Llega, ay, la Feria del Libro…

Enviado por Fernando Jáuregui | 24/05/19

Lo aviso desde ahora: el 31 de mayo, firmando libros en la feria de Madrid. Firma y charla. Y, si se tercia, hasta una cervecita horrible de esas de la Feria. No me dejéis en esa horrible soledad del firmante (no firmante, en realidad) de la puñetera Feria…Se admiten conversadores y no compradores, aunque lo ideas serían conversadores/compradores…
a feria…

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Y mientras, aquí pensando en los eurodiputados presos…

Enviado por Fernando Jáuregui | 23/05/19

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La vida del sufrido reportero es, en estos tiempos de campaña(s), aderezadas por otros muchos acontecimientos, especialmente agitada: hoy he desayunado con la candidata europea de Podemos, María Eugenia Rodríguez Palop, he almorzado con Rocío Monasterio, de Vox, he tomado café con una fuente municipal socialista y probablemente termine derrengado en una tertulia televisiva. Ayer, lo mismo, con otros; y anteayer y así hasta la extenuación. Nos ocupamos de lo urgente y ni tiempo tenemos para dirigir nuestra atención a los verdaderamente importante.

Se lo pregunté a Rodríguez Palop: el Papa, Obama y Merkel, tres personas entre las mejor informadas del mundo, hablaron de que estamos inmersos en una suerte de tercera guerra mundial, sin bayonetas ni bigotillos, pero con redes y ondas, que son como cotas etéreas que quieren conquistar las superpotencias: lo de Huawei es apenas una batalla, incruenta pero dolorosa para muchos, en medios de esta guerra. Un episodio significativo. El propio presidente chino, Jinping, anunció a su pueblo sufrimientos casi como Churchill con su ‘sangre, sudor, lágrimas y esfuerzo’. Y Europa sin enterarse, le dije… Salió del paso como pudo: demasiada cosmogonía, mucho Tucídides, como para despacharlo una joven candidata en uno de esos desayunos informativos que han jalonado la campaña, las campañas que ahora concluyen.

Y es que, en el fondo, entre tanta polémica jurídica sobre si hay o no que suspender de su condición de parlamentarios a los presos secesionistas catalanes; con tanta ida y venida sobre si unas fórmulas de acatamiento de la Constitución son o no son válidas; con tanta ocurrencia doméstica, se nos ha olvidado lo importante. ¿Hacia dónde va este mundo encorsetado entre el intervencionista Trump, el taimado Putin, los populismos y, claro, esa China imperialista que se quiere convertir en el ama de todos nosotros? Me da la sensación no solamente de que nuestros eurocandidatos no han meditado en el papel que le corresponde a la UE, sino de que tampoco es una cuestión demasiado reflexionada a escala del Continente: los debates que he podido seguir, al menos, han sido más bien de bajura que de altura.

Pero, en fin, volviendo a casa: la impresión es la de que la corteza del árbol no nos deja ver el árbol, y del bosque ya ni hablamos. La guerra tecnológica, que es la del futuro de nuestros hijos, está ahí, y solamente voces aisladas, aunque del prestigio de Bergoglio, la aún canciller alemana y el ex presidente norteamericano, asustado por la deriva que ya se preveía en su sucesor, han dado una voz de alarma lo suficientemente alta y clara.

El próximo europarlamento se va a llenar de enchufados de clase B, de extremistas, de gentes pertenecientes a formaciones cuando menos raras. Tanto las posiciones socialdemócratas como las democristianas y liberales clásicas se han desdibujado ante los nuevos bárbaros del norte y del Mediterráneo. Contemplo con creciente desasosiego hacia dónde camina el magnífico proyecto que alumbraron los padres fundadores allá por finales de los años cincuenta. Si Monnet, Schuman, De Gasperi o Adenauer levantasen la cabeza volverían a agacharla, llenos de vergüenza. Y aquí, que si son presos políticos, políticos presos, que si galgos o podencos. Como si nada estuviese pasando más allá de los Pirineos. O sea, lo de casi siempre.

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Empieza la ‘era Batet’…esperemos que para bien

Enviado por Fernando Jáuregui | 21/05/19

 

((Meritxell Batet tiene ya un cierto recorrido tras de sí. Aquí, con Gregorio Peces-Barba, nada menos))

 

Un comentario mayoritario entre los periodistas y entre muchos diputados, veteranos y novatos, en la jornada inaugural de la Legislatura: hay que cambiar las leyes, las normas, los reglamentos, para que nunca puedan repetirse situaciones como la que estamos viviendo. Y es que la sesión que este martes inauguró la próxima andadura política fue de todo menos convencional: así, Oriol Junqueras, sin duda el recluso más famoso de España, acaparó todas las miradas y todas las atenciones, mientras diputados recién incorporados se hacían ‘selfies’ entre ellos y con algunos periodistas famosos que por allí pululaban, y Vox ‘okupaba’ a primerísima hora los escaños tradicionales de los socialistas. No, no era un circo, como lo fue el inicio de la anterior Legislatura; pero a algunos que llevamos años recorriendo los pasillos de la Cámara Baja nos quedó la sensación que es preciso introducir una mayor formalidad, seriedad, modernidad y eficacia en los ritos parlamentarios.

Ana Pastor, que este martes se despedía de la presidencia del Congreso, ha ejercido el cargo con dignidad y con casi unánime reconocimiento. No ha sido ella, desde luego, la culpable de la atonía parlamentaria generada por la falta de visión de Estado de los partidos, sean el gobernante o los de la oposición. El caso es que el Legislativo lleva años en plena atonía, dominado por discursos de sal gorda, ofensivos, con vacaciones desmesuradas, contra lo que debería ser la idea de un Parlamento vivo y, aún más importante, constructivo.

Se inauguró, así, este martes la ‘era Meritxell Batet’, que de ninguna manera podría continuar el estancamiento impuesto por la minoría en la que los sucesivos gobiernos se han visto forzados a mantenerse desde 2015. Esta ‘era Batet’ empieza con un reto especialmente difícil, que este martes, por los pasillos del Congreso, nadie sabía muy bien cómo acabará resolviéndose: me refiero, claro, a la suspensión o no de su condición de diputados de los cuatro secesionistas que permanecen presos y, sin embargo, o quizá por ello, se convirtieron en las estrellas de la sesión constitutiva de la que será la decimotercera Legislatura de la democracia. Todos querían saludarles, todos los ojos estaban pendientes de si Pedro Sánchez estrecharía o no la mano del líder de Esquerra –que lo hizo, aunque con patente frialdad–, todos especulaban con la fórmula de juramento de la Constitución que los secesionistas elegirían.

Sí, todo es nuevo, como tantas veces hemos tenido ocasión de repetir últimamente. Pero, a la vez, el reglamento del Congreso, la normativa electoral, la pesadísima fórmula de votación de la nueva Mesa de la Cámara, eran los mismos, evidenciando, de manera simbólica, que los nuevos tiempos difícilmente pueden regirse con los viejos códigos.

La ‘era Batet’, que es personaje, como lo era Pastor, dialogante y flexible, como lo demostró su primer discurso, será la de la renovación a fondo o, si no, será el desastre. Los boquetes de agua no se pueden taponar con papel, aunque el papel sea el del Boletín Oficial del Estado. Difícil fue el camino de Pastor, pero tengo para mí que más difícil aún va a ser el de Batet; sobre todo, porque, como se ha venido viendo hasta el momento, no se evidencia entre las fuerzas políticas un espíritu de avance claro hacia el consenso en los grandes temas.

No sé si Batet será capaz, como en momentos lo fue Ana Pastor, de volar a mucha altura: el tercer escalón en el protocolo del Estado se pone a prueba desde hoy mismo. Y a esta mujer, que desarrollaba desde su Ministerio unas tareas de contactos discretos con el mundo separatista catalán, le toca demostrar que puede afrontar airosamente las tormentas que nos vienen y construir una nueva estructura jurídica para soportar el futuro.

 

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Depender de los independentistas, suprema ‘contradictio in terminis”

Enviado por Fernando Jáuregui | 18/05/19

((Si Rajoy estuviese al frente del PP, ¿haría que su grupo se abstuviese en la investidura de Sánchez?))

La enorme ‘contradictio in terminis’ se la escuchamos este viernes a José Luis Abalos, quizá ‘número dos’ del PSOE, ministro de Fomento para lo que valga y portavoz de hecho de este partido cuando hay que comunicar cosas importantes: por patriotismo, para no tener que “depender de los independentistas”, es preciso que Partido Popular y Ciudadanos se abstengan en la votación de investidura de Pedro Sánchez, dijo Abalos, olvidando acaso que los socialistas no hicieron lo propio, en su momento, con Mariano Rajoy. Pero en fin: el caso es que el Gobierno de Sánchez prefiere –toma, claro—gobernar en solitario y no lo otro, depender de los independentistas. Y puede que tampoco de Podemos, pero de eso Abalos no habla; al menos en teoría, no avala esa posibilidad, diríamos, ahora que estamos en juego de palabras.

Independentistas sí o no, esa es la cuestión, parece. La oposición conservadora –no son lo mismo unos que otros, aunque a veces se empeñan en parecerlo—acusa a Sánchez de haberse entregado en manos del secesionismo, incluyendo como parte de esta entrega los nombramientos de Meritxell Batet como presidenta del Congreso y de Manuel Cruz como presidente del Senado, en sustitución de la frustrada candidatura de Miquel Iceta, que ya veremos a qué Ministerio irá a parar. La verdad es que ni Batet ni Cruz (ni, por cierto, Iceta) tienen nada de ‘indepes’, aunque sí de dialogantes y de buscadores de nuevas fórmulas de ‘conllevanza’ con el grave problema catalán; creo que se equivocan C’s y PP insistiendo en algo que es obviamente falso.

Porque no queda otro remedio que ver las cosas como son: los independentistas han ganado las elecciones generales en Cataluña y la semana entrante acudirán a tomar posesión del escaño unos políticos presos, custodiados por policías (de paisano, menos mal) y sin libertad de movimientos por la Cámara, así que periodistas abstenerse. Luego, regresarán a sus celdas, desde donde seguirán siendo el pretexto para una agitación internacional –véase lo que está ocurriendo en el Bundestag alemán— de lazos amarillos que evidencia, cuando menos, lo inadecuado de nuestra legislación y de nuestra infraestructura diplomática para hacer frente a todas estas situaciones inéditas, inesperadas.

Pedir a la oposición que te permita gobernar en solitario, que es solicitud que yo también avalaría, hubiese exigido otro talante a quien aún gobierna y muy presumiblemente seguirá haciéndolo: si querían una abstención del PP en la investidura, haber ofrecido la presidencia de la Cámara Baja a alguien del PP, como Ana Pastor, que no lo ha hecho nada mal teniendo en cuenta las circunstancias y que ni Legislativo, ni Ejecutivo, ni Judicial, ni el ‘cuarto poder’ (o algo así) han vivido precisamente un período de normalidad. Pero la generosidad, la altura de miras y la vocación de Estado por encima de los intereses de tu partido siguen siendo virtudes infrecuentes en el secarral político español, y de ahí la permanente sensación de provisionalidad, otra ‘contradictio’ que se prolonga demasiado.

Así que me atengo a lo más previsible, que golpea a mi inveterado optimismo, que hace que tantas veces me equivoque cayendo en la utopía: no habrá abstención –ya lo dice, en duros términos no siempre acertados, Pablo Casado—en la investidura. Así que quizá acabemos viendo a un ministro con corbata morada… y mirando con atención hacia los escaños de Junts per Catalunya y Esquerra Republicana, sabiendo que, en el fondo, pues ocurrirá eso que no quiere avalar Abalos: que dependamos de los independentistas. Pero aquí ya nadie se extraña, en el dominante paisaje surrealista, de una contradicción más o menos. Total…

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¿Por qué ahora lo de Josu Ternera?

Enviado por Fernando Jáuregui | 16/05/19
 
Cuando, a primera hora de este jueves, se supo de la detención del etarra José Antonio Urrutikoetxea/Josu Ternera, la única incógnita que nos quedaba por saber era esta: ¿por qué ahora? Todo el mundo sabía que ‘Ternera’ esta localizado desde hace mucho tiempo, cosa que nunca me desmintió Alfredo Pérez Rubalcaba cuando acudí a visitarlo para que, como ministro del Interior, me facilitase algunos datos con relación a un libro que yo escribía sobre las negociaciones del Gobierno con ETA. Es más: el propio Rodríguez Zapatero me dio a entender no solamente que el dirigente de ETA, inmerso en la negociación con el Ejecutivo socialista entre 2004 y 2007, estaba perfectamente localizado por la Policía y la Guardia Civil y que, además, desde el Gobierno se le estaba ayudando a solventar un grave problema de salud.
 
Quienes estábamos en el secreto, que éramos muchos, entendíamos que el mantenimiento de Urrutikoetxea en libertad, tras su huida en 2002, seguramente era condición fundamental primero para obtener una buena información sobre las andanzas de la banda terrorista y, segundo, para poder entablar algún tipo de contacto fructífero de cara a la desaparición de ETA. Algún día sabremos con exactitud cuál ha sido, en realidad, el papel jugado por Josu Ternera en todo este proceso. El etarra, que fue parlamentario, está procesado y pendiente de juicio por delitos de lesa humanidad, como responsable indirecto de al menos once muertes.
 
Así las cosas, con ETA liquidada desde hace tiempo, normalizada por completo la vida política en el País Vasco, la pregunta que nos hacemos sigue siendo la que encabeza este comentario: ¿por qué ahora esta detención, en la casi recta final de una campaña electoral y cuando las negociaciones para investir a Pedro Sánchez se hallan en su apogeo? Uno, que no cree fácilmente en las casualidades, tiende a pensar que ‘algo’ hay tras esta muy publicitada detención en territorio galo. Y, como obligación de uno es confiar en quien se encarga de las tareas de Interior –y más en el caso de Grande Marlaska–, solo puedo añadir que me alegro de que se haya subsanado uno de los grandes misterios en la lucha contra ETA: ¿por qué no se le había detenido…hasta ahora?
 
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La próxima del Congreso

Enviado por Fernando Jáuregui | 15/05/19

 

(Pero ¿cómo se atreve a decir Carmen Calvo que no denostemos a los políticos?)

Presidir el Congreso de los Diputados es mucho más importante de lo que muchos piensan, al margen de ser el tercer puesto en el protocolo del Estado tras el Rey y el presidente del Gobierno. Así que la figura que vaya a ordenar los trabajos en la Cámara Baja tiene un indudable peso y su designación, una patente significación. En estos días en los que las ‘quinielas’ de ministrables y altos cargos son lógicas e inevitables, las especulaciones sobre quién vaya a presidir el Congreso son muchas y algunas interesadas: la designación de una u otra persona puede indicar por dónde irán los pactos y acuerdos políticos durante la Legislatura.

Escucho hablar mucho, por ejemplo, de la actual vicepresidenta del Gobierno (en funciones) Carmen Calvo. Su trayectoria en estos diez meses en el cargo no ha estado ajena a ciertas polémicas. El pasado martes, en un acto de apoyo al candidato socialista al Ayuntamiento de Madrid, Pepu Hernández, nos abroncó a los asistentes en general y supongo que a los periodistas que allí estábamos en particular: “no hay que seguir denostando a la política”, nos dijo, sugiriendo que es actividad noble y necesaria, en lo que sin duda estoy de acuerdo.

Pero olvidaba la vicepresidenta y quizá presidenta de la Cámara una cosa: hablaba de la campaña electoral en la Comunidad de Madrid, en la que cuatro ex presidentes del PP están o imputados, o procesados, o encarcelados o excarcelados. Una Comunidad en la que aún seguimos sin saber los oscuros móviles de la traición de los socialistas Tamayo y Sáenz, traición que dio el poder Esperanza Aguirre; una Comunidad en la que se cambiaron las cerraduras de la sede del PSOE para que Tomás Gómez, que fue el secretario general del PSM, no pudiese entrar en ellas.

Madrid ha sido objeto de peleas, escaramuzas, navajeo, por parte de todos los partidos, y víctima de latrocinio por parte de uno, que ha sido el que ha gobernado en la Comunidad durante más de veinte años. Así que más valdría que la vicepresidenta, haciendo acopio de la hoy inexistente virtud de la autocrítica, pidiese más bien a sus colegas que hagan un esfuerzo para que nosotros, las gentes de la calle, no tengamos que seguir denostando a los políticos.

No estoy seguro de que sea la señora Calvo, llena de virtudes para la pelea partidista –ella sí que lanza denuestos contra los rivales políticos, por cierto–, sea la mejor figura para ejercer una tarea conciliadora como es la presidencia del Congreso; de la misma manera que, por el contrario, sí creo que Miquel Iceta hubiese sido –tal vez aún lo sea, porque quién sabe con estos señores de Esquerra—un muy conveniente y negociador presidente del Senado.

Y, en todo caso, sigo insistiendo en las virtudes del consenso, del pacto, una vez que la Mesa del Congreso, a falta de la presidencia, ya está configurada. Se citan otros nombres posibles para encabezar esta Mesa, como los de la ministra Meritxell Batet o, a propuesta de Pablo Casado, Adolfo Suárez Illana. No creo que estas especulaciones tengan la suficiente consistencia, aunque las sorpresas siempre acaban saltando, dejándonos, a los ocasionales profetas de las quinielas, descolocados.

Así, se me ocurre ¿por qué no intercambiar la presidencia del Cámara Baja por un apoyo a la investidura de Pedro Sánchez? Es decir, aceptar el propuesta nombre de Ana Pastor, que ha ejercido muy dignamente el cargo en estos meses, a cambio de una abstención del PP en la segunda vuelta de la sesión de investidura de Pedro Sánchez. Eso le posibilitaría gobernar en solitario, sin apoyos peligrosos y onerosos de Podemos y/o los independentistas, y garantizaría a Pablo Casado la jefatura de la ‘oposición oficial’, lo que sin duda sería un buen respaldo para su permanencia al frente de los ‘populares’.

Pero eso, claro, sería pensar con mentalidad más de Estado que de partido. Y la tendencia en esta campaña es más bien, hasta el momento, hacia la bronca y el ombliguismo partidista que hacia el consenso por el bien de la nación. ¿Oportunidad perdida de nuevo?

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¿’Comando Rubalcaba’ yo?¿Yoooo?

Enviado por Fernando Jáuregui | 13/05/19

  ((Un día, Rubalcaba me dijo, y tenía razón, que “hay muchas diferencias (de pensamiento) entre tú y yo”. Otro día, en elq ue accedió a presentarme un libro en el Congreso, dijo en público que “si hubiese sabido antes que te metían tanto con Felipe González y con Zapatero, no hubiese venido”. Así que de ‘comando Rubalcaba’ nada de nada).

 

 

Mi colega José Luis Gutiérrez, lamentablemente fallecido hace algunos años, me reprochaba, cuando era mi director en Diario 16, que yo formase parte de lo que entonces se llamaba ‘comando Rubalcaba’, sugiriendo que era uno de los periodistas ‘infiltrados’ por el PSOE en los medios. De nada servía recordar al bueno del ‘Guti’ que había sido él quien me había contratado para el periódico, y que, si yo formaba parte de tal comando, era sin duda sin mi anuencia ni consentimiento y, ciertamente, también sin el de Rubalcaba, con quien nunca tuve excesiva confianza informativa.

Tampoco estoy demasiado seguro de que existiese jamás ese ‘comando’: de hecho, un día, en su despacho de secretario general del PSOE (estaba él a punto de dejar la política), Rubalcaba me agradeció que, en sus horas bajas, solamente otro colega y yo le hubiéramos, si no defendido, sí, al menos, no atacado de la manera despiadada con que le zurraban algunos de los que estos días se han desmedido en el elogio fúnebre: “y eso que entre tú y yo hay bastantes diferencias”, me dijo. Y las había.

Yo creo que lo del ‘comando Rubalcaba’ era una manera de frenar comentarios desfavorables al partido entonces gobernante. Porque, dicho sea de paso y sin acritud, para maldades hacia los periodistas, las que partían de alguna ‘terminal monclovita’ muy próxima a Rajoy y a su vicepresidenta, Soraya Sáenz de Santamaría.

He recordado lo del ‘comando’ precisamente ahora que la campaña de la ‘segunda vuelta’ entra en su apogeo porque tengo la impresión de que pocas veces fue tan difícil ejercer el periodismo de manera libre. Sobre todo, cuando lo practicas sin la red de un medio fuerte respaldándote en nómina. Si el presidente Sánchez caza algún comentario desfavorable hacia su ética o hacia su estética política, puedes estar seguro de que alguna vez te llegarán ecos de su ‘vendetta de alejamiento’: no te comerás un rosco informativo, y ya se sabe que los roscos son redondos.

Y hay más: si criticas la campaña de Casado es que estás a favor de Rivera, y viceversa. Si dices que el PP debería abstenerse para facilitar que el PSOE gobierne en solitario, sin adherencias de Podemos, será el mismísimo Pablo Iglesias quien te tache de estar dependiendo de los intereses de la patronal. Vox, al menos, no es tan sinuoso: directamente impide la entrada a sus mítines a aquellos periodistas a quienes las huestes de Abascal consideran críticos o hasta indiferentes.

Así que ahora lo de menos ya es que te achaquen el estar en uno u otro comando informativo: una de las cinco Españas partidistas ha de helarte el corazón, periodistilla que vienes al mundo, del mundo (político) te guarde Dios. A veces hasta he llegado a entender a algunos compañeros que aceptaron, o buscaron, ir en las candidaturas electorales, abandonando toda impresión de independencia: este sacerdocio –siempre lo he considerado como algo muy cercano a eso—resulta, a veces, demasiado duro.

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Hoy, ahora mismo, ha empezado la ‘era Sánchez’

Enviado por Fernando Jáuregui | 12/05/19

(“En España se entierra muy bien”, dijo Rubalcaba. Temo que se olvida aún mejor)

 

Si usted tenía alguna duda de que una era ha acabado ya de modo definitivo, le invito a considerar la fotografía que este domingo ocupaba las portadas de muchos periódicos: el Rey Juan Carlos, apoyado en su bastón, junto al pelo níveo de Felipe González, que lloraba en el velatorio de Alfredo Pérez Rubalcaba. En medio, Pedro Sánchez, como un símbolo de un futuro incierto, aunque en este caso crecido aún unos centímetros más a lomos de los resultados del 28-a y de los que el CIS le pronostica para el 26-m.

Y los miles de personas, jóvenes y mucho menos jóvenes, que pasaron por el Congreso de los Diputados para rendir homenaje al antaño denostado Rubalcaba certificaban, claro, dando su adiós a una manera de entender la política, que una nueva era ha nacido en España. Que hoy, este mismo lunes, encarando ya la ‘segunda vuelta’ del gran giro, empieza algo muy nuevo, en el que ni Juan Carlos I, ni Felipe González, ni Mariano Rajoy, tendrán papel alguno que jugar. ¿Cuánto papel va a jugar y ocupar Pedro Sánchez?

Aunque el actual presidente del Gobierno y secretario general del PSOE ha pretendido escenificar lo contrario, la verdad es que entre él y el fallecido hay pocos puntos de contacto. Quizá ni éticos ni estéticos. Pero sería absurdo aferrarse a otras formas de hacer política, porque aquellas discurrieron en otras circunstancias. Ni Cataluña era el problema que hoy es –mira que el propio Rubalcaba, como antes Fernández Ordóñez, me lo advertían: el problema será Cataluña–, ni habían aparecido formas extrañas de entender el Estado, como es el caso de Podemos o, de manera más extrema, Vox. Cuando, en 2014, tras la abdicación del Monarca, él abandonó la política, Rubalcaba sabía que se delineaba una nueva era. Para el socialismo y para el PP, pese a que, entonces, la ‘derechita cobarde’ de Rajoy estaba en todo su apogeo. Y vaya si, en este quinquenio, han cambiado las cosas.

Fíjese usted en que el mapa azul que imperó hasta 2015, con todas las nuevas adherencias y pactos antes inimaginables, está a punto de convertirse en un mapa rojo, que puede perdurar durante un lustro más. Va a ser la ‘era Sánchez’, quién iba a imaginarlo cuando una maniobra en la que el propio Rubalcaba estuvo a la cabeza echó al ambicioso joven de la sede de Ferraz un 1 de octubre de 2016. La caducidad de la política es una meditación que Pedro Sánchez, quizá a punto de hacerse con un control casi total de los resortes del país, algo que ya antes tuvo el hoy casi olvidado Rajoy, debería afrontar; acuérdate de que eres mortal. A ver cómo gestiona el poder que las urnas, si Tezanos tiene razón –que me parece que la tiene—le vaticinan: hasta la Comunidad de Madrid puede arrebatarle a una derecha que ciertamente no la ha merecido.

Ni qué decir tiene que los partidos que ahora giran en contra o a favor del sol-PSOE tienen también mucho en lo que meditar. No hay un frente de centro-derecha (¿Vox de centro-derecha? Madre mía…), porque los tres partidos que lo componen muestra cada día al electorado lo mal que se llevarían en caso de gobernar conjuntamente. Ni es tarea prioritaria echar a Sánchez de La Moncloa, contra lo que aún dice Rivera, porque hay siete millones y medio de españoles que piensan que debe seguir ahí otros cuatro años, para lo bueno e incluso, ay, para lo malo. El caso es que, ya casi en la recta final de la campaña de la llamada ‘segunda vuelta electoral’, hoy, ahora, empieza una etapa nueva para España, de cara a un futuro que empezó a cocinarse hace cinco años, cuando Rubalcaba dijo su adiós a la política, ¿recuerdan?.

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El día en el que Pedro Sánchez dejó solo al Rey

Enviado por Fernando Jáuregui | 11/05/19

 

Me parece lógico que el presidente del Gobierno y secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, quiera acompañar a su antecesor moribundo, Alfredo Pérez Rubalcaba, pese a que todo el mundo sabía que las relaciones entre ambos eran muy mejorables y que el segundo no tenía la mejor opinión del primero. Lógicos los artículos presidenciales enviados, como necrológicas de lujo, a los periódicos, lógicos los tuits dolidos desde La Moncloa. Rubalcaba, al dejar la política en 2014, ya nos dijo, cuando empezaron los elogios tras los anteriores denuestos y las críticas despiadadas e injustas, que “en España se entierra muy bien”. Hasta aquí, si usted quiere, casi todo lógico.

Pero no tan explicable me resulta que el presidente del Gobierno del Reino de España abandone una presumiblemente importante –luego no lo ha sido tanto—‘cumbre’ europea para retratarse entrando en el hospital del doliente. Ni que deje solo al Rey, en uno más de los difíciles viajes a la Barcelona oficial del mal educado Torra, para atender a las exequias del correligionario ilustre y hoy creo que justamente loado. En todo caso, Sánchez podría, como hizo el propio Felipe VI viajando desde la Ciudad Condal, haber estado en el velatorio del Congreso perfectamente a tiempo, tras respaldar al jefe del Estado en el clima hostil que siempre saben crear el president de la Generalitat y la todavía, quizá no por mucho tiempo, alcaldesa Colau.

Sánchez quiso mostrar al mundo mundial, sin duda, que no es persona vengativa y que ya ha olvidado –que no—que Rubalcaba fue uno de los principales artífices, quizá junto con Guillermo Fernández Vara, de todo aquello que acabó ocurriendo el 1 de octubre de 2016. Es decir, cuando Sánchez hubo de dejar la secretaría general del PSOE y el despacho en la calle Ferraz, para lanzarse a una incómoda –y valiente, sin duda—reconquista del poder en el partido, agrupación por agrupación. El presidente del Gobierno se puede hoy permitir tales gestos de ‘magnanimidad’, cuando acaba de ganar unas elecciones y las encuestas del CIS pronostican un mapa rojo para las europeas y autonómicas –quizá no tanto en las locales—que se celebrarán dentro de dos semanas.

Creo que Pedro Sánchez, aupado ahora con siete millones y medio de votos, tiene ahora una oportunidad única para emprender la regeneración del país. Incluso de tender la mano a enemigos, rivales e indiferentes. Para ser realmente generoso. Pero jamás debe olvidar que la elegancia es esencial en la política y en la vida: por ejemplo, que nadie puede, ni debe, apropiarse de manera partidista de la figura de Rubalcaba. Ni tampoco debe, ni puede, olvidar que ningún jefe de Gobierno debe dejar de respaldar al jefe del Estado, máxime en momentos de riesgo de crisis institucional severa.

No, Pedro Sánchez jamás debió dejar solo al Rey para que Torra se permitiese mostrarse desdeñoso con el Monarca. Ya sé que es más lucido –pero no tan lúcido—exhibir el rostro triste ante el no tan amigo caído. Y es, desde luego, mucho más fácil afrontar el velatorio con largas colas de gente en el Parlamento que tener que fotografiarse junto a un Quim Torra encantado de retarte con el lazo amarillo en la solapa. Pero era su deber: va con el sueldo y con el Falcon. Y conste que no critico solamente a Pedro Sánchez por no contribuir de manera suficiente al fortalecimiento de la figura del jefe del Estado: la política, en general, no está pasando por un decidido respaldo a quien encarna la máxima institución del Estado. Estoy seguro de que Rubalcaba le hubiese dicho algo así como “Pedro, ahora tienes que estar en Barcelona”. Era lo que le tocaba cumplir a un estadista.

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“Este será el comunicado de ETA”, me dijo Rubalcaba

Enviado por Fernando Jáuregui | 11/05/19

Comprendo que la súbita y muy grave enfermedad de Alfredo Pérez-Rubalcaba, que desembocó en una muerte casi anunciada, haya distorsionado la campaña electoral. Porque hay ocasiones extraordinarias en las que es preciso detenerse un instante, volver la vista atrás y comprobar que existen otras políticas posibles, distintas, distantes y seguramente mejores que las que ahora practican algunos, incluso en el propio partido del enfermo.

No es que yo vaya a elogiar sin tasa ni medida a Pérez-Rubalcaba, a quien conocí creo que bastante bien y de quien en los últimos años me distancié porque no le gustó, creo, algo que sobre él publiqué y que entendió, contra mi criterio, que trascendía a su dimensión pública y política. Pero le admiré y le admiro en su paso por distintas responsabilidades, tanto en el Ministerio de Educación como en la vicepresidencia del Gobierno y como candidato del PSOE, cuando supo defender con valor, y contra muchos de los suyos, la pervivencia de la Monarquía en momentos difíciles.

Pero donde más le valoré fue a su paso por el Ministerio del Interior, donde fue duramente combatido por una oposición –recuérdese el ‘caso bar Faisán’—que no quiso entonces comprender su decisivo papel a la hora de negociar con ETA para acabar con ella, un mérito que hago extensivo al entonces presidente Rodríguez Zapatero.

Ojalá alguna vez hubiese cedido a la tentación de dejarnos sus memorias escritas. Sabía mucho, de muchos. Y administraba bien su información. Cuando yo preparaba un libro sobre la negociación con ETA, me recibió en su despacho de Interior, en el Paseo de la Castellana. No me negó que tenía una idea muy cercana sobre el paradero de Josu Ternera, negociador con el Gobierno por parte de ETA y uno de los misterios que perduran de todo un proceso que condujo, finalmente, a la liquidación de la banda terrorista, que había sido una pesadilla para los vascos, y para todos los españoles, durante muchas décadas.

–ETA va a hacer pronto público un comunicado importante—me dijo en aquella ocasión.

Le pregunté por qué sabía que se aproximaba la publicación de ese comunicado, y quise saber cómo sabía él que era importante.

–Porque el comunicado es este—me dijo, tendiéndome un par de folios pulcramente mecanografiados.

Apenas pude retener el papel en mis manos unos segundos, los suficientes para comprobar, dos días después, cuando ETA hizo público el comunicado, que el texto era el mismo que Rubalcaba me había dejado entrever. Mi respeto hacia él se incrementó en ese momento. Y nunca más dudé de que estábamos ante algo muy difícil de encontrar por este secarral político: un hombre de Estado. Las colas ante la capilla ardiente certifican que los ciudadanos conocen la valía real de un personaje, tan zarandeado en su día por oposición, críticos y por nosotros mismos, los periodistas.

Lo mejor para ti, Alfredo.

 

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