Por fin se acaba este enero puñetero (y, sin haberlo preparado…)

Entrábamos en el mes puñetero que hoy acaba tras la Nochevieja más triste de nuestras vidas y que culminaba el año también más triste de nuestras vidas. Nada indicaba que enero, en pleno furor de repuntes del virus que a tantos está matando, fuese a ser mucho mejor. No lo ha sido. Y no solamente porque la pandemia sigue colapsando Ucis, abriendo horizontes de pesimismo solo matizados por unas vacunas que van demasiado lentas y cerrando, en cambio, bares y fronteras: es que todos los errores que podrían cometer quienes gestionan nuestras vidas se han cometido, se están cometiendo.

La imagen de los políticos presos –que no es lo mismo que presos políticos: el orden de los factores sí altera el producto—saliendo, triunfales, de la cárcel de Lledoners servía en las portadas de este sábado para ilustrar la que va a ser una nueva, la enésima, controversia jurídica y política derivada del ‘caso catalán’. No seré yo quien se oponga o siquiera critique una medida que, guste o no, me parece ajustada a Derecho y al sentido común; pero lo cierto es que ha contribuido a ahondar la brecha entre las dos Españas, esas que terminaban de manera muy extraña este jueves el último debate parlamentario, en el que, sin proponérselo, nada menos que Vox salvó la cabeza de su archienemigo, el Gobierno de Pedro Sánchez.

Los dislates, las contradicciones que la gente entiende mal porque se las explican aún peor sus representantes, son siempre cosa mala en cualquier democracia. Y la española está como para no andarla manoseando demasiado: la verdad es que, en este sentido, enero tampoco ha sido un mes bueno, y no creo que haga falta extenderse demasiado al respecto. Lo mismo que ocurre para la economía –los datos del desempleo y de la pérdida de PIB no pueden ser más alarmantes de cara al futuro inmediato–. O para la frágil moral nacional, que no se acaba de creer ni las halagüeñas perspectivas que nos ofrece la (buena) ministra Nadia Calviño ni las promesas de que la mayoría estaremos vacunados e inmunes el mes de junio, como nos indica, sin duda llena de buena voluntad pero no tanto de realismo, la nueva y aún no testada ministra de Sanidad. Y conste que me encantaría poder creer a ambas, o emborracharme con el redondo triunfalismo de Pedro Sánchez.

En fin, digamos adiós a este mes que comenzó con Filomena, una borrasca que nos mostró demasiadas incapacidades públicas, y que se despide con otra, Justine, que culmina, lo que faltaba, cuatro semanas desapacibles. Y pongamos buena cara al mal tiempo, que llega un febrero marcado por una absurda fecha electoral que, como parece que les ha ocurrido a los portugueses, podría provocar otro alud de contagios, como si tuviésemos pocos, y, encima, acarreará una votación que nada bueno augura. Puñetero enero, maldito febrero. A ver si, allá para marzo, entre todos enderezamos la cosa…

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