Los furtivos dan caza al vicepresidente

Enviado por Fernando Jáuregui | 01/07/20


(al pícaro le va a caer una buena, me parece)

Sorprende la cantidad de revelaciones negativas que, a raíz del estallido de ese culebrón mal explicado que es el llamado ‘caso Dina’, se acumulan no ya solamente sobre lo que ocurrió entre el secretario general de Podemos y su entonces asesora en Bruselas, sino sobre el funcionamiento de la propia formación. Conspiraciones, manejas oscuros y poco democráticos proliferan en las informaciones de diversos medios, que se ven beneficiados por ‘filtraciones’ que sugieren que una caza más o menos furtiva se ha iniciado contra el vicepresidente del Gobierno y líder de la formación morada, Pablo Iglesias.

Trataré de ser prudente a la hora de referirme a este cúmulo de informaciones, favorecidas por la escasa transparencia del partido de Iglesias y por las malas relaciones que el propio vicepresidente y secretario general ha establecido con una parte importante de los medios. Personalmente, he de reconocer que solamente a través de vías indirectas puedo acceder a lo que realmente ocurre en las sombras de Podemos, dado que el propio Iglesias decretó que no hubiese información oficial para quien suscribe ni entrevistas con el líder. Hago esta advertencia preliminar, que es la constatación de una anomalía, una más, en el funcionamiento de la formación que formó coalición de gobierno con el PSOE de Pedro Sánchez: la libertad de expresión bien entendida exige un acceso de todos, incluyendo a los no partidarios, a las fuentes. Lo que ocurre, y existen abundantes testimonios al respecto, es que don Pablo Iglesias tiene un concepto muy especial de lo que es la libertad de expresión.

De lo que no cabe duda, en todo caso, es de que esta descarga de fusilería mediática contra Iglesias y contra Podemos, a la luz de esa novela de espías que dará origen pronto a algún libro con el título de ‘El caso Dina’, está debilitando la posición de Iglesias en el conjunto de la política española. De momento, el vicepresidente está limitando sus apariciones públicas y sus contactos con los chicos de la prensa, que le acribillarían a preguntas sobre un ‘affaire’ que ni Podemos ni el propio Iglesias han sabido, a mi juicio, explicar, siquiera someramente, ni a los ciudadanos ni al juez García Castellón. Ni al Parlamento: el ‘caso Dina’ exige ya una comisión de investigación en el Congreso.

Ha pasado el momento de los desconciertos suscitados por la pandemia y está llegando el momento de los ajustes políticos. Iglesias y su entorno, de manera singular la ministra de Igualdad, doña Irene Montero, han sabido rodearse de impopularidad, dicen las encuestas. Y de enemigos, y no todos precisamente en la derecha. Han dejado demasiados cadáveres de gente que fue próxima. Han violado demasiadas reglas éticas y, sobre todo, estéticas. Han sembrado excesiva crispación en la mayor parte de sus intervenciones públicas. Y eso se paga.

Iglesias ha logrado concretar muchas de las ambiciones que enumeró en aquel inolvidable 22 de enero de 2016, tras entrevistarse con el Rey en las consultas de investidura: la vicepresidencia, ministros ‘propios’, los servicios secretos, la tele pública… Todas las ambiciones, menos una: no ha podido acelerar el paso hacia la revolución con la que soñaba, aquel asalto a los cielos que, el propio Sánchez lo dijo, nos llevaría al insomnio al noventa por ciento de los españoles.

Ahora, alentada quién sabe por quién, la cacería ha comenzado, mientras Sánchez, en sus contactos informales aéreos con periodistas, asegura en privado que la coalición está reforzada y asegurada. Bueno, creo que no siempre hay que tomar al pie de la letra las cosas que dice el presidente, ya se sabe. A mí, en cuanto a la cohesión de la coalición, me parece todo lo contrario: tengo casi la certeza de que el insomne de La Moncloa ha de estar disfrutando como nunca leyendo algunos de los titulares referidos a su socio que aparecen estos días en los medios.

El plan de Iglesias, cada día más en connivencia con formaciones como Esquerra Republicana de Catalunya, no es el plan de Sánchez, creo. Volvemos a la primera Transición, en que el debate era ‘evolución o ruptura’. Aquí, uno quiere la segunda y el otro, confío, lo primero. Estamos en un momento clave, evolución o revolución, y me parece que el tren del futuro no pasa por la estación del vicepresidente.

[email protected]

Share

Una campaña de mascarillas, que no de campanillas

Enviado por Fernando Jáuregui | 28/06/20


—-
(Feijoo, junto con Urkullu, es uno de los políticos más interesantes del país)

A los políticos les convienen las campañas electorales, los mítines, los selfies con partidarios. De acuerdo en que esta vez, en el País Vasco y en Galicia, no habrá abrazos ni besos a niños y se acudirá, los que vayan, a las urnas con mascarilla. Son una campaña y un acto electoral distintos de sus predecesores, pero, véanse las imágenes de la votación de este domingo en Francia o en Polonia, ya nos vamos acostumbrando a que todo sea estéticamente diferente, aunque igual en el fondo. La maldición cínica de Lampedusa: es preciso que algo cambie para que todo siga igual. Que es lo que va a pasar en, por ejemplo, París, Varsovia, Euskadi o Galicia.

Porque nadie duda de que Alberto Núñez Feijoo va a seguir al frente de la Xunta, con mayoría absoluta, ni de que Iñigo Urkullu se mantendrá en Ajuria Enea, seguramente apoyado por los socialistas y riñendo cada vez más con Bildu. Son, a mi juicio, los políticos más sólidos con que cuenta el país: lo han hecho bien y recogen los frutos. Y tampoco hay muchas dudas de que ni Unidas Podemos ni Vox, ni seguramente tampoco Ciudadanos, tendrán mucho papel que jugar en ninguna de las dos comunidades históricas.

Así que el máximo interés de las campañas que ahora se inician formalmente consistirá en estar atentos al tono de los mensajes que se lancen en público Pedro Sánchez y Pablo Casado –otra cosa será los que se dirijan en privado—cuando acudan a mitinear, que es ejercicio que encanta a los políticos: aplausos y lisonjas por doquier, aunque, ya digo, sea con mascarilla, y escasa profundidad en los discursos.

No me parece que los resultados en Galicia y País Vasco vayan a ser relevantes para saber si Pablo Casado se afianza en el PP –ya está afianzado, de hecho—ni si se acelera o retrasa su trayecto hacia La Moncloa. Ni tampoco creo que atisbemos el futuro a través de lo que diga Sánchez ante los micrófonos mitineros o en sus encuentros con la prensa: este domingo insistía el presidente en que el PP ha intentado ‘derrocarle’ utilizando la epidemia y en que su Gobierno de coalición está ya bastante consolidado, por lo que no ha pensado siquiera en una remodelación de sus ministros en otoño. Otra cosa será que eso se cumpla, que ya se sabe que un jefe de Gobierno está autorizado a mentir cuando le preguntan si piensa hacer crisis. Y Sánchez hace de la verdad, en este y en otros puntos, un ejercicio de relativismo, digámoslo así.

De las peleas subterráneas y los alfilerazos entre algunos de estos ministros, el presidente no dice ni palabra. De los escándalos que algunos medios vierten sobre la cabeza del vicepresidente Iglesias a cuenta del ‘caso Dina’, un extraño culebrón donde hay tramas policiales, injerencias fiscales, sexo e irresponsabilidad a chorros, menos aún. Mejor ni se atreva usted a mencionarle a Sánchez, si tiene oportunidad, esta cuestión, porque le dirá, incómodo, que eso se lo pregunte usted a don Pablo Iglesias. Y si, llegado el caso, logra usted interrogar al respecto al señor Iglesias, le caerá inexorablemente sobre la cabeza la acusación de pertenecer a la caverna que, por la impresentable vía de filtraciones de sumarios, trata de cargarse al vicepresidente y cuanto él representa.

Así que esos temas y otros muchos, me parece, van a estar por completo ausentes de una campaña que será básicamente sosa por la baja participación impuesta por razones sanitarias (la abstención va a ser presumiblemente histórica) y en la que apenas se tocarán los asuntos relacionados con la reconstrucción, económica y moral, de un país que no, no sale ni más fuerte ni, me temo, más unido de la durísima prueba por la que estamos pasando. Pero de eso, claro, de sufrimientos, en las campañas electorales se habla poco. Como siempre: las campañas algo tienen de ‘fake’. Y con mascarilla, que oculta los gestos del rostro, más aún.

[email protected]

Share

Cuando Sánchez pudo defender al Rey y no lo hizo

Enviado por Fernando Jáuregui | 24/06/20

Siempre me ha parecido que las sesiones de control parlamentario al Gobierno quedan algo desfasadas y carecen de la calidad castelarina y de la grandeza de miras que les serían exigibles. Sirven, eso sí, para medir cómo anda la temperatura política en esto de los pactos o, por el contrario, en los distanciamientos. Y sirven también para valorar la intensidad del escaso ingenio a la hora de las invectivas que lanzan Sus Señorías al Gobierno, y viceversa. La sesión de este miércoles, empero, me pareció que contenía detalles de cierta mayor gravedad que la habitual sensación de que, en este país, Gobierno y oposición parecen incapaces de entenderse. Y es que este miércoles fue el día en el que el jefe del Gobierno podía, y debía, haber defendido al jefe del Estado. Y no lo hizo.

Gabriel Rufián, el portavoz de Esquerra Republicana de Catalunya, vuelve a sus aires provocadores para lanzar un tremendo ataque no solo contra Juan Carlos I y sus pasadas actividades digamos ‘financieras’. El republicano independentista, que fue clave en el apoyo a la investidura de Pedro Sánchez para que este pudiese formar su Gobierno de coalición con Unidas Podemos, lanzó sus rayos también contra Felipe VI y contra la institución monárquica. Estaba, desde luego, en su perfecto derecho: España es y ha de seguir siendo una democracia que debe amparar la discrepancia y las alternativas. Otra cosa es la oportunidad del momento y que ello nos guste o no, que en mi caso confieso que no.

De paso, Rufián dirigió algún venablo también contra Felipe González, a cuenta de los ahora desclasificados papeles de la CIA, que sitúan al ex presidente como conocedor de la trama de los GAL. Me recuerda al pasaje de Casablanca en el que el capitán Renault se escandaliza porque en el garito de Rick ‘se juega’: ¿alguien duda, treinta y cinco años después, de que González lo sabía? Y ¿merece la pena levantar ahora aquellas polvaredas, con la que está cayendo?.

Lo que me preocupó fue lo que vino a continuación. La respuesta de Pedro Sánchez a su ocasional ‘aliado’ de ERC consistió en una defensa de su correligionario y sin embargo no tan amigo Felipe (González). Y ‘olvidó’, en cambio, defender a Felipe (VI). Ni una palabra de defensa al Rey o a la Corona en medio del tremendo ataque lanzado por Rufián. Ni una alusión de pasada al menos de apoyo al monarca, que anda ahora visitando comunidades autónomas en un intento de conectar directamente con la ciudadanía tras el confinamiento.

Hubo más cosas preocupantes en la sesión de control que, con motivo de la defensa de Sánchez a su antecesor remoto González, registró el desdén de Pablo Iglesias, que en esos momentos se abstuvo ostensiblemente de aplaudir las palabras de su ‘jefe’: es obvio que Unidas Podemos ha convertido al ex presidente en objeto de caza y captura parlamentaria, lo mismo que al ex jefe del Estado. Ambos, Juan Carlos I y Felipe González, son lo más representativo que nos queda de la ‘primera línea’ de aquel espíritu constitucional del 78. Y la alianza invisible entre los republicanos de Esquerra y los de Unidas Podemos parece, en este punto, más sólida que nunca. Ambos pugnan por crear ruidosas comisiones de investigación dirigidas directamente contra el ex jefe del Estado y contra el ex jefe del Gobierno ¿Percibe Sánchez la magnitud del asunto?¿Sabe que puede convertirse en cómplice de este intento de abrir una nueva, inesperada, época, la ruptura total con el pasado?

No sé si Sánchez lo percibe. Como ignoro si Pablo Casado y Abascal perciben que su patente hostilidad al ya cercano homenaje a las víctimas del Covid (‘homenaje al enfermo desconocido’, llegó a ridiculizarlo la pugnaz Cayetana Alvarez de Toledo) es un despropósito. Porque el homenaje estará presidido…sí, por el mismísimo Rey. Ese al que Rufián ataca y a quien Pedro Sánchez pudo haber defendido y no defendió. Ese monarca que acaba de conmemorar, es un decir, su sexto aniversario en el trono. Ya solo le faltaba al jefe del Estado que ese homenaje a los muertos, nuestros padres, hermanos, amigos, y en el que él, Felipe VI, estará como cabeza visible, se convierta en otro motivo de pugna política entre la derecha y la izquierda, entre las dos Españas. No nos merecemos esto, la verdad.

Share

Las catorce semanas que nos vienen

Enviado por Fernando Jáuregui | 21/06/20



(no, la clase política, en general, no ha funcionado)

Pedro Sánchez, en un largo mensaje esta vez sin preguntas, dijo ‘adiós’ este sábado al estado de alarma y, por tanto, ‘hola’ a eso que ha dado en llamar, extrañamente, ‘nueva normalidad’. Fue el suyo un mensaje casi triunfalista, casi electoralista –aunque asegura que estamos lejos de unas elecciones–, nada autocrítico. Como si todo se hubiese hecho bien y nada mal. Sospecho que el futuro que encaramos desde hoy habría que cimentarlo más bien haciendo recuento de lo positivo, claro; pero también de lo negativo, comenzando por ese excesivo triunfalismo ‘sanchista’.

España ha funcionado bastante bien en estos cien días de reclusión, de prueba máxima. Los mercados estaban abastecidos, las recogidas de basuras llegaban con regularidad, las infraestructuras aguantaron. Internet, la electricidad, el suministro de agua, las fuerzas del orden, las fuerzas armadas, el personal sanitario, los medios de comunicación –en situación a veces desesperada–, cumplieron su papel. Dignamente, o más que eso. Y tener una plataforma que sustente una crisis como la que se abrió con la pandemia es sinónimo de país grande. No, esta crisis no ha sido como la salida de una guerra civil, ni mucho menos. La nación, en un diagnóstico general, aguanta. Con mascarillas y sin abrazos, pero aguanta.

Lamentablemente, eso que se llama ‘política’, lo mismo que las instituciones, temo que no lo han hecho tan bien. El Ejecutivo, al que hay que reconocer que ha luchado con esfuerzo para mantener la cabeza fuera del agua, ha hecho trampas con la transparencia, ha maniobrado orquestalmente en la oscuridad sin recato. Ha habido autonomías que han marchado mejor y otras, comenzando por la que rige la Generalitat catalana, peor. Se ha abierto la brecha entre el Gobierno central y el de Madrid. El Consejo del Poder Judicial está varado, con su mandato sobrepasado en más de año y medio, el Tribunal Constitucional dividido, el Consejo de Estado como ausente, la televisión estatal inserta –¡aún!—en la provisionalidad. Temo que, por diversos motivos, también la Corona sale de esto algo debilitada.

Y luego, claro, la quiebra del estado de bienestar. La Sanidad ha salido desmoralizada, la Educación, desconcertada gracias a la pésima gestión de la ministra responsable. Y el Trabajo…ese va a ser, desde luego, el talón de Aquiles de la reconstrucción, suponiendo que en algún momento las fuerzas políticas acuerden afrontarla mínimamente unidas, que esa es otra.

No sé si, con este marco, con un Ejecutivo claramente dividido (unos ministerios funcionan, otros no) y con un incierto panorama internacional que incluye el ‘fondo europeo de reconstrucción’ que tan necesario le es a España, estamos en condiciones de asegurar, como hace Sánchez, que esta Legislatura se agotará. Creo, más bien, que son muchas las cosas que van a ocurrir en los próximos meses, sin que esta vez las vacaciones veraniegas, que más de la mitad de los españoles dicen que no van a disfrutar, sirvan de cortafuegos. De estas catorce semanas terribles no salimos ni más fuertes ni, me temo, más unidos, contra lo que dice el autobombo sanchista. Lo que ocurra en las próximas catorce semanas es la gran incógnita que pesa sobre nuestras vidas, incluyendo, claro, la de Pedro Sánchez, por muy seguro que ahora se muestre de controlar el futuro.

[email protected]

Share

Lo que va de Laya a Leyen

Enviado por Fernando Jáuregui | 20/06/20

Mi amigo ocupa un puesto destacado en Bruselas. Es un gran observador privilegiado, interesado en la política, un mundo en el que ha ocupado lugares que le permitían vigilar muy de cerca lo que ocurre. Mi amigo, cuyo nombre, conocido, obviamente no puedo dar aquí, está horrorizado por la pérdida de imagen de España en Europa. Esa Europa que no supo, pudo o quiso plantar esta semana que concluye las bases sólidas del ‘fondo de reconstrucción’, esos 750.000 millones de euros –140.000 irían a parar a España—destinados a paliar los desastres causados por el coronavirus. Y lo peor, advertía, apocalíptica, Christine Lagarde, nada menos que presidenta del Banco Central Europeo, está aún por llegar. “Nuestro país no puede afrontar lo que venga con su estructura actual; ¿cómo, por ejemplo, presentarse con alguien como Iglesias en la vicepresidencia?”.

Mi amigo es un progresista reconocido desde hace tiempo. Su puesto institucional le impide militar en partido alguno, y yo diría que se inclina más hacia una izquierda moderada. Ha escuchado, dice, demasiadas voces clave en la UE que se asombran de que España cuente en su Gobierno con alguien que, como Pablo Iglesias, solo podría aspirar a ser el Varoufakis nacional, aquel ministro de Finanzas ‘gauchiste’ griego que acabó como acabó, mientras el Ejecutivo de Tsipras tenía que virar a toda velocidad, impulsado por los ‘hombres de negro’ hacia posiciones más templadas. Sospecho que Europa no quiere más Varoufakis, que los países ‘austeros’, que en realidad son boicoteadores del fondo común, no gustan de ingresos mínimos vitales y que incluso a doña Ursula von der Leyen y a su compatriota Angela Merkel, que es la política europea más sensata y eficaz de lejos, les alarma un poco el aroma de falsa seguridad que emite el Gobierno bipartito de Pedro Sánchez. Porque España, al fin y al cabo, sigue siendo una de las potencias económicas, ya que no políticas, de la vieja Europa. Y conste que no quiero hacer juegos de palabras entre lo que va de nuestra canciller González Laya a von der Leyen.

El análisis de mi amigo no es demasiado revolucionario, desde luego: España ha de emitir en una nueva onda, de entendimiento transversal con la oposición, aunque la vicepresidenta Carmen Calvo, en sus últimas entrevistas, insista en que hay que construir una entente con los de siempre: Unidas Podemos, Esquerra Republicana de Catalunya y hasta Bildu, si se deja. La mayoría de la investidura, como si nada hubiera pasado desde el 7 de enero. Las recetas sugeridas por Pablo Iglesias en una reciente entrevista –a toda página: quién se lo iba a decir—en el ‘Financial Times’ han caído como una bomba en Bruselas: en ella, el vicepresidente español no se limita a ‘arreglar’ con perspectivas futuristas los problemas en España, sino que da recetas a Europa para sobrevivir.

En la ‘cumbre’ de la CEOE, prolongada durante toda esta semana, con asistencia de los más importantes empresarios y banqueros españoles, se ha evitado lanzar una crítica frontal al Gobierno –excepto en el caso del representante de los autónomos, Lorenzo Amor–; pero se les entendía todo, incluyendo la alarma en sus voces siempre reposadas: ellos saben mejor que nadie que de un Gobierno de la contradicción, en el que una parte trabaja y la otra grita, poco de futuro se puede esperar. Y que de esta oposición, como alicaída, que se ha dejado meter un gol por los ‘austeros’ en la UE, pues lo mismo. He percibido el aroma del desencanto impreso en las páginas de los periódicos esta semana. ¿Hacia dónde vamos, hacia dónde nos llevan? Mi amigo dice que ni en Europa, que es donde deberían saberlo antes de aflojar la bolsa, lo saben, según parece.

Share

El retrato descolgado de Juan Carlos I

Enviado por Fernando Jáuregui | 16/06/20



(qué lejos quedan ya stas imágenes…)
—-

Por si fuese necesario para testimoniar el fin de una era, la del ‘espíritu del 78’, la del llamado ‘juancarlismo’, ahí está esa fotografía, ampliamente difundida y publicada, en la que unos operarios descuelgan el retrato de Juan Carlos I de las paredes del Parlamento de Navarra. Ha sido la más publicitada, pero no la única ‘caída’, me dicen, de aquel retrato, siempre el mismo, que colgaba en despachos oficiales, uniformado y severo. La verdad es que Juan Carlos I, el llamado ‘emérito’, ya no es el jefe del Estado y su presencia icónica en centros gubernamentales y administrativos carecía, seguramente, del sentido de la actualidad y del protocolo. Pero, claro, no vamos ahora a engañarnos: su descenso a los suelos se debe a muy otras motivaciones y sobre ello, que tanto tiene que ver con el futuro de la Monarquía en España, quisiera reflexionar un par de minutos con ustedes.

Porque no cabe duda de que no son solamente las muy lamentables (y presuntas, por supuesto) actividades ‘financieras’ de Juan Carlos de Borbón las que han propiciado el ‘descolgamiento’. Nunca como ahora se había producido una tal ofensiva sobre la institución monárquica como ahora y esa ofensiva no se va a detener, me temo, a considerar si el actual Rey, de probada integridad y dedicación a la ‘causa país’, tuvo o no –que no—que ver con lo que hiciese su padre en cuanto a percepción de comisiones y, repito, presuntas evasiones al fisco.

A Felipe VI hay que reconocerle que, en sus seis años de reinado –se cumplen este viernes–, no le han faltado sinsabores y disgustos que su padre no conoció mientras ocupó el trono. Y, ciertamente, algunos de estos disgustos, los más amenazadores a corto plazo, le vienen de los propios manejos de Juan Carlos I, cuya trayectoria en favor de la democracia temo que quedará empañada por todo lo que hemos ido averiguando sobre otras actividades de índole ‘privada’, vamos a llamarlo así. No, Juan Carlos, inviolable hasta el final, no irá a prisión; ni siquiera será, por imperativo legal, investigado en el Parlamento. Pero su figura quedará empequeñecida en la Historia y la última parte de su vida transcurrirá en manos de dos fiscales, uno del Supremo español y otro del cantón de Ginebra. Una triste recta final. Pero cada palo ha de aguantar su vela.

Creo que, una vez caídos inexorablemente los retratos de Juan Carlos, habría que afianzar en los muros los de Felipe VI, a quien sigo considerando el mejor Rey de la Historia de España, teniendo en cuenta todas las circunstancias históricas y políticas. Don Felipe sabe, sospecho, que el despacho en La Zarzuela habrá de ganárselo día a día y que, para conservarlo, tiene que salir frecuentemente de él, ver gentes, estrechar manos, prodigar sonrisas, ser generoso con su tiempo y con sus afectos. Considero positiva esa gira de los reyes por todas las Comunidades Autónomas, planificada para las próximas semanas: el monarca gana de cerca. No siempre acierta en su política de imagen y relaciones públicas, porque su entorno le lleva en ocasiones a una excesiva prudencia rayana en el inmovilismo. Pero ahora tiene su oportunidad.

Para nada pienso que estén en lo cierto algunos colegas que aseguran que el presidente actual del Gobierno, Pedro Sánchez, alberga entre sus planes “cargarse la Monarquía” y ocupar –palabra de honor que se lo he leído a un importante y, por otro lado, muy admirado y reconocido periodista—él la presidencia de la República. No digo yo que algún sector del Ejecutivo, y usted sabe muy bien a quién me refiero, no albergue planes para socavar la forma del Estado, y reconozco que puede estar legitimado para ello, por muy inoportuno e impertinente que ahora nos parezca.

Pero no es el caso de Sánchez, que sigue siendo el que manda y a quien se vota: puede que no sea un monárquico entusiasta, pero de ninguna manera sería tan irresponsable como para, en esta crisis que vivimos, propiciar la más importante de las mudanzas: sabe bien que sería su final político. El es un resistente, para lo bueno y para lo malo, no un revolucionario de salón, como sí lo es su vicepresidente. Sospecho que esa alianza de gobierno durará menos, mucho menos, que la Monarquía en España. Y, sinceramente, debo decir que me alegro.

Share

Núñez Feijoo enciende el debate en el PP

Enviado por Fernando Jáuregui | 15/06/20



(Los dos políticos más interesantes de este país y que ahora van a ganar, más que probablemente, sus elecciones)

Han provocado no poca conmoción interna en el Partido Popular las palabras del presidente de la Xunta de Galicia, Alberto Núñez Feijoo, admitiendo que, en su lucha contra el coronavirus, el Gobierno central ha tenido “aciertos” y “errores, lógicos por ser la primera vez que nos enfrentamos a una pandemia”. Es más: el muy probable vencedor de nuevo en las elecciones gallegas llegó incluso a agradecer “el esfuerzo del Gobierno” de Pedro Sánchez en su combate contra el virus. Unas declaraciones que distan no poco de la tradicional bronca que, semana tras semana, tanto Pablo Casado como el secretario general del PP y la portavoz parlamentaria, Cayetana Alvarez de Toledo, echan en el Congreso a Sánchez y a los miembros del Ejecutivo.

¿Es esto algo parecido al comienzo de la distensión, propiciada desde el noroeste, a base de empezar a admitir que, al menos, el equipo de Pedro Sánchez, con todas sus chapuzas, equivocaciones, silencios y faltas a la verdad, se está batiendo el cobre al menos con dignidad y sacrificio? Es algo que difícilmente escucharemos más allá de la sede de San Caetano. Pero, con todas las críticas que puedan hacerse a la trayectoria gubernamental, que no son pocas, el reconocimiento de que se hace un esfuerzo parece lógico. Y un mínimo realismo habrá de admitir que tendrá alguna traducción en las urnas: sobre todo en lo que respecta a ‘su’ imagen, Sánchez lo está haciendo bien.

Siempre lamenté que Núñez Feijoo, sin la menor duda un importante valor político, no diese hace dos años el paso de cruzar el Miño para hacerse cargo del PP nacional. Lo digo sin desmerecer el empeño de Casado por mantener una rígida oposición al Gobierno de coalición de PSOE y Podemos, tratando, a la vez, de desmarcarse de las demasías de Vox y de la ‘templanza’ de Ciudadanos con su acercamiento al Ejecutivo. No es nada fácil el papel del presidente nacional del PP, ciertamente; pero no cabe desconocer que el principal partido de la oposición ha quedado como desdibujado, fuera de los principales titulares de los medios, sin que conste que ciertas encuestas que aproximan al PP al PSOE sean eso, demasiado ciertas.

Pregunté a Núñez Feijoo, en el foro organizado este lunes por Europa Press, si esas palabras de alabanza –en medio de otras críticas, cierto—al Gobierno central pudieran llegar a desear un alejamiento de la actual crispación y un acercamiento a fórmulas de entendimiento, tal vez hasta la formación de un Ejecutivo de gran coalición, o de salvación nacional. “La crispación no tiene sustento social”, dijo Feijoo, que realizó un canto a la mayor moderación de las autonomías del PP –es un hecho en Castilla y León y en Andalucía, aunque no en Madrid—en relación con el frentismo nacional.

Pero la vieja idea de una gran coalición parece ya por completo imposible: “claro que abogaría por intentar evitar un Gobierno como este con Podemos y en manos del independentismo; pero eso ahora no es posible”. “Somos la única alternativa a este Gobierno y debemos ejercerla, con moderación, pero efectivamente”. No va más allá el presidente gallego, hombre prudente que no se deja atrapar por una declaraciones que vayan un milímetro más allá de lo que él pretende. Pero consta que ahora la estrategia en la sede de Génova pasa precisamente por eso, por ser alternativa, a la espera del batacazo que, piensan los ‘cerebros’ del PP, se dará en las urnas el Ejecutivo autodenominado ‘de progreso’.

Pienso que, con todo, este ejercicio de la alternativa pasará por disminuir sensiblemente las dosis de hostilidad pública –no tanto privada, dicen—entre los dos principales partidos nacionales. Pero no estoy seguro de que las posibilidades de Casado de ganar unas elecciones a corto plazo sean una expectativa realista, entre otras razones porque tampoco tengo certeza de que se celebren estos comicios antes de un par de años, como pronto: claro que, hoy por hoy, cualquier predicción, con la que está cayendo, es arriesgada. Lo que sí me parece seguro es que el PP debería seguir más la ‘línea Núñez Feijoo’, o la de Fernández Mañueco, o la de Juanma Moreno que las de Cayetana Alvarez de Toledo o, hasta cierto punto, la de Isabel Díaz Ayuso. No es tiempo de broncas, sino todo lo contrario. Y, de momento, quien gana elecciones en su terreno, con su moderación atlántica, es el gallego.

Share

Sánchez, toma el dinero y corre…si puedes

Enviado por Fernando Jáuregui | 14/06/20



(fuera máscaras: pasta o no pasta, esa es la cuestión)
—-
Quienes tratan de nadar en las embravecidas aguas europeas advierten: esto no va a ser ‘toma el dinero y corre’. La reunión de los mandatarios de la UE este viernes para decidir cuánto, cómo y a quién se reparten esos fondos de reconstrucción europeos puede ser mucho más complicada de lo que parece, una vez que los países ‘austeros’, que tan poco aprecio tienen por los modos de actuar del Gobierno español, por ejemplo, han olvidado sus diferencias y se aprestan a constituirse en valladar frente al ‘despilfarro del sur’. Un desbloqueo de esos fondos, que supondría la llegada España de cerca de ciento cuarenta mil millones de euros, sería un inapreciable balón de oxígeno para Pedro Sánchez. Y para Pablo Iglesias, claro.

La Unión Europea impondrá condiciones duras para el rescate de las economías más empobrecidas por la pandemia. Lo sabe el Ejecutivo español. Lo sabe la oposición, a la que el Gobierno llegó a acusar de aliarse con los conservadores europeos para respaldar las exigencias de Países Bajos, Suecia, Austria y Dinamarca –y un poco también de Alemania—antes de aflojar la bolsa. La verdad es que la película no es así, pero eso ya poco importa en el marco de la feroz batalla de las dos Españas. Veremos si esta semana, en la anémica comisión parlamentaria de reconstrucción, empiezan a alumbrarse algunos pactos puntuales entre el Gobierno del PSOE-UP y el Partido Popular. Sería un buen mensaje para una Europa que mira con desconfianza a un Gobierno, el español, y a una oposición, la española, que presentan perfiles muy peculiares. Más peculiares aún que aquel Gobierno alumbrado por Tsipras en Grecia en 2015 y que tuvo durante siete meses a Yanis Varoufakis como insólito ministro de Finanzas.

Bueno, el Gobierno español aún no ha cumplido medio año, está atravesando, como todo el planeta, por la peor pandemia en un siglo y ya tiene a varios ministros achicharrados, aunque en La Moncloa emiten mensajes en el sentido de que, de hacer una crisis de gobierno ahora, nada. Si acaso, si la ministra de Exteriores se va a la OMC –cosa que me parece improbable, porque no a todos los países les gusta la candidata González Laya—y el ministro de Ciencia, Pedro Duque, a la Agencia Espacial Europea, habría ‘algún retoque’. Pero crisis, lo que se dice crisis, apartando del Consejo de Ministros a tres o cuatro figuras especialmente desgastadas, nada. Aguantar hasta el otoño, cuando esas ayudas europeas se harían desembolsables, parece ser la consigna. Andar cambiando ministros sería, ahora, otro mal mensaje para Europa, parecen pensar algunos de los ‘cerebros’ que rodean al ‘jefe’. Y, además, al ‘jefe’, fuente de todo poder, parece no apetecerle demasiado andar despidiendo a unos ministros que tanto han sufrido estos meses de alarma.

Así, el ‘Gobierno Sánchez-Iglesias’ entra en la tercera fase. Ya está desconfinado, y los ministros aparecen masivamente en los periódicos, anunciando una estabilidad en la Legislatura de la que creo que están lejos de estar convencidos. Si no hay dinero europeo –que algo habrá—o si es claramente insuficiente, entonces…Ah, entonces las cosas serán muy distintas. Pero, hasta entonces, eso: aguantar. Y calificar como ‘inventos de la derecha’ todas esas especulaciones –algunas, en verdad lo son—de que este Gobierno quiere cargarse la Monarquía, ahora que el Rey va a cumplir seis años de su ascenso al trono, un período por muchos motivos angustioso para Felipe VI, un jefe del Estado crecientemente divorciado de sus gobernantes. Lo cual no deja de ser otra señal de alerta para esa Europa que, en verdad, necesita una España estable. Tanto, que hasta está dispuesta a dar dinero para consolidar a un Gobierno que, francamente, no le gusta. Como no le gustaba aquel de Tsipras-Varoufakis, del que tanto se habla en estos días en los cenáculos y mentideros madrileños. Y ya recuerda usted lo que pasó.

[email protected]

Share

¿El fin de la crispación?

Enviado por Fernando Jáuregui | 13/06/20

Con este título, ‘Crónicas de la crispación’, publiqué en 1996 un libro junto con Pilar Cernuda. Era la recta final de Felipe González y lo cierto era que la tensión política se extendía desde a la Jefatura del Estado –había sectores que pedían ya la abdicación del rey Juan Carlos I por algún caso de presuntas irregularidades—hasta a los servicios secretos, acusados de espiar ilegalmente a numerosas personalidades, pasando por el Gobierno, en el que tuvo que dimitir incluso, entre otros, el vicepresidente, precisamente por estos ‘pinchazos’ telefónicos no autorizados. Los medios, la judicatura, la empresa, sumidos en índices de corrupción inusitados, también formaban parte de la crispación ambiental. Todo eso está olvidado, o casi, treinta y cuatro años después. En eso, en la capacidad de olvido de la sociedad española, me parece que confían Pedro Sánchez y el resto de lo que ha dado en llamarse ‘clase política’, que tanto se está equivocando en tantas cosas y durante tanto tiempo.

Porque lo cierto es que la crispación ha vuelto a enseñorearse de un país empeñado en resucitar las dos Españas a cada oportunidad que tiene, haciendo buena la célebre frase de Bismarck, según el cual los españoles somos el pueblo más fuerte del mundo; tantos años empeñados en destruirnos y aún no lo hemos logrado… Hay muchas cosas que me recuerdan a aquella recta final del ‘felipato’, que afortunadamente, concluyó sin pandemias, no como ahora. Tome usted, por ejemplo, el caso de José Manuel Franco, el delegado del Gobierno en Madrid, lapidado durante semanas en ámbitos de la derecha, que pedían su encausamiento penal casi como si fuese el introductor del virus por haber autorizado la manifestación del Día de la Mujer el pasado 8 de marzo.

Odio a los profetas, pero no puedo evitar decir que siempre repetí que lo del 8-m no tenía traducción penal y que dentro de un mes no nos acordaríamos de esa fecha, porque cosas mucho más urgentes, mucho más graves, mucho más tangibles, ocuparán acaso los afanes de los tribunales y de las tribunas mediáticas. El ‘caso Franco’ ha quedado judicialmente en nada, como era de esperar aunque muchos no quisieran reconocerlo. Y ahora quedamos a la espera del nuevo chispazo, desde la derecha o desde la izqueirda. A ver quién lanza la siguiente piedra crispadora hablando de golpistas, de guerracivilistas, de filoterroristas, de derrocadores, de traidores a España en Bruselas, yo qué sé. Crispación por doquier, a menos que…

A menos que se imponga de una vez un mínimo sentido común. Aliento algunas esperanzas en los encuentros que el Gobierno mantiene con el ‘nuevo’ Ciudadanos, esa formación que, hoy dirigida por control remoto por Inés Arrimadas y desde la cercanía por Edmundo Bal, se empeña en actuar como ‘bisagra’ entre la derecha y la izquierda, algo que, increíblemente, nunca quiso hacer Albert Rivera. Ya sé que desde los extremos se ataca sin piedad a la formación naranja: ese es el destino del centro, de los equidistantes; siempre un bando les acusa de haberse ‘vendido’ al otro. Pero, de momento, qué duda cabe de que aquí las más ‘crispadoras’ son las muchachadas de Vox y de Podemos; bueno, eso cuando a las portavoces o portavozas parlamentarias del PSOE y del PP no se les ocurre contribuir por su cuenta a la causa de la tensión, claro.

Mi sentido del optimismo innato y no siempre justificado me hace pensar en que desde las bancadas socialistas y populares se impondrá al fin la racionalidad que demanda la situación. Una situación que dista de ser buena. como este lunes pondrán de manifiesto los más importantes empresarios del país, reunidos en cónclave en busca de soluciones: o Pedro Sánchez y Pablo Casado se entienden y se dejan de inútiles reproches y de quimeras de asalto a los cielos, extendiendo su pelea incluso hasta la sede de la Unión Europea, o será el fin de uno de los dos. O de ambos. Y, de paso, la caída nos golpeará a todos.

Recuerde Sánchez que, en medio de esa gran crónica de la crispación del último ‘felipismo’, a los socialistas les llegó una derrota, que duró ocho años, a manos de Aznar. Y recuerde Casado que fue la crispación generada por Aznar en una fecha tan triste como el 11 de marzo de 2004 la que forjó entonces la derrota de un Mariano Rajoy a quien las encuestas daban como fácil ganador en las inmediatas elecciones, propiciando un cambio de signo político y la a mi juicio prematura victoria de Zapatero.

Conviene estudiar la Historia para no repetir lo peor de ella. Y la crispación siempre está en la base de los peores momentos de la Historia. Aunque luego, desmemoriados y poco estudiosos, lo olvidemos pronto y volvamos a lo de siempre. Ah, Bismarck, Bismarck…

Share

Un Gobierno que no lleva ni medio año y ya ven…

Enviado por Fernando Jáuregui | 12/06/20

Cumple este sábado el Gobierno de coalición sus primeros cinco meses de vida; una vida que, me parece a mí, no va a ser demasiado larga, al menos con este elenco ministerial al completo. Han sido acaso los cinco meses más difíciles en la pequeña historia de nuestra democracia en cuarenta años. Y lo peor es que no sabemos hacia dónde vamos a tirar, mientras se multiplican acusaciones, hipótesis y especulaciones de muy variado jaez. Es lo que tiene andar acusándose de golpistas los unos a los otros: que siembran la confusión y generan la sensación, tan inconveniente, de que aquí no va a quedar piedra sobre piedra.

Leo estupefacto algunos comentarios que, palabra de honor, han sido publicados en lugares solventes: que si hay una conjura de Felipe González, en alianza con el llamado rey emérito, para acabar con el pacto del PSOE con Unidas Podemos; que si Pedro Sánchez y Pablo Iglesias animan un plan para acabar con la monarquía y establecer “una República social en una España federal, con Cataluña y el País Vasco como asociados”. Textual. Claro que el propio Sánchez (y no digamos ya su vicepresidente) tampoco se queda a la zaga, acusando al líder del Partido Popular de querer “derrocarle”. Como si eso pudiese hacerse al margen de las urnas.

Ni creo ni quiero creer en teorías conspiranoicas sin fundamento, aunque algunos medios ya digo que solventes las acojan. Ni creo ni quiero creer que Sánchez se pliegue a los juegos de tronos de su socio podemita, que vive de estas ensoñaciones mientras a nosotros, y a Sánchez, nos quita el sueño. Ni creo ni quiero creer que este Gobierno, que en cinco meses ha hecho muchas tonterías, cierto, pero que ahí está, aguantando mejor o, más probablemente, peor, el tipo ante la que nos ha caído con la pandemia, estén pensando en echar a Felipe VI, que no es el heredero de su padre, aunque una parte del Consejo de Ministros quizá le viese con agrado partir, como si fuese su bisabuelo Alfonso XIII, hacia el exilio. Eso no ocurrirá porque el PSOE, que es un partido de Estado, no puede permitirlo, por muchas presiones que reciba de su ‘socio’, de Esquerra o de Bildu. Claro que tampoco pasaría gran cosa si el líder socialista se pronunciase alguna vez con contundencia al respecto.

Y no, no nos equivoquemos: pienso que, cuando el ministro de Justicia habló de ‘crisis constituyente’ andaba tan perdido en su respuesta como la diputada de Esquerra que le interrogó en su pregunta. Que una cosa, señoe ministro, es reformar algunos aspectos obsoletos de la Constitución y otra, muy distinta, abrir un período constituyente, que es algo que bien sé que usted no quiso decir. Lo que ocurre s que no faltan, a derecha e izquierda, los ‘glosadores de la nada’ dispuestos a levantar castillos en el aire de un tropezón verbal.

Todo esto, andar acusándose de golpistas, de terroristas o de marquesas (si es que esto fuese una acusación, en lugar de una sandez), además de verter conceptos equívocos, no hace sino horadar los cimientos de nuestra convivencia democrática. Pienso que Sánchez tendría que poner sosiego y coherencia en ese ‘camarote de los hermanos Marx’ (Felipe González dixit) que es el Gobierno que él, tapándose la nariz, formó el pasado 13 de enero. Y creo que, en el Partido Popular, Pablo Casado también tendría que poner sordina a algunas voces altisonantes, a ciertos conceptos, que no pueden caer en el guerracivilismo de Vox.

Tanto este partido, Vox, como, en el extremo opuesto, Podemos están dando un mal resultado a la hora de la calma y del necesario consenso; demasiada sal gorda, excesiva demagogia, mucho rencor, en sus mensajes. Lo que ocurre es que el primero no está en el Gobierno, ni cerca de él, y el segundo sí. Y eso es lo que tendrá que considerar Pedro Sánchez, antes de que una furia justiciera de los ‘morados’ se lance a, por ejemplo, yo qué sé, vetar ‘Lo que el viento se llevó’ en los cines o a proclamar que hay que derribar las estatuas del racista Colón del centro de Madrid o de Barcelona. Porque aquí locuras, despropósitos, machadas y bravatas ya no cabe ni una más.

Han pasado cinco meses desde aquel 13 de enero que iniciaba el camino de este ‘annus horribilis’. No deberíamos llegar así al medio año, aunque me temo que sí. Pero el turrón debería tomárselo cada uno en su casa y Dios en la de todos. Y cuando, el 13 de enero de 2021, se cumpla un año de la formación de este Gobierno, los pesos y contrapesos políticos habrían de ser muy diferentes a los hoy en vigor. Sánchez, no nos falles…más.

[email protected]

Share