Casi todo lo que se nos va muriendo

Hay días, como el primero de noviembre, en los que te detienes unos minutos y te pones a recordar a la gente que se te ha muerto dejando huella en ti. Este año, los muertos han sido demasiados, muchos más de la cuenta –¿cincuenta mil?¿más?—y, en conjunto, duelen más que jamás. Pero, puestos a meditar en esta aburrida jornada, una más más de confinamiento, o lo que sea, en este 1 de noviembre, cuando antes nos largábamos de puente, o a los cementerios a visitar a los nuestros que ya no están, me ha dado por enumerarme a mí mismo lo mucho que se nos está muriendo, sin que pueda verse un recambio fácil.

Nunca se sabe si la ruptura con lo anterior es la muerte definitiva o el comienzo de algo nuevo que surge de los rescoldos. Era mucho lo que, antes del estallido de la pandemia, se nos iba muriendo por consunción. Recuerdo que ya cuando comenzaba noviembre de 2019 y el coronavirus no era ni un brote de alarma en China, advertíamos signos de que había cosas que quizá no volverían: aquel bipartidismo, aquel espíritu de consenso del 78. Todo iba a volar con las elecciones de hace un año: imagine usted cuánta agua ha pasado bajo los venerables puentes en apenas doce meses. Puede que los puentes se caigan de viejos: pero ese agua no retornará.

Sí, hay días, como el primero de noviembre, en los que te paras a pensar en que ‘sic transit gloria mundi’; la vida es efímera. Pero nunca como este 1 de noviembre, en el que casi todo nos está fallando y la angustia ante la enfermedad es casi más liviana que la que nos produce el panorama económico, el social, el moral. Entramos en un mes en el que habremos de debatir unas presupuestos algo tramposos –mire qué departamentos se han beneficiado más: los de Pablo Iglesias e Irene Montero, que llevan semanas de protagonistas de titulares cuando menos, ejem, curiosos–; un mes en el que quizá regrese a España el que fue llamado rey emérito, que, nos dicen, siente terror ante la posibilidad de morir fuera del país en el que ejerció casi cuarenta años como jefe del Estado. Un mes de aceleración del desgaste de las instituciones, desde el Parlamento al poder judicial. Un mes que, elecciones norteamericanas por delante, puede cambiar el mundo. A mejor o a peor.

Sí, es mucho lo que se nos va muriendo. Sin ir más lejos, la propia idea de la navidad, aunque los alcaldes se esfuercen en iluminar de alegría unas calles que se van quedando vacías. Se nos va quedando exangüe la mismísima confianza en nuestro futuro, que es algo que conviene revitalizar cuanto antes. No hay espacio en los cementerios para cuanto se nos está yendo de las manos, así que más nos vale empezar a entonar, ya desde mañana, tras la jornada nostálgica de Todos los Santos, cantos a una inédita esperanza. Y a una imprescindible reconstrucción.

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