Cuando todo se nos desmorona

Enviado por Fernando Jáuregui | 16/03/20


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(mi fondo de pantalla también se desmorona)
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La última imagen que coloqué en el fondo de pantalla de mi ordenador fue una fotografía del roscón con nata sobre la mesa del desayuno familiar. Era, lo recuerdo perfectamente, el 6 de enero, día de los Reyes Magos. Aún conservo allí esa misma fotografía, para recordarme cotidianamente que aquella fue la última jornada en la que aún estuve conectado con el pasado. Dos días después, triunfaba la investidura de Pedro Sánchez, que, con la ayuda de Esquerra Republicana de Catalunya, daría paso al primer Gobierno de coalición, PSOE con Unidas Podemos, que España iba a tener en más de ochenta años. Era una ruptura con lo que había sido ese ‘espíritu del 78’ que rigió nuestras vidas hasta entonces. Pero en aquellos momentos, aquel 6 de enero de 2020, incluso sabiendo el giro político que iban a experimentar nuestras existencias, estábamos lejos de imaginar todo lo que nos esperaba apenas dos meses después.

Y no me refiero solamente a la pandemia del coronavirus, cuyos efectos aún estamos lejos de poder siquiera calibrar de manera remota: más de doscientos mil puestos de trabajo se han perdido, calculan quienes pueden hacerlo, desde el inicio de la crisis, cuando, finalmente, el Gobierno, 11 de marzo, y tras no poco debate interno, hubo de reconocer el alcance de lo que se nos echaba encima. Hablo también del ‘otro’ gran tema de estas jornadas, el que ha quedado de alguna manera relegado a las páginas pares de los periódicos, oculto por las tragedias del coronavirus: hablo, en suma, de la quiebra registrada en la Monarquía española, cuando Felipe VI ‘repudió’ (la palabra era el titular de un periódico) a su padre, Juan Carlos I, por sus muy dudosas actividades económicas durante una parte de su reinado. Era el 15 de marzo y el Gobierno acababa de decretar el estado de alarma por la pandemia del coronavirus. Todo se tambaleaba.

Para la gente de mi edad y mi trayectoria, el hecho de que el hombre de quien se dijo que pilotó la Transición quedase públicamente humillado, desautorizado y, lógicamente, repudiado por sus desmanes económicos siendo jefe del Estado, significó la necesidad de revisar muchas cosas en el pasado, en mi pasado, en nuestro pasado. Juan Carlos I fue ensalzado y glorificado, y muchos escribimos en este sentido, por su papel en favor de la superación de la dictadura franquista; quizá ello nos llevó a cerrar los ojos, los oídos y la boca, como los monos sabios, ante lo que sabíamos o intuíamos. Quizá nos equivocamos, creyendo que el interés del Estado conllevaba muchos silencios.

Ahora, todo eso se ha acabado. Muchas cosas se han acabado. Ya no es posible ese silencio. Si la Corona quiere salvarse debe ser la primera en denunciar –como ya lo está haciendo, por lo demás—aquellos desmanes. Felipe VI tiene, en parte, en sus manos su destino y el de la Monarquía. Pero solo en parte. Quién sabe si la princesa de Asturias, doña Leonor, llegará a reinar alguna vez sobre los españoles. Quizá cada día parece más improbable.

Hoy estamos a la espera de un mensaje del jefe de Estado a los españoles. Hay quien me dice que el durísimo comunicado emanado de La Zarzuela en la tarde-noche del domingo, cuando todos estábamos confinados en nuestras casas, se produjo porque el Rey y sus excesivamente prudentes asesores pensaron que, antes de conectar con los ciudadanos, el monarca debía desconectar con su padre, que significa un virus para la Corona.

No sé si, en el caso de que se produzca tal mensaje –sería impensable, a mi juicio, que no lo hubiera–, el Rey agarrará el toro por los cuernos y, junto a sus palabras de confianza y de ánimo a los atribulados españoles, se referirá, de pasada, a la necesaria integridad y ética que debe mostrar quien encarne la máxima magistratura del Estado. Pienso que él, el ciudadano Felipe de Borbón y Grecia, está moralmente cualificado para hacerlo. Pero que no lo haga muy tarde: la partida que se está jugando en estos momentos en España es demasiado densa, complicada y llena de riesgos para la propia supervivencia de la forma no solo de este Gobierno, sino del Estado. Así, como suena. Y yo quisiera que el roscón de Reyes de 2021 lo comamos en un clima estable, de confianza, muy lejos de lo que estamos pasando estos días.

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Ahora, creo que le toca al Rey

Enviado por Fernando Jáuregui | 15/03/20


(en estos momentos de tribulación, es la hora del mejor rey que ha tenido la Historia de España, aunque sean momentos de angustia también personal para él)
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Nunca mayor que hoy el pánico ante el folio en blanco. No precisamente por no tener nada nuevo que decir. Al contrario: creo que hay mucho nuevo por decir y que pocos están, ignoro por qué, diciendo. Y eso comporta una indudable responsabilidad. Por ejemplo, creo que es forzoso decir que ahora se hace más necesaria que nunca una intervención del jefe del Estado, que ponga fin, en esta hora de emergencia (y alerta) nacional, a disputas entre partidos, entre territorios y a querellas intestinas en el propio Gobierno, según los indicios que nos van llegando con profusión.

Tiempos como este que nos ha tocado experimentar –nadie lo pensaba así hace una semana—exigen soluciones radicalmente nuevas que no solo afecten a nuestro aislamiento más o menos riguroso o a las medidas económicas que se nos anuncien el próximo martes. Lógicamente, un Ejecutivo formado con la precipitación con la que se formó, llegado al poder como llegó, que no siempre ha hecho honor a su palabra y que huye de las hemerotecas, despierta poca confianza en la ciudadanía. Una oposición que no ha sabido contribuir a frenar el deterioro político que se ha enseñoreado del país durante cuatro años tampoco suscita precisamente el entusiasmo callejero.

La gente busca culpables para cargar sobre ellos sus desgracias presentes. Me parece algo injusto echar ahora sobre Irene Montero y en su actitud prepotente el pasado 8 de marzo las responsabilidades de lo que nos ocurre; o acusar con el índice al vicepresidente Iglesias por haberse ‘saltado’ la cuarentena cuando a los demás se nos confinaba; o lanzarse a asegurar que el Gobierno actuó tarde, que el portavoz de Sanidad fue frívolo y complaciente en alguna de sus manifestaciones, que…

Es lógico, pero ahora poco práctico, distinguir entre ‘buenos’ y ‘malos’ en el Gobierno y horadar la credibilidad, ya escasa sin duda, de quienes han de gestionar unos momentos angustiosos que tendrán consecuencias tremendas para una parte sensible de la población: puede que cien mil puestos de trabajo se hayan perdido ya desde el pasado lunes, me calcula una fuente a la que considero bien informada y realista. Los datos del paro que conoceremos a comienzos de abril serán pavorosos. Pero mejores que los de mayo.

Y, para colmo, nuestros representantes toman la errónea decisión de cerrar, así como así, el Parlamento. Los juicios se han suspendido. El país, en general, se ha parado. Los presidentes de Cataluña y el País Vasco protestan ante la asunción de plenos poderes de Pedro Sánchez y sus cuatro ‘superministros’, que ahora son Margarita Robles, Fernando Grande Marlaska, José Luis Abalos y, sobre todo, Salvador Illa, un desconocido para la generalidad de los españoles hasta hace un mes, un filósofo del Partido Socialista catalán a quien le ‘cayó’ el Ministerio de Sanidad como le podría haber tocado cualquier otra cosa.

Dicen de él –no le conozco personalmente– que es buena gente, con capacidad política, pero su carisma es muy mejorable. Si hay dudas acerca de que Sánchez sea el estadista para gerenciar esta terrible situación creada por jun virus y de que este Gobierno, en su variopinta composición, sea el ideal para conducir este autobús hacia lo desconocido, también las hay de que un solo hombre, que para colmo ha perdido la intangibilidad de su portavoz, el antaño venerado Fernando Simón, pueda soportar sobre sus hombros la que le viene encima.

Me parece que la ciudadanía, que en general está, salvando algunas excepciones, teniendo un comportamiento casi ejemplar, anda desconcertada. Deseando aferrarse a certidumbres y valores. El que yo pienso que es el mejor rey que ha tenido la Historia de España es uno de ellos. Ya sé que está pasando por momentos personales tristes y complicados, derivados de las historias ahora resucitadas que protagonizó su padre, pero ello no debería frenarle a la hora de actuar en unos momentos de gran zozobra nacional. Como, me recuerda un querido y admirado colega, hizo el rey Jorge VI del Reino Unido en 1939, al declarar la guerra a la Alemania nazi, aunque esta ‘guerra’ en la que estamos embarcados sea muy particular, nada que ver, menos mal, con aquello. O como el propio Felipe VI hizo aquel 3 de octubre de 2017, frente a una declaración de independencia insensata.

No, no basta con que el Ejecutivo se arrogue ahora todos los poderes, lo cual es, por otra parte, explicable y quizá deseable, quién sabe. No se trata de suplantar al Gobierno, ni a la acción ciudadana, sino de reforzarlos. Este es un momento que reclama un mensaje conciliador, de cariño y cercanía a su pueblo, por parte del jefe del Estado. El forma parte de la sociedad española, la representa desde una posición que, me parece, él tiene que consolidar, frente a las voces que le reclaman inacción, dicen que por prudencia. Esas voces son, hoy por hoy, las que parecen primar, y lo lamento. Hay veces en las que tal inacción puede costar cara a quien no actúa. Y a los que esperan que actúe.

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Democracia es que funcionen los teléfonos

Enviado por Fernando Jáuregui | 13/03/20

En democracia, lo más importante es que el país funcione. Este funcionamiento, en bien de los ciudadanos, es la garantía más sólida de que una nación marcha: que los teléfonos públicos tengan a alguien al otro lado que responda y ofrezca soluciones, que la atención sanitaria carezca de fisuras, que los trenes y los aviones lleguen a su hora y, en general, que quienes gobiernan se hagan acreedores a la confianza de los gobernados. Estas exigencias mínimas, cuyo cumplimiento es necesario siempre, en tiempos de crisis nacional son sencillamente imprescindibles. Y, salvando lo de la puntualidad de los trenes, no estoy del todo seguro de que los otros requisitos para un razonable funcionamiento del país se estén dando de manera suficiente y satisfactoria en estos momentos.

Me atrevería a decir que es urgente conservar la sensación de que España sigue siendo una democracia. Que la única medida verdaderamente trascendente, más allá de las ayudas puntuales a los sectores más afectados por la gran depresión que nos viene, haya sido decretar el cierre del Parlamento durante –al menos—dos semanas, resulta bien indicativo de que no me falta razón para estar inquieto por el mantenimiento del sistema. Las crisis son una oportunidad para mejorar las cosas, no un pretexto para eliminar todo aquello que nos molesta. Y, en estas circunstancias casi extremas en las que estamos viviendo, lo que menos podemos perder es la libertad de expresión, de discusión, de pacto. La Política con mayúscula, que nada tiene que ver con las operaciones de imagen ni con los subterfugios. Ni con los parches..

A los ciudadanos, a la sociedad civil, que ahora vive perpleja ante lo que nos está sucediendo, no pueden bastarle mensajes por plasma, requerimientos para que tomen conciencia individual de sus deberes cívicos ante la plaga que nos devasta. Afortunadamente, España no es China, donde se puede enclaustrar a cincuenta millones de personas casi ‘manu militari’. La nuestra es una sociedad libre, en la que las gentes han de actuar por convicciones, fiándose de que lo que les dicen sus gobernantes es sincero, razonable, bien intencionado, bien fundamentado y, por tanto, eficaz. Y mal empezamos si, contra lo que dicen las propagandas oficiales, los teléfonos de atención al ciudadano angustiado no te responden en los momentos de mayor zozobra, cuando no sabes si esos síntomas que te descubres son o no un espejismo. Un buen funcionamiento de los teléfonos, por nimio que parezca, puede ser un buen diagnóstico de hasta qué punto quienes nos representan son capaces de cambiar de mentalidad y anteponen, al fin, el bienestar de todos y cada de los españoles a ese concepto, que tantas veces enmascara egoísmos, que es la colectividad.

Son muchos los motivos para criticar el funcionamiento hasta ahora de los gobiernos, como de la OMS o hasta del Banco Central Europeo. O de las oposiciones. O, incluso, de los medios y de las instituciones. Pero no conviene disparar ahora al piloto. Lo esencial es que las cosas, empezando por los teléfonos y siguiendo por la verdad oficial, funcionen correctamente y que podamos, cuanto antes, salir de esta pestilente espiral, porque mucho más tiempo no podremos aguantar así. Ya lo decía Einstein: si queremos cambiar, obviamente no podemos seguir haciendo lo mismo. Y, hasta ahora, y no me refiero solamente a la actuación gubernamental o a la falta de ella, distinto, lo que se dice distinto, no hemos hecho nada. Bueno, sí, cerrar el Parlamento.

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El triste cumplemeses del Gobierno Sánchez

Enviado por Fernando Jáuregui | 12/03/20

Nunca un gobierno tan joven como este, que cumple dos meses de vida precisamente este 13 de marzo, se había enfrentado a retos semejantes. Nunca con uno de sus miembros, al menos, infectado por un virus que es una pandemia y el resto del Gabinete pendiente del resultado de las pruebas médicas correspondientes, lo mismo que el jefe del Estado y su esposa. Nunca una rueda de prensa sin periodistas presentes por temor a contagios. Jamás en medio de una tensión social derivada de que millones de ciudadanos son conscientes de que han cambiado de manera dramática sus vidas.

No soy capaz de entrar a valorar en profundidad el alcance de las medidas que anunció, tras demorar más de una hora su presencia ante las cámaras de televisión, el presidente Pedro Sánchez. Tampoco opinaré sobre si fue demasiado pronto o demasiado tarde cuando estas medidas –con especial incidencia en las económicas—se pusieron en marcha. Las cantidades fueron juzgadas de insuficientes, y eso era esperable, por los afectados, sobre todo en el sector turístico. Una catástrofe.

Solo puedo decir que este Gobierno de los dos meses tiene en sus manos el bienestar de toda la ciudadanía, de cuarenta y siete millones de españoles. Y que no está solo: nos tiene a todos, con un excepcional comportamiento del conjunto de los españoles, ayudando. Y a los países europeos coordinando acciones que puede que vayan a ser duras: cierres de fronteras, restricciones a las exportaciones e importaciones, ya veremos hasta dónde llegan las cosas. Y a la oposición, por esta vez, en modo de prudencia. Sánchez y su equipo tienen que aprovecharse de ello.

No es hora de hacer reproches, insisto: pero me quedan dudas sobre si habrá más cierres de espacios aéreos y terrestres, sobre la insuficiencia evidente de los servicios de atención sanitaria, sobre la organización o no tanto de los servicios administrativos, parte de ellos en pánico. Obre si debería o no haberse decretado un estado de emergencia o de alarma para evitar concentraciones, mítines, elecciones inminentes que no deben celebrarse.

Personalmente, confieso que, más allá de restringir al máximo mis actividades profesionales y sociales de todo tipo, no sé qué hacer. La comparecencia del presidente Sánchez no me asegura que no vaya a decretarse, en unos días, ese estado de alarma, quién sabe si necesario. Ni me ha garantizado que mis derechos políticos, con el cierre del Parlamento y la restricción de las actividades judiciales, vayan a seguir en vigor. Creo que esa rueda de prensa ‘telemática’ merecía más preguntas y muchas más respuestas. Una vez más, el gobernante se ha quitado de encima, como mejor la podido y sabido, a los gobernados.

No quisiera decirlo, pero me obligo a ello: me parece que este Gobierno, inexperto en estas lides –¿cómo no serlo?—no sabe muy bien qué va a hacer a continuación. No debo ser el único que tiene esta sensación, y ello me asusta. Es hora de dar más protagonismo a la sociedad civil, a las iniciativas particulares, esas que jamás, jamás, se han alentado en España. Todo se ha fiado a la disciplina de las gentes, y esa disciplina está siendo, hasta el momento, me parece, ejemplar. Pero eso, con ser esencial, no basta.

Creo que, cuando esto pase –que pasará, cueste lo que cueste, que será mucho–, tendremos que reflexionar sobre nuevas maneras de gobernarnos, sobre nuevas formas de ejercer el poder ciudadano. Ha habido, sí, fallos de todos y en muchos órdenes, incluyendo en eso a muchos de nosotros, los que representamos a los medios de comunicación, cómo no. Que eso nos sirva para meditar que otras formas de organización social, laboral, económica, jerárquica, son posibles. Hay que sacar enseñanzas de esta crisis que es casi un apocalipsis. Yo escuché este jueves a Pedro Sánchez en su soliloquio disfrazado de rueda de prensa en La Moncloa y me pareció un hombre acorralado, que solo ha podido disfrutar de dos meses de su poder monclovita, tan trabajosamente conseguido.

Nada volverá a ser igual tras estos dos meses. Sánchez y su gobierno en cuarentena deben saberlo. Nosotros, quizá en la fase previa a la cuarentena, también.

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…y cuando despertemos, el dinosaurio seguirá ahí

Enviado por Fernando Jáuregui | 11/03/20

De pronto, nos han cambiado la vida. Nos cierran los colegios de nuestros hijos, se nos sobrevalora a los abuelos, se impone el teletrabajo, nada de viajar en avión ni en tren, quién sabe si se mantendrán las fallas, las procesiones de Semana Santa y los Juegos Olímpicos, las bolsas se pegan el batacazo, las patronales se alarman. Escribo desde Portugal, cuyo presidente está en cuarentena. Y recibo decenas de mensajes, avisándome de que Fulano ha contraído el síndrome y Mengano, con quien almorzaste la pasada semana, está en observación. Quizá suspenda un viaje previsto a París para ver a mi hija, a punto de dar a luz. Todos los planes se me están yendo al traste.
Claro que todo esto pasará. Nos dejará a todos un poco más pobres, puede que con más experiencia sobre lo relativo que es todo aquello a lo que considerábamos más importante. Haremos veredictos sobre el comportamiento de nuestras autoridades y representantes; la oposición dirá que no se ha actuado a tiempo y los gobiernos asegurarán que está todo controlado.
Lo de siempre. Ocurrió con las vacas locas, con la gripe aviar, con el ébola y, antes, con la viruela y la gripe. O con el sida. Los avances científicos han ido encontrando remedios. Lo que pasa es que jamás la pandemia tuvo tantas características de tal ni se aisló a millones de personas, se hizo tal acopio de víveres; nunca hubo tal conciencia de que, esta vez sí que sí, nuestras vidas tienen que experimentar un giro, de que quizá no es tan necesario plantarse en la oficina de ocho a tres soportando una hora de atasco en el coche.
Pero pasará. Y entonces palparemos que, como en el cuento más corto de la Historia, el de Monterroso, el dinosaurio sigue ahí, exigiendo su tributo: que si la mesa de negociación en Cataluña; o la recomposición de nuestros partidos, desde la derecha radical hasta la llamada extrema izquierda, pasando, cómo no, por el centro; la revitalización de nuestras instituciones y de nuestras leyes; la reforma de las administraciones; este país injusto que sigue reclamando pactos contra la exclusión social, por una educación integradora, por un reparto territorial más coherente. Ese conjunto de factores, en suma, que conforman el gran dinosaurio y que, de momento, están ensombrecidos por el gigantesco diplodocus de un minúsculo virus.
Lo que quiero decir es que hemos de prepararnos no solamente para combatir, a base de modificar nuestra cotidianeidad, a ese ‘bichito’, según la desafortunada expresión de uno que fue ministro de Sanidad ante una crisis atroz, la del aceite adulterado; al bicho ese lo venceremos, sin duda, y más bien pronto que tarde. A quien hay que desalojar de nuestras peores pesadillas es al dinosaurio, que no es un sueño, sino que estará ahí, ya digo (o dice Monterroso) cuando despertemos. Y no sé si los jefes de nuestros ejércitos políticos están preparados para combatir al tiempo a virus y a dragones. Creo que no

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¿Y si aprovechamos para cambiar nuestras vidas?

Enviado por Fernando Jáuregui | 11/03/20

Ya que nos cambian la vida, cambiémosla de verdad

Fernando Jáuregui

Una crisis que nos cambia la vida, como esta generada por el coronavirus, exige replanteamientos a medio y largo plazo: ya que nos muda la vida, no sé si con medidas adecuadas o no, no sé si exageradas o insuficientes –no soy experto, desde luego: puede que todas las molestias sean necesarias–, ¿por qué no nos planteamos modificar de verdad nuestras existencias?

Cuando, en la mañana de este miércoles, el primer día del resto de nuestras vidas, conducía hacia mi destino en medio de un tráfico inusualmente despejado, sin niños trasladándose a los colegios, con muchos oficinistas quedándose en sus casas, me preguntaba por qué no asumimos que el teletrabajo es posible para muchos. Que no tenemos por qué convertir en rutinaria la tortura de llegar todos al tiempo a nuestras oficinas, soportando atascos de horas, colapsando las plazas de aparcamiento, contribuyendo a contaminar la ciudad y atiborrando los transportes públicos.

De la misma manera, me preguntaba, a mediodía, después de que me cancelasen una reunión de trabajo, otra cancelación más, si de veras son imprescindibles tantos almuerzos fuera de casa, si el de la ‘reunionitis’ no es un virus más peligroso aún que el del corona. Si podemos modificar instantáneamente hábitos seculares de saludar plantando dos besos en las mejillas de otros o entrechocando las manos de las personas a las que saludamos, ¿cómo no íbamos a ser capaces de acostumbrarnos, cuando ello sea posible, a incrementar nuestras horas de teletrabajo, a restringir viajes que pueden sustituirse por videoconferencias, a resolver las cuestiones en menos tiempo, acortando, o suprimiendo sin más, interminables reuniones innecesarias?

Quizá, ahora que ha llegado la hora de analizar todas las consecuencias de lo que nos está ocurriendo, desde las que afectan al estado de bienestar hasta a la economía, haya llegado la hora de modificar nuestros chips vitales. Hacer nuestras existencias más pausadas, más ecológicas, más humanas. Incrementar nuestros tiempos de ocio en familia y nuestra colaboración ciudadana, incluyendo una dosis más efectiva de participación y exigencia política. Y, por otra parte, creo llegado el turno de nuestros representantes de incrementar las consultas a los ciudadanos, de explicarles las cosas a fondo, de consensuar decisiones que pueden ser trascendentales para las gentes de a pie. Si se nos piden sacrificios, al menos que se nos escuche.

Estamos viendo que es posible. Si asumimos, como dicen nuestros políticos, que lo más importante es la salud y que todo lo demás, incluyendo la misma vida política, es secundario, seguramente seremos capaces de replantearnos nuestras vidas, ahora que tenemos la impresión de que ha llegado una nueva era, nueva por tantos conceptos, hasta nosotros. Cuando nos confinan, más o menos claro está, en casa, aprovechemos estos momentos para pensar: ¿y si de verdad cambiamos nuestras vidas?

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Déjennos, al menos, el derecho a la protesta

Enviado por Fernando Jáuregui | 09/03/20

Lo sé: soy afortunado porque puedo alzar mi voz, y, aunque modesta, puede oírse en algunos rincones que, como este, me acogen. Por eso mismo, me permitirá, amable lector, que exprese mi alarma y hasta mi indignación ante los ataques sufridos por muchos de mis compañeros cuando el nuevo/antiguo líder de Vox, don Santiago Abascal, se refirió a ellos como “medios de manipulación”, lazando menos que veladas amenazas con denunciar a los propietarios de tales medios. A los que, por cierto, ni se permitió el acceso al cónclave en el que el señor Abascal fue elegido presidente del partido de la derecha radical.

Lo verdaderamente inquietante del caso no es que Vox se comporte con los periodistas –lo digo así, en general; no me valen las discriminaciones que en Vox se hacen entre ‘buenos’ y ‘malos’—como lo haría, lo hace, Donald Trump, no. Lo peor es que muchas de las cosas que el señor Abascal dijo en su mítin del domingo referidas a la prensa me sonaban idénticas a las que le he escuchado al líder de Podemos, hoy vicepresidente de mi Gobierno, en no pocas ocasiones. ¿Recuerda usted cuando se lanzó contra los medios de comunicación privados, aludiendo a quienes los financian, porque no le gustaba lo que decían?

Haciendo mía la frase atribuida a Voltaire, daría la vida para que una opción política de la que todo me separa, como Vox –o como Podemos, ya que estamos—pueda seguir expresándose libremente. Pero primero quiero estar seguro de que a mí también me dejan expresarme con semejante libertad. Y cada día me siento más cercado. Si le digo la verdad, añoro aquellos tiempos de la Unión de Centro Democrático, o los de aquella lamentablemente fracasada ‘operación reformista’ (sí, la de Miquel Roca y Antonio Garrigues en 1983), en los que el valor constitucional de la libertad de expresión, aun cuando algunos medios se excediesen o se equivocasen en su crítica, era un bien supremo a respetar. De los artículos de la Constitución, uno de los menos respetados hoy es, me temo, el 20; ya sabe, ese que recoge el derecho a expresar y difundir libremente los pensamientos, ideas y opiniones mediante el escrito o cualquier otro medio de reproducción.

No, no diré que cualquier tiempo pasado fue mejor; solo diré que es necesario regresar, en la materia de la que me ocupo hoy, a algunos valores propios y consustanciales de una democracia. A los tiempos templados y no vociferantes, al sonido de la moderación y no a los tambores de guerra. Y lamento mucho que algunos órganos corporativos de mi profesión no se hayan lanzado, indignados, contra lo dicho por el señor Abascal, cuyas ideas no puedo compartir ni, en este punto concreto, respetar. Y lo mismo sea dicho cuando es el peor Pablo Iglesias –lo hay también mejor, reconozcámoslo—quien lanza alegatos semejantes, creyendo que los medios públicos son suyos y que los partidos son propiedad particular de sus dirigentes. Y no: los partidos, a los que elegimos y a los que financiamos, son propiedad de los ciudadanos. Aunque no les hayamos votado, faltaría más.

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Ella

Enviado por Fernando Jáuregui | 07/03/20

‘Ella’ se ha erigido en la representante de todas, todas, las mujeres. O, bueno, de todas las que no sean las que van a la manifestación con el PP. ‘Ella’ pelea por lo bajo con la otra, que también quiere la exclusiva de la representación femenina, y tener bajo su pancarta este domingo a más personas que nadie. Pero a mí la que más me inquieta es ‘ella’, ascendida a un ministerio por méritos y exigencias de otro, su pareja, no por sus méritos propios, que aún están por demostrar, mire usted su currículum. Y eso no es feminismo, me parece; es, creo, más bien lo contrario.

He visto la fotografía de ‘ella’, que anteayer como quien dice tuiteaba ‘los borbones, a los tiburones’, ejerciendo de dama de compañía de la reina Letizia: si tiene usted la oportunidad, estudie el rostro de ‘ella’, altanera, encantada de estar ahí, en la pomada, y más en estos tiempos de inquietud para la Corona. Quién se lo iba a decir a su madre, que la chica llegaría tan lejos: en el mismísimo epicentro de la pomada.

‘Ella’ se ha erigido en la campeona de la igualdad, o más que igualdad, como si los demás no hubiesen, no hubiésemos, hecho nada en todos estos años para ir lográndola. Parece que, hasta que llegaron ‘ella’ y las suyas, al grito de ‘borrachas y solas’ o no sé qué otros eslóganes provocadores, bobos, nadie había hecho nada por desbrozar el reino de la desigualdad y la injusticia del que partíamos hace ya muchos años.

Estoy de acuerdo, aun con sus imperfecciones técnicas, con toda ley que ensalce un espíritu de igualdad. Faltaría más. Pero no quiero que nadie se apropie de esa ley, de ninguna ley. Y menos ‘ella’, soplando su tarta con velitas en el despacho ministerial, con sus amigas del alma, de guateque. Que es lo que la política española no es, ni debe jamás ser: una fiesta, y menos un festín. Ella, que juega a ser la nueva y joven Pasionaria –sí apunta, es cierto, maneras de buena parlamentaria, a lo que llegará con el tiempo y con una cierta dosis de madurez que le falta a ojos vista–, no puede enseñorearse de una celebración tan importante como el día de la mujer, ni hacerse con la exclusiva de la igualdad –ni siquiera repartida esta exclusiva con la otra, teóricamente su superior jerárquica, a la que quiere quitar el cetro–.

Puestas así las cosas, para mí este domingo jubiloso va a ser un día políticamente triste. Porque ‘ella’ lo va a acaparar todo, todo.

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El caso del llamado Rey emérito

Enviado por Fernando Jáuregui | 06/03/20

La figura de Juan Carlos de Borbón, pese a su apartamiento de toda actividad pública, resurge con fuerza estos días en las informaciones, y no precisamente para bien de quien reinó en España durante casi cuarenta años. De pronto, y sin que exista una explicación demasiado lógica aparente, se recrudecen las informaciones acerca de las presuntas ilegalidades económicas cometidas en el pasado por el llamado rey emérito, Don Juan Carlos. Se intensifican las investigaciones judiciales y son varios los periódicos europeos en los que se habla de esas ‘donaciones’ de Juan Carlos I a la persona a la que llaman su ‘amiga íntima’, Corina Larsen, esa princesa de opereta de trayectoria tan, ejem, discutible que ahora, dicen, parece dispuesta a contar muchas cosas que antes, por razones variadas sin duda, no contó.

El Rey, mientras lo fue de manera efectiva, es inimputable, y pocas consecuencias penales prácticas tendrían aquellas actividades, ahora avivadas las brasas desde cenáculos que, en principio, no parecen ajenos a los manejos del ‘comisario infame’. Pero qué duda cabe de que el asunto tendrá consecuencias políticas y morales en el seno de la ciudadanía. Lo de políticas lo digo porque, de una manera inmediata, no cabe duda de que la creación o no de una comisión parlamentaria investigadora de las actividades del padre del actual Rey, como piden algunos grupos políticos (Esquerra, Compromís) y apoya el socio de Gobierno Podemos, provocará fricciones con el Partido Socialista, que está obligado a no apoyar una tal comisión de investigación. Y pienso que no lo hará. Puede que sea este el principal capítulo en las desavenencias inevitables a corto y medio plazo entre los dos partidos que conforman el Gobierno de coalición que preside Pedro Sánchez.

Y vamos con las consecuencias morales. La cuestión no es, desde luego, baladí. Y va más allá de las actividades concretas que el Rey Juan Carlos realizase, de las comisiones que recibiese o no de la familia real saudí, de que tuviese o no ‘aparcadas’ cuentas en Suiza, Panamá o las Bahamas. O de que, en época en la que se nos pedía apretarnos el cinturón, cazase elefantes en Africa acompañado de la princesa de opereta, la mujer que más quebraderos de cabeza ha provocado a los servicios secretos españoles durante los últimos años. El tema también va más allá de si el Rey puede o no ser perseguido penalmente y de si el juez García Castellón, implacable instructor del caso, puede o no llamarle a declarar (que parece que no).

El núcleo de la cuestión sigue siendo Monarquía sí o no. O si, como tantas veces nos ha dicho anhelar el socio minoritario del Gobierno, hay que plantear ya o no el advenimiento de la República, una vez que los ‘asuntos familiares’ están provocando un desgaste a la Corona casi tan grande como los afanes secesionistas de los republicanos catalanes. Qué duda cabe de que Felipe VI, a quien alguna vez, desde mi perspectiva de monárquico crítico, he calificado como posiblemente el mejor Rey que ha tenido España, ve que su figura se resiente con tanta losa. Y ya no sé si basta la moderación con la que una mayoría de los medios, y creo que de la sociedad, aborda el ‘asunto Juan Carlos’, por entender que el anterior rey hizo mucho por traer y consolidar la democracia en España y por prestigiar el país en el exterior. Que son más los claros que los oscuros, vamos.

Quizá eso no sea ya suficiente. Quizá la Monarquía española tenga que ir más allá de aquel ‘me equivoqué, no volverá a suceder’, un ‘mea culpa’ poco frecuente en nuestra casta gobernante. Siempre he dicho que, para evitar saltos en el vacío que sin duda ningún bien nos harían, se hace precisa una operación, desde el constitucionalismo, desde el reformismo, desde la democracia, de afianzamiento de esa institución que es la Jefatura del Estado, encarnada hoy en Felipe VI, mañana confiemos en que en doña Leonor de Borbón, quién sabe.

Erosionando la imagen de Juan Carlos de Borbón, que es figura sin duda polémica, en la que, a mi entender, prima con todo lo positivo sobre lo negativo, se contribuye a dinamitar el último eslabón que nos queda con aquellos ‘tiempos del 78’, o lo que el hoy vicepresidente del Gobierno Pablo Iglesias llamó ‘Régimen del 78’. Juan Carlos de Borbón es el único protagonista vivo de todo nuestro último medio siglo de Historia. Lo que está ocurriendo estos días en torno a su figura creo que tiene mucho que ver con este deseo de algunos de cortar los lazos con ese pasado, de acelerar esa ‘nueva era’ que aún no sabemos muy bien hasta dónde va a conducirnos. Ni quién la conducirá.

Por eso digo que lo que está ocurriendo, las investigaciones judiciales en Suiza, las publicaciones más o menos informadas en los periódicos de varios países, alguna obra monográfica que se prepara, desde luego no demasiado elogiosa hacia la trayectoria del llamado rey emérito, tiene mucho mayor calado que el mero relato de unos hechos que sin duda fueron poco ejemplares. Me atrevería a decir que quizá debería ser la propia Casa del monarca más profesional y limpio que hayamos tenido la que debería tomar la iniciativa de la investigación y distanciarse, como ya se hizo en otros escollos familiares, de actitudes que para nada han sido ejemplares. Y, al tiempo, reforcemos todos la idea de que Juan Carlos de Borbón merecerá un lugar destacado en las páginas buenas de nuestra Historia: ha sido, pese a todo –pese a todo–, mucho lo que ha hecho por España.

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El portavoz

Enviado por Fernando Jáuregui | 05/03/20

Decía, creo, Pompidou que la política son sus portavoces; ellos son quienes ejercen de intérpretes, o de espejos deformantes, entre la realidad aprobada por los ejecutivos y la versión transmitida a los consumidores o ciudadanos. De la calidad de los portavoces puede inferirse la de la política, en cualquier sentido de la palabra ‘política’, que quienes de verdad mandan pretenden poner en marcha.

Traducir, en ocasiones, equivale a escribir el original, ya se sabe. Y, cuánto siento tener que decirlo, los portavoces que tenemos en este país nuestro producen ocasionalmente tanto bochorno que cabe preguntarse si quienes los eligieron para tal función estaban ese día en sus cabales. O si los querían colocar, cual bufones de la Corte, de pararrayos de los de errores que cometen ‘los de arriba’.

Tome usted, por ejemplo, el caso de don Pablo Echenique, el portavoz ‘morado’ en el Congreso, ese que nos ha hablado de los ’machotes’ que, dice, torpedean con pegas legales los dictados de las masas: ese señor no debería seguir ni cinco minutos en el cargo. O el caso de Cayetana Álvarez de Toledo, del grupo Popular, que cada vez que abre la boca sube el pan, según el dicho popular: está en la permanente confrontación y pretende imponer su voz a la del propio presidente de su organización. O el de Adriana Lastra, la portavoz(a) del grupo parlamentario socialista y verdadera ‘número dos’ de su partido, incapaz de otra cosa que de repetir miméticamente los eslóganes que le dictan sus ‘mayores’, temerosa de meter la pata en cuanto añada algo de su cosecha. O el de Inés Arrimadas, empeñada en una batalla no siempre muy elegante por quedarse con el mando único en su mermado partido: ella es portavoz y parte. Y eso, simplemente, no puede ser.

O considere el caso de las portavocías de los nacionalistas y separatistas, tan sectarias, tan lejanas del pueblo. O los de algunos ministerios, instituciones o grandes empresas, que ocasionalmente producen vergüenza ajena, de tanta escasez de ideas y de propia iniciativa como exhiben. Cuando, en realidad, lo que derrochan no es sino la contradicción en relación con lo que debería ser su cargo: es decir, silencios y evasivas en lugar de explicaciones y comparecencias abiertas.

El Gobierno tuvo como ‘portavoza’ a alguien de probada ineficacia y falta de capacidades para tan complicado cargo, a la que, además, se le acumuló una cartera tan importante como la de Educación. Y debo reconocer que ahora, al menos en parte, se ha corregido algo el tiro con doña María Jesús Montero, a quien, en todo caso, se coloca como mascarón de proa de una nave cuyo rumbo resulta tan difícil de explicar. Porque esa es otra: a veces, al portavoz se le encargan misiones imposibles. Y entonces, la catástrofe.

Al portavoz de nuestros muy poco transparentes partidos políticos lo seleccionan en función de sus fidelidades, no de sus capacidades. Porque cuando esas capacidades superan a las previsibles fidelidades o se le larga con una patada en salva sea la parte o se le encierra en un muro de silencios, entre los cuales se diseñan estrategias maquiavélicas, y entonces se le da el poder casi absoluto, pero no la portavocía de nada, no vaya a ser que entonces brille más que su ‘jefe’..

Deberían, en suma, todos los que pretenden representarnos poner especial énfasis en quiénes son estos hombres y mujeres a los que se coloca para intermediar entre los y las que de verdad deciden y eso que se llama opinión pública. E incluso publicada.

Lo digo porque de pronto aparece en nuestras vidas alguien con iniciativa, conocimientos, frescura y aire de estar diciendo la verdad, como ese médico hasta anteayer casi desconocido llamado Fernando Simón, el portavoz de Sanidad sobre el coronavirus, y actúa como un bálsamo en medio de la tormenta (y menuda tormenta, por cierto, en la que voces alarmistas y desinformadas tratan de sembrar pánicos destructores).

Para nada conozco personalmente a este señor descorbatado, permanentemente despeinado, de voz más bien peleada con las ondas radiofónicas, excepto en mi recuerdo de que ya actuó como un balsámico cuando la crisis del ébola. Pero resulta que transmite credibilidad, esa que les falta a todos los papagayos que hablan en nombre de gobiernos u oposiciones o, a veces, realmente en nombre de nadie más que de sí mismos.

La política, las políticas, en España necesitan muchas cosas. Una de las principales, portavoces (y portavozas) que recuperen la credibilidad de las gentes en sus representantes, que ofrezcan la sensación de estar al servicio de la causa de los ciudadanos, y no exclusivamente al de quienes les pagan por ser como micrófonos sicarios. De estos, y de griteríos ensordecedores y vanos, andamos ya sobrados, la verdad.

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