En España se fabrican terremotos como en ninguna pare del mundo

Enviado por Fernando Jáuregui | 06/10/19

La verdad es que en pocos sitios, si es que hay alguno en todo el mundo, se organizan los terremotos políticos mejor que en España. Partidos políticos, instituciones, sociedad civil, a veces hasta los medios y las empresas, se conjugan para elaborar un calendario perverso, en el que todo lo que pueda ocurrir ocurra a poco que los hados, que también tienen vela en este entierro, con perdón, lo quieran. Y, si no, fíjese usted en lo que nos espera en los próximos días, que son de pre-campaña electoral, o sea, de campaña electoral: ‘la’ sentencia, una moción de censura en el Parlament catalán, las explicaciones de ciertos políticos para justificar sus giros copernicanos…bueno, y la pronta exhumación, o quizá no tan inmediata, de Franco. Y el aniversario del fusilamiento de Companys. Y…

Comencemos por la sentencia del Tribunal Supremo contra los golpistas por la independencia de Cataluña. Puede llegar esta misma semana, quizá por unanimidad de la Sala de lo Penal. No será, desde luego, absolutoria ni demasiado leve –quizá tampoco tan severa como inicialmente pensaron algunos—y los rumores en torno al tema corren como liebres sueltas por el campo político, sin que haya información fidedigna y segura sobre el grado de las penas que se impondrán.

El día 16, uno después de que se cumpla el aniversario del fusilamiento por Franco de Companys, que es figura a la que le gustaría semejarse a Quim Torra, llega el plazo para el fin de la prisión provisional de los Jordis, dos años encarcelados ya. Sería una auténtica locura jurídica que la sentencia no llegase antes de esa fecha, aunque este plazo sea revisable. Y los ‘indepes’ ya han abierto un concurso de ideas sobre cómo mostrar públicamente su oposición a esa sentencia condenatoria: a ver quién tira la piedra más lejos.

Así que el mes que nos separa de las urnas va a estar decisivamente influido por lo que vaya ocurriendo en Cataluña, entre otros movimientos sísmicos de menor intensidad. Cataluña, donde este mismo lunes se debate en el Parlament la moción de censura presentada por Lorena Roldán, de Ciudadanos, contra Torra. Uno de esos movimientos políticos de la formación naranja –menudo viraje el de Rivera: podría haberlo pensado antes, la verdad, pero ya digo que somos especialistas en tsunamis—condenados a la esterilidad. Nadie, excepto, el PP, apoyará esta moción y los ‘indepes’ aprovecharán la ocasión para airear el victimismo y para lanzar piedras contra el Estado ‘opresor’.

Sume usted a todo esto el previsible ‘frenazo’ económico. O los inquietantes vaivenes en las encuestas, que coinciden ‘grosso modo’ en sus previsiones de que, con todo, Sánchez ganará pero no convencerá, el PP crecerá bastante, a costa de Ciudadanos, que, de error en error, se pegará el batacazo, Podemos bajará algo en favor de Errejón, pero no tanto, Vox más o menos como ahora. Y entrarán en el Congreso de los Diputados, o crecerán algo, ciertas fuerzas no precisamente afines al sistema. Ni, desde luego, a la Monarquía, que estos días, precisamente en medio del terremoto, procura la presencia en foros públicos de la heredera de la Corona, la princesa Leonor. Ya era hora, la verdad; pero también es verdad que los momentos no son los mejores para acompañar esta ‘puesta de largo política’ de la princesa de Asturias.

Ya me dirá usted, con este panorama frenético, cómo diablos se va a fijar la gente en los programas que presenten los partidos –este lunes, Pedro Sánchez, que es el que mejor pedalea la imagen propia en esta campaña, presenta el del PSOE–, cuando ni estos saben muy bien cuáles son sus posiciones definitivas ni a qué carta de póker quedarse. Y, para colmo, ahí seguimos, con la polémica de si desenterramos o no a Franco y a vueltas con la Historia, que es justo lo que nos faltaba para perder el norte de nuestra identidad como país. No me negará usted que estamos haciendo la carambola perfecta para que, como Dios, una coalición decente y alguien no lo remedien, caigamos por el agujero de la mesa de billar en la que todos parecemos ser meras bolas de colores. Y mientras, Portugal, tan cerca y tan lejos, votando en su paz; claro, como ellos no tienen ‘indepes’ ni este carácter mesetario nuestro…

[email protected]

Share

¿Cuánto vale la palabra de un político?

Enviado por Fernando Jáuregui | 05/10/19


(Vaya, ahora Albert Rivera da un giro –otro– de ciento ochenta grados y dice ‘sí’ a pactar con Sánchez…)
—-

Algunos cavernarios han puesto el grito interesado en el cielo porque Pedro Sánchez, en una visita a la feria agroalimentaria de Zafra, confundiese el jamón serrano con el ibérico, que es prenda de honor de la ganadería extremeña. No seré yo quien eleve el tono ante este discreto (convertido en indiscreto: ¿se hubiese usted enterado de que el presidente en funciones visitaba Zafra?) ‘patinazo’ de Sánchez. Lo que ocurre es que, a raíz de este ‘lapsus’ presidencial, he acumulado una serie de datos que me sirven para diagnosticar la altura del tono intelectual que podemos, y no podemos, esperar de esta campaña en la que estamos de hecho inmersos.

Y es que ocurre que nuestros políticos, en su incesante deambular por las tierras y pueblos de España, no tienen tiempo, ni quizá ganas, de preparar bien las asignaturas. La confusión entre jamón serrano e ibérico evidencia no solo que Sánchez tiene unos gustos gastronómicos no bien precisados, sino que es capaz de acudir a una feria agroalimentaria con un discurso hecho para salir del paso, metiendo la pata precisamente en el terreno que compete a la feria que visita. Y eso que el asesor áulico, Iván Redondo, vivió y aconsejó un tiempo en Extremadura, y debería bien conocer el grado de orgullo que en esa Comunidad existe por su cerdo ibérico.

El discurso de nuestros representantes, lanzados a la vorágine constante de campañas electorales vividas en la angustia de pegarse un castañazo en las urnas en cualquier momento, está falto de profundidad y de verdadero conocimiento. A veces, riéndome de mí mismo, me digo que parecen tertulianos, con perdón de todos los que nos dedicamos a esta apasionante tarea. Pero claro, lo de ellos tiene otra dimensión, porque el ciudadano-elector tiende a creerse promesas, títulos, sesudos ensayos y tesis doctorales que, ya lo vemos tantas veces, son copiados, manipulados o realizados por esforzados ‘negros’.

Quiero decir, ay, que la palabra, oral o la escrita, de quienes nos representan vale lo que vale el gramaje del papel o el volumen del micro que los sustenta. Hemos asistido, en los últimos cuatro meses sin ir más lejos, a giros copernicanos de políticos que pasaron del ‘no es no’ a ofrecerse abiertamente, negando encima que tal giro se hubiese producido; o que se transformaron de llamar “felón” al presidente del Gobierno a ser su casi interlocutor en busca de consensos futuros poselectorales. Hay quien rechazó acudir a la convocatoria del jefe del Gobierno y ahora anda reclamando un ‘encuentro de Estado’ en La Moncloa o allí donde le llamen.

Insoportable levedad oral (y escrita) que tiene sin duda trascendencia en las cosas de comer. Y en los problemas más graves que tenemos planteados. Como Cataluña y los dimes y diretes sobre la aplicación, o no, del artículo 155 de la Constitución, que es, por cierto, uno de los peor redactados y concebidos de nuestra Carta Magna. Falta, en suma, estrategia y sobran tacticismos de lo más efímero.

Y ¿qué dijo Pedro Sánchez sobre los debates electorales? Cuando están en la oposición gritan una cosa –entonces acusan al presidente de turno de huir de los debates, porque se limita a procurar solo uno—y, cuando en el poder, otra: ahí está ese debate único que se nos quiere, contra los dictados del sentido común, de la política como necesario espectáculo y contra los principios de una democracia avanzada, imponer ahora. Y me temo que tal imposición viene de La Moncloa, a cuyos ‘cabeza de huevo’ no se puede achacar precisamente que no sepan organizar campañas electorales. Para ganar, desde luego.

Grave cosa cuando a los ciudadanos se les procura una total falta de confianza en lo que sus representantes, aquellos a los que ha de votar y sustentar, dicen o escriben. Todo vira cual veleta, en función de la coyuntura: se pasa de una izquierda casi radical a buscar acomodo en los templados prados del centro. Y del centro a la derecha. Y de la derecha a la más derecha. Esta inseguridad política, que en el fondo es jurídica, acabará pasándonos a todos, sobre todo a la ya escasa credibilidad de ‘ellos’, la correspondiente factura. Ah, pero eso será tras el 10-n y ahora lo que importa es la jornada electoral, que les tiene angustiados. Y a nosotros, probablemente, también. Con pan, vino (tasado por Trump), circo y jamón, directos a la reelección.

[email protected]

Share

Felipe, Mariano, volved, que os perdonamos

Enviado por Fernando Jáuregui | 05/10/19

Alguien tendrá que explicarme algún día por qué los presidentes del Gobierno se vuelven más simpáticos, cordiales y hasta mejores políticos cuando se convierten en ex presidentes. Recuerdo cuando Mariano Rajoy y Felipe González se enfrentaban abruptamente, nos hablaban de ‘derecha’ e ‘izquierda’ y consideraban que, como España no es Alemania, pensar en una gran coalición ‘a la española’ entre, por ejemplo, el PP y el PSOE era una mera utopía. Ahora, dialogando ambos en el llamado Foro la Toja, resulta que se entienden estupendamente, se parten de risa el uno con los chistes del otro y abogan por un entendimiento transversal para poder llegar de una vez a la formación de un Gobierno estable tras las elecciones del 10-N. Pasmoso.

Incluso, hace unos días tuve ocasión de subir en un ascensor, que es zona de confidencias o de incomodidades, con el expresidente José María Aznar, sin duda uno de los jefes de Gobierno más antipáticos que se hayan conocido, y se mostró sonriente y hasta amable con un servidor, que no ha dudado en criticarle cuando le pareció oportuno: “¿Qué si voy a participar en la campaña? A estas alturas no me voy a preocupar de si me llaman o no”, respondió, bienhumorado, a mi pregunta. Y Rodríguez Zapatero, quizá el más simpático en lo personal de cuantos presidentes yo haya conocido, incluso elogió mi “profesionalidad” no hace mucho, cuando, en sus tiempos en el poder, creo que decía más bien otra cosa.

Para mí que cuando dejas de ser presidente, y sabes que ya no vas a llegar Jamás tan alto, a la par que tienes la vida resuelta, tiendes a ver las cosas de otra manera: exacerbas la crítica a lo que hacen y no hacen tus sucesores en La Moncloa –las malas relaciones entre sucesor y sucedido son una realidad incuestionable– y abrazas soluciones, como ese pacto entre derecha e izquierda, de las que abominaste cuando estabas en la poltrona. Te mejoran el talante y la sonrisa, quizá porque tienes menos aduladores a tu alrededor, y hasta se te ocurren posibles salidas ‘nuevas’ para la crisis catalana. Un día de estos hasta les vamos a escuchar reconociendo los errores que cometieron, ya verán.

Yo creo que Pedro Sánchez quisiera ser ‘este’ Felipe González, como me parece que a Pablo Casado no le importaría ser Mariano Rajoy (o incluso Aznar, pero en menos pugnaz); les falta aprender a reírse de sí mismos. Albert Rivera quisiera ser Macron, pero se tendría que conformar con ser Manuel Valls, que también anda, por cierto, pidiendo un entendimiento entre PP y PSOE tras el 10-n. Pablo Iglesias quisiera ser la portuguesa Catarina Martins, que no tiene problemas con ‘la otra’ izquierda. Abascal quizá quisiera ser Trump, pero con aspecto de legionario, en lugar del horrible tupé anaranjado. Y Errejón quizá quisiera ser el Tsipras de otros tiempos: bueno, a ninguno de los dos se les ha visto con corbata, si es que eso significa algo, que no. Y todos, en conclusión, sueñan lo que no son, aunque ninguno lo entienda.

He tenido mis más y mis menos tanto con Felipe González como con Rajoy: es lo que tiene haber ejercido durante tan largo tiempo el oficio de comentarista político; que acumulas muchas anécdotas, algunas bien significativas, de tu relación con el poder. Ocurre que los periodistas casi podríamos decir lo que el bedel del Ministerio cuando el ministro olvida saludarle: “sí, sí, te crees mucho, pero tú te irás de aquí, como los anteriores a ti, y yo me quedo”. Quiero decir que los periodistas guardamos memoria de lo que hicieron y no hicieron quienes hoy dicen que harían lo que, cuando podían hacerlo, obviaron hacer. Pero, en fin, lo importante es lo que ahora dicen que harían. Volved, Felipe, Mariano, que os perdonamos.

[email protected]

Share

Diarfio de una campaña más: el ‘caso Leila’

Enviado por Fernando Jáuregui | 03/10/19


(Leila Jiménez sufre el acoso de unos vándalos contrarios a la libertad de expresión)
—-
Para desacreditar ante mis ojos a un movimiento de masas basta con un ‘caso Leila’. Lo malo es que es algo que se repite casi en cada manifestación independentista en Cataluña, por ejemplo. Leila Jiménez es una reportera de Telecinco a la que unos energúmenos impidieron realizar la información en directo de la concentración que estaba discurriendo en Barcelona en apoyo del ‘referéndum’ del 1 de octubre y al conmemorarse el segundo aniversario de este intento de declaración unilateral de independencia de Cataluña.

A Leila Jiménez le colocaron pancartas ofensivas, fue empujada y abucheada, impidiendo que se oyera lo que intentaba decir a los espectadores, le vertieron encima una botella de vodka, la insultaron soezmente; en suma, no pudo realizar su trabajo. Y con ello los energúmenos, que no eran uno ni dos, sino bastantes más, perpetraron una violación contra la libertad de expresión, que es una derecho democrático básico cada día más amenazado por unos y por otros.

No, el de Leila no es un caso único. Ocurrió lo mismo hace dos semanas con una periodista de TVE, y rara es la vez que alguna retransmisión en directo de actos multitudinarios en Cataluña no es boicoteada por grupos de manifestantes, con pancartas, insultos, empujones, gente que se coloca ante la cámara, otra que hace gestos ineducados detrás de ella. Lo he visto, en algún momento lo he padecido y sé muy bien que no es este el comportamiento que podría esperarse de quien, legítimamente, expresa sus ideas y aspiraciones.

Temo que tendremos más de esto en la campaña en Cataluña. Puede que no solamente en Cataluña. Los órganos más o menos corporativos de los periodistas o son impotentes o, simplemente, no se atreven a combatir con la dureza y determinación precisas estos atentados contra la libertad de expresión e información. La falta de respeto por los medios, sean de la ideología y el color que sean, evidencia un desprecio por las reglas básicas de la democracia: ¿es esa la Cataluña que quieren construir los’indepes’?¿Silenciando no solo a quienes piensan diferente, sino incluso a quienes solo pretenden realizar su trabajo de contar lo que estápasando?.

No conozco a Leila y ni siquiera he podido contactar con ella para expresarle mi solidaridad. Salgo en su defensa porque esta es la única manera en la que puedo hoy echar una mano a favor de algo en lo que creo: que podamos expresarnos con libertad y en paz. Y no hablo, claro está, solamente de los periodistas.

Pero, ya que hablamos de ellos, o sea, de nosotros, pienso que o los periodistas comenzamos a hacer que se nos respete o los ciudadanos que nos ven, nos escuchan o nos leen habrán perdido un enorme valor: el de estar bien, puntual, verazmente informados. O que puedan elegir la versión informativa que más les plazca. Y conste que la regresión de la libertad de expresión no es obra solamente de esa alegre y estúpida muchachada que cobardemente se escuda en la masa para vejar a los informadores. Ya digo que no sé en qué están pensando quienes nos representan para comenzar a denunciar ante los tribunales y para señalar con el dedo acusador a los últimos responsables de que esto se tolere así, sin más. Como si el escrache al informador fuese una hazaña más en la campaña de despropósitos.

Share

No nos vengan más con que si Franco esto o aquello, por favor…

Enviado por Fernando Jáuregui | 01/10/19

<img src="https://www.cenaculosymentideros.com/files/2019/10/franco-antigualla.png" alt="" width="194" height="259" class="aligncenter size-full wp-image-8391" /

Una desgracia (más) que Franco irrumpa en una campaña (más). La medida electoralista del PSOE, exhumando la momia de quien fuera llamado el Generalísimo del Valle de los Caídos ha tenido, está teniendo, una reacción imprevisible en algunos segmentos de la población: se está intentando reivindicar, en estos sectores, la figura del dictador. Con él, te dicen, no pasarían cosas como lo de Quim Torra y compañía en Cataluña. Claro: Franco solucionaba los problemas amputando la pierna herida o la cabeza mal pensante. Peor el remedio que la enfermedad.

Yo me atrevería a decir incluso que buena parte de los desvaríos que hoy sufrimos, desde el oleaje catalán hasta las mareas levantadas por Ortúzar que no quiere ser español “ni por el forro”, se derivan de los excesos del nacional- nacionalismo-español del Régimen franquista. Ese abuso de fervor patriótico, que incluía un exceso de falso amor a la bandera, al himno, a una unidad férrea de la patria, ha llevado a incrementar el desapego hacia los símbolos y principios que constituyen una nación fuerte y moderna en un país que nunca se caracterizó por su sentido de y amor al Estado.

Entonces, claro, andábamos en el voluntario olvido de nuestro angustioso pasado, de esa guerra civil que culminó en una larga dictadura y, de pronto, volvemos a hurgar en lo pretérito. Franco ha vuelto a las conversaciones, a los titulares, a las películas polémicas y quizá no demasiado ajustadas a la literalidad de la Historia, si es que tal cosa existe.

Y sí, lo proclamo: yo quiero ver a Franco fuera del Valle de los Caídos. No merece el homenaje de una reconciliación, de un ‘Arlington a la española’, con él como principal figura del abrazo entre vencedores y vencidos. Le estábamos castigando con un despectivo mirar hacia otro lado. Ahora, la sociedad española ha ido involucionando, en parte al ver que la irresponsabilidad y un comienzo de caos se enseñorean de Cataluña, una tierra que era querida por todos y que ya no sé si lo sigue siendo tanto. Y, para aumentar el frentismo que ya es más que perceptible, ‘ellos’ se sacan de la manga la urgente exhumación del que también llamaron con el distintivo fascista de ‘caudillo’, creyendo, creo que sin mucho fundamento, que eso les dará votos. Cuando yo pienso que los votos les llegarían haciendo una política de futuro, y no de pasado.

En fin, bien ido sea Franco del Valle que él llenó de oprobio y de sufrimiento. Que lo coloquen donde sea: algunos irán a venerarlo porque la memoria del dictador nunca se extinguió del todo, aunque no estoy yo seguro de que nuestros hijos tengan siquiera una idea remota de lo que hizo. Pero dejen de utilizar su espantajo en una campaña electoral que habría de centrarse en las soluciones a los muchos problemas que empiezan a angustiarnos: desde esa Cataluña irredenta, que amenaza con convertirse en un quebradero de cabeza serio, como en 1934 –ya que nos empeñamos a mirar al pasado, aprendamos al menos las enseñanzas de la Historia, para no repetir lo peor de ella–, hasta las cada día más patentes desigualdades entre territorios y personas.

Y no, Franco no solucionaría los problemas de orden público que se pudiesen derivar de la publicación de la sentencia por el ‘procés’ golpista puesto en marcha en octubre de 2017; fueron aquellos tiempos de represión, cuatro décadas de franquismo, unidos a las torpezas de los últimos años, los que constituyen el fondo de armario de la preocupante situación que vivimos. Y que, hay que insistir, solo se solucionará no con la bruta aplicación de la ‘mano dura’, ni con una aplicación de artículos ambiguos de la Constitución, como el 155, sino con un gran pacto nacional, un acuerdo de las fuerzas constitucionalistas.

Un acuerdo que, ya lo verán, forzosamente llegará, pese a la pusilanimidad de nuestros representantes, más pronto que tarde después del 10-N. Si no, estaremos condenados a repetir, de nuevo, la historia de estos últimos, políticamente lamentables, años. Y ya no nos vengan con monsergas de que si Franco, que si esto o aquello.

Share

Se nos ha echado encima, ay, octubre, mes de pesadillas

Enviado por Fernando Jáuregui | 29/09/19

Octubre es mes de revoluciones. La de 1917. La obrera de 1934, tan cruenta, en España. John Reed describió, en su ‘diez días que conmovieron el mundo’, la transformación de Rusia en el Estado soviético. En cambio, lo de 1934 en España ha tenido pocos cronistas ‘globales’ que alertasen suficientemente de una historia que hay que conocer para no repetirla. La huelga general revolucionaria de octubre de 1934, que prendió sobre todo en Cataluña, Asturias y el País Vasco, acabó con la proclamación del Estado federado Catalán a cargo de Lluis Companys, que ya se sabe en qué concluyó, y significó el ascenso de Franco, que ejerció, con otros, la represión en Asturias. Aquello ocurrió hace ochenta y cinco años. Parecería simplemente absurdo que alguien tratase de repetir ahora tan luctuosos sucesos.

Que no digo yo, claro, que en lo que andamos sea la revolución bolchevique. Faltaría más. Ni la huelga general revolucionaria que marcó la desgracia de la II República podría tener parangón ahora con los presuntos intentos de Torra de hacerse fuerte proclamando de nuevo la imposible independencia de la República de Catalunya. No, ni soy exagerado ni soy alarmista, ni cito otros acontecimientos ocurridos en anteriores octubres meramente por oportunismo de fechas. Pero sí pienso que estamos ante un proceso pseudo-revolucionario que nos coge, políticamente, con el pie cambiado, y que esto tendrá consecuencias que solamente los historiadores, en su día, serán capaces de evaluar convenientemente.

Este martes se ‘conmemora’ –es un decir, claro—el segundo aniversario de aquel 1 de octubre de 2017, que parece tan lejano, porque cuántas cosas han cambiado, empeorado, desde entonces, pero que tan cercano está en el tiempo: dos años. Aquello, hoy de la mano de Quim Torra, en lugar, o a la vez, que la de Puigdemont, amenaza ahora con repetirse con los parámetros de Marx: la segunda vez que la Historia pasa por los mismos puentes, se convierte de tragedia en farsa. Lo que ocurre en que las farsas pueden ser aún más trágicas que las tragedias, valga la redundancia. Lo de Cataluña, coincidiendo con las primeras andaduras de una nueva campaña electoral, con un Gobierno central en funciones, un Parlamento inoperante, un poder judicial que ha desbordado su plazo de mandato y, sobre todo, con la inminencia de la sentencia del tribunal Supremo contra los golpistas catalanes, amenaza con estallar como ‘tormenta perfecta’ sin que los botes salvavidas estén todavía a punto. A eso me refiero cuando titulo que octubre, estos últimos octubres, son meses de pesadilla.

Existe una cierta evidencia en el sentido de que nada menos que el molt honorable president de la Generalitat de Catalunya, apoyándose en los Comités de Defensa de la República, e incluso tolerando la versión más violenta de estos, habría pensado –presuntamente– en ‘tomar’ el Parlament, que él ha convertido en una Cámara de agitación y no de debate sosegado, para proclamar desde allí, encerrado, nuevamente la independencia. Así, como suena. Al margen de lo que este nuevo acto revolucionario pudiera parecer a más de la mitad de los catalanes que claramente se han manifestado en contra de locuras como esta. Siempre he pensado que Torra, como quizá su propio mentor Puigdemont, no desdeñaría ser el nuevo Companys del siglo XXI –no cae en la cuenta de eso precisamente, de que estamos ya en el siglo XXI– con todas las consecuencias. Quizá, hablando de octubre y sus revoluciones, soñase con ser Lenin, ya que no ha podido, o sabido, ser Kerensky. No será ni uno ni otro, desde luego.

Y, con alguien así, con quien está dispuesto a derribar el templo para que, con él, mueran los filisteos, es muy difícil dialogar desde el Gobierno central. Máxime cuando ese Gobierno, que este lunes presenta las apariencias formales de su campaña electoral, está agobiado por lo que dicen las encuestas, por las futuras coaliciones que habrá sin duda que formar para poder seguir en La Moncloa. Este mismo lunes, por cierto, se constatará que no habrá coaliciones, ni de derechas ni de izquierdas, ante las elecciones que se celebrarán dentro de cinco semanas; pero vaya si las habrá, y serán sorprendentes, tras la jornada electoral.

Es la única manera, con pactos transversales, que superen el eje de ‘las derechas’ y ‘las izquierdas’, de afrontar esa revolución de opereta que, arrancando de este mes de octubre y de una sentencia que conoceremos quizá la semana que viene –hay muchos rumores sobre su contenido–, promete días de agitación en Cataluña y de agotamiento de muchas paciencias en el resto del país. Paciencias agotadas de muchas gentes que claman por soluciones ‘duras’, sin entender que esa puede ser la vía para taponar a corto plazo los boquetes, pero no para cimentar el futuro: ‘venceréis, pero no convenceréis’, dijo Unamuno a las autoridades franquistas en el rectorado de la Universidad de Salamanca, un momento cumbre recreado ahora por Amenábar. Vencer, con la fuerza de una aplicación extrema del confuso articulo 155 de la Constitución, es relativamente fácil. Quizá reformar la propia Constitución para actualizarla a los deseos y necesidades de todos los españoles –claro, también a la generalidad de los catalanes—puede ser un sendero más tortuoso, pero que habremos de recorrer. Empezando ya por este mes de octubre que se nos ha echado encima y del que espero algo más que ser un albergue de mítines egoístas.

[email protected]

Share

España, un país en busca de su Historia

Enviado por Fernando Jáuregui | 25/09/19

Puede que lo que más necesitemos es llegar a un consenso sobre nuestra propia Historia. Ya se sabe que eso es algo que siempre escriben los vencedores y reescriben los vencidos una vez que los vencedores se pasan de moda. Ahora estamos en proceso de reescritura, y no me refiero solamente al hecho de volver a traer a Franco a las portadas a cuenta de su exhumación próxima o remota: sucede que la delicada piel de toro, sensible al recuerdo más que al presente y mucho más que al futuro, se altera en cuanto se agitan los viejos fantasmas. Franco es uno de ellos, no el único. Y urge pactar una idea de lo que hemos sido para poder iniciar un camino consensuado hacia lo que seremos.

La algarabía suscitada en torno a la salida, que ya veremos cuándo, del dictador del mausoleo gigantesco que él mismo ordenó construir muestra que ni la guerra civil está del todo enterrada ni, mucho menos, lo están las dos Españas. O sea, las dos, o más, concepciones de España: acabo de mantener un debate en una televisión con una colega, que afirmaba que España es la nación más vieja de Europa. “Según y cómo se considere”, le dije. Y se inició una discusión de todos los diablos, que casi se remonta a los reyes godos, pasando, claro, por el tan manipulado tema de cuándo Cataluña fue, si lo fue, una nación independiente de España, que yo creo que nunca.

Así que lo de Franco no me extraña nada. Creíamos que se había llegado a un consenso parlamentario, y judicial, sobre su exhumación, y cómo, y resulta que no. Pedro Sánchez ha llevado el tema a las Naciones Unidas y, claro, le han llovido acusaciones de actuar electoralistamente aprovechando un foro internacional. Pienso que, en elecciones, casi todo lo que no debía valer vale, pero también creo que, si no hubiese elecciones ni campañas electorales, andaríamos aún con el derecho de pernada. Es decir, los procesos electorales, con sus promesas remotas y sus (muchos menos) cumplimientos próximos, suponen siempre avances en busca de votos.

Yo no sé cuántos votos le darán al Partido Socialista los dimes y diretes sobre la salida de Franco de ‘su’ Cuelgamuros. Me parece que, tal y como lo ha planteado, no demasiados, ya veremos. Pero sí sé que Franco tiene que salir del Valle, que es monumento triste y en el que quien combatió las libertades no debe permanecer: nos lo debíamos. Otra cosa es, ya digo, que bien podría Sánchez haber aprovechado la oportunidad para hacer de esta una ocasión más) para la reconciliación de los españoles, en lugar de para abrir heridas.

No se trata de plantear solamente la salida de Franco: se trataría de promover un ‘Arlington a la española’, un cementerio que albergase a españoles muertos de todos los bandos, de todas las creencias; traerse de vuelta los restos de Machado, de Azaña, de tantos, y que convivan con tantos represaliados de ambas partes de nuestra desdichada contienda fratricida, y de tantas otras similares menos cruentas que han jalonado nuestra Historia. Esa Historia que, ya digo, tenemos que consensuar, sin trompeterío épico, pero también sin complejos por la verdad. Una verdad que no siempre nos contaron a quienes, en mis tiempos, estudiábamos el ser de España. Y ahora, temo, seguimos sin contarla del todo. Y, si no, mire usted la absurda polémica en torno a Franco, alguien que no merece tanto destaque.

[email protected]

Share

Y en esto, llegó, como de puntillas, Errejón

Enviado por Fernando Jáuregui | 24/09/19

La salida de Franco del Valle de los Caídos. La quiebra de Thomas Cook, tan lesiva para el turismo en España. La inminente sentencia contra los presos catalanes. La detención de siete CDR a los que encontraron preparativos de fabricación de explosivos: ¿vuelve Terra Iure o estamos exagerando? Me dejo en el tintero muchas cuestiones igualmente polémicas. Yo espero de mis líderes políticos que tomen posición sobre estos y otros temas. No he escuchado nada a Iñigo Errejón. Y este silencio le resulta, por lo visto, rentable: nunca nadie, desde la callada por respuesta, obtuvo tantas portadas en los medios. Sobrevalorado, dicen sus detractores. Yo, conste, no lo soy.

Sé que hay cosas más importantes que la exhumación del dictador, sobre quien polemizamos ahora ¡cuarenta y cuatro años después de su muerte! Pero, ya digo, me gustaría ver en qué lado se posiciona Errejón. Y quiero escuchar sus críticas concretas a la deriva de Podemos de la mano de la pareja Iglesias-Montero. Deseo conocer con qué programa de regeneración concurre a las elecciones. Conozco (poco, porque ya digo que hablar con él no es cosa sencilla) a Errejón y a veces me ha deslumbrado la lucidez de su pensamiento, no coyuntural ni improvisado, cuando ha tenido a bien hacernos vislumbrar por dónde se mueve su cerebro. Y otras veces me ha sorprendido su inacción, el ritmo paquidérmico que impone a sus movimientos. Hace propósito de la enmienda en sus inaceptables posiciones sobre Venezuela, y yo le elogio. Pero eso no basta como ideario político.

Son muchas las reformas, los cambios, la regeneración, que España precisa. Si aceptamos con ilusión, o al menos con cierta esperanza, la llegada de una cara nueva a la política nacional –en la madrileña hizo poco, la verdad: ¿llegará lejos sin Carmena?– , lo lógico es que también le escuchemos decir cosas nuevas. Sus soluciones a los ya viejos problemas: la reforma de la Constitución, la electoral, la profundización en la democracia y la igualdad. Todo lo que los actuales líderes de Podemos no han podido, ni sabido, tal vez ni querido, plantear. Hace ya tres años, cuando comenzó a distanciarse de su compañero Iglesias, opiné en un libro –El Desengaño—que Iñigo Errejón era una esperanza de aire fresco para la izquierda, sin estar del todo seguro de que a esta España se la pueda seguir dividiendo en ‘las derechas’ y ‘las izquierdas’. ¿Es capaz Errejón de una mayor transversalidad? ¿O lo suyo va a ser una sigla más en la sopa de letras? Para eso, mejor que no se presente.

Errejón, que es como la Greta Thunberg de la política española, cae bien. Su aspecto engañosamente juvenil –es joven, pero no tanto–, sus actitudes moderadas, su lenguaje suave, ganan voluntades, pero a veces uno no sabe bien por qué, y conste que ya digo que me parece una esperanza de avance en la anquilosada izquierda española; solo falta que Errejón nos muestre que él no está también anquilosado, que es un tipo normal capaz de hablar de tú a tú con el ciudadano en la calle, sin clichés, ni dogmas políticamente correctos. Capaz de escuchar las voces que piensan que, desde las alturas políticas, hoy ni se les oye. Capaz de imaginar soluciones viables a problemas que, es verdad, él no ha creado.

No sé si viene a echar una mano de pintura a un PSOE lleno de Adrianas Lastra o a cargarse a Podemos para luego, y eso es necesario, refundarlo. Entre Pablo Iglesias y él, me parece que mucha gente se queda con él. Pero que nadie piense que va a arrasar en el Parlamento este 10-N. Le falta partido, gente, sedes. Y un discurso ilusionante más allá de los resentidos con la actual formación morada y con los que, en el PSOE, piensan que Pedro Sánchez les ha fallado. Habla, Errejón, habla, o calla para siempre. Y este miércoles es el día; no queda más tiempo.

[email protected]

Share

Cataluña, al borde del estado de excepción. Y entonces ¿qué?

Enviado por Fernando Jáuregui | 23/09/19

Nunca me ha gustado jugar con las palabras ni dramatizar los conceptos: pero no creo que sea demasiado exagerado afirmar que Cataluña vive al borde del estado de excepción, y conste que no lo digo pensando en aplicación alguna –dura, blanda—de un artículo 155 de la Constitución que, a mi modo de ver, es uno de los más ambiguos y peor redactados de nuestra Carta Magna. Tampoco me refiero solamente –solamente– a las detenciones practicadas este lunes por la Guardia Civil entre independentistas de los Comités de Defensa de la República (CDR) que, por lo visto, preparaban atentados con explosivos, ignoro de qué potencia y con qué alcance. Solamente diré que la propia existencia de los CDR, que son un aviso seguro de incidentes e inestabilidad callejeros, avalan la impresión de que se vive al borde de ese estado de excepción. Pero no solamente por eso.

Ya digo que, cuando esto escribo, no es posible calibrar si, como dicen algunos comentaristas, estamos ante un brote de violencia tipo ‘kale borroka’, ante algo aún peor o se trata de una medida preventiva por parte de las Fuerzas del Orden, sin más. Pero, cuando el propio máximo representante del Estado, es decir, el molt honorable president de la Generalitat de Catalunya, se permite decir que el jefe del Estado no será bienvenido en territorio catalán, cuando proclama que desobedecerá las leyes, que no acudirá a la llamada de los tribunales de Justicia, que se instala en la confrontación con el Gobierno central y que repetirá el intento golpista del que ahora se cumplen dos años, me parece que la nación tiene que meditar cómo defenderse.

Siempre he abogado por el diálogo, pero es obvio que Torra, que está mucho más cerca de los CDR que del sistema que ampara nuestro Estado de derecho, no es partidario de ese diálogo. El Gobierno central tendrá que buscar otros interlocutores, se llamen Oriol Junqueras o como quiera. Y nuevas vías de pacto, nuevas ofertas…y nuevos métodos de disuasión, más allá del mero 155. Sospecho que, a estas alturas, una mayoría de catalanes sabe que en todo caso le irá peor con la vía ‘unilateral’ de los Puigdemont y Torra que con un camino de diálogo. Y, para colmo, el’procés’ ha significado un periodo de desgobierno que traerá indudables consecuencias económicas, además de las sociales y morales, para la vida de los catalanes y, por supuesto, del resto de los españoles.

A todo esto es a lo que me refiero cuando hablo de una situación límite, que bordea, si no ha caído ya, en la excepcionalidad que exige medidas no menos excepcionales. Y no me refiero, claro está, a aquellos ‘estados de excepción política’ que, durante el franquismo, abonaban las detenciones arbitrarias, la crueldad y la dureza de una dictadura en la que las libertades no se permitían, una situación en la que sí había presos políticos y persecución de las ideas. Naturalmente, no es el caso, aunque bien sé que uno de los proyectos del independentismo más extremo –lo hay en una versión moderada, y nada que objetar—es presentar a España como una nación que persigue la disidencia y las libertades más básicas y a aquellos cuyo único fin es poder votar por sus opciones políticas.

La sombra de la violencia pone un acento aún más preocupante en lo que pueda suceder a raíz de la inminente publicación de la sentencia del Tribunal Supremo contra unos golpistas que puede que hayan sido tratados inadecuadamente desde el punto de vista de la instrucción judicial –la prisión preventiva ha sido, a mi juicio desmesurada–, pero que no podrían quedar sin sanción penal. Tratar de dar un golpe de Estado desde la acción unilateral contra las leyes vigentes es algo que ningún país se podría permitir no castigar, porque en ello estriba su propia defensa como nación.

Otra cosa es que ahora hayan de arbitrarse medidas de ‘reconciliación’ –sí, eso digo—con una mayoría de los catalanes, que puede que no se sientan a favor de la secesión, pero sí de otra relación con el Estado. Mal momento, temo, para imaginar nuevas iniciativas, nuevos métodos, nuevos caminos, con un Gobierno central en funciones y unas fuerzas constitucionalistas en plena división porque hacen primar sus intereses electorales. Estamos, sí, ante una especie de ‘tormenta perfecta’ en la que solo nos queda confiar en el correcto funcionamiento del poder judicial y de las fuerzas de Seguridad del Estado. Y en eso, deriven en lo que deriven las detenciones e investigaciones que hemos conocido este lunes, andamos.

[email protected]

Share

El ‘país de demá’ de nunca acabar

Enviado por Fernando Jáuregui | 21/09/19

Pasó la vorágine y ahora se puede, algo –algo—reflexionar. Han transcurrido varios días desde este 17 de septiembre en el que finalmente supimos que la incapacidad de nuestros representantes para llegar a acuerdos, aunque sea con extraños compañeros de cama, nos condenaba a nuevas elecciones. Con solamente mes y medio hasta el 10 de noviembre para construir un programa de futuro ilusionante para los españoles, los líderes políticos no parecen haber caído en la cuenta de que, precisamente esta semana, se ha cerrado la posibilidad de seguir con esa política vieja cuyo espantajo agitaban, pero con la que cumplían y por la que se siguen rigiendo.

¿Cómo, por ejemplo, volver, con todo lo que se han dicho, a pensar sin espanto en una posible coalición, o pacto, o lo que sea, entre el PSOE y Unidas Podemos?¿Cómo volver a creer en quien el domingo decía una cosa y el lunes totalmente la contraria? La memoria del electorado, confían ellos, y me refiero a ‘todos ellos’, es frágil. Pero ni ellos, ni nosotros, ni nadie, puede seguir taponando el futuro, consista eso en lo que consista.

Quién sabe si la España políticamente nueva estará representada en parte, en su día, por Iñigo Errejón, que sin embargo ha apelado a Manuela Carmena, que es la veteranía que rechaza volver a la arena, a la hora de intentar construir su formación política para estas elecciones que vienen. O cómo saber cuánto futuro le aguarda a Gabriel Rufián, el reconvertido diputado independentista republicano que cita los, ejem, ‘bemoles’ de Estanislao Figueras para reconocer que los ciudadanos están hasta ahí ‘de todos nosotros’. ¿Es el porvenir el marcado por esos chicos adolescentes, seguidores de Greta Thunberg, que se mueven al grito de ‘there is not planet B’? ¿Está nuestro futuro en manos de unos presos golpistas que, en el fondo y tal vez involuntariamente, nos hacen a todos rehenes de su situación?

O, en otro orden de cosas, ¿es el futuro Marta Pascal, la mujer ‘purgada’ por esa ya reliquia del pasado que es Puigdemont? Pascal es una de las figuras de esa reunión de ‘independentistas posibilistas’ que hablan del ‘país de demá’ en el monasterio de Poblet. Una reunión la de este sábado destinada, sin duda, a surtir algunos efectos en la enrarecida política catalana y, por tanto, española. Aunque algunos medios fervorosamente ‘indepes’, que tienen la cabeza en los tiempos de Companys, la hayan silenciado…

No, esta no es ya la España de Companys. Ni la de para mí muy respetable Carmena. Pero tampoco la de Pablo Iglesias e Irene Montero, también sin duda respetables, pero cuya ‘modernidad’ ha quedado convertida en caricatura encerrada en un chalet burgués. Y, si se me apura, estoy a punto de decir que esta no debe ser la España de ‘este’ Rivera del ‘no’ y luego ‘sí’ y luego de nuevo ‘no’. Ni la de Cayetana Alvarez de Toledo aupada por Pablo Casado. Ni la demasiado ‘tradicional’ que quiere Vox. Ni, si se me apura aún más, tampoco la de Sánchez, que llegó a La Moncloa como llegó, se mantuvo como se mantuvo y ahora todo lo fía a la improvisación de las encuestas.

Pienso que el PSOE, si es que está destinado a seguir gobernando, que quién sabe, tiene que dejar claro a sus votantes que nunca más habrá aventuras como las que vivió con el ‘socio preferente’, ni una gobernación egoísta en la que el hombre que ejerce el poder, aunque sea en funciones, quiere “ganar siempre hasta el último duro”, como rezaba el viejo dicho popular, sin repartir ni ofrecer nada a los demás. Así, ¿cómo esperaba obtener apoyos para su investidura, si es que los procuraba? Y ¿cómo cree Pedro Sánchez que va a ver aumentada la votación a su favor de los ciudadanos si no les garantiza un ‘contrato político’ en el que cuente más con ellos, sin ahondar en la división de las dos Españas, como hasta ahora se ha hecho, y sin dejar de mostrar cuánto disfruta con los beneficios de su situación personal?

La vieja política española consiste no en mejorar la oferta electoral, sino en darse por satisfecho con obtener un par de escaños, o tres, o cuatro, más gracias a que los electores abandonan a las formaciones rivales. Sánchez ha hecho de todo por desprestigiar, humillar y rebajar a un Iglesias que un día amenazaba con dar el ‘sorpasso’ a los socialistas. Quizá Iglesias se lo merecía, pero acusará el golpe y lo trocará en venganza que a todos va a desgastar. Vieja, muy vieja, política, en suma. Si bien se considera, creo que Amenábar, el cineasta que ha vuelto a poner de moda a Unamuno, tenía razón en muchos aspectos cuando decía, esta semana, que “la España actual es la que Franco ideó”. Las dos Españas: entre aquella a la que se refiere Amenábar y ‘el país de demá’ que ni siquiera quiere formar parte de esta nación…País.

fjaureg[email protected]

Share