El pirómano (Torra) siempre llama dos veces

Enviado por Fernando Jáuregui | 20/10/19

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(¿Y si Sánchez convocase en La Moncloa a Torra, como él mismo pide, y le dice: “te tienes que marchar ya”?)

Lo malo de unas elecciones es que, ante el miedo de perder votos con una jugada de ajedrez arriesgada, todo se vuelven tácticas más bien conservadoras. Y el arreglo de los problemas tiene que esperar hasta, al menos, la jornada siguiente a las urnas. Para las elecciones, y para las soluciones, quedan poco menos de tres semanas. Sin embargo, necesitamos urgentemente ese movimiento audaz, que coloque al principal enemigo del Estado, que se llama Quim Torra, en su lugar. Es decir, fuera de la presidencia de la Generalitat. Y, para estar seguro de que podría ganar unas elecciones ante las que las encuestas, salvo el CIS, le auguran perspectivas inciertas, debería ser Pedro Sánchez quien comunicase al pirómano que tiene que largarse. A su Gerona natal o, mejor, a Waterloo. Hay mecanismos perfectamente legales para ello.

Cualquier persona con la que hables en Cataluña, tenga un independentista en su alma o no, te dice que esto no puede continuar así. Ni un día más. Y, presumiblemente, el globo se deshinche algo –algo—en esta semana, que desembocará en otra ‘gran manifestación’ –ay, dolor—convocada para el día 26. Lo que ocurre es que los propios manifestantes velarán para que los salvajes que queman contenedores, apedrean a la policía e impiden a los periodistas ‘españoles’ ejercer sus funciones, no puedan seguir ejerciendo una violencia que hunde a Cataluña y, de paso, es verdad, la imagen internacional de España. Yo no quiero que nos comparen con lo que ocurre en Chile, o en Perú, o en Ecuador o en el Brasil de Bolsonaro, o en México, o…

Creo que Sánchez acertó pidiendo calma y diciendo que la moderación es una forma de ejercer la fuerza. Y él tiene más fuerza, la tenemos todos, incluyendo a los ‘indepes’ moderados catalanes, que la horda pirómana. Si hace falta aplicar el 155 u otras medidas más extremas, ya se hará: está en la mano del Gobierno, pero no creo que eso fuese ahora puntualmente constitucional, la verdad. Solo falta apartar al pirómano del escenario del incendio.

Y Sánchez, en lugar de no ponerse al teléfono cuando el pirómano llama, espero que angustiado por sus propias llamas, bien podría realizar una jugada arriesgada. Convocarle, como el propio Torra pide, a La Moncloa y lanzarle una monumental bronca: “Quim, te tienes que marchar. Ya”. Y buscar para ello, qué remedio, la complicidad de Esquerra, del propio Oriol Junqueras, que está harto de que la incompetencia y fanatismo extremo del pirómano lleve a un callejón sin salida cualquier solución de futuro para Cataluña. Las elecciones autonómicas, imparables, tienen que ser la patada final a Torra y al ‘puchismo’. Y ahí me parece que se equivoca Pablo Casado cuando, a cambio de su imprescindible apoyo (para la investidura de Sánchez, urnas mediante, digo yo), le exige romper con Torra.

Me parece que Sánchez ya ha roto anímicamente con Torra. Pero no puede romper oficialmente con quien aún es, Dios mío, el molt honorable president de la Generalitat, el representante legal del Estado en Cataluña, qué le vamos a hacer. El presidente del Gobierno central en funciones tiene que dejarle claro, a Torra y al resto del personal, a todo el país, que ha de marcharse. Lo entendería casi todo el mundo en España, incluyendo Cataluña: los irreductibles del fugado a Waterloo son cada vez menos y las proclamas incendiarias de Torra no las comparte ya ni el vicepresidente de su Govern, Pere Aragonés (de Esquerra, recuerden), que me parece que tiene mejor diálogo, subterráneo, eso sí, con La Moncloa que con el fanático mayor de Cataluña. Ni Ibarretxe, hoy en el ostracismo, Dios sea loado, lo hizo peor.

Ahí, ahí, es donde Sánchez encontraría un mayor apoyo de los españoles que buscan salidas templadas, no estados de excepción, para la crisis catalana. Ahí, y no exhumando a Franco –¿cuándo?¿cómo?–, que es un tema ya demasiado manido. Bueno, vale, que salga Franco del Valle de los Caídos –personalmente, me alegraré–; pero que Torra se marche también del valle de lágrimas en el que está convirtiendo las queridas tierras catalanas. Eso me parece mucho más importante.

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La dulce voz de una niña en medio de las llamas

Enviado por Fernando Jáuregui | 19/10/19


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(¿Fue acertado no hablar desde los estrados del hotel Reconquista de una Cataluña que estaba en esos momentos en llamas?)
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La evidencia de las varias Españas quedó de manifiesto este viernes, cuando la tercera España dudaba, ante el televisor, entre atender a lo que ocurría en Oviedo, donde la princesa Leonor se estrenaba en público y donde nadie habló, en los estrados, sobre Cataluña, o de lo que sucedía en Barcelona, donde las llamas de los salvajes, mal llamados ‘radicales’, teñían de color naranja y de caos las pantallas. La voz de una todavía niña pronunciando bellas palabras de concordia y de servicio a la nación frente a la brutalidad de los enfrentamientos callejeros provocados por unas vándalos más o menos protegidos por el principal pirómano, nada menos que el president de la Generalitat, Quim Torra.

¿Dónde, en este panorama dual, incompatible, estaba el Gobierno (en funciones) de la nación? Quizá estaba preguntándose cuánta factura pasarán en las urnas cinco noches de horror prácticamente incontrolado en las ciudades catalanas. ¿Se equivocó Pedro Sánchez, se equivoca el ministro del Interior, Grande-Marlaska, cuando tratan de minimizar, sin quitarle, claro, importancia, lo ocurrido tras conocerse la sentencia del ‘procés´? ¿Yerra el presidente del Ejecutivo en funciones al decir que ‘la moderación es otra forma de fortaleza’, al rechazar ‘por ahora’ aplicar el artículo 155, la Ley de Seguridad Nacional, la declaración de un estado de emergencia, como le piden ya los partidarios de las medidas más severas?

Personalmente, creo que no, que en esto no se equivoca, aunque en otros apartados no pueda estar más lejos de la realidad. Siempre habrá tiempo de poner en marcha el 155 y demás, una vez que se compruebe si en esta semana que entra baja o no el soufflé de la violencia callejera, a la que no han sido ajenos algunos ‘agitadores profesionales’ venidos de más allá de las fronteras. Veremos si las previsiones gubernamentales se cumplen y la tensión disminuye –que ya sabemos que desaparecer no va a desaparecer—en una Cataluña cuyos habitantes viven, me consta, momentos de desesperación y hasta pavor. Esto traerá lamentables consecuencias económicas, políticas, sociales y morales.

La semana ha sido desastrosa. La campaña electoral, entendida en su mejor acepción, la de formular propuestas de mejora al electorado, ha desaparecido tragada por las llamas. Solo quedan las encuestas y el efecto del desgobierno en la intención de voto el 10-N. La última hazaña del pirómano podría ser lograr una inesperada derrota de Pedro Sánchez y la victoria de una derecha que, sin dudarlo, aplicaría medidas ‘duras’ en Barcelona, comenzando por procurar la salida de Quim Torra de la Generalitat; que se vaya de una vez a hacer compañía a Puigdemont, que parece inmune a cualquier euroorden tratando de hacerle regresar a España.

El panorama ha sido, esta semana, de máxima agitación. Difícilmente podría Cataluña resistir otra igual: ni los comerciantes, ni los industriales, ni los hosteleros, ni los taxistas, nadie en su sano juicio, podría aguantar mucho más, por muy independentista que se sienta en su corazón y quizá hasta en su cerebro. La factura de la semana pasada será la quiebra del Govern, del que tiene que salir de inmediato el ineficaz conseller de Interior, ya que no el propio Torra. Pero también pagaremos esta factura de este lado del Ebro. Y puede que la cuenta más abultada se la pasen a Pedro Sánchez y al PSOE el próximo día 10, mientras que las posiciones más intransigentes –Vox llegó a pedir el encarcelamiento de Torra esposado—podrían verse recompensadas en las urnas. Ya veremos.

Mientras, en Oviedo no se hablaba, desde los atriles –pero sí, y no poco, en los pasillos del hotel Reconquista–, de Cataluña. Ni una palabra en el discurso del Rey ni en el breve parlamento de su hija. Ni en los de los premiados, que, ante el panorama, quedaban relegados a un muy segundo plano, entre otras cosas porque últimamente los premios, en su afán de ser ‘Nobel asturianos’, no aciertan con unos galardones lo suficientemente mediáticos. No sé si la voz todavía infantil de la heredera de la Corona logró imponerse sobre tanto tsunami antidemocrático; a mí me gustaría poder responder con un ‘sí’, lleno de seguridad, cuando diplomáticos y periodistas extranjeros me preguntan si esa todavía niña reinará algún día en España, en las Españas.

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¿Llegará a reinar Leonor de Borbón Ortíz?

Enviado por Fernando Jáuregui | 18/10/19

Cuentan los expertos en cosas y casas reales que, aquella noche aciaga del 23 de febrero de 1981, el rey Juan Carlos quiso tener junto a él a su hijo, Felipe, trece años entonces, para que aprendiese en directo y a lo vivo lo que es una situación de crisis. Yo creo que el niño, aunque muerto de sueño, aprovechó aquella lección. Luego hizo su debut en los premios Príncipe de Asturias, y todo eso que tantas veces se ha repetido estos días, aprovechando que su hija, la princesa Leonor de Borbón Ortiz y Grecia Rocasolano, hacía este viernes su aparición ‘estelar’ en Oviedo ante los micrófonos, con una intervención de unos pocos minutos.

Día tremendo, a fe mía, para convertirse en estrella: los titulares de los periódicos no iban a estar destinados a la treceañera Leonor, sino a una parte de esa España cuya jefatura del Estado está destinada a heredar, como está oficialmente previsto, esta aún niña, con aspecto de ser algo menor de lo que es, de la que cuentan maravillas acerca de su inteligencia y buena disposición para, como su padre, asumir una tarea nada fácil.

Supongo que, al igual que Don Felipe en aquellos comienzos de los años ochenta, la princesa Leonor está pudiendo en estas semanas, en estos días, comprobar que no lo va a tener fácil. No creo que España pueda definirse como un país republicano, pero lo cierto es que es cada vez menos monárquico. Y, desde luego, lo que está ocurriendo en Cataluña ayuda poco: la propia figura del jefe del Estado se ha ido debilitado lenta, imperceptible, pero seguramente, en estos años de cierto desgobierno y caos político cierto. A menudo me llaman –hoy mismo—diplomáticos y periodistas extranjeros, sabiendo que me proclamo ‘monárquico, aunque crítico’, para preguntarme sobre si yo creo que doña Leonor llegará a reinar. Les digo que me gustaría, si ella se lo merece. Y si las estructuras del país, o sea los representantes de la ciudadanía, se aplican a fortalecer la cúpula del Estado. Confío en lo primero –ya digo que esta aún niña, pese a lo sobreprotegida, corta un pelo en el aire, por lo que me dicen quienes la conocen– y desconfío de lo segundo.

También dependerá la cosa de cómo su padre, el Rey Felipe, que es uno de los mejores que ha tenido la Historia de España, según mi criterio, sepa, pueda y quiera afrontar lo que le viene encima. El es, sustancialmente, un profesional de la Corona, mucho más que su padre, Juan Carlos I, que se ha ganado un sitio en las páginas históricas por sus cualidades y por ciertos actos de valor en favor de la democracia, pero que también ha introducido algunos serios borrones en las mismas. Y no, no voy ahora a repasar lo negativo, porque quiero dedicarme a hablar del futuro, y no del pasado borrascoso.

Y el futuro, el inmediato, se llama, antes que Leonor, Felipe. Que tiene que arrostrar muchas, muchas, trampas para osos, abandonos de la causa monárquica y hostilidades contra la propia idea de la Monarquía: más de la tercera parte de los nuevos componentes del Congreso de los Diputados es, con plena legitimidad, abiertamente republicana y prometen luchar por el derrocamiento de la Monarquía. Sería absurdo, y casi suicida, tratar de esconder esta realidad. Supongo que se la habrán explicado de alguna manera a Doña Leonor, aunque no sé si las gentes excesivamente prudentes y melifluas que rodean al Rey con el loable afán de protegerlo son capaces de tal ejercicio; para muchos, increíblemente esto va bien y está siendo bien gestionado.

Y no. Ya ni los premios Princesa (antes Príncipe) de Asturias son lo que eran. Andan, me parece, como algo devaluados. Claro que no es fácil, por mucho que tengas a una niña encantadora hablando desde el atril, competir con el díscolo, agrio, levantamiento de una de las diecisiete Comunidades de las que se compone el Estado, es decir, España. Personalmente, brindo por que un día cercano yo pueda responder ‘sí’, sin dudas, a quien me pregunte si Leonor va a reinar en este país, en la totalidad –claro está—de este país. Hoy, solamente puedo decir ‘ojalá’. Y eso, por supuesto, también me preocupa.

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Esta no es la España del general Batet. Ni Hong Kong

Enviado por Fernando Jáuregui | 17/10/19

En la madrugada de este miércoles al jueves, las redes ardían aún más que la Gran Vía de Barcelona, abundantemente presente, con los colores de las llamas, en las pantallas de las televisiones de toda España y, por cierto, de toda Europa. Mal asunto. Las redes son exaltadas y no pocos tuiteros atacaban sin piedad a este columnista, que aparecía como tertuliano en televisión tratando de aplacar los ánimos y decir que los violentos son una minoría de los manifestantes, que quizá no procede ponerse a hablar de estado de sitio, de alarma, de excepción, de cómo echar a Torra de la Generalitat (ojalá fuese tan fácil hacerlo); tal vez ni siquiera sea el momento de poner en marcha, al menos todavía, la Ley de Seguridad ni el artículo 155. Tiempo habrá para esas medidas extremas, y ahí, me parece, Pedro Sánchez tiene razón –por ahora…–, aunque él sabe, aunque sea quizá lo de menos, que, si se equivoca, se juega la continuidad en La Moncloa en estos ‘lances catalanes’.

“La moderación es otra forma de fortaleza”, dijo Sánchez en la tarde del miércoles, pocas horas antes de que las pantallas se incendiasen con las salvajadas de ¿unos miles? ¿unos cientos? de auténticos cafres, envueltos en la bandera estelada y cubiertos por sus capuchas algo ‘lumpen’. No gustó en las redes escuchar eso de la moderación, sobre todo a quienes no les gusta, y es patente, que Sánchez pueda ganar las elecciones. Hablaban algunos, no pocos, de la quema de conventos previa a la guerra civil, de lo ocurrido en 1934, de Hong Kong, de los chalecos amarillos en Francia, hasta de Tiananmen.

Escribir o decir en esos momentos que unas cosas y otras tienen poco que ver, que la mayor parte de los que se manifestaban, legítimamente aunque no nos guste, recriminaba a los salvajes, no era algo muy popular. Mucha gente, a este lado del Ebro, quiere que el Gobierno (en funciones) tome medidas de extrema dureza, y lo mismo piden los líderes de la oposición a la derecha del PSOE.

El problema no es Sánchez. Ni, desde luego, Casado. Ni Rivera. Ni Vox. Ni Podemos, que discrepa de los tres anteriores y parece sintonizar algo más –no del todo—con el primero de los citados, aunque la receta ‘moderación’ no sea la favorita del líder morado. Mala cosa la falta de entendimiento entre las fuerzas que llamaríamos ‘constitucionalistas’. No han entendido que, con la sentencia del Supremo contra los golpistas, el Estado ha ganado. Que hemos ganado al Gran Pirómano, nada menos que el president de la Generalitat, Quim Torra, que a media tarde aún paseaba ufano por una carretera cortada por los manifestantes –¡con el espectro indeseable de Ibarretxe, a quien no quieren ya ni en el PNV!– y por la noche, sin duda angustiado porque la situación se le ha ido de las manos, culpaba a ‘infiltrados’ de los ‘incidentes’.

Una falsedad, obviamente: le gustaría llegar hasta a decir que la culpa de la violencia la tuvo la policía, pero nadie le iba a creer. Los catalanes están muy, pero que muy desconcertados, y tenemos evidencia de amigos moderada o no tan moderadamente independentistas que están horrorizados ante la espiral que adquiere la protesta: un día de estos, si se permite a los vándalos actuar como si tal, habrá alguna desgracia irreversible. Un muerto, como ya estuvo a punto de ocurrir en la noche-madrugada del miércoles al jueves. Y Cataluña, empobreciéndose, el turismo huyendo. Y de las inversiones qué le voy a decir.

Nadie quiere que lo de esas dos noches desgraciadas se repita este viernes, día de huelga en el que Cataluña se va a paralizar, mientras, en Oviedo, la princesa de Asturias, heredera del trono, pronuncia su primer discurso importante en público. Las coincidencias en la ‘tormenta perfecta’ que tenemos montada. Pero eso, claro, las palabras de doña Leonor, se traslada a lo que los periodistas llamamos ‘página par’: los titulares están en Cataluña. En saber si son verdad las previsiones de que esta pesadilla acabe ya este domingo, que la semana próxima la protesta se ‘normalice’, se encauce, se debilite.

Quedarán quince días para las elecciones, con las encuestas advirtiendo de que puede haber vuelcos, sorpresas, sustos; lo que vaya ocurriendo y no ocurriendo en Cataluña será crucial para los resultados, para la gobernación de España en los próximos cuatro años, para los acuerdos poselectorales que serán inevitables. De momento, nuestros partidos no se han puesto de acuerdo ni siquiera sobre cómo ni cuándo celebrar el único –¡el único!—debate televisado entre los candidatos. Menuda campañita nos están dando. O mejor sería decir que no nos la están dando: nos la están arrebatando, junto con la normalidad, tan añorada. Pero ya digo: la anormalidad no llega a lo de Hong Kong, ni a Batet bombardeando la Generalitat, menuda barbaridad.

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Habría que recibir al vencido Torra en Madrid

Enviado por Fernando Jáuregui | 15/10/19

El follonero president de la Generalitat, Quim Torra, el pirómano que aviva todos los incendios, quiere verse con el Rey y con Pedro Sánchez. Consideración merece la audaz propuesta de quien decía, hace semanas, que Felipe VI no es el rey de los catalanes y se negaba a recibirle en ‘su’ feudo. Y, sin embargo…

De entrada debo advertir que muy probablemente haya bastantes lectores que estén en desacuerdo con esto que escribo; al fin y al cabo, la sentencia del ‘procés’ constituye un nuevo pretexto para que las dos Españas se enzarcen en otro, interminable, combate: hay quienes consideran la decisión del Tribunal Supremo insuficiente –y se alegan múltiples teorías conspirativas para decirlo–, no faltan los que la consideran excesiva –y entonces los más extremistas y locos se lanzan a ‘tomar’ el aeropuerto del Prat, o de Tarradellas, cuya memoria ellos no aman–. Y estamos los que nos situamos en una posición puede que equidistante: el Estado de Derecho ha vencido, pero no debe exagerar en las penas. ‘Summa lex, suma iniuria” debe ser siempre, creo, la máxima de un Estado que se quiere plenamente garantista.

Quizá por eso, y porque este delicado momento es el de la moderación, pienso que es llegado el momento de que el vencedor, el Estado, retome ‘desde arriba’ el contacto con el vencido, en este caso quien sigue siendo, muy a nuestro pesar eso sí, el molt honorable president de la Generalitat de Catalunya.

Reconozco que albergo pros y contras acerca de la conveniencia –ya sé que ni se considerará la cuestión; entiendo, simplemente, mi deber hacer este apunte—de que el jefe del Estado, que lo es de todos, también de Torra, lo reciba en audiencia. Sí creo decididamente que debería hacerlo, pero en La Moncloa, sin concesiones, sin permitir a su visitante alharacas y montajes publicitarios, Pedro Sánchez. Para dejar muy claro al hombre que busca la confrontación que eso es precisamente lo que el Estado no quiere y va a evitar: la confrontación que Torra y su mentor en Waterloo desean, aunque cada día sean más los independentistas que, con Esquerra Republicana a la cabeza, buscan vías menos traumáticas, menos lesivas para Cataluña, que las que Puigdemont y su discípulo pretenden.

Sé perfectamente que Torra no quiere diálogo, sino patentizar el victimismo; no desea soluciones, sino que el templo se hunda, aunque le arrastre a él mismo. Precisamente por eso, creo que el Estado de Derecho le tiene ganada la batalla de la imagen –y, pensando en Europa y en el mundo, ganarla es muy importante—a poco que se esfuerce y no cometa (más) errores. NO me parece que sea la hora de los ‘halcones’, que, olvidando que el fin de la pena es evitar la repetición del delito, y no el mero castigo del delincuente, como decía Beccaria, buscan la máxima dureza penitenciaria para unos golpistas que, naturalmente, han de recibir su castigo, pero, sobre todo, han de recibir una lección. Nunca más.

Y esto lo deben saber Torra y su reducto de inasequibles al desaliento. Y quizá el presidente del Gobierno central en funciones tenga que decírselo a la cara, porque él también es el presidente de Torra, como el Rey es el jefe del Estado español en Cataluña, faltaría más, por mucho que este fanático niegue una evidencia que el Estado debe esforzarse en reforzar.

Sí, hemos ganado. NO creo que la sentencia cierre todas las heridas –parece haber abierto, por el contrario, muchas que son artificiales, fruto de la intransigencia y de la falta de respeto al tercer poder–; pero se ha garantizado el cumplimiento de la ley, por más que las penas impuestas, y su posterior dulcificación penitenciaria, gusten o disgusten a una u otra España. Ha pasado el momento de los exaltados y de los que quieren hacer campaña electoral predicando el palo y nunca la zanahoria. También esto hay que decírselo a Torra, ciudadano español, que ha perdido este lance y a quien, me parece, no se puede dar el gustazo de ir proclamando que no han querido recibirle, aunque sea para lanzar sus insensateces y luego ir proclamándolas a la prensa en la librería Blanquerna y en algunos periódicos europeos acogedores.

Sí; creo que yo recibiría a Torra, el vencido, para decirle a él, y al mundo, que España es una nación abierta, dialogante, amante de la paz y de las leyes, con todo lo perfectibles que estas sean y por mucho que admitamos que algunas se han quedado obsoletas para hacer frente a situaciones inicuas, como la que se planteó en octubre de 2017. No se trata de humillar a nadie, ni siquiera a este hombre que tanto daño ha hecho, pero conviene recordarle a este alevín de Companys en versión ridícula que, simplemente, ha perdido. Y que se inaugura una nueva era en la que ni él ni sus ideas tienen ya sitio en la política española. O sea, también catalana.

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Y después de la sentencia ¿qué? Después, quizá, ¿la distensión?

Enviado por Fernando Jáuregui | 13/10/19


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(¿sobre qué hombro se posará ahora la mano de Junqueras?)
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Claro que en los próximos días no se va a hablar de otra cosa que de la sentencia, del ‘procés’, del juez Marchena… Y de Oriol Junqueras, que previsiblemente quedará inhabilitado para encabezar la candidatura electoral de Esquerra ante la convocatoria a las urnas el próximo día 10. La campaña se catalaniza y de cómo sepa Pedro Sánchez resolver el previsible caos posterior a la publicación de la sentencia dependerá no solo su éxito o fracaso electoral, sino el futuro inmediato del país.

Porque Sánchez tendrá que gestionar palo y zanahoria, firmeza y flexibilidad, gestos de autoridad con actitudes conciliadoras, diálogo sonriente y gesto serio. Y en todo ello previsiblemente encontrará el apoyo del principal partido de la oposición, el PP gestionado ahora de manera conciliadora –qué diferencia con tiempos no tan lejanos—por Pablo Casado. Será el primer resultado de un pacto de hecho que posibilitará la gobernación de este país en funciones tras las elecciones de dentro de tres semanas.

Coincidí en la recepción real del 12 de octubre con mucha gente interesante, dispuesta a decir, naturalmente lejos de micrófonos, cosas no menos interesantes. Era, ya sabe usted, el ‘establishment’ con algunas ausencias notables. Lo más sorprendente –o no tanto—que escuché a persona muy relevante, cuyo nombre, obviamente, no puedo revelar, fue: “veremos a Junqueras pronto andando por las calles de su pueblo”. Sí, se refería a Oriol Junqueras, el principal encausado por el ‘procés’, para quien se prevé una pena no muy inferior a doce años en la sentencia que se le comunicará a él, y al país, en las próximas horas.

Y no, no habrá indulto. Sería imposible ese consenso del PSOE con el PP si lo hubiera. Y tampoco van a pedirlo los nueve condenados a bastante severas penas de prisión. Pero sí habrá, más bien pronto, terceros grados, posibilidad de que los condenados acudan a la cárcel solamente a dormir, relajación del rigor carcelario. Dependerá de una junta calificadora que, obviamente, se mostrará más bien partidaria. De ahí esa afirmación de mi interlocutor asegurando que Oriol Junqueras, el más emblemático de los presos –y, sospechan muchos, el interlocutor del Gobierno central para intentar ‘pacificar Cataluña’– , podrá ser visto más pronto que tarde paseando por San Vicente dels Horts, la localidad de la que fue alcalde hasta 2015. Inhabilitado, no podrá ganar las elecciones en Cataluña, pero podrá, al menos, pasear. Y ejercer un ‘gobierno moral’ de su partido, al que las encuestas dan como ganador en la Comunidad.

Ignoro si ese paseo será el principio de una distensión, de esa anhelada ‘conllevanza’ entre Cataluña y el resto de España. Eso tendrá, en todo caso, que pasar por el apartamiento de la política del principal pirómano de la concordia, que es el actual president de la Generalitat, o sea, Quim Torra, con quien ningún entendimiento parece posible. Y que el mentor de Torra, Carles Puigdemont, acabe de perder todo su predicamento en foros internacionales, ante los que sin duda será recurrida la sentencia dictada por el Tribunal Supremo.

Claro que todo eso se producirá dentro de algunos meses, coincidiendo con la convocatoria de elecciones autonómicas (casi plebiscitarias van a ser, en realidad) en Cataluña. Ahora, en lo inmediato, lo importante es gestionar las reacciones callejeras por la sentencia. Ante la dimensión de este problema, me parece que todo lo demás que pueda ocurrir en esta semana crucial –la fotografía de la exhumación de la momia de Franco, el propio discurrir de la campaña electoral en torno a otros temas, lo que digan las encuestas—ha perdido, desde ya, bastante relevancia.

“Pues vótame y ya verás cómo se arreglan”, respondió Pedro Sánchez a un periodista que, bromeando, o no tanto, le pidió que solucionase los problemas del país. Creo que el periodista se quedó pensando que, por el contrario, antes de que los españoles vayan a las urnas, Sánchez tendrá que mostrar cómo resuelve la cuestión más espinosa que la ciudadanía tiene planteada. Y, en función de cómo lo haga, tendrá más o menos votos. A partir de hoy mismo, Sánchez se la juega. Y nosotros todos, también.

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Para gobernar, primero es el Estado; luego, el Estado de bienestar

Enviado por Fernando Jáuregui | 11/10/19

Nuestros políticos, lanzados en campaña electoral (siempre lo están), insisten en que ellos abordarán en sus programas “las cuestiones que interesan a los españoles”, y no otras, que son esas cosas absurdas que cada líder atribuye como prioridad del adversario y, a veces, rival: que si Franco, que si… Y ¿cuáles son esas cosas que, de verdad-de verdad, interesan a los españoles? Está claro: la educación, la sanidad, el empleo, las pensiones…Ya sabe usted. Claro que todo eso nos interesa, pero ¿es lo que más nos debería interesar? Con su permiso, me atrevo a discrepar.

Asisto a un desayuno multitudinario con Albert Rivera y le escucho precisamente eso: “vamos a hablar de los problemas reales de los españoles” y, añade algo así que como que vamos a hablar menos de Torra y de Puigdemont. Ojalá, señor Rivera, fuese eso posible: ocurre que los dos citados, y otros muchos a los que me encantaría no tener que mencionar constantemente, son los que provocan los problemas. Que no son virtuales, sino muy reales. ¿O no es un conflicto mayúsculo que quieran dar un golpe de Estado, la desobediencia permanente, la perpetua voluntad de confrontación con la legalidad y ese largo etcétera que usted y yo sabemos?

Para mí, aunque las encuestas no lo detecten como la principal pesadilla de los ciudadanos, esta es la principal angustia que ahora tenemos: la definición del propio Estado, amenazada por conflictos territoriales y por una voluntad de formaciones (que tienen una bastante nutrida representación parlamentaria) por situarse al borde del sistema, incluyendo la voluntad de deterioro de la Corona.

Mientras, en base a una consolidación de la voluntad unitaria de las fuerzas constitucionalistas, no definamos un marco de actuación que ofrezca a la ciudadanía solidez y credibilidad en sus representantes, será absurdo y hasta algo demagógico anteponer trabajo, educación, sanidad, pensiones u otras necesidades más puntuales –muy importantes todas, pero…–como marco fundamental de la acción política.

Que no digo yo que Rivera, y los demás, no anden proponiendo estos días llegar a un pacto, a un frente de trabajo común para solucionar las grandes cuestiones que tenemos planteadas. Pero lo hacen con la boca muy pequeña, insistiendo mas en la descalificación del otro –Rivera pidió a Pedro Sánchez y a Pablo Casado “que dejen de mentir”—que en las líneas de posible acción común para librar a España de quienes quieren, de una manera u otra, desmembrarla y debilitarla. Y ya he dicho muchas veces que, a mi juicio, no será imponiendo la aplicación del mal redactado artículo 155 de la Constitución como ese deseable pacto será posible. No: ese debilitamiento solo se logrará en las urnas, es decir, convenciendo a los electores de las bondades de lo que se ofrece.

Agitar, como banderas al viento, ofertas de creación de miles de puestos de trabajo, de reformas educativas, de mejoras sanitarias, sin haber solucionado primero un encaje a la financiación de las autonomías, de inevitables y ya urgentes reformas constitucionales y de la normativa electoral, una modernización de las estructuras de las administraciones, una profundización en la democracia española, me parece trazar una raya en el agua. Pienso que ese deseable pacto de Estado que ahora –ahora—abraza Rivera y que otros sugieren débilmente, es lo prioritario, lo que verdaderamente contribuirá a regenerar el país tras estas elecciones del 10-N, que deberían contemplarse como decisivas. Y no como una batalla por ocupar el poder.

El gran problema es que ese pacto todos lo quieren –o dicen desearlo, con diferente grado de intensidad, según lo que les vaticinen las encuestas–, pero casi nadie lo ve realizable. Y luego se quejan de la desafección de la ciudadanía. Recordemos, porque viene muy a cuento, aquella frase de Mandela: “siempre es imposible, hasta que se hace”. Yo votaré por eso, pero ¿quién de veras lo proclama?

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Prohibido prohibir decir ‘presos políticos’

Enviado por Fernando Jáuregui | 09/10/19

Me resulta especialmente triste tener que comenzar un comentario como este advirtiendo a mis lectores que yo no creo que en España haya presos políticos: un intento de golpe de Estado como el que se propició en octubre de hace dos años tiene, forzosamente, que ser castigado penalmente; de manera inminente conoceremos la sentencia contra los aún presuntos golpistas, y no va a ser, desde luego, blanda. Y créame que me alegro:’fiat iustitia el pereat mundus’. Pero, con parecida convicción, me atrevo a decir algo que sé que no gustará a este lado del Ebro: rechazo que Junta Electoral alguna prohíba –ya lo hizo en la anterior campaña—a televisión alguna –aunque sea la muy parcial, por decir lo menos, TV3—pronunciar las palabras ‘presos políticos’ o ‘exilio’, al referirse a la fuga de Puigdemont y demás.

No, no son, pienso, presos políticos, sino, ya se sabe, políticos presos. Pero no creo que deba limitarse la libertad de expresión de quien sea, aunque se trata de ‘indepes’ irremisibles, o de aquella ‘tele’ a veces infumable, hasta el punto de que no puedan usar, cuando se hallen en un espacio mediático, los términos antedichos. O, incluso, hasta obligarles a anteponer la palabra ‘autodenominado’ para referirse a esos fantasmales órganos creados por la Generalitat o por el ‘fugado’ –que no exiliado—Puigdemont. ¿Por qué será que este ‘autodenominado’ me suena tanto a aquel ‘ilegal’ que a los periodistas de mi generación nos obligaban a escribir cuando, a continuación, nos referíamos al Partido Socialista Obrero Español, por ejemplo?

Confío en que me crea si le digo que pondría mi máximo afán, si alguien me lo pidiera –y aunque no lo haga—para garantizar la buena marcha entre los estamentos oficiales de Cataluña, tan montaraces, y los del resto de España, tan renuentes. Pero ni soy partidario de obligar a quitar lazos amarillos de los edificios públicos ni a arriar de ellos carteles pidiendo libertad de expresión. Pido, en contrapartida, que a quienes abrazamos carteles diferentes, lazos distintos y expresiones distantes, nos dejen colgarlos en los balcones públicos controlados por la Generalitat, y que a los periodistas que pensamos de otra manera, alejada de las verdades ‘oficiales’ en la Cataluña secesionista, nos permitan expresarnos sin trabas en los medios públicos catalanes.

Se trata, en suma, de asimilar la tesis volteriana: “yo, que odio lo que usted proclama, daría la vida para que usted pueda seguir expresándolo libremente”. Quizá, si Voltaire presidiera nuestro comportamiento en estos azares, el conflicto de la Cataluña más involucionista con los sectores más ‘halcones’ del resto de España se suavizaría. Y no estaríamos en el punto en el que nos hallamos. Esto es algo que pienso decir en un acto público al que se me ha invitado este jueves en Sabadell, y sé que no gustará allí. Ni quizá, aquí, en este Madrid desde el que escribo.

Pero, en fin, multiplicamos los órganos encargados de prohibir y restringimos los responsables de dialogar. Mandamos más policías y ellos generan más conspiradores en las sombras del ‘coctel Molotov’. Ya sé, ya sé, que en Cataluña se multiplican, alentados por la locura de Torra, los amantes de la ‘confrontación’ y no de la ‘conllevanza’. Como sé que de este lado, que es el mío, proliferan los partidarios de lanzar el artículo 155 a la arena de la lucha, que aún no ha comenzado, pero que todos creen que comenzará, en detrimento de una búsqueda de diálogo que yo, al menos, aún creo posible, aunque sea remoto. Y así, esto no puede pintar nada bien.

Fjauregui2educa2020.es

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Partes de guerra

Enviado por Fernando Jáuregui | 08/10/19

Martes, ocho de la mañana. El taxista que me lleva de Lorca a la estación de Murcia se ha quedado mudo al escuchar el comienzo de un informativo de radio. “Parece un parte de guerra”, exclama. Acaba de oír que cientos de efectivos policiales y de la Guardia Civil han sido movilizados para unirse a los miles que ya están en Cataluña. ¿Objetivo? “combatir” unas movilizaciones en la calle que se dan por seguras inmediatamente después de que se conozca el tenor de la sentencia del Supremo contra los independentistas catalanes que participaron en el intento de golpe de octubre de 2017: se habla de cortes de carreteras, huelgas, ‘toma’ de edificios públicos…

A continuación, y a mi juicio algo exageradamente, la locutora habla de la ‘batalla’ que este lunes se había desarrollado en el Parlament con motivo de la moción de censura fallida presentada por Ciudadanos contra Torra: “solo ha fortalecido al irredento Torra”, dice la radio. Luego, la locutora hace recuento de los ‘desafíos’ lanzados por el president de la Generalitat, embarcado en una ‘confrontación, de momento verbal’, contra el Gobierno central.

Tengo que dar la razón al taxista: es una apertura de informativo cuando menos apta para despertarte a tempranas horas de la mañana. Completada con la opinión de un colaborador, que afirma que solamente un entendimiento entre las ‘fuerzas constitucionalistas’ podrá impedir una posible ‘quiebra’ del Estado, tal y como hoy lo conocemos.

A veces empleamos tintes dramáticos para calificar una situación susceptible de asustarnos, como una reacción ‘muy fuerte’ de los sectores independentistas ante una sentencia presumiblemente ‘dura’ contra los procesados, no se sabe aún si por rebelión (improbable, creo, que la sentencia se pronuncie en este sentido), sedición o qué. A raíz de esta sentencia, parece haberse abierto una especie de concurso de ideas entre los ‘indepes’ para ver quién logra tirar la piedra de la protesta más lejos, perjudicando más los intereses de los ciudadanos y, si se puede, de rechazo, los intereses de ‘los españoles’. Un marciano se marcharía pensando que estos terrícolas están a punto de iniciar una confrontación bélica y que hay que huir cuanto antes de este país de locos.

Yo, la verdad, no dramatizaría tanto como algunos conductores radiofónicos en busca de ‘share’, pero sería absurdo y hasta lerdo no admitir que me siento, probablemente como usted, como tantos, preocupado: Quim Torra se ha convertido en líder del sector secesionista más intransigente y cerril, lo que, siendo el president de la Generalitat –y jefe supremo de los ‘mossos’, en realidad, aunque no lo sea en teoría–, lo convierte en sumamente peligroso para la estabilidad del Estado. Como el diálogo con él desde el Gobierno central se ha vuelto imposible, hay, entonces, que mandar a los Grupos de Reserva y Seguridad para que garanticen que el máximo pirómano y sus amigos los CDR no enciendan fuegos devastadores. GRS versus CDR. Mal panorama, que nos retrotrae a aquel 1 de octubre de 2017 (y a otros ejemplos, glub, bastante anteriores)

Pero, claro, también me inquietan algunas cosas que (no) ocurren en este lado del Ebro. Que ni Pedro Sánchez, que ha definido la idea de ‘gran coalición’ como un “trampantojo”, ni Pablo Casado, para quien el concepto de esa alianza, defendida por Núñez Feijoo entre otros, son ‘caralladas’, sean capaces de aceptar, a estas alturas, que de aquí no salimos sino con un gran acuerdo de Estado entre PSOE y PP, es algo que me produce angustia. Que ambos se aferren todavía a los mismos conceptos que nos llevaron a estas elecciones del 10-N, como si aquí no hubiera pasado nada, demuestra que no han entendido gran cosa. O que se guardan las cartas para el día después de la jornada electoral, porque no quieren resbalones ‘a lo Albert Rivera’ durante la campaña.

Pero las reformas, decisiones y diálogo que son precisos para afrontar la enorme crisis catalana, entre otras amenazas, necesitan de un amplio consenso. Y de una generosidad de la que Pedro Sánchez, empeñado en gobernar en solitario –es lo que dice en campaña, luego ya veremos lo que puede lograr-, no hace precisamente gala. Sé que los líderes de los dos principales partidos mantienen un cierto diálogo subterráneo, sí, pero la política de oídos sordos, al menos oficialmente, se mantiene. Serán ‘caralladas’, ‘trampantojos’ o, dice, reproduciendo la voz de sus mayores, Adriana Lastra, ‘cosas absurdas’; pero se equivocan si creen que, tras el 10-N, pueden volver a la casilla de salida, como si las radios no estuviesen emitiendo lo que el taxista llamó ‘partes de guerra’.

No son cosas de este cronista: pregunte usted a mi amigo el taxista de Lorca y verá el cabreo que tiene con las ‘caralladas’ y los ‘trampantojos’, para él y para tantos incomprensibles, de aquellos a quienes, genéricamente, califica como “ellos, los políticos”. Y no se refiere precisamente a gran coalición alguna: habla de las actitudes de esos políticos, apenas interesados en acumular votos más que soluciones a problemas que a veces ellos mismos han creado. En ocasiones creo que a ‘ellos’ les convendría tomar un taxi y dejar el coche con el chófer momentáneamente aparcados. Para escuchar a gente como mi taxista, digo.

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Ana Pastor ‘for speaker’

Enviado por Fernando Jáuregui | 07/10/19

Cada día tiene su afán en esta campaña. Mañana puede que las plumas jurídicas que se afilan a la espera de la sentencia del ‘procés’ comiencen a comentarla desde los mil prismas que exigirá tan compleja decisión del Supremo. La campaña entrará en una ‘órbita catalana’, para bien o, seguramente, para mal: por ejemplo, ¿podrán Junqueras y otros presos encabezar candidaturas? Ahí tiene usted un motivo (más) de reflexión. Pero, en el momento en el que escribo, ocurre que este lunes se cierra el plazo para presentar candidaturas, y lo más descollante ha sido la súbita decisión de Pablo Casado de situar a la ex ministra y ex presidenta del Congreso, Ana pastor, como su ‘número dos’ en la lista por Madrid. Es decir, equivalente, creo yo, a la ‘número dos’ del partido, seguramente por delante del secretario general, Teodoro García Egea. Y, claro, por delante de la hasta ahora portavoz en el Congreso y ‘número uno’ en la lista catalana, Cayetana Alvarez de Toledo.

Me atrevería a decir que la designación de la moderada Pastor, a quien casi nadie ha escuchado decir una tontería, que representa lo mejor de la época de Mariano Rajoy, ha sido un acierto pleno de Casado. Une pasado y futuro. Lo siento por Adolfo Suárez, que quiso representar el ‘suarismo’ en el PP, sin plenamente lograrlo. Pienso que ese acierto debería completarlo nombrando a Pastor, que fue una buena presidenta de la Cámara Baja, portavoz parlamentaria. Sustituyendo, sí, a doña Cayetana, que, en su breve paso por el poder otorgado, ha metido ya un par de veces la pata con su seguridad despectiva, aplastante y extremista. Me consta que no representa a ‘todo el PP’ y he escuchado críticas a su actuación procedentes de alguno de los ‘barones’ territoriales del partido, que son lo más sólido que tiene el PP, comenzando por Alberto Núñez Feijoo, a quien, sin duda, el nuevo ‘ascenso’ de Ana Pastor habrá agradado no poco.

A Casado empiezan a salirle bien las cosas desde que dejó de llamar ‘felón’ al presidente del Gobierno. Las encuestas le amparan y el PP crece más que ninguno, aunque no hasta el punto de desbancar al PSOE, cuyo líder, Pedro Sánchez, hay que reconocer que está haciendo una buena campaña. No sé si se puede decir tanto como que volvemos lentamente a un ‘bipartidismo imperfecto’, pero lo cierto es que aquí, para formar un Gobierno estable, solo parecen sumar los socialistas y los ‘populares’. Y ahí no caben ni Alvarez de Toledo ni Adriana Lastra.

Cada día se escuchan más voces que hablan de la necesidad de una gran coalición o, al menos, de un gran pacto reformista que regenere la pestilente situación política que vive el país. Si lo hubiésemos hecho hace algunos años, ni estaríamos repitiendo elecciones ni, seguramente, el ‘problema catalán’ sería el que es. Pero, en fin: nos decían que no somos alemanes. Tampoco somos portugueses y no faltó quien vió para España ‘soluciones a la portuguesa’ sin pensar que los vecinos no tienen, seres afortunados, ‘indepes’ dando la lata.

Y las voces más sensatas que escucho en el PP, que es un partido organizado y que ha sabido darse a sí mismo la vuelta como un calcetín desde los aún próximos tiempos del ‘marianismo’, dicen que no les gusta una posible coalición ni ‘a la andaluza’ ni ‘a la madrileña’ en la que la veleta Ciudadanos, que no se ha resignado a ser lo que debería ser, bisagra, ni la rocosa Vox –hay que ver las cosas que dijo Abascal este domingo en Vistalegre—jueguen un papel decisivo. Lo mismo que, en el otro lado, se escucha en el PSOE: nunca más un ‘Gobierno Frankenstein’ en el que Pablo Iglesias tenga vara alta y Oriol Junqueras entresijos bajos.

O sea, blanco y en botella. Además, las encuestas ya dicen que la única posibilidad de obtener una mayoría de escaños para un Gobierno no ‘de progreso’ , ni ‘de cooperación’, ni ‘de concentración’, sino ‘de desbloqueo’ y ‘de avance’, es la que se deriva de un entendimiento entre Casado y Pedro Sánchez, que bien haría también puliendo su ‘frente parlamentario’ en el que destacan las obvias limitaciones de su portavoz.

Porque en el Parlamento, tan inoperante hasta ahora, es donde debe radicar la regeneración política del país. En el Parlamento, y en ese tan vapuleado, por unos y por otros, Parlament catalán. Y, en suma, en la idea de un poder Legislativo en el que radique la democracia que hay que reconstruir. Y ahí, digo yo, gente como Ana Pastor tiene mucho que decir: debería haber sido una pieza de consenso entre PSOE y PP y haber continuado en su puesto anterior. Pero, en fin: de quién debe presidir ambas Cámaras, o de cómo se reorganice el Legislativo catalán, hoy, todavía, no toca hablar. Pero hablaremos, vaya si hablaremos. Porque será una clave decisiva.

fjauregui[email protected]

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