La República más breve de la Historia

Enviado por Fernando Jáuregui | 14/10/17

Claro que al ingenio en este país nuestro, que todo se lo toma a chacota, le faltó tiempo para inundar las redes con la constatación de que Puigdemont había proclamado ‘la República más breve de la Historia: duró cuarenta segundos’. Es decir, el tiempo transcurrido desde que el president de la Generalitat la anunciase hasta que aplazase su convocatoria formal. Una chapuza más, un giro de trapecista arriesgado que no sabe que está actuando sin red. Claro que el molt honorable president no había proclamado República Independiente de Catalunya alguna: demasiado sabe él que tal proclamación va a ser imposible o que, al menos, lo será la realización de esa independencia. Estaba ganando tiempo, mientras las empresas se iban hacia latitudes más confortables, mientras Europa –Juncker–le daba de nuevo con la puerta en las narices, mientras el mundo entero se asombra de hasta dónde han podido llegar las aguas, total para qué.

Eso: ¿para qué? ¿Tiempo? ¿Tiempo para qué? me preguntaba un colega. Pues tiempo para tener tiempo, le respondí. El propio Mariano Rajoy ganó tiempo, hasta el jueves próximo en segunda convocatoria –la primera este lunes—para, como en las guerras de Gila, preguntar a Puigdemont si había o no declarado la independencia, porque, y esto lo digo yo, obviamente, y no Rajoy, es que no había quien entendiese lo ocurrido el pasado martes en el Parlament. ‘Oiga ¿es el enemigo? Que a ver a qué hora va a declarar la guerra, que tengo que ir a comer pronto a casa’. Premonitorio el genial Miguel Gila…

Y, desde que Rajoy lanzó su pregunta con destino a la plaza de Sant Jaume, todos devanándonos los sesos a la espera de saber si Puigdemont responde que sí, que declaró la independencia, o que no, que es que no sabemos aceptar una broma. O, lo más probable, ni sí ni no, sino todo lo contrario. Que este jueves, en la recepción real con motivo de la fiesta nacional, había una mayoría de asistentes, gentes en teoría bien informadas, pero que ninguno teníamos ni la menor idea de lo que ocurrirá, que decían, decíamos, que lo más natural es que el molt honorable ensaye una huida hacia adelante, convocando unas elecciones anticipadas a las que él llamará constituyentes, pero que serán autonómicas.

No sé si esa será una salida buena o mala; ni siquiera sé si será la salida, porque el vicepresidente Oriol Junqueras, un maestro de la simulación, dice que esa no es su solución y, por otro lado, a saber qué es lo que se le pasa a Puigdemont por su cabeza a pájaros. Ya veremos, porque lo que es evidente es que el señor Junqueras se muere por ascender un escalón y convertirse en president, una vez que Puigdemont parece estar ya más abrasado que el cerebro de Artur Mas, que esa es otra: ¿cómo es posible que ahora el ex, que es el gran culpable de todo este embrollo, diga que Cataluña no está preparada para asumir la independencia, una vez que carece de reconocimientos internacionales? ¿De dónde le viene esa ínfula de sensatez? ¿Quién ha accionado el mecanismo del giro del señor Mas? ¿A cambio de qué? Porque bien sabemos que la política catalana no se mueve precisamente por criterios de honradez e idealismo.

Menuda novela se podrá escribir alguna vez con los entresijos de lo que está pasando en el incompatible mundo separatista. Lo que sí se constata es que la situación ya no da más de sí: no hay dinero, ni ánimos, ni apoyos externos, ni lógica, para mantenerla. Así que algo tiene que pasar, y el mago –esperemos que se demuestre una vez más, glub—en las esperas llamado Mariano Rajoy me parece que está dejando que los ‘timing’ se agoten. De momento, a él, mejor, a su pasmosa inactividad, se debe ese record surrealista en el libro Guinness, la República más breve de la Historia del mundo mundial, ahí es nada.

Vuelvo a recordar nuevamente la frase, tan repetida estos días, de Marx, según el cual la Historia se repite siempre dos veces, la primera como tragedia y la segunda como farsa. Y estos farsantes de la Generalitat, autores del pucherazo más severo que se haya conocido en nuestros anales, nos están llevando de la alarma a la carcajada. Menuda semanita nos han dado. Y lo que viene…

fjauregui@educa2020.es

Gracias, Puigdemont, gracias

Enviado por Fernando Jáuregui | 13/10/17

Quizá, pensaba yo estos días viendo la marea de banderas rojigualdas en balcones, calles y solapas, haya llegado el momento de cambiar los negros nubarrones por frases más corteses y entonar el ‘gracias, Puigdemont, gracias’. Cierto que nos ha sumido en las tinieblas de la incertidumbre, en la controversia jurídica y nos ha hecho llegar más lejos en algunos errores, sin contar con lo que ya ha perdido, por su culpa, Cataluña. Pero, convencido como estoy de que la crisis se solventará –algo nos dejaremos en el camino, pero no, desde luego, a Cataluña, que seguirá entre nosotros–, pienso que ha llegado ya el momento de buscar algunas consecuencias que pueden ser positivas para el futuro de la nación.

Yo, desde luego, pondría en primer lugar precisamente a esa llamarada de color amarillo y rojo. La enseña nacional, mostrarla, respetarla, ha dejado de ser cosa de ‘fachas’. Estamos, por primera vez acaso desde 1977, dispuestos a defender al Estado, y reconsiderando algunas equivocaciones de muchas décadas, algunas de ellas derivadas de los excesos de una aberrante dictadura, la de Franco. Creo que los españoles hemos tomado conciencia de que los países grandes son aquellos que se enorgullecen de sus símbolos, de su himno, de su Historia y de su unidad, y que ninguna de estas cosas tiene por qué comportar una ideología ni de ultraderecha ni siquiera de derecha. Porque el Estado es el que alberga el bienestar de los ciudadanos, que debe ser la máxima aspiración de quien, desde la derecha o la izquierda, se dedica a la política.

Porque me `parece que la izquierda, o mejor una parte de ella, va aclarando ideas que tal vez había tenido algo alteradas merced al pertinaz ‘no, no y no’ a cualquier cosa que proviniese ‘de la derecha’; posiblemente, uno de los ‘efectos Puigdemont’ sea que la vieja idea de alguna clase de pacto para la gobernación de las grandes cosas haya salido del baúl de los imposibles en el que Pedro Sánchez la metió. Y, ya que hablamos de izquierda, creo que esta crisis está sirviendo para depurar las cosas en Podemos, sometido a los saltos en el vacío de su creador; no son pocos los que se han dado cuenta de que la ambigüedad en la configuración territorial del país pasará una seria factura a la formación morada, sin duda la más original de las últimamente surgidas con éxito en Europa.

A Puigdemont le tenemos que agradecer la reflexión sobre el ser que, como en 1898, se ha instalado, creo que para bien, en muy amplias capas de la sociedad española (y, por ende, catalana): ¿hacia dónde queremos ir juntos y cuánto de juntos?¿Es la mejor la configuración que nos dimos con el actual estado de las autonomías?¿Qué ajustes necesita la Constitución para encaminarnos hacia un Estado de verdad moderno, eficaz y democrático? Creo que todo eso el algo presente en los encuentros de nuestros líderes, unos encuentros que, por cierto, hace apenas un año ni siquiera existían.

Y más: ¿qué errores cometimos los que nunca nos sentimos independentistas de nada para haber llegado a una situación en la que un grupo de mentirosos, tramposos, incultos, herederos de una corrupción sin límites, una burguesía aliada con un lumperío que se reclama antisistema, haya pretendido tomar el control, contra el Parlamento y contra la seguridad jurídica, de un territorio tan maravilloso, por tantos conceptos, como Cataluña? Creo que la autocrítica es la virtud menos extendida entre nuestros políticos, pero sospecho que los más inteligentes en el seno del poder monclovita estén comenzando a entender que, en muchos sentidos, no se puede seguir gobernando con prácticas antidemocráticas, que afectan desde a la comunicación hasta a algunos manejos de nombramientos y ceses. El inmovilismo ha terminado. Y la nueva era inaugurada por un Puigdemont que ya ni para eso nos sirve va a afectar a muchos sectores, desde las fuerzas del orden hasta los medios, pasando por la judicatura, el funcionamiento de algunas grandes empresas y bancos o nuestra diplomacia, por ejemplo. Aprovechemos la ocasión para dar algunas manos de pintura al viejo caserón.

Gracias, pues, Puigdemont, porque me parece que también has contribuido a que en las calles catalanas, por las que hace poco no pasaba una bandera bicolor, ya casi no había ninguna sin estelada, se pregunten si iban por el buen camino. Yo creo que el último servicio que puede prestar a la causa catalana, que es la mía y la de tantos españoles, es convocar elecciones autonómicas y largarse con viento fresco. Porque a mí me importa el futuro, de diálogo y de comprensión generosa. Y no me importa tanto si usted declaró o no –que mejor lo dejamos en no—la independencia que nunca va a llegar. No así, al menos.

fjauregui@educa2020.es

Retrato alegre y confiado del día de la fiesta nacional

Enviado por Fernando Jáuregui | 12/10/17


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—(solamente a estos se les veía cara de preocupación. Los demás, a lucir uniformes)
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Claro, no se hablaba de otra cosa en los corrillos del Palacio Real: Cataluña, Cataluña, Cataluña…Ni una presencia, claro, nacionalista. Y una esperanza compartida por la mayor parte de la gente con la que hablé: esto se va a arreglar. LO que nadie parece saber es cómo. Personalmente, reconozco que comparto un optimismo irracional; no lo he perdido pese a haber comprobado que no había ni varitas mágicas ni conejos en la chistera de Rajoy; tampoco tenía por qué haberlos. Es muy difícil pelear contra los tramposos que, sin embargo, saben ‘vender’ bien sus trucos trileros. Y esa ha sido la gran asignatura pendiente del Gobierno Rajoy: haber creído más en los tribunales que en la comunicación, haber pensado que la victoria –indudable—en las cancillerías bastaba, además de la razón, y para nada se necesitaba abrir las puertas de La Moncloa a todos esos corresponsales extranjeros que han encontrado acomodo más que sobrado en el Palau de la Generalitat. Hemos ganado, quizá, la batalla diplomática. Hemos perdido, sin duda, la periodística.
 
Pero quienes poblaban los salones del Palacio de Oriente, ministros, gentes de las instituciones, militares, periodistas, algunos representantes de la oposición –Pedro Sánchez este año sí fue; Pablo Iglesias, este año, tampoco—, parecían también carecer de información. Te preguntaban a ti ‘qué crees que va a pasar’ en lugar de darte noticias. El desconcierto es patente, y todos esperan a que sea la otra parte –es decir, Puigdemont contestando al requerimiento como de Gila acerca de si ha declarado o no la independencia de Cataluña—la que dé el primer paso. ¿Y si no lo da? ¿Entonces toma del frasco del 155 de la Constitución, signifique eso lo que signifique, que tampoco parecía nadie de los teóricamente informados saber cómo se administrará un aceite de ricino en cuyo envase no hay instrucciones de uso?
 
No sé, me dio la impresión de una fiesta alegra  y confiada, de canapés más abundantes que años pasados . Me recordó a ciertas historias de 1898, en la que los cronistas más lúcidos, toda aquella generación pesimista, se admiraban de que el pueblo siguiese como si tal cosa, yendo a los toros y años a los festejos, sin reparar en la tragedia de la pérdida de los últimos vestigios coloniales. Los militares, con sus uniformes y medallas; las señoras, elegantísimas; los próceres, haciendo cola en el besamanos del Rey. Como si no fuese este el último ‘puente’ de tregua, la penúltima quizá oportunidad para solucionar las cosas allá donde un loco, pero loco de verdad, está a punto de causar más estragos que un elefante en una exposición de porcelana de Sevres.
 
Supongo, quiero suponer, inveterado optimista yo, que este será un fin de semana de contactos subterráneos, en los que todos, quitándose la máscara de la indiferencia con la que yo veo investido al presidente, a los ministros y a los líderes de la oposición, que hay que ver lo bien que lo pasaron en la recepción real, agarren al toro por los cuernos y se pongan a ello. Lo siento, y sé que ‘diálogo’ se ha convertido en palabra maldita, pero sospecho que, de nuevo Gila, alguien tiene que hablar con alguien para que no pase algo que no queremos que pase. Y el plazo es de aquí al lunes. O al jueves, como mucho, glub.
 

Una Ley de Claridad para aclarar las ideas de Puigdemont

Enviado por Fernando Jáuregui | 09/10/17

No sé quién diablos asesora a Puigdemont. Pero lo que es seguro es que el batacazo lo tiene asegura si, en función de los resultados –manipulados, engordados, inventados, prostituidos– del pasado domingo día 1 piensa declarar unilateralmente la independencia. No lo haga, por favor: evítenos a todos, empezando por usted, el mal trago.

Sin tener certezas –quién las tiene estos días–, doy por hecho que Carles Puigdemont no se va a atrever a declarar la independencia unilateralmente cuando, este martes, se enfrente al Parlamento, o a una parte de él. Un Parlament en el que su presidenta, la señora Forcadell, ha instaurado ya hace tiempo el caos y la arbitrariedad. Pero no solo por eso: supongo que Puigdemont ha tomado ya buena nota del significado de la retirada de las empresas y bancos, de las grandes manifestaciones con las banderas rojigualda y cuatribarrada, de los editoriales de los principales periódicos catalanes y hasta de las ya no tan veladas advertencias que le llegan del Gobierno central.

Amagará, previsiblemente, con una declaración de independencia… valedera para cuando gane las elecciones autonómicas que, desde mi punto de vista, tendrá forzosamente que convocar. Y las perderá, porque su partido, el PdeCAT, es una ruina, un residuo; entre su antecesor Artur Mas y el propio Puigdemont, contando también con la trayectoria tan corrupta de Pujol, han dejado en nada a la que fue Convergencia Democrática de Catalunya. Ese amago también va a quedar en nada, una manera de salvar los muebles y la cara, para que no se la parta ese sector de los propios catalanes que tanto se equivocaron –me parece que muchos se van dando cuenta, cuando la Caixa, el Sabadell, Gas Natural, Agbar y tantos otros dan el portazo—apoyando la demencialidad del ‘procés’.

Claro, estoy muy lejos del independentismo. Pero le puedo asegurar a usted que, si estuviese cerca, me alejarían de él las trampas, las mentiras, el oscurantismo y los modos despóticos exhibidos por el victimismo de los cautivos de la CUP. Digo yo que no hace falta ser canadiense y tener en vigor aquella ley de claridad decretada tras el último referéndum en Quebec, para aspirar a tener un mínimo de seguridad jurídica en el proceso político. Puigdemont, considerémoslo así, no se ha portado como un demócrata al manipular legislaciones y normativas a su antojo y conveniencia.

Cierto que el Gobierno central ha cometido bastantes errores y que sigue sin enterarse, a la hora de cerrar este comentario, de lo que dentro de horas hará o dejará de hacer el molt honorable, perdido en su laberinto; cierto. Pero, en esta hora, Mariano Rajoy, dejándose en la gatera cuantos pelos usted quiera, tiene todas las de ganar. Supongo que no todos los cientos de miles de manifestantes el domingo en el centro de Barcelona apoyan al Gobierno del PP, pero estaban, sin duda, respaldando lo que vaya a hacer, si llega el peor de los casos, el Ejecutivo central. Porque el momento es el de defender al Estado. Seguro que hasta Puigdemont entiendo cómo le van de mal, a él, las cosas.

NO empreñe más, señor Puigdemont; ya ha perdido usted

Enviado por Fernando Jáuregui | 08/10/17

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Esta es una carta abierta a Puigdemont, que seguro que él nunca leerá: ha perdido frente al Estado. Junqueras incluido)
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Ha perdido frente al poder del Estado. Y de la Unión Europea. Y con los del Ibex, que se marchan de Barcelona. Y ha perdido con los medios de comunicación, entre ellos los más potentes de Cataluña. Y en las encuestas, para lo que valgan. No ha habido referéndum válido, les han descubierto a ustedes un montón de trampas en la jornada electoral, algo quizá aún más lesivo para la democracia y la buena imagen en el exterior que los excesos policiales en algunos puntos contra los votantes. Y ahora ha perdido usted la calle, que era lo único que le garantizaba el abrazo del oso de la CUP. Quizá haya perdido hasta el apoyo incondicional de buena parte de los mossos, que viven una infernal dinámica interna. Imposible, así, salvo rapto de locura, declarar la independencia el martes de manera unilateral. Una declaración que, a estas alturas, iría contra casi todos, menos el vicepresidente Junqueras –y aun así, a saber…–, la señora Forcadell y ese ‘conseller’ de Interior suyo tan peculiar, el señor Forn. O el no menos racial señor Romeva. Pancho Villa se hubiera sentido perdido con ese ejército.

Y, lo peor para usted, está a punto de perder no la batalla, sino la guerra, contra el mismísimo Mariano Rajoy, que aún no ha comenzado a calentar para lanzarse al ring. O eso, al menos, parece, que las procesiones siempre van por dentro. Creo que el presidente, siempre tan reacio a compartir chismes con los chicos de la prensa, ha dado un par de entrevistas estos días que, más que al conjunto de la ciudadanía, le estaban destinadas a usted: cuidado, Carles, con lo que haces, no vayamos a pasar a mayores. Nunca he sido partidario de soluciones drásticas, excepto cuando la otra parte no te deja otra salida; y, hasta el momento, usted, ustedes, no han dejado salidas. Y no lo digo yo escribiendo desde Madrid, sino que lo dicen los empresarios que se van, los manifestantes que salen Lo dicen los editoriales de los periódicos que supongo que ustedes leen, porque son periódicos consolidados en Cataluña por catalanes. Y ahora lo dice Rajoy, que se empeña en el ‘no’ al diálogo con usted que otros le piden.

Ha perdido usted, señor Puigdemont, porque no se puede pelear contra el Estado, contra la Caixa, Agbar, Gas Natural, Foment, el Círculo Ecuestre y contra los que mandan en el edificio Europa en Bruselas. Además, por supuesto, de que no se puede pelear contra Rajoy y todos los resortes que Rajoy maneja, no con demasiada destreza posiblemente, pero los maneja porque están a su disposición. ¿Tan difícil es entender que no se puede, en aras de una vana e irrealizable ilusión, comprometer el bienestar y la seguridad de todo un pueblo?¿Se trata apenas de ‘dar una patada’ en salva sea la parte, a Rajoy? Pues menudo objetivo político; consuélese, por lo demás, porque el presidente del Gobierno también tendrá que pagar una factura por lo que ha hecho y sobre todo por lo que no ha hecho; pero será más tarde y será menos elevada que la suya, señor Puigdemont. Porque, a este paso, no va usted a salvar ni los muebles. Y eso no nos conviene ni siquiera a quienes nos sentimos tan lejos de usted que nos atrevemos a enviarle cartas abiertas de las que quizá, cual botellas de náufragos como esta, usted nunca tenga noticias. Pero no empreñe más, hombre, que ya está bien, total para nada; ya ha perdido usted y pronto estará usted perdido.

Nadie tenía plan B; volvamos al A

Enviado por Fernando Jáuregui | 07/10/17


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(Manifestación blanca, manifestación rojigualda; da igual el color, en Barcelona o en Madrid, es hora de guardar las esteladas))
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Mariano Rajoy no tenía plan B. Lo demostró en su salida a los medios en la noche del domingo, y lo reiteró en una entrevista esta semana: su plan B era en realidad el plan A. Es decir, que Puigdemont se eche atrás en su proyecto de declarar la independencia para evitar males mayores. En la Generalitat se lo tomaron como una amenaza, como pensaron que el tono muy serio y sin paños calientes del mensaje del Rey era –y era—toda una admonición; ¿cómo hablar de diálogo con quien quiere acabar con el Estado?

Pero Puigdemont tampoco tenía, ni tiene, plan B: aseguraron, él, Artur Mas y Junqueras, que las empresas y los bancos no se irían de Cataluña ante una declaración de independencia, y resulta que a los ‘grandes’ empleadores les ha faltado tiempo para anunciar que se largan. Lo mismo que los países de la UE que, según la Generalitat, iban a apoyar el golpe: no quieren saber nada de lo que está pasando. Cataluña se quedaría sin bancos y sin Europa.

Así que el molt honorable president de la Generalitat y su camarilla, una vez más descubiertos en sus mentiras, tendrán que regresar al plan A. Es decir, a aplazar la decisión última, lo que equivale, en la práctica, a desistir de los planes primigenios, que ya veremos cómo lo justifocan. O, en caso contrario, si deciden sostenella y no enmendalla, tendrán que afrontar todos los males del infierno, comprobarán que la población que alegremente se unía a la fiesta el pasado domingo se les vuelve en contra y que las banderas rojigualdas sobrepasan en número, en las calles de Barcelona, a las esteladas, que van a dejar de estar de moda.

Quiero ser optimista y pensar que algo de raciocinio queda en las mentes de los okupantes de la Generalitat. No solamente España entera se les echa encima; es que va a acabar ocurriendo lo mismo con toda esa Cataluña partidaria del ‘no’ a la secesión –aunque esté indignada, y con algo de razón, por los procedimientos ‘de Madrid’–. La mayoría silenciosa, de la que inexplicablemente formaba parte también la elite económica, va a dejar de ser tan silenciosa y va a gritar su indignación ante la chapuza, la falsedad –maadre mía, menudo recuento de los votos del domingo—y la falta de escrúpulos democráticos con que ha sido llevado todo el ‘procés’. En algún momento pensé que Junqueras tenía más cerebro que Puigdemont, lo que no era difícil; ahora me reafirmo en mi vieja tesis de que Esquerra Republicana de Catalunya sigue siendo la gran culpable de todo lo peor que le ha ocurrido a Cataluña en el último siglo. Y, encima, ahora todavía –todavía– en alianza con la CUP, formación a la que no dedicaré más comentarios que este: la FAI hundió cuanto encontró a su paso y, valga el juego de palabras, pasó lo que pasó.

Por favor, recuerden lo ocurrido en 1934. Se confían en que la democracia española no tiene un general Batet –afortunadamente—y puede que ni siquiera se atreva a mandar un tiempo a la cárcel a Puigdemont, que tantos méritos está haciendo para ello. Pero que tengan cuidado con el hartazgo de las masas, que no se rebelan solamente, algo obcecadas por la indignación con el sistema, para votar ‘si’ al Brexit, o a Trump, o a un proyecto de independencia que, ya digo, no tenía plan B y sí muchos camelos. Creo que, en las próximas horas, vamos a ver grandes concentraciones de banderas rojigualdas que no van a ser, por mucho que algunos se empeñen, manifestaciones de ‘fachas’; quizá una de las pocas cosas que tendremos que agradecer a estos golpistas de pacotilla sea haber recuperado una bandera que hasta ahora era casi sinónimo de ultraderecha. No puede haber tanta ultraderecha en tantos balcones con la enseña nacional desplegada, digo yo: se sabría.

Y ese, el de una sociedad civil que por fin empieza a tomar conciencia de su fuerza, es, en realidad, el plan B que los políticos, para los que la gente es siempre un elemento secundario, no habían tenido en cuenta.

La ‘diplomacia secreta’ con Puigdemont

Enviado por Fernando Jáuregui | 06/10/17

Toda guerra tiene sus interlocutores secretos; siempre hubo un embajador británico que hablaba del futuro, en medio de lo peor de la batalla, con un embajador alemán. La irresponsabilidad de la contienda no puede extenderse a hacer tabla rasa acerca de lo que ocurra una vez que se llegue a una paz, a un armisticio. Claro que no equipararé la ‘escaramuza catalana’ con guerra mundial alguna, porque aquí no hay más violencia que la por otra parte tan publicitada por la tele de la Generalitat, ni el ámbito se circunscribe más allá de lo autonómico, por mucho que los dirigentes políticos catalanes quieran, erróneamente, internacionalizar un conflicto del que Europa y Estados Unidos no quieren saber nada. Pero sí creo que es pertinente hablar de los ‘interlocutores subterráneos’, que tienen apenas este fin de semana para evitar que el estallido del pasado domingo se convierta en explosión atómica el lunes.
 
No sé quiénes son tales interlocutores, aunque sospechas albergo; posiblemente, como es lógico, nunca nos enteraremos de sus buenos o malos oficios. Pero tengo la sensación de que el suflé está bajando. O esa tentación, la de bajar los humos, al menos, existe, una vez que la alegre irresponsabilidad de la ‘fiesta’ del domingo empieza a pasar la factura: empresas y bancos que se marchan, expresión de preocupación máxima en la UE, el mayor de los mossos, Josep Lluis Trapero, junto a otros tres responsables de la algarada dominguera, entre ellos los responsables de la Assemblea y Omnium, ante la juez de la Audiencia Nacional. Y se escuchan muchas voces pidiendo responsabilidades penales para Puigdemont, persona física y dirigente político que, de concurrir otras circunstancias, habría tenido ya muy otro tratamiento por parte de los jueces.
 
La indignación que yo percibí en las calles de Barcelona el domingo ante las cargas policiales –qué mal planificado estuvo todo: ¿dónde se ha metido el coordinador del operativo, el coronel Pérez de los Cobos?—me parece que está dejando paso a una oleada de intensa preocupación. Es el vacío ante ese ‘y ahora ¿qué?’ obviamente no planificado por los falsos estrategas de la Generalitat, a los que falta talento para dar limpiamente un salto que resulta imposible e inconveniente a todas luces.
 
Y luego está la reacción ciudadana, de esa mayoría silenciosa que, como todos –los políticos ‘de Madrid’, los grandes empresarios y banqueros catalanes, tantos medios de comunicación–, prefirió mirar hacia otro lado, obviar el problema, anticipar que las cosas no serían llevadas hasta el extremo. Pero esa mayoría empieza a salir, con otras banderas que no son precisamente la estelada, a las calles, que hasta ahora parecían tomadas por la CUP; que, por cierto, ya está identificada por Junts pel Sí, y hasta por Podemos, como la principal enemiga del ‘procés’ independentista. Hay ruptura inminente entre las fuerzas que alentaron el falso –y tan falso: la de mentiras que se han oficializado—referéndum. Creo que la ciudadanía va siendo consciente de que una hipotética independencia la empobrecería, la aislaría y quizá, como diría Rajoy, con su tono sombrío, cosas peores.
 
Puigdemont y Junqueras serán dos enloquecidos, pero, sobre todo el segundo, no tontos. Saben que tienen que acudir a no sé qué mediaciones –ya digo: como si estuviésemos en la Segunda Guerra Mundial–, a un diálogo que ya llega tarde; hasta se permiten reprochar al jefe del Estado que, en su discurso de esta semana, tan importante, no invocase este diálogo. Ya es tarde para eso; lo primero es restaurar el orden democrático, normalizar la vida del Parlament, establecer la separación de podres, evitando que la señora Forcadell se inmiscuya en las decisiones del Ejecutivo…y, claro, romper con la CUP, a la que ya solo queda la acción callejera y las llamadas a la rebelión total, que no poco asustan al ‘botiguer’ medio que todos llevamos en el alma.
 
Veremos en qué para todo esto y si la ‘diplomacia del teléfono rojo’ sirve de algo. Lo que aún, pese a lo acostumbrados que nos tienen a las emociones fuertes, me sigue pareciendo imposible es que así, sin más ni más, vaya alguien el lunes a encaramarse al balcón de la independencia para “dar una patada en los collons a Rajoy”, como me dijo en cierta ocasión un relevante miembro del malhadado PdeCAT, que teóricamente sigue siendo el partido comandado por Puigdemont, vaya usted a saber. Menuda motivación, en todo caso, para ponerlo todo patas arriba: la patada testicular. Unos genios, vaya.
 

…Dejar, ay, Barcelona no fue fácil

Enviado por Fernando Jáuregui | 03/10/17


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(Ciertamente, uno siempre amará Barcelona. Por eso, el dolor ayer)
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Salir de Barcelona, este martes, no era ciertamente cosa fácil. Mi AVE no entraba en la lista de servicios mínimos, pero logré un billete para algunas horas después. No había apenas taxis ni medios de transporte, los piquetes se enseñoreaban de la ciudad –pacíficamente, eso sí—y las emisoras próximas a la Generalitat ofrecían una programación recortada, advertían, por la huelga, pero que, en todo caso, parecía un continuo parte de guerra: heridos, agraviados por el Estado, por ‘Madrid’. La alcaldesa Colau insistía en que había habido agresiones sexuales a cargo de la policía nacional. No aportó pruebas, que yo sepa. Las calles estaban indignadas, quizá algo artificialmente, por las cargas policiales del domingo contra los votantes; nadie hablaba de provocaciones por parte de estos. Jamás había visto tanta diferencia entre lo que se pensaba en Barcelona y lo que se piensa en el resto de España. La crónica de algo parecido a un desastre, a un desencuentro que es total, peor quizá que una declaración independentista desde el balcón de la Generalitat. Hay desamor.

Porque lo más destructivo de todo es la sensación que parecen tener los españoles de que el Estado les ha fallado en un trance tan surrealista como el impulsado por los (i)rresponsables de la Generalitat. En ámbitos de La Moncloa aún creen que se puede seguir persiguiendo a tertulianos que se cuestionan si el discurso de Rajoy en la noche del domingo osciló entre lo desafortunado y lo contraproducente; pero radios y televisiones, incluso amigas, se llenaban ayer de opiniones muy duras para con el presidente del Gobierno. Un ministro llamó al conductor de un programa radiofónico de éxito para que le dijese a un contertulio, que acababa de abogar por la dimisión de Rajoy, que a ver quién gestiona esto si el presidente se marcha. Luego, el contertulio se preguntó, en privado: “ah, pero este desastre ¿lo está gestionando alguien?”.

Colegas de todo el mundo nos llaman preguntándonos qué va a pasar. Una amiga se indignó con una radio de Miami, que la entrevistó en directo, cuando allá compararon el tiroteo de Las Vegas con las cargas policiales del domingo en algunos colegios de Cataluña. Y tenía razón: nunca, desde los tiempos del franquismo, fue nuestro país tan maltratado, a veces tan injustamente, por la mayoría de los medios extranjeros más prestigiosos. Y ello, claro, no contribuye gran cosa a la autoestima nacional , tan en baja en estos momentos críticos.

Yo diría que motivos no faltan para ello. El encuentro del lunes entre Rajoy y Pedro Sánchez olía a total falta de sintonía y de soluciones comunes. Al líder socialista algunos le achacan tratar de urdir un nuevo plan para llegar a su meta, La Moncloa. A Rajoy muchos le acusan de indecisión, de haber prometido que sabía cómo llevar el timón y luego resulta que no, que no controlaba la situación. El líder de Podemos llega al extremo de pedir a la UE que nos retiren el voto en las instancias europeas por haber faltado a los derechos humanos, lo cual es una enorme demasía, valga la redundancia. Ciudadanos se queda solo pidiendo la aplicación del artículo 155 para forzar unas elecciones autonómicas en Cataluña, que es la única salida que queda, a juicio del partido naranja. Pero el PSOE no quiere el 155, así que volvemos a la casilla de salida.

Y, para que sigamos cimentando nuestra confianza –comillas, por favor– en el sistema, el Congreso no acogerá a Rajoy y sus explicaciones hasta, al menos, el próximo día 10, nos avisan, porque en el calendario parlamentario no toca un tal pleno esta semana. Para entonces, es posible que Puigdemont haya culminado su loco plan de declarar la independencia, aunque sigo sin creer que llegue a tanto. Lo pagaría(mos) tan caro…

Brillante panorama. Realmente brillante. Menos mal que, andando uno por las calles de Barcelona, atendiendo a la lógica y al sentido común (que no está desaparecido de todas las conciencias, ni, creo, de la sociedad civil), uno se da cuenta de que la independencia de un trozo de España tan arraigado en las entrañas de nuestro país no puede dictaminarse así como así. Lo pensé, no por primera vez, claro, escarbando ayer entre libros catalanes y en castellano, en confusa mezcolanza, en una feria del libro antiguo y moderno en el Paseo de Gracia. El Quijote junto a Pla: eso no se puede destruir con un decretazo parlamentario tras un pucherazo que ni Idi Amin en Uganda.

Logré, al fin, salir, mucho más tarde de lo previsto, de Barcelona. Insensatamente –sigo frecuentando esta red— lancé un tuit en el que contaba mi pequeña aventura ferroviaria. Inmediatamente recibí docenas de respuestas con el mismo sardónico mensaje: “Uy, usted perdone las molestias, pero es que estamos ocupados haciendo la revolución”. Creo que contesté que las revoluciones realmente buenas son las que consiguen que los trenes salgan puntualmente. Contrarreplicaron con alguna barbaridad. Debían ser los mismos que, en piquetes algo desarrapados, andaban batiendo palmas por la estación de Sants, tratando de que tiendas y bares cerrasen sus puertas. Creo que no lo consiguieron. Tampoco eso lo consiguieron. Pero entonces, ya de vuelta en Madrid, entonces ¿qué? Bueno, hay soluciones, desde una disolución anticipada de la cámaras a un Gobierno de gran coalición con PP, PSOE y Ciudadanos. Pero como eso no quieren ni mencionarlo, porque su vuelo no llega tan alto, habrá que estar a la espera del nuevo bálsamo de Fierabras que algún iluminado quiera ensayar sobre la reseca piel nacional.

Puedo escribir la crónica, o los versos, más tristes esta noche

Enviado por Fernando Jáuregui | 01/10/17

Creo que esta es la crónica más difícil que me haya tocado escribir nunca en mi casi medio siglo de vida profesional. Ya ni siquiera sé qué es lo que debo, puedo, quiero, decir. Escribo desde Barcelona, tras una mañana en la que he visto colas de cuatro o más horas para votar simplemente para ciscarse ‘en Madrit’, he visto provocaciones a las fuerzas del orden y represión quizá algo más allá de lo correspondiente por parte de estas en algunos casos, espero que aislados. El socialista Miquel Iceta, que es un referente de la política catalana, pidió que Mariano Rajoy y el president de la Generalitat, Carles Puigdemont, dimitan de inmediato, ya que no pueden dialogar. El Govern decía que se produjeron más de trescientos heridos en los enfrentamientos en los colegios electorales, y el delegado del Gobierno en Cataluña argumentaba que casi dos decenas de policías y guardias civiles habían también resultado heridos. Durante toda la mañana del domingo, televisiones y medios de internet de todo el mundo lanzaban imágenes indeseables para cualquier democracia. Hasta el Barça tuvo que pensar en jugar a puerta cerrada: o sea, ni el futbol, que popularmente es lo más vistoso, fue lo que era. Un auténtico desastre, vamos.

¿Tenía razón Rajoy con su política de pasividad, asegurando que nada iba a pasar? Sabíamos todos que ‘algo’, sin saber muy bien qué, iba a ocurrir. La política de dejar que los problemas se pudran no surtió efecto en este caso. No, referéndum no ha habido, pero normalidad tampoco, y todos sabíamos desde hace semanas tanto una cosa como otra. Lo menos que se puede decir es que Mariano Rajoy y su equipo más próximo de asesores tienen que meditar en que nada puede volver a ser lo mismo que hasta este 1 de octubre. El día 2, este lunes, algo, mucho, tiene que cambiar en la dinámica política de nuestro país, algo en el llamado estado de las autonomías, algo en la política de comunicación del Ejecutivo, algo en la marcha algo elefantiásica de Mariano Rajoy. Quizá sea hoy el día para admitir que hay que abrir una segunda, quizá tercera, transición en la democracia española. Y hay que inaugurar una nueva era en las actuaciones de la oposición. Los críticos del PP, del PSOE, de ese Podemos con dos cabezas como Jano, posiblemente tenían razón: hay que pensar de otra manera y actuar muy de otra forma.

Y, claro, algo tiene que cambiar en Cataluña. Imposible que un Govern, una Generalitat, no paguen por lo actuado. Puigdemont, dígase lo que se diga, está incapacitado para gobernar un territorio, que es una Comunidad Autónoma, tan importante como Cataluña. Los líderes políticos regionales, que han puesto al territorio no al borde de un ataque de nervios, sino en modo infarto, tienen que pensar en irse de inmediato. La sociedad civil tiene que empezar a reaccionar, quizá con ira. Nada puede ya ser igual. La revolución no ha les ha funcionado, pero la continuidad, incluso la de ellos, ya es imposible.

La política de Rajoy en Cataluña ha sido nefasta. No sé qué se pretendía con esa pasividad tan escandalosa. Muchos nos vimos en la necesidad de apoyar, pero muy críticamente, al Gobierno central, pero la credibilidad de Rajoy está muy seriamente tocada. Aún no ha salido a hablar a los españoles cuando termino de escribir este muy dolida crónica. Ni siquiera sé si con su marcha se arreglaría la situación, que me temo que tardará años en recomponerse.

Podría seguir alargando el censo de las catástrofes. Que se vayan o, al menos, que cambien a fondo. Que vengan gentes que piensen en las gentes, no en tácticas y estrategias partidistas, egoístas, cortoplacistas, de corto vuelo. Solo piensan en su propio interés. En la rebatiña de votos oportunistas en las próximas elecciones. Y aquí tengo que dejarlo, consciente de que vienen días de intensos acontecimientos, que confío en que sirvan para dar un vuelco a una política que, simplemente, por ambas partes –y conste que no hago equidistancia: sé que Puigdemont y su camarilla son los principales responsables de esto—no solamente no ha funcionado: ha sido socialmente nefasta. Qué mal día este 1 de octubre ¿será mejor el día 2?

fjauregui@educa2020.es

Eso de cruzar el Rubicón tiene un precio

Enviado por Fernando Jáuregui | 30/09/17

Pienso que más grave aún que lo que pueda ocurrir a lo largo de este domingo, fatídico para la democracia, ha sido todo lo que ya ha pasado, las aguas torrenciales bajo el puente, que se llevaron por delante cualquier posibilidad de interlocución civilizada entre las dos orillas. Ahora, todos –el Gobierno central, el Govern y la Generalitat, los medios de comunicación de una y otra parte, los jueces, las fuerzas del orden, esa sociedad civil que es mayoría silenciosa, los activistas, los directores de colegios y hasta los niños utilizados como escudo en un alarde de irresponsabilidad–, todos, han, hemos, cruzado el Rubicón. O el Ebre, aunque una parte del Ebro también me pertenece a mí, cántabro al fin y al cabo. Y a todos los españoles, porque el Ebro no sería posible sin Fontibre, sin Zaragoza, sin Palencia, Burgos, Alava, La Rioja… y el Delta, en Tarragona. Lo que no sabemos es lo que nos aguarda, este mismo lunes ya, quizá esta misma noche de domingo, en la otra orilla.

Julio César se atrevió a cometer la ilegalidad de cruzar el río: “la suerte está echada”, dijo, sabedor de que iniciaba una guerra civil. Se podrían, quizá, buscar algunos paralelismos entre este pasaje, seguramente muy magnificado por los historiadores, y la decisión de Puigdemont, Oriol Junqueras y la camarilla de la Generalitat de traspasar todos los límites de lo que la legalidad (y la cordura) mandaban. Claro que ellos lo que quisieran es, más que mojarse en río alguno, encaramarse al balcón de la Generalitat para, como Companys hará ochenta y tres años el próximo viernes, proclamar desde allí la República Independiente de Catalunya. No podrán hacerlo, claro, al menos no sin costes excesivos para ellos y para todos. Como no pudieron organizar un referéndum en condiciones, sino una algarada con urnas de tupperware, mossos alterados, tractores en las urbes y población confundida.

Pero lo importante, ya digo, es lo que ha pasado hasta aquí. La sensación de que es posible traspasar todos los límites que la legalidad, la democracia, la convivencia y la cordura imponen. El desprecio a esa separación de poderes que implica el respeto al Judicial, el acatamiento a las normas por las que debe regirse el Legislativo y el autocontrol del Ejecutivo. Nada de esto se ha hecho. Y del trato al llamado Cuarto Poder ni hablemos. Una organización para mí tan respetable como Reporteros sin Fronteras ha lanzado al mundo una denuncia que la Generalitat no puede combatir con sus amabilidades a los corresponsales extranjeros: en Cataluña se maltrata la libertad de expresión.

Todo eso iene que tener un precio. Como ha de tenerlo la omisión de diálogo durante tantos años practicado ‘por Madrid’, donde también se ha cruzado el Manzanares a bordo de la aplicación, no oficializada, del artículo 155 de la Constitución. Muchas cosas, aunque Rajoy aparente una envidiable tranquilidad –parece que esto no vaya con él, pero sabemos que la procesión va por dentro–, han de cambiar a partir de este lunes, fecha en la que auguro que muchos van a recuperar súbitamente la cordura, empezando por ese ‘mayor’ Trapero sobre cuyos hombros se ha cometido la irresponsabilidad de dejar la buena o mala dinámica de un ‘procés’ que, desde luego, el Govern catalán no estaba capacitado para pilotar.

Sugiero que una de las primeras decisiones a adoptar desde el Gobierno central, que, con bastantes heridas, va a acabar ganando esta batalla, como no podía ser de otra forma, sea abrir una profunda reconsideración sobre cómo se gestiona la educación en Cataluña. Que acabe la discriminación al castellano, pero, sobre todo, que acaben la mixtificación de la Historia y el utilizar a los niños como escudos para que sus atolondrados padres puedan votar en el colegio y contribuir al simulacro de fiesta democrática. Eso, simplemente, no puede ser, y por ahí habría –y lo digo yo, que estoy muy poco de acuerdo con las medidas ‘de dureza’—que haber comenzado hace ya años, cuando ‘en Madrit’ se hacía la vista gorda ante cualquier tropelía del ‘padrone’ Pujol y familia.

Espero que Rajoy tienda la mano, ya este mismo lunes, a una negociación en la que la Generalitat habrá de sentarse a la mesa en un taburete más bajo, el que corresponde al derrotado. Pero ahora ya es demasiado tarde para hacer dejación de algunas cosas sustanciales, y la sensación de que hay materias que son sagradas y no pue den vulnerarse es una de ellas. Bajará, sin duda, el suflé, pero alguien tendrá que pagar esta orgía, una vez que todos comencemos a evaluar los daños, que son mucho mayores de lo qeu ahora, en caliente, quizá pudiésemos pensar. Daños que habrá que pagar a ambos lados del Rubicón, quizá, pero más en el lado que está más al Este. La normalidad de una conllevanza orteguiana quizá tarde años en regresar, qué quiere que le diga, y bien que siento tener que ponerlo sobre el tepate del triste análisis que corresponde a un día como el de hoy. Lo de César, ya se sabe, tenía que acabar mal; no se cruza el Rubicón ni se nombra uno dictator perpetuus impunemente. Personalmente, a Puigdemont, un pésimo político que ha avivado las llamas del incendio provocado por su predecesor, no le deseo, por supuesto, tan mal fin: solamente una retirada a la vida privada, en plan Ibarretxe, pero él a su Gerona natal, de donde nunca debería haber salido.

fjauregui@educa2020.es