Por fin se acaba este enero puñetero (y, sin haberlo preparado…)

Enviado por Fernando Jáuregui | 30/01/21

Entrábamos en el mes puñetero que hoy acaba tras la Nochevieja más triste de nuestras vidas y que culminaba el año también más triste de nuestras vidas. Nada indicaba que enero, en pleno furor de repuntes del virus que a tantos está matando, fuese a ser mucho mejor. No lo ha sido. Y no solamente porque la pandemia sigue colapsando Ucis, abriendo horizontes de pesimismo solo matizados por unas vacunas que van demasiado lentas y cerrando, en cambio, bares y fronteras: es que todos los errores que podrían cometer quienes gestionan nuestras vidas se han cometido, se están cometiendo.

La imagen de los políticos presos –que no es lo mismo que presos políticos: el orden de los factores sí altera el producto—saliendo, triunfales, de la cárcel de Lledoners servía en las portadas de este sábado para ilustrar la que va a ser una nueva, la enésima, controversia jurídica y política derivada del ‘caso catalán’. No seré yo quien se oponga o siquiera critique una medida que, guste o no, me parece ajustada a Derecho y al sentido común; pero lo cierto es que ha contribuido a ahondar la brecha entre las dos Españas, esas que terminaban de manera muy extraña este jueves el último debate parlamentario, en el que, sin proponérselo, nada menos que Vox salvó la cabeza de su archienemigo, el Gobierno de Pedro Sánchez.

Los dislates, las contradicciones que la gente entiende mal porque se las explican aún peor sus representantes, son siempre cosa mala en cualquier democracia. Y la española está como para no andarla manoseando demasiado: la verdad es que, en este sentido, enero tampoco ha sido un mes bueno, y no creo que haga falta extenderse demasiado al respecto. Lo mismo que ocurre para la economía –los datos del desempleo y de la pérdida de PIB no pueden ser más alarmantes de cara al futuro inmediato–. O para la frágil moral nacional, que no se acaba de creer ni las halagüeñas perspectivas que nos ofrece la (buena) ministra Nadia Calviño ni las promesas de que la mayoría estaremos vacunados e inmunes el mes de junio, como nos indica, sin duda llena de buena voluntad pero no tanto de realismo, la nueva y aún no testada ministra de Sanidad. Y conste que me encantaría poder creer a ambas, o emborracharme con el redondo triunfalismo de Pedro Sánchez.

En fin, digamos adiós a este mes que comenzó con Filomena, una borrasca que nos mostró demasiadas incapacidades públicas, y que se despide con otra, Justine, que culmina, lo que faltaba, cuatro semanas desapacibles. Y pongamos buena cara al mal tiempo, que llega un febrero marcado por una absurda fecha electoral que, como parece que les ha ocurrido a los portugueses, podría provocar otro alud de contagios, como si tuviésemos pocos, y, encima, acarreará una votación que nada bueno augura. Puñetero enero, maldito febrero. A ver si, allá para marzo, entre todos enderezamos la cosa…

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Carta demasiado abierta a Carolina Darias

Enviado por Fernando Jáuregui | 28/01/21

Estimada nueva ministra de Sanidad:

Me atrevo a escribir esta carta pese a que no nos conocemos y poco se ha sabido también de su ejercicio en el cargo de ministra de Política Territorial y Función Pública, que ejerció usted durante un año no sé si con acierto, pero al menos se sabe que sin demasiado ruido, lo que no es poco en los tiempos que corren. Pero si Salvador Illa deja –y no todo es culpa suya, obviamente—un Ministerio de Sanidad sumido en las más negras pesadumbres, en pleno repunte de los contagios y con alarmante falta de vacunas, lo cierto es que el Ministerio que usted abandonó este miércoles igualmente no parece haber sido pródigo en logros, y conste que tampoco la estoy culpando a usted: el sistema autonómico funciona, desde hace muchos años, de manera algo cojitranca, la reforma de la Administración Pública duerme el sueño de los justos en algún cajón olvidado ya desde Mariano Rajoy y la coordinación autonómica es, simplemente, casi inexistente, como se está comprobando en estos tristes tiempos de la pandemia.

El balance de los dos ministerios que han cambiado en el último Consejo de Ministros ha sido, en el caso de Sanidad, que el señor Illa se ha marchado en medio de un aluvión de críticas, no siempre justas, y usted deja en manos de Miquel Iceta un Departamento del que la gente de la calle –ayer escuché, confieso que dibvertido, una demoledora encuesta callejera al respecto en Onda Cero—saba nada o menos que nada. Y que, sin embargo, a mi entender es muy importante para vertebrar España, cosa que espero que el señor Iceta, buen político pero, claro, inclinado en demasía hacia Cataluña, sepa hacer equilibrada y hábilmente.

A usted le toca la parte del león: combatir un virus que nos está ganando y desmoralizando por completo. No sé si su jefe y nuestro presidente, el señor Sánchez, habrá entendido que el combate que se espera que gane el Gobierno no es el que libra una parte del mismo contra la otra parte, ni contra la oposición, ni contra los españoles cabreados, que unos cuantos hay: al Gobierno, y a usted como punta de lanza del mismo, le reclamamos que gane la guerra contra el virus. Y eso exige coordinación, talante, talento y…credibilidad. Que es lo que más le ha faltado a la ‘etapa Illa’. Déjeme, a este respecto, que le transmita, porque es mi oficio, una voz muy extendida en la calle: cambie de puesto al doctor Fernando Simón. Su crédito como portavoz sanitario se ha extinguido y ya ni siquiera hacen gracias sus camisas arrugadas y su despeinado que envidiaría el mismísimo Boris Johnson.

Usted debería, entiendo, liderar una comisión interministerial en la que se integrasen desde Economía hasta Exteriores, pasando por Turismo, Trabajo y quizá algún otro. Porque ya no se pueden separar las responsabilidades de luchar contra el Covid de las de planificar cómo será el futuro pospandemia en los planos económico, político y moral: de esta no solo no salimos más fuertes y unidos, sino que andamos más bien tocados, débiles y a la greña por un quítame allá esta vacuna, que ahora es el bien máximo.

Se va usted a transformar, señora Darias, de ministra casi desconocida en el rostro que más va a aparecer en la pequeña pantalla. No se envanezca, porque la popularidad, y más en España, es veleta tornadiza que hoy te halaga y mañana, si lo haces mal, te crucifica. Yo, personalmente, y por la cuenta que me trae, le deseo todos los éxitos del mundo. Y pare eso ya le digo: creo que la gente está requiriendo un cambio de timón en su Ministerio, porque el barco anterior ha salido achicharrado del lance. Y con él, nosotros todos.

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Hay cosas más importantes que saber cuándo se va Illa

Enviado por Fernando Jáuregui | 24/01/21

Sí, en el panorama político hay cosas más importantes que saber cuándo se marcha Salvador Illa del Gobierno para dedicarse ‘al cien por cien’ a su tarea como candidato socialista a la Generalitat catalana en las elecciones que se celebrarán, Dios y los jueces mediante, dentro de veinte días (o no…). Cosas incluso más importantes que saber si Illa ganará, o si ganará Aragonés, o qué será de Puigdemont. Los próximos seis meses están lo suficientemente cargados de incertidumbres, retos y nubarrones muy, pero que muy, negros como para que cada Consejo de Ministros sea lo que me parece que ahora no es: un grupo compacto de personas dedicadas, cada una desde su responsabilidad, a luchar para mejorar las tristes predicciones para un país obviamente desmoralizado.

Seguramente, el increíblemente aún ministro de Sanidad deje de serlo esta misma semana, aunque, todavía más inverosímil y pintoresco, aún no sea segura esa fecha del 14 de febrero para las elecciones. Lo que ocurre es que Illa se va a combatir al independentismo –dicho sea para simplificar—tras haber perdido abrumadoramente la batalla contra el virus: dice que en junio estará vacunado el setenta por ciento de la población, lo cual es una estimación desmentida por algunos informes, que piensan que, a este ritmo, ni siquiera a finales de 2021 se habrá alcanzado ese porcentaje, y eso con suerte. De manera que habrá que poner prietas las filas para evitar algo que, si seguimos con este número (oficial) de contagios diarios, es posible que ocurra: que de aquí a ese mítico junio se hayan infectado siete millones más de españoles y hayan muerto más de cincuenta mil. O sea, sumando los datos ya registrados desde hace un año, para junio el Covid habría infectado en España, en menos de año y medio, a diez millones de personas (casi la cuarta parte de la población) y matado a más de cien mil, siempre según las muy conservadoras estimaciones oficiales.

Esa es una situación inasumible para cualquier Gobierno que se precie. No se puede mirar hacia otro lado ni buscar disculpas ni dilaciones. Es preciso que ya el Consejo de Ministros de este martes se conciencie, dado que no parece haberlo hecho del todo hasta ahora, de que hay que establecer un plan de lucha total contra el coronavirus, reclutando exhaustivamente a la sanidad privada, a las Fuerzas Armadas, a las Fuerzas del Orden y a la población civil que sea apta para ello. Es la guerra. Y en las guerras, salvo que sean las de Pancho Villa, no se admiten fisuras ni en Comunidades Autónomas ni en equipos gubernamentales. El relevo de un ministro de Sanidad ‘quemado’ en estas funciones –también podría aprovecharse la ocasión para relevar al portavoz sanitario, Fernando Simón, más abrasado aún que su jefe—, la sustitución en el Departamento de Administraciones Públicas y la llegada de un nuevo Jefe del Estado Mayor de la Defensa, tras la dimisión/cese del general Villarroya, deberían servir para coordinar de manera más eficaz que hasta ahora este frente de combate.

Creo que sería una buena oportunidad para que, este martes, el Consejo de Ministros emitiese a los desconcertados españoles un mensaje en este sentido, en lugar de desangrarse a la vista de todos por absurdas querellas intestinas de variado calibre que le hacen perder fuerza en la única tarea que ahora debería importar: ganar al virus en la menor cantidad de tiempo posible. Porque prolongar este estado de cosas no es solo peligrosísimo desde el punto de vista sanitario, sino también en el plano económico –¿cuánto tiempo puede aguantar sin turismo ni actividad el sector hostelero, que fue uno de los puntales de nuestra economía?—y, aún más importante, en el moral: puede que España se esté alzando con el liderazgo de los bastante abatidos Estados europeos.

Sí, hay cosas más importantes que saber cuándo se va Illa y si eso provocará una remodelación ministerial mayor o, más probable, menor. Existen cuestiones que a los españoles les preocupan mucho más que el arribismo de un vicepresidente del Gobierno, más que el cabreo del ministro Escrivá, más que si una secretaria de Estado insignificante insulta a la ministra de Defensa. Ese orden de prioridades tendría que estar muy presente ya este mismo martes en la mesa ampliada del Consejo de Ministros. Basta ya de distracciones, que nos estamos asfixiando. Es, ya digo, la guerra.

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Hala, otro récord mundial que batimos

Enviado por Fernando Jáuregui | 22/01/21

Cataluña, y por tanto España, bate otro récord mundial (ya ha batido algunos) de lo desconcertante: está a punto de entrar en campaña electoral sin que aún se conozca la fecha de las elecciones. Creo que no ha habido caso semejante en los anales de la historia de comicio alguno. Puede que el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña dictamine el próximo día 8 si los catalanes pueden o no votar el próximo –y tan próximo—día 14. O puede que dictamine qué día puede votarse al día siguiente de haberse producido la votación. Un ejemplo más de lo que nos trae la creciente judicialización de la política.

Bueno, lo de las elecciones catalanas, de las que un posible ganador (diga lo que diga el CIS) es un señor independentista que se apellida Aragonés, es apenas un ejemplo, pero muy contundente. Creo que también batimos un récord mundial habiendo colocado como candidato a quien aún, en pleno furor de rebrotes y muertes por la pandemia, en pleno caos por la vacunación, sigue siendo ministro de Sanidad, aunque parece, me dicen, que no pisa mucho el Ministerio. Y cierto es también que nos anuncian que este máximo (des)coordinador de los esfuerzos sanitarios autonómicos dejará la poltrona ministerial la próxima semana para centrarse, aún más, en su misión de ganar al independentismo y mantener la unidad en el territorio autonómico nacional.

Nunca mayor dosis de responsabilidad recayó en una sola persona, que, para colmo de desconciertos, no ha ejercido, parece, a plena satisfacción en sus cometidos: por un lado, vacunar a toda España contra el terror que nos provoca un virus mutante, ahora británico, al que el portavoz de Sanidad, el increíble Fernando Simón, consideró hace un par de semanas “marginal”, mientras que ahora dice que será “dominante” dentro de poco. Ahora, como antes con las mascarillas, parece que faltan no solo vacunas, sino hasta jeringuillas, y me resisto a hacer un chiste fácil sobre pareados.

Por otra parte, parece que el ‘efecto Illa’, que crece en las encuestas aunque todo el mundo piense que lo ha hecho mal (¿?), podría contrarrestar el empuje independentista de los mal avenidos Puigdemont y Junqueras y convertirse en el árbitro de un tripartito –que todos niegan y, sin embargo, todos pensamos que será inevitable—que contenga los excesos secesionistas. Y ahí, no tengo otro remedio que desear suerte y acierto al candidato de rostro siempre compungido, a quien creo no haber visto sonreír abiertamente jamás.

En fin, mayor confusión, imposible. Solamente el caos interno reinante en el Gobierno central y el desmadre imperante en la Generalitat catalana, traducido en la pésima labor de los governs ya desde bastante antes de aquel 1 de octubre de 2017, han logrado sembrar desconcierto tal en el electorado catalán y pasmo semejante en la ciudadanía del resto de España.

Ya sé que ha habido desajustes políticos, básicamente derivados de la pandemia, en varios gobiernos europeos: pero en el Guinness del despropósito político figuramos nosotros encabezando el ranking, con medalla de oro. Ahí es nada haber convocado unas elecciones generales, el pasado noviembre, para evitar hacer lo que precisamente se hizo al día siguiente de los comicios: una coalición destinada a quitar el sueño a quien, no obstante, la propició. Así que no es demasiado chocante que, a tres semanas de otras elecciones, las autonómico-plebiscitarias catalanas, ni siquiera sepan los electores si podrán o no ir a votar. Y, a todo esto, sin bastantes jeringuillas.

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No, con Biden no habrá ‘conjunción planetaria’ con Pedro Sánchez

Enviado por Fernando Jáuregui | 17/01/21

Pasaron, creo, aquellos tiempos triunfalistas en los que la que entonces (2009) era secretaria de Organización del PSOE, o sea lo que hoy es el ministro Abalos, decía en comparecencia pública que la conjunción de Obama en la presidencia de Estados Unidos y de Zapatero ‘en la de España y Europa’ era “un acontecimiento histórico planetario” que iba a redundar en una “esperanza para muchos seres humanos”. Hubo muchas risas, naturalmente, que no impidieron a la señora Leire Pajín ascender, al año siguiente, al Ministerio de Sanidad, que ya se sabe que es ese puesto que socialistas y ‘populares’ reservaban para premiar a quienes no tenían otra poltrona en la que colocarles. Los tiempos, en estos doce años, han cambiado mucho. Ni Biden, a punto de tomar posesión como el hombre más poderoso del mundo, es Obama, ni Zapatero es Pedro Sánchez, aunque a veces, qué quiere usted que le diga, en fin. Pero sí hay, creo, conjunción planetaria. Lo que ocurre es que no pasa precisamente por La Moncloa.

La pérdida de peso exterior de nuestro país es una evidencia indisimulable, como me recordaban hace algunos días en un ‘chat’ varios importantes corresponsales extranjeros acreditados en España. No, España no es el centro de Europa ni es siquiera el principal aliado de los Estados Unidos en el Mediterráneo, contra lo que se sugería en los sueños de grandeza de José María Aznar, que ponía los pies sobre la mesa en la que Bush tomaba café. De hecho, Joe Biden, 78 años, la persona que afortunadamente nos librará de la odiosa presencia de Trump, creo, y me gustaría saber que me equivoco, que ni siquiera por cortesía se ha dirigido aún a la presidencia del Gobierno español para enviar un protocolario saludo antes de ocupar la Casa Blanca: lo hará, sin duda, pero eso será después. Y cuando ya hasta alguna insidiosa prensa marroquí sugiere que la base de Rota será trasladada a Marruecos, cosa que no me creo ni por asomo, la verdad.

En todo caso, la llegada del tándem Biden-Kamala Harris es una buena noticia para España (el Gobierno Sánchez aborrecía, y es lógico, a Trump, como le aborrecía toda Europa) y para el mundo. Como lo es que, en unas elecciones primarias telemáticas y ejemplares, el moderado Armin Laschet, a punto de cumplir 60 años, se haya erigido como sucesor de Angela Merkel al frente de la CDU, aunque aún no sea seguro cabeza de cartel en la candidatura a las elecciones a la Cancillería alemana dentro de unos meses. Y ahí, en el buen entendimiento de Biden con una Alemania que no quiere perder el liderazgo europeo, sí que radica, tras el fraccionamiento impuesto por Trump y la incompetencia del británico Boris Johnson, una oportunidad histórica planetaria. Es fundamental que los Estados Unidos e Iberoamérica se relacionen mejor, como lo es que Washington y la UE, ,magníficamente dirigida por Ursula von der Layen, 62 años, se aproximen.

Incluyo las edades de las personas que van a liderar el mundo en los próximos años para resaltar que la cosa va más bien de veteranía que de relevo generacional brusco, contra lo que quieren algunos populismos. Pero una dosis de veteranía quizá es lo que ahora se necesita: siempre pensé que perder como ministro de Exteriores a Josep Borrell (73), un peso pesado europeísta, fue una desgracia para el Gobierno español. Temor que ahora se confirma.

En cualquier caso, es obvio que una nueva era se abre para las relaciones internacionales y para detener la marcha del mundo hacia un abismo de hondura difícil de predecir. Biden tendrá que cooperar más con el resto del planeta en la lucha contra una pandemia quizá en recesión, pero con rebrotes muy peligrosos en parte por culpa de la estupidez y la incapacidad de no pocos líderes políticos. Pero, además, es de esperar que el nuevo presidente norteamericano, que ha tenido el primer acierto de elegir a alguien como Kamala Harris como vicepresidenta, anule la política proteccionista y arancelaria de su antecesor, lo que ya sería otra buena noticia para España. Después, lo de sentar a Pedro Sánchez frente a la chimenea del despacho oval sospecho que tendrá que esperar algo más y de nuevo digo que ojalá me equivoque y la diplomacia española sea capaz de obrar unos milagros que últimamente no le hemos conocido. Y es que Biden sabe, como me dijo el corresponsal del New York Times, que España “no es siquiera un país en el centro de Europa”, así que del mundo mundial ya ni hablamos.

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Un siglo perdido

Enviado por Fernando Jáuregui | 12/01/21

Escribo desde la inmovilidad forzada en una ciudad cercana a Madrid. La zona en la que vivo ha sido especialmente castigada por Filomena y no solamente no puedo sacar el coche –aunque intentase saltarme las recomendaciones para que no lo haga–, sino que casi no puedo salir andando por un empinado camino helado que sé que no va a ser recorrido por quitanieves alguno. Hay casos más urgentes, me digo, anulando la mayor parte de mis compromisos para esta semana: la cosa aquí va para largo, así que resignación y a dar ejemplo ciudadano quedándose en casa. Pero veo y escucho las noticias y de nuevo una oleada de indignación me atrapa.

Tiendo a no querer culpar ni al Gobierno central, ni a la administración autonómica y ni siquiera a la de mi municipio de la situación en la que me encuentro. Otros están peor. Pero, antes de escribir estas líneas, he tratado de contactar por teléfono con el servicio de emergencias, con los bomberos, con los servicios municipales. En vano. Quiero saber quién nos ayudará a los escasos vecinos de la zona semi rural y cuándo podría acceder o salir alguien en busca de víveres, de gasóleo para la calefacción, a comprar las medicinas precisas.

Cierto: solo han pasado menos de setenta y dos horas desde que la inclemencia nos cayó encima en forma de nieve como nunca la habíamos conocido. Pero se sabía lo que iba ocurrir. Incluso se sabía que unas administraciones culparían a las otras de las desgracias de los ciudadanos, y que ambas acabarían culpando a la gente por no haberse recluido en su totalidad. Los del PP, pala en mano, culpaban al Gobierno central , el Gobierno central a la administración autonómica del PP. El ministro del Interior, alegando que ‘los daños no son tan grandes’ (sin haberlo podido comprobar a esa hora) rechazaba la petición de que Madrid fuese declarada zona catastrófica; luego el Ejecutivo recularía. Quizá acaben reconociendo la catástrofe evidente. Lo que ocurre es que unos y otros son parte de esa catástrofe, agentes del caos.

Pienso que el ciudadano de a pie, a unos y a otros, les importa muy poco. Y al ciudadano de a pie le importan tan poco ellos que, simplemente, desdeña sus recomendaciones, sea en la nieve o en el Covid, crecientemente pavoroso: ni ellos sienten que deben representarnos ni nosotros nos sentimos representados por ellos. Cualquier enfermedad, cualquier crisis, cualquier nevada, evidencia este alejamiento. Así que ni le digo cuando la enfermedad es una pandemia que lleva ¿cuántos?¿ochenta mil muertos y más de dos millones de afectados, casi tantos como en 1918?; o cuando se trata de la nevada del siglo, como en 1904; o cuando la crisis económica que se nos echa encima va a ser no mucho más liviana que la de 1920.

En efecto: ha pasado más de un siglo y constantemente demostramos, y sobre todo nos demuestran, que no hemos aprendido nada.

Fjauregui2educa2020.es

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Todo comenzó aquel 6 de enero de 2014

Enviado por Fernando Jáuregui | 06/01/21

Sí; todo empezó aquel 6 de enero de 2017, hace exactamente siete años. Quien suscribe estaba, como en tantas ocasiones anteriores, allí, en el salón del trono del Palacio de Oriente asistiendo, como periodista, a la celebración de la Pascua Militar. El Rey Juan Carlos I ya no pudo ese año, por sus limitaciones físicas, pasar revista a las tropas, contra lo usual. Y el discurso ante los jefes y oficiales fue un auténtico desastre https://www.youtube.com/watch?v=EkjaemEl7W8 : el Monarca apenas acertaba a pronunciar las palabras contenidas en el guión, del que jamás se apartaba una línea. Fue en ese momento, aseguran fuentes muy fiables, cuando, entendiendo que el prestigio de la Corona, ya deteriorado por el ‘accidente’ en Botsuana en 2012, estaba en juego, Juan Carlos I tomó la decisión que haría definitiva seis meses después: abdicar. Y, desde entonces…

Ahora, este 6 de enero de 2021, el llamado rey emérito, que hace unas horas cumplió 83 años, sigue en su retiro aparentemente dorado, pero no tanto, en Abu Dabi, deseando regresar a su país, con un estado de salud que obviamente no es bueno (y no me remito solamente a esa extraña foto clandestinamente realizada por unos turistas españoles en el puerto deportivo náutico de Yas). Y, aparentemente, es La Zarzuela la que menor interés tiene en ese regreso, pese al innegable riesgo de que quien fue jefe del Estado durante casi cuarenta años no pueda ya regresar a su país tras la increíblemente mal planificada y ejecutada ‘maniobra’ de sacarle de España el pasado mes de agosto.

También este 6 de enero el discurso del Rey ante el estamento castrense se ve rodeado de gran interés, pese a que la tradición dicta que no suele ser este el parlamento más significativo del Monarca. Claro que este año la comparecencia de quien es el máximo jefe de la milicia ante los ejércitos y las Fuerzas de Seguridad se produce en un contexto mucho más enrarecido de lo habitual: Felipe VI sabe que sus palabras, cada una de ellas, serán analizadas con lupas de muy diferentes colores y que la fotografía junto al presidente del Gobierno y dos ministros, una de ellas la de Defensa, será muy cuidadosamente analizada por las redacciones y por las cancillerías de todo el mundo.

No, no habrá más alusiones al padre, ni siquiera tácitas, en los discursos del Rey, al menos hasta donde es previsible. Tampoco creo que haya referencia alguna al incalificable comportamiento de algunos oficiales en el retiro, tratando de involucrar al jefe del Estado en asuntos que constitucionalmente no le competen, y la verdad es que parece que en Defensa no se ha concedido mucha importancia al ‘ruido de sables oxidados’. Lamentablemente, los periodistas ya no tenemos, desde hace años, derecho a entrar en la recepción posterior al acto oficial en el salón del Trono y, por lo tanto, perderemos una oportunidad de preguntar directamente a Pedro Sánchez si finalmente el Gobierno alentará o no esa ‘Ley de la Corona’ que fue semioficialmente anunciada y que ahora es semipúblicamente desmentida.

Lo que sí queda meridianamente claro es que este año 2021 marcará una nueva era en las relaciones entre el Ejecutivo y la Jefatura del Estado. Ambas partes (me refiero a la del Gobierno de Sánchez, por supuesto, no a la de Unidas Podemos), el Ejecutivo y La Zarzuela, parecen estar bastante de acuerdo en imprimir un nuevo sesgo a la propia idea de la Monarquía en España: mayor transparencia y renovación, que se hará patente hasta cierto punto en la propia infraestructura de la Casa del Rey. Felipe VI, cuya trayectoria tras la abdicación de su padre no ha sido precisamente un camino de rosas, sabe, me parece, que este 6 de enero de 2021 comienza, como comenzó el mismo día de 2014, una etapa que debe asentar la Jefatura y la forma del Estado, aunque eso contraríe a algunos, incluso dentro del propio Gobierno. O precisamente por eso.

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La ‘mínima crisis’ que prepara Pedro Sánchez

Enviado por Fernando Jáuregui | 02/01/21


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(ponga nota usted mismo a estos miembros del Gobierno)
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La salida de Salvador Illa del Gobierno central para convertirse en cabeza de lista de los socialistas catalanes ante las elecciones del 14 de febrero ha disparado las ‘quinielas’ acerca de una remodelación ministerial más o menos amplia en la que, según algunos medios y fuentes monclovitas, estaría meditando Pedro Sánchez. La mayoría de las versiones indica que el presidente quiere hacer los mínimos cambios posibles: Carolina Darias por Illa y la entrada de Miquel Iceta en la cartera territorial de la señora Darias. Y punto. Si esto es así y renuncia a darnos sorpresas, Sánchez cometería, pienso, un error al quedarse demasiado corto en una remodelación ministerial que pide a gritos mucha más audacia, amplitud y determinación. Y que el inquilino de La Moncloa habrá de acometer de todas maneras, sin duda, en el transcurso de este año.

Los presidentes del Gobierno, al menos en España, se muestran siempre reticentes a cambiar a sus ministros: el próximo día 13 se celebra –es un decir, claro—el primer aniversario de este Ejecutivo de coalición que tantos sobresaltos se ha dado y nos ha dado a los ciudadanos. Los extraños compañeros de cama han diferido en muchas cosas, lógicas unas, no tanto otras y en la absolutamente clave cuestión Monarquía-República. Este va a ser un tema recurrente a lo largo de todo este año recién estrenado, que va a estar marcado también por las elecciones catalanas del día de los enamorados (si los rebrotes de la pandemia no lo impiden, claro) y por juicios e investigaciones judiciales muy sonados, que abarcan desde las cuestiones que afectan al Rey emérito hasta a los implicados en el ‘procés’ secesionista, pasando por la conclusión de largos procesos por corrupción.

Lo cierto es que el actual Gobierno, con un número excesivo de ministros y vicepresidentes –y no todos se llevan bien, lo que ya no es ningún secreto–, ni refleja las recomendaciones de austeridad ni muestra un buen funcionamiento: pese al autobombo oficial, ni la gestión económica ni la sanitaria registran plácemes universales precisamente. El desgaste se hace evidente en algunos ministerios y la desidia y hasta la incompetencia en otros. Y, por favor, no me hagan pasar revista a casos que son un clamor ciudadano: hay ministros y ministras cuya agenda parece estar en blanco y otros y otras que parecen utilizarla solo para incordiar a compañeros en el Consejo y ahondar la división entre las dos Españas.

Rearmarse frente a los desafíos judiciales y jurídicos que vienen, armonizar la actuación de las carteras económicas, dotar de un mayor rigor, de más credibilidad y transparencia a la portavocía gubernamental y, por supuesto, de una mayor eficacia a la lucha sanitaria, ahora que la vacunación ‘por autonomías’ ha comenzado en serio, requiere iniciativas nuevas, ideas frescas, ímpetus renovados y, por tanto, algunos rostros menos gastados.

Pero Sánchez, una de cuyas falacias (o yerros) es asegurar que la Legislatura se agotará con las mismas caras en el Gobierno, no parece decidido ahora a dar el paso. Creo que está convencido de que los grandes retos que tiene frente a sí, desde inaugurar un entendimiento ‘de verdad’ en Cataluña hasta recuperar el prestigio internacional perdido, además de fabricar una legislación que sustente la forma del Estado, puede llevarlos a cabo con el equipo que le rodea. Al menos, por el momento.

A veces pienso que el presidente cree que el timón del Estado lo pueden manejar él y su asesor áulico. El tiempo, no mucho tiempo, le convencerá de que el repliegue y el mantenimiento de la política actual, que habremos de convenir que a él personalmente no le ha salido mal del todo, ya no es el camino más acertado ni siquiera para sus intereses políticos particulares. España no se puede permitir mucho más de lo mismo. Que no digo yo que una crisis gubernamental digna de tal nombre sea la solución, conste; solo digo que sería un buen primer paso hacia el desbloqueo de tantas cosas, tantas.

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Los buenos propósitos de Sánchez para 2021

Enviado por Fernando Jáuregui | 01/01/21

Si todo le sale bien a Pedro Sánchez este año, puede que acabemos 2021 elogiándole, y así no tendrá él que caer en el feo vicio, que tanto practica, de la autoalabanza. No soy muy dado a confiar en la palabra del presidente, claro está: ¿quién podría hacerlo? Pero, al margen de sus siempre desconcertantes declaraciones, tengo que reconocer que ha agarrado por los cuernos a los dos morlacos más peligrosos que pululan por la política en esta piel de toro: el del secesionismo y el que trata de embestir a la forma del Estado. Lo que no se acaba de entender es por qué el señor Sánchez escoge siempre los caminos más tortuosos, el ocultamiento y la mentira para tratar de llegar a los que yo creo –confío—que son sus esperanzadores propósitos para los meses próximos.

Tomemos la última pirueta, por ejemplo: el salto del aún ministro de Sanidad, Salvador Illa, a la candidatura socialista a la presidencia de la Generalitat catalana. Una primera mirada podría hacer pensar en el despropósito de cambiar al responsable de la sanidad precisamente cuando comienza la campaña de vacunación más importante en la historia del país: Illa, a trancas y barrancas, había empezado a aprender el oficio en un ministerio que, de tradicionalmente inoperante, se había convertido en clave. Y, de pronto, zas, a competir en Cataluña el próximo 14 de febrero se lo llevan. Solo puedo explicármelo en un registro: se trata de fortalecer el constitucionalismo, tratando de que la opción PSC –que no es una formación independentista, aunque algunos lo quieran ver de otro modo—tenga una posibilidad de formar parte del próximo Govern, evitando que este tenga una composición exclusivamente secesionista.

Y, en ese sentido, entiendo el ‘paso a un lado’ de Iceta, que es uno de los políticos con más visión que existen en la políticamente caótica Cataluña: Illa, cuyo rostro tristón y compungido tanto hemos visto en las televisiones, parece tener mejores expectativas de voto. El combate hay que centrarlo contra el independentismo, lo cual es algo que deberían haber comprendido los otros partidos constitucionalistas, enzarzados en robarse peones insignificantes. Y yo, desde luego, tras haber criticado no poco la gestión de Illa al frente de Sanidad, pienso que hay que apoyarle como cabeza de lista del socialismo catalán en las ya inminentes elecciones, si los rebrotes de la pandemia no impiden que se celebren el próximo día de los enamorados. Es preciso evitar que un triunfo aplastante del republicanismo independentista convierta esas elecciones en un plebiscito con el lema ‘Cataluña fuera de España’. Luego, con un PSC fuerte, cuya voz sea imposible desoír, llegará el momento de las negociaciones hacia una ‘conllevanza’ que quizá tenga que incluir –yo lo entendería— el precio de alguna clase de indulto a los golpistas a cambio de una cierta tranquilidad y normalidad.

Luego está el papel de Sánchez en lo que respecta a la defensa de la Monarquía. Pienso que la iniciativa de forzar una ’renovación’ de la Corona, que es, me parece, una idea compartida con el presidente por el propio Felipe VI, no puede sino fortalecer la figura del actual jefe del Estado y, por tanto, de una institución en la que hemos de convenir que hacen falta cambios que la modernicen y la blinden de tentaciones ilegítimas para que sea realmente ejemplar. Y me parece que, tanto en la consolidación de la forma del Estado como en los esfuerzos por ‘normalizar’, si así puede decirse, la situación en Cataluña, Sánchez deberá buscar otros socios, otras complicidades, distintos a los que actualmente tiene en el Gobierno: la coalición con Unidas Podemos se hace cada día más insostenible para poder llevar a cabo los que yo creo que son los planes no tan secretos de Sánchez. Pero ya digo: al presidente le gusta complicarse la vida. Y complicárnosla.

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Sánchez y el buen sermón de la montaña

Enviado por Fernando Jáuregui | 29/12/20

Cierto es, a la hora de los balances, que este primer año del Gobierno de coalición entre PSOE y Unidas Podemos (el aniversario se cumple dentro de catorce días) ha sido intenso. Y cierto también que no puede decirse que la mayor parte de los ministros, y desde luego, su presidente, hayan estado de brazos cruzados. Se han hecho muchas cosas, unas mejores que otras, en medio del clima asfixiante dictado por una pandemia como el mundo no había vivido desde hace un siglo. Pero no sé si esto justificaba el largo ‘sermón de La Moncloa’ con el que el jefe del Ejecutivo nos obsequió a los españoles como rendición de cuentas de lo actuado.

‘Cumpliendo’ es el nuevo eslógan ideado por Iván Redondo para decirnos que el Gobierno ha hecho eso: cumplir con los compromisos anunciados cuando, el 13 de enero, asumió un poder como posiblemente nadie iba a tener en la historia de la España democrática. Reconociendo, como reconozco, los logros, pienso que mi compromiso como periodista consiste también en señalar las carencias y fracasos, que, lógicamente, para nada fueron abordados en el muy autosatisfecho y nada autocrítico balance presidencial. Como lo primero, es decir los logros, fue glosado hasta la saciedad por un presidente altamente cualificado para beneficiar su propia imagen, cabría destacar algo de lo segundo, es decir, lo que no se dijo o se dijo de manera insuficiente.

Resulta difícil competir con un personaje mediático que, además, acapara necesariamente, por razón de su cargo y sus poderes, la atención de los medios. La falta de transparencia ha sido, en general, grande y las posibilidades de debatir críticamente con el Gobierno (o los gobiernos, que el partido coaligado no ha perdido ocasión de mostrar que Unidas Podemos también existe) han sido prácticamente nulas; además, la oposición (o las oposiciones) ha carecido de la contundencia, de la estrategia y de las tácticas precisas para imponer ese debate crítico, en el Parlamento, en los medios y, por qué no, en la calle.

Nada sustancioso le escuché al presidente acerca del necesario pacto con la ‘otra España’, con la que se ha abierto una brecha que tanto el Gobierno como, en menor medida, la propia oposición se han afanado en ahondar. Tampoco hubo reconocimiento de los obvios –y hasta comprensibles– fallos en la gestión de la lucha contra la pandemia, entre ellos la politización que se ha hecho –y también desde la oposición, claro—de la misma. Mal asunto cuando no se asume que se han hecho deficientemente algunas cosas, porque corremos el riesgo de repetir las equivocaciones.

No puede ser que entremos en 2021 hablando todos de los pactos necesarios y, al tiempo, poniendo, todos también, palos en las ruedas de cualquier acuerdo, por mucho que se hable de un ‘posible pacto de la Corona’ para reformar la figura del jefe del Estado en una institución que ha de ser renovada en sus aspectos más superados ya por la realidad. Ni puede ser que se prolongue un estado de cosas entre las dos facciones del Gobierno en el que caben dos tesis contrapuestas sobre la forma del Estado y sobre muchas otras cuestiones. Por mucho que Sánchez insista, dudo que pueda concluir la Legislatura, dure esta lo que dure, manteniendo a determinados ministros –y menos aún a determinado vicepresidente—en el Gabinete.

Sánchez no puede concluir el balance de este primer año de Gobierno de coalición así, sin más, con una rueda de prensa (sin repreguntas) tras su larguísimo discurso introductorio y ‘autolaudatorio’ y avalado por un informe más o menos ‘ad hoc’ encargado desde La Moncloa: hace muy bien su trabajo de relaciones públicas de sí mismo, pero tiene que dar mayor margen a ese debate político más en profundidad, que debería tener como escenario no solo los medios, sino, sobre todo, el Parlamento. Por ejemplo, ¿cómo es posible que, tras cinco años sin celebrarse, nadie exija la inmediata celebración de un debate sobre el estado de la nación en el Congreso? Ese debate sería la mejor forma de abordar, parcela por parcela, cuanto se ha realizado o se va a realizar en estos complicadísimos momentos económicos, sociales e institucionales de la vida de España. Y también de afrontar los aspectos más complicados o polémicos. Que fueron, claro está, sobre los que Sánchez pasó de puntillas. O, simplemente, no pasó.

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