Arrimadas ¿se arrima a Madrid y deja el Parlament?

Enviado por Fernando Jáuregui | 22/02/19

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—-(mal juego de palabras el de este titular, lo admito. Pero oportuno a fuer de quizá oportunista)
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Cuando esto escribo, lo confieso, desconozco el futuro profesional, o sea político, de Inés Arrimadas. Quizá, dicen todos, se desvele este sábado, en un mitin conjunto con Albert Rivera en Madrid, si va a concurrir en las elecciones generales del 28 de abril, como cabeza de lista por Barcelona o quizá de ‘número dos’ por Madrid, abandonando por tanto el escaño en el inoperante Parlament catalán y su liderazgo autonómico para pasar a lidiar en el ruedo nacional. Queda claro, en todo caso, el tirón electoral de Arrimadas, a la que no encuentro otro motivo de reproche en lo personal que el no haberse lanzado más resueltamente como alternativa a un Govern independentista, aunque coraje, lo que se dice coraje, lo haya derrochado a espuertas en un entorno más bien hostil.

Arrimadas, en Madrid o en Barcelona, en las Cortes –que tampoco han estado demasiado operativas últimamente—o en el Legislativo catalán, es una apuesta segura. No ha faltado quien me haya susurrado que, en caso de un ‘pacto a la andaluza’, pero a nivel nacional inmediatamente después de las elecciones, la señora Arrimadas sería una buena candidata a presidir el Congreso de los Diputados o el Senado, en el caso de que decida presentarse por la Cámara Alta o por la Baja. Veremos, porque queda mucho tiempo, o demasiado poco, según por dónde se mire, hasta ese 21 de mayo en el que se constituirán las nuevas Cortes, antes de comenzar las consultas del Rey para llegar a una investidura de un nuevo –o no—presidente del Gobierno.

Personalmente, creo que Arrimadas podría defender bien sus posiciones sobre un arreglo del problema catalán tanto en el Parlamento nacional como en el Parlament, aunque esta última institución ande como ausente. Lo que ocurre es que no estoy seguro de que estas posiciones, que son las de Rivera, y las de Pablo Casado y el PP y supongo que las de Vox, aunque poco sé de las soluciones que propugna la formación de Santiago Abascal, sean las más adecuadas para llegar a una ‘conllevanza’ entre Cataluña y el resto de España. La cosa, con una campaña (ya estamos en ella, aunque no sea oficialmente) conviviendo con el ‘juicio del siglo’ contra los golpistas de octubre del 17, no va a ser fácil, desde luego; pero pensar que una aplicación ‘dura’, y quizá permanente en territorio catalán, del difuso artículo 155 de la Constitución va a arreglarlo todo es, pienso, vivir en las nubes. Ni funcionó en tiempos de Rajoy ni me parece que lo haría, menos aún, ahora.

Así, Arrimadas es una apuesta segura, como digo…para captar votos. Pero sospecho que Ciudadanos tendría más éxito, incluso en la carrera hacia las urnas, si flexibilizase un tanto sus posiciones sobre lo que hay que hacer y no hacer en Cataluña. Me gustaría escuchar también algo de esto en el mítin de este sábado, al margen de las sorpresas que Rivera y Arrimadas nos puedan dar en relación con el porvenir de esta última, que nos atañe también, por lo que he dicho, a todos.

No conviene, en este caso, frivolizar, aunque haya ahora quien se empeñe en hacerlo en todo lo que se refiere a la vida privada del en mi opinión meritorio líder de Ciudadanos. Un partido llamado a unir más que a lo contrario. Y un hombre que, recuérdelo usted, será con bastante probabilidad cuando menos vicepresidente del próximo Gobierno de España, sea la salida una coalición de centro-derecha o de centro-izquierda.

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El ‘procés’ anda mal; luego son buenas noticias…

Enviado por Fernando Jáuregui | 21/02/19

Buenas noticias (según para quién, claro): se diría que el ‘procés’ independentista se desinfla algo. Algo. O que, según para quién, naturalmente, los ‘indepes’ están recibiendo malas noticias, que para otros, entre los que me incluyo, no dejan de ser buenas. El ‘juicio del siglo’ entra en una fase de indiferencia para la ciudadanía; el Rey afianza su papel merced a una, por fin, estrategia bien pensada y mejor ejecutada; la huelga ‘general’ de este jueves en Cataluña no pasó de ser una huelga con seguimiento más bien de cabo furriel; en Europa no quieren saber nada de los maniobras de Puigdemont y de su ‘subordinado’ el presidente de la Generalitat, Quim Torra. Añádase a eso que el secesionismo se está dividiendo a ojos vista y tendremos un panorama que cualquier negociador consideraría ideal para lograr un triunfo. Eso sería, claro, si del lado de acá tuviésemos un gran negociador. ¿Lo tenemos?

Cierto es que el proceso que se sigue en el Tribunal Supremo contra doce cabecillas del intento de golpe de Estado en 2017 se va diluyendo sin que los acontecimientos justifiquen las aprensiones que todos teníamos ante este ‘juicio del siglo’: el interés decrece y la pasión manifestante en Cataluña también, porque lo cierto es que la huelga general decretada para este jueves por el sindicato independentista, en unión de la mismísima Generalitat, no dio los frutos apetecidos para los organizadores. Todo quedó en una algarada animada apenas por la CUP y los CDR, que aparentemente cada vez tienen más hartos a los catalanes en general. Y no sin razón, por cierto.

Por otra parte, crece la sensación de que la distancia entre las diversas fuerzas separatistas se acrecienta. No solo porque en el juicio se evidencien muy diferentes estrategias de defensa por parte de los procesados; es que las relaciones entre Puigdemont y algunos de los líderes de Esquerra, por ejemplo, son peores que pésimas, y ambas partes andan a la greña en busca de la hegemonía en la votación del 28 de abril. ¿Quién acudirá al Parlamento español a defender, desde su escaño, las tesis separatistas? No algunos de los actuales diputados, desde luego: algunos, por su tibieza en la defensa del secesionismo más primario, pueden quedarse en el banquillo.

Y luego está la sensación, que ya ha llegado a Cataluña, de que al fin alguien ha encontrado una estrategia de defensa del sistema y de su máximo representante, el Rey. La actuación de Don Felipe en su discurso recibiendo el ‘nobel del mundo jurídico’, ante centenares de abogados de todo el mundo, ha sido elogiada incluso por sectores acérrimamente republicanos, según me consta.

La convocatoria de elecciones, con la disolución anticipada de las Cortes, ha sido un evidente jarro de agua fría sobre las cabezas de los independentistas. Ya no podrán seguir tirando de la cuerda de Pedro Sánchez, que ha dado pasos definitivos, creo, en el sentido de que nunca más tendrá España un ‘Gobierno Frankenstein’ semejante al que estuvimos a punto de tener. O incluso tuvimos. El presidente ha cometido, sin duda, errores, y graves, pero los secesionistas, desde luego involuntariamente, le han hecho bueno con sus desmedidas exigencias, a las que ningún Gobierno de España podría acceder si quiere sobrevivir políticamente.

Así que, con libro o sin libro –algunos ‘forofos’ del sanchismo incluso piensan que las bromas que ha suscitado el volumen presentado este jueves son buenas para el inicio de la campaña, “donde solo se habla de Pedro Sánchez, aunque sea para mal”–, lo cierto es que el inquilino de La Moncloa, aupado encima por las encuestas, parece encarar este período pre electoral desde la euforia. Podemos, que un día se atrevió a soñar con el ‘sorpasso’, está desbordado y en desbandada; el ‘frente opositor’ está permitiendo que se le califique como de ultraderecha, lo que no le viene poco bien a un Gobierno que quiere alzarse con la bandera de la socialdemocracia europea. Las bromas sobre el libro, primando sobre las carencias más serias en la gobernación del Estado y distrayendo con ello a los críticos. Por si faltaba algo, la carta del Vaticano alentando, de alguna manera –al menos, en la versión monclovita–, la salida de Franco del Valle de los Caídos, lo que le permite a Sánchez una confrontación directa apenas con la familia y los sectores más ‘ultras’, pero no con la Iglesia.

Yo diría que este Sánchez, a falta de algunas cualidades –otras sí las tiene, ojo–, es un tipo con suerte. Y si el enemigo se equivoca, que todo parece que anda en vías de ello, es capaz hasta de seguir una temporada larga en el palacio de la Cuesta de las Perdices. Estadista, lo que se dice estadista, no será; pero anda que resistente…Y, encima, mimado por la veleidosa diosa Fortuna.

fjauregui@educa2020.es

Y, para colmo, ya digo, el ‘procés’, que parece que empieza a pinchar

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“Presidente, ¿tiene un colchón de votos suficiente?”

Enviado por Fernando Jáuregui | 20/02/19

Sesión de control parlamentario, la penúltima de la Legislatura, bronca e inútil para el país. Estamos en campaña y aquello más parecía un debate de bajura en televisión, un conjunto de mítines de sal gorda, que un acto en un Legislativo que se respete. Nuestros representantes se llamaron de todo, se acusaron de todo, exageraron, deformaron –alguno—la verdad, porque la exageración es una forma, quizá sutil, de mentira.

Pregunté a un relevante socialista sobre su calificación del ‘arranque’ del presidente Sánchez en esta campaña aún no oficializada, pero ya trasladada a todos los campos, incluyendo el ya célebre libro del inquilino de La Moncloa, que era de lo que todos hablaban: del colchón. A él tampoco le había gustado, aunque algún insensato también me dijo: “va estupendamente, porque en campaña lo importante es que hablen de ti, aunque sea bien; que se rían con el libro, a ver quién ríe el último”.

Ese colchón constituyó nada menos, dice el libro de Sánchez/Lozano, la primera decisión presidencial al pisar suelo monclovita: cambiarlo para que nada quedase del anterior habitante del palacio de los falsos mármoles. No hay que dormir, por lo visto, en la cama caliente del rival. “Empaquete el colchón, porque tendrá que sacarlo en dos meses”, le dijo, ingenioso él, Pablo Casado, anunciando ya la victoria del PP en las cercanas urnas. Quizá esté vendiendo la piel del oso (y el colchón y hasta el somier) antes de cazarlo, digo yo.

Pido perdón a los lectores por utilizar tanto la misma palabra en una crónica. Ya sé que esta repetición va contra todos los cánones de la literatura periodística. Pero es que los cánones del castelarismo tampoco aconsejan hablar de colchones, que es utensilio que sirve para dormir y para más cosas, como último argumento parlamentario. A tanto llegó la cosa que, mientras Sánchez salía del hemiciclo a toda velocidad por los pasillos, perseguido por un enjambre de nosotros, la sufrida turba de cámaras y micros, una colega, malévola, viperina, le lanzó esta pregunta que, como las demás, no obtuvo respuesta: “Presidente, ¿cree usted que tiene un colchón de votos suficiente?”.

Claro que, a Casado, alguien de la misma turba, agotados desde el silencio en las repuestas los recursos a lo trascendente –se acaban de cargar los de Podemos el Pacto de Toledo, sin ir más lejos; y ‘el juicio’ ahí sigue—le interrogó: “señor Casado, ¿ha leído usted el libro?”. Huelga decir a qué libro –me resisto, resistente yo también, a citarlo, para no hacer más publicidad a un episodio propagandístico que no me gusta—se refería. Hay otros libros, cada día salen decenas, pero parece que en estos momentos solo exista este volumen.

Salí del Congreso de los Diputados, y no era la primera vez, angustiado ante la insoportable levedad del ser de la política española en general y de nuestro parlamentarismo en particular. Nos queda una sesión de control al Ejecutivo por parte del Legislativo antes de que este se disuelva para correr hacia las elecciones. Tiemblo solamente de pensar en los desmanes que el segundo de los poderes definidos por Montesquieu, un poder que es el arquitrabe de la democracia, puede sufrir en estos siete próximos días.

Mi temblor se acrecienta al avizorar lo que de empobrecedor para la vida política pueda tener esta campaña, si las cosas siguen por este camino. Así, me temo que las elecciones no nos servirán de nada, y habrá que repetirlas –muchos diputados lo piensan, me dijeron—allá por el otoño. Y eso sí que no debe suceder. Que, al menos, eso nos lo eviten, ya que tenemos que asistir a este bochorno parlamentario, que es lo único para lo que en esta Legislatura atroz han quedado nuestras Cortes.

fjauregui@educa2020.es

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Cien días que cambiarán España: empieza la cuenta atrás

Enviado por Fernando Jáuregui | 17/02/19

Decir que la campaña electoral empieza hoy, tras un domingo de sondeos y con el ‘juicio del siglo’ empezando a adquirir velocidad de crucero, no sería del todo exacto. Tampoco empezó exactamente el viernes pasado, con el ‘mítin’ de Pedro Sánchez desde el atril de La Moncloa. Llevamos mucho, demasiado, tiempo en el postureo de una campaña que no cesa, pero que ahora adquiere perfiles temporales muy concretos: faltan dos sesiones de control parlamentario, quince días para la disolución de las Cámaras legislativas, sesenta y nueve para la primera marcha a las urnas y noventa y siete para la segunda. Menos de cien días que cambiarán, esperemos, a España. Sí, pero ¿qué es lo que va a cambiar? Puede ser casi todo o casi nada. No confiemos demasiado en lo que ahora dicen los sondeos.

Si confiamos ciegamente en lo que dicen esos sondeos, que al menos cierto es que marcan una tendencia, tendríamos que resulta que el PSOE va a conseguir al menos treinta escaños más que en las elecciones de junio de 2016, que el PP puede que consiga, en el mejor de los casos para ellos, treinta menos, que Ciudadanos puede lograr otros treinta más, que Podemos pierde bastantes más de treinta y que la media de lo que las distintas encuestas conceden a Vox se halla en eso, en unos treinta. Lo que ocurre es que, para formar mayorías absolutas, mucho depende de lo que dicen esos mil encuestados en un sondeo u otro: para unos, la suma de PP, Ciudadanos y Vox daría mayoría absoluta, pero para otros esa mayoría la lograría el PSOE acompañado por la formación naranja de Albert Rivera.

Pero, claro, falta la campaña en sí misma. Los debates televisivos. Los mensajes. Las ideas de Iván Redondo –un éxito para Sánchez, al menos hasta ahora– y de los no tan conocidos ‘magos’ de Ciudadanos y PP. Alguna ocurrencia de Iglesias. Los discursos del representante de Vox en el juicio contra los ‘indepes’ en el Supremo. Y los giros de alianzas que vayan a producirse, que yo apostaría que estarán protagonizados precisamente por el árbitro, Ciudadanos, cuya incomodidad junto al otro posible árbitro, Santiago Abascal, es cada día más patente. No les veo galopando juntos en la campaña: creo que habrá una aproximación de ‘los naranjas’ a los socialistas, aunque no lo dirán hasta después de las elecciones europeas, municipales y autonómicas, es decir, quizá hasta comienzos de junio. Que es cuando, de verdad, comenzará el baile de las posibles investiduras.

Hasta entonces, por lo menos, el Gobierno de Pedro Sánchez estará en funciones. Eso, si no se da una situación como la de 2016, en la que nadie pudo ser investido y hubo que repetir las elecciones, seis mees después de aquellas de diciembre de 2015 que iniciaron, porque no hubo mayoría suficiente para que nadie gobernase, el desastre político ‘a la italiana’ en el que estamos sumergidos. Entonces, si se repite lo de 2016, volveremos a tener que ir a las urnas en septiembre u octubre. Fracaso total de nuestra ‘clase política’. Por eso me aventuro a pensar que solamente una coalición de centro-izquierda (la más probable, porque el PSOE parece que será la formación más votada) o de centro-derecha va a ser la salida, aun tapándonos todos la nariz, a esta situación tan indeseable en la que nos han metido.

Y es que estamos embarcados en una campaña en la que habrá más mítines que procesiones de Semana Santa, en la que los ministros no cantarán, como ocurrió el año pasado, saetas al paso de los capirotes y en la que esperemos que la frivolidad no llegue a mitinear en los espacios televisivos más ‘populares’, con el candidato de tiurno jugando al futbolín con Bertín Osborne. Una campaña en la que jugará hasta el libro, cuyo contenido comienza a desvelarse, del ‘resistente’ que actualmente habita en La Moncloa y que en ella pasará los próximos cinco, seis meses…por lo menos.

Porque lo cierto es que, hoy por hoy, Sánchez, junto con Rivera, es el único de los ‘instalados’ que ve aumentar la intención de voto a su partido, sin que la espuma del oleaje de Vox –qué bien le viene Vox al PSOE en campaña, y qué mal le viene a Pablo Casado—le llegue a salpicar los tobillos.

Algún día, con la serenidad que da el tiempo transcurrido, averiguaremos por qué se produce este incremento en la simpatía hacia un Sánchez que ha sido pródigo en ocurrencias, en contradicciones, en promesas no cumplidas: ni a Franco ha sacado del Valle de los Caídos. Yo creo que, con perdón y salvando todas las distancia, no me entienda usted mal, en cierta medida a Sánchez le ocurre lo que a Trump: que, de alguna manera, representa el combate al ‘statu quo’, a lo sólidamente establecido, casi al sistema entendido en su peor acepción. Sánchez siempre sorprende y hace de la política un juego inesperado y, por tanto, apasionante. Que eso constituya un peligro parece secundario para una ciudadanía que está desencantada, que ha involucionado bastante, pero que no parece temer el riesgo de quien, con el dinero de sus apuestas, se tambalea en la cuerda floja, pero con arte, y juega a la ruleta rusa, pero sospechamos que con balas de fogueo.

Me parece que esas cualidades/defectos, matizadas por el freno de un coaligado más templado, podrían ser una fórmula de éxito. No creo que Pedro Sánchez esté tentado de repetir la ‘experiencia Frankenstein’: de los ‘indepes’ no te puedes fiar y Podemos, que ha sido un aliado bastante bueno en lo que cabe –quizá demasiado espectacular–, se hunde anegado por sus propios errores y pasadas. Y por la deserción de los ‘errejonitas’, claro. Así que, le guste o no, a Sánchez no le quedará otro remedio que pactar con Ciudadanos si quiere mantenerse cuatro años más en La Moncloa, aunque tenga a Rivera, como vicepresidente, en la habitación de al lado, donde estuvieron Abril, Guerra y también Rajoy cuando Aznar era presidente. O Fernández de la Vega cuando Zapatero.

¿Y Casado? Casado, que ha cometido, creo, bastantes errores últimamente, también puede, claro, ser presidente. Con Ciudadanos y con Vox, pero dudo mucho de que ambos acaben esta campaña como amigos: los aliados internacionales de Rivera, y el propio Rivera, no lo podrían permitir. O sea, que mi apuesta, si los números llegan a dar, se inclina más hacia la coalición de centro-izquierda, que parece, hoy por hoy, ser la preferida de los españoles, aunque las sacrosantas encuestas aún definan muy tenuemente este parámetro. Pero ya digo: quedan esos cien días que cambiarán, o no, a España.

fjauregui@educa2020.es

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Enviado por Fernando Jáuregui | 16/02/19

Más apariciones de ‘Los periodistas estábamos allí para contarlo’

https://eldia.es/nacional/2019-02-16/6–politicos-ya-piensan-Espana-bien-comun-sino-mismos.htm

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Enviado por Fernando Jáuregui | 16/02/19

Estamos en la recta final de las presentaciones del libro…El martes, en Madrid; El viernes, en Burgos. Animaos
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Pues quizá haya que repetir elecciones en septiembre, ya ven…

Enviado por Fernando Jáuregui | 16/02/19


¿Serán estos los árbitros de la próxima situación política? No, otra vez no, por Diossss…

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En menudo lío nos han metido entre todos. Votaremos en abril, en mayo y, si se repite el escenario de 2016, cuando caímos en lo más profundo del pozo de la crisis política, de nuevo en septiembre… o así. Todo dependerá, claro, de lo que ocurra en las elecciones legislativas del casi inminente 28-a, que es cuando Pedro Sánchez ha fijado la marcha a las urnas: ya este domingo tenemos los primeros indicios vía encuestas, que dan a los socialistas como ganadores de estos comicios de abril, pero, claro, no por la mayoría suficiente como para lograr una investidura nuevamente de Sánchez.

Y entonces ¿qué? Pues eso: que, en el peor de los escenarios, quizá habría que repetir nuevamente las elecciones, como ocurrió en junio de 2016 tras haberse imposibilitado, durante cinco meses, la formación de un nuevo Gobierno, una vez que Rajoy –tampoco Sánchez, claro– no consiguió los escaños suficientes para ser investido. Solo que ahora podría calcularse que esta repetición se produciría, con los plazos inciertos que ofrece el artículo 99 de nuestra Constitución, allá por el otoño. De nuevo colocamos al Rey en el epicentro de la tormenta, de nuevo habrá que buscar apoyos entre los nacionalistas, quién sabe si intentar, horror, otro ‘Gobierno Frankenstein’. O meter a la ultraderecha en un pacto legislativo. Puede ser un lío, en efecto.

Acorralado por la no aprobación de los Presupuestos que elaboró con Podemos, y animado, al tiempo, por unas encuestas relativamente optimistas para él, Pedro Sánchez anunció el viernes la disolución de las Cámaras –que se producirá dentro de poco más de dos semanas—y la consiguiente celebración de unas elecciones generales anticipadas en un año y dos meses con respecto a lo que habría sido el calendario ‘normal’ de esta Legislatura que ya muere. Lo que ocurre es que nada ha sido ‘normal’ en esta Legislatura, ni en la anterior, ni en la anterior: llevamos más de tres años sumergidos en una intensa crisis política de la que poco indica que vayamos a salir si los dirigentes políticos que nos hemos dado no varían sus métodos, sus méritos y sus mesianismos. Y sus alianzas.

Desde luego, no me encuentro entre los críticos ‘por principio’ al actual Gobierno de Pedro Sánchez. No, desde luego, en el sentido de los instigadores de la manifestación de Colón del pasado domingo, un acto del que alguno de sus propios convocantes ha tenido ya ocasión de arrepentirse. Pero me resulta, al tiempo, difícil entender qué justifica que el partido que sustenta al Ejecutivo, el PSOE, suba en intención de voto y los augures demoscópicos le otorguen alrededor de veinte escaños más de los obtenidos en junio del 16. La Legislatura que muere tras el triunfo de la moción de censura contra Rajoy, hace de eso ocho meses que parecen ocho años, no ha tenido, desde luego, los perfiles brillantes con los que Sánchez trató de deslumbrarnos desde el atril de La Moncloa el pasado viernes. Hasta Franco sigue en el Valle de los Caídos.

Ahora, enfrentado a una tórrida primavera electoral, que va a propiciar el cambio de miles de cargos público-políticos, el país se paraliza de nuevo, aderezados los titulares, para colmo, por los avatares de un ‘juicio del siglo’ contra los secesionistas catalanes que empezó con más normalidad de lo que era de prever, pero que registró esta semana que termina una intervención de Oriol Junqueras, el principal procesado, muy seguida por los ciudadanos: nadie quiere convertirle en un ‘Nelson Mandela a la catalana’, pero ese riesgo, al menos internacionalmente, no podemos desconocer que existe. Y resultaría absurdo también ignorar que la ‘cuestión catalana’ tiene mucho que ver con la crisis política nacional y con la indudable involución que se está produciendo en la ciudadanía, y que a saber qué consecuencias tendrá a la hora del voto. Solo diré que, mientras el de Podemos parece que se desinfla algo, la ‘novedad’ de Vox crece, dicen al menos los sondeos. Y a mí, qué quieren que les diga, la posibilidad de que este partido se erija en el árbitro de las combinaciones que se puedan dar en el futuro para llegar a la formación de un Gobierno, me produce escalofríos.

Decía Macron, en una entrevista en ‘Le Point’ cuando aún no era presidente, que “habrá que cortar las dos puntas a la tortilla para que las personas razonables gobiernen juntas, dejando de lado a los dos extremos, de derecha e izquierda, que no entienden nada del mundo”. Ahora, el presidente francés ha ‘fichado’ a un connotado gaullista, como Alain Juppé, persiguiendo esa reconciliación nacional que busca afanosamente tras el estallido de los ‘chalecos amarillos’, que es similar al que los ‘indignados del 15-m protagonizaron en España. Solo que los vecinos del norte han buscado soluciones imaginativas, y por estos pagos, ya lo ven, seguimos aferrados a las viejas recetas, a los discursos frentistas de siempre, que nos han llevado hasta aquí. O sea, a pensar, Dios nos libre, en que la hipótesis de unas elecciones legislativas de nuevo allá por el otoño serían, son, posibles. La repera, vamos.

fjauregui@educa2020.es

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Ya solo cabe un Gobierno de centro-derecha o de centro-izquierda. Nada más

Enviado por Fernando Jáuregui | 15/02/19

Todo un país pendiente, diez de la mañana de este viernes, del anuncio de algo que muchos ya sabían: que las elecciones generales tendrán lugar el 28 de abril, dentro de menos de dos meses y medio y veintinueve días antes de los comicios europeos, locales y autonómicos allá donde toquen. La campaña más larga, dura, desordenada y tempestuosa que hayan conocido los españoles se nos echa encima, con la inevitable mezcolanza entre unos y otros comicios, la patente falta de tiempo para redactar unos programas electorales atractivos y constructivos y también con el evidente pasmo de un mundo que se pregunta si puede un país albergar tantos sobresaltos políticos y judiciales al mismo tiempo.

La improvisación del Gobierno ya casi en funciones –aún no se han disuelto las Cortes; para ello quedan dieciocho días—obliga a forzarlo todo: los tiempos, los mensajes, las posibles alianzas. Todo puede salir mal, pero también cabe la posibilidad de que todos reflexionen sobre los patentes errores cometidos y logren enderezarse las cosas. Porque, pase lo que pase, la única salida a una crisis política que dura ya casi cuatro años será un Gobierno de centro-derecha o de centro-izquierda. Todo dependerá de cómo jueguen sus cartas ante el ‘árbitro’ Albert Rivera por un lado Pablo Casado o, por otro, Pedro Sánchez.

Existía al menos una docena de razones, y no solamente el coste, para abonar la acumulación de todas las elecciones en el ‘superdomingo’ 26 de mayo. Pero parece que se han impuesto los argumentos de algunos líderes territoriales socialistas, que no querían ‘devaluar’ sus elecciones autonómicas y locales con las generales, ni que el duelo en ayuntamientos y autonomías se centrase en las figuras de Pedro Sánchez, Casado, Rivera y Pablo Iglesias… si es que el líder de Podemos se reintegra del todo de su enclaustramiento, que, por cierto, en lo personal le honra, aunque cierto es que su sustituta no cumple con las cualidades que ahora serán esperables de una de las cuatro grandes formaciones nacionales.

Entramos, sí, en un período político surrealista, si es que alguna vez habíamos salido del surrealismo en los últimos cuatro o cinco años. Y la valoración de urgencia de lo que ha sido esta mini-Legislatura difiere mucho, desde luego, de la triunfalista que hizo el presidente del Gobierno este viernes tras el Consejo de Ministros extraordinario: sí, algo de mítin de inicio de campaña tuvo este anuncio del fin de una etapa y la convocatoria de elecciones. El balance real es pobre: ni siquiera Franco ha abandonado el Valle de los Caídos, y dudo ahora de que vaya a hacerlo de aquí a la marcha a las urnas. Eso sí, con nueve meses de retraso, obligado por las circunstancias y por sus equivocaciones, Sánchez, que a comienzos de este año seguía repitiendo que las elecciones generales tendrían lugar el año que viene, ha tenido que recular y hacer buena su primera promesa de convocar elecciones ‘pronto’. No tan pronto, desde luego: en estos meses de gobierno de Sánchez en minoría se ha deteriorado notabilísimamente el clima de convivencia política, entre otras cosas. Se ha comprobado, menos mal, que un nuevo ‘Gobierno Frankenstein’, con la anuencia de separatistas y de trapecistas de la política, va a ser imposible, Dios sea loado.

Puede que, trato de ser optimista, lo que ahora comienza acabe bien. Ya digo, con un Gobierno de coalición, a la derecha o a la izquierda, moderado por el centro. Puede que reculen las fuerzas independentistas –divididas irremisiblemente–, seguramente las formaciones más extremas, a la izquierda y quizá también a la derecha, no alcancen las expectativas que se calcularon en el pasado. E incluso cabe la posibilidad de que los cuatro líderes mencionados mediten en las posibilidades de mejora que ofrece esta nueva era que hace tiempo se ha abierto ante la ceguera culpable de quienes no quieren verlo y actúen en consecuencia. Las primeras reacciones de los responsables de la oposición, insistiendo en el frentismo, tampoco abonan mucho la esperanza, la verdad. Pero, como bien decía Romanones, ‘en política, cuando digo jamás, quiero decir hasta esta misma tarde’. O sea, que los ‘vetos’ de Rivera contra Pedro Sánchez, por ejemplo, previsiblemente decaerán, lo mismo que decayeron en el caso de Rajoy. Y entonces, probable Gobierno de centro-izquierda. Sin Podemos, obviamente, que los ‘morados’ y los ‘naranjas’ son como agua y aceite. Si no, pues probable Gobierno de centro-derecha. Sin Vox, naturalmente, que la formación de Abascal es incompatible con la de Rivera.

Se abre espacio al posibilismo, al pragmatismo. Y si tiene que caer alguien, pues que caiga. No derramaré, en lo personal, una sola lágrima si resulta que, esta vez sí, este puede ser el fin político de Sánchez, aunque tampoco le veo demasiados sustitutos posibles en un PSOE que es necesario. Ni, menos aún, la derramaré por Pablo Iglesias, ni sufriré en absoluto si resulta que la amenaza emergente de Vox se queda en eso: en amenaza. El juego está entre ‘populares’ –claro que las posibilidades de que Casado se convierta en presidente del Gobierno se acrecentaron algo estos días, y más se acrecentarán si modera lenguaje, actitudes y programas–, socialistas y, obvio, centristas. Nunca, desde la llegada de Suárez al poder en 1976, había tenido la llamada ‘clase política’ tanta responsabilidad, nunca el futuro de los españoles ha dependido tanto de que nuestros representes se comporten con patriotismo, espíritu de sacrificio e inteligencia.

Estamos, y no lo digo solamente por Cataluña y por el proceso judicial en marcha, en horas graves. Confío en que quienes tienen la responsabilidad de enderezar esta crisis política, que se va haciendo casi crónica, encuentren el camino para hacerlo. Y conste que no es tan difícil: se trata, simplemente, de sumergirse en las aguas purificadoras del regeneracionismo.

fjauregui@educa2020.es

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Enviado por Fernando Jáuregui | 13/02/19

Recta final de las presentaciones del libro, casi todas ellas bastante concurridas hasta ahora

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Ya solo quedan, además del acto del día 19 en Madrid, Burgos, Avila y poco más. Ha sido agotador, pero ha merecido la pena, sin duda

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Elecciones, para el ‘super-super domingo’. Ni antes, ni después

Enviado por Fernando Jáuregui | 13/02/19

Concluido ya el episodio, previsible, del rechazo a los Presupuestos Generales del Estado, queda ahora saber cuándo tendrá lugar la disolución de las Cámaras legislativas y la consiguiente convocatoria de elecciones generales. Los últimos días, incluso antes de que ocurriese lo que todos menos algún anclado en un infundado optimismo gubernamental esperaban, han sido pródigos en rumores, filtraciones más o menos ‘oficiales’ u ‘oficiosas’ y especulaciones acerca de cuánto se adelantará el final de la Legislatura, que, por cierto, lleva de hecho bastantes meses concluida ‘de facto’.

Las fuentes que creen estar más cerca de lo que piensa Pedro Sánchez indican el 28 de abril como el día más probable para que se celebren las elecciones legislativas, con lo cual el Congreso y el Senado tendrían que disolverse a comienzos de marzo. No tendrá el Gobierno, así, tiempo para sacar adelante ninguna de las reformas legislativas que, con más voluntarismo que realismo, comenzó a poner en marcha, y me refiero desde el coto a la reforma laboral hasta el proyecto de ley de Educación. Nada. La Legislatura concluirá sin haber cambiado nada en el fondo: y ya veremos, por cierto, si el Consejo de Ministros de este viernes logra sacar a Franco del Valle de los Caídos. Sobre lo de Cataluña, mejor ni hablar.

Ha sido una Legislatura inútil, mucho más destructiva que constructiva. La Legislatura de la crispación. Y lo peor es que ninguno de sus protagonistas, en el Gobierno o en la oposición, ha sido capaz de hacer apuestas sensatas de futuro, ni de plantar las bases de la regeneración política que urgentemente necesita España. Creo que los españoles tenemos derecho a estar enfados con eso que se llama nuestra ‘clase política’.

Creo que sería importante fijar ahora la fecha más conveniente para las elecciones. Sin demoras y sin cálculos partidistas sobre qué lo que más conviene a unas formaciones políticas y menos a otras. En ese sentido, me parece que lo mejor sería, llegados a esta situación pre caótica, tratar de abaratar lo más posible el proceso electoral, no multiplicándolo, y procurar que la ciudadanía acuda lo más masivamente posible a las urnas. No parece muy conveniente, por tanto, esa fecha del 28 de abril, a un mes de distancia de las ya fijadas elecciones europeas, autonómicas –donde toquen—y locales. Entre otras cosas, por esa fecha de abril está demasiado cerca del ‘superdomingo’ 26 de mayo, y los resultados de abril podrían influir negativamente, por cansancio, desaliento o hartazgo, en la concurrencia a votar en mayo.

Entiendo que, por otro lado, resultaría muy conveniente ofrecer a los ciudadanos la idea de que van a votar para comenzar esa regeneración política de la que tanto tiempo llevamos hablando y tan poco actuando. Y nada como cinco urnas diferentes alineadas –cuatro o seis, según en qué Comunidad Autónoma— en un mismo día para que entre los españoles cunda la sensación de que ese día, en el que se renuevan tantos mandatos, comienza una nueva era. Considero, pues, para lo que sirva –que para poco servirá si, como pienso, ya está todo decidido en función de consideraciones electoralistas–, que aprovechar el ‘superdomingo’ para convocar a los españoles ante las urnas sería lo democráticamente más conveniente. Y que no se me diga que no hay precentes para tanta proliferación simultánea de meses electorales: casi nada de lo que nos está ocurriendo en este peculiar país tiene precedentes.

Y, además, lo probable es que, para el 28 de mayo, el ‘juicio del siglo’ haya concluido y no influenciará tanto su resultado sobre el hoy decaído ánimo de los electores cuando, papeleta en mano, acudan a votar nuevo alcalde, nuevo presidente de su Comunidad Autónoma, nuevos eurodiputados y…nuevo –o no—presidente del Gobierno central, con sus ministros y todo lo demás. Una nueva era, con nuevas cartas para repartir a todos los niveles.

fjauregui@educa2020.es

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