¿Y las elecciones del 14-F no se celebrasen el 14-F, o si, aún peor, se celebrasen?

Parece una locura, lo sé, pero en algunos medios barceloneses, de diferentes procedencias, con los que he ido hablando en los últimos días se extienden dos hipótesis que podrían, al final, no ser tan descabelladas. Una piensa que las elecciones del 14 de febrero, es decir, dentro de nueve días, podrían finalmente no llegar a celebrarse en esa fecha. La otra aventura que, si, como es lo más probable, se celebran, el recuento de la votación podría quedar tan desvirtuado como el de la ilegal que se produjo el 1 de octubre de 2017, aquel día desventurado para tantos catalanes y, por extensión, para todos los españoles.

Y ¿por qué tan arriesgadas, y tan extendidas en las últimas horas, especulaciones?

Pues todo depende de tres factores: uno, de las cifras que vaya arrojando el balance de contagiados y muertos por el coronavirus en Cataluña. Porque, dos, un aumento abrumador de los contagios en los próximos días podría llevar a los jueces a no ratificar definitivamente la fecha del 14-f, aconsejando posponerla; y eso podría ocurrir hasta el lunes. Pero, tres, irrumpe un último (por ahora) factor que pone en peligro las elecciones: que miles –más de 20.000 hasta el momento– de los llamados a regir las mesas electorales están rechazando acudir a tan ardua obligación, temiendo los contagios. Imposible certificar médicamente si los pretextos que muchos de quienes no quieren acudir son reales o ficticios. Imposible multar a todos los que se nieguen.

El propio presidente de la Junta Electoral de Zona en Barcelona ha dejado un titular quizá alarmista, pero impagable: “hasta las 9.00 horas del 14 de febrero no sabremos si la votación es viable”. Tal es el temor a no poder abrir un porcentaje significativo de colegios electorales ante la muy presumible ausencia de los presidentes y vocales de mesa. Hasta el punto de que se barajan dos posibles soluciones: una, prevista en la Ley Orgánica de Régimen Electoral General que regula las elecciones, consistente en ‘obligar’ a presidir las mesas a los primeros que acudan a votar. Vana pretensión por dos razones: la primera, que a esas primeras horas la votación se reserva para las personas con mayor edad, que fácilmente podrían alegar razones para negarse a presidir las mesas. La segunda, que arbitrar esa solución provocaría que la gente aguardase hasta última hora para ir a votar, no pudiendo ser, por tanto, ‘reclutados’ para encargarse de las mesas y aumentando aún más la ya previsiblemente nutrida abstención.

Eso, sin contar con la probabilidad de que fuesen militantes ‘camuflados’ quienes primero se presentasen con la intención de copar las mesas y el consiguiente recuento. Y ya se sabe que los independentistas se muestran mucho más activos y decididos en cuanto a las posibilidades de ‘toma del poder’ que los llamados constitucionalistas. Se correría un serio riesgo de aumentar la abstención ’constitucionalista’ y, por otra parte, de que, por el contrario, los independentistas ganasen terreno y conquista física de las urnas. Y esta vez tales urnas no serían las ilegales del 1-o, sino las muy oficiales de la Generalitat en unas elecciones legales. Un golpe con todas las bendiciones de la ley.

La segunda ‘solución’ que se arbitra arrojaría más de lo mismo: convocar a voluntarios para presidir las mesas las llenaría de militantes no confesos, sobre todo, ya digo, militantes de partidos independentistas. Con todos los peligros que ello conllevaría para el recuento final, cuando esos presidentes estuviesen enfundados en los ‘trajes espaciales’ EPI, en los que, por cierto, introducirse resulta una tarea enojosa que no todos podrían realizar en menos de diez o quince minutos, lo que no puede hacer sino aumentar la sensación de caos en los colegios.

El hecho de que diez magistrados hayan sido convocados para recorrer y recoger los votos en los colegios electorales no palía los riesgos de que la votación resulte poco significativa de los deseos auténticos de los catalanes, porque los riesgos de manipulación son antes, en el momento del recuento por los encargados de las mesas. Un posible ‘pucherazo’ legal, vamos. ¿Que me estoy mostrando demasiado alarmista? Visto todo lo que hemos visto en Cataluña en los últimos tres años y medio, toda locura parece poca. Haga usted un repaso a todo lo ocurrido, incluyendo el debate ‘judicializado’ sobre esta desventurada fecha electoral, hasta desembocar en esa ‘encuesta exprés’ dada a conocer ayer por el CIS, y me dará usted la razón. En las elecciones catalanas todo puede ocurrir. Hasta que no haya elecciones. O aún peor: que las haya aún más desvirtuadas de lo que ya actualmente lo están.

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