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(tenemos unos representantes muy ‘vacacionales’)
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Este país, que vive más pendiente de los gestos que de las gestas, de las formas que de los fondos, se fija siempre mucho en dónde, cómo y con quién pasan las vacaciones los poderosos. Y, no pocas veces, este país tiene, en su conjunto ciudadano, razón: dónde, cómo y con quién –y cuánto tiempo—disfrutan de su más o menos merecido asueto aquellos que son nuestros representantes hace que sus representados se sientan más o menos identificados con ellos.

Sí, lo digo por Pedro Sánchez. Y por otros políticos. Y, si me apura usted, también por la familia real, y conste que siempre me he proclamado monárquico, sin dejar nunca de ser crítico. El alejamiento, el recluirse en una excesiva exclusividad –hay que entender también el deseo de sustraerse a la pública curiosidad, sin duda—a la que el ciudadano medio se siente incapaz de acceder, una duración excesiva de las jornadas alejadas del trabajo, no caen bien a la opinión pública, ni a la publicada, y menos en un país en el que, reconozcámoslo, la envidia ha sido siempre santo y seña del carácter nacional. Y en el que la ‘siesta’ y unas demasiado largas ‘vacaciones parlamentarias’ son algo que, sin embargo, siempre se perdona, quizá porque el descanso es un bien sobrevalorado.

El caso es que ahora, este mismo 6 de enero, se reanuda de alguna manera la vida ‘oficial’, con esa fiesta de la Pascua Militar que es el día en el que tradicionalmente el jefe del Estado emite su primer discurso del año, tras habernos felicitado la Nochebuena con su también ya consolidado mensaje. Allí, en el Palacio de Oriente, se fraguó, hace ya cinco años, la abdicación de Juan Carlos I, tras una actuación desafortunada que evidenció sus incapacidades físicas; una abdicación, en la persona de su hijo Felipe, que el ahora Rey emérito concretaría seis meses más tarde.

Existe, no podemos desconocerlo, cierta expectación por conocer qué nos dirá a los españoles, representados en esta ocasión por nuestros militares, el Rey Felipe VI, aunque bien es cierto que este discurso suele, por el lugar y la ocasión en los que se pronuncia, tener una menor carga política que el del 24 de diciembre. Y eso que, este año, los asesores reales decidieron que ese mensaje navideño tuviese un perfil singularmente bajo.

Sin embargo, para la Corona no es tiempo de malgastar oportunidades, especialmente cuando las miradas críticas se multiplican y las circunstancias adversas se adensan. Sé, claro, que el Rey hablará este domingo de la unidad de España y del respeto a la Constitución. Lo ha hecho otros años. Pero ¿es bastante esa referencia genérica cuando nos enfrentamos a un año 2019 lleno de remolinos, tsunamis, tormentas perfectas y otras borrascas políticas que van a requerir manos maestras en la conducción de la nave?

Siempre he defendido que el Rey no puede quedar circunscrito por una interpretación restrictiva de la Constitución a un mero papel de portavoz de ideas ajenas y de líder de un protocolo al que está obligado y que le limita. Para respetar y amar a alguien, a una institución, a algo, es preciso que quien ha de amarlos esté convencido de que esa persona, tal institución o proyecto, le sirve de algo, le resulta imprescindible. Y hoy, día de la Pascua Militar, jornada en la que el nombre de reyes, aunque sean lejanos de Oriente, certifica el pasado monárquico en los afectos de un país, es un buen día para consolidar un cariño que, me temo, se va diluyendo. Quizá un poco por culpa de todos.

Allí, en el Palacio de Oriente, van a estar este domingo los Reyes, recién regresados de unas vacaciones en lugar no desvelado, presumiblemente distante y distinto a lo de aquí; también estará el presidente del Gobierno, recién venido del palacio de La Mareta, en Lanzarote –una ‘excursión’ que también le ha valido no pocas críticas, no sé si siempre justificadas–. Y la ministra de Defensa, que me sigue pareciendo uno de los valores más sólidos de un Ejecutivo que necesita ya una cierta remodelación para afrontar el curso político que se inicia. Y, a todo esto, el Parlamento cerrado todo el mes. Por vacaciones, ya digo.

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