¡Es la guerra del agua, estúpido!

Enviado por Fernando Jáuregui | 10/08/22

Absortos en el día a día –no hay jornada sin titular escandaloso en este país nuestro–, olvidamos a veces cosas esenciales: inmersos en la ‘guerra de la luz’, que hay que ver lo que ha sido la (no) negociación del decreto de ahorro energético, quizá no nos damos cuenta del riesgo de que ahora venga a sumarse una pavorosa ‘guerra del agua’. Hacía décadas (treinta años, en concreto) que España no estaba tan seca, los embalses tan vacíos ni el ambiente era tan caluroso. De manera que, junto a las restricciones energéticas inevitables y dictadas por Europa, existe la posibilidad de que este otoño nos encontremos con importantes restricciones también en el consumo de agua. ¿Estamos preparados para esta eventualidad?

Los primeros informes globales han comenzado a aparecer en los medios, las primeras fotografías de la gran sequía se instalan ya en no pocas portadas. Y los primeros vaticinios en el sentido de que veranos como este van a repetirse, pero agravados, han comenzado a tomar carta de naturaleza. No podemos sumar a la imprevisión energética la derivada de la sequía, ni me parece prudente confiar en algunas pretensiones meteorológicas que quieren creer que la situación mejorará, aunque en todo caso solo moderadamente. Los mapas no prevén lluvias generalizadas, y ello nos conducirá inexorablemente a cortes de agua en según qué regiones y según qué suministros, lo que agravará viejas tensiones interterritoriales y abrirá otras nuevas. Entre otras cosas.

No he escuchado a ningún responsable político referirse a esta nueva desdicha a sumar a las variadas que nos aguardan a la vuelta de este verano feliz y desinformado. La lamentable gestión partidista y sectaria de la normativa sobre ahorro energético, que se suma a las no menos lamentables contiendas con motivo de las restricciones derivadas del Covid, no puede repetirse con el agua, fuente de contiendas (¿cuántas ‘guerras del agua’ registra nuestra Historia?) entre territorios. Claro que no podemos invocar aquí el ‘non piove, porco Governo’, pero sí pienso que se puede exigir a nuestros representantes esa previsión que tanto echamos en falta año tras año en cuestiones como, por ejemplo, los incendios, que jamás se ‘apagan’ en febrero, como sería lo razonable.

Es preciso comenzar concienciando a la ciudadanía de lo que nos puede venir y de los sacrificios que acaso tendrá que hacer la sociedad civil: no hablamos ya de apagones de escaparates o de limitaciones de temperatura –medidas implementadas en toda Europa, muy semejantes a las de España, por cierto, aunque con menor contienda social–: hablamos de grifos cerrados con todo lo que ello implica. Lo primero de todo es decir la verdad, sin optimismos artificiales ni ocultamientos, con previsiones realistas sobre lo que quizá haya que hacer, que sin duda no será agradable. Porque aún recuerdo que, no hace ni un mes, la misma vicepresidenta Ribera, que ahora amenaza con echar al Constitucional encima de cualquier autonomía díscola a las medidas energéticas gubernamentales (o sea, sobre todo Madrid), decía que España ha hecho bien sus deberes y no tenía por qué secundar las recomendaciones de la UE sobre ahorro de energía.

Esas incoherencias, la falta de un talante verdaderamente negociador con los sectores afectados y con otras fuerzas políticas, los fallos estrepitosos en eso que se dio en llamar, tan falsamente, la cogobernanza, hacen que la desconfianza de la población en sus representantes crezca más aún. El ‘Estado de las autonomías’ no está funcionando a plena satisfacción, ni mucho menos. Y eso, ahora que se ponen en marcha unas medidas energéticas de muy difícil y costoso cumplimiento (habrán de mirar para otro lado, porque la obediencia total y generalizada al decreto me parece poco factible), puede resultar especialmente serio si el panorama del agua que se divisa en el horizonte se cumple.

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El último, que apague la luz…si es que entonces hay luz

Enviado por Fernando Jáuregui | 07/08/22

Nueva rectificación –creo que afortunada– del Gobierno en relación con el decreto sobre ahorro de energía: ha adelantado a este lunes el encuentro que iba a tener el martes con representantes autonómicos y ha ‘elevado de nivel’ esta reunión, que de ‘técnica’ pasará a ser ‘política’, con asistencia (telemática) de la vicepresidenta Ribera y la ministra de Industria, Reyes Maroto. El Ejecutivo recoge así algunas exigencias de autonomías, no solo del Partido Popular, que reclamaban un mayor contenido para el encuentro que tratará de aunar exigencias y necesidades en relación con un decreto que entrará en vigor el propio martes y que ha sido calificado como “imposible de cumplir” no solo por representantes de la oposición, sino también por los sectores afectados.

Parece increíble, pero es cierto, que una reunión ‘técnica’, como la que se preveía para el próximo martes, en torno a un decreto del Gobierno que afecta a la vida cotidiana de todos los españoles, el uso de la energía, fuese a celebrarse apenas para “resolver dudas”. No para escuchar nuevas iniciativas de la autonomías sobre cómo puede, cada una de ellas, ahorrar energía. No para consensuar una flexibilización de las “imposibles” normas del decreto. Nada de eso: lo que se pretendía era, apenas, “resolver dudas”, dijeron en el Gobierno.

O sea, que el dichoso real decreto es, ya lo estamos viendo, un semillero de dudas. Cómo, cuándo, cuánto, dónde, por qué se han de aplicar las restricciones a la temperatura de los establecimientos, cuántas luces de escaparates y edificios han de apagarse, quién vigila los (in)cumplimientos, qué sanciones pueden imponerse y quiénes han de imponerlas. La variopinta casuística se enfrenta a la pretensión generalizadora del decreto. Todo son incertidumbres ante una normativa legal que, contra lo que en la buena teoría debe hacer una ley, es susceptible de sembrar un cierto caos con su aplicación a partir del miércoles de esta semana que comienza.

Se detectaba perplejidad y enfado en las autonomías ante esa reunión convocada para este martes, pocas horas antes de que entrase en vigor el decreto, por el Instituto para la Diversificación y el Ahorro de Energía (IDAE), que depende del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico, que encabeza la vicepresidenta Teresa Ribera. El hecho de que la convocatoria se efectuase desde un organismo tan específico como el que dirige alguien sin relevancia política como el balear Joan Groizard da ya una idea de que el Gobierno pretendía mantener este encuentro ‘para aclarar dudas’ en un nivel meramente técnico, alejado de la controversia política.

Una pretensión que es precisamente lo que rechazaban sobre todo desde la Comunidad de Madrid, donde Isabel Díaz Ayuso se distingue tradicionalmente por su hostilidad a las iniciativas del Gobierno central. Medios del PP admiten que la presidenta madrileña se equivocó en su reacción inicial, sugiriendo (“Madrid no se apaga”) que no pensaba cumplir las directrices del decreto, de ochenta densas páginas, de las que treinta se dedican a una especie de exposición de motivos. Pero en el Partido Popular (y no son las autonomías ‘populares’ las únicas que critican este decreto, aunque sean las que llevan la voz cantante), aun señalando que es preciso el ahorro de energía y que las leyes de la nación hay que cumplirlas “mientras se pueda”, no esconden su convicción de que el decreto “está mal hecho y es incumplible en casi todos sus extremos”. Y habría, por tanto, que negociarlo con las autonomías de arriba abajo, escuchando a los sectores afectados.

Ahora, con esta nueva y acertada marcha atrás, convocando para este lunes una auténtica ‘cumbre’ de las ministras del ramo con los consejeros autonómicos, en la que se supone que los debates y las controversias van a ser muy vivos, el Ejecutivo trata de evitar lo que podría haber sido una situación caótica en la (no) aplicación del decreto. Veremos, porque la agenda concreta parece sin definir y la precipitación de esta nueva convocatoria sugiere una cierta improvisación en el manejo de este difícil asunto.

Las dudas, por tanto, se extienden a la propia agenda y contenidos de la reunión. Demasiadas sombras, ya digo, en torno a la luz que hay que apagar y los aires acondicionados que hay que limitar para llegar a ese siete por ciento de disminución del gasto energético que pide la Unión Europea. ¿Es ese, la irrelevancia, el destino de un decreto que pretende regular algo tan insoslayable como el ahorro de una energía decreciente? La respuesta, quizá, este mismo lunes: depende mucho del pragmatismo, la inteligencia y la flexibilidad que se impongan el Gobierno… y las diversas oposiciones. No estamos para más jaulas de grillos: porque, a este paso, el último, que apague la luz al salir.

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Otro viraje en el ‘PSOE de Sánchez’

Enviado por Fernando Jáuregui | 18/07/22



(He criticado mucho a Lastra. Ahora le envío un saludo)

La dimisión, como ‘número dos’ del partido gobernante, de Adriana Lastra, fundamentada en motivos de salud, servirá sin duda a Pedro Sánchez para acometer una sibilina pero profunda reestructuración en un PSOE que no está funcionando ni a pleno rendimiento ni a plena satisfacción. Las tres ruedas sobre las que se asienta un poder ejecutivo, es decir, el Gobierno, el partido y el grupo parlamentario, tienen aquí y ahora una dimensión muy distinta y una velocidad de rodaje muy dispar, lo que dificulta, admiten fuentes socialistas, la buena marcha de un engranaje preelectoral como el que ahora se precisa.

Sánchez conocía desde hace días la marcha de ‘su’ vicesecretaria general, y no creo que, dejando aparte los motivos que fundamenten esta salida de la política, la haya lamentado demasiado. Lastra carecía de las facultades precisas para ser ‘la cara visible’ de un partido que es el más antiguo de España, el que más sedes y quizá militantes/cotizantes tenga (habría que confrontar números y calidades con el PP), que es un referente en las socialdemocracias europeas y que ahora sustenta al Gobierno de una potencia europea como es España. Y, sin embargo, el PSOE era un instrumento varado, atenazado por la escasa calidad de las ideas que en Ferraz se barajan y preso de las ya muy conocidas disputas entre Lastra y el ‘número tres’, el secretario de Organización Santos Cerdán, que ahora pasa a ejercer, con permiso, claro, del secretario general, las principales funciones orgánicas.

Y es que el secretario general/presidente del Gobierno se dejó llevar de viejas fidelidades y de lealtades absolutas a la hora de cerrar la dirección del PSOE en el 40 congreso del partido, celebrado el pasado octubre. Fuimos muchos los que ya entonces pensamos, y dijimos, que, pese al aparente éxito de aquella ‘cumbre’ en Valencia, ni la estructura orgánica, ni el programa, ni los planteamientos, ni la dirección del partido salían reforzados, sino más bien lo contrario. Fue un congreso sin debates ideológicos, sin la menor autocrítica. Consecuencia tal vez buscada por Sánchez: el peso político pasó casi exclusivamente a La Moncloa, mientras Ferraz, también padeciendo una pésima comunicación externa e interna (otra fidelidad máxima bien recompensada por Sánchez, poniendo esta importante área en manos inadecuadas), perdía peso e influencia a ojos vista.

Desde hace días se venía especulando con posibles cambios en la estructura del poder socialista. Lastra centraba muchas de las críticas internas (y no hablemos ya de las externas), pero teóricamente era intocable como próxima al líder y mandatada por el Congreso de Valencia. Ya había perdido el puesto clave de portavoz del grupo socialista en la Cámara Baja y su actividad pública decrecía no poco, hasta el punto de que muchos destacaron su ausencia en el escaño en el debate sobre el estado de la nación. Si eso estaba motivado por alguna enfermedad o causa seria, he de enviar mis saludos sinceros a una política a la que, confieso, he criticado muchísimo.

En cualquier caso, Sánchez se ha deshecho de muchas de las personas que, como José Luis Ábalos o Carmen Calvo, incluso Iván Redondo –y, claro, Lastra—le ayudaron en la remontada. Ahora se abre un tiempo nuevo en el PSOE, que siempre ha sido una formidable maquinaria electoral –al menos, mientras estuvo en las manos de gente como Alfonso Guerra o Pérez Rubalcaba–. Una maquinaria que Sánchez va a tener que utilizar a fondo hasta llegar, cuando sea, a las urnas. ¿Cuál es el próximo movimiento en esta tabla de ajedrez? Sánchez no puede seguir enrocándose, digo yo.

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Feijóo tiene que aprender que la política en Madrid es otra cosa, quizá peor

Enviado por Fernando Jáuregui | 16/07/22



(Siempre he pensado que Feijóo y Urkullu son los dos mejores políticos de este país)

Vaya por delante que pienso que Alberto Núñez Feijóo es el más probable presidente del Gobierno de España tras Pedro Sánchez, y no me parece una predicción demasiado arriesgada, aunque en este país, con todo lo que ha ocurrido y ocurre, a ver quién es el guapo que se mete a profeta. Pero, dicho esto, creo que la que ahora ha concluido ha sido una mala semana para el líder de la oposición, a quien se ha visto algo descolocado ante las medidas ‘anticrisis’ del Gobierno y fuera de foco en el debate del estado de la nación en el que, por no ser diputado, no pudo intervenir.

Confieso que me equivoqué cuando escribí que Feijóo iba a ser el ganador del debate sin participar en él. Lo ganó Sánchez, sin duda. Esperaba una reacción contundente del presidente del PP tras las jornadas parlamentarias, una conferencia de prensa a bombo y platillo para anunciar iniciativas, una reacción más fuerte al desafuero de una ley de memoria histórica pactada con Bildu y a la ‘contrarreforma’ de la ley del poder judicial para poder ‘colar’ a dos magistrados afines al Gobierno en el Tribunal Constitucional. La verdad es que lo que Feijóo ha ido diciendo en las últimas horas, más allá de que derogará la ley de memoria histórica cuando él gobierne, ha merecido más bien páginas pares y titulares líquidos en los periódicos: creo que ha perdido una oportunidad de ganar el debate sin estar en él.

Que Núñez Feijóo es hombre prudente y moderado es algo obvio desde hace años. Pero no pueden confundirse la prudencia y la moderación con la falta de iniciativas y de energía en el combate a las medidas equivocadas del Ejecutivo: hizo bien absteniéndose en la votación de las medidas económicas; no podía haber votado negativamente. Pero hizo mal no proclamando con mayor fuerza su indignación ante otras cuestiones, como las más arriba apuntadas. Que hacer política en el bronco Madrid, y más si en La Moncloa está el muy hábil –entre otros adjetivos posibles—Pedro Sánchez, no es lo mismo que ejercitarla en la suave Galicia, también me parece una obviedad. El presidente del PP tiene aún que aprender a jugar en esos ‘cenáculos’ que tanto dice odiar Pedro Sánchez. Quien, por cierto, increíblemente aún no ha citado a La Moncloa a quien es líder de la oposición desde hace tres meses y medio.

El camino emprendido por Sánchez en esta era ya casi preelectoral está claro: reeditar los pactos de la moción de censura, fortaleciendo los lazos con Esquerra –ya se vio en la muy medida ‘cumbre’ con Pere Aragonés–, con Bildu y ‘conllevando’ con Podemos. Las relaciones con el PP de Feijóo no parece que vayan a ser mejores que con el PP de Casado o de Rajoy. Temo que hay que abandonar toda esperanza de grandes pactos transversales, más allá de acuerdos que ya no admiten más demora, como la renovación del Consejo del Poder Judicial.

Feijóo entró con buen pie, aclamado por todos los sectores y ‘barones’ de su partido. Ahora tiene que encontrar su sitio como un gran líder de la oposición, que no todo en este mundo de la política es ‘dar bien’ en las encuestas, para lo que valgan.

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El ¿último? debate estelar de Pedro Sánchez

Enviado por Fernando Jáuregui | 10/07/22



(desde el último debate sobre el estado de la nación solo queda uno de los protagonistas: Sánchez)
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Hay gente relevante en el Partido Popular que asegura que el que comienza este martes va a ser el último debate sobre el estado de la nación protagonizado por Pedro Sánchez. Y existen algunos fabricantes de encuestas que afirman en privado que es casi imposible, analizando todos los datos y las tripas de los sondeos, que Sánchez y el PSOE ganen en unas próximas elecciones legislativas, se celebren cuando se celebren, que será probablemente dentro de algo menos de año y medio. El más importante de los debates parlamentarios, que no tenía lugar desde hace siete años, ha cambiado a todos sus protagonistas menos a uno: Pedro Sánchez. Y puede que sea la (pen)última oportunidad del presidente para brillar frente al acoso de todos.

“Si el debate se celebrase en otoño, el tono y los resultados para Sánchez serían muy diferentes”, admite un diputado del grupo socialista, reconociendo que, a la vuelta de las vacaciones más populosas de la historia reciente, nada va a ser igual “porque va a ser mucho peor”. Para entonces, los benéficos efectos de la ‘cumbre OTAN’ estarán ya olvidados y el precio de la energía, de las materias primas y de los alimentos se habrán concentrado en una inflación insoportable. A ver cómo lidias con eso frente a una decena de portavoces parlamentarios que, sin dedicarte ni un elogio de alivio, se te tiran a la yugular para salvarse ellos.

Porque el caso es que el primer debate sobre el estado de la nación desde 2015 –anda que no han ocurrido cosas desde entonces—se celebra en un estado de ansiedad económica e incertidumbre política bastante alejados de la euforia con la que muchos españoles escapan de vacaciones. Va a ser, cómo no, un combate donde el protagonista tratará de mostrar que todo va bien y su decena de oponentes –incluyendo los ‘socios de la moción de censura’—insistirán en lo contrario: casi todo, o todo, va mal. Y, claro, ahí está lo de los espionajes de Pegasus, que a ver cómo se lo explica el viernes Sánchez a Pere Aragonés; o lo de Marruecos/El Sahara. Y hasta el lanzamiento estelar de Yolanda Díaz, que el PSOE trata de presentar como una oportunidad, pero que es todo un desafío, otro más, a la cohesión del Ejecutivo. Sil olvidar, claro, el pacto de la memoria histórica con Bildu, contra el que la derecha concentra sus cañones.

No espero, la verdad, grandes revelaciones de Sánchez en torno a todos estos misterios y potenciales conflictos sin resolver. Pero sí se esperan, dicen viajeros frecuentes a La Moncloa, algunos anuncios económicos de esos que hacen el titular periodístico de un día y luego, como aquella rueda de prensa sobre las ‘medidas anti crisis’, se van disolviendo en el caos político cotidiano. Creo que el principal partido de la oposición, que tendrá como portavoz a Cuca Gamarra y a un Feijóo obligado al silencio desde un escaño prestado, confía en que ni esos anuncios que pueda hacer Sánchez, ni el talante ‘batallador’ al que seguramente regresará, tengan demasiado efecto sobre las encuestas, que con unanimidad predicen malos tiempos para un PSOE que se agota y se refugia cada día más en los ‘cerebros’ monclovitas, porque en Ferraz no los hay.

Bueno, sí pienso que Sánchez insistirá, porque me parece que está forzado a hacerlo, en que los augurios sobre su declive son meras habladurías de esos ‘enemigos poderosos’, esos del puro y los cenáculos, interesados en desgastarle al margen de las urnas, situando de este modo sus controversias más lejos del plano puramente político y más cerca del del ocultismo. Por todo ello, creo que, aunque no parece ser el tema que ahora más apasione a los españoles, este debate sobre el (mal) estado de la nación debería suscitar el interés de los ciudadanos, no tanto por lo que en él se diga cuanto por lo que se omita, que será mucho más.

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Boris ‘el broncas’

Enviado por Fernando Jáuregui | 07/07/22

Una más a añadir a las tradicionales turbulencias del mes de julio: la de Boris ‘el broncas’. Resultaría muy difícil afirmar que Boris Johnson ha aportado concordia, sentido común y sosiego a la política británica y, ya que estamos, a la europea. Ni prestigio para un Reino Unido cada día más anclado en su ‘espléndido aislamiento’. Menos mal que hay ministros capaces de ir al 10 de Downing Street a pedirle, en su cara, la dimisión a su jefe y ’empleador’. Hay mucho que aprender por estos pagos del (mal) ejemplo del peculiar, por decirlo de algún modo, Boris.

Creo que es tiempo ya de hacer otra política. En Gran Bretaña, en los Estados Unidos post-Trump (otro auténtico desastre que le haría merecer ser procesado), seguramente en esta Europa convulsionada por la locura belicista de Putin y, desde luego, en España. Donde lo que al comienzo llamaba ‘las turbulencias del mes de julio’ duran hasta mucho más allá del verano y deberían amainarse. Alberto Núñez Feijoo ha madrugado a Pedro Sánchez anunciando que se reunirá con todos los partidos –con Bildu no– al retorno de las vacaciones, en septiembre. Creo que el presidente ha perdido un ‘set’ no proclamando que recibirá a todos, comenzando por el presidente del PP, en La Moncloa, porque no se trata solamente de explicarle, que a ver cómo se lo explica, lo del ‘Pegasus’ a Aragonés, el president de la Generalitat. Todos necesitan, necesitamos, muchas explicaciones.

Boris Johnson ha practicado una política muy española, si se me permite decirlo así: un talante testicular, de aquí se hace lo que a mí me sale de, o esto no se hace –por ejemplo, dimitir– porque no se me pone en los. La política de los nuevos tiempos habría de ser de apaciguamiento y concordia, más en ‘el modelo Yolanda Díaz’, que a ver cuánto mantiene su talante transversal, que en el del peor Pablo Echenique, por poner apenas un ejemplo extremo, al que podría añadir a Adriana Lastra y un bastante largo, me temo, etcétera.

Y ya que estamos de broncas, déjeme que incluya en este comentario, básicamente dedicado a un camorrista como el despeinado Boris, la que se está montando aquí en casa a cuenta de la ley de memoria histórica, o democrática, pactada con Bildu, que no representa precisamente la estampa del abrazo. Con lo bueno que hubiese sido que los partidos mayoritarios hubiesen llegado al acuerdo de ponerse en paz con el pasado, de Franco a las crímenes de ETA, cerrar el capítulo de las broncas y los agravios y ponerse a mirar al futuro.

Por el contrario, nos encontramos con que una parte de las víctimas del terrorismo (que son nuestros héroes, pero no pueden dictar la política nacional) y de la derecha más extrema atacan el hecho de que el presidente del Gobierno, junto con el rey y el lehandakari Urkullu, estén este domingo en Ermua en el homenaje al asesinado Miguel Angel Blanco. Y todo porque los más extremistas dicen que es que Sánchez “está pactando con ETA”, o sea con Bildu. Como si ETA no hubiese desaparecido hace ya diez años.

Claro que es un error acordar el cierre del pasado preferentemente con Bildu, y no con la inmensa mayoría de los españoles, pero no es menos equivocado afirmar -y tuve un agrio debate al respecto en una televisión hace dos días con un respetable ex ministro del Interior, de quien frontalmente discrepo en mucho_que “es ETA quien está a punto de hacerse con el gobierno vasco y quién sabe si con el gobierno de España”. Eso, lo siento querido ex ministro, es practicar el ‘borisjohnsismo’, o sea, la bronca, en lugar de construir en la concordia.

Si algún favor nos ha hecho Boris Johnson, además de anunciar involuntariamente una marca española de cerveza, es iluminar el camino que no hay que seguir: el que él ha seguido. Ya digo que es tiempo de erradicar pesadillas como las que representaron Johnson, Trump y unos cuantos -a los que no cito_que andan por estas tierras incendiadas. Cuando todos los indicadores nos anuncian un otoño de pesadilla tras un verano escapista, lo que menos necesitamos son broncas entre nosotros, y me temo, ay, que unas cuantas, bastante gratuitas, vamos a ver la semana próxima en el debate sobre el estado de la nación. Bueno, al menos podemos darle un adiós a Boris, que tanta paz lleve como la que deja con su ausencia.

—-(Boris no era Trump, claro. Pero a veces, casi)

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Díaz y Díaz: ellas centran la muy larga precampaña electoral

Enviado por Fernando Jáuregui | 03/07/22

Si preguntas a los veteranos del PSOE sobre Yolanda Díaz, sobre su plataforma ‘Sumar’ y si representa un peligro para el ‘viejo’ y el ‘nuevo’ socialismo, recibirás de todos ellos una respuesta similar: el ‘efecto Yolanda’ se desinflará, carece de aliados, ella encarna la confusión en el mundo podemita. Si interrogas a los socialistas madrileños, que estuvieron de convención este fin de semana, sobre Isabel Díaz Ayuso, la presidenta de la Comunidad, recibirás respuestas descalificadoras, como que Ayuso “morirá de éxito, víctima de sus propios excesos”. No estoy seguro, la verdad, de que ambos diagnósticos, obviamente interesados, estén en lo cierto.

La plataforma de Yolanda Díaz ha recibido una acogida cuando menos expectante de cara a su presentación este viernes. Es ella la que impide el descalabro de Unidas Podemos en las encuestas, aunque se mantiene en una calculada ambigüedad respecto de su alianza con ministras tan cuestionadas como Ione Belarra o Irene Montero (cuyo viaje a Estados unidos ha provocado indignación en miembros del Ejecutivo).

Díaz (Yolanda) se mantiene equidistante incluso de su propio partido, el comunista, con cuyo secretario general, Enrique Santiago, ‘número dos’ de Belarra, tiene muy pocas concomitancias. ‘Sumar’ ha perdido a Mónica Oltra, pero se beneficia, me dicen, de la aproximación de bastantes socialistas descontentos, que reclaman a Sánchez más cambios en el partido (el presidente dice que no los hará. Veremos), un lenguaje más claro a derecha o a izquierda, un talante más simpático.

Isabel Díaz Ayuso representa, claro, la otra cara de la moneda. Es una derecha radical, a la que no le importa pisar el terreno de Vox de manera ocasional. Consta que en el PSOE temen a las elecciones municipales y autonómicas de dentro de menos de un año sobre todo en Madrid, donde las encuestas muestran que el PP se ha merendado casi todos los votos que iban a Ciudadanos y que posiblemente no necesite a Vox para gobernar ni en la Comunidad ni en el Ayuntamiento de la capital. El probable rival socialista de Ayuso, Juan Lobato, es una figura en alza, prudente y moderado, pero aún es demasiado desconocido como para enfrentarse a la carismática presidenta de la CAM. Y repetir unos resultados desastrosos en Madrid le vendría muy mal al PSOE de cara a las elecciones generales que se celebrarían seis meses después, si es que Sánchez, por los motivos que fuere, no las adelanta.

Este es, por tanto, de Díaz a Díaz, el contexto político en el que se enmarca desde hoy mismo una precampaña electoral destinada a durar más de un año, olvidados ya los resultados en las urnas andaluzas y los fastos de la OTAN, que sin duda han salido muy bien pero forman ya parte de eso: del pasado. Quizá este mes de julio empecemos a tener algunas sorpresas promovidas por Sánchez, y no me refiero solo a esa rumoreada remodelación de portavoces en el PSOE (nada que hacer hasta que no sustituyan a Lastra y Cerdán, las dos cabezas visibles y enfrentadas en el partido, inamovibles porque fueron nombrados en el 40 congreso del partido). Una remodelación que el presidente y secretario general niega que vaya a efectuar, porque, asegura, y cuesta creerle, está muy satisfecho de todos sus ministros y ministras y de todos y todas los altos cargos de su partido.

Ya digo: julio es, tradicionalmente, mes de movidas políticas. Y no, por supuesto que tampoco hablo solamente del debate sobre el estado de la nación, en el que Sánchez ‘venderá’ sus nuevas estrategias, quizá rectificando un rumbo que, Meninas y éxitos internacionales aparte, parece bastante equivocado.

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What she said from NY

Enviado por Fernando Jáuregui | 02/07/22


(What did she say? Why in that moment? Who is she?, Who cares? When did than happen? Where was it ? Las ‘w’ clásicas que cualquiera debe plantear. Y una más, How much did that cost? Pues eso)
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Hasta Alberto Núñez Feijóo, caballerosamente, felicitó a Pedro Sánchez por el éxito de la ‘cumbre’ de la OTAN. ‘Ella’ no. ‘Ella’, mientras el acontecimiento internacional discurría en Madrid, se hacía fotos en no sé qué rincón de la Casa Blanca, ni con quién, y selfies en Manhattan en el curso de un costoso viaje oficial que nadie nos ha explicado en qué se justificaba. Allí, en el corazón de la gran manzana, ‘ella’ soltó su discurso tópico: más enseñanza, más sanidad y menos tanques. Justo lo que su jefe, Pedro Sánchez, necesitaba en unos momentos en los que tiene que buscar apoyos parlamentarios para emprender el incremento en el gasto de Defensa, hasta veinte mil millones, al que se comprometió ante sus colegas atlánticos.

Sí, es ‘ella’ la jefa ‘de facto’ de la oposición. Y no Yolanda Díaz, que presenta su proyecto ‘sumar’ el viernes y que ha mostrado una encomiable prudencia extrema en sus declaraciones sobre los temas más espinosos en los que está embarcado el gobierno que vicepreside. No como ‘ella’, que, buscando titulares, aprovecha cualquier momento para exhibir su disidencia en los temas fundamentales en los que, como ministra, ni toca bola, ni está, ni se la espera, sino más bien todo lo contrario. Lo que no se sabe muy bien es dónde está y dónde se la espera: seguro que pretenderá ir en primera fila en el desfile del orgullo, si es que la dejan figurar allí.

La principal enemiga de ‘ella’ está en el Gobierno. No es Pedro Sánchez, que, inverazmente, dice estar muy satisfecho con todos sus ministros/as. Ni siquiera Nadia Calviño, cuyas recetas económicas ‘ella’ desdeña. Es la titular de Defensa, Margarita Robles, la mujer que tendrá que implementar y pavimentar el camino en ese incremento del gasto militar, buscando un acuerdo transversal con el PP, que es un acuerdo hoy por hoy más que posible. Su verdadera obsesión es Robles, quien, aureolada ahora con el éxito de la ‘cumbre’ tras los traspiés gubernamentales de Pegasus y del relevo en el CNI, representa todo lo que ‘ella’ no quiere ver representado en el Gobierno del que, inexplicablemente, aún forma parte.

‘Ella’ tiene el derecho, y hasta el deber, de expresar libremente sus ideas. Podemos o no compartirlas, pero hay que respetarlas. Lo raro es que ella viaje glamurosamente a NY City, como miembro del Gobierno de Sánchez, para decir desde allí exactamente lo contrario que Pedro Sánchez le estaba transmitiendo en esos momentos a Joe Biden. Y más raro aún me parece que Sánchez todavía no la haya puesto de patitas en la calle. Es, me parece, o ella o ‘Marga’. Y, con la que nos viene encima, no hay color.

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El ‘no’ a la OTAN se queda un poco antiguo…

Enviado por Fernando Jáuregui | 26/06/22

A veces, en este país nuestro, da la impresión de que los últimos cuarenta años no han ocurrido. Que se celebre una manifestación por el ‘No a la OTAN’ me trae muchos recuerdos: yo también estaba en contra de la Alianza Atlántica, de los Estados Unidos y pensaba que la palabra ‘socialdemócrata’ era un insulto para un ‘rojo’. Pero, claro, han pasado cuarenta años, el muro de Berlín cayó en 1989 –y cambió el mundo—y la propia esencia de los partidos comunistas, los que quedan, ha evolucionado. Se diría que el PC español, dirigido por Enrique Santiago, es, en algunas cosas, una excepción. Lo curioso es que el señor Santiago, que tiene perfecto derecho a su coherencia de pensamiento, independientemente de que nos parezca más o menos moderno, es secretario de Estado del Gobierno de España. Un Gobierno que es el mismo que prepara con mimo la ‘cumbre’ atlantista de esta semana en Madrid, la más importante de la OTAN desde hace tres décadas.

Enrique Santiago, secretario general del Partido Comunista de España, es el ‘número dos’ del Ministerio que regenta Ione Belarra, un Departamento que no toca cuestiones esenciales de la marcha del Estado pero que provoca no pocos quebraderos de cabeza a sus ‘mayores’ del PSOE. Y si cierto es que otras ‘cumbres’ atlánticas en otros puntos del mundo también suscitaron protestas del ‘No a la OTAN’ en sus calles, no menos verdad es que entonces no se estaba dando la cruel invasión de Ucrania por Rusia, ni teníamos a Putin tratando de reconstruir su particular pacto de Varsovia, que hoy sería el pacto de Moscú. Ni había tantas referencias como ahora, incluyendo las del Papa, a los riesgos de una guerra mundial, aunque ‘solamente’ sea cibernética. Ni, por supuesto, los del ‘no a la OTAN’ formaban parte del Gobierno anfitrión de la ‘cumbre’.

Cuando yo, y tantos, estábamos por el ‘OTAN, de entrada NO’ el mundo era, en suma, distinto. Y España, muy distinta. ¿Cómo pensar que aquel Gobierno de Felipe González, que dio la vuelta a la opinión de los socialistas sobre la pertenencia del país a la Alianza Atlántica –con la ayuda, por cierto de la ‘tele’ que entonces dirigía el padre de Nadia Calviño– podría haber albergado, ya entonces, a ministros del PCE de Santiago Carrillo o de Julio Anguita? Y los problemas del planeta nada tenían que ver con los actuales: ahí está ese anuncio de migraciones masivas que nos llegarán este otoño –ya han empezado a llegar, ay, con imágenes trágicas—impulsadas por la hambruna derivada no solo de la guerra en Ucrania. Y ese, que es vital para España, será, presumiblemente, uno de los muchos ‘temas calientes’ a tratar en la ‘cumbre’ atlántica de Madrid.

En estas condiciones, me parece insostenible mantener en el Gobierno un núcleo hostil a las grandes decisiones de Estado, desde los alineamientos internacionales hasta la forma del propio Estado, pasando por la distribución de la economía o hasta por la nueva normativa en Sanidad, por poner apenas unos ejemplos. Creo que la misión de la izquierda a la izquierda del PSOE es presionar por medidas más ‘sociales’; incluso volver a la ortodoxia de ciertas concepciones marxistas, si se quiere. Pero desde fuera del Gobierno que dice (casi siempre) cosas por completo diferentes, no desde dentro. La situación actual propicia la incomprensión de los ciudadanos acerca de lo que hace el Gobierno.

Y me refiero también a las decisiones ‘beneficiosas’ para esa ciudadanía, como ha ocurrido con las medidas para paliar la crisis anunciadas este sábado por Pedro Sánchez tras el Consejo de Ministros extraordinario para aprobar remedios, aun temporales, para combatir el alza de la inflación, insostenible para muchas familias. El empeño de Podemos en mostrar que presiona para que los beneficios de tales medidas sean más amplios de lo que proponen los ministros ‘económicos’ sanchistas causa confusión. Y, de alguna manera, limita el triunfalismo del Gobierno ‘sector Sánchez’ a la hora de anunciar lo que hace en beneficio de ‘las clases medias trabajadoras’, como dijo el inquilino de La Moncloa.

No, de la OTAN no se habló en la rueda de prensa del presidente, que quería, ante todo, ‘vender’ sus medidas. Pero el tema de las continuas desavenencias con los ‘socios’ de Podemos estaba ahí; por más que Sánchez asegure sentirse muy satisfecho con el trabajo de todos sus ‘ministros y ministras’, qué duda cabe de que la existencia de ‘dos almas’ en un mismo Ejecutivo resulta cada día más incomprensible. Son dos proyectos distintos y cada día más distantes.

Puede que muchos de los mandatarios que pueblen esta semana Madrid, convertida en la ciudad más incómoda del mundo, no lleguen a enterarse cabalmente de que el Gobierno que preside un sonriente y abrazador Sánchez es bifronte, tiene dos caras, y que Sánchez adopta una u otra según conviene. Pero sí nos estamos enterando ‘los de dentro’: usted, y yo, que de aquel ‘no a la OTAN’ he pasado a dar la bienvenida a Joe Biden, encantado de que esté en mi ciudad y hasta de que abrace al presidente de mi Gobierno. Puede que yo haya cambiado, claro, pero lo que de verdad ha cambiado es todo lo demás: cuarenta años nos contemplan. Y, además, ahí tenemos al tal Putin, que acapara tantas pesadillas. No, no está la cosa para manifestaciones anti atlantistas, en mi opinión.

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Bienvenido, míster Biden. Y si eso le fastidia a Putin, mejor

Enviado por Fernando Jáuregui | 23/06/22



(las ‘antiotanistas’ del Gobierno. Vaya dos ejem ministras…)
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Ya nos lo ha advertido el alcalde de Madrid: la próxima semana, va a ser la ciudad más incómoda del mundo. Más de treinta jefes de Estado y del Gobierno circulando desde sus hoteles a las recepciones, de allí a Ifema para participar en la ‘cumbre’ atlántica van a hacer del tránsito un infierno. Y encima, las manifestaciones de una parte del Gobierno en contra de lo que la otra parte ha organizado, espero que, además, bastante bien. De locos.

Esta mañana, asistiendo a uno de esos desayunos masivos con una ministra en un céntrico hotel donde se alojarán algunos de los ‘vips’ que concurrirán a la ‘cumbre’, he tardado un cuarto de hora en poder abrir las puertas de mi coche, allí aparcado. Los inhibidores funcionan ya a todo tren: y no es por los CDR y demás ‘antisistema’ que sin duda van a aprovechar la ocasión incluso para sabotear las manifestaciones antiatlantistas de Podemos, por considerarlas excesivamente poco ‘radicales’: es que no hace falta tener mucha imaginación para sospechar que el terrorismo yihadista (o no solo, claro, que hay muchas cosas que tener en cuenta) puede tratar de aprovechar la ocasión para dar una terrible y cruenta ‘campanada’.

Aunque tendamos a olvidarnos de Ucrania -ya está dejando, ay, de ser noticia–, lo cierto es que la guerra alentada por Putin continúa. Y que la ‘cumbre’ de Madrid, la más importante de la OTAN desde la caída del muro de Berlín, es un aliciente para mostrarse , desde el otro lado, amenazante.

Por eso los controles de los sistemas informáticos han acentuado sus precauciones, por eso las calles madrileñas están más vigiladas que nunca. Yo, gustosamente, renuncio a la cómoda rutina habitual en favor de garantizar la seguridad y de mostrar que España es un país perfectamente capaz de organizar un acontecimiento tan señalado como este. Aunque a una parte de mi Gobierno –¿hasta cuándo estas contradicciones?– no le guste. No, yo estos días no protestaré porque se corte el tráfico, ni siquiera porque los inhibidores no me permitan abrir mi coche. O porque las restricciones inhiban el turismo.

Esta que nos viene es una de esas ocasiones que justifican la excepcionalidad. Y si eso le disgusta a Putin, qué quiere que le diga: mejor que mejor. Bienvenido, míster Biden.

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