Empieza la ,ejem, ‘normalidad’ en el Parlamento

Se reanudan este miércoles, tras demasiado largas vacaciones del Legislativo, las sesiones de control parlamentario al Gobierno en el Congreso de los Diputados. El estado moral de nuestra política queda bastante reflejado en los a menudo insulsos, pero tormentosos, plenos de este jaez en la Cámara Baja: aportan muy poco a la construcción del país y, en cambio, mucho al descrédito que vienen acumulando nuestros representantes políticos, cada día, me parece, más desconectados de la realidad de la calle. Como, por otro lado, lo está el propio Parlamento, más dedicado a urdir comisiones de investigación y mociones de instigación independentista que a aprobar leyes de reconstrucción en los días más difíciles que ha vivido España desde la guerra civil.

Quiero decir que es obvio que el Parlamento, que funciona a menos que medio gas, no está cumpliendo su misión de arquitrabe de una democracia, de constructor de leyes que defiendan a la nación e impliquen un progreso de los ciudadanos. Y sí se está convirtiendo, en cambio, en el epicentro de pugnas políticas que abarcan desde al poder judicial –que esa es otra– hasta a las peleas intestinas en el Ejecutivo o, ya que estamos, a las que anidan en los diversos partidos de la oposición, con frecuencia absortos en ellos mismos mucho más que en el avance del país.

Comprendo que lo que ahora nos obsesiona es el proceso (irregular) de vacunaciones, librar(nos) del desastre económico que viene, salvar al menos la Semana Santa de la desesperación confinada, etcétera. Pero creo que el caos político que vive España, que hasta ha desembocado en una inoportunísima convocatoria electoral, en pleno furor de rebrotes de la pandemia, para dentro de menos de dos semanas, también influye en ese cierto desbarajuste sanitario en las autonomías y en esa falta de seguridades sobre soluciones económicas para un país en crisis. Si la política no va, nada va. Y aquí, en España, es obvio que la política no va.

Los diagnósticos son malos, pero la falta de propuestas de soluciones para el futuro es aún peor. Y eso, claro, se refleja en el Parlamento, aunque este está lejos de ser, a su vez, un reflejo de la calle. Sánchez huye todo lo que puede del Legislativo, el Judicial está en una situación más que atípica, habiendo vencido hace dos años su mandato legal y el Ejecutivo se ha convertido en dos Ejecutivos que intentan acapararlo todo, cada vez más cada uno por su lado, mientras la oposición se difumina, fragmentada y sin estrategias comunes.

He preguntado a diversos representantes de la oposición por qué no exigen al Gobierno, ante este panorama, una urgente convocatoria, para después de que averigüemos lo que ocurrirá inmediatamente tras el 14-f, del debate sobre el estado de la nación. Los españoles necesitan saber por dónde andamos, recapitular un poco en la dispersión que nos anega, intuir que nuestras fuerzas políticas son capaces de llegar a acuerdos más allá de pensar en convocatorias electorales.

El nuestro es hoy un país alicaído, preso de los peores augurios, con muy escasas voces capaces de darle aliento cuando las cifras de muertos por el coronavirus y también las cifras del paro, como constatamos de nuevo este martes, suben alarmantemente. El Parlamento, que, además de una nueva voluntad política, necesita una urgente reforma de sus reglamentos para hacerlo más operativo, tiene que salir de su sopor y afrontar, para empezar a contribuir a arreglar las cosas, que el estado de la nación es malo. Pero, por supuesto, y esto es lo que tienen que demostrar nuestros representantes, mejorable.

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