La bronca llega, ay al Parlamento

Enviado por Fernando Jáuregui | 30/11/22


—(con ella llegaron la bronca, las pendencias, las tensiones. Y los del otro extremo, lo mismo. Quosde tandem?)

La bronca ya más o menos soterradamente instalada en el poder judicial llega con todo esplendor al Legislativo. Diputados que acusan de ‘filoetarras’ a otros diputados rivales; una ministra que lanza a la cara de la oposición la especie de que ‘instiga a la violación’; el líder de un grupo político que compara al presidente del Gobierno con Nerón o Calígula; parlamentarios que abandonan airados el hemiciclo al sentirse, o tal expresaban, ultrajados; la presidenta Batet clamando en el desierto de oídos sordos por serenar los ánimos en medio del barullo. ‘Pan y Circo’ achacaba Juvenal a la política tramposa: los pueblos se conforman con comida y diversión, no es preciso hacerlos participar. Pero el circo no está ya en Qatar, en la pasión por el futbol: está en la Carrera de San Jerónimo, en la que debería ser la sede de la democracia.

Lo siento, pero no puede ser que cada sesión de control parlamentario, cada comisión un poco ‘caliente’ -la que albergó al ministro del Interior, por ejemplo-, se conviertan ya no en un patio de colegio, sino en el circo romano, en el que los leones se enfrentan a los tigres de Bengala. No puedo culpar solamente, pero sí principalmente, a los partidos situados en los extremos del arco parlamentario, es decir, Vox y Podemos, partido este último que pretende dirigir una ministra incendiaria que se cree una nueva Pasionaria y a la que los excesos dialécticos procedentes de la formación de Abascal han logrado convertir en una víctima, o así al menos pretenden presentarla los suyos.

Pero también he de decir, al margen ya de los exabruptos más groseros, que el Parlamento debe servir para algo más que para hurtar lo que debería ser un verdadero debate político de altura y constructivo. Batir el récord de leyes aprobadas por decreto me parece una manera de evadir la responsabilidad parlamentaria de un Ejecutivo. No responder a las preguntas razonadas y razonables de la oposición, otra. Es lo que hizo este miércoles el presidente del Ejecutivo, cuando evadió con descaro tratar un tema obligado que le sometió la portavoz ‘popular’ Cuca Gamarra: el de la designación de un ex ministro de Justicia y de una ex asesora de La Moncloa como miembros del Tribunal Constitucional, con la obvia intención de controlar al máximo órgano fiscalizador en el Estado.

¿Cómo podría no abordarse tan polémico tema en el Legislativo, máxime cuando, además, la designación de los dos cargos del TC podría incurrir, dicen no pocos, en lo inconstitucional? Pues Sánchez, al ser interrogado por los nombramientos institucionales que constituyen una recompensa para los ‘próximos’, se salió del todo por la tangente. ¿Qué temperatura hace hoy? Manzanas traigo. Y, como no hay opción a la dúplica, la señora Gamarra se quedó sin opción a la repregunta ni a la protesta. Y los ciudadanos sin la necesaria explicación a una decisión gubernamental cuando menos polémica. Como en tantas otras ocasiones.

Me parece, hay que insistir, cada día más urgente proceder a una reforma a fondo del Reglamento de la Cámara Baja (y de la Alta, por cierto), de manera que las confrontaciones dialécticas sean más constructivas y no concedan tanta ventaja al Gobierno de turno. Hemos llegado a un punto en el que la utilidad del Parlamento, para colmo mal dirigido, es francamente relativa. Creo que el Legislativo, lo mismo que el Judicial, no está cumpliendo su función, y de ahí el patente alejamiento de los ciudadanos de la marcha de la cosa política (y, por favor, no me hablen del interés folclórico de la gente de la calle por visitar la sede de las Cortes en las jornadas de puertas abiertas).

Odio exagerar, y más aún hacerlo cuando se abordan cuestiones tan importantes como la trayectoria de nuestra democracia. Pero creo que este miércoles, y los días inmediatamente anteriores, el camino de la democracia española hacia construir algo mejor se ha llenado de espinas. Se precisan medidas urgentes de regeneración de nuestra vida política, que tiene un olor fétido. El regenerador que la regenere buen regenerador será. Pero ¿quién será?

Share

Nos vamos a divertir de aquí a Navidades (y después, claro, ay)

Enviado por Fernando Jáuregui | 13/11/22

El oficio de leerse hasta veinte periódicos (papel y digitales) los domingos se adensa: cada vez te ocupa más horas. Y es que la política se va haciendo decididamente inextricable: no hay más que ver la disparidad de versiones acerca de por qué y cómo llegó Pedro Sánchez a la decisión de reformar la sedición en el Código Penal, que amenaza con ser el gran tema polémico de una semana (más) llena de eso, de polémicas. ¿Quién es el malo y el bueno de la película? Hay que leer varios diarios, hablar con mucha gente, para hacerte una idea cabal, y ni aun así sabrás quién desencadenó la furia de los astros en esta endiablada historia, que, lo prevengo, mañana será sustituida por otra aún más endiablada.

Hay quien achaca a la ‘intransigencia’ de Núñez Feijóo la ‘precipitación’ en lanzarse a reformar la sedición por parte de Sánchez (actuando siempre de acuerdo con Esquerra, o sea, con Pere Aragonès, o sea, con Junqueras). Y hay quien, argumentándolo en los wasaps que se cruzaron los negociadores para renovar el Consejo del Poder Judicial, es decir, Félix Bolaños y Esteban González Pons, asegura que fueron las ‘mentiras’ del Gobierno respecto a sus planes sobre la sedición las que rompieron el principio de pacto entre PSOE y PP para arreglar de una vez el embrollo en el que estamos metidos con el tercer poder –es un decir–, el de los jueces.

La verdad es que ni los ‘populares’ han estado demasiado finos en este asunto –a ver cómo se justifica Feijóo en su discurso de este lunes ante su ejecutiva– ni, por supuesto, los monclovitas han sido demasiado claros, ni demasiado veraces, en su negociación con el otro partido nacional. Me temo que ha habido mucha mayor sinceridad y transparencia en los contactos gubernamentales con Esquerra que con el PP. Y así andamos ahora, rota cualquier posibilidad de ese acuerdo transversal que muchos, que recordamos con nostalgia aquello de los pactos de La Moncloa, añoramos hoy para este país.

Pues eso, que así vamos: con acusaciones cruzadas a ver quién es el bueno y el malo. Hay un diablo por medio, pero no se sabe si tiene color rojo o azul. O morado, que es una mezcla de ambos. Y ya que hablamos de González Pons, ese personaje fascinante, presunta fuente de no pocas filtraciones, que ocupa una vicesecretaría general en el PP y es el negociador fundamental de ese partido, saco a colación un libro por él escrito y aún no llegado a las librerías en el que habla del ‘escaño de Satanás’. O sea, el diablo en el Congreso de los Diputados.

No sé, porque no lo he leído, si el provocativo libro es apenas una mera ficción o tiene algo de diatriba, pero, desde luego, las invectivas luciferinas se cruzan, y más que se van a cruzar esta semana, de lado a lado del hemiciclo. ¿Es Pedro Sánchez el maligno? ¿Feijóo, que no tiene escaño pero está representado por Cuca Gamarra, a la que Peridis dibuja siempre iracunda? ¿Pablo Iglesias desde su escaño de outsider? ¿Yolanda Díaz en la versión odiadora de la ahora ausente Belarra? ¿Abascal con su puntiaguda barba algo satánica? ¿La portavoz de Bildu? ¿Esa diputada arriscada de la CUP, que siempre parece estar contra todos, llamada Mireia Vehí? ¿Quizá todos son un poco diablo y algo menos ángel?

Yo diría que lo que está resultando propio del Averno es la situación política en general, que nos lleva a esas dos Españas que han de helarnos, o calentarnos en el ‘inferno’ del Dante, el corazón. Comienza la recta final hacia la aprobación por trámite de urgencia de la reforma del Código Penal. Y, casi en paralelo, demostrando que sí hay connotaciones entre una cosa y otra, la aprobación de los Presupuestos (y de las peculiares leyes de acompañamiento, que nada suelen tener que ver con los datos de los Presupuestos y sí mucho con escapes por puertas traseras). Ambas cosas las tiene garantizadas Sánchez, que seguramente intensificará, sin que Puigdemont ni la sedición sean ya un problema, la actividad de la Mesa negociadora, que hasta ahora ha sido más bien un teléfono rojo entre Aragonés y el presidente del Gobierno central (porque Junqueras asegura que no tiene contacto con Sánchez, vaya usted a saber).

Sí, nos vamos, ay, a divertir, al menos quienes nos encargamos de contar y analizar estos desvaríos de la política patria, de aquí a la Navidad. Van a pasar muchas cosas en lo que nos resta de año, y no digamos ya en un 2023 que viene, ay, repito, no poco agitado, como advierten todos los profetas del futuro inmediato. Que se enciendan, en fin, las luces festivas –iré a Vigo, capital mundial de la luz, según su alcalde, para contemplarlo– y olvidemos que el diablo anda suelto; pero andar, como las meigas, vaya si anda.

Share

Sánchez quiere pasar a la Historia como el Suárez contemporáneo

Enviado por Fernando Jáuregui | 11/11/22

El 11 de noviembre de 2022 Pedro Sánchez dio una nueva vuelta de tuerca a sus mil seiscientos días de trayecto al frente del Gobierno: envió, a través de su grupo parlamentario (y el de Podemos), un proposición de ley conteniendo una importante reforma del Código Penal que, entre otras cosas, suprimirá el delito de sedición y lo convertirá en uno de ‘desórdenes públicos agravados’. Lo cual, como ya tanto se ha comentado en las últimas horas, reduce sensiblemente las penas a los ya casi ex sediciosos y acorta el castigo de inhabilitación a, por ejemplo, Oriol Junqueras, que podrá, seguramente, presentarse a las elecciones y lo tendremos en el Congreso en la próxima Legislatura. Y hasta puede que Carles Puigdemont, un declarado enemigo del Estado, regrese con cierta tranquilidad a Cataluña, ya veremos.

Ha sido, en cualquier caso, un paso clave para las relaciones futuras con la Cataluña (cada vez menos) independentista y un hito polémico más en las decisiones del llamado ‘sanchismo’, que se ha convertido en una nueva forma de gobernar, muy polémica, apasionante sin duda, siempre en la cuerda floja.

Permítaseme no incidir en la casuística concreta que tantos titulares ha acaparado ya. Y remontar un poco el vuelo en busca de la Historia. En esta permanencia de cuatro años, cinco meses y nueve días de Sánchez en su despacho de La Moncloa, el titular del día anterior se queda obsoleto ante el de la jornada siguiente: quién se acuerda ya de si Grande Marlaska, por sus menos que medias verdades sobre lo ocurrido en Melilla hace cinco meses, debe o no ser cesado (que ya dijo Sánchez, en su entrevista del jueves por la noche con García Ferreras, que no). Y no digamos ya nada sobre el precipitado olvido de otras decisiones que fueron sumamente polémicas: que si lo de los encausados en el ‘procés’ era rebelión o sedición, que si estos condenados debían o no ser indultados, que si lo de ‘Pegasus’ y el espionaje a los (ya no tanto) ‘indepes’ quedaba artificialmente orillado… Etcétera.

Se vive de modo vertiginoso, y episodios como la designación de la ex ministra de Justicia Dolores Delgado como fiscal general del Estado, la consolidación de una coalición –que había sido negada—con Unidas Podemos y tantas otras cosas que desencadenaron auténticas batallas que dividían a las dos Españas quedaron de inmediato sepultados por episodios nuevos. La redefinición de la separación de poderes de Montesquieu, en especial el enfrentamiento del Ejecutivo con el Judicial, que se agrava con la supresión de la sedición, también ha quedado ya casi minimizada por el alud de los acontecimientos, que hace difícilmente aprehensible la realidad en su conjunto.

Con todo esto, y mucho más, a la espalda, ¿cómo cree Pedro Sánchez que pasará a la Historia una vez que concluya esta Legislatura y permanezca o no en La Moncloa, pero ya afrontando el que será su último periodo en el poder? Me consta que algunos en su entorno adivinan que Sánchez piensa que ya Adolfo Suárez sufrió los rigores de la crítica más acerba mientras duró su mandato, para después ser glorificado ‘ a posteriori’. Por ahora, su objetivo, más que pasar a la Historia, es continuar haciéndola. Y, por tanto, escribiéndola, que ya se sabe que son los vencedores quienes lo hacen, no los perdedores, como él quiere situar a Núñez Feijoo, que, con apenas doscientos veinte días en el cargo, vive descolocado desde América Latina este momento clave.

Un momento en el que, por cierto, España aparece más partida en dos que casi nunca desde la restauración de la democracia: desde el campo de batalla de Isabel Díaz Ayuso comparan a Sánchez con Le Pen o con el dictador nicaragüense Ortega, y el propio Sánchez contraataca equiparando al PP con el ‘trumpismo’ y el ‘bolsonarismo’. Así andamos.

Claro, el recuento de lo habido y olvidado, de lo bueno y de lo malo en cincuenta y tres meses en los que no han faltado cada día titulares inéditos, desde la marcha a Abu Dabi de quien fue jefe del Estado durante cuarenta años hasta una pandemia o las consecuencias económicas funestas de una guerra en el Este de Europa, necesitaría ya varios volúmenes. Sé que algunos, a favor y en contra, se preparan ya sobre la figura y el recorrido de Sánchez y que más de uno aparecerá incluso antes de que el presidente renueve su estancia en la Moncloa o la concluya como consecuencia de las elecciones dentro de un año.

Tengo la certeza de que Sánchez admira la figura de Adolfo Suárez sobre todo por el valor con el que afrontó las situaciones más complejas: en apenas once meses, el creador de UCD dio la vuelta al Estado como a un calcetín. Yo creo que Sánchez, aunque invirtiendo un poco más de tiempo, quiere ser recordado como el hombre que transformó en algo nuevo la España heredada de Mariano Rayoy, aquel hombre tranquilo que pretendía más bien que las cosas que no daban problemas se quedasen como estaban. Lo que no se sabe muy bien es si más valdrá lo malo conocido que lo bueno por conocer. Pero está claro , tras este 11 de noviembre de 2022, que aún nos quedan muchas cosas, buenas y malas, por conocer de aquí a que nos encontremos con las urnas. O sea, que Sánchez no es aún Historia: la está fabricando, para bien o para mal, que de todo hay. Menudo 2023 nos aguarda, visto cómo está finalizando este año.

[email protected]

Share

No hace falta ser guapo para ser un gran político

Enviado por Fernando Jáuregui | 05/11/22

Antonio Costa, primer ministro socialdemócrata de Portugal, no es tan guapo, obviamente, como Pedro Sánchez. Tampoco el gran presidente del país vecino, Marcelo Rebelo de Sousa, es ni de lejos tan apuesto como por ejemplo el jefe del Estado español, Felipe VI.

Pero con la entente entre Costa y Rebelo, que milita en la derecha moderada, han hecho de Portugal un país hacia el que miran con cierta envidia no solamente desde España, tanto el PSOE como el PP, sino desde otros muchos puntos de Europa. Los dos países ibéricos, que este viernes celebraron una ‘cumbre’, tienen mucho recorrido conjunto por delante. Es más: hasta podrían llegar a convertirse, si una sana ambición les llevase a ello, en la ‘locomotora del sur’ de la UE.

Cuando llegué por primera vez a Lisboa, como corresponsal ante la ‘revolución de los claveles’ (hablo de 1974) me sorprendieron las profundas diferencias entre el suave atlantismo luso y la continua bronca mesetaria española. Era entonces Portugal un país que los vecinos españoles casi despreciaban, pero yo intuí las enormes posibilidades que la ‘revolución de los capitanes’ abría para una nación que ya entonces, y pese a la dictadura salazarista/caetanista, estaba mucho más abierto a Europa que el nuestro. Luego permanecí casi veinte años como corresponsal en Madrid de diversos medios portugueses y pude ir calibrando la imparable evolución hacia afortunadas fórmulas políticas poco transitadas, tanto de derecha como de izquierda, y hacia un despegue económico razonable y sin demasiados sobresaltos.

Hoy, Portugal es una especie de Eldorado para no pocos españoles, que han fijado allí su residencia (al menos, la fiscal) en busca de paisajes apacibles, un clima más templado y, sobre todo, una mayor seguridad jurídica. Paralelamente, es cierto que las políticas de ambos vecinos se han acercado, hasta el punto de que hoy Costa y Sánchez son unos buenos aliados frente a las intransigencias francesas de Macron, el corredor del gas o la ‘excepción ibérica’ entre otras muchas cosas. Y ambos se han acercado, a su vez, al socialdemócrata Olaf Scholz en busca de soluciones conjuntas al problema energético suscitado por Putin con la guerra en Ucrania.

Adolfo Suárez me dijo un día que una de sus aspiraciones quizá utópicas era una unión de Portugal con España: creo que mi colega Fernando Onega lo recoge en algún libro. Conozco bien los círculos lusos que se oponen a que la idea sea siquiera planteada. Pero pienso que a ambos países les conviene avanzar en un proyecto de federación tipo Benelux, y conozco a no pocas personas relevantes en Lisboa y Oporto (donde se ha creado ya una suerte de espacio regional con Galicia, que Núñez Feijoo ha alentado) a las que este objetivo no repugnaría en lo más mínimo, más bien al contrario.

Ya no es aquella época en la que Portugal y España estaban ‘voltados de costas’, es decir, de espaldas y sin mirarse, alentando aquello que nos lanzaban a la cara ‘de Espanha, nem bom vento, nem bon casamento”. Creo que las ‘cumbres’ bilaterales, como la de este viernes en Viana do Castelo, deberían ser más ambiciosas, y plantearse planes a medio y largo plazo, más allá de constatar la buena relación actual existente.

Sobre todo, cuando en Portugal han anclado políticos como Antonio Costa, que supo gobernar con un pacto con una izquierda-a-la-izquierda que se mostró más razonable que la española, hasta que el acuerdo se rompió para dar paso a unas elecciones ganadas por mayoría absoluta por el PSP. Costa, a quien vemos sonriente siempre junto a Sánchez, ha demostrado que el axioma de que hoy, para ser político, hay que ser físicamente atractivo, es una ‘fake news’.

He comprobado personalmente el cariño que le tienen los ciudadanos, incluso los que no le votan (sí, en Portugal esas cosas son posibles y Costa es mucho más simpático y accesible que alguno que yo me sé). Y alguno que yo me sé, que el día menos pensado se va a caer al agua como Narciso, de tanto mirarse en el espejo del río, debería tomar buena nota: ser guapo tiene sus obvias ventajas (lo dice un feo consumado), pero no lo es todo. Y en política, menos aún.

Share

Prometo una historia sobre un Club que es más –y menos– que un Club

Enviado por Fernando Jáuregui | 31/10/22

ya he presentado el libro en Madrid (Palace y Ateneo), en Sevilla, en Santander, en Pamplona, preonto en Burgos, en Málaga, en Orense, en Getafe, en el Club Rotario. Me piden que vaya a León, Zamora, Portugal, París..En todas partes, menos en el Club Siglo XXI, donde, tras haber metido el acto de presentación en agenda, me han dado portazo sin explicación. No quisiera ser paranoico, pero sé que a algunos ‘poderes mediáticos’ (y políticos) les ha sentado mal mi humilde colaboración a la historia del PSOE. Ay, esas Segrelles…Algún día habrá que escribir la increíble historia de ese Club.

Share

Puigdemont ni es problema ni solución: no debe ser nada

Enviado por Fernando Jáuregui | 30/10/22


—-
(Apenas cinco años han pasado desde esta fotografía. Cuántas cosas han pasado desde enbtonces…)

Algunas interpretaciones más o menos maliciosas creen que la posible revisión penal del delito de sedición, que ha desencadenado la suspensión (temporal) de las negociaciones entre PSOE y PP para renovar el gobierno de los jueces, tiene como último objetivo rebajar las penas previstas para algunos de los dirigentes del ‘procés’ independentista huidos y facilitar así su regreso a Cataluña. De esta forma, Carles Puigdemont, Toni Comín, Clara Ponsatí y, sobre todo, Marta Rovira, secretaria general de Esquerra Republicana de Catalunya y residente hoy en Suiza, volverían a poner pie en tierra española.

Se consolida así la creencia de que el llamado ‘problema catalán’, que este mes podría experimentar sustanciales variaciones en los tribunales europeos, está condicionando de manera decisiva el conjunto de la política española y la estabilidad de las instituciones.

De nada sirve que el Gobierno de Pedro Sánchez insista en que nada tiene que ver, o no debería tenerlo, una posible reforma del delito de sedición, que pesa sobre los mayoría de los personajes anteriormente citados, en ocasiones junto con el de malversación, con las negociaciones sobre la renovación del Consejo del Poder Judicial y del Tribunal Constitucional, que llevan ya largo tiempo habiendo superado sus mandatos constitucionales, paralizando en parte la acción de la justicia en España. Y de nada sirve tampoco para solucionar el atasco que el Partido Popular de Núñez Feijóo se empeñe en que, con reforma penal ‘oportunista’, no habrá renovación.

Ambas partes, Sánchez y Feijóo, tienen en principio previsto un encuentro en La Moncloa este miércoles (a ver si finalmente se concreta, que esa es otra) y, ante el aluvión de críticas que ambos han recibido por el frenazo a la negociación, tendrían en principio y según los dictados del sentido común, que desatascarla cuanto antes, porque la incomprensión de la opinión pública y de las instancias europeas es ya muy grande. ¿Lo harán?

Todas las fuentes sostienen que, hasta el pasado jueves, los últimos flecos estaban cerrados y que el anuncio de un acuerdo ‘provisional’, con promesa de modificación futura de la fórmula para elegir el Consejo de los jueces, se produciría esta misma semana. Luego vino el estallido del acuerdo, anunciado por teléfono por Feijóo a Sánchez mientras este se encontraba en vuelo desde Pretoria. Ahora veremos si llegan a un mínimo consenso antes de que el próximo día 24 se voten los Presupuestos (Esquerra ha dicho que, si no hay reforma de la sedición, no habrá Presupuestos) y antes de que, el día 25, el Tribunal de Justicia de la UE decida si el acta de eurodiputado del ex president de la Generalitat, el fugado Carles Puigdemont, sigue gozando de validez y si, por tanto, seguirá gozando de su actual inmunidad.

Y quedan otros dictámenes quizá inminentes a otros tantos recursos acerca de si las sentencias del ‘procés’ fueron o no proporcionadas a las actuales regulaciones europeas en materia de sedición, que es cuestión no poco controvertida, por cierto, en los ámbitos jurídicos españoles: ¿es más severa la legislación media europea o más benigna? Pues depende del país y de las circunstancias: en ninguna nación de la UE, por ejemplo, existen las tensiones territoriales que padecemos en España y que han provocado que los dirigentes del ‘procés’ cometan sedición.

Modificar el delito de sedición solamente para beneficiar, si es que lo hiciese, que sobre esto tampoco hay doctrina pacífica, a Puigdemont, no puede condicionar ni las negociaciones con el PP sobre la renovación judicial ni la mesa negociadora con el hoy inestable Govern de la Generalitat. Al president Aragonès le importa poco, sospecho, el retorno de Puigdemont, que hoy es su ya declarado enemigo político. Pero sí le importa, y mucho, el de Marta Rovira, que sigue siendo la secretaria general de Esquerra y está imputada por presunta rebelión a raíz de su participación en la organización del referéndum de independencia de 2017. En marzo de 2018 no se presentó a la citación ante el Tribunal Supremo y huyó a Suiza.

Su causa, en cierta forma, se separa de la de Puigdemont y de la de los ‘duros’ de Junts, pero, de alguna manera, se ve implicada en el destino del ‘fugado de Waterloo’. Ella también está a la espera de lo que decida la Justicia europea. Como, por otra parte, lo estamos todos nosotros, conscientes de que la estabilidad política española, y la credibilidad de España como democracia, están en juego. Y no, alguien como Puigdemont ni debe ni puede ser el árbitro de ese juego.

Share

Libro es todo aquello que alguien no quiere que se publique

Enviado por Fernando Jáuregui | 23/10/22

La verdad es que este es el libro que yo haya escrito que está teniendo mayor recorrido. Y es el mejor que he hecho, sin duda. Algún disgusto de gente a la que ha molestado me dará…De nada sirve escribir algo si no desvelas algo que a alguien le disgusta. Noticia es todo aquello que alguien no quiere que se publique. Y por eso mismo ‘alguien’, de determinado grupo mediático, no quiere que se publique noticia de mi libro. Citan otros, paralelos, como los de Ignacio Varela y Sergio del Molino, y silencian de manera muy cuidadosa ‘La foto del Palace’. Los viejos trucos sectarios de siempre, algo doloroso. Y ejercidos por quien fue mi director e incluso compañero de estudios. Ir de freelance por la vida tiene eso: eres débil y vulnerable y, por tanto, atacable. U olvidable

Share

Un periodista incómodo

Enviado por Fernando Jáuregui | 22/10/22

Es lo más elogioso que me han dicho: “un periodista incómodo”, titulaba una crónica de la cadena Promecal https://www.eldiadelarioja.es/Noticia/Z96E0A88B-9307-4296-E660A198550245BB/202209/Un-periodista-incomodo una página dedicada a glosar mi último libro ‘La foto del Palace’. Sí, lo soy y quiero serlo, y sé que ello me ha costado, y me sigue costando, un precio. Ir de ‘Llanero solitario’ (Carmen Romero dixit) por la vida es duro.

He tenido la fortuna de presentar el libro en varios foros y en varias ciudades. En todos me han aogido con respeto que agradezco. La de Segovia, con Julio Feo, ha sido mi última presentación de ‘La foto del Palace’. El 8 de noviembre, otra de nuevo en Madrid con un debate sobre el futuro de la izquierda

Share

Una fiesta de falsa normalidad

Enviado por Fernando Jáuregui | 12/10/22

¿De qué hablaban mis compañeros en la recepción de la fiesta nacional? Poca cosa: que si Sánchez había hecho esperar a los reyes antes del desfile, que si había más gente y más calor que jamás…Aquello parecía casi la anormal normalidad de siempre, la de antes de 2020, quiero decir. Ni las mascarillas ni las conversaciones sobre la pandemia están ya de moda. Y en los corrillos tras el ‘besamanos’ en la fiesta nacional en el Palacio de Oriente se hablaba de muchas cosas, pero como si nada serio ocurriese. Bueno, faltaban los nacionalistas, los separatistas y el ex jefe de los jueces Carlos Lesmes, pero las primeras ausencias se dan por descontadas desde hace décadas. Lo de Lesmes todos creen que se va a arreglar muy pronto con un sustituto y con un acuerdo precario. El desfile militar estuvo tan nutrido como en los mejores años. Y, además, le guste o no a la vicepresidenta Ribera, esta Navidad tendremos bombillas a decenas de miles. ¿Era eso la inestable normalidad que llevamos ‘conllevando’ casi desde siempre?

No. Los grandes problemas del país subsisten, no sé si agravados y agraviados. El de las instituciones –la crisis del Judicial es lo más patente, pero hay mucho más mar de fondo en los otros poderes–. El territorial, y ahí estaba la clamorosa ausencia de los gobernantes catalanes y vascos, que, sin embargo, sustentan al Gobierno central. Y, claro, pervive el tema de la gran desigualdad: acudían, acudíamos, a la fiesta los integrantes de esa España bulliciosa que nutre los cenáculos y los mentideros de la capital, gentes más o menos bien instaladas cuyas voces se escuchan en según qué ámbitos. En la plaza, en el exterior del palacio, se amontonan siempre los curiosos e incluso los aplaudidores.

Fuera de eso, una inmensa mayoría del país que permanece ajena a lo que se cuece en el ‘mundo oficial’. Esa gente a cuyos ‘corrillos’ nunca se acercan los periodistas, y menos aún los políticos que dicen representar a la ciudadanía, para escuchar lo que esta tiene que decir. Bueno, puede que eso también sea la normalidad, porque es de alguna manera lo que siempre ha ocurrido.

Pero sucede que ese ‘mundo oficial’, incluyéndonos a quienes manejamos la difusión de la actualidad, ha decidido seguir feliz y despreocupadamente apostando por una realidad festiva, como si nada ocurriese: mínimas restricciones energéticas, muchas de ellas bien tópicas; las viejas batallitas políticas; la vicepresidenta Calviño, ausente en Estados Unidos y ajena a los absurdos rumores que la presentan como ‘presidenciable’ tras Sánchez (¿?), ofreciendo cifras de crecimiento económico que el FMI, que tampoco es que sea el oráculo de Delfos, desmiente.

O sea, que la normalidad de copas de vino entrechocadas y cerveza en los salones del palacio es deseable, pero no es del todo real. Cierto, se lo admitiré a usted, que en la ‘España oficial’, e incluso en la que no lo es, los sociólogos que fabrican encuestas y análisis quieren detectar un cierto anhelo de transformación, de salto hacia adelante, de superación del estancamiento moral. Puede, es lo más probable, que la celebración del 12 de octubre del año próximo transcurra, si no en plena campaña electoral, sí en un ambiente de inminente corrida a las urnas. Lo que este año planeaba bajo los techos del palacio era una precampaña que se anuncia larga, tensa, competida. Allí todos pensaban desde ya en las elecciones. Y eso sí que no es normal. O debería no serlo.

Share

Esa extrema derecha que irrumpe…

Enviado por Fernando Jáuregui | 24/09/22

Ya sé, ya sé que nunca se debe titular con una interrogación, pero sucede que en este caso la noticia es exactamente la pregunta: nadie parece capaz de explicar por qué sube, en las encuestas y en las urnas, la extrema derecha, que a veces incluso refleja su admiración o simpatía por Putin, mientras las ideologías clásicas, templadas, parecen sumidas en la inoperancia. Y así, de Suecia a Italia, pasando por Francia –y hasta en esos sectores republicanos de los Estados Unidos que miran con nostalgia la era loca de Trump–, la ola se extiende. Con distintos perfiles, sí, pero con algunas características comunes. ¿Y en España?

El autócrata ruso ya ni se molesta en guardar las apariencias: no solo organiza consultas que son un ‘pucherazo’ sin disimulo y reprime a los disidentes ante las cámaras de televisión, sino que interviene con descaro en las elecciones del mundo libre. Esta semana vimos cómo el Kremlin distribuía abiertamente fotografías de Putin riendo con algunos líderes de la extrema derecha italiana, esos que, en una coalición que nadie puede creer que haya llegado a existir, ganarán probablemente las elecciones de este domingo. Y ahí está nuevamente la pregunta: ¿cómo es posible que alguien como Silvio Berlusconi, que arrastra una trayectoria simplemente vergonzosa, pueda seguir jugando un papel en un país con una democracia asentada como Italia? O ¿quién iba a pensar hace un año que la socialdemocracia sueca, la esencia de las socialdemocracias, iba a resultar vencida por una derecha ‘dura’ que niega el derecho a la emigración?

El mundo parece perplejo ante estos hechos, que evidencian que millones de personas en Europa se decantan por fórmulas que tienen un cierto componente xenófobo y de rebeldía ante no pocos avances sociales. No conviene, empero, generalizar: ni Vox, que, con sus crisis internas –el ‘caso Olona’ está siendo magnificado, sospecho–, trata de moderar sus perfiles, es igual que el movimiento descabellado de Enric Zemour, ni la señora Meloni es lo mismo que el desbocado Salvini, aunque ahora vayan de la mano. Pero todos ellos concitan el apoyo de gentes que se sienten desamparadas por el sistema tradicional y por los políticos al uso, esos que no pisan la calle ni escuchan los lamentos del ciudadano.

La extrema derecha es un refugio, así, frente al desdén con el que la política tradicional se ha ido alejando de esa ‘gente de la calle’ que todos reivindican, pero a la que, en realidad no se hace caso en sus demandas. Lo que ocurre es que se trata de un refugio peligroso, una cueva en la que pueden anidar murciélagos o de la que acaso salga un oso. Y por supuesto, esta extrema derecha ha dejado de ser violenta, y sus peores perfiles son hoy apenas verbales. Ya a muchos no les causa vergüenza decir que apoyan a esa extrema derecha, como reacción al maltrato que, justa o injustamente, dicen padecer desde otras formaciones, desde un sistema que, al parecer, no les sirve.

Así, puedo comprender el desapego de muchos ante un orden de cosas que se ha ido desgastando; pero no comprendo que, como reacción, se lancen a los brazos de lo desconocido, o de lo tristemente ya conocido. La democracia, como decía Churchill, es el peor sistema, si exceptuamos a todos los demás. Y, para mí, una democracia de plenas libertades incluye el derecho de los inmigrantes a buscar una vida mejor, la igualdad plena de sexos, el derecho a ser y mostrarse diferente. O, ya que estamos, incluye también la posibilidad de que un periodista entre al mitin de un partido sin ser rechazado porque su medio no gusta a los dirigentes de esa formación. No; yo, si fuese italiano, este domingo no votaría a Meloni. Y a sus pésimas compañías, menos aún.

Share