El ‘Españagate’, o el cúmulo de nuestras desdichas

Enviado por Fernando Jáuregui | 05/11/18

Resulta imposible fiarse de un país en el que gentes como Villarejo, o Puigdemont o, salvando, claro, todas las distancias, las ambiciones personales de Pablo Iglesias, dominan el panorama subterráneo, que es ese ajeno a la luz y los taquígrafos, a la transparencia democrática obligada. Resulta decepcionante una nación en la que algunas de las víctimas de las escuchas y transcripciones ilegales, pero tan ampliamente difundidas, parece que. efectivamente, han hecho lo que esos susurros robados dicen que han hecho. Hablamos de corrupción, de manejos claramente ilícitos contra competidores, de amenazas y chantajes sin cuento. Y últimamente hay desde una ministra hasta la ex secretaria general de un partido (y, por supuesto, su marido), pasando por otro ex secretario general y ex ministro del mismo partido, involucrados en la mierda, con perdón, pero es que no acabo de encontrar otra palabra más adecuada. Y, hasta ahora, mantienen el silencio y nada desmienten, ante los medios o/y ante el Juzgado de Guardia de turno.

Lo llaman ‘Cospegate’, como hablamos antes del ‘Doloresdelgadogate’, del ‘Cifuentesgate’, del ‘Pujolgate’… Ni siquiera es el ‘Villarejogate’. En un país donde hasta se ha espiado subrepticiamiente una reunión privada y secreta del ministro del Interior en su propio despacho y seguimos sin saber quién fue, cómo pudo ser, resulta que la seguridad no ya jurídica, sino hasta personal, brilla por su ausencia. Esto es el ‘Españagate’: vivimos una situación en la que quienes pueden hacerlo espían a los demás, encontrando la certeza de que lo que espíen, si les es rentable para alguno de sus turbios fines, va a ser ampliamente difundido. Y de manera absolutamente impune, desde luego.

Y no defiendo, claro está, a la señora Cospedal y menos aún a su marido. Ni a la ministra de Justicia, ni a la ex ministra de Sanidad con su master ‘fake’. Ni a ninguno de los que nos dan a los ciudadanos, o lo intentan, gato por liebre. Creo que tanto a la actual ministra encargada de los temas legales y de la notaría del Reino como a la ex secretaria general y ex ministra de Defensa y ex presidenta de Castilla-La Mancha y ex tantas cosas, les quedan pocos días como miembro del Gobierno una y como diputada la otra: su renuncia es lo que va buscando quien cada día esparce la basura acumulada, que incluye también salpicaduras tan comprometidas como las que afectan ae Javier Arenas, algo que hasta puede hacer variar, se temen en el PP, los resultados en las elecciones andaluzas.

Lo siento como periodista y casi me alegro como persona: no he sido capaz de desentrañar dónde se sitúa el epicentro de todas estas maniobras orquestales, tan lamentables, en la oscuridad. Ni, sospechas al margen, se me alcanza cuáles son las finalidades que, desde lo de Corinna la falsa princesa hasta lo de Cospedal, el último juguete roto de nuestra política, buscan quienes acumulan hasta vídeos ilegales de cómo una personalidad se apropia, sin pagar, de dos cremas embellecedoras. Solo puedo decir que, dejando al margen el asco que siento por estos manipuladores de vidas y haciendas de los demás, yo también publicaría este triste material si llegase a mis manos, porque, ante todo, temo que incluso antes que ciudadano, me siento periodista. Y no me valen los argumentos de que se está socavando la credibilidad de quienes, elegidos por nosotros o no, nos representan: son ellos, y no lo que de ellos se difunde (si todo es cierto), quienes socavan esa credibilidad.

Pero, también como periodista, y como mero observador de lo que nos pasa, tengo que decir que así no vamos bien. Primero, porque algunos de aquellos a los que dimos nuestro voto y les pagamos el puesto han pretendido abusar de nosotros, las gentes de la puñetera calle. Y, segundo, porque a este paso acabarán pagando justos por pecadores y ya no sabremos en quién confiar, cuando, he de decirlo, creo que me consta que la inmensa mayoría de nuestros políticos puede que muy brillantes algunos no sean; pero honrados, básicamente honrados al menos, seguro que sí lo son. Y esa es la tragedia del ‘Españagate’ que cada día conoce un nuevo episodio.

fjauregui@educa2020.es

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El único amigo que le queda a Pedro Sánchez

Enviado por Fernando Jáuregui | 03/11/18

Las muy divergentes calificaciones de la Fiscalía y de la Abogacía del Estado en torno al futuro penal de los políticos secesionistas catalanes presos –ya sabe usted: rebelión o no rebelión, con ochenta y un años de petición de prisión de diferencia—está provocando un terremoto de impredecibles consecuencias. Con el Legislativo mayoritariamente en contra –el independentismo catalán ha anunciado que no apoyará los Presupuestos–, con el Judicial muy, pero que muy, alterado por todo lo que está pasando, con la Iglesia irritada tras la pésima gestión de la vicepresidenta Calvo en El Vaticano a cuenta del ‘affaire Franco’, con los medios mayoritariamente críticos con su trayectoria, a Pedro Sánchez ya solo le queda un amigo. Y, en mi opinión, con amigos como ese para qué quiere enemigos.

La Fiscalía está que trina ante esa ‘maniobra’ del Gobierno, que el Gobierno desmiente, de inducir a la Abogacía del Estado, que depende directamente del Ministerio de Justicia, para que borre incluso las palabras ‘rebelión’ y ‘violencia’ de su escrito de acusación, mientras que el de la Fiscalía repite esa palabra maldita, ‘violencia’, hasta en 23 ocasiones. Con el resultado, ya digo, de que la primera pide 116 años de cárcel para Oriol Junqueras y los otros encarcelados y/o acusados, mientras que la segunda solicita 177 años. Sí, el Gobierno, por boca de la vicepresidenta y de la ministra de Justicia, niega haber presionado a la Abogacía, contra lo que aseguran que ha ocurrido la oposición y algunos medios de comunicación. Sucede, desafortunadamente, que doña Dolores Delgado carece a estas alturas de la suficiente credibilidad, tras todo lo que ha pasado, a los ojos de la opinión pública. Y de la publicada. Y doña Carmen Calvo se está revelando, ya digo, como un auténtico desastre. Y, además, con rostro furioso ante las críticas.

Así que al presidente Sánchez le quedan ya pocos amigos –válidos—incluso en su propio Consejo de Ministros.

El único amigo, no sé si válido ni valioso, que le queda a Pedro Sánchez, y que es su único aliado para mantenerse en La Moncloa, está ayudando no poco a horadar la Monarquía. Y a difundir la sensación de que el Ejecutivo miente, o disfraza la realidad, cuando dice que no le ha enviado a él a negociar en Lladoners con Oriol Junqueras, y que la iniciativa ha sido solamente del amigo, por su cuenta y riesgo; lo cual, si se tiene en cuenta la posición de ‘vicepresidente in pectore’ de la que el amigo hace gala, resultaría aún peor. Si el Gobierno quiere negociar con el líder de Esquerra, que lleva un año encarcelado en prisión preventiva, lo cual es molesto para todo el mundo, que lo haga desde el propio Ejecutivo, discreta y más eficazmente de lo que se ha registrado hasta ahora. Luego, del indulto, que el ‘Mandela de Lladoners’ dice que rechazaría, ya hablaremos.

Y además está lo de la Corona: tiene perfecto derecho el único amigo de Pedro Sánchez a criticar a la Monarquía, faltaría más. Pero resulta que el amigo, el ya citado Sánchez, ha jurado, prometido, fidelidad a la Constitución monárquica y defender la figura del jefe del Estado. Una figura, a mi juicio admirable, pero que cada día está más comprometida por todo este tejemaneje, por esta crisis de Estado que no cesa, sino que aumenta. Por este ‘lío político’ ante el que todos, empezando por los empresarios, estan “acojonados”, según la poco hiperbólica definición nada menos que de Juan Roig, uno de los hombres más fuertes de la economía productiva en España.

Y Sánchez pues eso: se ha echado en brazos de su amigo, que le abandonará como un mal desodorante en la primera vuelta de la esquina. De momento, ambos se necesitan para alcanzar al menos pactos locales y autonómicos en las elecciones de mayo. Y se necesitan ante unas nuevas elecciones generales, ya que Sánchez ha renunciado, parece, a la posibilidad de formar un futuro Gobierno de coalición de centro-izquierda.

Así, la amistad con el líder de Ciudadanos es ya imposible y un acercamiento de posiciones a Pablo Casado resultaría impensable. A todo esto, sumado a la crisis del poder Judicial, el independentismo catalán se ha enfadado con el presidente del Gobierno central, acabando con toda posibilidad negociadora; los nacionalistas vascos saben que ya no pueden obtener más contrapartidas de este Gobierno; los medios de comunicación ya no son, en general, meros espectadores, sino críticos implacables; las instituciones se cuartean; el Parlamento es una cámara –dos—de vociferaciones inútiles (¿para cuándo el debate sobre el estado de la nación?); los empresarios se ‘acojonan’, lo mismo que muchos presidentes autonómicos, que, desde su lógica, no entienden nada…

Menudo panorama. ¿Qué hacer? Pues probablemente lo único que queda es lo que el amigo de Pedro Sánchez desaconseja con mayor viveza: ir pensando en una salida honrosa convocando elecciones tras lo que ocurra el 2 de diciembre en Andalucía, que a este paso vaya usted a saber qué es lo que ocurrirá ,tras el debilitamiento obvio en el PP a raíz de las filtraciones sobre el ‘caso Cospedal’. ¿O habría que llamarlo también ‘caso Javier Arenas’?. Curioso que la misteriosa filtración haya salpicado ahora, precisamente ahora, a quien maneja los hilos territoriales en el que algún día quiso considerar su feudo andaluz, ¿no?

Tormenta perfecta, pues. Y el amigo, que es de secano, al timón, mientras el capitán del barco se mira al espejo, a ver si todo esto le está encaneciendo demasiado el cabello, que ya se lo ha advertido Iván, que ya no es tan, tan amigo como lo es, por ahora, ‘el’ amigo, dicen. Pues menudo follón.

fjauregui@educa2020.es

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Rebelión o no rebelión, that is the question

Enviado por Fernando Jáuregui | 01/11/18


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((alguien debe de estar muy contento con lo que le ocurre a Cospedal…Qué tremenda es esta política nuestra))
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Siempre nos enzarzamos, en este país nuestro, en torno a las palabras, que son ya más que conceptos. Porque lo importante no es, a mi juicio, si la Fiscalía y la Abogacía del Estado optan por acusar a los secesionistas catalanes –a cuatro de ellos, quizá—de rebelión o de ‘mera’ sedición aderezada con malversación; lo importante es saber cómo diablos se va, vamos, a salir del embrollo de los presos y huidos en y de Cataluña, que, en cualquier caso, rebeldes o solamente sediciosos, van a ser condenados a una abultada pena de cárcel. Seguramente merecida, pero que todos sabemos, pongámonos la mano en el pecho, que no cumplirán.

Dada la fragilidad en la que vive hoy el Estado, me parece mucho más útil, como labor de oposición, llegar a un pacto con el Gobierno sobre el futuro que aguarda a la ‘conllevanza’ con Cataluña que utilizar las sesiones de control parlamentaria para acorralar a Pedro Sánchez tratando de comprometerle a asegurar que no, que nunca habrá indulto para los presuntos golpistas catalanes. Pues claro que habrá indulto. Y me parece altamente probable que, incluso en el caso de que en esos momentos la presidencia del Gobierno esté en manos de Pablo Casado, o en las de Albert Rivera, sean ellos y sus consejos de ministros quienes lo firmen. Otra cosa serán las cautelas, las contrapartidas, los compromisos…Ya veremos.

De momento, no es ese el tema. Primero tendrán que ser juzgados los Oriol Junqueras y compañía, y también Carles Puigdemont si es que se decide a regresar. Luego vendrán, temo que necesariamente, las componendas, que ni a ustedes, amables lectores, les gustan, ni tampoco a mí. Pero es el momento de decidir con qué clavos herrumbosos hay que cerrar los boquetes por los que tanta agua está entrando al buque del Estado. Y, desde luego, judicializar el problema catalán fue un error, quizá inevitable –los secesionistas empezaron primero, declarando unilateralmente la independencia, que les duró apenas unos segundos–, pero error al fin. Y fue un error político, no jurídico.

Y, después de ese error, todos los demás. Enormes, increíbles, por parte de la Generalitat catalana y de su mentor en Waterloo, que han conseguido incluso dividir al independentismo hasta casi no dirigirse la palabra con algunos de los presos en Lledoners. Pero también han sido grandes las equivocaciones de la parte constitucionalista, que hoy aparece no menos dividida que Esquerra respecto de Junts per Cat etcétera. Este es un tema de Estado –¿cuál otro, si no?—y no debería estar sujeto a las aspiraciones monclovitas de Sánchez y de sus rivales, ni a las trapisondas de Pablo Iglesias yendo de visita a las cárceles como un redentor de cautivos. Considero improcedentes las ocurrencias y falsas soluciones que algunos ponen sobre el tapete, dicen que para ‘arreglar’ un tema, el catalán, que debería estar férreamente sujeto a consenso. Y no, la cosa no va, temo, de algo tan aparentemente fácil como volver a instaurar una aplicación dura’ del artículo 155: ya aplicamos esa medicina y fracasó. Ahora tocan diálogo, habilidad, flexibilidad e ideas.

Supongo que cuando, en las horas siguientes a la publicación de este artículo, las conclusiones provisionales de la Fiscalía decidan si hubo o no rebelión, la escandalera será tremenda, a base de ‘ya lo decía yo’, en medio de acusaciones mutuas de largo recorrido entre Gobierno(s) y oposición(es). Dos bandos, dos Españas, que se van haciendo incompatibles, dada su actuación, con la pervivencia de España.

Y, mientras nos peleamos por lo fundamental (y por lo accesorio), permitimos que dos señores en la cárcel, cada uno por motivos distintos (y no se me ocurriría comparar al uno, al que le reconozco probidad moral, con el otro, que me parece un auténtico indeseable símbolo de toda corrupción), impongan su ley. En el primero de los casos, ignoro lo que trataron, de verdad, Junqueras y Pablo Iglesias en el ‘despacho’ que el primero tiene en la prisión, pero pienso que tenemos los españoles derecho a saberlo. Pero no tendría ninguna facultad el líder de Podemos, si es que ese fue el asunto, en sugerir siquiera la posibilidad de un indulto futuro, que, para colmo, sin duda Junqueras, haciendo un acopio de dignidad, inicialmente rechazaría. Y que Pablo Iglesias, que espero que no tenga jamás esa facultad desde un Gobierno en mi país, tampoco podría conceder.

El segundo de los casos es más lamentable: resulta que un comisario de policía indigno, quiéralo ahora él o no, está condicionando las sesiones de control al Gobierno a cuenta de sus cintas grabadas, supongo que ilegalmente. Horadando irreparablemente el prestigio de unas formaciones políticas, de unos personajes, que tanto han hecho, en cualquier caso, para perder tal prestigio. Y, así, PP y PSOE se tiran a la cabeza las grabaciones vergonzantes efectuadas a una ministra y a una ex ministra y ex secretaria general del principal partido de la oposición, como si fuesen misiles para el desgaste preelectoral. Se arrojan basura, sí; lo realmente malo es que parece que hay basura, y en cantidades muy considerables, para ser arrojada. Menudo espectáculo estamos dando.

Me parece que las fuerzas políticas habrían de estar atentas a muy otras cuestiones. Lo del pacto de futuro en Cataluña, por ejemplo, ahora que creo que va a ser posible encontrar una rendija en las diferencias entre los secesionistas para negociar desde el Estado, no meramente desde el Gobierno central. Y si, de paso, ese pacto incluye un fortalecimiento de la Corona, fortalecimiento que no puede consistir solamente en actos simbólicos –positivos, por lo demás—como una lectura pública de un artículo de la Constitución por parte de la princesa heredera, mejor.

Y ya si lograsen, desde el Ejecutivo, sacudirse las ideas geniales para mejorar su imagen –menudo lío en el que se/nos han metido con lo de la exhumación de Franco–, miel sobre hojuelas. El contento sería máximo si desde los dos principales partidos de la oposición se dejasen de postureos extremistas, que, a la hora de la verdad, no van a poder honrar. Y del cuarto partido en liza, el que lidera el vicepresidente ‘in pectore’, ¿qué esperar? Bastaría con que no siguiera estorbando a la formación gobernante a base de manifestar su republicanismo a todas horas, algo que compromete a un ‘aliado’, Pedro Sánchez, que ha prometido fidelidad a la Constitución, que, por cierto, es monárquica.

Pues eso. Que uno tiende a rebelarse ante la disyuntiva de que la ‘rebelión sí-rebelión no’ sea the question, la única cuestión, como si los problemas viniesen de lo que decidan o no los fiscales y los abogados del Estado, y no de la inanidad de una clase política que, lo demuestran a cada paso que dan, muy pocas veces está a la altura de las circunstancias. Que no son, ciertamente, fáciles.

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Me dicen: “oye, que sales en los papeles de Villarejo”. Y era cierto…

Enviado por Fernando Jáuregui | 30/10/18

La llamada de un amigo, a primera hora de la mañana, me sorprende en un desayuno de trabajo con Albert Rivera y su ‘hombre para Madrid’ Ignacio Aguado: “Oye, ¡que sales en los papeles de Villarejo!”. Y una carcajada al otro lado del móvil. Luego me llamaron más conocidos. Eso me lanzó a la búsqueda de la última filtración publicada de las conversaciones del tristemente famoso comisario, ahora con la ex secretaria general del PP y ex ministra de Defensa, María Dolores de Cospedal. Efectivamente, allí estoy yo; la señora Cospedal le dice a Villarejo que tiene que esperar un poco para poder subir a la sede del PP en la calle de Génova sin ser visto por nadie, porque allí estaba quien suscribe, entrevistando a alguien en la planta en la que ambos se tenían que encontrar. “Pero es que no terminaba de irse, no terminaba de irse, no terminaba de irse…”, dice, supongo que refiriéndose a un servidor, la ex secretaria general a su interlocutor, el hombre que acaba de meterla, nueve años después, en un buen lío que va a costar la carrera política, si es que aún la tenía, a la mujer que tantas cosas fue en este país nuestro.

He buscado por todos los archivos posibles, tratando de averiguar con quién me encontraba yo este día en la sede de los ‘populares’. Pero, claro, han pasado nueve años y uno no hace más que hablar, entrevistar, a mucha gente cotidianamente. A saber con quién estaba yo departiendo en busca de noticias y ‘no acababa de irme, no acababa de irme, no acababa de irme’ para que subiese el comisario a conspirar sobre quién sabe qué –las cintas cuya transcripción he leído son muy sugerentes, pero no dan pistas definitivas–. No puedo por menos de sonreir, al menos, pensando que, por mi culpa, se retrasó el encuentro entre la esposa de Ignacio López del Hierro –que es quien está en el epicentro de este volcán– y el comisario cuyo mero contacto resulta más que pringoso.

La verdad es que de poco me hubiese enterado, incluso en el caso de que hubiese visto a Villarejo entrando al despacho de la señora Cospedal, puesto que ni conocía, ni conozco, ni espero conocerle, al comisario-espía. Lo que hubiera podido ser un notición, de haber tenido yo toda la información, me pasó esta vez rozando –y no es la primera que me ocurren cosas semejantes–, pero qué quiere usted: no me enteré de la trama que se iba a desarrollar en aquel mismo piso de Génova del que me fui tranquilamente, por lo visto ya de noche.

Si tengo que decirlo todo, me hace poca gracia figurar, aunque sea tangencialmente, en los ‘papeles de Villarejo’, un hombre que ha ensuciado todo cuanto ha tocado, que ha enlodado los caminos por los que ha pasado. Ni siquiera sabía, a aquellas alturas, que las obras que se estaban realizando en la sede de los ‘populares’ estuvieses siendo financiadas con dinero ‘B’, que no ‘B’ de blanco, precisamente.
Pero este sucedido, que me veo forzado a relatar en primera persona, me ha servido al menos para reafirmarme en algo de lo que siempre he estado bastante convencido: no importa quién cuente los escándalos, ni de dónde provengan las informaciones escandalosas, si son ciertas. Apañados estaríamos los periodistas si tuviésemos que atender a la pureza de nuestras fuentes en cada información que nos llega. Noticia es todo aquello que alguien no quiere que se publique y yo, si estas grabaciones del policía infame hubiesen caído en mis manos, por supuesto me hubiese apresurado a publicarlas, por supuesto sin contrapartidas, claro. Incluso aunque saliese, como parece que salgo, como el pelmazo que ‘no se iba, no se iba, no se iba’ para que la señora Cospedal hablase tranquilamente de sus cosas, y de las de su marido, y quién sabe si de las de más gente, con el comisario que aguardaba allí abajo a que yo me marchase. Incorporo esta anécdota, para mí impagable, al futuro libro de memorias, o lo que sea.

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Una hora menos en Canarias, dos o tres años menos en España

Enviado por Fernando Jáuregui | 27/10/18

En España no solamente hemos atrasado nuestro reloj una hora. El problema no es la polémica, europea al fin, sobre si es conveniente o necesario el cambio horario de apenas sesenta minutos. Nuestro problema es que paramos el reloj hace un año, con los gravísimos sucesos políticos que tuvieron a Cataluña como protagonista, y no hemos adelantado un solo segundo en la resolución de un problema que, tengo la impresión, lejos de resolverse se nos va agravando día a día, sin que ni el secesionismo, ni el Gobierno central, ni la oposición en sus variados colores sepa hacer gran cosa para desatar –o cortar—el nudo gordiano.

Las polémicas en el antiguo –y roto—bloque constitucionalista se azuzan ante la proximidad de numerosas elecciones: que si conviene o no una nueva aplicación del artículo 155 de la Constitución, que si hay que concluir ya la prisión preventiva de los políticos catalanes, que si se debe o no procesarlos por un presunto delito de rebelión, que si hay que ir pensando ya en un indulto tras el que será el ‘juicio del año’ en 2019… Cada nuevo hito desata inéditas y más duras polémicas entre unos ex aliados que antaño estuvieron de acuerdo –básicamente—en lo que se debía hacer con la ‘cuestión catalana’ y hoy se enfrentan sin disimulos, para gozo de los independentistas, que ven cómo el Estado adelgaza, cómo la Monarquía se debilita y cómo el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial se van lenta, pero imparablemente, desprestigiando a ojos de la ciudadanía.

No, nada de esto registra el CIS en sus encuestas ahora mensuales, pero me parece que no hacen falta estudios demoscópicos para comprobar lo que digo. Cualquier observador medianamente atento puede ver que la política española está en crisis total desde hace tres años, al menos. Y que el surrealismo, que es un arte menor y, a veces, degenerado, se ha apoderado del modo de proceder del Gobierno y sus aliados, de los no tan aliados en la oposición, del secesionismo catalán –ahora Puigdemont ‘inventa’ un nuevo partido, o lo que quiera ser esa Crida–, de la mayor parte de los parlamentarios, de los jueces del Supremo y, a veces, hasta de los medios de comunicación, de algunos de ellos al menos. No me resulta extraño el pasmo que a veces te reflejan esos diplomáticos destinados en Madrid que se encargan de enviar sus informes a sus respectivos gobiernos. Ni me parece exagerado decir que España es el pasmo, y no estoy seguro de que para bien, de Europa, ex aequo con Italia, un ‘partenaire’ bastante indeseable en el Guinness de los malos récords políticos.

Y, la verdad, y siento decirlo porque el personaje es técnica y personalmente estimable, temo que ese desprestigio se haya extendido también a las predicciones del CIS de José Félix Tezanos. Que no digo yo que, si hubiese hoy elecciones, no las ganaría el PSOE, no lo sé, aunque me resulta extraño: será que los demás son aún peores. Solo afirmo que son demasiados los especialistas que dudan de porcentajes, de cocinas y de cocineros. En los manuales clásicos se prescribe que, para hacerse con el Estado, primero hay que debilitarlo: tomar el Parlamento, dividir a los jueces, hacerse con las instituciones o derrocarlas, infiltrarse en los principales medios de comunicación, dividir, dividir, dividir. Que tampoco digo, oiga usted, que lo de Pedro Sánchez sea una usurpación del Estado; todavía, cada vez menos, creo que es el último eslabón en la cadena del sistema. Pero anda en malas compañías (que se lo pregunte PS a Carolina Bescansa, o si él lo permite en su alocado galopar, a Iñigo Errejón).

A veces parece que, en lugar de retroceder una hora, damos pasos atrás de años, he de repetirlo. No de un solo año: de muchos más. Casi de un siglo. Y no están los tiempos como para repetir historias que no salieron bien, que no están saliendo bien, por muy contentos que estén los protagonistas de la película en este secarral político en el que nos estamos convirtiendo, en medio del pesimismo ciudadano generalizado. Celebraremos los cuarenta años de la Constitución –poco reflejo están teniendo los actos convocados por Ana Pastor, por cierto–, pero, la verdad, no tenemos demasiado que celebrar, aparte de eso.

fjaureguui@educa2020.es

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Un año en el que todo ha ido a peor

Enviado por Fernando Jáuregui | 26/10/18

Se mire como se mire, excepto si los ojos están interesados en la tergiversación, todo ha ido a peor en este año transcurrido desde aquel nefasto 27 de octubre de 2017, cuando el Parlament, en voto secreto y en ausencia de la oposición, aprobó, con vigencia apenas de unos minutos, la independencia unilateral de la República de Catalunya, acto inmediatamente seguido por la disolución del Govern por parte del Gobierno central, que decretaba la entrada en vigor del artículo 155 de la Constitución. La autonomía catalana quedaba, de hecho, suspendida y se abría el camino para llevar a prisión a los principales dirigentes del procés’…excepto, claro, a los que huyeron al extranjero, comenzando por el hasta entonces president de la Generalitat, Carles Puigdemont. Jamás había ocurrido algo tan grave en Cataluña desde que el general Batet bombardease Barcelona en 1934.

Ahora, doce meses después, los políticos catalanes máximos responsables de todo aquello, representantes, se quiera o no, de la Cataluña independentista, siguen en prisión provisional,. O procesados. O huidos, en el ‘exilio’, según ellos. La instrucción sumarial del juez Pablo Llarena ha concluido y a comienzos de año se celebrará el juicio contra esos dieciocho presuntos implicados en aquel intento de golpe de Estado: un juicio que suscita previsión de negros nubarrones en las ya muy deterioradas relaciones entre Cataluña, en general –también los no independentistas se incluyen en este apartado—y el resto de España.

La economía catalana ha sufrido un serio deterioro, la convivencia civil también, el desprestigio del conjunto del país en el extranjero seguramente se ha incrementado –o, más exactamente, quizá ha disminuído el prestigio–…Todo, todo, ha salido tocado en este loco galopar hacia la independencia abierto en 2012 de manera irresponsable por alguien que, como Artur Mas, declaraba dos años antes a quien suscribe que ‘ser independentista es ser retrógrado’: la propia máxima institución del Reino de España, la Corona, ve ahora oficialmente obstaculizada su presencia en Cataluña, lo que, a mi juicio, constituye un hecho gravísimo, dado que el Rey es el jefe de todo el Estado, sin restricciones posibles dictadas por un presidente autonómico que es, o debería ser, el representante territorial de ese Estado, aunque de hecho sea su peor enemigo.

Y lo que puede ser aún peor: la pésima actuación de los responsables políticos a uno y otro lado ha llevado a la peor involución anímica que el cronista recuerda haber vivido en casi cincuenta años de profesión n el país. Cualquier solución, a uno y otro lado, se ve ahora imposibilitada por el más feroz radicalismo, que impide una salida negociada. ¿Se habla de indulto? Voces indignadas se levantan a una y otra orilla del Ebro, reclamando simplemente amnistía total en una parte y castigos ejemplares de largos años de cárcel en la otra. El panorama está dominado por los ‘halcones’, los mismos que taponaron un remedio ‘in extremis’ hace un año, cuando Puigdemont, angustiado ante lo que se le venía encima, trató de convocar elecciones en el último minuto, pero no se atrevió a hacerlo ante los que le llamaban ‘traidor’.

Siento decirlo, y conste que mi aprecio por el actual presidente del Gobierno no es ahora excesivamente elevado, y menos aún lo es por quien ejerce la vicepresidencia ‘in pectore’, el locuaz ególatra que todo lo apunta en la barra de hielo de su vanidad fatua; pero la verdad es que el intento actual de Pedro Sánchez, tratando de contener el desorden independentista a base de practicar una política de intento de diálogo, moderación y promesa de que todo se arreglará, aunque sea por la vía de un indulto tras el juicio, me parece ya la única vía. No queda otro remedio que la ‘conllevanza’, que significa que todas las partes tendrán, como ya ocurrió en 1977 con Suárez y Tarradellas, que renunciar a una parte de sus programas ‘de máximos’, comenzando por admitir la Generalitat que la independencia, simplemente, no se va a producir, y menos de forma unilateral mediante un referéndum ilegal.

A partir de ahí, y de que se cumplan los trámites que la Justicia y las leyes reclaman, supongo que todo es negociable. Incluso lo del indulto. Incluso que el jefe del Ejecutivo vaya diciendo por ahí que el delito de los políticos presos no es rebelión, sino sedición, una declaración que tanto parece haber irritado a los jueces, dicen. Y es lo que debería entender Torra, que se mantiene obtusamente en la esfera de Puigdemont, y lo que me parece que ya van entendiendo Oriol Junqueras y una parte del independentismo, que ven con alarma la carrera del fuguista de Waterloo hacia el abismo, llevándoles a todos tras de sí.

Por lo demás, creo que sería bueno que toda la sociedad civil echase una mano flexible, comprensiva, imaginativa y para nada vengativa, hacia ese entendimiento, que sin duda no sería la solución ‘para siempre’ del conflicto catalán. Pero ¿es que existen soluciones ‘para siempre’? Pues eso.

fjauregui@educa2020.es

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El Reino de España se ‘republicaniza’

Enviado por Fernando Jáuregui | 24/10/18


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(No exagero: la Monarquía debe seguir renovándose o corre el riesgo de morir en este país insensato))
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Vivimos, sí, en la desmesura. La de ciertos tuiteros que insultan de la manera más zafia al Rey, a quienes se sienten católicos, a las instituciones. La de quienes, desde el otro lado, insten en cargar con mano dura contra los que insulten al Rey, contra quienes blasfeman, contra quienes queman banderas; nunca se persiguió más, mordaza legal en mano, a los mentecatos, a esos imbéciles, tan desgraciados, que viven su cuarto de hora de protagonismo con un tuit de mal gusto, faltón y siempre envidioso. Lo estoy diciendo, claro, a cuenta de la polémica desatada por el debate parlamentario despenalizando los insultos al jefe del Estado, los ataques a la Iglesia católica o a algunas instituciones que, siento muchísimo decirlo, ya se ocupan ellas solas de desacreditarse con fallos revisables sobre hipotecas y otros malos pasos que generan, sobre todo, inseguridad jurídica.

Hay que diferenciar casos y casos. No es lo mismo una llamada pública a asesinar guardias civiles que cantar una letra enloquecida y despreciable por parte de un rapero. Creo que un Estado de Derecho, como lo es el nuestro, tiene que admitir los exabruptos de quienes carecen de esa sensibilidad elemental de la elegancia en la discrepancia y en el debate.

Soy, y siempre me he declarado, incluso cuando, en mi juventud más ‘arriesgada’ milité en un partido de la izquierda clandestina, monárquico. O, más exactamente, partidario de una monarquía que sea criticable, como la de la última etapa de Juan Carlos I, y, en el otro extremo, se gane todos los días el puesto, como la de Felipe VI. Pienso que en un país como esta España actual es mejor este sistema que una República, salvo que quien ostente la Jefatura del Estado se haga acreedor, como a punto estuvo de hacerlo Alfonso XIII, a una destitución. Lo digo para que los eternos lapidadores no digan que ahora quiero debilitar, apoyando la despenalización del insulto al monarca o la posibilidad de que un Parlamento regional repruebe la figura del Rey, a la principal institución del Reino de España.

Volterianamente, en el sentido de que daría la vida para que quien alberga ideas que aborrezco las pueda expresar libremente, creo que hay que respaldar a Pablo Iglesias cuando critica a la Monarquía y al monarca. Tiene perfecto derecho a ser republicano y me sorprendería que, en su caso, no lo fuera. Otra cosa es que Podemos sea el principal aliado de Pedro Sánchez en su lucha por permanecer en La Moncloa, y las críticas de Iglesias contra el arquitrabe del sistema salpiquen la gobernación del PSOE, cuyo líder ha prometido defender la Constitución monárquica. Es, simplemente, una mueca más en el conjunto de los elementos surrealistas que pueblan la política española.

Creo que la Monarquía, las instituciones –desde la Corona a los poderes ejecutivo, legislativo y judicial–, tienen que ganarse el aprecio ciudadano, de los ciudadanos de bien que practican la elegancia social del diálogo y no la incivilidad del insulto. Hace tiempo que pienso que el Rey, al que juzgo acaso el mejor de la Historia de España, tiene que emprender una senda de potenciación de su imagen, arriesgando algo más en el envite. Tampoco pasaría nada, digo yo, si las fuerzas políticas constitucionalistas, desde el Gobierno hasta la oposición, empeñasen sus esfuerzos en la tarea de fortalecer a la Jefatura de Estado. Solo ella, y si acaso los medios de comunicación, pueden sustentar ahora, en estos tiempos de sandez política, el sistema, incluso cuando los medios avivan la polémica sobre la permisividad en los ataques el jefe del Estado. Faltaría más: la libertad de expresión es, debe seguir siendo, el valor primordial a defender, junto con la vida y la integridad física

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El diplomático sin atributos

Enviado por Fernando Jáuregui | 22/10/18


(el aplaudidor de sí mismo)
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Lo lógico es que, ante una guerra, haya dos embajadores, uno de un lado y otro del otro, que se reúnan para atenuar daños y preparar la paz. Por ejemplo, ocurrió, según muchos testimonios, en la segunda guerra mundial, cuando enviados especiales que representaban a Gran Bretaña, a Alemania y a Rusia, se encontraban periódicamente en terreno neutral de manera sigilosa, negociando lo que las mentes sensatas en Berlín –Hitler, claro, no figuraba entre ellas—daban ya como segura derrota del Reich. Quiero con ello decir que me parece lógica toda conversación, o hasta negociación, para llegar a acuerdos desde el Estado incluso con los presos –‘el’ preso—en Lledoners, o hasta con el falso exiliado –fugado—de Waterloo. Lo que no es tan lógico es que el ‘embajador’ vaya pregonando su misión como si fuese una hazaña personal por los micrófonos unionistas, encantando así a los medios independentistas el público reconocimiento de los presuntos delincuentes como interlocutores oficiales.

El problema no es la ilógica de que unos Presupuestos hayan de negociarse, sin haber sido aprobados en el Parlamento, por alguien que, ‘de iure’, aunque parece que sí ‘de facto’, no pertenece al Gobierno, con unos interlocutores a la espera de juicio por delitos muy graves y quizá también a la espera de indulto tras la sentencia, quién sabe. El problema es que todo esto cale en una ciudadanía que se acostumbra tanto a la falta de cualquier lógica convencional como a la inseguridad jurídica. Y esto se va traduciendo bastante rápidamente en una profunda involución social, a cualquiera de los dos lados del españolísimo río Ebro. O sea, lo de las dos Españas que han de helarnos el corazón.

Para nada me escandaliza que Pablo Iglesias vaya a Lledoners a entrevistarse con Junqueras en su ‘despacho’ en el ala de psiquiatría de la cárcel de Sant Joan de Vilatorrada, en el Bagés. Allí, al fin y al cabo, recibe el líder de Esquerra a visitantes que van desde el presidente de la CEOE hasta el líder de UGT, pasando por la excéntrica sor Lucía Caram o el ruidoso diputado Juan Gabriel Rufián. Es, al fin y al cabo, uno de los ‘tres presidentes de hecho’ de la Generalitat, y el interlocutor más viable para un Gobierno central cuyo presidente demora, a ver si algún día es posible, su anunciado encuentro otoñal con el ‘president oficial’, el intratable Quim Torra. Tampoco me escandaliza para nada que el mismo ‘embajador’ Iglesias charle (y lo cuente por todos los micros de España) durante tres cuartos de hora con Carles Puigdemont, el segundo ‘president’ de la Generalitat, no sé si para negociar los Presupuestos o qué diablos.

Lo que de verdad me preocupa es que ese ‘embajador’, lejos de actuar como un verdadero diplomático profesional, velando por los intereses de su Estado, o sea, de su país, es decir, de España, parezca preocuparse mucho más de su imagen, de su protagonismo en su propio partido –que este fin de semana se va de cónclave a Vistalegre–, de su ego inmenso. Es decir, y ahora ampliando el círculo, nuestras formaciones, todas ellas, siguen pensando mucho más en las elecciones y en sus circunstancias que en la estabilidad de un Estado que evidencia demasiados boquetes por donde entra el agua.

Que la actividad ‘diplomática’, ejem, de Iglesias pueda parecer una solución para remendar y, a su modo, cohesionar el país en estos momentos de declive no es sino una muestra más de la debilidad anímica de ese país. Especialmente, cuando el, ejem-ejem, embajador parece que plenipotenciario se dedica a sacudir de lo lindo al jefe de ese mismo Estado y, de paso, al sistema (monárquico) que representa y lo sustenta. Que no digo yo que Iglesias no tenga perfecto derecho a hacer esa crítica y a optar por la República; claro que lo tiene en cuanto que ciudadano y en cuanto que líder de una formación política. Pero no estoy seguro de que ni el embajador británico, ni el alemán, ni el ruso, hubiesen podido ni debido criticar a Churchill o al Rey Jorge VI del Reino Unido, o ni siquiera a Stalin o Hitler: ellos tenían una misión silenciosa que cumplir, y sus opiniones acerca de sus mandatarios, seguramente no demasiado positivas, tenían que aparcarlas en su almario. Es la grandeza y la miseria de los diplomáticos…

Jamás reprocharé a Pedro Sánchez que envíe embajadores a Lledoners o a Waterloo. Es urgente buscar soluciones no, desde luego, para los Presupuestos sanchistas ni para su larga estancia en La Moncloa, sino para mantener al país unido y lo más estable posible dentro de una ‘conllevanza territorial’ lo más larga que se pueda. Y eso exige, en mi opinión, más diálogo que amenazas, más zanahoria que palo con el bate del 155. Lo que de verdad me preocupa es la elección del embajador jefe, cuyas virtudes (y defectos, obviamente) son precisamente la antítesis de las cualidades de un diplomático, incluyendo, ya que estamos en este terreno, que su inglés no es demasiado bueno tampoco. Ni, ya digo, la lógica le acompaña con demasiada asiduidad.

fjauregui@educa2020.es

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El beso

Enviado por Fernando Jáuregui | 21/10/18


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((¿por qué será que todo lo que hace Sánchez últimamente me parece como impostado?))
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Si una imagen vale más que mil palabras, el beso que Pedro Sánchez le estampó en la mejilla este sábado a Susana Díaz fue más contundente que cien editoriales de prensa. París bien vale una misa y Andalucía bien vale un beso y algún achuchón suplementario. Claro que quienes saben no pueden olvidar fácilmente las lindezas que uno y otra se han dicho –a sus espaldas, naturalmente, y puede que en encuentros lejos de cámaras y micrófonos—y el odio que a ambos los ha animado, antes de que la vecindad de las urnas los haya unido.

Pero ya estamos en la precampaña andaluza, volcada en unas elecciones que, decían los sondeos dominicales, ganará el PSOE, pero perdiendo votos y con necesidad de gobernar con otros. Seguramente, con la versión andaluza de Podemos, que no es precisamente, laus Deo, la de Pablo Iglesias. Porque Ciudadanos, que es quien más sube de acuerdo con los sondeos, para lo que valgan, ya ha prometido que no volverá a haber pacto con los socialistas andaluces. Y yo lo creo, porque, tras las andaluzas, vienen las municipales y luego las generales, y a Rivera le conviene poco la imagen de un acuerdo con este PSOE, sea el de Sánchez, sea el de Díaz, al que no se cansa de sacudir a la menor oportunidad. Así que tendremos, como anticipo quizá de otras convocatorias electorales, un pacto socialistas-Podemos, que es, al fin y al cabo, el que ya está rigiendo y vigente, aunque no esté oficializado como Gobierno de coalición, a nivel nacional.

Lo que ocurre es que lo impostado, lo artificial, tiene, como las mentiras, las patas muy cortas. Y ese beso como de Judas sonaba más falso que un billete de cuatro euros. A uno, que inicialmente aplaudió la moción de censura que acabó con Rajoy, casi todo lo que ahora rodea al inquilino de La Moncloa, desde la escena de la firma del plan de Presupuestos con el vicepresidente ‘in pectore’ Iglesias, hasta nombrar a una niña de doce años ministra con cartera, le parece algo artificial. Como hecho por un ilusionista de la imagen, humo, hop, y sale la paloma de la chistera, a volar por los aires.

Claro que aún peor es sobreactuar y decir, como ha dicho Casado, lanzado al vértigo del abismo, que lo de Susana Díaz es como el castrismo, se supone que de los tiempos de Sierra Maestra, como si eso fuese comparable con el Mulhacén y la lideresa equivalente al barbudo Fidel. Lo excesivo rinde poco, y los andaluces, que saben que su Junta funciona mal desde los primeros tiempos y que mayoritariamente piden cambios y cambio, no saben en quién fijarse a la hora de votar, así que lo previsible es que muchos sigan votando lo mismo. O sea, lo que viene ocurriendo a escala nacional desde 2015, cuando se inició esta enorme crisis política: que los ciudadanos se muestren poco dispuestos a otorgar toda su confianza a una sola formación. Exigen pactos, contrapoderes, equilibrios.

Y ya en Cataluña no digamos: me parece que si el tándem Torra-Puigdemont no convoca elecciones a finales de esta misma semana, cuando sería ya posible, es porque no está seguro de ganarlas, o sea, de no perderlas. No han sido capaces ni de mantener el acuerdo ‘independentista’ con Esquerra, ni se sacudirse el abrazo del oso de la CUP, que seguramente se animará a ‘conmemorar’ a su manera la tristísima efeméride del 27 de octubre, cuando todo se empezó a venir definitivamente abajo.

No entiendo qué necesitan estos políticos nuestros para recapacitar en que así no vamos a ninguna parte. Y Andalucía y Cataluña, junto con Madrid –que esa es otra—los graneros de votos más importantes de España, son, van a ser, una buena muestra de la impotencia de eso que se llama ‘clase política’ para arreglar los problemas de los que la votamos y pagamos. No, ni con besos ni con declaraciones guerreras que epatan a los titulares de prensa llegaremos a construir algo verdaderamente positivo.

fjauregui@educa2020.es

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A Podemos no le gustó. ¿Y…?

Enviado por Fernando Jáuregui | 20/10/18


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(ciento cinco periodistas literarios y cincuenta gráficos se dan cita en este libro, verdaderamente irrepetible)
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Sí, fue un éxito la presentación de ‘Los periodistas estábamos allí para contarlo’. Y no, no le gustó a Podemos –los demás grupos parlamentarios sí estuvieron allí con representación– un acto con ‘resabios’ de la Transición y de la Constitución. Me consta que los representantes podemitas en el Congreso, donde se celebró un acto que congregó a cuatrocientas personas, torcieron mucho el gesto antes de resignarse a admitir que fuese presentado el libro en ‘su’ Cámara Baja. La patente hostilidad con la que me saludó Mayoral, con quien tropecé a la entrada –él se marchaba del Congreso, no estaba allí para asistir, desde luego–, me demuestra que lo que me contaron sobre estas reticencias era cierto.

Lo lamento. Nada tengo contra Podemos, que me parece un partido necesario para impulsar reformas, aunque no listo para gobernar. Sí tengo algunos datos acumulados en mi bloc de mirón acerca de Pablo Iglesias, cuyo comportamiento siempre es nefasto para lo que me parece que interesa al país. Creo que en Podemos se tiene que producir una ‘operación relevo’, dejar que tranquilamente Pablo Iglesias se vaya a casa y sean otros, muy señaladamente el ‘purgado’ Errejón –si es que da el paso adelante, que parece que le cuesta– quienes lleven las riendas. Iglesias lleva a Podemos, a Sánchez, todo lo que toca –o sea, a usted y a mí, por ejemplo–, al desastre.

En fin, que ciento cincuenta periodistas estaban allí para contarlo. Y, lo siento por Iglesias, pero muchos ahí seguimos, contándolo.

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