El diplomático sin atributos

Enviado por Fernando Jáuregui | 22/10/18


(el aplaudidor de sí mismo)
—-

Lo lógico es que, ante una guerra, haya dos embajadores, uno de un lado y otro del otro, que se reúnan para atenuar daños y preparar la paz. Por ejemplo, ocurrió, según muchos testimonios, en la segunda guerra mundial, cuando enviados especiales que representaban a Gran Bretaña, a Alemania y a Rusia, se encontraban periódicamente en terreno neutral de manera sigilosa, negociando lo que las mentes sensatas en Berlín –Hitler, claro, no figuraba entre ellas—daban ya como segura derrota del Reich. Quiero con ello decir que me parece lógica toda conversación, o hasta negociación, para llegar a acuerdos desde el Estado incluso con los presos –‘el’ preso—en Lledoners, o hasta con el falso exiliado –fugado—de Waterloo. Lo que no es tan lógico es que el ‘embajador’ vaya pregonando su misión como si fuese una hazaña personal por los micrófonos unionistas, encantando así a los medios independentistas el público reconocimiento de los presuntos delincuentes como interlocutores oficiales.

El problema no es la ilógica de que unos Presupuestos hayan de negociarse, sin haber sido aprobados en el Parlamento, por alguien que, ‘de iure’, aunque parece que sí ‘de facto’, no pertenece al Gobierno, con unos interlocutores a la espera de juicio por delitos muy graves y quizá también a la espera de indulto tras la sentencia, quién sabe. El problema es que todo esto cale en una ciudadanía que se acostumbra tanto a la falta de cualquier lógica convencional como a la inseguridad jurídica. Y esto se va traduciendo bastante rápidamente en una profunda involución social, a cualquiera de los dos lados del españolísimo río Ebro. O sea, lo de las dos Españas que han de helarnos el corazón.

Para nada me escandaliza que Pablo Iglesias vaya a Lledoners a entrevistarse con Junqueras en su ‘despacho’ en el ala de psiquiatría de la cárcel de Sant Joan de Vilatorrada, en el Bagés. Allí, al fin y al cabo, recibe el líder de Esquerra a visitantes que van desde el presidente de la CEOE hasta el líder de UGT, pasando por la excéntrica sor Lucía Caram o el ruidoso diputado Juan Gabriel Rufián. Es, al fin y al cabo, uno de los ‘tres presidentes de hecho’ de la Generalitat, y el interlocutor más viable para un Gobierno central cuyo presidente demora, a ver si algún día es posible, su anunciado encuentro otoñal con el ‘president oficial’, el intratable Quim Torra. Tampoco me escandaliza para nada que el mismo ‘embajador’ Iglesias charle (y lo cuente por todos los micros de España) durante tres cuartos de hora con Carles Puigdemont, el segundo ‘president’ de la Generalitat, no sé si para negociar los Presupuestos o qué diablos.

Lo que de verdad me preocupa es que ese ‘embajador’, lejos de actuar como un verdadero diplomático profesional, velando por los intereses de su Estado, o sea, de su país, es decir, de España, parezca preocuparse mucho más de su imagen, de su protagonismo en su propio partido –que este fin de semana se va de cónclave a Vistalegre–, de su ego inmenso. Es decir, y ahora ampliando el círculo, nuestras formaciones, todas ellas, siguen pensando mucho más en las elecciones y en sus circunstancias que en la estabilidad de un Estado que evidencia demasiados boquetes por donde entra el agua.

Que la actividad ‘diplomática’, ejem, de Iglesias pueda parecer una solución para remendar y, a su modo, cohesionar el país en estos momentos de declive no es sino una muestra más de la debilidad anímica de ese país. Especialmente, cuando el, ejem-ejem, embajador parece que plenipotenciario se dedica a sacudir de lo lindo al jefe de ese mismo Estado y, de paso, al sistema (monárquico) que representa y lo sustenta. Que no digo yo que Iglesias no tenga perfecto derecho a hacer esa crítica y a optar por la República; claro que lo tiene en cuanto que ciudadano y en cuanto que líder de una formación política. Pero no estoy seguro de que ni el embajador británico, ni el alemán, ni el ruso, hubiesen podido ni debido criticar a Churchill o al Rey Jorge VI del Reino Unido, o ni siquiera a Stalin o Hitler: ellos tenían una misión silenciosa que cumplir, y sus opiniones acerca de sus mandatarios, seguramente no demasiado positivas, tenían que aparcarlas en su almario. Es la grandeza y la miseria de los diplomáticos…

Jamás reprocharé a Pedro Sánchez que envíe embajadores a Lledoners o a Waterloo. Es urgente buscar soluciones no, desde luego, para los Presupuestos sanchistas ni para su larga estancia en La Moncloa, sino para mantener al país unido y lo más estable posible dentro de una ‘conllevanza territorial’ lo más larga que se pueda. Y eso exige, en mi opinión, más diálogo que amenazas, más zanahoria que palo con el bate del 155. Lo que de verdad me preocupa es la elección del embajador jefe, cuyas virtudes (y defectos, obviamente) son precisamente la antítesis de las cualidades de un diplomático, incluyendo, ya que estamos en este terreno, que su inglés no es demasiado bueno tampoco. Ni, ya digo, la lógica le acompaña con demasiada asiduidad.

fjauregui@educa2020.es

Share

El beso

Enviado por Fernando Jáuregui | 21/10/18


——-
((¿por qué será que todo lo que hace Sánchez últimamente me parece como impostado?))
——

Si una imagen vale más que mil palabras, el beso que Pedro Sánchez le estampó en la mejilla este sábado a Susana Díaz fue más contundente que cien editoriales de prensa. París bien vale una misa y Andalucía bien vale un beso y algún achuchón suplementario. Claro que quienes saben no pueden olvidar fácilmente las lindezas que uno y otra se han dicho –a sus espaldas, naturalmente, y puede que en encuentros lejos de cámaras y micrófonos—y el odio que a ambos los ha animado, antes de que la vecindad de las urnas los haya unido.

Pero ya estamos en la precampaña andaluza, volcada en unas elecciones que, decían los sondeos dominicales, ganará el PSOE, pero perdiendo votos y con necesidad de gobernar con otros. Seguramente, con la versión andaluza de Podemos, que no es precisamente, laus Deo, la de Pablo Iglesias. Porque Ciudadanos, que es quien más sube de acuerdo con los sondeos, para lo que valgan, ya ha prometido que no volverá a haber pacto con los socialistas andaluces. Y yo lo creo, porque, tras las andaluzas, vienen las municipales y luego las generales, y a Rivera le conviene poco la imagen de un acuerdo con este PSOE, sea el de Sánchez, sea el de Díaz, al que no se cansa de sacudir a la menor oportunidad. Así que tendremos, como anticipo quizá de otras convocatorias electorales, un pacto socialistas-Podemos, que es, al fin y al cabo, el que ya está rigiendo y vigente, aunque no esté oficializado como Gobierno de coalición, a nivel nacional.

Lo que ocurre es que lo impostado, lo artificial, tiene, como las mentiras, las patas muy cortas. Y ese beso como de Judas sonaba más falso que un billete de cuatro euros. A uno, que inicialmente aplaudió la moción de censura que acabó con Rajoy, casi todo lo que ahora rodea al inquilino de La Moncloa, desde la escena de la firma del plan de Presupuestos con el vicepresidente ‘in pectore’ Iglesias, hasta nombrar a una niña de doce años ministra con cartera, le parece algo artificial. Como hecho por un ilusionista de la imagen, humo, hop, y sale la paloma de la chistera, a volar por los aires.

Claro que aún peor es sobreactuar y decir, como ha dicho Casado, lanzado al vértigo del abismo, que lo de Susana Díaz es como el castrismo, se supone que de los tiempos de Sierra Maestra, como si eso fuese comparable con el Mulhacén y la lideresa equivalente al barbudo Fidel. Lo excesivo rinde poco, y los andaluces, que saben que su Junta funciona mal desde los primeros tiempos y que mayoritariamente piden cambios y cambio, no saben en quién fijarse a la hora de votar, así que lo previsible es que muchos sigan votando lo mismo. O sea, lo que viene ocurriendo a escala nacional desde 2015, cuando se inició esta enorme crisis política: que los ciudadanos se muestren poco dispuestos a otorgar toda su confianza a una sola formación. Exigen pactos, contrapoderes, equilibrios.

Y ya en Cataluña no digamos: me parece que si el tándem Torra-Puigdemont no convoca elecciones a finales de esta misma semana, cuando sería ya posible, es porque no está seguro de ganarlas, o sea, de no perderlas. No han sido capaces ni de mantener el acuerdo ‘independentista’ con Esquerra, ni se sacudirse el abrazo del oso de la CUP, que seguramente se animará a ‘conmemorar’ a su manera la tristísima efeméride del 27 de octubre, cuando todo se empezó a venir definitivamente abajo.

No entiendo qué necesitan estos políticos nuestros para recapacitar en que así no vamos a ninguna parte. Y Andalucía y Cataluña, junto con Madrid –que esa es otra—los graneros de votos más importantes de España, son, van a ser, una buena muestra de la impotencia de eso que se llama ‘clase política’ para arreglar los problemas de los que la votamos y pagamos. No, ni con besos ni con declaraciones guerreras que epatan a los titulares de prensa llegaremos a construir algo verdaderamente positivo.

fjauregui@educa2020.es

Share

A Podemos no le gustó. ¿Y…?

Enviado por Fernando Jáuregui | 20/10/18


—-
(ciento cinco periodistas literarios y cincuenta gráficos se dan cita en este libro, verdaderamente irrepetible)
—–

Sí, fue un éxito la presentación de ‘Los periodistas estábamos allí para contarlo’. Y no, no le gustó a Podemos –los demás grupos parlamentarios sí estuvieron allí con representación– un acto con ‘resabios’ de la Transición y de la Constitución. Me consta que los representantes podemitas en el Congreso, donde se celebró un acto que congregó a cuatrocientas personas, torcieron mucho el gesto antes de resignarse a admitir que fuese presentado el libro en ‘su’ Cámara Baja. La patente hostilidad con la que me saludó Mayoral, con quien tropecé a la entrada –él se marchaba del Congreso, no estaba allí para asistir, desde luego–, me demuestra que lo que me contaron sobre estas reticencias era cierto.

Lo lamento. Nada tengo contra Podemos, que me parece un partido necesario para impulsar reformas, aunque no listo para gobernar. Sí tengo algunos datos acumulados en mi bloc de mirón acerca de Pablo Iglesias, cuyo comportamiento siempre es nefasto para lo que me parece que interesa al país. Creo que en Podemos se tiene que producir una ‘operación relevo’, dejar que tranquilamente Pablo Iglesias se vaya a casa y sean otros, muy señaladamente el ‘purgado’ Errejón –si es que da el paso adelante, que parece que le cuesta– quienes lleven las riendas. Iglesias lleva a Podemos, a Sánchez, todo lo que toca –o sea, a usted y a mí, por ejemplo–, al desastre.

En fin, que ciento cincuenta periodistas estaban allí para contarlo. Y, lo siento por Iglesias, pero muchos ahí seguimos, contándolo.

Share

El desgaste del Estado

Enviado por Fernando Jáuregui | 17/10/18

Debo decir que, en más de cuarenta años contemplando lo más de cerca posible lo que ocurre en la política española, pocas veces me he asomado a un tal desgaste del Estado como el que ahora estamos contemplando. Que a Bruselas vayan unos Presupuestos que no han sido aprobados por el Parlamento, elaborados por un Gobierno que tampoco y negociados por alguien que, por muy vicepresidente ‘in pectore’ que se sienta, ni siquiera es miembro del Ejecutivo, es un panorama que, visto desde el puente de observación, parece cuando menos surrealista. Como lo es que el aliado principal del Gobierno, al día siguiente de la celebración de la fiesta nacional presidida por el Rey, ataque sin mesura a la Monarquía, que en teoría el presidente de ese Gobierno, que ha prometido la Constitución con el cargo, debe defender.

Conste que respaldo ante todo el derecho de cualquiera a defender la Republica y a criticar a la Monarquía. Faltaría más que, en esta España involucionada, también empezase a restringirse la libertad de expresión. Pero, simplemente, no me parece coherente que lo que uno ha de defender, otro, en teoría su aliado en el Gobierno, lo ataque. Que las cuentas del Reino –ya sé que al ‘vice in pectore’ esta terminología no le gusta, qué le vamos a hacer—las negocie en la cárcel, con un preso encerrado por presunto golpismo, ese mismo co-gobernante, que ha hecho colgar, junto a los papeles oficiales del Gobierno, el membrete de su coalición, tampoco se entiende fácilmente.

Y conste que, entre las incongruencias a las estamos sometidos, incluyo esa prisión provisional larguísima que se impone a los políticos catalanes que, nos guste o no, representan la opinión de casi la mitad de Cataluña y son, ya se ve, los únicos que podrían negociar un cierto sosiego con el Gobierno central. No quiero, insisto, decir que el golpista no deba ser sancionado; pero usted y yo sabemos que, si los lazos amarillos no desaparecen de escena, jamás se normalizarán ni las relaciones de Cataluña con el resto de España ni, en general, la política española. Así que a ver qué hacemos.

Ocurre que lo que no se entiende, lo que se explica mal, lo que se asienta en anomalías que poco tienen que ver con el respeto a las funciones de los tres poderes de una democracia, suele acabar en desastre. Que es lo que yo de ninguna manera quiero para mi país. Defendí, en la medida en la que para algo valga, allá donde pude, la moción de censura contra un Gobierno, el de Rajoy, que a mi juicio caminaba el mal camino –si es que caminaba en absoluto–. No puedo sentirme cómodo, sin embargo, viendo cómo alguien que, dicen las encuestas, es el político más impopular de España, se jacta no solo de tener a un Gobierno en sus manos, sino incluso de ser ‘él’ quien impulsa las medidas electoralmente más atractivas, como esa mínima subida del salario mínimo, valga la redundancia, que ya era, en un país como el nuestro, inaplazable. Como hay que reconocer que también lo eran otras propuestas de eso que dieron en llamar proyecto de Presupuestos y se trataba, en realidad, nueva incongruencia, de un programa de gobierno de coalición PSOE-Podemos.

Creo que la deriva del Gobierno español actual se comprende poco fuera de nuestras fronteras (y dentro, me temo), como me consta que se comprende poco todo lo que rodea al demencial ‘procés’ catalán. Un país en el que el Ejecutivo vive unas horas de tensión interna como las que sospechamos, en el que el Legislativo anda como desnortado, en el que el Judicial está claramente sobredimensionado en sus facultades, en el que la sociedad civil casi brilla por su ausencia, es, por definición, un Estado que se debilita, por muy bien que le vayan las cosas económicamente, que no sé si tampoco es el caso.

No, no son ‘traidores’ quienes –creo que equivocándose—denuncian en Bruselas los Presupuestos allí enviados para su ‘aprobación’; ni es ‘deslealtad’ atacar la forma del Estado y a quien la encarna. Son, apenas, errores, de mayor o menor gravedad cuando está cayendo la que está cayendo. Pero la impresión es que algunos están en un proceso de apropiación del Estado, alejando de sí cuanto pueden las elecciones generales, y eso hace que ese Estado cada día vaya debilitándose más, a base de ‘vitaminas’ como alianzas de gobierno imposibles, programas irrealizables, falta total de transparencia y, bien que siento decirlo, ocasionalmente cara dura, mucha cara dura.

fjauregui@educa2020.es

Share

Ella se llama Leonor

Enviado por Fernando Jáuregui | 13/10/18


(estas niñas han hecho más por la Monarquía que muchos borbones y habsburgos. Veremos)

De las muchas imágenes que han asaltado la atención del periodista esta semana, tan pródiga en noticias, he seleccionado la de la princesa de Asturias, doña Leonor, presidiendo el desfile militar, a la derecha de su padre el Rey, el día de la fiesta nacional. Los comentarios avizor de los periódicos no han sido ajenos a este lugar privilegiado de la heredera de la Corona de España, en momentos en los que la máxima institución del Estado sufre embates sin cuento procedentes del secesionismo catalán. Y es que doña Leonor significa la continuidad constitucional, la estabilidad del sistema. Nada menos.

Esa frágil niña, de mirada penetrante, sigue siendo una gran desconocida en España y fuera de ella, lo que considero, personalmente, preocupante. Un embajador con el que charlaba en la recepción de este viernes en el Palacio de Oriente me hacía notar la escasa presencia de la heredera, cuyo nombre el diplomático –europeo—no recordaba. “Ella se llama Leonor”, le dije, tras aventurar mi opinión –él lo dudaba—de que sí, ella llegará a ser la cuarta mujer que, tras Isabel la Católica, Juana de Castilla e Isabel II, logrará reinar en nuestro país.

Lo logrará…si todo se hace bien, claro. La inestabilidad política española se cronifica, y no precisamente porque manifestantes más bien afectos a la derecha opositora abucheasen a Pedro Sánchez en el desfile del 12 de octubre, ese desfile que co-presidía Leonor. No ha gustado a los manifestantes, sin duda, la otra ‘imagen estrella’ de la semana, esa en la que Pablo Iglesias, casi como gobernante adjunto, firmaba la propuesta de Presupuestos –bueno, más bien la propuesta de programa electoral conjunto—con Pedro Sánchez en La Moncloa. Esos Presupuestos, en mi opinión, tienen aspectos positivos (y algunos negativos, pero no es este el momento del análisis), pero tampoco ese pacto entre el PSOE de Sánchez y el Podemos de Iglesias garantiza la estabilidad futura que empiece a pavimentar el camino de la estabilidad política del Reino de España que habrá de acoger el reinado de doña Leonor de Borbón Ortiz. Y tampoco creo que a algunos de los que hoy sustentan en difícil equilibrio el Gobierno de Sánchez, comenzando por Pablo Iglesias, les gustase mucho eso del ‘Reino de España’, ya sabe usted.

No, España mañana no será republicana, creo. Pero la Monarquía española necesita un plan de comunicación, más allá de llevar al Tribunal Constitucional la resolución –papel mojado—del Parlament catalán reprobando al Rey y calificando a la Monarquía de “caduca y antidemocrática”. Que Torra y compañía se lo vayan a decir a los suecos, a los daneses, a los británicos, a los holandeses. Pero esos mensajes, claro, deberían salir de La Zarzuela, no de unos modestos columnistas de periódicos.

Desde esa perspectiva, debo confesar que me pareció un error que doña Leonor, que cumplirá trece años el día 31 de este mes de octubre, no intervenga este año en la ceremonia, que siguen millones de personas, de los premios que llevan el nombre de la Princesa de Asturias y que se celebrará el próximo viernes en Oviedo. ¿Quién tiene miedo a mostrar a esta niña que ya está cercana a dejar de serlo y que, me cuentan, está adornada de numerosas cualidades intelectuales, entre las que la oratoria no parece ser la menor? ¿Excesiva prudencia maternal, comentan?

No lo sé, pero creo que la Corona tiene que ganarse la permanencia en el trono casi cada día, sin perder ni una sola oportunidad. No hay demasiado tiempo para afianzar un sistema, un régimen si se quiere, sometido a excesivos zarandeos. Sin dramatismos, pienso que la situación, sin llegar a ser grave, es cuando menos delicada y los tiempos que a veces se manejan en La Zarzuela puede que tengan puestos los prismáticos en un horizonte demasiado lejano, cuando a lo mejor lo que se precisan ahora son lupas.

fjauregui@educa2020.es

Share

El Rey no está solo el 12 de octubre, pero…

Enviado por Fernando Jáuregui | 12/10/18



(una fiesta demasiado envarada)
—–

Que no es lo mismo pasear por las calles de Barcelona que por las de Madrid es una obviedad: en unas y otras se escuchan cosas muy diferentes, como si estuviésemos hablando de temas relativos a distintos planetas. Lo mismo con el Rey: de la reprobación en el Parlament catalán a la adhesión de mil quinientas personas en el Palacio de Oriente conmemorado el día de la fiesta nacional hay un abismo. Es como si hubiese dos Españas, aquí de nuevo, una negando una jornada de orgullo patriótico y la otra lanzada de lleno a la celebración, incluso puede que hasta la demasía, de esa misma jornada. Y ay de usted si pretende situarse entre esa dos Españas: ambas le helarán a usted el corazón.

Como cada año, asistí este viernes a la recepción del 12 de octubre en el palacio real. Un periodista debe ir allá donde le llaman, suponiendo que habrá noticia. Y eso que me disgustan los corrillos en torno a los políticos –el Gobierno apareció muy a última hora—y me encanta, en cambio la conversación demorada con quienes ya dejaron de serlo: un ex político se vuelve mucho más asequible para los periodistas, aunque sean periodistas-invitados y no vayan allí a ejerce (siempre acabamos ejerciendo, claro)r, que un político ejerciente.

Y es que, como viene ocurriendo desde hace tres años, cuando comenzó esta crisis política de la que no acabamos de salir –¿o quizá nos estemos hundiendo más en ella?—una tensión electrizante recorre las grandes salas del palacio donde se apiñan gentes uniformadas y sin uniformar, magistrados, algún artista, muchos periodistas, ciertos empresarios: este año vivíamos bajo la presión del acuerdo presupuestario entre el Gobierno y Podemos, tan bien capitalizado por el ‘vicepresidente in pectore’ Pablo Iglesias. A algunos de mis interlocutores ‘de orden’ les comenté que algunas partes de estos Presupuestos en proyecto no me parecían tan mal, especialmente en su vertiente más social, y me miraron como deseando asesinarme. Luego, a algún socialista le dije que cualquier apoyo que venga de Pablo iglesias –ausente en esta recepción que seguro que le parece pura caspa–acabará asfixiando a este Gobierno, como el abrazo del oso, y carraspeó. Saben que eso es así, pero ¿cómo iban a reconocerlo? Menuda coalición de riesgo están fraguando…

Es el caso que, como siempre, merodeaba sobre la fiesta nacional la España ‘oficial’ y la que no lo es tanto, y eso, cuando no es declaradamente antisistema. Ya digo que la declaración del Parlament reprobando al jefe del Estado, que es también el Estado de todos los catalanes, me pareció que añadía alguna nube a la ya lluviosa jornada. Por allí no fueron ni los de Podemos, ni los nacionalistas vascos, ni los de Esquerra, ni los de Junts per Cat, ni, claro, los de Bildu, ni las Mareas, ni…Y tampoco, por cierto, los ex presidentes del Gobierno ni muchos presidentes autonómicos. Así que, como tantos otros años, la celebración quedó coja, con los mil quinientos de siempre saludándonos o evitándonos como siempre. El Rey no está solo, pero entre todos, incluyéndole, tenemos que evitar que algún día llegue a estarlo.

fjauregui@educa2020.es

Share

Mala cosa cuando hasta el 12 de octubre es polémico

Enviado por Fernando Jáuregui | 11/10/18


—-
(Muchos cambios en la recepción de este 12 de octubre: no está Rajoy y sí Sánchez, está Casado como líder de la oposición…y muchas cosas iguales: no irán losnacionalistas, seguramente tampoco Pablo Iglesias…ni Felipe González, ni Aznar)
—-

El afán, tan español, de no dejar piedra sobre piedra nos ha llevado –y no es cosa de este año. No sólo, al menos— a cuestionar, minimizar y quién sabe si a desmenuzar en pedazos la fiesta nacional, el 12 de octubre, festividad antes llamada Día de la Hispanidad y hasta, en fin, día de la raza, que menos mal que esto último lo hemos dejado atrás. Tantos años de recias celebraciones, de exaltado fervor patriótico, corren el riesgo de llevarnos ahora al otro extremo, a olvidar el ‘orgullo de ser español’, que fue el lema del pasado año, para ser sustituido este año por ninguno.

Hicimos del 12-o una conmemoración algo rancia, basada en desfiles y recepciones de vips en el palacio real y quizá logramos desinteresar a la ciudadanía de unos fastos de los que el español común y corriente se sentía excluido. Porque el 12 de octubre no debería ser una fiesta de un día de exaltación más o menos patriótico, alguna vez quizás hasta chovinista, sino una constante: todos los días del año deberían ser 12 de octubre, para sentir no sé si ese ‘orgullo de ser español’, pero sí, al menos, una cierta honra patria. Esta, la nuestra, España, es una vieja nación, tiene muchos motivos históricos para enorgullecerse –entre ellos, claro que sí, la colonización de América, con cuantos claroscuros usted quiera—y muchas razones contemporáneas para sentirse razonablemente satisfecha consigo misma, y también un poco insatisfecha y autocrítica con algunas cosas que (nos) han ocurrido.

España vive estos días sus peores momentos como nación acaso desde 1934, o puede que peores aún que entonces. El secesionismo catalán, la liquidación de otros afectos territoriales al concepto de nación y la indiferencia de otras tierras a la idea de un país unido, fuerte, próspero, democrático y justo, es algo que habría de preocuparnos hondamente. España, que presume, no sé si con todos los títulos en la mano –que me parece que no–, de ser la nación más vieja de Europa, se ahoga hoy en contradicciones, en una falta de entusiasmo popular basado en la escasa confianza del pueblo en sus representantes y también en el escepticismo, que es cualidad propia de filósofos pero impropia de las masas retratadas por Ortega, que ahora solo se rebelan íntimamente.

Ya he dicho alguna vez que una nación que no siente afecto por su himno, su bandera, sus tradiciones, porque todo eso lo considera retrógrado, tiene un problema serio de identidad; los estado fuertes son los que valoran todo lo antedicho. Claro que esos estados no tienen tras de sí una historia como la muy convulsa de España en los siglos XIX y XX.

Y aquí estamos, un año más, viendo pasar los desfiles de aviones y soldados, contemplando a los estamentos de próceres estrechando la mano al Rey, única figura capaz de unirnos en un Estado en torno al cual no se ha producido el deseable movimiento político de apoyo frente a las embates que la Corona recibe. El país necesita una sacudida saludable, un soplo de aire regenerador que vuelva a ilusionar a la buena gente de la calle. No es cuestión de eslóganes, ni de aviones trazando en su estela los colores rojigualda, ni de uniformes, ni tampoco de potenciar esa ‘marca España que ya languidecía’. Tenemos, sí, que recuperar el orgullo de ser españoles, pese a las corruptelas, a los egoísmos partidistas, a la nula transparencia, a la falta de ideas de altos vuelos.

No sé si alguna vez volveremos a sentir esa emoción colectiva de los Juegos Olímpicos en Barcelona, de cuando votamos por primera en democracia en cuarenta años, de cuando en referéndum aprobamos una Constitución que hace tiempo que debió empezar a reformarse. Pero hoy, como nunca, necesitamos congregarnos en torno a un proyecto común, potenciando lo que une, no lo que nos está diferenciando. Alguien debería entenderlo y ponerlo en práctica, antes de que acabemos disolviéndonos como nación respetable y que cuenta en el panorama internacional. Que es un riesgo que, desde luego, existe, vaya si existe.

Share

Ley ‘antidedazo’

Enviado por Fernando Jáuregui | 08/10/18

Cada cual pensará lo que quiera de Albert Rivera y de Ciudadanos; a unos les gustará su programa al completo, a otros unas cosas sí y otras no y no faltará quien descalifique al partido naranja como ‘fachas’, que es sambenito que ahora te cae con facilidad en esta España que sigue siendo las dos eternas machadianas, una de las cuales –o las dos– ha de helarte el corazón. Escuché a Rivera, en un multitudinario desayuno organizado por Europa Press, hablar de su futuro programa político, es decir, electoral –todos piensan ya en las elecciones– y me situé en la segunda de las posiciones que al principio comentaba: algunas propuestas me parecieron altamente interesantes, otras menos y con otras me siento radicalmente en desacuerdo, aun admitiendo que, al menos, son viables y están inspiradas por un afán regeneracionista (además de querer ganar las próximas elecciones, cuando sean, obviamente).

A los periodistas que se hallaban cerca de mí en el citado desayuno les llamó, sobre todo, la atención la propuesta de una ‘ley antidedazo’, que exija que las vacantes en las presidencias de las empresas públicas, sobre todo las mejor pagadas, no se puedan otorgar ‘a dedo’ a amigos, correligionarios, deudos o hasta parientes, como ha venido siendo la costumbre inveterada ahora del equipo de Pedro Sánchez, antes del de Rajoy, aun antes del de Zapatero y, claro, de Aznar y Felipe González. Y es que este es el país que inventó la palabra ‘cuñadismo’, que abarca a muchas más capas que a los cuñados, al fin y al cabo.

Hacer propuestas sin tener el poder –véase la de Vox exigiendo el domingo la supresión de las autonomías– es fácil. Otra cosa será cuando, efectivamente, Rivera y Ciudadanos tengan que enfrentarse, en su caso y en su día, a las responsabilidades de gobernar. Pero, la verdad, no me parece difícil poner en marcha esa ‘ley antiodedazo’; a ver cómo la rechazan los otros grupos parlamentarios y qué cara se les pone si lo hacen. La designación de algunos de los altos cargos en bastantes empresas públicas ha sido, cuando menos, escandalosa, tanto con este equipo socialista como con los anteriores ‘populares’. No puede extrañar que la ciudadanía se fíe cada vez menos de una clase política que, como en los viejos tiempos de Cánovas y Sagasta, se va repartiendo el Estado por turnos.

Otras cosas en el programa de Rivera no me convencieron, ya digo, tanto. Siempre he pensado que el problema catalán no se arreglará simplemente manteniendo una vía de dureza pura y dura, por tanto no negociadora, con un separatismo al que hay que contener –y sancionar, claro, cuando se salte las leyes–, pero no castigar por principio ni “combatir”, que fue el término que empleó Rivera. Pienso que empieza a ser urgente que las fuerzas constitucionalistas se pongan de acuerdo en torno a un ‘programa de mínimos’ sobre cómo salir del atolladero catalán, que ya digo que me parece que no será con una aplicación extrema del por otro lado difuso artículo 155 de la Constitución.

Rivera tiene, creo, futuro. Del lío político en el que estamos desde las elecciones de diciembre de 2015, o quizá desde bastante antes, no saldremos sino con un Gobierno de centro derecha o de centro izquierda. Y en ambos supuestos, no sé si como actor principal o como bisagra, allí estarán Ciudadanos y Albert Rivera, si ‘los naranjas’ saben manejar con cautela, sin maximalismos excesivos y sin ‘ocurrencias’ –lo de la ley ‘antidedazo’ no lo es– la situación que les toca vivir. Que nos toca, ay, vivir.

fjauregui@educa2020.es

Share

Entrevistar o no entrevistar a Juqueras, he ahí la cuestión

Enviado por Fernando Jáuregui | 07/10/18


(no queda más remedio: aunque fracasase con SSdeS, hay que retomar la ‘operación diálogo’ y Junqueras es el hombre y el hombro)

Se me ocurrió, nunca lo hubiera hecho, escribir un tuit dominguero diciendo que no me había parecido mal que en TVE entrevistasen a Oriol Junqueras. Se me echaron encima centenares de personas, la mayoría discrepantes en distintos tonos, que las redes sociales supongo que están para eso, para mostrar discrepancias, aunque a veces se agradecería un poco de educación por parte de algunos intervinientes. Esa ‘batalla en la red’ me impulsa a escribir este comentario, ratificándome en lo que veo que ha sido una afirmación polémica: me parece bien que desde un medio público se entreviste incluso a un golpista con quien, como me ocurre con Junqueras, me unen muy pocos puntos ideológicos.

La entrevista –que difícilmente puede, por sus limitaciones formales, calificarse como tal—responde a un viejo criterio periodístico, según el cual todo lo que tenga interés para el lector o para el espectador debe publicarse. A mí, personalmente, me interesa lo que el preso preventivo –que pienso que ya no debería serlo— Oriol Junqueras tiene que decir, como me interesa lo que alguien tan insensato como Puigdemont tenga que comunicarnos a los lectores, oyentes o telespectadores. Muchos de mis interpelantes olvidan, quizá, que entrevistar no es blanquear la imagen de nadie –puede ser todo lo contrario- ni hacerle propaganda, ni seguir las consignas de Gobierno alguno.

Entrevistar es eso: entrevistar. Género periodístico que no tiene por qué limitarse a las personas bien-pensantes ni bien-actuantes. A mí me hubiese encantado entrevistar a Tejero, o a Al Capone, o al comisario infame ese del que tanto hablan los digitales, y conste que a ninguno de elles le equiparo, desde luego, con Junqueras. Oriol Junqueras es un golpista y tendrá que pagarlo –de hecho, ya lo está pagando con esa prisión preventiva que se prolonga. Pero, a mí al menos, me parecen de interés la constatación de sus diferencias con Torra-Puigdemont y su mano más o menos tendida para el diálogo con el Gobierno central, que es lo que importa; de hecho, pienso que solamente Junqueras, de quien sin duda seguiremos oyendo hablar en los próximos días, se puede erigir ahora en interlocutor para ese necesario acuerdo de ‘conllevanza’ del Estado con el independentismo catalán, como única manera de frenarlo.

Desde ese punto de vista, me parecen equivocadas las protestas contra la entrevista de dos dirigentes políticos a los que respeto mucho, como son Pablo Casado y Albert Rivera. Creo que se evidencia cada día más la necesidad de una coordinación entre las fuerzas políticas constitucionalistas en la búsqueda de soluciones para la ‘cuestión catalana’, soluciones que no estoy seguro de que pasen ahora por una nueva aplicación del artículo 155 de la Constitución, que no sirvió más que para empeorar, si cabe, las cosas.

Y conste que no estoy diciendo, en absoluto, que entrevistar a Junqueras, o a cualquier otro, en la tele oficial responda a una estrategia del Gobierno. Ya no tengo vínculos de colaboración con RTVE –fue decisión de ellos, que respeto, pese a las formas, y ya he dicho que no volveré con este equipo—y me irritó profundamente aquella ‘entrega’ confesa, que creo que no se ha consumado, del medio público más importante a alguien como Pablo Iglesias. Confío en que Pedro Sánchez sepa mantener a los medios públicos alejados del ‘consignismo’ y de las ‘influencias’ de antaño y que algo tan importante como RTVE no pueda ser objeto de reparto ni concesión a los aliados, y menos al ‘vicepresidente in pectore’, que ya hemos visto de lo que es capaz.

Estoy seguro, por lo demás, de que la entrevista a Junqueras, que evidenciaba las grietas en el independentismo, no ha gustado nada en el Palau de la Generalitat. Ni en Waterloo. De lo cual me complazco, por supuesto. Y eso no quiere decir que criticase el hecho de que la propia RTVE, o quien fuera, entrevistase, como debe hacerse, siempre con espíritu crítico y sin síndromes de Estocolmo, al propio Puigdemont, ese, sí, que tanto daño pretende hacer al Estado.

Me preocupa, he de decirlo, el patente involucionismo que la pringosa ‘cuestión catalana’ está imprimiendo a la sociedad española, a la de ambos lados del Ebro. No será con palo y sin zanahoria como nos ganemos la voluntad de muchos catalanes, incluso de esa cuasi mitad de ellos que están por la independencia y de la que Junqueras es, qué le vamos a hacer, un representante. Nosotros no deberíamos ser como otros, que silencian las voces de los que llaman ‘unionistas’ allá en Cataluña. La grandeza moral de nuestras posiciones debe corresponderse con aquella frase de Voltaire: “no estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a expresarlo”. ¿No es a eso, precisamente, a lo que llamamos libertad de expresión?

Fjauregui@educa2020.es

Share

La tormenta es perfecta; las soluciones, insuficientes

Enviado por Fernando Jáuregui | 05/10/18

Se están dando todas las condiciones para una tormenta política perfecta: cierta alarma en datos económicos e inseguridad acerca de los remedios en el sector; crisis internas en las formaciones políticas ante la inminencia de lo que podrían ser hasta seis elecciones de aquí a un año; desconcierto en el Gobierno ante la situación de algunos ministros; agudización de la crisis territorial, sin que los contactos ‘subterráneos’ parezcan estar dando resultados; depresión de la ‘marca España’ en los ámbitos internacionales. Por último, el dado acaso más preocupante con el tsunami en el horizonte: que los responsables políticos que representan a la ciudadanía se esfuerzan en mantener el ‘todo va bien’, aferrándose a fórmulas que claramente no estás resolviendo nada.

Casi tan malo como no ofrecer soluciones ante la llegada de las catástrofes es diseñar remedios insuficientes, que hacen pensar a la ciudadanía que hay alguien al timón, cuando, en realidad, el capitán del barco está pendiente de otras cosas, como sacar lustre a su título de patrón de barco o disimular que algunos en la oficialidad de la tripulación carecen de ese título. Y esto vale tanto para el Titanic del Gobierno como para el Maine de la oposición. En Cataluña, la forzada y artificial salida a los medios del president Torra y el vicepresident Aragonés, escenificando una unidad que ya no existe entre las fuerzas independentistas, incapaces hasta de culminar una sesión parlamentaria de debate de política, algo ha de pasar. Porque el desgobierno empieza a causar alarma a inversores, a turistas y a la propia población, se trate de empresarios, de trabajadores o de profesionales independientes.

Pretender desde el Gobierno central, en estas condiciones, que se agotará la Legislatura, llegando hasta 2020, parece algo increíble, en este clima de deterioro generalizado. Insistir en el ‘no pasa nada’ porque el barco avanza satisfactoriamente, o porque ‘todo lo estamos haciendo bien’, no deja de ser algo muy parecido a falsear la verdad. El pueblo español ha mostrado que tiene paciencia para esperar, para aguantar y hasta para soportar el engaño…hasta un cierto momento. Puede que ese momento ya esté llegando, esté a punto de llegar.

Claro que hay salidas: la primera, afrontar la situación con sinceridad, e insisto en que no me estoy refiriendo solamente al Gobierno, porque pienso que la oposición tiene que afrontar sus tareas con miras mucho más elevadas que el mero, y comprensible, deseo de ganar las elecciones. La segunda, plantearse una convocatoria de elecciones ya mismo: es lo que pide al menos un setenta por ciento de los españoles, según –para lo que valgan—los sondeos.

Y no vale decir que, probablemente, y a la vista de las predicciones de las encuestas –para lo que valgan, insisto–, quizá una marcha a las urnas no nos sacaría del enorme ‘impasse’ político que arrastramos desde finales de 2015. Acaso no, pero, al menos, haría reflexionar a los dirigentes políticos acerca de lo que han hecho, y siguen haciendo, mal. Y puede, milagro-milagro, que hasta lleguen a pactarse medidas, en el ámbito territorial (Cataluña sobre todo, pero no solo), en el exterior, en el económico, en el educativo y en el judicial –atención al judicial—, a las que hasta el momento se han mostrado incapaces de llegar.

Sería bueno, en otro plano, revitalizar la actividad y estrategia de las instituciones, potenciar la anémica vida parlamentaria (me refiero al Parlamento nacional, no al vergonzoso reptar del Parlament catalán) y clarificar lo que la Justicia está haciendo en y con el país, siempre, desde luego –que no digo yo otra cosa, conste—respetando la sacrosanta separación de poderes.

Algo tiene que ocurrir, insisto. Lo que me resulta inimaginable es que, estando a punto la tormenta de llegar a nuestras playas, nadie, ni el salvavidas, ni las autoridades portuarias, ni los bañistas, hagan nada, excepto nadar, escapando. O casi nada, si usted quiere.

fjauregui@educa2020.es

Share