La sociedad civil empieza a hacer oir sus voces

Enviado por Fernando Jáuregui | 13/12/19

Contemplo, con esperanza, lo que podría llamarse un inicio de ‘rebelión de los ex’. Los que fueron y ya no son en la política española se rebelan, no quieren que sus voces se pierdan ante la coyuntura quizá más importante y delicada que haya vivido España desde el fin del franquismo y los inicios de la primera Transición. Ex ministros, ex parlamentarios, ex altos cargos, voces señeras que hicieron algo, o mucho, por el país, quieren que se les tome en cuenta, ahora que son simplemente sociedad civil, y que quienes planifican, a trancas y barrancas, desde la improvisación total, nuestro futuro, al menos se paren a reflexionar sobre lo que les dicen los ‘veteranos’.

He leído estos días comunicados de quienes fueron parlamentarios constituyentes, procedentes de todos los partidos; intentos de consolidar grupos de reflexión, ‘think tanks’ de quienes ocuparon altos cargos, de veteranos de UCD, del PSOE, del PP, también de algunos que, como Toni Roldán, militaron y ya no militan en ese partido, Ciudadanos, que tanto se equivocó en sus planteamientos cuando lo lideraba Albert Rivera, el hombre que podría haber evitado estas absurdas elecciones del pasado 10 de noviembre. Y José Manuel García Margallo, el inquieto ex ministro de Exteriores de Rajoy (que también anda en esto de los avisos), acaba de proponer, y es otro ejemplo, una nueva agrupación de intelectuales (como aquellos al servicio de la República, de los años treinta) que lance mensajes de advertencia a nuestros máximos representantes en general y a Pedro Sánchez muy en particular: por ahí vamos al choque de trenes, le dicen, o sugieren, todos.

Creo que estas voces, como las de algunos comentaristas y politólogos veteranos, como las de gentes experimentadas de la empresa o como las de ciertos ex dirigentes sindicales, deben tomarse muy en serio. No es solamente la ‘generación del 78’ la que se alarma ante el espectáculo de la estrategia cambiante, de la táctica oportunista, de la falta de respeto a la palabra dada que se observa en los pasos que dan nuestros representantes; hay una parte de la sociedad, que de ninguna manera puede considerarse limitada solamente ‘a las derechas’, que enciende pilotos rojos. Así, no.

Ignoro si estamos ante el comienzo del despertar de una sociedad civil que ha estado mucho tiempo adormecida, aletargada. Sería un buen síntoma que así fuese. Hay que reclamar más luz, más taquígrafos, mayor concreción en los planes por parte de quienes nos dirigen o pretenden hacerlo. Pedro Sánchez, que tantos bandazos da en su negociación primero con Unidas Podemos, ahora con Esquerra, mañana quién sabe si con Junts per Cat, tiene una oportunidad de variar el rumbo la semana próxima, cuando se encuentre, al fin, con Pablo Casado y con la ‘heredera’ del ya olvidado Rivera, Inés Arrimadas. Estos últimos también tienen, creo, que meditar sus planteamientos, siendo conscientes de que estamos tal vez ante la última oportunidad de llegar a una gran conciliación nacional, de signo reformista y regeneracionista.

Ya he dicho que me parece acertado que Sánchez se encuentre con todos los que tienen algo que decir, el increíblemente dañino Torra entre ellos, para tratar de enhebrar ese plan de conciliación. Y que también escuche a quienes, desde las posiciones más humildes hasta las de mayor relumbrón en lo que podríamos considerar esa sociedad civil, tiene igualmente derecho a opinar y expresarse desde los servicios prestados a la patria. Es la hora de convertirse, desde el oportunismo actual, en estadista. Hacer otra cosa, ahora, sería inconcebible.

[email protected]

Share

¿Y si Pedro Sánchez acierta en esto, al menos en esto?

Enviado por Fernando Jáuregui | 12/12/19

Cuando Quim Torra, ese desastre ambulante, escribió a Pedro Sánchez, pidiéndole un encuentro, opiné que el presidente del Gobierno central en funciones debería haberle recibido. Me alegra, la verdad, que rectifique. Torra es, ni más ni tampoco menos, el presidente de la Generalitat de Cataluña, un presidente autonómico más, y lo es de una autonomía potente, conflictiva, importantísima para el futuro de España. Un mal presidente para los catalanes, por cierto, pero eso no lo destituye del cargo. Sánchez rectifica en este punto –muchos lo han calificado de ‘oportunista’ y seguramente lo es, pero ¿no lo es casi siempre la política?—y en otros: al fin, con más de un mes de retraso, recibirá a Pablo Casado, además de a Inés Arrimadas. Y hasta a Bildu, que, qué le vamos a hacer, tiene también representación parlamentaria.

Solamente en la mesa del diálogo, me dijo alguna vez Adolfo Suárez, se puede aspirar a solucionar los conflictos. Y Nelson Mandela nos dejó escrito que “es imposible…hasta que está hecho”. Puede que, además de sus aspiraciones sin límite para permanecer en La Moncloa, en el Falcon con ‘catering reforzado’ y todo eso que le aleja de nosotros, Sánchez esté intentando lo que a primera vista parece imposible, aunque quizá lo haga por vías equivocadas: llegar a una ‘conllevanza’ con el inmenso problema catalán, como Adolfo Suárez llegó con el president de la Generalitat que vino del exilio, Josep Tarradellas. Parecía imposible, allá en 1977, pero se hizo.

Sánchez no es Suárez, ni Torra, obviamente, es Tarradellas, ni siquiera aunque se suba a lomos de Puigdemont. Pero son los elementos que tenemos, además de la innegable ojeriza existente en el bando independentista entre los de JuntsxCat –o sea, Torra y Puigdemont—y Esquerra Republicana de Catalunya –o sea, el aún encarcelado Oriol Junqueras–. Mucha habilidad le hará falta a Sánchez para navegar entre esas aguas procelosas y, además de lograr su investidura, pacificar, sin ceder en lo fundamental, y lo fundamental son muchas cosas, la ‘cuestión catalana’. Ojo, que no he dicho resolver definitivamente, que esa es harina de otro costal, sino ‘pacificar’, o sea, aquietar, es decir, conllevar un poco al orteguiano modo. En resumen, nada de poner el Estado patas arriba, de ir hacia una Constitución republicana y todo eso que pretenden los secesionistas, faltaría más.

Es como desatar el nudo gordiano: quizá, como Alejandro, tendrá Sánchez que acabar usando la espada, pero el tajo siempre tiene riesgos de que todo acabe precipitándose al abismo. Conciliar el rechazo que una mayoría de los españoles siente hacia un acuerdo con ERC, sobre todo cuando se presenta con esta falta de transparencia; jugar a que ‘el enemigo de mi enemigo es mi amigo’ con el litigio entre ERC y JxC; sofocar la loca ambición galopante y juguetona de Pablo Iglesias; tranquilizar al empresariado sin contrariar a los sindicatos, y, encima, seguir gobernando, con Presupuestos nuevos y todo, es tarea que exige la presencia de un estadista de primera. Sobre todo, con la que se está liando en el mundo –el Brexit acabará por costarnos caro y lo de Trump va a ser aún más costoso para todos—y con los problemas, hasta demográficos y de profunda desigualdad, que aquejan a la propia España.

Soy, ante todo, ciudadano y patriota y quiero que las cosas salgan bien en mi país, aunque los ingredientes de este pastel no sean los adecuados y, encima, estén caducados. Lamento que Sánchez nos haya engañado tantas veces, desde luego, incluso cuando nos reiteró que no pensaba hacer coalición con Unidas Podemos, que personalmente es solución que me parece peligrosa para la convivencia nacional. Desde la derecha tampoco se han hecho grandes esfuerzos por evitarlo. Ya quedan pocas salidas, si es que queda alguna. Llega el momento de la verdad; pienso que el presidente en funciones podrá hacer un remiendo para sacar, a trancas y barrancas, su investidura en enero (menudo 2020 nos espera). Pero con remiendos no basta. Lo peor, o quizá, Dios me oiga, lo mejor, vendrá luego. Sánchez, no nos falles…más.

Share

Periodistas, abstenerse

Enviado por Fernando Jáuregui | 11/12/19

Deberían colocar a la entrada de ciertas reuniones políticas el clásico cartel, adaptado, que antes advertía ‘vendedores, abstenerse’. Los periodistas hemos dejado de ser bienvenidos, así que bien podrían colocarnos un cartel específicamente dedicado a nosotros en, por ejemplo, esas rondas negociadoras entre el PSOE y Esquerra Republicana de Catalunya: les basta con que interpretemos, suprema exégesis, las seis líneas con las que despachan en un comunicado el contenido de una reunión que puede ser trascendental para el futuro de cuarenta y siete millones de españoles. La transparencia ha fenecido, viva la transparencia.

En los últimos días, el frenazo a esa parte de la libertad de expresión consistente en el acceso a la información ha sido espectacular: Pedro Sánchez y Pablo Iglesias se abrazan para sellar algo inédito en la Historia contemporánea de España y a los chicos de la prensa no nos dejan ni formular una pregunta: solo mirar y solemnizar el momento con las cámaras. ¿Más ejemplos? Tengo muchos: tiene que venir una periodista chilena a recordarnos que una rueda de prensa no es una comparecencia con otro mandatario en la que solamente se admiten dos cuestiones de otros tantos periodistas y los demás a callar. O podría hablar también de esa célebre conferencia de un etarra en un aula universitaria donde no se admitió a los informadores, como si eso no tuviese interés para lectores, oyentes y telespectadores. O…

Creo que los órganos periodísticos corporativos deberían expresar una protesta muy seria ante este estado de cosas. Y, si no, habríamos de ser los propios periodistas los que, rechazando cubrir un acto en el que brilla la opacidad, mostremos la vigencia de la clásica frase según la cual ‘noticia es todo aquello que alguien no quiere que se publique: lo demás es publicidad’. O peloteo. Ya me dirá usted si, en estos momentos, la mayor parte de lo que se publica es algo que alguien no quiere que vea la luz o es más bien al contrario: logran que publiquemos lo que quieren. O sea, casi nada y, si puede ser, limitándonos a reproducir, respetuosamente y en su integridad, los comunicados oficiales.

Decía recientemente Pablo Iglesias: “nunca comento mis reuniones privadas de trabajo con el presidente del Gobierno”. Esa frase resume toda una filosofía muy en boga entre quienes quieren o dicen representarnos (y no hablo solamente del Ejecutivo o de su futuro coaligado): creen que es ‘asunto privado’ tratar sobre la composición y comportamiento de un futuro Gobierno, pactado en La Moncloa (que no es un domicilio privado precisamente) y que tiene por objeto gobernar, con programa aún ignoto, a los ciudadanos.

Quizá no se den cuenta del clima de sospecha que se está instalando en esos propios ciudadanos. Donde no hay información, florece la especulación y esa casi nunca discurre por los cauces benévolos, sino por teorías conspiratorias. ¿Que no nos cuentan con pelos y detalles lo que están hablando con Esquerra? Sospechemos que si tanto callan es porque se está negociando lo innegociable, más que intentando incluir al separatismo en el juego político nacional. ¿Que, cuando anuncian con un insulso comunicado de folio y medio (sin posibilidad de interrogar, ya digo) que nos llevan a una coalición que antes se nos había dicho que le quitaría el sueño a una de los coaligados, podemos colegir que aquel abrazo responde a móviles más bien egoístas, y no al bien de la nación? Pues qué quiere que le diga; podría, en efecto, pensarse tal cosa. Como podría pensarse que estos casos que cito, y otros muchos, podrían ser apenas la antesala de una auténtica persecución al concepto mismo de la información democrática.

Los periodistas, les guste o no, somos los intermediarios entre las fuentes (ellos, en teoría) y la ciudadanía. Relegarnos al papel de meros transportistas de micrófonos para que ellos hablen en solitario, o de simples copistas de los comunicados que, en ocasiones con prosa mejorable, nos entreguen, acabará obligándonos a buscar los ángulos más morbosos de la noticia. Pretender que normalicemos lo que es claramente anormal simplemente porque al día siguiente se producirá un hecho aún más escandalosamente inédito, que tapa la ‘anormalidad’ de la jornada anterior, es una peligrosa escalada que puede acabar en una deslegitimación de las reglas del juego informativo, es decir, de las que practica el cuarto poder en aras de una información mejor, más completa, más democrática.

Y, ante una tal deslegitimación, yo sí que me abstendría: nada quiero saber de todo eso, nada debemos querer saber de todo eso.

[email protected]

[email protected]

Share

La transparencia ha huido de nuestras playas

Enviado por Fernando Jáuregui | 09/12/19

El Rey empieza hoy sus reuniones para la investidura con los líderes parlamentarios. No veo grandes comentarios periodísticos al respecto: todos saben que el papel del jefe del Estado es el de casi un oyente pasivo, quizá obligado –o no—a proponer, esta misma semana, un candidato a la presidencia del Gobierno, o sea, Pedro Sánchez. Porque descarto que otra figura política, o sea, Pablo Casado, se arme de valor, salte al ruedo y se proponga como candidato. De manera que las especulaciones periodísticas y en cenáculos y mentideros se centran en otros encuentros menos conocidos y de los que tendremos solamente la información que los participantes quieran que tengamos. O sea, poca.

Pablo Iglesias, preguntado por la frecuencia de sus visitas ‘sin publicidad’ a La Moncloa, para ultimar los flecos de su Gobierno de coalición PSOE-Unidas Podemos, llegó a responder, textualmente: “nunca comento las reuniones privadas de trabajo con el presidente del Gobierno”. Como si con lo que se jugase en esas ‘reuniones privadas de trabajo’ no fuese el futuro de los españoles. Todo un ‘avance’, hacia atrás, con respecto a aquellas críticas contra las ‘reuniones opacas entre políticos’. Claro que aquellos eran otros tiempos, en los que el líder de Podemos no acariciaba una vicepresidencia, un despacho en esa Moncloa que tanto frecuenta, dicen.

Lo mismo sobre las ‘reuniones privadas de trabajo’ entre el PSOE-PSC y Esquerra Republicana de Catalunya, este martes, coincidiendo con las primeras consultas del Rey. Quién sabe lo que Esquerra reclamará a sus interlocutores, los representantes del partido que sustenta al Gobierno central en funciones: hay medios que insisten en que los republicanos catalanes –que a ver al Rey no acudirán—pedirán desde más dinero para Cataluña hasta facilidades para que los presos catalanes queden pronto en libertad, aunque eso no es facultad del Ejecutivo, sino más bien de las ‘prerrogativas carcelarias’ de la Generalitat.

Y, claro, se habla bastante de un ‘intercambio de cromos’: tú me posibilitas la investidura y yo apoyaré que tú ganes las elecciones autonómicas frente al ‘enemigo común’. Que no es otro que el tándem Puigdemont-Torra, reunido este lunes en Bruselas, con sus incondicionales, para ver cómo encauzan ahora la batalla contra el Estado…y contra Junqueras y lo que Junqueras representa. La guerra a tres bandas y la prevalencia de que el enemigo de mi enemigo es mi amigo: en estos encuentros solo falta Maquiavelo, pero en cutre. No estoy seguro de que todo esto sea síntoma de la mejor política, la transparente y que busca el bien común y no el partidista, que es la que quisiéramos.

Pero de todo esto no nos enteraremos cabalmente hasta que ellos, o los acontecimientos posteriores, incluyendo las decisiones de los tribunales europeos sobre Puigdemont y Junqueras, quieran. Porque, que se sepa, los negociadores con ERC solo reportan a Pedro Sánchez. Y ya vemos que Pablo Iglesias solo se reporta a sí mismo, y quizá a la futura ministra de quién sabe qué, lo tratado en ámbitos monclovitas.

Y mientras, se busca urgentemente una plataforma teórica que sustente toda esta negociación para buscar ‘un nuevo Estado’: de momento, es Miquel Iceta, el líder de los socialistas catalanes, quien va colocando los cimientos. Dice que en España hay ocho naciones (dentro del Estado) y niños paramos a debatir el globo sonda. Debe formar también parte de las ‘reuniones privadas’ de las que nadie trasladará, desde luego, nada al Rey, o sea, al jefe de ese Estado, en los encuentros inminentes en La Zarzuela.

[email protected]

Share

España depende de dos hombres que no quieren ser españoles

Enviado por Fernando Jáuregui | 08/12/19


—-

—-
(El Estado, rehén de dos hombres que odian al Estado, que odian al jefe del Estado y que se odian entre sí. Pues mal asunto, la verdad)
—-

Quizá nunca se dio tal paradoja en los anales de historia alguna en un país europeo. Pero lo cierto es que España depende ahora mismo de dos hombres que rechazan ser españoles. Uno, desde su prisión, tiene como rehén nada menos que al presidente del Gobierno en funciones, que admite privadamente, dicen, que esto no le gusta, pero que no tiene otro remedio que echarse en brazos del recluso (al que pronto veremos por las calles, creo). El otro afirma estar ‘exiliado’ (en realidad, fugado) y este martes, día en el que ocurrirá casi de todo en el país político, ha convocado una ‘cumbre’ de los suyos en Bélgica para, según ha trascendido, debatir por dónde continuar el camino hacia la secesión.

Los dos hombres de los que depende la buena, mala o pésima marcha del Estado, para colmo se odian entre sí y ambos odian al Estado. Se lo explicas a un marciano recién aterrizado en la Tierra, en este planeta que concluye esta semana sin mucho resultado una ´cumbre’ para su propia supervivencia, y seguro que se vuelve, despavorido, en la nave espacial hacia el ‘planeta rojo’: “están locos estos terrícolas”.

El mismo martes en el que el fugado reúne en Bruselas a sus parlamentarios y dirigentes de su partido para ver qué capítulo toca ahora abrir en la batalla contra el Estado, el otro hombre teledirigirá desde su celda-oficina un encuentro entre los suyos y quienes ahora representan, de alguna manera, al partido que gobierna en ese Estado. Ese encuentro ocurrirá en Barcelona, mientras en Madrid el jefe del Estado celebrará consultas con los representantes votados por la población para que le digan quién gobernará, es un decir, a ese Estado. Bueno, no todos irán a esas consultas, porque aquellos que dependen de los dos hombres de los que depende el Estado rechazan ir a ver al jefe del Estado, porque no le reconocen, ni a él ni al Estado. ¿Lo ha entendido usted? Enhorabuena. Yo no lo entiendo mucho.

Mientras, la maquinaria judicial europea sigue funcionando en favor, me parece, de uno de los dos hombres, el preso, y quizá también del otro, el fugado. Y el jefe del Gobierno central en funciones y su socio principal, que tampoco es que crea mucho en el jefe del Estado, aunque sí irá a verle (con zapatillas deportivas, eso sí), trata de acelerar el ritmo del proceso que llevará a su bastante probable investidura antes de que las cuadernas estallen por cualquiera de las circunstancias que, más pronto que tarde, zarandearán toda la nave, y entonces qué. Y luego te dicen, los ministros con los que aún te llevas bien, que ánimo, que esto va a salir adelante. O hacia atrás. O hacia arriba, de copiloto con el marciano. Locos, locos estos terrícolas.

[email protected]

Share

Los diez días, tremendos, que nos esperan

Enviado por Fernando Jáuregui | 07/12/19

John Reed, el periodista comunista norteamericano que escribió el célebre libro ‘Diez días que estremecieron el mundo’, referido a la revolución de octubre rusa, tendría que haber estado el pasado viernes en un acto que, como el de la conmemoración del 41 aniversario de la Constitución, resultó algo deslucido, pero revelador: allí podría haber parido un ‘instant book’ titulado algo así como ‘Diez días que estremecerán a España’. Los días que van del próximo martes al 21 de enero, fecha en la que Pedro Sánchez pretende haber superado su investidura para seguir en La Moncloa, con el permiso, claro está, de Esquerra Republicana de Catalunya. Comienza, o más bien sigue, la frenética galopada, que ahora va llegando, dicen, a la recta final.

El presidente en funciones tiene, todos lo dicen, prisa. Esquerra, no tanta. Ambas partes por la misma razón: el calendario infernal que se nos echa encima, y que va desde la vista de la Justicia belga, el 16, para calibrar si extradita o no a Puigdemont a España (probablemente se aplazará), hasta el propio Congreso de ERC, el 21. Pasando, el 19, por el dictamen del Tribunal de Justicia de la UE sobre la inviolabilidad de Oriol Junqueras, el hombre que manda, desde la cárcel, en nuestro país y a quien en cualquier momento podemos ver ya fuera de Lledoners. Si a ello le suma usted el ‘derby’ de enorme riesgo Barça-Real Madrid, a jugarse en el Nou Camp el 18, y que ya ha sido aplazado una vez, y encima le echa unas gotas del gran embrollo judicial que se le viene encima a Unidas Podemos tras las acusaciones de y contra el abogado José Manuel Calvente, tendremos el cóctel explosivo al completo.

Menuda sesión de investidura si realmente Sánchez logra hacerla entre el 16 y el 19 próximos: al margen de que las pobres Señorías, estresadas por tanto trabajo como han tenido en los últimos meses, verán mermadas sus (in)merecidas vacaciones navideñas, todos los acontecimientos del calendario antes descrito quedarán ‘tapados’ por los debates parlamentarios, que van a ser de aúpa, en las sesiones plenarias. No entiendo tanta prisa, excepto por el deseo de evitar que alguno de esos acontecimientos haga estallar una situación que, en palabras del peneuvista Aitor Esteban, ya “no se sostiene”.

En el pasilleo y ‘corrilleo’ de la fiesta de la Constitución, en el Congreso, todas las fuentes socialistas daban por hecho que el acuerdo con Unidas Podemos, incluyendo la abstención de Esquerra, para que Sánchez sea rápidamente investido, es un hecho. El martes, cuando el Rey comenzará sus intensas consultas con los partidos (diecinueve en menos de diez horas) sobre las posibilidades de la investidura, se celebrará en paralelo, en Barcelona, el encuentro ‘negociador’, quizá definitivo (o no…) entre la delegación socialista y la de Esquerra. Puede que el miércoles, el jefe del Estado anuncie (o no…) que ha encargado a Sánchez la formación de Gobierno, el primero de coalición desde la restauración de la democracia tras el franquismo, el primero con fuerzas explícita y activamente republicanas en la mesa del Consejo de Ministros.

Sí, los socialistas te decían que qué remedio, que no hay otra salida que la coalición con UP bendecida por ERC: acusaban a Pablo Casado de no querer negociar otra cosa, lo cual es parcialmente verdad, pero olvidaban que Sánchez ni siquiera se le ha puesto al teléfono al líder del PP. Otra oportunidad perdida: ahora ya es demasiado tarde para intentar negociar una reforma de la normativa electoral tan perversa que tenemos, como ofrece el PP, y más aún para que Inés Arrimadas, la lideresa ‘in pectore’ de Ciudadanos, ande buscando consensos, después de que su ex jefe político los destruyera.

Con este panorama, parece, en efecto, inevitable un Gobierno surgido de un acuerdo ante el que ni siquiera sus principales promotores, los socialistas, parecen estar entusiasmados. Y repito: te decían que no hay más salidas. Qué triste.

Como John Reed no puede escribir este cronicón –este año próximo se cumplirá un siglo de su muerte–, algunos, bastantes, tendremos que redactar, si nos dejan, nuestro ‘diez días que estremecieron a España’ en este mes de diciembre, de nuevo histórico, otra vez decisivo para nuestro futuro.

[email protected]

Share

Ante el Día de la Constitución (y van…)

Enviado por Fernando Jáuregui | 05/12/19

Regreso en tren desde Barcelona. Retraso de cuarenta y cinco minutos por la huelga. Por el altavoz nos informan de que ya se ha superado el “sabotaje” en las vías y emprendemos por fin el viaje. Todos reaccionan como quien oye llover. Ayer incendiaron un vagón. Algunos pasajeros en mi compartimento, no precisamente silencioso, hablan a gritos de si habrá o no incidentes en el ‘clásico’ Barça-Real Madrid, del próximo día 18. Pero nadie habla de política. Ni de que este viernes Greta Thunberg, hoy acaso la mujer más famosa del mundo, estará en Madrid, protagonizando, desde fuera, la ‘cumbre’ del clima. Pienso, una vez más, que los españoles nos acostumbramos pronto a la anormalidad, normalizándola. Y que es más noticia el hecho de que Albert Rivera esté ‘embazado’ que lo que está pasando en las negociaciones subterráneas entre el Gobierno en funciones y Esquerra Republicana de Catalunya, que es algo que condicionará presumiblemente nuestro futuro.

Contemplo todo este panorama (y más cosas) y me decido, no obstante, por lo consuetudinario. Es decir, a escribir sobre el tema que, en tal fecha como hoy, suelo abordar: la reforma constitucional. La verdad es que llevo al menos diez años publicando, cada 6 de diciembre, algo sobre la inevitabilidad de reformar nuestra ley fundamental en puntos sustanciales. Pero ahí seguimos, inamovibles: con el mismo Título VIII, los mismos artículos que limitan las capacidades del jefe del Estado, el mismo Senado, la misma normativa electoral. Y un largo etcétera. Todos te dan la razón cuando esto planteas, como a los locos o a los niños, pero a continuación te dicen que no es posible reformar la Constitución, que hoy cumple 41 años, porque no hay consenso para hacerlo. Y, además, añaden, es ‘peligroso’ abrir ese melón, no vaya a ser que alguien plantee debatir el tabú de Monarquía-República.

Ayer, con Miquel Roca en Barcelona, sugerí, durante la presentación de un libro, la necesidad de lanzarse con valor, decisión, prudencia e ideas a la tarea reformista. Me pareció que el ‘padre’ de la Constitución apuesta más por un cumplimiento imaginativo, por consensos ‘desde fuera’, que por una reforma ‘strictu sensu’. Pero coincide, desde luego, en que hay que cambiar mecánicas perversas. No sé, creo que es cuestión a la que deberían aplicarse ya nuestros próceres más conscientes, si es que tal especie existe. Pero, claro, estamos en trampear en la negociación con ERC, que es partido necesario para investir a Pedro Sánchez y que dará un bofetón al Rey negándose a hablar con él durante las ya inminentes consultas en La Zarzuela para la investidura.

Este es un tema nuclear para nuestro futuro. Pero los últimos acontecimientos, las últimas decisiones, que llevarán con bastante probabilidad a ese ‘contra natura’ Gobierno de coalición PSOE-Unidas Podemos, alejan las posibilidades de un nuevo pacto constitucional que lubrique esta segunda Transición que, de hecho, estamos iniciando. Lo que ocurre es que va a ser una Transición descontrolada, no como la primera, y con mucho mayor protagonismos de las fuerzas centrípetas, es decir, las que no gustan de la unidad de España. Y hasta, me atrevería a decir, con un peso mucho mayor de quienes no sufrirían demasiado viendo a nuestro país caer en la categoría de Estado fallido, o casi.

Pero, claro, estos son temas de fondo, mucho más áridos que meterse –o no- con la joven Thunberg o cotillear sobre la vida privada del ex dirigente de Ciudadanos. O que el partido en el Camp Nou. ¿Quién, quién, pondrá alguna vez el cascabel al gato de la reforma constitucional? Temo que el año que viene volveré a escribir, desde un tren cualquiera, el mismo artículo, con diferente coyuntura y sin que nadie se haya atrevido a abordar las grandes cuestiones que quizá no importen mucho al papel ‘couche’ que es nuestra política, pero que son las verdaderamente importantes para construir país. Y la Constitución, claro, desgastándose. Como el propio sistema.

[email protected]

Share

Creo que hay motivos sobrados de preocupación

Enviado por Fernando Jáuregui | 04/12/19

Quienes estuvimos –y quienes no, también—en la sesión constitutiva del Congreso en esta nueva, decimocuarta, Legislatura, tenemos motivos más que suficientes para andar preocupados. Cuando el Legislativo, que es el arquitrabe de la democracia, tiene un comportamiento circense como el que se registró este martes en la Cámara Baja, es que algo muy serio se está resquebrajando en la coherencia política de un país. Y la coherencia, así como el respeto a la palabra dada, son ingredientes fundamentales en la estabilidad del Estado. Ambos nos faltan.

Algunas cosas se rompieron, quién sabe si por bastante tiempo, el día en el que se dio el primer paso hacia lo que será, o no, esta Legislatura. Por ejemplo, la credibilidad en la cooperación de las ‘fuerzas de la derecha’ (poco tienen que ver, constatamos, Vox con el Partido Popular y puede que ello se traduzca en inestabilidad en alguna Comunidad, como Andalucía o Madrid). También se ha acabado la credibilidad en los móviles ‘benéficos’ de la izquierda. Y, por fin, estalló cuanto ya había comenzado su explosión al comienzo de la crisis, hace ya cuatro años: toda sombra de consenso constitucional y, con ella, el llamado ‘régimen del 78’. Habrá que inventar ahora fórmulas nuevas. Radicalmente nuevas.

Puede que tales fórmulas consistan en la ‘conllevanza’ del PSOE (y Unidas Podemos, aunque no se siente en la mesa negociadora) con Esquerra Republicana de Catalunya. La dificultad de este ensamblaje se mostró claramente este martes apenas en las estrafalarias fórmulas utilizadas por ERC para acatar una Constitución, la española, que es monárquica. Sabido es que los republicanos catalanes desdeñan acudir incluso a las consultas con Felipe VI en La Zarzuela para la investidura: ¿volverán a plantar al jefe del Estado, de ese Estado que, dicen sin la más mínima convicción en el PSOE, Esquerra va a contribuir a sostener?

Ignoro qué le habrá dicho la presidenta del Congreso al Rey cuando acudió a comunicarle, en visita protocolaria, que la Legislatura se ha puesto en marcha (es un decir). Pero, si yo fuese Felipe VI, condenado por la Constitución casi al mutismo total en estos trámites, estaría seriamente inquieto ante el rumbo que van tomando las cosas. No solamente por el futuro de la Corona a largo plazo, sino por el del Estado a medio.

Ante este panorama, tan líquido y tan negro, lo peor que podría ocurrir sería que Pedro Sánchez se dejase llevar por las prisas en su por otra parte indeseable negociación con el partido que preside, desde la cárcel, Oriol Junqueras, pintoresca situación, a fe mía. La prisa es mala consejera, sobre todo cuando necesitas correr para que no se noten demasiado los jirones en la vestimenta. O que, como el rey del cuento, vas desnudo. El país, al menos el ‘país político’, está en estado de ‘shock’ y supongo que acostumbrarnos a lo inédito, a lo ilógico, como si fuese cotidiano y lógico, exigirá mucha medicina de imagen ante la opinión pública, esa medicina que tan bien sabía administrar, hasta ahora, el doctor Redondo.

A partir de aquí, podemos pedir un esfuerzo suplementario a la oposición para que trate de evitar lo que, al menos para mí, se evidencia como una catástrofe; pero me parece que es condenadamente difícil esperar una reacción por parte del PP, que no quiere meter sus manos en el avispero, suponiendo que Pedro Sánchez se lo pidiese, que será que no. Podemos también cruzarnos de brazos y esperar a que el tinglado se caiga, dentro de semanas, meses o años (no muchos) y, mientras, hacer balance de los daños. Podemos –empieza a ser mi caso: soy uno de esos seis de cada diez que, dicen las encuestas, opta por este presunto mal menor—aspirar a una nueva convocatoria electoral, aunque, si no se arregla la normativa al respecto, poco se solucionará. O quizá adoptar la táctica Rajoy’, ahora que el ex presidente se ha puesto tan de moda, consistente en aguardar a que todo se pudra. Y entonces estaremos en el pudridero. Escojan.

[email protected]

Share

Carta abierta (y transparente) a una colega chilena

Enviado por Fernando Jáuregui | 03/12/19

Querida Julia Arana: Te has convertido, pretendiéndolo o no, en un referente ´periodístico´de la cumbre del clima, este COP25 que, por cierto, tan bien ha organizado mi país, al que el tuyo, Chile, agobiado por graves crisis sociales, pidió que relevara en el montaje de esta reunión en principio tan importante auspiciada por las Naciones Unidas. Supongo, querida, aunque desconocida, colega, que a estas alturas ya habrás comprobado que los españoles, pongamos que hablo de Madrid, tenemos locales, funcionarios e infraestructuras (y el conocimiento) adecuados para meternos en un lío como este y solucionarlo bastante bien en apenas mes y medio: veinticinco mil personas, decenas de jefes de Estado y de Gobierno (no los más importantes, es verdad) y los ojos de todo el mundo mirando hacia España, décima o undécima potencia mundial. Esto, sabemos hacerlo. Lo que no sabemos hacer es lo demás. Y tú, querida colega, has puesto un dedo en una llaga.

Porque lo que has hecho, querida colega, es algo que los periodistas españoles deberíamos hacer continuamente: denunciar los recortes en la transparencia, en la libertad de expresión y en la valoración de los medios que cada día padecemos. Simplemente, has denunciado que esas ‘ruedas de prensa’, que nosotros aceptamos como tales, dadas por el presidente del Gobierno, no son tales. Porque, en efecto, osado es calificar como rueda de prensa una aparición de Pedro Sánchez, junto con otro dignatario –el secretario general de la ONU en este caso–, y ‘pactar’ que solamente se harán dos preguntas a cada uno de los comparecientes. Y, encima, el jefe del Gobierno español se medio enfada porque los dos colegas que le interrogan lo hacen sobre la situación política española, y no sobre el clima. Así que tú, Julia Arana, que viniste desde Santiago de Chile para poder preguntar al presidente del Ejecutivo español por el clima, o por lo que te diese la gana, te quedaste con eso, con las ganas. Como tantos otros enviados especiales de tantos medios de todo el mundo. Menuda imagen de transparencia y facilidades a los chicos de la prensa.

Sí, Julia; en este magnífico país que es España los mandatarios recelan de la comparecencia ante los informadores; hablo de comparecencias libres y completas, sin límites y con la posibilidad de repreguntar, que es lo bueno. Pero lo más grave no ha sido lo de la COP25, no; hace poco, el señor Sánchez y su quizá futuro vicepresidente, Pablo Iglesias, nos convocaron a los chicos de la prensa dos días después de las elecciones para darnos un comunicado bastante vago, anunciando que formarán un Gobierno de coalición y…no permitieron que se les formulase ni una sola pregunta. Ni Mariano Rajoy, con su famoso ‘plasma’, fue tan lejos como vetar la curiosidad periodística en un acto de tanta trascendencia política, celebrado, para colmo, en el Parlamento, que es donde en teoría se parlamenta.

Claro que tú y tus colegas que vienen de otros países estos días a ‘mirarnos’ a los españoles habréis comprobado que el Parlamento español, que este martes se constituyó de nuevo tras las enésimas elecciones anticipadas, es sitio de poca parla, un lugar más bien extraño, propicio a ‘shows’ de Sus Señorías y donde los quizá también aliados del Gobierno, me refiero en este caso a los de Esquerra Republicana de Catalunya, se permiten prometer el acatamiento de la Constitución (monárquica) con las más floridas fórmulas, que sugieren, o peor indican con claridad, que de acatamiento a la ley de leyes, nada. Y de respeto al Estado y a su Jefatura, menos.

Y, así, no me acaba de extrañar que algunos de nuestros colegas del mundo mundial resalten la capacidad de esta gran nación, España, para organizar en tiempo récord un evento como el COP25, mientras ese mismo país muestra una increíble debilidad política, desangrándose en querellas territoriales, juegos de colegio parlamentarios y esencial falta de sentido del Estado, en general. Y es que, querida colega, queridos colegas extranjeros, habéis venido, mecachis, en mal momento, cuando andamos a la gresca política. Claro que no sabría muy bien deciros cuál hubiese sido el momento idóneo, porque acá siempre andamos en lo mismo; llevamos cuatro años de severa crisis y nadie es capaz de decir si vamos a salir con bien, con mal o a no salir, de esta.

Por tanto, no te tomes a mal, querida Julia, el desplante en esa rueda de prensa que no es, en realidad, rueda de prensa: por estos pagos ya estamos tan acostumbrados que estas cosas casi nos parecen la normalidad. Y es que nuestros presidentes del Gobierno siempre andan muy agobiados con sus cosas, que no les dejan tiempo para escuchar las preguntas de los periodistas ni las voces de los ciudadanos.

Share

Esta Legislatura nos va a durar poco, es de temer

Enviado por Fernando Jáuregui | 02/12/19

Vista desde los cenáculos y mentideros de la capital, la política española parece un auténtico despropósito. Este martes se inaugura una Legislatura (la decimocuarta) que nadie sabe aún si se va a consolidar en una investidura de Pedro Sánchez, ni cuándo, ni cómo. Aunque lo que todos parecen pensar es que será corta: no parece haber mimbres para consolidar una situación que a todos se les va, se nos va, de las manos. Y, así, este martes, metidos ya de lleno en la ‘cumbre del clima’, algo que debería acaparar todas nuestras atenciones, nos asomamos al abismo de un nuevo encuentro, quién sabe si el definitivo –mi apuesta es que no lo será…aún–, entre el socialismo que nos gobierna en funciones y esa Esquerra Republicana de Catalunya que lo que quiere es gobernar precisamente allí, en Cataluña. Pero no, me temo, consolidar la firmeza de los cimientos del Estado, que es lo que, ingenua o insensatamente, le pide el Gobierno central (en funciones).

Que todos estamos en manos de Esquerra, ese partido presidido ahora por un hombre preso por sedición contra ese mismo Estado, pero que es quien gana las alecciones catalanas, es una obviedad. Que ello resulta peligroso, más obvio todavía. Pero ERC es la quinta fuerza parlamentaria, que resulta decisiva para que el PSOE forme su coalición con Unidas Podemos y pueda llevar adelante la investidura de Pedro Sánchez y resulta necesario, tanto para contar con ella como para forzar mayorías para no tener que contar con ella, tenerla en cuenta. Creo que del PP de Pablo Casado no se puede esperar que eche una mano –este lunes, casado reafirmaba su negativa– a un Pedro Sánchez que, de todas maneras, ya ha elegido mirar hacia su izquierda. Otras sumas ‘imaginativas’ de escaños, para dejar fuera a los independentistas, también me resultan bastante complicadas.

Y este es el preámbulo, la antesala, del inicio de esta Legislatura tras casi cuatro años de práctica parálisis del Parlamento, que está muy lejos de cumplir las funciones de un Legislativo normalizado en un país democrático. Si se llega a constituir ese Ejecutivo de coalición PSOE-UP, vigilado de cerca por una ERC crecida y que sabe que puede lograr mucho de esta situación, sospecho que la decimocuarta Legislatura va a ser breve. Pero consolidará la ruptura con lo que significó la primera Transición de 1978, agrandará la ‘grieta’ en la convivencia nacional de la que recientemente habló, me parece que con desazón, Felipe González. Y, claro, contribuirá al afianzamiento de las ‘dos Españas’. Todo un logro.

Ya sé que, fuera de la Villa y Corte (y este lunes he tenido ocasión de comprobarlo una vez más, ahora en Ciudad Real), las cosas no se ven de manera tan dramática, aunque ni el mejor intencionado de los miopes en la periferia podría afirmar que España vive un momento de normalidad política; nada más lejos de la realidad. El (anti)sistema va devorando a sus propios animadores. Las voces de alarma se multiplican, y ahí está esa llamada de atención de tantos parlamentarios constituyentes, que ven diluirse lo mejor del pasado sin que se arregle lo peor.

Señores, la decimocuarta Legislatura llama a la puerta. Pasen y vean.

Share