Las mujeres, necesarias en política

Enviado por Fernando Jáuregui | 30/07/19


¿No hubiera sido mejor Hillary Clinton que este machista, me refiero, claro, al rubio, no al otro?)
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(Arrimadas decepciona por su seguidismo)
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(¿Y si empadronamos a Merkel en España, en un pueblo segoviano, por ejemplo, que ya se ha visto que es fácil, y entra en la competición electoral?)
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Sí, necesitamos más mujeres en política. Van, es cierto, ocupando los segundos escalones, pero quienes nos han metido en este lío son varones, machos alfa que hacen las cosas por sus santos c… y a ver quién la tiene más larga. Las negociaciones entre Pedro Sánchez y Pablo Iglesias han tenido mucho de testiculares, lo mismo que entre Rivera y Casado se ha establecido una competición absurda por ver quién se hace con un liderazgo de la oposición que es cosa que al interés de la nación importa más bien poco.

Ya dije alguna vez que era indeseable que todos los principales candidatos a llegar a La Moncloa fuesen varones, altamente poseídos de sí mismos, competitivos al máximo. Un cien por cien masculino que ya no representa la realidad sociológica, ni profesional, ni cultural, de España. De acuerdo: escalan posiciones Lorena Roldán en Ciudadanos –personalmente, me siento algo decepcionado ante el seguidismo ciego de Inés Arrimadas–, Cayetana Alvarez de Toledo en el PP –aunque sea una persona más bien controvertida—y espero que Isabel Díaz Ayuso se consolide en Madrid, poniendo fin a la que está cayendo, de la misma manera que desearía que no se consolidase, ay, la llegada de María Chivite al Gobierno de Navarra, llegada que no se produce precisamente por méritos derivados de urnas.

Pero a la cumbre, lo que se dice a la cumbre, ese puerto de arribada tan deseado situado en el palacete de la Cuesta de las Perdices, no ha llegado ninguna dama, ni se la espera de cara a los próximos acontecimientos políticos, salvo que Pablo Iglesias dé ese paso al lado, aunque sea para colocar a su compañera vital en la carrera de salida.

No soy amigo de generalizar, ni siquiera cuando se habla de géneros, pero cierto es que uno, que va acumulando jefas más que jefes, ha de constatar de manera definitiva que el estilo de unos y otras es diferente. Y en política, donde lo suyo es convencer, pactar, llegar a resultados desde postulados diferentes, las mujeres me parece que son más competentes que los hombres, básicamente porque no tratan de aplastar a nadie. Y siento decir eso cuando acabamos de concluir una negociación de no-investidura desastrosa, en la que han participado, por el lado socialista, y con éxito muy descriptible, dos mujeres de talla política desigual, que de todo ha de haber en la viña del Señor.

Ya digo: cuando las cosas van mal, y la política española, lo sugieren hasta las tripas del CIS, va mal, hay que cambiar a los responsables, que mire usted lo que ha pasado en el segundo banco del país (todos hombres, no como en el primero). No entiendo por qué no íbamos a producir un viraje también político y, además, sustancial, si poco a poco lo hemos ido propiciando en la judicatura, lentamente en los negocios o en el periodismo. Tal vez las cosas empezarían a irnos algo mejor. ¿O no cree usted que a los estadounidenses les hubiera ido mejor con Hillary Clinton que con ese, ejem, señor encaramado a la Casa Blanca? Si hasta a Theresa May acabarán añorándola los británicos, vuelve Theresa, que te perdonamos…

Merkel, ¿por qué no te empadronas en España, en un pueblo de Segovia por ejemplo, y te presentas a las elecciones aquí? Y de paso, tráete de vicepresidenta a esa mujer admirable que es Ursula von der Leyen, que sustituirá con ventaja a un tal Juncker, que en tanto barullo nos metió. Quién fuera alemán, diría uno a veces, si no quisiera tanto a España…

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¿Vivimos mejor sin Gobierno? Pues no

Enviado por Fernando Jáuregui | 29/07/19

Es como una chanza, un chiste compartido que tiene sus gotas de verosimilitud: ¿para qué necesitamos un Gobierno, si la vida sigue tan ricamente sin él? Cada día se escucha esta frase con mayor frecuencia. Quizá la consecuencia más lamentable de tres años y medio de crisis política, ahora agudizada, sea el hecho de que este desdén hacia nuestros representantes se esté incrustando en serio en la sociedad. Lo cual es lamentable porque la verdad es que sin Gobierno NO se vive mejor, y el país ‘en funciones’ corre serios riesgos de convertirse en un Estado fallido.

Tome usted, por ejemplo, la llamada ‘operación Chamartín’ en Madrid. Un proyecto de casi veinte mil millones de euros y más de doscientos mil puestos de trabajo aprobado este lunes tras un cuarto de siglo largo de parálisis. Ha sido necesaria la llegada de un nuevo equipo municipal a la capital para que se firmara la puesta en marcha de la que será la operación urbanística –se culminará dentro de veinte años—más importante de Europa. Y eso que la Comunidad de Madrid sigue varada por la falta de acuerdo entre el Partido Popular, Ciudadanos y Vox para investir a la candidata ‘popular’ Isabel Díaz Ayuso.

Traigo aquí la ‘operación Chamartín’ para poner de relieve que sorprende, en este carajal político en el que nos movemos, que alguien haga algo en favor del avance del país. Porque, en el fondo, y pese a que los relativamente buenos datos del paro y del crecimiento económico se mantienen, España es una nación seriamente amenazada de parálisis. Apenas hay más ‘operaciones Chamartín’ en marcha, y la verdad es que las necesitamos. Son muchas las cosas que están a la espera de una clarificación del panorama político: ¿se llegará en septiembre a una investidura de Pedro Sánchez o iremos a unas nuevas elecciones en noviembre? Y, si a eso vamos, ¿resolverían esas elecciones la actual situación de bloqueo? Y, en todo caso, aunque la resolviesen, no tendríamos un Ejecutivo estable hasta ¡¡febrero de 2020!!

La verdad es que resulta complicado pedir a los empresarios que inviertan en medio de tanta incertidumbre. Porque, como me comentaba un dirigente de la patronal, no está nada claro el terreno legal y factual en el que tales inversiones habrían de desarrollarse. Así, la paralización se va extendiendo, los planes de futuro se estancan y la credibilidad en nuestros representantes políticos se ha esfumado. La política exterior española se resiente –ahora, en un arranque más de la fantasía política que nos invade, hay quien pide que Borrel sustituya a Pedro Sánchez como negociador ‘con la derecha’–; la política interior se difumina –y ahí están esos homenajes a etarras—y la política económica va arrastrando los pies, ocupada la ministra del ramo en su candidatura a la organización económica más importante del mundo. Todo ello, con instituciones que precisan urgente renovación, como RTVE, el Consejo del Poder Judicial, el CNI…

Sí, las panaderías siguen abriendo, los colegios funcionan y los turistas siguen visitándonos y disfrutando de una hostelería modelo. Pero nada de eso supone innovación, avance, regeneración de unas estructuras que se van quedando viejas ni combustible para una locomotora que pierde velocidad. Ni supone alicientes para la somnolienta sociedad civil. Para mí, el mayor valor de ese acto de aprobación, al fin, de la ‘operación Chamartín’ es comprobar que ‘eppur si muove’, que, sin embargo algo, aunque sea con veintiséis años de retraso, se mueve. A pesar del no-Gobierno.

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Agosto no va a ser un mes tranquilo, ni siquiera en Doñana

Enviado por Fernando Jáuregui | 28/07/19


(¿último año en Doñana?¿Primeras vacaciones ‘plenas’ en Galapagar?)
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Agosto, que se nos echa encima, no va a ser un mes tranquilo. Estamos en plena resaca de los bochornosos episodios que llevaron a la no-investidura. Y los líderes políticos, pese a su piel de caimán, son no obstante conscientes del descrédito que han acumulado entre la ciudadanía. Todos ellos. Nadie salió con bien del debate parlamentario de la semana pasada, que tendrá consecuencias indudables. Y alguno abandonó el hemiciclo consciente de que para él nada volverá a ser lo mismo. Toca ahora pensar, usar mucho el teléfono y un cambio de chip. Y eso empieza este mismo lunes.

En los periódicos de este domingo leíamos la reconstrucción de esas setenta y seis horas de negociación chapucera que llevaron, como era lógico, a la ruptura. Pero había más: han renacido las alusiones a una gran coalición, a algún tipo de acuerdo que no signifique necesariamente insistir en el pacto de la izquierda con la extrema izquierda, que eso ya se ha visto que, mientras el tándem Pablo Iglesias-Irene Montero siga ahí, no va a ser posible. Ni deseable. Miradas, pues, de Pedro Sánchez hacia la derecha. Más hacia el Partido Popular que hacia un Ciudadanos que en estas horas prepara una ‘cumbre’ de su dirección, es de temer que más para cerrarse en sí mismos que para abrirse a algún tipo de concordia con los socialistas.

Es mucho lo que queda pendiente en las inminentes conversaciones entre Pedro Sánchez y Pablo Casado. El PP reúne esta semana a su Junta Directiva Nacional, digo yo que para algo más que designar –o no—a Cayetana Alvarez de Toledo portavoz del grupo parlamentario en el Congreso y a Javier Maroto ‘el segoviano’ en el Senado. Pablo Casado, que es el que con menos rasguños ha salido de este lance, tiende manos tímidas: acuerdos de Estado para después de la investidura. Pero ¿qué investidura? Algo habrá que hacer para llegar a ella. Insisto: la idea de algún tipo de gran coalición va abriéndose paso, aunque a una mayoría le parece un experimento demasiado arriesgado, más por inédito y por nuevo que por cualquier otra cosa. Ya lo decía Pompidou: el miedo y la pereza son elementos motores de la humanidad.

¿Y Podemos?¿Y el clima interno en el PSOE? Ambos partidos –como el PP y Ciudadanos, por otro lado—tienen una fuerte estructura jerárquica. No conviene enfrentarse a los designios del jefe. Lo que ocurre es que en la formación morada el jefe ha ejercido tanto como tal y con tanto despotismo que su autoridad moral se ha debilitado mucho. Ya andan urgiéndole los socios de Izquierda Unida para que acepte investir a Sánchez a cambio de nada, o de un acuerdo programático de mínimos. A mí no me extrañaría que Pablo Iglesias nos anuncie, de nuevo, que no seguirá mucho en el cargo; pero tampoco anda el patio como cederle los trastos a su pareja así, sin más.

Y los socialistas no parecen demasiado conscientes de que son ellos los motores de este cambio que ha de venir: han callado tanto tiempo ante los vaivenes sin rumbo aparente de Pedro Sánchez y su guardia de corps, ante la incompetencia de ‘las negociadoras’, que parecen haber perdido la voz. Pero uno puede escucharla, sobre todo la de los veteranos, en privado, ya que no ante los micrófonos. Y esa voz indica que los más lúcidos saben que Pedro Sánchez, el afortunado (hasta ahora), no tiene garantizado su futuro político si no actúa en la dirección adecuada. Porque si ‘ellos’ son los culpables de que llevemos tres años y medio de severa crisis política, puede que algunos ciudadanos empiecen a decir que tal vez haya que ir pensando en sustituirlos. Ni más, ni menos.

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Tres meses que empeoraron España

Enviado por Fernando Jáuregui | 27/07/19


(un diálogo que va a ser inevitable)
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Se cumplen este domingo tres meses desde las elecciones legislativas que dieron una victoria insuficiente al PSOE y las llaves del futuro del país a Esquerra Republicana de Catalunya, un partido cuyo líder está en la cárcel, ahí queda eso. Han sido tres meses devastadores para la imagen que los ciudadanos tienen de sus representantes. Tres meses que acabaron en lo que tenían que acabar: en una desastrosa sesión de no-investidura de Pedro Sánchez culminando una negociación que sabíamos imposible, tal y como se produjo, entre PSOE y Podemos (o entre el círculo de hierro de Sánchez y Pablo Iglesias, para ser más concretos).

Tres meses que han dejado a España sin más expectativas de futuro que cambiar radicalmente de modos, de ideas y de rostros o volver a las urnas por cuarta vez en cuatro años, sin grandes esperanzas de que los resultados mejoren el estado de cosas: para el elector es muy difícil decidirse entre una opción u otra, porque ninguna entusiasma, y eso se nota, claro, en el voto disperso, en la falta de apoyos claros a ninguno de estos partidos que tenemos.

Todo, todo ha ido a peor. Hasta el crecimiento del empleo en el que suele ser el mejor trimestre del año. Ni la situación en Cataluña ha avanzado en un sentido positivo, ni el concepto de los españoles sobre la moral de sus representantes podría mejorar en un país en el que lo primero que han hecho muchos alcaldes ha sido subirse impúdicamente el sueldo y donde se sigue colocando al fiel, por ejemplo en el Senado, por encima de otras meritocracias. Ni se respeta en Navarra el principio de que debe gobernar el (claramente) más votado, ni se ha desatascado, increíble, la gobernación en la Comunidad de Madrid.

El jefe del Estado, que es lo que aún nos queda a salvo (no descarte usted que también se acabe destrozando una figura que es clave para la estabilidad del país y del sistema), se ha protegido y nos ha protegido de nuevos disparates como el que significaba el ‘parto de los montes de los Montero’, aplazando al máximo el momento de volver a llamar a los líderes parlamentarios a La Zarzuela. ¿De qué serviría ahora tal llamada, con un Sánchez mirando hacia una derecha que le vuelve la espalda (¿por cuánto tiempo?) y desdeñando a una izquierda que sale de este lance desarbolada y preguntándose si no habría que cambiar de caballo? Ahí está Alberto Garzón, el líder de Izquierda Unida, proponiendo apoyar al PSOE sin buscar contrapartidas ministeriales o hasta vicepresidenciales, que esa era otra. Menudo bofetón, menuda lección, ha dado Garzón a su ‘socio’ podemita.

Y, en el otro campo, ahí está la siempre poderosa voz de Alberto Núñez Feijoo reclamando al PP que medite un cambio de estrategia, y hasta de táctica, si se hacen ‘propuestas serias’ desde el Gobierno en funciones que preside Sánchez. Creo que no debe este dejar pasar la oportunidad: solo le queda el clavo ardiente del PP para volver a intentarlo, porque sospecho que, tras el Consejo General que el lunes celebra Ciudadanos, Albert Rivera no se va a mover ni un milímetro de la línea pienso que errónea que se ha marcado. Cuando los dioses quieren perder a los hombres, primero los ciegan. ¿Es que no leen en Ciudadanos las unánimes críticas en los editoriales y comentarios periodísticos, es que no escuchan lo que se dice en tantas reuniones familiares? “No nos importa: estamos acostumbrados a los ataques”, me replicó en una tele, cuando le hice esta pregunta, la portavoz adjunta de los ‘naranjas’. Lo que digo de los dioses y la ceguera…

Me veo obligado a elogiar, entre tanta descalificación por cierto bien justa, la actitud de Pedro Sánchez no queriendo ceder al ‘Gobierno paralelo’ en el que quería hacerle caer Iglesias con la complicidad de la Esquerra de Rufián, que fue muy claro en su discurso en la sesión de investidura animando al aún líder ‘morado’ a integrarse en el Ejecutivo y mostrar ‘que es mejor’ que los socialistas; menudo equipo de demolición nos íbamos a encontrar en el Consejo de Ministros. Hay que admitir que Sánchez ha tenido, esta vez, sorteando un peligro para la nación, cierta visión de la jugada. De la jugarreta, más bien, que intentaban hacerle desde las filas de Iglesias/Montero. Por cierto que me sorprende, debo decirlo, el silencio del líder morado, que debe estar rumiando su segundo fracaso de asalto a los cielos, digo a las moquetas. ¿Cuánto tiempo le queda al frente de Podemos?

Lo que no sé es si Sánchez y su asesor circular –que carece por completo de ideología– habrán entendido el mensaje. Tiene que cambiar equipo: ni Carmen Calvo ni, menos aún, Adriana Lastra valen como negociadoras. Se ha cargado a una parte de lo mejor del PSOE, la que más sabía. Tiene que ofrecer cosas a cambio de apoyos: no por su cara bonita. Y Navarra y la Comunidad de Madrid podrían ser un primer elemento de negociación, por muchas razones, en el inevitable ‘giro a la derecha’ de un hombre que, como Sánchez, es, en el fondo, mucho más conservador de lo que nos quería hacer ver durante las piruetas con Iglesias con la inevitable demagogia populista.

Tras este trimestre de dislates sin cuento, a Sánchez le quedan menos de dos meses para llegar a acuerdos sólidos, reparar las cañerías, buscar interlocutores adecuados en su propio bando, mudar modos y talantes, ser generoso a la hora de dar y perdonar y poder presentarse al Rey como, ahora sí, el candidato posible para seguir en La Moncloa. Lo otro, ya se sabe, es urnas en noviembre y gobernación en funciones, o sea, con sordina, hasta al menos ¡febrero de 2020!. ¿Se puede aguantar esto?

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Por favor, no me hablen de Frente Popular

Enviado por Fernando Jáuregui | 24/07/19

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(Pero ¿Sabe seguro Sánchez lo que es un Frente Popular?)
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Por favor, que no digan que el gobierno que tal vez se constituya dentro de unas horas, si triunfa la investidura de Pedro Sánchez, es un nuevo Frente Popular. Escucho en estas últimas jornadas demasiadas veces la a mi entender no tan afortunada comparación, y lo escucho, por cierto, no solamente desde los escaños de Vox y desde algunas columnas especialmente alarmadas. Resucitar el ‘guerracivilismo’, azuzar el fantasma de las dos Españas, la de la izquierda y la derecha (decía José Calvo Sotelo que en España no hay centro), es una clara irresponsabilidad que no le cabe solamente a la derecha extrema y, a veces, a la extrema izquierda, sino que ocasionalmente afecta a todos nuestros líderes políticos.

Cierto que el Gobierno que podría constituirse mañana, con PSOE y Unidas Podemos, sería la primera coalición de fuerzas de izquierda desde que, el 15 de enero de 1936, se formó, bajo el liderazgo de Manuel Azaña, aquel Frente Popular definido como “el que abarca desde el centroizquierda a la extrema izquierda”, con ocho partidos y el apoyo externo de los sindicatos y del Front d’Esquerres, básicamente integrado por Esquerra Republicana de Catalunya. Cierto también que aquello significó, cuando el republicanismo moderado de Azaña fue superado por el ‘largocaballerismo’, el comienzo de una ‘España roja’, que siempre sería, vuelvo a citar a Calvo Sotelo, mejor que una ‘España rota’, porque la primera, decía el líder derechista asesinado el 13 de julio de 1936, sería una fase pasajera, mientras que la segunda seguiría rota a perpetuidad.

No sé si estamos ante una posible España roja, pero sí sé que no culminarán los intentos, en los que desde luego ni Sánchez ni el PSOE participan (confío en que Iglesias y sus aliados catalanes tampoco), de facilitar una España rota. Claro que mucho dependerá de cómo Sánchez y Pablo Iglesias, que sin duda liderará las acciones de Unidas Podemos y de los miembros de este partido que, en su caso, entren en el Gobierno, entiendan que la política de España, país de constitución monárquica –no pueden olvidarlo los muy republicanos ‘morados’–, debe seguir insertada en el sistema. Introduciendo, desde luego, todos los cambios que se necesitan en esta segunda transición, cuya sola mención molesta a los más conservadores, pero manteniendo al país dentro de los cauces básicos en los que ahora se mueve.

Y el sistema, nuestro sistema, es Europa. Y la nuestra es una democracia perfectible, pero no inferior a la de los mejores países de la UE. Y tenemos una economía, que no marcha, con todo, mal, que se desarrolla en el marco en el que se desarrolla, como no podría ser de otra manera. Ni España, ni Europa, ni el mundo, a pesar de gentes como Trump y ahora Boris Johnson, de los Netanyahus, los Bolsonaros y de los Salvinis, de los Putin, los iraníes y, claro, los chinos del astuto Xi Jinping, están para grandes experimentos.

Y eso fue el Frente Popular, en su precisa coyuntura, que nada tiene que ver con la actual: un experimento desafortunado, entre otras cosas porque la Monarquía de Alfonso XIII, que a mi entender no fue un buen rey, había fracasado y la República se convirtió en una solución casi de emergencia.

Frente a los experimentos, España conserva una Jefatura del Estado, encarnada en Felipe VI, que es garantía de solidez. Creo que Pedro Sánchez no cederá ni un milímetro en esto a sus posibles aliados de Gobierno (repito, si es que este jueves sale adelante un pacto de investidura que otras fuerzas, que se dicen conservadoras, podrían haber evitado): parte de sus posibilidades de mantenerse en La Moncloa dependen no solamente de que sepa manejar con mano de hierro en guante de terciopelo a sus coaligados y a los aliados de estos, señaladamente a ERC, sino también de que logre fortalecer, incluso mediante alguna reforma constitucional consensuada con el PP y Ciudadanos, y frente a sus ‘socios’ republicanos, a la figura del actual jefe del Estado.

Nunca más que ahora, ni siquiera en los inicios de la Transición, fue más importante la figura del Rey. Un Rey que, por cierto, se gana el puesto de trabajo todos los días, que es algo bastante diferente a lo que hizo su bisabuelo. Y esa es, a mi entender, la principal de las muchas diferencias entre esta situación y aquella de 1936, al margen de que nuestros actuales militares son modélicos y aquellos no tanto y de que vivimos en una sociedad bastante más próspera que aquella: en 1936, la jefatura del Estado se hallaba muy debilitada y ese no es, y espero que así se mantenga, actualmente el caso. Y ahora, a ver qué sorpresas nos depara este jueves histórico.

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Lo que Sánchez dirá (y lo que callará)

Enviado por Fernando Jáuregui | 21/07/19

((Sánchez: un guiño pícaro a la izquierda)

Comprendo que hay más expectativas por conocer los nombres del nuevo Gobierno –hay quinielas de ‘ministrables’ por todos los rincones—que por saber el contenido programático del discurso con el que, este lunes a mediodía, Pedro Sánchez abrirá la sesión de su probable investidura. Pero a mí al menos me interesa mucho el tono, el contenido y el marco de lo que el presidente del Gobierno en funciones tenga a bien comunicar a las señorías que tienen que aprobar su investidura. Que son, recordémoslo porque a veces se olvidan, los representantes de la ciudadanía.

Todos los que dicen saber aseguran que Sánchez hará el discurso ‘progresista’ acorde con su intención de formar la primera coalición de izquierda desde la República: feminismo, ecología, igualdad, respeto por las pensiones…para Cataluña, la receta será una insinuación de cambio del Estatut, que abra la puerta a un referéndum constitucional para, según el artículo 152.2 de la Carta Magna, aprobar esta reforma. Que no sé si recibirá el beneplácito o no de los independentistas, pero que puede abrir la puerta a un cierto desbloqueo de la situación.

Ignoro si el presidente precisará más acerca de sus intenciones para gobernarnos durante los próximos cuatro años, con la muleta de Podemos y el beneplácito de la abstención –en este cuarto de hora– de Esquerra, Bildu y quizá Junts per Cat. Ni sé si será más concreto en lo referente a qué hacer con algunas instituciones bloqueadas, como el Consejo del Poder Judicial, RTVE o el CNI, por poner apenas tres ejemplos. Y no hablemos ya de las reformas legislativas urgentes, comenzando por la propia Constitución –antes las modificaciones constitucionales eran su caballo de batalla, aunque ahora apenas se habla del tema—o la normativa electoral, que debería constituir el primer pacto para un gran avance democrático.

De lo que seguro que no va a hablar será, pienso, de la composición de su presuntamente inminente Ejecutivo. Ni de la desconfianza que sigue anidando en su pecho en relación al comportamiento que su ‘socio’ Podemos pueda tener a lo largo de la Legislatura: ya se sabe que ni Exteriores, ni Justicia, ni Defensa, ni Interior, ni Hacienda, irán a parar a manos de los ‘morados’ a los que Iglesias quiere colocar en el Consejo de Ministros.

Claro, en la hora en la que proliferan los contactos ‘reservados’ entre los dos casi seguros aliados ante la investidura es pronto para saber hasta dónde llegarán los acuerdos. Tanto sobre el programa como sobre la actuación de cada uno con respecto al otro. Sánchez, me dicen, quiere garantías de que Pablo Iglesias, que ya ha quedado fuera del Gobierno, no influya con sus manejos en la gobernación del Estado; o sea, que no desestabilice ‘su’, de Sánchez, futuro y quizá muy próximo Gobierno. Veremos por dónde salen los ‘negociadores’.

De momento, lo que tenemos es poco: intuiremos algo más cuando, por la tarde, tras el discurso inicial, que siempre es más formal, se produzca el rifirrafe con una oposición, PP y Ciudadanos, que, al no abstenerse, ha empujado este ‘Gobierno de progreso’ que se nos viene encima tras dos meses de tiras y aflojas que han hecho que una capa de vergüenza se extienda sobre el cuerpo político nacional.

Personalmente, como comentarista y como ciudadano, debo decir que poco me ha gustado la gestión de este futuro equipo, aunque me reconozco partidario de un Gobierno progresista encabezado por el ganador de las elecciones, es decir, el PSOE. Hubiese preferido un equipo en el que, entrando alguien de Podemos, también lo hubiesen hecho ministros procedentes de otros sectores, desde el de Errejón hasta Ciudadanos, e incluso cercanos al PP. Es decir, un Gobierno de concentración para abordar todos esos temas que requieren reformas inminentes y que necesita a todos a bordo de la nave. Pero, como se decía en la frase final de una célebre película de mi juventud, hay que conformarse con lo que se tiene. Con la casa y el coche que te tocan, con la novia o el novio que te cae en suerte. Y con un Gobierno que no sé si nos merecemos a estas alturas.

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¡Váyase, señor Ceaucescu, váyase!

Enviado por Fernando Jáuregui | 20/07/19

Sé perfectamente que mucho de lo que aquí voy a decir puede quedar desmentido y superado –ojala– por los acontecimientos en este fin de semana que probablemente es el más tenso políticamente que recuerda la última década. El fin de semana en el que los teléfonos ardieron; quizá así serán recordados, quién sabe, este sábado y este domingo de negociaciones precipitadas y asustadas.

Lo que sí me atrevo a decir en esta hora es que, ante el debate de investidura que comienza el lunes, difícilmente las cosas van a poder quedarse así, como las ha querido diseñar Pablo Iglesias: una vicepresidencia, cinco ministerios…Iglesias, que, por cierto, retirándose, se ha erigido en el ganador de este cuarto de hora en su indudable duelo personal con Pedro Sánchez, paradójicamente el verdadero perdedor en el ring, pese a haber sacado de él a su rival. Porque menudo lío tiene ahora Sánchez: se ha comprometido a un Gobierno de coalición con Podemos sin Iglesias y ahora, si no sabe salir del atolladero, tendría que cumplir. ¿O no?

Lo de dar un paso a un lado es algo ya visto en Pablo Iglesias; bueno, en realidad en el líder de Podemos lo hemos visto ya casi todo, incluso el querer situar en el trono que él no puede ocupar a su sucesora, acelerando la ‘operación delfinato’. Lo que no entiendo demasiado bien es cómo, si Sánchez casi definió a nuestro Ceaucescu nacional como escasamente demócrata, infiel, inclinado a apoyar al secesionismo más allá de lo razonable y otras lindezas más que sugeridas en las comparecencias presidenciales ante los medios esta semana, cambiaría al uno por la otra. Al fin y al cabo, Elena Petrescu iba a resultar tan nefasta para el pueblo rumano como su marido Nicolae.

Yo sé, todos saben, que al presidente del Gobierno en funciones y aspirante a seguir consolidado en La Moncloa desde la semana próxima no le gustan estos manejos de Iglesias. Le irrita, y no me extraña, su estilo. Le sacan de quicios sus maniobras, incluyendo, desde luego, esa consulta a las bases que ya ha quedado, con la ‘dimisión’ (¿de qué?) del líder morado, olvidada como lo que era: algo irrelevante. Alguien, a quien yo considero quizá próximo al presidente, me dijo esta semana: “Pablo (iglesias) se tiene que marchar de la política española”. Lo que yo creo es que, con lo que hizo este viernes a las seis de la tarde, ‘si el obstáculo soy yo, me aparto’, para colocar, eso sí, a sus más próximos en el Consejo de Ministros, Iglesias, más que irse, se quiere quedar en el mejor sitio para él: mandando entre bambalinas y desgastando al ‘jefe’, que es algo que se le da bien.

Creo que Sánchez está recibiendo ya no pocos recados del disgusto que generaría una decisión precipitada en cuanto a un Gobierno de coalición indeseable para casi todos, incluyéndole a él mismo, aunque no para Podemos, Esquerra, Junts per Catalunya y Bildu. A ver, Tezanos, me gustaría saber si los españoles piensan que eso, esa investidura, es lo que votamos hace dos meses.

¿Y la derecha?. Encantada y cegada por haber llegado a un acuerdo en Murcia, que piensa que es casi haberlo logrado también en Madrid, y frotándose las manos por el desprestigio que la izquierda montaraz de una tal Raquel Romero, en su cuarto de hora de ‘prota’, está adquiriendo en Rioja. Pero me parece que los líderes de la derecha moderada también están recibiendo mensajes. No haber facilitado la gobernación en solitario de Pedro Sánchez, a cambio, entre otras cosas posibles, de programa-programa-programa, puede devenir en un error histórico, que tendremos, supongo, que lamentar a posteriori. O sea, como siempre. Y sí, ya sé que Pablo Casado se frota las manos ante el Ejecutivo socio-podemita que parece que nos viene, pensando que pronto fracasará. Pero ¿y nosotros, los sufridos ciudadanos? ¿Qué haremos entretanto?

Si Sánchez no lo remedia a última hora, quizá ya solo nos quede hacer recuento de cuántos ministerios coaligados, y de qué peso, recaerán en Elena Petrescu y sus adláteres. Ese Gobierno, al que no me resigno, sería el resultado de la etapa de negociación –llamémosla así—más descarada, inmoral y vergonzosa a la que yo he tenido que asistir en mi ya larga vida de comentarista político. Ahora, esa negociación, en su recta finalísima, ha de culminar en las próximas 48 horas, según nos sugirió este sábado la ‘negociadora’ socialista Adriana Lastra.

Sí, váyase, señor Iglesias, pero de verdad. Ni siquiera Ceaucescu se atrevió a colocar a Elena como sucesora: se limitó a nombrarla viceprimera ministra, y a ella eso, se decía en los censurados mentideros de Bucarest, le parecía poco. La cosa, claro, tenía que acabar mal. Y lo digo de veras: yo no quiero que esto acabe mal. Ni para Petrescu ni para su marido. Es solo que, precisamente para que esto no acabe mal, ni al uno ni a la otra los quiero en el Consejo de Ministros de mi país, y ya sé que hasta decirlo así me podría costar caro en un Bucarest aquí reproducido.

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Algo de lo que pasaría si se repeten elecciones

Enviado por Fernando Jáuregui | 17/07/19

Crecen las posibilidades de que se repitan elecciones, al tiempo que decrecen las de que Pedro Sánchez resulte investido dentro de una semana, a menos que ocurran cosas hoy casi impensables en los próximos días previos a la fecha-tope del 25 de julio. Incluso hay voces, autorizadas sin duda, que dicen que sería conveniente volver a las urnas en noviembre antes que tener un Gobierno que sea un despropósito, que es el que algunas quieren alumbrar.

Advierto de entrada que, personalmente, me parece un enorme error, muy lesivo para la imagen de España, pensar en unas nuevas elecciones, las cuartas en cuatro años. No hay país, ni siquiera Italia –y yo no quiero ser Italia—que resista un tal ritmo. Pero, si esos nuevos comicios se producen, nos encontraremos, con mucha probabilidad, con una recomposición importante del mapa partidario español, constatación de que el actual no nos sirve.

Veremos, en primer lugar, corrimientos de tierras entre Ciudadanos y el Partido Popular. Ninguno de los dos quedará indemne, especialmente el primero. Ya se atisban movimientos para hacer candidaturas conjuntas en las provincias con menos de cuatro diputados, para frenar la sangría que supondría una tercera fuerza conservadora, Vox, en presencia. También me constan conversaciones entre PP y C’s para ir juntos a las elecciones en el Senado. Y todo ello se realizaría con la hegemonía de los ‘populares’ sobre los ‘naranjas’: tienen más militantes consolidados, más sedes, mejor organización y…ahora más dinero, tras la retirada de apoyos de muchos empresarios a la hoy titubeante formación de Rivera.

Obviamente, las formaciones emergentes sufrirán más que las del clásico ‘bipartidismo’. Todos los sondeos en presencia indican que Vox empieza a ser percibido más bien como un estorbo para que la derecha se implante en no pocos territorios que como un complemente necesario para tal implantación.

Pero también es previsible un cierto tsunami en la izquierda. Los vaivenes de Pablo Iglesias sitúan a Podemos en una posición difícil de cara a los nuevos resultados electorales. De hecho, el líder ‘morado’ está sufriendo, a manos del PSOE y tras sus fallidos contactos con Pedro Sánchez, un importante desgaste: ya hemos comentado muchas veces que la maquinaria de La Moncloa no la tiene, desde luego, ningún otro partido y que, puestos a lanzar mensajes subliminales, el ‘aparato’ monclovita no tiene rival. Al margen, claro, de que la verdad es que Pablo Iglesias se está moviendo con notable impericia en este su tramo ‘petitorio’.

Cuenta además Sánchez, en su tarea de aniquilar a Podemos –y me parece que este es ahora el objetivo sobre cualquier otro–, con otra baza a la que habrá que ir dando creciente importancia: Iñigo Errejón. Cada día más moderado y con actitudes más convencionales, Errejón tiene que demostrar ahora que sabe pasar de las musas al teatro, del teórico brillante al hombre capaz de sacar a flote una formación nacional que, desde la izquierda, pacte con un PSOE que está deseando establecer alianzas con el enemigo de su ahora enemigo Iglesias.

Ignoro si este terremoto partidario compensaría las obvias desventajas de una repetición de elecciones, dada como crecientemente probable en los cenáculos políticos. Porque otras consecuencias de unos nuevos comicios, coincidiendo quizá con la publicación de la sentencia contra los catalanes secesionistas y sus previsibles secuelas de desórdenes públicos, serían altamente indeseables: una campaña electoral siempre fomenta divisiones, batallas al menos dialécticas y desunión general entre fuerzas que deberían afrontar lo más cohesionadas posible las amenazas contra la unidad y el prestigio de España.

Nos hallamos ante un momento grave para una nación que necesita reactivarse, actualizarse, pensar e inmediatamente actuar. Hay aún soluciones: desde un Gobierno de concentración hasta un amplio pacto de Legislatura. Pero ya no se puede perder más tiempo, ni pensar que una nueva marcha hacia las urnas podría, quizá, quién sabe, acaso, tal vez, ser una solución. Y si, como parece probable, no lo es ¿qué?

Fjauregui2educa2020.es

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Mi quiniela particular para el Gobierno Sánchez

Enviado por Fernando Jáuregui | 16/07/19

El periodista habla con mucha, mucha gente. Cada cual va configurando ‘su’ Gobierno, entendiendo que quien debe gobernar es quien ha ganado las elecciones. Solo, o mejor, en coalición (con la segunda fuerza política, no con la cuarta). O, mejor aún, de concentración. Hay que pensar, en todo caso, en el Gobierno de regeneración que España necesita. Con Manuela Carmena en Justicia, con Angel Gabilondo en Educación, con Iñigo Errejón en una cartera ‘social’, con Luis Garicano en Economía, con Luis Planas en Exteriores, sin Carmen Calvo en la vicepresidencia –qué bien estaría ahí Margarita Robles–, con Miquel Iceta llevando las relaciones con las fuerzas políticas catalanas…

Sí, yo quiero un Ejecutivo presidido por Pedro Sánchez, que se lo ha ganado, guste o no guste, con visión amplia, con gentes de mérito por encima de sus adscripciones ideológicas. Un Ejecutivo en el que puedan entrar Manuel Valls, Irene Villa en Igualdad, quizá Lorenzo Amor representando a los autónomos y acaso alguien impulsado por Pablo Iglesias, pero sin Pablo Iglesias, que ya ha demostrado por dónde sale siempre: hay mucha gente válida en Podemos. Un Ejecutivo en el que también Pablo Casado pudiese colocar a alguien procedente de lo mejor de los ‘tiempos pasados’, por qué no Fátima Báñez o la propia Ana Pastor. Y en el que el nacionalismo vasco estuviese también representado –quién pudiera repescar a alguien de la talla de Josu Jon Imaz–.

Hablo, ya digo, de un Gobierno de concentración, más que de coalición o de cooperación, capaz de afrontar los retos inmensos de los tiempos que vienen, incluyendo las tormentas que se deriven de ‘la sentencia’. Un Gobierno capaz de consensuar entre las formaciones políticas un programa regeneracionista defendiendo, al tiempo, el sistema. Hay en España nombres de sobra, y de sobrado mérito, para integrarlo, para prestigiarnos ante Europa y el mundo. Ser un ejemplo de integración, un modelo que no tiene por qué ser esencialmente progresista, ni menos aún conservador –esto no tendría sentido–: lo avanzado es un Gobierno que funcione. Es la hora de traer a los mejores al Consejo de Ministros, como en su día supo hacer Adolfo Suárez.

Pedro Sánchez debería ser un Vicente del Bosque de la política, seleccionando a los mejores de cada equipo para ganar el mundial. Lástima que esto que aquí dejo escrito parezca a todos una quimera imposible, y sin duda, con esta panorámica de partidismo de vuelo corto y ambiciones personales largas, lo es. Pero le aseguro que yo votaría por ese Gobierno y lo apoyaría con entusiasmo. ¿Usted no? Una pena, la verdad: si yo fuese Pedro Sánchez introduciría algunos de estos nombres en el discurso de investidura y, con ello, introduciría una nueva forma de entender la política. Seguramente, de nada va a servir, pero muchos sabríamos que cabe algo mejor que la racanería cutre, sin ideas, que tenemos.

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Los riesgos de enfrentarse a La Moncloa

Enviado por Fernando Jáuregui | 14/07/19

Resulta muy difícil salir indemne de un desafío al poder monclovita. Hay periodistas que lo saben, hombres de empresa que lo han sufrido, correligionarios que aún conservan las cicatrices de su reto al Poder encarnado en el hombre que ocupa el sillón principal del palacete, que no ha dejado de crecer, en la Cuesta de las Perdices, donde, por cierto, ya no queda una sola perdiz. Sospecho que Pablo Iglesias va a experimentar muy pronto, si no lo está haciendo ya, el vértigo de los riesgos de lanzar un órdago al inquilino de La Moncloa, sobre todo porque este se encuentra decidido a seguir habitando allí como sea.

Una lectura a fondo de la prensa de estos días muestra que los tentáculos de La Moncloa son largos, inaprehensibles. Leo columnas que sin duda han bebido de aquellas fuentes, que expresan lo que Sánchez piensa de Iglesias: no se fía de él, dicen los traductores más piadosos. Se machaca al de Podemos, que la verdad es que no deja pasar ocasión para que incluso los suyos le despedacen. Sánchez tiene mucha gente que le ayuda a filtrar lo que él ‘baraja’, ‘sopesa’ o como se quiera llamar a lo que está pensando en este cuarto de hora (puede que cambie en los próximos cinco minutos, advierto). Pablo Iglesias no tiene quien le escriba, ni quien susurre cosas a los chicos de la prensa, con quienes nunca ha sabido llevarse bien.

Me parece que esta tendencia se va a incrementar en los pocos días que ya quedan para la ¿primera?¿definitiva?¿irrelevante? sesión de investidura. La ‘diplomacia telefónica’ de Pedro Sánchez no ha servido de mucho, entre otras cosas porque Sánchez carece de cualidades diplomáticas: cree que todo le es debido, se cree el más alto, el más guapo y el más listo, y encima tiene ahora el ‘maillot amarillo’, que da alas. Y así no se negocia; la verdad es que no tengo demasiadas fuentes en Podemos, pero me llega el profundo resentimiento de Iglesias, a quien lo menos que le han llamado desde el atril de Moncloa, probablemente no sin cierta razón, es ególatra.

Una vez fracasada la diplomacia del teléfono y de las llamadas a palacio –Albert Rivera, recordemos, en un alarde de mala política, ni siquiera quiso acudir—, ahora toca la estrategia de los mensajes por persona interpuesta. Mensajes a todos: a Iglesias, a quien hay que transmitir el enfado presidencial por no haberle comentado los pormenores de la consulta a las bases de Podemos, que tiene un resultado final casi cierto; así que puede que ya no haya ni siquiera oferta de ‘ministros técnicos’. Y desde Moncloa le van a culpar de que no se haya logrado la investidura para un ‘Gobierno de progreso’.

Mensajes hay también para Albert Rivera, empeñado en una batalla –ya digo que no sin riesgos—personal con Sánchez; al líder de Ciudadanos ya le han enviado algún recado desde la patronal, desde el Ibex, desde París y Bruselas. Y desde los editoriales de no pocos medios. En algún momento, sospecho, tendrá que apearse de su ‘no es no’, porque la situación, incluso en el interior de su partido, se le empieza a hacer insostenible. Pero ese viraje tendrá, insisto, un alto coste personal para Rivera.

A Pablo Casado se le reserva un trato más benévolo. Porque ya nos dicen los viajeros a Moncloa que se entiende mejor con ‘el jefe’ y que en palacio aún se espera un gesto de última hora procedente del PP, que este partido decida abstenerse para facilitar la investidura de Sánchez y la formación de un Gobierno sin ‘morados’, sin adherencias de Esquerra, sin cheques al PNV, etcétera. No creo que de aquí al 25 de julio se produzca el giro en el partido conservador, pero de aquí a septiembre, con el peligro creciente de tener que repetir las elecciones, quién sabe. Si suspendemos en julio ¿reválida en septiembre?¿O más bien habrá que repetir curso? Maaadre mía…

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