señor Rajoy: ¿hay o no vida tras el 155?

Enviado por Fernando Jáuregui | 09/12/17

Siete días trepidantes

Señor Rajoy: ¿Hay vida, o no, tras el 155?

Fernando Jáuregui

El caso es que nos queda semana y poco para que los catalanes vayan físicamente a las urnas (y el resto de los españoles lo haremos en espíritu, angustiados) y uno sigue sin respuesta a la inquietante pregunta que sigue ahí, planteada, un eco al que nadie contesta: ¿hay vida tras el 155? Porque la política de La Moncloa, no sé si decir también de los otros partidos constitucionalistas, no puede agotarse en la aplicación en territorio catalán de este artículo de la Constitución y prou, ya veremos lo que se hace después en función de cuáles sean los resultados de las elecciones más extrañas que se hayan celebrado nunca. Unas elecciones recordémoslo, en las que uno de los posibles ganadores está huido por esas tierras de Dios y el otro, en la cárcel. Y así podría ser hasta el mismísimo día electoral, ese 21 de diciembre que está a la vuelta de la esquina.

En la semana que concluye, Rajoy nos ha trasladado, además de lo esperable y consabido, dos mensajes, también, por lo demás, ya sabidos: su escaso entusiasmo por la reforma constitucional, que es un anhelo que se desdibuja, y su intención de seguir en la brecha política; ni limitación de mandatos, ni desgaste, ni nuevos tiempos; no lo he hecho tan mal, nos dijo el inquilino de La Moncloa y, por lo visto, candidato a seguir allí.

Quizá la semana próxima, que va a ser de una intensidad política aún mayor de lo habitual, que ya es decir, el presidente del Gobierno central matice y precise. Pero yo, al menos, prometo, a la primera oportunidad que tenga (que la tendré presumiblemente el lunes, cuando Rajoy acuda a un desayuno de Europa Press), preguntarle, textualmente, esto: “señor presidente, nada se nos dice acerca de si habrá una ofensiva política tras las elecciones catalanas: es patente su escasa afición a plantear una reforma constitucional y, en general, a los cambios; así que díganos si hay vida tras el 155, y qué vida. Gracias”.

Prometo trasladar a los lectores, comentada y contextualizada, la respuesta presidencial, que no puedo asegurar, si es que se produce, que contenga grandes visos de originalidad. Pero, desde luego, una vez más se constata que es Mariano Rajoy, y secundariamente todos los demás actores en esta tragicomedia que estamos viviendo, quien primordialmente tiene en su mano todas, o casi todas –los electores catalanes, claro, tienen mucho que decir. Y la sociedad civil—las respuestas a todas, o casi todas, las preguntas. Entre ellas, la que da título a este comentario, que resume todo lo ocurrido durante las últimas semanas, y lo que vaya a ocurrir en las siguientes.

España será caótica, pero de franquista, nada

Enviado por Fernando Jáuregui | 09/12/17

Los ‘turistas accidentales’ que viajaron a Bruselas este jueves para apoyar a Puigdemont como (im)posible nuevo y renovado president de la Generalitat no vacilaron en lanzar gritos contra la España ‘franquista’. Quieren presentar a este país nuestro –y de ellos—como un Estado dictatorial. Menudo dislate. A fuer de crítico, yo diría que estamos en un Estado algo caótico, pese a los esfuerzos del presidente del Gobierno central por darle un barniz de nación ordenada, que hace sus deberes, previsible y hasta algo aburrida, como si fuese Bélgica, o casi. Pero España, esta España que se asoma cada día a la frivolidad televisada, no es nada de eso. Y, si no, mire usted lo que va a ocurrir ahora que, por fin, la mayoría de las fuerzas políticas se ha puesto de acuerdo para encauzar el espinoso problema territorial.

Sin duda, usted ya sabe que el próximo día 13, miércoles, habrá reunión en el Congreso para determinar qué comparecencias son necesarias para acudir ante esa ‘comisión de evaluación y modernización del Estado autonómico’, que será la antesala de la comisión que se encargue de preparar el debate sobre la reforma constitucional. La lista de comparecientes, según qué partido la presente –Podemos y los nacionalistas se han autoexcluido, lo que no deja de ser un error: no estarán en el espectáculo— es diversa, larga, lógica, por una parte. Y, por otra, también pintoresca, extraña, con tintes de show de Truman, en el caso del listado socialista.

Los límites lógicos de este comentario no me conceden espacio suficiente para glosar al completo esta larga ‘lista de Pedro Sánchez’, en la que se incluyen constitucionalistas, presidentes de organizaciones benéficas, políticos en activo y ex políticos, y una larga nómina de gentes de la cultura, del espectáculo y del periodismo, que me parecen, nombre a nombre, respetables, independientemente de que unos nos gusten más, otros menos. Ocurre, sin embargo, que ser una estrella de la televisión, o un cantante con méritos más que reconocidos, o la directora de la película de moda, no te convierte necesariamente en un experto en algo que no hemos sabido solucionar en cuarenta años, como la financiación territorial. Y, con perdón, no veo ni a Serrat, ni a Isabel Coixet ni a Jordi Évole, ni a muchos de mis muy admirados colegas dictaminando si, por ejemplo, la plurinacionalidad es cosa buena o el ‘cupo a diecisiete’, sugerido el otro día por Iñigo Urkullu, es un avance o un retroceso.

He leído muchos comentarios calificando de frivolidad precipitada la lista que el jueves nos hacía llegar el PSOE con los nombres de los posibles comparecientes, que contrastaban, por su policromía, con los listados de ‘Populares’ y Ciudadanos, más técnicos y recatados, hasta más lógicos, si usted me apura. Menos comentaristas han argumentado, yo sí lo hago, las ventajas de empezar a introducir un poco de aire fresco en la cerrada vida parlamentaria, que habría de ser la impulsora de la renovación política que queremos implantar en esa ‘nueva era’ a partir del 21 de diciembre, pase lo que pase ese día en las urnas catalanas. Pues claro que periodistas, cineastas, escritores, historiadores y hasta toreros notables –no, a estos no los han incluido—tienen mucho que decir, como cualquier español, sobre el futuro político, y me parece bien que los llamen: hora va siendo de que se oigan más voces que las de siempre, a menudo tan roncas, tan monocordes. En la lista quizá falten nombres –hasta cuarenta y cuatro millones, fíjese si hay dónde escoger–, pero no sobra, desde luego, ninguno. Y en algún sitio habría que poner los límites.

Otra cosa es para qué va a servir una comisión tan nutrida en opiniones tan plurales, a veces tan previsiblemente contrapuestas; cómo se va a estructurar todo eso para poder llegar a lo que se pretende, una reforma de la Constitución que profundice en la democracia, en la modernidad y en la tan necesaria igualdad entre los españoles. Sobre el rigor del método, el PSOE de Pedro Sánchez, tan dado a las luces de colores, nada dice. Y ahí radica el peligro de caer en la maldición churchilliana: cuando quieras que algo no funcione, crea una comisión parlamentaria para regularlo. O fabrica listados vistosos que a todos (y a nadie) dejen contentos. Bueno, un paso sí que se ha dado. Hacia dónde es lo que todavía no sabemos. Pero lo que se gesta, sea lo que sea, es de todo menos franquista, por mucho que lo griten los que fueron de juerga –¡en Bruselas!—a la Grand Place.

Crónica de un pasilleo aprensivo

Enviado por Fernando Jáuregui | 07/12/17

Lo confieso: he estado, salvo error u omisión por mi parte, en todas y cada una de las conmemoraciones cada año en el Congreso celebrando un nuevo aniversario de la Constitución. A veces daba la impresión de que se intentaba batir un récord de permanencia: ya llevamos veinte, veinticinco, años con la Carta Magna incólume. O, como en 2011, con un ‘pequeño’ –bueno, no tan pequeño—retoque. Este año se celebraban los 39 años de permanencia de la sin duda buena Constitución del 78. Y nunca he tenido una impresión tan vívida como este miércoles, en los aglomerados pasillos de la Cámara Baja, de estar asistiendo al final de una era. Todo el mundo hablaba de lo que ocurrirá, incluyendo en ello el manido tema de la reforma constitucional, una vez que pase lo que ha de pasar el 21 de diciembre, ahí, a la vuelta de la esquina, cuando los catalanes vayan a las urnas. Y no, no ha encontrado este cronista un ambiente de euforia precisamente en el indolente deambular por las alfombras parlamentarias.

Este cronista debe confesar que es firme partidario de una reforma constitucional a fondo, básicamente para que el arquitrabe del texto legal del 78 permanezca. Y no me parece ya aceptable esa monserga de quienes en el fondo rechazan todo cambio, que alegan que no hay consenso bastante para reformar el texto fundamental. Pues claro que no hay consenso, porque no se ha propiciado el acercamiento necesario en esa comisión ‘ad hoc’ encargada de estudiar y debatir los cambios a introducir. Pero ese consenso tiene que darse más pronto que tarde, porque nos estamos jugando ni más ni menos que la pervivencia de esta democracia: demasiados desfases con una coyuntura que cambia al galope.

Doy por hecho que esa reforma de la Constitución se iniciará de veras, sin prisas y sin pausas, en este 2018 que se nos echa encima. No queda otro remedio, porque los desfases en la financiación territorial, y en la propia definición del modo administrativo de España, no deben prolongarse demasiado: hay muchos riesgos en la permanencia en este desequilibrio entre autonomías, tan poco igualitario, tan escasamente eficiente. A mi entender –ya sé que cada español lleva dentro de sí un constitucionalista–, hay que precisar muchos derechos, perfilar muy bien el papel del Rey y su sucesión, aquilatar cuestiones clave como la normativa electoral y los tiempos para el nombramiento de un nuevo Gobierno, repensar, en un sentido más bien centrípeto, el Título dedicado a las autonomías y ‘modernizar’, en general, muchos aspectos que en la Constitución se han quedado algo obsoletos: al fin y al cabo, nuestra ley fundamental, tan reglamentista, es anterior a ‘esta’ UE ampliada, al euro, al teléfono móvil y a Internet. Y también es anterior a un concepto más social e igualitario de la vida económica, de la vida en general.

No entiendo, la verdad, algunas opiniones escuchadas en la recepción contrarias a poner en marcha ya mismo esta reforma, que debe surgir de un debate a fondo, no precipitado, pero tampoco perezoso, de por dónde queremos encauzar la nueva era, esta segunda transición que pide paso a gritos. Desde el encaje de Cataluña y el resto de las autonomías en el Estado –¿por qué no aceptar a estudio las nuevas fórmulas de ‘cupo para todos’, sugeridas por Urkullu y tan rápidamente desechadas por los ‘asentados’?—hasta el papel de España en el mundo.

Es mucha la tarea que está por delante. Y sería locura no ponerse ya manos a la obra, asumiendo que el año próximo, cuando la Constitución de 1978 cumplirá cuarenta años, podría ser un aniversario más. Dejemos ya de perder oportunidades , no permitamos que la palabrería satisfecha sepulte la reforma. De acuerdo, aguardemos hasta ver qué resultado nos dan las urnas en Cataluña, para lo que eso valga. Después, manos a la obra. Por favor. Nos hallamos en un punto en el que casi todo está, de nuevo, por hacer, aunque a muchos les pese reconocerlo.

Una mala noticia

Enviado por Fernando Jáuregui | 04/12/17

La decisión del juez del Supremo dejando en prisión al ex vicepresidente Junqueras, al ex conceller Forn y a los presidentes de la Assemblea de Catalunya y de Omnium Cultural, dejando en libertad bajo fianza a los ex consellers menos significativos, puede ser
-habría que estudiar más a fondo el asunto- impecable jurídicamente. Pero es, como dijo el socialista Iceta, una mala noticia cuando se inicia oficialmente una campaña que va a estar, ya está, llena de sobresaltos.
El ‘summa lex, summa iniuria’, la aplicación muy rigurosa de la ley puede provocar males mayores de los que trata de prevenir, se repite de nuevo; judicializar los conflictos políticos, en lugar de limitarlos al ámbito de la política, tiene sus riesgos. Saltarse la ley, desde luego, también los tiene, y no cabe ninguna duda de que la Generalitat y el Govern cesados, en pleno, se la saltaron, y no poco, por cierto. La justicia tenía forzosamente que intervenir. Ahora quedan por ver las consecuencia de la salomónica decisión del magistrado Llaneras.
Desde luego, consta que al Gobierno central tampoco le ha gustado el mantenimiento en la cárcel de los cuatro antes citados, señaladamente el ex vicepresidente Junqueras. Desde Estremera, puede que su campaña sea más eficaz que con mítines libre en las calles. Sin duda, él quiere ser el Nelson Mandela ‘a la catalana’, cosa que probablemente tampoco disgustaría al prófugo Puigdemont, quien, sin embargo, está cayendo en actitudes que rozan a veces lo patético, lo cual sospecho que es algo que gusta poco a los electores, por muy independentistas que sean. En cambio, me parece que Junqueras, que hasta ha designado ya a ‘su’ presidenta de la Generalitat ‘in pectore’, una Marta Rovira claramente inapta para el cargo, mantiene intactos sus activos.
En mi opinión personal, ni al Gobierno ni a la Judicatura -que obviamente va por libre, de lo que me congratulo- les disgustaría mucho ahondar la brecha que ya es patente entre los independentistas: Junqueras por un lado, Puigdemont por otro, y la CUP, a su aire. Claro que tampoco aprecio demasiada unidad en las filas constitucionalistas -o unionistas, como quieren llamarles los de Esquerra–: un desayuno de Inés Arrimadas con Europa Press este lunes en Madrid me dejó serias dudas acerca de cómo se resolvería, si las urnas ayudasen, una pugna entre ella e Iceta por obtener la Presidencia de la Generalitat. La rivalidad, me temo, es patente. Y las consecuencias de lo que salga de las urnas el próximo día 21, por completo imprevisibles, pero la cosa no tiene buen jaez.
Lo que ocurre es que el victimismo que van a multiplicar ahora los independentistas actuará como un acicate para votarles; ahí es nada, para quien se siente independentista, poder votar a un encarcelado ‘por Madrid’ o a un ‘refugiado de los rigores de Madrid’, si es que Puigdemont consigue mantener un tiempo su estatus sin regresar a España, donde habría de ser ingresado de inmediato en prisión.
En resumen: a veces me faltan palabras para definir lo que van a ser las dos semanas y pico que nos quedan para llegar a esas elecciones autonómicas catalanas, que son mucho más que autonómicas y bastante más que unas meras elecciones y que a saber en qué irán a parar. Porque, la verdad, nadie sabe qué ocurrirá después del 21-D, y por mucho que lo pregunto nadie es capaz de darme una respuesta tranquilizadora.

Constitución: este año nada puede ser igual

Enviado por Fernando Jáuregui | 03/12/17



(En 2011, salió ‘La España que necesitamos’, en la que colaboraban desde Zapatero y Rajoy hasta los sindicalistas, pasando por Guindos, Montoro, Soraya Sáenz de Santamaría…y así, hasta ciento treinta personalidades. Las cosas han cambiado mucho desde entonces, pero mucho. Y, sin embargo, ya entonces se hacía sentir la necesidad de una reforma constitucional y de un ‘pacto de Estado’ entre los partidos. Si así hubiese sido, nos habríamos ahorrado muchos disgustos)
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Cada año, por esas fechas, suelo escribir, machacón, un artículo que me sale muy parecido, hablando de la necesaria reforma constitucional. En esta ocasión, claro, la cosa es diferente, porque diferente es la coyuntura, distinto el peligro que nos acecha como nación, aunque los protagonistas sean los mismos del año pasado, tan desgraciado políticamente. Las previsiones de la semana que entra incluyen, sí, la masiva recepción en el Congreso de los Diputados ante un nuevo aniversario de la Constitución: confío en que esta ocasión sea la última en la que al cronista le toque expresar su esperanza en que nuestra Carta Magna sea modificada en algo para que siga básicamente igual, al menos. Pero, claro, esta vez, este año, hay muchas más cosas, aún más graves que el estancamiento de la ley de leyes, pesando sobre el futuro de todos los españoles, catalanes y no catalanes.

Escribía yo el 6 de diciembre de 2009, hablando de la necesaria reforma de la Constitución, que “la marcha del Estado está a punto de reventar las rígidas costuras de nuestra ley fundamental”. Ya se han reventado sobradamente con todo lo que nos ha ocurrido desde entonces; han transcurrido tres elecciones desde las de diciembre de 2015 sin que la perezosa clase política española haya sido capaz de llegar a un consenso para arreglar las cañerías. Y ahora aquí estamos, ante la necesidad –que tanto parece angustiar a los políticos de algunos partidos—de afrontar unas elecciones catalanas que son, desde luego, mucho más que autonómicas. Que significan un planteamiento absolutamente nuevo, con muchos elementos aún desconocidos, sin que, sin embargo, la vieja normativa se haya alterado un pelo.

Así, dentro de muy pocas horas comenzará oficialmente –qué absurda es la legislación al respecto, puntillosa y restrictiva—la campaña electoral catalana, que en realidad lleva ya semanas en pleno vigor, o en pleno decaimiento, como usted prefiera. Y en pocas horas sabremos si en esa campaña participarán Oriol Junqueras, los miembros del ex Govern y los ‘jordis’, de una manera activa en la calle, o de forma más pasiva, desde la prisión. Ojala que el juez Llaneras se decida por lo primero, porque bastante anomalía es ya tener a un ex president de la Generalitat huido en Bélgica, que es donde, con los que hasta allá viajen, va a comenzar oficialmente –bueno, o como quiera decirse—su campaña. Que puede ser verdaderamente desastrosa para la buena marcha del Estado: Puigdemont, aún desprestigiado y algo patético, puede hacernos, a todos, catalanes incluidos, todavía mucho daño desde su ‘exilio’.

Estamos inmersos en la anormalidad política plena, y así es como, sea cual sea el resultado de las elecciones, vamos a abandonar 2017, para entrar en un 2018 que confiemos en que sea políticamente mejor que los tres años que lo han precedido. Porque en 2018, con la ‘vacuna contra el independentismo’ funcionando a pleno ritmo, es cuando nuestras fuerzas políticas habrían de prepararse para el gran salto hacia una democracia mejor, más participativa, más…¿normalizada?. Y eso implica, desde luego, esa reforma constitucional, para la que ya se están dando unos primeros pasos que se me antojan muy torpes: sería muy absurdo celebrar, dentro de doce meses, el 40 cumpleaños de la ley fundamental sin haber entrado ya en un proceso efectivo de cambios en una parte de su articulado. Absurdo y peligroso: nos estamos jugando, y nunca me ha gustado dramatizar, la calidad de nuestra democracia, tal vez incluso nuestra democracia misma, que ya ni sabemos cuántas pruebas más podrá superar.

fjauregui@educa2020.es

Esto es lo que yo escribí sobre el día de la Constitución…en 2009. Podría repetirlo ahora

Enviado por Fernando Jáuregui | 03/12/17

(publicado en este blog el 6 de diciembre de 2009. Volvería a publicar crónicas similares ese día en 2010, 2011, 2012, 2013, 2014, 2015 y 2016. Y volveré a publicar algo similar mañana. La pereza de nuestros políticos, sus miedos, no tienen límite. Nos van a dejar la democracia en la raspa. ¿Volveremos a las andadas de no cambiar nada este 2018, cuando se cumplen 40 años de la Constitución?))
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Dentro de unas horas se celebra el 31 aniversario de la Constitución, me parece que este año más marcada la efeméride que nunca por la conciencia de que, para que todo siga básicamente igual, es preciso que algo cambie. Yo, desde luego, creo que se va haciendo imposible regir la realidad por esta Constitución sin algunas modificaciones. El Título VIII (autonomías), por ejemplo, nada tiene que ver ya con lo que está ocurriendo con el galope del Estado de las autonomías; una cosa fue descentralizar un país dictatorial y otra muy diferente regir una ‘nación de naciones’, como quieren los nacionalistas catalanes, los vascos y hasta algunos que no pueden calificarse de nacionalistas.
La Constitución necesita, me parece, de un amplio consenso, pero no para dejarla como está, sino para reformarla, que sería reafirmarla. Negarse a introducir algunos cambios sería cicatero y de poco alcance. Está llegando el momento de redefinir el Estado español, España; mucho se ha hablado de ir hacia un Estado de corte federal, dentro de una Europa unida, pero eso va a depender de la voluntad de las fuerzas políticas. Lo que me parece que debería hacernos pensar a todos, comenzando por los dirigentes de todos, todos,los partidos, nacionalistas o no, es lo que está ocurriendo con la sentencia sobre el Estatut catalán. Evidencia una quiebra peligrosa. Y es solamente un ejemplo de que la marcha del Estado está a punto de reventar las rígidas costuras de nuestra ley fundamental.
Y, por otro lado, ¿dónde quedaron todos aquellos intentos de reformar algunos artículos de la Constitución (Europa, citar a las autonomías, el Senado, el artículo 57 sobre la sucesión de la Corona)?¿Por qué nadie habla de ello, tras tantas promesas incluso en los programas electorales, en estos días?
Ya sé lo que nos encontraremos dentro de apenas unas horas, cuando acudamos al Congreso a celebrar el aniversario: mucha palabrería oficialista acerca de lo buena que ha sido la Constitución hasta ahora –y lo ha sido, básicamente– y ni una palabra sobre posibles reformas, sin prisas pero sin pausas y con mucho acuerdo.Claro que eso sería actuar como estadistas, y no parece que vayan por ahí los tiros…

Pero ¿no habíamos quedado en que reforma constitucional sí?

Enviado por Fernando Jáuregui | 03/12/17

Creo que lo que vaya a ocurrir en el panorama político nacional a partir del próximo día 21 de diciembre tiene más importancia todavía que el resultado de las elecciones catalanas que se celebran ese día. Una vez ‘vacunados’ –parcial y temporalmente, claro– de la posibilidad de una nueva declaración de independencia unilateral, sectaria e ilegal, pienso que lo esencial es saber cómo piensan las fuerzas llamadas constitucionalistas blindar la democracia en España. Y me parece que la reforma constitucional será la herramienta fundamental para lograrlo.

Por eso mismo, me preocupa altamente la reticencia que, respecto al alcance y prontitud de tal reforma, encuentro en determinados personajes de la política nacional, incluso en alguna formación, señaladamente el Partido Popular. Ya sé que ahora ninguno de los partidos del arco parlamentario español rechaza abiertamente iniciar los trabajos para esa reforma, pero en algunos casos tal aceptación no se hace sin reticencias: ¿hasta dónde se pretende reformar una Constitución que ellos consideran válida? ¿Es qué plazo, teniendo en cuenta que no hay prisa para hacerlo?¿Hay suficiente consenso para poner en marcha los trabajos hacia la reforma? Etcétera.

Es cierto que las ideas que se barajan y difunden respecto a la reforma son muy variopintas y en algún caso podrían parecer contradictorias. En realidad, sin embargo, son más bien complementarias. Todos los estudios sobre una reforma constitucional que he tenido ocasión de conocer en los últimos meses tienen algo de aprovechable. Cierto que unos ponen el acento en unas cosas –el Título VIII, por ejemplo—y otros, en otras –parte dispositiva, artículos referentes a la sucesión de la Corona o sobre la formación de un nuevo Gobierno—o, incluso, en la parte constitucional que afectaría a la normativa electoral.

Todos estos aspectos, y aun otros muchos, son reformables, sin duda; incluso es imprescindible proceder a una mejora y actualización en estas partes (y en otras, como digo). Alegar que no hay acuerdo ‘a priori’ sobre la totalidad de lo reformable es algo que no hace sino esconder una escasa voluntad reformista. Y es preciso recordar, llegados a esta altura, que el propio presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, se comprometió con el socialista Pedro Sánchez a poner en marcha el proceso que llevará a los cambios…para que se completen esperemos que dentro de esta misma Legislatura. Así, cuando Rajoy disuelva las cámaras, se supone que allá por 2019, se podría aprovechar la ocasión para convocar el preceptivo referéndum sobre modificación de ciertos artículos (la reforma ‘agravada’) antes de celebrar las nuevas elecciones.

Los más perezosos dicen que todo esto es muy complicado, y que si las cosas van bien, para qué cambiar, cuando, en 2018, se van a celebrar los fastos de conmemoración del cuarenta aniversario de esta Constitución. Precisamente por ello, porque nuestra norma fundamental ya tiene cuarenta años y mucha agua ha pasado bajo los puentes en estas cuatro décadas, es por lo que se hace ya muy urgente proceder a las reparaciones –algunas, como las territoriales y electorales, de mucho calado—que sean menester.

Cierto, no conviene precipitarse. Y también es verdad que las reformas constitucionales no deben venir dictadas por los agobios de la situación catalana. Puede que incluso fuese mejor ir abordando las reformas una a una, con orden y sistema. Pero que no nos digan que este tema, inaplazable, puede postergarse. De ninguna manera; no quiero enfatizar demasiado, pero nos jugamos nada más y nada menos que nuestra democracia en este envite.

puertas abiertas y solo entornadas

Enviado por Fernando Jáuregui | 03/12/17

Jornada de puertas abiertas. Las buenas gentes, llegadas a Madrid para el fin de semana agobiante de compras por el centro andando en una misma dirección, se agolpan para entrar al hemiciclo, ver los tiros de los hombres de Tejero, fotografiarse en el escaño de Rajoy, de Pablo Iglesias, de Albert Rivera. Sí, un día es un día y, en vísperas de un nuevo aniversario de la Constitución, el Parlamento franquea el paso a la ciudadanía. Otras puertas, las de la cárcel de Estremera, por ejemplo, se mantienen cerradas este fin de semana para los inquilinos famosos que allí han de permanecer hasta que, el lunes, el juez del Supremo decida si los deja o no salir, y en qué condiciones, para comenzar en libertad vigilada la campaña electoral.

Por eso, cuando se titula sobre ‘puertas abiertas’, este año hay que precisar: las de la Cámara Baja (y Alta). La verdad, si uno se para a pensarlo unos segundos, es que no se practica demasiado en España la política de puertas (y ventanas) abiertas. Un clima asfixiante hace que todo discurra en los platós de televisión más buscadores del share, llámense Evole o Bertín, o en reuniones secretas entre los principales políticos, que buscan acuerdos desesperados para proponer a la ciudadanía una respuesta conjunta a la pregunta ‘¿Hay vida después del artículo 155?’.

Vivimos instalados en el rumor. Que si hay una ‘operación’ para colocar a Iceta, con el beneplácito de Rajoy, en la presidencia de la Generalitat, naturalmente en función de cómo vayan las votaciones. Que si se ha tratado desesperadamente de poner sordina a ese ‘juicio al PP’ –maravilla jurídica, esa de juzgar a un partido político—que, en otras circunstancias, estaría conmoviendo a un país, sin embargo ahora ya conmovido por otros dislates aún mayores. Que si el Ejecutivo está enojado por la independencia ‘excesiva’ que a veces muestra el Judicial…

Y mientras, el Legislativo, de semivacaciones ya, enseñando al pueblo los escaños donde se asientan los que hacen y deshacen en este país nuestro. En las calles madrileñas, ya digo, sentido obligatorio para que los viandantes puedan pasear por el centro en sus compras navideñas. En las calles barcelonesas, movimientos para el ‘gran concierto por la libertad de los presos’. En Bruselas, todo tipo de chismes en torno al gran huido, que no estoy yo muy seguro de que pretenda hacer verídicas las habladurías en el sentido de que regresará a España, en vísperas del 21-D, para ser detenido y armar la marimorena.

Esta es la crónica de la semana: un país situado al borde de la marimorena, en el que las gentes están mucho más atentas a su paseo monodireccional por la calle Peligros, o a las colas en la Carrera de San Jerónimo, que a la probable excarcelación el lunes del hombre que podría, dentro de no mucho, mandar en Cataluña y entonces Dios dirá. Porque la verdad, la verdad, es que no tenemos previsiones, más allá de ‘operaciones Iceta’ y otras quimeras, al menos que se sepa, sobre cómo va a continuar esta loca carrera hacia vaya usted a saber dónde. Se busca Plan B. Una vida tras el 155. Urgente, que ya queda un día menos para lo que sea.

¿Estamos seguros de que así se puede desarrollar una campaña electoral?

Enviado por Fernando Jáuregui | 26/11/17


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(Que no, que no me lo creo. ¿Cómo es posible que Junqueras y Puigdemont sigan siendo los héroes en los sondeos catalanes, tras todo lo que ha pasado? Urge que los constitucionalistas dejen de pegarse tiros en el pie y propongan programas atractivos para la ciudadanía, ahora que empieza la campaña))

Creo que, desde aquellas casi constituyentes de junio de 1977, he atisbado, desde una mayor o menor cercanía, todas las campañas electorales que en España y sus territorios han sido. O sea, muchas. Pensé que aquella sobre la que, desde luego, también escribí en marzo de 2004, tras el terrible atentado de Atocha y todo el disparate político que lo siguió, culminaba todas las posibilidades del disparate, de lo inusual, del retorcimiento de la legalidad. Claro que quién podía imaginar entonces, hace trece años, que nos íbamos a enfrentar a un proceso preelectoral como el que formalmente va a comenzar en Cataluña dentro de poco más de una semana.

Yo no sé, la verdad, si así se puede iniciar una campaña con verdaderas garantías de que esas elecciones tendrán un resultado políticamente aceptable. Así que algo tiene que pasar. Algo, esperemos que algo bueno, va a pasar.

Muchas veces me he preguntado qué diablos tiene que ocurrir en Cataluña para que los catalanes perciban que, de seguir en la insania, están al borde del colapso total: la corrupción oficial –y social—no ha tenido parangón ni en el Madrid cortesano, ni en la Valencia del PP, ni en la Andalucía de los ERE, ni en la última Legislatura de Felipe González. Los desplantes chulescos de la CUP –y también del mismísimo president de la Generalitat—a la legalidad más básica, a las normas democráticas más elementales, han sido constantes y muy graves. Desde Bélgica, Puigdemont se permite abundar en la demasía de Marta Rovira, sugiriendo que el Gobierno central, o el Estado español, o España, vaya usted a saber, no dudaría en propiciar un baño de sangre ante un avance separatista. Menuda barbaridad, máxime conociendo los parámetros por los que se desarrolla la actual política española. Y, desde la prisión, Oriol Junqueras dirige la estrategia electoral de su partido, Esquerra Republicana de Catalunya, que será presumiblemente, si nadie lo remedia, el más votado en las elecciones.

Y eso, eso, es precisamente lo que provoca mi perplejidad. Que los catalanes sigan, al menos es lo que dicen las encuestas, votando lo mismo y a los mismos. Con todo lo que ha pasado. Con el relato publicado –yo mismo lo he intentado en un libro—de lo que fueron aquellos días entre agosto y comienzos de noviembre de este año. O, yendo algo más lejos, lo que ocurrió entre las elecciones autonómicas de septiembre de 2015 y la declaración de independencia y posterior votación en pucherazo clarísimo el pasado 1 de octubre.

¿Cómo, con estos datos en la mano, alguien puede seguir pensando en votar a esa pandilla de chiflados, por muy poco que le gusten las otras opciones, que también entiendo que susciten reticencias? Pues nada: ahí están, dicen los sondeos, el señor Junqueras y el señor Puigdemont encabezando el ‘hit parade’ de los más populares entre los votantes catalanes. Y mira que desde no pocos medios se han puesto en evidencia sus manejos, sus torpezas, hasta qué punto han puesto a Cataluña en trance de liquidación; así que ya vemos, como parece que ocurre en los Estados Unidos con Trump, que los medios, llegados hasta este punto extremo, cuentan, contamos, ay, poco ante el descontento ciudadano ‘con lo que hay’.

El ’complejo de Sansón’ es lo que tiene: húndase el templo con los filisteos, aunque también, de paso, resulte yo aplastado. Muchos pueblos, muchas veces, se han hundido gracias a esta filosofía suicida, que ‘desde Madrid’ debería haber sido balanceada con nuevas propuestas, más ideas, mucho más diálogo, que hoy son ya posibilidades temo que casi inexistentes. Pero alguien debería decir a los catalanes, como parte de la campaña electoral que se avecina, si hay o no vida después de la aplicación del artículo 155, si hay un ‘plan B’ para después del 21 de diciembre. Me da la impresión de que alguien debería sacar a la luz tales planes, si es que existen, para con ellos influir sobre el resultado electoral, en lugar de aguardar a ver cuál es el resultado electoral –que en ningún caso va a ser del todo bueno para los que creemos en la unidad territorial—y entonces lanzarse a elaborar, tarde y mal como siempre, esos planes.

Como dice mi amigo Carlos Herrera, en España siempre parecemos estar ante una semana decisiva. Son demasiadas tales semanas, que transcurren dando vueltas siempre a lo mismo, Lo Único, mientras olvidamos incendios, sequías terribles, un panorama internacional preocupante…y vivir, que es mucho más importante que filosofar. Pero, claro, ocurre que son en verdad semanas decisivas las que hemos transcurrido y las que aún tenemos por delante. Y vuelvo a donde empecé: no, así no se puede afrontar con una mínima seguridad, con garantías, una campaña electoral. Así que tendrán que pasar cosas, desde salidas de la cárcel hasta regresos del falso ‘exilio’, que normalicen un poco –un poco—la situación.

fjauregui@educa2020.es

Ya nos pegamos el tiro en el pie nosotros solitos, descuiden

Enviado por Fernando Jáuregui | 25/11/17

A ojos de un observador cualquiera, daría la impresión de que la semana que concluye no ha sido buena para eso que se llama el constitucionalismo, y que debería consistir en un combate conjunto de todos los partidos que desean mantener la unidad de España frente al secesionismo y las malas prácticas democráticas. Pues no señor: los partidos que integrarían, teóricamente, un ‘bloque constitucional’ en Cataluña (y fuera de ella) se han lanzado a una pugna menos que discreta por quién encabezaría un Govern en el caso de que los no independentistas alcanzase una mayoría suficiente para ello.

Claro, Inés Arrimadas, la por otra parte magnífica candidata de Ciudadanos, quiere la presidencia si, como dicen las encuestas, para lo que valgan, obtiene más votos que los socialistas y, desde luego, que el PP. Sin embargo, Pedro Sánchez, el renacido secretario general del PSOE, ya ha dicho que el PSC no apoyaría al ‘brazo derecho’ de los populares, es decir, a Ciudadanos, es decir, la candidatura de Arrimadas a la Presidencia de la Generalitat. Y el PP, que mantiene la boca cerrada para que no le entren moscas, va susurrando, aunque de momento en círculos muy reducidos, que, dado el caso, preferiría apoyar al socialista Iceta que a una Arrimadas que ‘representa a Aznar pero de color naranja’.

Así, con este panorama de nula unidad, enfrentan los que quieren mantener a Cataluña dentro de España la campaña electoral más dura, irregular, extraña, tramposa, que hayan conocido los anales de este país. Con Puigdemont presentando su candidatura en Bélgica, a donde irán pronto sus partidarios para realizar allí el primer mítin electoral…antes de que el ex president quizá se presente en Barcelona para ser detenido un par de días antes de las elecciones, como sospechan, se dice, algunos informes de los servicios de inteligencia. Menudo follón.

Bueno, y para follón el que se va a armar cuando, presumiblemente, Oriol Junqueras y sus ‘consellers’ (ahora ex consellers, claro, que no quiere uno bordear los dictámenes de la Junta Electoral) salgan de la cárcel, merced a los nuevos vientos en los tribunales. Junqueras ya ha dicho que presentará –aquí, ni primarias ni nada—a su secretaria general, Marta Rovira, para la presidencia de la Generalitat, abriendo un frente en el independentismo contra Puigdemont, que quiere regresar al Palau como principal inquilino. Lo de Marta Junqueras es, pues, una provocación en varios sentidos; uno de ellos, desde luego, la escasa capacidad de la candidata para asumir las funciones a las que es impulsada por su aún encarcelado jefe. Yo diría que también en el lado independentista, menos mal, se pegan algunos tiros en el pie.

Pero, continuando con el lado de acá, que es donde el cronista confiesa, por supuesto, estar situado, ya me dirán si la decisión de Albert Rivera de posicionarse en el Parlamento, con la sola compañía de los valencianos de Compromís, en contra del cupo vasco no ha sido una manobra fallida del por otro lado habitualmente acertado líder naranja. Ha servido para dividir más a los constitucionalistas, para alejar a Ciudadanos de cualquier posición de influencia en el País Vasco y para realzar la posición como ‘hombre de Estado’ de Pedro Sánchez. En fin…

Y, para colmo, lo del fiscal genera del Estado. Que no digo yo que el designado por el Gobierno, Julián Sánchez Melgar, contrariando todas las especulaciones periodísticas, sea un mal nombre, al contrario. Lo que sí digo es que lo malo es eso, que haya sido designado por el Gobierno. En exclusiva y sin consensuarlo, que tampoco hubiera sido tan difícil, al menos con los socialistas y con Ciudadanos, dado que Podemos ya parece haberse echado sin remedio al monte de las incongruencias. Algo de historia oculta, y me parece que mi olfato de periodista esta vez no se equivoca, hay detrás de la insospechada designación de Sánchez Melgar, cuando todos daban por seguro que el elegido sería otro, concretamente el actual presidente de la Audiencia Nacional.

Y este es, señores míos, el panorama. Cada cual atento a sus intereses de partido, de coyuntura, y no mirando al interés nacional, que no es otro que el de restañar, desde la unidad, las profundísimas heridas que evidencia el cuerpo social, político y económico, de Cataluña. Y quedan veinticinco días para esas elecciones que ahora ya no sé si cambiarán el mundo, pero que deberían hacerlo.