¡Es la nueva era, estúpido!

Enviado por Fernando Jáuregui | 21/04/18

Me acojo a la referencia de la agresiva frase del asesor de Clinton, ‘¡es la economía, estúpido!’, para, transformándola, hacerme llegar, incluso a mí mismo, el mensaje de que ya no podemos disimular que la España de 1968 nada tiene que ver con la actual, ni aquel mundo, aquella Europa, con los de hoy. Me parece, pues, justificada la polémica, estéril por lo demás, suscitada por el anuncio de la disolución de ETA: han sido cincuenta años de pesadilla protagonizados por la banda asesina, que –el 7 de junio se cumple medio siglo del primer crimen, contra el guardia civil Paradinas–, simplemente, ha perdido la batalla y hasta ha tenido, de alguna manera, que reconocer su absoluto fracaso, su derrota empapada en sangre. Se acabó.

Aquella de 1968 era una España en dictadura, que miraba con envidia a una Comunidad Económica Europea que sabíamos que jamás nos aceptaría en su seno hasta que la democracia nos llegase. Llegaría, con la Constitución, diez años después. Y ahora aquí estamos, ante la crisis política sin duda más grave en cuatro décadas, preguntándonos quiénes en realidad somos, de dónde venimos y hacia dónde vamos a parar. Inquietudes que son mucho más trascendentales que saber quiénes ganarán las elecciones municipales y autonómicas, que a veces parece ser la máxima preocupación de nuestros representantes.

No me basta con los mensaje de tranquilidad que nos lanza el Gobierno de Rajoy, heredero y protagonista de mucho de lo bueno y lo malo que nos ha pasado en este medio siglo, que algunos –por favor, no nos culpen de ello—hemos vivido con intensidad de mirones profesionales. No basta con que el Partido Nacionalista Vasco, que algo tuvo que ver con el nacimiento de la pesadilla, y mucho con la solución al problema de ese terror, vaya ahora a apoyar los Presupuestos del partido conservador que preside Rajoy, quizá garantizando a ese Rajoy un par de años más en La Moncloa (después no, ya no estará allí). Ni basta con que los españoles del lado de acá prácticamente hayamos dado por amortizado, enquistado, irrecuperable, el ‘problema catalán’, pensando que el tiempo lo arreglará, cosa que no deja de ser un pensamiento muy ‘rajoyano’, si usted me permite el palabro.

Vivimos los ciudadanos en el ensimismamiento: si, con nuestro sufrimiento, con nuestro sacrificio, hemos logrado vencer a la bestia sanguinaria, ¿cómo no vamos a ganar a esos independentistas caóticos que parecen el ejército de Pancho Villa? Hay, incluso, quien quisiera juzgarlos, a esos independentistas sin rumbo ni concierto, como a terroristas, dislate máximo impulsado por ciertos brazos togados con puñetas.

Y es que algunos se quieren refugiar en la indudable fuerza del Estado para tapar problemas que empiezan a ser seculares. No será metiendo en la cárcel a media Cataluña e inventando calificaciones penales abusivas como resolveremos una cuestión delicadísima, el alejamiento de los catalanes –incluso no independentistas—del resto de nosotros, los españoles. Una cosa es cumplir la ley, y otra aplicar la ‘summa lex’, que siempre trae la ‘summa iniuria’. Enorme dilema el de hasta dónde hacer llegar el peso de la ley cuando de política y de sentimientos –el nacionalismo es un estado de espíritu— se trata.

Mientras, nos entretenemos con el espectáculo de la pequeña política. Que si Cristina Cifuentes se marcha o deja de marcharse –que se marchará; no creo que llegue ni al 2 de mayo–; que si el ‘francés’ Manuel Valls quiere convertirse en el alcalde de Barcelona, nada menos: menuda jugada ha hecho Albert Rivera, descolocando a todos; que si Carolina Bescansa e Iñigo Errejón y Pablo e Irene y Tania, y… Maaadre mía.

El caso es que la economía va sustancialmente bien (para unos mejor que para otros) y el futbol funciona a todo ritmo, aunque sea con abucheos, este espectáculo tremendo que va para diez años, al jefe del Estado y al himno nacional, pitidos soeces que a veces nos recuerdan que no todo marcha con normalidad en esta España que debe aceptar de una puñetera vez que ya hemos entrado en una nueva era, y que de nada sirve discutir si el arrepentimiento de los asesinos es real o ficticio.

Lo importante es saber que no volverán a matar, así que algo ha mudado para siempre, Dios sea loado. Junto con mi compañero Federico Quevedo, escribí un libro titulado ‘¡Es el cambio, estúpido!’; se lo hicimos llegar a Rajoy y comprobé inequívocamente que ni el título ni el subtítulo –se hablaba de una ‘segunda transición’—le gustaban. Pero el cambio llega y ahora ‘es la nueva era, estúpido!’, y conste que me aplico en primer lugar a mí mismo la frase del tal James Carville, asesor cuestionable de Bill Clinton que pasó a la fama solo por este exabrupto. Sería, en efecto, una estupidez no constatar que ya nada es lo mismo, y nada va a ser nada igual, ni remotamente parecido, a lo que fue. Actuemos impulsados por esta evidencia, pues.

Ahora comprendo por qué a Rivera le va tan bien

Enviado por Fernando Jáuregui | 19/04/18

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(Albert, acuérdate de que eres mortal)
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Las formaciones políticas españolas, muchas de ellas al menos, deberían hacérselo mirar. Menuda catástrofe, entre títulos falsificados, procesos por la corrupción pasada, espectáculos derivados de ambiciones sin cuento y falta de ideas renovadoras. Nunca como ahora, quizá, estuvieron nuestros partidos tan distanciados de los ciudadanos, lo cual es, sin duda, grave, teniendo en cuenta que la nuestra es una democracia basada y asentada en el sistema partidario.

En el Partido Popular, entre el máster de Cristina Cifuentes y las meteduras de pata -que para mí no lo son tanto, pero en fin…– del ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, resulta difícil evidenciar una mayor descoordinación informativa, táctica y estratégica, de la que ya existe. El PSOE anda desautorizando a su ‘hombre en Madrid’, que era el hombre de Pedro Sánchez, es decir, José Manuel Franco, por su ‘charla informal’ con la alcaldesa Manuela Carmena, en la que presuntamente se llegó a hablar de que los socialistas ofrecerían a la edil la candidatura a la Villa et Corte, algo prontamente desmentido desde el propio Ayuntamiento y desde Podemos: jamás aceptaría Carmena, dicen estas fuentes, ir en otra lista que no fuese la de Ahora Madrid, es decir, la apoyada por los ‘morados’. Menudo zasca –espantosa palabra– a quienes, desde el PSOE, creían poder hacerse, mediante una maniobra de aproximación a Carmena, con el municipio más importante y emblemático de España. No: ella, pese a sus encontronazos con algunos de sus concejales más irreductibles, sigue fiel a quienes la llevaron al sillón en La Cibeles. Una muestra más de que Franco no es, desde luego, licenciaturas en matemáticas aparte, Metternich precisamente.

Y ahora que hablamos de Podemos…

Bueno, la última de Podemos ha sido una metedura de pata monumental, que evidencia, sin embargo, hasta qué punto está averiada esta formación. Pues claro que ha habido conversaciones entre Iñigo Errejón y Carolina Bescansa (y más gente) para disminuir, o incluso acabar, con la hegemonía un tanto absolutista de Pablo Iglesias. Pero esas conversaciones, plasmadas en un documento interno, se filtraron al exterior gracias a un ridículo (y cuestionable) error informático. Un error que ha puesto de manifiesto que, desde la Comunidad de Madrid, si es que la gana en las elecciones del año próximo, Errejón trataría de construir una alternativa al cada día más ampliamente contestado tandem Iglesias/Irene Montero.

Demasiadas luchas por el poder, conspiraciones en grado de tentativa o vaya usted a saber en qué fase se encuentran, peleítas partidistas que recuerdan aquel dicho, atribuido a Schröder, “hay enemigos, enemigos a muerte y correligionarios”. Y lo vamos comprobando en el PP, que era hasta ahora el partido más numeroso, mejor estructurado y más cohesionado del panorama político español. Se hace patente también en el PSOE, donde las guerras internas son ya legendarias y lo evidenciamos igualmente en Podemos, donde todo tiene aires de futura, aunque quizá a no tan corto plazo, escisión, quizá porque el liderazgo de Iglesias se hace cada día más insoportable para una fracción de este partido y de sus asociados. Aunque forzoso es reconocer que Iglesias supo manejar esta crisis bastante bien, logrando una ‘lista unitaria’ en Madrid.

Lo que más castiga el electorado, dicen las encuestas desde siempre, es la falta de unidad interna, las contradicciones, la falta de liderazgo, en los partidos. Quizá por eso les va tan bien a los de Ciudadanos en los sondeos: el liderazgo de Rivera no se discute
-algunos le han querido enfrentar con Inés Arrimadas, pero esto no es lo de Pedro Sánchez y Susana Díaz, ni mucho menos–, entre otras cosas porque en el entorno de Rivera faltan figuras de auténtico nivel. No hay, por otro lado, historias de corruptelas en el partido, aún no demasiadas al menos, y el mensaje sigue siendo transversal: ni demasiado de derechas –aunque cada vez se decanten más hacia ese lado, para arrebatar clientela al PP– ni demasiado de izquierdas. La formación naranja solamente ‘pincha’ ante nacionalismos como el vasco o, lo que viene a ser casi lo mismo, el navarro. Y es enemiga mortal, claro, del secesionismo catalán, lo cual es algo que a C’s le viene bien en el resto de España.
Las encuestas que conozco indican que Ciudadanos es, además, un partido mejor aceptado intergeneracionalmente. Si PSOE y, sobre todo, PP, encuentran su acomodo apenas en los mayores de sesenta años, y Podemos apenas en los menores de treinta, C’s sería el partido de las generaciones entre los treinta y los sesenta, pero penetrando algo en los más jóvenes y en los más mayores.

Y además, ya digo, no se pelean y, aunque cambien demasiado de opinión y de posturas de cara a la galería, no lo discuten entre ellos, o no demasiado, que se sepa. ¿Comprende usted ahora, visto lo que estamos viendo en otras partes, por qué sube la intención de voto a Ciudadanos? Ahora solo falta que, como a los aurigas vencedores en Roma, alguien preceda a Rivera en sus paseos triunfales y le susurre: “acuérdate, Albert, de que eres mortal”.

La Moncloa piensa que “hay plazo” para todo. Creo que se equivocan: los plazos corren mucho

Enviado por Fernando Jáuregui | 15/04/18

Enviados especiales este sábado a Zamora, el feudo del ‘super vicesecretario’ Fernando Martínez Maillo, insisten en manifestar la sensación de tranquilidad que emanaba de quienes rodeaban al líder, Mariano Rajoy, investido, en estos tiempos de falsas investiduras, con la increíble capa alistana, de hondo significado folclórico y también religioso. ‘Lo urgente es esperar’; la máxima de Pío Cabanillas se ha convertido en la divisa del ‘marianismo’.

Periodistas viajeros a Zamora preguntaban, cuando podían, al entorno del presidente por las angustias sobre el ultimátum dado por Ciudadanos a Cristina Cifuentes para que dimita; o sobre el otro ultimátum del PNV para apoyar –o no—los Presupuestos para 2018; o sobre qué va a pasar con la ‘ofensiva jurídica’ del Gobierno, ahora contra el Parlament catalán por haberse atrevido a querellarse contra el juez Llarena. O, claro, acerca del bombardeo aliado sobre la Siria del genocida Bashar al-Asad, un ataque que Rajoy, en discrepancia con la izquierda, ha aprobado. Buscaban los que indagaban algún signo de nerviosismo, algún avance programático, algo: ¿se acerca la tormenta perfecta, si es que no estamos ya instalados en ella? Nada, ni un indicio de intranquilidad, ni un paso hacia adelante o hacia atrás: “hay plazo”, te decían, siguiendo sin duda la filosofía presidencial, quienes al presidente rodean y loan.

“Hay plazo” ha sido la máxima de la conducta política de Rajoy probablemente desde que, hace más de cuarenta años, se encaramó a la vida pública. Hay plazo, ahora, para decidir qué hacer con Cifuentes, aunque nadie dude de que está sentenciada. Lo malo que es que Ciudadanos ha fijado el comienzo de mayo –el 2 es la fiesta de la Comunidad de Madrid, recordando el levantamiento contra los franceses: ¿presidirá los fastos la actual presidenta del ‘master’? Lo dudo—para decidir si se unen a la moción de censura contra CC propuesta por los socialistas y apoyada por Podemos. El margen de actuación de Rajoy aquí es, como máximo, de dos semanas. Menos margen aún le queda para saber si el PNV podría llegar, en última instancia, a apoyar los Presupuestos o, ya en el debate parlamentario sobre las enmiendas a la totalidad, deja caer al Ejecutivo. Por cierto que los ‘rajoyanos’ se muestran, comenzando por el ministro de Hacienda, seguros de que el respaldo peneuvista a las cuentas del Estado acabará por llegar. Hay plazo…

…O no, porque mucho depende de cómo evolucionen las cosas en Cataluña, donde, por el momento, todo va a peor. El último episodio bélico en la guerra jurídica se centra ahora en la querella presentada por el presidente del Parlament, Roger Torrent, contra el juez Llarena, enemigo público número uno de los independentistas, por presunta prevaricación. A lo que el Ejecutivo central piensa en responder con otra querella, esta por presunta malversación contra el Parlament, que estaría indebidamente gastando el dinero en su acción contra Llarena.

Sí, es de locos. Pero, mientras tanto, los plazos hasta el 22 de mayo, cuando, si no se ha formado el Govern, habrá que repetir elecciones en Cataluña, siguen corriendo. Para bien o para mal, quién podría saberlo. Lo que sí pueden constatar viajeros a Zamora es las prisas del Gobierno Rajoy por deshacerse del pringoso paquete del 155, que distancia la política del PP hasta de los catalanes menos independentistas, amén, claro, del PNV, de un PSOE que ya empieza a tambalearse en su apoyo a la política catalana del Gobierno y de no pocos medios europeos, crecientemente críticos con la España pilotada por Rajoy.

Pero, ya digo, el Gobierno mantiene la calma. Incluso en medio de las oleadas de manifestantes que claman contra el mantenimiento de “presos políticos”, que es una realidad irreal, pero muy recogida por la prensa extranjera. Incluso cuando miles de personas salen a la calle en Pamplona para gritar contra el juicio por la vía antiterrorista a los descerebrados que atacaron a unos guardias civiles en Alsasua. El respeto al Estado de derecho, a la legalidad vigente, a las instituciones, se resquebraja. Y no todo se puede tapar con la capa de gruesa tela de Aliste. Ni me parece que esta vez se pueda basar la estrategia en aguardar a que se pudran los problemas y en sentarse a ver pasar ante tu puerta el cadáver de tu enemigo. Ya se sabe –bien que lo comprobó, a su costa, Sancho II de Castilla—que Zamora no se ganó en una hora. Siete meses tardó el asalto a la ciudad en la que doña Urraca se había hecho fuerte. Y es que no conviene ni acortar los plazos de manera artificial ni, en plan Don Tancredo, tratar de alargarlos, como si no existieran. Y el tic tac del reloj, implacable, sigue sonando, también para el impasible Mariano Rajoy, aunque él nada de esto muestre en su rostro impenetrable.

fjauregui@educa2020.es

Nos quedan Navarra, Rioja, Murcia, Extremadura, Baleares, Canarias. Solo eso. Iremos con libro o sin libro

Enviado por Fernando Jáuregui | 14/04/18


(escribes, pesentas, libros y, al tiempo, sabes que tienes que sufrir deshaciéndote de otros libros, escritos quizá por gente mejor que tú. Para mí, este procurarme espacio deshaciéndome de libros amigos –todos, o casi todos, lo son– es un inmenso dolor).

Este viernes, en Palencia, completaremos la segunda fase de un recorrido que nos ha llevado a un total de veintiuna ciudades, congregando a un total de mil seiscientas personas en torno a los presentadores de nuestro libro ‘El Desengaño’. Ignoro cuántos ejemplares hemos vendido –no serán muchos–, pero sé que hemos mantenido inolvidables debates sobre el estado de la pol´tica en nuestro país. Memorable fue el del jueves pasado, día 12 de abril, con Alberto Núñez Feijoo en La Coruña: creo que él es una apuesta seria de futuro. Ni Pedro Sánchez, ni Zapatero, ni Iñigo Errejón, ni Rivera, a quienes hemos invitado a acompañarnos, han querido siquiera responder a la invitación. Pero han venido Carolina Bascansa, Margarita Robles, Pablo Casado, Miguel Gutiérrez, Alfonso Alonso, Patxi López, Iñaki Anasagasti, Mónica Oltra, Emiliano García Page, José Bono, Gaspar Llamazares, diputados del PP y del PSOE, alcaldes que concurrieron pese a que el libro no es complaciente ni con socialistas ni con ‘populares’… Así, este viernes estarán con nosotros en Palencia Inmaculada Martínez Seijo, próxima a Pedro Sánchez, y Miguel Angel Paniagua, próximo a Rajoy. Cerrarmos un ciclo.

Sabemos que nos quedan por visitar La Rioja (seguramente en julio), Navarra –iremos el 17 de mayo–, Baleares — en junio–, Extremadura –por concretar fecha– y Canarias. Habremos entonces recorrido todo el país: comenzamos en Madrid, luego Vitoria, Sevilla, Zaragoza, Barcelona –el día de reflexión de las elecciones–, Segovia, Salamanca. Alicante, Burgos, Toledo, Bilbao, Valencia, Vigo, Santander, Oviedo, Ferrol, Coruña, Granada, Tomares (Sevilla), Guadalajara y, ahora, Palencia. Un esfuerzo que me ha encantado hacer: nuestros políticos deberían hablar así con la gente, mirándola a los ojos, tocando sus manos y escuchando lo que tienen que decir los ciudadanos, que suele ser mucho.

Lo del libro, por mucho que se quiera a los hijos/libro, ha sido, así, casi un pretexto; quien ha querido, lo ha comprado. Quien no, no. Un libro, hoy, vale lo que vale, sirve para ilustrarnos un rato, o para discrepar de él, o para apasionarnos, o para aburrirnos.Da igual: es un et vivo, que languidecerá, pero que ahñi está, queda, para que alguien, un día, vuelva sus páginas, nostálgico.

Ahora me empeño en deshacerme de un par de miles de los muchísimos libros que empiezan a invadir mis espacios libres. Cada libro que entrego, me cuesta un disgusto: a todos los he amado, los amo, aunque muchos signifiquen haberlos escrito por compromiso, o por encargo. Me quedo con los que me dedicaron los amigos, o con aquellos de los que jamás puedes prescindir. Un día de estos contaré de cuáles no se sido capaz de separarme.

Ahora preparo dos, tres, libros. Son mi proyecto de supervivencia en una vida que cada día me va interesando menos. Pero sé que tengo una labor que cumplir, con mi programa sobre educación, y con mi propia biografía, que, al menos, debe servir para indicar a quien quiera seguirme que no debe cometer los mismos errores que yo he cometido.

Algo huele a podrido, y no en Dinamarca, debió pensar Rasmussen…

Enviado por Fernando Jáuregui | 14/04/18


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(algo huele a podrido, y no debe ser en Dinamarca, debió pensar Rasmussen, danés de pro en La Moncloa)
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Y ahora ¿qué hacemos? He constatado la perplejidad de toda una clase política, ‘instalada’ o con ganas de instalarse, ante la situación que se vive en el país y que esa misma clase ha creado: una enorme controversia jurídica que llevará a más desconcierto aún, una asfixiante bola de trolas académicas, un gigantesco ejemplo de falta de ideas renovadoras. Un silencio de fondo que envuelve al ejército de vocingleros. Un problema de gran relieve, Cataluña, que los independentistas agravan de día en día sin que, del otro lado, se sepa contrarrestar adecuadamente el nuevo Apocalipsis. Una mole ya inabarcable que quizá los medios y quienes en ellos nos ejercitamos no estemos sabiendo narrar en toda su extensión y profundidad.

Quienes pusieron en marcha el ‘ventilador de la basura’ para tratar de minimizar las exageraciones académicas, ejem, de la aún presidenta de la Comunidad madrileña, Cristina Cifuentes, probablemente no previeron que, incluyendo en el paquete del dislate a un socialista (Franco), a algunos en Ciudadanos y al menos a uno de Podemos (el gallego Juan José Merlo), además de airear de nuevo las incomparecencias universitarias del becado Errejón, iban a dar un puntillazo a toda la clase política.

No; los ‘ventiladores’ ni quitaban ni ponían Rey, pero ayudaban a su Señor. Se trataba, simplemente, de otro ejercicio del españolísimo ‘y tú más’ con el que se quieren zanjar los debates: de acuerdo, ‘la nuestra’ se hizo con un master de malas maneras, pero ¿y el vuestro falsificando una licenciatura? Pues anda que el tuyo, declarándose ingeniero sin ser ni perito… No creo que la ya pésima reputación de eso que los políticos no quieren que se llame ‘clase política’, pero que cada día merece más ser denominada así, haya mejorado mucho con estos episodios, que están teniendo aún más repercusión que los capítulos de la corrupción rampante que tanto abundaron en España en años pasados. El falseamiento del propio curriculum, para engrandecerlo, es, en el fondo, una forma chapucera, acomplejada, de corrupción.

Y luego, como demostración paralela de ese acomplejamiento, de esa chapuza, de ese lanzar piedras al estanque para propagar las ondas, está el lamentable espectáculo jurídico-judicial. Nada menos que el president de un Parlament, que debería mostrarse neutral, querellándose contra un magistrado del Supremo en cuyas manos, pienso que involuntariamente, ha caído el presente y el futuro del ‘procés’ y quizá de otras muchas cosas. Una querella que, desde el Partido Popular, se viste… de posible malversación, ahí queda eso. Y más cosas: toda una Fiscalía insistiendo en atribuir delito de terrorismo a quien apenas provoca desórdenes públicos, en medio de una controversia leguleya que dudo mucho de que esté siendo acompañada por el ciudadano de la calle, sea esta calle catalana o del resto de España; una ciudadanía que, a estas alturas, supongo que debe declararse por completo perdida y, por tanto, buscando nuevos horizontes. Y ¿nuevos rostros, nuevos mensajes, alientos nuevos?

Pensaba yo este viernes en el pobre primer ministro danés, Lars Lokke Rasmussen, que ha tenido la mala idea de aterrizar en La Moncloa precisamente cuando Rajoy preparaba, aprovechando la comparecencia conjunta con el nórdico, una respuesta de respaldo (de aquella manera…) a Cristina Cifuentes. Era un intento, supongo, de apaciguar ánimos en su partido, bastante dividido entre quienes pretenden la defensa numantino de la presidenta madrileña (y de todo un statu quo, que no es solo Cifuentes de quien se trata) y quienes predican la patada en salva sea la parte de quienes provoquen el escándalo, sea académico, financiero o social en cualquiera de sus acepciones.

Pero ¡estas cosas no ocurren en Escandinavia! se decía, sin duda, Rasmussen, que debía estar pensando que se hallaba en medio del rodaje de ‘House of Cards’ o, con más sabor danés, Borgen. Como de marcianos. O, mejor, como de locos, vamos; no se le ocurre ni a Shakespeare en Hamlet, tragedia, como saben, ambientada en Dinamarca y en la que todo acaba fatal, y el país, invadido.

fjauregui@educa2020.es

Una querella contra Llarena

Enviado por Fernando Jáuregui | 13/04/18

Quien suscribe, pese a haber estudiado algo de Derecho en tiempos remotos, no es jurista. Pero he tenido que convivir, como informador, con no pocas controversias jurídicas, que me han mostrado que el camino de la ley es plural, adaptable y casi nunca inequívoco. Supongo que los jueces están para interpretar cosas y casos, y adaptar la aplicación de la ley a muy distintas circunstancias. De uno de mis más queridos profesores en la Universidad, el gran Iñigo Cavero, aprendí pronto las bondades de recordar permanentemente que ‘summa lex, summa iniuria’. Una aplicación excesivamente rigorista de le ley acaba derivando en males mayores que los que la aplicación de la norma trataba de evitar.
Me pregunto si no estamos ahora ante una encrucijada que no puede resolverse, sin más, con la advertencia de que ‘son los jueces los encargados de aplicar la ley, y los demás tenemos que acatar sus decisiones’ sin rechistar. De acuerdo en la primera parte. Pero también podemos, faltaría más, criticar autos, resoluciones y hasta fallos judiciales, aplicando una luz distinta a la que supone la mera lectura de la letra de los códigos. No me escandaliza nada, por ello, que el presidente del Parlament catalán, Roger Torrent, que ahora es la cabeza ‘oficial’ del independentismo fuera de las prisiones o del estatus de fugado, pretenda querellarse contra el juez Llarena por presunta prevaricación al mantener en prisión a Jordi Sánchez para que éste no pueda ser investido como president de la Generalitat. No me inquieta, ya digo, demasiado: tiene derecho Torrent a hacerlo, por mucho que su pretensión esté abocada al fracaso: servirá, de cualquier modo, ay para alimentar la hoguera que el ‘procés’ catalán y sus derivaciones jurídicas han levantado en los medios europeos.
Lo que de verdad me preocupa es que haya gente que te suelte a la cara -y me ha ocurrido- que eres un ‘filoindependentista’ por mantener que acaso el mantenimiento de la prisión preventiva para Sánchez, Junqueras, Forn -un perfil personal más complicado, y a quien el magistrado dedicó un auto especialmente desafortunado, a mi juicio- y los demás es excesivo.
Poca gente habrá en España más contraria a la independencia de Cataluña que quien suscribe. Pero mi concepto acerca de cómo ha de tratarse este problema, que ya es casi secular, difiere bastante de la aplicación de la ‘summa lex’: creo que aún es posible negociar, hablar, aunque cada vez van siendo menos los personajes con quienes desde este lado de la orilla se puede dialogar: no es fácil hacerlo con un recluso. Y, por cierto, pienso que el presidente del Gobierno central debería haber mantenido algún contacto personal con quien ahora representa la máxima cabeza en el Legislativo catalán: lo cierto es que Torrent ya solicitó en su día un encuentro con Rajoy, recibiendo el silencio absoluto por respuesta.
Ya digo: no soy jurista, sino un mero periodista que ha visto y vivido ya muchos episodios, demasiados sin duda como para creer que la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad cae al cien por cien de un lado: en todo divorcio la otra parte tiene algo de culpa, aunque sea poca. Y, desde luego, lo menos que se puede decir es que este divorcio -que desde luego no puede acabar en tal- lo estamos llevando ambas partes francamente mal. Y no saben ustedes cuánto siento decirlo porque insisto: este divorcio de ninguna manera va a consumarse, aunque la relación entre las partes está quedando tremendamente deteriorada. Y eso es lo que debe asumir una futura conllevanza entre las dos orillas del Ebro.

El Rey, en su territorio, que tambien es nuestro y de ellos

Enviado por Fernando Jáuregui | 10/04/18

Nada más normal que un jefe del Estado visite una parte del territorio al que representa. Nada más anormal que unas decenas de exaltados traten de boicotear, como se intentó este lunes en Barcelona, esta visita. Todo es anormal en Cataluña: las visitas oficiales se limitan al máximo, por temor a incidentes, no hay intercambios políticos, ni periodísticos, ni judiciales: todo lo que debería ser normal es ahora anormal. Por eso me alegra que Felipe VI acuda, con la mayor frecuencia posible, a Cataluña, aunque no esté yo del todo seguro de que la organización del acto judicial que fue a presidir esta vez haya sido la más adecuada.

Pero no puede ser que los independentistas consigan que la anormalidad sea lo cotidiano, y que se considere como ya casi natural que un viaje del jefe del Estado a Cataluña resulte contestado y si se puede, boicoteado. Es más: me duele que las visitas gubernamentales, institucionales, incluso los intercambios periodísticos, se encuentren tan restringidos y limitados entre las dos orillas del Ebro, precisamente porque ir a Cataluña ‘desde Madrid’ resulta cada vez más incómodo. Estamos aceptando lo que ellos buscan: un distanciamiento cada día mayor entre lo que es España y lo que es Cataluña, de manera que acabemos por aceptar implícitamente que la segunda no forma parte de la primera.

Hemos de asimilar a Cataluña, con sus peculiaridades, como algo normal en nuestra vida política, y lograr que la generalidad de los catalanes, cada vez más distanciados –incluso los no independentistas, me temo—de la idea de España, acaben aceptándola y asimilándose como parte inevitable del territorio español, con cuantas especificidades pudieran negociarse.

No, no hay amor en el corazón de los catalanes hacia España –y puede que esté a punto de empezar a ser verdad lo viceversa–pero tiene que haber, para comenzar, esa orteguiana conllevanza, mutua aceptación. Y la del Rey es la primera de estas aceptaciones necesarias, irrevocables. Los fanáticos lo saben y por eso se manifiestan en contra, no siempre con muy buenas artes, incluso, aunque muy aisladamente, con ‘artes’ que en algo empiezan a recordar a la ‘kale borroka’. Deberían, de cuando en cuando, mirar hacia el País Vasco y analizar cómo están las cosas y cómo estuvieron. Cataluña no puede ir cada a día a peor, sino a mejor. Alguien habría de gritarlo, alto y claro, desde las propias filas independentistas, que parecen el ejército de Pancho Villa: no lograrán sino que todo se ponga crecientemente peor para ellos, y eso puede que hasta les agrade, por aquello de que también empeorará para nosotros y entonces, cuanto peor para todos, mejor para ellos. Menuda locura.

en abril, tormentas perfectas mil

Enviado por Fernando Jáuregui | 08/04/18


(Rajoy se crece entre los palmeros y las palmeras)

Reconozco que, con todas mis prevenciones a sus políticas, a algo de lo que hace y, sobre todo, a lo mucho que no hace, admiro a Rajoy por, al menos, una cosa: su impasibilidad ante el temporal. Le vimos este domingo clausurando una convención del PP, que había estado rodeada de circunstancias desastrosas, como si aquello fuese el cierre de un acto triunfal para su partido. Cuando al PP le va bien, le va bien a España, dijo, entre aclamaciones de más de un millar de los suyos que siguen creyendo en él pese a las encuestas, a los clamores de los pensionistas… O pese a lo que –muy, muy preocupante—está ocurriendo en Cataluña. Y pese también, claro está, a esa fuente de conflictos internos que es, perdón por el mal juego de palabras, Cristina Cifuentes, que fue quien se llevó los titulares más controvertidos en la convención que los ‘populares’ celebraron este fin de semana en Sevilla y que Rajoy clausuró de manera vibrante: por lo visto, todo va bien.

La clausura de la convención se ‘celebró’ –empleemos este término convencional—con la encuesta publicada en un periódico nacional que consolidaba el descenso del PP y de la figura de Rajoy en la apreciación del electorado. Y con los ‘tambores de guerra’ que nos llegan desde Cataluña, donde andan preparando una movilización muy masiva, glub, para el próximo día 15. Y con nuevos alegatos contra la presidenta de la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes, que se hizo fuerte en Sevilla, quién sabe para cuánto tiempo. Y, desde luego, claro que en el discurso de Rajoy debió pesar esa brecha que se ha abierto con Alemania a cuenta de la impertinente aparición de la ministra de Justicia germana, la socialdemócrata Katrina Barley, lanzando un misil verbal contra la Judicatura española (¿o era contra el Ejecutivo español?).

Pero el caso es que a Rajoy, perfectamente encorbatado entre los suyos, que son muchos y no dejan resquicio a las dudas sobre si le apoyan o no, parece que nada de esto le afecta. Siempre que tiene oportunidad, lanza a sus gentes –y a los demás—el mismo discurso: hay que ver todo lo bueno que hemos hecho, lo bien que marchan las cosas y lo poco que nos entienden. El piensa que esto funciona y la verdad es que, hasta el momento, básicamente funciona. Lo que no sé bien es si seguirá funcionando mucho tiempo, porque la coyuntura ha cambiado no poco, y ahí está ese tema catalán, al que el presidente del Gobierno central parece otorgar una importancia secundaria, amenazando con arrasar hasta el prestigio internacional de un país que, como España, ha hecho bien sus deberes en el tiempo exigido, pero y eso qué.

Sí, en los pasillos del hotel sevillano donde la convención tuvo lugar se oyó hablar mucho y mal de Puigdemont, de Torrent, que ya va por el cuarto intento de investir a alguien, casi a quien sea, como president de la Generalitat. También se oyeron improperios contra los socialistas, que ahora quieren imponer una moción de censura a Cifuentes –se acusaba al PSOE de haber ‘fabricado’ el caso del master contra la presidenta de la autonomía madrileña–. Naturalmente, hubo ‘leña verbal’ contra Podemos…y también algunos periodistas recibieron su ración de plomo en los corrillos ‘populares’, donde, hay que reconocerlo, los informadores son acogidos con cierto respeto distante.

Lo que no se escuchó fue autocrítica alguna. Lo que dicen los periódicos extranjeros acerca de la nula capacidad de diálogo de Rajoy y su Gobierno, que por allí andaban tan pichis los ministros, resbalaba sobre la dura piel de la convención, organizada, por cierto, cuando todo parecía que iba a mejor, por y para los ‘populares’. Ahora todo va a peor, y el discurso triunfalista y esperanzador de Rajoy temo que no va a cambiar mucho las cosas.

Porque, en fin, hétenos aquí ante una semana en la que nuevamente podría pasar de todo. En Cataluña, en Berlín, donde Puigdemont tiene ahora su asiento, en el Parlament catalán y en las instituciones españolas, concretamente en la Judicatura, sometida a presiones como quizá nunca antes lo haya estado. Son muchas las cosas que podrían estallar súbitamente. Pero ahí estaba Rajoy en Sevilla, dispuesto a no cambiar ni su talante ni su talento, arengando a los suyos: todo va bien, todo lo hemos hecho bien, así que para qué andar con cambios, total porque a Torrent se le ocurra tratar de investir de nuevo a Jordi Sánchez, o vaya usted a saber a quién, y porque a una ministra alemana le haya sentado mal el desayuno. Volvemos a las andadas, y es que en Europa nos tienen envidia y Sevilla tiene un color especial, por lo que no conviene aguar la fiesta profundizando en desastres venideros que son cosas de, Mariano dixit, “parlanchines”. Y la lluvia, entretanto, seguía cayendo en España, para bien del campo y los embalses.

fjauregui@educa2020

Los periodistas y la opacidad, digo la transparencia

Enviado por Fernando Jáuregui | 07/04/18

La verdad es que los periodistas tenemos muchos golpes de pecho que darnos, me parece. Pedimos autocrítica y transparencia a los políticos, pero no son tales virtudes que estén demasiado actualizadas en el colectivo al que desde hace más de cuarenta y cinco años pertenezco. Creo que difícilmente se puede decir que estemos cumpliendo con nuestra sagrada misión en estos tan difíciles tiempos informativos que vivimos. Y en lo referente a nuestra organización interna…

Verá usted: ni la composición de poder ni las cifras económicas, ni los datos de seguimiento que ofrecemos los medios periodísticos están tan actualizados, certificados ni justificados como deberían. Y, en cuanto a nuestras organizaciones corporativas, qué quieren que les diga: el hermetismo, cuando no un cierto maniobrerismo, prima en elecciones internas, en decisiones presuntamente colectivas. Lo digo por las elecciones en curso para presidir nada menos que la federación de Asociaciones de la Prensa de España, a la que concurren dos candidaturas. Extremo que, me consta, desconoce una mayoría de los profesionales que trabajan, trabajamos, en medios o por libre.

Pues sí, hay, como digo, dos candidaturas: una, presentada por la Asociación de la Prensa de Málaga y otra, por la de Madrid, que es la que mayores posibilidades tiene de alzarse con el triunfo dado el número de votos ‘cautivos’ que la APM lleva, en función de sus miembros. Lo que ocurre, y es paradójico, es que la candidatura ‘malagueña’ lleva seis miembros que pertenecen a la APM, mientras que esta solamente tiene tres miembros ‘madrileños’ en su lista, lo que videncia que no todos los profesionales de Madrid están conformes con la marcha que se ha imprimido a su Asociación.

Yo, que no voy en ninguna lista –ya intenté formar una candidatura profesional para presidir la APM, y salí escaldado y, la verdad, un tanto asqueado–, sin embargo me cuento entre quienes no se sienten representados por la actual candidatura ‘madrileña’. He visto y padecido demasiadas cosas en la muy instalada clique de poder de la APM: a mí, en esta confrontación para hacerse con la FAPE, ni el presidente que representa a la lista de la AMP, ni sus pretorianos, me representan. No sé si lo hace la candidatura ‘malagueña’; la conozco menos, pero los nombres que sí conozco –no los conozco todos, la verdad; ya digo que no ha habido mucha información por ninguna de las dos partes—me inspiran más confianza para otorgarles mi representación. Al menos, no les he conocido con puñales en la mano.

El problema, claro, es que yo no puedo votar: la directiva de la FAPE la eligen las asociaciones, no los asociados. Sospecho que quizá por eso, y por otras muchas cosas que por ahora me callo, los periodistas más o menos de a pie estamos tan alejados de unas organizaciones que, como ha ocurrido con la APM, se distancian de nosotros; al menos en mi apreciación, se ha hecho poco, casi nada, por los asociados, más allá de perder el magnífico servicio médico del que disfrutábamos.

Sí, esto es una crítica. Porque los periodistas debemos, pienso, ser críticos, comenzando por nosotros mismos. Yo quiero participar y no silencios, quiero que me informen y no oscuridades, quiero que se trabaje para el colectivo y no para quienes dicen representarme. Yo quiero, en suma, votar a la ‘otra’ candidatura, aunque ni formo parte de ella ni, desde luego, tengo el menor interés en hacerlo. Pero no puedo votaros, compañeros; parece que otros compañeros ya tienen mi voto, cautivo desde luego. No, no es este el ejemplo que yo creo que debemos dar.

Lo que ocurrió el viernes, 6 abril, a las 14 horas aprox

Enviado por Fernando Jáuregui | 07/04/18

El viernes, 6 de abril, hacia las 14 horas, el cronista se preparaba para empezar a ordenar lo que sería este resumen de lo ocurrido durante la semana trepidante que hemos vivido. De pronto le entró al cronista un pálpito de angustia: en esos momentos, en las dos pantallas de su ordenador coincidían las comparecencias en directo de Puigdemont, que salía de la cárcel de Neumünster, y del rector de la Universidad Rey Juan Carlos, Javier Ramos, tragando saliva a cuenta del ‘affaire Cifuentes’. ¿Qué tema elegir?

Claro que ojalá hubiesen sido solamente estas dos las coincidencias en el momento de ordenar prioridades informativas: a esa misma hora, Cristina Cifuentes viajaba en el AVE hacia Sevilla, la ciudad en la que el Partido Popular celebra este fin de semana su malhadada convención, que será clausurada este domingo por Mariano Rajoy. Y, al tiempo, Iñigo Méndez de Vigo comparecía, sin duda maldiciendo su suerte, para dar cuenta a los periodistas, tras el Consejo de Ministros, de lo que el Gobierno piensa ante todo lo que está ocurriendo; simultáneamente, Pablo llarena dejaba saber que recurrirá ante el Tribunal de Justicia Europeo la decisión judicial de Schleswig-Holstein que posibilitó la salida de Puigdemont de la prisión alemana y dificultó su extradición por el delito de rebelión; y Roger Torrent iniciaba su ronda de consultas (creo que es la cuarta) para ver a quién diablos acaban invistiendo, si es que por fin lo hacen, president de la Generalitat en un pleno del Parlament la semana próxima.

Desbarajuste total, en suma. Puigdemont pedía públicamente, ante las cámaras propias y ajenas, ‘diálogo’ al presidente del Gobierno central, o sea, Mariano Rajoy: “es la hora de hacer política”, decía el ex president de la Generalitat y quién sabe si aspirante a lo mismo. Claro que Rajoy, que, finalizado el Consejo de Ministros, se preparaba para llegar, junto con casi dos millares de los suyos, a la capital hispalense y del azahar, estaba para pocos diálogos: a él, en ese cuarto de hora, lo que le preocupaba era qué hacer con la, a la hora de escribir este comentario, aún presidenta de la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes, que, a su llegada a Santa Justa, aseguraba que no piensa dimitir porque ha dicho la verdad acerca de su ‘master’. Una verdad cuestionada pocos minutos antes por el rector Ramos, que apareció con cara de pocos amigos, acompañado de sus colaboradores, para rebatir muchas, demasiadas, verdades proclamadas por la señora Cifuentes y asegurar que él tampoco piensa dimitir, porque ¿por qué iba a hacerlo? Total…

Siempre me ha sorprendido la apariencia de calma y serenidad que derrocha Rajoy, al menos ante los fotógrafos. Pocos jefes de Gobierno europeos se hallan sometidos a tantas tensiones. Claro que Lula huyendo de la prisión en Brasil y Donald Trump declarando la guerra comercial a China también mantienen el tipo, y lo digo sin afán de comparar: solamente estoy indicando otros dos hitos informativos que se acumularon sobre mi mesa de trabajo ese viernes, abril 6, en torno a las catorce horas. Pero, volviendo a casa, Rajoy sabía que le esperaba un fin de semana complicado, que los periódicos de este sábado iban a traer más cosas comprometidas en relación con ‘lo’ de la señora Cifuentes, que tendría que huir por los pasillos de la convención de las preguntas incómodas de los periodistas. Que eso, todo esto, no podía seguir así. Pero seguro que no lo dirá cuando, este domingo, clausure con su discurso la convención de los aplausos y las aprensiones.

Todavía ignoro si es cierto que Rajoy no lee los periódicos (los no deportivos, digo); eso explicaría que mantenga su aire flemático. Creo que, al menos, sí lee los resúmenes que le selecciona su equipo de prensa, aunque puede que tampoco, vaya usted a saber. Pero la densidad de lo que cuentan y comentan los medios tuvo, forzosamente, que pesar sobre la reunión del Consejo de Ministros de este viernes, tras la cual apareció, como siempre, un sonriente, pulcro y amable Méndez de Vigo, tratando de echar fuera la mayor cantidad posible de balones: hace tiempo que compadezco el papel que ha de jugar. Y más, ya digo, cuando el cronista ordena sus papeles y ve que tantas realidades van conformando (y confirmando) la tormenta perfecta.

Y, a las 14 horas (aprox) del viernes 6 de abril, estaban ocurriendo más cosas, claro. Por ejemplo, una comparecencia ante el juez García-Castellón en la trama Púnica que acabará trayendo (aún más) cola, ya verán. Pero el espacio de esta crónica-resumen, tan apretada, tan densa, tan preocupada, ya no da más de sí. Continuará, ay.

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