Esto tiene que cambiar, va a cambiar. Pero ¿cuándo?

Enviado por Fernando Jáuregui | 20/02/21



(¿se abrazarían ahora como hace un año, un mes y seis días?)
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“Una democracia plena no puede admitir la violencia”. Triste país en el que una afirmación tan obvia como esta, pronunciada por Pedro Sánchez, alcanza honores de titular y caracteres de guiño: el presidente está enviando un mensaje a su incómodo socio, Unidas Podemos, desde donde se nos dijo que la española no es una democracia plena y desde donde, dicen algunos, se alienta –al menos, no se condena– la violencia salvaje que protesta, en esta ocasión, por el encarcelamiento del rapero Pablo Hasél. Ya sabemos, o intuimos, que la democracia de Sánchez está más cerca de la de Pablo Casado que de la de Pablo Iglesias: quizá, seamos optimistas, sea cuestión de poco tiempo el que esta situación imposible se resuelva.

Me encuentro entre quienes piensan que los energúmenos que queman contenedores y, si pueden, autobuses, destrozan escaparates y se enfrentan cuerpo a cuerpo con la policía poco o nada tienen que ver con Podemos; desde luego, no votan ni votarán a UP, entre otras cosas porque estas tribus urbanas no votan. Pero también creo que Pablo Iglesias aprovecha la ocasión para tratar de mostrar a su socio mayoritario una fuerza de convocatoria que no tiene, haciendo creer que, si quisiera, apaciguaría esta violencia callejera que protesta contra el encarcelamiento de un rapero que, por cierto, en más de una ocasión ha puesto verdes a los ‘morados’.

No sé cuánto tiempo aguantará Pedro Sánchez el incómodo aliento en el cogote del hombre que no iba a dejarle dormir. Pero, desde luego, no creo que la sociedad española soporte mucho más una coyuntura incomprensible: los dos partidos de la coalición, y no hablemos ya de los ministros no militantes, mantienen un absoluto desacuerdo sobre casi todos los temas imaginables de filosofía política y de praxis de gobernación. Los límites de espacio de este artículo me impiden ensayar siquiera la elaboración de una lista de los asuntos en los que socialistas y podemitas chocan: simplemente, esta que tenemos no es una coalición al uso, sino un Ejecutivo imposible. Hasta la palabra ‘democracia’ tiene, para unos y otros, distinto significado. Hasta lo que ocurrió el 23-F, historia pura y dura, admite diferentes interpretaciones. Estamos ante una visión socialdemócrata de la vida versus otra revolucionaria. Y eso tiene mal encaje.

Sánchez tiene ante sí una negociación con el Partido Popular para cerrar acuerdos imprescindibles para la buena marcha institucional del país y que afectan a los poderes del Estado; ha planteado el resurgir de la mesa negociadora con el separatismo catalán (cuando se forme el Govern, supongo); y ha de aplicarse a ‘normalizar’ de verdad la vida sanitaria, política, económica y social de una España que sale moral, estructural y financieramente destrozada de la pandemia, sí, pero también de esta surrealista dualidad en el seno del Consejo de Ministros, que se agrava de día en día. No hace falta ser muy perspicaz para darse cuenta de que esto, simplemente, no puede seguir así, a base de lanzarse mensajitos sobre la calidad de nuestra democracia a través de los medios de comunicación.

Algo tiene que pasar, algo va a pasar, en el seno de un Gobierno que, en estado de alarma, con la actividad del Legislativo reducida casi a las inanes sesiones de control parlamentario, con el poder judicial sobrepasado y en plan casi de batalla, gobierna, sin embargo, con menores controles que jamás (y encima, una parte de ese Gobierno pide controles sobre los medios). La duda, ya digo, es el plazo en el que pasarán cosa que, confío, serán beneficiosas para esa democracia que los unos cuestionan y de la que los otros alardean. Otra versión de las dos Españas, vamos.

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“Ser independentista es ser retrógrado” (Más dixit)

Enviado por Fernando Jáuregui | 13/02/21

Artur Mas, el hombre que en 2012 quiso convertirse en el ‘padre’ de la independencia catalana, me dijo un día de 2010, ambos en su desaparecido despacho de la desaparecida sede de la desaparecida Convergencia Democrática de Catalunya: “ser independentista es ser retrógrado”. Textual, porque no he podido olvidar esa frase que evidencia muchas de las cosas difícilmente explicables que han ocurrido en Cataluña –y en el resto de España, claro—en una década: desde Mas, otros tres presidentes han desfilado caóticamente por la Generalitat y acaso –solo acaso– un cuarto pase a engrosar la lista en los próximos días, tras las elecciones más esperpénticas que yo recuerde haber contemplado, las de este domingo.

Desde luego, he tenido oportunidad de recordarle a Mas aquella frase, que tanto contrasta con la que fue luego su trayectoria al frente de la Generalitat y cuando dejó paso después a un personaje tan inesperado, desconcertante, como el hoy fugitivo y europarlamentario Carles Puigdemont. ¿Por qué un viraje tan considerable? Pues porque, por dos veces, Mas, me dijo, se sintió engañado por Zapatero, que le prometió que el líder de la formación más votada sería quien presidiría la Generalitat. Y luego, sin embargo, pese a que CDC fue quien obtuvo más votos, fueron dos socialistas, Maragall y Montilla, quienes, al frente de tripartitos, se hicieron con el sillón en la plaza de Sant Jaume tras las dos elecciones sucesivas.

A partir de ahí, en la política catalana ha ocurrido de todo: desde procurar tapar con la bandera estelada la enorme corrupción del ‘padre de la patria’ Jordi Pujol (y de toda una clase política) a la pretendida declaración de independencia de octubre de 2017, una independencia que duró exactamente un minuto y cuarto. Aquel 27 de octubre, Puigdemont podría haber dado un giro histórico a la desventurada historia política catalana, convocando elecciones –estuvo a punto de hacerlo e incluso organizó una rueda de prensa para anunciarlo—en lugar de, acobardado porque le llamaban ‘botifler’ los más extremistas del secesionismo, declarar una efímera e imposible independencia. Y pasó lo que pasó: hay cientos de libros narrando desde diversas perspectivas, algunas totalmente falsificadas, todo aquello que la Historia depurará.

Y así, a trompicones, hemos llegado a estas elecciones en las que han brillado como estrellas en el firmamento incendiado los cabecillas de aquel golpe que llevaban tres años encarcelados y cuyo futuro penitenciario nadie podría hoy predecir con exactitud. Unas elecciones sobre las que, cuando escribo este comentario, todavía pesa la incertidumbre acerca de cuántas mesas electorales no podrán constituirse. Y cuyo resultado es tan incierto que en este momento las apuestas favorecen más una posible repetición de estos comicios que una neta victoria de las dos formaciones independentistas que ayer eran enemigas acérrimas y hoy se presentan como futuras aliadas para impulsar un ‘procés’ que saben que nunca culminará con éxito. Pero que, eso sí, seguirá provocando inestabilidad sin cuento, vetos y guerras políticos y perjuicios para los catalanes (y para el resto de los españoles).

Mal asunto cuando una campaña electoral se desarrolla en medio de un debate sobre el grado de democracia de un país –¡¡debate impulsado por un sector del propio Gobierno central!!—o sobre si hay que cumplir leyes penales en torno a los políticos presos, porque, en el fondo, España carece de una legislación adecuada para defender al Estado. De hecho, la rechifla sobre esa legislación afecta incluso a detalles como saltarse a la torera la por otra parte absurda prohibición de publicar sondeos en los últimos cinco días de campaña.

Todo, o casi todo, ha sido un despropósito, comenzando por la fecha de votación en plena pandemia, que obligará a los componentes de las mesas electorales –bueno, a los aparezcan—a enfundarse un traje espacial para prevenir contagios de coronavirus: ya verán mañana las fotografías, ya… Y sí, todo nació cuando Mas, un personaje mesiánico, sin duda carismático, ególatra hasta el tuétano, empeñado en tapar las, ejem, apropiaciones indebidas de una familia, decidió de pronto, contrariado por las evidentes meteduras de pata ‘de Madrid’ cambiar sus propuestas: de pronto, lo retrógrado no era ser independentista –menos de un veinte por ciento de los catalanes decían serlo hace once años; en 2020 eran casi la mitad– . Por lo visto, ahora lo retrógrado es ser constitucionalista. Dos Cataluñas frente al abismo. Y solo Salvador Illa, la verdad, con todos los claroscuros del personaje, se sitúa en la cuerda floja entre las dos orillas, en el centro de la tormenta, quién sabe si para ser engullido antes por ella. Porque tormenta haberla hayla, como las meigas, y más que habrá.

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El último día que fui feliz: luego vino todo esto…

Enviado por Fernando Jáuregui | 10/02/21

El último día que fui feliz: mi cumpleaños sorpresa. Luego vino todo esto

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Putin entra en la campaña catalana: ya venía tardando

Enviado por Fernando Jáuregui | 06/02/21

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(qué más quisiera Puigdemont que parecerse algo a Navalny)
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Dice un amigo, diplomático importante en Europa, que, para adquirir una cierta influencia internacional, hacen falta tres cosas: ganas, dinero y paz interior para tener tiempo y mente despejada para actuar en el exterior. De estos tres ingredientes, en España solo tenemos de lo primero. Y así, claro, el peso de nuestro país en el tablero internacional se reduce tanto que hasta Putin, de la manera más grosera, se inmiscuye en nuestra campiña y en nuestra campaña. La catalana, cómo no, a la que solamente esto le faltaba.

Nadie duda de que Serguei Lavrov, el veteranísimo ministro ruso de Exteriores, jamás dice una palabra espontánea, fuera del guión y no sugerida desde el mismo Kremlin. Así que, cuando comparó ante Josep Borrell el caso del fugado Puigdemont y los ‘presos políticos’ catalanes con el escalofriante ‘asunto Navalny’, una de las violaciones de los derechos humanos más claros desde la era de Stalin, ni el catalán que ocupa el puesto de Alto representante de la UE para Asuntos Exteriores ni el propio Ministerio que regenta Arancha González Laya tuvieron la menor duda: la ofensa venía de la propia Presidencia de Rusia. Ni era la primera vez que la larga mano de Vladimir Putin se inmiscuía, de manera más o menos patente, en los asuntos de Cataluña, ni será la última.

Un episodio más, en fin, en la larga lista de irregularidades y desvaríos que jalonan la campaña electoral para unos comicios, los catalanes, que jamás deberían haberse celebrado ni en estas fechas ni en estas condiciones. Veremos en qué para todo esto. De hecho, cuando escribo, ni siquiera hay seguridad total-total de que las elecciones acaben por fin celebrándose, o en qué condiciones quedarán las mesas en los colegios electorales, mesas de las que nadie quiere hacerse cargo…excepto algunos militantes independentistas, claro.

Es el de Cataluña, en fin, un exponente más de esa ‘inquietud interior’ a la que se refería mi amigo el diplomático para justificar uno de los factores de la pérdida de peso específico de España en el panorama internacional. De ahí que Biden ni se haya dirigido aún al presidente Sánchez, que en la UE ya no contemos entre los del ‘vagón locomotora’ o que en Marruecos nos hayan perdido el más mínimo respeto y aquella RAN (reunión de alto nivel) hispano-marroquí, aplazada en principio hasta febrero, siga sin fecha concreta de convocatoria. O que, en pleno Brexit y en plenas conversaciones sobre Gibraltar,, nuestro país haya carecido de un embajador efectivo en Londres, por jubilación del actual (y uno, por cierto, tiembla ante los rumores de nombres posibles para sucederle).

Pues eso: que, ocupados como estamos en nuestras trifulcas interiores, que si Bárcenas, que si el informe oculto del Consejo de Estado, que si la niñera de Galapagar, que si, ay, cuándo nos llegará la vacunación, vamos perdiendo pie en la batalla diplomática, algo de lo que, por supuesto, no culpo a la ministra del ramo, absorta en devolver a Lavrov el golpe dado a nuestra autoestima como democracia; no, no es Moscú quien puede presumir de esa democracia, precisamente. Pero el caso, ya ve usted, es que el neo-zar de todas las Rusias, que en tantos procesos electorales de todo el mundo se ha colado por las rendijas, ha entrado en nuestra campaña. Y Puigdemont, quizá sin proponérselo, ya veremos, le echa una mano. País.

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Bárcenas, Bárcenas…el caso es que me suena…

Enviado por Fernando Jáuregui | 05/02/21


(Rajoy no puede seguir mirando hacia otro lado. No puede considerarse un jubilado y adiós. Hay aque hacer frente al pasado)
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Vaya por delante que tengo ‘aprecio periodístico’ por la figura de Pablo Casado. Algún día, hace ya bastantes años, cuando el hoy presidente del Partido Popular no era casi nadie, dije que era quien más me recordaba a Adolfo Suárez en la política española y que, andando el tiempo, sería un serio candidato a la presidencia del Gobierno. Lo sigue siendo. Me parece persona honrada y tiene un trato cercano, excepto cuando alguien en su ‘círculo de hierro’ le aparta de la realidad: quizá no todos sus colaboradores sean, o hayan sido, los idóneos. Y no puede, simplemente no puede, emplear ahora, cuando viene la borrasca, la ‘táctica Rajoy’; sí, recuerde usted, aquella que consistía en que, cuando le preguntaban por Luis Bárcenas, tratar de evadirse evitando incluso citar por su nombre al ex tesorero hoy encarcelado por corrupción sin paliativos. “Ese señor”.

Las primeras horas de reacción en la sede de Génova, tras el inicio de lo que parece una ‘vendetta’ de Bárcenas haciendo públicos ‘papeles’ y hechos incriminando a buena parte de la dirección pasada del PP en el cobro de comisiones ilegales y en manejo ilícito de dinero B, fueron de una innegable confusión. Casado se aisló, o le aislaron, de los periodistas y solo un día después, a través de una entrevista radiofónica este viernes con Carlos Herrera, inició una cierta ofensiva: el pasado es el pasado, vino a decir sin citar a nadie, claro, y ‘este’ PP nada tiene que ver con ‘aquel Partido Popular’. O sea, el encabezado por Rajoy (y con salpicaduras a los tiempos de Aznar), que es al que señala el índice no demasiado límpido, creo, del ex tesorero y hoy recluso.

De paso, aprovecha Casado para ‘largar ‘ de lo lindo contra algunos desmanes en el PSOE y en Unidas Podemos, unas cargas que son la especialidad del líder de la oposición y en las que, desde luego, a veces no le faltan razón ni razones. Por cierto que, entre estos ataques, en el PP incluyen el asunto de ‘la niñera’ de los hijos de Irene Montero, una alto cargo de la que desconocemos si actúa como ‘canguro’ por amistad. Un tema del que la oposición, por nimio y porque afecta a niños, creo que debería olvidarse elegantemente.

No es el ‘y tú más’, tan frecuente en los rifirrafes entre nuestros políticos, la táctica que convencerá a los ciudadanos de la probidad de Casado, de la que yo, por mi parte, estoy bastante seguro. Creo que ni Rajoy, ni el enemigo interno de este, José María Aznar, ni ningún otro de los presuntos implicados en las acusaciones de Bárcenas y que ocuparon altos cargos en el PP –ahora solamente dos de los citados son senadores, sin mayor relevancia orgánica en el partido–, tienen derecho al silencio. Solamente uno de los citados por el ex tesorero, el navarro Jaime Ignacio del Burgo, ha respondido indignadamente y con hechos a lo que Bárcenas dice. Y hace bien el señor del Burgo, porque su argumentación, que ha enviado personalmente a muchos periodistas, parece bastante sólida.

El resto, bocas cerradas, quizá para que no entren ni moscas ni contradicciones: siglo esperando que una figura que ha sido tan importante en la política española como Rajoy hable alto y claro, como corresponde, más allá de insinuar sus ocasionales portavoces que Bárcenas es un urdidor de mentiras, cosa que en buena parte yo estoy dispuesto a creer, aunque no en todo. Creo que deben convencernos, antes de que el juicio por una de estas corruptelas (no precisamente presuntas) comience el lunes, de su básica inocencia.

Pero más importante aún que el hecho de que Rajoy eche una mano a su sucesor al frente del principal partido de la oposición, y más cuando el PP se la juega en las inciertas elecciones catalanas, es la estrategia que el actual PP pueda elaborar para convencer a su electorado de que es un partido al que actualmente sería imposible achacar un solo caso de corrupción, cosa que, al no constar prueba en contrario, pienso que sus electores y simpatizantes creerían.

Es demasiado importante, y más en las actuales y muy difíciles circunstancias que vivimos, tener un sólido partido de oposición como para que ahora el PP, amenazado en su flanco derecho por Vox y en el izquierdo por el abismo, se deje precipitar al vacío de las querellas intestinas entre ‘barones’ y no ‘barones’, en torno a estrategias distintas sobre asuntos cruciales… y se dedique a mirar, como tantas veces, hacia otro lado. En fin, casi como lo que pasa en el Gobierno, pero peor gestionado desde el punto de vista de la imagen y sin tener la poderosa arma que es el Boletín Oficial del Estado y el aparataje de La Moncloa.

Y, por último, hemos de considerar que apañados vamos si, al hecho de que tantos titulares ‘malos’ estén en manos de personajes en la sombra, tal que Villarejo o la mujer fatal, o que están ’a la sombra’, como Bárcenas, tenemos ahora que añadir la huida del proscenio de quienes encarnaron bastantes años de la que creíamos la mejor Historia de España. Que den la cara y citen al tal Bárcenas por su nombre de una vez. Después, eso: que cada palo tiene que aguantar su vela.

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¿Y las elecciones del 14-F no se celebrasen el 14-F, o si, aún peor, se celebrasen?

Enviado por Fernando Jáuregui | 04/02/21

Parece una locura, lo sé, pero en algunos medios barceloneses, de diferentes procedencias, con los que he ido hablando en los últimos días se extienden dos hipótesis que podrían, al final, no ser tan descabelladas. Una piensa que las elecciones del 14 de febrero, es decir, dentro de nueve días, podrían finalmente no llegar a celebrarse en esa fecha. La otra aventura que, si, como es lo más probable, se celebran, el recuento de la votación podría quedar tan desvirtuado como el de la ilegal que se produjo el 1 de octubre de 2017, aquel día desventurado para tantos catalanes y, por extensión, para todos los españoles.

Y ¿por qué tan arriesgadas, y tan extendidas en las últimas horas, especulaciones?

Pues todo depende de tres factores: uno, de las cifras que vaya arrojando el balance de contagiados y muertos por el coronavirus en Cataluña. Porque, dos, un aumento abrumador de los contagios en los próximos días podría llevar a los jueces a no ratificar definitivamente la fecha del 14-f, aconsejando posponerla; y eso podría ocurrir hasta el lunes. Pero, tres, irrumpe un último (por ahora) factor que pone en peligro las elecciones: que miles –más de 20.000 hasta el momento– de los llamados a regir las mesas electorales están rechazando acudir a tan ardua obligación, temiendo los contagios. Imposible certificar médicamente si los pretextos que muchos de quienes no quieren acudir son reales o ficticios. Imposible multar a todos los que se nieguen.

El propio presidente de la Junta Electoral de Zona en Barcelona ha dejado un titular quizá alarmista, pero impagable: “hasta las 9.00 horas del 14 de febrero no sabremos si la votación es viable”. Tal es el temor a no poder abrir un porcentaje significativo de colegios electorales ante la muy presumible ausencia de los presidentes y vocales de mesa. Hasta el punto de que se barajan dos posibles soluciones: una, prevista en la Ley Orgánica de Régimen Electoral General que regula las elecciones, consistente en ‘obligar’ a presidir las mesas a los primeros que acudan a votar. Vana pretensión por dos razones: la primera, que a esas primeras horas la votación se reserva para las personas con mayor edad, que fácilmente podrían alegar razones para negarse a presidir las mesas. La segunda, que arbitrar esa solución provocaría que la gente aguardase hasta última hora para ir a votar, no pudiendo ser, por tanto, ‘reclutados’ para encargarse de las mesas y aumentando aún más la ya previsiblemente nutrida abstención.

Eso, sin contar con la probabilidad de que fuesen militantes ‘camuflados’ quienes primero se presentasen con la intención de copar las mesas y el consiguiente recuento. Y ya se sabe que los independentistas se muestran mucho más activos y decididos en cuanto a las posibilidades de ‘toma del poder’ que los llamados constitucionalistas. Se correría un serio riesgo de aumentar la abstención ’constitucionalista’ y, por otra parte, de que, por el contrario, los independentistas ganasen terreno y conquista física de las urnas. Y esta vez tales urnas no serían las ilegales del 1-o, sino las muy oficiales de la Generalitat en unas elecciones legales. Un golpe con todas las bendiciones de la ley.

La segunda ‘solución’ que se arbitra arrojaría más de lo mismo: convocar a voluntarios para presidir las mesas las llenaría de militantes no confesos, sobre todo, ya digo, militantes de partidos independentistas. Con todos los peligros que ello conllevaría para el recuento final, cuando esos presidentes estuviesen enfundados en los ‘trajes espaciales’ EPI, en los que, por cierto, introducirse resulta una tarea enojosa que no todos podrían realizar en menos de diez o quince minutos, lo que no puede hacer sino aumentar la sensación de caos en los colegios.

El hecho de que diez magistrados hayan sido convocados para recorrer y recoger los votos en los colegios electorales no palía los riesgos de que la votación resulte poco significativa de los deseos auténticos de los catalanes, porque los riesgos de manipulación son antes, en el momento del recuento por los encargados de las mesas. Un posible ‘pucherazo’ legal, vamos. ¿Que me estoy mostrando demasiado alarmista? Visto todo lo que hemos visto en Cataluña en los últimos tres años y medio, toda locura parece poca. Haga usted un repaso a todo lo ocurrido, incluyendo el debate ‘judicializado’ sobre esta desventurada fecha electoral, hasta desembocar en esa ‘encuesta exprés’ dada a conocer ayer por el CIS, y me dará usted la razón. En las elecciones catalanas todo puede ocurrir. Hasta que no haya elecciones. O aún peor: que las haya aún más desvirtuadas de lo que ya actualmente lo están.

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Empieza la ,ejem, ‘normalidad’ en el Parlamento

Enviado por Fernando Jáuregui | 02/02/21

Se reanudan este miércoles, tras demasiado largas vacaciones del Legislativo, las sesiones de control parlamentario al Gobierno en el Congreso de los Diputados. El estado moral de nuestra política queda bastante reflejado en los a menudo insulsos, pero tormentosos, plenos de este jaez en la Cámara Baja: aportan muy poco a la construcción del país y, en cambio, mucho al descrédito que vienen acumulando nuestros representantes políticos, cada día, me parece, más desconectados de la realidad de la calle. Como, por otro lado, lo está el propio Parlamento, más dedicado a urdir comisiones de investigación y mociones de instigación independentista que a aprobar leyes de reconstrucción en los días más difíciles que ha vivido España desde la guerra civil.

Quiero decir que es obvio que el Parlamento, que funciona a menos que medio gas, no está cumpliendo su misión de arquitrabe de una democracia, de constructor de leyes que defiendan a la nación e impliquen un progreso de los ciudadanos. Y sí se está convirtiendo, en cambio, en el epicentro de pugnas políticas que abarcan desde al poder judicial –que esa es otra– hasta a las peleas intestinas en el Ejecutivo o, ya que estamos, a las que anidan en los diversos partidos de la oposición, con frecuencia absortos en ellos mismos mucho más que en el avance del país.

Comprendo que lo que ahora nos obsesiona es el proceso (irregular) de vacunaciones, librar(nos) del desastre económico que viene, salvar al menos la Semana Santa de la desesperación confinada, etcétera. Pero creo que el caos político que vive España, que hasta ha desembocado en una inoportunísima convocatoria electoral, en pleno furor de rebrotes de la pandemia, para dentro de menos de dos semanas, también influye en ese cierto desbarajuste sanitario en las autonomías y en esa falta de seguridades sobre soluciones económicas para un país en crisis. Si la política no va, nada va. Y aquí, en España, es obvio que la política no va.

Los diagnósticos son malos, pero la falta de propuestas de soluciones para el futuro es aún peor. Y eso, claro, se refleja en el Parlamento, aunque este está lejos de ser, a su vez, un reflejo de la calle. Sánchez huye todo lo que puede del Legislativo, el Judicial está en una situación más que atípica, habiendo vencido hace dos años su mandato legal y el Ejecutivo se ha convertido en dos Ejecutivos que intentan acapararlo todo, cada vez más cada uno por su lado, mientras la oposición se difumina, fragmentada y sin estrategias comunes.

He preguntado a diversos representantes de la oposición por qué no exigen al Gobierno, ante este panorama, una urgente convocatoria, para después de que averigüemos lo que ocurrirá inmediatamente tras el 14-f, del debate sobre el estado de la nación. Los españoles necesitan saber por dónde andamos, recapitular un poco en la dispersión que nos anega, intuir que nuestras fuerzas políticas son capaces de llegar a acuerdos más allá de pensar en convocatorias electorales.

El nuestro es hoy un país alicaído, preso de los peores augurios, con muy escasas voces capaces de darle aliento cuando las cifras de muertos por el coronavirus y también las cifras del paro, como constatamos de nuevo este martes, suben alarmantemente. El Parlamento, que, además de una nueva voluntad política, necesita una urgente reforma de sus reglamentos para hacerlo más operativo, tiene que salir de su sopor y afrontar, para empezar a contribuir a arreglar las cosas, que el estado de la nación es malo. Pero, por supuesto, y esto es lo que tienen que demostrar nuestros representantes, mejorable.

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Pablo Iglesias y Messi, juntos contra la libertad de expresión

Enviado por Fernando Jáuregui | 01/02/21


(Fortes hizo lo que pudo; pero, contra el fanatismo y la irracionalidad hay poco que hacer…)
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Me entristecen, como profesional de la información, los ataques de un periódico en la red dirigidos contra varios compañeros a los que sitúo en la cima del periodismo de investigación en España. Y ello, al margen de que quien lanzase esos ataques fuese una publicación ligada o no a una formación política, la de Pablo Iglesias, quien, en no pocas ocasiones, ha lanzado mensajes, a mi juicio erróneos –el último, este lunes en una entrevista a un digital—sobre el papel que los medios, públicos y privados, deben jugar en la sociedad.

Esa publicación, y no voy a citar su nombre porque se han apropiado, creo que ilegalmente, de la mancheta de un diario centenario de gran prestigio, tiene tanto derecho a vivir como la que más; pero no a ‘robar’ cabeceras de otros, ni a difamar a algunos admirables compañeros. De la misma manera que pienso que no es justo criticar, desde posiciones de la derecha, a otro compañero porque, habiendo mantenido fielmente durante toda su vida profesional una ideología comunista, le inviten ahora a participar en una tertulia en la televisión pública.

Estas peleas, que van más allá de lo mediático para adentrarse en el campo político, hacen gran daño al mejor concepto ‘liberal’ de la libertad de expresión. Ya decía Voltaire aquello, admirable, de ‘yo, que aborrezco las ideas de usted, daría la vida para que usted siga expresándolas libremente’. Porque lo que se atacan son actitudes políticas y también informaciones que molestan. Pero que nunca pueden desmentirse, como en el caso de los periodistas de investigación a los que al comienzo me refería, porque son noticias rigurosamente veraces. Lo mismo que no parece que puedan negarse las informaciones del diario El Mundo sobre el sueldo previsto en el contrato del futbolista Messi; y, sin embargo, tanto él como el club, el Barça, han amenazado con demandar a los autores de la información –toda una primicia, un auténtico ‘scoop’—y al medio en la que se ha publicado.

Conviene regresar a la vieja máxima, atribuida, creo, en 1918 a lord Northcliffe, según la cual ‘noticia es todo aquello que alguien no quiere que se publique; lo demás es publicidad’. Lo olvidan Pablo Iglesias y muchos en Podemos –y no solo en Podemos—en sus pienso que equivocados planteamientos sobre cuáles son los deberes de los periodistas; lo olvidan Messi y el Barça –y no solo el gran jugador argentino y el club ‘que es más que un club’–…y lo olvidan, desde luego, los ‘estados mayores’ de ciertos partidos.

Gran sonrojo me produjo, a este respecto, la insistencia de los candidatos independentistas en mantener exclusivamente el catalán para participar en un debate electoral ‘ a nueve’ en Televisión Española . La televisión pública cumplía con su deber de servicio informativo a los catalanes y al resto de los españoles. Y lo lógico hubiera sido, por tanto, que los que, pese a las razonables peticiones del moderador, Xabier Fortes, se empecinaron en no utilizar el castellano, hubieran procedido muy de otro modo: si lo que querían era divulgar sus mensajes entre la opinión pública ¿por qué procurar limitar el alcance y la difusión del programa entre los telespectadores?

Muy sencillo: porque los telespectadores, es decir, la opinión pública, es decir, los ciudadanos, importan muy poco, tanto a esos políticos como a quienes se sienten, pongamos Messi, ya situados por encima del bien y del mal. Es preciso que los profesionales de los medios reivindiquemos nuevamente la transparencia, el respeto a la verdad y la facilidad para realizar nuestro trabajo en una época de ‘comisiones de las falsas noticias’, de censuras en las redes sociales y de desprecio por la labor, a veces heroica en estos tiempos de pandemia, de los medios de comunicación.

No quiero hacer un ‘totum revolutum’ entre los dislates en materia de comunicación de Iglesias –parece mentira, con tantos títulos académicos como dice que tiene sobre esta materia—y sus cercanos, los de Leo Messi y su ya casi ex club y los de los candidatos a la Generalitat Pere Aragonés, Laura Borrás y demás. Cargue, desde luego, cada cual con sus propias culpas, de distinta intensidad y voltaje. Pero la libertad de expresión contra la que se atenta es la misma en todos los casos: la misma que en una democracia, que lamentablemente cada día es más de ‘castas’ políticas o futbolísticas, debería preservarse y mejorarse a toda costa.

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Un año de doctor Simón. Y dura, y dura, y dura…

Enviado por Fernando Jáuregui | 31/01/21


(el jefe Illa se ha ido, pero el rostro Simón permanece. Otro motivo para pensar que nada pretenden cambiar en la nada buena gestión de la pandemia)

El 1 de febrero del desgraciado bisiesto 2020 los periódicos publicaban, sin demasiado destaque por cierto, que el primer caso de coronavirus se había detectado en La Gomera. Un ciudadano alemán que había tenido contacto con una ciudadana china. Pero Wuhan quedaba muy lejos. Y los portavoces oficiales, empezando por el doctor Fernando Simón, director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias del Ministerio de Sanidad que había pasado a ocupar Salvador Illa pensando ya entonces en Cataluña, restaban importancia al fenómeno. En España “apenas habrá algún caso”, nos decía por aquel entonces el confiado Simón, un personaje que ya había impuesto sus camisas arrugadas y su pelo, más despeinado aún que el de Boris Johnson, en otras catástrofes sanitarias.

Desde aquel 1 de febrero, Fernando Simón se ha convertido en el rostro más popular del país; solamente el que fue su ministro aparecía más veces ante las cámaras de televisión, y ello porque Illa seguramente estaba ya destinado a ella: a la campaña catalana, que es para lo que fue nombrado ministro antes de saberse que un virus devastador iba a ser declarado, tarde por supuesto, pandemia por una OMS que al comienzo tampoco se enteró de nada. Lo mismo, seamos justos, que la mayor parte de los gobiernos europeos, y de lo de Trump, el mentado Johnson y Bolsonaro mejor no hablar.

Y ahí sigue Simón: protagonizando la semana pasada una conferencia de prensa en la que hasta daba la palabra a su nueva jefa, la ex ministra de Administraciones Públicas Carolina Darias. Muchas veces ha proclamado que él no dimite, y mira que ha habido clamores en ese sentido. Lo más probable, a fecha de hoy –aunque cualquiera sabe en este país en el que jamás puede hablarse de medio plazo–, es que continúe en el puesto, evidenciando que sigue siendo más importante el discurrir de cosas como la campaña catalana que el furibundo rebrote de los casos de contagio (y muertes) del coronavirus, en la tercera ola de la pandemia que es como esas olas gigantes de las películas, que arrasan con el barco de los protagonistas y no sobrevive ni el cocinero.

Hasta el momento, nada he escuchado procedente del Ministerio de Sanidad que contradiga la sensación de que estamos ante más de lo mismo: la señora Darias, que llega precedida de una fama de persona sensata y dialogante, insiste en que estará vacunado el 70 por ciento de la población antes del verano, lo que, al ritmo que vamos, parece imposible, pero es algo que, claro, queremos creernos. Y la prueba de que se pretende o no hacer algo nuevo, un esfuerzo más coherente, será el cambio (o probablemente no) de un rostro, que implicaría a su vez el cambio de una estrategia de faltas a la transparencia y a la verdad: el de Fernando Simón, el hombre que no puede soportar las hemerotecas, de tanto que se ha equivocado, el hombre que empezó como portavoz rodeado de militares y de guardias civiles y se ha quedado solo en el ruedo. Los demás, por ser un poco bocazas o por vacunarse antes de tiempo, han ido cayendo. Simón es como las pilas del conejito aquel: dura, dura, dura. Y a muchos, es la verdad, les cae bien, porque externamente no representa a una clase dominante, como Illa no representa al típico personaje prepotente, tan abundante en el Gobierno del que formó parte.

La última pirueta de un personaje apegado a su fidelidad ahora a este Gobierno (antes a otro) es que, como ya hizo (no hizo) con la manifestación del día de la mujer, el pasado 8 de marzo, ni una crítica hemos oído en su boca de algo que numerosos virólogos, esos que pululan hasta en la sopa, han criticado: que se vayan a celebrar unas elecciones, las catalanas en este caso, el 14 de febrero, ahí, a la vuelta de la esquina, cuando todas las previsiones indican que el tsunami sanitario estará en su apogeo. El ejemplo portugués, que tras la campaña y las elecciones ha supuesto, aventuran no pocos en el país vecino, un recrudecimiento brutal de los contagios, no ha parecido inquietar a casi nadie en esa clase política cuyas cautelas y errores a veces encarna el por otra parte simpático y dedicado doctor Simón: da la impresión de ir a ciegas, como nuestros representantes, que allí están, tan felices –la procesión va por dentro—y enmascarillados, recorriendo tierras catalanas para acabar en vaya usted a saber qué y cómo.

Sinceramente, se hace duro de entender. Y de aceptar.

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Por fin se acaba este enero puñetero (y, sin haberlo preparado…)

Enviado por Fernando Jáuregui | 30/01/21

Entrábamos en el mes puñetero que hoy acaba tras la Nochevieja más triste de nuestras vidas y que culminaba el año también más triste de nuestras vidas. Nada indicaba que enero, en pleno furor de repuntes del virus que a tantos está matando, fuese a ser mucho mejor. No lo ha sido. Y no solamente porque la pandemia sigue colapsando Ucis, abriendo horizontes de pesimismo solo matizados por unas vacunas que van demasiado lentas y cerrando, en cambio, bares y fronteras: es que todos los errores que podrían cometer quienes gestionan nuestras vidas se han cometido, se están cometiendo.

La imagen de los políticos presos –que no es lo mismo que presos políticos: el orden de los factores sí altera el producto—saliendo, triunfales, de la cárcel de Lledoners servía en las portadas de este sábado para ilustrar la que va a ser una nueva, la enésima, controversia jurídica y política derivada del ‘caso catalán’. No seré yo quien se oponga o siquiera critique una medida que, guste o no, me parece ajustada a Derecho y al sentido común; pero lo cierto es que ha contribuido a ahondar la brecha entre las dos Españas, esas que terminaban de manera muy extraña este jueves el último debate parlamentario, en el que, sin proponérselo, nada menos que Vox salvó la cabeza de su archienemigo, el Gobierno de Pedro Sánchez.

Los dislates, las contradicciones que la gente entiende mal porque se las explican aún peor sus representantes, son siempre cosa mala en cualquier democracia. Y la española está como para no andarla manoseando demasiado: la verdad es que, en este sentido, enero tampoco ha sido un mes bueno, y no creo que haga falta extenderse demasiado al respecto. Lo mismo que ocurre para la economía –los datos del desempleo y de la pérdida de PIB no pueden ser más alarmantes de cara al futuro inmediato–. O para la frágil moral nacional, que no se acaba de creer ni las halagüeñas perspectivas que nos ofrece la (buena) ministra Nadia Calviño ni las promesas de que la mayoría estaremos vacunados e inmunes el mes de junio, como nos indica, sin duda llena de buena voluntad pero no tanto de realismo, la nueva y aún no testada ministra de Sanidad. Y conste que me encantaría poder creer a ambas, o emborracharme con el redondo triunfalismo de Pedro Sánchez.

En fin, digamos adiós a este mes que comenzó con Filomena, una borrasca que nos mostró demasiadas incapacidades públicas, y que se despide con otra, Justine, que culmina, lo que faltaba, cuatro semanas desapacibles. Y pongamos buena cara al mal tiempo, que llega un febrero marcado por una absurda fecha electoral que, como parece que les ha ocurrido a los portugueses, podría provocar otro alud de contagios, como si tuviésemos pocos, y, encima, acarreará una votación que nada bueno augura. Puñetero enero, maldito febrero. A ver si, allá para marzo, entre todos enderezamos la cosa…

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