Que dice Borrell que lo peor está por venir; pues vaya…

Enviado por Fernando Jáuregui | 02/09/18

–(Sánchez: ‘conversación de altura’ con la prensa)
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Dicen que, en toda guerra, también en la que enfrentó a Gran Bretaña con la Alemania nazi, hay dos embajadores, uno de cada lado, que dialogan. Tratando de evitar mayores catástrofes. En el caso que me ocupa, son la vicepresidenta Carmen Calvo y la poderosa consellera de Presidencia de la Generalitat de Cataluña, Elsa Artadi. Han hablado ‘en secreto’ y tratan ambas, que son personas pragmáticas, de pavimentar el camino del diálogo futuro entre Pedro Sánchez y Quim Torra, lo que ocurrirá en algún momento, si el segundo no lo estropea todo, entre esta semana y el mes de noviembre.

Me parece incierto, contra lo que publicaban este domingo algunos medios, que el Gobierno de Sánchez se la juegue con las inminentes votaciones en el Congreso de seis decretos con cuyo contenido –ojo, no con las formas: el ‘decretazo’ es siempre poco estético– resulta difícil estar en desacuerdo, e incluyo la salida de Franco del Valle de los Caídos. No; el Ejecutivo Sánchez no caerá por tener solamente 84 escaños y depender del abrazo del oso Pablo Iglesias para sacar adelante cualquier iniciativa en la Cámara Baja (lo del Senado es otra cuestión, potencialmente muy conflictiva). El Ejecutivo Sánchez caerá si no puede resolver satisfactoriamente el problema catalán, que es, en el fondo, por lo que cayó Rajoy, mucho más que por la corrupción.

Creo que Sánchez, diga lo que diga este martes un Torra lanzado a una mal calculada insensatez, de ninguna manera va a agitar el espantajo de una nueva aplicación del artículo 155 de la Constitución, como le piden insistentemente, y pienso que equivocadamente, Ciudadanos y el Partido Popular. Lo que sugieren las encuestas que se publican estos días es que los españoles prefieren diálogo, aunque las simpatías entre Cataluña y el resto de España sean, hoy por hoy, perfectamente descriptibles y coticen a la baja.

Lo que está por ver es si Torra es o no capaz de erigirse en interlocutor de Sánchez o todo se quedará en un buen entendimiento entre Calvo y Artadi, como todo se quedó en un momentáneo flechazo político entre Soraya Sáenz de Santamaría –a ver cuándo nos cuenta tantos secretos almacenados en su cerebro– y el hoy encarcelado Oriol Junqueras, que tengo para mí que sería ahora, si no estuviese entre rejas, el mejor negociador posible con el Estado. Lo que ocurrió es que las relativamente buenas palabras de aquella ‘operación diálogo’ se estrellaron contra el muro de silencios levantado por Rajoy y Puigdemont.

Necesitamos una nueva ‘operación diálogo’. Pero el cerebro del Estado –y, por tanto, los gobiernos– propone y el brazo togado dispone, sobre todo una vez que se le han dado, como Rajoy le dio, todos los poderes. A ver qué pasa con ese contencioso planteado en Bélgica contra el juez Llarena, que aseguran que de ninguna manera piensa ir a Bruselas como le requiere el magistrado belga: que se ocupe su bufete defensor, que para eso nos sale tan caro.

Algo tiene que pasar. No puede ser que entremos en la dinámica perversa Diada-manifestaciones para ‘conmemorar’ el ‘referéndum’ del 1 de octubre-lazos amarillos por los que ellos llaman ‘presos políticos’- paralización, en fin, de Cataluña. Lo que ocurre es que los periodistas que compartieron el ‘Air Force One’ con Sánchez en el regreso de Costa Rica se mostraban encantados con la simpatía y accesibilidad –allí y entonces, a cuatro mil metros de altura– del presidente, pero, al menos con quien yo hablé, se mostraba inseguro de que haya conejos en la chistera presidencial. Y necesitamos, no sólo el Gobierno, sino todos, algún milagro, que no creo que vaya a ser la reconversión, como Saulo, de Torra: no hay peor ciego que el fanático que, además, no quiere oir.

Y así andamos, ahora que de veras empieza un curso político ante el que todos estamos muy aprensivos. Empezando por el influyente Josep Borrell, ministro de Exteriores y asesor más que áulico del inquilino de Moncloa: nos ha dejado dicho, glub. que “lo peor todavía puede estar por llegar”, porque “no hay razones poderosas para el optimismo”. Confiemos en que se equivoque. Aunque yo, personalmente, estoy a punto de creerle.

fjauregui@educa2020.es

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El ‘Gobierno de catedráticos’ tiene que pasar su exámen

Enviado por Fernando Jáuregui | 01/09/18


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Les quedan quince días para pasar el exámen

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Al Gobierno primero de Adolfo Suárez le llamaron, sus críticos, ‘Gobierno de penenes’, refiriéndose a aquellos ‘profesores no numerarios’ que eran los pipiolos en la enseñanza universitaria. Luego resultó que aquellos ‘penenes’ no lo hicieron tan mal. A este Gobierno, que ahora cumple sus primeros ochenta y cinco días en el cargo, le llamamos algunos, cuando conocimos por fin todos los nombres que lo integraban, ‘Gobierno de catedráticos’, porque no cabía duda de que venía avalado por trayectorias brillantes en gentes experimentadas. Con excepciones, claro, que hoy ya nadie quiere recordar el récord de permanencia breve del que fue titular de Cultura durante siete días, Máxim Huerta, la única ‘travesura’ que se permitió Pedro Sánchez en la designación de su elenco ministerial. Ahora, pasado este políticamente lamentable mes de agosto, cabe ya preguntarse si este Ejecutivo, tan activo en su vuelta a España en ochenta y cinco días, está acertando, si solo acierta cuando rectifica o si se equivoca casi siempre.

La verdad es que me resulta difícil decantarme por una u otra hipótesis. El volumen de rectificaciones, marchas atrás y adelante, serpientes de verano, de otoño y de invierno al que estamos sometidos quienes miramos, pasmados, lo que pasa hace que resulte muy complicado aplaudir o abuchear así, sin más, a este Gobierno al que le quedan quince días para llegar a esos míticos cien días que, según los cánones de los comentaristas ortodoxos, constituyen el plazo a partir del cual se puede criticar o elogiar globalmente la acción del Ejecutivo. Y de la oposición, que esa es otra, enredada como ha estado en el mar de los sargazos de los lazos amarillos.

No han hecho falta cien días para constatar que, por ejemplo, la ‘bomba Llarena’ ha provocado un resquebrajamiento importante en el Gobierno, entre la ministra de Justicia y el propio presidente, que se vio forzado a hacerla rectificar acerca de la decisión inicial de no apoyar las ‘iniciativas privadas’ del por otro lado polémico magistrado del Supremo, instructor de lo que podríamos llamar el ‘caso Cataluña’. Insistió la vicepresidenta Carmen Calvo en que este patente viraje –ahora sí se apoya a Llarena, a razón de medio millón de euros gastados en abogados belgas— no era una rectificación. Una muestra más de que la portavocía del Gobierno tiene que cambiar de métodos, dejar de tomarnos por tontos.

Pero, claro ¿cómo instaurar una portavocía rectilínea, comprensible, cuando el ritmo y la trayectoria que impone el presidente a su equipo son zigzagueantes, inseguros, de freno y marcha atrás y, de pronto, arrancada vertiginosa, ‘so’ y ‘arre’ casi simultáneos? Sánchez nos ha desconcertado este verano con el asunto del Valle de los Caídos, con los impuestos –inaceptable que sea Pablo Echenique, por cierto, quien se erija en vocero para-gubernamental en una cuestión de tanto calado como desde dónde hay que subirlos–, con los inmigrantes, con el sindicato de prostitutas, con su desplante al Senado, con que si vamos o no a ayudar a nuestros hermanos venezolanos, con que si el Gobierno tiene en mente o no regresar al 155 si Quim Torra no retorna –bueno, nunca estuvo en eso—a cauces razonables de diálogo…

En realidad, entramos en el período posvacacional nadando en la piscina de la incertidumbre. Las conferencias de prensa adornadas de mandatarios latinoamericanos que Sánchez nos ha regalado en esta semana latinoamericana no han servido, lo digo al menos a título personal, de luz y faro, y me parece que las conversaciones ‘off the record’ que el presidenta ha mantenido con los periodistas que le acompañaban, tampoco, al menos hasta donde a uno le llega.

El caso es que el balance es, cuando menos, desconcertante. Y añada usted las comparecencias de ministros/as en el Congreso, o las mudanzas en una RTVE que dejan demasiados cadáveres para estar en un período de transitoriedad. O añada esas palabras del titular de Interior, persona que me suscita, por lo demás, mucha confianza, diciendo a Sus Señorías, en sede parlamentaria, que lo del cese del responsable de la Unidad Central Operativa ya lo explicará “cuando pueda”. ¿?

Demasiado. Demasiada insoportable levedad del ser cuando nos llega ese formidable desafío del martes, para empezar los dos meses de carrera hacia la rebeldía, que será cuando Torra se plante a anunciar el ‘programa de fiestas’: Diada, manifestaciones de protesta en favor de los ‘presos políticos’, desafíos desde el Parlament cuando lo reabra… Sánchez no ha planteado su ‘contraoferta’, más allá de pedir a Torra que medite y se modere. Dos cosas que, al parecer, no son fáciles de conseguir en un tal personaje, incapacitado para el diálogo con el Estado. Lo malo es que el único interlocutor posible está encarcelado.

Buf, menudo veranito, en el que hasta la Iglesia católica, que es la institución más estable desde hace veintiún siglos, ha sufrido una tremenda tarascada, que tanto afecta al gran Papa Francisco. Claro, si con dos mil cien años de Historia y muchos aciertos –y muchas equivocaciones—a la espalda, se abre una crisis de tanta magnitud en organización tan poderosa, ¿cómo extrañarse del lío que tiene montado en ochenta y cinco días un Gobierno que llegó al poder como llegó –no por las urnas, pero, sí, legítimamente, limitado a ochenta y cuatro escaños, tantos como días lleva en la poltrona—y que anda con el timón como medio loco, en busca de un puerto que nadie está seguro de que sea seguro? Milord, ha llegado el otoño caliente. Pues que pase y a ver qué pasa.

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Llarena aún nos va a dar tardes de gloria…

Enviado por Fernando Jáuregui | 27/08/18

Pido, de entrada, perdón por atreverme a opinar sobre una cuestión en la que no soy perito oficial (claro que muy pocos de los que opinan a este respecto lo son), aunque haya tenido que seguir profesionalmente, y además con pasión, cuanto ha afectado al juez Pablo Llarena: en primer lugar, reconozco que me alegro de que el Gobierno haya virado ciento ochenta grados y admita ahora que defenderá no solo la jurisdicción, sino también a la persona de Llarena en la demanda interpuesta contra este magistrado por el fugado Carles Puigdemont; una demanda algo demencial, pura vendetta, admitida, no obstante, por la Justicia belga, que ha llamado a Llarena a declarar la semana próxima, sin que el juez, parece, vaya a comparecer. En segundo lugar, me veo obligado a manifestar mis dudas –y no soy el único—sobre la instrucción que ha mantenido Llarena en el caso del independentismo catalán; nos ha generado, a todos, muchos más problemas que soluciones.

Hoy, aquellos a los que llamamos políticos catalanes presos, mientras ellos y los suyos se califican de ‘presos políticos’, constituyen el principal problema en un diálogo entre el secesionismo más irredento y el Gobierno central, ‘este’ Gobierno central, ahora sí dispuesto a negociar. Este escollo, evidenciado en los lazos amarillos que sin duda van a llenar la Diagonal el próximo día 11, la Diada, puede llegar a provocar incluso enfrentamientos en las calles, entre las ‘dos Cataluñas’, de lo que ya hemos tenido recientemente algún indicio.

No puedo dar nombres, y bien que lo siento, pero le ruego que me crea: hace menos de una semana, un ex ministro, que con Rajoy ocupó un cargo destacado y que incluso sonaba para más altos desempeños, me habló de la ‘desesperación’ que aquel ejecutivo del PP sentía ante la implacable instrucción llevada a cabo por Llarena, que incluso llevó a que se desestimase una petición del entonces fiscal general del Estado, Julián Sánchez Melgar, antecesor de la actual, María José Segarra, para que se excarcelase al que fue conseller de Interior, Joaquim Forn, por “motivos humanitarios”.

Nada. El juez instructor y quienes de él dependían se mantuvieron implacables. Para desolación, por cierto, del Gobierno de Mariano Rajoy, que veía cómo el problema que el propio Rajoy creó, al ‘judicializar’ un problema político como el del secesionismo catalán, se enconaba. Algún día, quizá, el hoy registrador de la propiedad y quien fue su último ministro de Justicia, Rafael Catalá, romperán su silencio y nos contarán (o no, como diría el propio Rajoy) qué ocurrió con la prolongación de una prisión preventiva que, a juicio de no pocos altos cargos del PP, y ahora, desde luego, a juicio de los ministros del PSOE y de su presidente, se está prolongando ya demasiado. De manera, estimo, crecientemente peligrosa.

En octubre, ‘los jordis’ cumplirán un año en prisión. Si, para entonces, no ha habido cambios significativos, temo que la sociedad catalana se verá agitada por manifestaciones de protesta, avivadas por la CUP y los CDR, que pueden derivar en vaya usted a saber qué, sobre todo cuando el president de la Generalitat, Quim Torra, parece encantado con la oportunidad de movilizar a los suyos ‘conmemorando’, a su parcial modo, todo lo que ocurrió a lo largo del lamentable mes de octubre del pasado año.

La llamada del juez belga al magistrado Llarena viene a echar leña al fuego del incendio que ha pretendido, y logrado, encender Puigdemont en los foros europeos, primero en Bélgica, luego en Escocia, a continuación en Alemania y ahora, de nuevo, en Bélgica, donde el fugado ha regresado a sus cuarteles de invierno en Waterloo. Qué duda cabe de que España tiene que replantearse su imagen judicial en la Unión Europea, y concretamente ante el Tribunal de Estrasburgo, de donde hemos recibido algunos varapalos y todo indica que los seguiremos recibiendo. No cabe hablar de la sacrosanta independencia de los jueces: ya eso no basta. Llarena, que ha llevado tal independencia a sus límites, sin duda valientemente, puede, paradójicamente, incurrir en las contradicciones del sistema: ‘summa lex, suma iniuria’, decían los romanos, aludiendo a que un excesivo rigor legalista puede destruir las posibilidades garantistas.

Que no digo yo, oiga, que quien pretende dar un golpe de Estado salga indemne de su osadía. Pero usted y yo sabemos que el delito de Puigdemont, Junqueras –el único interlocutor que le quedaría al Gobierno central para llegar a una ‘conllevanza’ más o menos sensata–, Romeva, Rull, Turull, Forcadell ‘et alia’ tiene aún mucho recorrido ante los tribunales que, quizá este otoño, comiencen el juicio del siglo. Creo que merecen un castigo…cuando la sentencia sea firme. Pero, ya digo que pidiendo perdón, me atrevo a pensar que a estas alturas no se justifica plenamente el mantenimiento de una prisión preventiva de gentes que, nos guste o no –que, en mi caso, a mí no, pero…–, representan el sentir de un porcentaje significativo de catalanes.

Hasta ahora, el palo, sin zanahoria, de poco ha servido, si no es para empeorar el clima moral entre Cataluña y el resto de España. Los gobiernos centrales se han visto atenazados por la presión de ese resto de España, que pide dureza. Puigdemont, que pudo haber solucionado la catástrofe convocando elecciones aquel tremendo 27 de octubre, cuando estuvo dispuesto a hacerlo, también se echó atrás en el último minuto ante la agitación montada por la CUP y por exaltados en los alrededores de la plaza de Sant Jaume. Ya es hora de perder el miedo a los fanáticos, a los extremista, a los ‘halcones’ de uno y otro lado que quieren tomar la calle y los medios, y de hablar claramente, diciendo en voz alta algunas de las cosas que yo he oído en privado sobre esto de los ‘presos catalanes’.

De momento, ya hemos podido atisbar qué es lo que el Gobierno de Pedro Sánchez, y sobre todo su ministra de Justicia, Dolores Delgado, piensan sobre Llarena. Aunque ahora hayan tenido, y conste que me alegro, porque no puede, a estas alturas, producirse un enfrentamiento entre Ejecutivo y Judicial, que dar marcha atrás y apoyar al polémico juez. Que no quiere ser ‘estrella’ pero que puede acabar, bien que siento decirlo, estrellándonos a todos. Y, ay, todo escrupulosamente, con la ley en la mano.

fjauregui@educa2020.es

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Carta de un ‘buenista’ sobre gente que sufre

Enviado por Fernando Jáuregui | 26/08/18

Llámeme ‘buenista’, que es la descalificación de moda, pero me parte el alma verlos. Hacen colas, con sus niños en brazos, tratando de pasar la frontera, cualquier frontera. Nadie parece quererlos, nadie se acuerda de ellos. Huyen del hambre como los de las pateras al sur del Sahara (y al norte). Huyen de la represión, menos mal que no tan sangrienta ni genocida como en algunas zonas de Oriente Medio, en Siria, pero represión también hay en su desgraciado país. Naciones vecinas, o no tanto, más afortunadas, Perú, Ecuador, Brasil, tratan de impedir el éxodo masivo de esos miles (¿decenas?¿centenares?) de venezolanos que ya no pueden más, que se han arruinado por completo gracias a una política económica loca, que ya no tienen qué comer. Hablan español como usted y como yo, comparten valores y una buena parte de Historia con nosotros. Pero les hemos olvidado. Y no podemos hacerlo.
Comprendo que ha sido un agosto loco este del primer verano de mandato de Pedro Sánchez, de Quim Torra, de Pablo Casado. Que si Franco, que si Llarena con la demanda increíble de Puigdemont, que si volvemos o no al 155, que si subimos los impuestos, que si ninguneamos o no al Senado. Y la inmigración que nos llega desde el sur, con conatos de violencia impulsada por la desesperación. Así que hemos estado muy ocupados mirando hacia todos lados. Excepto, claro, a los hermanos latinoamericanos –no es un tópico, por favor–. Sobre todo, a esos que más están sufriendo las consecuencias de la ‘política’ –vamos a llamarla así—de un Nicolás Maduro que está cayendo en lo peor que puede caer un gobernante: en hacer sufrir a su pueblo, al que trata de alimentar con voncinglerías, demagogia, chulería y mala educación, mientras una oposición impotente no logra siquiera sacar a la calle a sus presos políticos.
Venezuela, esa Venezuela sometida al saqueo de tantos gobernantes anteriores, desde socialistas hasta democristianos, en la que tan pésimamente se han gestionado unos inmensos recursos petrolíferos, se muere de hambre. Los ‘camisas rojas’ bolivarianos no son más que unos fantoches pendencieros en una nación donde –tengo amigos que bien pueden atestiguarlo—una vida vale menos que un bolívar de los de ahora. Algo tiene que hacer urgentemente la comunidad internacional, en la que España tiene que asumir, en esta materia, un papel de liderazgo. No apoyando, como en algún momento creo que ocurrió, golpes de Estado de resultado incierto, ni bloqueos económicos que solo podrían empeorar, como ocurrió en Cuba, la situación de la población civil, inocente de tanto desmán. España tiene que poner en marcha un programa de ayuda a los refugiados venezolanos.

Y nada de esto he escuchado en tanta ‘cumbre’ de Quintos de Mora. Ni ahora que el presidente Pedro Sánchez se nos va a hacer las américas por países que, casualidad, nada tienen que ver con el conflicto fronterizo que atenaza a Venezuela, Perú, Ecuador y Brasil, otro inmenso Estado al que la corrupción está convirtiendo, como ha estado a punto de ocurrirle a México, en fallido. No, Sánchez va a visitar naciones en las que reina una relativa tranquilidad y una aún más relativa prosperidad: Chile, Bolivia, Colombia, Costa Rica.
Hora era de que el aún flamante presidente del Reino de España, ya sé que agobiado por otras muchas cuestiones, se acordase de que nuestro país tiene un papel fundamental que jugar ante unas naciones en las, no tanto como antes, se mira con simpatía y cierta admiración a la que fue antigua metrópoli. ¿Cómo no plantear ante las cancillerías chilena, boliviana, colombiana, costarricense, alguna suerte de ‘plan Sánchez’ para ayudar a esa gente desgraciada que tiene que abandonar sus hogares para intentar sobrevivir?
Ya sé, por supuesto, que esta idea chocará con egoísmos, prejuicios de quienes, desde el ‘malismo’, atacan a los ‘buenistas’ y con la hostilidad política de algunos –algunos—en la formación ‘socia’ del Gobierno socialista. Sé que no faltará, incluso en este Ejecutivo, quien diga que no es posible abrir otro frente, que bastantes problemas de inmigración tenemos ya con los próximos como para acudir en socorro de los lejanos –geográficamente–. Y que, claro, para qué le quiero hablar de quienes, hoy echando una mano a Sánchez para mantenerse en La Moncloa, tanto han admirado al chavismo y, me parece que menos, pero algo, al ‘madurismo’, que es régimen imposible, destinado a caer. Pero ¿cuándo?
Será eso cuando toque –hombre, no vamos a esperar a que Trump, que en el fondo es como Maduro, idee ‘plan Marshal’ alguno; a él, Venezuela le pilla distinta y distante–; pero, mientras, estamos obligados a echar una mano a esos hombres, mujeres y niños que sufren en nuestro idioma, muchos con nuestros apellidos. Y eso, advierto a los tuiteros que todo lo confunden y te lanzan lo de ‘buenista’ a la cabeza en cuanto no se les ocurre otra cosa, no quiere decir que olvidemos a los demás desafortunados. España debe ser un ejemplo mundial de solidaridad o, si no, en el fondo, no seremos nada.

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No, Baltasar Garzón no es Franco, ni viceversa

Enviado por Fernando Jáuregui | 25/08/18

—(Palabra: no había visto tanta imagen de franco desde que se murió, hace apenas cuarenta y tres años)
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“Pedro Sánchez necesita un Baltasar Garzón”. Este era el título que iba a ponerle a este comentario cuando, como hago todos los domingos, terminé mis tres horas de zambullida en la prensa de papel y en la digital, madrileña y la llamada ‘de provincias’. Un ejercicio, amable lector, muy recomendable para conocer con cierta profundidad cuáles son los sentimientos de la opinión publicada, que debe ser reflejo, de alguna manera, de la opinión pública. Encontré en los medios una significativa unanimidad a la hora de criticar algunos de los últimos apresuramientos gubernamentales, que han dado en lo que han dado: rectificación –no reconocida– en la intención inicial de reformar, por decreto, una ley, la de Estabilidad Presupuestaria, que, al ser orgánica, ha de tramitarse parlamentariamente; el lío con lo de Franco, con los inmigrantes, con el secesionismo catalán, con la subida –o no– de impuestos, con los nombramientos en RTVE… Casi nada de lo que el Gobierno dijo, o sugirió, se cumple, y se producen, por otro lado, hechos inesperados por parte de un Ejecutivo que mucho lo fía, y razones tiene para ello, a los gestos. Claro, como no tenía programa electoral, dado que no hubo elecciones a la hora de llegar a La Moncloa, la improvisación es la tónica y, entonces, como decía un comentarista reputado, “al Gobierno se le va el país de las manos”…

Se está produciendo, constato de estas lecturas y escuchas, una suerte de inseguridad jurídica acerca de lo que el Ejecutivo piensa o no hacer. Lo peor que puede pasarle a Pedro Sánchez, incluso al Pedro Sánchez que está saliendo tan bien parado en la veleta de las encuestas, es que la ciudadanía incremente su ya notable grado de desconfianza en la clase política, que, cada mes de agosto, año tras año, aprovecha la agostidad para hacer, con alevosía, alguna barrabasada, como enfrentarse a jueces y fiscales a cuenta del ‘desamparo’ gubernamental al magistrado instructor Pablo Llarena. O sacar a Franco –laus Deo, por otra parte– del Valle de los Caídos a decretazo limpio, con lo relativamente fácil que hubiese sido, supongo, consensuar con la familia la salida del dictador, proponiendo convertir el Valle en una especie de Arlington de la reconciliación ‘a la española’. O, claro, el incumplimiento de los plazos en el techo de gasto, devaluando, de paso –que tampoco estaría mal, si se hiciese con las formas democráticas adecuadas–, el papel del Senado. O, en fin, tantas cosas a las que no puedo, por razones de economía de espacio, dar cabida aquí.

Ahora, el Gobierno mantiene un ‘weekend’, no precisamente romántico sino dizque de meditación, en la finca de Quintos de Mora. Sí, aquella finca en la que se urdió, ante la angustia de un Gobierno de Felipe González que corría serio riesgo de perder las elecciones, cercado como estaba por tantos asuntos enmarañados o incluso turbios, la ‘operación Garzón’. Baltasar Garzón era entonces un juez (‘estrella’, luego estrellado) aclamado por muchos, prestigioso. Le convencieron con promesas varias, luego no del todo cumplidas, para que se incorporase a la campaña electoral, como ‘independiente del PSOE’ con el puesto número tres por Madrid. Pude comprobar personalmente, en aquella campaña que seguí profesionalmente, las adhesiones populares y las reticencias partidistas que el polémico juez provocaba y seguro que ayudó, pese a todo, a que los socialistas ganasen aquellos comicios, tan comprometidos, frente a un Aznar entonces en alza.

Luego pasó lo que pasó, Garzón se enfadó por no haber logrado más poder(es), decía que para luchar contra la corrupción, y se fue dando un portazo… para investigar desde el juzgado algunos ‘asuntillos’ de los Gal. Felipe González acabó descalabrado –claro que peor aún acabaría Garzón–, pero logró, al menos, ganar aquellas elecciones, que era algo que no tenía nada claro antes del sorpresivo ‘fichaje’ del ‘juez estrella’, que ya digo que se urdió en la primavera de 1993 en Quintos de Mora, gracias a la inteligencia política y maniobrera de José Bono, que era quien, como presidente de Castilla y León, mandaba en la reserva, a la que luego Aznar, que la consideró ‘su’ rancho, invitaría a George Bush.

Me parece que Pedro Sánchez necesitaría, en la ‘tormenta de cerebros’ que ha montado en Quintos, encontrar un conejo que sacar de la chistera. Y no, el recuerdo decrépito del dictador Franco no es lo mismo de valioso electoralmente que Baltasar Garzón. Sospecho –quién soy yo para dar consejos– que, para ganar unas elecciones, Sánchez tendrá que echar mano de ideas de vuelo más largo que abrir las puertas de La Moncloa a los curiosos, que es iniciativa plausible del amo del ‘ala oeste’, Iván Redondo. Necesitan un Baltasar Garzón, vamos. Meter a Del Bosque, a Rafa Nadal, a Arturo Pérez Reverte, yo qué sé, en las candidaturas. O plantear alguna iniciativa verdaderamente creíble y beneficiosa para el elector.

Sí, pese a las encuestas amorosas, pese al evidente ‘impasse’ en las demás formaciones, se necesita un Baltasar Garzón en la chistera. Lo de Franco hizo ruido –no todo armónico–, pero ya no vale. Es preciso un golpe de efecto cara a las elecciones. Y, a continuación, convocar de una vez esas elecciones, claro, que ya vemos que es algo que a Pedro Sánchez le da bastante pereza. Mientras se pueda ir tirando…

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Con agostidad y alevosía

Enviado por Fernando Jáuregui | 25/08/18

Reconozcámoslo: todos los meses de agosto -incluso, a veces, ya en julio_todos los gobiernos han aprovechado la agostidad para, con alevosía, urdir manejos de esos que a veces, por las vacaciones, nos pillan algo desprevenidos a los periodistas y a la opinión pública y publicada. Recuerdo, por citar un solo ejemplo entre miles posibles, aquella modificación, pactada entre el Gobierno Zapatero y la oposición Rajoy, hace siete años, para modificar un artículo, el 135, de la Constitución. Ahora se repite la historia.

Lo de hacerle un regate al Senado para mermar la capacidad de veto del PP en una Cámara Alta con mayoría de ‘populares’ ha sido solamente uno de los ejemplos de esas auto-trampas que un Gobierno se hace. Las que se hace, digo en concreto, el actual Ejecutivo de Pedro Sánchez, ignorante de que estas armas las carga el diablo y, allí donde habías tramado en una conversación ‘reservada’ con Pablo Iglesias que harías un decreto-ley para ‘saltarte’ el veto ‘popular’ en el Senado en la modificación de la senda de déficit, acabas resignándote a tener que tramitarlo parlamentariamente. Porque de pronto te das cuenta de que otra cosa habría sido el gran escándalo de septiembre, al regreso de la ociosidad vacacional.

Que no digo yo que este absurdo driblaje, que le ha costado al Gobierno tener que escuchar de labios de Pablo Casado que se está saltando todas las normas básicas de Montesquieu en aquello de la separación de poderes, haya sido el único patinazo político en este agosto que, a mi entender, está siendo nefasto desde muchos puntos de vista. De la acogida fraternal a los desafortunados del ‘Aquarius’ pasamos a la expulsión ‘en caliente’ de más de un centenar de inmigrantes, cuyos comportamientos van haciéndose crecientemente agresivos. Del sugerido impuesto a la Banca pasamos al olvido de esta promesa. En el espinoso tema catalán, hemos logrado la ruptura entre los constitucionalistas, al exigir PP y, sobre todo, Ciudadanos, el retorno al empleo del artículo 155 de la Constitución para frenar los excesos -de momento solo verbales, es cierto_de Quim Torra.

Tampoco digo que sea el Ejecutivo de Sánchez el solo culpable de tanta inseguridad jurídica en lo que a manifestaciones y promesas verbales se refiere, desde luego. Falta clamosoramente un intento de coordinación, de ‘buena voluntad’, entre las fuerzas políticas: en este país se habla poco y se actúa ‘de verdad’ todavía menos. Lo que ocurre es que pensar que se puede gobernar apenas con gestos y esperanzas a futuro es pasión inútil, porque luego llega la realidad -véase lo de la salida de Franco del Valle de los Caídos_y te exige el pago de la factura que tú mismo comprometiste. Y menudo lío tener que plasmar en una ley, y luego hacerla cumplir, la abstracción de los cantos de sirena al electorado.
No, no se van a arreglar las cosas con el secesionismo catalán solamente a base de prometer a Torra anular el juicio a Companys, fusilado sin remedio en los primeros tiempos del franquismo, casi ochenta años ya. Ni vamos a aumentar el dañado prestigio del Legislativo español a base de cargarnos el Senado, institución que, desde luego, hay que reformar con urgencia, pero con luz, taquígrafos y debates precisamente en el Parlamento.

Ni dignificaremos el lustre del Judicial negando amparo al magistrado -polémico, lo sé_Pablo Llarena en la reclamación que tiene pendiente en Bruselas tras una acusación del fugado Puigdemont. Ni se arreglará la secular injusticia de la distribución ajena a la equidad de la renta en España sugiriendo aumentar los impuestos ‘a los ricos’, así, sin más. Y le podría hablar a usted de RTVE, donde casi nadie sabe qué está sucediendo, y de las Sicav, que es fórmula a mi juicio indeseable, pero que hay que debatir donde corresponde, o…

Los graves problemas estructurales de la democracia española, que democracia y no de las peores es al fin, no se solucionan aplicando el destornillador solitario de las maniobras orquestales en la oscuridad -Pablo Iglesias, primer violín_en agosto, cuando el Ejecutivo y sus adláteres creen que nadie mira. Pero sí, alguien se queda siempre de vigía y, para colmo, tras agosto siempre llega septiembre, que es mes en el que todos retomamos los asuntos pendientes y, encima, con la tarjeta de crédito algo abrasada, con lo cual nuestro humor no es de los mejores.
Y ahí es donde los gobernantes, a todos los niveles, tendrían que aplicarse a fondo para recuperar la credibilidad de la ciudadanía, hace tanto tiempo, y con tan sobrados méritos, perdida. No estoy seguro de que abriendo las puertas de los salones de La Moncloa a la curiosidad de los visitantes que se quieran acercar a la Cuesta de las Perdices se vaya a solucionar tan añeja desconfianza ‘en los que mandan’.

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Franco, serpiente de otoño

Enviado por Fernando Jáuregui | 20/08/18

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(agitar el espantajo de Franco puede ser rentable. O demasiado polémico si las cosas se complican porque el Gobierno no lo previó todo)
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Los anglosajones acusaban a los medios de inventarse ‘serpientes de verano’ para llenar los periódicos en época de sequía informativa. Serpientes inexistentes, como el monstruo del lago Ness, por supuesto. Pero se producían, al menos, titulares a los que se daban tintes polémicos. De paso, se evadían cuestiones más de fondo, más inquietantes e inconvenientes en período de vacaciones: no conviene alarmar al personal. Superado ya casi el período vacacional, en España es posible que el Gobierno saque a pasear de nuevo, ya este mismo viernes, el espantajo de Francisco Franco, en plan ‘serpiente de otoño’, distrayendo atenciones ansiosas en torno a muchas otras temáticas, algo angustiosas, que el Ejecutivo de Pedro Sánchez tiene planteadas para los dos, tres, cuatro, próximos meses. Asuntos mucho más candentes de lo que representa que si los restos del dictador salen o no del Valle de los Caídos.

Franco, cuyo desprecio por las vidas ajenas estoy volviendo a comprobar estos días en los que estudio la actividad de aquellos consejos de guerra sumarísimos que, entre 1939 y 1945, tantas penas de muerte impusieron a los vencidos, no merece esta polémica. No seré yo quien llore si es trasladado del faraónico mausoleo que obligó a construir a los presos políticos, desde luego. Pero sí pienso que no es tal traslado, sobre todo cuando el Ejecutivo de Sánchez no tiene todos los detalles atados y bien atados, lo más urgente que los españoles, y desde luego el Ejecutivo, tenemos ahora que plantearnos.

Ya sé que Sánchez, que dicen que este fin de semana parece que va a convocar a sus ministros en dos jornadas de reflexión en el palacete de Quintos de Mora, también sabe que todos sabemos que lo de Franco es una maniobra de distracción: que salgan los ‘ultras’ a la calle a protestar, que eso siempre da imágenes muy coloridas y contribuye a situar al Gobierno a la izquierda. Pero apostaría que en los ejercicios espirituales en Quinto –de ahí salió la ‘operación Baltasar Garzón’ en 1993, que dio una última victoria electoral a Felipe González— no se citará siquiera la palabra ‘Franco’. Y sí se hablará, y no poco, de cómo afrontar los desafíos de Quim Torra, que pienso que en septiembre deberá encontrarse de nuevo, dicen que en el Palau de la Generalitat, con el presidente del Gobierno central. Ignoro si antes o después de la Diada, que va a marcar el inicio de muchas movilizaciones, indeseables hasta para el propio Torra, a cargo de los de la CUP y los CDR.

Ya sé que es tema cuya solución inmediata no le compete, pero me parece que el Ejecutivo central tendrá que decir algo, en algún momento, sobre el futuro de esos presos preventivos catalanes que tanto lastran ahora cualquier intento de ‘conllevanza’ con el irredento secesionismo catalán. Los lazos amarillos son el gran problema, por lo que representan, obviamente, no porque los coloquen y los quiten tales o cuales ciudadanos.

Y creo que en esta ‘toma de contacto’ de Sánchez con sus ministros se hablará de la reanimación de la vida política, con este Parlamento lánguido, con un Gobierno entregado apenas a lo que diga la vicepresidenta Calvo. Hay muchos procesos electorales pendientes sobre las cabezas de la ciudadanía, cual espadas de Damocles. Y creo que ni siquiera Sánchez, pese a sus obligadas promesas de agotar la Legislatura, sabe cuándo habrá elecciones generales, para no citar ya las andaluzas o las catalanas. ¿Puede confluir casi todo en torno a las municipales y autonómicas de la próxima primavera? Ya digo, seguramente todo eso se baraje en la ‘cumbre’ de Quintos.

Pero, si quieren profundizar, Sánchez y sus ministros bien podrían estudiar la patente pérdida de peso específico de las instituciones, en general, y de la Corona, más imprescindible ahora que nunca, en particular. El creciente divorcio entre la ciudadanía y sus representantes, el aparente hundimiento de Podemos como fórmula de izquierda o la también aparente resurrección del PP post-Rajoy. Cuestiones todas que pesarán no poco sobre la fecha de unas elecciones generales y, esperemos, sobre el programa con el que el PSOE concurra a ellas, pensando en futuras alianzas de centro-izquierda…o de izquierda-izquierda. El futuro está abierto.

Y, a todo esto: ¿lo de Franco? Pues eso. La serpiente ideal para un otoño políticamente tórrido. Si levantara la cabeza y viese en el espantajo en el que se ha convertido, se metería de nuevo bajo la losa…acabe donde acabe esa losa.

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Equipo para la Diada por 15 euros

Enviado por Fernando Jáuregui | 19/08/18



(a la Diada, uniformados)
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Algunos periódicos ‘indepes’ catalanes ya han empezado a insertar anuncios vendiendo el ‘equipo para la Diada’: camiseta, mochila y abanico por un total de quince euros, que contribuirán a sufragar los gastos que la Assemblea Nacional Catalana invertirá en la manifestación del 11 de septiembre. El lema de las camisetas es inequívoco: ‘Fem la República Catalana’. Como a nadie le cabe, supongo, la menor duda de que el nacionalismo (ahora el independentismo) catalán está, pese a sus divisiones internas, muy bien organizado al menos desde el ‘caso Galinsoga’, allá por 1959, no cabe duda de que las ventas serán un éxito. Y tampoco albergo, personalmente, demasiadas dudas acerca de que, como ya viene siendo casi tradicional desde hace seis años, esta Diada servirá de pistoletazo de salida para nuevas manifestaciones, nada espontáneas, que recuerden todo lo ocurrido –que fue mucho—en octubre del año pasado. Si todo les sale bien, o sea, mal para casi todos los que abominamos de los métodos de la CUP y los CDR, Barcelona será una ciudad casi intransitable durante muchas semanas.

El ‘caso Galinsoga’ debería haber prevenido desde hace tiempo a quienes gobiernan a los españoles de que, con razón o sin ella, el ‘tema Cataluña’ debería ser tratado con mucho más cuidado de lo que lo hizo primero el dictador Franco y después los varios presidentes del Gobierno de la democracia, Adolfo Suárez –que firmó un duradero pacto con Tarradellas—quizá excluido. El periodista Luis Martínez de Galinsoga, nombrado director de La Vanguardia por el franquismo –entonces pasaban esas cosas con la casi totalidad de los medios—se indignó ante el hecho de que el sacerdote que pronunciaba la homilía en la iglesia de San Ildefonso, en Barcelona, aquel 21 de junio de 1959, lo hiciese en catalán; así que se levantó y, con voz airada, dijo aquello de que “todos los catalanes son una mierda”, frase que ha pasado a la historia casi como un récord Guinness a las proclamas desafortunadas.

Ni qué decir tiene que la sociedad catalana, en su casi totalidad, se indignó con el comportamiento del muy ‘ultra’ director del principal periódico de la ciudad y de Cataluña. El propio Jordi Pujol, que entonces lideraba un grupo de jóvenes católicos, organizó, junto con otras entidades, una campaña contra La Vanguardia, que obligó a los dueños del periódico a exigir al director que rectificara, lo que hizo, proclamándose “amigo de Cambó”; no sirvió de nada y el gran periódico perdió miles de suscriptores en pocos días. Así que, a petición del propio conde de Godó, el Consejo de Ministros destituyó a Galinsoga, sustituyéndolo por un periodista de indudable raza, Manuel Aznar, abuelo, por cierto, del que con el mismo apellido fue presidente del Gobierno de España y, a su manera, ‘aliado’ de Jordi Pujol.

Desde entonces, en Cataluña se ha venido organizando, no pocas veces con falsificaciones de la Historia incluidas, la respuesta a algunos errores –o no— procedentes ‘de Madrit’. No reconocer esos errores sería tan grave como que incluso quienes se sienten independentistas ‘moderados’ –que son la mayor parte de ese sector, según las encuestas—no reconociesen que la actual deriva que Puigdemont y Torra quieren imprimir a la sociedad catalana raya en el fanatismo supremacista.

Y, así, el choque de trenes está tan asegurado como cuando Companys se atrevió a retar al Estado republicano, en 1934, con una unilateral declaración de ‘Estat catalá’. Que era, por cierto, bastante menos rupturista que la DUI de Puigdemont y compañía el pasado mes de octubre, cuando se precipitó la catástrofe porque los políticos de acá y de allá –más, a mi entender, los de allá, sin que eso signifique que aplauda la inoperatividad de Rajoy y su mala aplicación del artículo 155—no supieron estar a la altura de Suárez y de Tarradellas.

Desde luego, me siento incapaz, tras haber intentado –no es fácil—hablar con unos y con otros, de adivinar qué ocurrirá en los dos meses cruciales que tenemos ante nosotros. El reto al Estado lanzado por Torra cuando, en la tarde del viernes, acudió a homenajear a los políticos presos en la cárcel de Lledoners, su patente mala educación esa misma mañana con el Rey en la plaza de Catalunya, no permiten hacerse demasiadas ilusiones. Tampoco fue buena señal que, al menos que se sepa, el presidente Pedro Sánchez, que acompañaba al jefe del Estado en este homenaje a las víctimas del atentado yihadista de hace un año, no fuese capaz de establecer un nuevo contacto con Torra antes de que la Diada precipite, de nuevo, semanas de agitación y de pérdida de credibilidad exterior para Cataluña y, de paso, para el resto de España.

Pienso que tanto la ministra ‘para Cataluña’, Meritxell Batet, como la delegada del Gobierno, Teresa Cunillera, saben lo que se hacen. Creo que me consta que ambas se sienten incómodas por la pervivencia de la prisión provisional para algunos de los que, hará en octubre un año, intentaron el golpe secesionista. Pienso que mientras los lazos amarillos tengan un significado nefasto para una importante porción de los catalanes que se sienten identificados con esos reclusos, la solución dialogada va a ser muy difícil, y la verdad es que no imagino otra.

Claro que será preciso encontrar una interlocución del lado de allá del Ebro. Me cuesta creer que Torra y su mentor en Waterloo, lanzados sin más a la carrera desenfrenada hacia ese nuevo choque de trenes, puedan ser esos interlocutores. Lo peor es que no parece haber más, porque con quien aún se podría negociar sigue en prisión, cauto, a la espera de un futuro que él, creyente como se proclama tantas veces, sabe que llegará, como sabe que la independencia de Cataluña es, simplemente, imposible. Por mucho que la ‘Diada de los lazos amarillos y las camisetas color coral a 15 euros’ se desgaste en ‘vivas a la República’ estelada y en los gritos contra el Gobierno central, olvidando que hace mucho que todos abandonamos los tiempos del salvaje Galinsoga, aunque aún queden demasiados rescoldos intransigentes a ambos lados del Ebro.

fjauregui@educa2020.es

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‘Ellos’ quieren un ‘Mandela a la catalana’

Enviado por Fernando Jáuregui | 18/08/18


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(Forn, quizá a su pesar, se está convirtiendo en un símbolo para un independentismo militante del que él acaso ya nada quiere saber)
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Quizá no se haya reparado suficientemente en ello: el president de la Generalitat, Quim Torra –apretón de manos con el Rey, mirándose a los ojos, sin sonrisas por supuesto–, acudió a la ceremonia en la plaza de Catalunya para homenajear a las víctimas del atentado yihadista hace un año en La Rambla y en Cambrils acompañado de Laura Masvidal. Sin lazo amarillo en la solapa, pero sí con una chapa en la que podía verse el retrato del marido de la señora Masvidal. O sea, el ex conseller de Interior Joaquim Forn, en prisión preventiva desde noviembre por su presunta participación en el intento de golpe de Estado secesionista.

Quisieron, creo que sin razón, las crónicas del separatismo ver que el Monarca se quedó mudo ante la presencia de la señora Masvidal, quien habría recordado al Rey que no era ella, sino su marido, al que este viernes se quiso homenajear por la actuación de los ‘Mossos’ ese día de tragedia más aún que a las víctimas, quien tendría que haber estado allí, ocupando la fila de las autoridades. Una fila en la que las negociaciones del protocolo, difíciles, intensas, trataron de no aproximar demasiado al jefe del Estado y al president de la Generalitat. Para evitar que se repitiesen, sin duda, los actos de descortesía con el Monarca, como el del vicepresidente del Parlament, Josep Costa, quien se negó a darle la mano. Algún día, sin duda, habrá que hacer la ‘intracrónica’ de lo que fue un acto de homenaje a las víctimas que, pancartas y algún conato de incidente aparte, resultó bastante sereno.

Los independentistas buscaron, sin duda, evidenciar su ausencia por la mañana: ya se lo cobrarían por la tarde, ante la prisión de Lledoners, en Sant Joan de Vilatorrada. Allí se congregaron algunos miles para exigir la libertad de Forn y de Oriol Junqueras, que también recibían, dicho sea de paso, un clandestino homenaje en el interior de la cárcel, donde están beneficiándose, dicen, de un espléndido tratamiento.

Forn se convertía así en protagonista, quizá involuntario, de la ‘jornada política’, pese a su expresado deseo, compartido con el ex mayor de los Mossos Josep Lluis Trapero, de que nadie le utilizase en un día que debería haber correspondido en exclusiva a las víctimas. Y es que, aseguran, ambos están hartos. Tan hartos que, al menos el primero, ha asegurado al juez Llarena, a quien inútilmente han pedido la excarcelación de Forn desde varios estamentos, incluyendo al anterior fiscal general del Estado, que no piensa seguir en política. Todo en vano, porque Llarena ha decidido, hasta ahora, mantener en prisión a Forn. Y a Junqueras, por supuesto.

Claro, un intento de golpe de Estado, en el que sin duda habría participado Forn, responsable de la actuación sectaria de los Mossos el pasado mes de octubre, tiene que tener una calificación penal –llámese sedición o, más polémico, rebelión— y el correspondiente castigo. Pero eso debería ser tras el juicio y la sentencia definitiva, no con una prisión provisional que, a juicio de este cronista –y de muchos más, entre los que se cuentan varios miembros del Gobierno central y la propia delegada del Ejecutivo en Cataluña, Teresa Cunillera–, ya se va prolongando demasiado. Sobre todo, en casos como el de Forn, cuya puesta en libertad (provisional) se ha pedido desde la Fiscalía por ‘razones humanitarias’, acerca de las cuales he escuchado bastantes rumores y tengo pocas certezas.

Y, desde luego, convertir a Forn o a Oriol Junqueras en un ‘Mandela catalán’ es un riesgo que se bordeó el viernes por la tarde en Lledoners, y que algunos secesionistas jaleaban sin pudor en las últimas horas, pese a que nada tenga que ver el caso del admirable pacifista surafricano con el tema que nos ocupa. La propia señora Masvidal, en ese acto vespertino, que sin duda era, de la mano inexperta de Torra, todo un desafío al Estado, lanzó su propia proclama, desoyendo seguramente los deseos expresados por su marido.

Y así hemos quedado, con las espadas en alto tras una jornada, la del viernes, agridulce y que marca el regreso hacia un otoño políticamente caliente, con una Diada en perspectiva que será lo que ha sido siempre, pero esta vez con muchos, muchos, lazos amarillos. Porque los presos, políticos presos para nosotros, presos políticos para ellos, siguen siendo, mucho más que ‘el huído’, el gran problema que obstaculiza el diálogo que, desesperadamente tal vez, quisiera iniciar Pedro Sánchez. Incluso sabiendo de sus posibilidades de derrota con el fanatismo irreflexivo que hoy está representado nada menos que en el Palau de la Generalitat por alguien que quiere lucir el título de molt honorable y que, hasta ahora, no lo ha merecido. Nunca merecen títulos de honor quienes propician los choques de trenes que van llenos de pasajeros.

fjauregui@educa2020.es

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Estas cosas van en el sueldo del Rey, y él lo sabe

Enviado por Fernando Jáuregui | 17/08/18

—Las pancartas, la soledad ante la descortesía de las autoridades de la generalitat, era lo menos que el Rey podíaesperar)
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Pues claro que el Rey sabía que iba a sufrir la mala educación –por decir lo menos—del president de la Generalitat, Quim Torra, a su llegada y a su salida del acto de apoyo a las víctimas del atentado yihadista de hace un año. Claro que sabía de antemano que se le iba a hacer un cierto vacío por parte de las autoridades independentistas, que reivindican la proclamación de la República de Catalunya. Claro que sabía –me parece que todos esperaban, esperábamos, cosas mucho peores—que alguna pancarta habría en los alrededores de la Plaza de Cataluña rechazando la visita del jefe del Estado a un territorio de ese Estado.

Por eso mismo, tuvo el coraje, inevitable e insoslayable, de acudir a esa concentración, que, al final, gracias a la que me parece que ha sido una labor protocolaria al menos eficaz, terminó, ya digo, mejor de lo que era de suponer: no había esteladas, hubo pocos gritos y el desaire de Torra, que apenas saludó brevísimamente al Monarca, fue más dirigido contra sí mismo que contra la persona de Felipe VI.

Todo ello no significa que el jefe del Estado haya mejorado su relación con el mundo independentista; lo que no puede ser, no puede ser y es, además, imposible. Pero creo que el Rey ganó esta difícil batalla en Barcelona: de ninguna manera podría no haber asistido y creo que, todo comprendido, el resultado debería ser razonablemente satisfactorio para los responsables de la imagen del Rey en La Zarzuela y en La Moncloa, que saben que, al menos, salvar esa imagen es salvar los muebles, que era de lo que se trataba este viernes.

Otra cosa son los errores de Pedro Sánchez en las redes sociales; o las declaraciones excesivamente partidistas de algunos políticos, por mucho que insistiesen en que este aniversario era ‘el día de las víctimas’. Cuando la sensibilidad está tan exacerbada, tan a flor de piel las heridas, resulta muy difícil no equivocarse, aunque sea con la mejor voluntad. Incluso, a veces, las asociaciones de víctimas, tratando de imponer tal o cual fórmula para ‘sus’ actos, yerran.

A mí, lo que me importa es que Torra, que dijo que él no compartiría este acto con el Rey, lo compartió, e incluso ambos aplaudieron al unísono las mismas, expertamente seleccionadas, piezas musicales. Lo que me importa es que esas ‘asociaciones civiles’, como Omnium o la Assemblea, que siempre son las encargadas de montar las algaradas amarillas, aguardaron hasta la tarde para hablar de sus ‘presos políticos’. Lo que me importa es comprobar que la labor de esos negociadores, que lograron mantener un cierto equilibrio, siempre relativo, claro, en un acto con perfiles políticos peligrosísimos, podrá, quizá, continuarse en otras negociaciones que acaso lleven, algún día –¿por qué negarse a soñar?—a un ‘pacto de connivencia’. Como el que suscribieron, hace cuarenta y un años, Adolfo Suárez y Josep Tarradellas.

Cuando se es de veras inteligente, se empiezan negociando los protocolos, que es acaso lo que más fricciones causa entre los humanos, y se acaban negociando los acuerdos que garantizan la estabilidad política. Reconozco que afronté la jornada de este viernes embargado por el pesimismo y, ya ve usted, la concluí moderada, muy moderadamente, esperanzado. A ver si es verdad.

fjauregui@educa2020.es

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