El día en el que murió la Transición y empezó…esto

Este lunes hace quince años de aquel terrible atentado que costó la vida a 191 personas y dejó más de dos mil heridos en la estación de Atocha de Madrid. Aquel día, en el que el Gobierno se empecinó en contarnos una historia que convenía quizá a sus intereses de cara a las elecciones que debían celebrarse tres días después, y en el que la oposición olvidó el sufrimiento de las víctimas para aprovechar electoreramente los errores de Aznar y sus ministros, murió la primera Transición. Y empezó un período nuevo, en el que tantas cosas iban a ocurrir, que nos llevó hasta donde estamos ahora: instalados en una crisis política en la que los valores cuentan poco y en la que estamos presumiblemente destinados a prolongar los peores perfiles de una democracia que tanto costó construir.

Ni siquiera tenemos la certeza de que aquel juicio, tan lleno de silencios y de falsedades, nos haya desvelado la totalidad de la trama que llevó a aquel crimen atroz: ¿de veras el limitadísimo Zougham fue el cerebro ejecutor de todo? . Ni los políticos, ni los jueces, ni los medios, han pugnado de verdad por esclarecer toda la verdad, y conste que yo no creo en ciertas tesis ‘conspiratorias’ que alegan, arrimando el ascua a sus sardinas, algunos colegas. Lo único constatable para mí es que aquel 11 de marzo de 2004 la confianza de los ciudadanos en su llamada ‘clase política’, y en la judicial, que nos habían conducido a la democracia, bajó muchos enteros. Y que, desde entonces, el descenso ha seguido a ritmo vertiginoso.

Hasta aquí hemos llegado. Y, así, afrontamos unas elecciones generales, trece autonómicas y ocho mil locales que van a ser las más atípicas, atropelladas y, si usted quiere, surrealistas de nuestra Historia democrática. Gracias a una normativa electoral injusta, solo tenuemente democrática y técnicamente deleznable, puede que una candidata que es ministra y cabeza de lista por Barcelona, Meritxell Batet, sea retada a debatir ante las cámaras de televisión…en la prisión de Soto del Real, porque allí se encuentra su gran oponente electoral, Oriol Junqueras, cabeza de lista de ERC. Mayor anomalía no cabe…o sí, con aquellos polvos que han traído estos lodos.

Hay, claro, muchos más ejemplos, al margen de lo de los debates –que deberían ser legalmente obligatorios y legalmente regulados–, que indican que estamos sumidos en una especie de caos normativo y jurisprudencial. El poder de los ‘aparatos’ de los partidos, sin ir más lejos, reflejado en las elecciones en las primarias de los candidatos a los que, como los casos distintos y distantes de Pepu Hernández o Silvia Clemente, apoyaban de manera cuestionable los secretarios generales de sus partidos. O la Junta Electoral Central, que, en aras de lo establecido, ha paralizado la Administración del país durante tres meses y que este mismo lunes ofrecerá su dictamen inapelable sobre si el Gobierno se excede o no al considerar los Consejos de Ministros como una especie de pre-precampaña electoral.

Ahora, los partidos andan enfrascados en las listas, como mañana lo estarán en la campaña ‘oficial’ en sí, quizá regresando a las teles para jugar al futbolín con Bertín Osborne. Hoy, todavía algunos que puede que sean candidatos en puestos de salida (…o no) andan angustiados ante el silencio del dedo de los jefes, que esta misma semana comenzarán a desvelar quiénes van, quiénes no y quiénes todavía, hasta dentro de más de una semana, tendrán que seguir aguardando para ver su nombre en las listas cerradas y bloqueadas. Habrá sorpresas: se buscan actores, cantantes, periodistas televisivos, famoseo, para redondear unas listas que, hoy, interesan poco a un votante obviamente desconcertado.

Me pregunto, en medio de este patente deterioro de la Política con mayúscula, cómo será el próximo Congreso de los Diputados. Con un grupo en el que estarán la Esquerra de Rufián y los de Bildu coaligados para hacer de portavoces contra el sistema. Quizá con algún diputado de la CUP, que ha debatido hasta el último momento si presentarse o no a unas elecciones ‘españolas de la Monarquía’. Y con Vox forzando la máquina.

Al contrario que en las constituyentes de 1977, cuarenta y dos años ya, el abrazo de la reconciliación nacional se va a trocar en múltiples fracturas. Y veremos si se llega a un mínimo acuerdo para, tras unas consultas en La Zarzuela en las que algunos van a pretender desgastar la imagen del Rey, llegar a una sesión de investidura en la que alguno de los candidatos posibles sea elegido nuevo –o no tanto—presidente del Gobierno del Reino de España. O si, en virtud de lo dispuesto en el malhadado artículo 99 de nuestra Constitución –¿para cuándo emprender su reforma, la de este y la de tantos otros artículos?–, hay que repetir las elecciones, quizás allá por octubre.

Odio la expresión y el concepto de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Pero la verdad es que yo me sentía, pese a las mentiras de la guerra de Irak, prese a la prepotencia y antipatía del entonces inquilino de La Moncloa, bastante más en paz con el concepto de la dignidad de la política aquel 10 de marzo de 2004 de lo que lo estoy ahora, cuando cada vez me reafirmo más en que necesitamos, es urgente, una segunda Transición, al menos tan enérgica como aquella que murió hace quince años para dar paso a ‘esto’. Votaré a quien nos la proponga. O no votaré.

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