Y mientras, aquí pensando en los eurodiputados presos…

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La vida del sufrido reportero es, en estos tiempos de campaña(s), aderezadas por otros muchos acontecimientos, especialmente agitada: hoy he desayunado con la candidata europea de Podemos, María Eugenia Rodríguez Palop, he almorzado con Rocío Monasterio, de Vox, he tomado café con una fuente municipal socialista y probablemente termine derrengado en una tertulia televisiva. Ayer, lo mismo, con otros; y anteayer y así hasta la extenuación. Nos ocupamos de lo urgente y ni tiempo tenemos para dirigir nuestra atención a los verdaderamente importante.

Se lo pregunté a Rodríguez Palop: el Papa, Obama y Merkel, tres personas entre las mejor informadas del mundo, hablaron de que estamos inmersos en una suerte de tercera guerra mundial, sin bayonetas ni bigotillos, pero con redes y ondas, que son como cotas etéreas que quieren conquistar las superpotencias: lo de Huawei es apenas una batalla, incruenta pero dolorosa para muchos, en medios de esta guerra. Un episodio significativo. El propio presidente chino, Jinping, anunció a su pueblo sufrimientos casi como Churchill con su ‘sangre, sudor, lágrimas y esfuerzo’. Y Europa sin enterarse, le dije… Salió del paso como pudo: demasiada cosmogonía, mucho Tucídides, como para despacharlo una joven candidata en uno de esos desayunos informativos que han jalonado la campaña, las campañas que ahora concluyen.

Y es que, en el fondo, entre tanta polémica jurídica sobre si hay o no que suspender de su condición de parlamentarios a los presos secesionistas catalanes; con tanta ida y venida sobre si unas fórmulas de acatamiento de la Constitución son o no son válidas; con tanta ocurrencia doméstica, se nos ha olvidado lo importante. ¿Hacia dónde va este mundo encorsetado entre el intervencionista Trump, el taimado Putin, los populismos y, claro, esa China imperialista que se quiere convertir en el ama de todos nosotros? Me da la sensación no solamente de que nuestros eurocandidatos no han meditado en el papel que le corresponde a la UE, sino de que tampoco es una cuestión demasiado reflexionada a escala del Continente: los debates que he podido seguir, al menos, han sido más bien de bajura que de altura.

Pero, en fin, volviendo a casa: la impresión es la de que la corteza del árbol no nos deja ver el árbol, y del bosque ya ni hablamos. La guerra tecnológica, que es la del futuro de nuestros hijos, está ahí, y solamente voces aisladas, aunque del prestigio de Bergoglio, la aún canciller alemana y el ex presidente norteamericano, asustado por la deriva que ya se preveía en su sucesor, han dado una voz de alarma lo suficientemente alta y clara.

El próximo europarlamento se va a llenar de enchufados de clase B, de extremistas, de gentes pertenecientes a formaciones cuando menos raras. Tanto las posiciones socialdemócratas como las democristianas y liberales clásicas se han desdibujado ante los nuevos bárbaros del norte y del Mediterráneo. Contemplo con creciente desasosiego hacia dónde camina el magnífico proyecto que alumbraron los padres fundadores allá por finales de los años cincuenta. Si Monnet, Schuman, De Gasperi o Adenauer levantasen la cabeza volverían a agacharla, llenos de vergüenza. Y aquí, que si son presos políticos, políticos presos, que si galgos o podencos. Como si nada estuviese pasando más allá de los Pirineos. O sea, lo de casi siempre.

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