La era ‘trumposa’ llega a su fin (confío)



(no, a Sánchez tampoco le gusta Trump; en eso, al menos, coincidimos muchos en este país. Menos Vox)
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Yo creo que ganará Biden y, además, lo deseo: deberían dejarnos votar a los europeos en las elecciones norteamericanas. Entonces las cosas estarían más claras y ese universo taimado, salvaje, que nos ha regido en los últimos cuatro años dejaría de existir como por ensalmo. El mundo ya no es aquel lugar del que teníamos referencias más o menos seguras. Y lo será menos aún en función de quién gane las elecciones norteamericanas: nos espera, por si teníamos pocas en casa, una semana llena de emociones. La gerontocracia de los wasps que, sin embargo, preludia un mundo nuevo: los ‘trumposos’ decadentes, frente a la promesa de una mujer magnífica como Kamala Harris, que hace bueno a su presidente (¿es que los demócratas no tenían algo mejor que este burócrata de 77 años para combatir a alguien como Trump?) y regenera las peores aprensiones de seguir en la ‘América profunda’ frente a un eurocentrismo debilitado.

Alguien como Trump es trampa. Y ha impuesto su moral –por llamarlo algo—‘trumposa’ al mundo que los EE.UU siguen controlando: Boris Johnson, Bolsonaro, los feroces demodictadores de Polonia o Hungría, los populistas que se basan en las ‘fake news’ para engañarnos siempre que pueden, han contribuido a dejarnos el mundo un poco peor de lo que lo encontraron. Y peor: han contagiado sus ‘trumpas’ a muchos más. Lejos de mí la funesta manía de comparar, porque además las distancias son muchas; pero tramposos, lo que se dice tramposos, aunque de tono algo menor, trileros, los hay en muchos otros lugares; y no quiero señalar, porque usted, querido lector, me entiende perfectamente, y no quiero que me reproche andar volviendo, también hoy, a la política nacional.

Solamente diré, sin embargo, que aquí es Vox el único que apoya de forma explícita y entusiasta la candidatura de Trump; pero que a otros, en otros ámbitos ideológicos, ese señor de pelo naranja les viene muy bien para decirnos que hay cosas peores. Que puede que haya dos Españas, pero están un poco, un poco, mejor avenidas –o lo estaban hasta hace no mucho—que las dos Américas. Que allí los disturbios en las calles son mucho más incendiarios. Y que allí también hablan, quizá sin mucha razón, de ‘estado fallido’. Y se hacen aún más trampas, porque con Trump, la trampa adquiere un carácter institucional, y aquí aún se trata de disimular un poco con grandes cifras de Presupuestos.

Tengo ante mí dos libros, preocupados y preocupantes, que se refieren de manera indirecta al peligro de fin de la democracia representativa: ‘Cómo mueren las democracias’, de Levisky y Ziblatt, y ‘cómo salvar las democracias liberales’, obra de varios pensadores españoles editados por el Círculo de Empresarios. Estoy a punto de comenzar ‘El desmoronamiento’ de George Packer. Todos hablan del mundo, mal gobernado, que periclita. Y uno, que realizó no hace mucho su propia y modesta aportación editorial al rupturismo total que se otea en el ambiente, se pregunta si lo que está a punto de ocurrir (o no) en ese gran país del que tanto dependemos nos afectará aún más, y a peor, en esta época de tantas y tan variadas pandemias. Lo dicho: deberían dejarnos votar a los europeos. Y así, quizá, habría menos trampas. Allí, y aquí. 3

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