Cien días que cambiarán España: empieza la cuenta atrás

Decir que la campaña electoral empieza hoy, tras un domingo de sondeos y con el ‘juicio del siglo’ empezando a adquirir velocidad de crucero, no sería del todo exacto. Tampoco empezó exactamente el viernes pasado, con el ‘mítin’ de Pedro Sánchez desde el atril de La Moncloa. Llevamos mucho, demasiado, tiempo en el postureo de una campaña que no cesa, pero que ahora adquiere perfiles temporales muy concretos: faltan dos sesiones de control parlamentario, quince días para la disolución de las Cámaras legislativas, sesenta y nueve para la primera marcha a las urnas y noventa y siete para la segunda. Menos de cien días que cambiarán, esperemos, a España. Sí, pero ¿qué es lo que va a cambiar? Puede ser casi todo o casi nada. No confiemos demasiado en lo que ahora dicen los sondeos.

Si confiamos ciegamente en lo que dicen esos sondeos, que al menos cierto es que marcan una tendencia, tendríamos que resulta que el PSOE va a conseguir al menos treinta escaños más que en las elecciones de junio de 2016, que el PP puede que consiga, en el mejor de los casos para ellos, treinta menos, que Ciudadanos puede lograr otros treinta más, que Podemos pierde bastantes más de treinta y que la media de lo que las distintas encuestas conceden a Vox se halla en eso, en unos treinta. Lo que ocurre es que, para formar mayorías absolutas, mucho depende de lo que dicen esos mil encuestados en un sondeo u otro: para unos, la suma de PP, Ciudadanos y Vox daría mayoría absoluta, pero para otros esa mayoría la lograría el PSOE acompañado por la formación naranja de Albert Rivera.

Pero, claro, falta la campaña en sí misma. Los debates televisivos. Los mensajes. Las ideas de Iván Redondo –un éxito para Sánchez, al menos hasta ahora– y de los no tan conocidos ‘magos’ de Ciudadanos y PP. Alguna ocurrencia de Iglesias. Los discursos del representante de Vox en el juicio contra los ‘indepes’ en el Supremo. Y los giros de alianzas que vayan a producirse, que yo apostaría que estarán protagonizados precisamente por el árbitro, Ciudadanos, cuya incomodidad junto al otro posible árbitro, Santiago Abascal, es cada día más patente. No les veo galopando juntos en la campaña: creo que habrá una aproximación de ‘los naranjas’ a los socialistas, aunque no lo dirán hasta después de las elecciones europeas, municipales y autonómicas, es decir, quizá hasta comienzos de junio. Que es cuando, de verdad, comenzará el baile de las posibles investiduras.

Hasta entonces, por lo menos, el Gobierno de Pedro Sánchez estará en funciones. Eso, si no se da una situación como la de 2016, en la que nadie pudo ser investido y hubo que repetir las elecciones, seis mees después de aquellas de diciembre de 2015 que iniciaron, porque no hubo mayoría suficiente para que nadie gobernase, el desastre político ‘a la italiana’ en el que estamos sumergidos. Entonces, si se repite lo de 2016, volveremos a tener que ir a las urnas en septiembre u octubre. Fracaso total de nuestra ‘clase política’. Por eso me aventuro a pensar que solamente una coalición de centro-izquierda (la más probable, porque el PSOE parece que será la formación más votada) o de centro-derecha va a ser la salida, aun tapándonos todos la nariz, a esta situación tan indeseable en la que nos han metido.

Y es que estamos embarcados en una campaña en la que habrá más mítines que procesiones de Semana Santa, en la que los ministros no cantarán, como ocurrió el año pasado, saetas al paso de los capirotes y en la que esperemos que la frivolidad no llegue a mitinear en los espacios televisivos más ‘populares’, con el candidato de tiurno jugando al futbolín con Bertín Osborne. Una campaña en la que jugará hasta el libro, cuyo contenido comienza a desvelarse, del ‘resistente’ que actualmente habita en La Moncloa y que en ella pasará los próximos cinco, seis meses…por lo menos.

Porque lo cierto es que, hoy por hoy, Sánchez, junto con Rivera, es el único de los ‘instalados’ que ve aumentar la intención de voto a su partido, sin que la espuma del oleaje de Vox –qué bien le viene Vox al PSOE en campaña, y qué mal le viene a Pablo Casado—le llegue a salpicar los tobillos.

Algún día, con la serenidad que da el tiempo transcurrido, averiguaremos por qué se produce este incremento en la simpatía hacia un Sánchez que ha sido pródigo en ocurrencias, en contradicciones, en promesas no cumplidas: ni a Franco ha sacado del Valle de los Caídos. Yo creo que, con perdón y salvando todas las distancia, no me entienda usted mal, en cierta medida a Sánchez le ocurre lo que a Trump: que, de alguna manera, representa el combate al ‘statu quo’, a lo sólidamente establecido, casi al sistema entendido en su peor acepción. Sánchez siempre sorprende y hace de la política un juego inesperado y, por tanto, apasionante. Que eso constituya un peligro parece secundario para una ciudadanía que está desencantada, que ha involucionado bastante, pero que no parece temer el riesgo de quien, con el dinero de sus apuestas, se tambalea en la cuerda floja, pero con arte, y juega a la ruleta rusa, pero sospechamos que con balas de fogueo.

Me parece que esas cualidades/defectos, matizadas por el freno de un coaligado más templado, podrían ser una fórmula de éxito. No creo que Pedro Sánchez esté tentado de repetir la ‘experiencia Frankenstein’: de los ‘indepes’ no te puedes fiar y Podemos, que ha sido un aliado bastante bueno en lo que cabe –quizá demasiado espectacular–, se hunde anegado por sus propios errores y pasadas. Y por la deserción de los ‘errejonitas’, claro. Así que, le guste o no, a Sánchez no le quedará otro remedio que pactar con Ciudadanos si quiere mantenerse cuatro años más en La Moncloa, aunque tenga a Rivera, como vicepresidente, en la habitación de al lado, donde estuvieron Abril, Guerra y también Rajoy cuando Aznar era presidente. O Fernández de la Vega cuando Zapatero.

¿Y Casado? Casado, que ha cometido, creo, bastantes errores últimamente, también puede, claro, ser presidente. Con Ciudadanos y con Vox, pero dudo mucho de que ambos acaben esta campaña como amigos: los aliados internacionales de Rivera, y el propio Rivera, no lo podrían permitir. O sea, que mi apuesta, si los números llegan a dar, se inclina más hacia la coalición de centro-izquierda, que parece, hoy por hoy, ser la preferida de los españoles, aunque las sacrosantas encuestas aún definan muy tenuemente este parámetro. Pero ya digo: quedan esos cien días que cambiarán, o no, a España.

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