Cuando todo se nos desmorona


—–
(mi fondo de pantalla también se desmorona)
—-

La última imagen que coloqué en el fondo de pantalla de mi ordenador fue una fotografía del roscón con nata sobre la mesa del desayuno familiar. Era, lo recuerdo perfectamente, el 6 de enero, día de los Reyes Magos. Aún conservo allí esa misma fotografía, para recordarme cotidianamente que aquella fue la última jornada en la que aún estuve conectado con el pasado. Dos días después, triunfaba la investidura de Pedro Sánchez, que, con la ayuda de Esquerra Republicana de Catalunya, daría paso al primer Gobierno de coalición, PSOE con Unidas Podemos, que España iba a tener en más de ochenta años. Era una ruptura con lo que había sido ese ‘espíritu del 78’ que rigió nuestras vidas hasta entonces. Pero en aquellos momentos, aquel 6 de enero de 2020, incluso sabiendo el giro político que iban a experimentar nuestras existencias, estábamos lejos de imaginar todo lo que nos esperaba apenas dos meses después.

Y no me refiero solamente a la pandemia del coronavirus, cuyos efectos aún estamos lejos de poder siquiera calibrar de manera remota: más de doscientos mil puestos de trabajo se han perdido, calculan quienes pueden hacerlo, desde el inicio de la crisis, cuando, finalmente, el Gobierno, 11 de marzo, y tras no poco debate interno, hubo de reconocer el alcance de lo que se nos echaba encima. Hablo también del ‘otro’ gran tema de estas jornadas, el que ha quedado de alguna manera relegado a las páginas pares de los periódicos, oculto por las tragedias del coronavirus: hablo, en suma, de la quiebra registrada en la Monarquía española, cuando Felipe VI ‘repudió’ (la palabra era el titular de un periódico) a su padre, Juan Carlos I, por sus muy dudosas actividades económicas durante una parte de su reinado. Era el 15 de marzo y el Gobierno acababa de decretar el estado de alarma por la pandemia del coronavirus. Todo se tambaleaba.

Para la gente de mi edad y mi trayectoria, el hecho de que el hombre de quien se dijo que pilotó la Transición quedase públicamente humillado, desautorizado y, lógicamente, repudiado por sus desmanes económicos siendo jefe del Estado, significó la necesidad de revisar muchas cosas en el pasado, en mi pasado, en nuestro pasado. Juan Carlos I fue ensalzado y glorificado, y muchos escribimos en este sentido, por su papel en favor de la superación de la dictadura franquista; quizá ello nos llevó a cerrar los ojos, los oídos y la boca, como los monos sabios, ante lo que sabíamos o intuíamos. Quizá nos equivocamos, creyendo que el interés del Estado conllevaba muchos silencios.

Ahora, todo eso se ha acabado. Muchas cosas se han acabado. Ya no es posible ese silencio. Si la Corona quiere salvarse debe ser la primera en denunciar –como ya lo está haciendo, por lo demás—aquellos desmanes. Felipe VI tiene, en parte, en sus manos su destino y el de la Monarquía. Pero solo en parte. Quién sabe si la princesa de Asturias, doña Leonor, llegará a reinar alguna vez sobre los españoles. Quizá cada día parece más improbable.

Hoy estamos a la espera de un mensaje del jefe de Estado a los españoles. Hay quien me dice que el durísimo comunicado emanado de La Zarzuela en la tarde-noche del domingo, cuando todos estábamos confinados en nuestras casas, se produjo porque el Rey y sus excesivamente prudentes asesores pensaron que, antes de conectar con los ciudadanos, el monarca debía desconectar con su padre, que significa un virus para la Corona.

No sé si, en el caso de que se produzca tal mensaje –sería impensable, a mi juicio, que no lo hubiera–, el Rey agarrará el toro por los cuernos y, junto a sus palabras de confianza y de ánimo a los atribulados españoles, se referirá, de pasada, a la necesaria integridad y ética que debe mostrar quien encarne la máxima magistratura del Estado. Pienso que él, el ciudadano Felipe de Borbón y Grecia, está moralmente cualificado para hacerlo. Pero que no lo haga muy tarde: la partida que se está jugando en estos momentos en España es demasiado densa, complicada y llena de riesgos para la propia supervivencia de la forma no solo de este Gobierno, sino del Estado. Así, como suena. Y yo quisiera que el roscón de Reyes de 2021 lo comamos en un clima estable, de confianza, muy lejos de lo que estamos pasando estos días.

[email protected]

Share

Deja una Respuesta