El ‘país de demá’ de nunca acabar

Enviado por Fernando Jáuregui | 21/09/19

Pasó la vorágine y ahora se puede, algo –algo—reflexionar. Han transcurrido varios días desde este 17 de septiembre en el que finalmente supimos que la incapacidad de nuestros representantes para llegar a acuerdos, aunque sea con extraños compañeros de cama, nos condenaba a nuevas elecciones. Con solamente mes y medio hasta el 10 de noviembre para construir un programa de futuro ilusionante para los españoles, los líderes políticos no parecen haber caído en la cuenta de que, precisamente esta semana, se ha cerrado la posibilidad de seguir con esa política vieja cuyo espantajo agitaban, pero con la que cumplían y por la que se siguen rigiendo.

¿Cómo, por ejemplo, volver, con todo lo que se han dicho, a pensar sin espanto en una posible coalición, o pacto, o lo que sea, entre el PSOE y Unidas Podemos?¿Cómo volver a creer en quien el domingo decía una cosa y el lunes totalmente la contraria? La memoria del electorado, confían ellos, y me refiero a ‘todos ellos’, es frágil. Pero ni ellos, ni nosotros, ni nadie, puede seguir taponando el futuro, consista eso en lo que consista.

Quién sabe si la España políticamente nueva estará representada en parte, en su día, por Iñigo Errejón, que sin embargo ha apelado a Manuela Carmena, que es la veteranía que rechaza volver a la arena, a la hora de intentar construir su formación política para estas elecciones que vienen. O cómo saber cuánto futuro le aguarda a Gabriel Rufián, el reconvertido diputado independentista republicano que cita los, ejem, ‘bemoles’ de Estanislao Figueras para reconocer que los ciudadanos están hasta ahí ‘de todos nosotros’. ¿Es el porvenir el marcado por esos chicos adolescentes, seguidores de Greta Thunberg, que se mueven al grito de ‘there is not planet B’? ¿Está nuestro futuro en manos de unos presos golpistas que, en el fondo y tal vez involuntariamente, nos hacen a todos rehenes de su situación?

O, en otro orden de cosas, ¿es el futuro Marta Pascal, la mujer ‘purgada’ por esa ya reliquia del pasado que es Puigdemont? Pascal es una de las figuras de esa reunión de ‘independentistas posibilistas’ que hablan del ‘país de demá’ en el monasterio de Poblet. Una reunión la de este sábado destinada, sin duda, a surtir algunos efectos en la enrarecida política catalana y, por tanto, española. Aunque algunos medios fervorosamente ‘indepes’, que tienen la cabeza en los tiempos de Companys, la hayan silenciado…

No, esta no es ya la España de Companys. Ni la de para mí muy respetable Carmena. Pero tampoco la de Pablo Iglesias e Irene Montero, también sin duda respetables, pero cuya ‘modernidad’ ha quedado convertida en caricatura encerrada en un chalet burgués. Y, si se me apura, estoy a punto de decir que esta no debe ser la España de ‘este’ Rivera del ‘no’ y luego ‘sí’ y luego de nuevo ‘no’. Ni la de Cayetana Alvarez de Toledo aupada por Pablo Casado. Ni la demasiado ‘tradicional’ que quiere Vox. Ni, si se me apura aún más, tampoco la de Sánchez, que llegó a La Moncloa como llegó, se mantuvo como se mantuvo y ahora todo lo fía a la improvisación de las encuestas.

Pienso que el PSOE, si es que está destinado a seguir gobernando, que quién sabe, tiene que dejar claro a sus votantes que nunca más habrá aventuras como las que vivió con el ‘socio preferente’, ni una gobernación egoísta en la que el hombre que ejerce el poder, aunque sea en funciones, quiere “ganar siempre hasta el último duro”, como rezaba el viejo dicho popular, sin repartir ni ofrecer nada a los demás. Así, ¿cómo esperaba obtener apoyos para su investidura, si es que los procuraba? Y ¿cómo cree Pedro Sánchez que va a ver aumentada la votación a su favor de los ciudadanos si no les garantiza un ‘contrato político’ en el que cuente más con ellos, sin ahondar en la división de las dos Españas, como hasta ahora se ha hecho, y sin dejar de mostrar cuánto disfruta con los beneficios de su situación personal?

La vieja política española consiste no en mejorar la oferta electoral, sino en darse por satisfecho con obtener un par de escaños, o tres, o cuatro, más gracias a que los electores abandonan a las formaciones rivales. Sánchez ha hecho de todo por desprestigiar, humillar y rebajar a un Iglesias que un día amenazaba con dar el ‘sorpasso’ a los socialistas. Quizá Iglesias se lo merecía, pero acusará el golpe y lo trocará en venganza que a todos va a desgastar. Vieja, muy vieja, política, en suma. Si bien se considera, creo que Amenábar, el cineasta que ha vuelto a poner de moda a Unamuno, tenía razón en muchos aspectos cuando decía, esta semana, que “la España actual es la que Franco ideó”. Las dos Españas: entre aquella a la que se refiere Amenábar y ‘el país de demá’ que ni siquiera quiere formar parte de esta nación…País.

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Junqueras, protagonista del próximo follón político

Enviado por Fernando Jáuregui | 19/09/19


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(aquello fue la negociación, obviamente acabada en desastre, con Rajoy-Soraya Sáenz de Santamaría. Ahora ¿quién negocia con quién?)
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¿Podrán presentarse nuevamente a las elecciones los actualmente presos Oriol Junqueras y otros de los políticos catalanes encarcelados por el intento golpista del que se van a cumplir ahora dos años? En medios independentistas ya se va aventando esta pregunta, que podría constituir una más de las muchas anomalías –la más importante—de las muy variadas que acompañan a la agitada vida política española. La respuesta que te dan, cuando trasladas esta inquietud a medios teóricamente competentes, es: claro que no, porque la inminente sentencia del Supremo inhabilitará a Junqueras, Romeva, Rull, etcétera, para poder presentarse. No es tan fácil, sin embargo como algunos quisieran presentarlo: la controversia jurídica –y, por supuesto, política—está servida.

La gran batalla que viene lleva el nombre de Oriol Junqueras, líder de Esquerra Republicana de Catalunya, ganador de los anteriores comicios de junio en esa Comunidad, eurodiputado electo que no ha podido recoger su acta y que está a punto de cumplir dos años en prisión preventiva y que ahora aguarda una sentencia, que llegará en menos de tres semanas, en la que se le condenará a una pena indudablemente dura, quizá incluso por rebelión, quién sabe. Inhabilitación incluida.

Pueden, en el camino, ocurrir muchas cosas: por ejemplo, que la sentencia del Supremo llegue después del próximo 7 de octubre, que es la fecha en la que han de completarse las listas electorales –en ERC ya dicen que presentarán nuevamente a Junqueras como cabeza–; en este caso, habría que descabalgar posteriormente a Junqueras de la candidatura, cuando llegue la sentencia, con el consiguiente lío jurídico, mediático y propagandístico. También puede ocurrir que el Tribunal de Justicia de la Unión Europea decida estos días que Junqueras, como eurodiputado electo, es inmune. Y entonces, suplicatorios y cuanto se quiera por medio, el Tribunal Supremo podría tener que acabar ordenando la excarcelación de Junqueras, su puesta en libertad.

Hipótesis esta última que no creo que desagrade demasiado al Gobierno central (en funciones), que no sabe muy bien qué hacer con alguien que tiene un indudable prestigio en Cataluña como Oriol Junqueras. Mucho más prestigio, sin duda, que su ya mortal enemigo Quim Torra. O que Puigdemont, cuyo futuro ya ha dejado, sin más, de interesar: si una euroorden no puede traerle de regreso de Waterloo, pues que se quede allí para los restos. Añádase a ello que Junqueras resulta, para el Ejecutivo que preside (en funciones, repitamos) Pedro Sánchez y para sus ‘mediadores’ cerca de la prisión de Lledoners, un posible interlocutor mucho más viable que el fanatizado Torra. Tendremos así un esquema bastante completo de la fluidez de la situación de las relaciones entre la Cataluña secesionista y la España oficial.

Reducir esta compleja maraña a un problema de aplicación o no del artículo 155 de la Constitución ‘en caso de necesidad’ parece, evidentemente, una simpleza. Es obvio que, mientras Torra y su mentor Puigdemont han elegido una estrategia de confrontación abierta y posible desobediencia, de nuevo, a las leyes –el president no comparecerá la semana próxima a la llamada del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña–, en Esquerra se apuesta por algo muy diferente: es guerra versus búsqueda de diálogo. No hay más que ver la transformación del diputado de ERC Gabriel Rufián, que de ‘hooligan del escaño’ se ha convertido en casi un ‘hombre de Estado’, para lo que valga, al frente de un importante grupo parlamentario.

Todo lo cual, cuando las elecciones generales y, no mucho más tarde, las catalanas, andan ya rondando, es algo muy digno de tener en cuenta por los estrategas en funciones del Gobierno central, si es que tal cosa existe al margen de las labores de imagen de Iván Redondo. Ni será tan fácil, ni quizá fuese conveniente, reemplazar a Junqueras así, sin más, ante una sentencia inhabilitadora procedente del Supremo.

La vida política catalana se mueve a velocidad de vértigo. La patente incompetencia de Torra para gestionar la Generalitat, es decir, el bienestar de los ciudadanos catalanes, hace que muchos se estén planteando la creación de nuevas formaciones para ocupar el nacionalismo e incluso un independentismo ‘dialogante’ con el resto de España, y ahí es posible que nombres como Artur Mas, Marta Pascal o incluso Santi Vilas tengan algo que decir: ahí está ese encuentro en Poblet este fin de semana, del que, sin duda, saldrán noticias en este sentido.

No pueden los partidos constitucionalistas, que tanto nos han fallado, perderse ahora en la mera campaña electoral que viene, con sus acusaciones todos contra todos –¿quién ha sido el gran culpable de esta repetición de elecciones?–; Cataluña es un envite demasiado importante para la salud del conjunto de España como para andar liándose en si son galgos o podencos, en quién actuó peor –porque mal lo han hecho todos—para llegar hasta donde hemos llegado tras cuatro años de profunda crisis política nacional.

El gran reto para España, al margen de la patente incompetencia de una mayoría de los representantes públicos, es mantener la unidad y la coherencia nacionales, que es un desafío que desde Cataluña, por muy divididas que estén las fuerzas independentistas, nos llega todos los días con clamor creciente. Y Oriol Junqueras está en el centro de la tormenta. Él lo sabe. Los demás, que andan preparando ya sus campañas en sus centros estratégicos, también. Pero quieren a veces olvidarlo.

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Cómo fortalecer el papel del Rey…y no morir en el intento.

Enviado por Fernando Jáuregui | 16/09/19

Cómo fortalecer el papel del Rey y no morir en el intento

Fernando Jáuregui

Pedro Sánchez es un hombre de suerte. Con más suerte que merecimientos, dicen algunos críticos, pero lo cierto es, parafraseando a Picasso, que, cuando te llegue la inspiración (o la suerte), que te llegue trabajando. Y Sánchez trabaja. En lo suyo, pero trabaja. Incluso cuando aprovecha la gran ‘photo opportunity’ de retratarse, él, que fue bastante bueno en esto de la canasta, junto a la selección nacional de baloncesto, que ha vuelto a poner la palabra ‘España’ en el cajón de las cosas buenas. Hasta cuando fue, como era su obligación, a visitar a los damnificados por las inundaciones, estaba trabajando. Los demás no sé muy bien qué hicieron este fin de semana, aparte de hablarse (algunos, y con escaso resultado, por lo visto) por teléfono antes de la crucial sesión de consultas con el Rey iniciada este lunes.

Si Sánchez es un hombre de suerte, no estoy tan seguro de que el jefe del Estado esté, en este cuarto de hora, tan tocado por la diosa Fortuna. Al Rey, entre unos y otros, le han dejado todos a los pies de los caballos, como si de él dependiese que haya o no investidura de Sánchez: especialmente surrealista fue la sugerencia del muy republicano Pablo iglesias de que este martes pedirá al Monarca que medie con Sánchez para que este acceda a un Gobierno de coalición que, con Podemos dentro, tendría perfiles muy poco monárquicos. Como, por otra parte, sucede con la cuarta parte del Congreso de los Diputados, que este miércoles, si todo va tan mal como está previsto, celebrará la última sesión de control parlamentario de la efímera Legislatura que parece a punto de concluir.

Un país que quiera estabilidad como tal necesita fortalecer sus instituciones, su Constitución, su unidad nacional, el sistema por el que se rige. Eso incluye, o quizá comience por ahí, a su Jefatura del Estado. Pocas naciones he visto con tan escaso sentido del Estado como España: a veces da la frívola impresión de que solo nos vertebran en el entusiasmo nacional las victorias de Nadal o las de los chicos del ‘basket’. España no es monárquica, creo, ni republicana. Ni de izquierdas ni de derechas: puede que ni siquiera de centro. La indiferencia ante las instituciones, el desapego (merecido) ante sus representantes, eso que dio en llamarse ‘clase política’, me parece evidente. Este verano de bochornos políticos ha ayudado poco en ese sentido.

Creo que hay que fortalecer el papel del Rey, y no convertirle en el mero oyente de las sorpresas que puedan darle en estas horas sus mejor o peor ataviados para la ocasión contertulios en la pre-investidura, o desinvestidura. La Constitución, que ya habría que haber reformado, es ambigua sobre el papel arbitral del jefe del Estado y algunos artículos, como el 99, simplemente no se sustentan. Como no se sustenta, digan lo que digan algunos constitucionalistas, la actual normativa electoral, que ya nos ha proporcionado casi cuatro años de enorme crisis política.

La propia Casa del Rey habría de modificar algo, en mi opinión, sus estructuras y funcionamiento, en ocasiones excesivamente prudente y conservador. Las estructuras de La Zarzuela no pueden, en estos tiempos de cambio vertiginoso, en los que lo inédito se ha convertido en cotidiano, mantenerse tan impasibles a las coyunturas. Ni los partidos han de dar por sentado que estas estructuras deben seguir así, ahí, sin darles la lata, para que puedan seguir haciendo y deshaciendo libres de toda censura y un tanto al margen de los intereses de la nación. Porque ya está claro que el clamor que se percibe en los medios de comunicación ante lo que ‘ellos’ están haciendo y, sobre todo, no haciendo, les entra por un oído y les sale por el otro: se han vuelto inmunes a la crítica.

Por eso, el Rey habría de ser algo más que un oyente privilegiado de lo que ellos tengan a bien contarle y no exteriorizar su enfado solamente (y con razón) cuando se pone en peligro la unidad de la patria. Es algo, fortalecer el papel del Rey, que habríamos de poner en marcha entre todos, porque me parece que ahora no estamos precisamente para aventuras con la forma del Estado. Y solamente con el oro en baloncesto el Estado no se sustenta.

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Ya solo queda, parece, ir a elecciones

Enviado por Fernando Jáuregui | 14/09/19


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(al Rey se le va a exigir una nueva sobreexposición. Con decir que Pablo Iglesias, el muy republicano Iglesias, le va a pedir que convenza a Sñanchez para que nombre ministros de Podemos…Maaadre mía))
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Hay que barajar y repartir nuevas cartas. Es algo que se escucha ya en todos los ámbitos políticos: aquí no queda sino ir de nuevo a unas elecciones, las cuartas en cuatro años, a ver quién da más. La incapacidad de nuestras fuerzas políticas, de todas, para llegar a acuerdos, aunque hubiesen sido ‘a la italiana’, o sea, entre extraños compañeros de cama, ha quedado de manifiesto. Y así, puede que estemos ante la última semana de esta casi nonnata Legislatura. Una semana en la que el Rey tendrá que actuar de mero oyente y que pondrá de manifiesto, una vez más, los muchos defectos de nuestra legislación para que el engranaje político funcione con normalidad.

El deterioro de la situación política española es tal que el muy, pero muy, republicano Pablo Iglesias, que tantas veces ha pedido el fin de la Monarquía (con todo su derecho, eso sí), ahora se plantea solicitar al Rey que medie cerca de Pedro Sánchez para que este acceda a una coalición entre PSOE y Podemos. Como si el jefe del Estado pudiese hacer tal cosa así, como si nada. Todo se convierte en un puro disparate y lo peor es que sobre las espaldas de Felipe VI se cargan responsabilidades que, de haberle competido, le desgastarían enormemente. Empiezo a pensar que se equivoca –se equivocó– el Monarca cuando dice –sugirió—que era mejor un acuerdo que elecciones. Todos lo llegamos a pensar, pero luego hemos visto cómo están derivando las situaciones: hemos pasado del duro realismo al surrealismo total. Pedirle al Rey que ayude a la formación de un Ejecutivo republicano.

Pero ya no se trata tan solo de Podemos y los continuos volatines de Pablo Iglesias o de la falta de ofertas de Pedro Sánchez para que todos pudiesen apoyar su investidura; es que en todos los partidos se detectan discrepancias internas -con sordina–. Lo he podido comprobar en Ciudadanos, donde la alarma ante las últimas actitudes de Rivera es notable y lo he podido constatar en el PP, donde no faltan voces que piden que Pablo Casado ‘se entienda de una vez’ con Sánchez, incluso hasta llegar a la vía de la gran coalición, como sugirió Núñez Feijoo.

Esta crisis política está, en suma, desgastando a todos los partidos, incluyendo el semiperiférico Vox, porque en todos ellos se dan cuenta de hasta qué punto se acentúa el divorcio con la calle: la estupefacción ciudadana es tal que ya ni se comenta ni parece interesar al respetable –lo sabemos bien en los medios—lo que ocurra en las alturas políticas. Lo malo es que todo esto acabará pasando factura y que no están las cosas, que se lo pregunten a Mario Draghi, como para andar mirando hacia otro lado.

No sé si España se puede mantener con un (des)Gobierno en funciones hasta, pongamos, el próximo mes de febrero. Lo que sí sabemos ya casi todos es que esto no puede seguir así y que hasta los hacedores de esta situación absurda encuentran muy difícil poder explicar sus contradicciones, renuncias, ambiciones y hasta desvaríos. En estas condiciones, repartir nuevas cartas no es solamente repetir, de nuevo, elecciones: es cambiar profundamente de estrategias, de tácticas, de programas, de intenciones y hasta de rostros. Mucho de todo esto ha demostrado que ya no nos sirve. Decirlo así de claro es, pienso, obligación del cronista. ¿Alguien tiene un as en la manga?

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Montequieu, en España, anda como ausente

Enviado por Fernando Jáuregui | 09/09/19

En este link se contiene la emisión al magnífico artículo de Luis Izquierda en La Vanguardia, hablándonos de cómo andan las cosas en el Parlamento español:

https://www.msn.com/es-es/noticias/espana/el-pleno-del-congreso-vuelve-a-debatir-leyes-seis-meses-después/ar-AAH0gro?ocid=spartandhp

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Una fiscal general del Estado casi en funciones inició este lunes la apertura de un año judicial con un presidente del Tribunal Supremo y del Consejo del Poder judicial en funciones y habiendo sobrepasado en ocho meses su plazo de caducidad. Mientras, un Gobierno en funciones iniciaba sus últimos trámites, en la recta final, para comprobar si en un Parlamento en funciones –y que apenas funciona—se puede o no mantener la Legislatura tras investir o no a Pedro Sánchez como presidente ‘efectivo’ del Ejecutivo.

Es decir, los tres poderes clásicos definidos por Montesquieu en su obra ‘El espíritu de las leyes’, considerada un cimiento de la democracia moderna desde mediados del siglo XVIII, se encuentran actualmente en España más o menos ‘en funciones’, es decir, instalados en la provisionalidad. Lo mismo, por otro lado, que los órganos de control económico, comenzando por la Comisión Nacional del Mercado de Valores, o los servicios secretos, pendientes ambos de renovar su dirección, o los medios de comunicación públicos, con RTVE a la cabeza, etcétera.

Siento la tentación de suscribir la frase de que en España ‘Montesquieu ha muerto, viva Montesquieu’, pero lo dejo también en funciones, a la espera de que, en efecto, pronto vuelva a lucir en todo su vigor la doctrina básica de Louis de Secondat, que pasó a la posterioridad con el seudónimo de Montesquieu, que era su principal título nobiliario. No existe democracia plena que no respete escrupulosamente la separación de los poderes clásicos. Y aquí andan como a la deriva los tres. El Judicial –se ha llegado a sugerir que en la negociación entre PSOE y Podemos, de cara a la investidura, se les podría ‘conceder’ a los ‘morados’ un puesto en el CGPJ, entre otras ofertas para ocupar instituciones que deberían ser ‘neutrales’–, el Legislativo –este miércoles podría celebrarse la última, o penúltima, sesión plenaria de control parlamentario al Gobierno si hay, como casi todo parece indicar, nuevas elecciones y disolución de las Cámaras—y el Ejecutivo, que deambula de decreto en decreto.

Si atendemos a que, paralelamente, vemos crecer otros poderes no tan clásicos, porque todo hueco tiende a ser ocupado, y que el funcionamiento de estos ‘poderes secundarios’, desde el económico hasta el eclesiástico o el mediático, pasando por los propios partidos, por poner algunos ejemplos, registra menos controles que los de Montesquieu, tendremos claro el diagnóstico. No es buena la salud de la democracia española, en estos tiempos en los que unos se espían (ilegalmente, claro) a los otros, en los que desde una de las principales instituciones regionales de España (me refiero a la Generalitat de Catalunya) se desafía abiertamente la legalidad y en los que la sociedad civil es casi inane.

No quisiera, desde luego, parecer excesivamente alarmista, pero la verdad es que esa conciencia de la provisionalidad que hace que la doctrina de Montesquieu vaya siendo sustituida por la de Maquiavelo está suponiendo un duro golpe para España en cuanto que Estado moderno, democrático. Especialmente, si consideramos los esfuerzos de una parte del arco parlamentario por mermar la influencia y el prestigio de la Jefatura del Estado y por recortar el concepto de unidad de la nación.

De alguna manera, hemos de salir de esta espiral perversa en la que, desde hace más de tres años y medio, estamos inmersos. Y lo peor es que ya nadie sabe si una ‘investidura a la fuerza’, que casi garantizaría una Legislatura corta, efímera y agitada, sería o no la solución a nuestros problemas. Claro es que tampoco sabe nadie si lo serían unas nuevas elecciones que, dicen las encuestas, probablemente prolongarían la actual situación de insuficiencia parlamentaria para gobernar. Y así seguimos: si Montesquieu levantara la cabeza…

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Sánchez, la Diada, Torra, Iglesias…¡Maaadre mía!…

Enviado por Fernando Jáuregui | 08/09/19


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(¿tenemos la peor clase política de nuestra Historia de los últimos cuarenta años? ESTOS SON ALGUNOS DE LOS ELEMENTOS DE NUESTRA CRISIS. FALTAN MUCHAS FOTOGRAFÍAS, OBVIAMENTE)
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Otra semana clave hacia el despeñadero. Temo que el presidente del Gobierno en funciones está más ocupado deshojando la margarita elecciones sí-elecciones no (suponiendo que no esté ya deshojada) que en las grandes cuestiones de Estado. Una de ellas es el calendario fatídico que se inicia ya este lunes: la fatiga por los encuentros próximos entre Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, las llamadas telefónicas urgentes, angustiadas, las encuestas admonitorias. Faltan menos de dos semanas para el pistoletazo de salida en la carrera hacia las urnas y todo sigue como en la noche de las elecciones. O sea, todo igual, pero quizá un poco peor, que en aquella noche de diciembre de 2015, cuando nos metimos de lleno en la crisis política más ardua de nuestra Historia reciente.

Por poner apenas un ejemplo: estuve presente en la preocupante aparición de Quim Torra en un hotel madrileño el pasado jueves para proclamar, desde allí, en presencia de doscientas personas, la mayoría periodistas, la guerra al Estado. Confrontación, dijo. Sugirió, ahora lo repite, que no comparecerá a la llamada del TSJC para declarar como acusado de desobediencia: puede que acaben inhabilitándole, y los suyos –Puigdemont desde Waterloo—ya buscan sustituto que pilote la batalla contra ‘España’. Además, Torra apenas se habla con los líderes de Esquerra, señaladamente con el encarcelado Oriol Junqueras: ni siquiera le cita cuando habla de los ‘presos políticos catalanes’. Y, a todo esto, silencio desde los centros constitucionalistas ante este reto lanzado nada menos que por el hombre que detenta –detenta, sí—la presidencia de la Generalitat.

Todo esto confluye este miércoles en una Diada con camisetas en las que se lee que el objetivo es la independencia. Serán más o menos que el año pasado, falsearán la historia de la efeméride que celebran, pero serán, en todo caso, muchos y gritarán pidiendo algo imposible: la independencia. Todo un presagio para ese día en el que conozcamos ‘la sentencia’, que, en todo caso, va a provocar reacciones lamentables, y ya previsibles.

Y aquí, en el resto de España, la casa sin barrer: este mismo miércoles, el ‘nuevo’ Congreso de los Diputados celebra su primera sesión plenaria de control al Ejecutivo desde las elecciones. Y puede que también sea la última si es que, como piensa una mayoría de la gente, políticos incluidos, con la que hablas, las elecciones de noviembre y, por tanto la disolución de las cámaras legislativas dentro de dos semanas, están ahí. Llamando a la puerta incompetente de nuestros representantes. Y, por tanto, a nuestra puerta.

Tiempo habrá de pasar revista a todo lo que ha ocurrido, y a lo que no ha ocurrido, en estos últimos meses que amenazan con desembocar en el fracaso colectivo de unas nuevas elecciones. ¿Quién es el principal culpable, dado que está claro que no hay solo uno? ¿Ha agotado Sánchez todas las posibilidades?¿Se han equivocado Iglesias, Rivera, Casado adoptando las posiciones que han adoptado? Para mí, la respuesta a la primera pregunta es ‘no’. La segunda, un rotundo ‘sí’. Si no son capaces de gestionar ni un acuerdo de investidura, ¿cómo van a serlo, me pregunto, de afrontar los enormes retos nacionales, europeos, mundiales, que patentemente vienen?

Quizá nosotros, esa mayoría silenciosa constituida en sociedad civil, también nos hayamos equivocado, dejando que sean apenas las encuestas las que se expresen por nosotros: aquellos a los que oigo por la calle se expresan con mucho mayor indignación y rotundidad de lo que leo en los sondeos demoscópicos. Quizá si hacemos llegar a ‘sus’ sordos oídos, los de ‘ellos’, la oleada de frustración, espanto y cabreo que se respira por aquí abajo, reconsiderarían algunos ‘noes’, se replantearían algunas ambiciones personales en favor del colectivo y actuarían, es lo importante, muy de otro modo. ¿Habrá sorpresa final? Diez días para propiciarla. O, ya digo, el despeñadero.

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‘La Moncloa teme’, ‘La Moncloa sopesa’, ‘Sánchez baraja…’

Enviado por Fernando Jáuregui | 07/09/19


(¿qué es lo que, de verdad, piensa Moncloa?))

La confusión mental instalada en las cabezas de algunos de nuestros políticos se traduce en mensajes discrepantes, muchas veces procedentes del mismo partido y hasta del mismo Gobierno; y ello hace que los informadores se lancen a columnas y titulares a menudo divergentes. Hay quien escribe que, por ejemplo, La Moncloa teme las elecciones anticipadas, porque vienen malos tiempos económicos. Y otros que, por el contrario, creen saber que la estrategia monclovita es, precisamente, la inversa: marear la perdiz en una negociación estéril con Podemos, haciendo imposible un acuerdo para la investidura de Sánchez y, por tanto, poder acabar con un regreso a las urnas que los socialistas creerían beneficioso para ellos.

¿Qué es lo que teme en realidad La Moncloa? Quizá unos días unas cosas y otros, otras. Nos queda una semana, solo eso, para averiguar cuál es la solución final, que pueda que no sea siquiera una solución.

Los periodistas rara vez se inventan los temas. Podemos, ocasionalmente, elegir titulares que muestran la inseguridad en las fuentes que susurran en nuestros oídos mensajes sibilinos, interesados: ‘La Moncloa baraja’, ‘Pedro Sánchez sopesa’. La variedad cromática de mensajes lanzados desde la propia portavocía monclovita, y no hablemos ya del PSOE/Ferraz –y del PP, y de Ciudadanos, y de Podemos, pero esa es ahora otra cuestión–, propicia la ceremonia de la confusión.

Y entonces, claro, sucede que en el corazón del Estado y sus aledaños ocurren cosas trascendentales a las que la recta final de esta carrera negociadora permanece ajena: llega Torra a Madrid, lanza un mensaje de clara confrontación y rebelión, incluso contra las leyes, y no hay reacción oficial desde el Ejecutivo. Ni desde el PSOE. Ni casi desde los otros partidos, centrados en sus propios problemas internos en el caso de Ciudadanos y en insistir, desde el PP, en que las ofertas de Sánchez a Pablo Iglesias son, en realidad, un teatro que acabará en los colegios electorales.

Están ocurriendo otras potenciales catástrofes que tampoco hallan reacción oficial adecuada: la angustia de la financiación autonómica. Lo que el Brexit de Boris Johnson, si se impone, nos va a suponer a los españoles. Cómo es posible que en Italia se pongan de acuerdo los rivales en cuatro días para formar gobierno frente a los desvaríos de Salvini y aquí seguimos en la guerra partidista desde hace tres años y medio, al menos. Qué va a pasar en la Diada y jornadas subsiguientes (menuda pesadilla de calendario nos aguarda).

Si uno fuese el ocupante del principal despacho de La Moncloa, temería todo esto mucho más que a las elecciones o a la falta de ellas: ahora estamos, en términos generales, peor que en diciembre de 2015, cuando se agravó el secarral político en España. Y sospecho, aunque me gustaría creer lo contario, que ninguna de las trescientas setenta medidas ofertadas por Sánchez el pasado martes a una opinión pública que las olvidó al día siguiente y a un Podemos que no las ha tomado en consideración, van a servir para otra cosa que como cortina de humo de lo que verdaderamente se juega en esta partida de cartas: moquetas. Usted, sin duda, me entiende. Puede parecer una simplificación, pero así está el patio: simple. Simplón.

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Blanca, descansa en paz; a ver si te lo permitimos…

Enviado por Fernando Jáuregui | 06/09/19

Me exasperan aquellos que siempre andan matando al mensajero en un intento de callar a quienes debemos informar; me enferman quienes se aferran a lo políticamente correcto, a los tópicos, para comunicar las noticias desde la lejanía, huyendo de lo presencial, que, por cierto, es la mejor manera de hacer periodismo. Pero también me inquietan algunas derivas ‘amarillistas’ de unos periodistas que nos vemos obligados a casi todo por el ‘share’ o por aumentar los impactos que nuestros artículos reciben en los medios digitales. Y casi todo incluye, además de tirar la piedra lo más lejos posible de la realidad, convertirnos en tertulianos especialistas en listeriosis, en apagafuegos o en senderismo en la sierra madrileña. O en profundos conocedores de los intríngulis en Afganistán, cuando toca, o en el Estrecho de Ormuz, por poner apenas algunos ejemplos. Y lo de Blanca.

Confieso que algunas veces, estos últimos días, me he sentido casi enfermo ante algunas ‘informaciones’, que eran puras especulaciones, acerca de la salud mental, financiera, social, de Blanca Fernández Ochoa. Gentes que, sin la menor preparación, fungían de especialistas en psiquiatría, o en las lesiones que sufren deportistas profesionales en general y esquiadores en particular. O aquellos otros que se declaraban casi guías en parajes por los que no habían transitado en su vida. No sé si todo eso, las elucubraciones gratuitas –‘ellos’ querían tanto, decían, a Blanca, sin haberse encontrado con ella jamás–, mucho antes del informe de la autopsia, sobre las causas de la muerte de la infortunada y admirada Blanca, han contribuido a encontrar su cadáver o a esclarecer su fallecimiento. Creo que no. Pero, desde luego, a lo que todo eso no ha contribuido, ni eso ni la utilización del dolor de la familia, ha sido ni al sosiego de esta ni a proteger la intimidad que a todos, vivos o muertos, se nos debe.

Desde luego, no soy partidario de limitar de manera alguna la libertad de expresión. Faltaría más: llevo toda la vida luchando por preservarla, sobre todo en estos tiempos de involución. Pero creo –y soy el primero en hacerme la autocrítica—que debemos limitarnos a nosotros mismos la libertad de especulación gratis total y la libertad de ocultar nuestra desinformación. El circo mediático. Lo digo por el ‘caso Blanca’, pero me parece que la oleada sensacionalista, como el periodismo espectáculo, se extiende demasiado por nuestras playas. Ojalá esta fuese la última vez; temo que no. Blanca, descansa en paz…si entre todos te dejamos.

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Torra lanza su progama: confrontación total con el Estado

Enviado por Fernando Jáuregui | 05/09/19



(Pues claro que lo que dijo Torra es preocupante)

Nadie se engañe: con Quim Torra no existe negociación posible, por mucho que, entre las trescientas setenta medidas anunciadas el martes por Pedro Sánchez para lograr su investidura, el ‘diálogo’sea la única fórmula, y además expresada de forma genérica, para referirse al espinoso tema de la tentación independentista de una parte de los catalanes. Y sucede que, en esa parte, figura descollante es Quim Torra, el molt honorable president de la Generalitat de Catalunya, que este jueves acudió a Madrid para, en un acto organizado por los desayunos de Europa Press, lanzar su particular misil: la palabra, ahora, para él, es ‘confrontación’.

Confrontación con el Estado (o sea, con España), confrontación con Pedro Sánchez, que, a juicio de Torra, ha perdido la oportunidad del posible entendimiento ‘con los catalanes’, confrontación con el poder judicial. Cuando la sentencia del Supremo contra los golpistas en prisión preventiva se haga pública, sugirió el orador, ya podemos ir preparándonos, si esa sentencia no es –que no será, con toda seguridad—absolutoria.

¿Preparan Torra, y Puigdemont desde Waterloo, un escenario ‘ a la hongkonesa’, es decir, como ocurre en la isla china, de enfrentamiento callejero rayano casi en la violencia, aunque bien se encargó el molt honorable de decir que el movimiento será pacífico? Le lancé esta pregunta y Torra no solo no desmintió, sino que pareció, sin decirlo explícitamente, confirmarlo. “Estoy convencido de que los catalanes no tolerarán otra sentencia que la absolución”. ¿Volverán a plantear unilateralmente un referéndum de autodeterminación, como el 1 de octubre de 2017, cuando se desató la gran tormenta? Torra, eso sí, procuró ser muy claro: lo harán si las condiciones lo exigen (y, sugirió, todo le indica que lo exigirán).

Con el lazo amarillo en la solapa –como todos sus colaboradores cercanos– , Torra estuvo correcto en las formas, pero intransigente en el fondo: ya ha pasado la hora de las componendas, y todo va de ‘sí’ o ‘no’. Sabe que el Gobierno central está débil, pendiente de lo que diga Podemos acerca de la investidura de Sánchez, y quiere explotar este momento de debilidad. Por eso, para advertir sobre el próximo apocalipsis que él desencadenaría previsiblemente en Cataluña, acudió a Madrid, no para entrevistarse con autoridad alguna, y menos con Sánchez –anunció el ‘no’ a su investidura–, sino para lanzar la declaración de guerra ante los micros de la prensa allí congregados.

La ‘confrontación’ universal, tan imprudentemente lanzada a los aires por Torra, incluye, da la impresión, también a los ‘otros indepes’, es decir, a Esquerra Republicana de Catalunya, que solo mereció breves menciones por parte de Torra en este acto político casi sin precedentes: ni Oriol Junqueras ni los otros presos preventivos involucrados en el intento de golpe de 2017 merecieron siquiera ser citados por el president de la Generalitat excepto en dos casos: los jordis, es decir, Sánchez y Cuixart, que presidieron la Assemblea y Omnium, dos organizaciones ‘de agitación’. Los demás no parecen importar a Torra, en abierta pelea con Esquerra Republicana acerca de cuestiones tan importantes como si debe o no haber elecciones anticipadas en Cataluña. El caos político es completo y eso, lejos de arreglar las cosas, puede hacer que el desorden se consolide, en las calles y en las instituciones catalanas.

Nadie, de entre aquellos a quienes, cercanos teóricamente a Torra y Puigdemont, pregunté al respecto terminado el acto, supo o quiso responderme dónde acabará esto. Pero sospecho que mal hará el Gobierno central, mal hará la oposición ‘constitucionalista’, mal haremos todos, silenciando o minimizando el alcance de lo que el president de la Generalitat está preparando en Cataluña, que es de una enorme gravedad, a mi entender.

Sobre todo, porque Torra dejó muy claro que hay ‘legalidades’ superiores a las leyes vigentes en España. De hecho, casi anunció que se saltará toda ley y toda requisitoria judicial contraria al plan que él mismo se ha trazado, que es un plan claramente rupturista del sistema. Y todo comenzará ya en la Diada, dentro de cuatro días, bastante antes, por cierto, de que se haga pública la sentencia del Tribunal Supremo. O de que el propio Torra sea juzgado por desacato.

El ‘conflicto catalán’, dijo, pudo arreglarse como en Quebec o en Escocia; es decir, con una consulta pactada. Hoy ya le parece demasiado tarde. Ahora, el tren que chocará con otro tren se ha puesto inevitablemente en marcha. Y uno de los trenes lleva en el frontispicio de la locomotora la palabra ‘diálogo’; la otra máquina lleva el cartel ‘confrontación’. Prefiero, la verdad, lo primero, y me aterra lo segundo.

Salí francamente pesimista de esta comparecencia, ya digo que inédita, probablemente además necesaria y muy oportunamente procurada y conducida por sus organizadores, del hombre que busca guerra, aunque lo hiciese en un perfecto castellano y con palabras suaves, que son siempre las más amenazantes. ¿Qué hacer, Sánchez, Rivera, Casado, Iglesias? ¿Nada que decir ante el guante lanzado a vuestras, nuestras caras?¿Puede un Estado permanecer impasible ante la evidencia de la catástrofe? El periodista no es quién para responder a tales preguntas.

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El hombre que tenía de rehenes a los españoles

Enviado por Fernando Jáuregui | 04/09/19

GRAF3818. MADRID, 19/04/2019.- El candidato de Unidas Podemos a la presidencia del Gobierno, Pablo Iglesias, participa en un acto contra el maltrato animal, este viernes en Madrid. EFE/ J.J. Guillén

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(se acabaron los juegos, Pablo. Ahora va en serio)
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Todo supeditado a un ‘si’ o un ‘no’ de Pablo Iglesias a la investidura de Pedro Sánchez. El tic-tac del reloj corre, implacable. Mucho depende no ya de ese programa socialdemócrata, sin concreciones y con algunos olvidos serios, pero al fin oportuno, presentado por Pedro Sánchez este martes. Mucho más dependerá, supongo, de las ofertas más o menos sustanciosas que el hoy presidente en funciones le haga al líder de Podemos: ¿cuánta moqueta pisarán los ‘morados’?¿Presidencias de empresas públicas, RTVE, defensor del pueblo…? Al final, la impresión existente es que todo dependerá de cuántas sinecuras puedan concederse al ‘socio preferente’. Las ‘370 medidas’, que no aportan gran cosas nueva a lo que el PSOE ya ha ido desgranando antes, no serán, pues, lo sustancial; estamos ante una ocupación del poder, lo cual, por otra parte, es lógico en política, aunque no sea lo más edificante.

Lo que ocurre es que nadie podrá negar a Pedro Sánchez (y a su equipo, desde luego) que crean la sensación de que ellos pedalean mientras los demás andan ocupados en otros asuntos: que si qué hacer con Esperanza Aguirre, que si a ver quién lidera la oposición…Y, claro, entonces llega el presidente del Gobierno en funciones y ofrece una lista de medidas hipotéticas tan larga, tanto, que no todo el mundo se lanza a leerse los setenta y seis folios de que se compone tal oferta, de la que ya digo que no puede deducirse un afán de gobernar en ‘modo novedoso; nos quedamos apenas con el aroma de que ‘algo’ se trabaja por el futuro desde las instancias del poder. Es una operación cosmética, destinada a convencer a la opinión pública de que este Gobierno es el que aportará algo de progreso y, sobre todo, destinada a persuadir a la ciudadanía de que Pablo Iglesias no puede rechazar un programa tan bueno que es imposible estar en desacuerdo con sus bienintencionados planteamientos ‘progresistas’.

Ahora, si Iglesias dice que no se le podrá culpar desde el PSOE de ser el responsable de una repetición de elecciones que todos dicen no desear, aunque me consta que hay importantes socialistas que creen que una nueva votación redundaría en un incremento del voto para quienes actualmente ocupan el Gobierno, por muy en funciones que estén. Es más: he escuchado de labios socialistas la acusación contra Pablo Iglesias en el sentido de que “tiene de rehenes a cuarenta y cinco millones de españoles’, pendientes de su decisión. Claro, esto es simplificar mucho las cosas: primero se humilla al egocéntrico secretario general de Unidas Podemos, luego se introduce la división entre Unidas Podemos e Izquierda Unida, luego se retiran las primeras ofertas y, por fin, se ofrece a Iglesias ocupar algunos puestos en los ‘segundos escalones’, lejos del Consejo de Ministros apetecido. Si dice sí’, siempre se le podrá presentar como alguien que al final ha aceptado las migajas del poder, porque eso sería lo único que le interesa. En cualquier caso, situación difícil para quien un día aspiró a tocar el cielo con su mano y a dar el ‘sorpasso’ a los socialistas.

E Iglesias poco puede hacer frente al mago de la imagen y de eso que se llama ahora el relato. El líder de Podemos ha dinamitado los puentes con muchos medios de comunicación, se ha creado una imagen egocéntrica e inestable y ha deshecho lo mejor de su equipo. El hombre que nos tiene de rehenes es rehén del hombre que se sienta en el principal despacho de La Moncloa. Y esta es la situación cuando nos quedan dos semanas para saber qué harán de nuestro futuro.

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