Pedro Sánchez empieza la semana cometiendo un error

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(el librito, que nadie aún conoce, el primer error; ha habido otros…)
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Pedro Sánchez comienza la semana cometiendo, a mi juicio, un error: ha cancelado un viaje a Barcelona para asistir a un acto organizado por uno de los dos grandes periódicos de la Ciudad Condal, un periódico desde el que se predica, en el horno que es hoy Cataluña, la moderación y la falta de sectarismo. Desde allí, en el escenario montado por ese diario, podría, segundo error, haber lanzado una proclama anunciando que anticipa las elecciones a ese ‘superdomingo’ de mayo, como desean patentemente tantos miembros relevantes del Partido Socialista, tanto del sector gobernante como del sector ‘opositor’ al ‘sanchismo’.

Ha habido más errores recientes y por venir: desde el librito del resistente –maaadre mía, qué ocurrencia—hasta haber permitido que coincidiese la presentación de la ‘agenda del cambio’, su programa estelar, con todo el follón del ‘relator’; de manera que esta última equivocación, por decirlo suavemente, ha anulado lo de la ‘agenda’, algo de lo que seguramente usted ni ha oído hablar. Otro plan, quizá brillante, que nace muerto.

Pero es que parece que Sánchez, que seguramente permaneció el domingo en La Moncloa recibiendo noticias de cómo iba la manifestación ‘de las derechas’ en la plaza de Colón, ha hecho buena la reflexión que uno de sus ministros le hizo a un colega mío, gran periodista: “de aquí al miércoles queda un siglo”. Todavía espera el presidente el milagro de que el independentismo catalán reconsidere –¡en pleno inicio del juicio contra los secesionistas que intentaron un golpe de Estado!—y retire sus enmiendas a la totalidad de los Presupuestos, que se votarán el miércoles en el Parlamento, que al fin parece tener una utilidad y renacer de sus largas vacaciones.

No creo que Torra y su mentor en Waterloo se caigan del caballo: han ido demasiado lejos. Y los sectores más duros y fanatizados del independentismo no se lo perdonarían, máxime en las jornadas en las que se inicia el proceso contra los doce implicados en la intentona de octubre de 2017. Pero, aunque lo hiciesen y retirasen sus enmiendas ¿le conviene a Sánchez, le conviene a la nación, mantenerse en el timón de un Estado sometido a chantajes, a la inestabilidad permanente de saber cuándo le dejarán caer, mantener, en suma, al Estado en la precariedad?

No sé si a Pedro Sánchez le interesa permanecer en el palacio de los falsos mármoles en la Cuesta de las Perdices un año más, unos meses más. Pero estoy seguro de que a España esta situación de desconfianza ciudadana, de lapidación mediática desde el exterior, de crispación política máxima propiciada a veces por una oposición que se pasa de frenada, no le interesa ni le viene nada bien: un ochenta por ciento de los españoles, dicen las encuestas, quiere elecciones ya. Y ese ‘ya’ no puede ser sino el ‘super-superdomingo’ 26 de mayo. Ya lo he dicho otras veces: cinco urnas para la regeneración del país.

Y conste que no creo que la regeneración venga exclusivamente de una oposición que se ha mostrado demasiado vociferante a fuer de ‘voxiferante’, usted me entiende. Hay que poner en marcha, como ha hecho Macron en Francia, nuevos mecanismos de contacto con la gente, con la buena gente de la calle que se lanza a ella –o no—para expresar su protesta. Y ya no se puede esperar no un siglo –que es lo que va, en cuanto a acontecimientos que puedan ocurrir, de aquí al miércoles, según el anónimo ministro–, sino ni siquiera tres días. La medida del tiempo, como usted y yo sabemos, es subjetiva: un minuto puede parecer un siglo, y un siglo puede quedar borrado en un minuto. A Sánchez le quedan menos de cincuenta horas para ganar un siglo. O perderlo.

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