El electoralismo de Pedro Sánchez


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(A Sánchez hay que reconocerle que, en lo suyo, es un campeón)

Pienso que hay que ser cuidadoso con los clichés cuando de analizar una figura tan irrepetible, para lo bueno y para lo malo, como la de Pedro Sánchez se trata. No ha faltado crítico que, hablando del ‘insoportable electoralismo’ del presidente, lo ha comparado con el ‘populista’ Juan Domingo Perón, el tres veces presidente argentino que dejó un legado más que discutible con el movimiento peronista. Ni creo que el ‘sanchismo’ sea un embrión del ‘peronismo’, que sobrevive a su creador, ni me parece que el llamado ‘electoralismo’ sea algo privativo del actual inquilino de La Moncloa. No; lo de Pedro Sánchez es, creo, otra cosa, y a ello me referiré a continuación.

Pero antes debo decir que condenar las ‘acciones electoralistas’ de Sánchez cuando, como hizo este martes en su comparecencia de fin del curso político, anuncia una serie de ayudas a una población que sufre la inflación y las carestías –frente a otra parte de los españoles que patentemente tienen dinero para consumir— es cuando menos algo precipitado. Nunca me pareció que el llamado ‘electoralismo’, practicado desde que el mundo celebra algún tipo de comicios, sea negativo ‘per se’: si no hubiese elecciones y, por tanto, aprovechamiento de las mismas por parte de los gobernantes para anunciar medidas beneficiosas para la población, estaríamos aún anclados en el derecho de pernada.

Claro que hay otro tipo de electoralismo que no afecta al precio de los alimentos, de la luz o de los combustibles. Se trata de ese ventajismo tramposo que aprovecha los tiempos más favorables para elaborar, a veces con nocturnidad, un calendario benévolo a la hora de dictar decisiones; o de esa opacidad que oscurece la tramitación de leyes, que son tantas veces impulsadas desde decretos; o de ese descaro que se va apropiando de parcelas del Estado en beneficio del Ejecutivo propio. Sí, para mí, electoralismo es también, y sobre todo, el manejo sutil, en beneficio de ‘la causa’, de los medios de comunicación y de los fondos públicos, de las ventajas del gobernante frente a la oposición a la que se quiere preterida, la utilización algo tramposa del ‘Boletín Oficial del Estado’…

Se ha dicho muchas veces –yo mismo lo he repetido, desde mi escaso conocimiento ‘en directo’ del personaje—que hay dos ‘pedrossanchez’, una especie de Jekyll y Hyde. Perón era un populista puro, y Sánchez no lo es. Como tampoco acaba de ser el estadista que él mismo sueña ser, autoconvencido con la quimera de que él será quien ‘arregle’ el ‘problema catalán. Es sí, un mago la hora de enderezar imágenes y conducir opiniones públicas, y no vacila en ser inveraz –llamémoslo así—para lograr su fines. Es un político ambicioso que no se da cuenta de que la ambición, en política y en la vida, es algo bueno mientras no se traspasen los límites. Y puede que esté a punto de traspasarlos, aunque muchos no acaben de darse cuenta. No resulta extraño: se ha presentado, en este inicio de ‘su’ campaña electoral, como una especie de reencarnación de los Reyes Magos (ponga usted Papá Noel en alto y delgado, si lo prefiere) en una sola persona: él. Muy hábil, ya digo.

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