Prohibido prohibir decir ‘presos políticos’

Me resulta especialmente triste tener que comenzar un comentario como este advirtiendo a mis lectores que yo no creo que en España haya presos políticos: un intento de golpe de Estado como el que se propició en octubre de hace dos años tiene, forzosamente, que ser castigado penalmente; de manera inminente conoceremos la sentencia contra los aún presuntos golpistas, y no va a ser, desde luego, blanda. Y créame que me alegro:’fiat iustitia el pereat mundus’. Pero, con parecida convicción, me atrevo a decir algo que sé que no gustará a este lado del Ebro: rechazo que Junta Electoral alguna prohíba –ya lo hizo en la anterior campaña—a televisión alguna –aunque sea la muy parcial, por decir lo menos, TV3—pronunciar las palabras ‘presos políticos’ o ‘exilio’, al referirse a la fuga de Puigdemont y demás.

No, no son, pienso, presos políticos, sino, ya se sabe, políticos presos. Pero no creo que deba limitarse la libertad de expresión de quien sea, aunque se trata de ‘indepes’ irremisibles, o de aquella ‘tele’ a veces infumable, hasta el punto de que no puedan usar, cuando se hallen en un espacio mediático, los términos antedichos. O, incluso, hasta obligarles a anteponer la palabra ‘autodenominado’ para referirse a esos fantasmales órganos creados por la Generalitat o por el ‘fugado’ –que no exiliado—Puigdemont. ¿Por qué será que este ‘autodenominado’ me suena tanto a aquel ‘ilegal’ que a los periodistas de mi generación nos obligaban a escribir cuando, a continuación, nos referíamos al Partido Socialista Obrero Español, por ejemplo?

Confío en que me crea si le digo que pondría mi máximo afán, si alguien me lo pidiera –y aunque no lo haga—para garantizar la buena marcha entre los estamentos oficiales de Cataluña, tan montaraces, y los del resto de España, tan renuentes. Pero ni soy partidario de obligar a quitar lazos amarillos de los edificios públicos ni a arriar de ellos carteles pidiendo libertad de expresión. Pido, en contrapartida, que a quienes abrazamos carteles diferentes, lazos distintos y expresiones distantes, nos dejen colgarlos en los balcones públicos controlados por la Generalitat, y que a los periodistas que pensamos de otra manera, alejada de las verdades ‘oficiales’ en la Cataluña secesionista, nos permitan expresarnos sin trabas en los medios públicos catalanes.

Se trata, en suma, de asimilar la tesis volteriana: “yo, que odio lo que usted proclama, daría la vida para que usted pueda seguir expresándolo libremente”. Quizá, si Voltaire presidiera nuestro comportamiento en estos azares, el conflicto de la Cataluña más involucionista con los sectores más ‘halcones’ del resto de España se suavizaría. Y no estaríamos en el punto en el que nos hallamos. Esto es algo que pienso decir en un acto público al que se me ha invitado este jueves en Sabadell, y sé que no gustará allí. Ni quizá, aquí, en este Madrid desde el que escribo.

Pero, en fin, multiplicamos los órganos encargados de prohibir y restringimos los responsables de dialogar. Mandamos más policías y ellos generan más conspiradores en las sombras del ‘coctel Molotov’. Ya sé, ya sé, que en Cataluña se multiplican, alentados por la locura de Torra, los amantes de la ‘confrontación’ y no de la ‘conllevanza’. Como sé que de este lado, que es el mío, proliferan los partidarios de lanzar el artículo 155 a la arena de la lucha, que aún no ha comenzado, pero que todos creen que comenzará, en detrimento de una búsqueda de diálogo que yo, al menos, aún creo posible, aunque sea remoto. Y así, esto no puede pintar nada bien.

Fjauregui2educa2020.es

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