El lamento de mi amigo el dibujante

Enviado por Fernando Jáuregui | 13/05/21


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(Puigdemont: una pérdida irreparable para los ‘cartoonists’)
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(Iglesias, ‘retratado’ hasta por el dibujante de Moartadelo y Filemón)

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(Lo que nos dijo uno de los inolvidables dibujantes de Charlie Hebdo)
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Siempre he sido un gran admirador de los ‘cartoonists’, esos dibujantes que sintetizan, con humor, con sarcasmo o/y con ferocidad, lo que ocurre o debería ocurrir en el panorama de la actualidad. Muchas veces, una viñeta resume mucho mejor que una crónica, o incluso mejor que un libro, lo que está sucediendo. Ahora, los ‘cartoonists’ españoles están de luto: Pablo Iglesias se ha cortado la coleta, o el moño. Y uno de ellos, buen amigo, se duele: “ahora, con todos estos guapos que tenemos en la política, ¿cómo sacar punta a sus caricaturas? El corte de la coleta de ‘el coletas’ es una tragedia”.

Vaya si lo es. Ayer, uno de los mejores dibujantes de humor que tenemos en el país, Tomás Serrano, publicaba una viñeta en la que solamente aparecía una mata de pelo: “por fin me he cortado a Pablo Iglesias”, decía la coleta. Sospecho que, por mucho que el ex vicepresidente sobresalga en su nueva faceta de ‘periodista crítico’ (oh, Dios mío) o por muchos volatines que dé en su vida privada, el señor Iglesias aparecerá pocas veces ya en los dibujos de humor.

No he podido resistirme a participar en esta necrológica política de quien ha hecho las delicias de tantos dibujantes y ha sido la desesperación de tantos informadores. Y entiendo a mi amigo: se nos ha ido ‘el pelucas’ Piugdemont, que ya no interesa, y su sucesor Pere Aragonés, por poner un ejemplo, es incaricaturizable. El rey actual, Felipe VI, nada que ver con su padre, que por cierto, atención al dato, regresará, o lo intentará, el mes próximo, supongo que para gozo de los viñetistas. Pedro Sánchez y Pablo Casado no dan, la verdad, mucho de sí para estos artistas. Y las facciones regulares de las mujeres que irrumpen en la política ofrecen pocas posibilidades para la sátira del lápiz.

Manuel Fraga, que sí era bastante ‘cartoonizable’, me dio, rara avis, la razón un día en el que le comenté que el Fraga real había acabado pareciéndose al Fraga que dibujaba Peridis. Y Georges Wolinski, uno de los dibujantes de Charlie Hebdo, lamentablemente asesinado en 2015 por el fanatismo, nos sorprendió un día a un pequeño grupo de contertulios asegurando que no habían sido Woodward y Bernstein quienes acabaron con la carrera de Nixon, sino los ‘cartoonists’ que le convirtieron en ‘tricky Dick’, ‘Dick el tramposo’, con su larga nariz de Pinocho. Exageraba Wolinski, claro, y él lo sabía; pero qué duda cabe de que los feroces críticos gráficos fueron los que acabaron de cavar la sepultura del responsable del escándalo Watergate.

Puede que una de las señales de que ha acabado una era, un tanto convulsa, consista en que Pablo Iglesias ya no estará en las viñetas de Ricardo, ni en las de Gallego y Rey, ni en las del Roto, ni… La Puerta del Sol de hace diez años, tomada por los ‘indignados’, poco tiene que ver con la actual, en la que los manifestantes esgrimen una lata de cerveza por bandera. Y puede que el gran ególatra, que se aupó a lomos de aquella indignación, esté disfrutando en estas horas de sus últimos titulares, las últimas portadas. Todo lo que haga a partir de ahora será peor que cortarse la coleta. Adiós, Pablo, adiós. Solo siento, la verdad, que te vayas por mis amigos los ‘cartoonists’.

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Lo que va de una Puerta del Sol a otra

Enviado por Fernando Jáuregui | 09/05/21

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(Ahora, las banderas y las pancartas son los vasos de cerveza, o de lo que sea. Los tiempos cambian…)

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Hace diez años, la Puerta del Sol y otras emblemáticas plazas españolas se llenaban de ‘indignados’ que querían hacer una especie de mayo del 68 en versión contemporánea. Aquel 15-m, de pancartas ingeniosas y asambleas callejeras, está ya casi olvidado, y quien trató de capitalizar esa protesta está fuera de los micrófonos de la política, dicen que para profesionalizarse en otros altavoces y pantallas. Este fin de semana de mayo de 2021, preludio inequívoco de otra –otra más—nueva etapa, la campana de la Casa de Correos en la Puerta del Sol conoció la medianoche con la calle repleta de jóvenes con latas de cerveza en la mano, festejando el fin del estado de alarma y del toque de queda: ‘botellón y libertad’, gritaban algunos, no sé si para ser oídos por la principal inquilina del edificio que ahora alberga la presidencia de la Comunidad de Madrid. ¿Es esto, la era del jolgorio tantos meses reprimido, lo que ahora nos viene?

No hace falta ser un estudioso de la sociología para entender que la gente no tolera más restricciones, confinamientos, soledades y sufrimientos, por más que la pandemia aún no esté vencida por las vacunaciones masivas, pero todavía claramente insuficientes. Es como si los ciudadanos hubiesen perdido el miedo al virus y estuviesen esperando el pistoletazo de salida del fin del estado de alarma para salir despendolados hacia quizá ninguna parte. Pero los problemas, como el archicitado dinosaurio de Monterroso, seguían ahí al despertar del lunes. Y puede que los efectos de la pandemia sean acaso más duraderos que los ecos de aquella indignación de 2011 que hoy, si usted lo quiere ver así, se manifiesta en un ansia de juerga sin freno ni marcha atrás.

La fiesta pasará también y las portadas dominicales que se permitían un respiro entre tanta mala noticia para plasmar el regreso masivo y alborozado a las calles volverán a ocuparse, ay, de las subidas de impuestos y de los servicios básicos que se nos preparan, de los peajes que de golpe se nos anuncian y de esa pequeña política que, sesión de control parlamentario tras sesión de control parlamentario, campaña electoral tras campaña electoral, nos amarga el corazón con su carencia de la menor grandeza y de ideas.

Al menos, aquellas sentadas de mayo de 2011, como las del 68, sí tenían su parte de belleza, hasta que fueron canalizadas por un partido que, también en mayo, de 2014, sorprendió a todos consiguiendo cinco eurodiputados y recibiendo luego millones de votos. Ya digo que todo eso ha quedado muy atrás y que los movimientos de alegría espontánea también se pervierten (y pierden votos). Y hoy la salida a la calle lo que reivindica es el botellón, lo que, qué quiere que le diga, me parece lógico, aunque también un poco triste.

La Puerta del Sol ha visto muchas cosas desde que dejó de albergar aquella temible Dirección General de Seguridad franquista; incluso, el pasado enero, vio a esquiadores haciendo filigranas por la plaza, una imagen inolvidable. Pero nada como lo de este fin de semana: la fotografía en la noche de este sábado de un joven, vaso de cartón alzado en su mano, reivindicando el botellón a gritos bajo el reloj que nos invita a tomar las uvas en Nochevieja, me pareció altamente significativa. No desprecio nada, conste; ni la cerveza ni los berberechos, y menos aún la alegría. Solo digo que no solo de cerveza y berberechos vive el hombre, y que muchas veces las cañas –tómelo en el sentido que quiera—se vuelven lanzas.

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A golpe de peaje

Enviado por Fernando Jáuregui | 06/05/21

Concluyeron las elecciones madrileñas como concluyeron y, de pronto, todo fueron anuncios poco agradables para nuestro futuro procedentes del Gobierno: lo del alza de los impuestos queda para no mucho más tarde, en efecto se suprimirán los beneficios a las declaraciones conjuntas de la renta, sube la luz, alza considerable de la presión fiscal al diesel, suben los billetes de avión y… habrá peajes en casi todas las autovías, y vaya usted a saber en cuántas carreteras más, a partir de 2024. España se consolida como un paraíso de la inseguridad jurídica, ese país donde de pronto te enteras de los ‘diktats’ procedentes de los gobiernos. Y, por cierto, donde te van contando, gota a gota, cuánto habremos de apretarnos el cinturón a cuenta de lo que se ha prometido a la UE para captar los famosos fondos de reconstrucción.

O sea, que se ha aguardado al final de las elecciones madrileñas, que han sido mucho más que madrileñas, como todos sabían, y ha venido una cascada de noticias que nos hacen pensar que, por ejemplo, va a ser imposible una vuelta a la ‘normalidad’ de aquellos plácidos, relativamente baratos, paseos en automóvil: el viajecito nos puede costar un ojo de la cara. Y encima nos lo explican desde Fomento diciéndonos que es lógico, que hay que pagar por usar las carreteras y por, encima de eso, por contaminar.

Supongo que alguien, de aquí a 2024, reflexionará sobre las consecuencias de esta medida, que encarecerá los precios -el transporte de mercancías mayoritariamente es por carretera–, afectará a las ventas de coches y lastrará nuestros planes profesionales y de ocio. Y es que las medidas ni se pueden tomar así, sobre el papel y fruto de una decisión súbita que copia lo peor de nuestros vecinos franceses, ni sin un mínimo consenso con las fuerzas sociales y políticas. Y, encima, culpándonos a los usuarios por ‘atrevernos’ a usar las carreteras, con lo que eso contamina.

Hay que decirlo una vez más: la falta de seguridad jurídica, la opacidad como principio rector de las acciones gubernamentales, la política basada en la imagen y en el palo y la zanahoria al ciudadano, es simplemente nefasta para un país. Quizá en estos modos y maneras, que generan en la ciudadanía una profunda desconfianza hacia sus representantes, haya que buscar el varapalo sufrido por el PSOE el pasado martes, y no en que si las cañas y los berberechos de Ayuso o la sosería de un candidato, o qué se yo cuántos pretextos más para no asumir la verdad: la gente empieza a estar harta de este modo de hacer ‘política’ y lo escribo así, entre comillas. Por cierto, yo creía que cuando pago mis impuestos, que a veces son tan confiscatorios, también se incluían las carreteras ¿o eso ya tampoco es así?

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Cambiar España ya mismo en diez pasos

Enviado por Fernando Jáuregui | 05/05/21



(la marcha de Pablo Iglesias desbloquea la política española)
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La gran reflexión ha comenzado, porque el resultado de las elecciones de este 4 de mayo en Madrid no permite que todo siga como estaba. Es preciso un giro importante en la conducción del país, y yo diría que lo que se avecina, o debería avecinarse, se puede condensar en diez puntos a mi juicio de considerable trascendencia:

1,. El ‘redondismoo’ y el ‘tezanismo’, tocados. Ya no será fácil gobernar desde la pura imagen; y los errores tanto de Iván Redondo, menospreciando a la candidata ‘popular’ a la presidencia de la Comunidad de Madrid y destinándola a ser ‘aplastada’ por Pedro Sánchez, como los de José Félix Tezanos, despreciando al electorado ‘tabernario’ del PP, han de pasarles factura.
2.-Porque Sànchez no podrá seguir gobernando como hasta ahora, ni siquiera con las vacunaciones a toda marcha y con la UE aceptando, en principio y a falta de una inspección más a fondo, el plan económico de reconstrucción. La coalición, con la marcha de Iglesias, está tocada, y el ‘Gobierno Frankenstein’, esa coalición dentro de la coalición alentada por el exvicepresidente segundo, más todavía, sobre todo con lo que está ocurriendo en Cataluña para la formación del Govern. Que, por cierto, es bastante grave y necesitará nuevas fórmulas y soluciones para tratarlo.
3.-El presidente del Gobierno tendrá que meditar, a raíz de los resultados del PSOE, en lo ocurrido a los partidos socialistas de Francia, Italia, Grecia y alguno de los países del norte. Habrá de aproximarse más al talante del portugués Antonio Costa, que poco tiene que ver con fórmulas ‘opacas’ de ejercer el poder. Y reflexionar por qué el partido de Errejón ha sobrepasado al histórico PSOE en la Comunidad más importante del país. Y no, no es culpa de Gabilondo. No en su mayoría, al menos, aunque el candidato se vea obligado ahora a dar un paso a un lado.
4.-Pablo Casado debe convertirse en interlocutor privilegiado de La Moncloa. No es que la victoria de Ayuso le haga subir muchos peldaños en la escala hacia Moncloa, pero esta victoria en Madrid, generosamente compartida por Isabel Díaz Ayuso, que no apetece ‘ascender’ a la presidencia del PP, insufla nuevos aires al principal partido de la oposición.
5.-Porque la práctica defunción de Ciudadanos y el hecho de que Vox no sea necesario para gobernar Madrid no hace sino fortalecer al PP antes unas más o menos próximas elecciones generales.
6.- Elecciones que pienso que no se celebrarán este otoño, sino después, tal vez en primavera, si es necesario: sería irresponsable reproducir ahora otra campaña electoral (tan terrible como la madrileña) con toda Europa observando antes de ‘aflojar la bolsa’ de los fondos. Fondos cuya gestión, eso sí, debería ser compartida con la oposición si realmente se quiere instaurar un ‘nuevo espíritu’ en la ahora montaraz política española y hacer que la UE nos vea con otros ojos.
7.-No solo Pablo Iglesias pertenece a la ‘vieja política’. Hay al menos dos ministras ‘iglesistas’ que habrían de ser relevadas en una cada vez más urgente remodelación del Ejecutivo central, dejando a Yolanda Díaz manos libres para gobernar Unidas Podemos con otro talante. Y para aproximarse a la reunificación con el partido de Errejón-Mónica García, creando una izquierda-a-la-izquierda muy distinta de la que imaginaba Pablo Iglesias, cuya marcha de la política destapona tantas cosas.
8.-Y, desde luego, en otros ámbitos partidarios también se impone una renovación. Es de lamentar la catástrofe de Ciudadanos, con un buen candidato como Edmundo Bal, pero considero necesaria la dimisión inmediata de Inés Arrimadas, que mucha culpa tiene, aunque intente quitarse el muerto de encima, en lo ocurrido: mociones de censura fracasadas en Murcia y Castilla y León, salida precipitada de Cataluña, cambios constantes de dirección política…
9.-Es preciso restablecer una mínima coordinación autonómica, dando nuevo protagonismo en una política acelerada de reformas a algunos ‘barones’ de indudable peso específico: García Page y Fernández Vara, Ximo Puig, Lambán, Fernández Mañueco y Juan Manuel Moreno Bonilla, Iñigo Urkullu y, sobre todo, Alberto Núñez Feijoo, tienen que pesar más en la política española en conjunto, no solo en sus territorios.
10.-Igualmente necesario es establecer una relación ‘estatal’ con Cataluña. No una Mesa desde el Gobierno central con sus ya no tan ‘aliados’ secesionistas, con guiños y concesiones constantes de tapadillo, que tanto merman la credibilidad de la ciudadanía en sus representantes. Creo que al menos el líder de la oposición debería ser constantemente consultado e incluso participar en esas conversaciones, que no tanto negociaciones. De la misma manera que Casado debería tener un papel destacado en las conferencias de presidentes autonómicos.
Esta especie de ‘decálogo’ supone, desde luego, muchas mudanzas que no estoy seguro de que nuestros representantes, eso que se llama ’clase política’, estén dispuestos a afrontar a muy corto plazo. Pero no tenga usted la menor duda de que, de una manera o de otra, acabarán imponiéndose más bien pronto que tarde. Allá ellos si no han sacado las lecciones correspondientes de los terremotos políticos que acabamos de vivir.

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En campaña no hay libertad de expresión

Enviado por Fernando Jáuregui | 03/05/21

Nunca he sido demasiado partidario de sacar rédito periodístico de todos esos ‘días de…’ que conmemoran cualquier cosa y jalonan el año: escribir sobre eso, sobre lo que la jornada nos imponía, me parecía un recurso fácil y escaso de imaginación. Pero esta vez sí me gustaría que los lectores me acompañasen en la celebración del ‘día mundial de la libertad de expresión’, que se celebra este 3 de mayo coincidiendo con la jornada de reflexión, tras una increíble campaña, antes de las elecciones del martes en Madrid. Y es que esta campaña, encima en plena pandemia, ha sido un atentado constante a cualquier regla de transparencia y un período pródigo en violaciones a cuanto signifiquen las aspiraciones de los periodistas por conseguir, y realizar, una información objetiva y veraz.

Dicen que la primera víctima en las guerras es la verdad. Una campaña electoral es, de alguna manera, una guerra en la que todos, cierto que unos más y otros menos, son capaces de matar a la verdad, a la objetividad y hasta a la verosimilitud. Esta que ahora concluye ha sido una auténtica contienda de eslóganes, ‘fascistas’ contra ‘bolcheviques-comunistas’, un tiempo en el que se ha hablado de violencias inexistentes, de frentismos casi guerracivilistas. Y en la que ha habido hasta misteriosas cartas-bala, dialécticamente disparadas por todos contra todos, y una no tan misteriosa carta-navaja, obra esta última de un demente de quien, por una cierta proximidad familiar, he podido tener abundante noticia y que provocó alguna reacción ministerial digna de bochorno y de disculpas nunca presentadas. En fin, mejor dejar este asunto y otros, también surgidos de golpe en la recta final, como el presunto matonismo extremista de algún escolta de uno de los candidatos: todo ha sido ruido.

No, no ha habido ideas constructivas en los programas y, si las había, no se nos han transmitido a los periodistas. Ha sido una campaña polarizada en personajes, alguno de los cuales, como el candidato de Unidas Podemos y ex vicepresidente del Gobierno, han dado especiales muestras de opacidad informativa, al tiempo que nos anunciaba que su futuro estará en el ‘periodismo crítico’. Una dejación de funciones políticas que ignoro qué traducción tendrá el martes en los resultados en las urnas: desde luego, ese paso del futuro ‘colega’ poco va a ayudar al concepto que muchos tenemos de una libertad de expresión que él nunca ha defendido. Los informadores deberíamos abrir una profunda reflexión, ahora que entramos en una nueva etapa de vacunaciones y esperanza, acerca de lo que ha sido la (des)información durante la pandemia y solo en parte por culpa de la pandemia, y lo que ha sido la (anti)información, de eslóganes y simplezas, tantas veces comprados de manera acrítica por los medios, a lo largo de la campaña y antes y después de ella.

Está siendo esta una etapa muy atípica en nuestras vidas, y me refiero ahora en concreto a las de los profesionales de la información, que quizá no siempre hemos sabido acertar a la hora de encarar la que se nos venía encima, aunque muchos compañeros y medios hayan dado un casi heroico ejemplo de cumplimiento de su deber. Quizá por ello, la sociedad tampoco ha sido demasiado crítica con nosotros, los informadores. Y también por eso mismo, quizá esta jornada dedicada a la libertad de expresión sea un buen momento, un momento irrepetible, para reflexionar sobre fallos y aciertos, una vez superados los fastos de la fiesta regional, los cierres de campaña y los festejos taurinos, que también cooperaron lo suyo a la publicidad institucional y a difuminar lo importante en las arenas movedizas de lo solo interesante.

Porque a partir de este 4 de mayo, sea cual sea el resultado de las votaciones, se abre un período en el que políticamente van a ocurrir muchas cosas, con figuras que se eclipsan y otras, casi desconocidas hace unos meses, que se potencian, todo lo cual derivará en nuevas políticas, nuevos acuerdos, esperemos que nuevos talantes y nuevos talentos. Pero dejemos los pronósticos para otro día: hoy, lo que toca es hablar de esa libertad, la de expresión, que tan malparada está saliendo de estos días, de estos meses, oprobiosos.

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Resulta que el ‘terrorista’ era un pariente mío

Enviado por Fernando Jáuregui | 29/04/21

Me llama un amigo, muerto de la risa:

–Oye, que no sabía que eras pariente de un terrorista.

Hacía pocas horas que la ministra de Industria y de otras varias cosas, doña Reyes Maroto, candidata a la vicepresidencia de la Comunidad de Madrid si su opción -la de Angel Gabilondo_ triunfa en las elecciones del próximo martes, sabía que le había sido enviada una carta conteniendo una navaja ensangrentada. Y el día anterior se habían recibido las cartas-bala contra varios personajes de la vida pública española, desatando las agrias polémicas que seguro que usted ya conoce y de las que, por tanto, le hago gracia.

Doña Reyes no se tomó la amenaza -lamentable, condenable y por completo inaceptable, por supuesto; faltaría más_con demasiada calma: “todos los demócratas”, dijo, “están amenazados de muerte” si no se frena a Vox en las urnas. La carta navajera ponía de manifiesto, opinó, que “el odio y las amenazas se están convirtiendo en hechos” y que no son invenciones. “Hoy soy yo la amenazada, pero todos los demócratas estamos amenazados”.

Por eso me llamó, entre burlón y divertido, mi amigo, gran aficionado a cosas para mí incomprensibles como la heráldica y la genealogía. Ocurría que el autor de la carta-navaja, que había resultado ser un individuo de el Escorial con sus facultades mentales incuestionablemente perturbadas, pienso que más digno de lástima y ayuda que de otra cosa, era primo tercero, o cuarto, mío.

–Su abuela y tu abuelo eran primos carnales_- dictaminó el genealólogo, que es palabro que ni siquiera sé si existe para la real Academia; creo que no.

Claro que percibo el ‘peligro de contagio’ en esto de que gentes con el cerebro más o menos -más bien más que menos– alterado anden enviando cartas amenazadoras y portadoras de balas, navajas o lo que sea a ministros, directoras de la Guardia Civil, Pablos Iglesias, Zapateros o Marotos: los lerdos que hacen estas cosas son muchos y no todos tienen la excusa desgraciada de mi contraprimo. Quién más, quién menos, algunos hemos recibido cartas con amenazas contra nuestras personas o nuestras familias, porque los cretinos, o los desalmados, o los fanáticos, que las envían son legión. De ahí a acusar, aunque sea veladamente, a una formación política -por la que por cierto, no siento la menor simpatía_de estar tras estos envíos, o de alentarlos de alguna manera, va un abismo.

La histeria de algunas reacciones, el hecho de que se argumente, para desacreditar aún más al contrario, con la existencia de una ‘campaña de violencia’, acusando de tal violencia ora a una de las dos Españas, ora a la otra, y la difusión de todo tipo de teorías conspiratorias, que incluyen la voladura de la buena imagen del servicio de Correos, entre otras variadas cosas, me parece que tampoco es que contribuya demasiado a la concordia nacional.

Una concordia que, ciertamente, está muy alterada en los cenáculos y mentideros madrileños y me parece (y confío) que no tanto en el resto de una España que debe mirar atónita hacia la capital. Una Comunidad esta, dicen que la más próspera de España, que anda enfrascada, siempre mirando de reojo a las urnas de la semana próxima, en la preparación de sus gestas dominicales taurinas y en su rememoración de aquel 2 de mayo de 1808, cuando la patria estaba en peligro y los españoles debían acudir a salvarla. Como si no hubiese más allá que el 4-m, las fiestas y las gestas.

Que digo yo que si el mayor obstáculo para la convivencia de unos españoles que, de uno y otro lado, seguimos, como decía Bismarck, empeñados en destruirnos, es este de las cartas, no debemos ir tan mal: la verdad es que lo del país violento es una filfa. Me temo, no obstante, que los problemas son algo más graves, y quedan evidenciados por la demagogia, la sal gruesa y las mentiras que algunos -no todos: salvo a cuatro de los seis candidatos– derrochan en esta lamentable campaña electoral que ahora toca culminar en Madrid.

Y conste, por seguir en lo intrascendente, que mi lejanísimo primo, el pobre, que ni sé ni me importa a quién ha votado alguna vez, se molestó en poner sus verdaderas y correctas señas en el remite de la navajada, para no cargar de horas extras a los investigadores policiales. Todavía no he escuchado a la señora Maroto pedir alguna disculpa por su nerviosa salida de tono, ante todos los medios y frente a nada menos que el Congreso de los Diputados, que debería ser el símbolo del debate sereno, racional e inteligente, pero que está resultando ser casi todo lo contrario.

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Bolas, bulos y balas

Enviado por Fernando Jáuregui | 24/04/21

Ya solo nos faltaban las balas en campaña. Esas balas de fusil Cetme que han sido enviadas por algún loco energúmeno al ministro del Interior, a la directora general de la Guardia Civil y al candidato a la presidencia de la Comunidad de Madrid y ex vicepresidente del Gobierno, Pablo Iglesias.

La trifulca se montó este viernes cuando, en un debate a cinco -la presidenta de la CAM, Díaz Ayuso, no piensa concurrir a más debates tras el ya realizado en Telemadrid, que dicen que ganó–, la candidata de Vox, Rocío Monasterio, se permitió dudar de la veracidad de las balas enviadas a Iglesias. Porque, aseveró, de él no se cree nada de lo que diga. Indignado, el aún líder de Podemos se levantó y se marchó, sin querer hacerse la ‘foto de familia’ con sus otros rivales, y sugiriendo que se pensará muy mucho si concurrir a otros actos en los que esté Monasterio. Luego, los también candidatos Gabilondo y Mónica García igualmente se marcharon, como reproche a la entiendo que inaceptable actitud de Vox. ¿Balas, bulos?

Verá usted: yo no tengo por qué dudar de que a Iglesias le hayan enviado esas balas -que también han recibido el señor Marlaska y doña María Gámez–, ni creo que la señora Monasterio tenga ningún fundamento para alentar dudas al respecto. Me parece, en principio, grave aventar bulos y que una campaña electoral se desarrolle en medio de estas descalificaciones y acusaciones en principio gratuitas: si la candidata de Vox tiene pruebas de que Iglesias miente en este feo asunto de las balas, que las muestre; si no, que calle. Y ahora, que pida disculpas en lugar de lanzar bravatas como ese grito dirigido a Iglesias cuando él ya se levantaba para irse: “pues lárguese”.

Otra cosa es, una vez expresada por mi parte esta condena, que el candidato de Unidas Podemos, a quien las encuestas como aspirante y como político favorecen poco, pueda o no aprovechar este aberrante asunto de las balas para disparar, verbalmente, claro, contra quienes piensan que sería bueno que se retirase de la política, y algo he oído ya de eso. Lo siento, pero identificar a quienes tal creen con el loco que anda por ahí enviando amenazadoras cartas-bala me parecería también un exceso propio quizá del personaje siempre excesivo, valga la redundancia, que es Pablo Iglesias. Confío en que no caiga en esa tentación.

Porque hay muchos demócratas, e incluso gentes de izquierda, que me consta que creen que la trayectoria política de Iglesias está terminada y, además, les parece positivo que esto sea así para una mejor marcha democrática del país. Nada que ver estas opiniones, lamento que sea necesario decirlo, con las balas ni con violencia alguna, faltaría más: hay que condenar toda acción no pacífica, sea este estúpido envío o los escraches, a veces tan agitados, contra los mítines de cualquier candidato.

Pero, eso sí, hay que admitir que al señor Iglesias, a quien en las encuestas le va casi tan pésimamente como a la candidata de Vox, podría ser que no le viniese mal, o eso cree, un poco de ruido. Ni a ella tampoco: los extremos han vuelto a tocarse en la escandalera. Que dejen transcurrir la campaña en paz –y ahora me refiero exclusivamente a la candidata de Vox– y que no nos cuenten más bolas, digo bulos, utilizando lo de las balas.

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El triste lamento de un tal Bal

Enviado por Fernando Jáuregui | 24/04/21


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(Bal, en el medio, digo en el centro, de la nada)
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En medio de la barahúnda, apenas se escuchaba la voz desesperada de un tal Bal, pidiendo a todos que siguiesen con el debate, que un socialista como Ángel Gabilondo no se levanta de una mesa ni siquiera en solidaridad con Pablo Iglesias, o menos aún por solidaridad con Pablo Iglesias. Pero claro, la gresca era fenomenal mientras el líder de Unidas Podemos se levantaba de la mesa del debate en la cadena Ser y la candidata de Vox, Rocío Monasterio, vociferaba “lárguese, es lo que quieren muchos españoles, que se marche” y la moderadora, impotente, agarraba por el brazo a Iglesias tratando de impedir su huida.

En fin, sin duda usted conoce ya los lamentables hechos. Lo importante ahora son las consecuencias: tremendo que los debates se hayan cortado de raíz en una campaña electoral, que debería centrarse precisamente en varios debates, ordenados, civilizados, con propuestas, en lugar de en mítines arracimados en los que no se respetan ni las distancias de la pandemia ni la elegancia en el verbo. Pero más debates es justamente lo que ya no tendremos cuando las dos Españas, empujadas desde los extremos, parecen más fracturadas que nunca entre ‘derechas’ e ‘izquierdas’. Ya nadie quiere hablar con nadie: es la hora de las ‘balaceras’ verbales en mítines y entrevistas, no la hora de confrontar ideas.

No seré yo, desde luego, quien equipare lo actuado por Podemos y por Vox en este lance. Creo inaceptable que una candidata diga “lárguese” a otro candidato de ideología opuesta en medio de un debate: ¿quién es ella para echar a nadie?. Pero me parece al menos inapropiado que ese otro candidato se levante y, en efecto, se largue: me invita a pensar que buscaba rédito electoral, que era lo mismo que sin duda trataba de propiciarse la señora Monasterio con su increíble proceder, que embarra a toda la clase política.

Creo que Bal, en sus súplicas para que nadie se marchase de allí cuando ya Gabilondo y la candidata de Mas Madrid optaban por tomar también el camino de la puerta en solidaridad con Iglesias, era quien tenía la razón. “Me voy a quedar debatiendo conmigo mismo”, se dolía el candidato de Ciudadanos, a quien las encuestas auguran resultados poco favorables, pero que es quien está sabiendo expresar las críticas justas a todos –todos– los demás, en un intento de ocupar una verdadera posición de centro. Lo que ocurre es que los conceptos ‘centro’, ‘centrado’ e incluso el de ‘moderado’ no están de moda, definitivamente en este secarral político que habitamos.

Allí solo ganaba, en realidad, la candidata del PP, la presidenta y aspirante a lo mismo Isabel Díaz Ayuso, pero solo por no haberse presentado al debate radiofónico –ya anunció que, tras el de Telemadrid, no concurriría a ninguno más–. Y se ahorró, por tanto, el bochorno de tener que apoyar presumiblemente la impresentable actitud de quien será su ‘socia’ a la fuerza, la representante de Vox, imprescindible para que la ‘popular’ logre el 4 de mayo una difícil mayoría absoluta que le permita gobernar. Acudí a un abigarrado mitin electoral en Tres Cantos, donde resido, y escuché de lejos a Ayuso, que no pudo, claro, criticar lo de Monasterio, de la misma manera que el socialista Gabilondo no puede permitirse el lujo de decir lo mucho que le parece mal de lo actuado por Iglesias: son las miserias a las que nos obliga esta normativa electoral nuestra, que hace que los mayoritarios estén en manos de los minoritarios, extremistas en este caso, sin un centro ni un sentido común que los modere.

Se quejaba este domingo un importante articulista en un destacado periódico digital de que ni la candidata de Vox ni el de Podemos habían accedido a darles entrevistas. Podrían ser muchos otros los medios que de tal cosa podrían lamentarse. Ni Vox ni Unidas Podemos pueden alardear de ser perfectamente democráticos en cuanto a la libertad de expresión, y bien que quedó a la vista en el frustrado debate del pasado viernes. Alguien tenía que decírselo, pero, claro, ni los del PSOE ni los del PP pueden hacerlo con sus respectivos futuros ‘aliados’.

Lo malo es que solamente Bal, que a priori y salvo sorpresas parece condenado al ostracismo en la política del futuro, puede permitirse lamentar en público las actitudes del uno y de la otra. La UCD, el Centro Democrático y Social, la Operación Reformista, fueron intentos centristas de los que ya esta generación de políticos como Pablo Iglesias o Monasterio no guardan ni memoria. Por eso, porque sé que lo que hoy escribo es casi un homenaje póstumo a ese centrismo en extinción, es por lo que hoy he querido dedicarle esta columna a un tal Edmundo Bal, alguien que vino a la política desde la función pública y que sospecho que a ella regresará, sabiamente desengañado, más pronto que tarde. Y sí, ya sé que muy poco le gustará leer esto cuando falta poco más de una semana para que ocurra lo que tiene que ocurrir.

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Un ‘debatazo’ que no es, me parece, sobre Madrid

Enviado por Fernando Jáuregui | 18/04/21

Supongo que el ‘debatazo’ entre los candidatos a la presidencia de la Comunidad de Madrid, este miércoles finalmente en la televisión autonómica madrileña, Telemadrid, debería más bien haber tenido lugar entre los líderes nacionales, que parece que son quienes se lo juegan todo, más que sus patrocinados, en las elecciones del 4 de mayo. Los candidatos, con la excepción de Pablo Iglesias, que va tan por libre que acabará estrellado, hablarán sin demasiada autonomía de vuelo, pensando, y sabiendo, que la partida se juega de verdad al día siguiente, el 5 de mayo. Porque los votos en las urnas del 4-m van a condicionar muchas cosas, muchas, no solo ni principalmente en la política de la principal autonomía española, sino en la propia vida política nacional. Vamos, que no es solo Iglesias quien se la juega: también Pablo Casado, Inés Arrimadas, Santiago Abascal…y sí, también, me parece, Pedro Sánchez. Quizá más que ningún otro.

Sánchez aporta mucho a esta campaña: a su ministra de Industria, que se irá del Gobierno, si el socialista Gabilondo gana, para convertirse en vicepresidenta de la Comunidad; a su estratega, mano derecha y jefe de Gabinete Iván redondo, para que eche una mano desde La Moncloa. Y se aporta Sánchez a sí mismo, convirtiéndose de hecho en el gran rival de la ‘popular’ Díaz Ayuso y relegando a un segundo plano al candidato del PSOE, Angel Gabilondo, que, inmerso en un torrente de contradicciones que le llegan desde ‘su’ Gobierno central, se ve condenado a un injusto papel de ‘sosoman’: ni le gustan los planes para, si las cifras lo posibilitan, aliarse con Unidas Podemos para gobernar, ni le placen los proyectos de la ministra de Hacienda para subir impuestos. Ni, creo, le gusta el enorme protagonismo acaparado por Sánchez en esta campaña.

Si la cosa, como indican algunas encuestas, le sale mal, y Sánchez pierde su batalla personal contra la pugnaz Ayuso, muchas cosas se le desmoronarán: su fama de imbatible y también la de su asesor áulico. La magia empezaría a desvanecerse, como se está desvaneciendo la coalición que formó con Iglesias en enero del año pasado. Y tendría que plantearse seriamente la convocatoria de unas elecciones generales que le liberaran, si su suerte se repite, del yugo ‘morado’. Y de la tiranía de tener que contar con Esquerra y hasta con Bildu a cada paso que da en el Parlamento. Así, los planteamientos políticos más o menos vigentes desde aquella moción de censura contra Rajoy, junio de 2018, estallarían por los aires, como entonces estallaron los postulados del ‘espíritu del 78’. Nuevo salto desde el trampolín sin estar seguro de que hay agua suficiente en la piscina. Pero Sánchez, ya digo, es hombre mimado por la diosa Fortuna. Hasta hoy, claro.

Mi apuesta personal es que una victoria de Ayuso no debilitaría a su teórico jefe político, Casado, sino que le fortalecería ante unas elecciones generales. La auténtica dimensión de Vox, que no tiene peso decisivo en ninguna autonomía, quedaría claramente reflejada en Madrid si se cumple lo que dicen una mayoría de las encuestas. Y en cuanto a Ciudadanos…no les quedará más remedio, si ocurre lo previsible, que echarse en brazos del Partido Popular, accediendo a lo que antes rechazaron: una fusión por absorción con el PP, aceptando algún cargo relevante en el partido que preside Pablo Casado. Y entonces el panorama de la oposición, hoy tan confuso, quedará aclarado.

¿Sabremos de todo esto el 5 de mayo? Obviamente, no todo será tan inmediato. Pero empezará a marcarse un camino, que los augures creen que será de algún tipo de alternativa en el poder. Porque, como digo, la coalición PSOE-morados no da ya para mucho, y menos si está representada por las Montero-Belarra y los Echenique de turno más que por Yolanda Díaz, una buena ministra cuyo futuro al frente de Unidas Podemos, donde ni siquiera milita, me parece que no está claro ni siquiera con la probable desaparición política de Pablo Iglesias.

Pues sucede que todo esto es lo que se baraja tras las elecciones del 4-m. De nada de todo esto se hablará, presumiblemente, en ese ‘debatazo’ del miércoles al que finalmente ha aceptado concurrir la presidenta madrileña y candidata a lo mismo, comprendiendo tal vez que el control de ‘su’ televisión ya nunca va a ser posible porque las cosas han cambiado mucho, también en Madrid y aunque ella sea la ‘lideresa’. Hablarán, supongo, de cuestiones madrileñas y todos los telespectadores comprenderán, comprenderemos, que tras sus palabras se habla de otro juego, y que Madrid es apenas un pretexto para la conquista del poder en toda España.

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Un manifiesto civil en la campaña

Enviado por Fernando Jáuregui | 17/04/21

A mi juicio, lo más destacado esta semana de incertidumbres sobre vacunaciones y planes para convencer a Europa de lo buenos que son los proyectos del Gobierno español ha sido, no obstante, el manifiesto lanzado por representantes de doscientos mil científicos y sanitarios tras un congreso sobre el Covid 19 al que nadie había, previamente, prestado demasiada atención: “la vacunación debe quedar fuera del debate político y no debe suspenderse sin atender a criterios puramente científicos”, se dice en el texto. Un texto emanado, como se ve, de la pura sociedad civil, preocupada (y yo diría que harta) de ‘controversias de politicastros’, y eso por supuesto no lo dice el manifiesto, que más tienen que ver con la campaña electoral madrileña –y nacional—que con la preocupación de las autoridades por la salud de los ciudadanos. Ha sido un aldabonazo que nadie debería echar en saco roto. Pero ya verá usted cómo ‘ellos’ hacen lo posible para que quede en el olvido.

El manifiesto coincidía casi con el comienzo oficial, este domingo, de la campaña electoral para los comicios en Madrid del 4 de mayo, que más parecen las elecciones para la presidencia del Gobierno central que unas regionales, por muy madrileñas que sean. El duelo entre la presidenta de la Comunidad y aspirante a lo mismo, Isabel Díaz Ayuso, y el mismísimo presidente Pedro Sánchez apasiona, claro es, a la opinión pública y a la publicada, que constata que esta pelea va a favorecer mucho más las expectativas de la candidata del PP que a la imagen del inquilino de La Moncloa, que, con su protagonismo desmedido, está dejando a los pies de los caballos al muy digno representante socialista, Angel Gabilondo.

Este duelo, casi de saloon del Oeste, entre Díaz y Sánchez a lo que más perjudica, además de al sentido común y a la lógica política, es a lo que debería ser una lucha conjunta contra la pandemia, ahora que, presumiblemente, nos hallamos en la recta final para acabar con el virus. Ocurre que está siendo una recta llena de obstáculos, de sinsabores, de egos, de traiciones, de mentiras, en medio de la angustia de una población que quiere verse vacunada de una vez sin polémicas políticas y acientíficas. O sea, justo lo que, con palabras muy medidas y moderadas, pero lo suficientemente claras, denuncia el manifiesto surgido del congreso Covid-19.

Casi todo parece más importante que el “vacunación, vacunación, vacunación” que piden los científicos: desde que Toni Cantó se quede apeado de las listas autonómicas –pues vaya pérdida…– hasta que la ministra de Industria y varias cosas más, Reyes Maroto, prometa convertirse en vicepresidenta del Gobierno autonómico de Madrid si Gabilondo, improbable pero no imposible según qué encuestas, ganase. Y entonces Sánchez tendría que remodelar de nuevo el elenco ministerial, a ver si ahora acierta. Pero esto es algo que ocurrirá, si ocurre, a partir del 5 de mayo. Como tantas otras cosas en el horizonte incierto de este país trepidante.

Pero, en fin, la sociedad civil está ahí, en ese manifiesto que me parece que suscribimos casi todos y que nada tiene que ver con otros que están sacando presuntos/as famosillos/as pensando que sus tomas de posición importan a alguien y llevarán a su candidato/a al sillón en la Puerta del Sol.

La carrera de la vacunación terminará bien, pero tarde. Sobre todo, para muchos cientos, quizá miles, que, por no llegar a tiempo el remedio, básicamente por culpa de burocracias y falta de ideas, se nos van a quedar en el camino de aquí a ese otoño dorado que se nos presenta como meta, cuando algunos que yo me sé se colgarán medallas de Vacunadores de la Patria. Porque sucede que lo peor de este azote que nos cayó encima hace un año y un mes es que nos hemos acostumbrado a sumar cotidianamente cien, doscientos, trescientos muertos al todavía indefinido número total, y entonces llega la indiferencia absoluta. Como si lo importante, ya le digo, fuesen la campaña, Toni Cantó o, simplemente, llegar como sea al otoño- Y no los padres, amigos, vecinos, que cada día desaparecen de nuestras vidas.

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