Las dos españas siguen en el duelo a garrotazos


La legalización o no de la coalición ‘abertzale’ Bildu, de manera que pueda presentarse (o no) a las elecciones que se celebrarán dentro de tres semanas, es el más reciente de los elementos que tienen dividida a la opinión pública nacional. Ferozmente dividida, diría yo, a tenor de lo que he venido leyendo y escuchando en columnas y emisoras en los dos últimos días. El Tribunal Supremo se enfrenta hoy a la que probablemente va a ser su más dura prueba: decidir si, conforme a Derecho, una coalición formada por partidos legales y por independientes responde o no a los dictados de la banda terrorista ETA.

Y ahí nace el tremendo debate.Entre los que aseguran que, sin duda, Bildu responde a los planes de los terroristas para estar en las instituciones (ayuntamientosy diputaciones forales vascos y navarros y en el Parlamento navarro, en este caso). Frente a los que dicen que nada de esto se puede demostrar con las leyes en la mano, que no bastan unos informes policiales algo etéreos para sustentarlo, que puede que lo que Bildu y los ex batasunos dicen sea sincero y que, por tanto, no cabe sino permitir que la coalición acuda a las urnas el 22 de mayo.

Personalmente, estoy con los segundos, sin que por ello deje de pensar que lo más probable es que Bildu no sea una formación repudiada por ETA precisamente. Pero hay que actuar, en un Estado de Derecho, con las leyes en la mano y lo cierto es que me parece que, por muy buena voluntad que le haya echado, el fiscal general no ha encontrado argumentaciones con peso suficiente como para convencer a los magistrados del Supremo, hoy en plena deliberación, de que Bildu debe quedarse en el dique seco. Decir que el hecho de que el porcentaje de ‘independientes’ en las listas de esta coalición se corresponde con el porcentaje de votos nulos o blancos cosechados en las anteriores elecciones, que era lo que pedía Batasuna, y que ello demuestra la connnivencia, resulta, creo, legalmente algo endeble.

Claro que a mí tampoco me gusta nada, pero nada, tener a Bildu en alcaldías o concejalías, y menos aún, en el futuro, en el Parlamento vasco o en el navarro. No me gusta nada, pero nada, que ellos tengan los datos del censo en sus manos. Ni que, como me parece que va a ocurrir, protagonicen este martes una rueda de prensa en el Congreso de los Diputados. Pero me gusta aún menos que las leyes se retuerzan para aplicarlas a ‘lo que conviene’. Y menos aún me gusta que las instancias internacionales den revolcones a las decisiones de las instancias judiciales españolas, en medio del regocijo de quienes hacen constantemente fraude de ley en ayuda de quienes quieren destruir el sistema, la convivencia y la democracia; en ayuda, en suma, de quienes durante tantos años han pisoteado los derechos, la vida y la libertad de los demás.

Y me temo que este regocijo ya ha comenzado. Gracias a las torpezas de unos y otros –comencemos por hacernos la autocrítica algunos de quienes podemos tener voz pública–, resulta que la coalición Bildu se ha beneficiado de una publicidad inesperada e indeseable, al menos en mi criterio. No tengo la menor certeza de que representen un avance sobre las posiciones de la vieja e ilegal Batasuna, como tampoco estoy seguro –cómo estarlo– de las buenas intenciones de esa ETA que ahora ‘perdona’ a los empresarios aquel chantaje que ellos llamaban revolucionario, o nos perdona la vida a quienes nos sentíamos amenazados por la banda. Pero tengo que constatar que las cosas han mejorado algo, que el lenguaje (y los hechos) son diferentes y que lo que me cuentan mis fuentes policiales es que la banda del terror sabe que su liquidación definitiva ya ha comenzado hace tiempo.

No quisiera, en este contexto, darles alas legales. Si Bildu tiene que concurrir según el criterio de los tribunales, pues que concurra y dejémonos de polémicas nefastas entre los demócratas acerca de quién ha sido el culpable o qué intenciones secretas tienen unos u otros para mantener sus actuales posiciones. Volvamos al pleno consenso contra el terror y afrontemos la campaña electoral limpiamente, sin meter por medio temas que jamás deberían suscitarse para buscar votos o para pretender que no se vote al contrario. ¿Será esto, ay, posible a estas alturas? Continuará.

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