La paupérrima política exterior de España

Spanish Foreign Affairs and European Union and Cooperation Minister Arancha Gonzalez Laya listens to questions from journalists during a joint press conference with her Turkish counterpart following their meeting at the Turkish Foreign Ministry in Ankara on July 27, 2020. (Photo by Adem ALTAN / AFP) (Photo by ADEM ALTAN/AFP via Getty Images)


(No, ni Arancha González Laya ni Carolina Darias son ministras de mucho perfil, esa es la verdad. Pero puede que no tengan otras posibilidades de hacer más; el conjunto del Gabinete quizá no se lo permita)
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Sé que la pandemia, que ha limitado al máximo los viajes al extranjero y los contactos entre países, no favorece precisamente la diplomacia. La falta de ideas y el mirarse continuamente al ombligo, por ejemplo dilucidando si Bildu puede o no entrar en las tareas de la gobernación del Estado o si el español puede ser lengua vehicular en la docencia, tampoco facilita una acción de cara al exterior. España retrocede en muchos terrenos. En el campo internacional, también. Tenemos el equipo inadecuado en el momento menos adecuado. Y así, Pedro Sánchez no está en las ‘cumbres’ europeas en las que debería estar, y la ‘marca España’ cotiza hoy a la baja.

Ocupados como estábamos en un debate presupuestario que fue de todo menos eso, presupuestario, batallando sobre la importancia –numéricamente ninguna, por cierto—de que Bildu apoye o no las cuentas del Estado, o sobre la colleja que la nueva ley de Educación propuesta por la ministra Celáa da al idioma español, se nos pasaron por alto algunas cosas. Por ejemplo, la celebración de una ‘cumbre’ europea, el martes, sobre el problema creciente de la inmigración y el terrorismo yihadista. Bueno, no fue una ‘cumbre’ tan, tan europea, porque ni España, ni Italia, ni Grecia fueron invitadas al encuentro entre Macron, Merkel, el holandés Rutte y el austríaco Kurz para tratar precisamente sobre el refuerzo de las fronteras europeas, que es un problema que afecta sobre todo a los países mediterráneos y en concreto a España, a cuyas costas canarias llegan mil inmigrantes ilegales al día.

No quiero ahora centrarme en el doloroso aspecto de la llegada de los menos afortunados, algunos de cuyos cuerpos tapizan los mares, a unas islas a las que llaman afortunadas, ni quiero regocijarme en la crítica al bajo perfil, quizá inevitable, de la ministra del ramo, la desconocida Carolina Darias. Puede que ni ella ni la jefa de la diplomacia española, Arancha González Laya, otra ministra de relieve cuando menos discreto, puedan hacer otra cosa. Pero que Pedro Sánchez no ocupe un lugar protagónico en una ‘cumbre’ en la que se habla de terrorismo yihadista, precisamente cuando se enjuicia a los participantes en aquella masacre de agosto de 2017 en Barcelona y Cambrils, y de migraciones ilegales, cuando Canarias se ha convertido en un polvorín, resulta sintomático. Ni una protesta ante la exclusión del inquilino de La Moncloa he escuchado procedente del Estado español ante las autoridades comunitarias, que sí estuvieron, con Charles Michel y Ursula von der Leyen, presentes en el encuentro telemático de Macron-Merkel-Kurz-Rutte.

Puede, claro, que, además de las cuestiones internas, algunas, como las citadas de Bildu y el ‘español vehicular’, bien estrafalarias y provocativas, el Gobierno estuviese ocupadísimo montando en El Pardo una absurda ‘cumbre’ conmemorativa del aniversario de las Naciones Unidas, a la que no acudieron ni siquiera los países fundadores de la Unión y en la que se obligó al Rey a hacer el papel de casi un elemento decorativo. O puede que el ejecutivo estuviese aún deglutiendo los ecos no precisamente favorables de la inclusión de Pablo Iglesias en el séquito oficial que asistió a la toma de posesión del nuevo presidente boliviano, Luis Arce. O quizá existía gran empeño en seguir tapando algunos recientes nombramientos que afectan, por ejemplo, a las embajadas en Caracas y La Habana, a donde ha ido a parar un embajador ‘político’, ajeno a la carrera diplomática, pero buen amigo de un relevante ministro.

Claro, vivimos en una suerte de confinamiento general y no tenemos la oportunidad de pegar nuestras orejas a las paredes de las salas de Bruselas, París, Amsterdam o Berlín, donde se habla de qué hacer con las ayudas a una España que se desmarca algo de la ortodoxia económica con unos Presupuestos muy discutibles –lo dice incluso el FMI, para lo que valga–, pero que se aparta mucho más de la ortodoxia política. ¿En qué país sería posible un vicepresidente como Pablo Iglesias? La Grecia de Tsipras tuvo en Varoufakis algo semejante. Pero el calvo, académico y peculiar ministro de Finanzas heleno duró seis meses y diez días en el cargo, y nuestro ‘vice segundo’ cumplió diez meses de mandato este viernes, pensando, gracias a los 198 votos de rechazo a las enmiendas a la totalidad en los Presupuestos Generales del Estado, que les queda, a él y a los suyos, el disfrute de una larga Legislatura de mandato por delante.

Lo veremos, porque el mundo cambia a una velocidad inexorable, y España no tiene por qué estancarse en su situación actual, relativamente confortable para las poltronas ministeriales. La novia de Boris Johnson determina a quién se admite y a quién se expulsa del gabinete británico. Y Donald Trump, que ya no tiene el pelo tan naranja, se hace fuerte en la Casa Blanca pese a los abrumadores resultados de las elecciones norteamericanas a favor de Biden. A quien, por cierto, todo el mundo ignora si ya le ha felicitado el presidente del Gobierno del Reino de España, tan poco es lo que importa si lo ha hecho o no. Cuando, dentro de pocos días, repasemos, en los tradicionales resúmenes de fin de año, lo que ha sido este ‘tempus horribilis’, no podremos excluir tampoco, ay, el capítulo exterior en la lista de las desgracias.

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2 Respuestas a “La paupérrima política exterior de España”

  1. Alberto Alonso Dice:

    Muchas gracias por el artículo. Muchos esperamos que haya un cambio de gobierno y que esto cambie cuanto antes.

  2. Fernando Jáuregui Dice:

    Sí, hay mucho que cambiar en España

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