Yo no voy

Enviado por Fernando Jáuregui | 18/05/20

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(Yo no voy. Ellos, salvado sea el derecho de manifestación, tampoco deberían ir así, tan pegados…)
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¿Estamos perdiendo el miedo al coronavirus? A veces, cuando vemos cómo se incumplen flagrantemente las normas y los horarios del confinamiento, siento la tentación de pensar que sí. O que el hartazgo de la gente es ya tan intenso que necesitan una escapatoria, una liberación, no volver a pensar en la reclusión en los balcones. Las manifestaciones contra el Gobierno que comenzaron en Madrid y se han extendido por otros puntos de España difícilmente son respetuosas, debo decirlo, con los ‘diktats’ emanados del ministro Illa y del ‘viceministro’ Fernando Simón, para lo que valgan. Si quienes ahora se manifiestan apiñados condenaron aquella multitudinaria salida a la calle el 8 de marzo –y realmente fue una enorme imprudencia, por decirlo suavemente–, ahora deberían actual en consonancia. Perder el miedo puede dar a veces en consecuencias pavorosas.

Lo malo, como siempre, es que la pandemia se ha politizado. Sobre todo, en Madrid, pero no solamente en esta capital de las zozobras y de los duelos, en la que era, y aún lo sigue siendo, la Comunidad más próspera del país. Creí que habíamos quedado en que sería una vez vencida la enfermedad, aunque sea temporalmente, cuando lanzaríamos nuestro reproche público y nuestras demandas –que no las críticas, que ahí deben estar constantemente, por pura salud democrática—al Gobierno. Puede que los continuos errores, rectificaciones, la falta de seguridad jurídica, la escasa empatía, que han caracterizado a nuestros gobernantes hagan incontenible la protesta callejera. Pero que sepan los que salen a manifestarse que los riesgos son demasiados, que si nos han exigido una separación mínima en las tiendas, en los bares, en el deporte, en las misas, habrá que concluir que alguna razón habrá tras ello, por mucho que nos hayamos cargado de razones para desconfiar de las autoridades ‘técnicas’, que un día dicen una cosa y al siguiente, otra. Y que solo aciertan cuando rectifican, la verdad.

Yo, desde luego, no iré a ninguna manifestación. Del signo que sea. Ni a ninguna de esas fiestas clandestinas y botellones que tan insensatamente se practican, incluso en nuestra vecindad. Quisiera seguir hablando de la conducta ejemplar de los españoles ante las duras condiciones que nos han impuesto para superar este muy mal trago. Pero creo que tener diez mil detenidos y un millón de multados por haberse ‘saltado’ las normas del confinamiento es indicativo de que no todo lo estamos haciendo bien. Y ya sé que en otros países la gente, harta, también se manifiesta, en alguna ocasión con cierta violencia, siempre envueltos en las banderas nacionales. Eso no me consuela; que muchos lo hagan mal no ampara una conducta lamentable por nuestros pagos. Sé que algunos políticos tampoco dan ejemplo. Les pediremos responsabilidades en su momento; no es la hora de la pelea, sino, como dice Sánchez, proclamando tanto lo que no practica, de la unidad. Lo último que podría ocurrirnos ya sería poner al país al borde del estallido social. Y falta un pelo. Y a mí eso sí que me da pavor. Comprendo que algunos manifiesten temor a ser desconfinados: el panorama, fuera, está solo regular.

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Sánchez hará lo preciso para durar hasta diciembre, y entonces…

Enviado por Fernando Jáuregui | 17/05/20

Pocos dudan de que, al final, a base de negociaciones ‘discretas’ que poco tienen que ver con la batalla contra el coronavirus, Pedro Sánchez logrará extender el plazo para mantener el estado anómalo de alarma hasta casi finales de junio. Es decir, hasta el fin del absurdo período de sesiones parlamentarias –ya va siendo hora de cambiar el reglamento y la Constitución en este punto–. Con lo que las molestas sesiones de control en Congreso y Senado quedarían pospuestas, al menos, hasta mediados de septiembre. Para entonces, lo lógico es que, al menos por ahora y hasta nuevos avisos, la pandemia esté casi vencida y el retorno a una ‘nueva’ normalidad, o a una anormalidad nueva, ya se haya consolidado lo suficiente como pensar en que el Gobierno, ‘este’ Gobierno, con su composición casi íntegra, se mantiene.

La experiencia siempre indica que, tras las guerras o tras las grades catástrofes, los gobiernos que las gestionaron, incluso ganándolas, sufren en las urnas (el caso de Churchill es el más citado; existen otros). Tengo para mí que, a la vista de las indefiniciones y el cuarteamiento de las distintas oposiciones al actual Gobierno de coalición progresista (no, no me gusta llamarlo social-comunista), Pedro Sánchez y el ‘líder paralelo’ Pablo Iglesias se sienten relativamente confortables en las encuestas. Y, además, constitucionalmente no puede haber elecciones antes de noviembre, que es fecha inmensamente lejana: para entonces, a la velocidad que va el barco enloquecido, puede haber(nos) ocurrido casi de todo, intervención europea incluida.

Pero claro, este calendario concede al actual Ejecutivo, que sin embargo va pidiendo ya una remodelación ministerial a gritos, unas expectativas razonables de que, al menos hasta diciembre, o enero, aquí poco va a cambiar en lo que al Gobierno se refiere. A menos, claro, que se produzca una catástrofe aún mayor que las que ya hemos venido sufriendo. O que se produzca una reacción por parte de la oposición conservadora, que por ahora parece aparece fraccionada entre el ‘apoyo con reservas’ de Ciudadanos, el apartamiento crítico del PP y la deriva al borde de la sublevación de Vox.

Claro, la anomalía política de este panorama es patente. Pero en un marco en el que todo es anómalo, vaya usted ahora a protestar por la falta de libertades, la no separación de poderes, el desmadre autonómico, las locuras de Torra y un largo etcétera. Ahora, todas las miradas se centran en ver cómo se va a reconstruir el tejido social, económico y moral de un país que sale de esta, dicen las encuestas, completamente desmoralizado, entristecido y con la confianza en sus representantes en un nivel más bajo que nunca, que ya es decir.

Así, no sé si podemos fiarlo todo ¡hasta diciembre o enero! a la aparente firmeza de un Pedro Sánchez que, de acuerdo, hace lo que puede. Pero eso no significa ni que haga siempre lo que debe ni de la mejor manera. Ese hombre algo hierático que, sábado tras sábado, cada vez más maquillado e impasible, nos aparece en la pequeña pantalla a la hora de comer, ha de ensayar nuevas fórmulas, para perdurar y para que los ciudadanos electores y pagadores de lo que venga soporten los pavorosos ajustes que llegan. Lo que resulta obvio es que las mismas fórmulas de gobernarnos, los mismo trucos de siempre, ya no valen para los nuevos tiempos. Y entonces ¿qué?

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El Julio Anguita al que aprecié tanto

Enviado por Fernando Jáuregui | 16/05/20

Un día después de golpear mis recuerdos con la muerte de Juan Genovés, a quien conocí allá por los tiempos en los que coqueteaba con la idea de hacer la carrera de Bellas Artes, nos anuncian que ha fallecido en su queridísima Córdoba Julio Anguita. Escribí, con él, un libro que era en realidad una larga entrevista con quien fue alcalde de Córdoba y luego coordinador de Izquierda Unida y secretario general del Partido Comunista. Le aprecié mucho, aunque le entendía poco. Ahora sí que ha terminado de dinamitarse aquella transición, que desde el año 78 había sobrevivido, a duras penas, hasta la Gran Ruptura de este 2020 ‘horribilis’. Nos hemos quedado sin abrazos y sin ‘programa, programa, programa’. Y ahora ¿a dónde vamos?

Genovés y Anguita representaron, cada uno a su modo, dos maneras profundas de vivir la izquierda. Con todos los claroscuros que usted quiera, pero con la honradez por señera. El pintor hizo célebre su cuadro ‘el abrazo’, ante el que paso cada vez que deambulo (deambulaba; ahora no se permite) por los pasillos del Congreso. Representaba el acercamiento entre las dos Españas machadianas, la vencedora y la vencida. De Anguita recordamos muchas cosas, pero destaca su frase exigiendo ‘programa, programa, programa’, o sea rigor, a cuantos con él quisieran negociar. Ambos llenaron una época.

Y ahora, aquí estamos. La política de este país prohíbe los abrazos –no son frecuentes, ni aun cuando estábamos libres del virus—y traiciona constantemente los programas. No existen. Lo que ayer era válido y se llamaba ‘digo’, hoy está olvidado y es ‘Diego’. O daga. O dogo. Mire usted, ya que hablamos de la izquierda, el caso de Pablo iglesias, sin ir más lejos, ahora que anda de reelección segura.

Supongo que Pablo Iglesias, cuya cultura sin duda se extienda más allá de los confines que él se impone, conoce bien la máxima ignaciana: “en tiempos de crisis, no hacer mudanza”. Ahora, la verdad es que Iglesias pretende precisamente que ‘rebus sic stantibus’, que las cosas se queden como están, en su partido, bajo su dirección, casi sin limitación de tiempo ( no como predicaba en otros tiempos, valga la redundancia). ‘En época de crisis, si me va bien, que nada cambie, ni siquiera para que todo siga igual’, parece su adaptación al lema del de Loyola. Cuando pisas la alfombra roja, que la mudanza la haga su abuela.

Para ser anguitiano, a Iglesias le falta la coherencia casi convertida en cerrazón, la patente austeridad. El horror al trapecio. Y le sobra ambición personal –la de Anguita era, de veras, transformar el país–. No creo que el Anguita a quien conocí hubiese convocado de golpe, por su conveniencia, un congreso telemático que le reeligiese a placer. Ni que se hubiese atrevido, él, que fue alcalde de una ciudad con tanta tradición como Córdoba (aunque no era taurino) a decir que habría que organizar un referéndum para erradicar la fiesta de los toros, porque los toros, Iglesias dixit, no son cultura, sino tortura. No sé si a Juan Genovés o a otros de la cultura –estoy pensando en mi admirado Barjola, de cuya ‘tauromaquia’ guardo una muestra–, incluyendo a un tal Goya, les habrá levantado de sus tumbas este anatema lanzado por nada menos que el vicepresidente del Gobierno contra lo que se llamó, aún se llama, creo, la fiesta nacional.

Pero bueno, supongo que este ataque extemporáneo, en plena angustia por la pandemia, contra las corridas –yo no suelo ir, así que no me busquen entre los apasionados: pero ¿tan difícil es permitir que cada cual haga lo que le apetezca?—se incluye en el ‘delenda’ contra lo que signifique el pasado. Eso lo está haciendo bien el líder ‘morado’, borrar las huellas de la ‘civilización’ anterior. Lo que no hace Iglesias es abrazar ideas nuevas –abraza, sí, a Pedro Sánchez cuando busca cobijo en su gobierno—ni hacer honor a programa o compromiso anterior alguno. Hay que ver las cosas que yo le he oído y leído sobre tantas cuestiones en las que luego, en función de la coyuntura, ha dado un giro copernicano.

Muy sintomático, ya digo, que en este año de penitencia se nos hayan marchado de golpe gentes como Landelino Lavilla, Enrique Múgica y, ahora, Genovés y Anguita. Ojalá tuviésemos la certeza de que hay personas e ideas para sustituir a los que nos van faltando, con abrazos integradores y programas renovadores incluidos, para hacer frente al futuro pavoroso que nos pintan. Desde luego, Iglesias no es Anguita. Ni, en otro orden de cosas, tantos pintamonas y abrazafarolas como proliferan por aquí son Juan Genovés.

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La guerra madrileño-parisina de Pedro Sánchez

Enviado por Fernando Jáuregui | 15/05/20


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(repase doña Isabel Díaz Ayuso las galerías de fotos, tiéntese la ropa y medite)
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Escribo desde el ‘cerocomacincoporciento’, el confinamiento especial al que estamos sometidos siete millones de habitantes de la Comunidad de Madrid. Gentes que andan de los nervios, en situación anímica que en algunos casos llega al límite. Que culpan al Gobierno. O, en el otro extremo, que culpan a los que ruidosamente culpan al Gobierno. Socorro, que alguien haga algo.

Francamente, resulta difícil pensar que puedan declararse guerras entre el Gobierno de una nación y el Gobierno de la región en la que se asienta la capital de esa nación, pero así andamos: por si nos faltaba algo, hétenos aquí en plena batalla descarnada –con San Isidro contemplándola, pasmado, desde la pradera vacía—entre Pedro Sánchez e Isabel Díaz Ayuso, ahora pretextando un tema que cualquiera puede ver que es absolutamente menor, el alquiler del apartotel en el que vive la aguerrida presidenta de la Comunidad Autónoma Madrileña. Eso, claro, es el pretexto, ya digo; lo importante es ver quién manda aquí, qué carallo. Y Díaz Ayuso se está atreviendo a sobrepasar a su jefe político, Pablo Casado, en el grado de oposición al Gobierno de coalición ‘de progreso’ liderado por Sánchez y Pablo Iglesias. Quo vadis, Ayuso?

El caso es que la respuesta indignada de la mujer que preside Madrid contra los ataques de quien preside la nación se ha hecho, con perdón, viral. Y su apoyo no tan indisimulado a los centenares de personas que se congregan en la zona ‘bien’ de Madrid para protestar –y no precisamente en voz baja– contra el Ejecutivo de Sánchez e Iglesias se ha convertido ya en un desafío a las normas de confinamiento determinadas por el ministro Salvador Illa, el inventor a última hora de un ‘desconfinamiento solo con la puntita’, una clasificación que se quería especial para Madrid. Otro invento de la fértil mente ministerial en estos tiempos del colera, digo de la pandemia.

Hay que reconocer que el Gobierno central no está haciendo las cosas bien. Sánchez, en su alocución previsible de este sábado, volverá a apelar a la unidad, insistirá en que él no responde a los ataques porque no es momento de lucha política. Y tendría razón si sus largos tentáculos subterráneos no lanzasen cada día sus afilados dardos contra Díaz Ayuso, a la que hay que reconocer un exceso de ardor guerrero, seguramente azuzado, creen muchos, por un colaborador cercano. Habría de cuidar la presidenta madrileña su actitud provocadora y su aproximación a algunos grupos extremistas que no anidan precisamente entre las bases del PP.

Y también debería cuidarse de los ‘idus de mayo’, ya que no lo hizo de los de marzo: recuerde que una tontería como haber olvidado, ejem, pagar unas cremas en la caja de un supermercado hizo caer a su antecesora Cristina Cifuentes, que ya molestaba demasiado. Y es que la política en Madrid no se anda con bromas: recordemos el ‘tamayazo’, ´que impensadamente llevó a Esperanza Aguirre al poder. O aquel cambio en la cerradura de la Federación Socialista Madrileña para impedir que en ella entrase Tomás Gómez, proscrito por Sánchez. O que ni uno solo de los presidentes autonómicos posteriores a Joaquín Leguina se ha librado de serias sospechas de corrupción, y alguno fue a dar con sus huesos en la cárcel. Madrid es, sencillamente, un compendio, corregido y aumentado, de las miserias que aquejan al secarral político español.

Tiéntese, pues, la ropa doña Isabel y recuerde con quién se juega los cuartos. Que no están los tiempos para tiroteos: imite la actitud templada del alcalde y correligionario Martínez Almeyda. Al tiempo, tampoco sería malo que Pedro Sánchez hiciese palpables y creíbles sus proclamas de unidad en estos tiempos de aflicción de la patria y relajase, él también, sus ribetes autoritarios: a mí no me tose ni Dios, da la impresión de estar diciendo continuamente. Y menos, en tiempos del coronavirus. Ah, la vieja política testicular, tan española.

Hay que reconocer que es precisa mucha maña para entrar en liza con quien encarna la gobernación de la principal región española (tampoco es que ella sea una mujer de paz, como quien dice) y, al tiempo, para iniciar un contencioso con la capital del país vecino, París. No sé quién es el genio que ideó aquello de la ‘cuarentena al turista’, dirigida contra el pobre insensato que se atreva a visitarnos, procedente del extranjero, hasta el 15 de junio. Pero sí sé que ha desatado el pasmo en todas las cancillerías europeas, donde la tónica es precisamente la contraria, y ha provocado una oleada de indignación en el Gobierno francés, que, en clara represalia, ha decidido responder con la misma moneda: todo español que quiera viajar a Francia ya sabe, cuarentena al canto. C’est la guerre. Fantástico. Esto tiene, definitivamente, mal arreglo.

Significativo que ese gran artista a quien tuve el honor de conocer y que fue Juan Genovés, quien, con su obra ‘el abrazo’, se convirtió en símbolo de la Transición que aproximó a las dos Españas, haya muerto en el día de San Isidro, patrón de los madriles y de los labradores. No están los ánimos, ni los tiempos sanitarios, para andar abrazándose. Si no, que se lo digan a Sánchez. O a Díaz Ayuso.

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Hace falta mucha maña, hay que admitirlo, para hacer la guerra a

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El Gobierno acertará cuando recifique (y será ya mismo)

Enviado por Fernando Jáuregui | 13/05/20

Créame, de veras: no se trata de hacer un titular para una crónica contra el Gobierno. Pero lo lamento: es que se ve venir una nueva rectificación apresurada tras una decisión apresurada: las idas y venidas de la desescalada con los niños, los plazos del salario vital básico, los ertes y su extensión, los porcentajes para abrir bares y restaurantes…han sido muchas las marchas atrás en estas semanas confinadas. Y sinceramente lo comprendo. Vivimos situaciones impensadas, inéditas, combatimos contra un enemigo mucho más astuto que nosotros, al que no vemos en un campo de batalla que es global. Eso justifica cambios de opinión, que a veces ya se sabe que son cosa de sabios. Sin embargo, no puedo librarme de la sensación de que estamos instalados en una cierta improvisación sorda. Y ahora creo que viene un viraje más. Y de calado.

Porque me temo que improvisación, y gorda, fue la de publicar casi con nocturnidad en el Boletín Oficial del Estado que España impondrá una severa cuarentena a cualquier persona que venga de fuera. Un mensaje al mundo mundial de que el nuestro es un país al que sigue siendo inseguro venir. Gran favor, pardiez, al turismo, la primera industria nacional. Entonces, se preguntan muchos ¿no sirven para nada esos tests casi instantáneos que dicen que son básicos a la hora de programar la ‘desescalada’? Se me ocurre que, por el contrario, España podría vender incluso como un favor a sus visitantes la realización a todos ellos de esos tests, que serían una gran inversión en favor del fomento de ese turismo en unos momentos en los que vive una situación agónica. Y olvidarnos de cuarentenas, lanzando la idea de que España es, quiere ser, está siendo, un país que busca garantizar la seguridad posible, no el cierre de todo de forma prolongada.

Nada de esto escuché, por cierto, ni por parte del Gobierno ni, lo que es más grave, por parte de la oposición, en el debate parlamentario, sesión de control al Ejecutivo incluida, de este miércoles. Y es que el Gobierno cuenta con el ‘BOE´, que le permite publicar decisiones –precipitadas tantas veces– con apenas unas horas de antelación a su entrada en vigor, y el Congreso, en cambio, tiene un reglamento que se ha quedado antiguo, y que exige publicar las preguntas en la sesión de control dos días antes. Es uno más de los muchos cambios que habrían de introducirse en nuestra arquitectura democrática.

Pero, en fin, comprendo que este sería objeto de otro debate. Lo importante ahora sería, pienso, sacar la pata que, sin duda con la mejor intención de protegernos, se ha metido, han metido. Como viene ocurriendo, es ‘todo por el pueblo, pero sin el pueblo’. Sin consultar a los sectores afectados. Exigiendo una prolongación del estado de alarma pero no para gestionarlo de manera diferente, sin personalismos, con diálogo, sino para seguir como hasta ahora: ordeno, decido y mando. Fiat, hágase, aunque sea manu militari.

¿Cómo se explica que España no haya creado un comité de asesoramiento ‘en la cumbre’ sobre cómo gestionar parcelas del futuro inmediato tan importantes como la sanitaria, la informativa, la cultural, la judicial y, claro, la económica? Algo semejante a lo que han hecho los italianos, por ejemplo, poniendo al frente de tal comité a uno de los grandes representantes de una multinacional de las telecomunicaciones. Este país nuestro cuenta con grandes hombres de empresa, banqueros, sindicalistas, comunicadores, médicos, técnicos, para integrar esa suerte de ‘comisión senatorial’ –alejada, claro, de una institución moribunda como es el Senado y con funcionamiento transparente, como no es el caso del comité asesor técnico que dicen que hay– , que podría trabajar auxiliado por el Consejo de Estado. Otra institución, dicho sea de paso, que permanece olvidada en el ángulo oscuro de algún salón de la época becqueriana.

Tendrán que rectificar, y opino que acertarán cuando rectifiquen. Y, por cierto, he de insistir: de todo esto, en la sesión parlamentaria de este miércoles, el acto político más importante de la semana, nada.

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Cuatro meses que se han hecho tan largos…

Enviado por Fernando Jáuregui | 12/05/20

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(Hay ministros buenos, regulares, malos, malísimos e inexistentes)
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Hace este miércoles cuatro meses, es decir, el 13 de enero, tomaba posesión el nuevo Gobierno, el primero de coalición ‘progresista’ (no me gusta eso de social-comunista) que conocía el país en más de ochenta años. Los cuatro meses más largos de mi vida, y supongo que usted compartirá esta sensación, que es, en realidad, independiente de que nos guste más o menos este Ejecutivo presidido por Pedro Sánchez y vicepresidido por cuatro personas, nada menos; una de ellas, Pablo Iglesias, el hombre que quiere encarar la imagen simpática del Ejecutivo y es, sin embargo, el político peor valorado del país, por delante, eso sí, de Santiago Abascal.

Seguro que aquel 13 de enero, tras los increíbles vericuetos de la sesión de investidura que Sánchez logró ganar gracias al voto del diputado de ‘Teruel también existe’, el poblado Consejo de Ministros y ministras que se creaba no tenía ni idea de lo que se le venía encima: sus proyectos pasaban por una ocupación de poder para hacer, decían, reformas de calado. Ahora, me siento igualmente capaz de asegurar que ese Consejo tampoco tiene mucha idea de cómo afrontar la crisis pos-pandemia.

Este Gobierno, en ciento veinte días, ha celebrado más consejos de ministros que otros en un año, ha convocado más reuniones con los presidentes autonómicos que cualquier otro durante una Legislatura, el presidente ha aparecido ante las cámaras de televisión, en muy peculiares ruedas de prensa –tampoco me gusta eso de ‘Aló, presidente’–, casi más que todos sus antecesores juntos. Una hiperactividad a veces algo caótica. Todo ello, obligado por una catástrofe global para la que ni Pedro Sánchez, ni Iglesias, ni las tres vicepresidentas, ni, desde luego, el titular de Sanidad, Salvador Illa, tenían, en su bisoñez, remedios. Aunque justo es decir que si se sigue la trayectoria de otros gobiernos europeos no encontraremos ni mucha más coherencia, ni mucha más firmeza, ni mucha mayor dedicación al ciudadano sufriente que al partido tambaleante.

Pero me parece que ningún otro Gobierno europeo, ni siquiera el francés, ni siquiera, pásmese, el británico, ha generado mayor desconfianza, menos credibilidad, en la ciudadanía. Este Ejecutivo, que se creyó el mago de la imagen, ha comunicado mal, a base de rostros severos y dolientes, su dedicación y preocupación frente a un virus que ha arrasado con nuestras vidas. Temo que desde cualquier poltrona se ven las cosas algo diferentes.

Y así, ahora, tras este camino de espinas que, cumpliendo con su deber, ha de atravesar, el equipo de Pedro Sánchez, y Pedro Sánchez mismo, van a afrontar no solo el empobrecimiento de una nación que, la verdad, marchaba bastante bien; va a tener que encarar decenas de miles de querellas y demandas, como la que acaban de presentar las familias de tres mil fallecidos por coronavirus en residencias de ancianos. No, no creo que la acción o inacción del Gobierno pueda tipificarse como ninguna clase de homicidio, la verdad, contra lo que afirman los abogados que, lógico, arriman el ascua a su sardina. Tampoco pienso que las fuerzas del orden se estén concentrando en reprimir caceroladas o manifestaciones de claxons, como las que, me parece que con poco sentido de la oportunidad política, y sí mucho del oportunismo, organiza Vox.

Pero sí digo que este Gobierno no puede seguir así, con esta composición dual, muchas veces sectaria y casi nunca empática para la gente que vuelve a pisar, un poco anárquicamente, la calle. Pretender perdurar en estas circunstancias, con algunos ministros abrasados, algún otro desprestigiado, varios casi ni estrenados, el portavoz Simón ya prácticamente ni escuchado, es una pura utopía. Máxime cuando el ‘aliado independentista’ ha mostrado que no es muy de fiar, por decirlo suavemente, y que todo el tinglado se puede venir abajo, digan lo que digan las encuestas.

No sé hasta dónde llegaron los acuerdos con Ciudadanos o si mejorará la interlocución con Pablo Casado de cara a emprender acciones conjuntas. Lo que sí sé es que quienes no han podido por sí solos gestionar esta catástrofe mal podrán hacerlo, en la misma soledad, con la catástrofe aún mayor que viene. Y, por cierto, si no lo digo, reviento: ni una palabra oficial sobre esas colas de gente que aguarda para obtener una bolsa de comida, como si eso no tuviese un enorme significado político y moral. A ver si este miércoles de aniversario escuchamos algo de esto en el Parlamento, en lugar de las cantinelas de siempre, esas que hacen que el tiempo parezca tannn larrrgo…

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El día en el que nos digan que volvamos a ser lo que nunca fuimos

Enviado por Fernando Jáuregui | 11/05/20

Cuando el día de la desescalada (en fin, digámoslo con el palabro horrendo) casi definitiva llegue, tengo muy bien planificado lo que voy a hacer. Cuando hayamos llegado a la ‘nueva normalidad’ (contradictio in terminis, porque normalidad es rutina, más de lo anterior, nunca algo nuevo) sabré también lo que nunca jamás posiblemente volveré a hacer. El día en el que volvamos a ser lo que nunca fuimos saldré alborozado de la Comunidad especialmente confinada en la que vivo y disfrutaré, tarde, de la primavera que nos ha sido arrebatada.

Ese día, posiblemente sabré si habrá verano y playa, si podré viajar a París a conocer –con mascarilla, seguro– a mi nuevo nieto, asistir a la boda del hijo de uno de mis grandes amigos. Intuiré si me quedan ganas de meterme en un cine, de ir a un restaurante donde un metacrilato me separe de ti, de entrar en un bar en cuya barra ya no pueda acodarme a tomar una caña con los amigotes ni compartir con ellos unas patatas bravas. Porque ese día comprobaré que el país que fue el más alegre del mundo tardará mucho en ser el mismo, aunque, único europeo que lo hace, manda carallo, haya abierto los bares antes que los colegios.

Cuando llegue la jornada en la que nos declaremos en libertad provisional y muy vigilada lloraré a la media docena de muertos a los que consideré de veras amigos (¿cómo es posible que si ‘solamente’, comillas por favor, ha habido veintiséis mil muertos a mí me hayan tocado seis? Alguien está haciendo mal las cuentas). Y tal vez, si me dejan, abrace a sus familias, tal vez ni eso.

Esa jornada desistiré, porque lo sabré inútil, de algunas demandas, querellas y reclamaciones que he soñado en mi arresto domiciliario, porque otros cientos de miles de compatriotas se me habrán adelantado y los juzgados ya estarán colapsados. Pero no sé si desistiré de esa santa indignación que, ante lo inicuo, debe acompañar como un siamés al ser humano. El derecho al pataleo, qué menos.

Y palparé que mi vida laboral y económica, pero, sobre todo, las de nuestros hijos, esa generación que se va a enterar de lo que es pagar el pato, tampoco volverá a ser la misma. Y que he salido de todo esto más reflexivo, más escéptico, incapaz de ilusión política alguna, y menos con estos y con los otros, consciente de que lo que no tiene remedio, pues no tiene remedio. Más viejo, mucho más viejo que los dos meses y medio de reclusión mayor que nos ha tocado vivir.

Desde luego, ese día quizá tendré más claro a quién votar y clarísimo a quién definitivamente no votar. Llamaré a los viejos conocidos a los que aprecio para saber si están en buen estado, físico y sobre todo anímico, o han salido tan hechos polvo de la prueba como uno mismo, cómo se van a rehacer, a replantear la vida en adelante.

Ese día, en el que nos dirán que podemos volver a ser como jamás fuimos, me repetiré, con nostalgia, que cualquier tiempo pasado fue mejor. Y no lo sabíamos, estúpidos.

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Cuidado con no despeñarse en la desescalada

Enviado por Fernando Jáuregui | 10/05/20

Figúrese usted si estamos viviendo una situación surrealista que la palabra hoy más citada en los titulares de los medios, ‘desescalada’, un palabro horrendo por cierto, ni siquiera existe oficialmente. La Real Academia Española, que es donde se acoge el léxico correcto, nos recomienda no utilizarla, empleando, en su lugar, ‘rebajar’ o ‘reducir’, por ejemplo. Pero ahí estamos: desescalando. Mejor o peor, que eso el tiempo lo dirá. El caso es que esta semana empieza, según dónde, esa libertad por fases, relativa y provisional, a la que hemos llamado como ya está dicho. El virus todo lo altera, hasta la función sacrosanta de quien se encarga de limpiar, fijar y dar esplendor a nuestro empobrecido, o enriquecido malamente, lenguaje.

Los políticos, que, como los periodistas (y los escritores de la RAE, claro) , son los máximos responsables de lo que, en términos semánticos, resulta o no admisible, tienen el palabro todo el día en la boca: porque esa desescalada es un punto de referencia sobre cómo se van haciendo las cosas, bien, regular, mal o pésimamente. Hasta ahora, en la fase cero, hay que reconocer que la ciudadanía, una parte de ella, se ha despeñado algo por la desescala. Casi un descalabro.

Claro que no cabe desconocer que ha habido un cierto caos, desde que aquel Consejo de Ministros de cinco horas de duración del 28 de abril logró sacar adelante un plan bastante corregido con respecto al que inicialmente presentó la hasta entonces ‘desescaladora jefa’, la vicepresidenta Teresa Ribera. Dicen que fue el secretario general de la Presidencia, Félix Bolaños, un tipo al que califican como concienzudo y eficaz, el encargado de enmendar la plana a la ‘vice’ y sortear el peligro del desconcierto ciudadano que ha llevado a que muchos salgan del confinamiento fuera de las horas señaladas y de la manera menos indicada, desdeñando los rigores del ‘desescalamiento’. Que llevemos ya un millón de denuncias y unos quince mil detenidos por ‘saltarse’ la reclusión no puede ser casual ni fruto de un excesivo rigor ‘porque sí’ de las fuerzas del orden.

No se culpe al ciudadano de esta escalada de multas antes de la desescalada hacia la primavera; cúlpese, más bien, al desconcierto y al desorden que han presidido, y conste que lo comprendo, esta crisis inédita para la que nadie estaba preparado. Y menos el Gobierno bisoño, formado el miércoles hará cuatro meses con intención clara de escalar el Himalaya del poder de muy otra manera que la actual. Pero ya ven: hasta una nieve incipiente, esa que cae con la preocupación extrema, empieza a percibirse en la cumbre de la escultórica cabeza presidencial.

Ocurre que la ‘desescalada’, ya digo que fea palabreja, es, a la vez, un término esperanzador: la normalidad en el ocio, en los negocios. Normalidad que, para continuar con el surrealismo verbal, es, en el fondo, una profunda anormalidad en comparación con lo que conocíamos y vivíamos hace ocho semanas. Las ocho semanas que cambiaron nuestras vidas, las de nuestros hijos y posiblemente las de nuestros nietos. Y esta realidad sí que no hay quien nos la desescale, maldita sea.

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La España del cero y la del uno

Enviado por Fernando Jáuregui | 09/05/20

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(ahora, en Cataluña le van a dar la bienvenida hasta al Rey)
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Las dos Españas machadianas buscan cualquier ocasión para enfrentarse y para hacer bueno aquello que decía Bismarck de que somos el pueblo más fuerte del mundo, tantos siglos empeñados en destruirnos y nada, ahí seguimos: ahora es el virus el que parte en dos al país. La mitad de los españoles que progresan en la desescalada (no me acostumbro a la palabra) este lunes, pasando a la ‘fase 1’, y la otra mitad, la de los que se quedan rezagados en la ‘fase cero’: la Comunidad de Madrid y la mayor parte de la de Cataluña, junto a buena parte de la Comunidad Valenciana y la Castellano-leonesa, además de Málaga y Granada, en este segundo caso. Quizá ‘los que están a la cola’ tarden apenas una semana más en pasar a la ‘fase una’, quizá no. La cosa tiene, no obstante, mucha mayor trascendencia de lo que un observador ajeno a la idiosincrasia nacional podría apreciar.

Los viejos recelos territoriales nunca han desaparecido del todo; las dos Españas se ponen de manifiesto en rivalidades entre pueblos vecinos, en el eterno intento secesionista de algunas Comunidades (ahora, la Generalitat catalana quiere invitar al resto de los españoles a que allí acudan como turistas; lo que es la vida…), en las recetas económicas y, por supuesto, en las políticas. España se enfrenta a España en cuanto halla un pretexto para hacerlo.

Ahora son las Comunidades con mayor potencial económico –Madrid y Cataluña acaparan más del 45 por ciento del PIB total español—las más afectadas por la cruel pandemia. Y yo, que vivo en Madrid, tierra de todas las peleas políticas para lograr nada, le confieso que no estoy muy seguro de ser bien recibido en cualquier otra parte del territorio gracias al cruel cerrilismo que anida a veces en esta patria nuestra, donde otras veces hallamos espacio para la más magnífica solidaridad: los madrileños, habitantes del Wuhan nacional, somos apestados, como leprosos, contagiosos. Ahora, menos en Cataluña, mira por dónde.

Otras tierras, más empobrecidas, alguna vez miraron con comprensible envidia la ‘prosperidad’ de Cataluña, de Madrid, de la Comunidad Valenciana; ahora ven que, los que antes iban detrás, ahora ‘progresan en la desescalada’. Y, en cambio, los ‘ricos’ se quedan en la ‘fase cero’. Otra frontera que nos colocan, como antes nos impusieron la de la edad. U otras. Dígaselo a no recuerdo cuál ministra, pero la verdad es que la pandemia se ha extendido desigualmente no porque unos estén más al Este o más al Sur que otros: es que en unos lugares había más concentración de población que en otros. Nada más.

Ojalá esa comisión parlamentaria para la reconstrucción del país pudiese afanarse –si es que lo va a hacer en algo—también en los arreglos morales que esta nación precisa. La solidaridad entre los territorios, en los que la desigualdad crece, por ejemplo. Eso implicará un reparto justo de las cargas que va a acarrear la crisis económica y el previsible rescate europeo. Pero, en fin, no precipitemos acontecimientos, que todo, inexorablemente, llegará. Pero cuando vengan los ‘hombres de negro’ a decir que en este país el gasto público es disparatado, ya verán ustedes cómo, entonces, todos habremos de igualarnos. Por abajo.

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El padre Angel, por ejemplo

Enviado por Fernando Jáuregui | 08/05/20

Se me ocurrió publicar un tuit manifestando mi apoyo al Padre Angel García, el presidente de ‘Mensajeros de la Paz’, y no tienen ustedes idea de la que se armó. Pocas personas en España suscitan mayor entusiasmo por su labor’, pero cuenta también con sus detractores, claro: algunos le acusan de ser ‘la Iglesia de la izquierda’, y otros de moverse en ambientes de políticos, periodistas y empresarios “que no deben ser los que frecuente un sacerdote”, me escribía alguien, enfurecido por mi respaldo al mediático cura en unos momentos de tribulación personal para él. Como si hubiese Iglesia de izquierda y de derecha. Como si un religioso tuviese que confinarse –aún más—en su parroquia y punto.

Me parece el del Padre Angel un buen ejemplo que traer a este comentario; un buen resumen de lo que nos está afectando en nuestras almas este horror por el que pasamos.

Resulta que el Padre se le ocurrió la idea de enviar una carta a trescientas personas ‘implicadas en la recuperación de España’: sanitarios, voluntarios, fuerzas de Seguridad…y políticos. A todos los líderes políticos, sí, de derecha y de izquierda, porque ellos también, “con tu trabajo y esfuerzo, y el de tu equipo, ayudáis a conseguir que un mundo mejor sea posible”. La carta, que ptetendía ser un acicate para la unidad de acción de la llamada clase política, la filtró, solo él, quién si no, el líder de Unidas Podemos, Pablo Iglesias, como si fuese un apoyo dedicado exclusivamente a él. Y se armó el lío, que hubiese dicho el olvidado Mariano Rajoy. A la gente no le gustó este ‘respaldo’, que no era tal en realidad, al vicepresidente del Gobierno más, ejem, atípico que un Ejecutivo haya tenido jamás.

Si usted me pregunta, le diría que yo, claro, no hubiese enviado esa carta. Mi opinión sobre la actuación de ‘los políticos’ durante esta pandemia no coincide precisamente con la impresión de que estén ayudando a conseguir un mundo mejor. Reconozco, eso sí, que todos ellos están dando mucho de sí estos días. Pero luego, viendo algunas puñaladas traperas por la espalda, patadas en las espinillas y más arriba, siempre en la oscuridad, o contemplando con horror la pugna en la Comunidad de Madrid, tan nefasta para la lucha contra el maldito coronavirus, me reafirmo: la actitud y actuación de la casi generalidad de nuestros representantes dista de ser modélica, además de ser bastante ineficaz hasta ahora.

Pero entiendo la buena intención que motivó a este sacerdote, que tanto hace por los demás, a enviar la malhadada ‘carta de los trescientos’. Es un hombre que consume, a sus 84 años, su vida al servicio de los más necesitados y emplea para ello todos los métodos a su alcance. Un día me llamó para pedirme que le llevase la comunicación. Acepté encantado, pero no pudo ser porque su dedicación al trabajo es tan exhaustiva, ocupa tantas horas de su día, que yo no hubiese podido atenderle como merecía. Me queda, sí, la admiración hacia él. Y un gran cariño por su obra.

Y si hoy traigo aquí este caso es porque refleja el clima de bulos, de manipulaciones, de odios (y de censuras) que impera ahora sobre ese vehículo de comunicación tan maravilloso que son las redes sociales. A mí mismo, y a un estupendo colega, nos achacaron haber divulgado no se qué referente a la vida privada precisamente de Pablo Iglesias, cuando ni mi compañero ni yo, que desconocíamos todo sobre lo que nos atribuían haber divulgado, habíamos dicho ni una palabra sobre aquel tema, que, además, me enteré luego, es falso. Una falsía más. Ya se sabe que en las guerras (y una pandemia lo es) la primera víctima es la verdad. La segunda, la libertad de expresión. La tercera, el Derecho y el sentido de la justicia. Y la cuarta, el sentido común. Al padre Angel le ha tocado ahora padecer sobre sus espaldas todos estos males. A él y a su obra, claro.

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