Carta (abierta) a Leonor

Enviado por Fernando Jáuregui | 31/10/20


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(Se va pareciendo crecientemente a su madre)
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Querida Leonor:

Perdona, ante todo, el tratamiento. Más de medio siglo de diferencia en edad, además de mi desconocimiento del exacto protocolo cortesano, creo que disculpan el tuteo a quien tiene, obvio, mucha mayor dignidad y gobierno que uno: no es falta de respeto, pues, sino otra forma de ser respetuoso. Mi felicitación cuando cumples una edad en la que ya las cosas dejan de pertenecer al mundo de las ensoñaciones infantiles es sincera, hasta cariñosa. Porque a los quince años, a los que hoy llegas, empezamos, creo, a percibir realidades apremiantes por mucho que unas paredes palaciegas a veces atenúen los ruidos de la calle.

Hoy, el país en el que un día, confío, estas llamada a reinar, es muy distinto del que era hace seis años, cuando tu abuelo dejó el trono en manos de tu padre, el buen rey Felipe VI. Muchas cosas, entre ellas algunas lamentables que afectan a ese abuelo, han ocurrido desde entonces. Ni siquiera tiene esta España demasiado que ver que ver con la España de hace un año. La nación más alegre del mundo es hoy, y no solo por la pandemia, un conjunto de ciudadanos angustiados, que ven cuestionada su propia historia, que temen por su integridad territorial y perciben cómo se degradan sus instituciones, desde el poder parlamentario al judicial, pasando por el propio Ejecutivo, seriamente dividido en torno a la mismísima forma del Estado, o sea, la monarquía plasmada en la Constitución del 78. La monarquía cuya continuidad, o no, tú encarnas, Leonor. Inmensa responsabilidad, lo digo sin la menor sombra de paternalismo, y menos de indulgencia, para una joven, ya no niña, de quince años.

No sé si hasta ahora te educaron para afrontar todo esto, aunque sé que has tenido que aprender muchas asignaturas que tus compañeros de colegio han obviado, valores que otros niños tardan en asimilar porque tienen más tiempo para ello. Seguramente has percibido en el rostro de tu padre y de tu madre una preocupación mayor que la que muestran los padres de tus condiscípulos: las cosas a veces, más allá de los muros de La Zarzuela, se ponen feas para muchos. Alguien debe decirte cuanto antes, si no lo han hecho ya, que las dos Españas machadianas cada día están más marcadas, que una de ellas te es adversa y que ello se advierte ya en el mismo aparato de la gobernación del Estado, para no hablar de lo que se dice desde ciertos escaños parlamentarios.

Ignoro si sigues las a veces bochornosas sesiones de Cortes, si te cuentan de los intentos de aminorar la independencia de los jueces, si eres del todo consciente de que ocho millones de compatriotas están al borde de la exclusión social, de que tres de cada diez jóvenes no mucho mayores que tú andan a la caza desesperada de un empleo. Alguien, y tu padre es buen ejemplo, debería decirte que el trono, que es un puesto de trabajo al fin y al cabo, hay que ganárselo cada día con honradez, con prudencia, con discreción, con mesura y con patriotismo. Y, claro, con dedicación e inteligencia. Quizá por eso tu padre, en esas encuestas que me temo que no son demasiado favorables a la causa monárquica, sigue estando mejor valorado, y afortunadamente no solo por la ‘derechona’, que la generalidad de unos políticos que cada día procuran un nuevo sobresalto a la ciudadanía.

Este país, en fin, hay que estudiarlo a fondo y con pasión. Es un país en el que hoy se advierten rasgos anímicos por podrían haber estado presentes en 1898, cuando España tomó conciencia cabal de su soledad y de su mala gobernación. Estas, además, van a ser una navidades tristes: espero que tu padre acierte en el mensaje que dirigirá en Nochebuena a los españoles. Porque ya no caben los discursos de antaño. También eso alguien deberá explicártelo cuanto antes, porque cada vez habrás de estar más presente en la vida pública española.

Confío en que pronto, cuando mis colegas extranjeros vuelvan a preguntarme si yo creo que reinarás, pueda responderles que sí con menos dudas de las que ahora tengo. Felicidades de nuevo, en fin, en este día en el que, lo quieran o no tu entorno y las barreras legales, llegas a una suerte de mayoría de edad muy particular: no puedes ser lo mismo que los demás quinceañeros, eso también habrán de repetírtelo, espero. El camino no será fácil –pregúntale a tu padre–, pero merecerá la pena recorrerlo, seguro.

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¡Que vienen los rusos!

Enviado por Fernando Jáuregui | 30/10/20

El tiempo y las investigaciones más a fondo nos darán a conocer qué hay exactamente tras esa ‘trama rusa’, la ‘operación Volhov’, investigada por un juez, Joaquín Aguirre, ya bien conocido en los ambientes políticos catalanes –instruyó aquel feo asunto del Grand Tibidabo–. Personalmente, me cuesta creer que ni siquiera un personaje tan, ejem, peculiar como Carles Puigdemont pudiese haber cabalgado un solo minuto esa delirante historia en la que se habla de la creación de una criptomoneda catalana y del envío de diez mil soldado rusos para tomar Cataluña y ayudarla en su ‘procés’ hacia la independencia.

Comprendo que, semiconfinados como andamos tanto en Cataluña y Madrid como en otras varias Comunidades españolas, tenemos que dirigir nuestra atención a las historias más fantásticas para no aburrirnos demasiado. Historias en las que, por cierto, aparecen los nombres de un magnate de la comunicación, de medio Govern catalán actual, de Julian Assange –cuyo abogado, Baltasar Garzón, ya saben con quién ha oficializado una relación sentimental—y hasta del actual ministro de Sanidad, el infortunado Salvador Illa, a quien esto era la único que le faltaba para completar unas jornadas de indeseado protagonismo. No había sino que ver su trostro, más cariacontecido aún de lo habitual, en el ‘debate parlamentario del estado de alarma’. Alarmante, sí.

Cierto: nos perecemos por las historias morbosas. Pero no menos cierto es que este ‘procés’ desbocado hacia una independencia imposible, pilotado primero por Artur Mas, luego por el prófugo Puigdemont y más tarde por Quim Torra, da para mucho. Espionajes, coimas, ‘porcentajes’ –corrupción a manta en casi todos los estamentos oficiales, y eso es algo que no es de ahora, precisamente—y, en medio, figuras inquietantes, como la del ‘asesor financiero-político’ David Madí, o Víctor Terradellas, el hombre que contactaba con políticos de Rusia Unida, el ‘partido único’ del ‘zar’ Putin.

Que los rusos intervienen en los procesos políticos de Occidente –lo harán, y lo sabremos, en las elecciones que enfrentan a Trump con Biden, como lo hicieron en las que enfrentaron a Hillary Clinton con Trump—es cosa sabida. Mi compañero David Alandete, buen conocedor de estas tramas, tiene un libro muy revelador en ese sentido. Que desestabilizar a Europa y, por tanto, favorecer procesos secesionistas como el de Cataluña, es una misión que se ha impuesto el cuasi dictador de todas las Rusias, es algo también muy conocido. Por eso, no me atrevo, como hacen despectivamente algunos medios independentistas, a despreciar o minimizar las investigaciones del juez Aguirre, basadas en grabaciones policiales y en evidencias de corrupción que sobrepasan de lejos cualquier pretensión de que se estaba actuando por fines meramente idealistas, políticos.

‘¡Que vienen los rusos!’ era una divertida comedia de Norman Jewison, en la que un pueblo de Nueva Inglaterra se sentía, como un ‘bienvenido mister Marshall’ pero al revés, invadido por los rusos, entonces soviéticos. Todo quedaba en un monumental ridículo, claro. Lo mismo que las pretensiones de estos Madí, Terradellas, Oriol Soler, Vendrell y tantos otros que hoy han de reposar sus huesos en dependencias carcelarias. Al final, esto va a ser como tantos aspectos del propio ‘procés’: un gran fiasco, una patochada que solo alguien como el hombre de Waterloo y quien le sucedió en la plaza de Sant Jaume ha podido, en algún momento, tomarse en serio. Mientras los Madí y compañía se forraban, claro.

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El afortunado caso de la señora Montero (doña Irene)

Enviado por Fernando Jáuregui | 28/10/20


(¿Qué encierra la letra pequeña de los Presupuestos, eh Pablo?)

En este país, lo malo no son las grandes cuestiones, sino la trampa que encierra la letra pequeña. En casi todo y casi siempre. Pongamos que hablo de los Presupuestos, por ejemplo. A mí, en principio, no me parece mal una redistribución impositiva, e incluso pienso que se podrían haber gravado algo más las grandes fortunas y determinadas sucesiones; en ese sentido, pienso que las cuentas del Estado que se van a debatir dentro de pocos días en el Parlamento son apenas levemente socialdemócratas. Y ni mucho menos suponen un antes y un después, el inicio de una nueva era cuasi revolucionaria. Contra lo que, de manera algo pretenciosa y adanista, quiso anunciar el vicepresidente segundo, Pablo Iglesias, cuando, de manera algo impertinente –ni le tocaba hacerlo a él, ni era La Moncloa el lugar para hacerlo–, se plantó ante las televisiones para darnos una primera explicación de en qué van a consistir esos PGE tan ‘trabajosamente negociados y pactados’, euro a euro, por el Gobierno A con el Gobierno B.

Bueno, y ahí viene lo de la trampa.

No quisiera ser mal pensado –piensa mal y no siempre acertarás, aunque sí muchas veces–, pero me temo que una parte de esa negociación del Ejecutivo A con el Ejecutivo B ha generado eso que yo llamaba al comienzo ‘la trampa’. Son estos que ahora se debaten unos Presupuestos ‘de guerra’, para salir de una situación desesperada. Y que, por tanto, tendrían, en aras de una mejor redistribución social, que haber procurado un recorte drástico en gasto público superfluo. Qué menos, me decía yo cuando aún, hace tres días, era un ingenuo, que suprimir algunos ministerios innecesarios, podar algo en asesorías, básicamente para, desde el poder, dar ejemplo a un país al que se va a prescribir austeridad forzosa a toneladas.

Desde ese punto de vista, ya digo que sin duda algo naif, parecería que Departamentos como el de Igualdad, regentado por doña Irene Montero, correligionaria y pareja sentimental del mismo vicepresidente que nos presentó las cuentas generales del Estado, o el de Consumo, detentado –sí, detentado—por el ministro don Alberto Garzón, también emparentado ideológicamente con el señor Iglesias, bien podrían desaparecer sin causar gran daño a la nave del Estado.

Pues no señor: el Ministerio de Igualdad, que es ese que encarga estudios para averiguar si las niñas se sienten constreñidas por ir vestidas, al nacer, de rosa, no solo no desaparece o se integra en otro Departamento; la verdad es que en la lotería del reparto presupuestario le han caído 403 millones de euros, apenas, bah, peccata minuta, un 129’5 por ciento más que el año anterior. No me diga usted que eso no huele a ‘negociación familiar’ para lograr que la parte B, o morada, del Gobierno, apruebe las cuentas generales hechas por la parte A, o rosácea. Y la verdad es que el caso del departamento de Consumo y de la regulación del juego, que yo mismo no sé bien en qué consiste, resulta algo más modesto: cuarenta y un insignificantes millones de euros, pero que significan un apreciable incremento del 68’4 por ciento con respecto al ‘pocket money’ del que el señor Garzón disfrutaba en 2020.

No quisiera que nadie me tachase de hacer demagogia, cuando solo pretendo reclamar ejemplaridad y patriotismo. Pero cuando, dentro desgraciadamente de no mucho, venga algún prócer a pedirme que me apriete el cinturón, o se lo pida a nuestros pensionistas, a los que aún no han cobrado el Ingreso Mínimo Vital, a los que esperan y desesperan por cobrar un ERTE, no quiera olvidarme de estos porcentajes. Ni de que algunos de los titulares de los ejemplos que aporto trataron de subirse el sueldo como parlamentarios, afortunadamente sin lograrlo. No, no es demagogia. Es, simplemente, crítica. Y un poco de indignación, claro.

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¿Cuánto de duras serán las próximas semanas?

Enviado por Fernando Jáuregui | 25/10/20

La semana que comienza debería ser la del fin del caos. Vivimos cabalgando en la incertidumbre, en una cierta angustia. Tratando de normalizar nuestra situación dentro de la absoluta anormalidad que supone un marco de estado de alarma, de toque de queda y todo ese lenguaje bélico que poco a poco nos va ganando. Ignoramos cómo serán de duras esas próximas semanas de cuyo rigor nos avisan desde el presidente del Gobierno hasta el último de los virólogos que pueblan nuestras televisiones. ¿Desentrañaremos algo de nuestro futuro inmediato cuando este lunes se reúnan, para ver hasta dónde llegará el rigor en las restricciones a las libertades, los presidentes autonómicos con Sánchez y hasta con la presidenta de la Comisión Europea? Y es que urgen aclaraciones, que las cosas queden claras de verdad, sobre nuestro porvenir: el sanitario, el económico y el social. Y el moral.

Las preguntas urgentes que nos hacemos todos son muchas. También en el ámbito político, naturalmente. Para mí, la primera de esas preguntas es cuándo se encontrarán el presidente del Gobierno y el líder de la oposición, superando una anomalía inédita en Europa. Creo que podemos intuir que el clima mejorará tras la sesión parlamentaria de la pasada semana, que, ya era hora, aclaró muchas cosas respecto de las posiciones del Partido Popular. Algo tiene que ocurrir tras el nacimiento de una nueva estrella en nuestro firmamento político, porque no creo que sea precisamente una estrella fugaz.

Ahora es Sánchez, que aún no ha telefoneado, parece, a Pablo Casado para empezar a hablar del primero de los muchos temas pendientes, la renovación del poder judicial, quien tiene la pelota en su tejado. No es solo el tema de los jueces, claro: los Presupuestos están ahí, llamando a la puerta, y pienso que sería nefasto que, en estas circunstancias casi extremas, las cuentas del Estado respondiesen exclusivamente a un ‘pacto Frankenstein’, del que media España se sintiese excluida.

Porque ahora los Presupuestos lo impregnan todo, incluyendo las relaciones con la UE y, claro, las del Gobierno central con las autonomías, unas relaciones que se desarrollan en un ambiente cada día más complicado, y no solo por cómo afecta la pandemia a cada Comunidad. Qué duda cabe de que, cuando todo esto termine, que terminará, habrá que definir un nuevo esquema de relaciones en el Estado autonómico y de financiación de ese Estado. Pero eso es algo en lo que, hoy por hoy, nadie parece estar pensando aún; todo se improvisará, como siempre ocurre.

Ya digo que uno tiene muchas cuestiones –seguro que usted las comparte—que alguien, y no solamente desde La Moncloa, debería aclarar de manera mucho más amplia que en una de estas extrañas ruedas de prensa presidenciales. Todo, desde la extraña fuga de Leopoldo López de la embajada española en Caracas, hasta determinadas posiciones de nuestra diplomacia en Bruselas y en el presuntamente cambiante Estados Unidos post-Trump, está sujeto a la ya habitual falta de transparencia de nuestra Administración. Y eso, como comentaba al comienzo, es algo que habría que empezar a resolver de una vez: insisto en que esta semana, porque se nos va acabando el tiempo, debería ser la que marca el principio del fin de ese caos en el que tenemos una sensación creciente de habitar.

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Que Francisco te ilumine, Pedro

Enviado por Fernando Jáuregui | 23/10/20



(Le grité al Papa: “¿Santidad, un parv!”. Me miró divertido: me entendió perfectamente)

Tras una semana agotadora –bueno, sobre todo lo ha sido para Pablo Casado, que ha sido el gran triunfador en la sempiterna lucha de gladiadores de la arena política nacional–, Pedro Sánchez se nos marcha este sábado a Roma para entrevistarse, con no poco ruido mediático, con el papa Francisco. Un encuentro desde luego infrecuente, en el que aseguran que Sánchez dedicará algún minuto de la hora que le concede el Sumo Pontífice para invitarle a visitar España. No ahora, naturalmente, que nuestro país está para pocas visitas, sean turísticas o pontificias, sino acaso a lo largo de un 2021 que, de todas maneras, tampoco es que se nos presente lleno de alegrías y certezas viajeras precisamente.

El habitual hermetismo monclovita no ha querido revelar cuál es el motivo central de esta audiencia papal a un jefe de Gobierno que, como Sánchez, está atribulado por las presiones europeas, que le han obligado a sacar la pata que había metido en lo referente a la reforma del poder judicial, pero lo está mucho más aún por las medidas cada día más draconianas que habrá de adoptar para combatir el auge de los contagios en nuestro país. Unas medidas que inevitablemente empobrecen a buena parte de los ciudadanos y que, sin duda, tendrán repercusiones negativas en el apoyo de los electores a quien las impone, es decir, Pedro Sánchez.

“Claro, Casado no va a ser quien tenga que decretar el toque de queda o quizá un confinamiento generalizado a los españoles”. Así lo comentaba este viernes, amoscado, alguien muy próximo al Gobierno de coalición, tras reconocer que el discurso del líder del PP en la moción de censura de Vox no solo destrozó a Abascal, sino que también hizo mella en las filas gubernamentales, que saben que ahora tienen que mover ficha. Puede, en efecto, que, si ahora se hiciese una encuesta, el PP subiría bastante y el conjunto PSOE/UP descendería algo o quizá se estancaría; tal parece haber sido el impacto de la actuación parlamentaria del presidente ‘popular’. Veremos hasta dónde llegan las consecuencias de lo ocurrido esta semana.

Pues con esta incómoda sensación de que le ha salido, como un grano en salva sea la parte, una alternativa que mira hacia La Moncloa, acude Sánchez, superado el millón de contagiados en España, a consolidar la ‘photo opportunity’ con Bergoglio, que fotografiarse con el Papa siempre resulta mas estético que, digamos, hacerlo con Pablo Iglesias, por poner un ejemplo. Ciertamente, ni Sánchez, ni su socio en el Gobierno, ni nadie, puede vivir relajado en una nación que encabeza el ‘ranking’ europeo de contagios y quizá de mala gestión de la enfermedad.

Ignoro, y no soy quién para meterme en esas cosas, si Sánchez hallará confort espiritual en su encuentro con el obispo de Roma, que acaba de protagonizar todos los titulares del mundo con sus opiniones sobre el matrimonio homosexual. Pero sí é que, polémico como es sobre todo dentro de la propia Iglesia, Francisco es hombre sensato, cuyo consejo conviene seguir. Y ya se está viendo que es, además, valiente.

Una vez, hace ya más de dos años, conseguí llegar lo suficientemente cerca del Papa, durante una masiva audiencia el El Vaticano, como para gritarle, en medio del estupor de los que me acompañaban: “¡Santidad, un par!”. La mirada que me dirigió me mostró que el Pontífice argentino había entendido perfectamente mi mensaje, que era de admiración y para nada irrespetuoso. Mucho se fortalecerá esta mi opinión sobre Francisco si le echa eso, valor, y se atreve a iluminar a nuestro presidente con algún bienintencionado consejo, que nuestro Pedro Sánchez, creo, bien lo necesita.

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Lo que decía: con Abascal, toda va mal

Enviado por Fernando Jáuregui | 22/10/20

Digan lo que digan ahora los portavoces de Vox, la moción de censura presentada por este partido contra Pedro Sánchez no ha sido precisamente un éxito para el ‘candidato’ Abascal. Quería desgastar al presidente del PP, Pablo Casado, y este se descolgó con el mejor discurso de su carrera parlamentaria, situándose en un centro efectivo entre la formación de la derecha extrema y la coalición de la izquierda PSOE-Unidas Podemos. Sin embargo, pienso que los ciudadanos debemos agradecer algo a Abascal: puede que, con su moción, haya abierto la espita hacia un entendimiento entre el Gobierno central y la principal formación de la oposición. De momento, y como también era previsible, ambas partes se han abierto a un acuerdo sobre la reforma del poder judicial, dado que Pedro Sánchez ha retirado su propia y muy criticada proposición de ley sobre el mundo togado.

Pablo Casado rompió, quizá definitivamente, las posibilidades de futuras alianzas entre el PP y Vox. “Nosotros no queremos ser como ustedes”, dijo Casado a Abascal, en un durísimo discurso contra Vox, sin olvidar tampoco criticar al Gobierno de Pedro Sánchez, a los nacionalistas y a los separatistas. Solamente se abstuvo el presidente del PP de mencionar a Ciudadanos, cuya alianza necesita para llegar a un eventual ‘acuerdo transversal’ con Pedro Sánchez, frente a las presiones de Vox, por un lado, y frente a las que los socialistas experimentan por parte de Unidas Podemos, por otra. Muchos nos preguntamos si, desde este jueves, estamos ya al comienzo de un nuevo camino en esta Legislatura; quizá demasiado pronto para avanzar alguna conclusión demasiado optimista….

El líder ‘popular’ desoyó los consejos de quienes le pedían abstenerse en la votación de la moción de censura presentada por Abascal, y más aún desoyó a los que le sugerían que ni siquiera interviniese en esta sesión plenaria, que acabó con una sonora derrota de Vox, que se quedó absolutamente solo en la votación. Por el contrario, Casado dio un ‘no’ muy rotundo a las pretensiones de Vox, e hizo el que sus seguidores llamaron luego ‘el discurso de su vida’. Queda saber si el patentemente desorientado Abascal, que no esperaba tal contundencia, acabará –dijo que no lo hará, pero eso está por ver—con el apoyo que Vox da a los gobiernos de PP y Ciudadanos en Madrid, Andalucía y Murcia.

A Abascal, y sin haberlo preparado me ha salido un pareado, todo le salió este jueves mal. Y ello, pese a la moderación que se impuso en su lenguaje, ya que no en sus conceptos sobre la política nacional. Como otras veces ha ocurrido con las mociones de censura en España, la estrategia le ha fallado. No creo que su liderazgo personal al frente de Vox se vea resentido, pero es obvio que este partido tendrá que replantearse algunas cosas. Incluyendo la pretensión, que ya se ve que tiene escasa o nula viabilidad, de erigirse en líder de la derecha. Este jueves, Casado se consolidó en este lugar. Y en el centro.

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Con Abascal, todo mal

Enviado por Fernando Jáuregui | 18/10/20


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(Abascal cabalga los caballos del Apocalipsis en estos momentos apocalípticos)
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Pues naturalmente que Santiago Abascal tiene perfecto derecho a presentar una moción de censura contra el Gobierno de Pedro Sánchez, como tiene perfecto derecho a equivocarse presentándola. Faltaría más. Me preocupa poco el error de Vox, como me preocupan poco, en otro orden de cosas, los desvaríos de Donald Trump, ese hombre al que Abascal tanto admira y que se pegará presumiblemente un sonoro batacazo el próximo 3 de noviembre. Lo que me preocupa es que los demás sigan equivocándose en sus reacciones ante el vocerío alterado; hablo, sí, de Casado, de Sánchez, no digamos ya de Iglesias o de los propios nacionalistas/separatistas. ¿Es que no entienden que la ultraderecha, lo que Vox representa, les da a todos ellos una oportunidad de unirse frente a unas tesis que, como ocurre en Francia con Le Pen, como en los Estados Unidos de Trump, significan una regresión sobre las bases que hemos ido construyendo en las últimas décadas?

Puede que una de las variadas malas noticias de esta semana que comienza sea que en España ya hemos llegado al millón de contagiados por el virus. La peor gestión de Europa, sanitaria y económica, parece que nos corresponde, y eso es algo que, claro, utilizarán los de Vox, en busca de la aquiescencia de una ciudadanía que está literalmente harta de sus políticos, de todos sus políticos, entre los cuales, por cierto, destaca, por su impopularidad –dicen todas las encuestas—Abascal. Pero, claro, muchos se sentirán reconfortados con los palos dialécticos que le van a caer al Gobierno de Pedro Sánchez/Pablo Iglesias no solo de la mano del líder derechista, sino también del PP de Casado, del Ciudadanos de Arrimadas y de algún otro portavoz minoritario en el Parlamento. Porque la gente tiene ganas de abroncar a los gestores de esta crisis, los peores, se dice en todos los cenáculos, de todo el Viejo Continente. Y, encima, se ganan la reprimenda europea por un intento poco meditado de reforma del poder judicial, un intento que me parece que nunca verá la luz, si el Jano Sánchez/Iglesias conserva un mínimo de sensatez.

Aquí, en este debate envenenado quien se la juega no es Abascal, que sale a perder y a meter bulla; total, a él que se derrumbe el templo con los filisteos dentro le importa poco; puede que hasta lo desee. Quien se la juega es Pablo Casado que, ahora sí, tiene que elegir entre el mejor centro y la peor derecha. Pregunté a José María Aznar qué votaría él ante esta moción de censura de Vox: “votaría ‘no’”, dijo sin ambages. Yo creo que Casado, siempre titubeante en la cuerda floja, también votará ‘no’ y, para ello, habrá de endurecer hasta el paroxismo su crítica al Ejecutivo PSOE-UP. Es lo malo: que los excesos de los extremos (Vox y Unidas Podemos, para no hablar ya de Esquerra Republicana, entre otros) radicalizan a los moderados, entre los que ocasionalmente incluyo al Sánchez que este sábado se fotografiará con el Papa. Y así, el entendimiento entre estos moderados se hace aún más difícil, por mucho que la ciudadanía, los editoriales de los periódicos y el máximo representante institucional, el Rey, o hasta Francisco en el Vaticano, lo estén pidiendo a gritos. Bueno, puede que las voces indignadas de los jueces y de las instancias europeas fuercen –esperemos– algún acuerdo ‘in extremis’ al menos en la renovación del poder judicial, pero ni siquiera eso está garantizado.

En fin, mala semana esta que comienza. Una semana en la que Trump lanzará sus últimos desafíos al sentido común democrático y en la que aquí, en casa, con un millón de infectados, tres millones largos de parados ‘oficiales’ y ocho millones de potenciales excluidos sociales, Abascal, el profeta del ‘todo va mal’, hará galopar a los caballos del Apocalipsis. Claro que no establezco paralelismos entre Abascal y su ya digo que admirado Trump: solo digo que son malos tiempos aquellos en los que se imponen en los titulares las voces más inmoderadas. Porque, aunque ganen –y ni Trump ni Abascal ganarán–, los extremistas nunca tienen razón.

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La quinceañera Leonor

Enviado por Fernando Jáuregui | 17/10/20


(estas ya no tan niñas hacen más por la Monarquía que muchos Habsburgos y varios Borbones)

Cómo pasa el tiempo. Resulta que, dentro de un par de semanas, Leonor de Borbón y Ortiz, a quien nos hemos acostumbrado a ver como una ‘menor muy menor’, quizá porque así es tratada, cumplirá quince años. La niña bonita, que antes decíamos. Una edad en la que se advierten –muchos lo hemos vivido en nuestros hijos—unos primeros brotes de rebeldía, de no aceptar el mundo que se les impone. Lógico: la entrada en la adolescencia. Claro que el caso de Leonor, de doña Leonor, no es igual que el de muchas otras niñas de su edad. Ella es princesa de Asturias, este viernes hicieron que leyese un discurso, correcto, sobre la solidaridad, ve estos días a su padre especialmente preocupado, cómo encanece tan rápido, y le enseñan que su destino será, o debería ser si todo sigue un cauce no tan anormal como hasta el momento, muy diferente al de sus compañeras de colegio. Ella encarna el porvenir que una de las dos Españas quiere.

Me gustó su manera de expresarse en la ceremonia, que este año hube de seguir por televisión –no están los tiempos para actos presenciales—, de la entrega de premios que llevan su nombre, princesa de Asturias. Siempre he dicho que ella y su hermana, dos años más joven, más alta que ella, siempre discretísima, que es el papel que le cumple, hacen más por la Monarquía de que hicieron muchos Habsburgos y varios Borbones. Pero cuando corresponsales extranjeros y agregados de cosas raras en las embajadas acreditadas en Madrid me preguntan si yo creo que Leonor reinará en España –este jueves me entrevistaba al respecto una televisión danesa, monarquía que se inquieta por lo que pueda ocurrir en este país nuestro–, siempre digo que me gustaría responder que sí, pero que no estoy nada seguro de que eso, que sería mi deseo, se haga realidad.

La triste ceremonia de entrega de los premios Princesa de Asturias, que algún día quisieron ser los Nobel ‘a la española’, reflejaba bien a las claras la situación de tristeza ambiental que vivimos, obligados por la pandemia quizá, pero no solo por eso: la semana ha sido pródiga, de nuevo, en desencuentros políticos, en recelos europeos hacia lo que nuestro Gobierno, y nuestra oposición, están haciendo, o mejor no haciendo, por nuestro arquitrabe democrático (¡y lo peor es que ellos llevan sus riñas hasta Bruselas!). Y la conciencia nacional, no tiene usted más que analizar la encuesta del CIS, para lo que valga, es de profundo desánimo, de censura total a eso que se llama ‘clase política’, que, como el propio Rey, debería ir meditando en atar su futuro. Hoy toca la pelea total por la renovación de los jueces, que espero que sea contencioso sobre el que ambas partes mediten cómo solucionarlo de manera inmediata; pero mañana la batalla de la autodestrucción, como decía Bismarck, se extenderá hacia cualquier otro campo. Ahí están los Presupuestos, por ejemplo. O cualquier monumento a Largo Caballero que derribar a martillazo limpio, por poner una muestra más de discordia perfectamente innecesaria. Todo son tinieblas.

Sí, porque pienso que Felipe VI, hasta ahora uno de los mejores monarcas que ha dado la Historia de España, debería aprovechar más a fondo las oportunidades que se le brindan de dejar claras algunas cosas. No basta con discursos genéricos aludiendo a la unidad, a la concordia y a la necesidad de un esfuerzo nacional de entendimiento: eso siempre suena a bellas palabras, pero algo etéreas, con perdón. Cuando las cosas, las de comer y las de la política, están tan mal, pienso que el jefe del Estado ha de aspirar a tener un papel más protagónico, guste a no guste a esa otra España que no quiere que Leonor ocupe algún día el principal despacho de La Zarzuela. En cualquier caso, a esa ‘otra España’ le va a parecer mal cualquier cosa que implique mantener una normalidad institucional. Y conste que no digo yo que sea fácil ganarse a esa ‘otra España’, a esas otras Españas, pero sí que hay que intentar esa conllevanza orteguiana que tanto tiempo y prosperidad nos ha hecho ganar otrora. O sea, en el pasado.

Seguro que doña Leonor, a mi juicio sobreprotegida contra el ruido ambiental, es muy capaz de entender la situación: me dicen que es una joven listísima, que sabe que las rabietas de sus coetáneas adolescentes no le estarán permitidas, ni ahora ni nunca. Seguro que sabe también que una cierta normalidad sería que ella pudiese, lo mismo que en Oviedo, estar en Girona, presidiendo con tranquilidad, sin esconderse y con asistencia de las autoridades correspondientes los premios que también llevan su nombre. Temo que eso, hoy por hoy, no es posible. Ni aunque los proclame en catalán, que me dicen que, menos mal, lo estudia con aplicación.

Ignoro cuál es el plan de comunicación que, en el futuro, se ha trazado para Leonor de Borbón Ortiz. Ya digo que está encerrada en una jaula de oro que ni siquiera tiene apariencias de libertad. Pero más vale que, quien puede hacerlo, piense en que esta ya no niña tiene un significado, en estos momentos, que ya no se puede disimular meramente con silencios y fotografías acudiendo a clase con el uniforme del colegio. Leonor es, perdóneme a quien le duela, un bien de Estado y como tal habría de ser tratada.

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El problema son ‘ellos’. O sea, en el fondo, nosotros que les votamos

Enviado por Fernando Jáuregui | 16/10/20


(el problema, definitivamente, son ellos)
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¿Cuál es el principal problema de España? Acumulamos, ciertamente, bastantes respuestas posibles, para qué nos vamos a engañar. Claro que una cosa es lo que dicen las encuestas oficiales, otra quizá la que decimos los columnistas en los periódicos y una, muy diferente, la realidad que se percibe en las calles, cada vez más desiertas en un país que siempre vivió de puertas afuera. Pero si usted atiende a lo que se escucha y hasta lo que se detecta en las consultas a la opinión pública, verá que el principal problema son ‘ellos’. O sea, en el fondo, nosotros mismos, país que, como decía Bismarck, somos el más fuerte del mundo, porque llevamos siglos empeñados en destruirnos –y ahí seguimos—y no lo hemos conseguido. Hasta ahora, al menos.

Leo un luminoso artículo de Ignacio Varela en el que nuevamente acierta, ahora al denunciar cómo el Centro de Investigaciones Sociológicas, en su última encuesta, oculta que la preocupación número uno de los españoles es la escasa calidad de esta (mal) llamada ‘clase política. Tradicionalmente, el CIS incluye en su cuestionario una explicitación de los principales problemas a juicio de los encuestados. En este sondeo, el coronavirus, la crisis económica y el paro ocupan los tres primeros lugares, con un 24’7 por ciento en el caso de la pandemia, un 9’4 en el de la situación económica y un 7’6 en el del paro. Sin embargo, si usted agrupa los once apartados en los que se ha dispersado la cuestión que a continuación detallo, comprobará que el primer problema, en realidad, para un 40 por ciento de los españoles tiene que ver con ‘el mal comportamiento de los políticos’, ‘los problemas políticos en general’, ‘la falta de acuerdos y de unidad’, ‘la inestabilidad política’, ‘lo que hacen los partidos políticos’, y así varios más. Todos estos temas, cuidadosamente disgregados, suman un 39 por ciento si se pregunta cuál es la primera fuente de inquietud, y hasta un 71 por ciento si se quiere saber cuál es uno de los tres primeros problemas a juicio del interrogado.

No me resulta nada extraño, desde luego. Una primera fuente de desconfianza del representado hacia su representante reside cuando tiene que poner en tela de juicio hasta los trabajos demoscópicos que encargan los segundos para tratar de edulcorar la verdad a los primeros. La falta de transparencia con la que se administra el poder, que abarca también, claro, a la libertad de expresión, tan disminuida, alcanza cotas inusuales desde que yo tengo memoria política en la democracia.

Ni tampoco me extraña que en Europa, aunque desde el Gobierno insistan en lo contrario, estén analizando esta democracia nuestra con lupa, mientras algunos importantes medios de países cercanos empiezan a señalarnos con el dedo como presunto ‘Estado fallido’, o ‘país fracasado’, expresiones que me hieren, quizá porque no pasan inadvertidas. Y hasta parece lógico que esto sea así cuando desde algunos medios nacionales también se juega a la confrontación, tan presente en el Parlamento, en los parlamentos (hay que ver los debates en la Asamblea de Madrid, tan de sal gorda): tuve una discusión televisiva con un querido –y habitualmente mesurado—compañero que diagnosticaba que España se encuentra en una suerte de ‘guerra civil fría’, es decir, sin pistolas, pero con tensión y crispación máximas. Y no, las alusiones a cualquier tipo de guerracivilismo, por muy frío que sea, creo que están de sobra, por mucho que una política errada la emprenda, por ejemplo, a martillazos con el recuerdo de Largo Caballero. Creo que una buena dosis de mesura resulta hoy más que nunca aconsejable.

El país está sobrecogido, con la sombra de ‘otro 1898’ planeando sobre nuestras cabezas. Mala política llevar las diferencias, aunque sean tan severas como el absolutamente innecesario proyecto de reformar ‘desde arriba’ el poder judicial, hasta las instancias europeas. Hay miembros de la UE que quizá entienden que dejar caer a España sería suicida para la Unión; otros, en cambio, parecen empeñados en castigarnos y aprovechan cualquier pretexto. ¿A qué darles argumentos?

Pues eso: que si usted estudia las tripas del último barómetro del CIS percibirá que el problema, en verdad, son ellos. O sea, nosotros, que hemos elegido que ellos nos representen.

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En España, no todo el mundo grita ‘Viva el Rey’

Enviado por Fernando Jáuregui | 12/10/20

Había que estar especialmente atentos este año a la conmemoración del Día de la Fiesta Nacional. No solamente, claro, porque jamás se había celebrado en esta versión reducida y con mascarillas, sino, especialmente, para calibrar hasta qué punto la tensión política puede llegar a afectar incluso al protocolo, cosa que, hasta donde se me alcanza, no ocurrió. Pero el hecho de que hubiese que buscar detalles significativos, el breve cruce de palabras entre Pedro Sánchez e Isabel Díaz Ayuso, cómo unos y otros se saludaban con el Rey, que Pablo Iglesias tratase de hablar con los jueces a los que tanto ha denostado y a los que tanto teme, eran muestras inequívocas de que, aquí, de normalidad, nada.

Al no haber podido asistir presencialmente, como en años anteriores, a la celebración en el Palacio de Oriente estoy seguro de que se me han escapado gestos y guiños que, sin duda, abundaron para abonar comentarios para todos los gustos. Pero las banderas, los himnos, cuyo respeto hace grande a un Estado, allí estaban, lo mismo que gentes que, desde fuera de la Plaza de la Armería, gritaban ‘viva el Rey’. Quizá más que nunca, porque existe la sensación de que, este año más que nunca, el jefe del Estado necesita dosis especiales de protección y cuidado.

Porque el marco político es, por decir lo menos, malo. ¿Es España un ‘Estado fallido’, como dice un importante periódico suizo?¿Reina el caos en el país, como afirma un diario alemán y sugiere con no poca frecuencia el ‘New York Times’?¿”Ha fracasado España”, tal cual se pregunta un significativo ‘think tank’ francés? Si lo juntamos todo, como hacían este lunes, precisamente el día de la fiesta nacional, algunos digitales independentistas, la sensación es impactante. Y lo es aún más si se suman los comentarios, con firmas muy apreciables, aparecidos en no pocos medios españoles, que rezuman pesimismo y cierto aroma a catástrofe, a nacional-desánimo muy 1898.

‘Radiografía de un país camino a la perdición’, titulaba este lunes su columna el director de un influyente periódico digital, donde otro colaborador destacado hablaba de que este 12 de octubre, celebrado como con sordina, constituye una especie de ‘réquiem nacional’. Las portadas de la mayor parte de los diarios españoles son pesimistas y, si no hubiese sido por Rafael Nadal, a quien todos elogiaban acaso a veces con un punto de desmesura, todo sería llanto y crujir de dientes: el virus, disparado hacia arriba, justo lo contrario que la economía, que va para abajo; problemas en un Gobierno enfrentado a los jueces –que ya tienen, también ellos, sus propias angustias–, Europa que nos mira con cada vez más recelo, guerra absurda Gobierno central-Gobierno de la Comunidad de Madrid…Unos acusan a los otros, y los otros a los unos, ya sin rebozo, y me parece que con escasa justificación, de ‘golpismo de Estado’, sin percatarse del daño que todo esto causa a la imagen exterior de España.

Imposible no percibir cómo se debilita, día a día, la Jefatura del Estado, que habría de ser la garantía de la permanencia de un país fuerte en sus convicciones democráticas y constitucionales. Que surjan manifiestos y vídeos dando ‘vivas al Rey’, como la iniciativa del grupo ‘Libres e Iguales’, puede ser el indicio de que una de las dos Españas se mantiene fiel a la forma del Estado; pero también está la otra parte, la que no firma esos manifiestos por mucho que se lo pidan, en abierto desdén por apoyar esa forma monárquica del Reino de España. No puede ser que la Corona esté apoyada casi exclusivamente por la derecha, y que su estabilidad dependa apenas de que el actual jefe del Gobierno la respalde, cosa que, por suerte –y por cálculo–, Pedro Sánchez, al menos por el momento, hace.

Por eso, precisamente por eso, estábamos todos tan atentos al acto de conmemoración de la fiesta nacional en el patio de armas del Palacio de Oriente. Ojo avizor al menor detalle: cómo se saludaban Felipe VI y el vicepresidente Pablo Iglesias, tenaz valedor (desde el Gobierno) de la República. Los rostros enmascarados no dejan percibir la amplitud de las sonrisas y hasta, a veces, amortiguan las palabras. Por eso resulta complicado percibir de manera cabal y total si, tras el educado protocolo, existe un propósito de enmienda, de evitar todo eso que el diario de Zurich, y el de Nueva York, y el de Frankfurt, y el Economist, andan diciendo sobre nuestro país. Al menos, este lunes, día de la Fiesta Nacional, se mantuvieron, hubiese faltado más, las formas, el himno, las banderas. Pero media España grita ‘viva el Rey’ el 12 de octubre, mientras que la otra…

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