Un Estado que se debilita

Yo diría que los últimos días no han sido demasiado beneficiosos en lo que podríamos llamar el fortalecimiento del Estado. El regreso temporal del llamado emérito a España culminará este lunes con un encuentro entre Don Juan Carlos y su hijo Felipe VI que La Zarzuela quiere limitar al ámbito estrictamente privado, como tratando de poner sordina, el último día de su estancia, a la polvareda y la polémica que el viaje desde Abu Dabi del padre del monarca ha suscitado. Creo que nada ha salido como le hubiese gustado a la actual Casa del Rey, ni sé cómo gestionará ahora esta Casa sus silencios tras el paso huracanado de Juan Carlos: ¿restringiendo fotografías e información de un encuentro que de ninguna manera puede considerarse limitado al ámbito de lo familiar?

Luego está, para colmo, lo de Villarejo. Toda la inmensa podredumbre acumulada en torno a los manejos del comisario corrupto con el poder en los tiempos de Mariano Rajoy es una amenaza para el ‘nuevo’ PP de Núñez Feijóo y de Isabel Díaz Ayuso, que el domingo escenificaban el inicio de la ofensiva para ‘echar a Sánchez de La Moncloa’, olvidando el pasado. Lo que ocurre, como bien saben el emérito y los habitantes de la sede de la calle Génova, es que el pasado está ahí, y de cuando en cuando llega alguien como Villarejo –Dios mío, entrevistado en TV3 como si fuese una estrella—para recordárnoslo. Sí, y el comisario infame también tiene que ver con algún otro capítulo que afectará al hombre que fue jefe del Estado en España durante cuarenta años, concretamente el ’capítulo Corinna’, que aún colea por Londres.

Y que no crea el Gobierno que, porque se haya encogido de hombros respecto a la estancia del emérito en Sanxenxo y porque haya abandonado en manos de los tribunales el futuro del comisario se va a ver libre de la larga sombra de los audios grabados por este, y que ahora corren como liebres por las páginas de los periódicos: porque la propia fiscal general del Estado, un nombramiento que ha sido el mayor error cometido por el Gobierno en sus cuatro años de funcionamiento, y su pareja, el ex juez Baltasar Garzón, también andan por alguna grabación comprometedora, y en los combates políticos futuros, que temo que serán implacables, saldrán nuevamente a la luz, claro.

Soy incapaz de prescribir cuánto protagonismo y responsabilidad corresponden al Gobierno a la hora de corregir tantas anomalías. Cuando le pregunté al respecto, una ministra me dijo un día que fortalecer el Estado consiste en hacer “lo que el presidente va a hacer ahora en el foro de Davos: presentar la imagen de una España integrada en la revolución tecnológica y capaz de atraer inversiones en este campo”. Y no diré yo que el viaje de Sánchez a Davos este lunes, injusta y despectivamente tratado por alguien como apenas ‘una búsqueda de salir en las fotos’, carezca de importancia; creo que la tiene y puede que bastante. Veremos.

Pero eso no basta en un país en el que sistema judicial ve anclada –¡todavía!—su renovación y en el que los servicios secretos han sido puestos en tela de juicio. Un país que se estremece, porque debilita a la principal de sus instituciones, apenas con la visita fugaz de su ex jefe del Estado. Un país que trata de ignorar que un comisario que trata de poner en tela de juicio a ese Estado ha sido entrevistado sin paracaídas en una televisión autonómica ‘oficial’. No, no basta con que, entre viaje y viaje preelectoral a Andalucía, el jefe del Gobierno pueda codearse con los principales en un foro del prestigio del de Davos. Ni basta con aplacar a Pere Aragonés, que ahora conmemora el primer aniversario de su Govern, con un próximo encuentro apaciguador.

No, tampoco basta con que el PSOE de Sánchez pacte con el PP el fortalecimiento de la Corona. Sanxenxo y TV3, cada cual a su aire, han sido ejemplos para mostrar que el Estado está débil: ¿puede un ministro llamar ‘ladrón’, así, sin presunciones de inocencia, a quien ha regido el Estado durante décadas? Pues ha ocurrido. Y ya digo que al Gobierno, pero también a la oposición, a la sociedad civil, les compete jugar un papel a la hora de fortalecer ese Estado que a veces parece resquebrajarse. Porque España es un gran país y sería muy bueno que todos lo tuviesen presente.

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