La tormenta es perfecta; las soluciones, insuficientes

Se están dando todas las condiciones para una tormenta política perfecta: cierta alarma en datos económicos e inseguridad acerca de los remedios en el sector; crisis internas en las formaciones políticas ante la inminencia de lo que podrían ser hasta seis elecciones de aquí a un año; desconcierto en el Gobierno ante la situación de algunos ministros; agudización de la crisis territorial, sin que los contactos ‘subterráneos’ parezcan estar dando resultados; depresión de la ‘marca España’ en los ámbitos internacionales. Por último, el dado acaso más preocupante con el tsunami en el horizonte: que los responsables políticos que representan a la ciudadanía se esfuerzan en mantener el ‘todo va bien’, aferrándose a fórmulas que claramente no estás resolviendo nada.

Casi tan malo como no ofrecer soluciones ante la llegada de las catástrofes es diseñar remedios insuficientes, que hacen pensar a la ciudadanía que hay alguien al timón, cuando, en realidad, el capitán del barco está pendiente de otras cosas, como sacar lustre a su título de patrón de barco o disimular que algunos en la oficialidad de la tripulación carecen de ese título. Y esto vale tanto para el Titanic del Gobierno como para el Maine de la oposición. En Cataluña, la forzada y artificial salida a los medios del president Torra y el vicepresident Aragonés, escenificando una unidad que ya no existe entre las fuerzas independentistas, incapaces hasta de culminar una sesión parlamentaria de debate de política, algo ha de pasar. Porque el desgobierno empieza a causar alarma a inversores, a turistas y a la propia población, se trate de empresarios, de trabajadores o de profesionales independientes.

Pretender desde el Gobierno central, en estas condiciones, que se agotará la Legislatura, llegando hasta 2020, parece algo increíble, en este clima de deterioro generalizado. Insistir en el ‘no pasa nada’ porque el barco avanza satisfactoriamente, o porque ‘todo lo estamos haciendo bien’, no deja de ser algo muy parecido a falsear la verdad. El pueblo español ha mostrado que tiene paciencia para esperar, para aguantar y hasta para soportar el engaño…hasta un cierto momento. Puede que ese momento ya esté llegando, esté a punto de llegar.

Claro que hay salidas: la primera, afrontar la situación con sinceridad, e insisto en que no me estoy refiriendo solamente al Gobierno, porque pienso que la oposición tiene que afrontar sus tareas con miras mucho más elevadas que el mero, y comprensible, deseo de ganar las elecciones. La segunda, plantearse una convocatoria de elecciones ya mismo: es lo que pide al menos un setenta por ciento de los españoles, según –para lo que valgan—los sondeos.

Y no vale decir que, probablemente, y a la vista de las predicciones de las encuestas –para lo que valgan, insisto–, quizá una marcha a las urnas no nos sacaría del enorme ‘impasse’ político que arrastramos desde finales de 2015. Acaso no, pero, al menos, haría reflexionar a los dirigentes políticos acerca de lo que han hecho, y siguen haciendo, mal. Y puede, milagro-milagro, que hasta lleguen a pactarse medidas, en el ámbito territorial (Cataluña sobre todo, pero no solo), en el exterior, en el económico, en el educativo y en el judicial –atención al judicial—, a las que hasta el momento se han mostrado incapaces de llegar.

Sería bueno, en otro plano, revitalizar la actividad y estrategia de las instituciones, potenciar la anémica vida parlamentaria (me refiero al Parlamento nacional, no al vergonzoso reptar del Parlament catalán) y clarificar lo que la Justicia está haciendo en y con el país, siempre, desde luego –que no digo yo otra cosa, conste—respetando la sacrosanta separación de poderes.

Algo tiene que ocurrir, insisto. Lo que me resulta inimaginable es que, estando a punto la tormenta de llegar a nuestras playas, nadie, ni el salvavidas, ni las autoridades portuarias, ni los bañistas, hagan nada, excepto nadar, escapando. O casi nada, si usted quiere.

fjauregui@educa2020.es

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