El día en el que murió la Transición y empezó…esto

Enviado por Fernando Jáuregui | 10/03/19

Este lunes hace quince años de aquel terrible atentado que costó la vida a 191 personas y dejó más de dos mil heridos en la estación de Atocha de Madrid. Aquel día, en el que el Gobierno se empecinó en contarnos una historia que convenía quizá a sus intereses de cara a las elecciones que debían celebrarse tres días después, y en el que la oposición olvidó el sufrimiento de las víctimas para aprovechar electoreramente los errores de Aznar y sus ministros, murió la primera Transición. Y empezó un período nuevo, en el que tantas cosas iban a ocurrir, que nos llevó hasta donde estamos ahora: instalados en una crisis política en la que los valores cuentan poco y en la que estamos presumiblemente destinados a prolongar los peores perfiles de una democracia que tanto costó construir.

Ni siquiera tenemos la certeza de que aquel juicio, tan lleno de silencios y de falsedades, nos haya desvelado la totalidad de la trama que llevó a aquel crimen atroz: ¿de veras el limitadísimo Zougham fue el cerebro ejecutor de todo? . Ni los políticos, ni los jueces, ni los medios, han pugnado de verdad por esclarecer toda la verdad, y conste que yo no creo en ciertas tesis ‘conspiratorias’ que alegan, arrimando el ascua a sus sardinas, algunos colegas. Lo único constatable para mí es que aquel 11 de marzo de 2004 la confianza de los ciudadanos en su llamada ‘clase política’, y en la judicial, que nos habían conducido a la democracia, bajó muchos enteros. Y que, desde entonces, el descenso ha seguido a ritmo vertiginoso.

Hasta aquí hemos llegado. Y, así, afrontamos unas elecciones generales, trece autonómicas y ocho mil locales que van a ser las más atípicas, atropelladas y, si usted quiere, surrealistas de nuestra Historia democrática. Gracias a una normativa electoral injusta, solo tenuemente democrática y técnicamente deleznable, puede que una candidata que es ministra y cabeza de lista por Barcelona, Meritxell Batet, sea retada a debatir ante las cámaras de televisión…en la prisión de Soto del Real, porque allí se encuentra su gran oponente electoral, Oriol Junqueras, cabeza de lista de ERC. Mayor anomalía no cabe…o sí, con aquellos polvos que han traído estos lodos.

Hay, claro, muchos más ejemplos, al margen de lo de los debates –que deberían ser legalmente obligatorios y legalmente regulados–, que indican que estamos sumidos en una especie de caos normativo y jurisprudencial. El poder de los ‘aparatos’ de los partidos, sin ir más lejos, reflejado en las elecciones en las primarias de los candidatos a los que, como los casos distintos y distantes de Pepu Hernández o Silvia Clemente, apoyaban de manera cuestionable los secretarios generales de sus partidos. O la Junta Electoral Central, que, en aras de lo establecido, ha paralizado la Administración del país durante tres meses y que este mismo lunes ofrecerá su dictamen inapelable sobre si el Gobierno se excede o no al considerar los Consejos de Ministros como una especie de pre-precampaña electoral.

Ahora, los partidos andan enfrascados en las listas, como mañana lo estarán en la campaña ‘oficial’ en sí, quizá regresando a las teles para jugar al futbolín con Bertín Osborne. Hoy, todavía algunos que puede que sean candidatos en puestos de salida (…o no) andan angustiados ante el silencio del dedo de los jefes, que esta misma semana comenzarán a desvelar quiénes van, quiénes no y quiénes todavía, hasta dentro de más de una semana, tendrán que seguir aguardando para ver su nombre en las listas cerradas y bloqueadas. Habrá sorpresas: se buscan actores, cantantes, periodistas televisivos, famoseo, para redondear unas listas que, hoy, interesan poco a un votante obviamente desconcertado.

Me pregunto, en medio de este patente deterioro de la Política con mayúscula, cómo será el próximo Congreso de los Diputados. Con un grupo en el que estarán la Esquerra de Rufián y los de Bildu coaligados para hacer de portavoces contra el sistema. Quizá con algún diputado de la CUP, que ha debatido hasta el último momento si presentarse o no a unas elecciones ‘españolas de la Monarquía’. Y con Vox forzando la máquina.

Al contrario que en las constituyentes de 1977, cuarenta y dos años ya, el abrazo de la reconciliación nacional se va a trocar en múltiples fracturas. Y veremos si se llega a un mínimo acuerdo para, tras unas consultas en La Zarzuela en las que algunos van a pretender desgastar la imagen del Rey, llegar a una sesión de investidura en la que alguno de los candidatos posibles sea elegido nuevo –o no tanto—presidente del Gobierno del Reino de España. O si, en virtud de lo dispuesto en el malhadado artículo 99 de nuestra Constitución –¿para cuándo emprender su reforma, la de este y la de tantos otros artículos?–, hay que repetir las elecciones, quizás allá por octubre.

Odio la expresión y el concepto de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Pero la verdad es que yo me sentía, pese a las mentiras de la guerra de Irak, prese a la prepotencia y antipatía del entonces inquilino de La Moncloa, bastante más en paz con el concepto de la dignidad de la política aquel 10 de marzo de 2004 de lo que lo estoy ahora, cuando cada vez me reafirmo más en que necesitamos, es urgente, una segunda Transición, al menos tan enérgica como aquella que murió hace quince años para dar paso a ‘esto’. Votaré a quien nos la proponga. O no votaré.

fjauregui@educa2020.es

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Pero ¿existe un voto femenino?

Enviado por Fernando Jáuregui | 03/03/19

Me consta que algún afamado sociólogo anda enredado estos días en determinar por dónde va el voto femenino, que viene a ser el de algo más de la mitad de la población censada. Como si tal cosa, el ‘voto de la mujer’, existiese. Me parece que las pautas de comportamiento de hombres y mujeres ante las urnas vienen a ser, en términos generales, bastante parecidos. Pero el Gobierno y los partidos principales, que afinan la puntería todo lo que pueden y cuanto les recomiendan sus asesores, andan con la mira puesta en este capítulo. Por eso, especialmente desde el Ejecutivo, se multiplican los mensajes –y los decretos– sobre igualdad y sobre derechos laborales, especialmente ahora que se acerca, este viernes, el Día de la Mujer, que tendrá una repercusión especial en España.

Cierto que desde el equipo de Pedro Sánchez se multiplican los mensajes que nos recuerdan el respeto a la paridad –y más que eso—en la formación de Gobierno y hay que admitir que, aunque como portavoz y negociadora haya mostrado algunas deficiencias, la vicepresidenta Carmen Calvo es una muy eficaz propagadora –no diré propagandista, no todavía al menos—de las reivindicaciones de la mujer en cuanto a lo que aún la separa, en equiparación de muchas cosas, de los hombres. Y lo bueno para el Gobierno, con o sin Legislativo, que esta semana se cierra por disolución, es que los consejos de ministros siguen, por muy en funciones que esté el Ejecutivo, y que el BOE está ahí.

La eterna provisionalidad política, que se va haciendo casi definitiva, es nuestra maldición, la que nos impide abandonar el eslógan y el tuit simplificador como armas políticas. Es como un carnaval permanente, en el que todos andan con disfraces de plumas y oropeles. ‘Siempre andamos, en España, metidos en campaña’. Un ripio que se hace presente en las marchas de mujeres de este próximo viernes y en las que, antecediéndolas, como la de este domingo en Madrid, crean un clima especial ante las muchas semanas electorales que nos aguardan a los españoles. Y todo vale para la campaña: desde las acusaciones de machismo por criticar la actuación de una portavoz parlamentaria hasta atacar las decisiones de una juez. Y no, eso no es machismo: hacemos un flaco favor a las posiciones feministas cuando exacerbamos las cosas, porque la exageración acaba teniendo un ‘efecto boomerang’.

Yo creo, ya digo, que no hay ‘voto femenino’; son ganas de profundizar en diferencias que cada día existen menos. Pero verdad es que, por ejemplo, las mujeres aún no frecuentan demasiado las ‘carreras stem’ (las de ciencias, matemáticas, ingeniería) y que algunas encuestas, en cuya elaboración he participado yo mismo, muestran una influencia familiar para que las hijas se inclinen por las carreras humanísticas, que derivan hacia el funcionariado, más que hacia las ‘técnicas’ y la Formación Profesional. Porque todavía, admitámoslo, existe un sustrato de reminiscencias algo machistas –eso sí es un cierto machismo sociológico—en sectores de nuestra sociedad, y ahí están algunos postulados de la emergente Vox para mostrarlo.

Lo que me encrespa es la utilización de las mujeres –o de los jóvenes, o de los pensionistas—en una campaña electoral en la que temo que vamos a ver cómo desaparecen las reglas del juego y de la estética política; y ello, cuando sabemos que, en política, las formas son aún más importantes que el fondo. Con motivo del 8 de marzo vamos a escuchar mucha demagogia y bastante poca reflexión. Algunas ocurrencias verbales que a nada sino al ridículo llevan y muy escasas medidas reales en favor de esa total igualdad a la que hemos de aspirar por encima de todo.

Pero qué le vamos a hacer: es la España binaria que nos hemos dado, y ya nos decía el hoy tan… ‘utilizado’ Machado que una de las dos Españas ha de helarnos el corazón. Y en campaña, mucho más. Abríguense, que vuelven, dicen, los fríos.

fjauregui@educa2020.es

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A Greta no la dejan votar en España; pero vaya si vota…

Enviado por Fernando Jáuregui | 02/03/19

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–(Sospecho que Greta tiene más influencia ya que muchos líderes políticos)
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Greta Thunberg es una chica sueca de dieciséis años. Nadie la conocía aquí hace unos meses. Por su edad, no puede votar en su país natal, ni podría hacerlo en las inminentes elecciones en nuestro país, suponiendo que ella fuese española. Ni estaría facultada para votar en la mayor parte de los países democráticos, excepto Austria, Chipre o Argentina. Pero vaya si, aunque sea en sentido figurado, vota: bien que se demostró esta semana en Madrid, donde cientos de jóvenes más o menos de la edad de Thunberg ‘tomaron’ los alrededores del Congreso protestando contra la inactividad de los gobiernos en la lucha contra el cambio climático. O ¿es que alguien no cree que este será un argumento importante, mucho más que el de la exhumación de Franco, que a estos jóvenes les importa un bledo, en el desarrollo de las campañas electorales de abril y mayo?

El medio ambiente va a ser, pienso, uno de esos elementos que los políticos olvidan sistemáticamente en sus campañas. Están en muy otras cosas: en ganar el apoyo del centro-izquierda con los decretos de los ‘viernes sociales’, como trata de conseguir el Gobierno de Pedro Sánchez; en acaparar el voto de la derecha a base de extremar el mensaje contra el Ejecutivo, como pretende el Partido Popular de Pablo Casado; en utilizar el juicio contra el independentismo catalán para lanzar consignas de dureza radical, como quisiera, sin lograrlo plenamente merced a la gran actuación del juez Manuel Marchena, Vox. O en lograr , para las candidaturas electorales, ‘fichajes’ de impacto, que no siempre salen bien, como aspira Ciudadanos.

Me da la impresión de que todo ello, desconectado de los intereses verdaderos de la ciudadanía, está sirviendo más para desconcertar a los electores, que ya dicen las encuestas que son muchos los que aún no tienen ni idea de a quién votar, que para incentivar el voto a una u otra opción. No creo que los polémicos ‘viernes sociales’ en los consejos de ministros que nos quedan hasta las elecciones vayan a generar demasiado entusiasmo en los indecisos, ni tampoco la inflexibilidad de algunos postulados de Casado, ni las volteretas del descabezado Podemos –muchos ‘podemitas’ dicen ya que Pablo Iglesias debería dimitir para salvar a la formación morada–, ni los nuevos candidatos de Ciudadanos, ni tampoco, digan lo que digan los sondeos, el verbo flamígero, ahora con sordina, de Vox.

Creo que los ‘viernes por el futuro’, que ahora llega a España con la fuerza de los ‘indignados’ del 15-m, o de los desencantados por el bipartidismo, tienen mucho más porvenir que los ‘viernes negros’ de la tele, o que los ‘viernes sociales’ de los ‘decretazos’. Y sí, en la campaña van a tener influencia la contaminación, que se adueña de nuestras ciudades, y el ‘juicio del siglo’, tan lleno de silencios y olvidos, y la quizá descolorida actuación del Ejecutivo español en Venezuela. Y, claro, el próximo viernes, que será el del día de la Mujer, el ‘viernes por la igualdad’, que, en pleno período preelectoral, tendrá, vaya si tendrá, una influencia sobre el voto: de momento, el Gobierno, de la mano concreta de la vicepresidenta Carmen Calvo, trata de capitalizar esa jornada, aprovechando eso: que gobierna. Ya veremos en qué deriva esa fecha, en la que media España va a parar. Y, espero, a reflexionar.

Pienso que los coetáneos españoles de Greta deberían poder votar. No sería la primera vez que se plantea una rebaja de la edad electoral a los dieciséis años. Y estos jóvenes que llegan al Parlamento en la UE, a los parlamentos de casi todas las ciudades europeas, que gritan con más o menos mesura lemas tremendos (“no queremos daros miedo; queremos daros pánico”, dice la indómita Thunberg) que me recuerdan a los de mayo del 68 o a los de la Puerta del Sol del 15-m, muestran que saben lo que quieren. Y lo que no quieren. A mí lo que me da pánico es que puedan seguir dándonos miedo y les sigamos alejando de las urnas, llevándolos, así, a la calle. Y el voto de la calle también cuenta, vaya si cuenta.

fjauregui@educa2020.es

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La muerte del arte…y del sentido común

Enviado por Fernando Jáuregui | 27/02/19

Para nada me escandaliza que un sedicente artista exponga en una de las más importantes ferias de arte del mundo, Arco, que los Reyes inauguran este jueves en Madrid, un ninot precisamente representando a Felipe VI. Ninot que, por el módico precio de doscientos mil euros, usted puede adquirirlo, siempre y cuando se comprometa por escrito, eso sí, a quemarlo en una especie de falla particular. Una sandez, vamos. Ese mismo artista ya adquirió notoriedad hace un año, cuando, en la misma feria, presentó una serie de retratos de los ‘presos políticos catalanes’; critiqué tanto la obra, que de arte a mi entender tenía tanto como este ninot, como la equivocada decisión de los responsables de Arco de retirarla…para luego volver sobre sus pasos y reintegrarla a las paredes feriales. ¿Es que no hay un comité seleccionador que nos asegure a quienes pensamos visitar Arco este fin de semana que, al margen de provocaciones, podremos disfrutar con auténtico Arte, con mayúscula, aunque sea en grado experimental?

La provocación no es necesariamente arte, aunque el arte pueda admitir la provocación. Pero esta no es lo sustancial en la obra artística. Lo digo por esos raperos que hacen gala de mal gusto en las letras de sus canciones, o por el descerebrado que considera humor sonarse con la bandera española. O, si usted quiere, lo digo también por esos tuiteros que, al amparo del anonimato, andan con la cabeza claramente perdida por el afán de llamar la atención. Me parecen actitudes despreciables, pero en ningún caso, dicho sea mirando a los ‘halcones justicieros’ que en cuanto pueden echan mano de los tribunales, merecedoras de una calificación penal.

Si ninguno de los citados encontrase el terreno abonado desde una opinión pública (y publicada) pacata, que se perece por las salidas de tono, por las ocurrencias de algunos políticos y por los excesos de cierta farándula, este comentario mío carecería de sentido. Lo malo es que este país nuestro, tan estupendo por otros conceptos, da abrigo a las polémicas más estériles, desde el bodrio escrito (o no) por un presidente del Gobierno hasta la pancarta que, cual Boadella tabarniano, se lleva a Waterloo una lideresa emergente que, por otro lado, está llena de virtudes profesionales y, creo, de futuro en la cosa pública.

Que no digo yo que equipare el opúsculo presidencial y la pancarta anaranjada con lo del ninot (por cierto, no muy afortunado técnicamente, según las fotografías que hemos podido ver) que el Rey tendrá que sortear a la hora de inaugurar Arco. No, claro que no. Pero sí me sirve todo ello para denunciar la mediocridad ambiente que nos ahoga. Simplemente, falta talento. En la política, en el ensayo político, en el escenario político, en la literatura política y en el arte político. Y entonces parece llegada la hora de los desideologizados sin moral ni convicciones que, cual prestidigitadores de la imagen, inventan cada día una nueva trola, un nuevo volatín, para que los chicos de la prensa, a falta de algo mejor, los saquemos en los titulares. Ale hop.

fjauregui@educa2020.es

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Lo que le espera al Rey esta noche…y en los meses que quedan. NO le envidio, no

Enviado por Fernando Jáuregui | 24/02/19

Naturalmente, la foto más buscada en la noche de este domingo no era la de los ganadores de los Oscar ni el último gol de Messi: era la del Rey Felipe VI en la cena barcelonesa del World Mobile Forum, junto –es un decir– al president de la Generalitat, Quim Torra. Un hombre que ha hecho del antimonarquismo una de las señas de identidad de su, vamos a llamarla así, política. Felipe VI, más aún que Pablo Casado, incluso más aún que Inés Arrimadas o que el mismísimo Albert Rivera, es el enemigo a batir por quienes propugnan la República Independiente de Catalunya, sin percibir que esa es una quimera imposible, tanto en este sistema monárquico como en uno republicano.

Pero desgastar la imagen del monarca, que es el jefe del Estado, es un mal negocio para unos y para otros, porque abrir ahora ese melón tendría consecuencias difíciles de imaginar en este momento, tanto para los ‘indepes’ como para el resto de los españoles. Y no conviene que, al grito de Sansón ‘muera yo con los filisteos’, derribemos el ya agrietado templo de la convivencia nacional, en cuyos escombros acabaríamos sepultados.

Yo diría que Pedro Sánchez ha percibido, no sin retraso, la necesidad de preservar la figura de quien encarna ahora la Jefatura del Estado, y se intuyen algunas operaciones para rodear a Felipe de Borbón de marcos adecuados. Saben en el Ejecutivo (y en el Judicial, desde luego) que en cualquier momento ese ‘juicio del siglo’ que discurre más apaciblemente de lo que se esperaba –esta semana, titulares con Rajoy, Soraya Sáenz de Santamaría, Montoro e Iñigo Urkullu declarando como testigos–, puede estallar en cualquier momento en una proclama contra la actuación de la Corona. Ni siquiera el inteligente juez Marchena, acaso ni siquiera las diferentes tácticas de las defensas, podrían evitar que el juicio se les vaya de las manos si cae bajos los cascos del caballo de Atila que son los CDR dispuestos a paralizar Cataluña, aunque en ellos fracasen, menos mal, una y otra vez. Ellos sí se creen Sansón y a los demás nos consideran filisteos enemigos a batir.

Creo que la mejor ayuda procedente de la llamada ‘clase política’ que podría recibir el Rey sería la de subrayar la normalidad en esta campaña electoral que tan bronca se adivina. El miércoles asistiremos a la última sesión de control parlamentario al Ejecutivo, y de ninguna manera se debería repetir el espectáculo entre chabacano y mal educado de la semana pasada. La Legislatura, a punto de morir formalmente, debería hacerlo con dignidad, ya que ha vivido tan indignamente, al menos desde el punto de vista del Legislativo: habrían de hacerse unos funerales sin trucos, sin ‘decretazos’, sin abusar de la Diputación Permanente, sin broncas, sin…

Si verdaderamente existe una ‘relación de complicidad’ (Sánchez, imprudentemente, dixit en su tan traído y llevado libro) entre el jefe del Estado y el del Ejecutivo, habría de mostrarse efectivamente. O sea, no tratando de restar protagonismos internacionales al Rey y garantizando que los malos tragos que le esperan, cuando tenga que llamar a todas las fuerzas políticas representadas en el nuevo Parlamento, allá por finales de mayo, coincidiendo con las elecciones municipales y autonómicas, estarán libres de sorpresas.

Esas ‘llamadas a consultas’ del Rey, tan mal precisadas en la Constitución, aportaron lamentables episodios hace tres años, cuando incluso Mariano Rajoy dijo ‘no’ a la propuesta del jefe del Estado para que se sometiese a la investidura, que no tenía, desde luego, garantizada. Luego vino todo aquello de Pablo Iglesias, en mangas de camisa, proponiéndose como vicepresidente, responsable de los servicios secretos, de TVE, etcétera, tras su encuentro con Felipe VI en La Zarzuela. Un espectáculo que no debería repetirse, porque el camino hacia una investidura, aunque sea fallida, es muy serio y una de las escasas ocasiones en las que el monarca juega un papel políticamente destacado, un papel, que, en mi opinión, habría que reforzar mucho más que minimizar.

Usted, o yo, o cualquiera, puede, todos podemos, ser monárquicos, republicanos o indecisos entre una y otra fórmula. Lo que no puede ser es que Pablo Iglesias, el principal aliado de Pedro Sánchez, que es un ‘primer ministro’ que, como no podía ser de otra forma, ha prometido formalmente su acatamiento a la Constitución monárquica, aparezca un día, precisamente cuando se celebraba el aniversario de esta Constitución, elogiando ante micrófonos y cámaras a la República y atacando frontalmente al Rey. Sin que, por cierto, Sánchez, que ya digo que me parece que está reconsiderando sus tibios pasos en este terreno, afease esta conducta del líder de Podemos.

Allá Torra y su mentor en Waterloo si quieren derribar el templo; desde luego, los constitucionalistas –y Pedro Sánchez lo es, como espero que lo sean Iglesias y los demás—tiene que esforzarse, como decía el gran Adolfo Suárez, más bien en arreglar las cañerías y fortalecer las paredes del edificio que es la nación. En ello andamos, o deberíamos andar, en estas semanas trascendentales para nuestro futuro.

fjauregui@educa2020.es

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Burgos acogió ‘Los periodistas estábamos allí para contarlo’

Enviado por Fernando Jáuregui | 24/02/19


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Magnífica presentación en Burgos del libro ‘Los periodistas estábamos allí para contarlo’. Con Pepe Oneto, Rosa Villacastín, Rafael Luis Díaz y Manuel Pérez Barriopedro. Hablamos del 23-F, triste efeméride. Se cumplen 38 años de algo que espero que jamás se repita en mi país.
Rosa, Rafael (el del micro de la SER) y Barriopedro (el fotógrafo que inmortalizó, con Hernández de León, el ‘tejerazo’) estuvieron allí para contarlo.

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Arrimadas ¿se arrima a Madrid y deja el Parlament?

Enviado por Fernando Jáuregui | 22/02/19

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—-(mal juego de palabras el de este titular, lo admito. Pero oportuno a fuer de quizá oportunista)
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Cuando esto escribo, lo confieso, desconozco el futuro profesional, o sea político, de Inés Arrimadas. Quizá, dicen todos, se desvele este sábado, en un mitin conjunto con Albert Rivera en Madrid, si va a concurrir en las elecciones generales del 28 de abril, como cabeza de lista por Barcelona o quizá de ‘número dos’ por Madrid, abandonando por tanto el escaño en el inoperante Parlament catalán y su liderazgo autonómico para pasar a lidiar en el ruedo nacional. Queda claro, en todo caso, el tirón electoral de Arrimadas, a la que no encuentro otro motivo de reproche en lo personal que el no haberse lanzado más resueltamente como alternativa a un Govern independentista, aunque coraje, lo que se dice coraje, lo haya derrochado a espuertas en un entorno más bien hostil.

Arrimadas, en Madrid o en Barcelona, en las Cortes –que tampoco han estado demasiado operativas últimamente—o en el Legislativo catalán, es una apuesta segura. No ha faltado quien me haya susurrado que, en caso de un ‘pacto a la andaluza’, pero a nivel nacional inmediatamente después de las elecciones, la señora Arrimadas sería una buena candidata a presidir el Congreso de los Diputados o el Senado, en el caso de que decida presentarse por la Cámara Alta o por la Baja. Veremos, porque queda mucho tiempo, o demasiado poco, según por dónde se mire, hasta ese 21 de mayo en el que se constituirán las nuevas Cortes, antes de comenzar las consultas del Rey para llegar a una investidura de un nuevo –o no—presidente del Gobierno.

Personalmente, creo que Arrimadas podría defender bien sus posiciones sobre un arreglo del problema catalán tanto en el Parlamento nacional como en el Parlament, aunque esta última institución ande como ausente. Lo que ocurre es que no estoy seguro de que estas posiciones, que son las de Rivera, y las de Pablo Casado y el PP y supongo que las de Vox, aunque poco sé de las soluciones que propugna la formación de Santiago Abascal, sean las más adecuadas para llegar a una ‘conllevanza’ entre Cataluña y el resto de España. La cosa, con una campaña (ya estamos en ella, aunque no sea oficialmente) conviviendo con el ‘juicio del siglo’ contra los golpistas de octubre del 17, no va a ser fácil, desde luego; pero pensar que una aplicación ‘dura’, y quizá permanente en territorio catalán, del difuso artículo 155 de la Constitución va a arreglarlo todo es, pienso, vivir en las nubes. Ni funcionó en tiempos de Rajoy ni me parece que lo haría, menos aún, ahora.

Así, Arrimadas es una apuesta segura, como digo…para captar votos. Pero sospecho que Ciudadanos tendría más éxito, incluso en la carrera hacia las urnas, si flexibilizase un tanto sus posiciones sobre lo que hay que hacer y no hacer en Cataluña. Me gustaría escuchar también algo de esto en el mítin de este sábado, al margen de las sorpresas que Rivera y Arrimadas nos puedan dar en relación con el porvenir de esta última, que nos atañe también, por lo que he dicho, a todos.

No conviene, en este caso, frivolizar, aunque haya ahora quien se empeñe en hacerlo en todo lo que se refiere a la vida privada del en mi opinión meritorio líder de Ciudadanos. Un partido llamado a unir más que a lo contrario. Y un hombre que, recuérdelo usted, será con bastante probabilidad cuando menos vicepresidente del próximo Gobierno de España, sea la salida una coalición de centro-derecha o de centro-izquierda.

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El ‘procés’ anda mal; luego son buenas noticias…

Enviado por Fernando Jáuregui | 21/02/19

Buenas noticias (según para quién, claro): se diría que el ‘procés’ independentista se desinfla algo. Algo. O que, según para quién, naturalmente, los ‘indepes’ están recibiendo malas noticias, que para otros, entre los que me incluyo, no dejan de ser buenas. El ‘juicio del siglo’ entra en una fase de indiferencia para la ciudadanía; el Rey afianza su papel merced a una, por fin, estrategia bien pensada y mejor ejecutada; la huelga ‘general’ de este jueves en Cataluña no pasó de ser una huelga con seguimiento más bien de cabo furriel; en Europa no quieren saber nada de los maniobras de Puigdemont y de su ‘subordinado’ el presidente de la Generalitat, Quim Torra. Añádase a eso que el secesionismo se está dividiendo a ojos vista y tendremos un panorama que cualquier negociador consideraría ideal para lograr un triunfo. Eso sería, claro, si del lado de acá tuviésemos un gran negociador. ¿Lo tenemos?

Cierto es que el proceso que se sigue en el Tribunal Supremo contra doce cabecillas del intento de golpe de Estado en 2017 se va diluyendo sin que los acontecimientos justifiquen las aprensiones que todos teníamos ante este ‘juicio del siglo’: el interés decrece y la pasión manifestante en Cataluña también, porque lo cierto es que la huelga general decretada para este jueves por el sindicato independentista, en unión de la mismísima Generalitat, no dio los frutos apetecidos para los organizadores. Todo quedó en una algarada animada apenas por la CUP y los CDR, que aparentemente cada vez tienen más hartos a los catalanes en general. Y no sin razón, por cierto.

Por otra parte, crece la sensación de que la distancia entre las diversas fuerzas separatistas se acrecienta. No solo porque en el juicio se evidencien muy diferentes estrategias de defensa por parte de los procesados; es que las relaciones entre Puigdemont y algunos de los líderes de Esquerra, por ejemplo, son peores que pésimas, y ambas partes andan a la greña en busca de la hegemonía en la votación del 28 de abril. ¿Quién acudirá al Parlamento español a defender, desde su escaño, las tesis separatistas? No algunos de los actuales diputados, desde luego: algunos, por su tibieza en la defensa del secesionismo más primario, pueden quedarse en el banquillo.

Y luego está la sensación, que ya ha llegado a Cataluña, de que al fin alguien ha encontrado una estrategia de defensa del sistema y de su máximo representante, el Rey. La actuación de Don Felipe en su discurso recibiendo el ‘nobel del mundo jurídico’, ante centenares de abogados de todo el mundo, ha sido elogiada incluso por sectores acérrimamente republicanos, según me consta.

La convocatoria de elecciones, con la disolución anticipada de las Cortes, ha sido un evidente jarro de agua fría sobre las cabezas de los independentistas. Ya no podrán seguir tirando de la cuerda de Pedro Sánchez, que ha dado pasos definitivos, creo, en el sentido de que nunca más tendrá España un ‘Gobierno Frankenstein’ semejante al que estuvimos a punto de tener. O incluso tuvimos. El presidente ha cometido, sin duda, errores, y graves, pero los secesionistas, desde luego involuntariamente, le han hecho bueno con sus desmedidas exigencias, a las que ningún Gobierno de España podría acceder si quiere sobrevivir políticamente.

Así que, con libro o sin libro –algunos ‘forofos’ del sanchismo incluso piensan que las bromas que ha suscitado el volumen presentado este jueves son buenas para el inicio de la campaña, “donde solo se habla de Pedro Sánchez, aunque sea para mal”–, lo cierto es que el inquilino de La Moncloa, aupado encima por las encuestas, parece encarar este período pre electoral desde la euforia. Podemos, que un día se atrevió a soñar con el ‘sorpasso’, está desbordado y en desbandada; el ‘frente opositor’ está permitiendo que se le califique como de ultraderecha, lo que no le viene poco bien a un Gobierno que quiere alzarse con la bandera de la socialdemocracia europea. Las bromas sobre el libro, primando sobre las carencias más serias en la gobernación del Estado y distrayendo con ello a los críticos. Por si faltaba algo, la carta del Vaticano alentando, de alguna manera –al menos, en la versión monclovita–, la salida de Franco del Valle de los Caídos, lo que le permite a Sánchez una confrontación directa apenas con la familia y los sectores más ‘ultras’, pero no con la Iglesia.

Yo diría que este Sánchez, a falta de algunas cualidades –otras sí las tiene, ojo–, es un tipo con suerte. Y si el enemigo se equivoca, que todo parece que anda en vías de ello, es capaz hasta de seguir una temporada larga en el palacio de la Cuesta de las Perdices. Estadista, lo que se dice estadista, no será; pero anda que resistente…Y, encima, mimado por la veleidosa diosa Fortuna.

fjauregui@educa2020.es

Y, para colmo, ya digo, el ‘procés’, que parece que empieza a pinchar

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“Presidente, ¿tiene un colchón de votos suficiente?”

Enviado por Fernando Jáuregui | 20/02/19

Sesión de control parlamentario, la penúltima de la Legislatura, bronca e inútil para el país. Estamos en campaña y aquello más parecía un debate de bajura en televisión, un conjunto de mítines de sal gorda, que un acto en un Legislativo que se respete. Nuestros representantes se llamaron de todo, se acusaron de todo, exageraron, deformaron –alguno—la verdad, porque la exageración es una forma, quizá sutil, de mentira.

Pregunté a un relevante socialista sobre su calificación del ‘arranque’ del presidente Sánchez en esta campaña aún no oficializada, pero ya trasladada a todos los campos, incluyendo el ya célebre libro del inquilino de La Moncloa, que era de lo que todos hablaban: del colchón. A él tampoco le había gustado, aunque algún insensato también me dijo: “va estupendamente, porque en campaña lo importante es que hablen de ti, aunque sea bien; que se rían con el libro, a ver quién ríe el último”.

Ese colchón constituyó nada menos, dice el libro de Sánchez/Lozano, la primera decisión presidencial al pisar suelo monclovita: cambiarlo para que nada quedase del anterior habitante del palacio de los falsos mármoles. No hay que dormir, por lo visto, en la cama caliente del rival. “Empaquete el colchón, porque tendrá que sacarlo en dos meses”, le dijo, ingenioso él, Pablo Casado, anunciando ya la victoria del PP en las cercanas urnas. Quizá esté vendiendo la piel del oso (y el colchón y hasta el somier) antes de cazarlo, digo yo.

Pido perdón a los lectores por utilizar tanto la misma palabra en una crónica. Ya sé que esta repetición va contra todos los cánones de la literatura periodística. Pero es que los cánones del castelarismo tampoco aconsejan hablar de colchones, que es utensilio que sirve para dormir y para más cosas, como último argumento parlamentario. A tanto llegó la cosa que, mientras Sánchez salía del hemiciclo a toda velocidad por los pasillos, perseguido por un enjambre de nosotros, la sufrida turba de cámaras y micros, una colega, malévola, viperina, le lanzó esta pregunta que, como las demás, no obtuvo respuesta: “Presidente, ¿cree usted que tiene un colchón de votos suficiente?”.

Claro que, a Casado, alguien de la misma turba, agotados desde el silencio en las repuestas los recursos a lo trascendente –se acaban de cargar los de Podemos el Pacto de Toledo, sin ir más lejos; y ‘el juicio’ ahí sigue—le interrogó: “señor Casado, ¿ha leído usted el libro?”. Huelga decir a qué libro –me resisto, resistente yo también, a citarlo, para no hacer más publicidad a un episodio propagandístico que no me gusta—se refería. Hay otros libros, cada día salen decenas, pero parece que en estos momentos solo exista este volumen.

Salí del Congreso de los Diputados, y no era la primera vez, angustiado ante la insoportable levedad del ser de la política española en general y de nuestro parlamentarismo en particular. Nos queda una sesión de control al Ejecutivo por parte del Legislativo antes de que este se disuelva para correr hacia las elecciones. Tiemblo solamente de pensar en los desmanes que el segundo de los poderes definidos por Montesquieu, un poder que es el arquitrabe de la democracia, puede sufrir en estos siete próximos días.

Mi temblor se acrecienta al avizorar lo que de empobrecedor para la vida política pueda tener esta campaña, si las cosas siguen por este camino. Así, me temo que las elecciones no nos servirán de nada, y habrá que repetirlas –muchos diputados lo piensan, me dijeron—allá por el otoño. Y eso sí que no debe suceder. Que, al menos, eso nos lo eviten, ya que tenemos que asistir a este bochorno parlamentario, que es lo único para lo que en esta Legislatura atroz han quedado nuestras Cortes.

fjauregui@educa2020.es

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Cien días que cambiarán España: empieza la cuenta atrás

Enviado por Fernando Jáuregui | 17/02/19

Decir que la campaña electoral empieza hoy, tras un domingo de sondeos y con el ‘juicio del siglo’ empezando a adquirir velocidad de crucero, no sería del todo exacto. Tampoco empezó exactamente el viernes pasado, con el ‘mítin’ de Pedro Sánchez desde el atril de La Moncloa. Llevamos mucho, demasiado, tiempo en el postureo de una campaña que no cesa, pero que ahora adquiere perfiles temporales muy concretos: faltan dos sesiones de control parlamentario, quince días para la disolución de las Cámaras legislativas, sesenta y nueve para la primera marcha a las urnas y noventa y siete para la segunda. Menos de cien días que cambiarán, esperemos, a España. Sí, pero ¿qué es lo que va a cambiar? Puede ser casi todo o casi nada. No confiemos demasiado en lo que ahora dicen los sondeos.

Si confiamos ciegamente en lo que dicen esos sondeos, que al menos cierto es que marcan una tendencia, tendríamos que resulta que el PSOE va a conseguir al menos treinta escaños más que en las elecciones de junio de 2016, que el PP puede que consiga, en el mejor de los casos para ellos, treinta menos, que Ciudadanos puede lograr otros treinta más, que Podemos pierde bastantes más de treinta y que la media de lo que las distintas encuestas conceden a Vox se halla en eso, en unos treinta. Lo que ocurre es que, para formar mayorías absolutas, mucho depende de lo que dicen esos mil encuestados en un sondeo u otro: para unos, la suma de PP, Ciudadanos y Vox daría mayoría absoluta, pero para otros esa mayoría la lograría el PSOE acompañado por la formación naranja de Albert Rivera.

Pero, claro, falta la campaña en sí misma. Los debates televisivos. Los mensajes. Las ideas de Iván Redondo –un éxito para Sánchez, al menos hasta ahora– y de los no tan conocidos ‘magos’ de Ciudadanos y PP. Alguna ocurrencia de Iglesias. Los discursos del representante de Vox en el juicio contra los ‘indepes’ en el Supremo. Y los giros de alianzas que vayan a producirse, que yo apostaría que estarán protagonizados precisamente por el árbitro, Ciudadanos, cuya incomodidad junto al otro posible árbitro, Santiago Abascal, es cada día más patente. No les veo galopando juntos en la campaña: creo que habrá una aproximación de ‘los naranjas’ a los socialistas, aunque no lo dirán hasta después de las elecciones europeas, municipales y autonómicas, es decir, quizá hasta comienzos de junio. Que es cuando, de verdad, comenzará el baile de las posibles investiduras.

Hasta entonces, por lo menos, el Gobierno de Pedro Sánchez estará en funciones. Eso, si no se da una situación como la de 2016, en la que nadie pudo ser investido y hubo que repetir las elecciones, seis mees después de aquellas de diciembre de 2015 que iniciaron, porque no hubo mayoría suficiente para que nadie gobernase, el desastre político ‘a la italiana’ en el que estamos sumergidos. Entonces, si se repite lo de 2016, volveremos a tener que ir a las urnas en septiembre u octubre. Fracaso total de nuestra ‘clase política’. Por eso me aventuro a pensar que solamente una coalición de centro-izquierda (la más probable, porque el PSOE parece que será la formación más votada) o de centro-derecha va a ser la salida, aun tapándonos todos la nariz, a esta situación tan indeseable en la que nos han metido.

Y es que estamos embarcados en una campaña en la que habrá más mítines que procesiones de Semana Santa, en la que los ministros no cantarán, como ocurrió el año pasado, saetas al paso de los capirotes y en la que esperemos que la frivolidad no llegue a mitinear en los espacios televisivos más ‘populares’, con el candidato de tiurno jugando al futbolín con Bertín Osborne. Una campaña en la que jugará hasta el libro, cuyo contenido comienza a desvelarse, del ‘resistente’ que actualmente habita en La Moncloa y que en ella pasará los próximos cinco, seis meses…por lo menos.

Porque lo cierto es que, hoy por hoy, Sánchez, junto con Rivera, es el único de los ‘instalados’ que ve aumentar la intención de voto a su partido, sin que la espuma del oleaje de Vox –qué bien le viene Vox al PSOE en campaña, y qué mal le viene a Pablo Casado—le llegue a salpicar los tobillos.

Algún día, con la serenidad que da el tiempo transcurrido, averiguaremos por qué se produce este incremento en la simpatía hacia un Sánchez que ha sido pródigo en ocurrencias, en contradicciones, en promesas no cumplidas: ni a Franco ha sacado del Valle de los Caídos. Yo creo que, con perdón y salvando todas las distancia, no me entienda usted mal, en cierta medida a Sánchez le ocurre lo que a Trump: que, de alguna manera, representa el combate al ‘statu quo’, a lo sólidamente establecido, casi al sistema entendido en su peor acepción. Sánchez siempre sorprende y hace de la política un juego inesperado y, por tanto, apasionante. Que eso constituya un peligro parece secundario para una ciudadanía que está desencantada, que ha involucionado bastante, pero que no parece temer el riesgo de quien, con el dinero de sus apuestas, se tambalea en la cuerda floja, pero con arte, y juega a la ruleta rusa, pero sospechamos que con balas de fogueo.

Me parece que esas cualidades/defectos, matizadas por el freno de un coaligado más templado, podrían ser una fórmula de éxito. No creo que Pedro Sánchez esté tentado de repetir la ‘experiencia Frankenstein’: de los ‘indepes’ no te puedes fiar y Podemos, que ha sido un aliado bastante bueno en lo que cabe –quizá demasiado espectacular–, se hunde anegado por sus propios errores y pasadas. Y por la deserción de los ‘errejonitas’, claro. Así que, le guste o no, a Sánchez no le quedará otro remedio que pactar con Ciudadanos si quiere mantenerse cuatro años más en La Moncloa, aunque tenga a Rivera, como vicepresidente, en la habitación de al lado, donde estuvieron Abril, Guerra y también Rajoy cuando Aznar era presidente. O Fernández de la Vega cuando Zapatero.

¿Y Casado? Casado, que ha cometido, creo, bastantes errores últimamente, también puede, claro, ser presidente. Con Ciudadanos y con Vox, pero dudo mucho de que ambos acaben esta campaña como amigos: los aliados internacionales de Rivera, y el propio Rivera, no lo podrían permitir. O sea, que mi apuesta, si los números llegan a dar, se inclina más hacia la coalición de centro-izquierda, que parece, hoy por hoy, ser la preferida de los españoles, aunque las sacrosantas encuestas aún definan muy tenuemente este parámetro. Pero ya digo: quedan esos cien días que cambiarán, o no, a España.

fjauregui@educa2020.es

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