Esto no se arregla dando un par de ministerios más a Podemos

Enviado por Fernando Jáuregui | 11/11/19

Más importante aún que los resultados electorales es, en un país con el nefasto sistema electoral español, la manera como los dirigentes políticos lean el mandato emanado de las urnas. Escuchando, en la noche electoral, a los líderes políticos, me sentí de nuevo como en los días finales de abril: decían las mismas cosas que entonces nos llevaron a estas nuevas elecciones. Que si Gobierno de progreso, que si coalición de las izquierdas, que si no vamos a facilitar el proyecto de Sánchez, que si las derechas…

Todos, menos los periféricos de Vox, y si acaso los independentistas, habían obtenido unos malos resultados, por debajo de lo que esperaban. Ninguno parece haber entendido el mensaje: cambien a fondo de una vez. Tendrán que acabar por entenderlo, porque seguir con el ‘yo, yo, yo’ y con el ‘no, no, no’ para desembocar ahora en otras elecciones, allá por la primavera, sería llevarnos directamente al Estado fallido. Y eso sí que no se lo vamos a tolerar ni siquiera en este país de ciudadanía bonancible y algo pastueña, que solo desahoga sus malos humores en las redes sociales.

Y no, esto no se resuelve dando un par de ministerios más a Pablo Iglesias, que ya se siente –es la tercera vez—vicepresidente ‘in pectore’, con despacho en Moncloa y mando en los medios públicos para echar a los que le molestan y poner a los que le gustan (lo siento: la cosa es así). Si el hecho de que el líder de Podemos pudiese tener algún asiento en el Consejo de Ministros no dejaba dormir a Pedro Sánchez antes –el propio Sánchez ‘dixit’–, no veo qué diablos, excepto el complejo de culpa por haberlo hecho todo mal, puede hacer que ahora gire ciento ochenta grados y reciba en los amorosos brazos monclovitas a alguien que, como Iglesias, sabe que le va a causar muchos, pero muchos más problemas que satisfacciones.

Dirá usted que le tengo manía a Iglesias, cuando la verdad es que le contemplo con algo así como a un hijo demasiado travieso que siempre acaba metiendo la pata y metiéndote en un lío. De momento, a pesar de haberse dejado unos cuantos escaños en la gatera, Pablo Iglesias se nos presentó en la noche electoral como si hubiese sido el triunfador de la jornada: le ganó a Errejón, claro, pero su ex amigo tuvo que montar todo el aparato para presentarse deprisa y corriendo, sin infraestructura, sin candidatos…¿Le ofrecerá también a Errejón el consuelo inestimable de recibir su apoyo?

Aquel ‘Gobierno Frankenstein’ salido de la moción de censura acabó mal –empezó también mal—y no veo medio de repetirlo y que salga bien. No saldrá bien con Iglesias, con Esquerra, con alguno de Junts per Cat, quién sabe si con Bildu. No es una cuestión de izquierdas o derechas: es, simplemente, que tal algarabía no iba a funcionar. Dejemos de hacer la cuenta de la vieja a ver cómo sumamos escaños para que Sánchez pueda seguir en La Moncloa aupado por gentes que, más que construir, derriban.

Que, por cierto, yo creo que Sánchez puede y debe seguir: ¿qué es eso que dicen algunos de exigir que se marche a cambio del apoyo del PP o de ¡¡Ciudadanos!!?. Ha ganado las elecciones y debe gobernar, pero, desde luego, nunca en solitario y como le dé la gana, colocando amigotes en las empresas públicas más suculentas y negándose a negociar contrapartidas importantes a cambio de que le faciliten la investidura; como si todo el país estuviese obligado a facilitar su permanencia en el poder por su cara bonita.

Lo único consolador en la a mi modo de ver desastrosa noche electoral fue el atisbo que creímos adivinar en las manifestaciones de Pablo Casado en el sentido de que ahora espera, antes de actuar, a ver los movimientos de Sánchez. O sea, las ofertas a cambio de la investidura. Quizá, al final, desoyendo a quienes le hablan más del bien del partido que del bien de España, el líder del PP acabe facilitando la investidura de Pedro Sánchez, y estoy seguro y confío en que no será gratis. Ni barato: hay mucho que regenerar y no será a base de operaciones de imagen, tacticistas, ‘a lo Redondo’, como se hará.

La pelota está ahora en el tejado de Sánchez, pero para articular soluciones nuevas. Una mayoría ‘transversal’ –¿a qué vino hablar en la noche electoral nuevamente de Gobierno de progreso? Dése usted a sí mismo, señor Sánchez, libertad de movimientos– para enderezar el problema de Cataluña, para hacer una nueva legislación reguladora de las elecciones que evite el bloqueo continuo, para taponar los agujeros que empiezan a verse en la Constitución. Para acometer juntos la reforma de la educación, de la Administración. Hágannos el regalo de una Legislatura de dos años reformistas a tope.

El panorama está abierto. España necesita que sus políticos dejen de jugar como en el patio del colegio a ver quién es más macho. Si no han entendido lo que les hemos dicho con nuestro voto –que ha sido de castigo, empezando por lo de Vox, que va a ser una penitencia dura–, estamos perdidos.

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Tras el 10-N, el dinosaurio seguía ahí

Enviado por Fernando Jáuregui | 10/11/19


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(coloree usted mismo este dinosaurio: píntelo de rojo, de azul, de naranja, de morado, incluso de verde. Lo mejor sería una mezcla cromática, ya que no parece que el dinosaurio vaya a dejar de estar ahí)
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Varío algo, en el titular de este comentario, el contenido del cuento más corto de la historia, de Augusto Monterroso, porque son varios los líderes que despiertan este lunes poselectoral con la certidumbre de que no es un solo dinosaurio, sino muchos, los que siguen ahí, aparcados. Un dinosaurio es un problema muy gordo: ¿dónde lo metes? Porque no hay zoológicos para dinosaurios. Además, comen mucho y no hay quien los amaestre. O sea, como los problemas que nuestros representantes dejaron ahí, tras las elecciones. Y hoy, al ver el panorama tan del jurásico de nuestra política incapaz, estancada en el pasado como estos saurópsidos, no nos queda sino pensar en qué hacer para despejar el panorama. Porque casi todo aquello que dejamos en el pre-10N sigue ahí, como el bicho de Monterroso.

Algunos de nuestros representantes, o aspirantes a serlo, se nos antojan también un poco como del período triásico, pese a que son los más jóvenes de la historia de nuestra aún poco consolidada democracia. Quiero decir que las urnas imponen, además de una renovación de rostros, una modificación de las costumbres políticas y, sobre todo, de la relación del representante con el representado, del dirigente político con eso tan olvidado que se ha dado en llamar ciudadanía. Mientras no entiendan que lo importante no es la supervivencia del partido, sino la de la nación, no habremos entendido nada. Hasta que no superen los vetos personales, los miedos y la pereza a la hora de la renovación, seguiremos anclados en épocas muy pretéritas. Y ya no nos queda tiempo para andar mirando hacia atrás, creo.

Claro, este domingo no se podía votar por las grandes coaliciones, ni por los gobiernos de concentración, que serían casi un gobierno de salvación nacional: ahí está el dinosaurio-problema catalán, que no crea usted que porque permitiese –tras no poca controversia entre los ‘indepes’ más fanáticos—votar en los colegios de Cataluña ha decidido desaparecer. Lo mismo que algunos fósiles en nuestra legislación, comenzando por la normativa electoral. O la desigualdad. O la dicen que inminente recesión económica. Los dinosaurios, como todos los saurios, son tenaces: duran mucho. Se resisten a extinguirse. Y solamente la coalición de los cavernícolas logra vencerlos. Pero eso no puede votarse, ya digo: las papeletas solo nos dejan votar a los partidos y, encima, en plan cerrado y bloqueado.

A saber ahora lo que harán los jefes de nuestras cavernas. Más de una vez se ha dicho, y lo comparto, que de esta no salimos sino con una coalición. O con algún tipo de pacto transversal, que nos aleje de las dos Españas a derecha-izquierda. O sea, algún acuerdo de centro-derecha o de centro-izquierda. Es lo que no supo entender, ignoro por qué, Ciudadanos, que estaba ahí para facilitar uno u otro tipo de gobierno, con el PP o con el PSOE. Albert Rivera se empeñó en ser él el gran dinosaurio, y ahí tienen ustedes el resultado. El ‘no es no’ es, simplemente, un dislate cuando hablamos de política, un error del que quienes lo cometen siempre acaban arrepintiéndose. Y girando ciento ochenta grados, pero siempre demasiado tarde..

Ha llegado la hora del ‘sí es sí’. De terminar con este parque jurásico que consiste en acudir a las urnas casi una vez al año, con las mismas reglas electorales que impiden la formación de mayorías, manteniendo así la inestabilidad. Ahora es el momento de llegar a acuerdos entre extraños compañeros de cama, como decía Churchill que era la esencia de la buena política, y darnos una legislación capaz de defender al Estado, no propicia, como ahora, a destruirlo. Un gran acuerdo engtre quienes se dicen constitucionalistas para una Legislatura abreviada que regenere el país. O, si no son capaces de eso, que hagan lo que al final no les quedó otro remedio que hacer a los dinosaurios: que se extingan políticamente para dejar paso a otros animales (políticos) no tan prehistóricos. Ni tan duros de mollera.

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Esta es la última vez que voto…así

Enviado por Fernando Jáuregui | 09/11/19

Los últimos mensajes que recibimos en el cierre de la campaña electoral pueden resumirse, todos, en cinco palabras: “o yo o el caos”. Lo cual, si cada uno de ellos se erige en único salvador posible, nos hace temer que estamos asomados al abismo de lo caótico en este domingo histórico que recordaremos, 10 de noviembre de 2019. El día en el que todo empezó a seguir destruyéndose. O a, ojalá, construirse. O el día en el que el muro comenzó a derribarse a golpe de votos. Ya, pero ¿qué, a quién votar para derribar ese muro y empezar a construir un edificio políticamente sólido? Porque lo de Berlín, eso de que de pronto se caiga un paredón sin que nadie supiese muy bien cómo había sido, aquí no pasa: los muros invisibles levantados por la incompetencia, los rencores, la pereza, el egoísmo y la corrupción son mucho más sólidos que los levantados a base de hormigón, cemento y ladrillos. O a base de adoquines como ese con el que nos ilustró Rivera, dicen que comprado en Amazon, en el único y tristón debate que ha jalonado la campaña.

Muchas veces he pensado que, dado el anacrónico sistema electoral que padecemos, y que quizá nos lleve a unas quintas elecciones pronto si Dios y ‘ellos’ no lo remedian, la papeleta de voto debería llevar una explicación de la finalidad que se da a ese sufragio: yo voto por una coalición de tal y cual partido; yo, por que fulano se abstenga para que gobierne mengano; yo, para que ‘mi’ formación tenga el poder en solitario; yo… Bueno, usted entenderá que el escrutinio sería imposible, porque cada español tiene una motivación peculiar, como tiene en su alma un seleccionador de futbol ideal y, así, nos encontraríamos con al menos veinte millones de mensajes diversos explicando cada voto, sospecho.

Así que la única solución sería que los españoles nos acostumbrásemos a votar de otra forma, porque nuestra legislación electoral ha de ser distinta. Es decir, hemos de forzarnos a votar pensando en que el más votado será quien llegue al poder y, por tanto, a ser nuestro representante. Eso reclama una profunda modificación de la legislación electoral, incluyendo una leve reforma constitucional para permitir ir a un sistema de doble vuelta. Estas deben ser las últimas elecciones que acometamos sin un gran pacto entre las fuerzas constitucionalistas nacionales para acometer, ya mismo, esa reforma. O eso, o seguiremos condenados para siempre a esta inestabilidad política, sin poder soñar en mayorías estables, que tanto daño nos está haciendo. No entiendo que nuestras fuerzas partidistas nos hayan permitido llegar a esto y que hoy, cuarta vez en cuatro años, estemos nuevamente plantados ante las urnas.

El caso es que, dejémonos de ensoñaciones sobre acuerdos de futuro, este domingo nos toca votar. ¿La última vez con este sistema electoral? Temo que ya me lo pregunté en abril y en junio de 2016, y nada… En fin, quiero ser políticamente correcto, e inducirle a usted, en lo que valga mi opinión, a que acuda a su colegio electoral, tome la papeleta que menos rabia le dé y la introduzca en la ranura, tapándose o no la nariz, como usted prefiera. Yo así lo voy a hacer (con la nariz tapada, naturalmente), incluso sin poder explicar cuáles son mis objetivos votando lo que esta misma mañana he decidido que voy a votar. Anímese: tal vez un día de estos ellos entenderán el mensaje e interpretarán correctamente para qué, por qué, seguimos apoyándoles, pese a todo lo que nos han hecho. Pese a todo lo que NO han hecho.

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Ante el día nacional de la irreflexión

Enviado por Fernando Jáuregui | 08/11/19

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(no me movieron el voto, que bastante complicado lo he tenido para decidirme, ni el debate de ellos ni el de ellas)
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Ignoro si, ahora que acaba de concluir la campaña electoral, no estaremos abocados a comenzar otra, no oficial, desde el mismo lunes. Las últimas comparecencias de los candidatos, todos hombres, aún jóvenes, sin experiencia de gestión en empresas privadas y con poca o ninguna en lo público, dejan poco espacio al pacto poselectoral para que el ganador, presumiblemente Pedro Sánchez, pueda resultar investido. Aunque ya estamos acostumbrados a que una cosa es lo que se diga en campaña (llevamos casi cuatro años en campaña, en realidad) y otra lo que ocurra una vez que tengamos en la mano los resultados de las urnas. El caso es que nos encontramos ante una jornada de reflexión, antes de ir a depositar nuestro voto, que es probablemente la que condensa la suma de las actuaciones más irreflexivas de nuestros representantes. La política española ha entrado en una deriva completamente loca y mucha reflexión, temo, será precisa para adivinar quién será capaz de enderezar las cosas.

Mirando hacia atras sin ira, pero con algo de preocupación, nos encontramos con una España más bien invertebrada, quebradiza, con poco sentido de Estado y sin líderes que garanticen soluciones para los demasiados problemas que se nos plantean a la hora de reflexionar –esta jornada ‘oficial’ es, en el fondo, una antigualla, como la prohibición de sondeos y tantas otras cosas en nuestra normativa electoral— hacia dónde conducir nuestro voto, que es lo único que tenemos. Porque el ciudadano carece de voz y de presencia suficientes como para erigirse en una sociedad civil que grite, esperando ser escuchada, por sus derechos, por el cumplimiento de los compromisos con el electorado, por recetas a los problemas que muchas veces han creado nuestros propios representantes. Votar cada cuatro años no basta para garantizar una buena marcha de la democracia; votar cada año, como nos ocurre, menos aún, si en los intervalos no se producen otras acciones e iniciativas más allá de sacudirse patadas en las espinillas.

Parece, en primer lugar, intolerable que nos plantemos ante unas nuevas elecciones, las cuartas en cuatro años, con el temor de que tal vez tengamos que afrontar pronto unas quintas porque los dirigentes políticos no han sido capaces de reformar una normativa electoral que garantice mayorías suficientes para formar gobierno, en lugar de fragmentar los resultados como hasta ahora. Si esta pereza para cambiar algo que patentemente no funciona no deriva en algún tipo de pacto entre extraños compañeros de cama, como decía Churchill, tenga usted por seguro que regresaremos a las urnas dentro de poco, si es que, hartos, no desertamos de ellas. Pero yo confío en que algo, algo, hayan, hayamos, aprendido todos de lo mucho malo ocurrido desde que, en diciembre de 2015, se celebraron aquellas elecciones generales que no dieron holgura suficiente a ningún partido para gobernar. Y ahí seguimos, en la indefinición, según dicen esas encuestas que todos conocemos y que han sido absurdamente prohibidas, una vez más, por las normas prehistóricas que rigen nuestras elecciones.

Nos plantamos ante este día de reflexión sin que ‘ellos’ hayan hecho los deberes. Ni siquiera sabíamos, a la hora de escribir este comentario, si la tranquilidad estaba garantizada del todo en las calles catalanas, que esperemos que así sea, ni si el Gobierno podría, en el peor de los supuestos, garantizar ese orden callejero alterado por los salvajes del ‘cuanto peor, mejor’. Ni siquiera habían trascendido a la opinión pública los programas electorales, que son los más romos, los menos ilusionantes e ilusionados, que recuerdo haber visto en mucho tiempo. Ni siquiera se debatieron ideas, sino amenazas: o me votan a mí, o el caos. Ni los hombres debatiendo por su lado, ni las mujeres por el suyo –así andamos—han sido capaces de trasladar a la ciudadanía un mínimo de confianza en que ahora sí, a partir del lunes se van a comenzar a arreglar los muchos problemas que, cual nubarrones amenazantes, aparecen en nuestro horizonte.

Qué quiere que le diga: llamar ‘jornada de reflexión’ a esto que hoy estamos viviendo me parece demasiado arriesgado. Yo diría que es más bien algo parecido a la llegada ante la meta de los atletas que, derrengados, saben que han hecho una mala carrera. Pero uno de ellos –intuimos cuál, claro– se alzará con el laurel de la victoria coyuntural; todos dirán que merecieron la victoria, que es huidiza, versátil y volátil. Caprichosa. Es posible que la realidad de los números imponga a alguno –también lo intuimos—el abandono para siempre de la carrera y entonces el panorama puede que se despeje algo. O se complique más aún. Esta debería haber sido una carrera por equipos y no de todos contra todos y, además, con zancadillas. Las jornadas de reflexión empiezan, en realidad, el lunes. Ya que nadie parece haber reflexionado lo suficiente antes.

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Montesquieu huye, despavorido

Enviado por Fernando Jáuregui | 07/11/19

Llamó una oyente a la radio en la que en ese momento yo me encontraba para acusar a Pedro Sánchez de haberse ‘cargado la separación de poderes de Montesquieu’. Le respondo que no ha hecho tanto el presidente del Gobierno en funciones: simplemente –y nada menos—sugirió que había dado instrucciones a la Fiscalía para que agilizase la extradición a España de Puigdemont. Un lapsus presidencial que ha enfurecido a los fiscales, que rechazan depender del Gobierno y reiteran su imparcialidad. Pero este conflicto, ahora en la recta finalísima de la campaña, no es nuevo: las pugnas entre el tercer poder (el Judicial) y el primero (el Ejecutivo) son frecuentes y, a veces, sonadas. Y no pocas veces el Gobierno, los gobiernos, tiende(n) a creer que la Fiscalía, como la Abogacía del Estado, están subordinadas a los dictados del Ejecutivo.

Acepto que nuestros gobernantes, y no hablo solamente del actual presidente en funciones y su equipo, tienen una concepción acaso demasiado laxa de lo que es la separación de poderes. La propia vicepresidenta Carmen Calvo amenazó con que, si Bélgica no extradita a Puigdemont, “tomaremos nuestras decisiones”. Olvidaba que son los jueces belgas, que han pospuesto la vista en el tribunal hasta el 16 de diciembre, quienes tienen que acordar o no la extradición del muy molesto prófugo.

Y no, ni Bélgica, siempre reticente a acoger las peticiones del Gobierno español, ni Gran Bretaña, que pone ‘pegas’ a la extradición de la señora Ponsatí, ni Alemania, donde pasó lo que pasó cuando detuvieron allí al hoy ‘residente en Waterloo’, comparten muchos puntos de vista de los gobernantes españoles en cuanto a la ‘levedad’ de las demarcaciones entre los distintos poderes. Y así lo hacen constar no pocos medios extranjeros, ante los que el independentismo ha hecho una labor mucho más eficaz que el constitucionalismo. Y es que España carece de leyes bastantes para defender al Estado.

No me extraña, la verdad, el patente desconcierto que al respecto se vive en este país nuestro: los ejecutivos han detentado siempre un poder de decisión excesivo, mientras el Legislativo ha tendido a ser inoperante –ahora lleva meses casi sin funcionar—y con el Judicial han tratado de jugar unos y otros; ahora, tanto el Consejo del Poder Judicial como el presidente de este Consejo y del Tribunal Supremo llevan diez meses habiendo sobrepasado su mandato legal para renovarse, tomando decisiones que ya no les competen y que son consideradas “abusivas” por algunas fuentes judiciales.

Del llamado ‘cuarto poder’, no especificado por Montesquieu, mejor ni hablamos. La propia Radiotelevisión Española lleva instalada ‘en la provisionalidad’ desde hace año y medio, lo que facilita que le lleguen desde muchos sectores las críticas, a veces ciertamente injustas, de ‘parcialidad’ en favor del Gobierno.

No sé qué nota pondría Montesquieu, si levantara la cabeza, al seguimiento que el Gobierno español (y los otros poderes) hacen de su doctrina: seguramente huiría despavorido, gritando ‘no es esto, no es esto’. Los poderes aquí no se vigilan ni se controlan unos a otros: todos trampean y se zancadillean. El propio Quim Torra, nos lo han reiterado ahora desde las investigaciones de las fuerzas del orden, trató de ‘tomar’ el Parlament catalán y hacerse fuerte allí en su intento de forzar la independencia. No puede haber mayor desprecio a Montesquieu que este nuevo intento golpista.

No sé si me dejo llevar demasiado lejos por el optimismo, pero solo puedo confiar en que las elecciones de este domingo empiecen a arreglar las cañerías. Es necesario, mediante pactos para la investidura y luego para la gobernación –a Sánchez no hay que dejarle gobernar en solitario, pero acepto que, como el más votado, deberá gobernar–, serenar el ánimo político y retornar a las esencias más puras de la democracia. De las que a veces, y obviamente no solo, ni principalmente, en alguna declaración frívola y precipitada del presidente en funciones, nos estamos apartando.

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Acuérdese de Romanones…¿o era Churchill?

Enviado por Fernando Jáuregui | 05/11/19

Quedan tres días para las elecciones y el resquicio para la esperanza de salir del bloqueo es cada hora menor. Concluí de ver el debate, bien pasada la medianoche del lunes al martes, con un nudo de angustia en la garganta. Ninguno de los candidatos –no sé quién ganó ni quién perdió; me parece irrelevante: perdimos todos—dió salida alguna para el intenso bloqueo político que vivimos. Iglesias se ofreció, no sé si generosamente, a compartir gobierno con Sánchez, que le dio con la puerta en las narices; Casado prometió que no ayudaría a gobernar a Pedro Sánchez; Sánchez sigue comportándose como si pedalease en solitario, aunque sabe que no ganará en solitario. Y el presunto ‘bloque de centro-derecha’, como le llaman, se dedicó a sacudirse de lo lindo entre ellos: ¿qué elector confiaría en un gobierno integrado por tres que peleaban más entre sí que con el presunto adversario socialista?.

Así que ni por la derecha ni por la izquierda tienen nuestros males remedio, parece. Vienen las elecciones y los pactos para consolidar un gobierno siguen pareciendo remotos. Viendo lo que dicen las encuestas –perdón por citarlas: la Junta Electoral las prohíbe, lo que ya sé que es absurdo, pero…–, sin mayorías claras, los agoreros se atreven a pronosticar nuevas elecciones allá por marzo, si Dios y ‘ellos’ no lo remedian. Que, desde luego, viendo el debate, te daba la impresión de que no tienen la menor intención de remediarlo. Menos mal que nos queda Romanones. ¿O era Churchill?

Es lo mismo. Sea del cínico español o del escéptico británico, la frase es acertada, redonda: “en política, cuando digo jamás, quiero decir hasta esta misma tarde”. Allí estaba Rivera, para ilustrar la exactitud de la frase, tendiendo soterradamente su mano a Sánchez ‘desde la oposición’ y olvidado ya el ‘no es no’ al actual presidente en funciones, al que, recuerden, era tarea urgente echar de La Moncloa, el líder naranja dixit en su día. Claro que el dirigente de Ciudadanos me parece que se ve en el trampolín de bajada, ese que termina lejos de la política y en un bufete influyente.

Comprendo que, en campaña, los dirigentes no van a decir a sus electores que van a pactar, tras las urnas, con aquel a quien han definido en los mítines como rival, casi enemigo, una desgracia para España. Pero otra frase acertada, esta sí de Churchill, es que la política hace extraños compañeros de cama. Así que yo sigo apostando por una ‘abstención patriótica’ (y a cambio de contrapartidas, espero), tanto por parte de Pablo Casado como de Rivera, para que Pedro Sánchez logre ser investido, pero no para seguir haciendo lo que le da la gana.

Eso sí: a fecha de hoy, sabemos que nos esperan al menos tres meses antes de ver a alguien consolidado en La Moncloa. Y eso, en el mejor de los casos: si no hay sorpresas en la jornada del 10-n, hoy poco previsibles, de aquí a febrero habrá tiras y aflojas, conversaciones secretas, cesiones, exigencias, presiones y amenazas. Y luego, si ‘ellos’ llegan a algo, un Gobierno más o menos estable para una Legislatura que debe ser regeneracionista.

La verdad, no creo que haya muchas más salidas que la que digo: esa abstención por parte de PP y C’s y la resignación de Sánchez de tener que dar algo a cambio. O en eso confío, al menos.

Lo malo es que, mientras andamos en estas, mareando perdices, pasamos más tiempo hablando del pasado –la que liaron con Franco en el debate, Dios mío—y maniobrando en la oscuridad para consolidar ‘su’ presente, que pensando en el futuro: el discurso, dicen que en catalán impecable, de la princesa Leonor en una Barcelona que algunos quisieron convulsionada se quedó este martes, claro, en página par, porque, como era lógico, el debate y sus naderías acapararon las portadas. En fin, que nos quedan, ya digo, tres días de campaña, uno de reflexión y hala, a votar. Pero no desespere: no olvide usted a Romanones. ¿O era Churchill?

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Yo no veré el ‘debatazo’: no me dejan…

Enviado por Fernando Jáuregui | 03/11/19


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(Es posible que la única novedad esta vez sea la presencia de Abascal. Y que la Academia cobra por dar la señal. Y punto)
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Este lunes por la noche, a la hora absurdamente tardía en la que algunas cadenas retransmitirán el debate ‘a cinco’, teóricamente decisivo, que dicen, para conformar sólidamente el voto, yo estaré en otro programa, en una televisión más modesta, que no podrá retransmitir el ‘debatazo’ porque las exigencias económicas de la Academia, desorbitadas a mi modo de ver, se lo impiden. Nunca entenderé que TVE, que es un servicio público que pagamos todos, no haya sido la encargada de organizar este momento de espectáculo político, ofreciendo gratuitamente, como siempre se ha hecho, su señal a cuantas ‘teles’ lo pidan, para que estas comenten, en directo, lo que los líderes políticos dicen.

Claro que son muchas las cosas que no entiendo en esta absurda regulación, o mejor en esta falta de regulación, de las campañas electorales, debates en TV incluidos. En cada ocasión, se nos coloca ante la incertidumbre de si habrá o no confrontación de líderes, cuántos de estos espectáculos televisivos tendremos y con cuántos participantes, cómo han de organizarse, si el moderador puede o no interrumpir –en esta ocasión, han intentado que sea que no: finalmente se ha impuesto una cierta racionalidad—a los políticos, etc. No hemos aprendido nada, y mira que elecciones no nos han faltado: concurrimos a las urnas este próximo domingo con las mismas absurdas regulaciones. Tan absurdas que, mire usted, no podremos enterarnos del efecto del debate de este lunes sobre la intención de voto…porque ya estará vigente la prohibición, ridícula en estos tiempos de Internet, de publicar sondeos desde varios días antes de la jornada electoral.

Ahora, rizando el rizo, estamos, pues, ante campañas para ricos y para pobres. No importa que se trate de un asunto de evidente interés público: si no se paga, no hay señal. Una diferencia, esta de ricos y pobres, a veces alentada por los propios líderes políticos: no me extraña que haya quien asegure que estamos en el país más injusto de Europa. Pero descuide usted, que, en el programa televisivo en el que yo he de estar mientras ‘los cinco’ se lanzan descalificaciones, puyazos y patadas verbales, no han de faltar los temas a tratar, muchos de los cuales, sin duda, no van a ser abordados con la profundidad y el valor requeridos por los aspirantes a ocupar La Moncloa en la próxima Legislatura.

Por ejemplo, a ver cómo sale Sánchez del aprieto cuando le pregunten qué va a ocurrir en Cataluña esta semana. Posiblemente, el lunes, cuando debatan, ya esté ocurriendo, porque la visita del jefe del Estado con motivo de los premios Princesa de Girona, acompañado por su hija doña Leonor, heredera del trono, agita los peores augurios: las hordas fanáticas montarán, es de temer, algún escándalo. Esas mismas hordas que tratarán de forzar la anulación de las elecciones en territorio catalán a base de impedir que la gente vote normalmente en los colegios electorales este 10-n. Claro, algunos de sus interlocutores/adversarios requerirán al presidente en funciones para que emplee la dureza, desde el 155 hasta la declaración del estado de excepción. No es que algunos quieran salvar la situación en Cataluña: es que tratarán de que Sánchez meta la pata y pierda algún puñado de votos más.

Por favor, no vaya a creer que lo digo motivado por el sentimiento de percibirme discriminado por no poder ver en directo el debate, pero tengo que afirmar, porque así lo creo, que este va a servir para poco. La campaña ha estado huera de ideas sobre la modernización, regeneración y mejora económica y moral de España, así que no espere usted que, ya en la recta finalísima, las cosas mejoren: acuérdese del encuentro de los portavoces –o sea, los ‘segundos de a bordo’—del pasado viernes en TVE, del que lo único que se recuerda es la negativa final del peneuvista Aitor Esteban a estrechar la mano del ‘voxero’ Espinosa de los Monteros.

Tampoco me parece que, como ha ocurrido con la famosa exhumación de Franco –¿quién se acuerda ya de eso?–, el debate vaya a tener una importancia crucial para que los indecisos, y algunos que no lo son, orienten su voto, o para que quienes, hartos ya de estar hartos de votar y votar sin que sirva de gran cosa, pensaban abstenerse, no lo hagan.

Ceo que algunos, marginados incluso como telespectadores, además de como comentaristas del debate, tendrán que poner sobre la mesa, desde el ordenador y ante el micro, esas cuestiones que tienen que ver con la profundización de la democracia, con una mayor justicia social, con el reequilibrio territorial y con un reforzamiento de las instituciones, comenzando por la Jefatura del Estado. Asuntos todos que me temo que van a ser, en el mejor de los casos, solo frívolamente tratados por los cinco padres de la patria, o aspirantes a ello.

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Los candidatos a los que yo conocí (y 6): Pedro Sánchez, Pedro I el Afortunuado

Enviado por Fernando Jáuregui | 02/11/19



(pero qué guapote soy, mecachis…)
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Que Pedro Sánchez, el personaje a quien yo conocí allá por 2011 ó 2012 en un programa de televisión ‘menor’, es un tipo con suerte es algo que nadie duda. Su trayectoria de los últimos cinco años resulta verdaderamente increíble y somos muchos los que nos equivocamos pensando que estaba políticamente muerto y quienes vimos, atónitos, cómo resucitaba en unas elecciones primarias internas en el PSOE que afrontó con valor y decisión tras haberse equivocado en casi todo. Ahora, líder en las encuestas –aunque no lo suficientemente líder como para que pueda estar seguro de gobernar si no se dan pactos con extraños compañeros de cama–, hasta Greta Thunberg, la niña-mujer más polémica del mundo, viene en su apoyo. Pues eso: que la diosa Fortuna es su aliada. Ganará, sí, y no lo dice solamente el CIS. Pero ¿convencerá?

Mi visión personal de Pedro Sánchez, hasta donde he podido conocerle –él no se ha dejado mucho, y lo entiendo: apunta con bolígrafo indeleble y vengador cualquier cosa crítica que se diga de él–, no es muy alentadora: todo lo fía a su buena apariencia, a su buena estrella y a las deficiencias de los demás. Carece de un verdadero proyecto de Estado, y este es acaso su punto más flaco: hay que ver los barullos que ha montado en cuanto a la territorialidad, plurinacional o no, en general y sobre Cataluña en particular. Pero, para decirlo de una manera convencional, las coge al vuelo: ahí está la rapidez, que ha pillado a la oposición con el pie cambiado, con la que se ha ‘quedado’ con la cumbre climática que debería haber ido a parar a Chile. Y claro que acabará pagándole el billete a Madrid a la Thunberg; lástima que eso sea tras las elecciones del próximo domingo, mecachis.

No es un estadista, pero es un tacticista, tarea en la que le ayuda admirablemente el super-gurú Iván Redondo. La imagen como meta. Y si la imagen se sustenta sobre un físico agradable, sobre unas maneras suaves –no se fíe–, una voz cálida y un equipo que, en general, es peor que él, rodeado además de una oposición que se cuartea sin tener mejores planes que Sánchez para el futuro de la nación, pues para qué queremos más. El maillot amarillo da alas.

Una vez, hace tiempo, le dije: “Pedro, no nos falles”. “Querrás decir ‘no nos falles…más’”, me replicó, todo sonrisa. Cierto: eso había escrito en una columna periodística la tarde anterior. Me había pillado. Otra vez, ya siendo líder de la oposición a Rajoy, me llamó para pedirme asesoramiento acerca de los mejores libros sobre Adolfo Suárez (todos quieren ser Adolfo Suárez menos Pablo Iglesias); le dí algunos títulos. Ignoro si los leyó, pero ciertamente, en algunos aspectos, ha querido asemejarse al hombre de la primera Transición –a ver cómo afronta la segunda–. Pero no lo ha logrado tanto como, por ejemplo, Pablo Casado, el hombre de la eterna sonrisa, que es, sigue siendo, su principal rival y quién sabe si su principal aliado tras el 10-n.

Porque, a estas alturas, cuando falta una semana para las elecciones, seguimos como al comienzo: un acuerdo ‘de las izquierdas’ parece imposible (hay que ver las cosas que se dicen unos a otros) y solamente quedaría, para poder formar un Gobierno que no sea Frankenstein, que el Partido Popular aceptase abstenerse, a cambio de contrapartidas, claro está, para que Sánchez lograse su investidura. No es una gran coalición, que supondría tener a Pablo Casado como vicepresidente en La Moncloa, pero sería, al menos, un acuerdo. El único posible. Ambos lo niegan con la vehemencia que da el estar en campaña sabiendo cuánto desmovilizaría a los más ‘cafeteros’ cualquier anuncio de acercamiento entre dos fuerzas contrapuestas, casi entre las dos Españas.

Pero ya veremos. Porque la palabra de un político, máxime cuando este político es Pedro Sánchez, vale lo que vale y, como decía el cínico Romanones, ‘cuando dice jamás, quiere decir hasta esta misma tarde’. Lo único que no podría Sánchez permitirse es otras elecciones, un nuevo fracaso en su búsqueda de alianzas para lograr la investidura que le permita seguir en La Moncloa. Lugar al que, por cierto, se ha adaptado de maravilla en el año y pico que lleva instalado allí: es bueno ser presidente del Gobierno, aunque sea en funciones, y que todos los demás te tomen como referencia, como si no hubiese otra cosa (y a veces, parece que no la hay: mire usted el ‘debate a siete’ del viernes por la noche en TVE, anticipo de lo que será el del lunes).

Dicen sus oponentes, que hay que reconocer que a veces le zurran en materias en las que es injusto criticarle, que sería hasta aliado del independentismo con tal de seguir en la poltrona, estrechando la mano de Merkel y de Macron, el Falcon y todo eso. No me parece cierto: la verdad es que la reforma, cualquier reforma, y me consta que tiene algunas importantes en mente, tendrá que contar con él. Pero nunca en solitario. A Pedro Sánchez no hay que dejarle solo. Y eso ha sido lo malo: que su trayecto ha discurrido bastante en solitario, mientras aplastaba a sus rivales y, entre Iván Redondo y él, hacían casi literalmente lo-que-les-daba-la-gana. Y eso sí que no puede ser.

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Los candidatos a los que yo conocí (5): Pablo Casado

Enviado por Fernando Jáuregui | 01/11/19

¿Podría Pablo Casado dar la gran sorpresa el próximo 10 de noviembre y convertirse, por mor de los votos, en presidente del Gobierno? Ignoro lo que podría ocurrir si esta frenética campaña, oficialmente comenzada este jueves, pero, en realidad, vigente desde las efímeras elecciones de abril, se prolongase durante un par de meses más: puede que el Partido Popular lograse la remontada, sugieren algunas encuestas. Hoy por hoy, ni las encuestas ni las relaciones entre los posibles ‘aliados’ del PP, Ciudadanos y Vox, abonan esa hipótesis. Y, sin embargo…

Sin embargo, considero probable, dentro de lo que en este país nuestro de sorpresas y vuelcos pueda ser probable, que Pablo Casado se convierta, algún día, puede que no muy lejano, en el jefe del Gobierno del Reino de España. No sé a través de qué caminos ocurrirá, que los designios del Señor son inescrutables, y más en España. Pero es más posible que esto ocurra a que nunca ocurra. Casado tiene partido, sedes, apoyos externos y algunos buenos colaboradores (otros no tanto, desde luego). Y quizá llegue a dar la talla: otros tenían menos estatura y ya ve usted dónde están o estuvieron.

Lógicamente, nada tiene que ver con mis presuntas o reales inclinaciones políticas, pero lo cierto es que, ya en 2011, desde la experiencia que uno había ido adquiriendo a lo largo de tantos años de profesión, dije, y escribí, que Pablo Casado era uno de los políticos con un talante más parecido al del Adolfo Suárez, al que conocí bastante: simpático, cercano y con una sonrisa siempre en los labios. Muy de agradecer para el periodista que ha de seguir los avatares de quienes aspiran a representar a la ciudadanía. Luego, Casado quiso aprovechar este ‘semblante suarista’ de manera algo oportunista, ‘fichando’ al hijo de quien fue presidente del Gobierno desde 1976 hasta 1981, cuando el gran Suárez dimitió poco antes del ‘tejerazo’.

El plan ‘adolfista’ no resultó del todo por muy diversos motivos que sería prolijo enumerar aquí. El caso es que Adolfo Suárez Illana ha sido de alguna manera ‘descabalgado’ del número dos de la lista por Madrid, pasando a ocupar el tres, para dar albergue a una de las políticas más sólidas con las que el PP cuenta: la ex presidenta del Congreso Ana Pastor. No he podido confirmar qué planes alberga Casado respecto de Pastor. Pero su promoción ha sido todo un acierto, de la misma manera que la de Cayetana Alvarez de Toledo, una figura ‘dura’ y distante, incapacitada para el pacto, ha sido, según mi criterio, un error.

A Casado, reconozcámoslo, hay que elogiarle por varios motivos. Porque, en momentos de zozobra tras la quiebra del ‘marianismo’, pudo y supo a duras penas mantener cohesionado –o casi—el partido, remontar el vuelo tras perder 71 escaños, girar desde unas posiciones impostadas – no le pega nada llamar ‘felón’ al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y él lo sabe—a otras moderadas, que son las que cuadran a este ‘yerno ideal’, como fue definido ingeniosamente por no recuerdo quién. Ha logrado, milagro, concitar el apoyo simultáneo de Mariano Rajoy y de José María Aznar. No es poco.

Apenas se le conoce otro resbalón –al margen de sus fluctuaciones tácticas, claro, y de ciertos nombramientos de portavoces—que el que sufrió gracias a la concesión de un ‘master’ excesivamente facilitado por una Universidad que merecería investigaciones más profundas que las que ha sufrido. Cierto que su carrera no incluye incursión alguna en la empresa privada ni gestión más allá del escaño. Pero eso, tal falta de experiencia, les ocurre también a los demás candidatos, si exceptuamos el breve paso de Albert Rivera por ‘la Caixa’ de Barcelona.

Rivera ya no parece, sin embargo, el rival de Casado a la hora de liderar la oposición al socialismo; mucho han cambiado las cosas en los últimos diez o doce meses, y los errores del líder de Ciudadanos, en mayor medida que los aciertos propios, han consolidado al actual presidente del PP en un lugar más o menos sólido, máxime contando su partido con las presidencias de Andalucía, Castilla y León, Madrid y, por supuesto, Galicia, aunque el presidente de la Xunta, Alberto Núñez Feijoo, una de las figuras con mayor empaque político de España, sea un punto y aparte en el panorama de la derecha.

Ahora, Casado tiene las riendas de la gobernabilidad de España tras las elecciones. Su plan de ‘España suma’ no ha funcionado, más por culpas ajenas que otra cosa; con Vox mantiene serias diferencias, incluso en las formas, y con Rivera, que le planteó una confrontación abierta por la supremacía conservadora, no parece entenderse demasiado bien. La salida que muchos prevén, y que a muchos les gustaría, es que el PP apoyase una investidura en solitario de Pedro Sánchez, muy probable ganador de las elecciones, absteniéndose en la sesión parlamentaria correspondiente. A cambio, naturalmente, de algunos, supongo que bastantes, pactos reformistas y de una presencia privilegiada en los foros públicos, lo que daría a Casado la patente de ser el hombre que hizo posible el principio del fin del bloqueo político que España ha sufrido durante casi cuatro años. Le convertiría, entiendo, en un hombre de Estado más que de partido; es algo que él tiene que analizar convenciendo a algunos reticentes en su ‘estado mayor’.

Pero eso, claro, no lo puede decir en campaña. Ni él, ni Pedro Sánchez, con quien las relaciones son bastante mejores de lo que ambos quieren, hoy por hoy (lo veremos en el debate ‘a cinco’ del lunes), aparentar. Cuando uno dice que esta abstención del PP sería la opción más razonable para salir del atasco, la España tuitera sin freno le acusa a uno de ‘estar en la estrategia de Pedro Sánchez para desgastar al PP aumentando el caudal de votos de Vox’.

No, uno no tiene ni estas intenciones ni tal poder. Uno, simplemente, cree que el sentido común en algún momento se acabará imponiendo y que la España reformista, regeneracionista, la que puede imponer soluciones moderadas pero eficaces en Cataluña, se acabará imponiendo sobre voceríos, cientocincuentaycincos –Casado se ha bajado ya de este autobús como solución para Cataluña—y divisiones ya absurdas entre ‘izquierdas’ y ‘derechas’, que bastante daño han hecho a este país que tanto se ha desgastado fomentando esa locura de las ‘dos Españas’. Un concepto que, creo que me consta, gusta bien poco a este ‘nuevo’ Casado, el de la barba que le diferencia de Albert Rivera y le da un cierto empaque senatorial. A sus 38 años, ya digo. Si propicia bien el presente, para él hay futuro.

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Los candidatos a los que yo conocí (3): Albert Rivera

Enviado por Fernando Jáuregui | 31/10/19

Los más inmisericordes creen que Albert Rivera, el fundador y líder de Ciudadanos, acabará tirando la toalla y abandonando, al menos temporalmente, la primera línea política ya la misma noche del próximo diez de noviembre…si se cumplen las peores profecías de las encuestas. Cinco días después, el aún muy joven dirigente del centrismo cumplirá cuarenta años. Y a nadie podría culpar, en el caso de que ocurriese lo antedicho, sino a sí mismo, a sus errores que todos, incluso los suyos más cercanos, proclamaban, a su desastrosa gestión como estratega.

Pero veremos. Rivera, que hoy aparece como descentrado, que está realizando una campaña de bajo perfil, intentará, sin duda, un último salto. Lo ha hecho dando un giro de ciento ochenta grados a su política del ‘no es no’ a cuanto viniera de Pedro Sánchez –tras haberse aliado con él en 2016, antes de hacerlo con Mariano Rajoy: al menos, entonces hacía una política explicable–; luego, solicitando un encuentro al mismo presidente del Gobierno en funciones cuya llamada desdeñó públicamente en dos ocasiones. Por fin, convocando un plenario en el Parlament catalán para presentar, acompañado tan solo por el PP, una moción de censura contra Torra que todos sabían que no podría prosperar. Se ignora qué golpe de imagen prepara para el gran debate ‘a cinco’ el próximo lunes, pero los ‘efectos especiales’ que tanto utilizó en su encuentro con los otros candidatos en las últimas elecciones no le dieron un buen resultado.

Y, sin embargo, el Albert Rivera que yo conocí hace ya no pocos años en Barcelona era un político valioso. Ciudadanos hubiese sido la formación ideal como bisagra, para permitir la creación de una coalición de centro-izquierda o de centro-derecha, en función de que las elecciones las ganase el PSOE o el PP. Pero se empeñó, por su encono hacia Pedro Sánchez y merced a una ambición política no muy bien calculada, en liderar la oposiciòn al socialismo, insistiendo en que era tarea prioritaria ‘echar a Sánchez de La Moncloa’…sin caer en la cuenta de que siete millones y medio de electores, con razón o sin ella, habían votado por el líder socialista. Recuerdo que alguna vez le mencioné este saludable papel de bisagra y me fulminó con la mirada: él se creía, o aún se cree, nacido para presidir el Gobierno del Reino de España. Me parece difícil que vaya a lograrlo, al menos por ahora. Y le gustan muy poco, vaya si lo he comprobado, las críticas, aunque las ha tenido a toneladas.

A partir de ahí, todo ha sido un auténtico desastre, y lamento decirlo, porque Ciudadanos es, por su vocación centrista y su confesión liberal (tras haber abjurado hace casi cinco años de la socialdemocracia), una formación necesaria en el secarral político español. Los más prestigiosos militantes, comenzando por el fundador Francesc de Carreras, abandonaron ruidosamente Ciudadanos, y muchos mediocres aplaudidores ascendieron a la cúpula. Mientras, Inés Arrimadas, una figura atractiva con buena oratoria, que había ganado las elecciones en Cataluña, perdía todos sus puntos al abandonar tierras catalanas por el más confortable Madrid. Ahora, Arrimadas, más afecta al ‘riverismo’ que nunca, se empeña en asegurar que “tenemos Rivera para rato”, lo cual, excusatio non petita, podría estar lleno de significado.

Se negó a integrarse en la plataforma ‘España Suma’ básicamente porque había sido sugerida por Pablo Casado, su ‘aliado a palos’ en Castilla y León, Andalucía y Madrid, y porque esa plataforma, intuyó, acabaría admitiendo la entrada de Vox, el partido de la derecha ‘dura’ con el que los ‘socios’ europeos (o lo que sean), como Macron o el líder de los liberales europeos Guy Verhofstadt, no quieren tener la más mínima relación, ni directa ni indirecta. Un equilibrio muy difícil el de Rivera: abomina (o abominaba) de los socialistas, pero tampoco quiere incluirse de manera clara en el que la izquierda llama ‘el trifachito’. Mientras, los sondeos evidencian el desconcierto de los electores.

Y Rivera, inmerso en una vida personal a la que los críticos que aún le apoyan culpan en buena parte de la ‘dispersión’ de su líder, deshojando la margarita: me voy, me quedo…Sabiendo, eso sí, que con Ciudadanos no podría, ni debería, ocurrir lo que con la UPyD de Rosa Díez, también empeñada en el ‘no y no’. Y miren ahora dónde para.

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