Sánchez, la Diada, Torra, Iglesias…¡Maaadre mía!…


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(¿tenemos la peor clase política de nuestra Historia de los últimos cuarenta años? ESTOS SON ALGUNOS DE LOS ELEMENTOS DE NUESTRA CRISIS. FALTAN MUCHAS FOTOGRAFÍAS, OBVIAMENTE)
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Otra semana clave hacia el despeñadero. Temo que el presidente del Gobierno en funciones está más ocupado deshojando la margarita elecciones sí-elecciones no (suponiendo que no esté ya deshojada) que en las grandes cuestiones de Estado. Una de ellas es el calendario fatídico que se inicia ya este lunes: la fatiga por los encuentros próximos entre Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, las llamadas telefónicas urgentes, angustiadas, las encuestas admonitorias. Faltan menos de dos semanas para el pistoletazo de salida en la carrera hacia las urnas y todo sigue como en la noche de las elecciones. O sea, todo igual, pero quizá un poco peor, que en aquella noche de diciembre de 2015, cuando nos metimos de lleno en la crisis política más ardua de nuestra Historia reciente.

Por poner apenas un ejemplo: estuve presente en la preocupante aparición de Quim Torra en un hotel madrileño el pasado jueves para proclamar, desde allí, en presencia de doscientas personas, la mayoría periodistas, la guerra al Estado. Confrontación, dijo. Sugirió, ahora lo repite, que no comparecerá a la llamada del TSJC para declarar como acusado de desobediencia: puede que acaben inhabilitándole, y los suyos –Puigdemont desde Waterloo—ya buscan sustituto que pilote la batalla contra ‘España’. Además, Torra apenas se habla con los líderes de Esquerra, señaladamente con el encarcelado Oriol Junqueras: ni siquiera le cita cuando habla de los ‘presos políticos catalanes’. Y, a todo esto, silencio desde los centros constitucionalistas ante este reto lanzado nada menos que por el hombre que detenta –detenta, sí—la presidencia de la Generalitat.

Todo esto confluye este miércoles en una Diada con camisetas en las que se lee que el objetivo es la independencia. Serán más o menos que el año pasado, falsearán la historia de la efeméride que celebran, pero serán, en todo caso, muchos y gritarán pidiendo algo imposible: la independencia. Todo un presagio para ese día en el que conozcamos ‘la sentencia’, que, en todo caso, va a provocar reacciones lamentables, y ya previsibles.

Y aquí, en el resto de España, la casa sin barrer: este mismo miércoles, el ‘nuevo’ Congreso de los Diputados celebra su primera sesión plenaria de control al Ejecutivo desde las elecciones. Y puede que también sea la última si es que, como piensa una mayoría de la gente, políticos incluidos, con la que hablas, las elecciones de noviembre y, por tanto la disolución de las cámaras legislativas dentro de dos semanas, están ahí. Llamando a la puerta incompetente de nuestros representantes. Y, por tanto, a nuestra puerta.

Tiempo habrá de pasar revista a todo lo que ha ocurrido, y a lo que no ha ocurrido, en estos últimos meses que amenazan con desembocar en el fracaso colectivo de unas nuevas elecciones. ¿Quién es el principal culpable, dado que está claro que no hay solo uno? ¿Ha agotado Sánchez todas las posibilidades?¿Se han equivocado Iglesias, Rivera, Casado adoptando las posiciones que han adoptado? Para mí, la respuesta a la primera pregunta es ‘no’. La segunda, un rotundo ‘sí’. Si no son capaces de gestionar ni un acuerdo de investidura, ¿cómo van a serlo, me pregunto, de afrontar los enormes retos nacionales, europeos, mundiales, que patentemente vienen?

Quizá nosotros, esa mayoría silenciosa constituida en sociedad civil, también nos hayamos equivocado, dejando que sean apenas las encuestas las que se expresen por nosotros: aquellos a los que oigo por la calle se expresan con mucho mayor indignación y rotundidad de lo que leo en los sondeos demoscópicos. Quizá si hacemos llegar a ‘sus’ sordos oídos, los de ‘ellos’, la oleada de frustración, espanto y cabreo que se respira por aquí abajo, reconsiderarían algunos ‘noes’, se replantearían algunas ambiciones personales en favor del colectivo y actuarían, es lo importante, muy de otro modo. ¿Habrá sorpresa final? Diez días para propiciarla. O, ya digo, el despeñadero.

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