Todo es provisional en esta España, comenzando por Cataluña

Enviado por Fernando Jáuregui | 20/05/18


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(El poder es provisional, el ladrillo y la piscina permanecen. Bueno, no es exactamente lo que decía Heráclito de Efeso, pero casi)

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“Nada hay más permanente que lo provisional”, dice un proverbio atribuible a quién sabe quién. El caso es que Quim Torra, al proponer a encarcelados y huidos como nuevos/viejos ‘consellers’ en su ¿próximo? Govern, se coloca en la vieja provisionalidad que está vigente en Cataluña al menos desde que Puigdemont, elegido ‘digitalmente’ como president de la Generalitat, tomase posesión hace dos años y medio. Así que Torra, que sabe que el Gobierno central no puede asumir un Ejecutivo en Cataluña en el que se integren presos y fugados, está probablemente prolongando la interinidad catalana. Y ahondando, de paso, en la pelea interna entre las fuerzas secesionistas. ¿Hasta cuándo?

Y temo que Cataluña no está sola en el carácter permanente-transitorio que devasta la moral política del país entero.
Porque este es un país inmerso en la provisionalidad. Todos piensan ya, a un año vista, en las elecciones municipales y autonómicas, a ver qué sale de ellas y cómo se consolidan alianzas que permitan atisbar si, en el futuro (¿otoño 2019, primavera 2020?), España será un país gobernado por una coalición de centro-derecha o por una de centro-izquierda.

O sea, que la provisionalidad no concluirá hasta entonces, y ya veremos si incluso entonces este país nuestro se puede considerar lo bastante consolidado como para empezar las grandes transformaciones legales, morales y sociales, que necesitamos. Y, mientras, ya digo: el pasmo ante el futuro es la tónica en una Cataluña en la que nadie sabe si se mantendrá el tentetieso del 155, ni si habrá finalmente un Govern, por muy loco que tal Govern nos esté saliendo, de la mano del Fugado en Berlín y del viajero a Estremera. Todo queda a la improvisación.

Pero insisto: Cataluña no es lo único que nos queda pendiente de arreglo de cañerías. Porque hasta en Madrid, donde han pasado tantas cosas hasta que el anodino Angel Garrido llegó a la presidencia de la Comunidad sustituyendo a Cristina Cifuentes, se respiran aires de transitoriedad: este lunes, Garrido anunciará un Gobierno regional no precisamente de encarcelados y fugados (que también en Madrid los tenemos, aunque por otros motivos), sino de sólidos anclados en poltronas casi anónimas. Estarán los ‘nuevos’ inanes a la espera de que las elecciones autonómicas del año próximo consoliden un poco el muy inestable panorama político de esta Comunidad. Que es la primera en importancia y poder en España, seguida precisamente de Cataluña y teniendo en tercer lugar a Andalucía, donde, por cierto, nadie, quizá ni Susana Díaz, sabe a estas alturas cuándo y cuánto se anticiparán las elecciones autonómicas: ¿octubre próximo, noviembre quizá?

Claro, la gran provisionalidad se centra en el propio Mariano Rajoy, quien, según corren las apuestas, habría decidido ya no ser el cabeza de cartel de la próxima candidatura del PP. Vaya usted a saber si, en efecto, lo tiene pensado y, por supuesto, no lo dice, o si piensa (y tampoco dice, que bueno es él) todo lo contrario; todas las especulaciones caben, cuando de Rajoy se trata, en el seno del PP. Y en el seno del PSOE y de Ciudadanos, donde creen, tras todo el zarandeo pasado, que sus respectivos dirigentes ya están consolidados y listos para la carrera del futuro. Y, así, permiten que Mariano, que es lo fugaz tras 42 años en el coche oficial, siga ejerciendo de estatua unos meses más: que se desgaste él arreglando, o tratando de no desarreglar demasiado, lo que, como Cataluña, tiene tan difícil arreglo.

Dejo, como siempre, para el último lugar a la que es cuarta fuerza política nacional, ese Podemos que se prepara para votar si el tándem presidencial Iglesias-Montero debe o no seguir mandando en la formación morada tras el ‘affaire’ del chalet. Que es, el chalet digo, lo permanente, mientras que el poder político es, a más o menos corto plazo, lo provisional: el ladrillo, la piedra y la piscina quedan, el escaño es volandero. Sic transit gloria mundi, acuérdate de que eres mortal y todas esas cosas con las que los humanos justificamos que estamos de paso y, al final, como sin peso. Por ahora, parece que las cañerías del chalet más famoso de España tras el de Bertín Osborne no precisan de mayores arreglos. De momento, claro.

fjauregui@educa2020.es

Los paisajes para una decadencia de España

Enviado por Fernando Jáuregui | 19/05/18

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(El Estado oficial, atenazado y amenazado, quizá como nunca. Y no se atisban soluciones desde el Estado))
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El relato político de la semana en España tiene unas localizaciones geográficas más bien extrañas y desalentadoras: el palacio concurrido –y tan desierto—de La Moncloa, donde Torra busca “diálogo sin condiciones” con un Rajoy como ausente; el despacho –vacío; dicen que ‘en obras’—de Puigdemont en la plaza de Sant Jaume…y, claro, ese chalet en Galapagar que ha acaparado, porque la cosa tiene morbo, los titulares de todos los medios en los últimos días. Podríamos añadir la prisión de Estremera a esta lista paisajística deprimente. O un aula poco poblada en algún recinto universitario madrileño perdido. Y en estos paisajes se nos ha ido, una semana clave más, la polémica. ¿Quién diría que el nuestro, tan festivo, es un país con problemas?

No: los problemas discurren, y vaya si discurren, por cauces subterráneos. El desgaste inmenso de nuestros partidos políticos, de nuestros sindicatos, de nuestras instituciones; todo lo que habría que cambiar, corregir, y nada se hace; los desafíos tremendos al funcionamiento del Estado, y no me refiero solamente a los desplantes algo chulescos de Quim Torra, a quien da cuerda, desde Berlín, el Fugado.

Así, esta pasada semana intuimos, tras el encuentro en Moncloa de Albert Rivera con Rajoy, un desacuerdo profundo entre ambos, en especial acerca de cómo tratar el problema catalán, con más, menos o nada de artículo 155: es un desacuerdo peligroso cuando desde algunas instancias se piensa –como sí hacen Rajoy, Sánchez y Rivera– no en las próximas elecciones, sino en cómo desmantelar, con alguna ayuda externa que ni siquiera se denuncia, la nación.

Y es que han, quizá hemos, renunciado a pensar en el futuro para aferrarnos al presente. Quizá por ello hay como un acuerdo tácito para mantener, hasta que unas elecciones lo remedien, a Mariano Rajoy llevando –¿llevando?—el timón del Estado, paradójicamente en medio del secarral. Rajoy es, al menos, como decía acertadamente el columnista José Antonio Zarzalejos, ‘el statu quo’ o, diría yo, el mal menor, Guatemala rodeado por Guatepeor.

Si Rajoy dejó en manos del brazo secular togado y con puñetas lo que debería haber sido encomendado a la política, parece que ahora las propias otras fuerzas políticas, desde el PSOE hasta Nueva Canarias, pasando por el PNV y Ciudadanos –de Podemos ni hablamos, por lo que luego digo–, han decidido abandonar en manos de Rajoy la resolución, o no, de las grandes cuitas que el Estado tiene. A ver cómo resuelve el presidente del Gobierno central la visitas de Torra a los presos, que, encima, algunos están en las quinielas de ‘consellerables’ para mayor lío, que es lo que desde la Generalitat se trata de sembrar: más lío en ese país llamado España. Y hala, que Rajoy se vaya desgastando. Que, si puede, lo resuelva. Como todo lo demás que está en ‘stand by’.

Claro, todos saben que Rajoy, más allá de sacar adelante los Presupuestos para este año que ya está mediado, más allá de tratar de contener el follón interno que se atisba en el propio partido gobernante –y no es el lamentable asedio a Pablo Casado el único episodio alarmante–, va a hacer poco por la nueva España que se hace inevitable. Lo suyo no son los cambios precisamente. El PP está como en arenas movedizas, el PSOE solo mira con catalejo hacia La Moncloa, y me temo que Ciudadanos, que va a ensayar nuevas formas partidarias, más parecidas al movimiento de Macron, también anda en lo mismo, aunque con mayores hipótesis de éxito.

En cuanto a la cuarta fuerza constitucionalista en presencia, Podemos, ya hemos visto que Pablo Iglesias se ha ahogado, creo que de manera irreversible, en su nueva y de momento no estrenada piscina. El mundillo digital, con esos ‘memes’ que destrozan a cualquiera en el que hagan presa, está acabando con quien tanto utilizó las redes para crecer y para avivar su demagogia. Podemos es una idea necesaria, pero hay que refundarla. Y, mientras eso no se lleve a cabo, olvidemos a la formación morada a la hora de crear Estado.

Y entonces, con este panorama, llega Torra, el gran dinamitero, ofreciendo diálogo “sin condiciones ni término” a Rajoy. No sé si espera, o si tendrá, respuesta; algún día tendrán que encontrarse Rajoy y él, y no en terreno neutral, porque eso no procedería. Pero sí sé que el nuevo molt honorable presidente de la Generalitat, maaaadre mía, va a, utilizando el término coloquial, ‘empreñar’ no poco a todo el que pueda. Y que, por ahora, lamentablemente, los titulares ‘políticos’ se los está llevando él, que es como un macaco con una caja de bombas, y no el silente/ausente, ni los trepadores, ni los nadadores en charcas, que parece que andan, o chapotean, en otras cosas.

fjauregui@educa2020.es

Pablo se ahoga en su piscina

Enviado por Fernando Jáuregui | 18/05/18

(El gran dibujante Tomás Serrano nos deja esta enorme reflexión en El Español: “la casa de nuestros sueños…gracias a los de nuestros votantes”))
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Me parece excesivo el protagonismo del ‘chalé de los Iglesias’, de Pablo e Irene. Me alegra por ellos esa prosperidad económica que exhiben. Quizá ahora entiendan que vivir en un chalé, en el campo, no es necesariamente malo, como antes Pablo decía. A mí me parece un síntoma de, digamos, aburguesamiento de quien tanto presumía de combatir los fastos y abrigos de pieles. Porque Iglesias era un demagogo, excepcionalmente dotado para la propaganda y también para la política con minúscula; aprovechó bien una coyuntura en la que los españoles estaban -y están- hartos de un bipartidismo que ha abusado a fondo de la ciudadanía, y no hay más que ver lo que ha sido el pasado en las comunidades de Madrid, Valencia o, en otro orden de cosas, Andalucía. Estaban muchos hartos y cinco millones miraron esperanzados hacia esa extraña formación emergente, capitaneada por un señor con llamativa coleta, que gritaba lo que gritaba sobre los de la transición y los de los chalés unifamiliares.
Luego vinieron los líos de pareja-parlamentaria. Y otras muchas cosas. El chalé solo muestra que Pablo ha completado su transformación: ahora es uno de ellos, quiero decir, de nosotros. Ya no podrá seguir vociferando contra mucho de aquello contra lo que desde sus asambleas de Facultad ha vociferado. Tenga cautela el señor Iglesias, que España es país envidioso, cualidad que no se excluye en las filas moradas, y esa dacha ha de pasarle factura. O se marcha de la dirección de Podemos, que es una formación necesaria, pero ahora con el alma partida en dos, o… refunda Podemos.
Que es lo que yo creo que debe hacer. Dejar paso a un protagonismo de gentes como Iñigo Errejón. O Carolina Bescansa. O José Manuel López, el expulsado por alguien políticamente poco presentable, como Ramón Espinar.
Y, sobre todo, tiene que aclararse ante los grandes problemas del país. Cataluña, que es el más inmediato, por ejemplo. Me importa una higa si se compra un chalé ‘de lujo’ -como dicen aviesamente, y exageradamente sin duda, las crónicas–, pero me gustaría verle en La Moncloa, con Rajoy, con Sánchez, con Rivera, que ignoro si tienen algún chalé oculto en su armario, hablando de cómo hacer frente a ese desafío surrealista que representa el tándem Puigdemont-Torra. Hace tiempo que no oigo a Iglesias, ni a su pareja parlamentaria, ni a ninguno de sus centuriones, hablar de lo que ocurre en Cataluña, ni criticar al flamante president de la Generalitat, ni extenderse acerca del 155 sí o no, ni sobre Llarena, tan polémico.
¿De qué diablos me sirve a mí un líder político que no aporta oxígeno ideológico a las grandes cuestiones -por ejemplo, la desigualdad- que tiene planteadas el país y que ha de gastar su tiempo en defenderse, de manera algo absurda, por haber comprado un chalé, o chalet, como usted prefiera?. De nada. El emergente anda sumergido. O se va, o refunda Podemos, ya digo. Y pido perdón por haberme metido, aun creyendo que es tema secundario, en la gran polémica del día. Puede que tan anecdótica no sea la cosa, en el fondo.

El problema está en Madrid, no en BaRCELONA

Enviado por Fernando Jáuregui | 16/05/18

Siento no poder compartir el entusiasmo de algunos colegas tras el encuentro entre Mariano Rajoy y Pedro Sánchez, previo al que este jueves realizarán el propio Rajoy y Albert Rivera, todo ello para fijar los porcentajes de prolongación y, en su caso, endurecimiento, de la aplicación del artículo 155 en la Cataluña cada vez más levantisca. La ‘cumbre’ concluyó con un comunicado bastante genérico, en el que apenas se anunciaba que seguirá el control de Hacienda sobre la Generalitat –decisión anterior al ‘imperio del 155´–: Rajoy ni siquiera apareció y sí lo hizo, en cambio, el secretario general del PSOE, pero desde la sede de Ferraz, no en La Moncloa y conjuntamente, como hubieran exigido los cánones de una buena comunicación e imagen.

Sigo pensando que la solución para lo que ocurre en Cataluña, que cada día es más grave, está no en las togas, sino en la política. Y sobre todo en la política hecha desde Madrid, no la que se perpetra entre Barcelona y Berlín por parte de unos secesionistas que cada día están más irrecuperablemente desnortados, instalados apenas en la ‘vendetta’ y en dar patadas en quién sabe dónde a Mariano Rajoy.

Sería ilusorio pensar que el huido Puigdemont, empeñado en desacreditar al Estado español hasta el grado de elegir ‘digitalmente’ a su sucesor, en un ejercicio plenamente antidemocrático, en la persona de alguien con antecedentes políticos y sociales cuando menos aberrantes, pueda volver grupas y replantearse sus posiciones. Tanto él como el Estado que, en defensa de su supervivencia, lo persigue, han llegado demasiado lejos. Ni el Fugado, ni el hombre a quien, increíble pero cierto, ha situado provisional y limitadamente al frente de la Generalitat catalana, darán un solo paso para mejorar ni las relaciones con el Estado –por mucha llamada que hagan al ‘diálogo’, que no es sino un modo más de exacerbar las contradicciones—ni la situación política que viven los catalanes.

Así que es la ‘hora de Madrid’. La hora en la que Rajoy, Sánchez y Rivera, que andan, los dos primeros frente al tercero, como a la greña, han de ofrecer a la ciudadanía la sensación de que hay aún soluciones, flexibilidad, capacidad de verdadero acuerdo. Los tres han de salir, cuántas veces se ha repetido, juntos a las puertas de La Moncloa con un plan, algún plan, que no consista solamente en el palo del 155 ni en las puñetas judiciales, sino en reformas, manos tendidas –haciendo, eso sí, cumplir la ley–, planes de altos vuelos.

Lo que ocurre es que Madrid se catalaniza en el plano político. Lo que está ocurriendo en el interior de los partidos en la Comunidad y en la capital es de aurora boreal: el último episodio, que afecta a una persona con tanto potencial político como Pablo Casado, un hombre con enormes cualidades, muestra hasta qué punto hay algún ‘fuego amigo’ oculto empeñado en cercenar el futuro del PP, que, por otro lado, tantas tropelías y desmanes ha cometido en esta Comunidad. Y con Madrid, es decir, el Gobierno central y los ‘sancta sanctorum’ de los otros partidos, ensimismados en sus peleítas internas por el poder, o por lo que sea, y actuando en función de las expectativas que les otorgan las encuestas, no hay manera de centrarse en un plan para España. Para la unidad de España, para una mayor igualdad entre los españoles, ahora que las desigualdades aumentan, para una mejor democracia –porque la democracia está retrocediendo a ojos vista– en nuestro país.

De manera que el problema es, y si no que venga San Isidro y lo diga, Madrid. No esa Cataluña cuya clase política nacionalista se ha mostrado tan podrida que no parece tener regeneración posible, y parte de cuya ciudadanía ha decidido hacer bueno en carne propia el dicho de que ‘los dioses, cuando quien perder a los hombres, primero los ciegan’. Alguien tiene que empezar a salir a decir la verdad, que incluye una severa autocrítica a ambos lados del Ebro, para, a continuación, empezar a actuar más allá del comodín 155, un placebo que ya no es pan para hoy y será, sin duda, hambre para mañana.

Una mala noticia que a alguno le parecerá buena

Enviado por Fernando Jáuregui | 14/05/18

((Este blog está a punto de cumplir quince años. Mucho tiempo pero, sobre todo, muchas vicisitudes han ourido en la vida política y social nacional e internacional. Si yo hubiese escrito entonces que hoy, jornada de la investidura de alguien como Quim Torras, estaríamos como estamos, que alguien como Pablo Iglesias estaba segundo en una encuesta de El País, que Donald Trump es el tipo más poderoso del mundo, me habrían metido en un manicomio)

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Esto es lo que escrito hoy para Off the Record y para el record de mi propio blog, o sea, de este blog:

No te va a gustar

Y ¿por qué no los tres juntos? ¿Incluso los cuatro?

Fernando Jáuregui

Uno ya ni sabe si la investidura de alguien como Quim Torra es buena o mala noticia en el marco del parece que imparable proceso de alejamiento de Cataluña del resto de España. Pienso que buena no es, a tenor de lo que hemos escuchado al nuevo 131 molt honorable president de la Generalitat. Podría decir, en un rapto apresurado, que se ha cumplido la democracia; pero eso tampoco me parece demasiado cierto, viendo cómo se ha producido la designación digital y desde la distancia berlinesa del candidato a ocupar el principal despacho de la plaza de Sant Jaume (bueno, eso tampoco, que Puigdemont no quiere que nadie lo ocupe). Aquí, de primarias y de otros postulados democráticos, nada. Lo que sí sé es que ahora el Estado tiene que ofrecer un mensaje al mundo, a Europa, a España y, en concreto, a esa Cataluña que no odia tan frontalmente como el señor Torra a España y a los españoles, de que todavía hay soluciones más allá del puro palo y del brazo secular togado. Y, si tengo que decir la verdad, mi verdad, creo que no hemos empezado bien.

Porque pienso que es inadecuado que, coincidiendo con la votación de investidura de Torra, se anuncie desde La Moncloa y desde Ferraz que este martes se verán Mariano Rajoy y Pedro Sánchez. Y que el miércoles quizá el presidente del Gobierno central se vea con Rivera, el líder de Ciudadanos. Mal mensaje a la ciudadanía en general y a la catalanidad en particular. ¿Qué tiene que suceder para que al menos los tres líderes de formaciones constitucionalistas nacionales se encuentren, salgan a las puertas de La Moncloa y, conjuntamente, emitan un mensaje de que ellos, que representan el voto de muchos millones de españoles, y de catalanes, están unidos en las soluciones para evitar que el tren se siga despeñando? ¿Son apenas unas encuestas, que desatan pasiones no sé si del todo justificadas y del todo injustificables, las que impiden este mensaje al mundo, a Europa, a la ciudadanía española, de unidad frente al mayor desafío que la integridad de España haya padecido desde hace al menos ochenta y cinco años?

Crea el lector que no quisiera mostrarme demasiado severo con los comportamientos de eso que hemos dado en llamar ‘clase política’, pero me parece que lo que trasluce de las encuestas tampoco deja mucho espacio para ser benévolo: el principal partido, el gobernante, va lanzado sin frenos hacia sus propios abismos, mientras el que era el segundo, el PSOE, chapotea en una especie de nube de indiferencia, que le impide despegar pese a los errores del PP. El que era tercero, Podemos, parece que algo –algo—crece, pero en medio de la confusión. Y solamente Ciudadanos, que goza del favor de los sondeos, por ahora, se salva de la quema general. Pero debe alguien gritarle a Albert Rivera, el indiscutible e indiscutido líder de la formación naranja, que es una formación todavía casi ‘macroniana’, es decir, sin demasiada militancia ni solera, lo que a los aurigas vencedores en Roma: “recuerda, Albert, que eres mortal”.

Ignoro si son solamente suyas, de Rivera, las reticencias a juntarse con los otros dos –¿y por qué no con los otros tres, incluyendo al saltimbanqui Podemos, si se dejase?–. Me parece que tampoco Sánchez, acomplejado frente al naranja y asustado por el parece que nuevo ascenso de los morados podemitas, es demasiado partidario de ’fotos de la igualdad’. Y, para qué vamos a engañarnos,
Mariano Rajoy nunca ha sido el campeón de los grandes diálogos ni de los acuerdos trascendentales. Así que apañados vamos.

Pero el bien de eso que se llama Patria urge acuerdos en defensa de una Constitución reformada, de un Rey que sea un auténtico jefe del Estado en cuanto a sus funciones, de una unidad basada en el consenso y no apenas en la represión. Hay reformas que hacer, y hay que hacerlas con urgencia. No diré que Rajoy es el tapón de esas reformas –lo cree la mayor parte de sus electores, no obstante–, ni que a Sánchez, como piensan sus ‘barones’, le falten unas cuantas toneladas de estadista, ni que Rivera esté ensoberbecido pedaleando hacia la cumbre –que sí, que probablemente la alcanzará, pero primero hay mucho que resolver–, ni que Pablo Iglesias se agote en sus propios volatines inútiles. Solo digo lo que me parece que muchos piensan, pensamos: que esto, así, no va bien y que la vieja política no nos sirve ante los modernos problemas. Y que mucho ha de cambiar para afrontar esos retos tan inéditos en los que, pese a haberlos propiciado, nadie habíamos pensado. Y en los que, vista su inmovilidad, parece que algunos siguen sin querer pensar.

fjauregui@educa2020.es

Rajoy (creo) debe ir preparando el relevo

Enviado por Fernando Jáuregui | 06/05/18


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(las dos ‘número dos’ de Rajoy copan hoy muchas portadas por su enfrentamiento)
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Difícil es saber cómo interpretan en La Moncloa el aluvión de informaciones dominicales hablando, en portadas más o menos incendiarias, de las desavenencias entre la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría y la ministra de Defensa y secretaria general del Partido Popular, María Dolores de Cospedal. ¿Extraña coincidencia? ¿Gota que, con las escandalosas fotografías de la triste celebración del 2 de mayo en Madrid, colmó el vaso?

Haría bien en meditar el Máximo Intérprete de Todos los Acontecimientos acerca de qué es lo que ocurre en el seno del Ejecutivo, que pierde peso en las encuestas, en los medios y en la percepción lógica de las cosas para todo aquel que sepa escuchar a la calle, tarea difícil, pero posible si uno se aplica a ello. En resumen: está cada día más claro que Mariano Rajoy debe ir, ordenada y prudentemente, preparando su relevo, tanto al frente del Gobierno como del partido. Los plazos vencen: le queda ya menos de un año para poner estabilidad y concierto en lo que empieza a ser un gallinero y proponer a un sucesor/a.

Que Cospedal y SS de S se llevan a matar no es algo nuevo: todos los periodistas políticos hemos hablado de ello hasta la saciedad. ¿Por qué salen ahora, todas al mismo tiempo, las informaciones sobre los desencuentros a las portadas? El comentarista puede olfatear y luego aventar lo que cree que está pasando, que pocas veces responde a la casualidad: en la política española, llena de cenáculos y mentideros, de covachuelas intoxicadoras, tantas veces localizadas en centros de poder, lo casual empieza a ser derrotado por lo causal. Una pelea entre las dos mujeres con más poder (político, que lo económico es otra cosa) en España siempre resulta útil para distraer el escándalo hediondo de lo que ha sido la gestión ‘popular’ en Madrid (este lunes se designará, o no, al sustituto/a ‘temporal’ de Cospedal para la presidencia autonómica). O, claro, puede ser una buena maniobra de distracción ante la imposibilidad del Ejecutivo de poner coto al desmadre que los independentistas están montando en la política catalana desde Berlín, Ginebra, Bruselas y, desde luego, desde la mismísima Barcelona…

Rajoy se constituye en el sumo sacerdote, Moisés salvador de los suyos en las tormentas, hombre providencial en su calma imperturbable. Siempre le he atribuido el mérito de saber mantener las cosas en su sitio, y el demérito de, habiendo llegado a las puertas de la Tierra Prometida, no haber sabido completar las transformaciones necesarias para hacer que el desierto, el secarral político, llegase a ser un vergel. Pero el secarral, a base de becerros de oro y corruptelas varias, gracias a una indudable degradación política palpable en la ya digo que malhadada fiesta del 2 de mayo en Madrid, cada día está más seco, perdón por la redundancia. La incapacidad del Ejecutivo a la hora de enfrentarse a los problemas que surgen, su soledad parlamentaria –pese a haber conseguido sacar a flote los Presupuestos–, su enfrentamiento con el tercer poder, el Judicial, su mala (y mal intencionada) comunicación con una parte importante de la sociedad, hablan del desgaste de un Ejecutivo que ha tenido que enfrentarse a enormes pruebas, de las que, la mayor parte de las veces, ha salido airoso. Pero ya no.

Debe, pienso, comprender La Moncloa que un tiempo numantino ha de dejar paso a otro en el que el Ejecutivo ha de dejar de pensar en su salvación ante las próximas elecciones y resignarse a ser impopular para adoptar soluciones imprescindibles, que acaso no gusten a una sociedad involucionada y radicalizada en los respectivos extremos a ambos lados del Ebro. Recibir en La Moncloa a Roger Torrent, por ejemplo, puede no gustar a amplias capas del electorado, pero habría que hacerlo: ya lo hizo Juan Carlos I, hace bastantes años, con un antecesor de Torrent que era, al menos, tan independentista como este: “hablando se entiende la gente”, resumió el hoy Rey emérito aquel encuentro. Y, en otro orden de cosas, ponerse a limpiar los establos, cambiando caras, talantes y talentos, puede provocar algaradas en el bando propio, pero lo contrario puede llegar a significar la disolución de ese bando.

¿Puede Rajoy afrontar esos retos? Su trayectoria, cuarenta y dos años en el coche oficial, acredita un rumbo, positivo en general con todos los claroscuros que se quiera, que quizá ya no es el que se deba seguir; no tengo acceso a él –es el campeón de los silencios ante los medios, al menos hasta donde yo pueda saber–, pero en su entorno creen que él lo entiende, y que tiene decidido no ser el cabeza de cartel en las próximas elecciones. Veremos: no hay quien pueda presumir de conocer la parte más íntima del corazón –del cerebro ya ni hablamos—de Rajoy, así que habrá que esperar. Pero no mucho: ya digo que los plazos van venciendo. Y tempus fugit; resulta que este huido, cual Puigdemont, puede causar muchos problemas, porque dejar pasar el tiempo, señor Rajoy, me parece que ya no es la solución.

fjauregui@educa2020.es

La ‘candidata de La Moncloa’

Enviado por Fernando Jáuregui | 05/05/18


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(presentación de la encuesta empresarial en Foment del Treball)


(Presentación encuesta en la Universidad Autonoma de Barcelona)
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(Artadi ha comenzado a saber lo que son las desventajas del primer plano político)
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Cada vez que el cronista visita últimamente Barcelona, la ciudad de sus amores, va quedándose más estupefacto: los muy variopintos ciudadanos barceloneses tratan de mirar hacia otro lado, conscientes de que la vida debe seguir –y sigue—al margen de algunos descerebrados que pretenden representarlos, mientras los tales descerebrados, del signo que fueren, prolongan el juego del disparate. Así, este viernes, el cronista sufrió un nuevo ‘shock’ en su carrera de ‘mirón’ de la política cuando oyó a un interlocutor, obviamente independentista, calificar a Elsa Artadi como “la candidata de La Moncloa”. Y, aparentemente, no es él el único que hace correr tal apodo: percibí un esfuerzo, quizá la penúltima pirueta, por desacreditar a la mujer, envuelta en misterios y leyendas, que apenas hace una semana parecía una solución aceptada por los partidos secesionistas –CUP, claro, excluida—para formar un Govern ‘provisional’ y desbloquear una situación asfixiante, evitando la repetición de las elecciones.

Pero resulta que una parte de los ya muy divididos independentistas catalanes ven ahora muy atractiva esa repetición, a la vista de los variados sondeos que pronostican que unas nuevas elecciones ‘autonómicas’ –plebiscitarias más bien, diría yo—darían un triunfo muy sonoro al fugado Carles Puigdemont, en detrimento de Esquerra Republicana, que no ha conseguido hacer del encarcelado Oriol Junqueras el ‘Nelson Mandela a la catalana’ apetecido. Y en JxCat, la última deriva de la ya olvidada Convergencia Democrática de Catalunya, siguen alentando la idea imposible de que Puigdemont, que pretende reinar desde la distancia en el Palau de la Generalitat, incluso vetando el acceso a determinados salones y despachos, pueda presentarse telemáticamente a una investidura, aunque sabiendo que eso no será. Y que, por tanto, habría que ir nuevamente a las urnas. Yes que el Tribunal Constitucional y el Estado, por mucho que se les quiera despreciar desde el secesionismo, siguen existiendo; incluso sigue existiendo, por muy debilitado y como ausente que esté, el Gobierno central.

Y, ahora que hablamos de ello, la posibilidad que más inquieta en La Moncloa, es, precisamente, la repetición de las elecciones. Prefieren casi abiertamente –casi—la hipótesis Artadi, una persona que tal vez –tal vez—estuviese abierta a un cierto –cierto—diálogo, y que, además, está al menos limpia de acusaciones judiciales por el momento –por el momento–. Y es que en La Moncloa saben que unos nuevos comicios agrandarían la distancia entre el bloque independentista y los constitucionalistas y que, para colmo, el PP prácticamente desaparecería en este último, arrasado por el Ciudadanos de Inés Arrimadas, que también, por cierto, ha tenido su cuota de desgaste en estos cinco meses.

De ahí que, desde la perfidia que caracteriza los pútridos cenáculos y mentideros políticos catalanes, en especial desde ambientes republicanos, se haya empezado a hacer correr, entre otras especies, eso de que Elsa Artadi es la candidata de La Moncloa. Quizá esa haya sido la verdadera razón por la que ella, que sin duda es persona con olfato político, ha hecho saber que, con proximidad o no a Puigdemont, no tiene ahora la más mínima intención, visto el panorama, de ser la candidata en la próxima sesión de investidura, si es que la hay.

Veremos, claro, si mantiene o no esa negativa: la vida política catalana da muchas vueltas, a veces en un mismo día. O si surgen más nombres –ya van por la docena—de posibles candidatos a presidir una Generalitat que, en estos momentos, está en manos de alguien que no la ha pisado en años, como Mariano Rajoy. El último nombre que circula es el del más que discreto diputado Antoni Morral, que aceptaría tener su cuarto de hora, casi literal, de protagonismo, evitando unas elecciones que, desde luego, a Esquerra Republicana de Catalunya para nada convienen.

Así ha visto este cronista el panorama en su corto, pero sin duda intenso, periplo en los últimos días a la capital catalana para atender ocupaciones profesionales. El cronista se ha reunido con gentes académicamente relevantes, que prefieren preguntarle por Cristina Cifuentes y sus ‘selfies’ desde Salzburgo que seguir dando vueltas a la interminable noria de la especulación sobre el ‘y ahora qué’ en Cataluña. Y se encontró también con personas de gran significación en la economía catalana que se encogían de hombros cuando les preguntó qué pensaban ellos que ocurrirá a continuación tras la ‘cumbre sabática’ de Berlín.

Y habló el cronista con algunos colegas periodistas, con comerciantes, con taxistas, con quien pudo, y se encontró con un mortal aburrimiento: “que hagan lo que les dé la gana, podemos vivir sin ellos y también sin el 155 de Rajoy, y sin Madrid: a quién le importan ya los políticos”, comenta un amigo, harto, dueño de un hotel barcelonés que se está resintiendo, aunque no demasiado, con la situación. Incluso habló el cronista con algunos niños, alumnos de un colegio privado, que vociferaban –en español—en el tren de Bellaterra a la Plaza de Catalunya. Pero ellos estaban, desde luego, ajenos a lo que hacen sus mayores.

Es , creo, lo peor que les puede pasar a quienes pretenden representar a ‘su’ sociedad, a ‘su’ pueblo: que les reciban con la más absoluta indiferencia, más allá de aquellos que siempre están dispuestos a aplaudirlo o a abuchearlo todo. O, peor, que los tomen a chacota, mientras la vida civil sigue su curso. Y La Moncloa, que ni tiene candidatos, ni candidatas, ni plan de acción, como si no ocurriera nada. Y es eso, nada, lo que está ocurriendo. Lo cual puede ser, espero equivocarme, el anuncio de inevitables acontecimientos más negativos aún si cabe. Pobre Cataluña, piensas, mientras regresas en un AVE abarrotado.

Algunos recuerdos especialmente dolorosos ante los ‘fastos’ de ETA

Enviado por Fernando Jáuregui | 03/05/18

Dos horas leyendo la lista de la pesadilla

Fernando Jáuregui

La verdad, pensaba no escribir esta víspera del acto de la ‘desaparición oficial’ de ETA en Cambo-les-Bains, sobre este tema: la indignación tras la lectura ayer del ‘comunicado’ de disolución, en el que la banda pretende haber hecho algo ¡positivo! por Euskadi, me llevó inicialmente a despreciar este acontecimiento, en el que los asesinos de ayer, y desde hace exactamente cincuenta años, pretenden convertir su rendición, sus hechos abominables y su fracaso en páginas gloriosas de la Historia. Luego, dediqué dos horas a leer la lista casi completa de las víctimas desde junio de 1968, cuando tirotearon al guardia civil José Paradinas: ni siquiera hay acuerdo completo sobre el número de asesinados, ya que unos hablan de 853, otros de 829, algunos de 823…

Demasiados nombres que enmarcan a personas de carne y hueso, demasiadas tragedias, un enorme lago de sangre, en todo caso. Entonces, al terminar de leer la lista, con una lágrima asomando por los ojos, decidí que sí, que sí iba a escribir sobre ellos. Sobre las víctimas, digo, claro está, no sobre los verdugos, a los que solamente deseo que sigan cociéndose en su miseria y, cuando toca, en las cárceles. Y en el más despectivo de los olvidos.

Para mí, la larga lista de ochocientos y tantos hombres, mujeres –¡y niños!—asesinados por la banda del horror tiene un idéntico valor en todos y cada uno de los casos: hay policías y guardias civiles, alcaldes, concejales, políticos, militares, gentes que pasaban por ahí, yo qué sé. Han matado a personas que llevaban mi mismo apellido, bastante común en el País Vasco, y a metros de la casa de mis abuelos en Amorebieta. Mataron, hace cuarenta años, a mi compañero periodista José María Portell. A algunos de los asesinados los conocí personalmente: Gregorio Ordóñez, o mi amigo Juan de Dios Doval de Mateo, tiroteado por un asesino por el delito de ser el delegado de Unión de Centro Democrático en San Sebastián. Lo mataron en octubre de 1980 y quince años después, cuando realicé un programa de televisión el día en el que mataron a Ordóñez, casi me desmayo cuando el hijo de Doval dijo ante las cámaras que hacía tiempo que veía pasear, ya en libertad, al verdugo de su padre.

Cómo olvidar todo esto. Cierto, he sentido la conmoción ante cada noticia, que iba rememorando, de asesinato, de secuestro, de heridos, de desaparecidos. Ochocientos y tantos. Pero cómo olvidar momentos especialmente angustiosos. Como aquel programa de radio, en el que yo participaba, en el que entrevistamos al recién elegido concejal de Rentería Manuel Zamarreño, que sustituía a su compañero y amigo José Luis Caso, que acababa de morir a manos de ETA: “sé que a mí también me van a matar”, nos dijo, como si tal cosa, el flamante edil, “pero me sentía obligado a sustituir a José Luis en el cargo”, concluyó Zamarreño, un hombre humilde, sincero y, claro, valiente. Los asesinos le dejaron vivir apenas 32 días más. De esto se cumplen veinte años el próximo mes de junio. Quizá su caso, u otros tantos, sirvió de inspiración a la gran novela de Fernando Aramburu ‘Patria’.

También he vuelto a sentir hervir mi sangre al evocar aquella llamada de Fernando Buesa, invitándome a colocar una placa en la casa donde vivió, en Vitoria, el socialista Antonio Amat, sobre quien había yo escrito una novela. La llamada se produjo a mediados de febrero de 2000. ETA lo mató, junto a su escolta, una semana después. Los vecinos de la casa de Amat, atemorizados, se negaron inicialmente a colocar la placa, que ya quería ser también un homenaje al vicelehendakari asesinado. Porque eso, el miedo de tantos, el mío propio, ha sido el único logro de quienes querían sembrar el terror.

Sin duda, la historia de ETA hay que escribirla algún día no a través de los que fueron sus desalmados dirigentes, sino a través de sus víctimas, persona a persona, caso por caso. Jamás olvidaré tampoco aquella mañana de febrero de 1996 en la que habíamos acudido a hacer nuestro programa de radio en San Sebastián y, en una comandancia de la Ertzaintza, nos comunicaron que acababa de producirse el asesinato de Fernando Múgica, hermano de mi gran amigo Enrique. Fue un día tristísimo, de vendaval y tempestades.

No habría aquí, desde luego, espacio para tantas historias de héroes. Pero hoy, cuando ETA trata de glorificar su desaparición, no he podido evitar dedicar dos horas, nada más y nada menos que dos horas –merecen, claro, mucho más–, a este particular homenaje a nuestros caídos. Hipercor, el cuartel de Zaragoza, las imágenes horribles de los muertos –menos mal que pronto dejamos todos de publicarlas–, me han golpeado mucho más de lo que esperaba. Ellos, sus familias, sus cercanos, sí que han sufrido de verdad, mucho más que aquellos que experimentamos en algún momento el sobresalto tras el anuncio de alguien de Interior, que nos decía que estábamos siendo seguidos por los fanáticos.

No, hoy no es el día de andarse con victimismos ni relatos personales, ni de preguntarse por las muchas incógnitas que, incluyendo el paradero de Josu Ternera y su participación en aquellas negociaciones ‘de paz’, siembran de restos de misterio el largo, excesivamente largo, proceso que nos ha traído hasta aquí. Pido que esa gloriosa lista, dos horas para leerla completa, figure para siempre en algunas paredes prestigiosas. Y, desde luego, en nuestros corazones y en nuestros cerebros. Nunca más otro nombre ha de añadirse a la lista del horror.

fjauregui@educa2020.es

Descripción de una triste realidad

Enviado por Fernando Jáuregui | 02/05/18

Esto ha sido la Comunidad de Madrid en los últimos quince años. Cierto, se han hecho cosas buenas en Sanidad, en educación, en Economía. Pero todo eso desaparece del recuento cuando, por el otro lado, se nos ha estafado tanto a los ciudadanos. Terrible balance el de quince años de PP en la Comunidad de Madrid. Alguien, en el partido gobernante, tendría que decir algo, hacer algo, gritar algo…

El paripé

Enviado por Fernando Jáuregui | 02/05/18


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¿Merecían hechos tan gloriosos celebración tan cutre como la de hoy?
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Dicen los especialistas en estas cosas que las operaciones de comunicación, para ser eficaces, jamás deben notarse. “Si se ven las costuras, todo parece un paripé y tiene efectos negativos”, dice un amigo, presidente de una importante agencia de imagen. Eso es lo que me pareció esta vez la fiesta del 2 de Mayo, que en la Comunidad de Madrid conmemora aquella gesta antinapoleónica de 1808, hace doscientos diez años exactamente.

Con Soraya Sáenz de Santamaría intentado escenificar, sin lograrlo, la ceremonia de la reconciliación, o de la ‘conllevanza pacífica’ con la ministra de Defensa, Dolores de Cospedal, que apareció inesperadamente en el desfile; con el presidente en funciones de la Comunidad, Angel Garrido, valladar situado entre las dos ‘miembras’ Del Gobierno central, tratando de obviar cualquier cita, en su gélido discurso oficial, a su antecesora, Cristina Cifuentes; con los escasos altos representantes del PP tratando patentemente de poner al mal tiempo buena cara –las encuestas aparecidas en los últimos días no incitan precisamente a la esperanza–…Fue, en fin, un acto demasiado protocolario, vacío, artificial, triste, y para colmo destrozado formalmente por grupos de mujeres que protestaban, incluso abucheando ruidosamente al himno nacional, contra la sentencia a los integrantes de ‘la manada’.

Un desastre, a mi modo de ver, que debería haberse obviado. Nadie se atrevió, tras el escándalo Cifuentes, a suprimir los ‘solemnes actos’, de contenido militar, de la fiesta de la Comunidad madrileña. Nadie previó, por lo visto, que los titulares de los periódicos recordarían que a la recepción de la Casa de Correos no asistiría ninguno de los anteriores presidentes de la CAM pertenecientes al PP: ni, desde luego, Cifuentes, ni Gallardón, ni –menos aún—Ignacio González, ni Esperanza Aguirre…Aquello era un recordatorio de los desmanes, durante más de quince años,de los dirigentes ‘populares’ en la Comunidad, que ha sido, me comentó un socialista, quizá olvidando algún episodio propio, “el puerto de Arrebatacapas”.

Y así va la política no solo madrileña, sino la española en general: de paripé en paripé, de sarao falso en sarao falso, para ganancia y aprovechamiento de canaperos, aplaudidores y desocupados, y para desgracia de la imagen –vuelvo a la palabra con la que comenzaba—de eso que ha dado en llamarse la clase política. Hasta la próxima, a ver si aún logramos superar el bochorno de este año, del que quien suscribe, que ha procurado asistir cada año a esta ceremonia, salió, lo confieso, literalmente harto ante tanto, he de repetirlo, paripé.

fjauregui@educa2020.es