Cuento de pre-Navidad

Enviado por Fernando Jáuregui | 24/11/17


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(gloria A DIOS EN LAS ALTURAS, RECOGIERON LAS BASURAS, DE MI CALLE AYER A OSCURAS, HOY POBLADA DE BOOOMBIILAAS…))
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Cuento de pre-Navidad
MADRID, 24 Nov. (OTR/PRESS) –
Había una vez una ciudad que era próspera, pero que corría el riesgo de morir de éxito y de ocurrencias. Con decirle a usted que a la persona, que tenía un aura legendaria, que regía aquella Villa y Corte se le ocurrió un día, para evitar las aglomeraciones de los súbditos, obligarles a que caminasen por algunas calles en un solo sentido, bien de derecha a izquierda, bien, en la calle paralela, de izquierda a derecha… Los carruajes en aquella ciudad estaban mal vistos, y la persona que regía aquella urbe tenía predilección por los ciclistas, sin importar edad ni condición de los mismos, ni que no hubiese carriles-bici; de manera que, cada día, los ciclistas disponían de más espacio y los carruajes, de menos, mientras los transeúntes se uniformaban, de derecha a izquierda, de izquierda a derecha, ar. Y todos tenían que convivir como podían y Dios les daba a entender.
Aquel día, era un viernes, era particularmente alegre y festivo, aunque le llamaban jornada negra. Los transeúntes desfilaban hacia sus compras no siempre urgentes, felices por el amontonamiento, por lo que ellos llamaban el mogollón y la fiesta, o menudo cachondeo, no olvidando nunca hacer largas colas para participar en sorteos que decían que a alguno de ellos le había tocado en alguna ocasión, deparándole la dicha de alejarse para siempre de aquella ciudad e irse a vivir al mar solitario. Aquel año, sin embargo, se daba una especial incertidumbre acerca de si, en lugar del premio gordo, podría tocarle a los ciudadanos alguna cosa muy gorda, derivada de las aprensiones suscitadas por Lo Único.
Y es que en aquella ciudad todos hablaban de lo que llamaban Lo Único, que era algo que atañía a otra región, cuya Villa más importante estaba regida por otra persona a la que no había quien entendiera del todo, y nunca se sabía si quería separarse del resto del mundo, quizá para ascender a los cielos, o quería ser como el resto del mundo, tal vez para controlarlo. También esa persona tenía aversión por los carruajes, por los turistas, por el gato Silvestre y el canario Piolín y por las luces de Navidad.
Y, como algunos cronistas municipales no querían hablar todos los días de Lo Único, que era algo que tenía al personal hasta los pelos
-nunca mejor dicho–, pues se distraían hablando de la pertinaz sequía, o de la Jornada de las Grandes Compras Innecesarias. Pero, sin embargo, todos los ciudadanos querían allí hablar solo de Lo Único, y desdeñaban a quienes, mirando hacia otras cosas, predijesen años de sed, mencionasen la existencia de una cierta corrupción o denunciasen la alienación colectiva, con esas jornadas negras de Gran Consumo, mientras, eso sí, todos desfilaban ordenadamente por el sentido único izquierda-derecha y viceversa.
Y entonces, esas ciudades, a pesar de lo poco que les gustaban a sus magnífic@s rector@s las iluminaciones excesivas, dieron al ‘on’ en el interruptor de las luces de Navidad, y todo se pobló de estrellas; y los colapsos, para ver si aquellas luces eran más o menos bonitas que el año precedente, fueron de antología, como ocurría, por lo demás, todos los años.
Y es que, de pronto, junto a eso que había dado en llamarse ‘black Friday’, a la ciudad agobiada por la neblina y el ordenancismo le llegó el anuncio -cada vez llegaba antes, debía ser cosa del Gran Tendero- de las Fiestas por antonomasia. Y uno supo ese día, en el que por cierto había limitación de velocidad y de aparcamiento, que no-le-daba-la-gana de volver a escribir sobre Lo Único, aunque mañana seguramente debería volver a hacerlo.
Y uno, entonces, produjo este papel, que hubiera servido para las más duras reflexiones oníricas de los peores Orwell o Huxley, o del más pesimista de los hermanos Grimm. Pero que, sin embargo, se basaba, aquel humilde papel, en la constatación de la más pura realidad, hop, todos por la derecha, ara, todos por la izquierda. La ciudad, como el Rey del cuento, estaba, en verdad, desnuda. Y cada vez más intransitable. Y, pese a todas las ordenanzas, además, irrespirable.

“PIdes mi cese porque me quieres, me dijo el fiscal Maza

Enviado por Fernando Jáuregui | 19/11/17


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(un gran tipo)
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Apreciaba mucho al fiscal general del Estado, José Manuel Maza. Incluso jugué, en el pasado, alguna partida de mus con él; era persona con la que siempre pasabas un buen rato, por su trato afable y su extraordinario sentido del humor. Se nos fue para siempre y se abre un hueco inmenso en las estructuras del Estado, incluso a la hora de tratar judicialmente el ‘procés’.
Pese a mi reconocido afecto por Maza, un día, hace no muchos meses, pedí en una radio su dimisión o cese, por su apoyo al juzgaba yo impresentable fiscal jefe de Anticorrupción, Manuel Moix, que acabaría marchándose al poco. Sabía yo que, tras mi comentario en el programa de Carlos Herrera, Maza iba a ser entrevistado. Así que se lo dije en antena: “acabo de pedir tu cese, aunque sabes que te aprecio”. “Fíjate si sé que me aprecias, que ahora pides mi dimisión de este cargo, que te consta que abrasa a cualquiera”. Y echó una carcajada. Ese era su talante. Luego nos vimos algunas veces y nos prometimos reanudar los combates de mus en cuanto él pudiera. Y vino lo que vino: cuando se fue Moix, tuve al menos ocasión de rectificar y decir que Maza era un gran fiscal, independiente en lo posible, riguroso en lo necesario, justo en lo esencial. Y ahora, con su muerte, ¿qué?
Yo creo que el fiscal general puso en un brete al Gobierno cuando dictaminó medidas rigurosas contra los principales impulsores del ‘procés’, el Govern y la Mesa del Parlament, así como los ‘jordis’ responsables de la Assemblea y de Omnium. Seguramente, en Moncloa pusieron cara de disgusto al comprobar que la cárcel era el destino del vicepresidente, de los ‘consellers’ y de los mentados ‘jordis’, y la huida la meta de Puigdemont y sus incondicionales. Pero ni una palabra de protesta salió, aseguran, de la boca de Rajoy en sus conversaciones con Maza, que puso en marcha el procedimiento que nos ha llevado hasta donde nos ha llevado: el fiscal cumplió con lo que creía su deber, una vez que el Gobierno decidió acudir a la vía judicial, más que a la política, para combatir el peligroso brote secesionista impulsado por la Genealitat de Puigdemont/Junqueras.
Admiré el valor solitario de Maza, al que seguramente las múltiples tensiones acumuladas en el ejercicio de su cargo en este año le precipitaron dolencias quizá latentes. Murió en el peor momento: este lunes iba a reunirse con los fiscales del Supremo para decidir la acumulación de todo el ‘caso 1 de octubre’ , es decir, el ‘procés’ independentista, en manos del juez del supremo Llarena, que esta semana tendrá que revisar la situación de Carme Forcadell y los otros miembros de la Mesa del Legislativo catalán. Se apartará así del caso a la juez Carmen Lamela, de la Audiencia Nacional, que decretó el encarcelamiento de Oriol Junqueras y los otros miembros del Govern –excepto Santi Vila, curiosamente ‘desaparecido’, por mor del photo shop, del álbum de fotos de la Generalitat—que no huyeron a Bélgica con Puigdemont.
Y, así, es de suponer que sea probable que Junqueras y compañía abandonen pronto sus prisiones para, aunque con la espada de Damocles del 155 sobre sus cabezas, incorporarse a la campaña electoral, añadiendo así unos gramos de normalidad a la total imprevisibilidad de un proceso político tan inédito como indeseable.
Pero todo eso se hará ahora, claro, sin Maza sobrevolando la tempestad jurídica y judicial. El Ejecutivo de Rajoy habrá de buscar en apenas unas horas un sustituto para el cargo más difícil, más ingrato, que pueda corresponder a magistrado alguno, a cualquiera con vocación de fisca, a un jurista que se apasione, como Maza, por eso: por la Justcia. Sea quien sea el sustituto –a la hora en que esto escribo ya han comenzado a circular algunas ‘quinielas’, como era de suponer–, no le arriendo la ganancia. Tendrá que tener la gallardía y el buen humor de Maza para sobrellevar la carga que le aguarda.

fjauregui@educa2020.es

Rajoy, injustamente demolido, justamente criticado

Enviado por Fernando Jáuregui | 15/11/17

Ignoro qué pasa aquí, pero lo cierto es que la que puede ser penúltima sesión de control parlamentario al Gobierno central se convirtió este miércoles en un pandemónium, es decir, en un acto casi infernal, en el que tres de los interpelantes al Ejecutivo que preside Rajoy insistieron en que el presidente es poco menos que un malhechor, a cuenta de las andanzas de la Gürtel, ‘affaire’ que reaparece, en sus distintas modalidades, en los ámbitos judiciales. Precisamente ahora, vaya por Dios.

Claro, ya sabemos cómo es el diputado de Esquerra Rufian, que siempre lleva unas esposas, o lo que sea, a mano para montar su numerito extraparlamentario e intracircense; incluso conocemos al más agreste de los posibles Pablos Iglesias, que llamó, sin más, delincuente a Rajoy en su intervención en esta misma sesión. Me chocó más que la ‘número tres’ del PSOE, Adriana Lastra, se deslizase por este mismo sendero podemita…para estrellarse contra la contundencia oratoria de Sáenz de Santamaría. Y me alerta, en el mismo sentido, una acumulación de ataques personales contra Rajoy, desde el Times comparándole con Putin, hasta Jordi Evole equiparándole con el venezolano Maduro.

Antes habían proliferado los sambenitos de ‘franquista’, que es cartel que algunos, desde ámbitos emergentes, cuelgan del cuello de otros, sin haber propiamente conocido el franquismo. Y no caen en que, teniendo Rajoy el respaldo de ocho millones de españoles, dedicarle tan poco amables comparaciones equivale casi a decir que la ciudadanía, al respaldar a gente como Rajoy, está incurriendo en un apoyo a una nueva dictadura.

Obviamente, nada de esto es así. Rajoy será lo que sea –que es muchas cosas, buenas y malas–, pero no creo que nadie pueda equipararle, ni en lo poco bueno ni en lo mucho malo, al taimado Putin. Ni al brutal, grosero, Maduro. Ni al absolutamente inaceptable Franco. No; España para nada es, contra lo que sugieren últimamente algunos medios europeos y latinoamericanos, una dictablanda, y menos una dictadura, que se dedica a golpear a pacíficos transeúntes que quieren votar. En ese sentido, la deuda que tienen Puigdemont y el resto de su camarilla con los catalanes y los demás españoles es inmensa: nunca podrán pagarla.

Cierto es que desde el Gobierno y desde las oposiciones se han confundido mucho, pero mucho, estrategias y táctica. Verdad que los mensajes no siempre han sido nítidos, ni la honradez, extrema. Se han premiado el cuñadismo y la fidelidad militante, se ha caído en oscurantismos. Y de los errores cometidos en lo referente a la imagen ya ni digamos. Pero eso no es franquismo, ni chavismo, ni zarismo. Es otra cosa.

A mí lo que de verdad me sigue preocupando es esa pertinacia de Rajoy por no ofrecer salidas tras el 21-D, cuando apenas queda un mes y unos días para afrontar esas peligrosísimas urnas catalanas. Rajoy, ante el ataque, lo mismo que su vicepresidenta, se defienden bien desde su escaño. Pero no construye futuro, y eso me parece un déficit, que no es solamente de comunicación. Todo lo fía a lo mal que lo hacen sus adversarios, que por cierto lo hacen casi todo mal, sembrando la confusión y el caos entre sus propios partidarios. Pero basar los aciertos propios exclusivamente en los errores ajenos es un mal camino.

No sé si es mucho pedir, pero, tras la bochornosa sesión parlamentaria de este miércoles, en la que algunos, y cito a Pablo Iglesias y a Rufián de manera muy específica, se han retratado en sus auténticos ‘valores’ –comillas, por favor—como miembros del Legislativo, creo que hay que exigir al Gobierno central, y a su presidente, un esfuerzo suplementario: que nos digan qué van a hacer en educación –inexistente ese Departamento, subsumido en otras tareas–, en Justicia, en orden público, en lo referente a la reforma constitucional… El Estado necesita una refundación y , sin embargo, ahí andamos, anclados en el 155 y en la Gürtel, cada loco con su tema, sin darnos cuenta de que hay que pasar ya al 156, 157, 158…y siga usted, así, contando, lo menos hasta dos mil veinte, que es el año en el que deberíamos haber completado esa segunda transición que algunos, por ejemplo el propio Rajoy, siguen sin admitir. Luego se extrañan de que todo sea debate de sal gorda y vuelo rasante.

fjauregui@educa2020.es

Que sí, joder, que Franco murió hace 42 años

Enviado por Fernando Jáuregui | 12/11/17


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( El próximo día 20 de este mes, dentro de una semana, coincidiendo con algunos aniversarios y otras muchas previsiones, Quevedo y yo sacamos un libro desengañado con la política que ‘ellos’ han producido hasta ahora. Avisaremos sobre presentaciones y esas cosas)
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El próximo día 20 de este mes se cumplirán cuarenta y dos años de la muerte de Franco. Faltará un mes y un día para la celebración de las elecciones catalanas. Nada que ver una cosa y otra, si no fuese porque, tras tanto tiempo en el olvido, el dictador reaparece como parte del ‘procés’ catalán. Y, así, el editorial de un importante periódico nacional se ve forzado a titular este domingo ‘Franco ha muerto’, para destacar la insensatez de tantas acusaciones vertidas sobre el Gobierno central de la España democrática, comparando, por ejemplo, a Mariano Rajoy con quien fue llamado, en tiempos de su omnímodo poder, ‘el generalísimo’, ahí queda eso. Pero no: uno se podrá posicionar de una forma u otra ante la trayectoria del también gallego –quizá la única coincidencia con el otro, el nacido en El Ferrol, luego del Caudillo—Rajoy, pero hay que reconocerle que ha hecho frente como ha podido a la tentación autoritaria en la mayor crisis política de España en cuatro décadas. Y está saliendo no sé si con bien, pero, al menos, con dignidad, del dificilísimo trance.

Por ejemplo, Rajoy ha conseguido que bajase la temperatura en la Cataluña que se hacía imposible sin colocar a un solo militar en el terreno, al menos que se haya podido ver. Claro, hay gente en la cárcel, nadie lo quería, pero qué remedio, dicen los encuestados, que aprueban con bastante holgura, rara avis, lo actuado por el jefe del Gobierno central ante el evidente caos impuesto por el ex molt honorable president de la Generalitat de Catalunya y sus secuaces.

Por supuesto, también hay gente que se autotitula en el exilio, pero allá ellos: Puigdemont se está convirtiendo en el más eficaz aliado contra el separatismo, tal es la cantidad y el grado de sus locuras, que ahora culminan en esa ‘lista patriótica’ con la que, por lo visto desde la taberna del Rey de España en la Grand Place bruselense como hipotético centro electoral, quiere concurrir, dicen, a los comicios autonómicos –porque eso son—catalanes. Para horror, claro, de sus ex aliados de Esquerra, dirigida ahora por Oriol Junqueras desde su celda en la prisión de Estremera, esperemos que por poco tiempo –saldrá, saldrá y podrá hacer campaña en libertad, confiemos–.

Es tal el mentado caos, con Barcelona convertida en un manifestódromo continuo, en la capital del dislate, que la confusión más completa reina a día de hoy ante la inminente publicación de las candidaturas electorales. Una reedición de ‘Junts pel Sí’ parece ya imposible, con Junqueras y su ex jefe –por decir algo—Puigdemont más distanciados que nunca en lo táctico y en lo estratégico; con la CUP más alejada del planeta Tierra que jamás; con los comunes redefiniéndose; con el Partido Popular sin aportar gran cosa programática; con los socialistas divididos acerca de si acercarse o no al nacionalismo… En fin, que hay que insistir una vez más: no vemos el ‘plan B’ más allá del 21 de diciembre, e ignoramos si hay vida después del 155.

Y solamente una persona quizá lo sepa, si es que lo sabe: Mariano Rajoy. Que sale demoscópicamente fortalecido del puñetazo en la mesa dado a finales de octubre, poniendo fin, con la aplicación del artículo 155 y la convocatoria de las elecciones catalanas, al proceso loco acelerado desde las autonómicas de septiembre de 2015 por Puigdemont, Junqueras, Forcadell y la pandilla de aficionados que les ha seguido hasta ahora, cuando se ha iniciado el tiempo de las rupturas. He escrito ‘demoscópicamente fortalecido’: una cosa es que los españoles hayan, hayamos, reaccionado con furia ante algunos editoriales de las viejas damas de la prensa gris anglosajona, que equiparaban a Rajoy con Franco o con Putin, y por tanto a España con una dictadura, y otra cosa bien distinta es que el ‘prime minister’ español haya superado la reválida.

No; Rajoy puede haber pasado, a trancas y barrancas, el trimestre, o el lamentable bienio que se inició con aquellas elecciones generales de diciembre de 2015. Ha hecho cosas loables, pero se ha mantenido en una quietud de freno a la regeneración que, por el contrario, me parece muy criticable. En todo caso, no ha aprobado el curso de este Legislatura tremenda, que se inició hace ahora un año, cuando sacó adelante, con un programa reformista que apenas se ha puesto en marcha, su propia investidura, tras un 2016 que fue como para olvidar.

A ver cómo llegamos hasta 2018, a ver qué resulta de esas elecciones catalanas tan atípicas. La nueva Historia comenzará a redactarse en ese momento, haya pasado de aquí a ese día, previo al de la lotería nacional, lo que haya pasado. Sospecho que, por una vez, otras informaciones más acuciantes van a sustituir en los noticiarios al soniquete de los niños del colegio de San Ildefonso, que desde hace tres siglos cantan ‘el gordo’. Porque esas elecciones del 21-D, que desde luego no ganará Rajoy, porque, entre otras cosas, no es él el candidato –aunque a veces lo parezca: menuda comparecencia la de este domingo lanzándose a la campaña en Cataluña–, podemos perderlas todos. Y eso, ni Rajoy, ni Pedro Sánchez, ni Rivera, ni Iglesias, ni, sobre todo, nosotros, los ciudadanos, lo podemos permitir. Y ya me dirá usted qué tiene que ver el hombre sepultado en el Valle de los Caídos, al que algunos quieren hacer renacer, con todo esto que aquí se cuenta: habrá que decírselo a los del Times, que no se enteran.

fjauregui@educa2020.es

el día que murió el golpe independentista, a Dios gracias

Enviado por Fernando Jáuregui | 11/11/17

¿Cuándo murió El intento de golpe de Estado independentista en Cataluña? ¿Cuando, el 27 de octubre, Puigdemont intentó pactar una convocatoria de elecciones, con Urkullu de intermediario ante el Gobierno central, para luego dar apresurada marcha atrás, asustado ante los de la CUP que le llamaban ‘traidor’? ¿Cuando se exilió a su ridículo refugio bruselense, creyéndose, pobre, Tarradellas? ¿O más bien cuando hace tres días, y ante el juez del Supremo, Carme Forcadell, una de las principales impulsoras del ‘procés’, renunció lisa, dura y llanamente, a la loca carrera hacia la imposible –mira que todos se lo decían—independencia y puso fin así a su propia carrera política?

Sí, la ex periodista Forcadell y los otros miembros de la Mesa del Parlament, la sede del Legislativo catalán que estuvo en el origen del golpe, certificaron esta semana el fin del sueño –¿pesadilla?—secesionista. Empieza una nueva era, marcada por la inminencia de una campaña electoral que va a ser la más extraña que hayamos vivido, incluyendo aquella recta final de la de marzo de 2004. Dice el Gobierno, con evidente precipitación, que ya ha llegado la normalidad. ¿Con Junqueras y los restantes miembros del Govern encarcelados?¿Con Puigdemont y la otra parte de los consellers huídos poniendo a parir a España ante micrófonos complacientes de media Europa?

El soufflé se ha deshinchado algo, de acuerdo; estamos a punto de iniciar una etapa, completamente nueva, que incluya mirar en parte al pasado y mucho más al porvenir; pero normalidad, lo que se dice normalidad, no habrá hasta que el ex molt honorable y sus compañeros no tan mártires regresen; cuando el ex vicepresident y su camarilla salgan de Estremera y de Soto del Real…para afrontar ese fin de una era, que incluirá sus responsabilidades ante los tribunales, pero quizá también su asunción de la presidencia de la Generalitat, urnas mediante. A ver qué pasa entonces: ni ellos lo saben.

Historiar lo que ha ocurrido en España desde noviembre de 2015, hace apenas dos años, es algo que aún no está al alcance de un mero periodista: si, entonces, alguien se hubiese atrevido a pronosticar el treinta por ciento de lo que luego ha ocurrido, le hubiesen encerrado por loco. Así que todos nos hemos equivocado prediciendo cosas chocantes, sí, pero que todavía se atenían a una cierta lógica, a un mínimo de sentido común. Nada ha sido así: piense usted, sin ir más lejos, en las cosas que han pasado desde aquella nefasta fecha, el 17 de agosto último, en el que el terror yihadista se cebó con los pacíficos transeúntes en Las Ramblas. Desde entonces, todo se precipitó, impulsado por las manos inexpertas del trío Puigdemont-Junqueras-Forcadell. Y un poco también por la miopía y escasa transparencia del lado de acá. Y de los que pretendieron situarse entre las dos orillas, como Pablo Iglesias y la propia Ada Colau.

El mayor mal que se nos ha hecho ha sido convertir el ‘caso Cataluña’ en la única noticia. Como si no se hubiese incendiado media Galicia, como si Trump no siguiese poniendo al mundo al borde de un ataque de nervios, como si, sin ir más lejos, no volviese a resurgir, con su salida de la cárcel, el ‘caso Ignacio González’, que va más allá de Ignacio González, claro (se hablará mucho más de esto, ya lo verán). Y lo peor: buscando, demasiado tarde y tras mucho mirar hacia otro lado, una solución de 155-exprés para Cataluña, se ha olvidado pavimentar el futuro.

Solo colateralmente se habla de ese nuevo PSOE que parece que algo está aprendiendo de sus errores pretéritos, solo de pasada se esa reforma constitucional que hay que abordar con urgencia, nada se dice del desequilibrio social y económico que nos tiran a la cara, para nuestra vergüenza, las estadísticas. ¿Hay vida después del 155?¿Tiene el trío Rajoy-Sánchez-Rivera un ‘plan B’, un kit de supervivencia, para que España siga siendo la nación esperanzada que fue desde que, aquel 20 de noviembre, cuarenta y dos años ya, murió el dictador?

Temo, y espero, que habrá que aguardar, para empezar a tener respuestas, hasta que, el 21 de diciembre, los catalanes decidan su/nuestro camino a partir de ahora. Mientras, cinco semanas de (más aún) infarto nos aguardan.

fjauregui@educa2020.es

Una película de los hermanos Marx

Enviado por Fernando Jáuregui | 10/11/17


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Bueno, uno tocaba el ‘harpa’ de Harpo, el otro toca el violón
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He citado muchas veces una de mis frases-muletilla favoritas, aquella en la que Carlos Marx decía que “la Historia siempre se repite dos veces; la primera, como tragedia, y la segunda, como farsa”, porque estaba, estoy, convencido de que acabaría haciéndose realidad. Puigdemont, que sin duda desconocía, cuando empezó su loca galopada, la aseveración marxista, va poco a poco comprobando cómo de la previsión de un Marx se pasa a la realidad del otro mundialmente conocido con el mismo apellido: Groucho. Se ha quedado solo, protagonizando los memes más o menos ingeniosos que colapsan la Red y acaparando la rechifla universal. Este jueves, la presidenta del Parlament, Carme Forcadell, sentenció oficialmente el ya fenecido ‘procés’ ante el juez Llarena. Quiso que casi pareciese una broma todo lo actuado, tan ilegítimamente, en favor de la independencia; un juego casi infantil, inocente, no hay por qué tomarse las cosas tan en serio, Señoría. NO ingresar en la cárcel bien vale una misa.

La farsa se ha consumado. Supongo que Oriol Junqueras, me aseguran que enfrentado ya a muerte con su ex socio Puigdemont, saldrá pronto de la prisión, junto con sus compañeros del ex Govern. Confío en que así sea, y en que la campaña electoral que comenzará en breve se normalice en lo posible, con apenas la excepción del ‘candidato belga’, que anda, me dicen, reclutando a una pandilla de insensatos para que le acompañen en una lista que no tiene ninguna garantía de éxito, más bien al contrario. Como dijo Churchill, ’habéis elegido la indignidad para evitar la guerra, y ahora tenéis la indignidad y la guerra’. Pues eso: Puigdemont eligió el exilio para evitar que le llamasen ‘traidor’ los suyos cuando estuvo a punto de ceder una negociación razonable con el mediador Urkullu, y ahora tiene el exilio –bueno, ni eso, porque no se lo van a conceder—y la ojeriza de los que eran suyos, que difícilmente le van a perdonar la escapada a Bruselas, ni los vaivenes anteriores, que han hecho que todo esto, con la gravedad que tiene, parezca, no obstante, de chiste de la guerra de Gila.

Y aquí está el país entero, riéndose con el payaso que más parece un Harpo Marx políglota que un político serio que quiere mejorar las cosas para sus representados; las ha empeorado, de hecho. Ha dejado casi a cero a su partido, que durante tantos años gobernó Cataluña, ha cuarteado a quienes compartían sus ideas, ha propiciado que la Mesa del Parlament se ponga en ridículo, ha empobrecido a los catalanes, ha dejado la marca Cataluña –y la marca España, de paso—por los suelos, la puesto en un brete al país que le aloja, ha favorecido desórdenes civiles sin cuento, como la manifestación ‘salvaje’ de hace tres días, y ha hundido moralmente a sus paisanos. Hoy, ya no tiene quien le escriba ni, casi, quien le pongo a tiro un micrófono: tanto ha desgastado su monocorde mensaje.

Lo peor que te puede pasar es hacer el ridículo, sugería Tarradellas, a quien Puigdemont quería imitar en su digno exilio, tras haber fracasado como émulo de Companys. Cierto que nos ha dejado a todos la camisa hecha jirones, y al Gobierno de Rajoy con serias inquietudes y desfases internos, pero no estoy seguro de que haber propiciado el destrozo de los propios y de aquellos a los que quieren considerar ajenos (cuando, en realidad, son propios) sea algo como para enaltecerse.

Ignoro en qué acabará Puigdemont. De momento, ha ingresado en las páginas más chuscas de la Historia. Él, que se creía un nuevo libertador Bolívar.

fjauregui@educa2020.es

Que salgan. Que vuelvan

Enviado por Fernando Jáuregui | 08/11/17



(con lo bien que parecía que se llevaban…)
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Que salgan. Que vuelvan. Todavía estamos a tiempo — ahora que no ha comenzado oficialmente– de hacer una campaña electoral ‘normalizada’, en la que los principales candidatos no estén en la cárcel o en el autodenominado ‘exilio’. Todavía el Tribunal Supremo puede enmendar los excesos de celo de la juez de la Audiencia Nacional. No conviene políticamente, ni moralmente –y la aplicación suma de la ley no se puede convertir en suma injuria—, que el acaso próximo president de la Generalitat salga de prisión para tomar posesión del cargo en la plaza de Sant Jaume: menuda fotografía para The Guardian. Ni es bueno que el insensato ‘refugiado’ en Bélgica siga lanzando desde allí proclamas absurdas, que a él tanto le descalifican y al Estado, en el que tendrá que convivir los próximos años, tanto le perjudican.

Dejemos de una vez de hacernos daño, que eso no nos lleva sino a la perdición, Dejemos, desde el independentismo ‘oficial’, de hacer caso a los que les llaman ‘traidores’ por haber querido organizar, ellos, esas elecciones a las que ahora todos se acogen; dejemos, los que somos contrarios a la independencia de Cataluña, de hacer mofa y befa del catalanismo con la ‘manoloescobarmanía’, blandiendo el garrote y los grilletes como toda razón. Olvidemos de una vez los extremismos, las revanchas, las rabietas de colegio; hagámonos mayores.

Esto en lo que estamos, simplemente, no es posible. Imposible llevar a cabo una campaña electoral en estas condiciones. La aplicación de la ley ya está garantizada, pero ¿por qué hacerlo preventivamente, cuando sabemos –o intuimos– que, una vez que haya sentencia, el Gobierno central de turno tendrá que ejercer su potestad del indulto, para normalizar, aunque sea tarde, las cosas? Nos hemos precipitado al dar carta blanca al poder judicial, que es ciego y sordo a lo que se llama interés del Estado. Y ahora no nos queda sino confiar en que ese mismo poder, que ya hemos comprobado, de acuerdo, que existe, valore la magnitud del posible desastre provocado por sus acciones tajantes.

Hasta aquí hemos llegado. El Estado ha mostrado su fuerza. El independentismo, sus límites. Que salgan de Soto, de Estremera. Que vuelvan los que se fueron y saben que no podrán seguir sobreviviendo mucho tiempo de la caridad pública de algunos medios que gozan presentando a esta España democrática como si hubiese regresado al franquismo, menuda barbaridad. No quiero seguir, como español, como ciudadano, como periodista, sufriendo al ver los noticiarios de tantas televisiones europeas, que se gozan presentándonos a los españoles como unos salvajes, otra burrada que no tiene anclaje en la realidad, pero ya se sabe que lo importante es lo que parece, no lo que es.

Puigdemont, Junqueras, nos han hecho un daño terrible. Ni con la perpetua pagarían, es lo que siento, el mal que han causado a un país que lleva años afanándose por ser un modelo de democracia –sin haberlo conseguido del todo, desde luego–. Pero lo que pienso es otra cosa: más daños nos hacen ellos, desde la prisión, desde el ‘exilio’, en su actual situación de postración. Porque Dios nos libre de los débiles, sobre todo de los que no tienen causa. Y más aún, cuando tienen algún tornillo del cerebro algo suelto, como temo que es el caso. Hacen menos daño fuera que dentro, los unos, y menos dentro que fuera, los otros. Que vuelvan. Que salgan. Y que compitan en buena lid ante las urnas, estas sí de verdad. Luego, Dios y la eterna improvisación de este país nuestro, incluida, claro, Cataluña, dirán.

Casi todo lo que hemos hecho bien (y mal)

Enviado por Fernando Jáuregui | 06/11/17

Reconozco que, casi tanto como el tono conciliador empleado este lunes, en un desayuno muy concurrido organizado por Europa Press, por el presidente de Extremadura, Guillermo Fernández Vara, me gustó la presencia en ese acto de la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría. Me pareció que ambos entendían que son bienes superiores lo que ahora hay que preservar y que no conviene desgastarse en ataques al Gobierno del PP el uno y a la oposición del PSOE la otra. Es, totalmente de acuerdo con el presidente extremeño, momento de cerrar filas para buscar acciones eficaces que preserven la unidad del país y restañen a Cataluña, y al resto de España, las heridas producidas por un desbocado intento golpista secesionista, fracasado sin duda, pero que sigue haciendo notar sus catastróficos efectos..

Claro que no voy a decir ni que todo vaya bien ni que todo se haya hecho bien. Los errores del pasado inmediato, la inactividad desesperante de unos y el ‘no, no y no’ de los otros, han contribuido no poco a conducirnos a donde estamos, y donde estamos es en una situación bien peculiar –por decirlo con palabras suaves–: estamos, nada menos, en la posibilidad de que el próximo president de la Generalitat, salido de las elecciones autonómicas convocadas quizá algo precipitadamente desde La Moncloa, haya de abandonar la cárcel para tomar posesión y luego volver a ella. Movida sin duda surrealista y muy poco aconsejable si queremos llevar la paz política, ya que no el calor hogareño, a las relaciones entre Cataluña y el resto de España. Ni tampoco me parece el mejor escenario posible aquel en el que otro de los candidatos, quizá incluso la otra posibilidad para ser el próximo ocupante de la presidencia del Govern autonómico, pudiese tener que regresar del ‘exilio’ para poder sentarse en la plaza de Sant Jaume.

Una locura, sí, derivada de la dejación de las responsabilidades políticas en manos de los jueces, que no entienden de florituras y sí de lo que dicen, lisa y llanamente, las leyes. Y no están las cosas como para andar aplicando así, lisa y llanamente, el código de sanciones penales previstas para los obvios desmanes antidemocráticos y anticonstitucionales de Puigdemont, Junqueras y demás. Confiemos en que el juez del Supremo no repita las decisiones tajantes de su colega de la Audiencia Nacional y no acuerde prisión inmediata e incondicional también para la presidenta y la Mesa del Parlament catalán; tener a una docena de políticos catalanes encarcelados y a otra media docena buscando casi asilo político (aunque hayan evitado decirlo así, porque hubiese sido un nuevo dislate por su parte), no viene bien ni al proceso electoral abierto en Cataluña, ni a la marca España, ni a la economía del país, incluyendo, desde luego la catalana.

He de admitir que seguramente no quedó otro remedio que aprobar –tarde, por cierto– la aplicación del artículo 155 para sofocar las llamas de la rebelión de la Generalitat y sus derivados. Pero quizá en algún momento alguien, con toga, echó gasolina al incendio. Y eso se promovió desde el poder Ejecutivo y no se evitó desde el Legislativo. Hay que volver a intentar pactar, me temo, y lo digo sabiendo perfectamente que no es un pacto precisamente lo que pide la mayoría de la muy irritada opinión pública española pero no catalana: hay, sin duda, un conflicto serio entre los catalanes y el resto de los españoles, que es un conflicto que hay que agradecer a la impericia, torpeza y falta de imaginación de los gobernantes.

Algo hemos sacado, al menos, de todo esto: la consciencia, reflejada en el desayuno al que me refiero, de que con las cosas de comer no se juega y que la oposición política hay que ejercerla cuando hay que ejercerla y en las materias en las que haya de ejercerse. Viendo a SSdeS sentada en el multitudinario acto protagonizado por Fernández Vara, en presencia también de la portavoz socialista Margarita Robles, dí en recordar aquel loco proyecto del PSOE de presentar una moción de reprobación contra la vicepresidenta. Ese proyecto se hacía público hace un mes, y ya ve usted: ahí estaban, frustrada reprobadora –Margarita Robles—sentada amigablemente casi al lado de la frustrada reprobada, SSdeS.

Y es que los tiempos, ya lo mostraron este lunes ambas, además de Fernández Vara, están más para buscar pactos que para ‘noes’ apriorísticos, como hasta hace muy poco venía haciendo Pedro Sánchez. Por cierto que el secretario general socialista, que es quien ha dado el gran viraje estratégico sobre la permanente negativa de antaño, no asistió al desayuno. Será porque no quería que los periodistas le preguntásemos por su bastante razonable crítica a la estrategia del Gobierno de acudir siempre al Código Penal, y no al diálogo, para tratar de resolver la ‘cuestión catalana’. Y no es eso, no es eso: que una cuestión es apoyar, y qué remedio, a Rajoy y otra aplaudir hasta cuando yerra.

fjauregui@educa2020.es

Y, a todo esto, Felipe de Borbón, a punto de cumplir los cincuenta

Enviado por Fernando Jáuregui | 05/11/17


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(El ‘Rey normal’, a punto de cumplir el medio siglo. ¿Y?)
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El análisis de las varias encuestas que se publicaron este fin de semana solamente arroja una conclusión clara, mirando hacia el futuro: el único que sale bien librado en los sondeos se llama Felipe de Borbón, es decir, el jefe del Estado, cuya popularidad roza el 7’5 por ciento sobre diez, más o menos como la que su padre, el Rey emérito, tenía en 1995, antes de que comenzase a caer en picado. Para lo que valgan en estos tiempos inestables, en los que aún desconocemos quién se aliará con quién en las decisivas elecciones catalanas de dentro de mes y medio, las encuestas predicen una clara victoria de Esquerra Republicana y después, quién sabe. Por eso es tan difícil tanto para un comentarista como para cualquier sociólogo, o como para usted, precisar qué diablos va a pasar aquí en un plazo de cuarenta y cinco días. Un mes después de eso, Felipe de Borbón, el ciudadano/institución ya digo que mejor valorado de este país, cumplirá cincuenta años: ¿podrá seguir con sus funciones tan limitadas como hasta ahora, cuando es obvio el papel beneficioso que, como mediador y apaciguador, ha jugado?

Tengo una confianza limitada, lógicamente, en las encuestas: la coyuntura es tan móvil que aún no siquiera sabemos si los candidatos más significativos en las elecciones catalanas estarán en la cárcel o como prófugos en algún país extranjero. Puede que el ganador de esas elecciones según esos sondeos, Oriol Junqueras, sea un recluso de Estremera para cuando se anuncien los resultados que le conviertan en posible, y hasta probable, molt honorable president de la Generalitat. Eso, claro, si consigue imponer su candidatura en una lista inependentista única, que hoy por hoy parece –parece—que quisiera encabezar el fugado Puigdemont, cuyo ‘caso’ empieza a ser estudiado esta semana por la Judicatura belga, famosa por su lentitud… cuando quiere.

Así que, si las encuestas no pueden moverse en el terreno de certeza alguna, qué decir del cronista político. Llevo muchos años tratando, en columnas como esta, siempre en domingo, de intuir qué es lo que nos viene en la semana entrante. Siempre he pensado que nos encaramos con demasiadas ‘semanas decisivas’, como dice, sardónico, mi amigo Carlos Herrera. Nunca como ahora me he sentido tan incapaz de imaginar siquiera lo que puede ocurrir en los próximos siete días. Me cuesta siempre situarme en posiciones de extremo pesimismo, que es lo que correspondería, y por eso, porque me fiaba del sentido común, me he equivocado en no pocos pronósticos. ¿Quién iba a soñar hace apenas tres meses que todo lo que está pasando iba a pasar? “Habrá que jurar que todo esto ha ocurrido”, titulaba este domingo un colega que realizaba una especie de recopilación del horror político que hemos vivido desde aquel atentado en Las Ramblas el pasado 17 de agosto hasta ayer mismo.

Pero cuando los trabajos demoscópicos mantienen una tenaz tendencia, creo que hay que prestarles alguna atención. Y el Monarca acumula muchas series de apoyos con calificación de notable, mientras los líderes políticos llegan, a lo sumo, a un suspenso más o menos alto y variable, haciendo obvio que la opinión pública, como la publicada, es una veleta a la que mueven vientos inesperados, interesados, desinformados.

Por eso, creo que Felipe de Borbón, en cuanto que institución estable, es la gran baza que nos queda por jugar. Los españoles, incluyendo, o empezando por, catalanes, vascos, gallegos y andaluces, no se fían demasiado de sus políticos. Tampoco, en los casos que corresponden, de sus políticos nacionalistas. Y no diré yo que ahora la figura de Felipe de Borbón despierte una simpatía arrolladora en Cataluña o en Euskadi; pero sí digo que, en comparación con los principales personajes de la política española, saca varios cuerpos de ventaja al resto. Y que la Monarquía es ahora la institución más valorada del país, la única contemplada como capaz de situarse por encima de la ‘melée’ partidista que impregna también, a juicio de los encuestados, a otras instituciones.

Ahora, ese hombre, Felipe de Borbón, cumple cincuenta años. Lo hará a finales de enero, poco más de un mes después de que las urnas, las verdaderas urnas, catalanas arrojen su veredicto. Que es lo que verdaderamente ha de preocuparnos ante el mayor desafío que España tiene ante sí como Estado, como nación, como destino de futuro de todos nosotros. Por eso, me parece desenfocado que, en nombre de la izquierda, Podemos, un partido tan representativo de la insatisfacción de varios millones de españoles como actualmente despistado en sus tácticas y su estrategia, haga del republicanismo agresivo el ‘leit motiv’ de su actuación.

Creo que no es este precisamente el mejor momento para poner en tela de juicio la forma del Estado; ni me parece que la izquierda haya de distinguirse precisamente ahora con la medalla del republicanismo y menos aún del independentismo: eso sería darle sufragios directamente a esa Esquerra Republicana de Catalunya, que sería la que ganaría las elecciones, según las encuestas. ERC es el original del republicanismo y del independentismo, y no la copia. Y es, además, la responsable de todo lo malo que le ha ocurrido a Cataluña casi en el último siglo. No hay sino que ver el desenfoque de sus actuaciones en el Parlamento nacional, intervenciones que rozan los más desaforados esperpentos valleinclanescos.

El PSOE de Felipe González (ahora el de Pedro Sánchez) y el PCE de Carrillo dieron muestras de su realismo al aceptar que la Monarquía tenía, a nivel nacional, una buena acogida en la ciudadanía española. Luego, los comunistas, en el poscarrillismo, especialmente de la mano de Anguita, volvieron a sus postulados más radicalmente tricolores, pero nunca hicieron de ellos el eje central de su política. Pienso que la izquierda-a-la-izquierda tiene ahora cosas más urgentes que hacer, y en las que pensar, que insistir en el descrédito de la Monarquía…y quizá en la profundización del lío territorial. Temo que todos estemos cometiendo todo el tiempo demasiados errores en casi todo: no afianzar ahora lo que representa la Jefatura del Estado sería, quizá, la mayor de todas las equivocaciones en las que podríamos incurrir.

El futuro president de la Generalitat, en Estremera

Enviado por Fernando Jáuregui | 03/11/17


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(esta foto ocurrió hace cinco meses.Increíble, pero cierto)
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¿Era consciente Su Señoría, al enviar tan fulminantemente a la cárcel al vicepresidente de la Generalitat y a varios de sus ‘consellers’, de que este vicepresidente podría ganar las elecciones dentro de mes y medio, y que esas elecciones pasarán de autonómicas a quizá constituyentes? Probablemente, la juez Lamela no es, ni debe serlo, plenamente sabedora de que su decisión, que me atrevo a criticar parcialmente, puede producir efectos impensados e impensables en el cuerpo político de la nación, en la marcha de España hacia su destino. ¿Sabía el fiscal general, en su querella contra el independentismo catalán, a dónde llevarían las aguas? Y, en último término, ¿imaginaba el Ejecutivo central que preside Rajoy que, poniendo las soluciones al entonces solo posible conato de sedición en manos de los jueces, y no de la política hábil, los males podrían ser peores que los beneficios?

Escribo un poco desde la oscuridad, porque a saber cuál será la nueva sorpresa, pero, en cualquier caso, hay que advertirlo previamente en estos tiempos del cólera, escribo desde el lado del anti independentismo. Culpo en primer lugar al mesianismo de Artur Mas y a la insensatez, sin fondo intelectual alguno, de su sucesor a dedo, Carles Puigdemont, y a sus camarillas, de lo que está ocurriendo, del terrible descalabro que esta sufriendo Cataluña, del pavor que se ha enseñoreado del resto de España. Pero, una vez dicho esto, creo, y es evidente, que de este lado, en el que insisto que me sitúo, se han hecho muchas cosas mal, y a los resultados me remito. Han faltado diálogo, generosidad, imaginación y ha sobrado judicialismo, que es palabro recién inventado, pero muy gráfico. No, no se debería haber gestionado, y lo dice alguien que de jurista solo tiene muchos años de estar mirando casos y cosas variopintos, como se ha gestionado: ni ha habido equidad en los casos del Supremo y la Audiencia Nacional, ni tiempo suficiente para la defensa de los encarcelados tan rápidamente en el último de estos casos, ni se ha calificado de manera lo suficientemente distante –pero ¿hay o no rebelión?–, ni…

Las decisiones judiciales se acatan, pero pueden, cómo no, criticarse, aunque ya sabemos que, en situaciones de crisis extrema, y en las guerras, la libertad de expresión es lo primero que sufre: ¡ay de los disidentes en todo o meramente en algo! Esto es lo que siente ahora el cronista de buena voluntad: discrepando, ¿se da alas a los sediciosos? ¿O se coopera a la equidad democrática?

Escribo desde una ciudad europea, muy visitada por turistas y juristas españoles, y escucho opiniones libremente expresadas y no demasiado coincidentes; yo diría que una mayoría se alegra de la dureza de las decisiones del fiscal y de la jueza de la Audiencia Nacional –“que paguen por lo que han hecho”–. Pero otros muchos discrepan de los modos, de los tiempos, del enfoque, admitiendo que la Justicia debe siempre prevalecer y que el delito hay que castigarlo siempre. La ley es interpretable, faltaría más, y para eso están los jueces. A la vista está que el magistrado del Supremo y la de la Audiencia siguieron caminos distintos, decidiendo el primero dar más tiempo a los que comparecieron ante él para preparar su defensa. Y dando argumentos la segunda a los abogados defensores de los hoy encarcelados. Que, por supuesto, don Pablo Iglesias, nada tienen de presos políticos, aunque así vayan a ser presentados por las partes interesadas.

La Justicia, una vez que caes en sus manos, es imparable, y así debe, creo, ser. Por eso, confiar un caso que es político sobre todo a los tribunales hace que se corra el riesgo de que los remedios pueden ser peores que las enfermedades, y mira que estas eran, son, graves. “Impecablemente legal, políticamente incorrecto” ha sido el proceder judicial, deben andar pensando ahora los mismos miembros del mismísimo Gobierno que decidió judicializarlo todo. Y conste, insisto de nuevo, que aplaudí la (tardía) decisión de Rajoy de actuar con el artículo 155 de la Constitución en la mano, porque lo de la Cataluña no podía seguir así ni un minuto más. Lo cuestionable ha sido lo anterior y lo posterior.

Pero ahora, a saber en qué va a parar todo esto. Ya digo que los candidatos a unas elecciones desde la cárcel pueden hacer campañas muy destructivas, y repito que escribo desde un país europeo en el que el prestigio de mi nación, España, ha caído en picado, y a las portadas de prensa y comentarios de televisión me atengo. Y a saber, insistamos, cómo se resuelve el hecho de que uno de estos candidatos gane en los comicios; correremos, entonces, el riesgo de albergar en Estremera a un nuevo Mandela, que es figura que el independentismo siempre busca y necesita. Y, desde luego, me parece que ese nuevo Mandela dista mucho del original, en todo, excepto en su enorme tozudez. Creo que vamos a atravesar por grandes turbulencias, que quizá, confío, la maquinaria judicial contribuya, ahora, a solventar. O no…