Elpaís de las marquesonas, los golpistas y los terroristas: España

Enviado por Fernando Jáuregui | 28/05/20

Pregunto a amigos bien colocados en instancias europeas qué se piensa en la UE de España. La respuesta, en las últimas horas, ha empeorado: no nos toman, definitivamente, en serio. Y no lo digo con talante acomplejado, no: es la pura verdad. Esa Unión Europea que tiene que facilitarnos el oxígeno de nada menos que 140.000 millones de euros está, creo, un poco perpleja, dando la razón a Bismarck, el canciller de hierro que dijo que ‘España es el país más fuerte del mundo, porque lleva siglos intentando destruirse y aún no lo ha conseguido’.

Espero que los ‘hombres de negro’ que vendrán, si vienen, con el maletín de los billetes y con las exigencias, no hayan visto las últimas sesiones parlamentarias. Sí, esas en las que unos acusan a otras de ‘marquesas’, nobles que, a su vez, contraatacan acusando al padre del acusador de ‘terrorista’, justo la víspera de que el primer acusador –o sea, vayamos a la cuestión, Pablo Iglesias—se lanzase a considerar ‘golpistas’ a los integrantes de la formación más derechista –o sea, ultraderechista, en calificación europea—del panorama parlamentario español.

Mire usted, el Parlamento, que es el sancta sanctorum de una democracia, no puede ser el escenario de estos, ejem, juegos florales. Y menos cuando el país que alberga a ese Parlamento tan atípico se halla al borde del estallido social y económico. Ni Cayetana Alvarez de Toledo –mira que lo hemos dicho—debería seguir siendo la portavoz parlamentaria del grupo Popular, ni tampoco Adriana Lastra la del grupo socialista. Han convertido la sede del Legislativo en hogar de la confrontación, justo cuando haría falta, en tiempos de aflicción patria, lo contrario. Que no digo yo que los jefes de ambas estén, claro, exentos de culpa; ocurre que, para cambiar las ideas y los comportamientos, hay que cambiar a las personas.

Y vamos con don Pablo Iglesias. No sé quién o qué le hace pensar que el Parlamento es el patio de un colegio. Nadie podrá acusarme de mostrar preferencias por un grupo como Vox, que menudo peligro encierra. Pero ir por ahí acusando de golpista a una formación respaldada por millones de votos y que, si hay que decir la verdad, puede pecar, y peca, de muchas cosas, pero de golpistas, hasta el momento, no, me parece tremendo. El señor Iglesias, sí, ese que dijo que ‘pomadita’ a quien no le guste que él esté en el Gobierno como vicepresidente, hace un muy flaco favor al país en cuyo barco él ejerce como segundo de a bordo presentándolo como una nación en la que quien no está con el Gobierno es un presunto involucionista, o una marquesona, o un cavernícola, y ‘pomadita’ para todos ellos, que cierren la puerta al salir.

La Europa de las Ursula von der Layen, Merkel, Macron o Conte, au que quizá sí algo el enloquecido Johnson, poco tienen que ver con este chuleta de barrio, con las salidas horteras de pata de banco contra ‘los nobles’, con el insulto puro y duro al adversario político, a quien se convierte en rival… y que cierre cuando salga, oiga. Aquí cabemos todos, y más en una comisión parlamentaria dedicada a buscar consensos para reconstruir lo que nos quede de país tras la pandemia y tras el paso del caballo de algunos Atilas nacionales, que no paran de ulizar las ‘puertas giratorias’ del chollo y del favoritismo al correligionario.

El señor Iglesias no lleva ni cinco meses ejerciendo la gobernación de esta gran nación y ya ha ofrecido una imagen de degradación en las formas solo paralela al desconcierto, sectarismo y desconocimiento que muestra en los fondos. Y lo peor, ya digo, es que en esa Europa que nos observa, que va a debatir cuánta ayuda merecemos, el espectáculo no puede ser visto con los ojos benévolos con los que aquí a veces lo disculpamos todo: es que Pablo es un revolucionario, es que Cayetana en una impulsiva, es que Adriana, la pobre, ni tiene ni idea, es que Echenique es un desastre, es que doña Macarena Olona, tan fogosa, ama los grilletes, sobre todo, sujetando las manos de los ministros socialistas…Son todos ellos unos irresponsables que van a llevar a este país, a nuestra España, al descrédito moral, a la desgracia. Basta ya. No tenemos tiempo para estos juegos pirotécnicos, que envilecen al país en lugar de mejorarlo.

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¿Debe dimitir Grande Marlaska?

Enviado por Fernando Jáuregui | 27/05/20

Mal asunto para un ministro de Interior tener enfrente, incómoda, a una institución como la Guardia Civil. Creo que se han cometido errores que justificarían el cese de la directora general del Cuerpo, si es que no también la del propio titular de la cartera, Fernando Grande Marlaska, persona a la que conozco, respeto y aprecio.

La destitución, sea por las razones que fuere, del responsable de la Benemérita en Madrid, coronel Diego Pérez de los Cobos, es legítima, pero inoportuna, mal ejecutada táctica y estratégicamente. Ha desencadenado la enojada decisión de retirarse del ‘número dos’ del Cuerpo, general Laurentino Ceña (que ya pasaba a la reserva en dos semanas, pero la adelantó como protesta) y ha cometido serios defectos de forma en el relevo de este último, saltándose el ministro el escalafón; un tema muy importante para una institución que siempre presumió de disciplina y orden.

Vaya por delante que no creo, ni deseo, que el ministro Grande Marlaska salga penalmente involucrado del pringoso asunto ‘8m’, contra lo que parecen desear algunos representantes de Vox, a los que les gustaría ver al ministro ‘engrilletado’. Va a resultar muy difícil probar una conexión directa entre aquellas manifestaciones del Día de la Mujer, último desencadenante de este episodio, y los contagios masivos por coronavirus, cuyas consecuencias acabamos de confirmar que han causado muchas más muertes de las reconocidas en el demencial recuento oficial: más de cuarenta y tres mil, cifra horrible en la jornada en la que comenzaba el luto nacional por fin decretado por el Gobierno central.

Temo, en todo caso, que nos centremos en la pelea política, utilizando en ella, claro, a los muertos, y nos alejemos de la verdadera gravedad de fondo del caso: la relevancia de la Guardia Civil en el mantenimiento del orden en momentos como los que vive España. Me parece que Grande Marlaska, a quien considero un hombre puntilloso y de honor, debería dar el paso de retirarse o, al menos, de retirar de inmediato a la directora general del Cuerpo, una profesional estimable que poco o nada tiene, en cualquier caso, que ver con el instituto armado, que cuenta con casi ochenta mil efectivos. Su nombramiento fue un error. Con eso no se juega ni se improvisa.

Pero ya tampoco es posible, contra lo que quiere la oposición, reincorporar a Pérez de los Cobos a su despacho en el cuartel de Tres Cantos. Critiqué la actuación de este coronel como encargado de la coordinación de las fuerzas de Seguridad aquel 1 de octubre de 2017, políticamente tan funesto, en el que se celebró la farsa de referéndum independentista; creí, y creo, que se equivocó en sus planteamientos, aunque eso poco tenga que ver con el tema que hoy nos ocupa. El caso es que el coronel se convirtió en una especie de ‘bestia negra’ para el independentismo. Solamente por eso, porque este independentismo se ha alegrado tanto con su salida, su cese ahora al frente del despacho de Madrid resulta aún más inconveniente: a él le convierte en un héroe, al ministro en un villano y los secesionistas más contumaces ya entonan el ‘¿veis cómo teníamos razón?’.

No, no volverá Pérez de los Cobos, pienso, a ese despacho tricantino, maldito para quien suscribe, o sea yo mismo, desde aquella primera y última vez que, en 1998, entré en él. Juan Ramos, el entonces coronel al mando, nos convocó allí a mi mujer y a mí para comunicarnos que ETA nos había seguido hasta nuestro domicilio, muy cercano al cuartel, y que deberíamos contar con algún tipo de escolta, hacernos con un perro guardián y, yo, comprar un revólver: “os protegeremos”, nos dijo. Aquellos eran tiempos muy duros, duros de verdad.

Desde entonces, mi agradecimiento a la Guardia Civil es profundo. El ministro Marlaska debería entender que estos no son ya los tiempos de Luis Roldán, que el instituto armado es muy apreciado, que su comportamiento es generalmente ejemplar y que en su seno caben pocas convulsiones. Algo que, por cierto, también deberían entender algunos portavoces de la oposición que, desde sede parlamentaria, hicieron este miércoles llamamientos a algo parecido a una insubordinación de los guardias contra el ministro.

Sí, este miércoles, Marlaska fue zarandeado parlamentariamente, con razón y alguna vez sin ella, en el Congreso de los Diputados. Si continúa en el caserón del Paseo de la Castellana, le auguro una temporada de sufrimientos: no ha acertado en su gestión y ahora tendrá que hacer frente, entre otras muchas cosas, a un millón de reclamaciones por las multas impuestas por burlar el confinamiento durante la pandemia. Y la brecha abierta en la Guardia Civil no se cerrará fácilmente. Bastantes crisis tenemos ya como para dejar heridas tan importantes sin cerrar. Ya sé que en España no se rectifica nunca, y dimitir es rectificar. Pero a veces, dimitir es también hacer lo mejor. Y lo correcto.

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El negro horizonte judicial del Gobierno

Enviado por Fernando Jáuregui | 26/05/20

Los nubarrones judiciales se ciernen cada día más sobre una parte del Gobierno, que tendrá que afrontar probablemente centenares de demandas y querellas a raíz de sus actuaciones en los últimos meses, no siempre, aunque sí muy frecuentemente, derivadas de su actividad e inactividad en la pandemia.

La destitución del coronel Pérez de los Cobos como jefe de la Guardia Civil en Madrid es un nuevo hito en el epicentro de un volcán relacionado con la manifestación del día de la Mujer el pasado 8 de marzo. El coronel, por orden de la juez Carmen Rodríguez Medel, no entregó al Ministerio de Interior el informe que la Benemérita realizaba sobre si el Gobierno conocía o no los riesgos de autorizar esa manifestación cuando ya el coronavirus se adueñaba de las calles. Y esa no entrega motivó, por “pérdida de confianza”, el cese de Pérez de los Cobos, ordenado por Fernando Grande Marlaska, ministro de Interior.

Tras el 8-m se hallan decenas de demandas y querellas presumiendo que el Ejecutivo permitió las manifestaciones masivas tras haber sido advertido del riesgo que se corría. Cierto que la mayor parte de esas acciones ante la Justicia acabará en nada, porque resulta –la propia juez lo ha dicho—imposible establecer una conexión directa entre aquella manifestación y los contagios que proliferaron durante los meses de marzo y abril. Pero el lío político, que afecta al delegado del Gobierno en Madrid y jefe del PSOE madrileño, José Manuel Franco, al portavoz de Sanidad, el archifamoso Fernando Simón, y al propio ministro, Salvador Illa, ya está acaparando las portadas de los periódicos, y eso que no ha hecho más que empezar el recorrido ante distintas instancias judiciales.

Sumen a esto las complicaciones judiciales de otros miembros del Ejecutivo, como el propio vicepresidente Pablo Iglesias, quien podría ser acusado de dos delitos nada menos que por el juez de la Audiencia Nacional Manuel García Castellón a cuenta del ya célebre y pringoso caso de la ‘tarjeta telefónica’ de su ex asesora Dina Bousselham, y tendremos una parte (solo una parte, atención) de la ‘panorámica de banquillo’ a la que se enfrentan el Gobierno y sus círculos más próximos.

Va a ser este un ‘otoño judicial caliente’, porque no van a ser las dos mencionadas las únicas reclamaciones a las que, obviamente, tendrá que hacer frente el Ejecutivo. Sin contar, por otro lado, con algunas complicadas acciones judiciales y fiscales dirigidas contra el anterior jefe del Estado y sus cuentas en el extranjero. Y, al margen de ello, las decenas de miles de reclamaciones y demandas entre particulares, en los juzgados de Familia, en las Magistraturas de Trabajo…El colapso es inminente y las tímidas medidas anunciadas por el Ministerio de Justicia no van a poder evitarlo.

Algunas fuentes judiciales añaden un elemento inquietante más, por si no hubiese ya suficientes: la creciente sensación de que se difumina la separación de poderes, un ejemplo de lo cual podría ser la acción del ministro del Interior contra el jefe de la Guardia Civil de Madrid, figura por lo demás polémica por su gestión de la crisis en Cataluña el 1 de octubre de 2017. Estas fuentes hablan de una ‘clique de poder’ entre una parte del Ejecutivo, la presidencia del Congreso, el Ministerio de Justicia y la Fiscalía General del Estado, un sanedrín que dificultaría el equilibrio entre los poderes del Estado.

Resulta evidente que ahora determinados cambios que parecen cada día más necesarios en el elenco ministerial se dificultan ante esta previsible avalancha de reclamaciones ante la Justicia: nadie quiere perder la condición de aforado. Una situación esta, contemplada así, en términos generales, que obviamente ha de gustar muy poco a otro sector del Gobierno, que podría estar representado, por ejemplo, en la ministra de Defensa, magistrada de rectitud e inflexibilidad bien conocidas.

A ver por dónde sale el sol, si sale, en toda una maraña que tiene muy preocupada al mundo de las togas…que hay quien piensa que probablemente haya de actuar, por cierto, sin togas en algunos tribunales. Esto, al menos, por culpa del virus maldito.

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El doctor Pablo Iglesias prescribe ‘pomadita’

Enviado por Fernando Jáuregui | 25/05/20

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¿No le gusta a usted este Gobierno de coalición?¿Preferiría otros acuerdos, como un Ejecutivo de centro-izquierda? ¿Lo que le disgusta es la presencia de alguien como Pablo Iglesias en la vicepresidencia segunda del Gobierno del Reino de España? Pues mire usted: ajo, agua y resina. Ya sabe. Y, además, ‘pomadita’.

Sí, ‘pomadita’. Es la receta que el citado vicepresidente don Pablo Iglesias propone, en una entrevista en el semanario lisboeta ‘Expresso’, como remedio a todos aquellos contrarios a su persona y al equipo formado por Pedro Sánchez. Y va más allá: muchos de quienes se sienten disconformes con este Gobierno, empezando por los medios de comunicación más críticos, son presuntos golpistas. Golpistas (presuntos) sí, nada menos.

Uno, que se permite discrepar en muchas cosas de lo que hace y deja de hacer una parte del equipo Sánchez, en general, y el ya repetidamente mentado señor Iglesias en particular, se siente, la verdad, amedrentado y desconcertado: uno no se tenía a sí mismo ni como partidario de golpe alguno –faltaría más—ni como integrante de caverna claxonvoxera de cualquier especie. Se quería definir uno como un progresista, moderado eso sí, partidario de que gobierne quien gane las elecciones, no quien ha perdido votos y escaños en cantidad sustanciosa y ha quedado el cuarto en el ‘podio’. Pero ya se ve que estaba equivocado: aquel que discrepe, cavernícola con una bota pisando la involución y la otra, el antisistema.

Ignoro si el presidente Sánchez, que no podría dormir –“lo mismo que el noventa y cinco por ciento de los españoles”, dijo, ¿recuerda usted?—teniendo al aquí archimencionado señor Iglesias en el Gobierno, se aplica también ‘pomadita’ cotidiana para sobrellevar el sacrificio. A mí, la verdad, no me quita el sueño tener un vicepresidente tan, ejem, atípico, que no cae precisamente bien en la UE y está, por delante solo del señor Abascal, de Vox, a la cabeza de la impopularidad en todas las encuestas, las del CIS incluidas. Insomnio no me produce; pesadillas, a veces sí.

Confío en que don Pablo Iglesias (Turrión, naturalmente: el otro PI, Posse de segundo apellido, jamás hubiese empleado este lenguaje barriobajero) no me tome aún más ojeriza si le digo que es un poco chulo. Porque esto de la ‘pomadita’ no deja de ser un término chulesco y algo burdo, inaceptable, en mi opinión, en el mundo político democrático civilizado y bien educado.

Pero, en fin, no se preocupe el señor vicepresidente. Uno ha entendido el mensaje. Ya digo: lo de acomodarse a la castiza máxima de ‘ajo, agua y resina’. La ‘pomadita’ que se la aplique él, que sospecho que le aguardan días no tan placenteros como los que ha venido disfrutando, pese a las pandemias, en las dieciocho semanas que lleva en la poltrona.

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…o llevaremos luto por todos nosotros

Enviado por Fernando Jáuregui | 24/05/20

La última comparecencia sabática de Pedro Sánchez trajo muchos anuncios, sin duda en un intento de evitar titulares relacionados con la metedura enorme de pata que supuso el ‘pacto con nocturnidad’ con Bildu para derogar la reforma laboral. Anunció el presidente la entrada en vigor del salario mínimo vital, reveló cuándo comenzará la Liga de fútbol (¡!) y hasta sugirió que tal vez le dé por solicitar una ¡sexta! prórroga para el estado de alarma.

Y, entre tanta novedad, mientras los claxons enardecidos resonaban en el centro de Madrid, el inquilino de La Moncloa proclamó otra medida, que en la capital está ya vigente desde hace casi un mes: a partir de este martes, diez días de luto nacional por los ¿treinta mil?¿cincuenta mil? muertos por la pandemia. Luego, en fecha por determinar, se hará un gran homenaje nacional a las víctimas del virus, la mayor parte de ellos nuestros mayores. Un acto que, menos mal, permitirá Sánchez que esté presidido por el Rey.

En realidad, el país que era el más alegre del mundo lleva de luto muchas semanas. Luto por los conocidos que fallecieron –¿quién no tiene alguno?–, luto por nosotros mismos, y por eso me he permitido traer aquí una transformación del título del magnífico libro periodístico de Lapierre y Collins cuyo marco es, por cierto, la fiesta nacional, que nuestro vicepresidente del Gobierno quisiera dar también por fenecida.

Hay muchos motivos para ese luto por nosotros. No se nos ha sabido ilusionar con los ‘sangre, sudor, lágrimas’ de los sábados a la hora del almuerzo. Ni el indudable esfuerzo de Sánchez y algunos (patentemente no todos) de sus ministros ha servido para cimentar una mayor confianza de la ciudadanía en sus representantes, que, cada vez que pueden, transgreden las más elementales leyes de la transparencia y de la verdad. No es el momento, pero aparecerán estudios muy completos de las cosas que, en este sentido, ha hecho y ha dejado de hacer nuestro Gobierno y de las renuncias e incapacidades de nuestra oposición: porque, por ejemplo, ¿cómo es posible que Pablo Casado, Casado, digo, y no otros segundos escalones del PP, no responda semanalmente a las provocaciones de Sánchez, provocaciones tan graves como culpar a ‘los populares’ de haberle forzado, al dejarle en soledad, al pacto increíble con Bildu?

Y ahora viene, no entiendo por qué razón, lo de la quizá sexta prórroga. No existe ningún motivo para proponerla ni para considerarla conveniente ni prudente, cuando ya toda España estará en avanzadas fases de ‘desconfinamiento’. Y menos aún hay motivo para aceptar el chantaje de esas cuarenta medidas exigidas ahora por Quim Torra, cuya actuación en la pandemia ha revelado su absoluta nulidad como gobernante, a cambio del apoyo parlamentario para esa otra posible prórroga. No: son ya demasiadas las voces autorizadas, jurídicas, sanitarias y del sentido común que advierten que el estado de alarma, con ese absurdo toque de queda nocturno, ya no es sino una merma de nuestras libertades, tan zarandeadas.

Me sumaré, claro, a todos los homenajes a estos muertos, fallecidos a veces en condiciones que algún día, para hacerles cabal justicia, habrá que investigar y reparar a fondo. Yo llevo, y llevaré, la corbata negra que Sánchez (aún) no se pone, supongo que por algo tan profundo como que sí la llevan los políticos ’de las derechas’ ; pero también la llevo para exigir que nos saquen de esta luctuosa situación en la que nos ha metido un virus y a la que nos encadenan otros, que no son virus aunque puedan resultar dañinos. Como suena.

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La España de las terrazas

Enviado por Fernando Jáuregui | 23/05/20

Ahora que tan de moda estar lo de hablar de fases, yo diría que hemos abandonado la de la España de los balcones para entrar, ya todos a partir de este lunes, en la de la España de las terrazas. Ese estupendo invento que, como los chiringuitos de playa, los sorteos de loterías o los grandes almacenes, constituyen ya, ay, casi el único elemento vertebrador e integrador en un país que sale –cuando salga– de la pandemia profundamente dividido, cuarteado moralmente, empobrecido económicamente y con algunos problemas aún más serios o agravados con respecto a como estaban cuando comenzó esta catástrofe.

La semana que concluye no ha sido precisamente buena ni desde la óptica política ni desde la de la cohesión; ha sido, más bien, francamente mala para el Gobierno –para los gobiernos—, para los gobernados y para la imagen internacional del país (de la propia imagen aquí dentro ya ni hablamos). Que una parte del Gobierno haya metido un gol a la otra, que se lo haya metido también no solo a sus adversarios, sino también a sus aliados, que se haya utilizado el disimulo y hasta el engaño para lograr un fin (la prórroga del estado de alarma), a base de pactar en secreto nada menos que con Bildu y nada menos que la reforma laboral, evidencia que algo no marcha. Que, encima, se nos empiece a sugerir que, tras esta quinta prórroga, lograda como se ha logrado, se aspira a conseguir una sexta, indica que alguien, allá en la fortaleza monclovita, o tiene unos nervios de acero o un optimismo exacerbado. O una cara que se la pisa.

Y todo esto, en un país en el que ya no cabe disimular el enfrentamiento, porque está en la calle, en los claxons reivindicativos de los automovilistas, en las colas de gente que busca una bolsa de comida. Aquel 15 de mayo de 2011, cuando los indignados dieron paso a ‘aquel’ Podemos –poco que ver con este, me temo–, se ve ahora contrabalanceado, desde el lado opuesto, por ‘este’ espíritu del 15 de mayo de 2020, con sus caceroladas y la proliferación de banderas, reivindicadas, y eso es terrible, solo por una parte del arco político.

Un país en el que la bandera no es patrimonio de todos, de derecha a izquierda; en el que la separación de poderes empieza a ser una entelequia; en el que las libertades de cada ciudadano no son lo que más importa, sino ‘la colectividad’; en el que ni siquiera se sabe cómo funciona unos de sus territorios –espantosa la actuación de la Generalitat catalana–, ni cuántos muertos ha causado, de verdad, el virus; un país en el que la seguridad jurídica brilla por su ausencia, es un país que está a punto de ser un Estado fallido. Sobre todo, si se está procurando, desde las dos Españas, debilitar la fe en ese Estado. O, al menos, si no queremos ir tan lejos, podemos desde luego empezar a hablar de una democracia fallida. Cada trampa al proceso democrático, cada patada al compromiso dado, es un clavo más en el atáud de esa democracia.

Sí, menos mal que nos quedan, panem et circenses, las terrazas. Y esas playas en las que, siento decirlo, los ciudadanos se toman a chacota las instrucciones de las fuerzas del orden, poniendo en peligro su salud y la de los demás: eso también es síntoma de que caminamos hacia la falencia generalizada. Cierto: todavía nos queda el país bien estructurado, en el que los servicios básicos han funcionado admirablemente en medio de la tormenta, la nación que sigue siendo, no sé por cuánto tiempo, la cuarta potencia de Europa. Ese país alegre que se va de cañas y sabe sufrir cantando desde el confinamiento. Nuestros representantes han logrado hacerse con un gran país. Tendrán una enorme, terrible, responsabilidad si, encima declarando hacerlo todo por nuestro bien, lo malbaratan.

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Nadia sí es alguien. Y Lastra, un lastre, etc

Enviado por Fernando Jáuregui | 22/05/20

Pensar que Nadia no es nadie, que es alguien a quien se puede ningunear por ser persona con buenas formas, es un error, como se ha visto. Y no es un juego de palabras más: cuando la gente toma a chacota la acción o inacción del Gobierno y convierte a los ministros en pareados o malas rimas, cuando el espacio virtual está recorrido por bromitas como que Lastra es un lastre, es decir, cuando te frivolizan la trayectoria, algo va a pasar. O el Gobierno se hace fuerte en el país de cuchufleta o, quizá más probablemente, el andamiaje gubernamental se acabará viniendo abajo con estrépito. Más pronto que tarde. Que eso que dice el señor Sánchez de que la Legislatura va a durar cuatro años es una apuesta, ejem, un tanto arriesgada, me parece.

Las diecisiete semanas y dos días que lleva funcionando este primer Gobierno de coalición formado en casi un siglo de Historia española han sido pródigos, es la verdad, en acontecimientos pintorescos. Casi siempre protagonizados por los roces entre las ‘dos almas’ coexistentes en el Ejecutivo: las ‘capillitas de Iglesias’ frente a otras vicepresidentas, que no solamente doña Nadia, que vaya si es alguien. Y luego, francamente, poner en manos lastradas una negociación (nada menos que con Bildu) tan complicada como la reforma laboral, dejando a Yolanda fuera de banda, es, lo siento, como de locos. En algún momento la deslenguada ‘portavoza’ tenía que montar lo que Rajoy llamaba ‘un lío’. A más de un ministro, que no la avaló precisamente, se le ha oído decir que es una catástrofe: el presidente reclamando ‘unidad’ y ella, a continuación, sacudiendo leña al enemigo, con un discurso, por cierto, bastante, ¿me está usted amenazando?, pedestre.

Así, con la ciudadanía riéndose de las cosas que dicen Mascar-Illa y Siseñor-Món, hoy una cosa y mañana otra, no se cimentan ni la confianza ciudadana ni la seguridad sanitaria. Y de la seguridad económica ya ni hablemos, que no solamente Garamendi, sino ya hasta el prudente Amor, que sabe que no es amado precisamente en Moncloa, se rasga las vestiduras: trescientos mil autónomos van a caer en cuestión de semanas. Por ejemplo.

Ahora, a saber si toda esta insoportable levedad del ser va a servir para consagrar el circo, porque los espectadores, aun a ritmo de cacerolas, se ríen mucho con el espectáculo, o, por el contrario, ya digo, para hundir el tinglado, porque el personal, asustado por los bandazos de los diversos timoneles, se desespera ante tanta violación a las leyes de las hemerotecas y del sentido común. ¿Cuál es el destino del Gobierno cuatrimesino? ¿Llegar hasta otoño, y luego lo que sea, completando nueve meses? Un parto difícil, el parto de los montes, que hay mucho Montero en este elenco algo montaraz. Y no, desgraciadamente no estoy de coña, haciendo malos jueguecitos de palabras, que no creas que porque canto tengo el corazón contento, que estoy hasta, etcétera.

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Nocturnidad, alevosía e insomnio de dos extraños compañeros de litera

Enviado por Fernando Jáuregui | 21/05/20

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(abrazo con puñales)
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Hasta el día después de los Reyes Magos, los periodistas que, por ejemplo, habíamos de concurrir a una tertulia radiofónica o televisiva nocturna, sabíamos que, a partir de las ocho de la tarde, y pese a la usualmente tormentosa política española, no suele ocurrir gran cosa digna de mención. Y así, relativamente tranquilos, pensábamos que teníamos el panorama de la actualidad más o menos dominado. Qué tiempos tan felices aquellos…

Luego, cuando la ruptura, primera parte, se produjo y el nuevo Gobierno de coalición se puso en marcha (contra lo que nos habían anunciado que ocurriría), todo empezó a ser distinto. Lo que se decía en el Consejo de Ministros, por ejemplo prórroga del estado de alarma para treinta días, quedaba desmentido dos horas después, quince días de prórroga solamente, y esta vez ‘la’ definitiva, palabra de honor. Como si la palabra oficial u oficiosa valiese aquí ya para algo. Y así llegamos a la cúspide este miércoles, cuando muchos periódicos tuvieron que hacer una segunda tirada gracias a los vaivenes –llamémoslo así—gubernamentales.

Porque este miércoles, día en el que Pedro Sánchez pedía en el Parlamento la prórroga del estado de alarma, que inicialmente fijó para un mes –me malicio yo que, en realidad, aspirando a lograr al menos la mitad–, se batieron todos los récords de ITP , Inseguridad Total Profesional, para los periodistas: el presidente sacó adelante, con los votos de Ciudadanos y pese a la negativa del no sé si ya ex socio Esquerra, la votación. Lo que no sabíamos es que, cuando el escrutinio terminó, el Gobierno iba a firmar un acuerdo con Bildu, sí, con esa Bildu con la que Sánchez había asegurado –“¿quiere usted que se lo repita una vez más? No voy a pactar con Bildu”—que no llegaría a acuerdo de gobierno alguno.

Eran las ocho en punto de la tarde cuando todos, incluyendo a Ciudadanos, que había salvado esa jornada la cabeza política de Sánchez, nos enteramos de que se había suscrito ese pacto, consistente nada menos que en derogar por completo la reforma laboral del PP.

Ya digo, a las veinte horas los cronistas teníamos la crónica hecha, las teles y las radios sus noticiarios preparados. Lo de Bildu había sido una enorme sorpresa, pero, en fin, a cambiar crónicas y paginación a toda marcha. Claro que cómo íbamos a saber que, a medianoche, nuevo volantazo: que no, que no se deroga del todo la reforma laboral, contra lo pactado con Bildu, sino solamente la puntita. Nuevo cambio en las portadas y escandalera en las redacciones confinadas. Claro, entre las ocho pm y las doce pm las llamadas a La Moncloa de gentes sobresaltadas –“pero ¿cómo nos vamos a embarcar en eso con la que está cayendo en el empleo? ¿NO sabéis, además, que no tenemos mayoría para hacerlo en el Parlamento?”—fueron múltiples, angustiadas, cabreadas y, en algún caso, me dicen amenazadoras. Y eso hizo reflexionar, parece, a Sánchez, que volvió grupas, pasando del ‘arre’ al ‘sooo’.

Los periodistas que estábamos despiertos a medianoche entendimos, por si hiciera falta una vez más, que, a la ITP que venimos padeciendo con tanto recular y tanta patada a las hemerotecas, se sobreponía la MIJ: Máxima Inseguridad Jurídica. La lista de las veces en las que aquí se ha dicho digo donde dije Diego empieza a ser interminable. Y eso que el Gobierno lleva apenas cinco semanas y un día de funcionamiento. Y conste que, cuando esto escribo, soy consciente de que algún nuevo giro copernicano puede alterar hoy mismo el contenido de este comentario. Qué agotamiento, Señor…

Atención, porque la seguridad jurídica es la máxima garantía que una democracia seria puede ofrecer a sus ciudadanos, a sus aliados extranjeros y hasta a sus competidores. E incluso es la máxima garantía que el Gobierno puede ofrecer al propio Gobierno, cuando el tal Gobierno, con perdón, está compuesto como este nuestro: así, no resulta extraño que el vicepresidente se haya alterado públicamente ante lo que el presidente parece que decidió, por su cuenta, a medianoche. Y es que está claro que siguen sin ser siquiera extraños compañeros de cama: ambos se provocan insomnio, sobre todo porque hay que estar vigilantes ante lo que uno y otro deciden de golpe con nocturnidad. Y bastante alevosía. Y así, claro, no hay quien duerma.

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Sánchez dice que la Legislatura va a durar cuatro años…apuesto a que no

Enviado por Fernando Jáuregui | 20/05/20

Pedro Sánchez habló en el Congreso de una Legislatura, esta, que va a durar cuatro años. Un plazo imposible, lo siento por el presidente, tanto de prever como, en el fondo, de cumplirse. A este paso, resulta impensable que lo único que no vaya a cambiar respecto a la España ‘de antes de marzo’ sea este Gobierno. A menos, claro, que Sánchez esté pensando en un Gobierno ‘diferente’, sustentado en otras fuerzas que no sean las independentistas, con las que pienso –y me congratula—que la distancia, paso a paso, le guste o no al presidente del Gobierno central, va aumentando.

Fueron varias las voces, la primera la de Gabriel Rufián (Esquerra), que admitieron el final de la ‘mayoría de la investidura’, es decir, la que posibilitó la formación del actual Gobierno de coalición PSOE-Unidas Podemos, un Ejecutivo que, antes de las elecciones, Sánchez insistió en que jamás se formaría, porque, recuerden, no nos dejaría dormir a los españoles. Ahora, ante la catástrofe derivada de la pandemia, ninguno de los propósitos con los que se fundó apresuradamente aquel (este) Gobierno tiene ya sentido: ni el programa, ni los métodos que se expusieron en enero tienen vigencia ya cuatro meses después. La pandemia ha arrasado con todo, con nuestras costumbres, con nuestras relaciones, con nuestra economía y con nuestra moral.

Se notaba en la sesión parlamentaria de este miércoles, que, de nuevo por los pelos, de nuevo ‘in extremis’, dio un nuevo plazo de oxígeno a Sánchez y al estado de alarma por quince días. No creo que ni el mismísimo Sánchez tenga muy claro lo que hay que hacer después del verano. Ni siquiera antes. Que no nos diga que está seguro de poder agotar esta Legislatura, para la que aún quedan tres años y medio. Si en cuatro meses ha pasado todo lo que ha pasado, a este ritmo imagine usted lo que puede ocurrir en otros cuarenta y dos meses. Puede ocurrir casi todo…menos que este Gobierno, tal y como está, con esta composición, agote la Legislatura. Yo creo que no llega ni a diciembre. Otra cosa es que Pedro Sánchez, que es lo que le importa, siga residiendo en La Moncloa. Eso, con otros acompañándole, sí es quizá posible. Quién puede saberlo: ni siquiera Sánchez lo sabe.

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La ‘otra’ revolución del 15 de mayo, que nos acaba de estallar

Enviado por Fernando Jáuregui | 19/05/20

Hace nueve años, el 15 de mayo de 2011, estalló la revolución de ‘los indignados’, que tomaron la Puerta del Sol e hicieron surgir un partido nuevo, Podemos, que comenzó formalmente su andadura con un buen resultado electoral en las elecciones europeas de 2014. La crisis económica que estalló en 2008 y una mala gestión bipartidista de las consecuencias de esta crisis hizo que prendiera el fuego del descontento. Hoy, aquel movimiento indignado ha logrado, tras no pocas vicisitudes y transformaciones, situar en el Gobierno a aquel partido. El 15 de mayo de 2020 es la fecha en la que podría situarse el estallido de una nueva revolución, de signo radicalmente opuesto y enfrentada a este Ejecutivo que preside Pedro Sánchez. Un movimiento que ha dejado de ser patrimonio de los barrios ‘bien’ de Madrid para extenderse a otros puntos de España. ¿Hacia dónde vamos?

Pienso que las manifestaciones envueltas en la bandera nacional, pacíficas hasta el momento, pero, eso sí, desafiantes con las normas del confinamiento dictadas por las autoridades de Sanidad, no están capitalizadas por Vox y, menos aún, por el Partido Popular, pero favorecen, desde luego, cualquier movimiento alternativo frente al actual Gobierno de coalición ‘de progreso’. Una indudable indignación popular ante la manera de conducir la política confinada, el cansancio de la reclusión y el miedo cierto a las consecuencias de una pavorosa crisis económica, que será peor sin duda que la de 2008 y que llega imparable, son el caldo de cultivo de esta ‘nueva revolución’ de lo que desde La Moncloa se llama, con cierto desdén, ‘las derechas’.

Y, como ocurrió en 2011, ni los medios nos hemos dado cabalmente cuenta de lo que se estaba generando ni, menos aún, la clase política instalada parece haber sido consciente de la efervescencia en una parte, seguramente no desdeñable, de la sociedad. Y el estallido se produce precisamente en momentos decisivos, cuando el Parlamento autorizará o no este mismo miércoles la prolongación por un mes del estado de alarma, como quisiera el Gobierno Sánchez, o quizá solamente por quince días, como pretende Ciudadanos, que se ha convertido en una clave pese a su relativa insignificancia en escaños (diez). El partido de Inés Arrimadas y Edmundo Bal ha hecho ver su extrañeza por el empecinamiento del Gobierno por prolongar el estado de alarma de golpe por un mes, y no por períodos de quince días, como prevé la Constitución y como había anunciado que haría el propio Sánchez.

Ello hace prever que el debate parlamentario de este miércoles será muy vivo y tenso. El Ejecutivo se halla ante una decisión crucial: tratar de seguir apoyándose en Esquerra y en las otras fuerzas independentistas o virar definitivamente hacia otras alianzas. Porque tener a todos a favor parece ahora casi imposible. Y mientras, ya digo, la calle empieza a estallar. Aquel 15 m de 2011 acabó, de una u otra forma, en el Gobierno; este 15 m, que parece tan descontrolado como aquel, aunque en el otro lado de la (des)balanza, ¿cómo, dónde, acabará? Aunque cueste creerlo, quizá de la sesión parlamentaria de este miércoles dependan muchas más cosas de lo que inicialmente pudiera pensarse.

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