Que dimita Fernando Simón


(demasiado protagonismo, demasiada frivolidad)

El doctor Fernando Simón debe dimitir. O tendría que ser cesado. No (solo) por sus intolerables chanzas machistas en un vídeo que se ha hecho indignantemente viral y que me da hasta rubor comentar, sino porque no da una. No es momento ni para fiestas ni para bromas, cuando más de un centenar de personas muere cada día infectado por un virus contra el que las autoridades sanitarias de todo el mundo están perdiendo la batalla. Pero otros dan tal batalla con mayor seriedad que nuestro director del Comité de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias. Que sospecho que, con sus salidas folclóricas, con sus errores de previsión, con sus pasadas verbales, ya ni siquiera es útil para que la indignación popular no se centre en los superiores de este médico, que tiene un curriculum meritorio, sin duda, pero cuya trayectoria en estos ocho meses de pesadilla y de pandemia ha ido decayendo y pasando del error puntual al ridículo.

No, Fernando Simón ya no sirve como pararrayos para que el ministro Illa quede en evidencia por su incompetencia. Y menos sirve para tapar los patinazos de Pedro Sánchez, de quien no podemos olvidar que el 7 de julio, sin que Simón dejara de reírle las gracias –bueno, en realidad nunca ha dejado de reírselas–, se proclamó vencedor frente al Covid, animándonos a todos a salir a la juerga veraniega.

Parece claro que, si se quiere imprimir una nueva dinámica en el combate a estas sucesivas oleadas de rebrotes que a todos nos hacen temer lo peor, lo primero será, como decía Einstein, no hacer ni decir lo mismo que hasta ahora, porque sería insistir en el fracaso y en el desconcierto: son necesarios cambios en profundidad y también en lo accesorio. No sé si Fernando Simón es lo primero o más bien lo segundo, un señor ofuscado por su propio éxito mediático, que se jacta de comparecer ante las teles con camisas inenarrables y que cree que puede hacer bromas soeces, secundado por dos cantamañanas, a cuenta de las enfermeras, que se baten el cobre en primera línea frente a la enfermedad más contagiosa que se conoce.

Ya sé que el mundo anda en cosas muy trascedentes, y que ahora lo importante es saber si alguien tan detestable como Trump –al menos para mí, conste: habrá quien le defienda— va a seguir o no estropeando más el mundo. Pero mucho más vital, aquí y ahora, es vencer a una enfermedad que mata a nuestros mayores –y no tan mayores–, que nos encierra en casa, que arruina a buena parte de la sociedad, que arrasa con nuestra forma de vida, que nos hace lamentar que, cuando éramos felices sin darnos cuenta de ello, no supiésemos aprovecharlo a tope. Y, para vencer, insisto, lo primordial es restablecer la confianza de la tropa en los generales, en los portavoces, en los rostros visibles de la batalla, que no pueden cada día asemejarse más a un clown haciendo y diciendo eso, payasadas, dicho sea con todo el cariño hacia los payasos, claro.

España cuenta con figuras muy respetables, algunas procedentes de administraciones anteriores –estoy pensando en los días de Trinidad Jiménez como ministra, con José Martínez Olmos en la Secretaría general de Sanidad, y esto es para poner apenas un ejemplo que conozco–, que deberían incorporarse a la batalla pública de manera integral, sin pensar en hacer política partidista y sectaria, porque los problemas están muy por encima de todo eso. Por esta misma razón, me atrevo –yo, que inicialmente elogié su labor inicial—a pedir que Fernando Simón sea apartado ya de sus funciones, sin que valgan ahora excusas y disculpas simplemente por sus salidas de tono. Los errores de Simón van mucho más allá, son estructurales y no puntuales, son éticos y no meramente estéticos. Sería muy malo, creo, mantenerle para pagar los servicios –o lo que sea—prestados. Tiene, insisto, que irse. Y temo que el ministro al que protege con su paraguas multicolor, también.

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