Un año de doctor Simón. Y dura, y dura, y dura…


(el jefe Illa se ha ido, pero el rostro Simón permanece. Otro motivo para pensar que nada pretenden cambiar en la nada buena gestión de la pandemia)

El 1 de febrero del desgraciado bisiesto 2020 los periódicos publicaban, sin demasiado destaque por cierto, que el primer caso de coronavirus se había detectado en La Gomera. Un ciudadano alemán que había tenido contacto con una ciudadana china. Pero Wuhan quedaba muy lejos. Y los portavoces oficiales, empezando por el doctor Fernando Simón, director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias del Ministerio de Sanidad que había pasado a ocupar Salvador Illa pensando ya entonces en Cataluña, restaban importancia al fenómeno. En España “apenas habrá algún caso”, nos decía por aquel entonces el confiado Simón, un personaje que ya había impuesto sus camisas arrugadas y su pelo, más despeinado aún que el de Boris Johnson, en otras catástrofes sanitarias.

Desde aquel 1 de febrero, Fernando Simón se ha convertido en el rostro más popular del país; solamente el que fue su ministro aparecía más veces ante las cámaras de televisión, y ello porque Illa seguramente estaba ya destinado a ella: a la campaña catalana, que es para lo que fue nombrado ministro antes de saberse que un virus devastador iba a ser declarado, tarde por supuesto, pandemia por una OMS que al comienzo tampoco se enteró de nada. Lo mismo, seamos justos, que la mayor parte de los gobiernos europeos, y de lo de Trump, el mentado Johnson y Bolsonaro mejor no hablar.

Y ahí sigue Simón: protagonizando la semana pasada una conferencia de prensa en la que hasta daba la palabra a su nueva jefa, la ex ministra de Administraciones Públicas Carolina Darias. Muchas veces ha proclamado que él no dimite, y mira que ha habido clamores en ese sentido. Lo más probable, a fecha de hoy –aunque cualquiera sabe en este país en el que jamás puede hablarse de medio plazo–, es que continúe en el puesto, evidenciando que sigue siendo más importante el discurrir de cosas como la campaña catalana que el furibundo rebrote de los casos de contagio (y muertes) del coronavirus, en la tercera ola de la pandemia que es como esas olas gigantes de las películas, que arrasan con el barco de los protagonistas y no sobrevive ni el cocinero.

Hasta el momento, nada he escuchado procedente del Ministerio de Sanidad que contradiga la sensación de que estamos ante más de lo mismo: la señora Darias, que llega precedida de una fama de persona sensata y dialogante, insiste en que estará vacunado el 70 por ciento de la población antes del verano, lo que, al ritmo que vamos, parece imposible, pero es algo que, claro, queremos creernos. Y la prueba de que se pretende o no hacer algo nuevo, un esfuerzo más coherente, será el cambio (o probablemente no) de un rostro, que implicaría a su vez el cambio de una estrategia de faltas a la transparencia y a la verdad: el de Fernando Simón, el hombre que no puede soportar las hemerotecas, de tanto que se ha equivocado, el hombre que empezó como portavoz rodeado de militares y de guardias civiles y se ha quedado solo en el ruedo. Los demás, por ser un poco bocazas o por vacunarse antes de tiempo, han ido cayendo. Simón es como las pilas del conejito aquel: dura, dura, dura. Y a muchos, es la verdad, les cae bien, porque externamente no representa a una clase dominante, como Illa no representa al típico personaje prepotente, tan abundante en el Gobierno del que formó parte.

La última pirueta de un personaje apegado a su fidelidad ahora a este Gobierno (antes a otro) es que, como ya hizo (no hizo) con la manifestación del día de la mujer, el pasado 8 de marzo, ni una crítica hemos oído en su boca de algo que numerosos virólogos, esos que pululan hasta en la sopa, han criticado: que se vayan a celebrar unas elecciones, las catalanas en este caso, el 14 de febrero, ahí, a la vuelta de la esquina, cuando todas las previsiones indican que el tsunami sanitario estará en su apogeo. El ejemplo portugués, que tras la campaña y las elecciones ha supuesto, aventuran no pocos en el país vecino, un recrudecimiento brutal de los contagios, no ha parecido inquietar a casi nadie en esa clase política cuyas cautelas y errores a veces encarna el por otra parte simpático y dedicado doctor Simón: da la impresión de ir a ciegas, como nuestros representantes, que allí están, tan felices –la procesión va por dentro—y enmascarillados, recorriendo tierras catalanas para acabar en vaya usted a saber qué y cómo.

Sinceramente, se hace duro de entender. Y de aceptar.

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