Y ahora, señores, el aroma a elecciones

Enviado por Fernando Jáuregui | 20/01/19


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(Las imágenes épicas de Casado)
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Contemplando este domingo la vibrante intervención de Pablo Casado mientras clausuraba la convención que ha querido lanzarle al estrellato, dí en recordar otros actos políticos emotivos en aplausos y en pensar en lo que va del ayer al hoy. Quien lleva tantos años asistiendo a congresos y convenciones partidarios, mítines de todo tipo con oradores fogosos, difícilmente puede darse al entusiasmo. Porque ahora, tras las euforias, llega la hora del remanso, de hacer las cosas día a día pensando en el ciudadano y no, ay, en el partido, que fue lo más invocado en esta convención de música wagneriana y reconciliación –relativa, claro– del PP con su pasado.

Llegan las elecciones. Desde hoy mismo, puede decirse que estamos en campaña electoral. Por eso están ocurriendo algunas de las cosas que nos pasman: el súbito desembarco de Errejón de un Podemos claramente a la deriva, la toma de posiciones del ‘susanismo’ derrotado en Andalucía, pero aún no en Ferraz…y, claro, el desmarque del PP respecto de Vox; en este sentido, la Convención en Ifema fue un continuo desgajarse del abrazo pegajoso de las huestes de Santiago Abascal. Ni Rajoy, ni Aznar, ni Casado, ni ningún otro dirigente del PP, parece querer tener nada que ver con el partido que emerge por la extrema derecha.

Si usted une todos estos puntos, llegará a la conclusión de que lo que ocurre es precisamente eso. Que todos se están posicionando ante las elecciones del 26 de mayo, incorpore ese ‘superdomingo’ las elecciones al Congreso y al Senado o no, que lo más probable va a ser que no.

Y es que creo que me consta que ambos partidos mayoritarios –de momento, siguen siendo el PSOE y el PP—saben que de esta solo saldremos con una coalición, bien de centro-derecha, es decir Ciudadanos acompañando al PP, bien de centro-Izquierda, con Ciudadanos volviendo sus ojos y sus apoyos hacia el PSOE. Ni Podemos ni Vox van a contar demasiado, me parece, en futuras alianzas, aunque es posible que en alguna comunidad autónoma, en tal o cual ayuntamiento, veamos juntarse a extraños compañeros de cama.

Me parece que, en este sentido, la precampaña que se inaugura no oficial pero sí realmente creo que va a ser, al final, un intento de aproximación a quien puede llevar al Gobierno a socialistas o a ‘populares’. Es decir, Albert Rivera, que permanece algo alejado de ruidos y estridencias, aunque jugando sus cartas; tendrá que resignarse a no ser fuerza mayoritaria, pero sí decisiva a la hora de generar una mayoría. Y los otros dos partidos en liza,. Podemos y Vox, habrán de conformarse con ser fuerzas de reserva, para forzar algunos cambios legislativos, pero no para gobernar.

No sé si es exactamente esto lo que dicen los sondeos que muestran un ‘corpus’ electoral cansado, desilusionado, escéptico. Muy lejos del entusiasmo militante que contemplamos este domingo en la convención del PP. Es ahora, hoy mismo, cuando de verdad se pone en marcha el carrusel de los políticos, coincidiendo, por cierto, con otros carruseles en los que el Estado se juega mucho, como es Cataluña. Olvídense de posibles pactos y acuerdos entre los constitucionalistas: ha empezado la guerra de todos contra todos, lo cual no es bueno, pero es inevitable. Resignémonos a lo que nos viene: muchos aplausos, mucho apoyo de las aficiones y poca construcción de país. Lo que sucede, ay, es que en cada convocatoria electoral nos jugamos más.

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La tremenda responsabilidad de Pablo Casado

Enviado por Fernando Jáuregui | 19/01/19

Todos los líderes políticos españoles comparten una tremenda responsabilidad en esta hora de crisis política de la nación y de sus instituciones. Todos. Pero hoy toca hablar de Pablo Casado, el líder de la derecha –nada pasa, me parece, por etiquetar así al Partido Popular: ni es un insulto ni es indigno ser ‘de derechas’, ahora que vuelven las etiquetas rígidas–. Porque Pablo Casado, que este domingo pretendió clausurar ‘su’ Convención con un discurso centrado, alejado de los cantos de sirena de aferrarse a Vox (tiempo habrá para eso, si le conviene, como en Andalucía), puede llegar a ser, cómo no, presidente del Gobierno de España. Y tendrá que gestionar muy cuidadosamente el futuro, no su futuro político, sino el de todos los españoles, le voten o no. Tiene, para llegar a hacer el papel que nos conviene, fortalezas y flaquezas. Puede que más de lo primero.

Asistí, como el mirón que siempre me he preciado de ser, a la Convención. Buen clima, porque, como dice algún colega ingenioso, los ‘populares’ son capaces de dirimir elegantemente sus odios cainitas: ni Rajoy coincide en los pasillos con Aznar, ni Soraya Sáenz de Santamaría con María Dolores de Cospedal. Casado sabe manejar esas inquinas en un partido que hizo del cainismo una de sus señas de identidad, pero que sigue siendo, probablemente, el más disciplinado y cohesionado de España. Y con figuras alternativas de peso, como Alberto Núñez Feijoo. Y con Rajoy y Aznar diciendo, en sus discursos distintos y distantes, en el fondo lo mismo: no echarse en brazos aventureros. Otra cosa es que eso se traduzca en votos y que los planteamientos extremistas de Vox no encuentren campo abonado en una sociedad lanzada, por culpa de Cataluña y no solamente por eso, a la involución.

Tendrá que transitar Iglesias entre el afán por conservar esos votos muy ‘derechistas’ y mantener la tradición centrada que puso de manifiesto Rajoy, quizá porque el ex presidente nunca quiso ‘meterse en líos’. Lo que pasa es que ahora, en esta crisis política nacional que se prolonga demasiado, los líos están servidos y a ver cómo ignorarlos, dígame usted.

El caso es que Casado, en estos días de conmemoración de la ‘refundación’ de la Alianza Popular de Fraga para convertirse en el PP, ha unido a los guerreros del pasado en la ‘casa común’. Pero no ha sabido llevar a cabo una nueva regeneración total del partido, lo cual hubiese exigido ofrecer al ciudadano un plantel de cambios radicales, tanto internos como en el programa de propuestas al exterior. La gran debilidad del por otro lado carismático Casado es que se aferra a recetas ya superadas, en su afán por contentar a ese electorado insisto en que involucionado: más 155 –tiene razón el Gobierno: no sería constitucional aplicarlo ahora en Cataluña–, firmeza más que diálogo con los secesionistas, fin del ‘aperturismo’ con la inmigración, vuelta a viejas esencias…

Tiene el líder del PP, a quien hace años le pronostiqué, cuando apenas era nadie, un brillante futuro político, que lanzar propuestas ilusionantes. Imaginativas. No tanto para quienes de todos modos van a apoyarle diga lo que diga –me parece a mí que a Vox le va a ocurrir lo que a Podemos: un fulgor repentino y, luego, el decaimiento–, sino para todos los que, y son legión, andan desorientados en busca de la papeleta que introducir en la urna. Hasta ahí, en esta Convención, que, por lo demás y como no podría haber sido de otro modo, le ha salido bastante bien, no ha llegado.

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Terre(jón)moto

Enviado por Fernando Jáuregui | 18/01/19

Poca sorpresa me ha supuesto, en lo personal, la ruptura de Iñigo Errejón con su antiguo aliado Pablo Iglesias. Todos lo veníamos pronosticando desde hace tiempo, y en alguna ocasión he tenido la posibilidad de preguntarle a Errejón cuándo pensaba dejarse de cautelas y sigilos y romper abiertamente con el Podemos que surgió de Vislategre 2, con la pareja iglesias-Montero en el podio triunfal.

Lo importante no es qué consecuencias vaya a tener para las elecciones autonómicas y municipales en Madrid ese desmarque de Errejón con respecto a Podemos, alineándose con el caballo quizá ganador de Manuela Carmena. Lo importante, a mi juicio, es qué consecuencias va a tener ese paso de una de las personalidades más atractivas en su espectro político a la hora de la recomposición de la izquierda. Una izquierda, la española, que ya no puede seguir así.

Ya en noviembre de 2017, publiqué un libro, ‘El Desengaño’, en el que me autodefinía “yo ya no sé si soy de izquierdas o qué”, abogando por una nueva alineación de las tesis políticas progresistas en torno a figuras como –entre otros muchos, claro– Errejón, y señalando que “Iglesias y Errejón son dos polos distintos que se atrajeron en algún momento y ahora se repelen”. Quienes en enero de 2016 fueron presentados por Iglesias como los componentes más cercanos del Gobierno que él quería formar con Pedro Sánchez, es decir, Doménech, Bescansa, Errejón, Monedero, Luis Alegre, ya están, por unas u otras razones, abiertamente enfrentados con la que alguno de ellos llama ‘la pareja gobernante’ y con su ’jefe de personal’, el ‘duro’ Pablo Echenique.

Podemos se desarbola y no solamente en Madrid, Galicia, Cantabria y Cataluña. En Andalucía, la distancia entre Teresa Rodríguez y Pablo Iglesias se agranda. Y el secretario general de la formación morada, en un momento de plausible alejamiento político por motivos muy justificables de conciliación familiar, no es capaz de ofrecer una respuesta ni de afianzar su alianza con el PSOE que representa Pedro Sánchez y que cada vez se reconoce menos en el socialismo de algunos ‘barones’, comenzando por la ‘ex baronesa’ Susana Díaz. Veremos si próximamente la desde ahora ex presidenta de la Junta de Andalucía no levanta bandera contra Sánchez, a quien no ha dejado de aborrecer, por motivos no solamente personales, desde que se conocieron.

Es urgente una refundación del socialismo y, en general, de las tesis de izquierda. Porque ni este PSOE puede ser el mismo que hace treinta y siete años, con Felipe González, conquistó La Moncloa, ni este Podemos puede ser el mismo, alborotador, alegre y como de mayo del 68, que tomó el timón de los descontentos e indignados del 15-m de 2011. Y mucho menos puede representar el sentimiento de los progresistas de este país la extraña ‘coalición de hecho’ PSOE-Podemos, basada en acuerdos sin transparencia, en alianzas soterradas con los separatistas –no, Pablo Iglesias no puede negociar con Puigdemont en nombre del Ejecutivo de Sánchez– y en cesiones presupuestarias que no pasen por un Parlamento por lo demás como de vacaciones permanentes.

Hace tiempo que pienso que figuras como Errejón, José Manuel López, Carolina Bescansa, Tania Sánchez , Lorena Ruiz-Huerta, Elisenda Alemany o Xavier Doménech, por poner apenas algunos ejemplos procedentes de Podemos, deberían constituir la savia nueva que regenerase un PSOE demasiado anclado en tesis conservadoras, por un lado, y en personalismos ambiciosos disfrazados de ‘gauchisme’ por otro. Y no digo yo, fíjese, que esa alianza, en la que deberían entrar a formar parte escindidos de Izquierda Unida como el grupo Actúa de Gaspar Llamazares, no pudiese estar liderada por el propio Sánchez, al menos de manera coyuntural y siempre que el presidente ‘centre’ sus ideas, junto con otras figuras que suscitan un universal respeto, como Angel Gabilondo, un muy serio candidato a ocupar la presidencia de la Comunidad de Madrid.

Veremos qué resulta de este batiburrillo. Pero la alianza Errejón-Carmena es demasiado coyuntural, excesivamente puntual y finalista. Es preciso ampliar los conceptos de izquierda para que no le ocurra a la española lo mismo que a la francesa o la italiana, que ya hemos visto dónde han acabado. Y, viendo pelar las barbas del vecino, conviene remojar las propias, no para perderlas, sino para ponerlas a salvo. Y, si no, que miren a la convención del Partido Popular que se celebra este fin de semana en medio de un clima como de euforia por triunfos futuros de ‘la derecha’ –y, por lo demás, nada ciertos—en las urnas, y que se pongan las pilas: a este paso, la izquierda, ante las múltiples elecciones que nos vienen, está seriamente tocada.

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Sánchez tiene ante sí una crisis de Gobierno, sí. Pero ¿cuál?

Enviado por Fernando Jáuregui | 15/01/19


(Sánchez tiene que hacer más cambios en su Gobierno)
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Si es verdad –ya lo hemos repetido unas cuantas veces—que Pedro Sánchez piensa en ‘tirar’ de algunos de los actuales ministros para colocarlos como candidatos en las municipales, autonómicas o europeas, sería muy conveniente que, a la vista de cómo andan las cosas, hiciera una auténtica crisis en su Gobierno, que removiese otras fichas ya desgastadas o descolocadas. Que, en suma, hiciese una Crisis con mayúscula para afrontar los nuevos retos que plantea este año, a la vista de que cada día parece más evidente que, ocurra lo que ocurra, su intención es permanecer en La Moncloa hasta junio de 2020…por lo menos. Ya lo dijo hace unos días: “que esperen sentados (PP y Ciudadanos, se supone) porque vamos a gobernar hasta 2020”. Frase algo chulapona a la que no quisiera buscar sus connotaciones más profundas.

Pero no será, desde luego, con este mismísimo equipo, donde unos ministros están abrasados, otros simplemente algo tiznados, alguno harto, tal otro desalentado y varios, desde luego, funcionando a plena satisfacción, como llegue a las playas de la primavera de 2020, si es que, por supuesto, llega.

Desde luego que no osaré hacer mi propia quiniela de ‘salientes’ y más aún de entrantes. Solo digo que si doña Reyes Maroto va a ser candidata para Madrid, como dicen, y don José Borrell está más que harto y es ‘candidatable’ a las europeas, como aseguran, bien haría el presidente Sánchez en afrontar el trascendental juicio a los secesionistas catalanes, que amenaza con convertirse en un espectáculo circense, con otro equipo en Justicia. Y que dedicase a la ministra de Educación a ser solamente –y nada menos—eso: ministra de Educación y no, además, portavoz. Y que los perfiles de actividad de la vicepresidenta, del ministro de Fomento –que es más portavoz del partido que otra cosa– y otros varios se concretasen y se trazasen con rasgos más cuidados.

Que no digo yo, conste, que el Gobierno en conjunto no funcione. No sería justo. Ahí tenemos a la señora Batet realizando me parece que una eficaz labor negociadora en las sombras en Cataluña, para lo que valga; a la titular de Trabajo, o al de Cultura, o incluso –aunque con polémica– a la de Economía, al discretísimo de Agricultura, por poner apenas unos ejemplos, sin dar que hablar de otra cosa que de su labor con muchos más aspectos positivos que negativos.

Vienen tiempos de retos para las instituciones, comenzando por el propio Rey, a quien quieren llevar a declarar –¡¡!!—en el juicio contra los separatistas que quieren convertir a Cataluña en una República; tiempos de enorme asombro, en los que algunos procesados y sin duda próximamente sentenciados por, al menos, sedición tratan de concurrir a las elecciones municipales y europeas. Son tiempos de confusión y, sobre todo, véase Andalucía y la emocionante sesión de investidura de este martes, tiempos de cambio, en los que ya no cabe amparar con una sonrisa benévola escraches de manifestantes contra quienes, tan legítimamente como Sánchez en España, se han hecho con el poder en Andalucía, nos guste o no nos guste.

Sánchez tiene que ser consciente de este Cambio, con mayúscula, que se está produciendo, para bien y para mal, en el conjunto de la sociedad española y en sus representantes. Nada puede ser ya como ha sido hasta 2018. El Ejecutivo, tan aficionado –como sus antecesores, claro—a ocupar las mayores parcelas de dominio que pueda, incluso a costa de los otros poderes de Montesquieu, ha de estar ahí para asegurar el buen funcionamiento del engranaje de los tres poderes, no para pisotear a los otros dos. Para garantizar que la democracia y las libertades, comenzando por la de expresión, avanzan, no mirando hacia otro lado cuando retroceden. Y eso solo se consigue con un Gobierno conjuntado, cohesionado, ajeno a protagonismos individuales para, en cambio, enfocar su actividad en el progreso democrático del país. Un Gobierno en el que todos, ejem, digan lo mismo.

Así, con el actual elenco, lleno sin duda de gentes de buena voluntad, aunque alguna manzana podrida puede que haya quién sabe –hace tiempo que no meto la mano en ningún fuego–, con este Consejo de Ministros tal y como está, seguiremos en el zigzag, en la inseguridad jurídica y moral, en la desconfianza de los representados en sus representantes.

Las crisis, como el fracaso, son fuentes de experiencia y de nuevos ensayos. Por eso, pienso que Pedro Sánchez habría de forzar una Crisis en su propio entorno. Y luego, elecciones. Y antes, quizá, ese gran debate sobre el estado de la nación, que, con o sin Presupuestos, ya debería estar convocado con fecha concreta y definitiva. Un calendario para el Cambio. Con mayúscula, por supuesto.

fjauregui@educa2020.es

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Modas Abascal, bien o mal

Enviado por Fernando Jáuregui | 14/01/19



(Abascal cabalga de nuevo)
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Desde luego, no puedo decir que yo sea un fan de Santiago Abascal, el líder de Vox. Le conocí cuando era parte del Partido Popular en el País Vasco, su temperamento me parecía más templado y su indudable carisma aún no había despuntado. Luego, nos hemos cruzado tuits bastante encontrados, y tampoco puedo decir que yo sea el favorito de la muy activa militancia ‘voxística’, y boxística, en las redes. Este lunes, asistí a uno de esos multitudinarios desayunos político-empresariales-periodísticos en torno a Abascal. Pese a que todo lo esperaba, me dejó estupefacto en un par de detalles.
Le pregunté qué pensaba de Trump y se mostró más que comprensivo en la lucha que el muy polémico presidente americano, que ahora precisamente cumple su segundo aniversario en la Casa Blanca, mantiene con los medios de comunicación. Es más, Abascal, se lo dije, me recordó mucho en sus (des)calificaciones hacia los medios nacionales al peor Trump en twitter contra la CNN, el Washington Post o el New York Times. Es más: pienso que, como el presidente norteamericano, el líder de Vox cree que la hostilidad de los medios españoles -que tampoco es, en general, tanta- le resulta rentable.
Lo segundo que me sorprendió en el ‘nuevo’ Abascal fue el volumen y la seguridad de sus ataques: a la Hacienda la califica de ‘mafia’, por ejemplo. Y eso que, en el mentado desayuno, procuró mostrarse lo más moderado posible, hallándose en un ambiente sin duda confortable. Conmigo estuvo extremadamente amable, he de decir, aun sabiendo que, sobre ellos, pienso como pienso; pero alguno de sus ‘fans’ no se reprimió a la hora de lanzar a la cara de este cronista el calificativo de ‘rojo sin remedio’. Inútil explicar en este ambiente que ‘rojos’ y ‘azules’ ya no son lo que eran hasta que llegó la galopada voxiferante. Y otros, empeñados en hablar de ‘las derechas’ y ‘las izquierdas’, ahondado en las dos Españas.
Agradecí a Abascal, eso sí, que, cuando no sabe la respuesta concreta a lo que se le pregunta, lo dice con sinceridad. Le invitan a cientos de actos, conferencias, encuentros con periodistas, y él rechaza muchas de estas comparecencias, creo que por razones de agenda más que otra cosa. Está de moda.

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Sánchez, ¿ presidente hasta 2020?

Enviado por Fernando Jáuregui | 13/01/19


(los designios del Señor (Sánchez) son inescrutables)
Merecía tener, y ha tenido, no poca repercusión la frase de Pedro Sánchez en Barcelona, durante la presentación allí de ‘sus’ (y de Podemos) Presupuestos: “que esperen sentados, porque vamos a gobernar hasta 2020”. Le faltó añadir: ‘por lo menos’. O sea, que pierdan toda esperanza los del ‘tripartito conservador’ –así los llaman en el PSOE—de que se celebren elecciones generales anticipadas, es decir, antes de junio de 2020. Pero ocurre que, en el país de las carambolas políticas, es muy difícil, si no imposible, predecir el futuro.

El propio Sánchez está donde está gracias a una carambola que nadie se habría atrevido a anticipar –Sánchez tampoco, claro—ni siquiera tres días antes. Y lo mismo le puedo decir a usted de Pablo Casado, que este fin de semana protagoniza una Convención que pretende reafirmarle de cara a las maratonianas jornadas preelectorales que nos vienen. La figura del inminente presidente andaluz, Juan Manuel Moreno Bonilla, tampoco deja de ser fruto de una de esas carambolas del destino. Nadie daba un euro por él hace dos meses y ya ve usted dónde está: a las puertas de San Telmo, por las que entrará ya esta misma semana.

Los humanos somos lo que somos porque el destino nos hace favores o jugarretas. O ambas cosas a la vez. Y, así, un candidato lo es casi siempre porque otra persona no ha querido serlo, y véase, si no, lo que está sucediendo con algunos de los aspirantes a presidir la Comunidad y el Ayuntamiento de Madrid. Las volteretas que ha dado la política en este país nuestro en los últimos cinco años servirán, sin duda, para pasmar a los historiadores: ¿de verdad, se preguntarán, pasaban esas cosas en España?

Así que decir eso de que ‘vamos a gobernar hasta 2020’ me suena a las inocentes declaraciones que me hizo, en 1977, Adolfo Suárez Illana, el hijo del hombre que se acababa de trasladar a La Moncloa: “vamos a estar aquí hasta 2010, por lo menos”. Como se sabe, por una de esas carambolas, Suárez dimitió como presidente en 1981 y desalojó, por tanto, el palacio de los falsos mármoles en la Cuesta de las Perdices, donde, por cierto, ya no queda una sola perdiz. Creo, por cierto, que al entonces niño le cayó encima la mundial por declarar lo que tan ingenuamente declaró.

Yo no me atrevería, por tanto, a asegurar con tanta rotundidad como Sánchez que él vaya a seguir en La Moncloa hasta junio de 2020…por lo menos. Tampoco lo contrario. Que hemos sido no pocos los que nos hemos equivocado a la hora de escudriñar el porvenir político del hombre que llegó a la Presidencia del Gobierno del Reino de España de modo perfectamente legítimo, sí, pero impensable: hasta entonces, estábamos acostumbrados a que el poder te lo diesen o te lo quitasen las urnas.

Diríamos, como mucho, que el nombre del presidente del Gobierno central en 2020 no está escrito y dependerá de multitud de cosas: de la convención de Casado, de Cataluña –este lunes se reúnen los del PDeCat con el fugado en Waterloo, y allí se decidirá si apoyan o no los Presupuestos ‘sanchistas’–, de lo que vaya a pasar con los presos secesionistas y hasta de hacia dónde acabe por inclinarse Albert Rivera tras su giro andaluz.

Porque lo que sí me parece casi seguro es que de esta saldremos, a saber cuándo, con un Gobierno de centro-izquierda o de centro-derecha, pero en el que el componente del centro será, como lo ha sido en Andalucía, como lo será en Madrid, o en Cantabria, o en Valencia, o…fundamental. Y pienso que Sánchez, con una estrategia frentista, de ‘las izquierdas’ contra ‘las derechas’ no acertará ni con una más de esas carambolas que a él, ya se ve que consumado billarista político, tan bien le han venido saliendo. Así que puede que siga hasta junio de 2020 (o no…que diría el olvidado Rajoy), pero lo que es seguro es que no seguirá más allá, contando con sus actuales, forzosos, variopintos, aliados.

fjauregui@educa2020.es

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Pedro Sánchez, el mal menor

Enviado por Fernando Jáuregui | 12/01/19

Los Presupuestos que el Gobierno aprobó este viernes podrán ser mejores o peores para la economía de nación en un mundo que comienza una recesión; podrán ser más o menos realistas en sus previsiones de ingresos: todo depende del color del cristal, azul, rojo, naranja o morado con que se miren. Lo que sí es seguro es que el Consejo de Ministros abrió un nuevo hito en la enorme batalla política en la que se ha convertido todo el territorio español, cuya ‘clase política’, con perdón del término, ya solo piensa en una cosa: elecciones. Y de todo lo demás, incluyendo el ‘juicio del siglo’ que se nos echa encima, ya veremos.

Para una parte de España, incluyendo, seguramente a su pesar, a los ‘indepes’ catalanes, Pedro Sánchez es el mal menor. Bueno, para los ‘indepes’… quizá con la excepción del president de la Generalitat, Quim Torra, cuyo fanatismo supera con mucho a su pragmatismo, si es que tal cosa se incluye en su diccionario de valores. Probablemente, ya no esté solamente enfrentado con Esquerra, con los presos, sobre todo con el principal de Lledoners, con su portavoz Artadi, sino acaso hasta con su mentor de Waterloo, del que parece que discrepa en lo tocante a su cerrazón en no aprobar los Presupuestos de Sánchez.

Porque los de ERC, parte del PDeCat, los JxSi, naturalmente los presos que se enfrentan a durísimas condenas en el juicio que comienza dentro de semanas, y puede que hasta el mismísimo fugado Puigdemont, saben, y van diciendo por ahí, que, tras el ‘pacto de Andalucía’, la posibilidad de que este acuerdo ‘de las derechas’ se extienda a otros ámbitos, incluyendo el Gobierno central tras unas elecciones generales, es grande.

Y con un pacto entre Casado y Rivera, que no van a apearse del 155 a ultranza, más el, ejem, apoyo de Vox, la política de gran dureza para con muchos ‘desviacionismos’, comenzando por el territorial, está casi garantizada. Así que más vale lo malo conocido, que es Pedro Sánchez y su ya ni se sabe si aliado Pablo Iglesias, y que apuestan por una mayor flexibilidad en las relaciones con la siempre hosca Generalitat, que lo pésimo por conocer, que es ese Pablo Casado, al que en la Plaza de Sant Jaume acusan, con o probablemente sin razón, de involución creciente hasta en la selección de sus candidatos para Madrid. Así están las cosas, mientras la ‘diplomacia subterránea’ multiplica sus afanes en pro de un entendimiento, preparando una cada vez mas difusa nueva reunión entre Torra, que se nos marcha –escapa– a hacer las américas hasta el próximo día 19, y Sánchez, que esta semana se nos va a otra ‘cumbre’ europea, como, por otro lado, es su obligación.

LO que ocurre es que, piensen lo que piensen en Cataluña, en el resto de España los sentimientos hacia Sánchez son encontrados. Las reacciones de casi todos a los Presupuestos –menos el PNV, que incide en lo de no pasar de Guatemala a Guatepeor– no pueden ser más hostiles. Incluyendo al portavoz accidental de Podemos, Pablo Echenique, cada día más protagonista en la formación morada ante la desaparición, por muy justificadas causas privadas, de Iglesias. Yo diría que, desde los nacionalismos y desde Podemos, no habrá enmiendas a la totalidad, pero sí muchas parciales, trabas, manifestaciones de descontento. Y no digamos ya sobre las reacciones de PP y Ciudadanos, para no hablar de Vox, una formación encantada de haberse conocido a la que todos ahora dan, damos, un protagonismo que hace dos meses no tenían. Así que ya digo: la batalla por los Presupuestos está servida, como si tuviésemos pocos frentes de contienda abiertos.

En todo caso las encuestas, para lo que valgan, de manera unánime indican hoy –hoy—que el PSOE ganaría esas elecciones generales. Perdiendo votos y escaños (más aún), y sin mayoría suficiente para gobernar, pero sería el partido más votado. Lo cual incide en la falta de autocrítica de Sánchez y su círculo más íntimo, donde están convencidos –como lo estuvo Rajoy hasta el día siguiente a su caída—de que ellos son la solución y los demás, la catástrofe. A partir de ahí, aventurar lo que va a ser este año 2019, que ha comenzado de manera tan trepidante, sería, simplemente, una irresponsabilidad. Hagan juego, que ha comenzado, si es que alguna vez no estuvo ahí, la larga, dura, loca, campaña electoral. Que ya digo, es lo único que parece contar para ‘ellos’.

fjauregui@educa2020.es

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Los que han perdido el cerebro quieren que Borrell pierda la cabeza

Enviado por Fernando Jáuregui | 09/01/19

Leer los periódicos, como uno ha de hacer por obligación profesional –y por devoción—cada día, escuchar las radios, ver los informativos de televisión, es, a veces, un ejercicio preocupante. Cada día es un nuevo sobresalto, que muestra que hay demasiadas cosas desajustadas en nuestra vida política e institucional.

Lo que más me preocupó en las últimas horas fue ver al Rey, flanqueado por el presidente del Consejo del Poder Judicial, Carlos Lesmes, y por la ministra de Justicia, Dolores Delgado, entregando sus despachos a los egresados de la Escuela Judicial, sita en Barcelona (y dirigida por la esposa del polémico magistrado Llarena, Gema Espinosa, que tantos escraches ha tenido que padecer)… Pero la entrega se hizo en Madrid, en la sede de la real Academia. Hubo pánico a mantener la tradición de la entrega de despachos en Cataluña, así que se ‘huyó’ a Madrid. Y, para colmo, el jefe del Estado se vio flanqueado por un ‘jefe de los jueces’ cuyo mandato ya ha expirado hace semanas tras una gestión más que discutible y por una ministra reprobada que ha sido objeto de todo tipo de polémicas, y que se mantiene ahí porque el presidente Sánchez no puede permitirse sustituirla.

Creo que ni el Monarca ni el Poder Judicial, ni el Ejecutivo, se pueden permitir estos dislates, máxime cuando se avecina, con el llamado ‘juicio del siglo’ contra el independentismo catalán, una de las mayores charlotadas que pueden afectar a las sesiones del Supremo: las defensas van a llamar a testificar a cientos de personas, entre ellas el mismísimo huido Puigdemont –que no comparecerá, supongo; o sí…–, Mariano Rajoy, Soraya Sáenz de Santamaría oVCristóbal Montoro –que imagino que sí tendrán que comparecer, pero muy a su pesar, claro–. Veremos, entre los sobresaltos testificales, las manifestaciones en los alrededores de la plaza de Las Salesas y las salidas de tono del president de la Generalitat, en qué para el espectáculo, ante el que me parece que el Gobierno, los jueces y todas las personas sensatas, comenzando por el Rey, se muestran muy, pero que muy aprensivas.

O mire usted el despropósito de las negociaciones diarias de Vox, pidiendo cosas cada vez más pintorescas e imposibles, con el Partido Popular, a ver si llegan estos últimos a ocupar –lo que sería deseable quizá, pero desde luego sin las presiones de un partido minoritario y, para colmo, con esos planteamientos— una parcela de poder en la junta de Andalucía. Negociaciones locas, mal explicadas a la ciudadanía, cediendo quizá demasiado, con pretensiones descabelladas, como las cabezas de esos infelices inmigrantes, cincuenta y dos mil nada menos, que son los desheredados de la Tierra y a los que se quiere hacer pagar el pato de San Telmo. Me dan escalofríos, se lo confieso a usted.

Y, hablando de cabezas: lo peor de todo es que me creo las declaraciones del diputado de Esquerra Republicana de Catalunya, Gabriel Rufián, quizá persona no muy educada ni fina en las artes parlamentarias, tosca en sus maneras, pero que no me consta que mienta. Dice Rufián que Podemos le ofreció a ERC ‘la cabeza de Borrell’ a cambio de que los independentistas catalanes votasen los Presupuestos. Ya digo: no puedo poner la mano en el fuego por la veracidad de lo que dice el a veces esperpéntico Rufián. Pero los desmentidos me parecen débiles y el mero hecho de que yo, y muchos, seamos capaces de creer que Podemos está negociado, por cuenta del Ejecutivo al que no pertenece, la aprobación de los PGE, que daría oxígeno a Pedro Sánchez hasta 2020, ya es muy sintomático. Y que se negocie con la cabeza de Borrell, incómodo al separatismo y quién sabe si pieza algo excéntrica entre los descerebrados, también me parecería muy significativo.

Yo creo que lo que ocurre es que todos estamos perdiendo la cabeza. Y, así, no me extraña casi nada de lo que leo en redes sociales y veo y escucho en medios nacionales y extranjeros. Si tenemos en cuenta que el pensamiento independentista –vamos a llamarlo así—está en manos del inestable de Waterloo y que el constitucionalista es incapaz de llegar a acuerdos que no sean tragar con lo que dice un partido fuera de la realidad y casi del sistema, no me extraña, la verdad, el auge de ese partido, al que los del ‘cuanto peor, mejor’ se acogen.

Lanzados por un tobogán que desemboca quién sabe dónde, parece que, encima, nos divertimos con lo que suponemos que está ocurriendo, porque, en realidad, nadie tiene ni idea de lo que en verdad nos sucede. La cabeza de Borrell, como la de los inmigrantes, como la falta de respeto y cuidados a la cabeza coronada del jefe del Estado, son datos muy preocupantes. Ver metafóricamente rodar cabezas, como si fuesen balones del tampoco muy cuerdo futbol, es lo último que yo quiero para mi país: aquí no sobra ninguna cabeza y faltan, en cambio, muchos cerebros.

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Vámonos de rebajas (políticas, claro)

Enviado por Fernando Jáuregui | 06/01/19

Pasaron las fiestas, todo un pretexto para mantener una actividad de perfil bajo. Ya estamos en las rebajas de enero. Políticas, digo, aunque la verdad es que ni sé muy bien qué más hay que rebajar en los tiempos que corren. Bueno sí: Pedro Sánchez y Quim Torra, en su próximo encuentro, si es que se produce, tendrán que rebajar el tono, sobre todo el segundo, para llegar a un diálogo efectivo. Ciudadanos tendrá que hacer una drástica disminución de sus reparos a la alianza con un Vox al que más le valdría bajarse del tono altanero si de verdad en su fuero interno quiere llegar a algún tipo de acuerdo para que no se repitan elecciones en Andalucía, que menudo espectáculo que están dando unos, otros y los de más allá. Como todos los procesos poselectorales que nos aguardan este año sean como la batalla por tomar San Telmo…

Yo diría que Pedro Sánchez tendrá que (re)bajarse algún rato del Falcon, con perdón por el tópico, que no es más que otra broma de esas que tan poco gustan al presidente y a la vicepresidenta, que por poco más te llevan a la Fiscalía, como hemos comprobado con el tuit ese tan poco gracioso y que, además, es más viejo que la tarara, y ninguna de las personas a las que se les había aplicado antes se había enfadado tanto. Ahí, si el presidente y su entorno cercano me lo permiten, les aconsejaría que no rebajen –si posible fuera, porque tienen poco, muy poco—su grado de sentido del humor, sino que, más bien, lo aumenten.

Aquí, en fin, del Rey abajo todos, convendría que entrásemos en una fase de rebajas de la altisonancia, de los sectarismos, de ese partidismo, que, de tanto mirar a la corteza del árbol, nos impide ver el árbol de los ciudadanos y no digamos ya el bosque del interés de la nación. Es el caso que la gente de la calle quiere rebajas de productos de la misma calidad que antes, y ese es un símbolo en el que quizá deberían fijarse nuestros representantes. Que viene una temporada de aúpa, y no conviene, parafraseando, ahora que hemos citado de pasado al jefe del Estado, el discurso del Rey por la Pascua Militar, arriar la bandera de los grandes principios. Aunque quizá sí haya que hacerlo, urgentemente, con otras banderías.

fjauregui@educa2020.es

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Enviado por Fernando Jáuregui | 05/01/19


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(tenemos unos representantes muy ‘vacacionales’)
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Este país, que vive más pendiente de los gestos que de las gestas, de las formas que de los fondos, se fija siempre mucho en dónde, cómo y con quién pasan las vacaciones los poderosos. Y, no pocas veces, este país tiene, en su conjunto ciudadano, razón: dónde, cómo y con quién –y cuánto tiempo—disfrutan de su más o menos merecido asueto aquellos que son nuestros representantes hace que sus representados se sientan más o menos identificados con ellos.

Sí, lo digo por Pedro Sánchez. Y por otros políticos. Y, si me apura usted, también por la familia real, y conste que siempre me he proclamado monárquico, sin dejar nunca de ser crítico. El alejamiento, el recluirse en una excesiva exclusividad –hay que entender también el deseo de sustraerse a la pública curiosidad, sin duda—a la que el ciudadano medio se siente incapaz de acceder, una duración excesiva de las jornadas alejadas del trabajo, no caen bien a la opinión pública, ni a la publicada, y menos en un país en el que, reconozcámoslo, la envidia ha sido siempre santo y seña del carácter nacional. Y en el que la ‘siesta’ y unas demasiado largas ‘vacaciones parlamentarias’ son algo que, sin embargo, siempre se perdona, quizá porque el descanso es un bien sobrevalorado.

El caso es que ahora, este mismo 6 de enero, se reanuda de alguna manera la vida ‘oficial’, con esa fiesta de la Pascua Militar que es el día en el que tradicionalmente el jefe del Estado emite su primer discurso del año, tras habernos felicitado la Nochebuena con su también ya consolidado mensaje. Allí, en el Palacio de Oriente, se fraguó, hace ya cinco años, la abdicación de Juan Carlos I, tras una actuación desafortunada que evidenció sus incapacidades físicas; una abdicación, en la persona de su hijo Felipe, que el ahora Rey emérito concretaría seis meses más tarde.

Existe, no podemos desconocerlo, cierta expectación por conocer qué nos dirá a los españoles, representados en esta ocasión por nuestros militares, el Rey Felipe VI, aunque bien es cierto que este discurso suele, por el lugar y la ocasión en los que se pronuncia, tener una menor carga política que el del 24 de diciembre. Y eso que, este año, los asesores reales decidieron que ese mensaje navideño tuviese un perfil singularmente bajo.

Sin embargo, para la Corona no es tiempo de malgastar oportunidades, especialmente cuando las miradas críticas se multiplican y las circunstancias adversas se adensan. Sé, claro, que el Rey hablará este domingo de la unidad de España y del respeto a la Constitución. Lo ha hecho otros años. Pero ¿es bastante esa referencia genérica cuando nos enfrentamos a un año 2019 lleno de remolinos, tsunamis, tormentas perfectas y otras borrascas políticas que van a requerir manos maestras en la conducción de la nave?

Siempre he defendido que el Rey no puede quedar circunscrito por una interpretación restrictiva de la Constitución a un mero papel de portavoz de ideas ajenas y de líder de un protocolo al que está obligado y que le limita. Para respetar y amar a alguien, a una institución, a algo, es preciso que quien ha de amarlos esté convencido de que esa persona, tal institución o proyecto, le sirve de algo, le resulta imprescindible. Y hoy, día de la Pascua Militar, jornada en la que el nombre de reyes, aunque sean lejanos de Oriente, certifica el pasado monárquico en los afectos de un país, es un buen día para consolidar un cariño que, me temo, se va diluyendo. Quizá un poco por culpa de todos.

Allí, en el Palacio de Oriente, van a estar este domingo los Reyes, recién regresados de unas vacaciones en lugar no desvelado, presumiblemente distante y distinto a lo de aquí; también estará el presidente del Gobierno, recién venido del palacio de La Mareta, en Lanzarote –una ‘excursión’ que también le ha valido no pocas críticas, no sé si siempre justificadas–. Y la ministra de Defensa, que me sigue pareciendo uno de los valores más sólidos de un Ejecutivo que necesita ya una cierta remodelación para afrontar el curso político que se inicia. Y, a todo esto, el Parlamento cerrado todo el mes. Por vacaciones, ya digo.

fjauregui@educa2020.es

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