A hacer puñetas, nunca mejor dicho

Enviado por Fernando Jáuregui | 03/09/21

Claro que muy pocos saben, ni tienen por qué saber, quién es Didier J.L.Reynders. Pero acabarán sabiéndolo. Porque en manos de este belga, valón, miembro del Partido Reformador, se encuentra la posibilidad de dar un muy severo varapalo a la democracia española. Sí, esa cuyo vicepresidente del Gobierno proclamó un día, hace más de tres décadas, que “Montesquieu ha muerto”. Ahora, los jueces españoles, una mayoría de jueces españoles, divididos como nunca, miran a Didier, pendiente de su veredicto: dí, Didier, ¿cuál es la calidad de la Justicia en España? El día menos pensado, como un misil, llegará el veredicto de Didier, que ocurre que, además de una figura relativamente destacada en la política de Bélgica, es el comisario europeo de Justicia. Y, hasta cierto punto, está obligado a dar su relevante opinión sobre el asunto que nos ocupa.

Y ante Didier se acumulan las reivindicaciones de tres de las cuatro asociaciones de jueces, dos de ellas, que son consideradas conservadoras, las mayoritarias, en relación con las carencias, dificultades e irregularidades –digámoslo así—que se viven en el seno de la zarandeada Justicia española. Puede que un día el comisario Reynders, con quien esas tres asociaciones han pedido reiteradamente entrevistarse, se decida a lanzar sus rayos sobre el admitamos que caótico estado del mundo togado en España. Lo cual, el caos y el enfrentamiento, digo, afecta también al universo de la Fiscalía –grave error designar a quien se designó como fiscal general del Estado— y a no pocos casos explosivos que la Fiscalía maneja, como las acusaciones en torno a Juan Carlos I, a punto de convertirse en el primero de nuestros problemas judiciales.

Y esta posibilidad, la del ‘didierazo’, se baraja a no tan largo plazo y cuando estamos a punto de iniciar, el lunes, el año judicial. Presumiblemente con un discurso, que será tremendo, y encima pronunciado ante el Rey, de Carlos Lesmes, el presidente del Consejo del Poder Judicial y del Tribunal Supremo. Quien, como se sabe, lleva ya prácticamente tres años con su mandato constitucionalmente superado y se manifiesta más que harto del desprestigio que acumula el poder judicial por culpa de los políticos en general y, susurra Lesmes a los amigos, del Gobierno de Pedro Sánchez en particular.

Cómo pensar que los hombres de leyes, los magistrados del CGPJ y también los del Constitucional, cuyo período de vigencia también está parcialmente caducado, no se encuentren escandalizados, abrumados, ante lo que es ya una clara violación de lo que dice la Constitución, que prescribe que el mandato del gobierno de los jueces no puede durar más de cinco años, cuando ya lleva casi ocho (tomó posesión el 11 de diciembre de 2013, y se encuentra en funciones desde diciembre de 2018). Es decir, se está vulnerando de manera inaceptable el artículo 122 de la Constitución (al menos).

PSOE, o sea, Gobierno, y PP se acusan mutuamente, y es cierto, de bloquear la renovación del gobierno de un poder tan importante como el Judicial. Mientras, desde el socio de coalición gubernamental, Unidas Podemos, se descalifica simplemente a los jueces, aprovechando que presuntamente son mayoritariamente de simpatías conservadoras, por ser, afirman, “la oposición al Gobierno”. Ahí queda eso. Y desde ‘bunkers’ varios se lanzan planes descabellados, cada vez más ocurrentes y locos, para desbloquear la situación, modificando a las bravas, o simplemente saltándosela a la torera, la Ley Orgánica del Poder Judicial. Todo ello, en medio de vergonzantes pactos subterráneos para repartirse las togas, afortunadamente abortados por la indiscreción de un senador ‘popular’, Ignacio Cosidó, hace dos años.

La situación no aguanta más. No sería tolerable que en diciembre se llegase al tercer aniversario de la iniquidad, que lastra la pureza de la democracia española y nos hace pensar que, efectivamente, como un día dijo Alfonso Guerra, “Montesquieu ha muerto”. Creo que tanto PSOE como PP tienen razón –y sinrazones– en sus objeciones para llegar a un pacto. Pero lo que está ocurriendo, aunque a muchos españoles no les interese, como dice en voz baja algún ministro, es ya intolerable. El pacto no solo es necesario: es exigible a nuestras fuerzas políticas. Y, si no, que se vayan a hacer puñetas, nunca mejor dicho. Puede que algo así proclame un día Didier, si se le acaban hinchando las narices con el ‘caso español’, inédito en esa Europa donde no todo es, por fortuna, Polonia. Y yo no quiero que a la situación polaca se nos acabe comparando, dinos, Didier.

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Dos hombres de los que dependen nuestra felicidad

Enviado por Fernando Jáuregui | 30/08/21

Uno tiene la sensación de que esta semana comienza algo así como la reconstrucción de la política, una nueva vuelta de tuerca a la rotación de nuestro pequeño mundo: comparecencias (importantes) de ministros en el Parlamento, tradicional ‘apertura de curso’ del Partido Popular en Cotobade, presentación del próximo (y sin duda relevante) Congreso del PSOE…A menudo se siente uno tentado de pensar que en el secarral político español no queda otro remedio que esperar un giro copernicano, algo nuevo de veras. Y ese giro es ahora cosa de dos: de Pedro Sánchez y de Pablo Casado. En sus manos está procurar lo que sería el contento, aunque fuese coyuntural, de muchos.

A menudo se ha acusado como anomalía política el hecho de que el jefe del Gobierno y el líder de la oposición se den la espalda y apenas se hablen durante meses, agravada esta circunstancia por el hecho de que en cuestión tan grave como Afganistán, que va a cambiar algunos equilibrios geopolíticos en el planeta, se haya producido un disenso –por decir lo menos.—entre las dos fuerzas mayoritarias. Una ausencia de comunicación y pacto denunciada, con justicia, por Casado, que, sin embargo, ha caído en la tentación de utilizar el tema afgano como artillería contra el Gobierno, a veces empleando munición gruesa, inexacta y caducada.

Pero es cierto también que el presidente del PP ha ofrecido pactos –algunos pactos—a un Ejecutivo cuyo presidente ni le responde. Creo que la ciudadanía debería exigir acuerdos en una muy amplia gama de asuntos cruciales para el buen desarrollo democrático del país: en Cataluña, en la confección de futura Ley de la Monarquía –que ya preparan entre Zarzuela y Moncloa–, política exterior, Justicia, Sanidad, Educación, la España vaciada (Casado debería participar en las Conferencias de Presidentes Autonómicos), fondos europeos (con una comisión independiente), reforma de la Administración e incluso una modificación de aspectos constitucionales que reclaman una urgente mano de pintura.

¿Le parecen a usted demasiadas cuestiones, piensa que no quedaría espacio para hacer oposición según el clásico modelo del juego de partidos? Pues ahí tiene usted una lista de cuestiones en las que la crítica y la contestación al Gobierno de Sánchez pueden ejercitarse a placer: falta de transparencia, mala gestión de no pocos ministerios (otros, en cambio, pienso que están funcionando adecuadamente), excesivo abuso del Estado (incluyendo una abultadísima nómina de asesores), escaso respeto a la división de poderes de Montesquieu y, por tanto, mal funcionamiento del sistema judicial y parlamentario, con un sobredimensionamiento del Ejecutivo. Una democracia deficiente, en suma.

Creo que los dos hombres de los que, en buena parte, depende nuestra satisfacción política –la mía, al menos, y pienso que la de muchos—han de sentarse urgentemente a hablar, deslindar lo que no funciona de lo que son críticas absurdas al gobernante (¡¡hasta por estar en zapatillas en un zoom de Estado desde La Mareta!!) y estudiar lo que, en una democracia avanzada y razonable, debe ser el juego Gobierno-oposición, especialmente en momentos tan delicados como el actual.

La coalición PSOE-Unidas Podemos, salvando el caso excepcional e inédito de Yolanda Díaz, que nada como puede entre varias aguas, simplemente no funciona, y la marcha de Pablo Iglesias ha dejado al partido morado en la irrelevancia. Tengo para mí que, contra lo que quisieran en algunos círculos, tampoco funcionaría bien, para los interesas nacionales, una coalición PP-Vox. Sobre esto es sobre lo que me parece que deben meditar muy a fondo los dos hombres de los que, si bien lo miramos, depende en buena parte nuestra felicidad. ¿Para cuándo esa inevitable ‘cumbre’ de La Moncloa?

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Yo sí entrevistaría un talibán, tapándome la nariz

Enviado por Fernando Jáuregui | 28/08/21

Una cierta polémica se ha suscitado en los ambientes periodísticos de Estados Unidos después de que un líder talibán fuese entrevistado en un programa de televisión. ¿Debe darse voz a un terrorista que quiere horadar la civilización tal y como la conocemos? La verdad es que, si hubiese tenido la oportunidad, yo también hubiese entrevistado al talibán, como hubiese entrevistado, superando la repugnancia, a un etarra o a un asesino. La opinión pública tiene derecho a saber, a conocer de cerca a quienes se esfuerzan por hacer peor la vida de todos nosotros. Conocerlos no es, en este caso, amarlos: para saber cómo combatirlos mejor hay que ver sus verdaderos rostros. Más aún cuando vamos a tener, por muy poco que nos guste, que negociar con ellos.

Y es que el debate se extiende en los países occidentales a la conveniencia de negociar o no con los talibanes, que aparentemente controlan por el momento Afganistán, antes de que ese control pase a manos aún peores, las de ese Estado islámico que hace que incluso el terrible mundo talibán nos parezca el menos malo –el menos peor– de los males, confío que se me entienda. Es la hora de la diplomacia, no la de los drones-pretexto tardíos de Biden. Es preciso negociar a toda prisa la salvación de miles de vidas en el desdichado país –¿es verdaderamente un país?—donde casi cuarenta millones de seres humanos malviven sumidos, incluyendo a los propios talibanes instigadores del terror, en la certeza de que lo les aguarda es un infierno.

‘Misión cumplida’, dijo Pedro Sánchez sacando pecho al recibir a los últimos refugiados procedentes de Kabul, una certificación de una labor bien hecha que se confirmaba con la presencia del Rey este sábado en Torrejón. Pero no, la misión aún no está cumplida: hay que tratar de que se abran las fronteras terrestres afganas para que la gente despavorida pueda huir, ayudar a Pakistán ¡y hasta a Irán! en una labor de acogida. El éxodo va a ser uno de los mayores de la Historia contemporánea, van a cambiar los equilibrios geoestratégicos, la figura del hombre más poderoso del mundo se ha empequeñecido sin remedio. No podemos sentirnos satisfechos con haber acogido, en España, a algo menos de dos mil personas desgraciadas; la cosa tiene una trascendencia, un peligro, mucho mayor.

Todo eso exige una reflexión muy honda de un Occidente vencido por unos guerrilleros en motocicleta, desconcertado ante su propia ignorancia sobre quiénes son los integrantes de esa guerrilla cruel, pero no carente de apoyos, que controlan las redes sociales mejor que muchos que se creen tan poderosos en el mundo ‘civilizado’.

Al enemigo no hay, en este caso, que reconocerle, y menos oficialmente. Pero sí hay que conocerle, incluso hablando con él. Por eso sí, yo entrevistaría, si pudiese, a un talibán, dotándole de una libertad de expresión que sin duda él me negaría. Esa es la grandeza de la democracia.

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Hasta los ‘messmísimos’ de este señor

Enviado por Fernando Jáuregui | 11/08/21


(vidas no muy ejemplares)

La serpiente de verano de este agosto se ha llamado Leo Messi. El solo ha acaparado más titulares que los diecisiete medallistas olímpicos españoles. Y todo en este culebrón futbolístico –que llega en el peor momento para el futbol español—ha sido exagerado: desde el mar de lágrimas en su despedida de Barcelona hasta la alfombra roja a la entrada del París Sant Germain. “Recibió un tratamiento de jefe de Estado a su llegada a Francia”, me comenta un amigo corresponsal allí. Y veo este titular, tan exagerado, abriendo uno de los principales periódicos catalanes: “luz en París y duelo en Barcelona”. ¿Merece todo esto Lionel Messi, el hombre que gana cientos de millones cada año, el ídolo de masas que solamente ha sabido dar un ejemplo de avaricia y de falta de solidaridad fiscal en su carrera que, eso sí, gol a gol, le ha convertido en un mito?

Mire usted, yo no escribiría hoy de Messi si no fuese porque en un digital barcelonés, absolutamente separatista, he leído, en su resumen de prensa ‘de Madrid’, lo siguiente: “portadas post Messi: caña contra Cataluña”. O sea, que el jugador argentino, como antes pasó con Piqué, con Guardiola y con otros, ha sido convertido, seguramente contra su voluntad, en un icono y un pretexto más para el separatismo, que no quiere mirar a fondo la desastrosa, y seguramente no muy limpia, gestión de ese Barça que “es más que un club”.

Para mí, Messi es un dios con pies de barro. Una máquina de meter goles con un cerebro unidimensional, que hace que ni siquiera comprenda bien, creo, los tejemanejes de su padre frente al fisco y a la hora de exprimir al que ha sido su club durante década y media. Un club que ahora pasa por momentos de tanta tribulación como para tener deudas por casi quinientos millones de euros, lo que hacía imposible la permanencia del carísimo delantero.

Creo que el futbol, el deporte-rey, se está envileciendo. Demasiado dinero en juego, demasiadas intromisiones de los jeques árabes y de magnates rusos en busca de negocio y tapaderas. También demasiado faraonismo de algunos presidentes; y, si no, véase el enfrentamiento, en el que no quiero entrar porque no quiero que me acusen de pro o anti nada, de los dos mayores clubes con la Liga, que esa es otra. En las próximas horas, cuando comience la Asamblea de la Liga, tendremos probablemente nuevas muestras de la batalla campal en la que se ha convertido, sobre todo en España, el deporte en el que unas cuantas ‘estrellas’, mimadas hasta el esperpento, y un par de grandes ejecutivos, que quieren mantener su poder a base de hacer caja rápida, reinan de manera despótica y caprichosa.

Y en cuanto a Messi, subido literalmente a la cumbre de la torre Eiffel, alguien debería decirle que las leyendas, para serlo, han de cumplir una cuota de humildad, de gestos solidarios, de comportamientos ejemplares. Ya hemos tenido bastante con figuras como Maradona o, si se quiere, el propio Ronaldo: demasiadas fotos en yates junto a rubias de plástico en paisajes de ensueño. Ahora que estamos en plena polémica nacional sobre la educación que recibirán (o no recibirán) nuestros niños, quizá sería bueno que alguien empezase a bajar a estos ídolos tatuados de los pedestales y los pusiese frente a algún espejo implacable, lejos de los parientes cobradores, de los pelotas y aprovechados que les ríen todas las gracias y desgracias. Sería, sin duda, algo muy educativo. Pero, hoy por hoy, no me queda sino gritar que estoy hasta los ‘messmísimos’ de toda esta gente. Y tengo la impresión de que no soy el único.

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Ministros de veraneo

Enviado por Fernando Jáuregui | 08/08/21

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(a Pedro Sánchez sí hay que reconocerle derecho al descanso, porque hacer lo que se dice hacer, hace muchas cosas, buenas o malas, o ambas. Algunosos ministros, sin embargo, viven como en un veraneo permanente)
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Que el lugar donde veranean los ministros, o muchos ministros, sea casi un secreto de Estado –trate usted de averiguarlo y verá— resulta una evidencia más de lo rara y opaca que es la política española, ajenos como están los representantes de los ciudadanos a cualquier contacto con ‘la calle’. Con Pedro Sánchez encerrado a cal y canto en Lanzarote (creo que pronto se mudará a Doñana) y Félix Bolaños, el todopoderoso, en paradero creo que desconocido, entramos en la semana que marca el ecuador de las vacaciones, esa semana agosteña en la que abundan las serpientes de verano porque nunca pasa nada. Aparentemente, claro, porque pasar cosas sí que pasan. Muchas.

Y es que los partidos andan afanados en definir sus estrategias de cara al otoño políticamente muy caliente que nos viene: ¿cómo potenciar la figura de Pablo Casado?¿Qué hará el PSOE en su congreso de octubre?¿Cómo evitar que Podemos se despeñe? Y ¿qué me dice usted de Ciudadanos?. Mientras, en el Ejecutivo no faltan algunos ministros (y ministras) que se preguntan qué hacer, por dónde tirar para tener algo, un poco, de protagonismo y hacer que se note que ha habido una remodelación muy importante para, en teoría, relanzar la proyección gubernamental.

Hasta ahora, lo único que se ha hecho patente en los últimos días ha sido una preocupante descoordinación entre los titulares de varias carteras. “Gobierno de aficionados”, los llamó José Antonio Zarzalejos en un artículo que me parece que no ha escocido tanto en La Moncloa –que sí—como en las sedes de algunos ministerios, como el de la Seguridad Social, cuyo titular es asiduo de las meteduras de pata verbales.

Permítame un pequeño test: ¿sabe usted de qué cartera exactamente es ministra Ione Belarra? ¿Y de qué se ocupa, más allá de crear follones con la ley ‘trans’, la también ministra Irene Montero?¿Cuánto tiempo piensa usted que la vicepresidenta Yolanda Díaz tardará en romper con las dos anteriormente citadas para tratar de formar una plataforma creíble a la izquierda del PSOE? Y más: ¿sería usted capaz de citar de memoria los nombres y los cargos de las ministras recién incorporadas al Gobierno (han tenido poco tiempo para hacerse notar, eso también es verdad)? Por último: ¿se ha fijado usted en que en la agenda diaria de actividades del Ejecutivo hay algunos/as que nunca aparecen, más allá de dar una entrevista a tal o cual medio, porque, que se sepa, no hacen nada?

No haré más preguntas, Señoría. Pero me interrogo a mí mismo sobre la posibilidad de que algunos miembros del Gobierno no estén en realidad de vacaciones, sino ejerciendo sus (in)actividades normales. O, dándole la vuelta al asunto, a ver si va a ser que lo que ocurre es que determinados asistentes al Consejo de Ministros están siempre como de vacaciones. Es algo sobre lo que seguramente debería meditar el presidente, al que hay que reconocer que sí tiene el descanso merecido: hacer, lo que se dice hacer, hace, admitámoslo, muchas cosas. Cuestión diferente es si gustan o no, que para gustos están los colores.

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Medallero español

Enviado por Fernando Jáuregui | 07/08/21


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(a copar el medallero)

Hablé, hace poco menos de un mes, con el presidente del Consejo Superior de Deportes, José Manuel Franco, que estaba a punto de salir hacia Tokio. Aseguró que España conseguiría al menos dieciocho medallas en las presentes olimpiadas. Acertó. Es una cifra que, cuando esto escribo, estaba concretándose, incluyendo el logro espléndido de haber llegado a la final del deporte-rey, es decir, el futbol, disputando el oro nada menos que a Brasil. No es que nuestro país esté demasiado alto en el medallero olímpico mundial –figuramos entre Jamaica y Suiza–, pero la cosa no ha ido de catástrofe, como temían los agoreros. Y, además, Pedro Sánchez ha aportado también algún oro (político) a su podio personal. Así que todos contentos. ¿Con motivo?

Creo, sin ser ningún especialista en la materia, que podemos sentirnos relativamente satisfechos por lo logrado (hasta ahora) en Japón. Curiosas algunas medallas conseguidas en deportes bastante minoritarios, como el karate o la escalada, donde personas muy, muy jóvenes y a mi entender con mucho mérito, que se inauguraban en las tareas olímpicas, han mostrado estar entre los mejores del planeta. Y eso lleva detrás mucho entrenamiento, mucha inversión, bastante infraestructura.

Lograr alrededor de una veintena de medallas en los JJ.OO indica que el deporte español no ha decaído demasiado, ni siquiera en tiempos de pandemia, en los que entrenar y competir no ha sido tan sencillo. Organizar estos aplazados Juegos ha sido una apuesta valiente por parte de unos tokiotas muy poco entusiasmados con acogerlos y de un Comité Olímpico cuyo funcionamiento, opaco e irregular, debería revisarse.

No sé si, a la vista de lo antes expuesto, todos podríamos ponernos una medalla como país que alienta el deporte y que se enorgullece de ver ondear la bandera española en tierras lejanas. Es difícil estar seguro de que este sentimiento sea compartido por todos en una nación en la que la salida del Barça de un personaje como Messi, que no deja de tener su vis política en Cataluña, ha acaparado más titulares, a favor y en contra, que los oros logrados por el esfuerzo español en Tokio. Definitivamente, sospecho que no todos hemos consumido madrugadas siguiendo apasionadamente la marcha, para los colores nacionales, de estos Juegos, y por supuesto lo comprendo.

Y tampoco estoy seguro de que el legítimo orgullo ante el triunfo, la verdad es que no tan abultado, de nuestros deportistas justifique, por extensión indebida, que nuestros políticos se cuelguen medallas de oro, en una peculiar competición paralela para ver quién vacuna más y mejor en el mundo, por ejemplo. No creo que las medallas que se autoimpone Pedro Sánchez por este y otros motivos estén tan justificadas y sean tan indiscutibles como las de nuestros futbolistas, karatekas o regatistas, entre otros. Y es que, entre las muchas Españas que existen en ‘esta’ España, está la de las medallas reales y las –llamémoslas así—‘virtuales’. Las reales son fruto del tesón, de la planificación y la organización. Las virtuales responden en la mayor parte de los casos a la improvisación. O al postureo. O a la ensoñación.

Y mucho va a tener que entrenar el hoy veraneante Pedro Sánchez, ante el curso político quizá más difícil de su trayectoria, para colocarse en el pecho condecoraciones de auténtico valor cuando, dentro de un año, regrese al atril de La Moncloa para hacer el habitual repaso (siempre triunfal) sobre lo actuado en los próximos meses, que van a ser, lo verá usted, de infarto. Mucho, pero mucho, más duros que ganar una final en waterpolo a los Estados Unidos, pongamos por caso.

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Un madrileño ‘de adopción’ pide socorroooo

Enviado por Fernando Jáuregui | 06/08/21

Bueno, no es que uno sea madrileño-madrileño e hijo de madrileños: muy pocos de mi generación lo son. Pero, como tantos, llevo décadas trabajando y pagando impuestos en esta Comunidad, que ahora se ha convertido en objeto de pelea –uno más—entre las diversas Españas que nos hielan el corazón. De manera que hemos pasado del ‘España nos roba’, antes grito exclusivamente catalán, al ‘Madrid nos roba’, compartido con los catalanes por otras varias Comunidades. Y aquel victimismo catalán de los tiempos de Pujol está pasando a ser el victimismo madrileño de los tiempos de Isabel Díaz Ayuso, sin duda acosada –y, con ella, todos los que habitamos en la CAM—por un Gobierno central que no acaba de perdonarle ni su popularidad, ni caer algo más simpática que Pedro Sánchez ni, claro, el haber ganado como ganó las elecciones autonómicas del pasado mes de mayo.

Pienso, como tantos, que esta no es una guerra de buenos contra malos y viceversa. Creo que en una contiendo en la que todos tenemos las de perder, comenzando por ese bien que se llama Estado, hay que repartir las culpas entre todos, comenzando por el habitante de La Moncloa, que rompió las hostilidades y sigue alentando ‘impuestazos’ a los ‘ricos’ capitalinos, para castigarles por la ‘centralidad’ de la que no son culpables, y siguiendo, cómo no, por la pugnaz Díaz Ayuso, que también ha hecho lo suyo por el enconamiento de posiciones en aras de su beneficio político y partidista.

No sé si los madrileños, muchos de los cuales protestamos en su día por la acumulación de sedes políticas, empresariales e institucionales en esta Comunidad, somos los culpables de una situación que solo evidencia una cosa: lo mal planificado y peor cerrado que está el Estado de las autonomías, en particular, y lo mal que marcha la política española, en general.

Así que ya no es solamente Cataluña (el independentismo catalán) quien se enfrenta a la ‘capitalidad’ que ha acaparado esas sedes políticas, institucionales, empresariales y sociales. Ahora es el resto de España quien cerca a Madrid por unos ‘privilegios’ de los que, en el caso de sean tales, los madrileños para nada somos culpables. Es más: muchos llevamos décadas abogando por que el Senado se trasladase a Barcelona, el Tribunal de Cuentas a Toledo y las sedes de algunas empresas públicas a la Comunidad Valenciana, o Galicia o Extremadura o Córdoba. La cobardía y la pereza que desde hace demasiados años han caracterizado la falta de iniciativa política han impedido el acuerdo transversal PSOE-PP para reformar la Constitución, sobre todo en su Título VIII, y ‘refundar’ un Estado autonómico que hace agua por varios boquetes. Se han limitado a proponer remiendos incomprensibles, desde el ‘federalismo imperfecto’ a la ‘España multinivel’. Conceptos huecos que nadie parece saber rellenar con algo de sustancia.

Los resultados están quedando a la vista: las Conferencias de presidentes autonómicos apenas sirven, cuando de algo sirven, para poner de manifiesto las muchas diferencias y las escasas concordancias entre las autonomías, ahora parece que excepto en dos cuestiones: a los catalanes hay que frenarles los pies y a los madrileños hay que tocarles, políticamente, claro, el bolsillo. Un debate algo pedestre –lo comprobé, de nuevo, en una entrevista este jueves con el presidente cántabro en una importante emisora–, lineal, con ideas casi cantonalistas.

Que desde algunas capitales autonómicas y desde el propio Gobierno central se esté abriendo un melón territorial sin que se vean ideas para cerrar el boquete que se va generando en las más profundas estructuras de España, más allá de culminar con bien la Legislatura de Sánchez dentro de dos años, es algo que produce pavor. El peligro de que, dentro de ese par de años, a esta España no la reconozca, en efecto, ni la madre que la parió, y no para mejor, desde luego, que raras veces la improvisación produce resultados beneficiosos.

Era sumamente mendaz aquella publicidad gubernamental según la cual saldríamos de la pandemia más fuertes y más unidos. Desde luego, no más fuertes. Desde luego, mucho más desunidos. Bueno, es que ni siquiera hemos salido aún de la pandemia y ya estamos percibiendo sus más nefastos efectos. Por eso hoy, con perdón de quienes piensan que todo lo están haciendo bien y en favor de su parroquia, me atrevo a escribir esta carta, a quien interese. Muchos estamos literalmente harrrtos.

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Hay que redefinir también el Estado de las autonomías

Enviado por Fernando Jáuregui | 02/08/21

La reunión, en la tarde de este lunes, de la comisión Estado-Generalitat de Cataluña sigue a la Conferencia de Presidentes Autonómicos del pasado viernes, en la que precisamente el representante de la Generalitat, Pere Aragonés, estuvo clamorosamente ausente. Claro que no puede decirse que la relativa irrelevancia de la ‘cumbre’ multilateral se deba a esta por lo demás importante ausencia; la verdad que parece imponerse cada día más claramente es que se hace preciso un rediseño a fondo del sistema que sustenta el Estado autonómico. Y por paradójico que pueda parecer, los encuentros bilaterales con el Gobierno vasco y el catalán pueden, si se le echa imaginación, valor y solidaridad a la cosa, alumbrar un camino nuevo para este rediseño.

Uno de los problemas para llegar a una solución más definitiva en un Estado autonómico que no me atrevo yo a asegurar que no funciona, sino que debería funcionar mucho mejor, es esa percepción, típicamente tan simplista, que enfrenta al ‘Madrid nos roba’ con el ‘Cataluña pretende quedarse con todo’. No han faltado voces de presidentes autonómicos en el encuentro del viernes en Salamanca que pusieran el acento en las ‘diferencias de trato’ que el Gobierno central evidencia con Cataluña (y con Euskadi, aunque esto se diga menos) con respecto al resto de las autonomías. Y esa queja lastra, desde luego, cualquier avance conjunto.

Mientras esta dialéctica no se supere, mientras las dos orillas del Ebro muestren tal disparidad de sentimientos y criterios, hasta que no termine el ‘cantonalismo anímico’, no habrá nada que hacer. Construir el Estado requiere solidaridad, diálogo a múltiples bandas y tener sentido de ese Estado. Pero ¿quién tiene en la cabeza ese sentido? Y más importante: ¿quiere la Generalitat construir Estado?

No engañan ni quieren engañar; en el independentismo hay distintas velocidades, la de Puigdemont y la de Junqueras/Aragonés, que, más pragmáticos, tratan de ganar dos años de ‘conllevanza’, mientras concluye la Legislatura de Pedro Sánchez. Pero tanto Esquerra como Junts se muestran firmes en su reivindicación de la independencia. Que no será ahora, reconocen en privado, pero será. Y eso es lo malo: que ambas partes piensan, con fines distintos, en aguantar, exhibiendo reivindicaciones y soluciones-parche de cara a las respectivas galerías, dos años. Después, la construcción del Estado carece de guía, de planes, de ideas. La vieja improvisación que tan cara nos viene costando a los españoles, catalanes incluidos, desde siempre.

Ya sabemos que desbloquear buena parte, o incluso todos, los 56 temas pendientes en las relaciones entre Gobierno central y Generalitat, que es de lo que se empezó a hablar este lunes en la Comisión Estado-Generalitat, no va a desactivar las reivindicaciones ‘políticas’ que se reservan para ser tratadas en la futura mesa de negociación Gobierno-Govern, a partir de septiembre y tras la Diada. Referéndum de autodeterminación, amnistía para que los ‘exiliados’ regresen, desaparición virtual de la presencia del Estado en Cataluña son cuestiones que forman parte del plan del ‘procés’ para ir a esa Republica independiente de Catalunya, idea que tanto horroriza a una parte sustancial de catalanes que, sin embargo, hoy por hoy están perdiendo claramente la partida de la opinión pública y hasta de la publicada.

Sánchez, manteniendo las reuniones bilaterales con los representantes catalanes (y con los vascos, como siempre se ha hecho), y manteniendo también la Conferencia de Presidentes Autonómicos, habrá de extender tales reuniones ‘cara a cara’ por separado con todos esos presidentes, del cántabro al andaluz, del gallego al murciano, etc. Cada Comunidad tiene sus propios intereses, sus necesidades peculiares y sus propios cauces de negociación. No sé si esto supone llegar tan lejos como pedir, tal como sugería el lehendakari Urkullu, ‘diecisiete cupos y diecisiete conciertos’ o/y significa, paralelamente, ir hacia ese Estado federal ‘de hecho’ que, por cierto, sigue estando en el programa del PSOE, aunque sea en la parte ‘olvidada’.

Lo que no puede ser es que a las discrepancias entre el Gobierno central y el Govern catalán se unan las de los presidentes autonómicos socialistas frente a los del PP, tal y como se evidenció, de nuevo, este viernes. Es preciso dar un puñetazo sobre la mesa, las mesas mejor dicho, de negociación. Saber que el Estado es lo primero, que aquí nadie roba a nadie, o al menos que nadie debería pensar que tal cosa, robar al resto de los españoles, es posible. Y que esto no es una cuestión de siglas partidistas: es una cuestión de que España sobreviva, tal y como está, durante mucho más que los dos años que restan de legislatura.

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Un plan para el regreso del Emérito

Enviado por Fernando Jáuregui | 01/08/21


(cuánto han cambiado las cosas desde aquel retrato oficioso de Antonio López sobre ‘aquella’ familia real…)
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No sé a quién se le habrá ocurrido que el tradicional encuentro veraniego en Marivent entre el jefe del Estado –Felipe VI—y el del Gobierno –Pedro Sánchez—se celebre este año algo anticipadamente, concretamente el 3 de agosto. Es decir, el mismo día en el que se cumple un año de la marcha, precipitada, agitada y aún hoy inexplicada, de Juan Carlos de Borbón a un destino tan extraño como Abu Dhabi. Una coincidencia que no es un acierto, desde luego, si de lo que se trataba era de propiciar un imposible olvido de la controvertida figura de quien reinó en España durante casi cuarenta años.

Sobre este ‘primer aniversario’ hablaba abundantemente la prensa de este domingo, aportando detalles interesantes, pero no la clave de una ‘expatriación’ que se ha convertido en un enorme problema de Estado. ¿Cómo pensar que el Rey y el presidente del Gobierno, que estuvieron plenamente de acuerdo en aquella sigilosa marcha a los Emiratos, no van a hablar el martes de cómo desatar el nudo gordiano que se creó con lo que parecía una huida, o un destierro, o quién sabe, aún a estas alturas, qué?

La absoluta falta de transparencia con la que se ha tratado la saga/fuga de JC ha propiciado, claro, está, rumores, especulaciones, cotilleos, desconfianzas en las versiones oficiales. Hoy, hasta la noticia de que Juan Carlos I habría viajado alguna vez desde Abu Dhabi hasta las islas Seychelles es tratada como si fuese un secreto de Estado. Todos, amigos y fuentes oficiales, mantienen un escrupuloso silencio que evidencia lo embarazoso de una situación, la del llamado Emérito, a la que parece que ni la Fiscalía ni la Agencia Tributaria son capaces de poner fin de una vez.

Independientemente del resultado final de las investigaciones en marcha sobre las irregularidades fiscales de Juan Carlos I, e incluso al margen de la opinión sobre él de los españoles, reflejada en encuestas oportunas y apresuradas, lo evidente es que el padre del Rey se ha convertido en un problema político de primera magnitud; para la Monarquía y para el propio Gobierno, que es hoy, se quiera reconocer o no, el principal sostén de esa Monarquía encarnada por la figura prestigiosa de Felipe VI.

Esperar, como algunos pretendían, que la opinión pública, y la publicada –hay cantidad de reportajes y series televisivas en marcha sobre la figura de Juan Carlos de Borbón–, se olviden sin más de una de las historias más apasionantes que los españoles hayan conocido en décadas, es pretensión inútil. Así que algo nuevo, un plan diferente, tendrá que surgir de la cumbre en Mallorca entre el jefe del Estado y el del Ejecutivo. Prohibir cualquier contacto con el emérito, dificultar su vuelta –con lo peligroso que sería que Don Juan Carlos sufriese un agravamiento de su salud, o un percance peor, su muerte, fuera de su patria–, permitir que la aventurera y el policía corrupto parezcan creíbles en sus ataques a la figura del ausente y silente, ha sido una estrategia sin duda equivocada. El ‘plan de Marivent’, si es que de allí sale alguno, tiene que incluir la planificación del regreso a España de quien, con todos sus errores y abusos, hizo no poco por la democracia en su país. Luego, ya se verá lo que se hace con él. Ah, si Carmen Calvo e Iván Redondo contasen todo lo que saben…

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La España de las cloacas

Enviado por Fernando Jáuregui | 31/07/21

No creo, la verdad, que los españoles sigan con demasiada pasión las rocambolescas historias que afectan a corruptelas pasadas, aunque de cuando en cuando afloran las últimas decisiones judiciales por el ‘caso Kitchen’, del que salen relativamente bien parados todos menos el ex ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, o se filtran las venganzas de la mujer fatal contra el Emérito. El caso es que a veces todo confluye: ella, el comisario corrupto, los poderosos –no solo políticos, claro está—que se creyeron intocables… Y entonces emerge la España de las cloacas y la ciudadanía se despega un poco más aún de un ‘establishment’ a su vez cada vez menos conectado con la gente de la calle.

Escribo esto consciente de que el próximo martes se cumple un año de la salida de España, aún no bien explicada, de Juan Carlos I, uno de los movimientos ‘en las alturas’ más extraños que se registran en la memoria de la opinión pública y publicada. Y ahí sigue quien fuera el jefe del Estado del Reino de España durante casi cuarenta años, en Abu Dhabi, parece que siempre aspirando al retorno y al olvido. Cosas que ella, en su larga venganza, trata de impedir a toda costa.

En la semana que concluye hemos conocido el relato de la demanda que ella interpuso contra su ex ‘amigo íntimo’ Juan Carlos de Borbón por espiarla y contra quien fuera el jefe de los servicios secretos, general Sanz Roldán, no solo por organizar este espionaje, sino también por amenazarla a ella y a su hijo. Conozco al general, que ha prestado no pocos servicios a su patria, y me parece demasiado inteligente como para acudir al domicilio de la aventurera –¡¡algunos medios la llaman empresaria!!—para tratar de intimidarla con amenazas. Otra cosa es que los servicios secretos cumpliesen su misión de averiguar lo que tramaba una dama que podría hacer, y lo ha hecho, mucho daño al Estado.

Lo preocupante es que incluso algún periódico muy respetable parece tomar en serio la versión de la mujer fatal, a la que se presenta casi como víctima, cosa que desde luego está muy lejos de ser. Claro que no quiero decir que ella, como el comisario archicorrupto con el que ella trataba, sea ni la única ni la principal representación de la España de las cloacas: hay gentes muy poderosas que utilizaron a la una o al otro, o a ambos, para sus fines, como espiar al rival comercial, robar los ‘papeles de Bárcenas’ (otro que tal) o crear una ‘policía patriótica’ que nos ‘defienda’ a su particular modo y manera, del independentismo.

Pienso que esta España de las cloacas no desaparecerá hasta que todo un pasado, en el que potentes empresarios, banqueros –han salido muchos nombres que habrían de dar explicaciones–, políticos o instituciones trataron de manejar la nave del Estado a su libre albedrío, quede por completo desenmascarado. Y sin que puedan caber sospechas de que personajes importantes se libran de culpas por ser eso, más importantes que otros. La labor de los jueces instructores –y tengo, personalmente, toda la confianza en el magistrado que lleva las ramificaciones más destacadas de las tramas superpuestas—es fundamental, como fundamental es, está siendo, el que los medios no ‘olviden’, en función de simpatías políticas o intereses, unos casos y potencien, quizá a veces algo apresuradamente, otros. Para que ese pasado no se repita no basta con los tribunales: es precisa la vigilancia adecuada, no mirar hacia otro lado, como sin duda se hizo. Luz y taquígrafos.

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