De Arco al Mobile: no se hacen más que disparates


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((Esto de los ‘presos políticos’ va a traer cola: era previsible))
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Triste país aquel en el que los actos oficiales, los congresos, las cumbres artísticas o literarias, los eventos deportivos, dejan de ser celebraciones para convertirse en polémica, en división, en ‘lío’, que diría Rajoy. En Madrid, en Arco, la sombra de la censura –que sí, que la hubo, y bastante estúpida, además—deslució la feria de arte que se ha colocado entre las más importantes de Europa. En Barcelona, sede ahora de todas las inestabilidades, el desplante de los máximos representantes de la ‘catalanidad’ –llamémoslo así; no se me ocurre nada mejor—al jefe del Estado, a las puertas nada menos que del Mobile World Congress, un acontecimiento que apetecerían todas las ciudades del mundo, pone en riesgo la continuidad de esta ‘cumbre’ de la modernidad en la antes llamada Ciudad Condal. Ya veremos lo que ocurre con la final de la Copa del Rey. Y a ver quién es el guapo que, a estas alturas, se embarca en promover un acontecimiento literario que promueva el idioma nacional por excelencia, un idioma que, bah, total solo hablan quinientos millones de personas. Pues todo eso, y mucho más, constituye y va a constituir el ‘melting pot’ en esta España desnortada, que da la sensación de que ni sabe a qué puerto dirigir su aún potente nave.

Qué quiere que le diga: podríamos hablar, ante la semana –otra semana clave, diríamos—que se nos avecina, de la crisis de Gobierno que Rajoy se resiste a hacer, aprovechando que tiene que sustituir a Luis de Guindos, que escapa, afortunado, de la quema. O de la reunión del Parlament catalán el jueves, que nadie sabe muy bien para qué va a servir, si para anunciar un Govern y un president de la Generalitat o para eternizar la impericia política de quienes, en conjunto, ganaron las elecciones de diciembre, es decir, los independentistas. Yo, hoy, ante la aparente parálisis que aqueja a Rajoy, ante la barahúnda independentista, ante el silencio atronador y atroz de los otros constitucionalistas, prefiero hablar de algo profundo, grave: el Estado, así, se nos descompone. Y no falta, por cierto, quien lo propicie y se alegre de ello.

Que la celebración de la fiesta de los abogados en Barcelona haya servido para provocar una polémica jurídica sobre la existencia, o no, de presos políticos en España, estando el president del Parlament catalán como principal provocador y el ministro de Justicia, Rafael Catalá, como ineficaz apagafuegos, es una muestra más de que aquí ni las cenas de hermandad se respetan ya. Es urgente que la situación, a mi juicio anómala, en la que viven cuatro reclusos catalanes –uno de los cuales puede presidir la Generalitat, nada menos—concluya. Pero el Ejecutivo no tiene nada que hacer, aunque quizá le gustaría, cuando ha entregado todo el poder al brazo secular judicial. Y no estoy seguro de que el judicial, hoy encarnado simbólicamente en un magistrado del Supremo, que ahora, seguramente contra su voluntad, se presenta como omnipotente, sepa muy bien por dónde tirar.

Así, tenemos al Ejecutivo semi varado, como un personaje en busca de autor; al Legislativo, varado del todo, sujeto a ocurrencias y desvaríos mil; al Judicial…bueno, casi prefiero no entrar a calificar la situación del Judicial, por lo rara; a los medios, cada cual con su mochila de problemas. Anda que si Montesquieu levantara la cabeza en este secarral político… Y el territorio nacional, sin barrer, envuelto en eternas polémicas sobre si al disidente, o al que no lo es, hay que darle más palo que zanahoria, o al revés. Nunca las dos Españas fueron tantas Españas. Y, para colmo, ya digo: no se le ocurra a usted, por muy bienintencionado o institucional que se sienta, organizar sarao alguno, porque la cosa, véanse Arco o el Mobile, o la celebración catalana del día de los abogados, o una fiesta patronal cualquiera, o un partido de futbol, puede acabar con trifulca. Y ahora, añádase la polémica sobre si hay o no presos políticos en una España que, sin duda, involuciona en las últimas semanas.

Nunca fue más necesaria que ahora una segunda transición que reoriente, equilibre, redefina, nuestra democracia. Pero ese concepto, que provoca erisipela en La Moncloa, sucumbe ante cosas menores. Como la tensión que provoca reequilibrar un Consejo de Ministros, o debatir sobre qué es un preso político, o sobre si se puede investir a un president a distancia. O, ya que estamos, acerca de si se debe o no tomar en serio una manifestación a favor de Tabarnia, o el caldo de cerebro de una cantante que reinventa, así, de golpe, el himno nacional. Jamás, desde que Adolfo Suárez completara, hace cuarenta años, la primera fase de la transición, estuvimos más lejos de lo que debe ser el ideal de una normalidad democrática que ahora. Boadella for president, hala.

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