no piensan como tú (ni como yo, oiga) es un mal mensaje a los mercados internacionales, a los pocos turistas extranjeros que piensen en visitarnos este verano y, sobre todo, a esos que en la UE son tan reticentes a regalar euros a los españoles. Nada de eso va a hacer que aumente la confianza de los ciudadanos en sus me parece que no tan amados líderes.

Y conste que lo mismo vale decir de quienes, en otras bancadas y aunque no tengan responsabilidades de gobierno nacional, se prodigan también en el insulto, en la falsedad o en deseos vindicativos, como ver ‘engrilletado’ a un ministro que seguramente no lo está haciendo bien, pero que, desde luego, para nada merece la cárcel. Sí, hablo, en el primer caso, de la portavoz ‘popular’ en el Congreso, y en el segundo de una diputada de Vox que pasa por tener un verbo ‘castelarino’, pero que es, simplemente, exaltada.

Pero regresando a quienes, desde distintas perspectivas, nos gobiernan, hay que concluir que un mismo equipo de futbol no puede componerse de once jugadores que están solo a marcar goles, incluso quitando el balón a sus compañeros. Sánchez tendrá que acabar eligiendo, por ejemplo, entre Calviño, Robles, Planas, Maroto, Escrivá, Yolanda Díaz (que creo que no lo está haciendo nada mal) o, por el contrario, quedarse con ese vicepresidente que sin duda es cierto que no le deja dormir y su tropa. Al frente de la cual, la señora Montero, doña Irene, claro, ministra de Igualdad y otras cosas, que declara en la televisión pública que “la labor del vicepresidente segundo está siendo encomiable”. Y, como ella no se ruboriza, lo haré yo por ella, hala. Así, de ala: con tanta cara y tan poco fondo y menos aún educación, de ala. Vamos de ala.

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Elpaís de las marquesonas, los golpistas y los terroristas: España

Enviado por Fernando Jáuregui | 28/05/20

Pregunto a amigos bien colocados en instancias europeas qué se piensa en la UE de España. La respuesta, en las últimas horas, ha empeorado: no nos toman, definitivamente, en serio. Y no lo digo con talante acomplejado, no: es la pura verdad. Esa Unión Europea que tiene que facilitarnos el oxígeno de nada menos que 140.000 millones de euros está, creo, un poco perpleja, dando la razón a Bismarck, el canciller de hierro que dijo que ‘España es el país más fuerte del mundo, porque lleva siglos intentando destruirse y aún no lo ha conseguido’.

Espero que los ‘hombres de negro’ que vendrán, si vienen, con el maletín de los billetes y con las exigencias, no hayan visto las últimas sesiones parlamentarias. Sí, esas en las que unos acusan a otras de ‘marquesas’, nobles que, a su vez, contraatacan acusando al padre del acusador de ‘terrorista’, justo la víspera de que el primer acusador –o sea, vayamos a la cuestión, Pablo Iglesias—se lanzase a considerar ‘golpistas’ a los integrantes de la formación más derechista –o sea, ultraderechista, en calificación europea—del panorama parlamentario español.

Mire usted, el Parlamento, que es el sancta sanctorum de una democracia, no puede ser el escenario de estos, ejem, juegos florales. Y menos cuando el país que alberga a ese Parlamento tan atípico se halla al borde del estallido social y económico. Ni Cayetana Alvarez de Toledo –mira que lo hemos dicho—debería seguir siendo la portavoz parlamentaria del grupo Popular, ni tampoco Adriana Lastra la del grupo socialista. Han convertido la sede del Legislativo en hogar de la confrontación, justo cuando haría falta, en tiempos de aflicción patria, lo contrario. Que no digo yo que los jefes de ambas estén, claro, exentos de culpa; ocurre que, para cambiar las ideas y los comportamientos, hay que cambiar a las personas.

Y vamos con don Pablo Iglesias. No sé quién o qué le hace pensar que el Parlamento es el patio de un colegio. Nadie podrá acusarme de mostrar preferencias por un grupo como Vox, que menudo peligro encierra. Pero ir por ahí acusando de golpista a una formación respaldada por millones de votos y que, si hay que decir la verdad, puede pecar, y peca, de muchas cosas, pero de golpistas, hasta el momento, no, me parece tremendo. El señor Iglesias, sí, ese que dijo que ‘pomadita’ a quien no le guste que él esté en el Gobierno como vicepresidente, hace un muy flaco favor al país en cuyo barco él ejerce como segundo de a bordo presentándolo como una nación en la que quien no está con el Gobierno es un presunto involucionista, o una marquesona, o un cavernícola, y ‘pomadita’ para todos ellos, que cierren la puerta al salir.

La Europa de las Ursula von der Layen, Merkel, Macron o Conte, au que quizá sí algo el enloquecido Johnson, poco tienen que ver con este chuleta de barrio, con las salidas horteras de pata de banco contra ‘los nobles’, con el insulto puro y duro al adversario político, a quien se convierte en rival… y que cierre cuando salga, oiga. Aquí cabemos todos, y más en una comisión parlamentaria dedicada a buscar consensos para reconstruir lo que nos quede de país tras la pandemia y tras el paso del caballo de algunos Atilas nacionales, que no paran de ulizar las ‘puertas giratorias’ del chollo y del favoritismo al correligionario.

El señor Iglesias no lleva ni cinco meses ejerciendo la gobernación de esta gran nación y ya ha ofrecido una imagen de degradación en las formas solo paralela al desconcierto, sectarismo y desconocimiento que muestra en los fondos. Y lo peor, ya digo, es que en esa Europa que nos observa, que va a debatir cuánta ayuda merecemos, el espectáculo no puede ser visto con los ojos benévolos con los que aquí a veces lo disculpamos todo: es que Pablo es un revolucionario, es que Cayetana en una impulsiva, es que Adriana, la pobre, ni tiene ni idea, es que Echenique es un desastre, es que doña Macarena Olona, tan fogosa, ama los grilletes, sobre todo, sujetando las manos de los ministros socialistas…Son todos ellos unos irresponsables que van a llevar a este país, a nuestra España, al descrédito moral, a la desgracia. Basta ya. No tenemos tiempo para estos juegos pirotécnicos, que envilecen al país en lugar de mejorarlo.

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¿Debe dimitir Grande Marlaska?

Enviado por Fernando Jáuregui | 27/05/20

Mal asunto para un ministro de Interior tener enfrente, incómoda, a una institución como la Guardia Civil. Creo que se han cometido errores que justificarían el cese de la directora general del Cuerpo, si es que no también la del propio titular de la cartera, Fernando Grande Marlaska, persona a la que conozco, respeto y aprecio.

La destitución, sea por las razones que fuere, del responsable de la Benemérita en Madrid, coronel Diego Pérez de los Cobos, es legítima, pero inoportuna, mal ejecutada táctica y estratégicamente. Ha desencadenado la enojada decisión de retirarse del ‘número dos’ del Cuerpo, general Laurentino Ceña (que ya pasaba a la reserva en dos semanas, pero la adelantó como protesta) y ha cometido serios defectos de forma en el relevo de este último, saltándose el ministro el escalafón; un tema muy importante para una institución que siempre presumió de disciplina y orden.

Vaya por delante que no creo, ni deseo, que el ministro Grande Marlaska salga penalmente involucrado del pringoso asunto ‘8m’, contra lo que parecen desear algunos representantes de Vox, a los que les gustaría ver al ministro ‘engrilletado’. Va a resultar muy difícil probar una conexión directa entre aquellas manifestaciones del Día de la Mujer, último desencadenante de este episodio, y los contagios masivos por coronavirus, cuyas consecuencias acabamos de confirmar que han causado muchas más muertes de las reconocidas en el demencial recuento oficial: más de cuarenta y tres mil, cifra horrible en la jornada en la que comenzaba el luto nacional por fin decretado por el Gobierno central.

Temo, en todo caso, que nos centremos en la pelea política, utilizando en ella, claro, a los muertos, y nos alejemos de la verdadera gravedad de fondo del caso: la relevancia de la Guardia Civil en el mantenimiento del orden en momentos como los que vive España. Me parece que Grande Marlaska, a quien considero un hombre puntilloso y de honor, debería dar el paso de retirarse o, al menos, de retirar de inmediato a la directora general del Cuerpo, una profesional estimable que poco o nada tiene, en cualquier caso, que ver con el instituto armado, que cuenta con casi ochenta mil efectivos. Su nombramiento fue un error. Con eso no se juega ni se improvisa.

Pero ya tampoco es posible, contra lo que quiere la oposición, reincorporar a Pérez de los Cobos a su despacho en el cuartel de Tres Cantos. Critiqué la actuación de este coronel como encargado de la coordinación de las fuerzas de Seguridad aquel 1 de octubre de 2017, políticamente tan funesto, en el que se celebró la farsa de referéndum independentista; creí, y creo, que se equivocó en sus planteamientos, aunque eso poco tenga que ver con el tema que hoy nos ocupa. El caso es que el coronel se convirtió en una especie de ‘bestia negra’ para el independentismo. Solamente por eso, porque este independentismo se ha alegrado tanto con su salida, su cese ahora al frente del despacho de Madrid resulta aún más inconveniente: a él le convierte en un héroe, al ministro en un villano y los secesionistas más contumaces ya entonan el ‘¿veis cómo teníamos razón?’.

No, no volverá Pérez de los Cobos, pienso, a ese despacho tricantino, maldito para quien suscribe, o sea yo mismo, desde aquella primera y última vez que, en 1998, entré en él. Juan Ramos, el entonces coronel al mando, nos convocó allí a mi mujer y a mí para comunicarnos que ETA nos había seguido hasta nuestro domicilio, muy cercano al cuartel, y que deberíamos contar con algún tipo de escolta, hacernos con un perro guardián y, yo, comprar un revólver: “os protegeremos”, nos dijo. Aquellos eran tiempos muy duros, duros de verdad.

Desde entonces, mi agradecimiento a la Guardia Civil es profundo. El ministro Marlaska debería entender que estos no son ya los tiempos de Luis Roldán, que el instituto armado es muy apreciado, que su comportamiento es generalmente ejemplar y que en su seno caben pocas convulsiones. Algo que, por cierto, también deberían entender algunos portavoces de la oposición que, desde sede parlamentaria, hicieron este miércoles llamamientos a algo parecido a una insubordinación de los guardias contra el ministro.

Sí, este miércoles, Marlaska fue zarandeado parlamentariamente, con razón y alguna vez sin ella, en el Congreso de los Diputados. Si continúa en el caserón del Paseo de la Castellana, le auguro una temporada de sufrimientos: no ha acertado en su gestión y ahora tendrá que hacer frente, entre otras muchas cosas, a un millón de reclamaciones por las multas impuestas por burlar el confinamiento durante la pandemia. Y la brecha abierta en la Guardia Civil no se cerrará fácilmente. Bastantes crisis tenemos ya como para dejar heridas tan importantes sin cerrar. Ya sé que en España no se rectifica nunca, y dimitir es rectificar. Pero a veces, dimitir es también hacer lo mejor. Y lo correcto.

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El negro horizonte judicial del Gobierno

Enviado por Fernando Jáuregui | 26/05/20

Los nubarrones judiciales se ciernen cada día más sobre una parte del Gobierno, que tendrá que afrontar probablemente centenares de demandas y querellas a raíz de sus actuaciones en los últimos meses, no siempre, aunque sí muy frecuentemente, derivadas de su actividad e inactividad en la pandemia.

La destitución del coronel Pérez de los Cobos como jefe de la Guardia Civil en Madrid es un nuevo hito en el epicentro de un volcán relacionado con la manifestación del día de la Mujer el pasado 8 de marzo. El coronel, por orden de la juez Carmen Rodríguez Medel, no entregó al Ministerio de Interior el informe que la Benemérita realizaba sobre si el Gobierno conocía o no los riesgos de autorizar esa manifestación cuando ya el coronavirus se adueñaba de las calles. Y esa no entrega motivó, por “pérdida de confianza”, el cese de Pérez de los Cobos, ordenado por Fernando Grande Marlaska, ministro de Interior.

Tras el 8-m se hallan decenas de demandas y querellas presumiendo que el Ejecutivo permitió las manifestaciones masivas tras haber sido advertido del riesgo que se corría. Cierto que la mayor parte de esas acciones ante la Justicia acabará en nada, porque resulta –la propia juez lo ha dicho—imposible establecer una conexión directa entre aquella manifestación y los contagios que proliferaron durante los meses de marzo y abril. Pero el lío político, que afecta al delegado del Gobierno en Madrid y jefe del PSOE madrileño, José Manuel Franco, al portavoz de Sanidad, el archifamoso Fernando Simón, y al propio ministro, Salvador Illa, ya está acaparando las portadas de los periódicos, y eso que no ha hecho más que empezar el recorrido ante distintas instancias judiciales.

Sumen a esto las complicaciones judiciales de otros miembros del Ejecutivo, como el propio vicepresidente Pablo Iglesias, quien podría ser acusado de dos delitos nada menos que por el juez de la Audiencia Nacional Manuel García Castellón a cuenta del ya célebre y pringoso caso de la ‘tarjeta telefónica’ de su ex asesora Dina Bousselham, y tendremos una parte (solo una parte, atención) de la ‘panorámica de banquillo’ a la que se enfrentan el Gobierno y sus círculos más próximos.

Va a ser este un ‘otoño judicial caliente’, porque no van a ser las dos mencionadas las únicas reclamaciones a las que, obviamente, tendrá que hacer frente el Ejecutivo. Sin contar, por otro lado, con algunas complicadas acciones judiciales y fiscales dirigidas contra el anterior jefe del Estado y sus cuentas en el extranjero. Y, al margen de ello, las decenas de miles de reclamaciones y demandas entre particulares, en los juzgados de Familia, en las Magistraturas de Trabajo…El colapso es inminente y las tímidas medidas anunciadas por el Ministerio de Justicia no van a poder evitarlo.

Algunas fuentes judiciales añaden un elemento inquietante más, por si no hubiese ya suficientes: la creciente sensación de que se difumina la separación de poderes, un ejemplo de lo cual podría ser la acción del ministro del Interior contra el jefe de la Guardia Civil de Madrid, figura por lo demás polémica por su gestión de la crisis en Cataluña el 1 de octubre de 2017. Estas fuentes hablan de una ‘clique de poder’ entre una parte del Ejecutivo, la presidencia del Congreso, el Ministerio de Justicia y la Fiscalía General del Estado, un sanedrín que dificultaría el equilibrio entre los poderes del Estado.

Resulta evidente que ahora determinados cambios que parecen cada día más necesarios en el elenco ministerial se dificultan ante esta previsible avalancha de reclamaciones ante la Justicia: nadie quiere perder la condición de aforado. Una situación esta, contemplada así, en términos generales, que obviamente ha de gustar muy poco a otro sector del Gobierno, que podría estar representado, por ejemplo, en la ministra de Defensa, magistrada de rectitud e inflexibilidad bien conocidas.

A ver por dónde sale el sol, si sale, en toda una maraña que tiene muy preocupada al mundo de las togas…que hay quien piensa que probablemente haya de actuar, por cierto, sin togas en algunos tribunales. Esto, al menos, por culpa del virus maldito.

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El doctor Pablo Iglesias prescribe ‘pomadita’

Enviado por Fernando Jáuregui | 25/05/20

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¿No le gusta a usted este Gobierno de coalición?¿Preferiría otros acuerdos, como un Ejecutivo de centro-izquierda? ¿Lo que le disgusta es la presencia de alguien como Pablo Iglesias en la vicepresidencia segunda del Gobierno del Reino de España? Pues mire usted: ajo, agua y resina. Ya sabe. Y, además, ‘pomadita’.

Sí, ‘pomadita’. Es la receta que el citado vicepresidente don Pablo Iglesias propone, en una entrevista en el semanario lisboeta ‘Expresso’, como remedio a todos aquellos contrarios a su persona y al equipo formado por Pedro Sánchez. Y va más allá: muchos de quienes se sienten disconformes con este Gobierno, empezando por los medios de comunicación más críticos, son presuntos golpistas. Golpistas (presuntos) sí, nada menos.

Uno, que se permite discrepar en muchas cosas de lo que hace y deja de hacer una parte del equipo Sánchez, en general, y el ya repetidamente mentado señor Iglesias en particular, se siente, la verdad, amedrentado y desconcertado: uno no se tenía a sí mismo ni como partidario de golpe alguno –faltaría más—ni como integrante de caverna claxonvoxera de cualquier especie. Se quería definir uno como un progresista, moderado eso sí, partidario de que gobierne quien gane las elecciones, no quien ha perdido votos y escaños en cantidad sustanciosa y ha quedado el cuarto en el ‘podio’. Pero ya se ve que estaba equivocado: aquel que discrepe, cavernícola con una bota pisando la involución y la otra, el antisistema.

Ignoro si el presidente Sánchez, que no podría dormir –“lo mismo que el noventa y cinco por ciento de los españoles”, dijo, ¿recuerda usted?—teniendo al aquí archimencionado señor Iglesias en el Gobierno, se aplica también ‘pomadita’ cotidiana para sobrellevar el sacrificio. A mí, la verdad, no me quita el sueño tener un vicepresidente tan, ejem, atípico, que no cae precisamente bien en la UE y está, por delante solo del señor Abascal, de Vox, a la cabeza de la impopularidad en todas las encuestas, las del CIS incluidas. Insomnio no me produce; pesadillas, a veces sí.

Confío en que don Pablo Iglesias (Turrión, naturalmente: el otro PI, Posse de segundo apellido, jamás hubiese empleado este lenguaje barriobajero) no me tome aún más ojeriza si le digo que es un poco chulo. Porque esto de la ‘pomadita’ no deja de ser un término chulesco y algo burdo, inaceptable, en mi opinión, en el mundo político democrático civilizado y bien educado.

Pero, en fin, no se preocupe el señor vicepresidente. Uno ha entendido el mensaje. Ya digo: lo de acomodarse a la castiza máxima de ‘ajo, agua y resina’. La ‘pomadita’ que se la aplique él, que sospecho que le aguardan días no tan placenteros como los que ha venido disfrutando, pese a las pandemias, en las dieciocho semanas que lleva en la poltrona.

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…o llevaremos luto por todos nosotros

Enviado por Fernando Jáuregui | 24/05/20

La última comparecencia sabática de Pedro Sánchez trajo muchos anuncios, sin duda en un intento de evitar titulares relacionados con la metedura enorme de pata que supuso el ‘pacto con nocturnidad’ con Bildu para derogar la reforma laboral. Anunció el presidente la entrada en vigor del salario mínimo vital, reveló cuándo comenzará la Liga de fútbol (¡!) y hasta sugirió que tal vez le dé por solicitar una ¡sexta! prórroga para el estado de alarma.

Y, entre tanta novedad, mientras los claxons enardecidos resonaban en el centro de Madrid, el inquilino de La Moncloa proclamó otra medida, que en la capital está ya vigente desde hace casi un mes: a partir de este martes, diez días de luto nacional por los ¿treinta mil?¿cincuenta mil? muertos por la pandemia. Luego, en fecha por determinar, se hará un gran homenaje nacional a las víctimas del virus, la mayor parte de ellos nuestros mayores. Un acto que, menos mal, permitirá Sánchez que esté presidido por el Rey.

En realidad, el país que era el más alegre del mundo lleva de luto muchas semanas. Luto por los conocidos que fallecieron –¿quién no tiene alguno?–, luto por nosotros mismos, y por eso me he permitido traer aquí una transformación del título del magnífico libro periodístico de Lapierre y Collins cuyo marco es, por cierto, la fiesta nacional, que nuestro vicepresidente del Gobierno quisiera dar también por fenecida.

Hay muchos motivos para ese luto por nosotros. No se nos ha sabido ilusionar con los ‘sangre, sudor, lágrimas’ de los sábados a la hora del almuerzo. Ni el indudable esfuerzo de Sánchez y algunos (patentemente no todos) de sus ministros ha servido para cimentar una mayor confianza de la ciudadanía en sus representantes, que, cada vez que pueden, transgreden las más elementales leyes de la transparencia y de la verdad. No es el momento, pero aparecerán estudios muy completos de las cosas que, en este sentido, ha hecho y ha dejado de hacer nuestro Gobierno y de las renuncias e incapacidades de nuestra oposición: porque, por ejemplo, ¿cómo es posible que Pablo Casado, Casado, digo, y no otros segundos escalones del PP, no responda semanalmente a las provocaciones de Sánchez, provocaciones tan graves como culpar a ‘los populares’ de haberle forzado, al dejarle en soledad, al pacto increíble con Bildu?

Y ahora viene, no entiendo por qué razón, lo de la quizá sexta prórroga. No existe ningún motivo para proponerla ni para considerarla conveniente ni prudente, cuando ya toda España estará en avanzadas fases de ‘desconfinamiento’. Y menos aún hay motivo para aceptar el chantaje de esas cuarenta medidas exigidas ahora por Quim Torra, cuya actuación en la pandemia ha revelado su absoluta nulidad como gobernante, a cambio del apoyo parlamentario para esa otra posible prórroga. No: son ya demasiadas las voces autorizadas, jurídicas, sanitarias y del sentido común que advierten que el estado de alarma, con ese absurdo toque de queda nocturno, ya no es sino una merma de nuestras libertades, tan zarandeadas.

Me sumaré, claro, a todos los homenajes a estos muertos, fallecidos a veces en condiciones que algún día, para hacerles cabal justicia, habrá que investigar y reparar a fondo. Yo llevo, y llevaré, la corbata negra que Sánchez (aún) no se pone, supongo que por algo tan profundo como que sí la llevan los políticos ’de las derechas’ ; pero también la llevo para exigir que nos saquen de esta luctuosa situación en la que nos ha metido un virus y a la que nos encadenan otros, que no son virus aunque puedan resultar dañinos. Como suena.

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La España de las terrazas

Enviado por Fernando Jáuregui | 23/05/20

Ahora que tan de moda estar lo de hablar de fases, yo diría que hemos abandonado la de la España de los balcones para entrar, ya todos a partir de este lunes, en la de la España de las terrazas. Ese estupendo invento que, como los chiringuitos de playa, los sorteos de loterías o los grandes almacenes, constituyen ya, ay, casi el único elemento vertebrador e integrador en un país que sale –cuando salga– de la pandemia profundamente dividido, cuarteado moralmente, empobrecido económicamente y con algunos problemas aún más serios o agravados con respecto a como estaban cuando comenzó esta catástrofe.

La semana que concluye no ha sido precisamente buena ni desde la óptica política ni desde la de la cohesión; ha sido, más bien, francamente mala para el Gobierno –para los gobiernos—, para los gobernados y para la imagen internacional del país (de la propia imagen aquí dentro ya ni hablamos). Que una parte del Gobierno haya metido un gol a la otra, que se lo haya metido también no solo a sus adversarios, sino también a sus aliados, que se haya utilizado el disimulo y hasta el engaño para lograr un fin (la prórroga del estado de alarma), a base de pactar en secreto nada menos que con Bildu y nada menos que la reforma laboral, evidencia que algo no marcha. Que, encima, se nos empiece a sugerir que, tras esta quinta prórroga, lograda como se ha logrado, se aspira a conseguir una sexta, indica que alguien, allá en la fortaleza monclovita, o tiene unos nervios de acero o un optimismo exacerbado. O una cara que se la pisa.

Y todo esto, en un país en el que ya no cabe disimular el enfrentamiento, porque está en la calle, en los claxons reivindicativos de los automovilistas, en las colas de gente que busca una bolsa de comida. Aquel 15 de mayo de 2011, cuando los indignados dieron paso a ‘aquel’ Podemos –poco que ver con este, me temo–, se ve ahora contrabalanceado, desde el lado opuesto, por ‘este’ espíritu del 15 de mayo de 2020, con sus caceroladas y la proliferación de banderas, reivindicadas, y eso es terrible, solo por una parte del arco político.

Un país en el que la bandera no es patrimonio de todos, de derecha a izquierda; en el que la separación de poderes empieza a ser una entelequia; en el que las libertades de cada ciudadano no son lo que más importa, sino ‘la colectividad’; en el que ni siquiera se sabe cómo funciona unos de sus territorios –espantosa la actuación de la Generalitat catalana–, ni cuántos muertos ha causado, de verdad, el virus; un país en el que la seguridad jurídica brilla por su ausencia, es un país que está a punto de ser un Estado fallido. Sobre todo, si se está procurando, desde las dos Españas, debilitar la fe en ese Estado. O, al menos, si no queremos ir tan lejos, podemos desde luego empezar a hablar de una democracia fallida. Cada trampa al proceso democrático, cada patada al compromiso dado, es un clavo más en el atáud de esa democracia.

Sí, menos mal que nos quedan, panem et circenses, las terrazas. Y esas playas en las que, siento decirlo, los ciudadanos se toman a chacota las instrucciones de las fuerzas del orden, poniendo en peligro su salud y la de los demás: eso también es síntoma de que caminamos hacia la falencia generalizada. Cierto: todavía nos queda el país bien estructurado, en el que los servicios básicos han funcionado admirablemente en medio de la tormenta, la nación que sigue siendo, no sé por cuánto tiempo, la cuarta potencia de Europa. Ese país alegre que se va de cañas y sabe sufrir cantando desde el confinamiento. Nuestros representantes han logrado hacerse con un gran país. Tendrán una enorme, terrible, responsabilidad si, encima declarando hacerlo todo por nuestro bien, lo malbaratan.

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