Vamos a La Moncloa, de acuerdo, pero ¿viene usted al Parlamento, señor presidente?

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(no, Rajoy no abrió La Moncloa a casi nadie (quizá a sus periodistas amigos tan solo); pero hizo debates sobre el estado de la nación y, hasta ahora, Sánchez no)
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Para presumir tanto de tener grandes asesores en materia de comunicación, tengo para mí que Pedro Sánchez no ha andado demasiado fino en el ajuste mediático de una de las crisis políticas más absurdas que vive este ocasionalmente absurdo país nuestro: el de su tesis doctoral. Decenas de miles de descargas en Internet buscando la famosa tesis que llevó al doctorado en Económicas del hoy presidente del Gobierno trataban de averiguar si Sánchez plagió o no un tema del que pocos saben, la diplomacia económica. Y nadie ha llegado a una conclusión definitiva, más allá de que el texto es un bodrio. Lo cual, desde luego, no basta para pedir, como algunos exaltados de parte pidieron, nada menos que la renuncia del jefe del Gobierno precisamente en momentos en los que, como el que vivimos, las cosas se pueden adensar mucho en lo que constituye nuestro principal problema ‘real’, el secesionismo catalán. Que es, quizá por su complejidad y surrealismo, de lo que casi nadie habla.

Ya dije en su día que no alcanzaba a comprender los motivos por los que a Pablo Casado, que adoptó un master que todos sabíamos desde hacía tiempo sin prestigio, le querían descabalgar de su recién conquistado podio de líder de la oposición. De acuerdo: ni el master de Casado, ni el de la infortunada Cristina Cifuentes, ni el de la señora Montón, ni la tesis de Sánchez, ni, ya que estamos, el no-doctorando de Rivera son un modelo de fecundidad académica, vamos a decirlo así. Pero es la clase política y universitaria que tenemos y, por cierto, a veces, escuchando algunas soflamas, también se siente uno tentado de incluir en el paquete a una cierta clase mediática. En fin, dejemos eso para no meternos en aguas excesivamente pantanosas, que no están los hornos para tales bollos…

El caso es que Sánchez y su Gobierno quieren lanzarse a la ofensiva, convenciéndonos de que los primeros cien días en La Moncloa han sido gloriosos, cuando algunos, bastantes, piensan y gritan tozudamente que más bien ha sido un período lleno de rectificaciones, de ministros que han salido por la puerta de atrás y de escasa construcción de país, aunque aún me reservo la última opinión hasta ver en qué concluye la Gran Prueba de este slalom: lograr (o no) la conllevanza con una Cataluña cada vez más distanciada, es la terrible verdad y no podemos silenciarla, del resto de España. Los problemas coyunturales se van convirtiendo fatalmente en estructurales.

Por lo demás, ignoro qué les dirá Sánchez este lunes a sus trescientos invitados en la Casa de América para ‘conmemorar’ estos controvertidos primeros cien días. Pero yo sé lo que nos gustaría escuchar, a mí y a muchos que, a trancas y barrancas, nos aferramos a seguir creyendo en este Gobierno: una convocatoria de elecciones ya, que restaure la credibilidad no solo en el PSOE y su líder, sino en la clase política en general.

Porque la semana ha sido desastrosa en este sentido, con el ‘y tú más (ter)’ que nos han regalado ‘los políticos’ para solaz de comentaristas y ‘diversión’ (es un decir, claro) de quienes se acercaron a la ‘tesis de Sánchez’ ávidos de morbo y hubieron, como quien suscribe confiesa que hizo, de abandonar la lectura en medio de un sopor inenarrable. Ninguno de los cuatro líderes ha ganado, digan lo que digan esas encuestas de las que en Moncloa están tan contentos, un palmo de terreno en el aprecio ciudadano. Ellos, a pesar de sus gritos de que ‘todo lo que hacemos va bien’ (eso ya nos suena de otras épocas) lo saben. Así que tendrán que ensayar otra cosa.

Por ejemplo, en el caso del presidente, abrir las puertas de La Moncloa a ‘los ciudadanos’. Ignoro cuáles ciudadanos compondrán la primera partida viajera al palacio de los falsos mármoles este mismo miércoles, tras la sesión de control parlamentario, pero doble contra sencillo a que alguno, aunque haya sido previamente seleccionado y aleccionado, le habla de la tesis. O de las rectificaciones de ciento ochenta grados. O de eso que yo apuntaba antes de que ‘las elecciones ya, presidente, por favor, porque queremos votarte’ (o no, que diría el extinto Mariano Rajoy. Que se lo digan a Romanones, el de ‘joder, qué tropa’, a quien tantos le habían confirmado su voto y que, a la hora de la verdad, encontró solo uno en el recuento: el suyo propio. Así que mucho prometer hasta meter…la papeleta en la urna).

Uno, si tiene que decir toda la verdad, preferiría que fuese Sánchez quien visitase la casa de todos, que es el Parlamento, para hablar de su tesis, que es cuestión cuya excitación ya decae, y de lo que a la oposición se le ocurra, coincida o no con el corsé reglamentario. Y no: en un nuevo error de comunicación, con Podemos como cómplice, los socialistas han negado esta comparecencia. Es más: a uno le encantaría que se convocase ya un debate sobre el estado de la nación, que tiempo hace que no frecuentamos esos manjares parlamentarios y democráticos tan saludables. Y yendo más lejos: uno tiene que insistir en que lo que le prometieron, cuando cambió una situación que a uno le parecía asfixiante, fue que habría elecciones ‘pronto’. Defina ‘pronto’, presidente, que las semanas transcurren y ese término algo vago, ‘pronto’, a este paso va a venir a ser tan cínico como la aceptación de ‘pulpo como animal de compañía’. Y luego, en función de lo que nos diga y nos prometa que va a cumplir, sin rectificaciones constantes y con más seguridad jurídica, le votaremos, como predicen algunos sondeos, o no, que usted (y Romanones) ya saben: quién sabe.

fjauregui@educa2020.es

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