Gobierno de salvación, ya

Enviado por Fernando Jáuregui | 03/04/20

Desde el Gobierno ya emiten señales en el sentido de que el estado de alarma se prorrogará probablemente durante quince días más, hasta finales de abril. Eso, con suerte y porque no quedará otro remedio, ya que el país está a punto de estallar. Difícilmente se podrá alargar por más tiempo el confinamiento de cuarenta y siete millones de españoles, que ven con desesperación cómo sus mayores se mueren a chorros, cómo sus ahorros se esfuman y cómo sus trabajos se evaporan. No sé si para mayo habremos vencido al virus –todos los expertos te dicen que no–, pero lo que es seguro es que la economía nos habrá vencido a nosotros, en una crisis que es infinitamente peor que la de 2008 y a la que solamente cabe buscarle parangón en el ‘crack’ de 1929, de la misma manera que esta pandemia solo puede compararse a la de la ‘gripe española’ de 1918, que costó millones de muertes.

En mayo tendremos al menos un par de decenas de fallecidos sobre la mesa, unas cifras de paro correspondientes a abril que poco o nada, porque serán mucho peores, tendrán que ver con las de este mes de marzo y que nos pondrán los pelos como escarpias. Y tendremos una moral nacional por los suelos, de ciudadanos que no saldrán a protestar a las calles por el simple hecho de que estarán confinados en sus casas, bajo severas restricciones que, de una u otra forma, el Gobierno se tendrá que ver obligado a ir levantando poco a poco. Como en Francia, Alemania, Gran Bretaña o incluso Italia.

En mayo se habrán ensayado unos pactos de La Moncloa que en nada se parecerán a aquellos de 1977 puestos en pie por Adolfo Suárez –cuánto se les echa de menos a él y a otros líderes políticos que culminaron el hoy hecho añicos ‘espíritu del 78’–. Esos pactos, que llegan tarde y mal, no servirán de gran cosa, porque no habrá tejido productivo con el que negociar (a ver quién levanta el turismo, primera empresa nacional) y porque carecerán del componente político que sí tuvieron aquellos acuerdos bajo el paraguas ‘suarista’. También, desde luego, porque no estarán insuflados de la imaginación, del patriotismo y del espíritu de sacrificio que impregnaron aquella Transición.

Quiero decir que, si algo muy probablemente permanecerá intacto en mayo, que es un mes para el que falta una eternidad de sufrimientos, es la composición de este Gobierno, en el que Sánchez debería, en mi opinión, haber introducido ya cambios profundísimos, gustasen o no a sus socios de Unidas Podemos y a sus ‘apoyos’ de Esquerra Republicana de Catalunya. El presidente sabe, me parece, que ningún acto parlamentario puede derrocarle –tampoco hay propiamente dicho Parlamento, que ya se ha encargado la señora Batet de congelarlo, así que…– y que no pueden celebrarse elecciones, por mandato constitucional, antes del mes de noviembre.

Por eso mismo, Sánchez podría, debería, según el criterio de muchos, aprovechar para poner en marcha una operación política de enorme calado, apoyarse en la oposición y convocar ese gobierno de concentración que sustituya a la actual fórmula de gobernación, esta coalición prendida con alfileres tan inoperante por muchas razones, entre ellas la escasa sintonía del equipo a la hora de mirar en una misma dirección. No podemos seguir anclados en el falso dilema entre ‘socialización de la economía’ versus ‘soluciones técnicas’ para arreglarla, es decir, no podemos empantanarnos en la polémica soterrada entre Nadia Calviño, que sabe de qué va la cosa, y un vicepresidente que no, pero que juega bazas meramente ideológicas.

Sé que, como ha dicho el presidente del Círculo de Empresarios, John de Zulueta, esto de un Gobierno de concentración, o de salvación, es una entelequia. Y eso es lo malo: que sea un portavoz empresarial quien se atreva, casi en solitario, a proponer una salida política diferente a la actual, y que su voz no sea secundada desde otras instancias, sindicales, políticas, mediáticas y ciudadanas. Pero esta ‘entelequia’ en mayo, cuando estemos llegando, exhaustos, a un levantamiento parcial de nuestra reclusión, será, ya lo verá usted, un clamor. ¿Seguirá Sánchez, el único que tiene ahora el poder para arreglar algunas cañerías, seguirán algunos en la oposición, sordos ante el vocerío ciudadano, hoy por fuerza limitado solamente a los balcones?

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Qué mal día…

Enviado por Fernando Jáuregui | 02/04/20

Creo, permítame hablar hoy en primera persona, que jamás he escrito un comentario más triste, más apesadumbrado, más atemorizado, que hoy. Que este. Me llega, y me golpea de manera terrible, la cifra de que España ya tiene diez mil tres (10.003, me abruma) muertos por el coronavirus –algunos más cuando usted lea esto–, casi la cuarta parte del total mundial; ciento diez mil contagiados, más del diez por ciento del resto del mundo. A este ritmo, este país se quedará sin los que primero, más, están cayendo: sin sus mayores, sin esa gente que fue la que hizo crecer la nación, esa generación ‘del juancarlismo’ desaparecido que, con sus impuestos y su trabajo, financió esos hospitales donde ahora rechazan intubarlos, esa sanidad que considerábamos modélica y que los profesionales del sector se empeñan en que, pese a todo, siga siéndolo.
Cada muerto es una tragedia, personal y familiar: mueren solos, casi sin poder velarlos, con las funerarias que no dan más de sí. Ya no podemos ni expresar nuestro dolor por los que perdemos. Y nos dicen que es de mal gusto publicar fotografías de ataúdes. Quien fuera presidente de Extremadura, José Antonio Monago, acusa al Ejecutivo, sin pruebas, de que está falseando el número de muertes. No lo sé, no lo creo. Sobrepasar los diez mil en el tiempo récord de menos de un mes ya es, desde luego, suficiente horror; no hay que hacer política con los muertos.
El país estalla por todas sus costuras y, para completar el mazazo, nos avisan, al margen de las cifras de paro oficiales, de que, en realidad, un millón de españoles pueden haber perdido ya la normalidad de sus empleos, también en el último mes, que no ha sido sino el prólogo de un abril al que todos miramos con enorme aprensión.
Reclamo un comportamiento distinto de nuestros responsables públicos. Los muertos no pueden ser tratados como parte de una curva estadística. Lo mismo digo de los parados. Vivimos en la náusea de las cifras globales, que nos hacen olvidar que tras ellas hay tragedias individuales. Demasiadas tragedias individuales. Quiero escuchar autocríticas porque se dificultó la llegada de materiales de protección sanitaria, porque se colocó al frente de un Ministerio clave a una persona -muy bien intencionada, lo sé- que carecía de la menor formación o idea en este campo, porque las carteras ministeriales se repartieron atendiendo a equilibrios de poder, y no a criterios de eficacia. Porque, acaso, el ciudadano es lo último en lo que se piensa.
Pero, en fin, este no es el meollo de la cuestión ahora, ni cabe achacar todas las culpas al ‘piove, porco Governo’. Aunque el Gobierno, claro, que es el que tenemos, tenga mucho que decir, y no dice, y que hacer, y no hace.
Estamos encerrados en nuestras casas y la única protesta ‘callejera’ que cabe es la de los balcones, que sirven lo mismo para un roto de caceroladas que para un descosido de aplausos a las ocho de la tarde. Las responsables del Parlamento (de ambas Cámaras) han optado más bien por el ‘perfil bajo’ del Legislativo; el responsable del poder judicial no sé dónde se ha metido -lleva ya año y medio sobrepasando su mandato legal-; los medios públicos no pueden, o no quieren, renovar sus direcciones y los privados se angustian, como tantos otros sectores, ante la enorme falta de recursos que nos viene. Y ese marasmo lo controla -es un decir- el gran solitario de La Moncloa, que no sé a qué diablos espera para cambiar radicalmente su política de aislamiento, de silencios, de plasma. Para cambiar de ideas y de equipo. ¿Aguardaremos –no será mucho tiempo, ay– a que el titular de este comentario sea, en lugar de 10.003, algo así como 20.003?

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¿Llegará Sánchez al final del camino?

Enviado por Fernando Jáuregui | 01/04/20


(Se puede, y debe, resistir. Hasta que la resistencia es perjudicial para uno y para todos los demás)
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Mis maestros en periodismo trataron de enseñarme que una crónica o un artículo no deben titularse con un interrogante, salvo que forme parte de la esencia del comentario que se escribe. Y preguntarse cuánto tiempo aguantará así, a este ritmo y rodeado de enemigos con piel de amigos, Pedro Sánchez es más aseveración que interrogación: quién sabe si el presidente del Gobierno más atípico en la Historia de la democracia española, el hombre que logró formar un Ejecutivo prendido con alfileres y con extraños compañeros de cama, podrá resistir –y eso que resistir, dice, es lo suyo—mucho más sin hacer cambios profundos. Puede que logre llegar y descender, con un precio altísimo, del ‘pico’ de la crisis sanitaria. Pero difícilmente aguantará, tal y como va, las ‘pandemias’ económica y democrática que llegarán a continuación.

Cierto que, cuando Sánchez, con el solo objetivo de resultar investido y poder formar Gobierno, se alió con quien se alió, durmiendo con su enemigo, no podía ni siquiera imaginar que iba a estallarle en las manos la mayor catástrofe que haya vivido España desde la guerra civil. El equipo, bisoño y mal conjuntado, que logró apañar, con dos almas y muy diferentes latidos en cada uno de los corazones, desde luego no estaba preparado para hacer frente a esto: no tiene este Gobierno más que dos meses y medio de vida –ni siquiera los cien días famosos—y ya se aprecian disfunciones, rencillas, carreras por el protagonismo y planes muy diferentes sobre cómo cimentar la ‘nueva’ economía que va a surgir del enorme terremoto: con o contra los fondos de inversión, para simplificar. Nadia Calviño por un lado y Pablo Iglesias, por otro. El avance prudente frente a la revolución, para seguir simplificando, quizá demasiado.

Pedro Sánchez, en quien ya se aprecian algunos rictus de nerviosismo y ojeras de aquel insomnio al que él mismo, atendiendo a sus propias declaraciones, se condenó, es un hombre acorralado: por su propio vicepresidente –por mucho que se disfrace de amigo leal y capaz–, por las circunstancias terribles, demasiado terribles para un solo hombre, y por el propio coronavirus, que se ceba en la mismísima familia presidencial y en sus colaboradores. La Moncloa es hoy, y no lo digo de manera parabólica, un foco de contagio. Milagroso que el propio presidente, que debería, como el resto del Consejo de Ministros, estar en cuarentena, no haya quedado infectado, y quiera Dios que así siga porque, malo o bueno, es el único timonel en esta nave.

Pero no puede seguir actuando de manera unipersonal, casi, decía yo en días pasado, de forma autocrática. Sin controles parlamentarios ni, en la práctica, mediáticos. Sin fiarse de la oposición –al menos, de la leal oposición, porque desde algún otro sector no se conciben sino ideas peregrinas–, sin convocar algo parecido a unos pactos de La Moncloa, sin consultar sus súbitos decretos, que generan un clima de inseguridad jurídica.

Me parece que él, que es persona intuitiva y con fino instinto político, sospecha que la situación se le está yendo de las manos y que pagará, presumiblemente, un alto precio político por esto. Lo pagaría aunque lo hiciese bien, porque la ciudadanía tiende a buscar culpables públicos de sus sufrimientos privados. Algunos llevan tiempo diciendo que no le queda otro remedio que prescindir de sus pesadillas, fortalecer su Gobierno con gentes que sepan luchar contra este inmenso dragón con forma de virus, elaborando un esquema presupuestario ‘de guerra’ y consensuándolo con la oposición, en una especie de nuevos pactos de La Moncloa, olvidando al tiempo a sus ‘aliados’ independentistas, que ya se ve que aprovechan la menor ocasión para hacerlo todo aún más difícil.

No sé si, angustiado –lógico—por las cifras diarias de muertos, será capaz, al tiempo que intenta tapar la sangría, de poner en marcha toda una operación política de calado y de futuro. De momento, en sus comparecencias parece un portavoz de la batalla, no un estadista pensando en el mañana, Y el mañana va a ser, tiene que ser, muy diferente. Ya lo dijo el inteligente comisario de Mercado Interior de la UE, Thierry Breton: “tras esta crisis, se escribirá un nuevo mundo con otras reglas”. Y esas reglas hay que ir, también aquí, o principalmente aquí, ya redactándolas. Y, si Sánchez no es capaz, tendrá que ser otro quien lo haga. Y más pronto que tarde.

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El autócrata

Enviado por Fernando Jáuregui | 31/03/20

Permítaseme recordar que la definición oficial de una autocracia se basa en “un sistema de poderío y supremacía de un solo individuo frente al grupo al que él gobierna; en este sistema, el individuo en cuestión –el autócrata—tiene la potestad absoluta de regular leyes y reglamentos a conveniencia, y sus seguidores atienden a sus órdenes con ciego fanatismo”. Las catástrofes, las guerras (y, claro, las pandemias) tienden a facilitar un clima de autocracia, al desaparecer o debilitarse controles como los poderes legislativo y judicial, y al caer los medios de comunicación críticos, el cuarto poder, en una cierta atonía derivada de sus estrecheces económicas y de su falta de posibilidades, facilidades y recursos para atender a todos los frentes noticiosos.

Tras la pandemia sanitaria vendrá la pandemia económica, que supondrá angustias ciertas para un gran sector de la población. Y temo que se acompañará de una cierta ‘pandemia democrática’, que intentará restringir, dirán que por nuestro bien, de manera prolongada las libertades que hoy nos aseguran que son necesaria y coyunturalmente coartadas para atajar el mal. El autócrata se erige como el salvador: gracias a él, a su gestión –que procura que quede claro que es unipersonal: él y su círculo de confianza–, se salvará el colectivo ciudadano de la hecatombe. El autócrata se consume, y hasta muestra ojeras visibles, por el bien del grupo, de su pueblo: todo para el pueblo, pero sin el pueblo.

Y, así, nos encontramos al húngaro Orban reclamando plenos poderes ya que no hay Parlamento. El ruso Putin se instala en una ‘tecnología autoritaria’ –no es el único: nuestro móvil es nuestro principal vigilante– para controlar a quienes considera indudablemente sus súbditos, mientras intenta garantizarse ‘legalmente’ su pervivencia en el poder durante muchos años. Las encuestas dicen que, ahora, la popularidad de Trump –autócrata en una democracia, por más contradictorio que parezca—aumenta en detrimento de la de su principal rival demócrata, Biden.

Increíble, pero ya digo: suele ser el propio ciudadano-elector quien, ante la catástrofe, selecciona a su propio autócrata. Todo ello, mientras otros gobiernos ensayan sus particulares vías de comunicación, o de incomunicación, con su propia ciudadanía: el griego Mitsotakis propone, para establecer canales de simpatía con sus gentes, que el Gobierno se rebaje a la mitad sus sueldos.

No sé en qué grado de autocracia o de simpatía situar el caso español, la verdad. A nadie por estos pagos osaré llamar autócrata, desde luego. Pero lo cierto es que nunca, jamás, un gobernante ha tenido tales dosis de poder en nuestro país desde el fin del franquismo. Cuando el propio Luis de Guindos, que hoy es nuestro economista más universal, nos habla de la llegada de una “recesión profundísima” que está ahí, a la vuelta de la esquina, o especialistas como Daniel Lacalle, próximo al Partido Popular, se atreven a pronosticar un paro del 35 por ciento, se entienden mal los decretos súbitos que cambian de golpe el rumbo de la economía. Así, sin apenas hablarlo con nadie, causando un auténtico ‘shock’ en círculos empresariales y laborales.

¿Pueden, deben, hacerse las cosas de este modo, alegando una situación de alarma, sin consultar, ya sea en el ámbito sanitario, restringiendo la acción de las autonomías, o en el económico?

Menos aún se entienden los silencios ante la oposición, la ausencia de control parlamentario y periodístico. El monólogo televisivo. El aprovechar la situación de angustia colectiva para ‘colar’ por la puerta de atrás determinadas disposiciones que nada tienen que ver con la pandemia, como consolidar al vicepresidente Pablo Iglesias en la comisión de control de los servicios secretos. No hablemos, en fin, de autocracia, si usted y yo no queremos llegar tan lejos; no nos dejemos llevar, a la hora de los gritos y lamentos, por la angustia de tantas muertes que cada día enlutan nuestro corazón y radicalizan nuestras opiniones.

Pero sí tengo que hablar de límites cada día más rigurosos que van cercando, enflaqueciendo, a nuestras democracias. Y eso sí que nos va a costar remontarlo más aún que a los ‘picos’ de este coronavirus maldito.

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El cierre total, ¿es necesario?

Enviado por Fernando Jáuregui | 29/03/20

Puede que esta semana que comienza lleguemos, de verdad, al ‘pico’ de contagios y muertes y empiece el lento descenso. Puede. Paralizar casi por completo un país es una medida que refleja el fracaso de otras políticas menos agresivas, y es algo que necesariamente tiene que dar resultado. Porque ya no queda otra salida. España se encamina esta semana de confinamiento casi absoluto hacia los siete mil muertos por la pandemia (el veinte por ciento del total mundial), los cuatro millones y medio de parados nuevos, los dos mil detenidos por incumplir las normas restrictivas. Los hospitales están colapsados, sobre todo en Madrid, el Wuhan español, los sanitarios al borde del agotamiento y del contagio masivo. Las acusaciones de que el Gobierno no ha funcionado bien proliferan, lógicamente: hay que buscar culpables, lo sean o no, para socializar el sufrimiento.

Así no podemos continuar muchos días. España, hay que recordarlo, no es China. La ‘policía de los balcones’, que insulta desde ellos a cualquier transeúnte sin conocer las circunstancias que le obligan a estar en la calle, tiene que cesar, lo mismo que algunos excesos, aislados, que salpican el magnífico comportamiento de las fuerzas del orden: no puede ser que los ciudadanos se sientan en momento alguno en un estado policial. Cada día que Sánchez aparece en nuestro televisores muestra un aspecto más alarmante, lo que es exactamente lo contrario a tranquilizador. Como ya no tranquiliza la explicación cotidiana de las ‘curvas’ de Fernando Simón. Hay que ensayar otra cosa, otros mensajes.

La primera conclusión es que el fallo principal quizá haya residido en la centralización excesiva a la hora de afrontar la crisis. Se restringió la iniciativa de las autonomías. El lehendakari Urkullu, a quien nadie podría acusar de ser un político irresponsable, pidió, molesto con el Gobierno central por el brusco anuncio de la paralización total en toda España, que cada autonomía decida qué actividades se paran. Y Núñez Feijoo, que es otro gran activo en nuestra política, decidido saltarse restricciones emanadas del Ministerio de Sanidad a la hora del reparto de mascarillas, otra de las catástrofes de estos días. Torra no: Torra ha dado una muestra más de su oportunismo al felicitarse en público, desde su confinamiento, porque el ‘Estado’ se ha visto obligado, gracias a él, a decretar el confinamiento total: menudo falsario, con perdón. ¿Es con ese señor con quien queríamos hacer una mesa de negociación en la que nos jugábamos el futuro del país?

Sé que la idea puede ser discutible, pero, a mi parecer, ocurre que probablemente no debió generalizarse el cierre casi total. Hay autonomías mucho menos afectadas por la pandemia que podrían, manteniéndose desde luego severas medidas cautelares, cooperar más a la productividad del país. Creo que así lo piensa la patronal y, en privado, algunos líderes sindicales en no pocas autonomías.

Lo fácil –entiéndaseme: toda decisión es ahora difícil– es lanzar un ‘diktat’ obligatorio para todos. Pero no habremos enfocado bien el Estado de las Autonomías hasta que no comprendamos de una vez que suponen diecisiete realidades distintas, con distintas posibilidades, diferentes necesidades y aspiraciones variadas. Y que la coordinación territorial es algo más que un ordeno y mando ‘urbi et orbi’. Ay del Gobierno –que insisto: está pidiendo a gritos una remodelación ministerial—si el ‘pico’ no empieza ya a bajar de una manera inequívoca. Ay de nosotros.

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Remodelación ministerial, ya

Enviado por Fernando Jáuregui | 28/03/20

Han pasado dos meses y medio escasos desde que Pedro Sánchez formó el primer Gobierno de coalición que España ha tenido en ochenta años. Todos pensábamos entonces en una situación de relativa normalidad, en una ruptura escalonada hacia moldes de ‘progresismo’ que permitiese, quizá, salir de la crisis política que se vivía desde hacía cinco años. Pero llegó la pandemia, la catástrofe total y hoy sería difícil sostener que este equipo ministerial no está sumido en el desconcierto, que se hace patente en su voluntad de endurecer aún más las restricciones que otros países suavizan y en una demencial política de comunicación que genera creciente desconfianza en el ciudadano. Sé que esto que aquí me veo profesionalmente obligado a proclamar segura y lamentablemente no ocurrirá, pero he de decirlo: Pedro Sánchez tendrá (tendría) que hacer una crisis de Gobierno a corto plazo. Por su bien y, sobre todo, por el bien del país.

Comenzando por el reparto de las vicepresidencias, que era más bien un equilibrio de poderes que otra cosa: carece de sentido que Carmen Calvo coordine, desde la cuarentena domiciliaria –en realidad, todos los miembros del Ejecutivo deberían estar en cuarentena—, las tareas de los subsecretarios, en abierta pugna con otros miembros del Consejo de Ministros. En especial, con la ministra de Igualdad, Irene Montero, que ha mostrado patentemente su falta de idoneidad para estar en el Gobierno del Reino de España, confiemos en que aún la novena potencia económica del mundo. Carece de sentido ahora, por otro lado, mantener un Ministerio de Igualdad y no tener departamentos de Familia y contra la Exclusión, por ejemplo.

De la misma manera, pienso que resulta por completo innecesario un Ministerio de Consumo (y del juego, Dios mío): la inactividad, seguramente forzosa, de Alberto Garzón resulta clamorosa, y ahora nos dicen que se dará de baja temporal por paternidad. Pues eso.

Ignoro los méritos de la señora González Laya para encabezar un Ministerio de Exteriores que tiene que hacer frente a la pérdida de imagen de España, a la que desde diversos potentes medios extranjeros (The Guardian, New York Times, CNN) se acusa frontalmente de gestionar mal la pandemia. Por otro lado, no puede recaer sobre los exclusivos hombros del presidente del Gobierno la tarea de pelear en el seno de la UE por vencer los egoísmos proteccionistas de alemanes y, sobre todo, de holandeses (‘el holandés errado’, llaman al primer ministro Rutte en el Palacio de Santa Cruz). La UE se ha convertido en el club de los desastres, y sería preciso, para afrontarlo, un específico Ministerio para Europa, gerenciado por alguno de los grandes especialistas en la materia que existen en el Ministerio de Asuntos Exteriores.

Y está, claro, en el corazón de todo, el Ministerio de Sanidad. Sería absurdo culpar a su titular, don Salvador Illa, del principio de caos que se adivina en hospitales y centros de salud. Illa heredó, al recibir la cartera ministerial, una vieja tradición según la cual este Departamento era una ‘maría’, un premio de consolación a quien no se podía dar un Ministerio más importante. Su mérito era ser dirigente socialista catalán, no, obviamente, tener un mínimo conocimiento de la materia que tendría que gerenciar. Me parece urgente situar a un técnico, que refuerce la confianza ciudadana, en ese Ministerio: los hay, y muy buenos, procedentes de, por ejemplo, la época de Trinidad Jiménez al frente de ese Departamento.

Por lo mismo habría que modificar la manera de comunicar del Gobierno en la materia específica de esta crisis. Que no digo yo que Fernando Simón lo haya hecho mal, o que el secretario de Estado de Comunicación esté equivocado en todo. Digo solamente que, un mes después, el método ya está abrasado, lamentablemente.

Este debe ser un Gabinete de Crisis, enfocado a combatir la hecatombe actual en todos sus aspectos –económico, social, de seguridad–, además del sanitario. Los viejos esquemas de toma del poder y de asalto a los cielos, de pactos ‘contra natura’ para aprobar unos Presupuestos que ya para nada sirven, de equilibrios en un Parlamento que está congelado, de pactos imposibles con independentistas, se han quedado eso: viejos. Ya no es un Gobierno para durar una Legislatura, o media. Hay que hacer un equipo de emergencia, independientemente de colores, que mantenga su eficacia y su prestigio hasta mayo. Y después, ya veremos qué nos depara el futuro. Pero, de momento, este presente es ya inaceptable, bien que siento obligarme a decirlo.

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Corbata roja, corbata negra

Enviado por Fernando Jáuregui | 26/03/20

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(sí, España está de luto. No es para corbatas rojas)
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Puede que a usted –estará en su perfecto derecho—lo que le voy a contar le parezca un detalle menor, una insignificancia, una puñetería propia de periodista que ya no sabe, ante la magnitud de la tragedia, qué contar. Pero no lo es, creo. España es un país que está sufriendo lo indecible, que ve a sus mayores muriendo a centenares cada día; que tiene que contemplar fotografías de pacientes atestando, tirados por el suelo, las salas de urgencia de los hospitales madrileños (y no solo); que ha tenido que transformar el palacio de hielo, lugar lúdico por excelencia, en una enorme morgue colectiva. Los espectáculos empiezan a ser dantescos, casi de peste en la edad Media. Dígame usted si no es una situación luctuosa: segundo país en número de muertos, casi el doce por ciento del total de fallecimientos en el resto del planeta.

Claro que no es una cuestión solamente de corbatas, no me tome usted por frívolo. Lo que ocurre es que el periodismo a veces se hace partiendo de lo insignificante para mostrar lo sintomático. Y ya nos decían, creo que era Pompidou, que la corbata, o la falta de ella, es un síntoma inequívoco de tus planteamientos ante la vida. Quizá quede ya algo anticuado todo eso. Pero es el caso que, en el último pleno del Congreso, el que acabó ya en la madrugada de este jueves, día en el que el número de fallecidos superó ampliamente los setecientos, ví a Pablo Casado con corbata negra y traje oscuro (creo que Abascal también, pero la realización de la televisión del Congreso no era, lo lamento, demasiado buena). El presidente del Gobierno llevaba corbata de tonos rojizos.

No quisiera que se me interpretase en clave de demagogia: estoy seguro de que Sánchez, y todo el Ejecutivo, llevan el luto, y una inmensa pesadumbre, en el corazón. Son ellos los que más expuestos están, por muchas razones, en esta pandemia, aunque algunos quieran acusarles hasta de tener más facilidades que otros para hacerse las pruebas del coronavirus que a la mayoría tanto les cuesta que les hagan. Entiendo que la salud de nuestros representantes, los que, para bien o para mal, tienen que gestionar esta crisis total, es verdaderamente esencial ahora; de hecho, no cabe sino preocuparse ante la constatación de que, en puridad, todo el Gobierno debería ahora estar en cuarentena. Pero en fin… Lo que ocurre es que, cuando con toda la razón, se reclaman banderas a media asta y homenajes a estos muertos nuestros (y tan nuestros), llevar una corbata rojiza ante millones de telespectadores evidencia, más que una falta de sensibilidad, un descuido, que se tiene la cabeza en otra cosa.

Y conste, repito, que lo entiendo. Es mucha la losa que pesa sobre un Ejecutivo que muestra su bisoñez, y también su buena voluntad, a cada paso. Dicen algunos medios extranjeros, estoy leyendo ahora ‘The Guardian’, que esto se les ha ido de las manos. No sé si es el momento de recibir lecciones de un país que no está siendo precisamente modélico en cuanto a su gestión de la pandemia, pero no menos cierto es que, por lo que vemos cada día, hay aquí inquietantes destellos que se semejan bastante a un caos. Estamos superados. Y eso no es ya una cuestión de corbatas, o puede que también.

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La culkpa de esto no la tiene Salvador Illa

Enviado por Fernando Jáuregui | 25/03/20

El Ministerio de Sanidad es, acaso, el puesto público que menos desearía alguien desempeñar en estos momentos. Lo malo ha sido que, tradicionalmente, ocurría lo contrario: este Departamento era como una ‘maría’, algo que se entregaba a alguien absolutamente ajeno a la materia para recompensar su lealtad política y porque no había nada mejor que darle. Junto con Educación –a la que se daba tan poca importancia que llegó a acumularse, en dos gobiernos sucesivos, con la portavocía del Ejecutivo–, Sanidad ha sido, y eso que ambas son clave para la definición del Estado de bienestar, tarea secundaria. Asignatura nunca considerada esencial en las actividades de la gobernación, casi un transportín en la mesa del Consejo de Ministros. Que Jesús Sancho Rof, Celia Villalobos, Leire Pajín o Ana Mato hayan desempeñado esta cartera indica a las claras que se encomendó a personas con nula relevancia ni conocimientos en el mundo sanitario. Y me temo que lo mismo le ocurre al actual titular, Salvador Illa, persona, por lo demás, y no lo digo por equilibrar la balanza, llena de merecimientos políticos y personales.

Entre las muchas cosas que habrán de cambiar cuando, dentro de algunas semanas, acabe la tragedia será la propia concepción de la salud, derecho inalienable del ciudadano y, sin embargo, no contemplado como tal en la Constitución española, que sí recoge, al menos, el derecho a la ‘protección de la salud’, lo que no es exactamente lo mismo. Quizá por este desdén, quizá porque con la crisis de la gripe A se acumuló material en exceso, quizá por bisoñez, los avisos que llegaban acerca de esta pandemia, perfectamente sintetizados por Bill Gates en un vídeo que se ha hecho viralmente célebre, y también por expertos nacionales, como el doctor Martínez Olmos, que fue secretario general de Sanidad, se desoyeron o se minimizaron. Y así hemos llegado a esta gravísima falta de material básico para combatir este coronavirus que nos despierta cada día con nuevas y alarmantes cifras de muertos, hasta convertirnos en un triste récord mundial.

Quiero destacar que no estoy diciendo que todo se haya hecho mal, que el Gobierno ha fallado estrepitosamente o que otros países lo hayan hecho mucho mejor. La crítica es fácil, sobre todo cuando se hace desde la barrera. Solo digo que acumulamos más del diez por ciento del total de los contagios en el mundo –conocidos; la realidad debe ser mucho mayor, dicen todos los expertos—y más del once por ciento de los fallecimientos en el resto de los países del planeta, mientras que apenas llegamos al tres por ciento de las recuperaciones ‘censadas’, que en esto el descontrol estadístico también me parece grande. Y es preciso buscar las razones por las cuales una nación con la magnífica sanidad que tiene España, con los profesionales perfectamente formados y entregados –casi todos muy irritados, por cierto, con el actual Gobierno—que indudablemente tenemos, se está mostrando tan lenta a la hora de combatir el virus.

Cuando todo esto acabe, que acabará, se buscarán responsables concretos. Y pagarán algunos justos por los muchos pecadores que, entre todos, por unas razones o por otras, hemos sido. Desde luego, no pondré en la primera picota a Salvador Illa, el actual ministro de Sanidad, licenciado en Filosofía y Letras y político notable en el socialismo catalán. Había que ‘colocarle’, en cuanto que representante del PSC, en algún sitio del Gobierno de coalición. Y recordemos que don Pablo iglesias había rechazado la cartera de Sanidad que le ofreció Pedro Sánchez por considerarla ‘poca cosa’. Creo que Illa, desde el inicial desconocimiento, desde la constatación de que, en apenas siete años, el Ministerio ha perdido más de mil quinientos funcionarios y a varios de sus mejores técnicos, lo está haciendo, si no bien, lo mejor que puede.

Nadie está preparado para una pandemia cuyo único precedente, en cuanto a gravedad y en cuanto a probables consecuencias económicas, solo puede encontrarse hace más de un siglo en aquella ‘gripe española’ de 1918. Y menos aún está preparado un Gobierno surgido exclusivamente de la voluntad de la toma del poder, como este. Así consideradas las cosas, Illa no es sino una pieza en el tablero, una pieza con cara amable, voz pausada y tímida y ademanes conciliadores. Bueno, ya es algo en comparación con otros. Y las enfermedades también se curan cuando confías en el médico. O, si no, hay que conformarse, en el filósofo.

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El Gobierno después del Apocalipsis

Enviado por Fernando Jáuregui | 24/03/20

El Gobierno que seguirá a esta pesadilla, cuando esta pesadilla acabe, no podrá ser el mismo que ahora tenemos. Habrá que discutir eficacias, posicionamientos, cohesiones y hasta quizá algunas traiciones. Incluso habrá que analizar cómo han actuado otros dirigentes políticos ajenos a la gobernación, como Pablo Casado o Alberto Núñez Feijoo. O Inés Arrimadas. Ninguno de los citados tiene que ver con pretéritas tomas de posición de sus partidos: ha desaparecido, laus Deo, la crispación en las filas del PP y aquel cerrilismo de los tiempos de Rivera en Ciudadanos, que impidió cualquier acuerdo con el Gobierno socialista. Ahora, me gustará comprobar que en el seno del propio Ejecutivo se sabrá, una vez que salgamos de este horror, actuar en consecuencia.

Cuando este miércoles se celebra una sesión plenaria –es un decir a estas alturas, claro—en el Congreso de los Diputados para autorizar al Gobierno de Pedro Sánchez a prolongar el estado de alarma hasta, al menos, el próximo 11 de abril, veremos hasta qué punto la pandemia, algo inédito en las vidas de todos nosotros, ha obrado el milagro de acabar con ciertas polémicas absurdas y artificiales entre Gobierno y oposición. Ahora lo importante es salir de una situación casi apocalíptica, la peor desde la guerra civil española –Sánchez dixit–, en la que nuestro país bate récords mundiales de muertos diarios, de escasez de recursos y de incapacidad para afrontar en toda su dimensión el desastre. Que cadáveres se amontonen en algunas residencias de ancianos y que el palacio de hielo madrileño, lugar antes lúdico, haya tenido que habilitarse para albergar cuerpos fallecidos, da una idea de hasta dónde han llegado las cosas en una situación que no se distancia demasiado de aquellas epidemias de peste que nos relatan crónicas de la Edad Media.

Algún día sacaremos a relucir críticas y lecciones que hay que sacar de todo este espectáculo de falta de previsión, lógico hasta cierto punto si se quiere; pero a ver quién se lo explica a los familiares de los fallecidos, a los que hacen colas en los hospitales, a los que creen tener síntomas y no consiguen hacerse las pruebas. La sanidad española, atendida por gentes sin duda heroicas y preparadas, se vanaglorió en su día de ser la mejor del mundo. Hoy, ya ni sé qué les diremos a nuestros hijos cuando esto pase, que claro que pasará.

A mí, lo que más me inquieta no es, como digo, la relación entre el Gobierno y la oposición en estos tiempos de necesaria unidad, sino la que existe entre el Gobierno y el Gobierno. Todos los días leemos e intuimos divergencias entre el sector llamémosle ‘moderado’ del Ejecutivo, cada día más sólidamente representado por Nadia Calviño, y algunos representantes de Podemos. Aunque algunos portavoces ‘morados’, como Pablo Echenique, nos acusen a algunos, muchos, periodistas de ‘perseguir’ a Pablo Iglesias, temo que lo cierto es que el vicepresidente segundo del Ejecutivo no está concitando, por su afán de protagonismo que le hace incluso abandonar una cuarentena a la que los demás estamos obligados, con las simpatías de la generalidad de los ciudadanos. Ni la ministra de Igualdad, Irene Montero, su compañera, cuya última imagen es la de cabeza manifestante en aquella marcha desgraciada del 8 de marzo, tampoco es que encabece ahora los rankings de popularidad.

Lo digo por poner apenas dos ejemplos de que la marcha del Gobierno, con un discutible, discutido y titubeante Sánchez a la cabeza, es, francamente, mejorable: todavía no he escuchado ni una autocrítica por aquella absurda rivalidad en el Gabinete acerca de qué manifestación habria que hacer en el Día de la Mujer; ya sé que ahora hay cosas más importantes, pero no podemos desatender la pureza de la democracia ni siquiera en estos momentos de total aflicción..

Ya digo que el momento llegará de abordar frontalmente, y sin las restricciones casi de rigor estos días, todo esto. No quisiera precipitar nada, pero me parece que quien pueda hacerlo –o sea, la opinión pública, la sociedad civil, toda la ciudadanía—debería empezar a calibrar que otras políticas, más allá de la ocupación del poder partidista, son posibles. Y deseables. Si acabáramos de comprenderlo y comenzásemos a practicarlo, no digo yo que este infierno que estamos viviendo hubiese merecido la pena, pero al menos nos habrá valido para algo.

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Ese hombre atribulado y triste que gestiona nuestras vidas

Enviado por Fernando Jáuregui | 23/03/20

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(no, esto no es ‘Aló presidente’; es casi pedir una limosna de lástima)

Entiendo que el hombre atribulado que gestiona, de manera absoluta y sin control alguno, nuestras vidas, se sienta a veces superado por los acontecimientos. Quién no. La curva fatal de la enfermedad no acaba de decrecer, las autonomías se rebelan contra el descontrol, la deslealtad de quien ejerce, no sé si muy legítimamente –claro que ahora la legitimidad es otra cosa–, la presidencia de la Generalitat se acentúa. Y, encima, Europa es ese gallinero donde cada país, en estas horas de tribulación, actúa como le da la gana; pero es nuestro club, y con esos bueyes hay que arar.

El hombre atribulado que gestiona nuestras vidas se esfuerza por dar la cara en largas comparecencias en televisión, respondiendo a preguntas que le llegan por vía remota sin, muchas veces, de veras responderlas. Claro que las libertades, comenzado por la de expresión, son, como antes decía de la legalidad, ahora otra cosa: estamos en estado de alarma, que es, en el fondo, estado de alerta, que, en el fondo, no se diferencia mucho del estado de excepción. Lo que ocurre es que esa cara compungida que nos muestra –y, sin duda, está compungido: cómo no estarlo cuando todo lo que habías planeado se te desmorona—no acaba de transformar en esperanza el escepticismo ciudadano, cimentado en tantas contradicciones y falsas verdades anteriores.

El hombre atribulado que gestiona nuestras vidas sabe, y nos lo ha sugerido en alguno de sus larguísimos mensajes –curioso cómo antes escatimaba cualquier contacto con la opinión pública y ahora tanto se prodiga–, que todo va a ser diferente cuando esto, allá por finales de abril, o póngale mayo, con suerte, este horror pase. Pero sabe también que cada día que el horror se prolonga cuesta demasiado caro como para no ponerle un fin rápido y deteriorará un poco más el futuro. Y patentemente no sabe cómo gestionar ese futuro. Ahora está comprobando su impotencia frente a un enemigo invisible, pero también frente a sus propias limitaciones.

El hombre atribulado que gestiona nuestras vidas comprende, me parece, que ya no se puede gobernar a golpes de imagen. Que la gente quiere resultados, cosas concretas: mascarillas, respiradores, que las cañerías y los teléfonos funcionen. Y cariño de verdad. Pero sabe que tiene suerte: los españoles, con todo, han decidido aceptarle como el único timonel posible en estos momentos. La oposición le apoya por lo mismo (este mismo miércoles, de nuevo en la sesión parlamentaria que prolongará el estado de alarma). Y, aunque sea consuelo vano, los otros dirigentes europeos tampoco es que lo estén haciendo mucho mejor, y menos ahora que la señora Merkel está en cuarentena y de retirada. A ver si este jueves esos líderes de la UE, que de líderes tienen tan poco, logran unificar algo sus políticas contra el gran enemigo, que es un virus microscópico.

Pero el hombre hoy atribulado y también en teórica cuarentena –cuenta con varios familiares afectados– que gestiona nuestras vidas ya no tiene reparo en poner rostro lastimero cuando comparece telemáticamente ante nosotros. Todo vale, incluso el dar pena, para que el carro siga adelante. Creo que debe estar haciendo suya aquella frase que una vez le escuché a Adolfo Suárez, tras tomar una decisión importante y controvertida: “si me equivoco, que me manden a hacer puñetas”. Todo, todo puede ocurrir. Pero será, claro, después del 11 de abril. O en mayo, con suerte, ya digo.

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