La catástrofe somos nosotros mismos

Tengo la sensación últimamente de que se tensan las cosas que se habían destensado al comienzo de esta Legislatura. No hay una sola causa –el Ejecutivo–, ni tres —el Ejecutivo, el Legislativo, el Judicial— para explicar este clima en el que florecen los catastrofistas, los de las teorías conspirativas, los insultadores, los profetas huecos. Seguramente, estamos ante una conjución astral de fenómenos sociales, que van mucho más allá de la crisis económica y que solamente así, en conjunto, explicarían lo que ahora nos pasa.

Cierto, el Gobierno, en general, está haciendo mal bastantes cosas y bien solamente unas pocas, y la oposición, pues casi lo mismo, aunque tenga menos oportunidades de demostrarlo. Lo dicho vale para el resto de los partidos políticos, claro, y para los sindicatos y para…

El desapego de los españoles hacia sus políticos –y sospecho que hacia unas instituciones que funcionan francamente mal, y no hablo solamente del desastre del Tribunal Constitucional– es tremendo, y los medios no ayudamos a serenar el debate de las dos españas, que ha vuelto.

Bueno, los medios no ayudan, en realidad, a nada; véanse, si no, ciertas tertulias televisivas –y hay que entonar el ‘mea culpa’ en lo que me toque– y léanse ciertos artículos. Este fin de semana traje a colación uno de Juan Manuel de Prada, que nunca fue santo de mi devoción, y hay que ver la que me han montado. Pero si son estos los intelectuales que han de alumbrarnos, preparémonos para seguir mucho tiempo en la oscuridad.

Creo que parte de la catástrofe la generamos, ademas de todo lo dicho, nosotros mismos. Somos un conjunto de ciudadanos –no me refiero solamente a los españoles, pero son los que mejor conozco– conformistas y poco exigentes con nuestros representantes públicos. Toleramos con mansedumbre la corrupción, la arbitrariedad y el sectario autoritarismo con los que nos bombardean desde los distintos poderes centrales, autonómicos y, sobre todo, locales –tengo especial referencia que hacer aquí a Gallardón–. Una democracia verdadera se construye con ciudadanos exigentes, participativos, críticos. Aquí y ahora no lo estamos siendo.

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