Nocturnidad, alevosía e insomnio de dos extraños compañeros de litera

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(abrazo con puñales)
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Hasta el día después de los Reyes Magos, los periodistas que, por ejemplo, habíamos de concurrir a una tertulia radiofónica o televisiva nocturna, sabíamos que, a partir de las ocho de la tarde, y pese a la usualmente tormentosa política española, no suele ocurrir gran cosa digna de mención. Y así, relativamente tranquilos, pensábamos que teníamos el panorama de la actualidad más o menos dominado. Qué tiempos tan felices aquellos…

Luego, cuando la ruptura, primera parte, se produjo y el nuevo Gobierno de coalición se puso en marcha (contra lo que nos habían anunciado que ocurriría), todo empezó a ser distinto. Lo que se decía en el Consejo de Ministros, por ejemplo prórroga del estado de alarma para treinta días, quedaba desmentido dos horas después, quince días de prórroga solamente, y esta vez ‘la’ definitiva, palabra de honor. Como si la palabra oficial u oficiosa valiese aquí ya para algo. Y así llegamos a la cúspide este miércoles, cuando muchos periódicos tuvieron que hacer una segunda tirada gracias a los vaivenes –llamémoslo así—gubernamentales.

Porque este miércoles, día en el que Pedro Sánchez pedía en el Parlamento la prórroga del estado de alarma, que inicialmente fijó para un mes –me malicio yo que, en realidad, aspirando a lograr al menos la mitad–, se batieron todos los récords de ITP , Inseguridad Total Profesional, para los periodistas: el presidente sacó adelante, con los votos de Ciudadanos y pese a la negativa del no sé si ya ex socio Esquerra, la votación. Lo que no sabíamos es que, cuando el escrutinio terminó, el Gobierno iba a firmar un acuerdo con Bildu, sí, con esa Bildu con la que Sánchez había asegurado –“¿quiere usted que se lo repita una vez más? No voy a pactar con Bildu”—que no llegaría a acuerdo de gobierno alguno.

Eran las ocho en punto de la tarde cuando todos, incluyendo a Ciudadanos, que había salvado esa jornada la cabeza política de Sánchez, nos enteramos de que se había suscrito ese pacto, consistente nada menos que en derogar por completo la reforma laboral del PP.

Ya digo, a las veinte horas los cronistas teníamos la crónica hecha, las teles y las radios sus noticiarios preparados. Lo de Bildu había sido una enorme sorpresa, pero, en fin, a cambiar crónicas y paginación a toda marcha. Claro que cómo íbamos a saber que, a medianoche, nuevo volantazo: que no, que no se deroga del todo la reforma laboral, contra lo pactado con Bildu, sino solamente la puntita. Nuevo cambio en las portadas y escandalera en las redacciones confinadas. Claro, entre las ocho pm y las doce pm las llamadas a La Moncloa de gentes sobresaltadas –“pero ¿cómo nos vamos a embarcar en eso con la que está cayendo en el empleo? ¿NO sabéis, además, que no tenemos mayoría para hacerlo en el Parlamento?”—fueron múltiples, angustiadas, cabreadas y, en algún caso, me dicen amenazadoras. Y eso hizo reflexionar, parece, a Sánchez, que volvió grupas, pasando del ‘arre’ al ‘sooo’.

Los periodistas que estábamos despiertos a medianoche entendimos, por si hiciera falta una vez más, que, a la ITP que venimos padeciendo con tanto recular y tanta patada a las hemerotecas, se sobreponía la MIJ: Máxima Inseguridad Jurídica. La lista de las veces en las que aquí se ha dicho digo donde dije Diego empieza a ser interminable. Y eso que el Gobierno lleva apenas cinco semanas y un día de funcionamiento. Y conste que, cuando esto escribo, soy consciente de que algún nuevo giro copernicano puede alterar hoy mismo el contenido de este comentario. Qué agotamiento, Señor…

Atención, porque la seguridad jurídica es la máxima garantía que una democracia seria puede ofrecer a sus ciudadanos, a sus aliados extranjeros y hasta a sus competidores. E incluso es la máxima garantía que el Gobierno puede ofrecer al propio Gobierno, cuando el tal Gobierno, con perdón, está compuesto como este nuestro: así, no resulta extraño que el vicepresidente se haya alterado públicamente ante lo que el presidente parece que decidió, por su cuenta, a medianoche. Y es que está claro que siguen sin ser siquiera extraños compañeros de cama: ambos se provocan insomnio, sobre todo porque hay que estar vigilantes ante lo que uno y otro deciden de golpe con nocturnidad. Y bastante alevosía. Y así, claro, no hay quien duerma.

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