El silencio de los que deberían hablarnos

Enviado por Fernando Jáuregui | 17/08/19

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(dos años han pasado desde aquella manifestación en Barcelona contra el terrorismo un acto que se convirtió en un grosero agravio al jefe del Estado. Ya solo queda, por cierto, el Rey (bueno, y Ada Colau) de aquella primera fila. Menuda meditación))

Un atronador silencio procedente de los principales dirigentes políticos españoles ha presidido estos días esencialmente festivos del ‘ferragosto’: ¿dónde estaban Sánchez, Casado, Rivera, Iglesias, dónde estaban Borrell o Nadia Calviño mientras estallaba la crisis del Open Arms’, mientras las autonomías hacían saber su miedo a quedarse sin poder pagar nóminas en diciembre, mientras los tambores de una nueva gran crisis económica sonaban, aún lejanos, mientras la amenaza del retorno del peronismo en Argentina de la mano de Fernández&Fernández aterraba a las empresas españolas?

La política ante los micrófonos, con la refrescante excepción de la ministra de Defensa, Margarita Robles, que se atrevió a lanzarse contra el ministro del Interior italiano, ha quedado en manos de segundos escalones o de dirigentes periféricos: Cayetana Alvarez de Toledo, Isabel Díaz Ayuso, Ignacio Aguado. Nos han hablado de planes para Madrid, de rechazos a unirse (la plataforma proyectada por el PP ‘España Suma’ no ha gustado a Ciudadanos), les hemos visto en algunas fiestas populares. Pero la incertidumbre del país ante su futuro sigue. Las aprensiones ante lo que pueda ocurrir este septiembre en Cataluña se adensan. Y, ante todo esto, un silencio espeso, sin duda matizado por muchas conversaciones telefónicas secretas en busca de hilvanar acuerdos de cara a una investidura que se presenta, estando tan próxima, muy lejana.

Supongo que estamos en las últimas horas de tanta boca callada. Este lunes reaparece Pablo Casado en la ceremonia de toma de posesión de Isabel Díaz Ayuso como presidenta de la Comunidad de Madrid. Supongo que pronto Sánchez nos hará partícipes de sus meditaciones en Doñana (debería ofrecer una rueda de prensa tras el Consejo de Ministros del viernes, pero, claro, ya sabemos que a los presidentes españoles les gustan poco las ruedas de prensa) y confío en que Pablo Iglesias nos anuncie de manera inminente qué piensa hacer de cara a la posible sesión de investidura de Sánchez el mes próximo. Porque ya solo queda un mes y cinco días para que caduque el plazo fatídico y tengamos que regresar a la casilla de salida: cuartas elecciones generales en cuatro años.

¿Recuerda usted la foto de aquella manifestación en Barcelona, van a cumplirse ahora dos años, tras los atentados yihadistas, que recordábamos este sábado, del 17 de agosto del nefasto 2017? De aquella primera fila de ‘notables’ solo queda el Rey, ahora sometido a todo tipo de maniobras subterráneas para debilitarle. Rajoy está…¿dónde diablos está Rajoy?, Puigdemont anda de huída en huída, Junqueras y sus compañeros siguen en prisión, Cristina Cifuentes está como está… Toda una meditación. Yo diría que hoy estamos aún peor que aquel 26 de agosto de hace dos años, cuando aquella manifestación en la que tan groseramente se trató al jefe del Estado: sigue la crisis política, aunque España siga manteniendo, ya se ha visto este verano, un magnífico tono vital que hace prosperar la broma –macabra—de que sin Gobierno se vive mejor.

No quiero descartar que alguno de los líderes citados nos sorprenda con algún interesante cambio respecto de las posturas con las que se fueron de vacaciones, aunque debo confesar que lo dudo. En todo caso, no queda sino aferrarse a la débil esperanza que significa lo que nuestros representantes, a los que votamos y pagamos, tengan a bien decirnos a los ciudadanos. ¿Habrá cambiado, para bien, algo este mes de agosto y nosotros, porque nadie nos dice nada, sin enterarnos?

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Buenismo y algunos malismos

Enviado por Fernando Jáuregui | 16/08/19

Nunca el buenismo, o lo que muchos entienden como tal, ha tenido tan mala prensa en España. Personalmente, nunca estuve de acuerdo con las descalificaciones genéricas contra eso que han dado en llamar ‘buenismo’. ¿Lo es acaso conmoverse ante la tragedia de los inmigrantes del ‘Open Armas’ y pedir su acogida en puertos españoles, dado que, al fin y al cabo, española es la enseña del buque redentor? ¿O más bien será ‘malismo’ sugerir, sin pruebas, oscuros motivos para que una ONG se dedique a recoger a los más desheredados de la fortuna y, de paso, dar a entender que el hombre que encarna este esfuerzo, Oscar Camps, tiene un pasado cuestionable? Puestas así las cosas, prefiero el buenismo, en todo caso, al malismo, si tengo que elegir entre ambos extremos.

Ni me constan los afanes de la ONG por hacer negocio con la tragedia de los inmigrantes ni siento por Oscar Camps, que ha dado la cara valientemente en defensa de los ciento ochenta seres desesperados que lleva a bordo, otra cosa que respeto. Y lo mismo digo del actor Richard Gere, contra quien se han revuelto voces furibundas criticándole haber convertido el ‘caso Open Arms’ en una cruzada propagandística. No, no es demagogia ni narcisismo de un privilegiado utilizando para su lucimiento personal a los infelices; y, si lo es, sirve para llamar la atención del mundo sobre un problema que nos afecta a todos: no se entiende la inmovilidad que ha mostrado Europa ante una tragedia que ha alfombrado de cadáveres el Mediterráneo y llenado de vergüenza a no pocos gobernantes, incluidos desde luego los de los países de origen de quienes huyen.

Pedro Sánchez, nuestro hombre en funciones, ha dado muestras de cierta inestabilidad ante la eurocrisis surgida a cuenta del ‘Open Arms’ y la intransigencia inhumana de Salvini. Podría haber liderado las iniciativas europeas en favor de la solidaridad –no, no era tan difícil ni tan gravoso—y ha tenido que refugiarse en el liderazgo franco-germano a la hora de decidirse, al fin, a recoger a una parte de los seres desdichados que se pudren en el mar en las peores condiciones. Muestra de que sí, era posible acogerlos.

Menos mal que ha habido, al final, recogida de velas y una cierta rectificación. España no puede renunciar, aunque solo sea por motivos geográficos e históricos, a mostrarse como un país solidario, acogedor dentro de los límites de lo posible y del realismo. Ni podemos los españoles abdicar de nuestro deber de forzar a la UE a llegar a un gran acuerdo, por encima de populistas, miopes y fascistas, para encauzar la inevitable –inevitable, sí– fuga desde Africa (y no solo) a una Europa a la que se sigue viendo, y sigue siendo, el continente privilegiado.

Lo malo es que, con un Gobierno pensando tan solo en su supervivencia gracias a una investidura o a unas nuevas elecciones, toda solución a los problemas más candentes se escapa. Una provisionalidad la de nuestra política que, como se ve, se vuelve cada día más peligrosa. Para los inmigrantes y para los españoles. Y si esto es buenismo, y no se entiende más bien como realismo, que venga Dios y lo vea.

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¡Atención! Vox te vigila

Enviado por Fernando Jáuregui | 14/08/19


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(Vox ha entendido que ‘imágenes tradicionales’ como esta no le son convenientes)

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Los representantes de Vox, señaladamente doña Rocío Monasterio, no se han recatado a la hora de advertir explícitamente que vigilarán a los mandatarios de la derecha a los que prestan su apoyo. Parece que la formación que preside Santiago Abascal se conforma, puesto que no puede alcanzar posiciones de poder, con ser una especie de guardián de las esencias: ojo a la inmigración que nos llega, nada de festejos cuando se habla de LGTBI, no pasarse con lo de la violencia de género…

En principio, basta, como hizo doña Isabel Díaz Ayuso en su investidura como presidenta de la Comunidad de Madrid, con hacer guiños discretos y alusiones poco comprometidas a los principios ‘voxísticos’: el partido de la derecha ‘radical’ –¿se le puede denominar así?—ha sido fundamental para llevar un representante del PP, más Ciudadanos, a las presidencias de Andalucía y Madrid, y también a algunas alcaldías, así que más vale no desairar al siempre incómodo ‘aliado’. Y no ha habido que hacer, parece, muchas más concesiones, una vez superadas las algo ridículas polémicas con Ciudadanos sobre quién reconoce a quién y en qué términos. Es la derecha que hay, con incómodos compañeros de cama, y así hay que aceptarla o rechazarla. No es muy diferente de lo que ocurre en el sector de la izquierda, pero eso sería, ahora, harina de otro costal.

A Vox hay que reconocerle que ha variado algo el rumbo algo pedestre con el que irrumpió en las encuestas y, con los límites conocidos, en las urnas: mejores relaciones con los periodistas, voces menos altisonantes. Como ocurrió en Andalucía, cortan de raíz cualquier ‘pasada’ de los suyos. Aprovechan la indudable involución que está experimentando la sociedad española –no hay sino que ver la polémica a cuenta de si se debe o no acoger a los inmigrantes del ‘Open Arms’—para lanzar sus mensajes de manera calmada, procurando huir de las estridencias del pasado. Y qué duda cabe, digan lo que digan las encuestas, de que una parte de la ciudadanía ‘compra’ tales mensajes. Todavía me sorprendo al escuchar a algún notable socialista del pasado, que obviamente ha evolucionado mucho, diciendo que “Vox dice verdades como puños”, afirmación de la que obviamente discrepo no poco, pero que me hace reflexionar.

Sea como fuere, tanto el PP como Ciudadanos saben que, para llegar al gobierno de la nación, tendrán que seguir contando con el ‘apoyo vigilante’ de Vox, experimentando en sus nucas el aliento constante de este partido. Y habrán, por tanto, de matizar esa clasificación de que son el ‘centro derecha’ , título oficial al que aspiran. Vox, como en el otro extremo Podemos, aspira, y es legítimo, a influir en la gobernación del país, ya que de momento se ven incapaces –en el caso de la formación de Pablo Iglesias, porque increíblemente renunció a una vicepresidencia y tres ministerios—de alcanzar puestos efectivos de poder. Nos guste o no nos guste, Vox, que no es exactamente el lepenismo ni el ‘salvinismo’, pero sí podría llegar a ser, si pudiese, el ‘trumpismo’, está ahí para quedarse. Del ‘nuevo’ PP de Pablo Casado, y hasta cierto punto del algo desnortado Ciudadanos, dependerá cuánta presencia pública acabe teniendo este grano incómodo, desde ahora El Vigilante, que les ha salido en salva sea la parte.

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La Monarquía se la está jugando

Enviado por Fernando Jáuregui | 10/08/19



(El Rey dio esta semana uno de sus escasos pasos arriesgados. ¿Sabía la trascendencia que iba a tener lo que les gritó a los periodistas? Yo, personalmente, defiendo que el jefe del Estado pueda expresarse y que no se le relegue a una figura casi decorativa: hay que aumentar las funciones del Rey)
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La intervención meteórica del Rey, abogando por soluciones antes que elecciones, tenía forzosamente que provocar reacciones encontradas. De alguna manera, el Rey, a cada paso que da –o no da—se la juega. Y los líderes políticos, con cada decisión que toman, o no toman, se la juegan a la monarquía, incluso, temo, al sistema. La semana que concluye no ha sido buena para quienes piensan que aquellos que precisamente desean quebrar el sistema deben mantenerse lejos de los asuntos de la gobernación. Porque esta semana concluyó con el anuncio del presidente en funciones, Pedro Sánchez, de que incluirá a los “nacionalistas” (sic), es decir, a los separatistas de Esquerra Republicana y a JxCat, en sus consultas de cara a la investidura. Y eso no me parece un buen presagio de cara al futuro.

Zapatero, el hombre que negoció bien con ETA, me comentó un día que sus guiños a Esquerra Republicana de Catalunya, a la que incluyó en el tripartito de los governs encabezados por Maragall y luego por Montilla, para gran cabreo de Artur Mas, eran un intento de ‘integrar’ a los independentistas en la tarea del Estado. Creo, sinceramente, que acertó a pacificar el País Vasco y contribuyó, por el contrario, a avivar los fuegos secesionistas catalanes. Ese Estado que quiso fortalecer se cuarteó, y sigue haciéndolo tras las políticas equivocadas, a mi juicio, de Mariano Rajoy. Y ahora, Sánchez…

Pues ahora estamos, me temo, en lo mismo: declarando imprescindibles a los separatistas (perdón, “nacionalistas” en la expresión de Sánchez, que obviamente quiere minimizar la trascendencia de lo que hace) para que él, Sánchez, pueda ser investido y formar ese ‘Gobierno de progreso’ apoyado por extraños compañeros de cama. A saber, un Podemos irritado con él porque le ha ganado por la mano y se queda fuera de las moquetas ministeriales, una Esquerra capitaneada desde Lledoners por un hombre cuyo afecto al concepto España es el que es, ninguno, y un Puigdemont que es, desde Waterloo, el mayor enemigo de la nación española.

Con esos mimbres difícilmente se fortalecerá la nación, y menos su unidad. Y la Legislatura, si llega a consolidarse, será un desastre que ni lo de la Italia de Salvini. Si de algo han servido esos contactos ‘con la sociedad civil’ de Sánchez estos días ha sido para certificar que las dos Españas cada día se alejan más la una de la otra, y temo que, por muy buena voluntad que le supongamos –siempre se la supuse a Zapatero–, Sánchez está actuando más como pirómano sin querer que como bombero de los grandes males de la patria.

Formar ese ‘gobierno de progreso’ sin haber intentado algún tipo de pacto generoso y ambicioso con otras fuerzas constitucionalistas, que andan como si nada de esto les afectase, encantadas con el ‘más dura será la caída’ de Sánchez, me parecerá un error tremendo. Por parte de Sánchez y por parte de Ciudadanos, empeñado en no querer ni siquiera hablar con alguien que, guste o no, tiene siete millones de votos en el zurrón, y también por parte del Partido Popular, atento solamente a la consolidación de su líder en las aguas pantanosas. Cuando el Rey habló de buscar soluciones estoy seguro de que no se refería a ese Gobierno del PSOE con el ‘socio preferente’, que es el mayor abogado de la República, y seguro que se refería menos aún al apoyo de los ‘nacionalistas’.

Sabe bien Felipe VI que un nuevo ‘Gobierno Frankenstein’ rompería las costuras del Estado. Las soluciones que tiene en mente, y que sin duda comenta con sus interlocutores, han de ser otras, obviamente. Y, por su parte, Sánchez también sabe bien que, desde la interinidad, se puede gobernar mucho tiempo, al menos hasta comienzos de 2020; no sé si el delicado equilibrio del Estado, que depende de un golpista preso y de un comisario de policía infame también en la cárcel, aguantará tanto tiempo. El nuestro es un país que se inquieta por su futuro y al que solo se le ofrecen nuevas incertidumbres. O quiebras de lo que iba bien, hasta en la Liga de fútbol. Y pensar que la solución está en las inexpertas manos de cuatro señores, cuatro, a los que los ojos de cuarenta y cinco millones de españoles, comenzando por el mismísimo jefe del Estado, miran implorantes…

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Lo urgente de verdad es cerrar el Valle de los Caídos

Enviado por Fernando Jáuregui | 08/08/19



(hemos transitado de Franco a Podemos. Tantos años de Historia de la que hemos aprendido tan poco…))

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Todo son maniobras de distracción. Desde la ‘rueda de prensa’ (¿?) de Pedro Sánchez a la salida de Marivent hasta las ‘ocurrencias’ de algunos dirigentes del PP, que piden que el presidente en funciones, con sus siete millones y medio de votos a cuestas, dé ‘un paso a un lado’ y permita la investidura de otro, sin especificar, pero sin duda respaldado por menos sufragios.

El país está en vilo, muchas instituciones –incluyendo nada menos que el gobierno de los jueces– aguardando el preceptivo relevo, la preocupación está de escalada en Europa, también por cierto en funciones, ante la guerra comercial chino-americana. Una portavoz ‘popular’ especialmente extremada pide hacer una ‘lobotomía política’ a Sánchez, a ver si se vuelve constitucionalista. De locos, como se ve. El debate nacional es un circo. Ah, pero lo urgente ahora es cerrar el Valle de los Caídos. Y suprimir los títulos nobiliarios ’franquistas’.

Personalmente, la memoria del franquismo me avergüenza. Se cumplen ahora ochenta años del comienzo de aquellos ‘juicios de guerra’ que dieron con decenas de miles de españoles en los paredones y eso es algo, el trato torturador al vencido, que jamás puede olvidarse. Entre otros desmanes. Pero sospecho que el país vive ajeno a la estela del dictador y no sé si la ciudadanía se lanzaría en masa a esas misas por su ‘eterno descanso’ que ahora se quieren prohibir: Franco bien vale una misa (vetada), a lo que se ve.

Y sí, me parece muy bien que supriman algunos títulos nobiliarios otorgados por el dedo del que recibió el apelativo fascista de ‘caudillo’; por mí, como si los suprimen todos, o que se investiguen los motivos por los que se concedieron en otras épocas. Pero me parece que tampoco hay manifestaciones pidiendo la inmediatez de la medida. Y, sin embargo, el inoperante registro de nuestro inoperante Parlamento lo único noticiable que recibe ahora son proposiciones de ley del partido que sustenta al Ejecutivo (en funciones) con esto de los títulos nobiliarios y lo del cierre y multas al vergonzoso monumento de Cuelgamuros.

Pues eso: que todo es distracción de lo fundamental, que me parece, cada día más, que consiste en llevarnos de cabeza a unas nuevas elecciones, cuartas en cuatro años, si Dios, Sánchez, iglesias y también Rivera y Casado no lo impiden, que parece que no lo impedirán. Entre otras cosas, porque alguno de ellos sí quiere, animado por las encuestas, esa repetición, allá por noviembre. Y que duren la interinidad y el Falcon mientras tanto.

Me enseñaron a repudiar el periodismo-espectáculo, del que ahora tantas muestras tenemos. Pero nada nos dijeron en la Facultad de la política-espectáculo, que es hoy la que nos abruma, gracias a esos ‘magos de la imagen’ que sustituyen a los hombres de Estado –ah, Julio Feo, José Enrique Serrano…—en el manejo de las estrategias de nuestros dirigentes políticos.

Y, así, asistimos, impávidos por estar ya tan acostumbrados, a ciertas ‘maniobras orquestales en la oscuridad’ ante la investidura. No, no la de Sánchez, que tan lejana parece: dejemos al presidente enredado en su falsamente ‘macroniano’ contacto con la sociedad civil, este jueves con los sindicatos, la patronal, los autónomos… Más bien me refiero, claro, a la investidura inminente de la nueva presidenta de la Comunidad de Madrid, a la que ahora se le ‘descubren’, oportunamente, viejos ‘affaires’ y relaciones indeseables con otras ex presidentas, con otros ‘investigados’, como el ex alcalde de Getafe, que iba en las listas de la señora Díaz Ayuso. Etcétera.

Ya digo: todo, todo, espectáculo. Cuando no chantajes encubiertos, vendettas detectables en las cloacas. Y, mientras, la casa sin barrer. Por favor, que venga pronto un Gobierno, aunque no sea el de nuestros sueños (eso sí que está lejos). Y que su prioridad no sea sacar la momia de Franco y cerrar su actual morada. Déjennos a todos descansar en paz, que estamos en vacaciones y cumplan ustedes con su deber, en lugar de tanta pirotecnia: queremos un Gobierno ya, y si es posible sin Pablo Iglesias de ministro.

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Sánchez me deja pasmado

Enviado por Fernando Jáuregui | 07/08/19

Escucho en directo la comparecencia de Pedro Sánchez ante los medios en Mallorca, tras su encuentro con el jefe de Estado en momento de grave preocupación en la Patria y, simplemente no me lo puedo creer. Apenas cuarenta y cinco minutos de ‘cumbre’ con el Rey –cierto que prolongados en un almuerzo–, tras haber hecho esperar una hora al Monarca, y todo lo que sacamos los ciudadanos es la sensación de que cada vez resulta más difícil una investidura en septiembre y, por tanto, que cada vez es más fácil una repetición de las elecciones. Para este viaje no nos hacían falta alforjas y sobraba la expectación informativa suscitada en torno a un encuentro en una coyuntura inédita, que todos empiezan a calificar de peligrosa: ¿Lo sabe el señor Sánchez? Porque yo creo que Felipe VI, que la sufre más que nadie, sí lo sabe.

Tres preguntas, tres, de mis compañeros, y un total de diez minutos, es lo que el presidente del Gobierno en funciones dedicó a informar a la sociedad, a la ciudadanía, de lo que hablaron, en estos momentos trascendentales de la vida política española, el jefe del Gobierno y el jefe del Estado. ¿Hay ofertas nuevas –de hecho, ¿hay alguna oferta?– por parte de Sánchez dirigidas a quienes, con un voto afirmativo o con una abstención, tendrían que apoyar su investidura? Nada. ¿Alguna idea nueva para el desbloqueo? No. ¿Ofertas a Ciudadanos, PP, para que reconsideren su terco ‘no es no’ a cualquier posibilidad de ese ‘Gobierno progresista’ que tantas veces preconizó el presidente del Gobierno (en funciones)? Tampoco.
Solamente apunté una novedad que ya no lo es: persiste el desencuentro con Podemos, partido con el que me parece que no ha habido contactos apenas tras el fracaso de la moción de censura. Pero, paradoja de paradojas, sigue siendo el ‘socio preferente’. Los otros dos dirigentes, los de la derecha, solo son entes que se dedican a poner obstáculos a ese legítimo Gobierno progresista que Sánchez quiere establecer, repito –en realidad, es lo que se repitió en la micro-rueda de prensa de Marivent–, a cambio de nada. Y, encima, al día siguiente de haber perpetrado el bofetón democrático de Navarra (pero ¿no habíamos quedado en que gobernaría el más votado? Ah, eso será es otros países democráticos, pero Spain is different).
Se está haciendo Sánchez tan acreedor a una repetición de las elecciones que me está pareciendo que es eso exactamente lo que quiere, aunque, claro, no pueda proclamarlo, sino que se ve forzado a decir todo lo contrario. Casi no me podía creer algunas de las cosas que escuchaba en la micro-rueda de prensa de Marivent (¿no hubiese justificado la ocasión una comparecencia algo más completa y larga ante los chicos de la prensa?): o sea, que ¿los culpables del bloqueo institucional y político son los de Podemos, los de Ciudadanos y los del PP (a los que no les eximo de sus responsabilidades, que conste), mientras que Sánchez, sin ofrecer nada a cambio, pide por su cara bocita (por cierto, el Rey es más guapo)?
Menuda jeta, señor Sánchez. Usted sabrá perdonarme que se lo diga así, pero no se me ocurre ninguna otra expresión apropiada al caso. Debo decirle que, en 3″ />casi medio siglo de ejercer esta profesión de mirón y de oidor, jamás me había encontrado, ni siquiera cuando González decía que no había corrupción bajo sus sayas, ni cuando Aznar hacía sus trapisondas con lo de Irak, ni cuando Zapatero llamaba antipatriotas a los que trompeteaban la crisis económica, ni cuando Rajoy se hacía el sueco ante cualquier problema, jamás, repito, señor Sánchez, había encontrado osadía semejante a la hora de gobernarnos. Y, encima, en funciones. Para colmo, me parece el único legitimado, digan lo que digan las ocurrencias desde el PP, para volver a intentarlo. Maaadre mía…

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Hay soluciones además de Podemos

Enviado por Fernando Jáuregui | 05/08/19


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(esta foto debería ser el futuro)

Resulta inusual que, especialmente en vísperas de su encuentro con el jefe del Gobierno en Marivent, el jefe del Estado haga declaraciones políticas. Sin embargo, el Rey lo hizo este domingo, confiando en que los partidos puedan encontrar una solución antes de tener que ir de nuevo a las urnas. Estoy seguro de que la solución ideal, para Felipe VI, no puede ser un ‘Gobierno a la portuguesa’, de los socialistas en solitario apoyados desde fuera por un pacto programático con la izquierda de la izquierda; porque tales fuerzas son, esencialmente, republicanas y alguna bordeando las fronteras del sistema. También tengo la certeza de que el Monarca hablará este miércoles con el presidente del Ejecutivo en funciones de otras soluciones posibles. Que las hay.

Ocurre que Sánchez parece varado en su ‘alianza preferencial’ con Pablo Iglesias para intentar una nueva investidura. Pero cada día escuchamos más voces que hablan de otras salidas además de esos gobiernos ‘de cooperación’ (sea lo que sea eso), ‘de coalición con Unidas Podemos’ (por suerte ya descartado, parece), ‘de progreso’, ‘a la portuguesa’, a la danesa’…¿Por qué no, por ejemplo, ofrecer desde el PSOE a las fuerzas constitucionalistas, sobre todo al Partido Popular y a Ciudadanos, un Gobierno de coalición que, durante dos años, arregle las cañerías constitucionales, sobre todo el Título VIII, y reforme a fondo la actual la normativa electoral, que tanto está facilitando el caos político que vivimos desde hace, como mínimo, tres años y medio?

A las alturas en las que estamos, resultan inaceptables tanto la parálisis que, pese a las sofocantes reuniones con la ‘sociedad civil’, parece afectar al cerebro negociador de Sánchez, como las negativas del PP y, sobre todo, de Ciudadanos a echar una mano que acabe con el dislate en el que estamos metidos. Esa oferta de una Legislatura de dos años, estaría presidida, claro, por quien ganó las elecciones. Pero con un Gobierno de amplio espectro, casi de salvación nacional, incluyendo también a independientes de prestigio, para emprender con urgencia las modificaciones constituciones y legales precisas, así como las imprescindibles renovaciones en el poder judicial, en los servicios secretos, en RTVE, etc.

Todo ello, suponiendo que Sánchez se atreviese a proponerlo –que lo veo casi imposible, no soy un utópico: Rajoy se atrevió, sin el menor éxito– es algo que me parece que difícilmente podría ser rechazado por Pablo Casado y por Rivera. A menos, claro, que quieran ser acusados de ser ellos los que torpedean la salida del túnel y propician unas nuevas elecciones para noviembre, prolongando hasta sabe Dios cuándo el ‘impasse’ en el que nos hallamos.

¿Y Podemos? Podemos podría optar por sumarse a un pacto constitucionalista o convertirse, lo que no dejaría de tener sus ventajas, en la cabeza de la oposición a ese Gobierno ‘de concentración’…y provisional. Porque en dos años –menos tardó Adolfo Suárez– se pueden consumar muchas de esas medidas, que, en su caso, con la disolución de las Cámaras, podrían someterse al preceptivo referéndum de las reformas ‘agravadas’ de la Constitución, si ello fuese necesario, que me parece que lo sería. Ese referéndum certificaría que hemos entrado en una nueva era. Que hemos consumado esa invisible, pero obvia, segunda transición por la que transitamos. Que la ciudadanía vuelve a confiar en su ‘clase política’.

Armado con estos apoyos, el país podría afrontar mejor las temidas reacciones que la sentencia contra los golpistas de octubre de 2017 provocarán en el cuerpo social y político catalán: desde la Generalitat se habla ya de formar un ‘Govern de concentración’ con las fuerzas independentistas. Hablamos, pues, de una nueva, muy nueva, dinámica política, que nunca se ha puesto a prueba en España. Pero convengamos que la situación también es inédita, peligrosa por muchos conceptos –incluyo el económico, con las perspectivas de una desaceleración ya visibles–, indeseable desde todos los puntos de vista, como ha venido a sugerir, con prudencia inevitable –nada que ver con una injerencia donde no le llaman–, el Rey.

Sé que espero mucho de los encuentros que Pedro Sánchez se ha marcado estas semanas, comenzando por el de Marivent con el Jefe del Estado. Porque acaso el principal problema sea el desgaste que está experimentando, digan lo que digan las encuestas del CIS, el propio Pedro Sánchez, además de la cerrazón de las otras fuerzas políticas. La situación es tal que los comentaristas ya ni nos atrevemos a pregonar soluciones verdaderamente revolucionarias, limitándonos a dar vueltas, como hacen nuestros políticos, a las viejas, gastadas, quizá imposibles, fórmulas. Y ya temo que no es eso, no es eso.

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La ‘cumbre’ de Marivent

Enviado por Fernando Jáuregui | 04/08/19

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(las conversas, aprisa y corriendo, de Sánchez nada tienen que ver con ‘le grand debat’ de Macron en la crisis de los chalecos amarillos)
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El contexto político hace que cada año resulten más densos los tradicionales encuentros entre el jefe del Estado y el presidente del Gobierno en el palacio mallorquín de Marivent. Si mal no recuerdo, esta es la primera vez que una ‘cumbre’ de esta especie tiene como uno de los interlocutores a un presidente en funciones, a la espera de ver si el mes próximo es o no capaz de completar con éxito su investidura. Son muchos y de mucho calado los temas que Felipe VI y Pedro Sánchez han de abordar en este encuentro que tiene lugar al margen de los semanales habituales durante el curso político.

Ahora todo es nuevo: el presidente está en funciones y, por tanto, con la capacidad de gobernar limitada; el desafío catalán se acrecienta ante la inminencia de una sentencia presumiblemente dura contra los golpistas de octubre de hace dos años; y la sombra de Podemos como presumible ‘aliado principal’ del Gobierno, en una fórmula ‘a la portuguesa’, revolotea en el ambiente, sin que sepamos muy bien si finalmente el proyecto se concretará en algo tangible y votable. Sin que podamos olvidar las proclamas republicanas –muy legítimas por otra parte—de Pablo Iglesias, el hombre que intentó colarse en el Ejecutivo de alguien que, como Pedro Sánchez, prometió, al llegar a La Moncloa tras la moción de censura, fidelidad a la Constitución del Reino de España, es decir, a la norma fundamental monárquica.

No digo yo que el sistema esté en riesgo, pero el clima es de enorme preocupación, casi de alarma en los sectores más conscientes. Poco será, como es usual, lo que se nos explique verdaderamente del estado anímico en el que discurra el encuentro del jefe del Estado con el jefe (en funciones) del Gobierno. Pero la inquietud en La Zarzuela, en Moncloa, ahora en Marivent, desde luego que existe, derivada sobre todo de la provisionalidad, que empieza a ser demasiado permanente, por la que discurre nuestra vida política.

Mientras, Sánchez sigue con sus contactos políticos (este lunes, con Compromís en Valencia) y con lo que llaman ‘la sociedad civil’ (esta semana, con sindicatos y patronal), en busca, dicen, de completar un programa de actuación que ofrecer a sus interlocutores políticos, a ver si los convence para que apoyen su investidura. Parece esta una explicación demasiado simple. Estos fugaces encuentros del presidente (en funciones) con interlocutores seleccionados de la ‘sociedad civil’ no son precisamente ‘le grand debat’ con el que Macron zarandeó durante cuatro meses a la sociedad francesa, agitada por el movimiento de los chalecos amarillos, antes de dar a luz un plan severo y milimetrado de acciones sociales y económicas.

Claro que no es lo mismo el caso galo y el español: ahora Sánchez tiene prisa, porque de alguna manera se va instalando en la ciudadanía la sensación de que, si hay repetición de elecciones, y por tanto si la provisionalidad se prolongase durante casi otros seis meses, el principal culpable será él, aunque no se pueda eximir de responsabilidades a los otros actores políticos.

Tendremos que estar muy atentos a lo que ocurra este mes de agosto, porque van a ocurrir cosas; sería impensable e irresponsable que no ocurrieran. De algo de eso hablarán, es de suponer, este miércoles en Marivent el Rey y el hombre que, en funciones, ocupa La Moncloa.

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España, ese país en el que, quien gana, pierde

Enviado por Fernando Jáuregui | 03/08/19


(dije a la nueva presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, que debía garantizar que la CAM no siga siendo el ejemplo de todas las corrupciones y luchas navajeras que ha sido desde que Leguina abandonó el cargo. Espero que esta joven colega separa mantenerse ajena al golferío de sus [email protected])
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Jamás entenderé que la inepcia, o la pereza, o el descuido, o el persistente error, o todo ello, de nuestros representantes haya permitido que las pasadas elecciones se celebrasen sin una mínima reforma de la normativa electoral. Esa normativa que hace que España sea uno de los escasos países democráticos del mundo –también ocurrió en las presidenciales de Estados Unidos, conste—en el que quien gana en número de votos no tiene en absoluto garantizado que vaya a gobernar. Más bien suele ser al contrario. Navarra o la Comunidad de Madrid son buenos ejemplos de ello y el atasco, peligrosísimo a mi juicio, a la hora de formar un Gobierno central es también muestra de que con esta legislación reguladora de las elecciones a todos los niveles no se puede seguir. Simplemente, no se puede seguir.

Cuando hablas con un político, de cualquier nivel y de cualquier formación, y le comentas lo inadecuado de una regulación de las elecciones que, ocasión tras ocasión, lleva a la coyunda de extraños compañeros de cama, a la exaltación del valor de minorías a veces extremadas –Bildu en Navarra, Vox en Madrid—y posiblemente a la deformación de la voluntad de los electores, siempre te da la razón: hay que estudiar y ponerse de acuerdo para una reforma a fondo de la normativa electoral, desde la definición de la circunscripción hasta precisar un sistema de doble vuelta que permita eso, que el más votado sea alcalde, presidente de Comunidad Autónoma o presidente del Gobierno de la nación. Pasando, entre otros muchos puntos que sería prolijo enumerar aquí, por el desbloqueo de las candidaturas.

Pero uff…qué pereza. Convocatoria electoral tras convocatoria electoral, nuestros políticos olvidan sus buenos propósitos, si es que alguna vez los albergaron. Y seguimos con el viejo sistema, que produce bloqueos que, en esta ocasión, duran ya desde hace tres años y medio y no apuntan fáciles salidas para que tengamos una gobernación sólida y estable que permita pactos de Legislatura reformistas o, mejor, regeneracionistas.

Y así ha ocurrido lo de Navarra, donde quien ganó por una diferencia de nueve escaños, nueve, o sea, Navarra Suma, se queda fuera del juego, gracias a la intervención decisiva de Bildu y al acuerdo de cuatro formaciones no demasiado afines entre ellas. Y en la Comunidad de Madrid, donde quien ganó por más de ciento cincuenta mil votos, el socialista Angel Gabilondo, ve cómo, tras complicada negociación, esta siempre peculiar autonomía, donde ahora los juzgados nos recuerdan culpas de ex presidentas a sumar a las de ex presidentes, se queda en manos del PP. Y lo mismo ha sucedido en Barcelona, con la ‘común’ Ada Colau frente al independentista Maragall, y en docenas de ayuntamientos y en algunas autonomías, como Castilla y León.

Para no hablar, claro, del mismísimo Gobierno central, sometido el ganador socialista a los vaivenes de una formación que es la cuarta en número de votos y escaños para lograr la investidura de Pedro Sánchez. El sistema propicia el chantaje del minoritario al mayoritario y, ya digo, esas alianzas tantas veces indeseables que Churchill calificó como de extraños compañeros de cama, que ya se sabe que, a la mañana siguiente, consumado el acto, se levantan sin saber muy bien quién ocupa la almohada de al lado ni cómo harán para chincharse mutuamente durante el resto de la Legislatura..

No sé si estamos condenados a repetir elecciones en noviembre. Posiblemente, ni Pedro Sánchez lo sabe a estas alturas en las que tendrá que emplearse a fondo en el teléfono negociador en estos días agosteños. Quizá incluso, a la vista de lo que dicen las encuestas, esté deseando esa repetición, para aclarar el panorama. No lo sé, ni tampoco es seguro que los resultados de noviembre produjesen esa clarificación, porque ninguna formación suscita hoy el suficiente entusiasmo de los electores como para que estos den a nadie una mayoría absoluta. Y en estos juegos andamos, en lugar de propiciar una reforma, que naturalmente tocaría algunos artículos de la Constitución, para que nuestra ida a las urnas sea, al menos, más eficaz, ya que no más racional.

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Sánchez quiere ser Macron o Costa, pero no puede ser

Enviado por Fernando Jáuregui | 02/08/19


(un Estado donde no se respetan los símbolos del Estado es un Estado que empieza a ser fallido)
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Me dice alguien que presume de tener buen contacto con Pedro Sánchez (no sé si con el PS de los lunes, miércoles y viernes o con el de los martes, jueves y sábados; los domingos también varía, según sea par o impar) que ahora quiere imitar a Macron en una España gobernada ‘a la portuguesa’, como la que ha conseguido el socialista Antonio Costa. No lo veo fácil, no. Y bien que lo siento por el futuro de mi país.

Que España no es Portugal, donde ninguna fuerza imaginaría siquiera sustraerse al sistema, resulta obvio; además, no existen tentaciones secesionistas desde ningún territorio, Azores incluida. Que España tampoco es Francia es igualmente evidente por muchas razones: que no me hablen del nacionalismo corso en la Galia chauvinista, porque me parto de risa. Nuestro vecino del norte es un país que venera su historia, su himno, su bandera, el concepto de patria. Y ningún Estado puede ser fuerte si no coloca por encima de todo sus tradiciones, su enseña nacional, su unidad territorial.

Casi nada de esto es valor dominante aquí, en este secarral político, donde el concepto ‘Estado’ se diluye en líos semánticos, en nacionalismos más o menos vergonzantes y en deformaciones de la realidad histórica. Y, desde luego, se diluye en momentos de auténtico surrealismo de lo más hispano, por mucho que este concepto pueda molestar a quienes no quieren serlo. Hispanos, digo, no surrealistas.

Ver a doña María Chivite y a su ‘número dos’, Ramón Alzórriz, escuchando a través de los cascos en el Parlamento navarro la traducción del discurso en euskera de la representante de Bildu, Bakatxo Ruiz, anunciando la abstención parcial de su grupo para que la socialista Chivite, que perdió las elecciones, pueda gobernar en el territorio foral, fue un momento cumbre de esperpento valleinclanesco. Que el republicano independentista Gabriel Rufián se haya constituido en el principal patrocinador de un acuerdo nacional para poder llegar a formar el Gobierno (el que a él le interesa, claro) del Reino de España, convendrá usted conmigo en que tampoco está del todo mal como ejemplo que ni Dalí ni Magritte podrían haber imaginado jamás en sus fantasías.

Pero si España, por motivos obvios, no es Portugal ni tampoco Francia –y menos aún, ay, Alemania, mientras nos acercamos a la Italia cada vez más berlusconiana–, convengamos que Pedro Sánchez tampoco es Antonio Costa, esa figura sólida que de lo que menos presume es de su físico y de lo que más, de sus cualidades dialécticas. Ni, claro, tampoco Macron, por mucho que ahora el presidente español en funciones se haya lanzado, como el jefe del Estado galo hizo, a un pretendido diálogo con algo que él cree que es la sociedad civil en un intento de convencernos de que contará con ella, y no con Pablo Iglesias, para hacer su programa reformista.

Este diálogo, aunque sea con prisas, agostidad y alevosía, me parecería muy plausible…si fuese sincero. Sánchez juega, como siempre, a la imagen y a lo inmediato. Quizá Macron, lanzado a una campaña de contactos con los franceses ‘de a pie’ durante meses a raíz de la crisis de los ‘chalecos amarillos’, también lo hiciese en un afán de ‘public relations’; pero el Iván Redondo del Elíseo debe ser algo más paciente y consecuente que el de La Moncloa, porque, además, de esos contactos ‘con todos’ –no solo con los afines–, de la mente macroniana salió un plan reformista que pienso que a los franceses les resultó atractivo, porque la estimación por su presidente aumentó en varios puntos.

La ofensiva de Sánchez, que bienvenida sea en todo caso, para lo que valga, es más oportunista que oportuna, más chapucera que bien hilvanada, más de improvisación que de trabajo constante. Le quisiera yo ver acudiendo –no llamando a Moncloa—a visitar a esos excluidos de los que no se acuerda nadie, a esos autónomos a los que los servicios de Hacienda acusan, así, en general, de evadir impuestos, a esas ONG que se parten la cara por los inmigrantes. O dando ruedas de prensa de dos horas ante trescientos periodistas, como su admirado Macron, para rendir, de verdad y sin vendettas posteriores ante preguntas incómodas, cuenta de lo que hace o no hace.

Claro, estamos en un momento de interinidad –larga, impensable en otro país europeo salvo la Italia de Salvini—que impide hasta que el presidente en funciones cumpla con el compromiso de llamar a los chicos de la prensa al final de todo período de sesiones –pero, además, ¿de qué sesiones, si el Parlamento está inoperante?—para pasar revista al curso político. En esta ocasión, más vale obviar esa vista atrás, por lo tremebundo del panorama. Tremendo (vale para español, portugués y otras lenguas vernáculas). Immense, para los franceses.

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