Pero ¿existe un voto femenino?

Me consta que algún afamado sociólogo anda enredado estos días en determinar por dónde va el voto femenino, que viene a ser el de algo más de la mitad de la población censada. Como si tal cosa, el ‘voto de la mujer’, existiese. Me parece que las pautas de comportamiento de hombres y mujeres ante las urnas vienen a ser, en términos generales, bastante parecidos. Pero el Gobierno y los partidos principales, que afinan la puntería todo lo que pueden y cuanto les recomiendan sus asesores, andan con la mira puesta en este capítulo. Por eso, especialmente desde el Ejecutivo, se multiplican los mensajes –y los decretos– sobre igualdad y sobre derechos laborales, especialmente ahora que se acerca, este viernes, el Día de la Mujer, que tendrá una repercusión especial en España.

Cierto que desde el equipo de Pedro Sánchez se multiplican los mensajes que nos recuerdan el respeto a la paridad –y más que eso—en la formación de Gobierno y hay que admitir que, aunque como portavoz y negociadora haya mostrado algunas deficiencias, la vicepresidenta Carmen Calvo es una muy eficaz propagadora –no diré propagandista, no todavía al menos—de las reivindicaciones de la mujer en cuanto a lo que aún la separa, en equiparación de muchas cosas, de los hombres. Y lo bueno para el Gobierno, con o sin Legislativo, que esta semana se cierra por disolución, es que los consejos de ministros siguen, por muy en funciones que esté el Ejecutivo, y que el BOE está ahí.

La eterna provisionalidad política, que se va haciendo casi definitiva, es nuestra maldición, la que nos impide abandonar el eslógan y el tuit simplificador como armas políticas. Es como un carnaval permanente, en el que todos andan con disfraces de plumas y oropeles. ‘Siempre andamos, en España, metidos en campaña’. Un ripio que se hace presente en las marchas de mujeres de este próximo viernes y en las que, antecediéndolas, como la de este domingo en Madrid, crean un clima especial ante las muchas semanas electorales que nos aguardan a los españoles. Y todo vale para la campaña: desde las acusaciones de machismo por criticar la actuación de una portavoz parlamentaria hasta atacar las decisiones de una juez. Y no, eso no es machismo: hacemos un flaco favor a las posiciones feministas cuando exacerbamos las cosas, porque la exageración acaba teniendo un ‘efecto boomerang’.

Yo creo, ya digo, que no hay ‘voto femenino’; son ganas de profundizar en diferencias que cada día existen menos. Pero verdad es que, por ejemplo, las mujeres aún no frecuentan demasiado las ‘carreras stem’ (las de ciencias, matemáticas, ingeniería) y que algunas encuestas, en cuya elaboración he participado yo mismo, muestran una influencia familiar para que las hijas se inclinen por las carreras humanísticas, que derivan hacia el funcionariado, más que hacia las ‘técnicas’ y la Formación Profesional. Porque todavía, admitámoslo, existe un sustrato de reminiscencias algo machistas –eso sí es un cierto machismo sociológico—en sectores de nuestra sociedad, y ahí están algunos postulados de la emergente Vox para mostrarlo.

Lo que me encrespa es la utilización de las mujeres –o de los jóvenes, o de los pensionistas—en una campaña electoral en la que temo que vamos a ver cómo desaparecen las reglas del juego y de la estética política; y ello, cuando sabemos que, en política, las formas son aún más importantes que el fondo. Con motivo del 8 de marzo vamos a escuchar mucha demagogia y bastante poca reflexión. Algunas ocurrencias verbales que a nada sino al ridículo llevan y muy escasas medidas reales en favor de esa total igualdad a la que hemos de aspirar por encima de todo.

Pero qué le vamos a hacer: es la España binaria que nos hemos dado, y ya nos decía el hoy tan… ‘utilizado’ Machado que una de las dos Españas ha de helarnos el corazón. Y en campaña, mucho más. Abríguense, que vuelven, dicen, los fríos.

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