Sánchez quiere pasar a la Historia como el Suárez contemporáneo

El 11 de noviembre de 2022 Pedro Sánchez dio una nueva vuelta de tuerca a sus mil seiscientos días de trayecto al frente del Gobierno: envió, a través de su grupo parlamentario (y el de Podemos), un proposición de ley conteniendo una importante reforma del Código Penal que, entre otras cosas, suprimirá el delito de sedición y lo convertirá en uno de ‘desórdenes públicos agravados’. Lo cual, como ya tanto se ha comentado en las últimas horas, reduce sensiblemente las penas a los ya casi ex sediciosos y acorta el castigo de inhabilitación a, por ejemplo, Oriol Junqueras, que podrá, seguramente, presentarse a las elecciones y lo tendremos en el Congreso en la próxima Legislatura. Y hasta puede que Carles Puigdemont, un declarado enemigo del Estado, regrese con cierta tranquilidad a Cataluña, ya veremos.

Ha sido, en cualquier caso, un paso clave para las relaciones futuras con la Cataluña (cada vez menos) independentista y un hito polémico más en las decisiones del llamado ‘sanchismo’, que se ha convertido en una nueva forma de gobernar, muy polémica, apasionante sin duda, siempre en la cuerda floja.

Permítaseme no incidir en la casuística concreta que tantos titulares ha acaparado ya. Y remontar un poco el vuelo en busca de la Historia. En esta permanencia de cuatro años, cinco meses y nueve días de Sánchez en su despacho de La Moncloa, el titular del día anterior se queda obsoleto ante el de la jornada siguiente: quién se acuerda ya de si Grande Marlaska, por sus menos que medias verdades sobre lo ocurrido en Melilla hace cinco meses, debe o no ser cesado (que ya dijo Sánchez, en su entrevista del jueves por la noche con García Ferreras, que no). Y no digamos ya nada sobre el precipitado olvido de otras decisiones que fueron sumamente polémicas: que si lo de los encausados en el ‘procés’ era rebelión o sedición, que si estos condenados debían o no ser indultados, que si lo de ‘Pegasus’ y el espionaje a los (ya no tanto) ‘indepes’ quedaba artificialmente orillado… Etcétera.

Se vive de modo vertiginoso, y episodios como la designación de la ex ministra de Justicia Dolores Delgado como fiscal general del Estado, la consolidación de una coalición –que había sido negada—con Unidas Podemos y tantas otras cosas que desencadenaron auténticas batallas que dividían a las dos Españas quedaron de inmediato sepultados por episodios nuevos. La redefinición de la separación de poderes de Montesquieu, en especial el enfrentamiento del Ejecutivo con el Judicial, que se agrava con la supresión de la sedición, también ha quedado ya casi minimizada por el alud de los acontecimientos, que hace difícilmente aprehensible la realidad en su conjunto.

Con todo esto, y mucho más, a la espalda, ¿cómo cree Pedro Sánchez que pasará a la Historia una vez que concluya esta Legislatura y permanezca o no en La Moncloa, pero ya afrontando el que será su último periodo en el poder? Me consta que algunos en su entorno adivinan que Sánchez piensa que ya Adolfo Suárez sufrió los rigores de la crítica más acerba mientras duró su mandato, para después ser glorificado ‘ a posteriori’. Por ahora, su objetivo, más que pasar a la Historia, es continuar haciéndola. Y, por tanto, escribiéndola, que ya se sabe que son los vencedores quienes lo hacen, no los perdedores, como él quiere situar a Núñez Feijoo, que, con apenas doscientos veinte días en el cargo, vive descolocado desde América Latina este momento clave.

Un momento en el que, por cierto, España aparece más partida en dos que casi nunca desde la restauración de la democracia: desde el campo de batalla de Isabel Díaz Ayuso comparan a Sánchez con Le Pen o con el dictador nicaragüense Ortega, y el propio Sánchez contraataca equiparando al PP con el ‘trumpismo’ y el ‘bolsonarismo’. Así andamos.

Claro, el recuento de lo habido y olvidado, de lo bueno y de lo malo en cincuenta y tres meses en los que no han faltado cada día titulares inéditos, desde la marcha a Abu Dabi de quien fue jefe del Estado durante cuarenta años hasta una pandemia o las consecuencias económicas funestas de una guerra en el Este de Europa, necesitaría ya varios volúmenes. Sé que algunos, a favor y en contra, se preparan ya sobre la figura y el recorrido de Sánchez y que más de uno aparecerá incluso antes de que el presidente renueve su estancia en la Moncloa o la concluya como consecuencia de las elecciones dentro de un año.

Tengo la certeza de que Sánchez admira la figura de Adolfo Suárez sobre todo por el valor con el que afrontó las situaciones más complejas: en apenas once meses, el creador de UCD dio la vuelta al Estado como a un calcetín. Yo creo que Sánchez, aunque invirtiendo un poco más de tiempo, quiere ser recordado como el hombre que transformó en algo nuevo la España heredada de Mariano Rayoy, aquel hombre tranquilo que pretendía más bien que las cosas que no daban problemas se quedasen como estaban. Lo que no se sabe muy bien es si más valdrá lo malo conocido que lo bueno por conocer. Pero está claro , tras este 11 de noviembre de 2022, que aún nos quedan muchas cosas, buenas y malas, por conocer de aquí a que nos encontremos con las urnas. O sea, que Sánchez no es aún Historia: la está fabricando, para bien o para mal, que de todo hay. Menudo 2023 nos aguarda, visto cómo está finalizando este año.

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