¿Ha empezado el poszapaterismo?

Lo menos que puede decirse del agosto que termina es que no ha sido un buen mes para Zapatero. Ni, posiblemente, para el conjunto de los españoles, entre los que se ha abierto el debate sobre si es ‘esta’ surgida del Senado la reforma laboral que conviene a los trabajadores, o acerca de si debemos o no continuar con nuestra presencia militar en Afganistán, por poner apenas dos ejemplos de asuntos dispares y tensos en los que el Gobierno parece no haber dado respuestas del todo satisfactorias a la opinión pública. Si a estas dos cuestiones de actualidad le añadimos el debate interno que se está suscitando en el PSOE, donde algunas personalidades relevantes parecen empeñadas en posicionarse ante el futuro, tendremos un panorama en el que me atrevería a decir que se está diseñando ya el poszapaterismo.

Siempre me he manifestado entre los convencidos de que cosas muy excepcionales habrían de pasar para que José Luis Rodríguez Zapatero, agobiado por las circunstancias nacionales e internacionales, por las presiones familiares, por las críticas periodísticas –muy pocos le defienden ya a ultranza– y por sus propias convicciones, decida volver a presentarse como cabeza de lista del PSOE en las próximas elecciones generales. ZP resulta, en todo caso, imprevisible y lo que al resto de los mortales le parece lógico a él da la impresión de que le resulta fuera de toda lógica, y actúa en consecuencia. Pero dudo mucho de que, como le ocurrió a un Adolfo Suárez que había resistido los ataques de la prensa, la rebelión de algunos militares y la incomprensión de las instituciones, pero no la sublevación en UCD contra él, Zapatero sea capaz de aguantar, además de las críticas de los medios, el desafío de los sindicatos y la hostilidad de las encuestas, el oleaje en su propio partido. Y ese oleaje está comenzando a resultar visible.

Que alguien del prestigio moral y con los resultados políticos de un Patxi López lance, como acaba de hacerlo el lehendakari, una crítica mucho menos que velada a la cúpula socialista, que debería “mostrar más fortaleza”, resulta sintomático. Como sintomático es que nada menos que Alfredo Pérez Rubalcaba, el mismo día en el que los talibanes matan a dos guardias civiles, comparezca en público atacando sin recato al secretario general del socialismo madrileño, Tomás Gómez, por haberse atrevido a levantar bandera ‘contra Zapatero’ (es decir, contra los designios por control remoto del ‘jefe’).

Ha sido este un verano de cierta zarabanda de joseblancos, rubalcabas, elenassalgados (desautorizando a Blanco, por cierto, y desautorizada por Zapatero, que se ha hecho con el control personal de la coordinación de los ministerios económicos), trinidadjiméneces, corbachos…Zarabanda que sugiere que unos ministros están más en valor que otros, pero también la indudable existencia de una cierta descoordinación en el elenco ministerial. Y de un también innegable descontento entre los ‘barones’ regionales socialistas, que han de enfrentarse a unas próximas elecciones autonómicas y municipales en este clima de algarabía interna, a la que tampoco son ajenos algunos desplantes e iniciativas sectoriales protagonizados por el president de la Generalitat catalana, José Montilla.

Hay indicios de desastre, como el que nos recoge, con elegancia y humor,José Manuel Pazos en su blog. En fin…

Si usted combina todos estos ingredientes y les añade lo que dicen las propias encuestas del CIS, obtendrá una bebida muy poco agradable para cualquier presidente de Gobierno, para alguien que hace apenas un año aún parecía omnipotente y hoy ni siquiera sabe aprovechar los éxitos que suponen haber recuperado –pagando, ¡pues claro!—a los dos cooperantes secuestrados por Al Qaeda o haber terminado con esa especie de ‘marcha verde’ que amenazaba con desestabilizar Melilla.

Hoy, Zapatero empieza a parecerse al rehén de La Moncloa que fue ese Adolfo Suárez hoy triunfalmente acogido por la Historia, pero entonces lanzado hacia una por él ansiada dimisión. Ya sé que Zapatero no va a dimitir, ni tiene por qué hacerlo, ni debería hacerlo en el caso de que sintiese alguna vez tentaciones de ello; pero, en este cuarto de hora, apostaría que el presidente ya tiene marcado en el calendario el fin de su mandato, y que esa marca se sitúa allá por marzo de 2012.

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