‘Ellos’ quieren un ‘Mandela a la catalana’

Enviado por Fernando Jáuregui | 18/08/18


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(Forn, quizá a su pesar, se está convirtiendo en un símbolo para un independentismo militante del que él acaso ya nada quiere saber)
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Quizá no se haya reparado suficientemente en ello: el president de la Generalitat, Quim Torra –apretón de manos con el Rey, mirándose a los ojos, sin sonrisas por supuesto–, acudió a la ceremonia en la plaza de Catalunya para homenajear a las víctimas del atentado yihadista hace un año en La Rambla y en Cambrils acompañado de Laura Masvidal. Sin lazo amarillo en la solapa, pero sí con una chapa en la que podía verse el retrato del marido de la señora Masvidal. O sea, el ex conseller de Interior Joaquim Forn, en prisión preventiva desde noviembre por su presunta participación en el intento de golpe de Estado secesionista.

Quisieron, creo que sin razón, las crónicas del separatismo ver que el Monarca se quedó mudo ante la presencia de la señora Masvidal, quien habría recordado al Rey que no era ella, sino su marido, al que este viernes se quiso homenajear por la actuación de los ‘Mossos’ ese día de tragedia más aún que a las víctimas, quien tendría que haber estado allí, ocupando la fila de las autoridades. Una fila en la que las negociaciones del protocolo, difíciles, intensas, trataron de no aproximar demasiado al jefe del Estado y al president de la Generalitat. Para evitar que se repitiesen, sin duda, los actos de descortesía con el Monarca, como el del vicepresidente del Parlament, Josep Costa, quien se negó a darle la mano. Algún día, sin duda, habrá que hacer la ‘intracrónica’ de lo que fue un acto de homenaje a las víctimas que, pancartas y algún conato de incidente aparte, resultó bastante sereno.

Los independentistas buscaron, sin duda, evidenciar su ausencia por la mañana: ya se lo cobrarían por la tarde, ante la prisión de Lledoners, en Sant Joan de Vilatorrada. Allí se congregaron algunos miles para exigir la libertad de Forn y de Oriol Junqueras, que también recibían, dicho sea de paso, un clandestino homenaje en el interior de la cárcel, donde están beneficiándose, dicen, de un espléndido tratamiento.

Forn se convertía así en protagonista, quizá involuntario, de la ‘jornada política’, pese a su expresado deseo, compartido con el ex mayor de los Mossos Josep Lluis Trapero, de que nadie le utilizase en un día que debería haber correspondido en exclusiva a las víctimas. Y es que, aseguran, ambos están hartos. Tan hartos que, al menos el primero, ha asegurado al juez Llarena, a quien inútilmente han pedido la excarcelación de Forn desde varios estamentos, incluyendo al anterior fiscal general del Estado, que no piensa seguir en política. Todo en vano, porque Llarena ha decidido, hasta ahora, mantener en prisión a Forn. Y a Junqueras, por supuesto.

Claro, un intento de golpe de Estado, en el que sin duda habría participado Forn, responsable de la actuación sectaria de los Mossos el pasado mes de octubre, tiene que tener una calificación penal –llámese sedición o, más polémico, rebelión— y el correspondiente castigo. Pero eso debería ser tras el juicio y la sentencia definitiva, no con una prisión provisional que, a juicio de este cronista –y de muchos más, entre los que se cuentan varios miembros del Gobierno central y la propia delegada del Ejecutivo en Cataluña, Teresa Cunillera–, ya se va prolongando demasiado. Sobre todo, en casos como el de Forn, cuya puesta en libertad (provisional) se ha pedido desde la Fiscalía por ‘razones humanitarias’, acerca de las cuales he escuchado bastantes rumores y tengo pocas certezas.

Y, desde luego, convertir a Forn o a Oriol Junqueras en un ‘Mandela catalán’ es un riesgo que se bordeó el viernes por la tarde en Lledoners, y que algunos secesionistas jaleaban sin pudor en las últimas horas, pese a que nada tenga que ver el caso del admirable pacifista surafricano con el tema que nos ocupa. La propia señora Masvidal, en ese acto vespertino, que sin duda era, de la mano inexperta de Torra, todo un desafío al Estado, lanzó su propia proclama, desoyendo seguramente los deseos expresados por su marido.

Y así hemos quedado, con las espadas en alto tras una jornada, la del viernes, agridulce y que marca el regreso hacia un otoño políticamente caliente, con una Diada en perspectiva que será lo que ha sido siempre, pero esta vez con muchos, muchos, lazos amarillos. Porque los presos, políticos presos para nosotros, presos políticos para ellos, siguen siendo, mucho más que ‘el huído’, el gran problema que obstaculiza el diálogo que, desesperadamente tal vez, quisiera iniciar Pedro Sánchez. Incluso sabiendo de sus posibilidades de derrota con el fanatismo irreflexivo que hoy está representado nada menos que en el Palau de la Generalitat por alguien que quiere lucir el título de molt honorable y que, hasta ahora, no lo ha merecido. Nunca merecen títulos de honor quienes propician los choques de trenes que van llenos de pasajeros.

fjauregui@educa2020.es

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Estas cosas van en el sueldo del Rey, y él lo sabe

Enviado por Fernando Jáuregui | 17/08/18

—Las pancartas, la soledad ante la descortesía de las autoridades de la generalitat, era lo menos que el Rey podíaesperar)
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Pues claro que el Rey sabía que iba a sufrir la mala educación –por decir lo menos—del president de la Generalitat, Quim Torra, a su llegada y a su salida del acto de apoyo a las víctimas del atentado yihadista de hace un año. Claro que sabía de antemano que se le iba a hacer un cierto vacío por parte de las autoridades independentistas, que reivindican la proclamación de la República de Catalunya. Claro que sabía –me parece que todos esperaban, esperábamos, cosas mucho peores—que alguna pancarta habría en los alrededores de la Plaza de Cataluña rechazando la visita del jefe del Estado a un territorio de ese Estado.

Por eso mismo, tuvo el coraje, inevitable e insoslayable, de acudir a esa concentración, que, al final, gracias a la que me parece que ha sido una labor protocolaria al menos eficaz, terminó, ya digo, mejor de lo que era de suponer: no había esteladas, hubo pocos gritos y el desaire de Torra, que apenas saludó brevísimamente al Monarca, fue más dirigido contra sí mismo que contra la persona de Felipe VI.

Todo ello no significa que el jefe del Estado haya mejorado su relación con el mundo independentista; lo que no puede ser, no puede ser y es, además, imposible. Pero creo que el Rey ganó esta difícil batalla en Barcelona: de ninguna manera podría no haber asistido y creo que, todo comprendido, el resultado debería ser razonablemente satisfactorio para los responsables de la imagen del Rey en La Zarzuela y en La Moncloa, que saben que, al menos, salvar esa imagen es salvar los muebles, que era de lo que se trataba este viernes.

Otra cosa son los errores de Pedro Sánchez en las redes sociales; o las declaraciones excesivamente partidistas de algunos políticos, por mucho que insistiesen en que este aniversario era ‘el día de las víctimas’. Cuando la sensibilidad está tan exacerbada, tan a flor de piel las heridas, resulta muy difícil no equivocarse, aunque sea con la mejor voluntad. Incluso, a veces, las asociaciones de víctimas, tratando de imponer tal o cual fórmula para ‘sus’ actos, yerran.

A mí, lo que me importa es que Torra, que dijo que él no compartiría este acto con el Rey, lo compartió, e incluso ambos aplaudieron al unísono las mismas, expertamente seleccionadas, piezas musicales. Lo que me importa es que esas ‘asociaciones civiles’, como Omnium o la Assemblea, que siempre son las encargadas de montar las algaradas amarillas, aguardaron hasta la tarde para hablar de sus ‘presos políticos’. Lo que me importa es comprobar que la labor de esos negociadores, que lograron mantener un cierto equilibrio, siempre relativo, claro, en un acto con perfiles políticos peligrosísimos, podrá, quizá, continuarse en otras negociaciones que acaso lleven, algún día –¿por qué negarse a soñar?—a un ‘pacto de connivencia’. Como el que suscribieron, hace cuarenta y un años, Adolfo Suárez y Josep Tarradellas.

Cuando se es de veras inteligente, se empiezan negociando los protocolos, que es acaso lo que más fricciones causa entre los humanos, y se acaban negociando los acuerdos que garantizan la estabilidad política. Reconozco que afronté la jornada de este viernes embargado por el pesimismo y, ya ve usted, la concluí moderada, muy moderadamente, esperanzado. A ver si es verdad.

fjauregui@educa2020.es

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Una encuesta triunfal más para Pedro Sánchez

Enviado por Fernando Jáuregui | 16/08/18



Las encuestas, para lo que valgan, son muy esperanzadoras para Sánchez. Como antes lo eran para Rivera y, antes, para Rajoy. Acuérdate, Pedro, de que eres mortal)
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Todavía no ha cumplido sus primeros cien días de mandato, esos que sirven a los medios y a la opinión pública para poder, dicen, juzgar ya con alguna perspectiva lo que ha hecho y no ha hecho un Gobierno, pero ya Pedro Sánchez se ha encaramado al podio de las encuestas. Una tras otra, sitúan al Partido Socialista liderando claramente la intención de voto de los españoles, ahora con el Partido Popular a la zaga y Ciudadanos y Podemos patentemente distanciados de lo que algunos, precipitadamente, podrían considerar un retorno del bipartidismo.

No sé si es tanto el ’efecto Sánchez’ cuanto lo que ha ocurrido y está ocurriendo en las demás formaciones: el PP acaba de salir de un terremoto interno de gran calibre, pero parecería –seamos cautos—que con Pablo Casado se remonta la intención de voto; Ciudadanos, que lideraba las encuestas hace dos meses, parece haber entrado en la atonía, tras haber gestionado mal, muy mal, su cuarto de hora de protagonismo demoscópico. Y, en cuanto a Podemos, circunstancias personales de su líder –en las que acompañamos su esfuerzo—y una serie de errores sin cuento de los ‘segundos escalones’, hacen que cunda la impresión de que la formación morada está destinada a convertirse en un ‘fiel (¿?) aliado’ del PSOE para las aventuras ‘de las izquierdas’, entre ellas esa rumoreada subida de impuestos, que, confiemos, sea gestionada con mejor tino que la crisis televisiva, el autobombo con el ‘Aquarius’, lo de la gasolina Diesel o lo del mausoleo de Franco.

Sí, porque, típico en este país nuestro, a veces tan superficial, Sánchez se beneficia en los sondeos no solo de la insoportable levedad del ser de los demás, sino de sus propias campañas de imagen. Puede llegar a convertirse en rehén de sus propios asesores en la materia, que constantemente parecen proponerle cosas que, disipados los humos del fuego de artificio, quedan luego en concreción cero. Pero ya hemos visto, y al propio Albert Rivera me remito, lo que vale ganar una etapa en la montaña de la demoscopia: te pueden birlar el maillot amarillo en un descenso arriesgado, casi suicida, si ese descenso, claro, sale bien y no te estrellas en la cuneta.

Llevo ya algunos años realizando encuestas y sé que no son ninguna ciencia matemática. Una vez más, a Pedro Sánchez, a quien, en medio de las críticas, hay que reconocerle algunos pasos acertados –vamos a ver lo que ocurre con el ‘diálogo’ con el secesionismo catalán: este viernes puede ser importante…o catastrófico— habría que recomendarle que, como los aurigas vencedores en el coliseo romano, se haga preceder por alguien que le espete ‘recuerda que eres mortal’. Lo que ocurre es que a ver quién se atreve, con lo crecido que está nuestro presidente a golpe de ganar en las encuestas.

Pero ni la guerra del PSOE está ganada, ni el bipartidismo ha vuelto para quedarse: de esta solo saldremos, en un futuro no lejano, con un Gobierno de coalición, de centro-derecha o de centro-izquierda. Que elijan Sánchez, Casado y Rivera por dónde quieren circular en los meses, tan importantes, que nos vienen.

fjauregui@educa2020.es

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Solo hace un año y mire usted lo que ha pasado…

Enviado por Fernando Jáuregui | 15/08/18


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(que estas fotos sean ya irrepetibles evidencia que aquí han ocurrido demasiadas cosas y que el clima política, si cabía, ha empeorado en lo referente a Cataluña))
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‘Aquella’ fotografía es la de la plaza de Cataluña, abarrotada, un 27 de agosto de 2017. Un año ha pasado desde aquel momento de dolor masivo ante el atentado yihadista diez días antes en La Rambla y en Cambrils, con un balance de dieciséis muertos y centenares de heridos. En la imagen, el Rey, entre Puigdemont y Mariano Rajoy, con Soraya Sáenz de Santamaría y Ada Colau en ambos flancos, a la cabeza de una manifestación de dolor y repulsa por el crimen. En la segunda fila se puede ver a Rull, Romeva y por algún lado andaba por allí también Oriol Junqueras. Ví una pancarta –conviviendo con muchas esteladas– en la que se leía “España, contra el terrorismo, gracias Majestad”. Uno, al ver entonces estas imágenes, ya podía pensar en que difícilmente podrían repetirse. Lo que nadie, nadie, ni siquiera, desde luego, los protagonistas más destacados, podría haber imaginado era que en apenas un año iban a pasar tantas cosas, tan dramáticas.

Todo cambió en un año. Ni Puigdemont, dice él que en el exilio, ni Rajoy, de vuelta a su condición de registrador, ni Sáenz de Santamaría, que a saber dónde parará políticamente, ni, desde luego, los de las segundas filas, huidos o encarcelados tras todo lo que ocurrió en el nefasto mes de octubre, podrán regresar a la vida política, por mucho que el ex president de la Generalitat se empeñe en decir que él sigue siendo el ‘titular’ del cargo: no volverá a él porque lo que no puede ser, no puede ser y, además, es imposible.

Se me hace difícil vaticinar cómo será la fotografía de este año en la plaza de Cataluña. ¿Saludará el nuevo president de la Generalitat, Quim Torra, al jefe del Estado, que es, con Colau, el único superviviente de la fotografía de agosto de 2017? Porque lo cierto es que hace un año, en su encuentro en el Palau de la plaza de Sant Jaume, antes de iniciarse la marcha, Puigdemont y Felipe VI pudieron departir con cierta cordialidad; ahora, Torra ha declarado enfáticamente varias veces que ha roto relaciones con la Jefatura del Estado español y que el Rey no es bienvenido a Barcelona. Y Junqueras, que tan bien llegó a llevarse con la entonces vicepresidenta Sáenz de Santamaría durante aquella frustrada ‘operación diálogo’, está en la cárcel. Otra fotografía, aquella de la inauguración del World Mobile Forum, en la que, ante el Monarca, Junqueras posa su mano amistosa en el hombro de doña Soraya, que, desde luego, tampoco volverá a repetirse.

No sé si existe siquiera algún rescoldo de aquella ‘operación diálogo’ tras el encuentro del pasado 9 de julio en La Moncloa, correcto aunque no creo que demasiado cordial, entre el presidente del Gobierno central y Torra. Si las delegaciones negociadoras que entonces se formaron han avanzado algo en concreto, la verdad es que se nota poco, aunque también reconozcamos una palpable bajada de la tensión en la animosidad contra la visita, dentro ya de pocas horas, de Felipe VI a Barcelona, esta vez acompañado por Pedro Sánchez. ¿Qué se van a decir en este nuevo encuentro, protocolariamente tan difícil, un Sánchez con la mano tendida y un Torra que no ha producido hasta ahora sino desplantes?

El otoño se presenta caliente, en buena parte por culpa de las presiones independentistas que quieren, un año más, beneficiarse de las concentraciones masivas en la calle, comenzando por la de la Diada el 11 de septiembre. La CUP y los CDR han anunciado que quieren “paralizar” Cataluña, o al menos Barcelona, exigiendo, en el aniversario de la matanza yihadista y, luego, de cuanto ocurrió a lo largo del lamentable mes de octubre, la salida de la cárcel de los ‘presos políticos’ y el avance hacia la ruptura independentista con España. Torra tiene la posibilidad de hacer lo que entonces no se atrevió a hacer Puigdemont aquel 27 de octubre en el que estuvo a punto de convocar elecciones: evitar esa ruptura.

Me dicen –no me consta personalmente porque no he tenido contactos con fuentes directas en las últimas semanas—que Pedro Sánchez está esperanzado en que no llegue la sangre al río, perdón por la expresión, este otoño. Que se podría llegar a algún acuerdo de mínimos, salvando el tremendo escollo de los políticos que aún permanecen en prisión. Pero nadie dice cómo podría llegarse a ese ‘pacto de conllevanza’, como Adolfo Suárez pudo llegar, bien es cierto que en otras condiciones, a un acuerdo con Tarradellas, acuerdo que extendió su beneficiosa influencia durante treinta años. Y que nadie me venga con que Sánchez no es Suárez ni Torra es Tarradellas: lo importante ahora es la voluntad negociadora, no medir tallas políticas que, obviamente, no son las mismas.

Por eso me pregunto qué ocurrirá este viernes en la que antes se llamaba Ciudad Condal. Si Sánchez aprovechará la ocasión para volver a citarse, donde sea, con Torra. Quién –¿Ada Colau?—actuará de intermediario para que el Rey y Torra se estrechen la mano, aunque sea mirando hacia otro lado. Qué equipos armarán el protocolo para que, al menos, se honre a las víctimas, en el fondo tan olvidadas en el fragor de la batalla política, y no se permita el desbordamiento del fanatismo de algunos de los manifestantes.

Y me pregunto también cuáles han sido, son, los interlocutores con la Assemblea Nacional de Catalunya y con Omnium Cultural para evitar que la protesta contra el Rey vaya demasiado lejos: porque no puede tampoco el Gobierno central, que está apoyando de manera clara a Felipe VI en este trance, permitir que nadie olvide que el jefe del Estado se halla en ‘su’ territorio, que es, al fin y al cabo, una parte de España.

Pues eso: que a ver qué pasa este viernes, una jornada destinada a ser histórica. Y ojalá que la fotografía de un encuentro, con otros protagonistas, al menos enmarcado en la cortesía democrática, sea la que, a continuación, cope las portadas de los medios. Tengo mis dudas, pero me resisto a perder la esperanza.

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¿Víctimas?¿Qué víctimas?

Enviado por Fernando Jáuregui | 14/08/18

Lo sabíamos, pero nunca se había puesto tan de manifiesto como este verano, lleno de gritos y huero de hechos contantes y sonantes. Pienso en ello cuando busco los nombres de los muertos y heridos por el atentado yihadista en Barcelona y Cambrils hace ahora exactamente un año: es obvio que la polémica política que provoca en los independentistas la presencia del Rey este viernes en los actos conmemorativos de ese luctuoso hecho supera con mucho al interés que tanto la Generalitat como el Gobierno central parecen mostrar por los dolientes. Los propios medios se muestran, nos mostramos, mucho más afanosos en acreditar o desacreditar la acción de los Mossos en aquellas fechas, vía un sumario judicial que se ha filtrado demasiado pronto y quizá demasiado oportunamente.

Claro que da la impresión de que siempre es lo mismo. La un poco bochornosa pelea entre Ayuntamiento de Vigo, Xunta de Galicia e incluso Ministerio de Fomento a cuenta de la responsabilidad última del accidente ocurrido en la madrugada del domingo al lunes en esta ciudad, que dejó más de trescientos heridos –parece, a Dios gracias, que ninguno de extrema gravedad—, lo certifica como un ejemplo más. Lo importante es achacar responsabilidades al rival político, actitud que nos evoca demasiados precedentes: la culpa siempre es del otro y el ‘y tú más’ es la ‘ratio’ suprema en el debate entre los políticos, que emplean sus manos en abusar del índice acusador y no en ponerse a trabar en beneficio de los perjudicados.

Y, ya digo, así siempre. Se trate de las pobres gentes del Aquarius, que a su desgracia unen el ser sujetos pasivos de la manipulación de los fuegos artificiales de la política, en este caso de Pedro Sánchez. O de la memoria de las víctimas del terrorismo etarra, terreno en el que ha patinado un poco estrepitosamente el nuevo líder del Partido Popular, Pablo Casado, que ha sido reprendido incluso por esas asociaciones de víctimas que, por otro lado, a veces, en ciertos casos, parecerían –duro me es decirlo—más interesadas en protagonizar la política que en atenerse a sus verdaderos, admirables, fines.

Un país no puede vivir exclusivamente de la política de gestos, del marketing, de la publicidad. De gritos. De continuos cambios de criterio. En la inseguridad jurídica y declarativa. Al menos, no puede vivir así si quiere ser un país fiable para el exterior y para sus propios ciudadanos, una nación en la que las declaraciones de los representantes públicos tengan una mínima fiabilidad. Lo digo, conste, tanto por el Gobierno como por la oposición. O por ese independentismo que pretende engordar gracias a un victimismo que no se justifica con la palpable realidad, no siempre al menos; y ello, cuando no se inventa cosas y promesas que nunca sería capaz de hacer efectivas.

No, España no puede mover su gran buque a golpe de timón oportunista, impulsada por los sondeos o por las balaceras locas de las redes sociales, mirando siempre tan solo a lo que conviene ante las próximas elecciones. Improvisación, coyunturalismo y nunca ir pavimentando el futuro. Y entonces, claro, a las víctimas –y a la dura realidad– que les vayan dando y que no molesten con sus lamentos. País.

fjauregui@educa2020.es

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La talla de un Rey (y de un presidente del Gobierno)

Enviado por Fernando Jáuregui | 12/08/18


(imágenes que nunca se repetirán. Y solo ha pasado un año…)
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Me pareció magnífica la decisión de Pedro Sánchez de acompañar al Rey en su viaje, este 17 de agosto, a Barcelona para estar allí recordando a las dieciséis víctimas mortales, y a los centenares de heridos, que produjeron hará ese día un año los atentados yihadistas en La Rambla de Barcelona y en Cambrils. Aunque, claro, es de temer que el recuerdo de esas víctimas vaya a ser lo menos importante, un mero pretexto, en la pelea política, tremenda, que tenemos planteada los españoles y, por tanto, los catalanes.

Al presidente del Gobierno, que va a cumplir pronto sus primeros cien días en el cargo, hay que reconocerle este apoyo al jefe del Estado, como no podía ser de otra forma, en tiempos de especial tribulación para el ciudadano Felipe de Borbón y también, claro, para Felipe VI. El Monarca, a quien en alguna ocasión me he atrevido a calificar como posiblemente el mejor que haya tenido la Historia de España, lleva al límite su prudencia, que solamente en una ocasión, el pasado mes de octubre con un discurso memorable, que tanto molestó a los independentistas, tuvo que dejar de lado. Habían ocurrido cosas terribles para la patria, como ese 1 de octubre en el que todos, los del lado de allá y el de acá del Ebro, cometimos muy serios errores. Era ineludible un mensaje de firmeza del jefe del Estado.

El Rey, entonces, que apenas dos meses antes había estado en la que antes era llamada Ciudad Condal para acompañar al president Puigdemont y a Rajoy –imagen irrepetible—en el dolor por los atentados, tuvo que jugar un papel decisivo. Algunos lo compararon a la irrupción de su padre en la televisión aquella noche nefasta del 23 de febrero de 1981. Pero no era lo mismo: el golpe de Estado que se gestaba en Cataluña, de la mano de Puigdemont, Junqueras y sus colaboradores, era diferente, tenía el respaldo de casi la mitad de los catalanes, al menos en teoría, y el Gobierno central no supo gestionar bien los contactos con ‘la otra parte’, que, a su vez, mostraba claros indicios de fanatismo irracional.

Ahora, utilizando aquella firmeza en su discurso como pretexto, el Rey sufre ataques sin precedentes por parte de quienes, con el sucesor de Puigdemont, el archi extremista Quim Torra, tratan de establecer unilateralmente, olvidando a esa más que mitad de catalanes, olvidando otras muchas cosas, la República independiente de Catalunya. Un deseo imposible, que me parece que ya han comenzado a dejar de barajar no solamente los políticos catalanes presos, sino también esas ‘organizaciones civiles’ como ANC u Ominum, que se van desmarcando de la protesta callejera amarilla que ellos mismos convocaron contra la presencia ‘no invitada’ este viernes del jefe del Estado en un territorio que, como el resto de España, se ampara a la sombra de la Corona.

He mantenido estos días conversaciones políticas muy interesantes fuera de España, y me consta el respeto generalizado hacia el actual Rey, que de ninguna manera ha quedado salpicado por historias del pasado protagonizadas por su padre. Otra cosa es la influencia moral que todas estas historias, que tendrán que ser vistas por los fiscales, ejerzan en el ánimo del habitante, cada vez más solitario, de La Zarzuela. Es precisa una reacción generalizada en apoyo de Felipe VI, y también del ciudadano Felipe de Borbón. Y a Pedro Sánchez, ya digo, hay que incluirle entre sus méritos haber dado un paso decisivo en este sentido.

Me gustaría que otros dirigentes políticos recordasen también que el hecho de que Felipe VI esté este viernes en La Rambla catalana, o en la plaza de Catalunya, en medio de una patenta división de opiniones, no es solamente un acto de valor del Monarca, ni un hecho que deberíamos considerar excepcional: es el deber del jefe del Estado estar allí, llorando por unas víctimas de las que ya ni sus nombres, ay, se recuerdan. A ver qué hacen ahora el muy despistado Torra y quien sigue manejando sus hilos, a ver qué hace la siempre ambigua alcaldesa Ada Colau, a ver qué mensajes, conciliatorios o no, se lanzan desde las prisiones. A ver si son capaces de desmovilizar, entre todos, en aras del realismo, los días lamentables hasta la Diada y tras ella.

Y luego, a seguir negociando, que puede que todos saquen, saquemos, frutos de esa aún casi ni iniciada negociación, pero que me parece que Sánchez y sus ministros tienen muy claro por dónde tiene que avanzar.

fjauregui@educa2020.es

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Carta, un poco deesperada, desde Africa

Enviado por Fernando Jáuregui | 08/08/18

Escribo desde Sudáfrica, donde acudo a refrescar mi memoria sobre un gran hombre, aquí, y no solo aquí, desde luego, venerado, Nelson Mandela. Murió anciano, pero demasiado pronto: sus herederos, especialmente Jacob Zuma, presidente hasta el pasado mes de febrero, no mostraron ni la honradez, ni la altura de miras, ni la inteligencia del eterno recluso político que llegó a presidir la nación acaso más poderosa del continente africano.

Pregunto a mis interlocutores –lo he hecho antes en otros países africanos, especialmente en Marruecos, Mauritania o Etiopía—por su sensibilidad acerca de la inmigración, sin duda el gran problema que atenaza a la vieja Europa. Son conscientes del éxodo, que aquí no se da, de los elementos más valiosos y emprendedores de muchos países africanos hacia esa tremenda incertidumbre que oscila entre una muerte probable y una vida mejor que dudosamente lograrán. Las personas, una de ellas un significado miembro del partido dominante, el ANC, a las que interrogo, no muestran sino un parcial interés por el que hoy es el tema más candente en las mesas más importantes de la UE y, desde luego, de España: “nosotros tenemos nuestras propias inquietudes acerca de la inmigración”, me dicen algunos.

Y es que el problema de Sudáfrica, quizá el país más rico del continente, junto con Nigeria, aunque devastado por enormes desigualdades sociales y económicas y con una evidente tasa de pobreza en más de la mitad de la población, es el inverso: ellos tienen un muy escaso número de personas que quieran salir en busca de una vida mejor –de una vida—en mundos diferentes; el problema de Sudáfrica es, más bien, que cada año llegan decenas de miles de inmigrantes de naciones, vecinas y no tanto, como Somalia, Zimbabwe o la propia Mozambique. Más de trescientos cincuenta mil han llegado –o se han infiltrado—por las fronteras en los últimos meses. Y ello, a pesar del ya comentado desequilibrio. Y de la inequidad, palpable por la existencia de obviamente prósperas y bellas ciudades ‘blancas’ junto – y cuando digo ‘junto’ quiero decir ‘junto’, al lado– a las tantas veces míseras poblaciones ‘negras’.

No, ya no hay oficialmente racismo en Sudáfrica, ni en algunos países cercanos, como Mozambique, aunque, como acabo de oir en una radio de Cape Town, un veinte por ciento de la población blanca quiera ahora emigrar, tras haberse beneficiado durante años del ‘apartheid’ . Pero las diferencias de color tienen un patente reflejo en la economía personal, aunque los que mandan oficialmente en Pretoria o Johannesburgo sean ahora gentes de color. Sin embargo, el racismo más evidente es el que se practica, desde los propios dirigentes de tez oscura, con los inmigrantes negros que vienen de otros países y que hace unos años sufrieron ataques salvajes y cuyas imágenes, sus cuellos envueltos en neumáticos a los que se había prendido fuego, dieron la vuelta al mundo.

Mi interlocutor del partido gubernamental admite la existencia de ese racismo, reconociendo, al tiempo, que Sudáfrica, con una inmensa parte de su territorio incultivado y deshabitado, con importantes riquezas naturales, podría albergar ya este mismo año, ventajosamente y con cierta facilidad, “si tuviéramos la planificación y el valor suficientes”, al menos a medio millón más de fugitivos del hambre o de las persecuciones políticas o sociales de otros países.

Todos aquí reconocemos que la historia de la Humanidad es y ha sido siempre la historia de las migraciones. Personalmente, siempre he sostenido que la caída del Imperio Romano se debió a una cada vez peor gestión de la cuestión desde Roma: se cerraron en banda los últimos, débiles, corruptos, emperadores. Quizá lo que está ocurriendo en la UE sea esa Historia que se repite como potencial tragedia, y no como farsa, tal cual quería Marx.

Acudí recientemente a Bruselas para estudiar, con fuentes que juzgo altamente competentes, el tema de las migraciones, estudio en el que me afano desde hace ya algunos años, comprobando cómo las previsiones de que esto iba a empeorar, sobre todo ahora que alguien como Trump manda en los Estados Unidos y personas de tan escaso peso específico como Juncker ejercen un cierto liderazgo en Europa, se confirmaban. Ahí están esos que dicen que hay cuarenta mil africanos prácticamente a las puertas de España, esperando el momento propicio para llegar –o no…– ‘clandestinamente’ a nuestras playas, ante el pasmo o, más indignante aún, ante la indiferencia, de los bañistas: unos turistas que no parecen conscientes de que ese Mediterráneo en el que se bañan está alfombrado por cadáveres de subsaharianos que no lo lograron.

Por eso, y desde lo que estoy aprendiendo donde ahora me encuentro, me siento forzado a expresar mi repulsa cuando el tema, tan doloroso, de la inmigración es utilizado con fines egoístas, quiero decir partidistas. No puede ser que Pedro Sánchez trate de apuntarse un tanto recibiendo apenas a los ocupantes de un barco fletado por piratas y olvide lo que cada día nos llega del sur. Y a Pablo Casado se le podrían decir coas aún más graves, tras su demagógico encuentro con esas pobres gentes envueltas en una manta roja: a ambos, y a Rivera, y a Pablo Iglesias, a todos, me gustaría escucharles una verdad tan grave, tan seria, tan inevitable, como que los españoles tendremos que hacer un ‘sacrificio’ –siento escribir esta palabra, en la que ni siquiera creo—para albergar una cuota generosa, compartida y negociada con otros países de la UE, de inmigrantes, políticos y también económicos. ¿O es que no tenemos capacidad, terreno, recursos, para albergar un par de decenas, tres, cuatro, o de millares, de esas gentes desesperadas, que harían cualquier cosa con tal de ser aceptadas, aunque fuese como ciudadanos de segunda –y también me da vergüenza ponerlo aquí–, en nuestro país?

Europa, y España dentro de Europa, solo ejercerá un liderazgo político efectivo cuando, de verdad, sea capaz de convencer a la UE de que, con partidos de ultraderecha – no los tenemos, a Dios gracias—o no, ha de albergar a esos cientos de miles de personas que son capaces de jugárselo todo con tal de compartir un poco, aunque sea muy poco, de ese sueño de los padres fundadores: un continente privilegiado que, encima, pueda vanagloriarse de ser el que mejor respeta y fomenta los valores de los que todos queremos enorgullecernos. Es este un gran tema pendiente de consenso entre los partidos, entre los estamentos de esa sociedad civil que, digámoslo con valentía, tantas veces muestra su incapacidad de liderar los valores sociales. Y eso, una vez más, lo he comprobado al hablar con gentes de esta sociedad, a más de ocho mil kilómetros de mi hogar, que expresa sus propias contradicciones en el Gran Tema ante el que nos empeñamos en mirar hacia otro lado. Lo mismo que los bañistas en la playa de Tarifa ante la llegada de los supervivientes de una patera; hacer como si nada estuviera ocurriendo.

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¿Cómo es posible que nadie piense que se han hecho cosas mal?

Enviado por Fernando Jáuregui | 28/07/18

Ya sabemos que la autocrítica no es el punto fuerte de los políticos, en general, y de los políticos españoles, muy en particular. Así que confieso que encontré muy pocos parlamentarios socialistas ‘receptivos’ cuando, el viernes, por los pasillos del Congreso, a algunos les pregunté por qué el Gobierno de Pedro Sánchez se quedó solo en la defensa de un nuevo objetivo de déficit: la derecha votó en contra por unas razones, y los aliados que llevaron a Sánchez a la investidura se abstuvieron por otras. Mis interlocutores culpaban a diestra y siniestra –y a los indepes—de miopías y egoísmos varios, de anteponer motivos partidistas y electoralistas al bien de la nación, un bien que el Gobierno, naturalmente, procuraba. A nadie se le ocurrió, en esa jornada del viernes, que concluía formalmente el curso político, pensar –o decir—que tal vez el Gobierno de Sánchez no esté haciendo las cosas bien. O no bien del todo, al menos.

Porque algo, digo yo, debe estar haciendo mal el Ejecutivo del PSOE para que todos, como en los ya viejos tiempos le ocurría al PP, le abandonen como un mal desodorante. Y no es el significado de la senda de déficit lo que más importa, aunque algo importe, sino el hecho de que la debilidad de los 84 parlamentarios del grupo socialista ha mostrado la precariedad del Gobierno, que apenas ha logrado el premio de consolación de sacar adelante el nombramiento de la gran Rosa María Mateo –eso es valor torero: aceptar ser el salvavidas porque no hay otro candidato—como administradora temporal y única de Radiotelevisión Española…después de una desastrosa, indignante, gestión del tema a cargo precisamente del Gobierno y de alguno de sus ‘socios’, Podemos muy en concreto. Nada menos que ocho plenos en la Cámara Baja para elegir a la administradora que se haga cargo del desaguisado apenas durante tres meses, hasta que se ponga en marcha el famoso concurso para el que ya hay apuntados más de veinte candidatos a presidir el antiguo Ente.

Así que no resultaba extraño que la semana concluyese con muchos editoriales y comentarios pidiendo “cuanto antes, presidente” una convocatoria de elecciones, antes de que sea tarde. Personalmente, y para lo poco que sirva, suscribo esta petición: hay que repartir cartas. Y, con una nueva perspectiva, abordar desde los problemas con Cataluña –que esa es otra; menuda irracionalidad la de los responsables de la Generalitat y su mentor desde Waterloo—hasta la ‘gran cuestión institucional’, que hace que todos miremos para otro lado, los periodistas somos buena gente, cuando se nos habla de no sé qué vieja lesión de muñeca que impide la presencia de ‘él’ en la foto familiar. Muy graves problemas que deberían provocar el insomnio de cualquiera que no tuviese el temple especial, y el cuajo, del registrador Mariano Rajoy, antes, y de Pedro Sánchez, capaz de irse en el Falcon a un festival rockero, como si nada estuviera pasando, ahora.

Claro que, antes de convocar esas elecciones, Sánchez debería llamar a La Moncloa al nuevo líder conservador, Pablo Casado, ahora flamante jefe de la leal oposición. Y fijar las reglas del juego inevitable: de esta saldremos con un Gobierno de centro-derecha o de centro-izquierda, y que nadie piense ya ni en mayorías absolutas ni en gobiernos Frankenstein. Ni en enviar al brazo secular togado a resolver los problemas, por ejemplo con esos presos independentistas de los que la propia delegada del Gobierno en Cataluña, que no me parece que hable jamás a humo de pajas, piensa que llevan demasiado tiempo en la cárcel.

Porque Sánchez –y Casado, y Rivera, y hasta Pablo Iglesias, siempre embarcado en manobras orquestales en la oscuridad incluso cuando está retirado por muy respetables cuestiones personales—tienen que hablar mucho, y acordar bastante, sobre cómo sacar adelante no el techo de gasto del país, sino el país. No sobre cómo desalojar a Franco del Valle de los Caídos –que sí, que hay que sacarlo–, sino cómo conciliar los viejos demonios familiares de una vez, a ver si nos convertimos ya en una nación normalizada, que no solo del turismo masivo y de playas –dolorosamente asaltadas por migrantes: menudas fotos veíamos estos días– vive un país. No, presidente; ya lo dijo la propia portavoz del Ejecutivo, que no se puede resistir, ni siquiera a bordo del Falcon (esto lo digo yo, claro), más allá de lo razonable. No nos siga fallando, presidente.

fjauregui@educa2020.es

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Al fin, fin de curso

Enviado por Fernando Jáuregui | 27/07/18

Asisto en el Congreso de los Diputados al –aunque las sorpresas nunca pueden excluirse—último pleno parlamentario de la temporada. En teoría, comenzaban las vacaciones tras un largo período de atonía en el Legislativo. Y finalizaba un período político con una severa derrota del Gobierno de Pedro Sánchez, que veía frenada su senda del déficit y su camino hacia unos nuevos Presupuestos, torpedeado por los propios aliados que hace dos meses le permitieron ganar su sesión de investidura y convertirse en presidente del Ejecutivo e inquilino de La Moncloa. Así que no habrá, previsiblemente, nuevos Presupuestos, pero tampoco piensan Sánchez y sus ministros y asesores propiciar un adelantamiento de las elecciones: quieren prolongar el mandato del PSOE hasta el límite legal, dentro de casi dos años, junio de 2020. Veremos si lo consiguen, porque el final de este curso ha sido casi tormentoso.

Demasiados nubarrones en el horizonte. Que hayan sido precisas ocho sesiones plenarias de la Cámara Baja solamente para elegir a la administradora única de Radiotelevisión Española significa dos cosas: una, que todo se ha hecho rematadamente mal desde el Gobierno y desde su ‘aliado’ Podemos, que quiso tomar ‘manu militari’ el mando del antiguo y poderoso Ente; y otra, que es enorme el desprecio entre estas fuerzas políticas por las tareas del poder Legislativo, al que se ha forzado a realizar ¡ocho sesiones plenarias! antes de poder consumar un nombramiento, el de administrador único de RTVE, que es tan coyuntural como que apenas se prolongará por tres meses.

Termina así un curso político de auténtico infarto. Que ha conocido una moción de censura que propició un cambio de Gobierno radical ,con el consiguiente hundimiento del partido –el Popular—que estaba hasta ese momento en el poder; un partido que ahora inicia un proceso de regeneración, de la mano de Pablo Casado, el hombre que sustituyó a Mariano Rajoy al frente de la formación conservadora. Y un curso que ha conocido también la exaltación de un PSOE que se lanzó, con valor quizá suicida, a gobernar con el apoyo de Podemos, de nacionalistas vascos y catalanes y también de los independentistas. Que han sido, por cierto, los que han fallado a Pedro Sánchez en el último pleno parlamentario, el del techo de gasto, de este viernes.

En la ‘cuestión catalana’, el curso termina con las espadas en alto, pero con signos moderadamente alentadores. A ver qué ocurre cuando, la próxima semana, se encuentren las delegaciones negociadoras catalana y del Gobierno central, con la Generalitat como escenario de este trascendental encuentro. Al menos, delegaciones negociadoras haylas, que es más de lo que se podía decir en la etapa anterior.

Y, claro, quizá lo más grave de todo, el patente deterioro de la principal institución del país. Me refiero, desde luego, a la Corona, cuyo titular, al cual suelo referirme como acaso el mejor Rey que haya tenido España, vive momentos de angustia tras la difusión de unas cintas que comprometen seriamente la imagen de su padre, el Rey emérito Juan Carlos I. Qué duda cabe de que, en los próximos meses, si no semanas, conoceremos una reacción de imagen y comunicación por parte de La Zarzuela. Porque se trata de eso o…

Así, concluimos este curso –¿lo cerrará Pedro Sánchez la semana próxima con una de esas ruedas de prensa ‘de temporada’? Parece que sí, que, por fin, habrá una verdadera rueda de prensa del presidente—con todos los frentes abiertos: en el Ejecutivo, en el Legislativo, en el Judicial –que a ver qué sucede con unos presos catalanes que llevan “demasiado tiempo” encarcelados, según nada menos que la delegada del Gobierno en Cataluña–. También muchas cosas no cerradas en el principal partido de la oposición, donde Casado ha iniciado la ‘operación control’ tras su victoria interna sobre Soraya Sáenz de Santamaría. Y, para colmo, como antes señalaba, problemas, y serios, en la base del Estado, la Corona. Una ‘tormenta perfecta’ como para quitar el sueño a cualquiera que no sean nuestros pétreos representantes en la cosa pública.

Ni siquiera el ambiente vacacional, que llega para casi todos, va a ser capaz, un año más, de disipar los asfixiantes gases de una severa preocupación política, por más que entre los parlamentarios no pude advertir la más mínima señal de inquietud: para ellos empieza una diáspora vacacional que será, presumiblemente, larga. Y parece que eso es lo único que importa, vaya por Dios.

fjauregui@educa2020.es

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España, quizá el país menos dialogante del mundo, sniff

Enviado por Fernando Jáuregui | 26/07/18

A mi regreso de una larga estancia profesional en Portugal, pregunté a un alto responsable de la Dirección General de Tráfico cómo se explicaba que, en el país vecino, los fines de semana registrasen cuarenta accidentes automovilísticos graves con el saldo de dos muertos y cuatro heridos, por ejemplo, mientras en España, en el mismo fin de semana, se producían diez accidentes graves con un balance trágico de seis muertos y siete heridos. ¿Es que en Portugal conducen mejor?, le pregunté, contra la evidencia que yo había acumulado en las carreteras lusas.

Nunca olvidaré su respuesta.

“En Portugal no se mata a los toros. Y ya acabas de ver que, como consecuencia del golpe de los capitanes el 25 de abril, el único muerte fue un soldado que se había quedado durmiendo en el barracón cuando avisaron de que había que desalojarlo porque lo iban a bombardear los fieles a Spínola. En cualquier país, cuando se va a producir una colisión, los conductores tratan de evitarla o de minimizar todo lo que puedan los daños; en España, cuando el golpe es irreversible, son muchos los que aceleran ante la colisión, para dar un escarmiento al contrario”.

Siempre he tenido la impresión de que en mi muy querida España sobra gente con mala baba, mucho más dispuesta a la pendencia que a la componenda. Y aquí, cuando se embiste, se embiste, y no quiero desplazarme mucho por el pasado del duelo a garrotazos. De hecho, creo –y la política esta nuestra lo evidencia—que es este un país donde prima, y no entiendo por qué, el elogio a la ‘firmeza’, que muchas veces es tozudez, sobre el culto a la flexibilidad. Se loa el ‘golpe de autoridad’ mucho más que el abrazo entre discrepantes.

Y negociación es igual a flexibilidad, no a firmeza. Y así, vemos que, antes de ponerse a negociar pongamos algo tan sustancial como el techo de gasto, el Gobierno estudia cómo hacerle un regate al Senado para que no pueda interponer el veto de la mayoría en la Cámara Alta. O cómo, en lugar de dialogar con las partes interesadas para lograr sacar a Franco del Valle de los Caídos, se imponen las actitudes amenazadoras y el ‘pues lo haré por decreto’. Ay esa mentalidad de real-decreto por mis santos huevos…

Y así, en tantas cosas, incluyendo el siempre espinoso tema catalán, en el que hay que reconocer que, al menos, y frente a la intransigencia secesionista, el Ejecutivo de Pedro Sánchez ha ido un paso más allá que su predecesor en La Moncloa, lo cual no es mucho decir, porque el mentado predecesor, en punto a diálogo, no hizo nada.

Porque, claro, no estoy hablando tan solo del Gobierno socialista actual, sino de casi todos los partidos, de toda una clase política poco acostumbrada a transar, a transigir, a pensar que lo primordial es la voluntad y el bienestar de los ciudadanos, no el rédito electoral que determinada actitud pueda tener para tal o cual formación política. Y, así, en la primera ronda, las presuntas voluntades integradoras y ecuménicas de las distintas ‘sensibilidades’ (me disgusta la palabra, lo confieso) del Partido Popular se han ido al garete. Por lo de siempre: porque unos –una en este caso—pedían mucho y el otro daba demasiado poco.

Faltaba, en medio, aquel mercader de Marrakech que, calificándome como un gran regateador de precios, y tras ofrecerme trabajo para discutir con los clientes españoles, me dijo: “lo importante es que salgas con la impresión de que has sido tú quien ha fijado el último precio; pero la verdad es que yo sabía desde el comienzo cuánto ibas a pagar”.

Creo que ese espíritu –espero que usted me entienda—falta no sólo en la clase política, sino en la sociedad española, tan amante del palo, sin zanahoria, en general. Y más ahora que, gracias al surrealismo político importado de Cataluña, el resto de los españoles parecemos haber involucionado, arrojándonos gustosos en brazos togados, cuya idiosincrasia es huir de cuanto huela a relativismo.

Esa filosofía, tan contraria a la definición primordial de la política, es la que parece dominarnos a todos ahora. Y así, claro, lo del Valle de los Caídos, lo del Senado, el 43 por ciento de Soraya Sáenz de Santamaría o las peleas entre taxistas y Uber, sin darse cuenta de que, en cuatro años, unos y otros quizá hayan perdido sus puestos de trabajo ante la irrupción del coche autónomo. Y es que el futuro, aquí y ahora, nos importa un rayo: lo importante es hacer prevalecer nuestras opiniones, criterios y actitudes en este presente pugnaz de nubarrones grises. Y en Portugal, con sus tan pacíficas ‘touradas’, tan cerca y tan lejos.

fjauregui@educa2020.es

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