España es algo más que unos eslóganes

Enviado por Fernando Jáuregui | 20/08/19

Desconfío, desconfíe, de quien todo lo carga a la cuenta de la imagen. NO se fíe demasiado de esos que piensan, y dicen, que, más importante que ser algo es parecerlo. Vivimos en un país de eslóganes políticos triunfalistas que animan a creer en una nación en progreso, pero luego el humo se disipa y resulta que la montaña de la ‘grandeur’ a bombo y platillo parió un ratón. Así, vamos del flamante ‘España suma’ recién horneado por el Partido Popular hasta el ya veterano ‘Siempre hacia adelante’, que acompañó al PSOE en la última campaña electoral, pasando por el controvertido ‘Más País’ que se atribuía –no sé ya si con todo fundamento– a los planes de futuro de Iñigo Errejón, la principal pesadilla de ‘Sí, Podemos’. O aún transitamos por el ‘Vamos, ciudadanos’ con el que la formación naranja de Rivera nos animaba a apoyarles en las urnas. Y ¿qué resulta de tan vibrantes llamadas dialécticas, de tan flamígeras convocatorias? Temo que no mucho, al menos hasta el momento.

Lo de ‘España suma’ aún concitaba entusiasmos en la concentración del PP para apoyar este lunes la toma de posesión de Isabel Díaz Ayuso como presidenta de la Comunidad de Madrid. La idea, una ampliación del Navarra suma’ que ganó las elecciones, pero no el poder, en la Comunidad Foral, consiste en proponer una coalición, desde ya y a escala nacional, de PP y Ciudadanos, que concurrirían juntos en muchas circunscripciones y en las listas para el Senado. Un proyecto que limitaría las expectativas electorales de Vox (eslógan: ‘Por España, Hacer España grande otra vez’) en virtud de la endiablada aritmética impuesta por la normativa electoral, pero que tiene un inconveniente de partida: a Ciudadanos no le gusta nada la idea, sobre todo porque ha sido lanzada por el PP, precisamente el partido con el que los ‘naranjas’ quieren disputarse al menos el liderazgo de la oposición, ya que de momento llegar al Gobierno se ve un poco lejos.

Lo de Errejón, en el otro lado, es algo más complicado. Parece que la ‘marca Más País’, que amplía el lema de ‘Más Madrid’ con el que el ex dirigente de Podemos concurrió a las elecciones municipales, ha sido registrada por un oscuro ex candidato podemita por Albacete, que habría madrugado otros planes, si es que el vacilante Errejón alberga en su mente algo semejante a lanzarse a la lid nacional en caso de que haya nuevas elecciones generales. Vana pretensión, a mi juicio, esta competición por un eslógan: Obama no ganó la presidencia de Estados Unidos por haber puesto en circulación su famoso ‘Yes, we can’, sino precisamente por ser un candidato nuevo, inesperado no muchos meses antes, con ideas frescas y capaz de suscitar atención y pasiones. Y ya me dirá usted dónde está hoy nuestro Obama.

No sé, no sé si, como piensan los Redondo de este mundo –y ahora el mundo este que nos rodea es de los Redondo—, son la corbata o la falta de ella, los gestos o el hieratismo, los micros o la huida de ellos, lo que potencia a un candidato sobre otro. O la temeridad –llámele valor, si quiere—de un líder sobre la falta de iniciativas de otro. Las ideas y los proyectos grandes son, deberían ser, los ejes que mueven el mundo político, no el ser el centro de los comentarios por dar los volatines mejor que el resto de la concurrencia. O por, pongamos otro ejemplo, haberse dejado barba este verano. Que es la única novedad que hemos apreciado en la reaparición este lunes de Pablo Casado, no sé si para distanciarse físicamente de su parecido con Albert Rivera o simplemente porque, en vacaciones, es más cómodo no afeitarse.

Confío sinceramente en que las novedades que han de anunciarse en los próximos días por nuestros dirigentes, ahora que el plazo fatal se acerca –un mes y dos días quedan–, sean más sustanciosas que lo que les ocurra a las barbas de tu vecino, ya sea que crezcan o que las pelen. España no se define en un eslógan. Ni en cuatro: es mucho país el nuestro como para encerrarlo en juegos malabares de meras palabras bonitas y brillantes.

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Primeras reflexiones posveraniegas: España resta

Enviado por Fernando Jáuregui | 19/08/19

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No, el mes de agosto no está siendo bueno para la construcción del país. Solamente una iniciativa política, la del PP registrando la ‘marca España suma’, para una hipotética coalición nacional con Ciudadanos –que C’s ya ha rechazado ‘a priori’–, ha destacado en el secarral de la agenda pública. En cambio, los datos negativos, derivados del Gran Parón, se acumulan. Ahora que estamos todos comenzando el regreso de las vacaciones e inaugurando un curso político que puede ser el más complicado de la década –por decir lo menos–, uno mira hacia atrás sin ira, pero con aprensión, a lo que han sido, hasta el momento, estas semanas de vacaciones y forzosamente tiene que concluir que, a veces, España resta, más que sumar.

Ignoro si Gobierno y oposición traen ideas refrescantes de su ‘ferragosto’: no lo han demostrado hasta el momento. En agosto se han multiplicado homenajes a etarras que salen de la cárcel, planes explícitos de repetir los sucesos independentistas en Cataluña, desunión entre los constitucionalistas, apatía gubernamental plasmada en ejemplos –menos mal que ha habido una cierta rectificación de última hora desde La Moncloa—como el del ‘Open Arms’, protagonista de una increíble polémica involucionada con ribetes algo miserables. La economía presenta altibajos –de hecho, las malas oscilaciones bolsísticas nos han empobrecido algo a todos–, sin que desde el Ejecutivo nos llegasen voces tranquilizadoras (ni de las otras).

O, aunque sea en otro plano, podríamos hablar de los incendios, de la violencia de género que no cesa, de la falta de diálogo entre nuestros máximos representantes políticos, que no emiten soluciones a las grandes incertidumbres ni remedios para esos grandes retos. Hemos tenido mucha crónica veraniega de papel couché, pero muy pocas oportunidades de comentar algún avance político, económico, social.

Y no, para mí, por ejemplo, lo de Navarra no ha sido una solución, sino la posibilidad de agravar un problema. Y el desbloqueo en la Comunidad de Madrid, perfectamente legítimo, en la persona de la ‘popular’ Isabel Díaz Ayuso, la estrella en un firmamento político casi desierto este verano, también ha supuesto una nueva violación al deseable principio de que el más votado debería ser quien desempeñe el gobierno, una máxima que casi nunca se cumple en los ayuntamientos y autonomías de España. Y ya vamos a ver cómo queda el tema en el caso del Gobierno nacional, ahora que vamos a volver a habar, y no poco, de esa investidura de Pedro Sánchez, que no sé si es más probable o no con el silencio pertinaz de Pablo Iglesias, que, contra lo que le cumple a un líder político, tiene a los españoles en la angustia de no saber qué les va a ocurrir: suprema satisfacción, mantener a un país rehén, para un gran ególatra.

Patentemente débiles ahora en política exterior –pero ¿dónde estaba Borrell en esta crisis con el impresentable Salvini, con quien ha tenido que ser Sánchez quien se enfrente de manera casi personal?—y no digamos ya en cuanto a política interior, España, lejos de sus ambiciones pretéritas de marca de país, más bien está, por tanto, restando. Y no será con eslóganes ni con operaciones de imagen como comencemos a sumar de nuevo en una nación que, contra viento y marea, parece seguir yendo bien, veraneando como si tal cosa, aunque muchos no acaben de entender por qué. Ni cómo.

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Empieza el curso, sí, pero ¿hacia dónde vamos?

Enviado por Fernando Jáuregui | 18/08/19



(regresarán bronceados, pero ¿con alguna idea nueva en la cabeza?)

El propio Rey, en una declaración sin precedentes en Marivent, sugirió que habrá noticias (relacionadas con la investidura de Pedro Sánchez, claro está) este agosto. Ahora, cuando entramos en la recta final del mes de vacaciones por excelencia, tiene forzosamente que haber noticias, tras unas semanas de alarmante silencio en las que hasta hemos dejado, por hartazgo, de pronunciar y escribir la palabra maldita: investidura. Confiemos en que las novedades que se nos anuncien no sean más de lo mismo; o sea, que no hay novedades y que ha empezado la cuenta atrás hacia otras elecciones y que damos un nuevo paso hacia ese fracaso colectivo.

Sí, pero ¿de qué noticias hablamos? ¿Se traerá Sánchez de Doñana algún conejo en la chistera?¿O descubriremos que no hay chistera alguna?¿Se apeará Pablo Iglesias del Gobierno de coalición y ordenará a los diputados de Podemos que apoyen, casi gratis total –esta gratuidad que luego puede salir muy cara—la investidura del socialista?¿Y en las bancadas de la derecha? Quizá este mismo lunes, en la toma de posesión de Isabel Ayuso, la estrella fugaz de la política este verano, un reaparecido Pablo Casado nos cuente cuál ha sido el fruto de sus meditaciones estivales. ¿Y Rivera?¿Qué se hizo de Rivera?¿Continuará con su estéril rumbo del ‘no es no’?¿Y los secesionistas catalanes? ¿Y…?

Uno, que obviamente no tiene las respuestas a tanta pregunta, ya no sabe cuáles serían las noticias buenas, cuáles las regulares y cuáles las malas. Pero sospecho que ni el propio Pedro Sánchez, que debe de haber estado colgado al teléfono estos días de silencios oficiales, sabe aún si va a poder resultar investido en el mes que nos queda de plazo legal o si, por el contrario, permanecerá como presidente del Gobierno en funciones hasta los inicios de 2020, porque ha tenido que convocar elecciones para noviembre.

Y eso, suponiendo que las tales elecciones no prolongasen la situación de incertidumbre y provisionalidad que vivimos desde diciembre de 2015: cuatro años en los que habrá pasado de todo lo imaginable y, especialmente, lo que nunca nos atrevimos a imaginar, en la política española. Eso no lo mejora ni Salvini. Ni aquel Estanislao Figueras al grito de “estoy hasta los cojones de todos nosotros” antes de renunciar a la presidencia de la efímera República, corría el año 1873, y largarse en el primer tren a París. La Historia ha sido muy dura al analizar aquellos tiempos; no será menos implacable cuando tenga que pasar revista a este cuatrienio negro que atravesamos. Y a sus principales protagonistas. A menos, claro, que nos vuelvan, además de bronceados, llenos de buenas noticias, lo cual es algo que, me temo, tanto usted como yo nos permitimos dudar.

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El silencio de los que deberían hablarnos

Enviado por Fernando Jáuregui | 17/08/19

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(dos años han pasado desde aquella manifestación en Barcelona contra el terrorismo un acto que se convirtió en un grosero agravio al jefe del Estado. Ya solo queda, por cierto, el Rey (bueno, y Ada Colau) de aquella primera fila. Menuda meditación))

Un atronador silencio procedente de los principales dirigentes políticos españoles ha presidido estos días esencialmente festivos del ‘ferragosto’: ¿dónde estaban Sánchez, Casado, Rivera, Iglesias, dónde estaban Borrell o Nadia Calviño mientras estallaba la crisis del Open Arms’, mientras las autonomías hacían saber su miedo a quedarse sin poder pagar nóminas en diciembre, mientras los tambores de una nueva gran crisis económica sonaban, aún lejanos, mientras la amenaza del retorno del peronismo en Argentina de la mano de Fernández&Fernández aterraba a las empresas españolas?

La política ante los micrófonos, con la refrescante excepción de la ministra de Defensa, Margarita Robles, que se atrevió a lanzarse contra el ministro del Interior italiano, ha quedado en manos de segundos escalones o de dirigentes periféricos: Cayetana Alvarez de Toledo, Isabel Díaz Ayuso, Ignacio Aguado. Nos han hablado de planes para Madrid, de rechazos a unirse (la plataforma proyectada por el PP ‘España Suma’ no ha gustado a Ciudadanos), les hemos visto en algunas fiestas populares. Pero la incertidumbre del país ante su futuro sigue. Las aprensiones ante lo que pueda ocurrir este septiembre en Cataluña se adensan. Y, ante todo esto, un silencio espeso, sin duda matizado por muchas conversaciones telefónicas secretas en busca de hilvanar acuerdos de cara a una investidura que se presenta, estando tan próxima, muy lejana.

Supongo que estamos en las últimas horas de tanta boca callada. Este lunes reaparece Pablo Casado en la ceremonia de toma de posesión de Isabel Díaz Ayuso como presidenta de la Comunidad de Madrid. Supongo que pronto Sánchez nos hará partícipes de sus meditaciones en Doñana (debería ofrecer una rueda de prensa tras el Consejo de Ministros del viernes, pero, claro, ya sabemos que a los presidentes españoles les gustan poco las ruedas de prensa) y confío en que Pablo Iglesias nos anuncie de manera inminente qué piensa hacer de cara a la posible sesión de investidura de Sánchez el mes próximo. Porque ya solo queda un mes y cinco días para que caduque el plazo fatídico y tengamos que regresar a la casilla de salida: cuartas elecciones generales en cuatro años.

¿Recuerda usted la foto de aquella manifestación en Barcelona, van a cumplirse ahora dos años, tras los atentados yihadistas, que recordábamos este sábado, del 17 de agosto del nefasto 2017? De aquella primera fila de ‘notables’ solo queda el Rey, ahora sometido a todo tipo de maniobras subterráneas para debilitarle. Rajoy está…¿dónde diablos está Rajoy?, Puigdemont anda de huída en huída, Junqueras y sus compañeros siguen en prisión, Cristina Cifuentes está como está… Toda una meditación. Yo diría que hoy estamos aún peor que aquel 26 de agosto de hace dos años, cuando aquella manifestación en la que tan groseramente se trató al jefe del Estado: sigue la crisis política, aunque España siga manteniendo, ya se ha visto este verano, un magnífico tono vital que hace prosperar la broma –macabra—de que sin Gobierno se vive mejor.

No quiero descartar que alguno de los líderes citados nos sorprenda con algún interesante cambio respecto de las posturas con las que se fueron de vacaciones, aunque debo confesar que lo dudo. En todo caso, no queda sino aferrarse a la débil esperanza que significa lo que nuestros representantes, a los que votamos y pagamos, tengan a bien decirnos a los ciudadanos. ¿Habrá cambiado, para bien, algo este mes de agosto y nosotros, porque nadie nos dice nada, sin enterarnos?

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Buenismo y algunos malismos

Enviado por Fernando Jáuregui | 16/08/19

Nunca el buenismo, o lo que muchos entienden como tal, ha tenido tan mala prensa en España. Personalmente, nunca estuve de acuerdo con las descalificaciones genéricas contra eso que han dado en llamar ‘buenismo’. ¿Lo es acaso conmoverse ante la tragedia de los inmigrantes del ‘Open Armas’ y pedir su acogida en puertos españoles, dado que, al fin y al cabo, española es la enseña del buque redentor? ¿O más bien será ‘malismo’ sugerir, sin pruebas, oscuros motivos para que una ONG se dedique a recoger a los más desheredados de la fortuna y, de paso, dar a entender que el hombre que encarna este esfuerzo, Oscar Camps, tiene un pasado cuestionable? Puestas así las cosas, prefiero el buenismo, en todo caso, al malismo, si tengo que elegir entre ambos extremos.

Ni me constan los afanes de la ONG por hacer negocio con la tragedia de los inmigrantes ni siento por Oscar Camps, que ha dado la cara valientemente en defensa de los ciento ochenta seres desesperados que lleva a bordo, otra cosa que respeto. Y lo mismo digo del actor Richard Gere, contra quien se han revuelto voces furibundas criticándole haber convertido el ‘caso Open Arms’ en una cruzada propagandística. No, no es demagogia ni narcisismo de un privilegiado utilizando para su lucimiento personal a los infelices; y, si lo es, sirve para llamar la atención del mundo sobre un problema que nos afecta a todos: no se entiende la inmovilidad que ha mostrado Europa ante una tragedia que ha alfombrado de cadáveres el Mediterráneo y llenado de vergüenza a no pocos gobernantes, incluidos desde luego los de los países de origen de quienes huyen.

Pedro Sánchez, nuestro hombre en funciones, ha dado muestras de cierta inestabilidad ante la eurocrisis surgida a cuenta del ‘Open Arms’ y la intransigencia inhumana de Salvini. Podría haber liderado las iniciativas europeas en favor de la solidaridad –no, no era tan difícil ni tan gravoso—y ha tenido que refugiarse en el liderazgo franco-germano a la hora de decidirse, al fin, a recoger a una parte de los seres desdichados que se pudren en el mar en las peores condiciones. Muestra de que sí, era posible acogerlos.

Menos mal que ha habido, al final, recogida de velas y una cierta rectificación. España no puede renunciar, aunque solo sea por motivos geográficos e históricos, a mostrarse como un país solidario, acogedor dentro de los límites de lo posible y del realismo. Ni podemos los españoles abdicar de nuestro deber de forzar a la UE a llegar a un gran acuerdo, por encima de populistas, miopes y fascistas, para encauzar la inevitable –inevitable, sí– fuga desde Africa (y no solo) a una Europa a la que se sigue viendo, y sigue siendo, el continente privilegiado.

Lo malo es que, con un Gobierno pensando tan solo en su supervivencia gracias a una investidura o a unas nuevas elecciones, toda solución a los problemas más candentes se escapa. Una provisionalidad la de nuestra política que, como se ve, se vuelve cada día más peligrosa. Para los inmigrantes y para los españoles. Y si esto es buenismo, y no se entiende más bien como realismo, que venga Dios y lo vea.

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¡Atención! Vox te vigila

Enviado por Fernando Jáuregui | 14/08/19


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(Vox ha entendido que ‘imágenes tradicionales’ como esta no le son convenientes)

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Los representantes de Vox, señaladamente doña Rocío Monasterio, no se han recatado a la hora de advertir explícitamente que vigilarán a los mandatarios de la derecha a los que prestan su apoyo. Parece que la formación que preside Santiago Abascal se conforma, puesto que no puede alcanzar posiciones de poder, con ser una especie de guardián de las esencias: ojo a la inmigración que nos llega, nada de festejos cuando se habla de LGTBI, no pasarse con lo de la violencia de género…

En principio, basta, como hizo doña Isabel Díaz Ayuso en su investidura como presidenta de la Comunidad de Madrid, con hacer guiños discretos y alusiones poco comprometidas a los principios ‘voxísticos’: el partido de la derecha ‘radical’ –¿se le puede denominar así?—ha sido fundamental para llevar un representante del PP, más Ciudadanos, a las presidencias de Andalucía y Madrid, y también a algunas alcaldías, así que más vale no desairar al siempre incómodo ‘aliado’. Y no ha habido que hacer, parece, muchas más concesiones, una vez superadas las algo ridículas polémicas con Ciudadanos sobre quién reconoce a quién y en qué términos. Es la derecha que hay, con incómodos compañeros de cama, y así hay que aceptarla o rechazarla. No es muy diferente de lo que ocurre en el sector de la izquierda, pero eso sería, ahora, harina de otro costal.

A Vox hay que reconocerle que ha variado algo el rumbo algo pedestre con el que irrumpió en las encuestas y, con los límites conocidos, en las urnas: mejores relaciones con los periodistas, voces menos altisonantes. Como ocurrió en Andalucía, cortan de raíz cualquier ‘pasada’ de los suyos. Aprovechan la indudable involución que está experimentando la sociedad española –no hay sino que ver la polémica a cuenta de si se debe o no acoger a los inmigrantes del ‘Open Arms’—para lanzar sus mensajes de manera calmada, procurando huir de las estridencias del pasado. Y qué duda cabe, digan lo que digan las encuestas, de que una parte de la ciudadanía ‘compra’ tales mensajes. Todavía me sorprendo al escuchar a algún notable socialista del pasado, que obviamente ha evolucionado mucho, diciendo que “Vox dice verdades como puños”, afirmación de la que obviamente discrepo no poco, pero que me hace reflexionar.

Sea como fuere, tanto el PP como Ciudadanos saben que, para llegar al gobierno de la nación, tendrán que seguir contando con el ‘apoyo vigilante’ de Vox, experimentando en sus nucas el aliento constante de este partido. Y habrán, por tanto, de matizar esa clasificación de que son el ‘centro derecha’ , título oficial al que aspiran. Vox, como en el otro extremo Podemos, aspira, y es legítimo, a influir en la gobernación del país, ya que de momento se ven incapaces –en el caso de la formación de Pablo Iglesias, porque increíblemente renunció a una vicepresidencia y tres ministerios—de alcanzar puestos efectivos de poder. Nos guste o no nos guste, Vox, que no es exactamente el lepenismo ni el ‘salvinismo’, pero sí podría llegar a ser, si pudiese, el ‘trumpismo’, está ahí para quedarse. Del ‘nuevo’ PP de Pablo Casado, y hasta cierto punto del algo desnortado Ciudadanos, dependerá cuánta presencia pública acabe teniendo este grano incómodo, desde ahora El Vigilante, que les ha salido en salva sea la parte.

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La Monarquía se la está jugando

Enviado por Fernando Jáuregui | 10/08/19



(El Rey dio esta semana uno de sus escasos pasos arriesgados. ¿Sabía la trascendencia que iba a tener lo que les gritó a los periodistas? Yo, personalmente, defiendo que el jefe del Estado pueda expresarse y que no se le relegue a una figura casi decorativa: hay que aumentar las funciones del Rey)
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La intervención meteórica del Rey, abogando por soluciones antes que elecciones, tenía forzosamente que provocar reacciones encontradas. De alguna manera, el Rey, a cada paso que da –o no da—se la juega. Y los líderes políticos, con cada decisión que toman, o no toman, se la juegan a la monarquía, incluso, temo, al sistema. La semana que concluye no ha sido buena para quienes piensan que aquellos que precisamente desean quebrar el sistema deben mantenerse lejos de los asuntos de la gobernación. Porque esta semana concluyó con el anuncio del presidente en funciones, Pedro Sánchez, de que incluirá a los “nacionalistas” (sic), es decir, a los separatistas de Esquerra Republicana y a JxCat, en sus consultas de cara a la investidura. Y eso no me parece un buen presagio de cara al futuro.

Zapatero, el hombre que negoció bien con ETA, me comentó un día que sus guiños a Esquerra Republicana de Catalunya, a la que incluyó en el tripartito de los governs encabezados por Maragall y luego por Montilla, para gran cabreo de Artur Mas, eran un intento de ‘integrar’ a los independentistas en la tarea del Estado. Creo, sinceramente, que acertó a pacificar el País Vasco y contribuyó, por el contrario, a avivar los fuegos secesionistas catalanes. Ese Estado que quiso fortalecer se cuarteó, y sigue haciéndolo tras las políticas equivocadas, a mi juicio, de Mariano Rajoy. Y ahora, Sánchez…

Pues ahora estamos, me temo, en lo mismo: declarando imprescindibles a los separatistas (perdón, “nacionalistas” en la expresión de Sánchez, que obviamente quiere minimizar la trascendencia de lo que hace) para que él, Sánchez, pueda ser investido y formar ese ‘Gobierno de progreso’ apoyado por extraños compañeros de cama. A saber, un Podemos irritado con él porque le ha ganado por la mano y se queda fuera de las moquetas ministeriales, una Esquerra capitaneada desde Lledoners por un hombre cuyo afecto al concepto España es el que es, ninguno, y un Puigdemont que es, desde Waterloo, el mayor enemigo de la nación española.

Con esos mimbres difícilmente se fortalecerá la nación, y menos su unidad. Y la Legislatura, si llega a consolidarse, será un desastre que ni lo de la Italia de Salvini. Si de algo han servido esos contactos ‘con la sociedad civil’ de Sánchez estos días ha sido para certificar que las dos Españas cada día se alejan más la una de la otra, y temo que, por muy buena voluntad que le supongamos –siempre se la supuse a Zapatero–, Sánchez está actuando más como pirómano sin querer que como bombero de los grandes males de la patria.

Formar ese ‘gobierno de progreso’ sin haber intentado algún tipo de pacto generoso y ambicioso con otras fuerzas constitucionalistas, que andan como si nada de esto les afectase, encantadas con el ‘más dura será la caída’ de Sánchez, me parecerá un error tremendo. Por parte de Sánchez y por parte de Ciudadanos, empeñado en no querer ni siquiera hablar con alguien que, guste o no, tiene siete millones de votos en el zurrón, y también por parte del Partido Popular, atento solamente a la consolidación de su líder en las aguas pantanosas. Cuando el Rey habló de buscar soluciones estoy seguro de que no se refería a ese Gobierno del PSOE con el ‘socio preferente’, que es el mayor abogado de la República, y seguro que se refería menos aún al apoyo de los ‘nacionalistas’.

Sabe bien Felipe VI que un nuevo ‘Gobierno Frankenstein’ rompería las costuras del Estado. Las soluciones que tiene en mente, y que sin duda comenta con sus interlocutores, han de ser otras, obviamente. Y, por su parte, Sánchez también sabe bien que, desde la interinidad, se puede gobernar mucho tiempo, al menos hasta comienzos de 2020; no sé si el delicado equilibrio del Estado, que depende de un golpista preso y de un comisario de policía infame también en la cárcel, aguantará tanto tiempo. El nuestro es un país que se inquieta por su futuro y al que solo se le ofrecen nuevas incertidumbres. O quiebras de lo que iba bien, hasta en la Liga de fútbol. Y pensar que la solución está en las inexpertas manos de cuatro señores, cuatro, a los que los ojos de cuarenta y cinco millones de españoles, comenzando por el mismísimo jefe del Estado, miran implorantes…

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Lo urgente de verdad es cerrar el Valle de los Caídos

Enviado por Fernando Jáuregui | 08/08/19



(hemos transitado de Franco a Podemos. Tantos años de Historia de la que hemos aprendido tan poco…))

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Todo son maniobras de distracción. Desde la ‘rueda de prensa’ (¿?) de Pedro Sánchez a la salida de Marivent hasta las ‘ocurrencias’ de algunos dirigentes del PP, que piden que el presidente en funciones, con sus siete millones y medio de votos a cuestas, dé ‘un paso a un lado’ y permita la investidura de otro, sin especificar, pero sin duda respaldado por menos sufragios.

El país está en vilo, muchas instituciones –incluyendo nada menos que el gobierno de los jueces– aguardando el preceptivo relevo, la preocupación está de escalada en Europa, también por cierto en funciones, ante la guerra comercial chino-americana. Una portavoz ‘popular’ especialmente extremada pide hacer una ‘lobotomía política’ a Sánchez, a ver si se vuelve constitucionalista. De locos, como se ve. El debate nacional es un circo. Ah, pero lo urgente ahora es cerrar el Valle de los Caídos. Y suprimir los títulos nobiliarios ’franquistas’.

Personalmente, la memoria del franquismo me avergüenza. Se cumplen ahora ochenta años del comienzo de aquellos ‘juicios de guerra’ que dieron con decenas de miles de españoles en los paredones y eso es algo, el trato torturador al vencido, que jamás puede olvidarse. Entre otros desmanes. Pero sospecho que el país vive ajeno a la estela del dictador y no sé si la ciudadanía se lanzaría en masa a esas misas por su ‘eterno descanso’ que ahora se quieren prohibir: Franco bien vale una misa (vetada), a lo que se ve.

Y sí, me parece muy bien que supriman algunos títulos nobiliarios otorgados por el dedo del que recibió el apelativo fascista de ‘caudillo’; por mí, como si los suprimen todos, o que se investiguen los motivos por los que se concedieron en otras épocas. Pero me parece que tampoco hay manifestaciones pidiendo la inmediatez de la medida. Y, sin embargo, el inoperante registro de nuestro inoperante Parlamento lo único noticiable que recibe ahora son proposiciones de ley del partido que sustenta al Ejecutivo (en funciones) con esto de los títulos nobiliarios y lo del cierre y multas al vergonzoso monumento de Cuelgamuros.

Pues eso: que todo es distracción de lo fundamental, que me parece, cada día más, que consiste en llevarnos de cabeza a unas nuevas elecciones, cuartas en cuatro años, si Dios, Sánchez, iglesias y también Rivera y Casado no lo impiden, que parece que no lo impedirán. Entre otras cosas, porque alguno de ellos sí quiere, animado por las encuestas, esa repetición, allá por noviembre. Y que duren la interinidad y el Falcon mientras tanto.

Me enseñaron a repudiar el periodismo-espectáculo, del que ahora tantas muestras tenemos. Pero nada nos dijeron en la Facultad de la política-espectáculo, que es hoy la que nos abruma, gracias a esos ‘magos de la imagen’ que sustituyen a los hombres de Estado –ah, Julio Feo, José Enrique Serrano…—en el manejo de las estrategias de nuestros dirigentes políticos.

Y, así, asistimos, impávidos por estar ya tan acostumbrados, a ciertas ‘maniobras orquestales en la oscuridad’ ante la investidura. No, no la de Sánchez, que tan lejana parece: dejemos al presidente enredado en su falsamente ‘macroniano’ contacto con la sociedad civil, este jueves con los sindicatos, la patronal, los autónomos… Más bien me refiero, claro, a la investidura inminente de la nueva presidenta de la Comunidad de Madrid, a la que ahora se le ‘descubren’, oportunamente, viejos ‘affaires’ y relaciones indeseables con otras ex presidentas, con otros ‘investigados’, como el ex alcalde de Getafe, que iba en las listas de la señora Díaz Ayuso. Etcétera.

Ya digo: todo, todo, espectáculo. Cuando no chantajes encubiertos, vendettas detectables en las cloacas. Y, mientras, la casa sin barrer. Por favor, que venga pronto un Gobierno, aunque no sea el de nuestros sueños (eso sí que está lejos). Y que su prioridad no sea sacar la momia de Franco y cerrar su actual morada. Déjennos a todos descansar en paz, que estamos en vacaciones y cumplan ustedes con su deber, en lugar de tanta pirotecnia: queremos un Gobierno ya, y si es posible sin Pablo Iglesias de ministro.

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Sánchez me deja pasmado

Enviado por Fernando Jáuregui | 07/08/19

Escucho en directo la comparecencia de Pedro Sánchez ante los medios en Mallorca, tras su encuentro con el jefe de Estado en momento de grave preocupación en la Patria y, simplemente no me lo puedo creer. Apenas cuarenta y cinco minutos de ‘cumbre’ con el Rey –cierto que prolongados en un almuerzo–, tras haber hecho esperar una hora al Monarca, y todo lo que sacamos los ciudadanos es la sensación de que cada vez resulta más difícil una investidura en septiembre y, por tanto, que cada vez es más fácil una repetición de las elecciones. Para este viaje no nos hacían falta alforjas y sobraba la expectación informativa suscitada en torno a un encuentro en una coyuntura inédita, que todos empiezan a calificar de peligrosa: ¿Lo sabe el señor Sánchez? Porque yo creo que Felipe VI, que la sufre más que nadie, sí lo sabe.

Tres preguntas, tres, de mis compañeros, y un total de diez minutos, es lo que el presidente del Gobierno en funciones dedicó a informar a la sociedad, a la ciudadanía, de lo que hablaron, en estos momentos trascendentales de la vida política española, el jefe del Gobierno y el jefe del Estado. ¿Hay ofertas nuevas –de hecho, ¿hay alguna oferta?– por parte de Sánchez dirigidas a quienes, con un voto afirmativo o con una abstención, tendrían que apoyar su investidura? Nada. ¿Alguna idea nueva para el desbloqueo? No. ¿Ofertas a Ciudadanos, PP, para que reconsideren su terco ‘no es no’ a cualquier posibilidad de ese ‘Gobierno progresista’ que tantas veces preconizó el presidente del Gobierno (en funciones)? Tampoco.
Solamente apunté una novedad que ya no lo es: persiste el desencuentro con Podemos, partido con el que me parece que no ha habido contactos apenas tras el fracaso de la moción de censura. Pero, paradoja de paradojas, sigue siendo el ‘socio preferente’. Los otros dos dirigentes, los de la derecha, solo son entes que se dedican a poner obstáculos a ese legítimo Gobierno progresista que Sánchez quiere establecer, repito –en realidad, es lo que se repitió en la micro-rueda de prensa de Marivent–, a cambio de nada. Y, encima, al día siguiente de haber perpetrado el bofetón democrático de Navarra (pero ¿no habíamos quedado en que gobernaría el más votado? Ah, eso será es otros países democráticos, pero Spain is different).
Se está haciendo Sánchez tan acreedor a una repetición de las elecciones que me está pareciendo que es eso exactamente lo que quiere, aunque, claro, no pueda proclamarlo, sino que se ve forzado a decir todo lo contrario. Casi no me podía creer algunas de las cosas que escuchaba en la micro-rueda de prensa de Marivent (¿no hubiese justificado la ocasión una comparecencia algo más completa y larga ante los chicos de la prensa?): o sea, que ¿los culpables del bloqueo institucional y político son los de Podemos, los de Ciudadanos y los del PP (a los que no les eximo de sus responsabilidades, que conste), mientras que Sánchez, sin ofrecer nada a cambio, pide por su cara bocita (por cierto, el Rey es más guapo)?
Menuda jeta, señor Sánchez. Usted sabrá perdonarme que se lo diga así, pero no se me ocurre ninguna otra expresión apropiada al caso. Debo decirle que, en 3″ />casi medio siglo de ejercer esta profesión de mirón y de oidor, jamás me había encontrado, ni siquiera cuando González decía que no había corrupción bajo sus sayas, ni cuando Aznar hacía sus trapisondas con lo de Irak, ni cuando Zapatero llamaba antipatriotas a los que trompeteaban la crisis económica, ni cuando Rajoy se hacía el sueco ante cualquier problema, jamás, repito, señor Sánchez, había encontrado osadía semejante a la hora de gobernarnos. Y, encima, en funciones. Para colmo, me parece el único legitimado, digan lo que digan las ocurrencias desde el PP, para volver a intentarlo. Maaadre mía…

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Hay soluciones además de Podemos

Enviado por Fernando Jáuregui | 05/08/19


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(esta foto debería ser el futuro)

Resulta inusual que, especialmente en vísperas de su encuentro con el jefe del Gobierno en Marivent, el jefe del Estado haga declaraciones políticas. Sin embargo, el Rey lo hizo este domingo, confiando en que los partidos puedan encontrar una solución antes de tener que ir de nuevo a las urnas. Estoy seguro de que la solución ideal, para Felipe VI, no puede ser un ‘Gobierno a la portuguesa’, de los socialistas en solitario apoyados desde fuera por un pacto programático con la izquierda de la izquierda; porque tales fuerzas son, esencialmente, republicanas y alguna bordeando las fronteras del sistema. También tengo la certeza de que el Monarca hablará este miércoles con el presidente del Ejecutivo en funciones de otras soluciones posibles. Que las hay.

Ocurre que Sánchez parece varado en su ‘alianza preferencial’ con Pablo Iglesias para intentar una nueva investidura. Pero cada día escuchamos más voces que hablan de otras salidas además de esos gobiernos ‘de cooperación’ (sea lo que sea eso), ‘de coalición con Unidas Podemos’ (por suerte ya descartado, parece), ‘de progreso’, ‘a la portuguesa’, a la danesa’…¿Por qué no, por ejemplo, ofrecer desde el PSOE a las fuerzas constitucionalistas, sobre todo al Partido Popular y a Ciudadanos, un Gobierno de coalición que, durante dos años, arregle las cañerías constitucionales, sobre todo el Título VIII, y reforme a fondo la actual la normativa electoral, que tanto está facilitando el caos político que vivimos desde hace, como mínimo, tres años y medio?

A las alturas en las que estamos, resultan inaceptables tanto la parálisis que, pese a las sofocantes reuniones con la ‘sociedad civil’, parece afectar al cerebro negociador de Sánchez, como las negativas del PP y, sobre todo, de Ciudadanos a echar una mano que acabe con el dislate en el que estamos metidos. Esa oferta de una Legislatura de dos años, estaría presidida, claro, por quien ganó las elecciones. Pero con un Gobierno de amplio espectro, casi de salvación nacional, incluyendo también a independientes de prestigio, para emprender con urgencia las modificaciones constituciones y legales precisas, así como las imprescindibles renovaciones en el poder judicial, en los servicios secretos, en RTVE, etc.

Todo ello, suponiendo que Sánchez se atreviese a proponerlo –que lo veo casi imposible, no soy un utópico: Rajoy se atrevió, sin el menor éxito– es algo que me parece que difícilmente podría ser rechazado por Pablo Casado y por Rivera. A menos, claro, que quieran ser acusados de ser ellos los que torpedean la salida del túnel y propician unas nuevas elecciones para noviembre, prolongando hasta sabe Dios cuándo el ‘impasse’ en el que nos hallamos.

¿Y Podemos? Podemos podría optar por sumarse a un pacto constitucionalista o convertirse, lo que no dejaría de tener sus ventajas, en la cabeza de la oposición a ese Gobierno ‘de concentración’…y provisional. Porque en dos años –menos tardó Adolfo Suárez– se pueden consumar muchas de esas medidas, que, en su caso, con la disolución de las Cámaras, podrían someterse al preceptivo referéndum de las reformas ‘agravadas’ de la Constitución, si ello fuese necesario, que me parece que lo sería. Ese referéndum certificaría que hemos entrado en una nueva era. Que hemos consumado esa invisible, pero obvia, segunda transición por la que transitamos. Que la ciudadanía vuelve a confiar en su ‘clase política’.

Armado con estos apoyos, el país podría afrontar mejor las temidas reacciones que la sentencia contra los golpistas de octubre de 2017 provocarán en el cuerpo social y político catalán: desde la Generalitat se habla ya de formar un ‘Govern de concentración’ con las fuerzas independentistas. Hablamos, pues, de una nueva, muy nueva, dinámica política, que nunca se ha puesto a prueba en España. Pero convengamos que la situación también es inédita, peligrosa por muchos conceptos –incluyo el económico, con las perspectivas de una desaceleración ya visibles–, indeseable desde todos los puntos de vista, como ha venido a sugerir, con prudencia inevitable –nada que ver con una injerencia donde no le llaman–, el Rey.

Sé que espero mucho de los encuentros que Pedro Sánchez se ha marcado estas semanas, comenzando por el de Marivent con el Jefe del Estado. Porque acaso el principal problema sea el desgaste que está experimentando, digan lo que digan las encuestas del CIS, el propio Pedro Sánchez, además de la cerrazón de las otras fuerzas políticas. La situación es tal que los comentaristas ya ni nos atrevemos a pregonar soluciones verdaderamente revolucionarias, limitándonos a dar vueltas, como hacen nuestros políticos, a las viejas, gastadas, quizá imposibles, fórmulas. Y ya temo que no es eso, no es eso.

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