A ver si Trump da (o no) una palmadita en la espalda de Pedro Sánchez

Enviado por Fernando Jáuregui | 23/09/18

Como un balón de oxígeno. Así es el viaje que esta semana ha emprendido Pedro Sánchez, tan agobiado con los asuntos domésticos, a Canadá y los Estados Unidos. Le vemos junto a Justin Trudeau, el sin duda carismático primer ministro canadiense, y también se reunirá, ya en Nueva York, con, entre otros, Miguel Díaz Canel, el hombre que sucedió a Raúl Castro al frente del timón de Cuba. Lo que nadie sabe es si, en la recepción multitudinaria que Trump ofrezca, dentro de pocas horas, a los presidentes y primeros ministros que asisten a la Asamblea anual de las Naciones Unidas, tendrá unos minutos para detenerse a palmear a Sánchez en la espalda y tal vez, susurrarle, o no, un ‘encantado de conocerle, señor presidente’. Bueno, siempre será eso mejor que hablar de tesis doctorales y libros un poco ‘fake’. Lo malo es siempre, para los que huyen al exterior buscando trocar en aplausos los abucheos en el interior, que hay que regresar. Y el regreso de Sánchez se va a producir casi coincidiendo, por ejemplo, con lo que ocurra en Cataluña el fatídico 1 de octubre.

Hay que reconocer que el viaje a Nueva York de Sánchez se produce en momentos en los que la cotización internacional de España anda algo a la baja. El propio líder de la oposición, Pablo Casado, le comentaba días atrás al presidente de la Comisión Europea, quizá en un gesto excesivamente ‘dicharachero’, que “España es un desastre”. No sé muy bien cuál es la percepción general acerca de este país nuestro en el conjunto de las Naciones Unidas, la verdad, si ‘desastre’ o nación de éxito, pero sospecho que, por ejemplo, a Trump los españoles le importamos bastante poco, si es que algo sabe de nosotros, y que difícilmente se detendrá más de minuto para hablar con Sánchez, aunque sea apenas sobre trivialidades.

Y, sin embargo, me consta que existe un clima de opinión cuando menos anhelante en muchos países europeos en los que España sí cuenta. Lo que vaya o no a ocurrir en Cataluña, por ejemplo, es fuente de constantes especulaciones en una nación, como Francia, a la que le va mucho en que las cosas catalanas salgan de una manera o de otra. Y que, por ejemplo, se desvive por saber en qué derivará la aventura de su ex primer ministro, Manuel Valls, convertido en candidato a la alcaldía de Barcelona al frente de una mesa de personas que no se sabe aún si incluirá también una mesa de partidos ‘constitucionalistas’. Francamente, me temo que la imaginación política catalana (o sea, española) no llega hasta tratar de aglutinar en una sola candidatura un gran frente que agrupe a Ciudadanos, al PSC, al PP , a Sociedad Civil y a otros grupúsculos en la órbita ‘antiindepe’, aunque bien que me gustaría equivocarme. Una vez más, en todo caso, Cataluña se convierte, para bien o para mal, en un laboratorio de ensayos políticos. Casi todos, por cierto, fracasados a lo largo del tiempo.

Bueno, pero no adelantemos demasiado los acontecimientos, cada día más imprevisibles, sobre todo cuando de Cataluña se trata. El caso es que confío en que, durante sus horas de vuelo y entre abrazo y abrazo a dirigentes del mundo mundial, Pedro Sánchez encuentre, al fin, algunos minutos para reflexionar en su propio destino y en el destino de todos los españoles que aquí nos hemos quedado, pendientes de ver por la tele si hay o no abrazo con Trump, sublime entretenimiento de un rato, a la espera del regreso, el duro retorno.

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Las tribulaciones de la ministra portavoz

Enviado por Fernando Jáuregui | 22/09/18

Cada vez que veo a Isabel Celaá sentada en la mesa desde la que, cada viernes, imparte su doctrina a los periodistas, siento como una tentación de compadecerla. No debe ser fácil seguir una línea recta de explicaciones ante cuestiones como la de las bombas ‘inteligentes’ a Arabia, los aforamientos que no tienen aún una hoja de ruta tras la ‘arrancada’ de Pedro Sánchez el pasado lunes… O la tesis doctoral, o lo del libro, que hay que ver la que se ha armado, total –dijo Adriana Lastra, la, ejem, ‘número dos’ del PSOE, quién sabe si para ‘ayudar’ a la ministra portavoz—por folio y medio de copia, quinientas palabritas plagiadas de nada. Y, entonces, la señora Celaá, una figura digna, con un buen curriculum forjado en el País Vasco, sale a la palestra cada viernes a sufrir, a despejar balones, a capear temporales. Y, encima, hay colegas en el Consejo de Ministros que, como en los viejos tiempos del PP, salen a criticar por lo bajini que el Gobierno “no comunica”.

Pedro Sánchez ha cometido, para empezar, el mismo error que Mariano Rajoy: ha hecho a la titular de Educación portavoz, a la vez, del Ejecutivo. Ocurrió con Iñigo Méndez Vigo y, entonces, la educación en España, que es algo que por lo visto interesa poco a los presidentes del Gobierno, sin duda se resintió. Creo que ahora, lo mismo. ¿Es Educación una cartera de segunda, sin la suficiente importancia como para no caer en la tentación de encargarle a su titular una segunda ocupación, encima tan absorbente en estos momentos como la portavocía, responsable de explicar lo inexplicable, es decir, el rumbo hacia el que va el barco de Sánchez? ¿O lo que importa poco es la propia portavocía, dado que el presidente y su asesor imaginativo creen que se bastan y se sobran para difundir La Verdad y desautorizar a los malintencionados que difunden bulos?

Entonces, claro, pasa lo que pasa: que el pobre ministro/a pluriempleado/a no acaba de hacer del todo bien ninguna de las dos cosas. Y eso que Celáa tiene en su ‘staff’ a gente mejor, como el periodista Miguel Angel Oliver, de la que tenía Méndez de Vigo, o, si quieren, Rajoy en La Moncloa. En cambio, tengo la impresión de que la socialista vasca no está tan bien asistida comunicacionalmente cuando se pone el otro gorro, el de responsable nada menos que de la Educación y la Formación Profesional en este país que acaba de comenzar el curso, ejem, académico.

Y eso, desde luego, influye para que cunda la sensación –hay otros muchos factores, faltaría más—para que se extienda esa idea, por lo visto expresada por el hoy fiscalmente aliviado Pablo Casado a Jean Claude Juncker, el presidente de la Comisiòn Europea: “España es un desastre”. Le cazó la Sexta comentándoselo a Juncker, seguramente para, a continuación, criticar severamente a Pedro Sánchez, que para eso es Casado el líder de la oposición: para oponerse. Aunque no sé si para contribuir al ‘desastre’ yendo a comentarlo por ahí, casi –casi– en plan Puigdemont, que está empeñado en ir por las Europas difundiendo que, en España, ‘cuanto peor, mejor’.

España no necesita, precisamente es lo que no necesita, que se extienda la idea de que el país es un desastre. Cierto que nuestra clase política, curricularmente tan floja, contribuye poco al orgullo nacional de país, pero no es para tanto. Cierto es que no todo va bien, que hay errores que llevarán mucho tiempo de reparación, aunque los/as portavoces oficiales, y el propio presidente, mantengan la tradición de no admitir la más mínima autocrítica, lanzados como están a la tarea ‘redonda’ de la pirotecnia. Pero tampoco hay que rasgarse las vestiduras: si ‘ellos’ quieren, y nosotros nos empeñamos, esto tendrá solución. Vamos, digo yo, ¿verdad que sí, señora portavoz?

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Elecciones o no elecciones, he ahí el dilema

Enviado por Fernando Jáuregui | 16/09/18

La autocrítica nunca ha sido el fuerte de nuestra clase política; de manera que no hay que esperar demasiado de eso cuando, este lunes, el presidente del Gobierno, ante sus trescientos invitados y los periodistas que concurramos debida y suficientemente acreditados, celebre sus primeros cien días en el Gobierno. No: más bien, sospecho que Pedro Sánchez hará algo así como un largo elogio de los logros de estos tres meses y medio, obviando contradicciones y donde-dije-digos-digo-diegos. Y obviando también tesis doctorales, desde luego, que ya se sabe que esa polémica es una creación de ‘las derechas’ para cargarse al Gobierno de progreso. O eso es lo que dicen los voceros oficiales.

No seré yo quien denigre la acción del Ejecutivo, a quien solamente acuso de haberse entregado con excesiva facilidad a los cantos de sirena –es una manera de hablar—del ‘socio’ y casi virtual vicepresidente del Gobierno Pablo Iglesias. Cuando lo que la lógica indica que debería estar haciendo Sánchez es cortejar a Ciudadanos para que le ayude, en un futuro ya no lejano, a consolidar gobiernos de centro-izquierda y luego un Gobierno central también de coalición con los naranjas.

Cierto, el rojo y el naranja son colores que ningún esteta diría que combinan (tampoco el rojo y el morado, si vamos a eso). Y, además, Rivera, que parece haber perdido algo los nervios desde la moción de censura, se está yendo demasiado a la derecha en su afán por arrebatar votos al Partido Popular y minimizar a ese Pablo Casado a quien le han dicho que se parece demasiado, incluso físicamente. Lo que ocurrió el miércoles pasado, cuando, en la sesión de control parlamentario, Rivera aludió a la bicha, o sea, a la tesis doctoral del presidente, ha ennegrecido cualquier posibilidad de contacto entre ambos para ‘construir política’. Y eso también es malo para el país, para todos cuantos no tenemos masters ni doctorados más o menos ‘fakes’, ni nada.

A mí, personalmente, me parece que Rivera cometió un error al abrir la caja de Pandora, sobre todo cuando su doctorando, que figuraba en la biografía de la web del partido, es situación que ya no existe. Pero mayor error es aún, creo, la ‘tesis Iván Redondo’, según la cual, parece, las ‘fake acusaciones’ contra la vida académica de Sánchez acabarán fortaleciéndolo, una vez que ha pasado la prueba del algodón del plagio. Hace mal Sánchez en cobijarse en actos de apoyo ‘fabricados’, como el de la Casa de América este lunes, desdeñando ir al Parlamento, a una sesión explicativa pedida por PP y C’s que me parece que tendría ganada: ¿iba a acusarle Rivera, el no-doctorando?¿Casado, que suda tinta cada vez que piensa que lo de su máster está en el Supremo?¿El ‘vicepresidente’ Iglesias?¿los de Esquerra, los del PDCAT, a los que importa un rayo todo esto y que viven pendientes de que no se les vaya demasiado la mano en el desmadre conmemorativo del 1 de octubre? Pues haber sacado pecho, Sánchez, hombre, que ya ha mostrado usted muchas veces que es un individuo arriesgado, y haber animado la con esta sesión explicativa triste vida parlamentaria española, que, por cierto, hora va siendo ya de convocar el debate sobre el estado de la nación.

Bueno, fortalecido, lo que se dice fortalecido, Sánchez no ha salido de esta. Incluso me parece, más bien, que, a partir de ahora, van a ir a por su cabeza y no tiene ni equipo, ni cohesión, ni ideas suficientes en su entorno como para afianzarse en la ligera ventaja que aún le dan las encuestas. Seguramente, si ahora convocase las elecciones, las ganaría. O no, pero habría hecho honor a su palabra y el país entraría en la vía de su regeneración siempre pendiente.

Sí, Sánchez quisiera agotar el último tramo de Legislatura y seguir en La Moncloa, en el Falcon y todo eso, hasta la primavera de 2020. Y luego, seguir allí, habiendo arrasado en las urnas, al menos hasta 2030, al diablo la limitación de mandatos y todas esas majaderías. Pero sospecho que no va a poder: lo malo es que los periodistas siempre andamos zascandileando por ahí y hablamos con mucha gente, incluyendo algunos destacados socialistas, que piensan que mejor disolver las cámaras legislativas ahora, repartiendo cartas nuevas.

Y, de paso, haciendo que se olviden tantos balbuceos e inseguridades jurídicas, tanto debate envenenado sobre doctorados y doctorandos, en aras de una campaña electoral en la que a ver si nos alumbran con salidas del túnel catalán, con un mejor reparto de las riquezas nacionales –España es cada día un país más injusto y ¿no es eso materia de reflexión para la izquierda?–, la nunca iniciada reforma de la Administración y tantas cosas que se nos van quedando pendientes en la modernización y moralización de esta democracia que empieza, como los peces fuera del agua, a buscar oxígeno.

No he encontrado un solo comentario de periodista o politólogo, de las ‘izquierdas’ o de las ‘derechas’, que no abone esa anticipación electoral. Si el señor Sánchez y sus pretorianos bajasen a la calle, descubrirían también que no se habla de otra cosa que del ansia de ir a las urnas. Si interpretasen bien las encuestas, para lo que valgan, lo mismo. Que no nos diga ahora el señor presidente del Gobierno central que tiene que ser fiel a su palabra y agotar hasta el 2020 esta Legislatura, que ya está más que agotada, olvidando que antes había prometido, recuerda usted, convocar ‘pronto’ las elecciones. Sería, pero no será, la gran noticia en la Casa de América este lunes: que al fin vamos a unas elecciones que legitimen lo que se hace, o lo que no se hace, o lo que se dice que se hace aunque se hace lo contrario, menudo lío. Ya digo: la deseable gran noticia no se va a producir, una lástima.

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Vamos a La Moncloa, de acuerdo, pero ¿viene usted al Parlamento, señor presidente?

Enviado por Fernando Jáuregui | 15/09/18

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(no, Rajoy no abrió La Moncloa a casi nadie (quizá a sus periodistas amigos tan solo); pero hizo debates sobre el estado de la nación y, hasta ahora, Sánchez no)
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Para presumir tanto de tener grandes asesores en materia de comunicación, tengo para mí que Pedro Sánchez no ha andado demasiado fino en el ajuste mediático de una de las crisis políticas más absurdas que vive este ocasionalmente absurdo país nuestro: el de su tesis doctoral. Decenas de miles de descargas en Internet buscando la famosa tesis que llevó al doctorado en Económicas del hoy presidente del Gobierno trataban de averiguar si Sánchez plagió o no un tema del que pocos saben, la diplomacia económica. Y nadie ha llegado a una conclusión definitiva, más allá de que el texto es un bodrio. Lo cual, desde luego, no basta para pedir, como algunos exaltados de parte pidieron, nada menos que la renuncia del jefe del Gobierno precisamente en momentos en los que, como el que vivimos, las cosas se pueden adensar mucho en lo que constituye nuestro principal problema ‘real’, el secesionismo catalán. Que es, quizá por su complejidad y surrealismo, de lo que casi nadie habla.

Ya dije en su día que no alcanzaba a comprender los motivos por los que a Pablo Casado, que adoptó un master que todos sabíamos desde hacía tiempo sin prestigio, le querían descabalgar de su recién conquistado podio de líder de la oposición. De acuerdo: ni el master de Casado, ni el de la infortunada Cristina Cifuentes, ni el de la señora Montón, ni la tesis de Sánchez, ni, ya que estamos, el no-doctorando de Rivera son un modelo de fecundidad académica, vamos a decirlo así. Pero es la clase política y universitaria que tenemos y, por cierto, a veces, escuchando algunas soflamas, también se siente uno tentado de incluir en el paquete a una cierta clase mediática. En fin, dejemos eso para no meternos en aguas excesivamente pantanosas, que no están los hornos para tales bollos…

El caso es que Sánchez y su Gobierno quieren lanzarse a la ofensiva, convenciéndonos de que los primeros cien días en La Moncloa han sido gloriosos, cuando algunos, bastantes, piensan y gritan tozudamente que más bien ha sido un período lleno de rectificaciones, de ministros que han salido por la puerta de atrás y de escasa construcción de país, aunque aún me reservo la última opinión hasta ver en qué concluye la Gran Prueba de este slalom: lograr (o no) la conllevanza con una Cataluña cada vez más distanciada, es la terrible verdad y no podemos silenciarla, del resto de España. Los problemas coyunturales se van convirtiendo fatalmente en estructurales.

Por lo demás, ignoro qué les dirá Sánchez este lunes a sus trescientos invitados en la Casa de América para ‘conmemorar’ estos controvertidos primeros cien días. Pero yo sé lo que nos gustaría escuchar, a mí y a muchos que, a trancas y barrancas, nos aferramos a seguir creyendo en este Gobierno: una convocatoria de elecciones ya, que restaure la credibilidad no solo en el PSOE y su líder, sino en la clase política en general.

Porque la semana ha sido desastrosa en este sentido, con el ‘y tú más (ter)’ que nos han regalado ‘los políticos’ para solaz de comentaristas y ‘diversión’ (es un decir, claro) de quienes se acercaron a la ‘tesis de Sánchez’ ávidos de morbo y hubieron, como quien suscribe confiesa que hizo, de abandonar la lectura en medio de un sopor inenarrable. Ninguno de los cuatro líderes ha ganado, digan lo que digan esas encuestas de las que en Moncloa están tan contentos, un palmo de terreno en el aprecio ciudadano. Ellos, a pesar de sus gritos de que ‘todo lo que hacemos va bien’ (eso ya nos suena de otras épocas) lo saben. Así que tendrán que ensayar otra cosa.

Por ejemplo, en el caso del presidente, abrir las puertas de La Moncloa a ‘los ciudadanos’. Ignoro cuáles ciudadanos compondrán la primera partida viajera al palacio de los falsos mármoles este mismo miércoles, tras la sesión de control parlamentario, pero doble contra sencillo a que alguno, aunque haya sido previamente seleccionado y aleccionado, le habla de la tesis. O de las rectificaciones de ciento ochenta grados. O de eso que yo apuntaba antes de que ‘las elecciones ya, presidente, por favor, porque queremos votarte’ (o no, que diría el extinto Mariano Rajoy. Que se lo digan a Romanones, el de ‘joder, qué tropa’, a quien tantos le habían confirmado su voto y que, a la hora de la verdad, encontró solo uno en el recuento: el suyo propio. Así que mucho prometer hasta meter…la papeleta en la urna).

Uno, si tiene que decir toda la verdad, preferiría que fuese Sánchez quien visitase la casa de todos, que es el Parlamento, para hablar de su tesis, que es cuestión cuya excitación ya decae, y de lo que a la oposición se le ocurra, coincida o no con el corsé reglamentario. Y no: en un nuevo error de comunicación, con Podemos como cómplice, los socialistas han negado esta comparecencia. Es más: a uno le encantaría que se convocase ya un debate sobre el estado de la nación, que tiempo hace que no frecuentamos esos manjares parlamentarios y democráticos tan saludables. Y yendo más lejos: uno tiene que insistir en que lo que le prometieron, cuando cambió una situación que a uno le parecía asfixiante, fue que habría elecciones ‘pronto’. Defina ‘pronto’, presidente, que las semanas transcurren y ese término algo vago, ‘pronto’, a este paso va a venir a ser tan cínico como la aceptación de ‘pulpo como animal de compañía’. Y luego, en función de lo que nos diga y nos prometa que va a cumplir, sin rectificaciones constantes y con más seguridad jurídica, le votaremos, como predicen algunos sondeos, o no, que usted (y Romanones) ya saben: quién sabe.

fjauregui@educa2020.es

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¿De centro derecha yo? ¿Yoooo?

Enviado por Fernando Jáuregui | 14/09/18

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(uno, a lo suyo: sus libros, sus recuerdos…Ahora vuelvo a eso)
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Quiero, antes que nada, agradecer a cuantos se han preocupado, solidarizado, indignado (o alegrado, o encogido de hombros) de mi salida de TVE esta temporada. No, aún nada me han dicho, pero lo que es, es, y ya está. Hay que renovarse, y RTVE también, o morir, y RTVE, también. La verdad es que no me ha importado nada quedarme fuera de mis dos tertulias mensuales en 24 H noche (150 € cada) y de la mensual en 24 H tarde (75 euros): sobreviviré a eso y a la disminución de una cuota de presencia que tampoco era para tanto.

Me ha dolido, sí, que personas a las que yo consideraba –y aún considero, de verdad– amigas, como Rosa María Mateo, o Javier Fortes, no se hayan molestado en llamarme para decirme que la vida es cambio, y los cambios, a personas como yo, siempre nos pillan por el mal lado. Ya había pensado en irme apartando, porque donde no estás del todo, es mejor que no estés de ninguna manera, pero me han facilitado las cosas. En este aspecto, me queda decir que la educación, las formas, el afecto, deberían ser lo último que habría que perder. Pero vivimos en un mundo egoísta y esta profesión mía, maravillosa en tantos sentidos, es quizá la más canalla de cuantas puedan analizarse.

Sí, me ha dolido porque tengo aún, creo, cosas que decir, una curiosidad intelectual y un sentido de lo que hay que hacer que me impulsaban a seguir ahí, desde el pequeño y humilde rincón que me habían dejado, indignándome con mesura de los dislates de estos políticos nuestros, desde Pablo Casado hasta Pablo Iglesias, pasando por todo un coro de gentes para las que tengo muchos calificativos, pero no voy a emplear. Y de pronto he descubierto que a ‘ellos’, sean quienes sean, no les interesan esas cosas que aún me queden por decir. Seguramente me creí demasiado importante. Pues adiós. Tampoco es la primera vez que me echan de un sitio, ¿verdad Miguel Barroso?

Me dijeron que, tras la publicación de mi último libro, ‘El Desengaño’, el hoy presidente del Gobierno le dijo a alguien que me lo contó (y puede que no sea verdad) que “este se va a enterar”. Recibido el mensaje, que también podría compartir el molt honorable president del Gobierno central con el saltimbanqui de Podemos. No, no me gusta ninguno de los dos, pero menos me gustaba Rajoy, cuya verduga monclovita –sí, de Carmen hablo– también hizo lo que pudo por limaitar mis intervenciones mediáticas, y que no se molesten ni ella ni la decapitadora de la ex vice en desmentir lo que todos saben; que no se moleste tampoco quien yo creía que era mi amigo Gundín en negarlo. Simplemente, lo sé, lo sabemos. Somos muchos los que estábamos, y estamos por lo que se ve, bajo el fuego graneado de los censores que han decidido cómo mejorar el mundo…de sus jefes.Los caídos no somos importantes: nunca el soldado lo fue, aunque muriese en mucho mayor poecentaje que los generales, que siempre caen de pie, si caen.

Así que unos y los que les sucedieron siguen creyendo que la tele y la radio y la agencia públicas son de ellos, de Cánovas o de Sagasta –lástima de país en el que ocurren estas cosas–. Y no lo digo, claro, por mí; quizá me era llegada la hora, tras muchos años de ganarme aborrecimientos (que no la vida) en la tele pública, de dar un paso atrás. Caras nuevas, ideas de refresco. Es lo que sin duda hace falta, y ya llegarán, supongo. Aún me parece que no.

Lo que me ha dolido de veras es que se me utilice para engrosar el pelotón de los ‘purgados’ (no me siento así), de esos periodistas de ‘centro derecha’ (tampoco me incluyan, por favor), fiel infantería que cae en una batalla política, la de ahora, como antes cayeron otros. Desde luego, y ya digo que agradezco solidaridad hayan llegado de donde hayan llegado, no me siento de cetro derecha, ni de ‘las derechas’ (así hablan Pedro y Carmen Calvo), ni de centro izquierda. Y, si ser de izquierdas es comulgar con las sandeces del trapecista, que me borren, por favor. Soy solamente un ciudadano que ha tenido la suerte de contar con un micrófono para decir lo que le daba la gana. Ahora tengo otros micrófonos, este blog, las redes, mis libros, para seguir eso, enredando, que es lo que elegí hacer en la vida, cuando aún ni sabía lo que de verdad era la vida. Ni enredar.

Así que no me hagan grupos, como nos decían los ‘grises’ en la Universidad. No hago grupos, porque no estoy en grupo alguna, y menos con algunos con los que me han uncido en ciertas listas de ‘represaliados’ por la actual tele oficial. Nada, que me voy solo a mi exilio interior, a preparar el libro de mi vida –cuánto por contar, Diosssss— , a tomar soles y sales y a seguir instalado en mi reducto crítico a lo que me parece criticable, que es cada vez más, ay.

Sé que es una tontería escribir cosas como estas, contraviniendo la máxima de aquel gran cínico –algo golfo– llamado Camilo José de Cela, según la cual ‘el que resiste, gana’. Pero es que uno no quiere (ni puede, desde luego) ser Cela, ni resistir, ni, posiblemente, ganar. Así que aquí seguimos, para nada resistentes, en el montón y, obviamente, perdiendo. Uno a cero, o acaso por goleada en tiempo lo dirá.

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…Y tú, más (ter)

Enviado por Fernando Jáuregui | 14/09/18

Somos un poco irresponsables. El jueves, tras el rifirrafe en la sesión de control parlamentario entre Rivera y Pedro Sánchez a cuenta de la tesis doctoral del segundo, ya estaban no pocas voces pidiendo la dimisión del presidente del Gobierno. Lo mismo que ocurrió con Pablo Casado a cuenta de ese máster que ya ha llegado hasta el Supremo, menudo honor para título de tan escaso valor académico. Media España quiere echar a la otra media por un quítame allá esos méritos académicos, que parece que no son muchos en cualquier caso. Nadie parece reparar, lanzados a la vorágine de los despropósitos, que lo que se está pidiendo es el cese del jefe del Ejecutivo, del líder de la oposición y, cuando toque, seguramente del del tercer partido político español , Albert Rivera, porque en la web de Ciudadanos se decía no sé qué de que era doctorando cuando en realidad no lo es. Hala, los españoles sin representantes porque son unas caraduras que se dejaban halagar por los cantos de sirena de tal o cual rector, este o aquel catedrático o, incluso, algún profesorcillo encargado de tutelar estudios de posgrado.

Nunca como en estos momentos ha quedado más de manifiesto la inanidad de toda una clase política, que parece que no tiene espacio aéreo para volar un poco más alto. Jamás el reino de la meritocracia había caído más bajo. ¿Cómo confiar en unos señores que a la primera de cambio se saltan las normas vigentes para los demás, en una clara demostración de que viven en un mundo de privilegios solo para ellos, con tarjetas gratis total, viajes no mucho más costosos, coches con chófer, almuerzos en los mejores sitios…Y cuyo debate político se limita al ‘y tú más’, en esta caso y tú más(ter), una dialéctica vergonzosa en la que lo que importa es si el de enfrente plagió más o menos que el ‘de casa’, asumiendo que todos, en cualquier caso, hicieron una birria de trabajo y quizás algo, algo, la puntita solamente, sí copiaron olvidando citar al autor original.

No, yo no quiero caer en ese juego mediático algo perverso (ahora todos somos ‘masterólogos’ y por lo visto distinguimos a la perfección cuáles son los requisitos para que un título valga para algo o no), que consiste en pedir las poco letradas cabezas de nuestros políticos para que caigan bajo la guillotina.

No, yo, al menos, no quiero que se vaya Sánchez por algo de lo que poco sé y que, en todo caso, no me parecería la mayor de sus culpas actuales o pasadas. No quiero que dimita Pablo Casado por un ‘delito’ por el que ya se lapidó, no sé si muy justamente, a Cristina Cifuentes, o a la señora Montón. Y más que se va a seguir lapidando, porque el que esté libre de culpa de la exageración académica, y más en este marasmo socio-político-mediático-universitario que padecemos, que tire esa primera piedra.

Tenemos que recuperar la confianza en aquellos a los que hemos dado, con nuestro voto y nuestros impuestos, nuestra representación pública, por mucho que no parezca que la estén mereciendo excesivamente. No creo que con dimisiones, fusilamientos al amanecer y otras medidas drásticas que los vociferantes en las redes sociales pregonan arreglemos otra cosa que el humor de quienes de verdad están tras los grandes problemas del país y que piensan que ‘cuanto peor, mejor’. Personalmente, lo que pienso es que cuanto antes vayamos a las urnas y repartamos cartas nuevas, mejor. Sería como poner a cetro el contador de la basura ‘masterizada’. Eso, elecciones prontas, fue lo que yo entendí en su día como una promesa de un Gobierno que llegaba con espíritu nuevo, que ilusionó a bastantes, y lo que creo que hay que cumplir ya. Pero ya mismo.

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El necesario encuetro de Sánchez con, si no cabe otro remedio, Torra

Enviado por Fernando Jáuregui | 09/09/18

Los trabajos periodísticos que pasaban revista este fin de semana a los primeros cien días de gobierno de Pedro Sánchez difícilmente incidían, y seguramente tenían razón, en rememorar su encuentro en julio con el president de la Generalitat, Quim Torra. Fue el acto potencialmente –pero se quedó en eso, en algo que pudo haber llegado a ser no fue– más importante ocurrido en estos cien días de rectificaciones, intentos infructuosos y algunos deslices, significativos, pero acaso no tan graves como algunos han querido presentarlos: a Pedro Sánchez le gusta estar en la Moncloa, en el avión oficial, en el helicóptero oficial, en el sillón oficial. He conocido y visto en el palacete de los falsos mármoles estucados a todos los presidentes democráticos y puedo afirmar y afirmo que todos parecían encantados en su castillo de Disneylandia. Lo que ocurre es que no todos se vieron, al final de sus cien días, enfrentados a tanta polémica y quizá, excluyendo a Adolfo Suárez, a tantos problemas. Cataluña, claro, el más serio.

Lo primero que me llama la atención en los resúmenes de estos cien días es la polémica que advierto en la numerosa prensa dominical acerca de si, finalmente, Sánchez está optando por tirar la toalla y acelerar la convocatoria de elecciones o, por el contrario, se mantiene firme en su idea de llegar hasta la primavera de 2020, con o sin Presupuestos. Y yo pienso que, más que lo ocurra con las cuentas del Estado y de si Podemos va o no hasta el final con su ‘socio’ socialista, mucho más que la marcha de las cosas en un Parlamento donde el PSOE tiene solo 84 escaños seguros, va a depender de lo que vaya a suceder en el próximo mes y medio en ese territorio español que me parece que, en el fondo, quiere seguir siéndolo a su modo y que se llama Cataluña.

Porque el calendario de ‘festejos’ –vamos a llamarlo así, para evitar dramatizar—diseñado por el president de la Generalitat, Quim Torra, comienza ya este martes, con una Diada especialmente reivindicativa, que por primera vez va a estar poblada de lazos amarillos, supongo, para llamar la atención sobre el hecho de que muchos representes de esa Cataluña que quiere la independencia –a su modo– se mantienen encarcelados en prisión preventiva desde hace más de un año y todo promete que la petición fiscal será, para algunos de ellos, muy dura, basada en un presunto delito de rebelión: de quince a veinticinco años.

Y, a partir de este 11 de septiembre, todo lo demás: la falsificación de que el 1 de octubre se produjo de veras un referéndum –estuve allí, y nada menos parecido a una consulta ordenada, limpia, ni tampoco tranquila, porque hubo excesos y fallos patentes de las fuerzas del orden también–; el debate sobre si son políticos presos o, como ellos quieren, presos políticos y, acaso lo peor en lo inmediato, las ‘movilizaciones’ que preparan desde da CUP y los CDR, que podrían –se puede hacer con quinientas personas decididas a todo—paralizar Cataluña. Lo que le faltaba a esta Comunidad que ya ofrece alarmantes datos económicos.

Un panorama bien negro, como usted puede ver, mientras, hablando de visiones, a este lado del Ebro todos parecen empeñados en mirar hacia otro lado, cuando no en anclarse, como es el caso del PP y de Ciudadanos, en un solo proyecto, volver a aplicar el 155 de la Constitución, pero ahora en plan más duro, más ‘halcón’, si se me permite la palabra.

Un error, si se me vuelve a permitir aventurar una opinión personal, porque me parece que es el momento de insistir en la negociación, en el intento de llegar a un pacto, en mantener la ‘conllevanza’ que ya se ha ido, gracias sobre todo a la intransigencia y dureza de mollera de Puigdemont y Torra, pero también al Gobierno central de antes, al garete. Todo el trabajo de encaje de bolillos de Suárez y Tarradellas, al carajo. Así que ahora toca volver a esos bolillos, que son técnica inventada mucho antes de ese 1714 que es la fecha luctuosa que conmemora la Diada.

Lo que no sé es quién puede ser el interlocutor de Sánchez, cuando esa interlocución de veras comience. ¿Torra, a quien el presidente del Gobierno central visitará, aseguran, este otoño, cuando sea? En mi opinión, más valdría –no toca protocolariamente—tener como ‘partenaire’ en esta conversación al viceresident de la Generalitat, Pere Aragonés, el inteligente, pero el problema es que tendrá que ser Torra, el intransigente. Aunque, en la entrevista que le he leído en la prensa catalana, previa a la Diada de las camisetas color coral, he sacado la impresión que ya me asaltó cuando fue, la semana pasada, a dar su famosa conferencia en el teatro Nacional de Catalunya: que deja una puerta mínimamente, casi imperceptiblemente, abierta, porque sabe –y sabemos que sabe—que la independencia, unilateral y menos aún bilateral, es imposible.

En fin, sería conveniente que Sánchez tuviera algún interlocutor más idóneo, y yo tengo apuntado en mi bloc que el mejor posible está hoy entre barrotes, tratando de hacer currículum carcelario como para presentarse, cuando salga, que saldrá, como una especie de Melson Mandela saliendo de la prisión de la isla de Robben. O como Tarradellas tras el exilio. Y, a este paso, va a lograr salir como una especie de héroe de la independencia, lo que sería un nuevo, tremendo, error por ambas partes. El Estado está atado por los lazos de la separación de poderes y, aunque me consta el malestar de este Gobierno, y del anterior de Rajoy que judicializó el ‘procés’, por la permanencia de los ‘políticos presos’ en la cárcel, no parece que haya mucho que se pueda hacer hoy desde el Ejecutivo. ¿O sí?

En fin, ya digo que lo mejor sería anunciar ya mismo una fecha de encuentro en el Palau de la Generalitat, aunque sea con Torra. Para distender un poco la tensión que se percibe en un ambiente asfixiante. Y si, para entonces, manteniendo la firmeza que supone que no se puede intentar un golpe contra el Estado y que salga gratis, se ha producido algún avance hacia las manos tendidas, mejor que mejor. Todo, menos seguir, como se hace ahora desde algunos ámbitos, criminalizando la palabra ‘diálogo’ y apostando por el garrotazo y tentetieso.

fjauregui@educa2020.es

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Entre Woodward y Trump ¿a quién creería usted?

Enviado por Fernando Jáuregui | 06/09/18

Nada peor, más destructivo, que el miedo. Quien nada quiere, es invencible. Quien busca favores, teme por su suerte o no da pasos de futuro, aprensivo ante lo que le pueda suceder, es el ser más débil del mundo y todos pasarán sobre su cadáver vivo. “Fear”, “Paura”, “Peur’, “Po”, dígase en el idioma que se quiera, en la coyuntura que se pronuncie: el miedo es paralizante, destruye iniciativas, hace el mundo un poco peor para los que lo habitamos.
Ahora, uno de los periodistas que, al menos para quien suscribe, es todo un icono, Bob Woodward, sí, aquel del Watergate, ha escrito un libro que yo sí esperaba que escribiese: ‘Fear: Trump in the White House’. Cuenta no pocas anécdotas sabrosas que revelan no solo la brutalidad del hombre más poderoso de la tierra, sino también la existencia de una red en la Administración que se dedica a ‘controlar los daños’ que la acción de-elefante-en-cacharrería de Trump genera continuamente para la imagen y el funcionamiento de los Estados Unidos de América… y para el resto del mundo, claro.
Como se esperaba de sus formas zafias y escasamente democráticas, el inquilino de la Casa blanca se lanzó, vía Twitter, que es el libro de los escasos 280 caracteres que son lo máximo que se le alcanza a escribir, a las descalificaciones más severas contra un libro que no es el primer misil biblográfico que le lanzan, pero sí el que parece más solvente. Que digo yo que, si tiene fe en los tribunales y realmente es, como dice, falso lo que Woodward ha publicado, “una difamación”, ahí tiene las demandas judiciales para proteger su honor, un honor, lamento decirlo, en el que ya nadie, tras año y medio ocupando él el poder, cree.
Sí, yo como periodista tengo miedo de que Trump siga mucho tiempo en la Casa Blanca, de sus ‘fake news’, de sus manipulaciones y de su ignorancia sobre cuál debe ser el papel de los medios en una democracia moderna que, como los Estados Unidos, ha sido un ejemplo, ya que no en todos los órdenes, sí, desde luego, en lo que se refiere a la libertad de expresión.
Han tenido mala suerte los desmentidos de Trump, porque el New York Times publicaba en las últimas horas algo que es una ratificación a lo que el adelanto de pasajes del libro de Woodward, que estará la semana próxima a la venta, ya contaba: que existe una ‘red paralela’, una especie de ‘Estado dentro del Estado’, en la Administración norteamericana y en la propia Casa Blanca, de funcionarios que hacen lo posible por limitar los destrozos del presidente, sin duda el más nefasto, en sus dieciocho meses con el timón nuclear en sus pecadoras manos, desde 1789, que es cuando George Washington accedió al recién creado cargo.
La fuente del NYT, periódico del que me parece que tenemos derecho a fiarnos mucho más que de lo que nos cuente el ‘rey de las fake’, es un alto funcionario anónimo cuyo nombre sí conoce el gran diario, pero que no publica por motivos de seguridad, y que ha escrito un artículo en las páginas del diario narrando cómo, sin ambages, se boicotea la acción loca del presidente desde determinadas áreas clave de la Administración.
Sí, el funcionario ha tenido miedo, ‘fear’, ‘paura’, ‘po’, etc, a la hora de dar su nombre, pero hay que agradecerle que haya dado el paso, que ha enfurecido –buena cosa– a Trump. Yo creo que es él, el hombre más poderoso del mundo, quien realmente debería tener miedo, más bien terror, a que vaya saliendo toda la porquería que ha ido acumulando a lo largo de su vida, muy especialmente en el último año y medio, que le inhabilita para seguir al mando de los mandos, valga la redundancia, que es palabra que Trump ignora qué significa. Que se vaya de una vez y si el libro de Woodward sirve para darle el último empujón, bendito sea el periodista que ya echó a Nixon de la Casa Blanca.

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‘Purgas’ no hay, pero…

Enviado por Fernando Jáuregui | 04/09/18

Jamás me ha gustado escribir sobre el colegueo, y menos si atañe a sitios en los que colaboro o he colaborado, aunque sospecho que ya no colaboraré, al menos de momento. Lo que ocurre es que la polémica en torno a Radio Televisión Española ha adquirido unas dimensiones públicas que me parece que nos obligan a los profesionales a definirnos, cosa que de antemano sé que es algo que causa problemas. Pero, en fin, ahí vamos.

En primer lugar, siempre me he enorgullecido de haber colaborado, entre otras cadenas (esas privadas), con RTVE, independientemente de qué sesgo tuviese el Gobierno de turno. Decir que esos gobiernos, fuesen del PP o socialistas, o incluso, en menor medida, de UCD, no han intentado nunca, y logrado a veces, meter su cuchara en la tele y la radio públicas sería mentir y mentirnos. He sufrido demasiados intentos de vetos, totales o parciales, de gentes instaladas en La Moncloa o en la periferia –y no he sido, desde luego, de los que peor suerte han tenido– como para andar ahora mirando hacia otro lado. Ha habido, sí, responsabilidades grandes a la hora de coartar la libertad de expresión procedentes del palacio presidencial, de los ministerios y de las sedes de los partidos, de casi todos los partidos, y así ocurrió también, y bastante por cierto, en la ‘era Rajoy’.

Ahora, la peculiar llegada al poder del Gobierno de Pedro Sánchez, apoyado desde la banda por alguien con tanta afición a la telegenia como Pablo iglesias, además del hartazgo de los profesionales con la situación que hasta ahora vivían, ha propiciado cambios bruscos, radicales y masivos en los colaboradores, sobre todo en los externos, pero también internos, de ‘la casa’.

Titulares y comentarios ha habido que se han apresurado a hablar de ‘purga política’. Creo que me encuentro, perdón por la incursión en lo personal, entre los excluidos –no porque nadie haya tenido la delicadeza de comunicármelo: indicios…– y, si no, yo mismo me excluiré en solidaridad con los cesados: algunos intentos de presentar a muchos excelentes profesionales como manipuladores –que no digo yo que no haya habido alguno, pero en total minoría– o procedentes de ‘la caverna’, me parece un cruel e injusto reduccionismo, un recurso a la sal gorda, que no comparto en lo más mínimo.

Sin embargo, no creo, insisto, en una ‘purga’ política, sino, de nuevo, en un producto de la vieja improvisación española. Los actuales responsables de la Corporación lo son a título excepcional y provisional, comenzando por mi amiga y admirada Rosa María Mateo, a la que, desde ámbitos quizá del resquemor y del partidismo, se está acusando estos días –y ella se lo temía cuando aceptó esta carga– de todo lo peor. Pero, precisamente por esa provisionalidad, deberían, estimo, haberse visto obligados a procurar un mayor consenso a la hora de realizar unos cambios que seguramente en muchos casos suponían una renovación necesaria. En otros, no tanto, desde luego, hasta donde yo puedo conocer y opinar.

Renovación ha habido, consenso no. Rapidez en la toma de decisiones ha habido, precipitación, y cuánta, también. La radio y la televisión públicas, que pagamos todos, es quizá lo primero que habría que mudar en cuanto a métodos, talantes y talentos en esta España cainita, envidiosa, clientelar, cuñadista, amiguista y sectaria, en la que las puertas giratorias y la filosofía turnista de Cánovas y Sagasta, ‘quítate tú, rival político, para ponerme yo, que estoy a bien con la actual situación’, siguen imperando. Y, si no, repásense algunos nombramientos suculentos de las últimas semanas en empresas públicas, y perdón por no detenerme en alguno de ellos en particular: casi no merece la pena.

La filosofía de la apropiación del Estado no puede mantenerse en un país que se quiere de veras democrático, progresista, moderno y avanzado. Tampoco pueden grupos profesionales cerrados ni sindicatos apropiarse de ente público alguno, como antes no podían hacerlo algun@s del ‘aparato’ monclovita. E insisto en que no creo, no quiero creer, ahora, en ‘purgas’, sino en que se está manteniendo una tradición que era y es perversa, y ojálá deje de serlo.

Adiós, pues, espero que coyuntural –tampoco importa si la ‘renovación’ de quien suscribe es permanente: quizá ya va tocando–, a una casa donde he podido siempre realizar mi trabajo con total libertad y a la que considero de una gran excelencia técnica. Yo, desde donde pueda, seguiré ejerciendo la crítica moderada y evitaré lanzarme a hablar de ‘purgas’ allí donde, repito que confío en no equivocarme, solo existe apresuramiento y alegría de la muchachada por una independencia que algunos sienten recobrada, aunque otros la sienta perdida. Es el país que tenemos y que tendríamos que empezar a cambiar.

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Hoy empieza la Historia

Enviado por Fernando Jáuregui | 03/09/18

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