Las catorce semanas que nos vienen



(no, la clase política, en general, no ha funcionado)

Pedro Sánchez, en un largo mensaje esta vez sin preguntas, dijo ‘adiós’ este sábado al estado de alarma y, por tanto, ‘hola’ a eso que ha dado en llamar, extrañamente, ‘nueva normalidad’. Fue el suyo un mensaje casi triunfalista, casi electoralista –aunque asegura que estamos lejos de unas elecciones–, nada autocrítico. Como si todo se hubiese hecho bien y nada mal. Sospecho que el futuro que encaramos desde hoy habría que cimentarlo más bien haciendo recuento de lo positivo, claro; pero también de lo negativo, comenzando por ese excesivo triunfalismo ‘sanchista’.

España ha funcionado bastante bien en estos cien días de reclusión, de prueba máxima. Los mercados estaban abastecidos, las recogidas de basuras llegaban con regularidad, las infraestructuras aguantaron. Internet, la electricidad, el suministro de agua, las fuerzas del orden, las fuerzas armadas, el personal sanitario, los medios de comunicación –en situación a veces desesperada–, cumplieron su papel. Dignamente, o más que eso. Y tener una plataforma que sustente una crisis como la que se abrió con la pandemia es sinónimo de país grande. No, esta crisis no ha sido como la salida de una guerra civil, ni mucho menos. La nación, en un diagnóstico general, aguanta. Con mascarillas y sin abrazos, pero aguanta.

Lamentablemente, eso que se llama ‘política’, lo mismo que las instituciones, temo que no lo han hecho tan bien. El Ejecutivo, al que hay que reconocer que ha luchado con esfuerzo para mantener la cabeza fuera del agua, ha hecho trampas con la transparencia, ha maniobrado orquestalmente en la oscuridad sin recato. Ha habido autonomías que han marchado mejor y otras, comenzando por la que rige la Generalitat catalana, peor. Se ha abierto la brecha entre el Gobierno central y el de Madrid. El Consejo del Poder Judicial está varado, con su mandato sobrepasado en más de año y medio, el Tribunal Constitucional dividido, el Consejo de Estado como ausente, la televisión estatal inserta –¡aún!—en la provisionalidad. Temo que, por diversos motivos, también la Corona sale de esto algo debilitada.

Y luego, claro, la quiebra del estado de bienestar. La Sanidad ha salido desmoralizada, la Educación, desconcertada gracias a la pésima gestión de la ministra responsable. Y el Trabajo…ese va a ser, desde luego, el talón de Aquiles de la reconstrucción, suponiendo que en algún momento las fuerzas políticas acuerden afrontarla mínimamente unidas, que esa es otra.

No sé si, con este marco, con un Ejecutivo claramente dividido (unos ministerios funcionan, otros no) y con un incierto panorama internacional que incluye el ‘fondo europeo de reconstrucción’ que tan necesario le es a España, estamos en condiciones de asegurar, como hace Sánchez, que esta Legislatura se agotará. Creo, más bien, que son muchas las cosas que van a ocurrir en los próximos meses, sin que esta vez las vacaciones veraniegas, que más de la mitad de los españoles dicen que no van a disfrutar, sirvan de cortafuegos. De estas catorce semanas terribles no salimos ni más fuertes ni, me temo, más unidos, contra lo que dice el autobombo sanchista. Lo que ocurra en las próximas catorce semanas es la gran incógnita que pesa sobre nuestras vidas, incluyendo, claro, la de Pedro Sánchez, por muy seguro que ahora se muestre de controlar el futuro.

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