La ‘ministra número 23. O 24, quién sabe

Enviado por Fernando Jáuregui | 13/01/20

Ignoro quién ha podido meter en la cabeza de Pedro Sánchez la disparatada idea de designar a Dolores Delgado, hasta ahora ministra de Justicia, como nueva fiscal general del Estado, desplazando a la actual titular, María José Segarra, que al parecer ha resultado excesivamente ‘díscola’ ante los dictados emanados del Ejecutivo. Difícilmente se podría haber hallado un nombre más controvertido en los ámbitos políticos, en la carrera fiscal y en el mundo togado en general que el de la señora Delgado, a quien no ha faltado, en los meses que ha permanecido en el cargo, responsabilidad a la hora de que el planeta de la Justicia esté como está. Que no es bien, precisamente. La oposición, que se ha cebado en este nombramiento ‘a dedo’, ha llamado a la señora Delgado “la ministra número veintitrés”, aunque este lunes no haya tomado posesión de su ‘cartera’.

Ya la designación como nuevo titular de Justicia de Juan Carlos Campo, personaje de indudable competencia técnica, pero excesivamente ligado, a mi entender, al partido y, por diversos motivos, también al Legislativo, muestra un escaso respeto por una escrupulosa separación de los poderes cásicos de Montesquieu. En mi concepción, tanto quién ocupa la Fiscalía General del Estado como el propio Ministerio de Justicia –sí, también este Ministerio, y más en los tiempos desbocados que corren—debería ser consultado e incluso consensuado con la oposición, buscando una figura con perfil de independencia. Nunca más lejos de eso que ahora.

Comprendo que el desmadre jurídico catalán, y los varapalos que nos está propinando una Justicia europea que no tiene, lógicamente, sensibilidad con el problema que al Estado le causa el secesionismo ante la falta de elementos legales que España tiene para defenderse de los ataques a su integridad territorial, socaven la moral de la Fiscalía, del Supremo, del Constitucional y de la Abogacía del Estado. Especialmente, cuando el Ejecutivo tiende a acaparar, como es el caso, todos los poderes clásicos de Montesquieu, y, si puede, incluso extender sus tentáculos hasta al cuarto poder, el de los medios, que no estaba en la ‘lista’ del barón de Secondat.

Nunca, como ahora, al menos que yo recuerde, el poder Judicial estuvo más tambaleante, más inseguro –pese a la firmeza que muestran algunos de sus integrantes, como Manuel Marchena–, más necesitado de un consenso entre quienes se sienten constitucionalistas precisamente para mejor defender a ese Estado y a sus instituciones, comenzando por la propia Monarquía.

Pero el reloj parece caminar al revés de lo que una democracia sana precisaría. Este último capítulo, el de la férrea dependencia de la Fiscalía con respecto al Ejecutivo, personalmente me parece alarmante en cuanto que evidencia un cierto estado de cosas. Y que no me digan, por favor, que la Fiscalía siempre fue una especie de dependencia del Gobierno: no siempre, y al caso de la señora Segarra, o de Torres-Dulce, o a varios otros, me remito, ha sido así. Casi nunca ha acabado por ser así.

No sé si aún Pedro Sánchez está a tiempo de rectificar y, entonces, esta crónica tendría que ser arrojada a la papelera. Me alegraría. Pero me temo que ya es demasiado tarde. A ver cómo lo explica el presidente del Gobierno este martes en rueda de prensa, acontecimiento que, como la independencia de los poderes clásicos, también empieza a ser ‘rara avis’, un bien en peligro de extinción.

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Casado, no nos falles…más

Enviado por Fernando Jáuregui | 12/01/20


(ahora debe darse otro tipo de entendimiento entre Casado y Sánchez. Hay pactos que son fundamentales)
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Una de las grandes preguntas, ahora que sabemos al completo la composición de un Gobierno en el que hay bastantes integrantes ‘novatos’, es: ¿cuánto va a durar esto? ¿Llegará esta Legislatura, rara avis, a cumplir los cuatro años? En las filas de la oposición, PP, Ciudadanos y vaya usted a saber si Vox, confían en que no sea así, en que esto sea corto, año y medio como mucho, que se peleen Sánchez e Iglesias, que Cataluña siga horadando la acción del Ejecutivo central y, entonces, nuevas elecciones que, esta vez sí, ganaría la derecha, se supone que más articulada que hasta ahora.

Personalmente, no estoy muy seguro de que estos deseos de Pablo Casado, Inés Arrimadas, Abascal y los suyos se cumplan. Primero, porque la oposición sigue sin estar articulada en un bloque de ‘centro derecha’ en la medida en que la quisieran algunos ‘politólogos’ conservadores: Vox sigue sin sumar de manera homogénea con el PP. Y Ciudadanos está condenado a escindirse, lo que queda, en dirección al Partido Popular unos, hacia alguna aventura de corte socialdemócrata y centrista del tipo de la que quiere emprender Manuel Valls, me parece, otros.

De momento, las más serias de las primeras encuestas poselectorales dicen que el PP subiría algo, muy poco, aunque la figura de Casado se afianza; que el Ciudadanos sin Rivera también crecería de manera inapreciable –a ver hacia dónde tiran tras su congreso de marzo—y que PSOE y UP decrecen, pero de manera casi simbólica. Es demasiado pronto. Y van a empezar a pasar muchas cosas, ya desde este mismo lunes, cuando Puigdemont y Comín van a montar la escandalera como miembros muy activos del europarlamento, que tendrán reflejo directo en la intención de voto. Si Sánchez lograse ‘conllevar’ la situación con el secesionismo catalán, si sus ministros podemitas, empezando por su inquieto vicepresidente, no hacen continuos brindis al sol, si el bastante sólido equipo económico –que no pasa, como mucho, de tenuemente socialdemócrata—logra tranquilizar a la CEOE y al Ibex, la Legislatura durará. Cueste lo que cueste sacar adelante los Presupuestos.

Es este un escenario en el que debería moverse Casado, el hombre que, si consigue atraer a Arrimadas a su entorno, a algunos desencantados con el PSOE hacia los prados ‘populares’, a sus propios militantes hacia tesis centradas, y si mantiene a Vox a una distancia razonable, será presidente del Gobierno cuando esta Legislatura acabe. Lo cual, ya digo, podría no estar tan próximo. A ver cuáles son los primeros pasos que, este martes, nos anuncia Sánchez: ¿se entrevistará con el inhabilitado Torra? ¿disipará la opacidad en su entorno?¿Qué parte de su programa electoral –bastante bien aceptado en algunas de sus partes, dicen las sacrosantas encuestas– cumplirá a rajatabla y cuál ‘olvidará’? ¿Insistirá en el ‘frentismo’ por el que camina su portavoz parlamentaria, Adriana Lastra, o tenderá manos de diálogo a quienes su ‘número dos’ ha calificado como ‘ultras’?

Pero, sobre todo, ¿nos va a explicar de una vez hasta dónde, cómo, cuándo y cuánto, se va a llegar en esa ‘mesa de diálogo’ con el Govern catalán, que en teoría sigue presidiendo un inhabilitado y manejando, en parte, un preso? Es la pregunta sustancial: del inhabilitado, del preso y del fugado depende en buena parte la duración de la Legislatura que comienza esta semana. El efecto más perverso de la situación política catalana es que es capaz de tumbar, si se lo propone, al mismísimo Gobierno central, tan trabajosa y precariamente trabado. Y, de paso, hacer que sigamos sumidos en esta tremenda crisis política que, con levedad a veces insoportable, contempla con tanta calma la oposición. Como varias veces he escrito respecto de Sánchez: Casado, no nos falles…más.

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El Gobierno nace, al menos, con buen humor

Enviado por Fernando Jáuregui | 11/01/20


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(Antes y ahora. ahora no sé si van a caber todos en la foto oficial…)
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Quizá me considere usted un poco frívolo por hacerme eco de que, desde hacia mucho tiempo, no había recibido de mis contactos en whatsapp, en redes sociales o en mi correo electrónico tal cantidad de ‘memes’ e historias de humor relacionados con la gestación del nuevo Gobierno de Pedro Sánchez. Prefiero hoy adoptar esta deriva, dado que, aun antes de que el presidente del Gobierno surgido de la investidura del pasado martes anuncie este domingo la composición de su elenco ministerial, este ya ha sido analizado exhaustivamente, cartera por cartera, persona por persona, por todos los medios de comunicación. De manera que pocas sorpresas –alguna habrá, supongo: ningún presidente se resiste a darnos un pescozón a los medios revelando lo que no habíamos podido averiguar o cuán equivocados estábamos en nuestra conjeturas—le va a dar Sánchez al Rey cuando le comunique quiénes serán los próximos ministros que prometerán el cargo, se supone, este lunes.

El humor ‘made in Spain’ es siempre un poco cruel, con algo de cuchufleta, ironía y tal vez, en ocasiones, una pizca de sal gorda. Esta vez se ha centrado en las presuntas malas relaciones futuras de Sánchez con su vicepresidente ‘podemita’, cuyas imágenes del llanto a la hora de sacar adelante la investidura el pasado día 7 sirven para ilustrar textos en los que Iglesias se lamenta de que el uso del Falcon se lo haya reservado para sí en exclusiva el presidente. Claro que el elevado número de ministros –creo que solamente Adolfo Suárez tuvo tantos en uno de sus gobiernos, que duraban más bien poco, recuerda usted—también ha dado origen a no pocos mensajes de elevado contenido sarcástico. Sobre el ‘ministro sin cartera, el número 23’, o sea el hombre no tan en la sombra que hace y deshace en el Gabinete de Sánchez, que es más poderoso que cualquier vicepresidente, también circulan algunas bromas, no todas del mejor gusto. Pero debo reconocerle a usted que, ante alguno de estos chistes, he soltado una franca carcajada. Busque usted por ahí, busque, que pasará un buen rato.

Probablemente, la estrategia ‘redonda’ de ir desgranando, hora a hora, los nombres de los ministros inmediatos también preveía este casi colapso de las ondas a la hora de hacer funcionar los ingenios. Que, forzoso es reconocerlo, se han aguzado una vez más: algún día habrá que crear el ‘museo del meme’. El humor disipa la mala leche, con perdón, y contiene la indignación –no es para tanto, si le digo la verdad, cuantitativamente; sí lo es en cuanto a significado–—al saberse que, solo en ministros, y sin contar asesores, gabinetes, etc., el gasto se dispara en casi medio millón de euros ante tal proliferación de carteras y vicepresidencias en busca de dejar a todos contentos. Bueno, ya se buscará algún resquicio del que echar mano en los Presupuestos aquellos de Montoro, aún vigentes.

De paso, el recuento de nuevos ministros y ministras –al escribir este comentario faltaba por conocer tres nombres, que se harán públicos sin duda en estas horas–, las gracietas en el éter que suben a la nube, hacen mirar hacia otro lado a la hora de enfocar los problemas más candentes, que en estos instantes se centran en la inhabilitación definitiva de Torra por el Supremo y en la pérdida del acta de eurodiputado por Junqueras. Supongo que lo primero abortará el previsto encuentro entre Sánchez y el no sé si aún president de la Generalitat (creo que a ambas preguntas la respuesta es ‘sí’). Y lo segundo redundará en nuevas búsquedas para que el preso más famoso de España salga cuanto antes de Lledoners. Y a este toro habrá de cogerle por los cuernos cuanto antes este naciente Ejecutivo, tan…¿nutrido?. Sin olvidarse, claro está, de otros morlacos que andan sueltos.

Pero ahora ‘tiemble después de haber reído’, como decía una sección célebre de la desaparecida, desgraciadamente, revista ‘La Codorniz’ (¡qué falta de publicaciones de humor padecemos! Quizá por eso tanto ‘meme’). Porque, espero que este mismo domingo Sánchez nos lo explique, ahora falta saber en qué se van a empeñar los nombres tras cada cargo, cómo se van a coordinar las distintas, ejem, sensibilidades, cuál es el plan, en suma. Y cómo hemos llegado hasta aquí, hasta este Gobierno que, la verdad, no me parece tan ‘gauchiste’ ni tan rupturista con la legalidad, aunque tiempo al tiempo antes de lanzar campanas al vuelo y análisis a las redes. Ha llegado la hora de la verdad sin ‘redondeces’ ni maquillajes. Esperamos su dictamen, señor Sánchez: Pedro, no nos falles…más.

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Mis aprensiones ante el gobierno que viene

Enviado por Fernando Jáuregui | 09/01/20

Me parece baladí el hecho de que aún haya que esperar unos días el anuncio de la composición del nuevo Gobierno. Hemos esperado casi dos años –en el mejor de los cómputos—a tener unas carteras ministeriales ‘definitivas’ y bien podemos hacerlo un par de días más. Mucho más preocupante me parece el bisoñismo con el que la parte de Podemos ha asumido el anuncio de quiénes serán sus representantes en el nuevo Gabinete presidido por Pedro Sánchez –que sería quien hubiese debido anunciar el elenco al completo–. Bisoñismo y precipitación. Y aún más inquietante es algo que me parece que se perfila en el horizonte: el riesgo de que este Gobierno surgido de la investidura del pasado lunes se convierta, de hecho, en ‘dos’ gobiernos, uno presidido por Sánchez y el otro, encabezado por el vicepresidente Pablo Iglesias, con ‘sus’ ministros podemitas dirigidos, en realidad, por él.

Ha sido hasta ahora tanta la intensidad en los esfuerzos por ocupar el poder que es de temer que se hayan descuidado aspectos clave en el funcionamiento de un Ejecutivo, en su organigrama y en la definición de sus tareas primordiales, o sea, su programa de acción. Téngase en cuenta que es el primer Gobierno de coalición –y, encima, este tan peculiar—con el que cuenta España desde hace más de ochenta años, y que nunca ha habido costumbre de ‘cogobernar’ con un ‘socio’, y menos con uno tan atípico, como la Unidas Podemos de Pablo iglesias, personaje que invariablemente se siente superior a quien ocupará la presidencia y que será, por tanto, le guste o no, su jefe. De ahí que, como en las familias no del todo bien avenidas, se haya hecho preciso un curioso protocolo para regular las relaciones entre las dos fracciones integrantes del Consejo de Ministros. Entre los dos ‘socios’ existe de todo menos confianza: en esto sí nos dijo, al menos, la verdad Pedro Sánchez en la campaña anterior a las elecciones.

Luego está el organigrama. Hay carteras que no se justifican (¡¡ni aun añadiéndoles las competencias del juego y de las casas de apuestas!!) sino en la necesidad de repartir poltronas para todos. Y está muy claro que los ministerios dependientes de Podemos, empezando por el propio vicepresidente, carecerán de atribuciones ejecutivas verdaderamente importantes, por lo que sospecho que derivarán tratando de ocuparse de cosas que no les hayan sido atribuidas, desde ‘portavocías bis’ hasta los medios de Comunicación del Estado, comenzando por esa RTVE tan cara a los anhelos de Iglesias. Confiemos, por lo demás, en que el organigrama sea mínimamente respetuoso con las verdaderas necesidades de la nación: resultaba incomprensible, por ejemplo, el dislate de acumular en una sola ministra las carteras de Educación y la Portavocía (error que ya se cometió con el último gobierno de Rajoy, por cierto). Y resultará intolerable un crecimiento en el número de Ministerios para dejar a todos contentos: el actual Presupuesto no da para tanto.

Por fin, los intereses de la nación. Este Ejecutivo aleja las perspectivas de un pacto transversal, de Estado, con la oposición, con la que, por culpa de todos sin duda, se ha salido de la investidura tarifando y más distanciados que jamás. Ya se nos ha anunciado que no habrá pacto con el PP para la renovación de los órganos judiciales, lo cual, siendo muy grave, aleja, al menos, las sospechas de que volvería a pactarse ‘bajo cuerda’ un reparto de los miembros del Consejo General del Poder Judicial tan vergonzoso como el que se intentó hace año y medio.

Pero lo cierto es que algunos de los grandes acuerdos que serán imprescindibles para el buen funcionamiento de nuestra democracia, y que requieren del acuerdo del Gobierno con la oposición, también se alejan: unos pactos sobre Exteriores, sobre servicios secretos, sobre educación, sobre equilibrios territoriales, sobre Cataluña y, sobre todo, sobre esa necesaria reforma constitucional que, una vez más, se difumina. ¿Cuánto tiempo aguantará así, sin cambios, njestra ley fundamental, cuánto esta desfasada normativa electoral?

Personalmente, me he expresado en el sentido de que deseo que este Gobierno, aunque no me parezca el mejor para mi país, acierte en sus planteamientos y en su trayectoria, porque eso redundaría en un bien para todos. Pero para que las cosas salgan bien hay que hacerlas bien. Sin trampas, con transparencia, contando con todos y no excluyendo a media España. Ahí lo dejo, para lo que valga, que será, sin duda, poco.

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¿De quién es el Rey?

Enviado por Fernando Jáuregui | 08/01/20


(motivos para la preocupación ya tiene, ya)
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Salí del debate de investidura con sentimientos tan complicados de definir que decidí tomar unas horas de reposo antes de escribir sobre el tema. Hubo, claro, detalles preocupantes, y no quiero referirme solamente a la inapropiada –y sincera—frase de la señora Bassas, de Esquerra, asegurando que la gobernabilidad de España le importa “un comino”, en sede parlamentaria y apoyando, en teoría a un Gobierno de la nación. Me pareció aún más inquietante la presencia de la figura del Rey sobrevolando ‘in absentia’ toda la sesión, primero con los ataques de la representante de Bildu, Mertxe Aizpurua, después con las alusiones pérfidas de Pablo iglesias, suponiendo que la ‘derecha y la extrema derecha’ se han apropiado de la Monarquía y, finalmente, con los ‘vivas al Rey’, a mi entender extemporáneos, proclamados por Vox desde el escaño y desde el atril parlamentario.

Convertir una sesión parlamentaria de la importancia de la investidura en un debate sobre la figura del jefe del Estado me parece querer trasladar una polémica que siempre está ahí, soterrada, la de Monarquía-República, al sitio más inconveniente, la sede del Legislativo. Sé lo que impulsó a la señora Aizpurua a soltar su ineducada proclama contra Felipe VI, y también puedo entender que las rudas maneras de algún representante de la derecha más extremada le impulsen a lanzar proclamas más propias de la clausura de la Pascua Militar que de un acto de trascendencia parlamentaria.

Pero no logro entender qué lleva a Pablo Iglesias, que no da puntada sin hilo, a traer la mención al jefe del Estado, y a quién le controla o no, a la sesión, cuando el propio líder de Podemos tantas veces ha proclamado –ahora no; ahora, como vicepresidente del Ejecutivo, se modera y dice que no es el tiempo del advenimiento de la República—que su deseo es que ‘delenda est Monarchia’. Aspiración a la que tiene perfecto derecho en cuanto que líder de una formación política, aunque no sé si tanto en cuanto que ocupante de nada menos que la vicepresidencia de un Gobierno presidido por alguien que, por dos veces, ha prometido fidelidad a la Constitución inequívocamente monárquica.

Eché de menos en los parlamentos de un nervioso, pero confiado, Pedro Sánchez un respaldo en todos los momentos a ese jefe del Estado zarandeado de unas u otras maneras. Un jefe del Estado del que unos se quieren apropiar para que los arrope en su trayecto excesivamente conservador y los otros para echarlo, si pudieren. Y ahí, no solo a la hora de reprender a la ‘aliada’ de Bildu y a la no menos importante hora de precisar a su socio de Unidas Podemos que el Rey no es propiedad de Vox, ni del PP, ni de Ciudadanos, ni del conjunto de ellos, sino de todos los españoles, es donde me parece que el presidente del Gobierno dejó de cumplir con una función primordial: la defensa del sistema, de la forma del Estado. El, Pedro Sánchez, es ahora el máximo garante de preservar esos valores, por mucho que nos estemos embarcando, que sí lo estamos haciendo, en una nueva era con incierto rumbo y más incierto aún puerto.

Me parecería altamente preocupante que así no lo entendiera Sánchez, aferrado a unos pactos con Esquerra Republicana de Catalunya cuyo último alcance y profundidad aún no nos ha sido explicado y enfeudado a un Unidas Podemos cuyo líder se define en sus objetivos de manera más ambiciosa aún que el propio Sánchez. Y mucho más rupturista con un cierto ‘statu quo’, el que ahora tenemos y gozamos, también que el propio Sánchez.

Al presidente de este Gobierno, que desde luego no es aquel Ejecutivo con el que yo soñé –siempre dije que una coalición de centro-izquierda hubiese sido lo más conveniente; Rivera la dinamitó y Sánchez nunca la facilitó–, le aguardan pruebas muy duras, que también lo serán para el resto de los españoles: Cataluña sigue pesando como una losa en la marcha política de la nación y en los próximos días se vivirán acontecimientos muy, muy serios y que necesitarán de la mano de un estadista para conducirlos. Sánchez venció por la mínima, y hay que desearle –yo, desde luego se lo deseo—éxito en su labor, porque es algo que a todos nos conviene; pero a la vista está que su discurso no convenció a casi nadie que no milite en el exclusivo club de ‘los propios’.

Le echan en cara que romperá España –claro que no–, que pactará con los independentistas cosas que cruzarán las líneas rojas –pienso que tampoco–, dicen los de Vox que su gobierno es ilegal –obviamente falso, aunque la réplica desde el PSOE me resulta excesivamente ‘frentista’–. Y ambas partes se lanzan cañonazos llamándose ‘ultra’ la una a la otra. En resumen, que hemos salido del debate de investidura mucho más lejos aún de lo que entramos a la hora de afrontar esa segunda Transición en la que estamos, de hoz y coz, ya metidos: ni pensar de momento en grades pactos para acometer las reformas imprescindibles, las renovaciones en órganos institucionales. Y, además y para colmo de preocupaciones, ese respaldo a la Jefatura del Estado, que debería llegar desde el Gobierno sea cual sea su color, aún pendiente. ¿Hasta cuándo?

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Ojala que esto le/nos salga bien, señor Sánchez

Enviado por Fernando Jáuregui | 07/01/20

Según lo previsto, y por la mínima, Pedro Sánchez quedó este martes investido como presidente del primer Gobierno de coalición desde hace más de ochenta años, inaugurando una era que sin duda estará llena de sorpresas y clausurando otra, la del consenso en el que se basó la Transición de la ‘generación del 78’. Todo el debate parlamentario para llegar a esta investidura, en la que Unidas Podemos será el contrapunto del PSOE en el Ejecutivo, fue bronco, una polarización bastante mayor de lo usual entre ‘las derechas’ y ‘las izquierdas’, mostrándose con claridad que enhebrar futuros acuerdos y pactos para cuestiones que serán sustanciales va a ser extremadamente difícil.

Ambas partes ni siquiera se tendieron puentes que hablasen de acuerdos de futuro en materia de renovación del poder Judicial, o de la dirección de los servicios secretos, o, menos aún, en lo referente a pactos educativos o incluso sobre política exterior, y no hablemos ya de cuestiones más puntales, pero significativas, como los medios públicos de comunicación. Sánchez intentó, en su último discurso antes de ganar por dos votos la investidura, tranquilizar a los sectores que puedan estar más inquietos por su victoria, como el empresariado. No sé, la verdad, si lo logró. La Cámara se mostraba herida, como casi no podía ser de otro modo teniendo en cuenta los muchos meses de tensiones políticas, sociales y también económicas vividas desde que se instauró la inestabilidad, a finales de 2015.

Son muchas las consecuencias que se van a derivar de esta investidura. En primer lugar, creo que hay que prever la existencia de ‘dos gobiernos en uno’: el primero, presidido por Sánchez; el segundo, en paralelo, con el vicepresidente Pablo iglesias y los cuatro ministerios de Podemos que de él dependerán más o menos directamente. En segundo lugar, pienso que el Partido Socialista, aunque triunfante, sale algo quebrado del lance: me ha parecido significativo que ninguno de los referentes verdaderamente históricos de la formación de Pablo Iglesias (Posse, naturalmente),como Felipe González o Alfonso Guerra, hayan aparecido estos días para comentar el retorno al poder de los socialistas para ¿uno, dos, tres, cuatro? Años. Y, claro, en tercer lugar me parece que se avecina una recomposición de las fuerzas de la derecha, hoy en una alianza casi imposible: no son lo mismo unos que otros.

Luego está la presencia de los secesionistas catalanes y vascos. Que la portavoz de Esquerra Republicana de Catalunya se atreviese a proclamar, desde el atril parlamentario, “me importa un comino la gobernabilidad de España”, resulta obviamente significativo. En ningún momento ha querido ERC esconder su vocación de separarse del resto de España, sea mediante referéndum o a las bravas. Un jalón importante en la Legislatura serán, quizá, las elecciones autonómicas catalanas, que serán auténticamente plebiscitarias y cuajadas de episodios como la irrupción ‘estelar’ de Puoigdemont (¿y Junqueras? Quién sabe) en el Parlamento Europeo dentro de cinco días.

El camino va a estar jalonado de riesgos, de trampas. Insisto en que se necesita un gran estadista para gerenciar todo esto, para unir las cada vez más evidentes dos Españas, para ‘conllevar’ con los secesionistas catalanes, para sujetar cualquier tentación nacionalista vasca de salirse del tiesto. Y, sobre todo, para que el resto de los españoles, ya voten al PP, a Ciudadanos, a Vox, al propio PSOE, a las ‘sensibilidades’ de Podemos, a quien sea, se sienta capaz de cooperar para que el Gobierno Sánchez saque adelante tareas fundamentales para la pervivencia de la nación tal como la conocemos.

Quedo a la espera de lo que, más allá de los silencios que hasta ahora han dominado el panorama de los planes presidenciales -.-si es que tales planes existieron–, Pedro Sánchez logre convencernos de que ha emprendido si no el mejor camino sí, al menos, un camino razonable. Confieso que yo ahora no acabo de verlo, y no me parece que por ello se me pueda calificar, como hacen algunos portavoces del PSOE, de ser de ‘extrema derecha’. Menuda simplificación, menuda mentira, en el ‘hit parade’ de esta época de posverdades.

Termino deseándole al nuevo Gobierno, que está muy lejos de ser el de mis sueños –acaricio la idea de tener algún día un Ejecutivo de centro-izquierda, con una separación de poderes suficiente, una nueva normativa electoral y una Jefatura del Estado a la que le dejen actuar algo–, muchos éxitos. Como ciudadano, como español, incluso como periodista –algunos nos consideran casi ‘el’ enemigo–, lo deseo de corazón. Aunque mi cerebro diga que, lo que se monta mal, acabará cayendo por tierra.

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Carta a Tomás Guitarte

Enviado por Fernando Jáuregui | 06/01/20

Carta a Don Tomás Guitarte, que tiene nuestro futuro en sus manos

Fernando Jáuregui

En la tarde víspera de los Reyes Magos, en lugar de escribirles a ellos, escribí al diputado por Teruel Existe, de cuyo voto depende este martes que se forje o no el Gobierno de Pedro Sánchez con Unidas Podemos. Sé que el señor Guitarte está recibiendo muchos miles de comunicaciones como esta y que ni siquiera las leerá, por lo que, con el permiso de los lectores, que también son destinatarios, reproduzco aquí mi carta, que pasa así a ser abierta.

Estimado señor Guitarte ([email protected]):

Ni le conozco ni me conoce. Mi nombre es Fernando Jáuregui, periodista desde hace muchos años y ‘mirón’ profesional de lo que ocurre, para contarlo a quien quera leerme o escucharme. No me represento sino a mí mismo. Me parece que esta carta es mi única contribución personal posible a un futuro mejor para todos los españoles.

Sé poco de usted, que vive en estos días su cuarto de hora de protagonismo. Eso luego cesará, como ya sabe. Y entonces usted y quizá Teruel dejen de existir. La implacable política es así. Dentro de no mucho quizá también haya dejado de existir este Gobierno al que usted está a punto de apoyar con su voto imprescindible (la de vueltas que da la vida ¿verdad?). Pero mucho daño se habrá hecho para entonces.

Me considero un español de izquierda moderada, no afiliado a ningún partido –lo estuve, hace mucho, al Comunista–. Pero no he perdido ni mis ilusiones ni mi patriotismo, que es palabra poco de moda. Quisiera para mi país un Gobierno de progreso, pero que incluya a los más posibles, no que excluya a al menos la mitad de los ciudadanos. Inclusivo, reformista y hasta regeneracionista, no revanchista ni frentista.

Acabo de salir del Congreso, de la primera votación de investidura. Le pido que no cometa el error, que a todos nos afectaría, de apoyar este martes con su voto este Gobierno surgido de la mentira –Sánchez dijo, también a los votantes del PSOE, que las elecciones se hacían para evitar lo que precisamente comenzó a hacerse veinticuatro horas después del 10-N–. Un Gobierno, cuánto siento tener que decirlo, oportunista y que colocará en altos puestos del Estado a gentes que ni de lejos lo merecen. Y sí, hablo de, por ejemplo, Pablo Iglesias, a quien conozco y que sé que tratará, desde su privilegiado puesto en La Moncloa, de barrer a media España. No solo a la despoblada, a esa que se queja, con razón, de que parece que no existe.

Seguramente, señor Guitarte, tendremos ocasión de conocernos por los pasillos del Congreso. No tengo una opinión formada sobre usted, más allá de que está haciendo algo que cree que, a corto plazo –esto no llegará al medio–, conviene a su región. Visión cortoplacista me parece, si le digo la verdad. Ahora tiene usted la oportunidad de pasar a la Historia con mayúscula.

Yo, por mi parte, creo que cumplo una obligación que va más allá de mi tarea periodística escribiéndole esta carta. Sé que muchos españoles lo están haciendo. Otros muchos lo harían si supiesen cómo hacerlo. Increíble pero cierto: su destino le ha colocado en una posición en la que muchos, todos, dependemos de usted. Tenga el valor –un valor tremendo, lo reconozco—de virar el rumbo, que nos lleva hacia la escollera.

Le escribo sin demasiadas esperanzas, pero con la sensación de estar cumpliendo una especie de deber. Y sí, claro que esto me incumbe, cómo no. Algún día quizá revele el contenido de este escrito, hoy destinado solamente a sus ojos. Será para mi historia. Para entonces, el resultado será inapelable.

Un cordial saludo. Que Dios le bendiga y le ilumine.

Fernando Jáuregui Campuzano
Presidente de Educa 2020.

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No, no habrá, me temo, más Oramas

Enviado por Fernando Jáuregui | 06/01/20

Recorro, este domingo, los pasillos del Congreso, en plena ebullición de actividad parlamentaria. Es la primera vez en cuarenta años que esto ocurre, y más en vísperas de la Pascua Militar, donde el Rey, algo protagonista (pasivo, claro) a su pesar en la sesión dominical de investidura, tendrá que pronunciar un discurso contenido en la forma, preocupado, mucho, en el fondo. Los diputados contrarios al Gobierno de coalición de izquierda que seguramente quedará refrendado, por la mínima, este martes, aún confían en un milagro: alguien que siga el ejemplo de Ana Oramas y, contrariando el mandato de su partido, diga ‘no’ a los planes de Pedro Sánchez trastocando su investidura.
Me parece que no habrá tal. No habrá ‘tamayazo’, ni salidas, como la de la hasta ahora portavoz de Coalición Canaria, o como la del diputado Mazón, del PRC, impulsadas por la dignidad. Si todo se cumple como está previsto, Pedro Sánchez dejará de ser presidente del Gobierno en funciones y pasará a serlo efectivo. Con Pablo Iglesias de vicepresidente y todo lo demás que ya se sabe.
Eso empezará a ocurrir el martes, jornada posterior a la también importante de este lunes. Cuando se celebra una nueva edición de la Pascua Militar, que significa que el jefe del Estado, este domingo objeto de agrias trifulcas verbales en la Cámara Baja, se dirigirá a la oficialidad y jefes de los ejércitos en su salutación anual, este año más inquieta que jamás. Claro que a los reunidos este lunes en el Palacio de Oriente no les gusta nada lo que saldrá el martes de la segunda votación de investidura. Y claro que, por disciplina democrática, no harán un solo gesto público que lo demuestre. Y me alegro, por supuesto.
Pero allí estarán los ecos de los insultos al Rey por parte de la diputada de Bildu y ex directora del diario Egin, Mertxe Aizpurua, y el recordatorio de la presidenta de la Cámara, la socialista Batet, ante las protestas de Pablo Casado y del parlamentario de Ciudadanos Edmundo Bal por los ataques al jefe del Estado, en el sentido de que la institución que ella preside garantizará siempre la libertad de expresión, ‘no como en otras épocas’. Eso, y la sensación generalizada de que algo, una era, ha muerto en este debate de investidura y algo va a nacer el martes, sobrevolará, sin duda, el salón del Trono del Palacio de Oriente en esta jornada de los Reyes Magos.
Y sí, claro, hay que dejar paso al futuro. Lo que ocurre es que probablemente nunca el futuro se asomó a nuestros balcones con un horizonte tan nublado por la incertidumbre, que temo que los discursos de este fin de semana en el Congreso no han contribuido mucho a disipar.
Dicen que la clase política es ahora peor que antes. Puede que solo en parte. Lo que ha empeorado, sin duda, es la situación moral de un país que no ha visto propiciadas las reformas legales necesarias para hacer frente a su muy difícil coyuntura. Y que no ha permitido, por unas u otras razones, que surgieran más Oramas en el secarral político en el que andamos metidos.

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Mira que si a Sánchez le sale bien esta jugada de máximo riesgo…

Enviado por Fernando Jáuregui | 03/01/20



Comienza la sesión de investidura, que acabará presumiblemente el martes con la confirmación de Pedro Sánchez como presidente del Gobierno, gracias a la complicidad de Esquerra Republicana de Catalunya y al aval, en último extremo, de una formación por completo desconocida hace pocos meses, llamada Teruel Existe. Y los enemigos de esta primera coalición de izquierdas en España desde hace ochenta años dicen ya, quizá resignados, que al menos será esta que se inaugure la semana próxima una Legislatura que durará poco, un año, dos a lo sumo, en medio de tensiones internas y externas sin cuento. Ya. Pero ¿y si a Sánchez le sale bien esta jugada, de máximo riesgo como casi todas las suyas?

No cabe desconocer la posibilidad de que la diosa Fortuna, que siempre ha acompañado al aún presidente del Gobierno central del Reino de España, hoy en funciones, siga protegiéndole. Como cuando ganó las primarias en 2014, casi un desconocido en el seno del partido que fundó Pablo Iglesias (Posse, naturalmente) hace ciento cuarenta años, y que ahora se está desmontando para dar paso a otro tipo de formación, mucho más unipersonal incluso que en los tiempos de Felipe González. Como cuando triunfó la moción de censura contra Rajoy embarcado en un ‘Gobierno Frankenstein’ que ahora se repite, incrementado en su tripulación.

Porque, pese a las descargas cerradas de fusilería periodística (no digo yo que no sean merecidas: los medios se han convertido en la principal oposición a la situación, tan atípica, creada, mientras la verdadera oposición política anda como despistada), no queda otro remedio que reconocer que Sánchez ha ido tan lejos que no queda otra salida que la de que se haga alguna luz al final del túnel, aunque esa luz sea un incendio. Cree el candidato a seguir en La Moncloa que él será capaz de lo que no consiguió Rajoy, ni nadie, excepto Adolfo Suárez con Tarradellas en 1977: forzar una ‘conllevanza’ con el problema catalán. Quizá Rajoy no hubiese actuado de forma muy diferente a como lo está haciendo hoy Sánchez –no se fíe mucho de lo que dice el ex presidente en su libro de autojustificación—si Junqueras, hoy el interlocutor privilegiado desde sus prisiones, no hubiese traicionado la confianza que el líder del PP y la vicepresidenta Sáenz de Santamaría pusieron en él.

Se habla en algunos círculos de una ‘consulta de autodeterminación’ pactada con ERC. Y tanto alarmismo no me parece del todo cierto: lo que se baraja es un referéndum constitucional, acorde con el artículo 152.2 de la Constitución, que prevé un referéndum en una autonomía que se dé un nuevo Estatuto o lo reforme de manera sustancial. Y eso es lo que se va a negociar: cambios sustanciales en el Estatut de Autonomía catalán. Cambios que satisfagan parcialmente algunas exigencias de los independentistas, pero sin facilitar la independencia. No, claro que no, la independencia: Sánchez no es quién para negociar eso. Ni podría hacerlo: España, Teruel incluido, también existe. Otra cosa es que al presidente aún en funciones no le haya dado la gana explicarlo.

También asunto diferente serán las dificultades, seguramente insalvables, que surjan en el camino: ahí está esa aparición estelar de Puigdemont, el hombre que está, nos guste o no, ganando las batallas legales europeas, el próximo día 13 en el Parlamento europeo. O el posible viaje de Junqueras a recoger su credencial, maaadre mía. O lo que pueda hacer Torra, el enemigo de todos que tiene que marcharse cuanto antes con o sin JEC, para boicotear cualquier acuerdo. O los conflictos institucionales. O… Sortear todas esas dificultades, embridar al muy inestable vicepresidente ‘in pectore’ Iglesias, convencer a los europeos de que este es un camino seguro y fiable y, más aún, hacer lo mismo con todos los ciudadanos españoles, catalanes, claro, también, es la obra de un estadista. De un demócrata que actúa con transparencia. Sánchez, hasta ahora, no lo ha mostrado: ni sentido de Estado ni transparencia. Le investirán, pero no convencerá. A partir de ahí la diosa Fortuna y Teruel también Existe tienen que jugar su papel. Un papelón que avanza, arrollador, hacia ¿dónde?.

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Esperando la voz de Marchena

Enviado por Fernando Jáuregui | 02/01/20

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(¿la voz que clamará en el desierto?)
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Ya solo nos queda Marchena. Su voz se escuchará, dicen, dentro de algunos días, porque es la voz suprema, la última. Una voz reconocida, prestigiada pese a todos cuantos quisieran desprestigiarla y, con ella, a cuanto el más alto organismo de nuestra justicia representa.

Manuel Marchena, presidente de la Sala Segunda de lo Penal del Tribunal Supremo. El hombre que juzgó el ‘procés’ y ahora tiene la última palabra sobre qué hacer con Junqueras, que es quien, desde la cárcel de Lledoners (por poco tiempo, sospecho), , sigue mandando en España. Un juez íntegro, que no quiso saber nada de enjuagues políticos en los que quisieron meterle, a la hora de un vergonzoso reparto del gobierno de los jueces hecho con nocturnidad y alevosía desde el bipartidismo. Fue un héroe y algunos quisieron convertirle en villano porque no les gustó la sentencia que impuso a los golpistas la Sala que él preside. Le han querido vincular al PP, alguna vez le han querido también obediente a los dictados del Gobierno socialista, y ninguna de las dos acusaciones les han salido bien a quienes propalaron tales especies.

Le atacaron desde el Constitucional por haber consultado al Tribunal de Justicia de la Unión Europea si el encarcelado Junqueras podría o no recoger su acta de europarlamentario; como el dictamen del TJUE no gustó en ámbitos oficiales, a Marchena le cayeron nuevos y, eso sí, soterrados alfilerazos. Pero, en mi opinión, cumplió con su deber evacuando tal consulta, que posiblemente libre a la Justicia de España de nuevos desprestigios en los foros europeos. Y es que a la Justicia española, que es poder independiente y que debe seguir siéndolo, solamente la salvan algunos, bastantes, magistrados de la talla de Manuel Marchena, ya que nuestro país carece de una legislación lo suficientemente actualizada y ágil para defender al Estado. Y eso es culpa de los políticos, que no han actuado diligentemente, y no de los jueces.

La última pirueta la ensayó la oposición, al encargar a la Junta Electoral Central que diga si Torra debe o no ser inhabilitado de inmediato, pensando que la composición de la JEC no favorecerá los intereses del Gobierno de Pedro Sánchez ni, menos aún, los de los independentistas. Y la ‘sentencia’ de la JEC, saltándose a los más altos tribunales, en especial al Supremo, ocurrirá este mismo viernes, presumiblemente pese a las presiones que desde el Gobierno llegan a la Junta para aplazar su decisión o, en último extremo, para evitar esta inhabilitación, que convertiría al aún president de la Generalotat en una víctima y a las instituciones españolas, de cara al independentismo catalán, y posiblemente también la prensa europea, en un verdugo.

Grave error ha sido, a mi juicio, meter a la JEC, que poco tiene que ver con el fondo del asunto de que se trata, en este berenjenal, que bastante daño está haciendo ya a las instituciones, en general, y al Tercer Poder de Montesquieu en particular. Más valdría haber aguardado a que el Supremo clarifique su posición tras la tormenta desatada por el TJUE. Pero, claro, si el Gobierno tiene mucha prisa por lograr la investidura de Sánchez, para que no se le desmorone el tinglado, la oposición tiene la misma urgencia para que no la logre; y, como uno y otra han sido incapaces de llegar a un acuerdo para evitar lo que parece que será el desastre de un Ejecutivo de coalición ‘de las izquierdas’, pues se buscan fórmulas ‘creativas’, que son atajos sobre lo que debería ser una vía escrupulosamente democrática. Una vía que ahora todos, menos el Supremo, tratan de sortear de los modos más chapuceros.

Y, para mí, esa vía escrupulosa se llama Manuel Marchena, o sea, el Supremo, que es quien compete el último y definitivo dictamen. Que hable Marchena, que me temo que debe estar estos días tascando el freno, sumido en la desmoralización que causa el espectáculo propiciado por los terremotos. Lo malo es que, para cuando hable Marchena, su voz sensata habrá llegado, temo, demasiado tarde, y será la voz que clama en el desierto de lo esperpéntico, así que ya solo nos quedará Valle Inclán. Y entonces qué.

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