Sánchez es mucho Sánchez como para vender su piel de oso

Lo siento, pero alguien tendría que decírselo a todos esos impacientes que exportan su entusiasmo ante un inminente cambio de tendencia en España, es decir, la salida del PSOE del poder y la llegada del Partido Popular, extrapolando a escala nacional lo ocurrido en Andalucía: Pedro Sánchez es mucho Pedro Sánchez y ya hubo quienes vendieron (vendimos, yo también cometí el error) la piel del oso antes de cazarlo.

“Pedro Sánchez está muerto, aunque él no lo sabe”, escribí yo mismo tras la ‘defenestración’ del secretario general socialista de la sede de Ferraz aquel 1 de octubre de 2016. Desde entonces, he aprendido que Sánchez, ‘el resiliente’, tiene al menos siete vidas políticas de las que, como mucho, ha consumido tres, si se quieren incluir los resultados de las elecciones autonómicas del domingo.

Es verdad que Sánchez ha dejado el PSOE como unos zorros, especialmente el Partido Socialista Andaluz, irreconciliable ya entre Espadas y la ‘decapitada’ Susana Díaz; y es cierto que los órganos decisorios, como el comité federal, han dejado, en la práctica, de contar, lo mismo que la ejecutiva. Indudable que, a la hora de atribuir responsabilidades en la gestión del partido, han primado los premios a la fidelidad ciega sobre los que jamás se atribuyeron a la competencia. Indiscutible que el personalismo cesarista se ha sobrepuesto a los órganos colectivos de responsabilidad. Innegable que el PSOE se controla desde La Moncloa (y aledaños), y que Ferraz se ha convertido en una oficina dedicada a lanzar descalificaciones contra la oposición, y punto.

Pero sería miope pensar que, porque haya perdido para bastantes años el principal feudo socialista, el andaluz, en buena parte por culpa propia –fue él quien precipitó a su rival en primarias, Susana Díaz, a los abismos–, y porque el PSOE ya no tenga poder ni influencia en Galicia, ni en Euskadi, ni en Castilla y León, ni en Madrid, Pedro Sánchez está muerto. Quien ha protagonizado su increíble escalada hacia el poder máximo, o sea, La Moncloa, no se deja abatir por un Moreno Bonilla más o menos. Ni por una Ayuso. Ni, me parece, por un Núñez Feijóo. En sus cuatro años, de la competencia de Sánchez han desaparecido Rajoy, Casado, Iglesias, Ribera, Susana Díaz, se ha minimizado la influencia de los ‘barones’ y no hay nadie que pueda proclamarse posible delfín del presidente del Gobierno y secretario general del partido para tomar las riendas antes unas nuevas elecciones generales.

Cierto, le faltan iniciativas, empatía, la sencillez y la cercanía de Moreno Bonilla. O la probidad de Núñez Feijóo, que tampoco es simpático, pero es serio y no da la impresión de querer hacerse con el poder para viajar en Falcon. Pero a Sánchez le sobra capacidad de resistencia, falta de sentido del ridículo y decisión para cortar cabezas sin pestañear. Que, en un político al uso, no siempre son defectos ni desventajas.

A Sánchez aún le queda quien le tema. Y quien le adule. Aún puede pasear por Europa hablando en tres idiomas y obnubilando a doña Ursula. Cierto: últimamente nada le sale bien, pero no me diga usted que no sabe disimularlo perfectamente, de manera que las derrotas parecen victorias, los patinazos de Pegasus una conjuta en su contra, lo de Marruecos un acto de patrotismo incomprendido por la oposición. Es un maestro de la cuerda floja y es posible, hasta probable, que logre atravesar las cataratas del Niágara en emocionante equilibrio, como Victor Mature en ‘El Gran Circo’, enamorando con su gesta a la enigmática Rhonda Fleming.

Así que algunos titulares que leí este lunes, tras la jornada electoral andaluza, del tipo ‘Bye, bye, Sánchez’, o ‘Sánchez ya puede ir haciendo las maletas’, pueden ser atractivos, incluso entusiastas. Pero el péndulo, me parece, todavía no se ha puesto del todo en marcha. A Sánchez aún le quedan algunas sorpresas que darnos, y no todas, por favor, tienen por qué ser negativas.

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