Ni Sánchez es Suárez, ni Torra Tarradellas

A menudo recuerdo aquel momento, corría el año preconstitucional de 1977, en el que los periodistas esperábamos la salida de Tarradellas tras su encuentro con el presidente del Gobierno en La Moncloa. “Todo ha ido como la sede”, dijo quien era, ahora oficialmente, president de la Generalitat catalana. Algo semejante manifestó Suárez por cenáculos y mentideros de la capital: todo había ido bien en la reunión con el anciano recién regresado del largo exilio en Saint-Martin-le-Beau. No era cierto tal clima de concordia: en lo único en lo que Suárez y Tarradellas se pusieron de acuerdo fue en decir que estaban de acuerdo. Funcionó. Establecieron una ‘conllevanza’ que duró treinta años. Hasta que, unos y otros, de un lado y de otro, entre todos la matamos y ella sola se murió.

Me consta que Pedro Sánchez quisiera ser Suárez. Se le nota mucho. Incluso, el viernes en Bruselas, tras fotografiarse, erguido, con la canciller Merkel, dijo –primera rueda de prensa con el paraguas europeo por medio— que “lo que está en la calle es lo que tiene que pasar en política”. Frase que me recordó mucho, claro, a aquella célebre del de Cebreros: “hacer políticamente normal lo que a nivel de calle es normal”.

Claro que Sánchez no es Suárez, por más que ambos apellidos tengan resonancias compatibles. Le falta aquella chulería torera del sucesor de Arias Navarro, su valor, digno de José Tomás, ante el morlaco, poder decir aquella frase que un día le escuché a aquel a quien pude llamar, casi con camaradería, “Adolfo”: “y, si me equivoco, que me manden a hacer puñetas”, dijo, antes de avanzar uno de aquellos pasos trascendentales que dieron la vuelta al Estado como un calcetín en el brevísimo plazo de once meses.

No, Sánchez no es Suárez, aunque cuánto me gustaría poder un día escribir otra cosa. Suárez, por ejemplo, logró una televisión pública independiente, casi rabiosamente independiente, y –él, que llegó a ser director general de la cosa, y sabía bien cómo se jugaba ese juego– jamás hubiese cedido esa parcela a fuerza política alguna a cambio de apoyo alguno. ¿Cómo es posible que, tras lo ocurrido hace dos años y medio, cuando Pablo Iglesias salió de ver al Rey aquel 22 de enero de 2016, exigiendo para él la vicepresidencia, RTVE, los servicios secretos, el Ministerio de…, Pedro Sánchez no haya aprendido la lección de quien, “como una sonrisa del destino”, se jactó de brindarle la presidencia? ¿Es que no sabe Sánchez que Iglesias “todo lo larga”, como me dijo un creo que ya ex cercano colaborador del presidente?

Pues eso: que las fotografías tan beneficiosas, claves en política, con Merkel, con Juncker –que le ha perdonado pretéritos desplantes–, con Tsipras, con todos, y las que se va a hacer la semana próxima con Obama, y luego con Trump, el increíble amo del Imperio, se han tambaleado ante el tremendo desliz cometido con la ‘tele’ pública. Ha quemado injustamente a varios profesionales decentes y ha dejado claro a la opinión pública y publicada –gracias a las indiscreciones del líder de Podemos–, que ofreció el control de los medios públicos a cambio del apoyo parlamentario de los ‘podemitas’. Y entonces, claro, el ropaje negro regresó a los trabajadores ante la amenaza morada.

Lástima que ocurran estas cosas, que tienen enorme impacto en la opinión pública –pero ¿quién aconseja a Sánchez en estos y otros menesteres ‘de imagen’?¿Volvemos a los ardides en comunicación, como cuando la señora aquella que se mofaba de los pensionistas?–. Porque el Gobierno, sus integrantes, es bastante bueno, pese a la improvisación con la que se formó. Y la intención que anima a Sánchez me parece que está lejos de su cerril, simplista, ‘no, no y no’ de meses pasados. Y luce bien en las revistas de tropas ante El Elíseo, que eso también cuenta en la política de un país.

Pero no es Suárez. No todavía, al menos. Tiene que entender que RTVE, el CIS, las embajadas, la Fiscalía general del Estado, no son premios a los amigos y fieles. Y ha de aprender, me parece, a templar, mandar y parar cuando conviene, como por ejemplo frente a Torra. Claro que tampoco Torra, pese a que la comparación de apellidos también da juego, es Tarradellas. Qué va; el viejo president jamás hubiese caído en provocación alguna al Estado, que ya sabía, y no hacía falta recurrir al ejemplo de Companys, sino al sentido común, que es algo que siempre sale mal.

El increíble episodio de los premios Princesa de Girona, a los que pienso que nunca debería acudido el Rey mientras no se celebrase el acto en una sede oficial, basta para descalificar a quien estaba en el control remoto del desplante. Pero Sánchez, y hace bien, prefiere no tomarse las cosas demasiado a pecho, porque creo que intuye que Torra acudirá menos gallito a La Moncloa el próximo día 9, sobre todo si se encuentra con algunas concesiones favorables por parte del Gobierno central y con un rictus de firmeza, cordial pero firmeza, en el rostro del presidente del Gobierno central.

Ya veremos si los episodios de esta semana, y otros en los que algunos de sus colaboradores quieren presentarle como a un semidios –demasiado visible ahora aquello, tan pelota, de la ‘conjunción planetaria’ de Zapatero y Obama–, no acaban pasando facturas demasiado caras. Y si Sánchez es capaz de mantenerse/mantenernos invicto(s) frete a los retos como esa selección española que queremos frente a Rusia, a pesar de todo. Rusia, donde por cierto creo que debería estar el presidente del Gobierno este domingo, animando a esa selección nacional. Y no, tampoco. Quizá demasiado ocupado repartiendo, por lo visto, prebendas, parece que, al contrario que Rajoy, le queda poco tiempo para ver futbol.

fjauregui@educa2020.es

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