No, no se puede culpar solamente a Rivera de lo que pasa aquí


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(algo pasa en el entorno de Rivera, me parece. Y, si no pasa, peor)
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Andan ahora algunos albergando la esperanza de que, en su próxima reunión con su círculo más cercano, lo que ocurrirá este jueves, Albert Rivera abra nuevas expectativas de pacto de Ciudadanos con el PSOE para la investidura de Sánchez. Sospecho que nada de esto habrá, y que el ‘no es no’ a cualquier relación con el presidente del Gobierno en funciones se mantendrá, porque los dioses, cuando quieren perder a los hombres, primero los dejan pasar unas largas vacaciones de disfrute (y quizá meditación) y luego, tras asegurarse de que las reflexiones agosteñas han ido por el lado equivocado, los ciegan. Desde terminales variadas se induce a pensar que Rivera es el principal culpable, con su indudable miopía y empecinamiento, de la situación de parálisis política que vivimos y que, al no haber seguramente investidura de por medio, nos llevaría a unas nuevas elecciones, en las que, por cierto, puede que el propio Rivera sea el principal perjudicado.

Pero culpar a Rivera en exclusiva de esta aberrante situación política que arrastramos no ahora, sino desde hace tres años y medio, me parece no solo injusto; también miope. Dos no se entienden si uno no quiere, de acuerdo, y Rivera ha ido tan lejos en sus descalificaciones al actual presidente del Ejecutivo en funciones que difícilmente se podrían componer ahora, aprisa y corriendo, cuando dentro de veinte días se cumple el plazo fatídico para tener que volver a las urnas, unas relaciones que se han hecho casi imposibles. Pero menos aún se entienden dos si ninguno de los dos quiere, y tenemos que convenir en que, en su afán por ocupar el poder, toda la parcela del poder, Pedro Sánchez ha ofrecido muy poco. Al propio Podemos, a Ciudadanos y al Partido Popular.

No hay que pedirles solamente a Pablo Iglesias y a Rivera que permitan la investidura de Sánchez por su cara bonita. Ni porque, de sus encuentros meteóricos con (una parte de) la sociedad civil, el presidente en funciones nos vaya a dejar atónitos ahora con un programa reformista, progresista, de impulso y novedoso que nos vaya a convencer a todos de que su próxima Legislatura, haciendo y deshaciendo a capricho, va a ser la de un estadista casi providencial. No ha sido generoso Sánchez en estas negociaciones, ni sus negociadores han estado hábiles. Tras decir que sí –que esa es otra—, retiró la oferta de un Gobierno de coalición a Pablo Iglesias, y no puedo decir que lo sienta: creo que este Podemos, el de Iglesias, Montero y Echenique, necesita reajustes urgentes y repensar sus esencias, su ética y su estética. Una meditación que quizá pueda llegarle desde la periferia, con gentes válidas como López de Uralde, Bustinduy, José Manuel López, Teresa Rodríguez o el propio Alberto Garzón, entre otros muchos posibles. O del ‘enemigo’ Errejón, claro. Pero lo cierto es, y en esto las posiciones finales de Sánchez tienen razón, que Podemos no está preparado ahora para participar lealmente en un Gobierno ‘templado’ de la socialdemocracia. Que es, a fin de cuentas, lo que parecen haber votado siete millones y medio de personas. Eso, y no ‘socios preferente’ alguno.

Pero tampoco se ha hecho una oferta creíble a Ciudadanos desde el PSOE, desde ese PSOE que, de la mano de Carmen Calvo o Adriana Lastra, descalifica a todos más que tiende manos (qué necesario es que los socialistas sustituyan a sus negociadoras). Cierto que, en uno de sus arrebatos, tan impropios de aquel Rivera ‘político’ que conocimos, el líder naranja no ha querido ni acudir a las llamadas del presidente en funciones. Pero ningún obstáculo había para que Sánchez, si no le puede hacer oferta alguna en privado a Rivera, las haga en público; si rechaza una mano abierta a negociarlo todo, allá quien rechace la negociación. Y lo mismo vale decir con el Partido Popular: que sepamos, el ‘hombre de La Moncloa’ (en funciones) ni ha respondido a la oferta de Pablo Casado para negociar once temas ‘de Estado’. Ni ha negociado Navarra, convertida en un despropósito. Ni la presidencia del Congreso. Ni Madrid (que, al final, los socialistas acabaron perdiendo de todos modos). Ni ese programa regeneracionista, y menos un Gobierno de gran coalición. Nada.

Así, resulta difícil, en un país que a veces parece manejado por trileros más que profesionales de la Política con mayúscula, en el que ya no funcionan los controles democráticos, ni el respeto a la palabra dada, ni la seguridad jurídica, ni la transparencia, ni la pretensión de veracidad, pensar que se pueda llegar, en un período de tiempo que no excede en realidad de dos semanas, a un acuerdo de gobernación que sea verdaderamente conveniente y fructífero para la ciudadanía. Y no busquemos caminos fáciles para señalar culpables; de acuerdo en que, si Rivera hubiese querido, nos hubiese sacado coyunturalmente de este atolladero. Lo mismo que Iglesias y, ya que estamos, Pablo Casado. Y Sánchez, claro.

Porque Sánchez debe dejar de jugar al póker esperando hasta el borde del abismo a ver quién se pone nervioso con las trompetas apocalípticas de los sondeos preelectorales, a ver quién cede primero y a que las cosas se hagan por sus santas narices, por no decir otra cosa. España no es un garito necesitado de una gestión testicular. Y en esta partida de cartas todos creen tener un as y hasta puede que lo tengan escondido en la manga. Yo creo que, a este paso, va a ser mejor repartir de nuevo la baraja y, si posible fuese, con nuevos jugadores, que no es solo Rivera quien, como algunos parecen querer, puede que esté empezando a sobrar en esta mesa infectada.

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