¿De quién es el Rey?


(motivos para la preocupación ya tiene, ya)
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Salí del debate de investidura con sentimientos tan complicados de definir que decidí tomar unas horas de reposo antes de escribir sobre el tema. Hubo, claro, detalles preocupantes, y no quiero referirme solamente a la inapropiada –y sincera—frase de la señora Bassas, de Esquerra, asegurando que la gobernabilidad de España le importa “un comino”, en sede parlamentaria y apoyando, en teoría a un Gobierno de la nación. Me pareció aún más inquietante la presencia de la figura del Rey sobrevolando ‘in absentia’ toda la sesión, primero con los ataques de la representante de Bildu, Mertxe Aizpurua, después con las alusiones pérfidas de Pablo iglesias, suponiendo que la ‘derecha y la extrema derecha’ se han apropiado de la Monarquía y, finalmente, con los ‘vivas al Rey’, a mi entender extemporáneos, proclamados por Vox desde el escaño y desde el atril parlamentario.

Convertir una sesión parlamentaria de la importancia de la investidura en un debate sobre la figura del jefe del Estado me parece querer trasladar una polémica que siempre está ahí, soterrada, la de Monarquía-República, al sitio más inconveniente, la sede del Legislativo. Sé lo que impulsó a la señora Aizpurua a soltar su ineducada proclama contra Felipe VI, y también puedo entender que las rudas maneras de algún representante de la derecha más extremada le impulsen a lanzar proclamas más propias de la clausura de la Pascua Militar que de un acto de trascendencia parlamentaria.

Pero no logro entender qué lleva a Pablo Iglesias, que no da puntada sin hilo, a traer la mención al jefe del Estado, y a quién le controla o no, a la sesión, cuando el propio líder de Podemos tantas veces ha proclamado –ahora no; ahora, como vicepresidente del Ejecutivo, se modera y dice que no es el tiempo del advenimiento de la República—que su deseo es que ‘delenda est Monarchia’. Aspiración a la que tiene perfecto derecho en cuanto que líder de una formación política, aunque no sé si tanto en cuanto que ocupante de nada menos que la vicepresidencia de un Gobierno presidido por alguien que, por dos veces, ha prometido fidelidad a la Constitución inequívocamente monárquica.

Eché de menos en los parlamentos de un nervioso, pero confiado, Pedro Sánchez un respaldo en todos los momentos a ese jefe del Estado zarandeado de unas u otras maneras. Un jefe del Estado del que unos se quieren apropiar para que los arrope en su trayecto excesivamente conservador y los otros para echarlo, si pudieren. Y ahí, no solo a la hora de reprender a la ‘aliada’ de Bildu y a la no menos importante hora de precisar a su socio de Unidas Podemos que el Rey no es propiedad de Vox, ni del PP, ni de Ciudadanos, ni del conjunto de ellos, sino de todos los españoles, es donde me parece que el presidente del Gobierno dejó de cumplir con una función primordial: la defensa del sistema, de la forma del Estado. El, Pedro Sánchez, es ahora el máximo garante de preservar esos valores, por mucho que nos estemos embarcando, que sí lo estamos haciendo, en una nueva era con incierto rumbo y más incierto aún puerto.

Me parecería altamente preocupante que así no lo entendiera Sánchez, aferrado a unos pactos con Esquerra Republicana de Catalunya cuyo último alcance y profundidad aún no nos ha sido explicado y enfeudado a un Unidas Podemos cuyo líder se define en sus objetivos de manera más ambiciosa aún que el propio Sánchez. Y mucho más rupturista con un cierto ‘statu quo’, el que ahora tenemos y gozamos, también que el propio Sánchez.

Al presidente de este Gobierno, que desde luego no es aquel Ejecutivo con el que yo soñé –siempre dije que una coalición de centro-izquierda hubiese sido lo más conveniente; Rivera la dinamitó y Sánchez nunca la facilitó–, le aguardan pruebas muy duras, que también lo serán para el resto de los españoles: Cataluña sigue pesando como una losa en la marcha política de la nación y en los próximos días se vivirán acontecimientos muy, muy serios y que necesitarán de la mano de un estadista para conducirlos. Sánchez venció por la mínima, y hay que desearle –yo, desde luego se lo deseo—éxito en su labor, porque es algo que a todos nos conviene; pero a la vista está que su discurso no convenció a casi nadie que no milite en el exclusivo club de ‘los propios’.

Le echan en cara que romperá España –claro que no–, que pactará con los independentistas cosas que cruzarán las líneas rojas –pienso que tampoco–, dicen los de Vox que su gobierno es ilegal –obviamente falso, aunque la réplica desde el PSOE me resulta excesivamente ‘frentista’–. Y ambas partes se lanzan cañonazos llamándose ‘ultra’ la una a la otra. En resumen, que hemos salido del debate de investidura mucho más lejos aún de lo que entramos a la hora de afrontar esa segunda Transición en la que estamos, de hoz y coz, ya metidos: ni pensar de momento en grades pactos para acometer las reformas imprescindibles, las renovaciones en órganos institucionales. Y, además y para colmo de preocupaciones, ese respaldo a la Jefatura del Estado, que debería llegar desde el Gobierno sea cual sea su color, aún pendiente. ¿Hasta cuándo?

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