¿Merecen esto los argentinos?

Debo decir, de entrada, que siento una enorme admiración hacia el pueblo argentino: culto, pacífico, politizado, trabajador. Por ello mismo, siempre me he mostrado perplejo ante la calidad de sus representantes: la victoria aplastante de Cristina Fernández de Kirchner es, si no el más clamoroso, sí el último ejemplo de lo que digo. La muy particular política argentina ha conocido un desfile de presidentes en algunos casos al menos peculiares, por decirlo con palabras suaves. El propio peronismo, arquitrabe del sistema, se cuartea, pero resulta casi imbatible (considero muy afortunada la excepción del radical Raúl Alfonsín, cuyos laureles no ha podido revalidar su hijo Ricardo); hoy ya se habla de ‘kirchnerismo’, que es como una vuelta al peronismo ‘familiar’, en el que la viuda hereda los poderes del marido fallecido. Estos esquemas, siento decirlo, favorecen no poco la corrupción, los personalismos y, obviamente, generan un gran pasotismo en el electorado, aunque, en el caso argentino, el milagro es que la totalidad de la ciudadanía no haya dado la espalda aún a su clase política.

Me confieso incapaz de entender los vericuetos de la política argentina, en general, y muy especialmente de este fantasmal ‘kirchnerismo’ en particular. Entiendo que ese país maravilloso, que ofrece, como pocos, todos los atractivos al visitante y todas las oportunidades al inversor, es afortunado: es capaz de sobrevivir a quienes le representan. Y, encima, les votan. Dígame usted si no es una maravilla.

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