Algo está ocurriendo cuando las vacas van de mítin

Enviado por Fernando Jáuregui | 16/01/22

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(algo ocurre cuando las vacas van de mítin y los mitineros, a caballo)
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Quizá en La Moncloa (y en Génova) no han medido aún suficientemente el alcance de aquella metedura de pata del ministro de Consumo, Alberto Garzón, diciendo en The Times que la carne que exporta España es –no toda, claro—de mala calidad. Hoy, en el país alegre y confiado que es España las vacas van de mitin y no hay candidato que se precie que no se fotografíe, sobre todo en Castilla y León, por supuesto, acompañado de una pieza de ganadería, como si el animal fuese un candidato local. De pronto, se han puesto de manifiesto realidades que no estaban en el centro de nuestras preocupaciones: las macrogranjas y el medio ambiente, la tragedia de la España vaciada…y el multipartidismo, todo en confusa mezcolanza.

No tema el lector, que no pontificaré, contra lo que muchos hacen entendiendo del tema lo mismo que yo, o sea, poco, sobre ganadería extensiva o intensiva; ni siquiera me extenderé sobre la despoblación que padecen las tierras de la Comunidad que supone la entraña del país y que dentro de menos de un mes va a unos comicios que son mucho más que unas elecciones autonómicas. Y es de eso de lo que hoy quiero hablarle: de que nuestra política no puede seguir así (aunque ya sé, ay, que seguirá).

No, no podemos continuar con el chantaje permanente de los extremos a los partidos moderados. Hay días en los que, francamente, uno añora aquel viejo bipartidismo que un día Albert Rivera con Ciudadanos, o, antes, Miquel Roca con la Operación Reformista o, antes aún, Adolfo Suárez con el CDS o la UCD, podrían haber quebrado para bien. Y no supieron, quisieron o pudieron hacerlo. No recuerdo a qué personaje ilustre le escuché decir que una misión de los medios hubiese sido potenciar un centro-derecha o/y un centro-izquierda moderados, sin necesidad de recurrir a la permanente amenaza de Vox, o de Podemos, o de pequeñas formaciones oportunistas que se venden por el plato de lentejas más grande.

Claro, muchos de nuestros males vienen de una deficiente normativa electoral, que hace mucho que habría que haber reformado. Pero hoy así estamos: con el presidente regional y candidato a lo mismo Fernández Mañueco escuchando, a la fuerza sonriente, las bravuconadas de Abascal y sus jinetes, y con el socialista Tudanca recontando lo que puedan hacer los ‘morados’ en las urnas y qué pedirán a cambio de su seguro que, en su caso, imprescindible respaldo, para lo que pueda valer. O sea, traducido a escala nacional, que Pablo Casado intenta cerrar filas con la unidad de los ‘populares’ y Pedro Sánchez prepara el Falcon para recorrer tierras castellanas –mañana o pasado serán andaluzas—antes de que lo haga Yolanda Díaz, que poco a poco se convierte en un educado, pero contundente, rival interno.

Cuando las vacas van de mitin es que algo está modificándose sustancialmente en los usos y costumbres de la política. O quizá sea que hay que volver los ojos a las cosas sólidas, a los problemas que estaban ahí, enquistados. Porque, ya le digo, lo que no puede ser es que los partidos principales, los que construyeron la Transición, se pasen el día mirándose el ombligo, no les vaya a salir una Díaz –Ayuso, Yolanda— como un forúnculo y les desmonte el tinglado.

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Las dos almas del Gobierno,en pugna creciente

Enviado por Fernando Jáuregui | 15/01/22

Pocas semanas como la que ahora termina en las que se haya plasmado tan nítidamente que el Gobierno de Pedro Sánchez tiene dos almas crecientemente incompatibles. La del ministro que pudo ser el jefe de los espías y la del ministro que podría haber acompañado a Junqueras y demás a la cárcel de Lledoners, si las cosas se hubiesen puesto aún más feas.

Luis Planas es persona moderada, usualmente encorbatada, que, como ministro de Agricultura, hubo de salir al paso de unas declaraciones especialmente desafortunadas de su colega de Consumo en el Consejo de Ministros, Alberto Garzón, en polémica que mucho se ha retorcido. Y que no es sino el preludio de otras que vendrán, procedentes de un miembro del Gobierno, Garzón, que, al carecer de funciones más específicas, tiene que forzar su presencia en los titulares con ocurrencias varias, afecten estas al consumo de carne, a las maldades del turismo, al sexo de los juguetes o a la nata del roscón de Reyes. O a los reyes, que de todo ha habido en la trayectoria del titular de Consumo, que no encuentra su sitio y a veces va mucho más allá de lo que sería prudente o conveniente, incluso para su propio (des)prestigio.

La polémica, educada, con cierta sordina, entre Planas, típico representante de una socialdemocracia ‘a la austriaca’, si se me permite, y el neocomunista Garzón ha evidenciado la distancia sideral entre esas dos almas en el elenco de Pedro Sánchez. Planas tiene una dilatada trayectoria, y a punto estuvo, en 2004, de ser nombrado por Zapatero director del Centro Nacional de Inteligencia, la ‘casa de los espías’; hasta que Bono, recién designado ministro de Defensa, prefirió a un allegado, Alberto Saiz, que se mostró, como era previsible dado su curriculum, como altamente inadecuado para el puesto. Como, por otro lado, me temo que Garzón lo es para el suyo, consista este en lo que consista, que yo aún no lo sé muy bien.

La distancia entre Planas, perfecto conocedor del terreno (agrícola) que pisa, y Garzón, que ha evidenciado bastante de lo contrario, el trecho entre el hombre casi septuagenario que fue embajador en Marruecos y el joven que aún busca un lugar al sol en el Ejecutivo, es abismal. Planas representa a ‘esa’ parte del Gobierno de Sánchez que puede andar perfectamente por los pasillos de la eurocracia. El otro…

Me preguntaba yo, a comienzos de la semana, cómo deshará Sánchez este nudo gordiano cuando, de pronto, las dos almas gubernamentales volvieron a estallar, entre el miércoles y el jueves, por asunto muy diferente. Porque acudió el president de la Generalitat, Pere Aragonés, a Madrid para, desde el Club Siglo XXI, reclamar ‘referéndum, referéndum, referéndum’ para el independentismo catalán, y al día siguiente, también en Madrid, el ex ministro de Sanidad y jefe de la oposición en Cataluña, otro socialdemócrata ‘de libro’, Salvador Illa, exponía la doctrina oficial del Ejecutivo de Sánchez: de referéndum de autodeterminación, nada.

Bueno, hasta ahí, la presencia en la capital de las ‘dos Cataluñas’ no pasaba de ser una coincidencia casual en el tiempo y en el espacio – para nada buscada, parece— en torno a un choque de trenes cada día más previsible…y entonces apareció Subirats.

Joan Subirats es la última adquisición ministerial de Sánchez, o, más bien, de Ada Colau, la más o menos ‘podemita’ alcaldesa de Barcelona (porque yo creo que, antes de nombrarle ministro, para nada conocía Sánchez a Subirats). Y el nuevo ministro, que sustituye al bastante prescindible Castells en Universidades, se estrenó echando leña al peligroso fuego de la eterna polémica catalana: abogó por “alguna forma de consulta” para cambiar la estructura del Estado en lo que se refiere a las relaciones de Cataluña con el resto de España. No pidió, creo, directamente un referéndum, contra lo que dijeron algunos titulares. Pero sí se pronunció de la manera más inoportuna –y perfecto derecho tiene a hacerlo, desde luego—, en el marco más inconveniente, en medio de la polémica Aragonés-Illa, apoyando más bien al primero que al segundo. O sea, lo mismo de impertinente, en otro campo, que Garzón, olvidando, como él, que un ministro no puede, o no debería, en cuestiones clave, hablar como si fuese un particular, usted o yo por ejemplo.

Vamos, que el ex ministro, también usualmente encorbatado, Illa representa una cosa y Subirats, con el cuello al aire, otra. Como Planas es agua y Garzón aceite. O Yolanda Díaz es de Piketty, y hace muy bien, y Nadia Calviño quizá represente tendencias económicas más convencionales y de traje oscuro, y también está en su razón y su derecho. Lo que no está muy claro es que ambas almas, la que sostiene a la Monarquía y la que quiere derribarla, la que dice que la carne que exporta España es mala y la que asegura que es excelente, la que quiere a Cataluña formando parte del resto de la nación y la que lo cuestiona, tengan mucho recorrido juntas.

Yo creo que el jefe de la cosa, o sea, Pedro Sánchez, que abraza a las dos almas de su equipo como Clinton abrazaba, en gesto de paz e imagen inolvidable, a los irreconciliables Arafat y Rabin, está más bien del lado de los encorbatados, como Clinton lo estaba de Israel más que de Palestina. Pero espectáculos como los de esta semana no pueden convertirse en algo frecuente en un Gobierno que tiene muchas más cosas que hacer que encuestas sobre el sexo de los ángeles (o de los/as muñecos/as) y declaraciones que buscan agradar en la Generalitat y no en el resto de España. El organigrama del Gobierno, que respondía a las exigencias de una coalición forzada por un ex vicepresidente cuando menos atípico, se resiente, cruje, como la madera de un barco a punto de ir a la escollera. No creo, francamente, que Pedro Sánchez pueda aguantar toda esa Legislatura que él prevé aún larga sin tirar algo de lastre por la borda.

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Empieza, ay, el nuevo curso

Enviado por Fernando Jáuregui | 10/01/22

Descubrimos ahora, cuando se agota ese cierto relajo que suponen las vacaciones navideñas, incluso ‘estas’ vacaciones navideñas tan atípicas, que casi todo estaba pendiente. Que volvemos sobre lo mismo: la reforma laboral, las encuestas que dicen que ganará uno u otro bloque, que si habrá o no elecciones, el reparto de los fondos europeos, que es como un mantra eterno, la vuelta a casa (o no) del emérito… Una sensación de pereza te invade ante el curso que comienza de manera efectiva este lunes al comprobar que es muy poco lo que nuestros representantes, y nosotros mismos, hemos resuelto de un modo definitivo en el aciago 2021.

Por no haber superado, no hemos superado ni el virus maldito ni las polémicas sobre el retorno a clase de nuestros hijos. A la vista de las declaraciones que van goteando y que quieren prever lo que serán los próximos doce meses, uno teme que se nos vayan en debates estériles –incluyendo el del estado de la nación–, que ese acuerdo transversal tan anhelado y necesario seguirá sin producirse, que no habrá elecciones generales, que retornará, inevitablemente, Juan Carlos I, aunque a saber cómo, y que Sánchez se dará un atracón de fotos esta primavera en Madrid con Joe Biden y otros notables, como Macron, si gana sus elecciones, Boris Johnson… todos.

Yo me atrevo, ahora que comienza el curso, a prever algo más, y admito que mi pronóstico es arriesgado: habrá una nueva remodelación ministerial, que suprima o sustituya algunas carteras ahora en manos de Podemos, mientras Yolanda Díaz sigue su ascenso, cada vez más dificultoso, en el aprecio ciudadano; la coalición está muerta, aunque nadie se atreva a proclamarlo. La formación, no segura, de esa plataforma de izquierda y lo que puedan hacer las organizaciones de la ‘España vaciada’ serán factores que condicionarán, en los próximos meses, la exactitud de los sondeos de opinión, que ya comenzaron su andadura por 2022 este mismo domingo, pronosticando para el futuro político lo que sabíamos: que seguimos sin saber cómo será el futuro político. Siempre será imprevisible y difícil mientras no se acometa, que, descuide usted, no se acometerá de ninguna manera, una reforma electoral muy a fondo.

Creo que hay radios que ya este lunes preguntarán a Pedro Sánchez por sus planes inmediatos para el nuevo curso, y él dará, inevitablemente, algunos titulares noticiosos; acabó el tiempo en el que ‘vacunación’ era el único contenido tangible en los mensajes del presidente, y eso es de lo poco que se quedó atrás en 2021. La polémica sobre el alcance, eficacia y riesgos de las vacunas quedó ya para figuras que se me antojan esotéricas y caprichosas, como el privilegiado Djokovic. ¿Qué nos adelantará el presidente, entonces? Pues supongo que le preguntarán por el futuro político de Garzón, por las alianzas de cara a sacar adelante la mini-reforma laboral –culpará al PP de falta de patriotismo, eso es seguro–, por cuándo se celebrará el debate del estado de la nación, por la mesa de negociación con el Govern catalán… Es mucho lo que se le puede preguntar, porque es mucho lo que ha quedado pendiente.

Bienvenidos todos, pues, al nuevo curso, que llega pletórico de cosas imprevisibles que, desde luego, ni Sánchez ni nadie pueden vaticinar. Y eso, hay que repetirlo de nuevo, es lo malo: las sorpresas siempre se inclinan, vaya usted a saber por qué, hacia lo insólito, que suele ser lo negativo. Afrontémoslo, como decía la santa de Ávila, con ánimo leve y desterremos la pereza de comenzar una etapa que lo mejor que podría ser es, ay, nueva.

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Sugerencias para Garzón mientras siga siendo ministro

Enviado por Fernando Jáuregui | 06/01/22

Por supuesto, me uno a cuantos dicen que el ministro de Consumo, Alberto Garzón, debería ser cesado ya mismo por el presidente. No porque no trabaje, que también, sino porque cuando trabaja, lo hace mal, provocando polémicas innecesarias, cuando no la indignación de sectores como el del turismo, el juguetero o el cárnico, por ejemplo. Y conste que no digo que el Ministerio que encabeza el señor Garzón no tenga razón de ser, aunque seguramente está ’inflacionado’: es el titular de este Departamento, con sus iniciativas totalmente equivocadas, quien no tiene razón de ser (ministro).

Por si Sánchez no quisiera echarle, que le acabará echando, pero cuando dejen de pedirlo la oposición, los medios y algunos ‘barones’ socialistas —ah, esta política testicular nuestra, del ordeno y mando…–, ahí le envío al señor ministro algunas iniciativas que bien podría acometer en su interinidad ministerial. Espero que lo haga con la prudencia y buen tino de los que ahora ha dado clamorosas muestras de carecer.

Pensé en Garzón esta mañana, cuando acudí a desayunar a un bar en la plaza del pueblo costero al que he acudido a pasar la festividad de Reyes. Cuando entregué mi tarjeta de crédito para pagar el café y la tostada, el encargado, quizá de no muy buenas formas, me dijo: “aquí estas consumiciones solo se pagan con dinero”. Le repliqué que hace año y medio que procuro, cosas de la precaución quizá absurda frente al Covid, no tocar ni billetes ni monedas, y que en mi gasolinera pago hasta el pan con tarjeta. “Pues aquí usamos dinero”, me cortó. Le faltó añadir aquella muletilla de cuando un extraño entraba al ‘saloon’ del Oeste: “forastero”. Algo parecido me había ocurrido el día anterior en un bar, el único, por cierto, que encontré abierto en mi segunda ciudad de residencia, un pueblo con mar bastante desolado en invierno.

En ambos casos expliqué que, por ejemplo, en Dinamarca, resulta casi imposible pagar ni el pan ni el autobús con monedas. Y que yo tenía derecho, en estos tiempos modernos, a pagar de maneras diferentes ,llámese Bizum, teléfono móvil o tarjeta, al empleo tradicional de dinero contante y sonante. Ambos me recordaron que los bancos les exigen comisiones abusivas por el pago con tarjetas; uno de ellos me sugirió, por otro lado, que en su establecimiento las reglas las hacía él, y no el cliente. Y pensé: “qué buen tema de meditación para el ministro Garzón, en lugar de andar creando maremotos con cuestiones tan absurdas como el sexo de los ángeles (o de los muñecos), la calidad de la carne que exportamos (que resulta que es excelente, me dicen aquí en mi Cantabria, quienes saben de esto más que el ministro) o la cantidad de nata que se pone en los roscones de Reyes”. O lo malo que es el turismo, que también en eso ha metido su insigne pata.

Y, ya que andamos en esto, tampoco estaría de más que desde Consumo se vigilase la veracidad y calidad de algunas campañas de esas rebajas tradicionales del mes de enero. Que yo creo que este Ministerio, que en realidad quizá bastaría con que tuviese el rango de una Dirección General potenciada con los servicios de inspección suficientes, bien podría ser una especie de macro Oficina del Defensor del Consumidor. Pero me temo que, con tanta campaña para buscar titulares en un Ministerio ineficiente (y no es el único, por cierto) el consumidor es en lo último que se piensa en este Ministerio de Consumo, valga la redundancia. O el oxímoron, quién sabe.

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Otro periodismo para 2022

Enviado por Fernando Jáuregui | 01/01/22


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Quisiera, con su permiso, escribir mi primera columna de este año mirándome el ombligo colectivo, el de los periodistas. Tengo una sensación de orgullo por la labor que muchos colegas y editores han realizado durante la pandemia que ojalá estuviese seguro de que ha acabado o lo está haciendo: eso de seguir saliendo en papel todos los días con los quioscos cerrados ha sido casi heroico, por ejemplo. O ir, armado apenas con un micrófono, a informar desde los lugares de contagio. Pero, a la vez, me quema la sensación de que, a veces, estamos haciendo un periodismo algo irresponsable. Nuestro propósito para el nuevo año habría de ser hacerlo algo mejor y de manera mucho, mucho más humilde.

Me asaltó esta reflexión viendo, en diversas cadenas y por redes, las ‘galas’ de Nochevieja, las aglomeraciones quizá imprudentes, los fastos de oropeles ‘fake’. Hablé, al tiempo, con no pocos amigos y familiares que pasaron la última noche del año casi en solitario, confinados por haber contraído el mal que estos días nos arrasa con nuevas características, surgidas de pronto: intenso contagio y menor, parece, gravedad. Pero aquí es donde creo que hemos de ser humildes y responsables. ¿Quiénes somos nosotros, los periodistas, para emitir diagnósticos, para llamar –ha ocurrido—‘histéricos’ a los ciudadanos que tratan de protegerse aceptando las recomendaciones médicas o haciendo cola ante una farmacia para proveerse de tests de antígenos?

Los meses pasados han sido pródigos en cosas inéditas, que jamás habíamos visto y que nunca jamás –ojala—veremos de nuevo. Y temo que algunos de nosotros, comunicadores en medios audiovisuales o escritores de columnas como esta, quizá nos hayamos visto obligados, o lo hemos hecho por pura vanagloria, a pasar por sabios ‘afganistanólogos’, virólogos o vulcanólogos, por poner apenas tres ejemplos. En el caso de un compañero que nos machacaba en tertulias disertando sobre lo que ocurría en Afganistán, pude comprobar que no sabía situar a ese país en un mapa ciego. De los volcanes, la mayor parte no tenemos ni idea, aunque nos hayamos empeñado en simularlo en ocasiones. Y del virus…

En este último terreno hube de pedir a dos colegas que cesasen de llamar públicamente “histéricos” a quienes temen por su seguridad ante la pandemia. Cuando los propios especialistas discrepan acerca de si se deben o no endurecer las medidas de protección ante un virus que puede que no mate –generalmente, digo–, pero que se extiende a la velocidad del rayo, no creo que los periodistas, a veces definidos como licenciados en todo y doctores en nada, debamos lanzarnos a recomendar o no una conducta a la población. Nuestro papel es el de recoger lo que dicen quienes saben, o deberían saber. Como mucho, proponer el debate entre los expertos; no ejercer de dispensadores de recetas. ¿A quién se le ocurre pedir desde una televisión pública a dos conocidas folclóricas –sin duda buenas en los suyo—que nos ofrezcan sus dictámenes sobre la pandemia? Con razón a veces arden las por otro lado frecuentemente insensatas redes sociales…

Y así, en otras cosas. Hemos decidido que no conviene hablar de suicidios –el mal de los últimos años—porque ‘no conviene’ hablar de eso. Sin caer en la cuenta de que el combate contra un mal, y esto puede extenderse a otra vieja discusión, si se debía o no hablar de los atentados terroristas, exige primero diagnosticarlo públicamente y no dar la impresión de que se oculta. Edulcorar o agravar de modo artificial una situación hará que los lectores, oyentes o telespectadores pierdan confianza en los comunicadores: ya decía Talleyrand que lo excesivo se convierte en irrelevante. Y que el no se si bien llamado cuarto poder recupere la confianza del público es tan vital como que la recuperen quienes administran nuestras vidas, los representantes de los tres poderes clásicos de Montesquieu.

Temo que unos y otros hayamos perdido una parte de esa confianza. Solo la verdad nos hará libres. Y la verdad es que los periodistas no tenemos siempre, en todo, la verdad. Ni tenemos la obligación de hacer, con nuestras ocasionales desmesuras y egos, que todos se fijen en nosotros. Le confesaré uno de mis escasos propósitos para este 2022 que nos llega como seguro suministrador de sorpresas que no habremos podido ni sabido identificar previamente, porque, contra lo que a veces creemos, no somos oráculos: no volveré, hasta donde me sea posible, a sentar cátedra sobre temas que desconozco.

Puede que ello me lleve a demasiados silencios y quizá se me vea y oiga en menos tertulias; porque, claro, es mucho más lo que se ignora que lo que se sabe, sobre todo cuando los frentes informativos son tantos que se hacen imposibles de aprehender. Y es sencillo perorar, pero muy complejo informarse, especialmente en un mundo sin transparencia. Pero estoy convencido de que, para responder a la misión que la sociedad nos requiere, hemos de hacer una reflexión colectiva, una autocrítica, algo similar a lo que aquí propongo. Ya vamos tardando, quizá.

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FELIZ (¿Y DESPREOCUPADO?) 2022

Enviado por Fernando Jáuregui | 31/12/21

exper

Termino el año preocupado ante la irresponsabilidad de algunos comunicadores, compañeros que son capaces de llamar “histéricos” a quienes, preocupados por su salud, se abstienen de ir a fiestas masivas o hacen cola en las farmacias para comprar test de antígenos. Tuve un debate ayer en la radio con dos de estos compañeros, que se permiten hablar de la ‘histeria’ de quienes, legítima y responsablemente, guardan unas precauciones que quizá no vengan bien a los negocios hosteleros de alguno de estos locutores de la nada. ¿Qué hace, por ejemplo, TVE preguntando a Paz Padilla y a María del Monte, dos ilustres ignorantes en estos temas –como yo mismo, conste– por sus opiniones sobre la Covid?¿No debería la televisión pública ser algo más responsable antes de desinformar a los espectadores con opiniones vacías de personas que ni decir correctamente ‘ómicron’ saben?
Algún día los medios tendremos que hacer una reflexión de nuestras grandezas –las ha habido, y muchas– y nuestras miserias en esta etapa inédita que estamos viviendo. Y que sí, que nos ha pillado muy de sorpresa. Pero no tanta sorpresa como para no tener la grandeza de decir que somos incapaces de identificar Afganisgtán en un mapa ciego, que no sabemos nada de vulcanología o que mejor que de esto de la pandemia hablen los expertos –y ni siquiera ellos saben, así que nosotros…– en lugar de hacer periodismo desinformados con la salud.

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Un 2021 más malo que bueno

Enviado por Fernando Jáuregui | 28/12/21



(no todo van a ser medallas, presidente)
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La comparecencia ya tradicional que, un poco arrastrando los pies, hacen los presidentes de Gobierno al final del año tiene, en esta ocasión, perfiles algo inéditos, que no sé si Sánchez puede desconocer. Hemos visto en 2021 imágenes tan inusuales como las de un tipo vestido de búfalo poniendo los pies sobre la mesa del presidente del Senado de los Estados Unidos, un esquiador en la Puerta del Sol o una ‘colorida’ y malvada erupción que ha arrasado la isla de La Palma. No sé si volveremos a ver espectáculos tales –yo no lo quisiera–, pero, en todo caso, creo que nos han acostumbrado a contemplar que lo inesperado ha de formar parte, paradójicamente, de lo que podemos esperar para nuestras vidas.

Tampoco sé, claro, si esta va a ser la última Nochevieja con limitaciones Covid o la última fiesta de Reyes sin cabalgatas ni, por cierto, juguetes ‘sexistas’, que tanto disgustan a determinado ministro. El virus ha sido el gran enemigo, mucho más que Trump, Filomena, el volcán o determinadas ocurrencias ministeriales, de nuestra normalidad. Supongo que por ahí arrancará el balance de fin de año de Pedro Sánchez, que confío que recuerde, en estos momentos en los que me consta que nuestros sanitarios viven la angustia de no llegar a lo que la dura realidad les exige, que no todo es vacunación. Y que, desde luego, no ha sido él quien personalmente nos ha vacunado, aunque no pueda desconocerse que, esta vez, nuestros representantes varios, y nosotros mismos, lo hemos hecho bastante bien.

Lo que tampoco sé, y esto se añade al largo capítulo de mis incertidumbres ante lo que vaya a decirnos este miércoles el presidente, es si aprovechará la ocasión para anunciar un cierto cambio de rumbo o, lo más probable, será más de lo mismo: la coalición va bien, la reforma de la reforma –la palabra ‘derogación’ estará prohibida, sospecho—ha sido todo un logro del Gobierno (y no de una vicepresidenta del Gobierno, claro), sacar adelante los Presupuestos toda una hazaña…No se puede reprochar a un jefe del Gobierno que intente mostrarse –además lo es—optimista, poner el foco sobre lo bueno y tratar de oscurecer lo menos bueno, que de todo hay y ha habido en este año que se nos va: decir que todo ha sido de color de rosa es tan inapropiado como verlo todo negro, y esa ha sido la polarización que ha sufrido nuestra vida política.

Creo que 2021 ha sido algo más que una masiva, gigantesca, vacunación. Ha sido un conjunto de experiencias que nos llegaban por primera vez en nuestras vidas, en las de todos, enriqueciéndolas y, a la vez, empobreciéndolas. Estos son los días del recuento detallado de cuanto nos ha ocurrido y nos ha dejado de ocurrir en doce meses que yo creo que, en el fondo, han tenido más de malo que de bueno, para qué engañarnos.

Sin embargo, yo consideraría mucho más interesante que Sánchez nos hablara del futuro. Y que, si puede ser, nos informe con la transparencia y veracidad que nos merecemos sobre lo que él prevé que nos aguarde. Yo no podré estar allí –las limitaciones de aforo y otros pretextos, tan bien aprovechados por la comunicación monclovita–, pero estoy seguro de que mis compañeros tratarán de sacar algo en limpio de las usuales no-respuestas presidenciales. Terminamos 2021 por muchos motivos desconcertados; no quisiera que nos plantásemos ante un 2022 también desconcertante, al menos hasta donde quien encarna la máxima representación de nuestra política pueda evitarlo. No es hora (aún,ay) de hacer mítines electorales de las ruedas de prensa que deberían ser informativas. Y tranquilizadoras sin edulcorantes: solo la verdad nos hace libres. Y nos tranquiliza.

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¿No estaremos utilizando a los niños en nuestra política, verdad?

Enviado por Fernando Jáuregui | 11/12/21

Mala cosa cuando quieres hacer un resumen de lo que ha ocurrido en la semana política y te encuentras con tanta noticia que afecta a los niños. No lo digo solamente porque este sábado se vaya a producir esa absurda ‘huelga de juguetes´ decretada por un Ministerio en el que, al parecer, no hay mejor cosa que hacer. Ni tampoco por el obvio abuso que una y otra parte de esta España política nuestra están haciendo a cuenta del ‘niño de Canet de Mar’, que espero que nunca llegue a enterarse de cómo entre los ‘indepes’ y los fanáticos del anticatalanismo, entre ‘las derechas’ y ‘las izquierdas’, están manipulando su caso más allá de lo que sería razonable.

Lo digo no solo, que también, por estos casos que acabo de citar, sino en términos más generales: porque me parece que tenemos que repensar qué hacemos con nuestros hijos y nietos, sometidos a guerras educativas en las que en lo último que se piensa es en ellos, o a campañas propagandísticas que nada tienen que ver, en el fondo, con su bienestar y sí con el de quienes las inspiran.

Me parece lamentable cómo politizamos cualquier cosa: el indulto del Gobierno a Juana Rivas y su paralización por el juez de Penal 1 de Granada, que sugiere haber encontrado –no se aportan pruebas más contundentes—nuevos indicios que incriminarían a la desafortunada madre en un presunto abuso de un hijo. Rivas ha tenido que padecer, y conste que no estoy tomando partido a favor ni en contra, sino presuponiendo, como es mi obligación, su inocencia, una brutal campaña mediática. De inmediato se ha desatado una polémica sobre si el Ejecutivo, que, por boca de la ministra Irene Montero tanto protegió a Rivas, ha cometido o no un error, casi ‘una prevaricación’, dice alguien, al indultarla parcialmente. Del bienestar de los hijos, ni palabra. O demasiado pocas palabras.

Y sí, quiero creer en la buena voluntad del ministro Alberto Garzón cuando se gasta cien mil euros en una campaña contra ‘los juguetes sexistas’ y hasta estoy dispuesto a confiar en los motivos altruistas que impulsan a una representante (y candidata) de Vox a contrarrestar esta iniciativa del Departamento de Consumo, diciendo que ella, en cambio, va a comprar muchos tanques, pistolas, arcos y flechas para sus niños. Eso es debate político de altura, si señor.

Y también me siento inclinado a aceptar la filantropía que anida en otra iniciativa gubernamental, esta de la ministra Ione Belarra, promoviendo una inminente prestación universal de cien euros mensuales por hijo…sin haber consultado, parece, a la horrorizada titular de Hacienda. Claro que a veces uno tiende a pensar que, tanto la ‘huelga de muñecos/as’ de Garzón, que instará a los niños a pedir, en su carta a los reyes magos, “juguetes que muestren su disconformidad con los estereotipos sexistas”, como los cien euritos de Belarra, son genialidades que tienen que ver con la escasa actividad ‘real’ de sus respectivos Departamentos. Y con la necesidad de justificar la pervivencia de estos Ministerios en los Presupuestos. Pero no, no hay que ser mal pensados: qué duda cabe de que es el bienestar de nuestros infantes lo que importa.

En fin, que bien está pensar en la salud, física y mental, de nuestros niños. Faltaría más. Bien iniciar una campaña de vacunación de los menores como se va a hacer a partir de la semana próxima, aleluya. Bien preocuparse de que no se atiborren a comida basura. Bien pedir que puedan aprender castellano a la par que catalán, e ingles y chino si posible fuera. Bien incluso preocuparse judicialmente, aunque sea de manera un tanto sorprendente, por el hijo de la señora Rivas. Pero yo quisiera pensar que nada de esto tiene que ver con banderías, con esa guerra política, cada día más cainita, que utiliza hasta las cabalgatas de los Reyes Magos de Oriente para lanzar subliminales mensajes propagandísticos.

Dejad que los niños crezcan libres, sin reglamentismos absurdos, sin manipulaciones. Es la única forma de que sean felices.
Y no, yo ni me hubiese manifestado en las cercanías de la escuela de Canet de Mar, ni pienso acudir al guiñol de la huelga de juguetes, ni me voy a precipitar a condenar o absolver a Juana Rivas en aras de mis creencias políticas, ni pienso dictar las cartas de mis nietos a Papá Noel o a los Magos. Sacad las manos manipuladoras de nuestra infancia.

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¿Reformar la Constitución? Qué pereza…

Enviado por Fernando Jáuregui | 05/12/21

Uno lleva treinta años oyendo a las fuerzas políticas hablar de la reforma constitucional. O escuchando cómo algunos otros combaten cualquier cambio, hasta el más mínimo, en nuestra Constitución. Como si cambiar los aspectos más obsoletos fuese cosa de quienes quieren socavar el sistema o derrocar la Monarquía, cuando, en mi opinión, se trata absolutamente de lo contrario: de fortalecer el sistema en el que nos asentamos y potenciar la figura y las funciones del Rey. De momento, la falta de consenso, que es uno de los pilares del mal funcionamiento de nuestra democracia, impide tocar nuestra ley de leyes y hace que, en la práctica, con la deficiente, por lenta, gestión que ocasionalmente define al Tribunal Constitucional, los incumplimientos más o menos soterrados a la Constitución sean cosa casi cotidiana. Hay múltiples ejemplos de ello y ocioso es hacer aquí una recopilación que haría este comentario demasiado largo.

Pero sí, pienso que la Constitución hay que reformarla, de común acuerdo los partidos mayoritarios frente a otros que quieren socavar las bases de lo que somos aquí y ahora. Algunos de estos ‘otros’, por cierto, resulta que son son socios del Gobierno de Pedro Sánchez, que lleva cuatro años hablando de reformar la constitución sin haberse, para nada, puesto manos a la obra. Pero , por cierto, pienso que de ninguna manera se puede acusar a Sánchez –algunas voces en la oposición lo intentan—de violentar y menos aún vulnerar la Constitución; siempre he dicho, sin ir más lejos, que si el líder del PSOE y actual presidente del Ejecutivo no estuviese defendiendo la figura del actual Rey –otra cosa es la del llamado emérito, primer firmante, por cierto, de la Constitución–, la Monarquía caería en dos días.

Otra cosa es que pueda acusarse a Sánchez, como a las demás fuerzas políticas y a sus predecesores, de una inaceptable pereza y cobardía a la hora de plantear cambios y reformas sustanciales: hay que modificar al menos otros dos Títulos, el referente a la Corona (inviolabilidad del monarca) y el que habla del Legislativo (cuántas veces se ha dicho que el Senado actual es inoperante y, sin embargo, nada…), además del octavo (las autonomías). Eso, independientemente de otros numerosos artículos que andan por ahí perdidos, obsoletos y propiciando interpretaciones múltiples y hasta contrapuestas de mandatos constitucionales concretos, por ejemplo en lo relativo al poder judicial, que esa es otra. Ya digo: la lista sería demasiado larga.

Cada año, al llegar a una fecha como la de hoy, recuerdo que nuestra Constitución sigue hablando del servicio militar obligatorio, suprimido por José María Aznar ¡hace veinte años!. Pero claro, paree que tocar un pelo a la norma fundamental, por ejemplo el artículo 49, que habla de ‘disminuídos’, para reemplazar este término, obsoleto y hasta humillante, por ‘discapacitados’, supondría el peligro, citado por la rutina política, de ‘abrir el melón’ para que quienes quieren derribar el templo, empezando por ejemplo por la Corona o la unidad de la nación, intenten hacerlo.

Sí, la reforma constitucional ha de ponerse en marcha con prudencia, pero sin demoras que hagan que el texto aprobado en 1978 y que ha servido de base a nuestra convivencia democrática siga vigente bastantes años más. Y lo lamento, pero no puedo estar de acuerdo con algunas tesis que escucho de labios de miembros del Gobierno (Margarita Robles, por ejemplo) y en la oposición en el sentido de que todo está bien y que ni cambios lampedusianos, para que todo siga igual, son necesarios. Otra muestra más de la miopía existente en la llamada clase política de nuestro país, que no acaba de enterarse, parece, de que hemos entrado en una nueva era y que cuarenta y tres años, en los que el mundo ha dado la vuelta como un calcetín, son más que suficientes para pensar en modificar algo para que no nos cambien, los huracanados vientos que a veces soplan en nuestros cogotes, todo.

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Es el fin d e los partidos, estúpido!

Enviado por Fernando Jáuregui | 03/12/21

Cuando Vox dice querer defender los derechos del obrero y la vicepresidenta Yolanda Díaz aboga por un ‘pueblo ilusionado’ que no sea ‘ni de izquierdas ni de derechas’, uno tiende a pensar que algo está cambiando muy profundamente en la piel política de la nación, como está ocurriendo en Europa, quizá en todo el mundo. Los partidos políticos, los clásicos al menos, ya no están de moda: a ver si va a tener algo –algo—de razón Francis Fukuyama, que señalaba que las ideologías ya no son necesarias, que todo es la Economía, con mayúscula.

No sé si la responsable de Trabajo del Gobierno de Pedro Sánchez o el fundador del partido de la extrema derecha han leído ‘el fin de la Historia’, del politólogo norteamericano, pero alguien tiene que empezar a releerlo urgentemente. Porque algo, muy profundo, está ocurriendo en el ‘corpus’ político, sin que lo estemos entendiendo cabalmente.

Que la persona que está revolucionando tantas estructuras políticamente anquilosadas, y ahora me refiero a Yolanda Díaz, rechace que la confinen a “un rinconcito a la izquierda”, ha de forzar a meditar a los responsables del PSOE, sobre todo al principal responsable del PSOE, encerrado en unas siglas partidarias que claramente –lo vimos en el 40 congreso—ya no atraen a los jóvenes. Como, si me lo permiten, por extensión, nos les atraen ni esta Monarquía –ni aquella República–, ni la fidelidad a la Constitución tal y como está. Ni tal vez el sistema, tal y como está.

Esta es la verdad, aunque a quienes llevamos más tiempo transitando por el mundo no nos guste o nos asuste. De la misma manera, creo que en el principal partido de la oposición tendrían que meditar muy seriamente si su actual política de ‘disparos en el pie’ por lograr parcelas de poder e influencia en su propia formación política no es, simplemente, suicida. Sobre todo, a la vista de unos populismos, el de Vox o el del francés Zemmour, en cuarto creciente y tratando de apropiarse de trozos de pastel defendidos hasta ahora por la moderación ‘conservadora’, pero al tiempo abogando por no conservar casi nada.

Así las cosas, plantear el futuro político de la nación mirando a través de las lentes actuales resulta cuando menos miope. Vivimos una era en la que un virus ha sido capaz de transformar, más de lo que ahora nos damos cuenta, nuestras costumbres, nuestros viajes, nuestras relaciones. Y nuestra economía, claro. Pero me parece que de Díaz a Zemmour, pasando por el próximo conglomerado de gobierno alemán, por ejemplo, también han comprendido que los tiempos políticos han cambiado de golpe y que las siglas partidarias o se actualizan, o las instituciones y las constituciones se modernizan, o alguien las obligará a hacerlo.

Por supuesto que para nada equiparo en ningún aspecto la me parece que ilusionante plataforma nonnata de Yolanda Díaz con los disparates que le he leído a Zemmour o las salidas de tono de alguno de los seguidores de Abascal. Solo digo, en vísperas de la celebración del 43 aniversario de nuestra Constitución, que no tenemos otro remedio que pensar, por ejemplo, en lo significativo que resulta el hecho de que quien la firmó como jefe del Estado sigue, desprestigiado por unos y aún loado por otros, fuera de su patria. Mientras, su hijo, un buen Rey que creo que trata de adaptarse a los nuevos tiempos, compone el rostro ante lo que nos dirá en la Nochebuena. Supongo que hay que mantener, hasta donde se pueda, la tradición en momentos de revolución.

Y, en este marco, tan solo añado que quizá Fukuyama, lejos de haberse pasado varios pueblos, como dijeron sus críticos allá por los primeros años noventa, se quedó corto cuando escribió ‘el fin de la Historia y el último hombre’. Puede que empiece a no haber ya ‘rinconcitos’ en la izquierda, ni las usuales, definibles, cavernas en la derecha, ni sistemas inamovibles. Un buen motivo de reflexión cuando nos lanzamos en brazos de 2022, que va a ser, sin duda, otro año de grandes cambios, mal que nos pese.

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