Torra no está en el centro de la tormenta; es la tormenta

La situación hoy en Cataluña es tan paradójica como que el Govern confina en sus casas a varios millones de ciudadanos al tiempo que los presos por los actos de sedición de 2017 salen a la calle, en un régimen de semilibertad que resiste pocos análisis comparativos. La gestión de la pandemia por Torra y su equipo se acerca mucho a lo desastroso, mostrando que se ha antepuesto la lucha por seguir el ‘procés’ hacia la independencia al combate por el bienestar ciudadano. Batir el récord nacional de infectados ha de tener unos motivos no enteramente achacables a la caprichosa voluntad del virus maldito. Torra se ha convertido en el gran problema para los catalanes y, claro, para el resto de los españoles.

No me consta que exista un contacto fluido entre la Generalitat y La Moncloa, por mucho que se hable de la inminente restauración de aquella ‘mesa de diálogo’ que para tan poco ha servido hasta el momento, si no es para sustentar los estados de alarma de Pedro Sánchez. Hoy no es posible un diálogo constructivo entre el Gobierno central y el independentismo por la sencilla razón de que este último está dividido en familias que se odian y que, previsiblemente, solo se pondrán de acuerdo para afrontar, tras las elecciones, un camino hacia la secesión, pero no para el fortalecimiento del Estado.

Entretanto, los ‘presos de Lledoners’, con Oriol Junqueras a la cabeza, salen homenajeados de la cárcel. Con un mensaje lanzado por uno de ellos, Jordi Cuixart, a los líderes europeos reunidos en Bruselas para deliberar si van a dar a España los miles de millones de euros –la cantidad ya casi ni importa—para la reconstrucción del país: “queremos demostrar que España no es un país democrático”, ha gritado el líder de Omnium Cultural a los responsables de una UE que mira con lupa cualquier cosa que ocurra en nuestra nación, que anda, claro, a la caza necesaria de subvenciones.

Tampoco es un buen mensaje a los líderes europeos la misiva de Torra a la Casa del Rey, mostrando que la visita de Felipe VI el lunes a Poblet –por razones sanitarias se ha limitado este viaje a Cataluña, que no incluirá Barcelona—es cualquier cosa menos bienvenida. Conviene poco horadar la imagen del jefe del Estado del Reino de España en estos momentos, pero eso es lo que hace una desafortunada coincidencia, si es que es tal, de factores: las revelaciones sucesivas sobre las actividades de Juan Carlos I, que tanto alegran al mundo independentista, además de la última actuación judicial contra el ‘clan Pujol’, que ya no parecen satisfacer tanto a los medios ‘indepes’, son malos mensajes hacia Europa. ¿Está controlado el dinero de los españoles y su gestión?

Cataluña vuelve, así, a emerger como el principal, aunque no el único, problema para los españoles, cuando aún ni siquiera puede darse por controlada la pandemia y nos enfrentamos a un verano altamente irregular en no pocos sentidos. Y lo peor es que, tras el verano, va a llegar un otoño muy poco esperanzador. Y, cómo no, Quim Torra, su mentor en Waterloo y quienes se muestran incapaces de rebelarse contra la tiranía de la incompetencia y el fanatismo tendrán no poca culpa en ello.

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