Algo de lo que pasaría si se repeten elecciones

Enviado por Fernando Jáuregui | 17/07/19

Crecen las posibilidades de que se repitan elecciones, al tiempo que decrecen las de que Pedro Sánchez resulte investido dentro de una semana, a menos que ocurran cosas hoy casi impensables en los próximos días previos a la fecha-tope del 25 de julio. Incluso hay voces, autorizadas sin duda, que dicen que sería conveniente volver a las urnas en noviembre antes que tener un Gobierno que sea un despropósito, que es el que algunas quieren alumbrar.

Advierto de entrada que, personalmente, me parece un enorme error, muy lesivo para la imagen de España, pensar en unas nuevas elecciones, las cuartas en cuatro años. No hay país, ni siquiera Italia –y yo no quiero ser Italia—que resista un tal ritmo. Pero, si esos nuevos comicios se producen, nos encontraremos, con mucha probabilidad, con una recomposición importante del mapa partidario español, constatación de que el actual no nos sirve.

Veremos, en primer lugar, corrimientos de tierras entre Ciudadanos y el Partido Popular. Ninguno de los dos quedará indemne, especialmente el primero. Ya se atisban movimientos para hacer candidaturas conjuntas en las provincias con menos de cuatro diputados, para frenar la sangría que supondría una tercera fuerza conservadora, Vox, en presencia. También me constan conversaciones entre PP y C’s para ir juntos a las elecciones en el Senado. Y todo ello se realizaría con la hegemonía de los ‘populares’ sobre los ‘naranjas’: tienen más militantes consolidados, más sedes, mejor organización y…ahora más dinero, tras la retirada de apoyos de muchos empresarios a la hoy titubeante formación de Rivera.

Obviamente, las formaciones emergentes sufrirán más que las del clásico ‘bipartidismo’. Todos los sondeos en presencia indican que Vox empieza a ser percibido más bien como un estorbo para que la derecha se implante en no pocos territorios que como un complemente necesario para tal implantación.

Pero también es previsible un cierto tsunami en la izquierda. Los vaivenes de Pablo Iglesias sitúan a Podemos en una posición difícil de cara a los nuevos resultados electorales. De hecho, el líder ‘morado’ está sufriendo, a manos del PSOE y tras sus fallidos contactos con Pedro Sánchez, un importante desgaste: ya hemos comentado muchas veces que la maquinaria de La Moncloa no la tiene, desde luego, ningún otro partido y que, puestos a lanzar mensajes subliminales, el ‘aparato’ monclovita no tiene rival. Al margen, claro, de que la verdad es que Pablo Iglesias se está moviendo con notable impericia en este su tramo ‘petitorio’.

Cuenta además Sánchez, en su tarea de aniquilar a Podemos –y me parece que este es ahora el objetivo sobre cualquier otro–, con otra baza a la que habrá que ir dando creciente importancia: Iñigo Errejón. Cada día más moderado y con actitudes más convencionales, Errejón tiene que demostrar ahora que sabe pasar de las musas al teatro, del teórico brillante al hombre capaz de sacar a flote una formación nacional que, desde la izquierda, pacte con un PSOE que está deseando establecer alianzas con el enemigo de su ahora enemigo Iglesias.

Ignoro si este terremoto partidario compensaría las obvias desventajas de una repetición de elecciones, dada como crecientemente probable en los cenáculos políticos. Porque otras consecuencias de unos nuevos comicios, coincidiendo quizá con la publicación de la sentencia contra los catalanes secesionistas y sus previsibles secuelas de desórdenes públicos, serían altamente indeseables: una campaña electoral siempre fomenta divisiones, batallas al menos dialécticas y desunión general entre fuerzas que deberían afrontar lo más cohesionadas posible las amenazas contra la unidad y el prestigio de España.

Nos hallamos ante un momento grave para una nación que necesita reactivarse, actualizarse, pensar e inmediatamente actuar. Hay aún soluciones: desde un Gobierno de concentración hasta un amplio pacto de Legislatura. Pero ya no se puede perder más tiempo, ni pensar que una nueva marcha hacia las urnas podría, quizá, quién sabe, acaso, tal vez, ser una solución. Y si, como parece probable, no lo es ¿qué?

Fjauregui2educa2020.es

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Mi quiniela particular para el Gobierno Sánchez

Enviado por Fernando Jáuregui | 16/07/19

El periodista habla con mucha, mucha gente. Cada cual va configurando ‘su’ Gobierno, entendiendo que quien debe gobernar es quien ha ganado las elecciones. Solo, o mejor, en coalición (con la segunda fuerza política, no con la cuarta). O, mejor aún, de concentración. Hay que pensar, en todo caso, en el Gobierno de regeneración que España necesita. Con Manuela Carmena en Justicia, con Angel Gabilondo en Educación, con Iñigo Errejón en una cartera ‘social’, con Luis Garicano en Economía, con Luis Planas en Exteriores, sin Carmen Calvo en la vicepresidencia –qué bien estaría ahí Margarita Robles–, con Miquel Iceta llevando las relaciones con las fuerzas políticas catalanas…

Sí, yo quiero un Ejecutivo presidido por Pedro Sánchez, que se lo ha ganado, guste o no guste, con visión amplia, con gentes de mérito por encima de sus adscripciones ideológicas. Un Ejecutivo en el que puedan entrar Manuel Valls, Irene Villa en Igualdad, quizá Lorenzo Amor representando a los autónomos y acaso alguien impulsado por Pablo Iglesias, pero sin Pablo Iglesias, que ya ha demostrado por dónde sale siempre: hay mucha gente válida en Podemos. Un Ejecutivo en el que también Pablo Casado pudiese colocar a alguien procedente de lo mejor de los ‘tiempos pasados’, por qué no Fátima Báñez o la propia Ana Pastor. Y en el que el nacionalismo vasco estuviese también representado –quién pudiera repescar a alguien de la talla de Josu Jon Imaz–.

Hablo, ya digo, de un Gobierno de concentración, más que de coalición o de cooperación, capaz de afrontar los retos inmensos de los tiempos que vienen, incluyendo las tormentas que se deriven de ‘la sentencia’. Un Gobierno capaz de consensuar entre las formaciones políticas un programa regeneracionista defendiendo, al tiempo, el sistema. Hay en España nombres de sobra, y de sobrado mérito, para integrarlo, para prestigiarnos ante Europa y el mundo. Ser un ejemplo de integración, un modelo que no tiene por qué ser esencialmente progresista, ni menos aún conservador –esto no tendría sentido–: lo avanzado es un Gobierno que funcione. Es la hora de traer a los mejores al Consejo de Ministros, como en su día supo hacer Adolfo Suárez.

Pedro Sánchez debería ser un Vicente del Bosque de la política, seleccionando a los mejores de cada equipo para ganar el mundial. Lástima que esto que aquí dejo escrito parezca a todos una quimera imposible, y sin duda, con esta panorámica de partidismo de vuelo corto y ambiciones personales largas, lo es. Pero le aseguro que yo votaría por ese Gobierno y lo apoyaría con entusiasmo. ¿Usted no? Una pena, la verdad: si yo fuese Pedro Sánchez introduciría algunos de estos nombres en el discurso de investidura y, con ello, introduciría una nueva forma de entender la política. Seguramente, de nada va a servir, pero muchos sabríamos que cabe algo mejor que la racanería cutre, sin ideas, que tenemos.

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Los riesgos de enfrentarse a La Moncloa

Enviado por Fernando Jáuregui | 14/07/19

Resulta muy difícil salir indemne de un desafío al poder monclovita. Hay periodistas que lo saben, hombres de empresa que lo han sufrido, correligionarios que aún conservan las cicatrices de su reto al Poder encarnado en el hombre que ocupa el sillón principal del palacete, que no ha dejado de crecer, en la Cuesta de las Perdices, donde, por cierto, ya no queda una sola perdiz. Sospecho que Pablo Iglesias va a experimentar muy pronto, si no lo está haciendo ya, el vértigo de los riesgos de lanzar un órdago al inquilino de La Moncloa, sobre todo porque este se encuentra decidido a seguir habitando allí como sea.

Una lectura a fondo de la prensa de estos días muestra que los tentáculos de La Moncloa son largos, inaprehensibles. Leo columnas que sin duda han bebido de aquellas fuentes, que expresan lo que Sánchez piensa de Iglesias: no se fía de él, dicen los traductores más piadosos. Se machaca al de Podemos, que la verdad es que no deja pasar ocasión para que incluso los suyos le despedacen. Sánchez tiene mucha gente que le ayuda a filtrar lo que él ‘baraja’, ‘sopesa’ o como se quiera llamar a lo que está pensando en este cuarto de hora (puede que cambie en los próximos cinco minutos, advierto). Pablo Iglesias no tiene quien le escriba, ni quien susurre cosas a los chicos de la prensa, con quienes nunca ha sabido llevarse bien.

Me parece que esta tendencia se va a incrementar en los pocos días que ya quedan para la ¿primera?¿definitiva?¿irrelevante? sesión de investidura. La ‘diplomacia telefónica’ de Pedro Sánchez no ha servido de mucho, entre otras cosas porque Sánchez carece de cualidades diplomáticas: cree que todo le es debido, se cree el más alto, el más guapo y el más listo, y encima tiene ahora el ‘maillot amarillo’, que da alas. Y así no se negocia; la verdad es que no tengo demasiadas fuentes en Podemos, pero me llega el profundo resentimiento de Iglesias, a quien lo menos que le han llamado desde el atril de Moncloa, probablemente no sin cierta razón, es ególatra.

Una vez fracasada la diplomacia del teléfono y de las llamadas a palacio –Albert Rivera, recordemos, en un alarde de mala política, ni siquiera quiso acudir—, ahora toca la estrategia de los mensajes por persona interpuesta. Mensajes a todos: a Iglesias, a quien hay que transmitir el enfado presidencial por no haberle comentado los pormenores de la consulta a las bases de Podemos, que tiene un resultado final casi cierto; así que puede que ya no haya ni siquiera oferta de ‘ministros técnicos’. Y desde Moncloa le van a culpar de que no se haya logrado la investidura para un ‘Gobierno de progreso’.

Mensajes hay también para Albert Rivera, empeñado en una batalla –ya digo que no sin riesgos—personal con Sánchez; al líder de Ciudadanos ya le han enviado algún recado desde la patronal, desde el Ibex, desde París y Bruselas. Y desde los editoriales de no pocos medios. En algún momento, sospecho, tendrá que apearse de su ‘no es no’, porque la situación, incluso en el interior de su partido, se le empieza a hacer insostenible. Pero ese viraje tendrá, insisto, un alto coste personal para Rivera.

A Pablo Casado se le reserva un trato más benévolo. Porque ya nos dicen los viajeros a Moncloa que se entiende mejor con ‘el jefe’ y que en palacio aún se espera un gesto de última hora procedente del PP, que este partido decida abstenerse para facilitar la investidura de Sánchez y la formación de un Gobierno sin ‘morados’, sin adherencias de Esquerra, sin cheques al PNV, etcétera. No creo que de aquí al 25 de julio se produzca el giro en el partido conservador, pero de aquí a septiembre, con el peligro creciente de tener que repetir las elecciones, quién sabe. Si suspendemos en julio ¿reválida en septiembre?¿O más bien habrá que repetir curso? Maaadre mía…

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Estamos en la recta final: peligro de serios tropiezos

Enviado por Fernando Jáuregui | 13/07/19

Cuando se llega a la recta final, se acierta, y entonces ganas la carrera, o empiezas a cometer equivocaciones, llevado del nerviosismo, y la pierdes. Ahora, corriendo ya hacia esa meta que es la inminente investidura, o no, de Pedro Sánchez como viejo-nuevo presidente del Gobierno, parece que todos andan tropezando, alguno de ellos quizá con la secreta intención de hacer caer también al que lidera el pelotón. Todo ello, para desesperación de los espectadores, que han pagado y apostado por la competición y no entienden el cúmulo de errores que amenaza con tener que volver a repetir la carrera, y entonces qué.

La consulta a las bases de Podemos, por ejemplo. Un ejercicio quizá de democracia interna por parte de Pablo Iglesias, pero con la trampa del enunciado de la pregunta, que induce la respuesta apetecida por el líder: es la tercera vez que pone en marcha este mecanismo, que le salió razonablemente bien las dos anteriores; veremos cómo le sale ahora. O lo de Ciudadanos convocando un consejo general en medio de la tormenta interna. O el PP, donde existe la impresión de que no se hace nada, en la creencia acaso de que nada es lo mejor que se puede hacer, o no hacer, en tiempos de confusión, cuando no conviene la mudanza, según la máxima ignaciana.

Creo que Sánchez, que lleva el maillot amarillo que da alas, y sus asesores, saben que lo último que pueden hacer en esta recta final es perder los nervios; pero el presidente en funciones ya se ha lanzado nada menos que a hacer una propuesta de reforma constitucional, muy necesaria por cierto, pero muy inoportunamente planteada en estos momentos. Porque si no tiene mayoría simple siquiera para ser investido ¿cómo iba a lograr una mayoría suficiente para reformar la Constitución?

Así llegamos a la recta final antes de las cruciales fechas entre el 23 y el 25 de julio. Nada indica que vaya a ser posible la investidura de Sánchez en esta primera convocatoria, y ya todos piensan en lo que pueda ocurrir en septiembre, aunque el presidente en funciones haya advertido, sin que casi nadie le crea, que será ahora, en julio, o iremos a una nueva convocatoria electoral allá por noviembre; nada de repeticiones en septiembre.

Temo mucho que los días que nos separan del comienzo de la sesión de investidura, es decir, esta semana que comienza, sean pródigos en ocurrencias, volteretas y piruetas, declaraciones contrapuestas y a veces hasta contrarias por parte de un mismo personaje…No sé si son totalmente conscientes los corredores de que están repitiendo –Pablo Iglesias sobre todo—el escenario de 2016, aquel año nefasto que nos metió en una crisis política de la que no solo no hemos salido, sino que en ella nos enfangamos cada día un poco más.

El sosiego es la virtud de los privilegiados, de los fuertes. Lo recomendaba el omnipotente Felipe II a sus apabullados visitantes, apocados ante la grandeza del emperador: “sosegaos”, les decía, aumentando, claro, su confusión. Sosegaos, señores, que a este paso no llegamos a la meta ni locos. Que es, por cierto, como nos tienen.

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Grande Marlaska no es precisamente un ‘matón’ al frente de Interior

Enviado por Fernando Jáuregui | 10/07/19

Vaya por delante que condeno, desde lo más profundo, que alguien tratase de boicotear la presencia de miembros de Ciudadanos en la manifestación LGTBI. Ese ‘escrache’ me parece una más de las muestras de falta de liberalismo y de los intentos de restricción a la libertad de expresión (y manifestación) que últimamente están caracterizando a este involucionado, tenso, crispado, país, que solo piensa en salir lo mejor que se pueda de la investidura y largarse de vacaciones, ahora que aún muchos, que no todos, pueden hacerlo. Pero también condeno las sobreactuaciones que la lamentable actitud intransigente de algunos manifestantes provocó en medios políticos y mediáticos: decir, como un notorio diputado de Ciudadanos dijo en su cuenta de Twitter, que el ministro del Interior es un “matón”, por presuntamente haber ‘calentado la manifestación’ en contra del partido naranja, me parece una auténtica barbaridad. Y más cosas…

Claro que no pretendo defender a Fernando Grande Marlaska, que sospecho que sabía a lo que se arriesgaba abandonando la toga y las puñetas por un asiento, nada menos que como responsable del orden, en el Consejo de Ministros: creo, de hecho, que una mayor mesura verbal del ministro ante lo ocurrido en la manifestación del pasado fin de semana, y algún tipo de condena expresa contra los ataques de ciertos energúmenos, hubiese sido altamente conveniente. Lo cual no quiere decir ni que fuese él quien alentó a los exaltados a la hora del ataque ni que haya sido cómplice de la agresión política y física contra Ciudadanos, contra lo que sugirió Inés Arrimadas, que llegó a pedir la dimisión del ministro por esta causa.

Claro que no hay aquí motivo de dimisión. Lo habría si fuesen ciertas algunas insinuaciones de que desde el Ministerio del Interior se filtró oportunamente una información falsa, según la cual la Jefatura de Policía de Madrid señalaba que los incidentes en la manifestación LGTBI no tuvieron la gravedad que Ciudadanos le achacó. Ignoro quién confeccionó ese documento, ni si su contenido no responde a la verdad; pero me parece que el ministro del Interior, nada menos, no puede ser objeto de sospechas de ese calibre y ha de desmentir cuanto antes cualquier sospecha de juego sucio. Algo que, en mi opinión, mucho chocaría en una trayectoria limpia como la de Fernando Grande marlaska.

Que, por cierto, no puede tener una personalidad más alejada de la de un ‘matón’. Y eso, el ciudadano diputado castellano-manchego, antes parlamentario catalán, que lanzó tal calificativo sobre el ministro, lo sabe perfectamente. O debería saberlo, que no está la cosa como para dejarse llevar del descontrol verbal y de la irreflexión en estos momentos.

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No, si aún nos harán creer que es mejor repetir elecciones…

Enviado por Fernando Jáuregui | 06/07/19

Siete días trepidantes

Veo con cierta alarma que bastantes políticos de uno y otro signo (sobre todo, socialistas y ‘populares’, la verdad) y algunos compañeros columnistas, que gentes influyentes en cenáculos y mentideros, siembran por donde pueden la idea de que, en realidad, y visto el panorama, repetir las elecciones generales, lo que ocurriría allá por noviembre si no hay investidura, no sería algo tan, tan malo. A tanto ha llegado el deterioro político en este país nuestro que bastantes, movidos por unas razones o por otras, empiezan a creer que no habrá clarificación del panorama ni, por ende, un Gobierno con cierta capacidad de actuación, hasta que unos nuevos comicios den una mayoría suficiente a una formación, sin que nadie se vea obligado a comprometerse con extraños compañeros de cama, a pactos indeseables.

Es tanta la perversión de los conceptos políticos en España que algo que hace no mucho parecía deseable, un gobierno de coalición, se ve ahora como indeseable, lo peor. Y es que se ha dado la vuelta a lo que una coalición pudiera tener de enriquecimiento de programas políticos y cooperación de ideas para convertir el concepto en una especie de juego de poder, en el que se reparten cargos e influencias a cambio de apoyos. Si alguna vez la política significó una idea romántica de servicio a la colectividad, ya está por completo olvidada.

Abandonada ya cualquier esperanza de que las fuerzas políticas reculen y abjuren de sus errores, contradicciones y ambiciones personalistas, todo parece indicar que una eventual investidura exitosa de Pedro Sánchez solamente se lograría a cambio de cesiones a unos y otros, pactos inconfesables, ministerios obtenidos con fórceps por quienes solo quisieran pisar moqueta. Comprendo que, así, algunos piensen que más valen unas nuevas elecciones, que por cierto convendrían sobre todo –dicen las encuestas—al PSOE, que otorguen una mayoría suficiente a quien sea encargado por el Rey para formar gobierno.

En estas batallas, cunde la sensación de quien más pelos se deja en la gatera son las formaciones llamadas emergentes, es decir, Podemos, Vox y, en alguna medida, también Ciudadanos. Resulta difícil desprenderse de la idea de que los tres partidos, tan distintos y distantes, han cometido casi todos los errores que les cumplían, y que ello tendría, de celebrarse ahora las elecciones, una traducción en el rechazo del electorado. Lo cual no quiere decir, claro, que socialistas y ‘populares’, el antiguo ‘bipartito’, no se estén equivocando. Y no poco, por cierto.

No importa: ellos creen que se les perdonará todo. Lo del ‘no es no’, lo de Navarra, lo de Murcia, lo de Madrid, lo de tantos y tantos lugares donde el pacto ha sido más bien espurio, donde no se ha permitido que gobierne el más votado. Creen que el electorado olvidará los oportunismos, el nulo valor de la palabra dada, las ocurrencias. Todos creen –dicen creer, que no es lo mismo—contar con el apoyo de ‘los suyos’. Si hay elecciones en noviembre, alguno/s sabrá/n que se engañan y nos engañan: la cuerda se está tensando demasiado. El mapa partidario va a cambiar, tendría que cambiar.

Y, sin embargo, me parece que el país, la imagen de España, se resentiría teniendo las cuartas elecciones generales en cuatro años. Pienso que un pacto para dejar gobernar al más votado, sometido, eso sí, a hipotecas y condiciones programáticas, sería mucho más razonable, barato y operativo: demasiadas cosas, desde los servicios secretos a RTVE, pasando por el poder judicial y muchas reformas pendientes, están ya estancadas, dispuestas a exigir un elevado precio por tanto descuido y demora. No entendería que lo que nos viene, desde las sentencias contra los políticos catalanes secesionistas hasta un giro importante en la coyuntura mundial, nos sorprenda aún con un Gobierno en funciones, es decir, funcionando a medio gas, porque su máxima obsesión es la de consolidarse y nada más.

No, no podemos esperar a febrero. Ni hasta septiembre, si me apuran. Deberíamos tener un Gobierno, un Gobierno lo más parecido a lo que los ciudadanos merecemos, ya este mes de julio. Lo otro es, simplemente una locura.

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Investir a Sánchez, invertir en Sánchez, insistir con Sánchez…

Enviado por Fernando Jáuregui | 30/06/19

Pedro Sánchez, que este martes tras reunirse con la presidenta del Congreso Meritxell Batet, anunciará la fecha de la sesión de investidura, se presenta a él mismo como la única solución. Y, por tanto, comunica al país entero, comenzando por Podemos y luego siguiendo por Ciudadanos y el Partido Popular, que es o él o el caos, así que nadie debe esperar de él, Sánchez, concesiones a cambio del apoyo a su gobernación ‘de progreso’ y en solitario. Investirle es invertir en Sánchez, en ese Gobierno progresista que no nos detalla. Es una inversión, no sé si temeraria, que solo tiene una alternativa: la repetición de elecciones allá por noviembre.

Hoy por hoy, Ciudadanos prefiere no invertir: ‘no es no’ a perpetuar al PSOE en La Moncloa, por mucho, dicen ‘los naranjas’, que presionen Macron, Garamendi, el Ibex, la mitad de los columnistas políticos y el sursum corda. El Partido Popular, que está en otras condiciones, situaciones y ambiciones, veremos por dónde acaba saliendo, teniendo en cuenta que entre el presidente en funciones y Pablo Casado existe una relación que poco tiene que ver con la ojeriza mutua que Sánchez y Albert Rivera se tienen. De Podemos ya sabemos que lo único que busca son ministerios, única salvación personal para Pablo Iglesias.

Y Sánchez, que ya digo, anda en ‘yo, o el diluvio’, sabiendo que, si llueve, dicen las encuestas, él no perecería ahogado en unas nuevas elecciones, en las que el voto al PSOE –y al PP—saldría reforzado, en detrimento de los otros tres, es decir, Ciudadanos –sobre todo–, Podemos y Vox. Vuelta al bipartidismo. ¿Es de eso de lo que se trata, aunque para ello haya que tener políticamente paralizado a este país nuestro medio año más? Bah, total, mientras la economía aguante, que parece que aguanta…

Puede que la economía aguante, a ver por cuánto tiempo, pero la nuestra es una situación que perjudica a Navarra, a Madrid, a la lucha contra el independentismo catalán, a la lógica contra el fulanismo político, a las reformas pendientes –ahí siguen, tan panchos, el Consejo del Poder Judicial y su presidente, con el mandato vencido hace ya meses–. En términos de patriotismo sorprende que, para facilitar su investidura, o al menos para desprestigiar al ‘no es no’, que él tan bien conoce y tanto ha practicado, Pedro Sánchez no ofrezca contrapartidas: el sacrificio del gran Gabilondo en la Comunidad de Madrid y de la perdedora María Chivite en Navarra, por ejemplo. ¿Llegaría a planteárselo a los otros dirigentes cuando vuelva a reunirse con ellos próximamente en una nueva (¿e inútil?) ronda de contactos?

No lo creo, desgraciadamente. Porque la generosidad, como la autocrítica o hasta el sentido común, es lo menos común en el secarral político de esta, sin embargo, gran nación llamada España. Veremos si este martes la investidura –¿la primera?¿la definitiva, si algún milagro ocurre?—se fija para el día 16 o el 23, o vaya usted a saber cuándo en este mes de julio que ha llegado y nos sofoca, no solo por la temperatura y por los incendios que nadie ‘apagó’ en febrero. Nos sofoca, a veces, de bochorno. Simplemente, porque lo que nos está ocurriendo es bochornoso. ¿Invertimos? ¿investimos? ¿Insistimos en más de lo mismo?

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Ha sido una gran semana…y lo que viene

Enviado por Fernando Jáuregui | 29/06/19

Ha sido una semana trepidante, pero apasionante: ver al Papa de cerca, lo  que siempre recordaré. Pero presenté el libro en Sevilla, inauguré una exposición de Vicente Gómez Iglesias en Santoña…La semana que entra iré a Santiago, a presentar la encuesta de Educa2020, a Badajoz, donde presentaré el libro de ‘Los abogados que cambiaron España’ –vendrá Guillermo Fernández Vara–, a Sanlúcar, de nuevo a Santander para intervenir en un curso de la UIMP. No tengo tiempo para aburrirme, afortunadamente. Pero hay que sentarse y reflexionar sobre el nuevo curso, tempestuoso, que llega.

¿Quién dijo jubilarse? Jubilarse no es sino cambiar una actividad terminada por otra que es un reto.

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‘Sit down, míster Sánchez’

Enviado por Fernando Jáuregui | 29/06/19

 

(no diría yo que el gesto de Trump para con Sánchez sea muy cordial, precisamente)

Claro, a los españoles nos molestan los gestos que puedan implicar desprecio a nuestro país, incluyendo a nuestros dirigentes, aun cuando estos sean más o menos discutidos en el interior. La ropa sucia se lava en casa, y no es Trump, el muy peculiar –por decir lo menos—Trump, quién para ordenar al presidente del Gobierno del Reino de España que se siente, haciéndole ‘la cobra’ cuando Sánchez trataba de pegar la hebra con el dizque hombre más poderoso del mundo. La foto ha herido la sensibilidad nacional, aunque La Moncloa, como no podía ser de otro modo, quita hierro al feo gesto para con el presidente: era una broma, dicen.

El incidente de Osaka en la reunión del G-20 ha venido a culminar una semana en la que se han cumplido los dos meses desde las elecciones legislativas, que hasta ahora no parecen haber servido para mucho. Si quisiéramos hacer comentarios jocosos, diríamos que Trump exigió a Sánchez que se siente y serene el panorama político nacional a ver si da con la fórmula para poder formar de una vez un Ejecutivo superando la investidura de julio. Claro que el, ejem, ya digo que peculiar poseedor del tupé más notorio del planeta podría haber ordenado –sí, ordenado—que se sienten también al Rivera del ‘no es no’ –menuda la que se está armando en el partido que lleva casi el color del tupé–, al Casado del ‘también no es tampoco’, al Iglesias del ‘qué hay de lo mío’… En fin, sit down everybody en un país del que no consta que Trump tenga especiales conocimientos; pero sí consta que a los Estados Unidos le interesa que permanezca estable, unido y sin ruidos.

Pero claro, el ruido parece inherente a la política española. Un país casi literalmente en llamas, entre otras razones porque los incendios se apagan en febrero, con la prevención, y aquí este mes de febrero las mentes gubernamentales y de la oposición estaban en la batalla por el poder, o sea, lo mismo que ahora, y no en las llamas que vendrían. Son muchos los incendios que no se han apagado; tantos, que el ministro de Exteriores y de nuevo ministro de Exteriores, Josep Borrell, se queda con la cartera porque, sugiere modestamente, él es imprescindible para que la política externa española no se desmorone. Lamento que ni él ni su jefe Sánchez percibiesen que este movimiento desnuda la real situación de provisionalidad en la que vivimos. Somos un país en funciones, con un Gobierno y una oposición en funciones, así que el peso que Sánchez acumuló en Europa con su victoria socialdemócrata se va difuminando algo más cada día que no logra consolidar un Gobierno creíble –ojo, digo creíble– para los ciudadanos.

Y así, pues eso: que alguien que se ha hecho célebre por su pésima educación, pero que manda mucho, se permite lo que en el mejor de los casos fue una broma necia con el hombre que sigue simbolizando el gobierno de España. Una imagen vale más que mil palabras, sobre todo cuando a la foto se une el que casi te nieguen la palabra cuando se la diriges a alguien. Va a hacer falta mucho más que el ‘retorno’ de Borrell para que nuestro gran país, zarandeado hasta en la ONU a cuenta de un ‘caso Cataluña’ que allí no comprenden –aquí tampoco–, regrese a ocupar el puesto que le corresponde.

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Dos meses perdidos

Enviado por Fernando Jáuregui | 28/06/19

 

Dos meses después de las elecciones generales, nada parece haberse resuelto. Dos meses perdidos. Estamos ante la amenaza procedente del Gobierno de que hayan de repetirse los comicios en otoño si nadie da su brazo a torcer. Es decir, si Podemos, cada día más amenazante si no logra ministerios en el futuro Gobierno, no da su brazo a torcer. Si Ciudadanos y el Partido Popular, a los que Pedro Sánchez pide que se abstengan para no tener que formar un nuevo ‘Gobierno Frankenstein’, no dan su brazo a torcer. Y si el propio Pedro Sánchez, que no ofrece nada a cambio de que le apoyen, excepto no tener que volver a las urnas, lo que sería un bochorno nacional, no da su brazo a torcer.

Cuánto siento decirlo, pero lo único que se mueve, no sé aún si para mejor o peor, es el secesionismo catalán. Que tres de los políticos separatistas hayan pedido la abstención a la hora de la investidura de Sánchez, es toda una jugada. Lo que falta por ver es si es un indicio de que alguien está negociando con alguien de la ‘otra orilla’ –lo que me parece obvio—o si, además, muestra que el secesionismo anda dividido, confuso, atemorizado ante la posibilidad de que algo aún peor le suceda tras la continua serie de errores cometidos desde hace dos años.

Creo que nadie en sus cabales dudaría de que el prestigio, ya antes no excesivo, de eso que dio en llamarse ‘clase política’ no se ha visto precisamente acrecentado ante los ojos de los ciudadanos en estos dos meses de voces fatuas, silencios conspiratorios, contradicciones, ambiciones y falta absoluta de grandeza. Que la persecución de un ministerio –casi el que sea—pueda suponer prolongar esta parálisis hasta después de las vacaciones agosteñas debería dar vergüenza a quien parece aspirar tan solo a pisar moqueta. Que el PP y, sobre todo, Ciudadanos no sean capaces de bajarse del autobús del ‘no es no’, que a todos nos lleva al barranco, produce estupefacción. Que Pedro Sánchez siga obsesionado en que todos faciliten su investidura, sin negociarla adecuadamente –ni el gobierno de Navarra quiere conceder a quien ganó las elecciones en aquella Comunidad–, causa desesperación.

En estos dos meses, Cataluña ha seguido alejándose del resto de los españoles –los desplantes al Rey por parte de esa desgracia ambulante llamada Quim Torra siguen–, las imprescindibles reformas han seguido estancadas, el Parlamento sigue inoperante, los jueces y los juristas prosiguen el eterno debate acerca de qué hay que hacer ante las grandes cuestiones planteadas –¿llegará ‘la sentencia’ y seguiremos sin un Gobierno estable?–. Es decir, la crisis política está ahí, desde hace más de tres años, y parece haber venido para quedarse. El diagnóstico, a la vista de lo que estamos viviendo cada uno de estos días perdidos, no puede sino ser pesimista.

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