Cuando un Gobierno decide (o no) tomar la iniciativa…


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(la vicepresidenta, figura sin duda de valía, ¿va para alcaldesa?¿para primera ministra cuando se produzcan, si se producen, acontecimientos?¿saldrá con bien –espero que sí– de la prueba de la lucha contra el ébola? Atención a los próximos días)
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Da la impresión de que el Gobierno reconoce implícitamente que ofrece la sensación de haber perdido el control en temas importantes, y no solamente en la gestión de la crisis del ébola. Ha decidido impulsar la imagen de que pasa a la ofensiva. La creación de un comité especial de seguimiento para prevenir la extensión de cualquier contagio de ébola, presidida nada menos que por Soraya Sáenz de Santamaría, ha sido un primer aldabonazo. Como la presencia, con cuatro días de retraso, de Mariano Rayoy en el alterado hospital Carlos III, ha sido una segunda llamada de atención. Aseguran fuentes gubernamentales que probablemente, pese a la alergia de Rajoy a los cambios en su elenco ministerial, se producirá un ‘segundo cambio’, incluso a corto plazo, en el Ejecutivo, tras el aún reciente abandono del titular de Justicia, Alberto Ruiz Gallardón. Es decir, que la titular de Sanidad, Ana Mato, que está en horas bajas, incluso anímicamente, dimitirá o será elegantemente cesada.

Claro que la ofensiva gubernamental va más allá del Carlos III o del feo edificio que alberga al Ministerio de Sanidad en las cercanías del Congreso de los Diputados y en el que Mato pasea su desconcierto. “No queremos que parezca que el país entero se paraliza porque se haya dado un caso, todo lo lamentable que se quiera, de una enfermera contagiada de ébola”, me dijo este viernes un alto cargo gubernamental, que no ahorró críticas a la gestión ‘de comunicación’, solo de comunicación, advirtió, de la tragedia que afecta a Teresa Romero. Por ello, es previsible que el Gobierno dé un impulso a otros aspectos de la gestión del país, desde la consulta catalana hasta la pretensión de celebrar un referéndum sobre prospecciones petrolíferas que alienta el Gobierno canario que preside el cada vez más ‘nacionalista’ Paulino Rivero.

Mariano Rajoy ha querido que el control del principal problema, al menos mediático, que afecta ahora al país pase a buenas manos: a las de la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría, la ‘número dos’ que se va convirtiendo, además de en una bastante eficaz portavoz gubernamental en un Gobierno en el que abundan los silencios, en un parche para casi –casi—todas las heridas. Es ella la que viaja a Cataluña para dar la imagen de que existe una presencia del Estado, ella la que ataja rumores, ella la que se desmarca de algunas acciones que proceden del partido, el PP, con cuya secretaria general es obvio que no mantiene una buena sintonía, por decir lo menos. Así, fue notable la frialdad con la que la ‘número dos’ del Ejecutivo trató el relevo en la presidencia de RTVE, que desde la Moncloa insisten, distanciándose, en que “es cosa de Génova”.

Me parece posible que este domingo, cuando se producen los fastos de la fiesta nacional, tengamos nuevos indicios de por dónde van los pasos futuros del Gobierno que preside, desde la extrema discreción, Mariano Rajoy. La recepción posterior al desfile congregará en torno al Rey Felipe VI a todo el poder político, jurídico, militar y mediático del país cuando faltan poco más de tres semanas para la teórica celebración de la consulta secesionista convocada por Artur Mas para el 9 de noviembre. ¿Qué se puede hacer en tres semanas para evitar el choque de trenes? Esa va a ser la gran pregunta en los pasillos del Palacio de Oriente, una pregunta a la que, en los corrillos inevitables, Mariano Rajoy y la propia Soraya Sáenz de Santamaría tendrán, seguramente, que responder, aunque no estoy seguro de que tengan las respuestas preparadas. De momento, es cierto que la consulta da la impresión de irse diluyendo, más por la incapacidad ‘técnica’ del equipo de la Generalitat que por las acciones que se emprenden desde el Ejecutivo central, empeñado en mantener una actitud de exquisita (y, a mi juicio peligrosa) distancia del mayor problema político planteado ahora en España.

Crece la impresión, no obstante, de que sí hay acciones emprendidas desde La Moncloa y otros centros oficiales u oficiosos para atajar la sensación de descontrol en muy diversos ámbitos, desde Cataluña hasta la corrupción. Resulta impensable que no se estén dando contactos acelerados entre el Gobierno central y la Generalitat catalana para, de alguna manera, amortiguar el golpe del 9-n, que será, sin duda, mucho mayor para Artur Mas que para Rajoy, para no hablar ya de la ciudadanía en Cataluña o/y la del resto de España, embarcadas en los vagones tras una u otra locomotora.

Como, en muy otro orden de cosas, resulta imposible no ver alguna ‘mano oculta’ oficial, u oficiosa, en la filtración de datos exhaustivos que afectan a los usuarios –sobre todo, los que tenían alguna representación política o institucional– de las ya internacionalmente famosas ‘tarjetas B’ de Caja Madrid: el linchamiento, no digo yo que no merecido, está siendo espectacular. Y no me atrevería yo a decir que no sea con la complacencia de un Gobierno que sin duda está manteniendo una actividad en la oscuridad mucho mayor de la que traslucen sus comunicados y pasos a la luz. Afortunadamente, supongo. O no, que diría Rajoy…

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