Nos esperan días de infarto

Enviado por Fernando Jáuregui | 16/12/18

Ignoro, cuando esto escribo, cómo diablos llegaremos al próximo viernes. Si solamente magullados, pero algo reconciliados, o pilotando dos trenes que chocarán, y con víctimas. Casi a la eslovena, como le gusta al insensato Torra. Tiendo a pensar que el ‘suflé’ ira bajando, hasta quedar en menos, quizá hasta quedar en un encuentro entre el presidente del Gobierno central y el president de la Generalitat, por más que vaya a servir de poco: Torra no está capacitado ya para casi nada.

Pero me gustaría, a pesar de todo, que esa reunión se concretara, porque hablando se entiende, o no, la gente. Aunque desde sectores de la oposición, donde ya hasta se rechaza la palabra ‘diálogo’, acusen a Pedro Sánchez de ‘bajarse los pantalones’ ante las exigencias de Puigdemont-Torra; una expresión casi pornográfica que, a mi entender, jamás debería utilizarse en política, que es el arte de intentar lo imposible por las vías menos indignas posibles. Y de mantener la serenidad y la contención en el verbo.

O sea, que en política, todo es posible, menos procurar la guerra, dijese lo que dijese aquel Churchill que ganó la guerra y quizá también la dignidad, pero perdió su futuro y unos cuantos millones de vidas humanas. Y, de todas maneras, no nos alarmemos ni exageremos, que esto que tenemos con Cataluña no es precisamente una conflagración mundial, aunque ya esté alguno hasta invocando los Balcanes. La dialéctica que vamos a escuchar ‘ad nauseam’ en los días que vienen será la de aplicar o no el artículo 155 de la Constitución, pero ahora en su versión ‘dura’, más ‘guerrera’, que es lo que piden tanto Pablo Casado como Albert Rivera, junto con otros colectivos. Que llegan, incluyendo algunos ‘barones’ socialistas, a pensar en la ilegalización de los partidos nacionalistas, insigne barbaridad de la que ya parecen estar reculando hasta quienes la pusieron, hace no muchos días, en circulación.

Creo que hay que agotar las vías de la negociación, sobre todo ahora que Torra, gracias a sus salidas de tono, está en una posición de debilidad incluso entre los suyos. Me consta que hay ya líneas de diálogo abiertas: analicen ustedes las cartas y mensajes que van llegando desde Lledoners, donde Oriol Junqueras y los otros compañeros de infortunio parecen cada día más desesperados ante la hegemonía de la locura de los CDR, animados, quizá ya no, por el mismísimo molt honorable president de la Generalitat, manda huevos. Veremos si esa hegemonía de los que se lancen a la calle triunfa en imágenes de revuelta frente a la presencia de miles –¡miles!—de policías que van a aterrizar o desembarcar estos días en Barcelona, para proteger esa Numancia que va a ser el Consejo de Ministros en la Llotja de Mar el viernes.

Antes, el jueves por la noche, tendremos a Pedro Sánchez y a cinco ministros cenando con el empresariado catalán y con algún ‘conseller’, convocados por la patronal Foment. Que preside ahora una figura tan importante para el acercamiento de posiciones contrapuestas como el ex diputado de Convergencia Josep Sánchez Llibre: si él no puede coadyuvar a una reconciliación, o llámelo usted conllevanza, pocos podrán. Atención a esa cena. Y Sánchez Llibre está, dicen, atando cabos y deshaciendo nudos gordianos como mejor puede –que algo puede—y sabe –que mucho sabe–. Es, seguramente, una de las figuras clave en todas las negociaciones (o conversaciones) subterráneas que están desarrollándose estos días, en los que los más cuerdos tratan de evitar el naufragio total, sabiendo que el buque está lleno de boquetes y que el 155 solo abriría un agujero más en el casco de la nave.

Una usted a todo esto el inicio –cuestiones previas, sin los procesados—, el miércoles, del proceso contra el golpismo independentista, y súmese la huelga de hambre, que ya dura demasiado, de cuatro de los presos preventivos, y tendremos una panorámica de lo muy, pero que muy, complicado que está siendo y va a ser el encaje de bolillos que necesariamente habrá que bordar si queremos recuperar un poco de esa calma política que parece haber huido para siempre de nuestras playas. Porque puede que para cuando, en enero, en el Supremo se empiece a plantear la libertad (provisional) de Oriol Junqueras, que procura mantener ahora una línea equidistante de cierta sensatez, y sus compañeros, ya sea demasiado tarde.

fjauregui@educa2020.es

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Un voto de confianza, por una vez, para Pedro Sánchez

Enviado por Fernando Jáuregui | 15/12/18


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(LO que Rajoy no pudo, o no supo, o quizá hasta no quiso, hacer, ¿podría lograrlo Pedro Sánchez?))
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Hay muchos motivos por los que merece la pena darse una vuelta de cuando en cuando por Barcelona, una de las ciudades más bellas, cosmopolitas y acogedoras que conozco. Ahora, claro está, al interés meramente estético y turístico un comentarista político tiene que añadir un contacto directo con las gentes de Cataluña, con su sentir mayoritario, tan distinto y distante del que palpamos a diario en Madrid, Huelva, Zamora o Socuéllamos, por poner algunos ejemplos. El resultado de mi termómetro en Barcelona,hoy desde donde escribo, no es concluyente, pero sí atronador: creo que se va desinflando el globo maléfico del fanatismo, que empezó a perder fuelle cuando el anti-político Torra, en un alarde de miopía, dijo aquello de caminar por la vía eslovena –sesenta y tantos muertos—hacia la independencia.

De inmediato se encendieron, he podido comprobar, la señales de alarma en la Universidad, en las empresas más nacionalistas, entre los botiguers, los taxistas y en la ciudadanía en general: ¿estamos conducidos por un loco? ‘Indepes’ y no indepes no saben ya qué responder. Torra no tiene ya quien le escriba…a favor. Los artículos de los columnistas más prestigiosos, como el ex director y columnista de ‘El Periódico de Catalunya’, Antonio Franco, son furibundos: el president de la Generalitat se tiene que marchar…incluso por el bien del independentismo. Muchos parlamentarios catalanes en Madrid, portando el lazo amarillo en las solapas, dicen en privado que ya no atienden a lo que el molt honorable president y su menor en Waterloo les indican.

No, Torra no es Tarradellas. Ni Pedro Sánchez es Adolfo Suárez. Aunque me parece que el presidente del Gobierno central, que está sumando puntos favorables últimamente, casi hasta equipararlos a los bastantes desfavorables que actúan en su contra, tiene más claro que su futuro interlocutor Torra lo que hay que hacer. Sobre todo, ahora que Tiene a Torra debilitado, con el independentismo dividido, los presos en Lledoners, cabreados, la calle en manifestación permanente y no precisamente reclamando independencia. Macron, que es todo un político, supo rectificar ante los ‘chalecos amarillos’; Torra se ha envuelto en los lazos también amarillos, sin darse cuenta, porque ya digo que es medio miope, de que una cosa y otra son muy diferentes y que con las cosas de comer no ha de jugarse. Sánchez tiene mucho que ofrecer a Cataluña; Torra, mucho que aceptar, entre otras cosas tragarse algunos sapos.

Admito, aunque suelo ser un optimista incurable, que es muy probable que de la ‘cumbre’ en el Palau de la Generalitat entre el molt honorable y el jefe del Gobierno central, si es que acaba celebrándose, que espero que sí, no salgan precisamente los mismos resultados que en aquella otra, en La Moncloa en 1977, entre Suárez y el Tarradellas recién regresado del exilio. Una reunión aquella en la que ambos se sacudieron a gusto, pero de la que salieron asegurando que había ido “como la seda, de maravilla”. Pusieron en marcha treinta años de fructífera ‘conllevanza’ orteguiana, rota por las torpezas de Mas y Zapatero y luego, por la atonía rajoyana y la estupidez de Puigdemont.

Claro que, insisto, pese a las semejanzas fonéticas, ni Sánchez es Suárez ni, ya digo, Torra es Tarradellas., Quizá el primero sí pueda ser en algún momento coyuntural como el segundo, pero, desde luego, el tercero jamás podrá ser como el cuarto. ¿Imaginan al viejo exiliado en Saint Martin-Le-Beau, más tarde marqués de Tarradellas, invocando la vía eslovena, que en aquellos tiempos, claro está, ni era vía ni era nada aún?

Seguro que tengo tantos reparos como usted ante algunas actuaciones de Pedro Sánchez y ante la propia estética política de su permanencia en La Moncloa. Pero, si la suerte sigue acompañando a este mimado por la diosa Fortuna, puede que acabe venciendo al empecinado fanático, que vive una situación personal digna de solidaria conmiseración, sin duda, pero que no justifica el monstruoso despiste político al que le lleva su extremismo. Luego puede que sucedan otras cosas, como que los CDR enloquecidos acaben provocando imágenes que sigan desgastando a España –no solo a su Gobierno—en el extranjero. O que ocurra lo que nunca debe ocurrir con algún huelguista de hambre. O que siga esa deriva judicial políticamente tan indeseable. O que se mantenga la hostilidad de una parte de la opinión pública y publicada hacia un presidente que no se ha sabido hacer precisamente simpático ante los medios, Pero más difícil lo tuvo Suárez, mire usted, y supo dar la vuelta al Estado como un calcetín en apenas once meses.

Así que hoy, en estos cinco minutos, creo que hay que darle un voto de confianza a Pedro Sánchez, empeñado a las claras en lo que Rajoy el silente y su valida no lograron con el hoy encarcelado próximo negociador con el Gobierno central: cimentar otros treinta años de conllevanza con ese independentismo catalán al que, diga lo que diga algún ‘barón’ socialista, jamás se deberá, ni se podrá, ilegalizar. Hay que convivir con él como se pueda. Y se puede.

fjauregui@educa2020.es

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Navidad ¿negra Navidad?

Enviado por Fernando Jáuregui | 09/12/18

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((No acabo de ver la Navidad catalana con perfiles de paz, amor, luces y turrones))—–

Advierto, en mi análisis dominical de la prensa del fin de semana, una clara dicotomía entre los medios catalanes y los de otras autonomías españolas a la hora de seleccionar y valorar la situación política. En los medios digamos ‘nacionales’, los temas dominantes son el auge de Vox y su influencia en la formación de un gobierno andaluz; los catalanes se preocupan, nunca mejor dicho, de lo que va a ocurrir en sus calles en los próximos días, hablan de la ‘cumbre del Consell’ en Bruselas y destacan esas increíbles declaraciones de Torra hablando de que Cataluña ha escogida ya la ‘vía eslovena’ hacia la independencia. Si el lector me lo permite, debo decir que me inquietan mucho más los titulares sobre lo que pueda ocurrir en las ‘carrers’ y en los despachos catalanes que las especulaciones sobre si Casado y Rivera llegarán o no a un acuerdo para hacerse con la Junta en cuya presidencia aún se sienta Susana Díaz.

Haciendo memoria, recordamos que Eslovenia llegó a la independencia tras una ‘guerra de los diez días’ con Yugoslavia en 1991. Esa breve, pero intensa, ‘guerra’ se saldó con unos sesenta muertos y cuatrocientos heridos, una cifra relativamente baja de víctimas, pero con la economía, el prestigio y la moral de ambas partes hundidas. Y hay que tener en cuenta que la convulsa Europa balcánica nada tenía que ver con el emplazamiento de Cataluña en la Europa occidental. Ni el ‘titismo’ con la democracia española. Y que las encuestas decían que el noventa por ciento de los eslovenos eran partidarios de la independencia, lo cual, obviamente, no es el caso catalán.

Invocar el ejemplo esloveno, como hizo Quim Torra este sábado en el teatro flamenco de la capital belga, ante la sonrisa cómplice de Puigdemont y con las canciones de Valtonyc amenizando el esperpento, fue una auténtica insensatez. Solo comparable a la de alentar a los CDR a intensificar sus desmanes callejeros, o cooperar en los preparativos de la ‘lucha’ que se prevé para cuando, el día 21, Pedro Sánchez trate de celebrar en Barcelona un Consejo de Ministros.

Sin el menor ánimo de exagerar o dramatizar, pienso que se están poniendo todos los ingredientes para que las ‘navidades amarillas’ de Francia puedan ser negras en Cataluña a pesar de las luces multicolores y los árboles engalanados. En este marco, o las negociaciones secretas y subterráneas que se intentan desde el Gobierno central con los independentistas más sensatos –alguno, encarcelado y rechazando la huelga de hambre de sus compañeros de infortunio—dan un fruto espectacular, o, desde luego, esa prevista reunión en la Generalitat entre Pedro Sánchez y un Quim Torra vestido de maquinista en busca del choque de trenes no tendrá el menor sentido. Y habrá, claro, choque de trenes.

Parece por completo increíble que, en este marco, otro insensato como el fugado ex conseller Comín anuncie que “el tramo final será dramático”, refiriéndose a la ‘última’ galopada hacia la independencia, que por otro lado todos saben imposible. Están anunciando, creyéndose, por lo visto, Churchill, sangre, sudor y lágrimas para los catalanes, en aras de una idea a la que más de la mitad de los ciudadanos de esa autonomía son reacios. ¿Buscan, con estos anuncios que se están repartiendo por la CUP como panfletos apocalípticos por las calles, que el Gobierno central, socialista, tenga que implantar una nueva aplicación, más dura, del artículo 155 de la Constitución, para restablecer el orden que desde la propia Generalitat se trata de subvertir?¿Estamos ante la penúltima escenificación del victimismo que, por cierto, nunca condujo a parte alguna?

Comprenderá usted que, con este panorama, lo de Andalucía y si Vox entra a formar parte o no de un acuerdo de gobierno ‘de las derechas’ adquiere una importancia bastante secundaria, pese a que sigue, desde luego, siendo muy importante. Pero resulta sintomático de la ceguera de nuestros gobernantes el hecho de que se busque un acuerdo para llegar a un poder autonómico en la mayor Comunidad de España y se olvide un pacto constitucionalista –PSOE, PP, Ciudadanos y, si posible fuese, que no lo sería, Podemos—para salvar a Cataluña, a sus horrorizados ciudadanos, del destino al que les condenan sus propios gobernantes.

Cataluña, que es la segunda autonomía en importancia en nuestro país, y de la que, para mal, más se habla estos meses en los medios extranjeros, es la gran ausente en las conversaciones de nuestros dirigentes políticos nacionales, que se muestran sin ideas ni voluntad para arreglar el desaguisado que, en buena parte, ellos mismos han provocado. La verdad, como mirón de la cosa política durante tantos años, debo decir que asisto con creciente aprensión a este espectáculo lunático. Y que casi hasta empiezo a entender nuestra última ‘voxtereta’ en un país que involuciona a toda velocidad. Más madera, que ya se ve, a toda máquina, la locomotora de los otros frente a la nuestra.

fjauregui@educa2020.es

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Cuando llega el rugido de la calle

Enviado por Fernando Jáuregui | 08/12/18

Para un político que aspira a representar verdaderamente a la ciudadanía, resulta suicida no escuchar el rugido de la calle. Peor todavía si atiende solamente al fru-fru de los trajes oscuros y los uniformes de gala en los cócteles capitalinos, mientras la ciudadanía, o sectores de ella, anda manifestándose por ahí, con mayor o menor virulencia. Ahora, tras los festejos, llega esa hora de la calle, que es una hora peligrosa, imprevisible: nadie sabe dónde acaba el rugir más o menos indignado y cuándo comienzan el estrépito, la algarada, la alteración del orden. Que se lo pregunten a Macron, que se enfrentaba al fin de semana más angustioso que la capital francesa haya conocido en muchas décadas. O, sin ir más lejos, a Quim Torra, último responsable de escenas de represión policial y violencia callejera en estos días que ríase usted de aquellos excesos policiales del 1 de octubre del año pasado.

Subido en un ‘set’ televisivo el pasado 6 de diciembre, desde el que se dominaba cuanto iba ocurriendo en el frontal del Congreso de los Diputados en su hora más solemne, la conmemoración del 40 aniversario de la Constitución, pude apreciar perfectamente los movimientos de los ciudadanos que, situados frente a la puerta de los leones y rigurosamente vigilados por la policía, se manifestaban ruidosamente a favor o en contra de los políticos que iban llegando al palacio de las Cortes para participar en el último, el más brillante, de los actos conmemorativos, una serie magníficamente organizada, por cierto, por la presidenta de la Cámara Baja, Ana Pastor.

Dentro de esa Cámara ocurría lo solemne, lo oficial, los aplausos al Rey emérito. Fuera, se imponía la ‘pena de paseíllo’ a los representantes de la izquierda que trataban de acceder al recinto lo más desapercibidos posible y la ‘gloria del aplauso’ a los dirigentes de formaciones de la derecha. Resultaba obvio que aquella manifestación para nada silenciosa había sido cuidadosamente planificada, y que aquellos centenares de personas vociferantes eran, seguramente, ‘voxiferantes’, usted me entiende.

Nada que objetar. A tomar la calle. Desde otros sectores se animan muestras callejeras en favor de la República, que fue la gran reivindicación, una enmienda a la totalidad de la Constitución que ha prometido guardar y servir su aliado Pedro Sánchez, hecha por Pablo Iglesias y Alberro Garzón a su llegada al palacio del Congreso. Seguramente, por cierto, allí murió la ‘entente’ que ha sostenido al Gobierno del PSOE en la Legislatura más endeble que hemos conocido. La mayoría de la Cámara aplaudía la trayectoria de Juan Carlos de Borbón; una minoría presentaba una querella por sus presuntas corruptelas. Dos Españas, lo de siempre.

Y, mientras se desarrollaba en Madrid el acto que sin duda estaba cerrando una época –la del recuerdo, laudatorio y/o acusatorio a Juan Carlos I, la de la influencia de los cuatro ex presidentes del Gobierno, la de la primera Transición–, en Cataluña, a golpe de porra de los ‘mossos’ en Gerona o en Tarrasa, se abría otra era, la del principio del fin del Govern de Torra. La debilidad de esta Generalitat quedaba de manifiesto en los lomos y en las cabezas de los manifestantes de los irracionales CDR. La marea amarilla avanza, preparando la enorme movida que se desarrollará en Barcelona el próximo día 21, cuando Pedro Sánchez traslade allí su Consejo de Ministros. ¿Cuál será entonces la situación de los presos catalanes que llevan ya una semana en huelga de hambre?

Difícilmente habrá ya un encuentro pacificador Sánchez-Torra: la calle va a ganar la partida. Que es lo que ocurre cuando esta partida la pierde la mejor política a manos de las porras policiales, e insisto en que se lo pregunten a Emmanuel Macron, ayer adorado por los vecinos del norte, hoy, como Torra, vilipendiado. Es en esos momentos, es con esas imágenes, cuando se quiebra esa deseable normalidad, ese dorado aburrimiento de la cotidianeidad, que es lo que caracteriza a una buena democracia. Y ojo, que las calles, los controles del peaje de las carreteras, los aeropuertos, se pueden parar con medio millar de ‘cuperos’, de indignados, de fanáticos, de revoltosos que empuñan el coctel Molotov. Y entonces llegan las cámaras de televisión extranjeras y ya se ha montado eso que Mariano Rajoy, para simplificarlo todo y no hacer nada, resumía como ‘un lío’. Menudo follón, sí.

fjauregui@educa2020.es

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Monarquía-República, that is the question

Enviado por Fernando Jáuregui | 06/12/18

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(imágenes de un acto irrepetible, que cierra una era y abre otra)
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De todo lo que dijo el Rey en su discurso conmemorativo de los cuarenta años de la Constitución, esta fue la frase que me pareció más importante: “la celebración del 40 aniversario de nuestra Constitución nos sirve para poner de manifiesto que la España de hoy es muy diferente a la de aquel 6 de diciembre de 1978”. En efecto, pensé mientras escuchaba, desde el Congreso de los Diputados, a Felipe VI: resulta que ningún español que sea más joven de cincuenta y ocho años ha votado esta Constitución en aquel referéndum, ni, probablemente, entiende las circunstancias excepcionales que acompañaron su feliz nacimiento. Y este es un dato de excepcional importancia.

Por eso, el acto solemne en el Parlamento de este jueves, en el que vimos juntos a los Reyes y a los padres del Rey –no sé si correctamente llamados reyes eméritos–, además de a la princesa de Asturias ya la infanta Sofía,a los cuatro ex presidentes de Gobierno de la democracia vivos, a numerosos parlamentaros y ex parlamentarios, a los ‘padres de la Constitución’ que aún sobreviven, me pareció un acontecimiento irrepetible. Jamás se volverá a producir algo semejante, ni con esos protagonistas ni con muchos de ellos. Era claramente el momento que escenificaba el final definitivo de una era y el comienzo, por tanto, de otra. No sé si habrá un 50 aniversario de la Constitución. Pero, seguramente, no será con ‘esta’ misma Constitución., O reformamos la que ahora tenemos, para que perviva, o acabará siendo papel mojado y se diluirá como un azucarillo.

Me hacía yo estas reflexiones mientras escuchaba al líder del Partido Popular, Pablo Casado, decir que es contrario a cualquier reforma, ahora, de la Constitución, incluso admitiendo, como admite, que son necesarios algunos cambios en el texto de la Ley Fundamental. Me recordó a las posiciones algo inmovilistas de Rajoy. Y lo lamenté, porque creo que son muchas las cualidades que adornan a Casado como político y que es una apuesta importante para el futuro, una vez que superemos el caótico presente. Lo digo porque es preciso, al tiempo que contar con alguien que proclama la regeneración reformista que se va haciendo cada día más imprescindible a cortísimo plazo, mirar hacia alguna personalidad política que encarne la pervivencia de algunos valores de referencia que estamos perdiendo o difuminando.

Y ahí es donde entra el gran tema siempre soslayado, siempre presente sin que nadie lo cite. El tema Monarquía-República. No dejó de sorprenderme, por mucho que lo esperase, que los representantes de Podemos-IU llegasen este jueves a la celebración del aniversario de la Constitución parándose ante los periodistas para decirles, en términos bastante duros, que la Monarquía está acabada y que es necesario el advenimiento de una República.

Es, sin embargo, lógico y legítimo que lo expresen: como decía Voltaire, ‘yo, que aborrezco las ideas que usted expresa, daría la vida para que siga expresándolas libremente’. Confieso sentirme monárquico, pero muy crítico con muchas de las cosas que desde la Corona se hicieron en el pasado, en el remoto y en el inmediato, encarnado por Juan Carlos I. También soy constitucionalista, de ‘esta’ Constitución, y, quizá por eso, pido reformas a fondo.

Quiero un país libre de ataduras y diques en el que cada cual pueda decir lo que le dé la gana. Lo que me chirría es que, en el día en el que se celebra nada menos que el 40 aniversario de la Constitución, el principal, quizá el único, aliado que le queda al Gobierno de Pedro Sánchez –quien, recuerden, llegó al poder prometiendo fidelidad a esta Constitución, monárquica—llegue a la fiesta de celebración lanzando un misil contra la esencia de la Ley de Leyes y poco menos que proclamando la República desde los micrófonos de los medios situados a la entrada del edificio de la Cámara Baja, engalanada para la ocasión.

Por eso mismo digo, porque el ataque a lo que constituye una de las esencias de este régimen ha ido adquiriendo un volumen inusitado en cualquier otra conmemoración anterior, que algo hay que hacer para procurar que en la Constitución quepan todos. O los más posibles. Todos esos españoles que no la votaron, porque entonces no tenían edad, y que ahora constituyen mucho más de la mitad de la población de nuestro país.

Es urgente un acuerdo entre las fuerzas constitucionalistas, comenzando por la que hoy, desde una clara minoría parlamentaria, nos gobierna. Porque, simplemente vivimos un momento crucial para la pervivencia de este Estado, el que conocemos los que sí llegamos a votar la Constitución y el que han ido conociendo los que han venido tras nosotros. No basta con las palabras genéricas, bienintencionadas, del Rey apelando al diálogo en el conflicto y al respeto a la ley: se hace cada día más necesario dar un paso más, reformar, reformar, reformar, dentro del consenso más amplio posible. O, si no, esto acabará, no sé si bien o mal, pero acabará.

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Un día bueno entre coetáneos o aún peor

Enviado por Fernando Jáuregui | 06/12/18


(el grupo de viejos rockeros, con insignia y todo)
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Hoy, querido diario, ha sido un buen día. A los llamados ‘periodistas de la Transición’, bastantes de los cuales seguimos aún en activo, nos dio la presidenta del Congreso la insignia de la Cámara, para que este jueves, 40 aniversario de la Constitución, la llevemos en la solapa. Ya he dicho que el mejor homenaje a la ley fundamental será reformarla, pero eso suena mal en los castos oídos inmovilistas de buena parte de nuestra clase política. Me acuerdo aún de cuando Pedro Sánchez –en la oposición, claro– tenía como prioridad absoluta esta reforma. Ahora, nada.
En fin, hoy luciré mi insignia –que tampoco es para tanto– en la recepción del Día de la Constitución…si es que llego, porque tengo que retransmitir desde TVE, como ‘experto’, me dicen, no como tertuliano, cualidad de la que en la tele pública me han desposeído.
Por lo demás, en el encuentro de viejos rockeros de esta mañana he encontrado a algunos muy viejecitos. Como, supongo, me habrán encontrado ellos a mí…Han pasado muchos años y muchas cosas. Y las que pasarán.

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El mejor homenaje a la Constituvión, reformarla

Enviado por Fernando Jáuregui | 05/12/18

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(Celebrando la Constitución en la Diputación de Castellón. En la foto, con el presidente)

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Pues claro que respeto nuestra Constitución, la más duradera y estable de nuestra Historia, la que ha amparado un régimen de libertades y democracia, la que votamos mayoritariamente, quienes entonces podíamos hacerlo, cuarenta años ha. Y esa es la clave: un muy importante porcentaje de españoles no votaron esta Constitución y buena parte de ese porcentaje la desconoce o la conoce de forma muy superficial, en sus fallos –que los hay– y en sus posibilidades de desarrollo, que también las hay, y muchas. Por eso digo que hay que adaptar nuestra Ley Fundamental a las nuevas realidades surgidas a lo largo de cuatro décadas: políticas, económicas, sociales, tecnológicas… y demográficas. En suma: hay que hacer comprensible nuestra Constitución democrática a los hijos de una nueva era, a todos los que entonces o no existían o no tenían la edad suficiente como para aprobarla en aquella consulta popular que tanta alegría nos proporcionó a tantos aquel 5 de diciembre de 1978.
Me resulta difícil entender los argumentos de algunos de nuestros representantes que dicen que no hace falta reformar la Carta Magna, o las razones de quienes, impulsados en el fondo por la misma pereza y los mismos temores, se escapan arguyendo que no hay consenso acerca de las materias, artículos y hasta títulos reformables. Pues claro que nuestros políticos, nuestros juristas, nuestras instituciones como el Consejo de Estado, que doctores tienen esas iglesias, saben perfectamente lo que hay que cambiar, actualizar, añadir, suprimir. Basta de argucias y de hacer buena aquella frase, tan clarividente, de Pompidou: “la pereza es un elemento motor de la Humanidad”. Fuera galvanas, vagancias y temores.
Porque, si no actualizamos nuestra Constitución, si continuamos marginando de su espíritu a nuevas hornadas de españoles que piensan diferente económica, ética, estética y territorialmente, corremos el peligro de que este arquitrabe para nuestra unión se resquebraje, junto con el conjunto del Estado. Nunca ha habido mayores peligros para un desmoronamiento de tantos valores que sustentan nuestra democracia como ahora: embarquémonos en la ilusión de una tarea, la segunda transición, que complemente aquella primera, iniciada por una clase política que supo sacrificar sus intereses en aras de los del Estado, de España. ¿No seremos capaces ahora de repetir aquella gesta? ¿Somos peores que entonces?

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Adios, Susana, adios

Enviado por Fernando Jáuregui | 02/12/18

Injustificable, ni siquiera habiendo obtenido más votos y escaños que los demás, la permanencia de Susana Díaz al frente de la Junta de Andalucía, Máxime cuando ni siquiera lograría la mayoría absoluta con Adelante Andalucía. ¿Fin de la gobernación de izquierda en Andalucía? Eso podría parecer, aunque esto va a dar muchas vueltas todavía. Porque, la verdad, tampoco veo una coalición de la derecha, la llamada extrema derecha y el centro para ocupar la Junta. La formación de Albert Rivera difícilmente podría alinearse con un partido como Vox, de postulados tan alejados a sus principios. Así que se abre un período de negociaciones intensas pero subterráneas, de renuncias y exigencias, de posiciones de cara a la galería..

Susana Díaz merecía perder. Y bueno sería que su teórico jefe político, Pedro Sánchez, tome buena nota de lo que se ha hecho mal, entre otras cosas gobernar deficientemente las cosas cotidianas en la Comunidad más importante de España. Moreno Bonilla, el candidato del PP en Andalucía, quizá se haga la ilusión de tejer un complicado encaje de bolillos con Ciudadanos y Vox, pero estas dos últimas formaciones, las únicas que han subido en el voto, me parecen incompatibles. ¿Cómo afrontaría Ciudadanos las elecciones en Castilla y León, Galicia, Valencia, Asturias, habiendo llegado a cualquier acuerdo con el emergente, pero por muchos conceptos para ellos repudiable, Vox? Claro, la derecha dirá a Rivera que será el culpable de que esta opción no gobierne en Andalucía, pero sus votantes de centro no entenderían albergar a tan extraños compañeros de cama. Tampoco creo que C’s se alíe con los socialistas, tras prometer tan intensamente que no lo haría; y, en todo caso, esa suma tampoco daría, en principio, la mayoría absoluta

Así que me parece que se abre un período de incertidumbre, de desgobierno. Susana Díaz puede seguir como presidenta en funciones durante unos meses todavía, Incluso es posible que aún vea convocar unas nuevas elecciones. Pero no sería con ella como cabeza de candidatura, sospecho. El batacazo ha sido excesivo. .

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Él, el último recuerdo de nuestro pasado

Enviado por Fernando Jáuregui | 30/11/18


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(Sí, ha cometido errores, como él mismo tuvo que reconocer. Pero tiene que estar ahí a la hora de reconocer y tramitar el pasado)
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Jamás estuve seguro de que el pasado siempre haya sido mejor. Tampoco peor. Es, simplemente, pasado, irrecuperable, y sirve sobre todo para intentar –ay, el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra—no repetir los mismos errores de antaño. En España, todo ha cambiado en apenas cuatro años: hoy andamos con una severa crisis política a cuestas. Los rostros de quienes nos representan también son otros. Cuando Juan Carlos I abdicó en su hijo, allá por el ‘lejano’ 2014, se produjo un relevo notable, el más notable. Solo quedaba Rajoy. Ahora, el ex presidente del PP y del Gobierno es eso: un ex, que rumia en solitario, en silencio, sus experiencias y su trayectoria política, bruscamente cortada. Nadie podía esperar lo que ocurrió, ni siquiera los principales protagonistas.

La política, definitivamente, discurre hoy por otros cauces, aunque nadie sepa muy bien dónde va a desembocar este torrente de palabras enfundadas en un tono mitinero. Y claro que no me refiero solamente a lo que vaya a ocurrir este domingo en Andalucía.

El caso es que la cara de Juan Carlos I ha ido siendo sustituida progresivamente por la de Felipe VI. De manera casi imperceptible, la figura del hombre que reinó en España durante casi cuarenta años se ha ido diluyendo, reapareciendo solamente para cuestiones indeseables: audios filtrados con intenciones nunca ‘sanctas’ (¿habrá más?, se preguntan todos con aprensión), encuentros casuales, desde luego no buscados, con personajes de contacto poco recomendable, como el heredero saudí. Creo que la trayectoria vital de cada uno ha de asumirse, incluso para la Historia, con sus claros y sus oscuros, lo bueno, lo no tan bueno y lo malo. “Me equivoqué, no volverá a suceder”, dijo entonces el Rey. Luego, abdicó. Pase de página, y ya llegarían las facturas.

España está a punto de cerrar un capítulo de esta Historia. El 40 aniversario de la Constitución, con fastos bien programados sobre todo por la presidenta del Congreso, va a significar, espero y confío, la apertura de una nueva era, necesariamente reformista, incluso del propio texto constitucional, que ha aguantado como ha podido hasta ahora sin introducir algunos cambios que me parece que todo el mundo admite ya como imprescindibles. Estas cuatro décadas constitucionales estuvieron marcadas por la figura de Juan Carlos de Borbón, y la trayectoria, en lo que a esta conmemoración se refiere, ha sido básicamente positiva. Es a lo que, me parece, debemos atenernos en estos días conmemorativos.

Por eso, me parece acertado ‘recuperar’ a la figura del llamado Rey emérito en algún sitial de los fastos. Merece ese reconocimiento histórico. Aunque trapisondas posteriores, llegadas en los peores momentos para la causa monárquica, severamente zarandeada desde la periferia peninsular y también desde alguna formación emergente, hayan llevado, lógicamente, a cuestionar aspectos del papel jugado por el ex jefe del Estado. Al César, lo que es del César: Juan Carlos se ganó el puesto en estos fastos, y bien ha hecho Felipe VI reconociéndoselo, aunque quizá revelaciones posteriores hicieran que el emérito haya perdido algún rincón de privilegio en nuestros corazones. Ahora toca lo que toca; luego, la Historia, inevitable, hará su labor.

Puede que no haya muchas más oportunidades, tras esta semana que viene, para recuperar a una figura que está en el pasado de todos nosotros. Un pasado que, con todo, ha hecho buena la frase aquella, quizá pronunciada en privado por el propio Juan Carlos: “que, cuando peor nos vaya, nos vaya como ahora”. Pasado mañana, o al siguiente día, en todo caso cuando haya transcurrido el hito icónico del 6-D, será tiempo de ocuparse del futuro. Que también es, como el pretérito, inevitable, aunque nadie sepa muy bien, glub, por dónde ha de discurrirnos. Confío en no tener que desmentirme a mí mismo teniendo que reconocer que, en efecto, el tiempo pasado fue mejor.

fjauregui@educa2020.es

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Firmando libros en Manzanares

Enviado por Fernando Jáuregui | 25/11/18

Gran tarde la del viernes en Manzanares, esa gran población de Ciudad Real, presentando ‘Los periodistas estábamos allí para contarlo’, con Román Orozco, Eduardo San Martín y Karmentxu Marín. Firmamos mucho, y mantuvimos un debate animadísimo con el numeroso público. Gracias, Escuela Ciudadanos @esc_ciudadanos

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