Historias de ambiciones

((estos cuatro tienen tras sí otras muchas ambiciones, cuatro por cada municipio y autonomía, al menos. O sea, miles)

 

Claro que en las conversaciones sobre pactos que posibiliten gobiernos los principales responsables son los cuatro líderes de las principales formaciones nacionales, que extienden sus tentáculos a las autonomías y a los ayuntamientos. Es decir, Pedro Sánchez, Pablo Casado, Albert Rivera y Pablo Iglesias, a quienes habría que sumar, no queda otro remedio, a Santiago Abascal, el jefe de Vox, que ya está contando en acuerdos con el PP en algunos municipios donde ambas fuerzas suman. Pero yo hoy quiero fijarme en otros cuatro nombres que me parecen clave para entender de qué va, y de qué no va a ir, la extraña política en este extraño país nuestro.

Por ejemplo, Begoña Villacís. La candidata a la alcaldía de Madrid a la que Ciudadanos quiere imponer a toda costa para pactar con el Partido Popular en otros lugares, como Castilla y León. Ya veremos si el PP sacrifica a su propio candidato, José Luis Martínez Almeyda, en este juego de tronos capitalino. De este acuerdo puede depender incluso otro, Vox mediante –bueno, Vox está mediante en bastantes sitios–, para la Comunidad madrileña, lugar de máxima exposición que el PP necesita retener para que su fracaso electoral no resulte demasiado obvio. Y, a todo esto, Manuela Carmena, la alcaldesa que parece que ya está cansada del puesto, pendiente del cambio de cromos en el que la señora Villacís es el centro. Todo está, este fin de semana, abierto.

Mi segundo nombre de la semana es María Chivite, que lidera el Partido Socialista Navarro. Y que me parece que, en un enfrentamiento que no es un tongo, está dispuesta a desafiar a la Ejecutiva de Ferraz, que necesita aceptar el inteligente y rupturista ofrecimiento lanzado por el conservador Javier Esparza, de Navarra Suma: sus dos diputados en el Congreso facilitarían la investidura del socialista Sánchez…si el PSN le deja a él, ganador en las elecciones navarras, gobernar esta Comunidad, en lugar de una Chivite aliada con peneuvistas, izquierdistas y, en el fondo, Bildu. No tengo claro cómo acabará este episodio.

Mi tercer nombre es Alfonso Fernández Mañueco. El candidato del PP para presidir la Junta de Castilla y León, otro feudo tradicional de los ‘populares’ ahora en peligro. Pero tendrá que estar apoyado por Ciudadanos, cuyo líder regional, Francisco Igea, tras las muchas y vergonzosas trapisondas vividas en la zona –recuérdese el bochorno llamado Silvia Clemente–, no parece sentir demasiada simpatía por este acuerdo de gobierno. La cosa se agrava, porque una extraña denuncia anónima –admitida por el juez, por cierto—sobre la financiación del PP, y dirigida contra Mañueco específicamente, podría estallar esta misma semana. Y entonces ¿qué?

El cuarto nombre es, por supuesto, Ada Colau. O sea, la alcaldía de Barcelona. O sea, en el fondo, la lucha contra el independentismo catalán. Una lucha en la que no ha brillado precisamente la hasta ahora y quizá en el futuro alcaldesa, a la que, no obstante, sería difícil calificar abiertamente de secesionista. Es el mal menor, como ha dicho Manuel Valls, el ex primer ministro francés que no pudo consolidar su ambición de obtener el bastón municipal en ‘su’ Ciudad Condal. Y por eso, porque, frente a Ernest Maragall, Colau es el mal menor, Valls, rompiendo, como en otro orden de cosas ha hecho Esparza, las consignas de los ‘estados mayores’ de sus respectivos partidos, se atrevió a desafiar a sus propios mentores de Ciudadanos, ofreciendo a sus concejales, sin condiciones, para que la hasta ahora alcaldesa siga en el sillón de la Plaza de Sant Jaume.

Son historias, complicadas, que hablan, claro, apenas de cuatro ambiciones. Hay más. Casi una historia por cada municipio español, por cada autonomía y no digamos ya nada acerca del gobierno nacional. En los cambios de cromos ha habido muy pocos ejemplos de entrega, de generosidad. Y no poca confusión y enormes confusiones.

En medio del marasmo, Sánchez, el candidato oficial, que desde el sitial puede dominar mejor los tiempos, se permite el lujo de esperar, sabiéndose única alternativa (él mismo lo dijo) a ver si los vientos cambian en Ciudadanos o en el PP. Y, mientras, da palmaditas en la espalda de Iglesias, al que creo que de ninguna manera quiere meter en ‘su’ Gobierno. Todo esto sucede, como digo, cuando en los ‘segundos escalones’, el autonómico y el municipal, se juegan partidas de ajedrez simultáneas; historias, insisto, de ambiciones. Que cada día tienen menos que ver con los ideales. Me dicen los que miden cada día las afecciones, aficiones y aflicciones de los lectores digitales que la política ha dejado de interesar a la ciudadanía. No me extraña, la verdad: es un juego de ‘sus’ tronos, o tronitos, o butacones, de los que encarnan esas historias de ambiciones. Tronos que ya nada tienen que ver con nuestras modestas sillas de tijera.

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