…Y tú, más (ter)

Somos un poco irresponsables. El jueves, tras el rifirrafe en la sesión de control parlamentario entre Rivera y Pedro Sánchez a cuenta de la tesis doctoral del segundo, ya estaban no pocas voces pidiendo la dimisión del presidente del Gobierno. Lo mismo que ocurrió con Pablo Casado a cuenta de ese máster que ya ha llegado hasta el Supremo, menudo honor para título de tan escaso valor académico. Media España quiere echar a la otra media por un quítame allá esos méritos académicos, que parece que no son muchos en cualquier caso. Nadie parece reparar, lanzados a la vorágine de los despropósitos, que lo que se está pidiendo es el cese del jefe del Ejecutivo, del líder de la oposición y, cuando toque, seguramente del del tercer partido político español , Albert Rivera, porque en la web de Ciudadanos se decía no sé qué de que era doctorando cuando en realidad no lo es. Hala, los españoles sin representantes porque son unas caraduras que se dejaban halagar por los cantos de sirena de tal o cual rector, este o aquel catedrático o, incluso, algún profesorcillo encargado de tutelar estudios de posgrado.

Nunca como en estos momentos ha quedado más de manifiesto la inanidad de toda una clase política, que parece que no tiene espacio aéreo para volar un poco más alto. Jamás el reino de la meritocracia había caído más bajo. ¿Cómo confiar en unos señores que a la primera de cambio se saltan las normas vigentes para los demás, en una clara demostración de que viven en un mundo de privilegios solo para ellos, con tarjetas gratis total, viajes no mucho más costosos, coches con chófer, almuerzos en los mejores sitios…Y cuyo debate político se limita al ‘y tú más’, en esta caso y tú más(ter), una dialéctica vergonzosa en la que lo que importa es si el de enfrente plagió más o menos que el ‘de casa’, asumiendo que todos, en cualquier caso, hicieron una birria de trabajo y quizás algo, algo, la puntita solamente, sí copiaron olvidando citar al autor original.

No, yo no quiero caer en ese juego mediático algo perverso (ahora todos somos ‘masterólogos’ y por lo visto distinguimos a la perfección cuáles son los requisitos para que un título valga para algo o no), que consiste en pedir las poco letradas cabezas de nuestros políticos para que caigan bajo la guillotina.

No, yo, al menos, no quiero que se vaya Sánchez por algo de lo que poco sé y que, en todo caso, no me parecería la mayor de sus culpas actuales o pasadas. No quiero que dimita Pablo Casado por un ‘delito’ por el que ya se lapidó, no sé si muy justamente, a Cristina Cifuentes, o a la señora Montón. Y más que se va a seguir lapidando, porque el que esté libre de culpa de la exageración académica, y más en este marasmo socio-político-mediático-universitario que padecemos, que tire esa primera piedra.

Tenemos que recuperar la confianza en aquellos a los que hemos dado, con nuestro voto y nuestros impuestos, nuestra representación pública, por mucho que no parezca que la estén mereciendo excesivamente. No creo que con dimisiones, fusilamientos al amanecer y otras medidas drásticas que los vociferantes en las redes sociales pregonan arreglemos otra cosa que el humor de quienes de verdad están tras los grandes problemas del país y que piensan que ‘cuanto peor, mejor’. Personalmente, lo que pienso es que cuanto antes vayamos a las urnas y repartamos cartas nuevas, mejor. Sería como poner a cetro el contador de la basura ‘masterizada’. Eso, elecciones prontas, fue lo que yo entendí en su día como una promesa de un Gobierno que llegaba con espíritu nuevo, que ilusionó a bastantes, y lo que creo que hay que cumplir ya. Pero ya mismo.

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