Diario de una campaña muy larrrrga…

Enviado por Fernando Jáuregui | 23/04/19

Durante más de un mes, este blog se sintió ‘indispuesto’ y no se podían publicar artículos en él. Ahora, corregidas las deficiencias técnicas gracias al magnífico equipo de Joaquín Abad, vuelvo por donde solía, cuando ‘Cenáculos yMentideros’ está a punto de cumplir catorce años de vida, lo que supone que hay mucha Historia de España encerrada dentro.

Los  catorce comentarios que siguen forman parte de un ‘Diario de una campaña muy larga’ y han ido publicándose en los periódicos de la cadena OTR. Con mucho gusto se los ofrezco a los lectores (y a mí mismo, para cuando empiece mis memorias, que será pronto).

Saludos

GRAF3818. MADRID, 19/04/2019.- El candidato de Unidas Podemos a la presidencia del Gobierno, Pablo Iglesias, participa en un acto contra el maltrato animal, este viernes en Madrid. EFE/ J.J. Guillén

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La España excluida de los debates

Enviado por Fernando Jáuregui | 23/04/19

Son cuatro ‘primeros espadas’. Varones. Sin experiencia alguna de gobierno –bueno, los diez meses de Pedro Sánchez en Moncloa han sido más bien casi una campaña de promoción personal–: son líderes de sus partidos, que se pueden definir como organizaciones ventajistas y poco transparentes. Buenos dialécticos. Ningún estadista. Fuera de los debates quedaron la España vacía, la España periférica, la España nacionalista (en los dos sentidos), la España femenina, la jubilada, la estudiante, la parada, la de los empresarios y la de los sindicatos…

Hay una España, e incluyo a Torra, a Oriol Junqueras y a Abascal, qué remedio, que esta excluida de los debates. Y los cuatro contendientes por llegar –o seguir en ella—a La Moncloa no la han tenido demasiado en cuenta, si le digo la verdad, más allá de recordarles para lanzarles algún dardo envenenado. No sé, o no me atrevo a aventurar, quién ganó los debates: cada cual cuenta la fiesta según le va, o quiere que le vaya, en ella. Sé quiénes los hemos perdido. Porque no nos hemos sentido plenamente representados por el cuarteto gladiador.

A mí, en estos debates, me faltan las voces de mujeres relevantes –me faltaron Arrimadas o Ana Pastor, sin ir más lejos–. De políticos autonómicos relevantes: creo que Núñez Feijoo, Urkullu, Juan Manuel Moreno, Miquel Iceta, Emiliano García-Page, Ximo Puig, Fernando Clavijo, Errejón, han estado demasiado silenciosos en esta campaña inane. Menudo Gobierno de concentración regeneracionista se podría hacer con estos nombres, aunque demasiado sé que es imposible. Eché de menos lo que Unai Sordo, José María Alvarez, Antonio Garamendi y hasta Ana Botín o Alvarez Pallete tengan que aportar a la construcción del país. Porque en el Gran Debate sobre cómo modernizar, cohesionar, modernizar España deberíamos tener algo que decir, y no solamente en las redes sociales, todos cuantos quisiéramos hacerlo.

Comprendo que en un debate de las características de los habidos en Televisión Española y en Atresmedia no caben, no cabemos, todos los citados. No soy tan utópico como para plantear el Debate Universal. Solo digo que a mí se me quedan estrechos y pequeños estos juegos dialécticos –necesarios, conste— limitados ‘a cuatro’, más centrados en atacarse entre ellos que en discutir propuestas constructivas para el porvenir, para nuestro porvenir. Lamento que en la campaña electoral no hayan entrado, debatiendo las cuestiones de las que entienden y les afectan, muchas más personas. La regeneración democrática, por ejemplo, que es un apartado siempre dejado atrás, porque los candidatos piensan que a nadie nos importa. ‘Los cuatro’ han acaparado casi todos los focos no solamente en estos dos días consecutivos, sino a lo largo de toda esta larga, muy larrrrga, campaña. Los demás, a mirar.

A mí, en suma, los debates del tipo de los registrados en TVE o Atresmedia me saben a poco. Ni siquiera me emocionan como veterano observador político, y menos como ciudadano. Mi España no es ‘la España de los cuatro’ jinetes de nuestro Apocalipsis. Tres señores con corbatas y uno en camisa, hablando básicamente de ellos. Tampoco la campaña está logrando atraer mi pasión política. Así que soy uno más de los indecisos: faltan cuatro días para las elecciones, tan decisivas, y sigo sin saber –aunque sé a quién no hacerlo—a quién diablos voy a votar. Espero no recordar demasiado la estrechez de estos debates cuando el domingo esté ante la urna, porque capaz sería de volverme a casa sin ejercer mi derecho ciudadano. Y eso sí que no.

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Ganador del debate antes de empezar…¡Fortes!

Enviado por Fernando Jáuregui | 23/04/19

Naturalmente, he de confesar que escribo este comentario antes de que el debate en RTVE hubiese comenzado: los horarios y los espacios, en periodismo, son sagrados. Pero ¿cómo escribir hoy, manteniendo un diario de campaña, sobre algo ajeno al ‘debatazo a cuatro’? Dentro de unas horas, todo serán cábalas acerca de quién ganó, perdió o empató en la confrontación de los cuatro principales candidatos a ocupar la presidencia del Gobierno de España. Y no habrá encuestas sobre cómo influyó en los (muchos) indecisos este primer acto televisivo de este lunes, o el segundo de este martes, simplemente porque ahora las encuestas están prohibidas por una legislación absurda que todos critican y nadie remedia. Así que me cumple escribir sobre algo de lo que estoy, ‘a priori’, seguro: antes de que hubiese empezado, el debate ya lo había ganado su moderador, el periodista de la plantilla de Televisión Española Xabier Fortes.

Desde luego que no me mueve ni dependencia alguna de ‘la casa’ televisiva, en la que ya no colaboro, ni una especial amistad con el pontevedrés Fortes, a quien sí conozco y con quien colaboré un tiempo, comprobando entonces sus cualidades como profesional. Claro que le tildarán, como tantas veces han hecho con quien suscribe, y con muchos en uno u otro sentido, de estar más cerca de la izquierda que de la derecha, o viceversa, e incluso argumentarán con su tradición familiar, por ser hijo de un militar represaliado por ser antifranquista. Bueno, el propio Fortes también fue, por cierto y salvando todas las distancias, represaliado: tras dirigir uno de los espacios nocturnos entonces más en boga en TVE, un nuevo Gobierno –bueno, los designados por el nuevo Gobierno para dirigir el Ente– le envió a informar sobre aguaceros en Galicia, ocupación muy noble, pero sin duda considerada un ‘castigo’ contra la ‘militancia’ del periodista en el díscolo Consejo de Informativos de aquella casa.

Si digo que Fortes ha ganado el debate no es porque haya cumplido bien su papel como moderador –ya lo hizo en el anterior debate a seis de ‘segundos escalones’: y eso que los litigantes se las traían–; cuando escribo solo puedo aventurar, conociendo al personaje, que saldrá lo más airoso posible del difícil lance, que menudos miuras salen al ruedo. Afirmo que ganó antes de empezar porque, si el debate se celebra, se debe en buena parte al coraje puesto en defensa de una televisión pública de calidad, frente al Gobierno y frente a la propia administradora única y ‘provisional’ (ya lleva casi diez meses) de la macro empresa, por un puñado de profesionales de prestigio, entre ellos, destacadamente, el propio Xabier Fortes, o Carlos Franganillo, u otros varios, probablemente muchos, cuyos nombres lamento no poder transcribir al completo.

Creo que el lance, que ha ensombrecido la trayectoria de campaña de Sánchez, con un manejo inhábil del proceso de debates, en el que incluso quiso dejar inicialmente fuera a la televisión pública, ha servido para reforzar la idea de la independencia de RTVE, tan debilitada por la acción de sucesivos gobiernos (del de Rajoy ya hablaremos en su día: hoy no toca, pero vaya si hablaremos). Y, en lo que me atañe como periodista, pienso que también se ha fortalecido el papel de los informadores independientes frente a los poderes, incluso frente a los  poderes propios. Lo que es algo muy relevante en esta era en la que muchos compañeros eligen ocupar un escaño –muy legítimamente, claro—antes de seguir en este duro sacerdocio del periodismo; una era en la que, sin que este fenómeno tenga nada que ver con lo anterior, la libertad de expresión está, me parece, en retroceso.

Por eso creo que Xabier Fortes ha ganado antes del comienzo de la emisión. Y se ha ganado el honroso, y comprometido, papel de moderar un debate en el que faltan voces. Sí, pienso que la de Vox. Y femeninas, entre otras cosas; ya sé que ha habido quien ha dicho que, ya que ninguno de los candidatos a la presidencia es mujer, no habría estado de más que, junto a Fortes, hubiese estado una profesional de prestigio, perteneciente o no a la plantilla, coadyuvando igualitariamente en la moderación, como ocurrirá este martes en Atresmedia. Si de mí hubiese dependido, que desde luego está lejos de depender, qué duda cabe de que se habría dado ese paso.

Puede que los formatos de estos debates hayan de modernizarse, abrirse a las preguntas de la gente y de más periodistas con diferentes talantes, por ejemplo. A mí me hubieran gustado más debates, en los que hubiesen intervenido políticos de raza y relieve, desde Núñez Feijóo a Urkullu, pasando por Arrimadas, Juan Manuel Moreno, Iceta –sí, Iceta–, García-Page, Ximo Puig, o los que ya no volverán, como Javier Fernández o Juan Vicente Herrera. O/y ese ‘cara a cara’ entre el jefe del Gobierno y el líder de la oposición. Pero, claro, visto lo visto, el tener debate, y más aún dos debates, aunque sean ‘a cuatro’, es ya un triunfo sobre los que parecían los designios del Poder, de los poderes. Viva la transparencia.

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Rivera y la otra ribera

Enviado por Fernando Jáuregui | 23/04/19

El único elemento que podría modificar el estado de cosas ante los últimos sondeos aparecidos este domingo – pervive la unánimemente criticada, y jamás solucionada, prohibición de publicar nuevas encuestas en los días previos al acto electoral—es que “Albert Rivera cambie de ribera”. La frase, que me susurra un socialista con quien coincidí el viernes en un mítin, no es simplemente un juego de palabras más o menos ingenioso. Es que solamente un giro del líder de Ciudadanos en los debates que nos aguardan este lunes y este martes, que cruzara el río y pasara al otro lado, revolucionaría no solamente la recta final de la campaña, sino, acaso, el propio resultado de las elecciones del próximo domingo.

Rivera es el centro no solo autotitulado, sino metafórico: el vértice del vértigo. Su nunca bien explicada decisión de asegurar que jamás pactará con el socialista Pedro Sánchez, más allá de que es urgente echarle, pese a que todas las encuestas garantizan mayoría absoluta a una coalición de centro-izquierda (que me parece que los socialistas aceptarían de buen grado), ofreciendo en cambio una coalición al PP de Pablo Casado, pone en serio riesgo la pervivencia incluso de Ciudadanos. Porque todos los sondeos indican que esa coalición PP-C’s, ni aun con Vox, alcanzaría la mayoría absoluta para que el candidato conservador fuese investido. Y muchos en la formación naranja piensan que va a ser muy duro pasar otros cuatro años de travesía del desierto.

La situación que definen los sondeos, de mantenerse la tajante negativa de Rivera a pactar con el ganador, empujaría a Sánchez a repetir el ensayo de la investidura de hace diez meses: gobernar con la ayuda –esta vez a cambio de ministerios—de Podemos, con el PNV y con la no hostilidad de, al menos, el grupo de Esquerra comandado por Rufián. O eso, o repetición de elecciones; y no faltaría, sin duda, quien señalase con el dedo a Rivera por propiciar tanta calamidad.

Claro que también un acuerdo con el PSOE, en el que Rivera se tendría que tragar muchas de sus afirmaciones sobre cómo tratar a los nacionalistas y cómo solventar, a golpe de artículo 155, el problema catalán, pondría a Ciudadanos en peligro de extinción, pese a los bastante buenos –hace cuatro meses eran mejores– augurios que ahora ofrecen a la formación naranja los sondeos de todo pelaje. Pero ¿es la pervivencia del partido más importante que la estabilidad de la nación? Y, por otro lado, ¿no recompensarían los españoles una función moderadora del Gobierno oportunista de Sánchez con, digamos, la presencia de una Inés Arrimadas en la vicepresidencia de un Ejecutivo de coalición centroizquierdista encabezado por Sánchez? Insinúo el nombre de la candidata de C’s número uno por Barcelona entendiendo que la antipatía mutua entre Sánchez y Rivera haría muy difícil la convivencia de ambos en un mismo Consejo de Ministros.

Pero todo esto es, por el momento, algo de política-ficción. Lo previsible es que Rivera no sugiera variación alguna en sus compromisos de pactos en el debate de la noche de este lunes y se aferre a una alianza, coyuntural y táctica, con un PP en el que Casado se ve creo que injustamente tratado en las encuestas, pero que en todo caso sigue por delante en intención de voto sobre Ciudadanos. Sí creo, o quizá espero, que el muy estimable líder naranja comience, en esta primera vuelta de debates, a matizar algo sus tajantes descalificaciones: acusar a Sánchez así, sin más, de doblegarse ante los independentistas, casi también ante los etarras, y propiciar así la ruptura de España, es percibido por la ciudadanía como una desmesura, sugieren los sacrosantos sondeos. Y mira que hay motivos de crítica a los diez meses de Sánchez en Moncloa, y a los dos años anteriores en Ferraz…

Veremos dar muchas vueltas todavía al tiovivo. De cara al sin duda cosmético, sin mujeres, sin Vox, sin los nacionalismos, ‘debate de ida y vuelta’, en TVE y en Atresmedia, no me resisto a reproducir aquí la frase, algo desvergonzada, de Pablo Iglesias en una entrevista a un digital –El Español—este domingo: “Casado, Rivera y Sánchez son guapos y malos; la maldad, normalmente, se esconde detrás de un rostro bello”. Ya tenemos al feo y al/los malo(s). Nos queda por saber quién es el bueno. Seguimos indecisos, pues.

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Cuando estuvieron a punto de volar la ‘tele’ pública…

Enviado por Fernando Jáuregui | 23/04/19

Por si algo faltaba, la gran polémica estalló en torno a la televisión pública, el llamado ente RTVE, que lleva casi diez meses sometido a un estado de excepción, un período como de paréntesis, cuyas últimas razones no hay quien comprenda. El increíble ‘affaire’ sobre si debería o no haber uno, dos, ningún debate, dónde, con cuántos participantes, cayó como una bomba sobre la parte que increíblemente es más débil, Radiotelevisión Española, que todos pagamos y de la que algunos, cuando están en el poder, quieren siempre aprovecharse, mientras los que están en la oposición la acusan de parcialidad a favor del gobernante. Esta vez, desde el propio Ejecutivo, desde La Moncloa en concreto, han estado, a base de olvidarla primero y estrujarla después, a punto de volar la credibilidad de la ‘tele’ estatal, convirtiéndola en gubernamental. Se ha salvado por los pelos, aunque, eso sí, comprometiendo gravemente a esa figura extraña que es la administradora única ‘provisional’ (que lleva nueve meses en el cargo, haciendo buena la frase de que ‘no hay nada más perenne que la provisionalidad’).

Nunca compartí del todo, ni siquiera en los momentos de sesgo más obvio a favor del poderoso, la acusación de que RTVE estuvo, o está, al servicio del Gobierno de turno. Tengo mucho respeto por los profesionales de ‘la casa’, a buen número de los cuales conozco, como para pensar que ellos propicien ‘purgas’ a compañeros, aceptando presiones de ministros o de la propia presidencia, o de cualquier otro… aunque presiones, como las meigas, haberlas las ha habido y ya hemos visto que haylas. Y a veces, he comprobado personalmente en más de una ocasión, antes y ahora, tienen éxito. Que en los tiempos de la secretaria de Estado de Comunicación de la época Rajoy/Sáenz de Santamaría se influyó sobre los responsables del Ente –y de algún medio privado—para quitar o poner a los famosos tertulianos, es un hecho indiscutible. No era la primera vez ni iba a ser la última. Pero, si usted quiere, y ejerciendo algo de cínico, diría que esas prácticas aberrantes estaban casi a la orden del día, se daban, ay, por descontadas.

Lo que nunca entenderé, y eso es lo que ha debilitado la propia idea de por qué es necesaria una televisión pública –que, en mi opinión, lo es–, es el tejemaneje montado para tratar de garantizar la ‘neutralidad’ de RTVE a base de organizar un concurso para seleccionar un candidato a la presidencia de ‘la casa’. Más de noventa se presentaron al famoso concurso, más de una veintena fueron seleccionados para ‘la final’, que eso sí que ha sido un concurso televisivo, y luego nunca más se supo. Así que ahí sigue la señora Mateo, cuyas cualidades alabo sin dudar, pero que ha vencido ya con creces su período de permanencia en el sillón, ejerciendo de ordeno y mando, últimamente contra el parecer del consejo de informativos y de los profesionales más prestigiosos de aquella casa.

Nadie creerá jamás que no ha habido ‘teléfono rojo’ entre el despacho de la administradora y algún despacho monclovita. Y eso sí que ha dañado mucho el prestigio de una RTVE que debería seguir ahí como servicio público, con las líneas de influencia con el Gobierno (y con las oposiciones) cortadas y sometido únicamente a un escrutinio parlamentario que habría de ser inteligente y no sectario, lo cual tampoco iba a resultar fácil, desde luego.

Sé que el debate ‘a cuatro’ ha podido ser el verdugo de RTVE, y sé también que la cadena púbica tiene sobrados profesionales –el moderador entre ellos—con categoría y experiencia más que suficientes para que el espectáculo de este lunes sea un éxito. Como, sin duda, lo será el del martes en una cadena privada. A mí lo que me inquieta es el comportamiento que puedan tener, en esas confrontaciones que deben ser esclarecedoras para el votante, quienes aspiran a representarnos a todos, incluso a los que, de manera difícilmente explicable, no participarán en tales debates. Y espero que uno de los temas suscitados en el primero de estos encuentros ‘a cuatro’ sea qué compromisos se van a adquirir, pero muy en serio, para garantizar que RTVE, que, repito, pagamos todos, no volverá a sufrir atropellos de este Gobierno, o del anterior, o el anterior al anterior…Y así, hasta ¿cuándo?

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Los Sánchez siguen de protagonistas

Enviado por Fernando Jáuregui | 23/04/19

Menudo Viernes Santo. Antes de las nueve de la mañana,  mientras los tertulianos de las cadenas radiofónicas criticaban de manera casi unánime la decisión de Pedro Sánchez de concurrir a un solo debate, en TVE, abandonando su  compromiso previo de ir, el martes 23, al de Atresmedia, saltó la noticia: el PSOE y, por tanto, su secretario general y, por tanto, el inquilino de La Moncloa, daba un nuevo giro de ciento ochenta grados a cuanto había dicho hasta pocas horas antes. Aun considerando que el doble debate “es un error” y que no tiene precedentes en los países democráticos (lo que no es del todo cierto), el PSOE, o sea, Sánchez, aceptaba participar en ambas confrontaciones televisivas, una el lunes y la otra el martes.

Así que, del riesgo de no tener ninguna, pasábamos a dos batallas preelectorales ante las cámaras, con la participación de los cuatro principales candidatos a la presidencia del Gobierno, tres de los cuales, claro, fueron pillados a contrapié por el ‘giro copernicano’ de los socialistas: Sánchez, Pablo Casado, Albert Rivera y Pablo Iglesias. Abascal, claro, se queda fuera, lo que, lejos de lo que pudiera parecer,  sitúa a Vox en una posición de ventaja. Tiempo habrá de analizarlo.

Así que de nuevo en esta campaña trepidante, casi increíble, que sin duda tendrá consecuencias políticas durante mucho tiempo, los titulares de los periódicos digitales hubieron de cambiarse a toda velocidad. Los ánimos de los trabajadores de RTVE, que incluso se soliviantaron públicamente contra la ‘administradora única provisional’ (lleva nueve meses de ‘provisionalidad’) se aquietaban algo y quienes pensábamos, y pensamos, que cuanto más debates ‘educados’ (¿lo serán los de los días 22 y 23?) mejor, quedamos, tras toda la barahúnda suscitada por este ‘affaire’, algo –algo—más contentos.

Sensible al malestar que suscitó el ‘primero digo digo, luego Diego, después dogo, más tarde daga’ de Sánchez a propósito de cómo, dónde, cuándo y con quién celebrar ‘un solo’  debate, el comité electoral del PSOE, que hay que reconocer que llevaba haciendo, excepto en esto, una buena campaña, propició el viraje. Uno, en su desempeño profesional, ya había vivido estas tensiones desde los dos primeros debates entre Felipe González y Aznar, allá por 1993. Desde entonces, temo, hemos progresado muy poco en cuanto a trasparencia, accesibilidad a los medios y talantes democráticos. Hay que regular estos debates legalmente, en defensa de la libertad de expresión; sin embargo, hasta ahora, los dirigentes políticos prefieren afrontar el descrédito que estas trapisondas les producen.

Pero bien está lo que bien acaba, y por fin ahí están los dos debates. Y otras novedades casi simultáneas: la rueda de prensa del preso y candidato Jordi Sánchez desde la cárcel de Soto del Real, con fondo impuesto de bandera española y retrato del Rey, un fondo que este ‘otro’ Sánchez, candidato de la puigdemonista Junts per Catalunya y ex líder de la Assemblea, aceptó. Este ‘hito periodístico’ suponía un precedente inmediatamente seguido, este viernes de dolores, por Oriol Junqueras: otra comparecencia carcelaria, retransmitida en directo por varios digitales, radios y teles.

Ya digo: esta campaña está llena de hechos sin precedentes y de acontecimientos que eran  inimaginables cuando, en junio de 2016, se celebraron las últimas elecciones generales. Mucha agua ha corrido bajo los puentes, han ocurrido muchas cosas, bastantes de ellas por completo indeseables. Y todas se reflejan en la campaña, guste o no guste a muchos, quizá a la mayoría.

Las cosas son como son, y Junqueras podía presentarse como la persona a la que las encuestas dan como más probable ganador de las elecciones en Cataluña, al tiempo que parecía tender una mano a Pedro Sánchez, porque Esquerra quiere evitar  a toda costa ‘un Gobierno de las derechas’. Sí, va a haber mucho que debatir en las ‘cumbres televisivas’ de los próximos lunes y martes. Esa España nueva que, a golpe de contradicciones y sobresaltos, se ha ido forjando en los últimos meses de intensa crisis política, ha de ser debatida constructivamente –insisto: con planteamientos e ideas nuevos, no con ataques de unos contra otros– por quienes aspiran a gobernarla, si no queremos que el país entre en almoneda.

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Y ¿por qué no dos, tres, debates?

Enviado por Fernando Jáuregui | 23/04/19

La política tiene algo de espectáculo. Diría, incluso, que debe tener algo de espectáculo, entendido este en el mejor sentido de la palabra. Hay que involucrar al elector, hacerle cómplice a la hora de transmitirle mensajes. A menos, claro, que el mensajero no se crea lo que tiene que comunicar al público. Por eso, nunca he entendido, sino como elemento de sospecha, la reticencia del hipotético ganador en las encuestas a someterse a debates con sus adversarios: esos teóricos ganadores siempre creen, quizá porque desconfían de su mensaje, que tienen más que perder que algo que ganar. Y, claro, ganar, ganar, es la meta suprema, casi la única, temo.

Los espectadores, que ya se ha comprobado que amamos un buen –incluso uno malo—debate más aún que un partido de futbol, reclamamos, se escucha en la calle, en nuestras tertulias de amigos esta Semana Santa, en todos lados, un debate de ida y otro de vuelta. Al menos. Si puede ser, con participación de otros partidos, incluso hoy extraparlamentarios, pero que irrumpen con fuerza en las encuestas. Sí, creo un error excluir a Vox, cuya presencia en el Congreso de los Diputados, y no digamos ya en mi Gobierno, temo: la cuestionable decisión de la Junta Electoral Central da al partido de Abascal el beneficio de poder jugar al victimismo, que es lo que a los ‘voxeros’ les encanta a la hora de distinguirse de ‘los de siempre, los instalados, de un statu quo que nos ha llevado hasta aquí’. Y, para que de veras lleguemos a conocerlos, más allá de los clichés de las banderas al viento y el galope en los corceles, hay que confrontar sus programas. Verlos al margen de los mítines de entusiastas, donde exhiben su aire de legionarios.

No, no acabo de entender la irrupción de la JEC en lo que afecta a una empresa privada y a la oferta-demanda en ese espectáculo de la política. Me alegra que la televisión pública tenga ocasión de reivindicar su papel a la hora de satisfacer eso, un servicio público, y un debate lo es. Pero creo que ese papel, que también están dispuestas a hacer las demás ‘teles’, no debe circunscribirse exclusivamente a RTVE, que, menos mal, dará la señal y la imagen del debate a quien quiera aprovecharlo. Mejor ver eso que el almibarado espectáculo de Bertín recibiendo en su casa a candidatos portadores de chuletones y pimientos rellenos.

Y sí, claro que nos gustaría asistir a un ‘cara a cara’ entre el presidente y muy probable ganador de las elecciones y el actual líder de la oposición. Nos gustaría, como antaño se hacía de manera mucho más liberal, que todos los candidatos de importancia, o incluso de interés, pudieran ser entrevistados y ‘debatidos’ en las distintas ‘teles’. Sin que la JEC ponga obstáculos y sin que La Moncloa, Ferraz, Génova, Roures, Rosa María Mateo, o quien sea, puedan interponer exigencias, si fuera el caso.

Para eso, claro, haría falta una normativa que permita una mayor libertad (sí, también de expresión) que ahora y que impida que el ‘candidato principal’ se escaquee. Y que los otros candidatos, desde luego, no aburran ni irriten al personal, como ocurrió esta semana con el ‘debate a seis’ entre  ‘segundones’ y ‘faltones’. Es urgente recuperar la dignidad de la acción pública de quienes aspiran a representarnos. Y son ellos mismos quienes, en primer lugar, han de hacerlo.

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Vamos a peor, es de temer

Enviado por Fernando Jáuregui | 23/04/19

Vamos a peor. Quizá económica, moral y socialmente también. Pero, desde luego, políticamente. Y mira que era difícil empeorar en el marasmo de crisis política que arrastramos desde 2015. Si usted lo duda, no tiene sino que analizar el temario –es un decir—del debate ‘a seis’ que se celebró en la noche del martes en TVE. Y es que había muchos asuntos que jamás habían sido debatidos –es otro decir—anteriormente: nunca se había hablado en una campaña electoral de lazos amarillos, ni de mítines en las cárceles, ni de ‘presos políticos’ (ni de políticos presos), ni de indultos o no para golpistas, ni de si 155 sí o no. No hubo tiempo para ideas que sirvan para mejorar y modernizar el país y la vida de los españoles: estaban todos/as demasiado ocupados/as en el ataque mutuo, en que si usted ampara a los violadores (¿?), en que si el feminismo…

Me entraron ganas, si hubiese estado allí, claro, de preguntar “oigan y ¿qué hay de ,o mío?”. Pero ni usted, ni usted, ni yo, tuvimos oportunidad de preguntar a tan importantes señores/as. Uno, al fin, es apenas un cotizante que vota y paga los sueldos de los que allí estaban, bien moderados/as, por cierto, por Xabi Fortes, que arrostró cual marino gallego los embates de la televisiva batalla.

Pero fue el único consuelo. Recordé que en otros debates anteriores –yo contribuí a preparar el primero entre Felipe González y Aznar, allá por 1993—nadie atacaba la figura del rey y, si así hubiese sido, se habría defendido al jefe del Estado.  Ni había chapas separatistas en ninguna solapa. Claro que tampoco había un interviniente como Gabriel Rufián, que va a encabezar en el Congreso de los Diputados, presumiblemente, un grupo parlamentario de, dicen las encuestas, dieciocho personas. Así que la bronca registrada en el debate televisado va a ser nada en comparación con las que vamos a ver en la Cámara Baja en la próxima Legislatura. Si es que hay próxima Legislatura y no repetición de elecciones, claro.

El caso es que, de momento, el debate son los debates. Que si la Junta Electoral Central se pasa a la hora de intervenir y prohibir (yo creo que así es). Que si Vox tiene o no derecho a intervenir: menuda prima para Abascal, que ahora va de víctima. Ya que no sale en la caja tonta, anda la formación muy derechista –¿se dice así?—enviando cartas a los electores: “la nación está en peligro”. “Los medios de comunicación se han convertido en instrumentos de propaganda al servicio del poder establecido”, dice la carta de Abascal, preludiando malos tiempos, si Vox logra propiciarlos, para periodistas ‘malos’, quizá como quien suscribe.

Dicho esto, yo hubiese permitido a Vox participar en el debate. Que saque a la luz su verdadero yo. ¿Para esto, para sufrir un revolcón a manos de la JEC,  se ha dado una patada a la ya magra reputación de la televisión pública para favorecer a la privada? Si no es para albergar debates electorales y ofrecer la señal a todas las demás ‘teles’, ¿para qué nos gastamos el dinero en los medios públicos? Va siendo urgente regular los debates por ley, a base de fomentar, y no restringir, la libertad de expresión y de acción en las teles privadas, y no amordazar a las públicas. Pero claro, son tantas las cuestiones que necesitan reflexión y mejora, cuestiones que, por cierto, nunca aparecen en los debates, que para qué perderse en enumeraciones. No hay espacio para el listado.

Visto lo visto, ¿qué podemos esperar del debate del día 23, quede como quede el formato finalmente? Pues eso: mucha bronca. Las ‘derechas’ frente a las ‘izquierdas’. O casi todos contra Pedro Sánchez, que se va a beneficiar de la situación, claro, a poco hábil que se muestre. La campaña se centra en la televisión, cosa, por lo demás, lógica. Pero que incita a la banalidad. O sea: ¿vamos a mejor? Pues no creo. Ya nos decía Pablo iglesias el otro día en una entrevista (en una cadena privada) que “si dices una gilipollez, sales en el telediario”. Si lo sabrá él.

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Somos plurinacionales o no, esa es la cuestión

Enviado por Fernando Jáuregui | 23/04/19

La tragedia de Notre Dame, que nos afligió el corazón durante horas y lo seguirá haciendo durante años, impidió quizá analizar con atención el giro que, de nuevo, dio este lunes Pedro Sánchez a la campaña. Hace poco más de un mes, el presidente del Gobierno y secretario general del PSOE presentaba una suerte de pre-programa electoral con los ‘110 compromisos con la España que quieres’. Algunos le reprochamos las omisiones, concretamente el que el folleto no contemplase para nada la palabra ‘Cataluña’. Ahora, los socialistas lo han remediado (a su manera), con un segundo programa, poniendo una vez más ante nuestro ojos la radical incompatibilidad en las recetas entre la derecha y la izquierda a la hora de tratar la espinosa cuestión de la territorialidad. Dos maneras muy diferentes de concebir España; ni más ni menos.

Lo detecten o no las encuestas, este de la territorialidad es el principal problema de fondo de una nación que, claro, como todas las demás, tiene muchos problemas. Pero la precariedad del concepto del Estado es algo casi intrínseco a esta nuestra España. Y ni la centralización forzosa de Franco ni la relativa descentralización que supuso el Título VIII de la Constitución, y menos los parches que se han ido poniendo posteriormente tratando de taponar las grandes heridas, nos han resuelto el dilema de si España es un Estado ‘nacional’ o ‘plurinacional’.

Pedro Sánchez, siguiendo en esto la estela de Zapatero, habla de plurinacionalidad, entendiendo, creo, que resolver la cuestión del secesionismo catalán, que es grave, es algo que solo puede hacerse atendiendo al conjunto del territorio: hay que redefinir el Estado autonómico en general, empezando por la financiación y entendiendo que el nuestro es un país especialmente heterogéneo y que cada autonomía tiene sus propias apetencias y necesidades. Quizá no se pueda, ni se deba, tratar a las diecisiete Comunidades de la misma forma, sugieren los socialistas. Que es, por otro lado, lo que vino a sugerir una no bien comprendida propuesta de Iñigo Urkullu, que habló de diecisiete conciertos y cupos, es decir, una negociación bilateral como de la que disfruta el País Vasco, pero ‘a diecisiete’.

De ahí se pasa, sin solución de continuidad, a la radical diferencia de tratamientos al independentismo catalán: desde Ciudadanos y el PP –no digamos ya Vox—se cree en medidas represivas, simbolizadas en una aplicación ‘dura’ y permanente del ambiguo artículo 155 de la Constitución. Desde el PSOE hemos oído hablar, por primera vez en mucho tiempo, de una propuesta de profunda reforma constitucional. Hay que repetirlo y es de agradecer que se haga en campaña: el Título VIII ha de quedar mejor definido, como tantas otras cosas fundamentales que navegan en la ambigüedad en este país nuestro.

En este marco, acusar a Pedro Sánchez, sin más, de ‘connivencias con los separatistas’ y de proponer ‘más autonomía y menos España’, como he leído en algunos titulares, me parece muy arriesgado. Lo peor de Sánchez es que ya renuncia a buscar el consenso y cierra el diálogo con ‘el rival’, que a eso se ha reducido la cosa: ellos, los halcones, y nosotros, las palomas. Pero es cierto que el palo no solucionará el problema del país, como tampoco la indefinición ni solamente la zanahoria: si se quiere proponer un programa de veras eficaz para repensar España habría de hacerse desde todos los planteamientos constitucionalistas. Y urgiendo un acuerdo, un nuevo ‘abrazo de Vergara’ nacional.

Y, en ese sentido, la absoluta disparidad de recetas no contribuye precisamente a una mejora, a una regeneración, como me parece que está resultando evidente en esta campaña electoral dislocada que estamos viviendo. El incendio que vivimos en España no es rápido, puntual, trágico como el de Notre Dame: el nuestro es soterrado, sin llamas visibles, casi metafórico y afecta al conjunto de este secarral al que amamos tanto y que se llama España.

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Dardos contra Felipe VI

Enviado por Fernando Jáuregui | 23/04/19

En Vic lanzan dardos, como un juego, contra un cartel con la imagen de Felipe VI; un vídeo electoral de Esquerra Republicana de Catalunya, muy difundido por TV3, arranca la cabeza del Rey de una fotografía; Pablo Iglesias ‘celebra’ el 14 de abril con un mítin republicano que es, en el fondo, una enmienda a la totalidad de la actual Constitución monárquica, esa que el presidente del Gobierno con quien Podemos aspira a coaligarse ha prometido defender y respetar. Y luego están los ‘lazos amarillos’ y la bronca contra Albert Rivera en Rentería, como si no tuviese derecho a entrar siquiera en la ciudad. Hay, en resumen, como un aroma antisistema en distintos ángulos de la campaña. Y la seguridad de que en el próximo Congreso de los Diputados habrá bastantes escaños en los que se abogue por una nueva forma del Estado.

Y no, eso no se remedia ni con la aplicación del artículo 155 ni, como ha propuesto Pablo Casado, sancionando penalmente los pitidos al jefe del Estado. Esto no se arregla, creo, meramente con medidas represivas. Pero, entonces, ¿cómo?. Nadie nos propone remedios: pienso que la campaña está pasando como de puntillas por el ‘desarme’ moral que experimenta una España que, por el otro lado, va involucionando. Jamás me pareció tan claro el pálpito de las dos Españas. Jamás, supongo, la Monarquía estuvo menos y peor defendida que ahora.

Creo que ni la alianza ‘de las derechas’ ni una repetición del ‘gobierno Frankenstein en la sombra’ que repita la actual mayoría que sustenta a Pedro Sánchez serían la solución para atenuar esa dualidad y paliar los peligros que acechan al ser de la nación. Hace años que vengo sosteniendo la conveniencia de una gran coalición constitucionalista, reformista y regeneracionista, que, en una Legislatura, aunque sea acortada, emprenda las muchas reformas en pro de una democracia mejor, de un país más moderno y justo, que el país necesita. La famosa segunda transición. Pero ya vemos que ese gran acuerdo está cada día más lejos: el encono con el que los adversarios electorales se atacan va mucho más lejos de lo exigible en una campaña. Ahora, lo último que nos faltaba era ese ‘no es no’ de Albert Rivera a un futuro acuerdo con el PSOE: algún dirigente ‘naranja’ dice, incluso, que mejor una repetición de elecciones que un acuerdo con Sánchez.

Ocurre, no obstante, que no hay un solo trabajo demoscópico serio que no nos indique que solamente un acuerdo entre PSOE y Ciudadanos generaría un Gobierno estable y alejado de los enemigos del ‘sistema’ y de los extremos. Lo cual significa, supongo, que los ciudadanos apuestan por esa salida: creo que el líder de la formación naranja no tendría derecho a cerrar ese camino alegando, contra lo que los sondeos indican que es la voluntad de los españoles, que lo urgente es ‘echar a Sánchez’.

España necesita una reconstrucción anímica y la seguridad de que las tendencias antisistema quedarán lejos de cualquier posibilidad de alcanzar alguna parcela de gobierno. Hay que evitar que el actual inquilino de La Moncloa pueda sentir la tentación de seguir en un puesto (que obviamente le encanta) a toda costa, es decir, con aliados poco deseables para los intereses de la nación. Piénsenlo de nuevo el señor Rivera y quienes, en su entorno, le influyen.

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