Un escándalo que va a influir en el congreso del PP…y en el Gobierno socialista

Enviado por Fernando Jáuregui | 15/07/18

El sábado, en la fiesta en la residencia del embajador que celebraba en Madrid, multitudinariamente como siempre, el día nacional de Francia, sorprendía ver en el lugar de honor, junto al embajador y a los diplomáticos galos, también al director del Centro Nacional de Inteligencia, general Félix Sanz Roldán, cantando, con los demás, La Marsellesa. Los periodistas que por allí pululábamos –no muchos, la verdad—nos acercamos después al jefe de los servicios secretos, estelarmente aparecido en la balconada de la magnífica mansión que ahora ocupa el diplomático Yves Saint-Geours. ¿Qué hacía allí, con una presencia tan destacada, el siempre inquieto, inteligente, activo, mucho más discreto de lo que algunos piensan, director de ‘La Casa’? La pregunta era pertinente cuando la figura de Sanz Roldán está, de refilón, en todos los medios de comunicación que hablan y no cesan de las posibles repercusiones que el ‘caso Corinna’ pueda tener sobre la figura del Rey emérito Juan Carlos I.

Claro que Sanz Roldán, y no quiero reproducir lo que fue una conversación privada, aunque se desarrollase ante los ojos avizor de cientos de personas, no hizo grandes revelaciones, más allá, claro, de ratificar su enemistoso y hostil desdén por la aventurera que amenaza, con sus aliados –o chantajistas—policías corruptos nada menos que el equilibrio del Estado y que, por supuesto, ha colocado en trance de shock a una Zarzuela que sospecho que algo de todo esto se barruntaba desde hacía tiempo. Los periódicos de este domingo, digitales o no, hablaban y no paraban sobre la falsa princesa y sus presuntas declaraciones grabadas, documentación que obra, completa, en poder de la Fiscalía Anticorrupción, que algo tendrá que decir en algún momento ante el enorme escándalo que se está montando y que afecta de lleno nada menos que al anterior jefe del Estado.

Ni un desmentido a las revelaciones que iniciaron dos periódicos digitales y han seguido casi todos los medios. Si el Gobierno cree, le comenté a un representante gubernamental del ‘segundo escalón’ presente en la balconada, que tratando de minimizar las presuntas andanzas del Rey emérito porque, como dijo la portavoz Celáa, son cosas del pasado que “afortunadamente” no afectan al Monarca actual (una defensa del uno que era todo un ataque al otro), está por completo equivocado.

Mucho me temo que no podrá el Ejecutivo de Sánchez hacer la vista gorda ante la petición de Podemos –un partido netamente republicano que es el gran beneficiado por este escándalo, sin duda— para crear una comisión parlamentaria que investigue una trama en la que están, además de los nombres de Juan Carlos y Corinna, los de gentes tan poco recomendables, al parecer, como ciertos comisarios, algún ex empresario y uno o dos magnates del escándalo soterrado. Y quizá, dicen, hasta albergue alguna pugna periodística, aunque advierto que, personalmente, agradezco siempre las revelaciones que son ciertas, beneficien o no –que no—a los intereses del Estado y las publique quien las publique.

Porque es imprescindible, creo, “la transparencia ante todo”, que es una máxima que quizá debería hacer reflexionar a Pedro Sánchez cuando ahora ha decidido guardar en el cajón la lista de los beneficiados por aquella amnistía fiscal de Montoro, una lista que ¿recuerdan? prometió divulgar y en la que dicen que se incluye el nombre de alguien que encabezó la Institución por antonomasia. A ver qué nos dice el presidente cuando, a finales de este mes, convoque –parece–, al fin, una rueda de prensa en La Moncloa de comienzo de vacaciones. Va a ser una comparecencia llena de temas sabrosos para quienes interrogamos y algo embarazosos para quien ha de responder.

Sí puedo decir que Sanz Roldán manifiesta a quien le quiere oír, que es mucha gente, que está “deseando” ir a testificar ante la comisión de secretos oficiales, o a donde le llamen, para revelar algunas de las cosas que puede contar. Y, de paso, lanzar algunos desmentidos sobre presuntas desviaciones y comisiones que habría recibido el ex jefe del Estado, y resulta que quizá no, aunque, ya digo, inexplicablemente nadie haya salido al quite hasta ahora. Pero, claro, todo eso habrá de investigarse, más allá de las maldades que sueltan la aventurera y el entorno del comisario residente en Estremera tras los barrotes.

Sí, el CNI sabe mucho de todo esto, porque Sanz Roldán se empeñó en una lucha tenaz contra la indeseable amante del Rey y contra el nefasto comisario, y se vengan difundiendo versiones que tendrían, ante una comisión parlamentaria y ante la Fiscalía, que probar. Y ahora el CNI está bajo el mando directo de una mujer implacable con cualquier clase de corrupción, la magistrada Margarita Robles, que ya mostró su temple, cayese quien cayese, como secretaria de Estado de Interior y ahora habrá de mostrarlo de nuevo en la cartera de Defensa.

A este respecto, son ya muchos los que recuerdan, entre susurros, que otra mujer, Soraya Sáenz de Santamaría, era quien controlaba los servicios secretos en el Gobierno de Mariano Rajoy. No faltará, si la galopada incansable del escándalo subterráneo sigue, contra la voluntad del ‘establishment’, disparándose ‘in crescendo’, quien, en los últimos días de la absurda campaña interna para ocupar la presidencia del PP, pregunte a SSdeS más sobre el caso que lleva el magistrado Diego de Egea que sobre ese vídeo anónimo que ha enlodado, más aún, la campaña frente a Pablo Casado para hacerse con el PP.

Porque, claro, no han faltado seguidores del vicesecretario y diputado por Avila que anden por ahí enumerando, en cenáculos y mentideros, las responsabilidades que la ex vicepresidenta tuvo en el Gobierno de ese Rajoy que este viernes se despedirá definitivamente de la vida pública. Tras haber logrado disimular, en lo posible, los flecos de los escándalos que ahí siguen, como el dinosaurio de Monterroso, amenazando con devorarlo todo, todo. A este paso, hasta el congreso del PP. Hasta al Gobierno de Pedro Sánchez, como se descuide.

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En el país de los vídeos sucios

Enviado por Fernando Jáuregui | 14/07/18

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(no quiero un país manipulado por aventureras profesionales, ni agitado por vídeos anónimos)
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Ya estaba tardando en aparecer. Me refiero al ‘vídeo en la campaña’, no demasiado limpia, de primarias del Partido Popular. Se ignora quién lo ha hecho, pero la intención de perjudicar a uno de los contendientes por la presidencia del PP, en este caso a Soraya Sáenz de Santamaría, es clara. Dudo mucho de que un hombre pienso que honrado, Pablo Casado, él mismo, esté detrás de la jugarreta; pero alguien, en fin, lo ha montado y distribuido. Nunca sabremos quién, por supuesto. En el país de los vídeos subterráneos nunca se sabe quién filma o almacena lo de los doberman, o lo de Cristina Cifuentes en un supermercado.

Ni tampoco se supo, ni se sabe, dónde acaban las grabaciones infames de La Camarga, que mostraban la podredumbre de la clase política catalana, en general. O, ya que estamos, me temo que nos vamos a quedar sin certezas acerca de quién está organizando la campaña, que ya ha saltado hasta a la televisión oficial, que salpica gravemente nada menos que al Rey emérito. Un caso del que aún va a hablarse mucho, porque eso de poner mordazas a los medios es, a Dios gracias, cada vez más difícil. Y es un caso que “afortunadamente” (Gobierno dixit, y yo lo comparto) no involucra al actual jefe del Estado, que se va convirtiendo en el único personaje histórico en este país nuestro que está por encima de toda sospecha.

El problema del marketing y de las campañas de comunicación empieza cuando se notan las costuras. Entonces se adivinan las maniobras y comienzan las especulaciones acerca del para qué. No tengo aún claro qué pretenden los que atesoran la información obtenida por un comisario corrompido (y encarcelado) al esparcir la ‘basura Corinna’ que puede acabar colocando a Juan Carlos I ante la Fiscalía Anticorrupción. Pero el caso está ahí y engordando. Aunque el Gobierno de Pedro Sánchez “ni lo considere”, como tuvo que decir la acorralada portavoz Celáa ante los periodistas al terminar el Consejo de Ministros del pasado viernes. Creo que se equivoca la señora Celáa: no por ser cosas ‘del pasado’ se puede minimizar un escándalo en una España en la que las cosas pringosas tardan en aflorar, pero siempre acaban saliendo. Porque las investiga la policía, las persiguen unos chicos de la prensa que creen que ‘noticia es todo aquello que alguien no quiere que se publique’ o porque las rematan unos jueces que anteponen la ley a los llamados ‘intereses de Estado’.

El caso es que maniobras orquestales en la oscuridad hay aquí muchas, quizá porque no se persigue con el suficiente rigor penal a quienes se inmiscuyen en historias de braguetas violando intimidades. Claro que no menos cierto es que antes no se persiguieron conductas moral y penalmente reprobables. Y así ocurre, de aquellos polvos vienen estos lodos, lo que ocurre. Que viene una aventurera profesional, vamos a decirlo así, denunciando que agentes de los servicios secretos le robaron documentos comprometedores, y no pasa nada. Vaya, como años antes alguien robó unos vídeos que la actriz Bárbara Rey atesoraba en su caja fuerte y nada ocurrió. Chitón.

Lo malo es que los servicios secretos, como son o deberían ser eso, secretos, no hablan. No pueden defenderse, aunque sí atacar en el mundillo de las cloacas en el que se mueven como peces en el agua algunos policías y ex policías, supongo que en una trama ya perfectamente conocida por las autoridades de Interior y Defensa. Espero que los recién llegados al Gobierno sepan cómo manejar toda la información que ha ido a parar a sus manos, porque ya se sabe que información es poder, aunque quizá no poder suficiente como para lograr que el comisario Villarejo salga de la prisión de Estremera. Personalmente, confío ciegamente en Grande Marlaska y, sobre todo, en Margarita Robles, que ya demostró cómo se las gasta cuando alguien pretende transar con lo que nunca se debe pactar. Y ahora, el CNI depende de ella, así que atentos.

Porque no puede ser, simplemente no puede ser, que este país pueda caer en manos de gentes que utilizan dossieres, audios y vídeos en provecho de determinadas maniobras, negocietes y conspiraciones. Si Juan Carlos I tiene culpas que pagar, pues que las pague una vez que los mecanismos institucionales del tercer poder se pongan en marcha ( y que no nos digan desde el Ejecutivo que eso “ni se considera”). Como Pujol, cuando ‘alguien’ le fue a ver con un dossier para que confesara sus fechorías. Yo no quiero una España en la que falsas princesas andan zascandileando por ahí a la procura de quién sabe qué favores. Ni una España de silencios administrados por ‘polis’ mafiosos, afortunadamente aislados de la inmensa mayoría de sus compañeros.

Esta, la de la transparencia total, también cuando las aguas bajan muy turbias, es una de las tareas que definirán al Gobierno de Pedro Sánchez. Como esa misma opacidad ha servido para enlodar algunas buenas trayectorias en el Gobierno anterior, que nunca explicó, por ejemplo, cómo fue posible que el mismísimo ministro del Interior fuese espiado y grabado en su mismísimo despacho. Ya digo: polvos, lodos y barrizales. Y arenas movedizas.

fjauregui@educa2020.es

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Hay que cerrar con siete llaves el sepulcro de Franco

Enviado por Fernando Jáuregui | 13/07/18

España tiene una cuenta permanente con su pasado. Con el remoto y, sobre todo, con el inmediato. Se nota en que sacamos a pasear el espantajo de Franco a la primera ocasión –porque, claro, ahí sigue el Valle de los Caídos, sin que nadie haya tratado de convertirlo en un ‘Arlington a la española’, repatriando restos de españoles ilustres enterrados en París, por ejemplo, como Machado, o Azaña, o tantos otros–. Y el debate en la izquierda emergente por los parajes de Moncloa, y también en los contactos con independentistas, reside en si debe acelerarse el cambio de nombres en el callejero o sobre si hay que suprimir los títulos nobiliarios, sobre todo algunos títulos nobiliarios (y volvemos a la duquesa de Franco, sin ir más lejos). Menuda frivolidad.

Es como un juego sempiterno en el secarral político hispano: poner los ojos en lo ocurrido, digamos, hace medio siglo, y lanzarse a la discusión feroz entre las dos españas. Sin embargo, pienso que ahora que ha empezado, galopante, una nueva era, deberíamos, acaso, fijarnos más en historias mucho más cercanas, desbrozar las ocurrencias de las ideas y ponernos a la tarea de mejorar de verdad el país de hoy.

Porque, como decía Einstein, si queremos cambiar el mundo, no podemos hacer lo mismo de siempre. Mirar para otro lado, por ejemplo. Por ahí sobrevuelan grabaciones, testimonios, peligrosísimos para la memoria de la persona que encarnó hasta 2014 la Jefatura del Estado. Y no me extenderé sobre un particular acerca de cuyos detalles más sórdidos no tengo las últimas perspectivas, pero que ya ha saltado hasta la prensa más situacionista. En algún momento habrá que hacer frente a lo que ocurrió o no ocurrió en unos años en los que, cual catalanes en tiempos de Pujol, andábamos voluntariamente con la venda en los ojos.

El regeneracionismo no puede obviar el pasado, contra lo que decía Joaquín Costa, que quería encerrar con doble llave (no con siete llaves, como ha trascendido a la vulgata histórica) el sepulcro del Cid. Yo creo que, en efecto, hay que cerrar con doble llave, o con siete, el sepulcro de Franco, pero no a base de olvidar, sino de clarificar, de tomar determinaciones (lo de Arlington, ya digo). Pero hay mucho más: a Cataluña no podemos mantenerla, ni pueden hacerlo los actuales rectores de la Generalitat, en la mixtificación de la Historia, llámese tal mixtificación este o aquel Borbón o la figura de Companys. Con los secesionistas hay que negociar, sin duda, y lo está haciendo –espero que bien– el Gobierno de Pedro Sánchez, pero hay que hacerlo desde la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, del pasado. Y desde la firmeza en mantener vivas y sanas las instituciones del presente, comenzando por la que encarna Felipe de Borbón.

Nos vamos librando de esa verdad con tópicos, utilizando para los mismos desde la supuesta ‘paletez’ de un tribunal alemán de Schleswig-Holstein, que emite un fallo adverso al interés oficial, hasta la increíble comparecencia parlamentaria de los dos últimos responsables de la quiebra bancaria más sonada de Europa, una quiebra, por cierto, nunca del todo suficientemente explicada. La revisión de la Historia, más o menos cercana, exige dejar de ejercer de ‘mono sabio’ y ver, oír y hablar con toda claridad, que es deporte que en España se practica poco. Pero, claro, resulta muy difícil ejercer esa claridad en un país en el que desde los gangs de Twitter los ‘halcones’ de cualquier bando te pueden crucificar en un momento, en cuanto te saltes las verdades asentadas.

Ocurre, no obstante, que España, país que tiende a ser colectivamente olvidadizo, de cuando en cuando recuerda, y entonces no hay quien pare el tren, llámese lucha contra la corrupción o contra los muchos dislates políticos que hemos cometido en los últimos (y no tan últimos) tiempos. O llámese una revisión crítica de determinadas actuaciones judiciales, antes consideradas la suma de la pulcritud. Nuestro país es pródigo en sucesos, tanto públicos como en las cloacas del Estado. Y, a veces, ambos coinciden, la mala conducción de lo público y el ascenso a la superficie, vaya usted a saber por qué vendetta o por cuál chantaje, de la hediondez de las cloacas. ¿Cómo esperar, entonces, cuando tal conjunción llega a darse, que el ciudadano mantenga una mínima confianza en quienes le representan a los distintos niveles si estos responsables se limitan a carraspear ante el estruendo?

Todo, todo, está a revisión y se ha puesto en el candelero en apenas unos meses. En la izquierda y mucho más aún, ahora, en la derecha, que no hay más que ver los conatos de debate –solo conatos, mezclados con puñaladas, que verdadero debate no ha habido, como se sabe–a la hora de hacerse con el control de este último sector ideológico. Alguien, y no sé si le toca en este cuarto de hora a Soraya Sáenz de Santamaría o a Pablo Casado, a Pedro Sánchez, o al mismísimo Felipe VI, que más que nunca me parece que necesita manos algo más libres, tiene que dar la sensación de que se arriesga a situarse al timón regeneracionista. Porque no quisiera ponerme tremendista, pero a veces da la impresión de que este barco, con estas estructuras algo anquilosadas y varios boquetes en el casco, no puede aguantar mucho más. Así, al menos.

fjauregui@educa2020.es

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Torra y el Rey tienen que entenderse, sí o sí

Enviado por Fernando Jáuregui | 11/07/18

—(El Rey tiene que ocupar un espacio central de nuevo en Cataluña. Como en el atentado de agosto hace un año. No se le puede privar del derecho a estar ahí)
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Me parece que el presidente del Gobierno central y el de la Generalitat ya han comenzado a tomarse la medida; saben qué líneas rojas no pueden traspasarse y, me parece, intuyen hasta dónde hay que emplear la paciencia, la mano izquierda y las dosis de ‘posibilina’ para que la relación entre ambas partes, que nunca será la de un total entendimiento, pero tampoco la una plena independencia, funcionen de la mejor manera posible.
El destino de Torra está, en cierta medida, ligado al de Sánchez: ambos van a sufrir arremetidas serias de los intransigentes. El president de la Generalitat tendrá que procurar no seguir el ejemplo de Puigdemont, que se acobardó ante los ataques de la CUP cuando, el pasado mes de octubre, ya estaba a punto de convocar unas elecciones que hubiesen salvado a Cataluña de la aplicación del artículo 155 y, de paso, de otros muchos males: la CUP y los intransigentes, que son una clarísima minoría incluso entre los independentistas más convencidos, no pueden ser quienes manden sobre lo que vaya a ocurrir o, sobre todo, a no ocurrir, en Cataluña.
Porque Torra tendrá que seguir arriando banderas absurdas. Una de ellas, la ridícula ‘ruptura de relaciones’ con el Rey Felipe VI. Aquello fue un arrebato del que estoy seguro que, al igual que ocurre con pretéritas proclamas supremacistas, el hombre que sorprendentemente llegó a la presidencia de la Generalitat catalana está ahora bastante arrepentido. Sabe que el Rey no puede renunciar a visitar un territorio que está bajo su Jefatura del Estado. Más vale que aproveche por ejemplo el primer aniversario, a mediados de agosto, del atentado yihadista en Cataluña para unirse al Monarca en la fotografía del luto.
Y Sánchez, el hombre que, también sorprendentemente, llegó a la Presidencia del Gobierno central, pues lo mismo. Tendrá que hacer lo que los intransigentes del lado de acá, los más ‘halcones’, llamarán ‘vergonzosas concesiones’. Y bien que lamento tener que incluir entre los ‘halcones’ a un partido que merece mi respeto, como Ciudadanos, empeñado en arrebatarle votos al PP por la derecha, por ‘esta’ presunta derecha. Una estrategia que puede acabar costándole muy cara a alguien que sigue siendo ‘presidenciable’ como Albert Rivera.
Es urgente normalizar las cosas. Y declarar proscrito en una parte del territorio nacional a quien nada menos que es el jefe del Estado es un supuesto de anormalidad máxima, que ni el Rey va a aceptar ni el Gobierno central, las instituciones y la sociedad civil van a tolerar. ¿O es que cree Torra que las empresas y la confianza van a regresar con planteamientos como esta tragicómica ‘ruptura de relaciones diplomáticas’?
Cierto que sería deseable algún movimiento también de parte de La Zarzuela. Tampoco deja de ser una anormalidad democrática que el Rey no haya llamado aún a quien, guste o no guste, es el molt honorable president de la Generalitat de Catalunya. “Hablando se entiende la gente”, dijo el padre del actual monarca tras entrevistarse con quien entonces era uno de los máximos representantes del republicanismo independentista catalán. Creo que sí, que hay que dar la espalda a quienes tratan de vetar los contactos con quienes no piensan ni sienten como nosotros.
Me parece que el papel de un gran Rey como Felipe VI ha de potenciarse al máximo –él mismo tiene que potenciarse–, lo cual implica, ocasionalmente, aceptar algunos riesgos, controlables en su mayoría. Pienso que, efectivamente, la crisis del ‘procés’ catalán ha desgastado a las instituciones, comenzando, hasta cierto punto, por la Corona, principal blanco de los disparos políticos de los secesionistas. Torra no es, ciertamente, monárquico y sin duda tampoco quiere ser español; pero son esas dos unas definiciones que han de quedar reducidas a su ámbito personal. No se puede permitir el lujo de tratar de excluir al jefe del Estado de su territorio y que no pase nada. Y creo que ahora ya lo sabe.

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‘Halcones’, abstenerse

Enviado por Fernando Jáuregui | 11/07/18

Asistí a la rueda de prensa de Quim Torra el lunes en la librería Blanquerna, que sirve de cuartel general de la Generalitat para actos en Madrid. Cuatro veces repitió que salía esperanzado por el ‘nuevo clima’ que había encontrado horas antes en su encuentro con Pedro Sánchez en La Moncloa. Algo que, hace exactamente cuatro años, cuando Artur Mas llegó a la capital para hablar con Rajoy, no escuché, estando en el mismo escenario, sino más bien todo lo contrario: las cosas habían ido mal y las puertas se habían cerrado. Luego, en estos cuatro años, pasó lo que pasó, todo malo.

Así que es llegada la hora, me gustaría pensar, de abrir esas puertas a la esperanza. Las cosas, si se quiere, pueden desbloquearse, y ni Sánchez me parece tan incapaz como le quieren pintar algunos, ni Torra me dió la impresión de ser tan cerril como lo sugerían algunos de sus planteamientos pretéritos, supremacistas, de los que me parece que ya no quiere ni acordarse; no está el horno para esos bollos y él, que tiene fama de muchas cosas, pero no de tonto, me parece que lo sabe.

Ignoro cómo irán acercándose posiciones, qué concesiones –llamémoslas así, aunque a veces la semántica vaya en contra de los acuerdos– habrán de hacer ambas partes, qué pasos concretos se darán en el difícil camino de mantener la unidad de la patria y la concordia entre sus territorios. Hay mecanismos, legales, económicos, de hecho y de derecho. Solo sé que no es la hora ni de los agoreros ni de los halcones. Y, lamentablemente, en este momento, en el que parecía que algo de aire fresco entraba por las ventanas, hay quien quiere cerrar de golpe las murallas del patrioterismo.

Me preocupa especialmente, desde luego, la postura de un partido al que considero tan sensato, viable y de futuro como Ciudadanos. Tanto Albert Rivera como algunos de sus más prometedores militantes, con Inés Arrimadas a la cabeza, parecen empeñados en sobrepasar al PP por la derecha –como si esto fuese cosa de derechas e izquierdas– negando la bondad de encuentro alguno entre Sánchez y Torra (hasta que este “no se arrepienta” –¿?–), y menos, claro, la conveniencia de que el presidente del Gobierno central viaje a Barcelona para de nuevo encontrarse allí con el president de la Generalitat. Que es persona que nos gustará más o menos –a mí, más bien menos–, pero que resulta que es el representante oficial del Gobierno autónomo catalán. No creo que a Sánchez se le caigan los anillos por ir a verle al pati dels Torongers, como no se le caerían al Rey llamando a Torra a La Zarzuela, aunque este sea ya otro cantar.

Imagino que algo de cálculo electoral habrá en las posiciones de un Rivera que quiere, muy legítimamente, sacar rédito al momento de postración del PP. Pero me parece que no es este el momento de pensar en elecciones, sino en el futuro de España como país lo más cohesionado posible. Y que la CUP, por un lado, y determinados comentaristas y políticos, por otro, nieguen la viabilidad de un discurso de acercamiento entre las dos orillas del Ebro me parece, a estas alturas, peligroso.

Mi confianza en el Ejecutivo de Sánchez es perfectamente descriptible, si le digo a usted la verdad –ay, ese traspiés, que para nada es insignificantes, en RTVE y otros casos de reparto de prebendas–; pero es lo que tenemos y no nos queda sino confiar en que se alce hasta la estatura de un nuevo Suárez, el hombre que, con Tarradellas –no, ya sé que Torra tampoco es aquel ilustre exiliado, pero podría, al menos, intentarlo–, y en unas circunstancias mucho más adversas que las actuales, fue capaz de suscribir treinta años de ‘conllevanza’ con el espinoso ‘tema catalán’, como quería Ortega.

No conviene ahora que las posiciones ‘duras’ se impongan. Pienso que a quienes las llevan como si fuesen banderas patrióticas en el pecho su intransigencia les podría costar bastante cara. Incluso en las urnas. Y solo espero que del próximo congreso del PP salgan posiciones flexibles y colaboradoras con el Gobierno en lo referente al acercamiento a las posturas más realistas del secesionismo catalán. Que, por cierto, también tiene lo suyo con la intransigente irracionalidad de la CUP, que esa es otra. ¿Hasta cuándo abusarán de nuestra paciencia, de la paciencia de la gente, tanta gente, de buena voluntad?

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Ante la ‘cumbre’ en Moncloa…y en la Generalitat

Enviado por Fernando Jáuregui | 08/07/18

Pienso que los contactos previos entre La Moncloa y la Generalitat para lubricar el encuentro de este lunes entre Pedro Sánchez y Quim Torra han sido claramente insuficientes. Y no precisamente porque la ministra Batet y la delegada del Gobierno central en Cataluña no lo hayan intentado. La posición negociadora –porque a eso viene Torra a Madrid: a negociar—de los independentistas es mantener la aspiración de la independencia ya. Sabiendo, eso sí, que no la van a conseguir, de manera que algo habrá de obtenerse a cambio.

Estos días se evoca mucho la primera reunión entre Adolfo Suárez y Josep Tarradellas, que fue muy mal, pero de la que, a la salida, el ilustre ex exiliado catalán manifestó que había ido “como la seda”. Luego hubo más reuniones, diálogo, Generalitat y Estatut de Autonomía. Y una ‘conllevanza’ que duró treinta años y que saltó por los aires en 2012 tras los reiterados errores cometidos en Barcelona…y en Madrid. Hoy, el propio ‘padre del independentismo’ catalán, Artur Mas, anda por los rincones arrepentido de todo lo que ocurrió, tratando, me parece, de aproximar posiciones y servir de enlace, aunque nadie parece ya quererle.

Ese mismo Mas le dijo a quien suscribe, en 2010, que el independentismo era algo “anacrónico”. Dos años después, se envolvía en la estelada. Claro, para entonces ya Jordi Pujol empezaba a confesar sus delitos de corrupción, y los de muchos de los suyos. Para entonces, ya Zapatero había engañado a Mas dos veces, permitiendo que Maragall y Montilla se hiciesen con la presidencia de la Generalitat antes de que Mas pudiese llegar a ella. Y la Diada se había llenado de proclamas secesionistas, que hicieron pesar al molt honorable president Mas que a la calle había que ganarla a base de proclamas de ‘adios a Madrit, que ens roba’. Para colmo, Rajoy se encerró en el ‘no’ a cuanto tratase de obtener el Govern catalán, y dio todo el poder a los togados.

El resultado de tanto desastre se enfrenta este lunes en La Moncloa, en medio de recelos, distanciamientos y de un fanatismo supremacista por parte de la Cataluña independentista que resultaba inconcebible hace apenas cinco años, cuando ya el ‘procés’ se había puesto en marcha. Y, en Madrid, Sánchez tendrá que lidiar con posiciones ‘duras’, como las encarnadas sobre todo por Ciudadanos –el PP anda, como se sabe, en sus propias cosas–, que abominan incluso de la reunión de este lunes en La Moncloa hasta que Torra y su mentor en Hamburgo no hagan una renuncia explícita a sus posiciones independentistas. Cosa que, obviamente, no va a ocurrir así como así.

Así que Sánchez tendrá que transitar con mucho cuidado por la escollera: políticos presos o presos políticos, lo importante es que el encarcelado Oriol Junqueras se alza como interlocutor inevitable en el futuro; los recursos ante el Tribunal Constitucional presentados por el Gobierno central serán otro de los ‘puntos fuertes’ a tratar con un Torra que viene a Madrid obligado a plantear la ‘inevitabilidad’ del referéndum secesionista, sabiendo que, expresado de este modo, jamás lo conseguirá. Y está, claro, el caso de los ‘huidos’ o ‘exiliados’, según quién defina el problema, que hasta la semántica nos separa.

El caso es que Sánchez se ha mostrado dispuesto a negociar y Torra –creo que es postureo, pero a saber…– se encierra en sus posiciones de máximos, incompatibles con lo que el Gobierno central le puede otorgar. A ver si el seductor Sánchez es capaz de ganarse al terco supremacista: ni el uno ha ganado en las urnas la presidencia del Gobierno, como sí la acabó ganando Suárez tras la designación por el Rey, ni el otro es precisamente, ya se ha dicho muchas veces, Tarradellas: está ahí por la designación digital de alguien tan…¿volátil? como Puigdemont, de quien, afortunadamente, se habla cada vez menos.

Y sí, el Gobierno central tiene fuerza para hacer muchas cosas. Hacer decaer recursos ante el Constitucional presentados por el Gobierno Rajoy, por ejemplo. Que la Fiscalía General del Estado haga algo por los presos, aún sometidos a la instrucción de Llarena. Ir propiciando un pacto fiscal y otras ventajas económicas que, sin duda, van a sentar mal a otros presidentes autonómicos, para no hablar de los votantes del PSOE en las otras 16 autonomías. Sugerir al Rey que llame a Torra a La Zarzuela. Y, sobre todo, aceptar –no es ninguna humillación—la invitación del president de la Generalitat para que le visite en Barcelona, que no es tiempo de andarse con tiquismiquis protocolarios de esos que tanto gustan en las cavernas.

Lo que Torra puede hacer para que la reunión salga bien es evidente. Lo malo, ya digo, es que entre Torra y Tarradellas hay algo más de distancia que unas cuantas letras. Junqueras, vuelve, que te perdonamos. Al menos, hasta que se celebre el juicio por el golpe de estado, por cierto fallido.

fjauregui@educa2020.es

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La triste hisoria de un colaborador de la tele pública

Enviado por Fernando Jáuregui | 05/07/18

Sé de alguien que colabora en RTVE desde hace años. Varios gobiernos han pasado, socialistas, populares, socialistas, populares, y él sigue. Porque le llaman, sin más. Algunas veces, ahora que lo pienso, ha notado que le llamaban menos, aunque sus amigos directores de programas le aseguraban que querían contar con él, pero que las listas de colaboradores llegadas ‘desde arriba’ eran las que eran. Hubo tertulianos que desaparecieron del mapa, otros vieron espaciadas sus colaboraciones. Se susurraba que La Moncloa… Ah, La Moncloa, a la que todos los males (y otros, en cambio, todos los bienes) se achacan… La persona de la que hablo no es la única que ha notado cómo una de las dos Españas, y luego la otra, le helaban el corazón y las colaboraciones. Y no, no se refiere la persona de la que hablo a este último Gobierno de Rajoy (que también, desde luego), sino al anterior -que tuvo menos culpas que el de Rajoy–, y al anterior -que más- y al anterior al anterior.
Desconocer las injerencias del poder político, y quizá no solamente del político, en los medios públicos, y también, hasta donde pueden, en los privados, son ganas de mirar hacia otro lado. Excelentes profesionales, a los que resultaría imposible achacar sectarismo alguno, quedaron aparcados, precisamente quizá por eso: por ser incapaces de estar en una trinchera, la del poder, combatiendo a la otra. He visto a un grande de la tele, que tuvo importantes funciones, relegado a contar, chubasquero en ristre, cuánto llovía en su Galicia natal: no era de la cuerda de los que llegaron.
Luego hemos asistido, boquiabiertos, a este último episodio de presunta ‘entrega’ del gran medio público a Podemos por parte del todavía muy nuevo presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, que con tal (insisto: presunta) dádiva quizá compensaba favores en el Parlamento, o quién sabe dónde. Ni Sánchez ni el jefe de Podemos, Pablo Iglesias, han salido, hasta ahora, a comentar, para confirmar o desmentir, una cesión que ha sido incluso desvelada por alguna de las personas a las que se ofreció un cargo en nombre de la formación morada, que “ahora controlaremos nosotros”, según un relevante miembro de la misma. Menuda chapuza han hecho: aún hierven, como se dice vulgarmente, las redes sociales ante el atropello. Y hierven también muchos corazones que creen aún que este Gobierno regenerará tantas cosas necesitadas de regeneración.
Y ese al que conozco muy bien y al que me refiero, que declara que él siempre ha podido decir, faltaría más, lo que le ha dado la gana en los programas en los que intervenía
-cada vez con menor frecuencia, eso sí–, va por ahí ahora practicando el peligroso juego de declarar antiestética, y antiética, esta entrega de un medio público (en el que el personaje a quien conozco ya digo que colabora y al que paga con sus impuestos) a alguien tan alejado de un concepto sano de la libertad de expresión como Pablo Iglesias. Y ese al que conozco por lo visto sabe bien de qué habla cuando se refiere al mentado personaje. No quiere que él -no se refiere al partido morado, que sin duda tiene gentes estimables en su seno, sino a quien lo comanda- ejerza gobernación alguna sobre asuntos públicos. Porque lo considera un peligro para lo público y una catástrofe para lo privado.
Ahora, ese al que conozco bien ignora si lo que PSOE, Podemos, PNV, PDCat y ERC han hecho ha sido consolidar el regalo a un Pablo Iglesias que lo único que anhela en esta vida es poseer un canal televisivo -y menudo canal, tan bueno, es RTVE; mucho mejor que la Tuerka, sin duda_o si, a la vista del escándalo, se ha dado marcha atrás. Habrá que esperar a ver. Pero, en todo caso, nuestro personaje comparte la aprensión de que nada va a ser lo mismo -y mira que lo mismo no era, ni de lejos, el ideal- en el antiguo Ente. Desde luego, nada va a ser lo mismo, posiblemente, para él, el personaje a quien conozco.
La otra noche, en la propia TVE, expresó sus temores en este sentido ante las cámaras. Pudo hacerlo libremente, pero, seguramente, piensa acaso con fundamento, no se lo van a perdonar. Porque hemos entrado en la era en la que todo se apunta en el cuaderno escolar de ‘buenos’ y ‘malos’. Y entonces, ese al que conozco tan bien como a mí mismo, ha dado en pensar que quizá tenían razón quienes se pasaban la vida presagiando vacas gordas o flacas según quién llegase al control del Estado y sus recursos. Como lo de Cánovas y Sagasta, aunque entonces no había aún teles que repartir.
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Ni Sánchez es Suárez, ni Torra Tarradellas

Enviado por Fernando Jáuregui | 30/06/18

A menudo recuerdo aquel momento, corría el año preconstitucional de 1977, en el que los periodistas esperábamos la salida de Tarradellas tras su encuentro con el presidente del Gobierno en La Moncloa. “Todo ha ido como la sede”, dijo quien era, ahora oficialmente, president de la Generalitat catalana. Algo semejante manifestó Suárez por cenáculos y mentideros de la capital: todo había ido bien en la reunión con el anciano recién regresado del largo exilio en Saint-Martin-le-Beau. No era cierto tal clima de concordia: en lo único en lo que Suárez y Tarradellas se pusieron de acuerdo fue en decir que estaban de acuerdo. Funcionó. Establecieron una ‘conllevanza’ que duró treinta años. Hasta que, unos y otros, de un lado y de otro, entre todos la matamos y ella sola se murió.

Me consta que Pedro Sánchez quisiera ser Suárez. Se le nota mucho. Incluso, el viernes en Bruselas, tras fotografiarse, erguido, con la canciller Merkel, dijo –primera rueda de prensa con el paraguas europeo por medio— que “lo que está en la calle es lo que tiene que pasar en política”. Frase que me recordó mucho, claro, a aquella célebre del de Cebreros: “hacer políticamente normal lo que a nivel de calle es normal”.

Claro que Sánchez no es Suárez, por más que ambos apellidos tengan resonancias compatibles. Le falta aquella chulería torera del sucesor de Arias Navarro, su valor, digno de José Tomás, ante el morlaco, poder decir aquella frase que un día le escuché a aquel a quien pude llamar, casi con camaradería, “Adolfo”: “y, si me equivoco, que me manden a hacer puñetas”, dijo, antes de avanzar uno de aquellos pasos trascendentales que dieron la vuelta al Estado como un calcetín en el brevísimo plazo de once meses.

No, Sánchez no es Suárez, aunque cuánto me gustaría poder un día escribir otra cosa. Suárez, por ejemplo, logró una televisión pública independiente, casi rabiosamente independiente, y –él, que llegó a ser director general de la cosa, y sabía bien cómo se jugaba ese juego– jamás hubiese cedido esa parcela a fuerza política alguna a cambio de apoyo alguno. ¿Cómo es posible que, tras lo ocurrido hace dos años y medio, cuando Pablo Iglesias salió de ver al Rey aquel 22 de enero de 2016, exigiendo para él la vicepresidencia, RTVE, los servicios secretos, el Ministerio de…, Pedro Sánchez no haya aprendido la lección de quien, “como una sonrisa del destino”, se jactó de brindarle la presidencia? ¿Es que no sabe Sánchez que Iglesias “todo lo larga”, como me dijo un creo que ya ex cercano colaborador del presidente?

Pues eso: que las fotografías tan beneficiosas, claves en política, con Merkel, con Juncker –que le ha perdonado pretéritos desplantes–, con Tsipras, con todos, y las que se va a hacer la semana próxima con Obama, y luego con Trump, el increíble amo del Imperio, se han tambaleado ante el tremendo desliz cometido con la ‘tele’ pública. Ha quemado injustamente a varios profesionales decentes y ha dejado claro a la opinión pública y publicada –gracias a las indiscreciones del líder de Podemos–, que ofreció el control de los medios públicos a cambio del apoyo parlamentario de los ‘podemitas’. Y entonces, claro, el ropaje negro regresó a los trabajadores ante la amenaza morada.

Lástima que ocurran estas cosas, que tienen enorme impacto en la opinión pública –pero ¿quién aconseja a Sánchez en estos y otros menesteres ‘de imagen’?¿Volvemos a los ardides en comunicación, como cuando la señora aquella que se mofaba de los pensionistas?–. Porque el Gobierno, sus integrantes, es bastante bueno, pese a la improvisación con la que se formó. Y la intención que anima a Sánchez me parece que está lejos de su cerril, simplista, ‘no, no y no’ de meses pasados. Y luce bien en las revistas de tropas ante El Elíseo, que eso también cuenta en la política de un país.

Pero no es Suárez. No todavía, al menos. Tiene que entender que RTVE, el CIS, las embajadas, la Fiscalía general del Estado, no son premios a los amigos y fieles. Y ha de aprender, me parece, a templar, mandar y parar cuando conviene, como por ejemplo frente a Torra. Claro que tampoco Torra, pese a que la comparación de apellidos también da juego, es Tarradellas. Qué va; el viejo president jamás hubiese caído en provocación alguna al Estado, que ya sabía, y no hacía falta recurrir al ejemplo de Companys, sino al sentido común, que es algo que siempre sale mal.

El increíble episodio de los premios Princesa de Girona, a los que pienso que nunca debería acudido el Rey mientras no se celebrase el acto en una sede oficial, basta para descalificar a quien estaba en el control remoto del desplante. Pero Sánchez, y hace bien, prefiere no tomarse las cosas demasiado a pecho, porque creo que intuye que Torra acudirá menos gallito a La Moncloa el próximo día 9, sobre todo si se encuentra con algunas concesiones favorables por parte del Gobierno central y con un rictus de firmeza, cordial pero firmeza, en el rostro del presidente del Gobierno central.

Ya veremos si los episodios de esta semana, y otros en los que algunos de sus colaboradores quieren presentarle como a un semidios –demasiado visible ahora aquello, tan pelota, de la ‘conjunción planetaria’ de Zapatero y Obama–, no acaban pasando facturas demasiado caras. Y si Sánchez es capaz de mantenerse/mantenernos invicto(s) frete a los retos como esa selección española que queremos frente a Rusia, a pesar de todo. Rusia, donde por cierto creo que debería estar el presidente del Gobierno este domingo, animando a esa selección nacional. Y no, tampoco. Quizá demasiado ocupado repartiendo, por lo visto, prebendas, parece que, al contrario que Rajoy, le queda poco tiempo para ver futbol.

fjauregui@educa2020.es

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Casado tiene que ganar; si pierde, pierden y perdemos

Enviado por Fernando Jáuregui | 29/06/18

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(Llevo muchos años siguiendo la actualidad de la derecha; si Fraga levantara la cabeza…)
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Me afean algunas personas en Twitter que, en un programa televisivo, yo haya pronunciado estas palabras: “es urgente que elijan a Pablo Casado en las primarias del PP”. Un interlocutor en las redes, en tono quizá no demasiado amable, me reprocha: “si usted salta a la vista que no es del PP, ¿cómo se atreve a recomendar un candidato”. Pues eso: precisamente porque no soy del PP -ni de ningún otro partido, ojo- y soy un español más, de a pie pero con la suerte de tener esta tribuna, pero estoy convencido de la necesidad de que esta formación, abandonada un poco a su suerte por Mariano Rajoy, debe pervivir y ser una opción de gobierno. Quizá no -por ahora- ‘mi’ opción de gobierno, pero sí la de otros muchos, que recelan de las voces que les reclaman para apoyar ‘una opción verdaderamente de derecha’ o ‘una solución verdaderamente de centro’.
De acuerdo: el PP parece que ha hecho no pocas trampas en cuanto a su financiación e incluso ha hinchado’ hasta lo inconcebible el censo de militantes, como ahora ha quedado al descubierto. Un desastre organizativo, por decir lo menos, que debería vetar para comparecer en las elecciones primarias a la presidencia del partido a quien, hasta ahora, ha mantenido la secretaría general del partido, desde la que, teóricamente, se controla el aparato, las finanzas… Y… hasta el sistema electoral de cara al inminente congreso extraordinario, del que saldrá el sucesor de Fraga, de Aznar, de Rajoy; el líder conservador que habrá de decidir si el Gobierno futuro de España es una coalición de centro-derecha o de centro-izquierda. Nada menos: que eso se juega en el congreso extraordinario de los próximos días 20 y 21 de julio.
A mí, por lo que expongo, y por otros motivos que prefiero no exponer, me parece que doña Dolores de Cospedal, mujer inteligentísima y de carácter, no puede, simplemente, no puede -no podría, no debería- presentarse a estas elecciones internas, de las que antes, cuando las practicaban los socialistas, tanto abominó. Ni tampoco estoy seguro, aunque admito que puedan albergarse dudas, de que la ex vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría debiese mantener su candidatura: demasiada pelea interna, y no poco pasado, como para pretender que ella supone la renovación.
Nos queda, así, Pablo Casado, uno de los cuatro vicesecretarios de un partido que ha de refundarse. Y sí, digo refundarse, como Aznar refundó la Alianza Popular de Fraga en 1990. Se me antoja que el aún joven diputado por Ávila es quien mejor podrá representar no sé si la total regeneración de un partido que tiene en su haber páginas gloriosas, porque tiene mucho también que hacerse perdonar, pero que igualmente ha de reflexionar no poco sobre sus errores.
Pero Casado es el único que encarna una cierta novedad; creo que los aspirantes con escasas posibilidades deberían allanarse en su favor. Y que algunos de los ‘veteranos’ más prestigiosos, desde Jesús Posada hasta Romay Beccaria, desde el alcalde de Málaga hasta los presidentes del Congreso y del Senado, así como algunos buenos ex ministros, habrían de reflexionar si el actual sistema de ‘pelea de influencias’, por el que unos apoyan a quien quizá mañana les garantice un futuro al sol, es el más adecuado para la supervivencia de un partido amenazado a derecha, izquierda y centro. Amenazado, sobre todo, por sí mismo.
No, no soy militante ni, casi nunca, votante del PP; por eso mismo me preocupa la pervivencia del PP. Olvidemos rencillas y ambiciones: esta es una opción necesaria en unos momentos clave de la vida política nacional. El tema tiene mucha más trascendencia de lo que parece.

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Pedro Sánchez, mediador irremediable

Enviado por Fernando Jáuregui | 23/06/18

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(Sánchez sí habló con Torra; el Rey no))
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Si una imagen vale más que mil palabras, convengamos en que el discurso de la semana fue la fotografía de Pedro Sánchez, entre el Rey y Quim Torra, conversando más o menos animadamente con este último, mientras el jefe del Estado, algo hierático, permanecía como ausente –y tan presente– en la inauguración de los Juegos del Mediterráneo en Tarragona. El cronista daría un dedo –meñique, claro– por saber qué se dijeron el presidente del Gobierno central y el president de la Generalitat de Catalunya en esa charla ‘informal’ que antecede a la más formal que mantendrán en La Moncloa el próximo 9 de julio. Solo sabe el cronista que Don Felipe y Torra se dieron una mano fría, con sonrisa más que forzada, mientras el monarca recibía un libro ofensivo para las instituciones del Estado. Y que algunos medios, este sábado, titulaban que “el Gobierno mira hacia otro lado” ante los agravios variados de Torra y camarilla al Rey, manteniendo la ‘cumbre’ del 9-j.

“Debemos tender la mano”, dijo la portavoz del Gobierno de Sánchez al hablar de ese futuro encuentro. Y el cronista debe confesar que, aunque a muchos no les gusten los gestos de distensión tras las groserías de Torra, esta vez está bastante de acuerdo con el Ejecutivo de Sánchez: ¿a qué prolongar la política de hostilidades de la etapa Rajoy, que tan malos resultados ha venido dando? Nunca como ahora fue tan perjudicial la voz de los ‘halcones’, como dijo Clinton cuando aquella famosa foto de la paz en Oriente Medio, ahora se cumplen dieciocho años, en la que el presidente norteamericano abrazaba en Camp David, juntos, al israelí Ehud Barak y al palestino Arafat. Aquello derivó en lo que derivó, pero se abrieron al menos esperanzas de diálogo.

Pues ahora, salvando, claro, todas las distancias, lo mismo. Sánchez, ante el mayor ataque que ha recibido la Monarquía desde que se restauró en 1977, tiene la oportunidad de convertirse en mediador, para salvar a la Corona de estos embates y para salvar a la Generalitat del ridículo que está haciendo, que es lo que impulsa al molt honorable y a su mentor en Alemania a hacer cada vez un más profundo ridículo, y perdón por la insistencia en una palabra que me parece clave. Ya lo dijo Tarradellas –entre otros– al sellar aquel acuerdo de conllevanza con Adolfo Suárez en 1977: “en política todo se permite, menos hacer el ridículo”.

Pues que se lo apliquen el manipulador de los hilos y la marioneta: así, en plan frentista, no van a salir del atolladero ni van a progresar un milímetro: es más, cada día se mostrarán menos gallitos, valga esta expresión. Y es que hay que pensar en los pasos que se dan antes de darlos: enviar una carta al Rey para negociar con él la independencia es una solemne majadería, con perdón. Vacilar sobre si asistir o no al palco de autoridades en la inauguración, en suelo catalán, de los Juegos del Mediterráneo, para acabar asistiendo junto al Rey y que, encima, se te escape un conato de aplauso ante el himno nacional, es una muestra más, por si preciso fuere, de que el molt honorable Torra no es precisamente el ilustre exiliado en Saint-Martin-le-Beau. De Torra a Tarradellas va algo más que unas cuantas letras en el apellido.

En fin, que, volviendo por donde solíamos, a Sánchez puede que le quepa el insigne honor de ser el GM (Gran Mediador) en cuestiones que hasta afecten a la gran espina de la inmigración a Europa. No sé si tendrá capacidad de amainar tensiones entre Macron, al que visita en horas, Merkel, a la que apenas conoce aún y los irredentos italianos de Salvini, en adelante Salvajini, o los húngaros, los polacos, los austriacos… Esta va a ser la gran semana en la que Pedro Sánchez, que al menos hasta ahora no nos ha mostrado talla de estadista alguna, muestre que sí la tiene y que, en efecto, el maillot amarillo da alas a quien, aunque sea por casualidad, lo lleva y, aunque sea hasta 2020, quiere mantenerlo.

Sí, el mes de julio va a crucial para Pedro Sánchez, que encima se beneficia –es un tipo, ya digo, con suerte, sin duda– del enorme follón que se está montando en el hasta ahora partido hegemónico en España; si hasta van a tener que acabar llamándole a él, permítaseme el sarcasmo, para hacer de árbitro en la pugna feroz entre las dos reinas de damas.
Y se beneficia, asimismo, del patente desconcierto (coyuntural) en Ciudadanos y de la humildad (por supuesto no menos coyuntural) que los golpes del destino y de su propia soberbia han impuesto a la actitud de Pablo Iglesias, cuyo nivel de exigencias altisonantes se ha rebajado en más de un ochenta por ciento en estos dos últimos años. Así se las ponían a Fernando VII, Pedro,así que procura no fallarnos… más.

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