La dificultad de desmoronar un Estado

Hay una amenaza contra el Estado. De eso no cabe duda. La batalla no está siendo fácil, ni siempre es acertada, pero el Estado, que es fuerte, sobrevivirá. De nosotros todos depende que lo haga en forma adecuada y aceptable para todos.

El mantenimiento de Junqueras en prisión –acerca de lo que, por cierto, he manifestado mi opinión contraria– y la tradicional presencia del Rey ante las Fuerzas Armadas en la Pascua Militar son dos elementos que muestran la dificultad de desmoronar, o desmochar al menos, un Estado. Pocas veces España, en cuanto que nación y en cuanto que Estado, habrá sufrido una acometida tal como la que ha venido sufriendo en los últimos meses, incluyendo en ello los ataques de medios extranjeros. No cabe echar la culpa exclusivamente al secesionismo, aunque la tenga en el mayor grado por la irresponsabilidad con la que se planteó y siguió el ‘procés’ independentista; también desde el lado de acá creo que deberíamos meditar, entre todos, cómo fortalecer ese Estado con el que tan poco concernida se siente una parte, la más acomodaticia y perezosa, de la sociedad civil.

Hemos iniciado un 2018 precedido por serios desafíos, más que a la unidad de España, al estado de la moral ciudadana. El Ejecutivo ha dado pasos en falso y, peor, ha dejado de dar muchos otros pasos en un sentido de progreso; el Legislativo, zarandeado por excesivas confrontaciones electorales, ha dado muestras de absentismo de su deber de legislar, lanzándose tantas veces por caminos colaterales e innecesarios, como el debate sobre si debe o no mantenerse la prisión perpetua revisable; el Judicial ha sido investido de un excesivo protagonismo que ni le conviene ni le corresponde. Y, así, al toque de trompeta de la sagrada –y así debe ser—separación de poderes, hemos llegado a que salga mal todo lo que podía salir mal.

Y lo peor es que todos esos poderes, más los económicos, más los mediáticos, más otros de los que antaño se llamaban ‘poderes fácticos’, se sienten orgullosos de la labor realizada, ajenos a la autocrítica que debería suscitar el hecho de que las cosas, en el terreno político, y quizá no solo en el político, estén como están. Porque no cabe duda de que la falta angustiosa de ‘planes B’ para enfrentarse a la incertidumbre de lo que pueda o no ocurrir en Cataluña es difícilmente empeorable. Y sí, nosotros mismos, los que debemos tratar cada día con el comentario de lo que ocurre en la política y, por tanto, en la sociedad, quizá hayamos de reflexionar no poco sobre la falta de ideas originales que hemos aportado, o sobre la involuntaria toma de partido que nos garantiza, al menos, un paraguas bajo el que sentirse cobijado de, por ejemplo, la maldad en las redes sociales contra cualquier acto de ‘disidencia’.

Y, sin embargo, aunque los niveles de autoestima global estén muchísimo más bajos que los de la idea que la clase política y esa emergente ‘clase institucional’ tienen de sí mismas, ya digo que resulta difícil desmembrar, y más aún desmontar, un Estado. Los jueces, por más discutidas que sean sus resoluciones y cábalas, las Fuerzas Armadas, que dan un constate ejemplo de moderación y disciplina, las Fuerzas del Orden, sobre las que, aun con algunas excepciones, he de decir lo mismo, y el conjunto de las instituciones, con la Corona al frente, impulsan a todos los demás sectores a cumplir con su deber, máxime cuando este cumplimiento actúa en beneficio de todos.

Pero eso no puede reconfortarnos hasta el punto de olvidar que hay, como decía, que trabajar para fortalecer al Estado. Porque la corrosión del mismo, por lenta que sea, acaba produciendo sobresaltos luego irreparables. El Estado no puede ni abusar –ahí tienen ustedes nada menos que al presidente de los Estados Unidos en la picota por un simple libro, cuando se creía aplastador de ‘viejas damas’ periodísticas y televisivas—, ni extremarse en el rigor en su propia defensa; pero tampoco puede, desde luego, dejarse aplastar por la indisciplina y el incumplimiento de las leyes, sobre todo cuando eso va en detrimento de los derechos de una parte de los habitantes del territorio.

Ese delicado equilibrio no se ha se mantenido todo lo escrupulosamente que debería. Y eso ha ocurrido durante ya demasiados años, que culminaron en los catastróficos 2016 y 2017. Lo que se apunta para 2018 no resulta, hoy por hoy, excesivamente alentador: más de lo mismo en un caso, quítate tú para ponerme yo en otro, la pirueta por la pirueta en otro…Y, en medio, el desconcertante juego de tronos de los secesionistas, que dan la impresión de que ni saben por dónde se andan. Todo eso, unas cosas sobre otras, dará sin duda un mal resultado. En las manos de todos está evitar el destino que se nos echa encima. Hagan juego, que la bola ha empezado ya a rodar.

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