hoy sí que empieza, ay, una nueva era

Mucho, pero mucho, nos gusta a los periodistas anunciar la llegada de nuevas eras. Llegan unas elecciones generales, llega un nuevo líder, la UE da un paso que creemos decisivo en busca de nuevos –o no tan nuevos– horizontes, el hombre pisa la luna, tenemos dos papas…Yo qué sé. Pero, en cuarenta y tantos años de vida profesional me va usted a permitir, quien tenga paciencia de seguir leyendo, asegurarle que jamás, en mi vida, me he encontrado ante un momento tan presumiblemente rupturista en la Historia contemporánea. Ni cuando cayó el muro de Berlín, ni cuando un negro –de trayectoria admirable, aunque se me discuta—llegó a la Casa Blanca. Ya solo sé que la toma de posesión de un personaje como Donald Trump, su ascenso a la figura de personaje más poderoso del mundo, ha roto todos los esquemas de lo políticamente correcto, de lo convencional, de lo normalmente informativo, puede que incluso haya dinamitado, para mal, las bases del sistema.

Temo a Trump. Ya sé, ya sé que no estoy solo en mi terror. Soy, apenas, uno más de los que se espantan ante el personaje. Temo lo peor, porque no creo en su lenguaje almibarado: el tipo –no es falta de respeto: es todo un tipo—es como ha demostrado ser en muchos años, setenta años de purpurinas, novias glamurosas y mucho más jóvenes, de hacer la ‘cobra’ a los impuestos, despreciar a mis compañeros periodistas, acosar al diferente, insultar a actrices eminentes, pedir la pena de muerte para gentes a las que luego se arrima. Y la alianza que viene con Putin y con quienes a mí, lo siento, me producen terror mucho más que curiosidad.

No quiero andar con medias tintas. Me disgusta profundamente culminar casi medio siglo de carrera teniendo que comentar la llegada al poder máximo de alguien como Donald Trump. Una cosa es segura: llegan malos tiempos para eso que, al menos para mí, es tan sagrado como la libertad de expresión. Me gustaría mucho, hoy, escribir sobre otra cosa: la transformaciòn de la decaída socialdemocracia –algún compañero de tertulias, tan interesante como José María Fidalgo, me acusa de estar obsesionado por el tema–, el esperanzador diálogo en Cataluña, las primarias francesas, la subida de la luz, hasta el frío que hace, yo qué sé. Pero hoy me resulta imposible escapar de la amenaza Trump.

Solo me consuela pensar que siendo como es, acabará metiendo la pata, o la mano, quién sabe, esperemos que sin demasiadas consecuencias negativas para el planeta, y entonces el a veces admirable sistema norteamericano ponga en marcha el impeachment y DT salga de la Casa Blanca por la puerta de atrás, rodeado de la infamia que quizá llegue a merecer. Acaba de llegar y ya ve usted, para qué le voy a engañar: me niego a aceptar la doctrina oficial, irremediable, de nuestrso representantes públicos que dicen, qué remedio, que hay que esperar a ver si los contrapoderes contraprograman al ciclón: yo, la verdad, ya estoy deseando que se marche. Ya sé que de nada vale decirlo, pero ¿y el derecho al pataleo? Eso vale, todo comprendido, por cuarenta y cinco años de ejercicio de una profesión, dieciséis mil crónicas. De las cuales esta es una de las más alarmadas que jamás haya escrito. Y lo peor es que sé que esta vez no voy a equivocarme, aunque ojalá me equivocase.

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