Carta (abierta) a Leonor


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(Se va pareciendo crecientemente a su madre)
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Querida Leonor:

Perdona, ante todo, el tratamiento. Más de medio siglo de diferencia en edad, además de mi desconocimiento del exacto protocolo cortesano, creo que disculpan el tuteo a quien tiene, obvio, mucha mayor dignidad y gobierno que uno: no es falta de respeto, pues, sino otra forma de ser respetuoso. Mi felicitación cuando cumples una edad en la que ya las cosas dejan de pertenecer al mundo de las ensoñaciones infantiles es sincera, hasta cariñosa. Porque a los quince años, a los que hoy llegas, empezamos, creo, a percibir realidades apremiantes por mucho que unas paredes palaciegas a veces atenúen los ruidos de la calle.

Hoy, el país en el que un día, confío, estas llamada a reinar, es muy distinto del que era hace seis años, cuando tu abuelo dejó el trono en manos de tu padre, el buen rey Felipe VI. Muchas cosas, entre ellas algunas lamentables que afectan a ese abuelo, han ocurrido desde entonces. Ni siquiera tiene esta España demasiado que ver que ver con la España de hace un año. La nación más alegre del mundo es hoy, y no solo por la pandemia, un conjunto de ciudadanos angustiados, que ven cuestionada su propia historia, que temen por su integridad territorial y perciben cómo se degradan sus instituciones, desde el poder parlamentario al judicial, pasando por el propio Ejecutivo, seriamente dividido en torno a la mismísima forma del Estado, o sea, la monarquía plasmada en la Constitución del 78. La monarquía cuya continuidad, o no, tú encarnas, Leonor. Inmensa responsabilidad, lo digo sin la menor sombra de paternalismo, y menos de indulgencia, para una joven, ya no niña, de quince años.

No sé si hasta ahora te educaron para afrontar todo esto, aunque sé que has tenido que aprender muchas asignaturas que tus compañeros de colegio han obviado, valores que otros niños tardan en asimilar porque tienen más tiempo para ello. Seguramente has percibido en el rostro de tu padre y de tu madre una preocupación mayor que la que muestran los padres de tus condiscípulos: las cosas a veces, más allá de los muros de La Zarzuela, se ponen feas para muchos. Alguien debe decirte cuanto antes, si no lo han hecho ya, que las dos Españas machadianas cada día están más marcadas, que una de ellas te es adversa y que ello se advierte ya en el mismo aparato de la gobernación del Estado, para no hablar de lo que se dice desde ciertos escaños parlamentarios.

Ignoro si sigues las a veces bochornosas sesiones de Cortes, si te cuentan de los intentos de aminorar la independencia de los jueces, si eres del todo consciente de que ocho millones de compatriotas están al borde de la exclusión social, de que tres de cada diez jóvenes no mucho mayores que tú andan a la caza desesperada de un empleo. Alguien, y tu padre es buen ejemplo, debería decirte que el trono, que es un puesto de trabajo al fin y al cabo, hay que ganárselo cada día con honradez, con prudencia, con discreción, con mesura y con patriotismo. Y, claro, con dedicación e inteligencia. Quizá por eso tu padre, en esas encuestas que me temo que no son demasiado favorables a la causa monárquica, sigue estando mejor valorado, y afortunadamente no solo por la ‘derechona’, que la generalidad de unos políticos que cada día procuran un nuevo sobresalto a la ciudadanía.

Este país, en fin, hay que estudiarlo a fondo y con pasión. Es un país en el que hoy se advierten rasgos anímicos por podrían haber estado presentes en 1898, cuando España tomó conciencia cabal de su soledad y de su mala gobernación. Estas, además, van a ser una navidades tristes: espero que tu padre acierte en el mensaje que dirigirá en Nochebuena a los españoles. Porque ya no caben los discursos de antaño. También eso alguien deberá explicártelo cuanto antes, porque cada vez habrás de estar más presente en la vida pública española.

Confío en que pronto, cuando mis colegas extranjeros vuelvan a preguntarme si yo creo que reinarás, pueda responderles que sí con menos dudas de las que ahora tengo. Felicidades de nuevo, en fin, en este día en el que, lo quieran o no tu entorno y las barreras legales, llegas a una suerte de mayoría de edad muy particular: no puedes ser lo mismo que los demás quinceañeros, eso también habrán de repetírtelo, espero. El camino no será fácil –pregúntale a tu padre–, pero merecerá la pena recorrerlo, seguro.

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