El día en el que Pedro Sánchez dejó solo al Rey

Enviado por Fernando Jáuregui | 11/05/19

 

Me parece lógico que el presidente del Gobierno y secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, quiera acompañar a su antecesor moribundo, Alfredo Pérez Rubalcaba, pese a que todo el mundo sabía que las relaciones entre ambos eran muy mejorables y que el segundo no tenía la mejor opinión del primero. Lógicos los artículos presidenciales enviados, como necrológicas de lujo, a los periódicos, lógicos los tuits dolidos desde La Moncloa. Rubalcaba, al dejar la política en 2014, ya nos dijo, cuando empezaron los elogios tras los anteriores denuestos y las críticas despiadadas e injustas, que “en España se entierra muy bien”. Hasta aquí, si usted quiere, casi todo lógico.

Pero no tan explicable me resulta que el presidente del Gobierno del Reino de España abandone una presumiblemente importante –luego no lo ha sido tanto—‘cumbre’ europea para retratarse entrando en el hospital del doliente. Ni que deje solo al Rey, en uno más de los difíciles viajes a la Barcelona oficial del mal educado Torra, para atender a las exequias del correligionario ilustre y hoy creo que justamente loado. En todo caso, Sánchez podría, como hizo el propio Felipe VI viajando desde la Ciudad Condal, haber estado en el velatorio del Congreso perfectamente a tiempo, tras respaldar al jefe del Estado en el clima hostil que siempre saben crear el president de la Generalitat y la todavía, quizá no por mucho tiempo, alcaldesa Colau.

Sánchez quiso mostrar al mundo mundial, sin duda, que no es persona vengativa y que ya ha olvidado –que no—que Rubalcaba fue uno de los principales artífices, quizá junto con Guillermo Fernández Vara, de todo aquello que acabó ocurriendo el 1 de octubre de 2016. Es decir, cuando Sánchez hubo de dejar la secretaría general del PSOE y el despacho en la calle Ferraz, para lanzarse a una incómoda –y valiente, sin duda—reconquista del poder en el partido, agrupación por agrupación. El presidente del Gobierno se puede hoy permitir tales gestos de ‘magnanimidad’, cuando acaba de ganar unas elecciones y las encuestas del CIS pronostican un mapa rojo para las europeas y autonómicas –quizá no tanto en las locales—que se celebrarán dentro de dos semanas.

Creo que Pedro Sánchez, aupado ahora con siete millones y medio de votos, tiene ahora una oportunidad única para emprender la regeneración del país. Incluso de tender la mano a enemigos, rivales e indiferentes. Para ser realmente generoso. Pero jamás debe olvidar que la elegancia es esencial en la política y en la vida: por ejemplo, que nadie puede, ni debe, apropiarse de manera partidista de la figura de Rubalcaba. Ni tampoco debe, ni puede, olvidar que ningún jefe de Gobierno debe dejar de respaldar al jefe del Estado, máxime en momentos de riesgo de crisis institucional severa.

No, Pedro Sánchez jamás debió dejar solo al Rey para que Torra se permitiese mostrarse desdeñoso con el Monarca. Ya sé que es más lucido –pero no tan lúcido—exhibir el rostro triste ante el no tan amigo caído. Y es, desde luego, mucho más fácil afrontar el velatorio con largas colas de gente en el Parlamento que tener que fotografiarse junto a un Quim Torra encantado de retarte con el lazo amarillo en la solapa. Pero era su deber: va con el sueldo y con el Falcon. Y conste que no critico solamente a Pedro Sánchez por no contribuir de manera suficiente al fortalecimiento de la figura del jefe del Estado: la política, en general, no está pasando por un decidido respaldo a quien encarna la máxima institución del Estado. Estoy seguro de que Rubalcaba le hubiese dicho algo así como “Pedro, ahora tienes que estar en Barcelona”. Era lo que le tocaba cumplir a un estadista.

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“Este será el comunicado de ETA”, me dijo Rubalcaba

Enviado por Fernando Jáuregui | 11/05/19

Comprendo que la súbita y muy grave enfermedad de Alfredo Pérez-Rubalcaba, que desembocó en una muerte casi anunciada, haya distorsionado la campaña electoral. Porque hay ocasiones extraordinarias en las que es preciso detenerse un instante, volver la vista atrás y comprobar que existen otras políticas posibles, distintas, distantes y seguramente mejores que las que ahora practican algunos, incluso en el propio partido del enfermo.

No es que yo vaya a elogiar sin tasa ni medida a Pérez-Rubalcaba, a quien conocí creo que bastante bien y de quien en los últimos años me distancié porque no le gustó, creo, algo que sobre él publiqué y que entendió, contra mi criterio, que trascendía a su dimensión pública y política. Pero le admiré y le admiro en su paso por distintas responsabilidades, tanto en el Ministerio de Educación como en la vicepresidencia del Gobierno y como candidato del PSOE, cuando supo defender con valor, y contra muchos de los suyos, la pervivencia de la Monarquía en momentos difíciles.

Pero donde más le valoré fue a su paso por el Ministerio del Interior, donde fue duramente combatido por una oposición –recuérdese el ‘caso bar Faisán’—que no quiso entonces comprender su decisivo papel a la hora de negociar con ETA para acabar con ella, un mérito que hago extensivo al entonces presidente Rodríguez Zapatero.

Ojalá alguna vez hubiese cedido a la tentación de dejarnos sus memorias escritas. Sabía mucho, de muchos. Y administraba bien su información. Cuando yo preparaba un libro sobre la negociación con ETA, me recibió en su despacho de Interior, en el Paseo de la Castellana. No me negó que tenía una idea muy cercana sobre el paradero de Josu Ternera, negociador con el Gobierno por parte de ETA y uno de los misterios que perduran de todo un proceso que condujo, finalmente, a la liquidación de la banda terrorista, que había sido una pesadilla para los vascos, y para todos los españoles, durante muchas décadas.

–ETA va a hacer pronto público un comunicado importante—me dijo en aquella ocasión.

Le pregunté por qué sabía que se aproximaba la publicación de ese comunicado, y quise saber cómo sabía él que era importante.

–Porque el comunicado es este—me dijo, tendiéndome un par de folios pulcramente mecanografiados.

Apenas pude retener el papel en mis manos unos segundos, los suficientes para comprobar, dos días después, cuando ETA hizo público el comunicado, que el texto era el mismo que Rubalcaba me había dejado entrever. Mi respeto hacia él se incrementó en ese momento. Y nunca más dudé de que estábamos ante algo muy difícil de encontrar por este secarral político: un hombre de Estado. Las colas ante la capilla ardiente certifican que los ciudadanos conocen la valía real de un personaje, tan zarandeado en su día por oposición, críticos y por nosotros mismos, los periodistas.

Lo mejor para ti, Alfredo.

 

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Pablo Casado, a La Moncloa (de visita)

Enviado por Fernando Jáuregui | 05/05/19

(esta imagen debería ser más frecuente en un país con normalidad democrática)

 

 

Pese a las críticas que le han llovido por entender (los críticos) que suplanta las funciones del jefe del Estado, creo que Pedro Sánchez ha acertado convocado a La Moncloa para este lunes a Pablo Casado y para este martes a Albert Rivera y a Pablo Iglesias. De la ‘cumbre’ que más espero es de la que se celebrará en primer lugar, entre el presidente del Gobierno y quien todavía ostenta el título de líder de la oposición, el presidente del Partido Popular. Del propio Casado, claro, pero también de Sánchez, dependerá que el primero siga manteniendo los dos títulos.

Seguramente, del verdadero alcance de lo hablado entre Sánchez y Casado no nos enteraremos del todo hasta después de las elecciones municipales y autonómicas cuya campaña ‘oficial’ comienza el viernes, porque las plazas en juego (Madrid, Extremadura, Castilla-La Mancha, Aragón, Asturias, amén de municipios importantes) para la derecha o para la izquierda no aconsejan sugerir un pacto entre ambos. Pero ese pacto debería, a mi entender, producirse, y además antes de la investidura, dando un giro radical a la política frentista de bloques que viene dominando, para mal, la escena española en una crisis que dura ya demasiado tiempo.

Casado ha comprobado que su estrategia de extremada hostilidad hacia el Gobierno socialista y su alejamiento de posiciones centradas le ha dado un muy mal resultado en las urnas, como le ha recordado Núñez Feijoo, que es el referente moral del PP. Y creo que, por su parte, Sánchez sabe que sería mejor tener enfrente a un Casado ‘reconvertido al centro’ que a un Rivera –de Vox ya ni hablamos—que ha repetido hasta la sociedad que es casi una emergencia nacional echar de la Moncloa al actual presidente, sin tener en cuenta que siete millones y medio de votos le quitan la razón en este aserto. Es decir, me parece que a Casado le conviene más tener a Sánchez gobernando en solitario que al frente de un Ejecutivo sustentado por Podemos –con o sin ministerios–, el PNV y Esquerra Republicana de Catalunya. Y Sánchez debe pensar, supongo, que en Casado tendrá un interlocutor más fácil y fiable, quizá hasta más sólido, que con Rivera.

La propuesta del presidente de la patronal, Antonio Garamendi, en el sentido de que PP y Ciudadanos deberían abstenerse en la votación de investidura para dejar que Sánchez gobierne en solitario, aunque ambos partidos ejerzan, claro, de oposición, no debería caer ni en saco roto ni, menos, en el desprecio de quienes, a toda costa, quieren echar a Sánchez y seguir anclados en la política del enfrentamiento.

Creo que Ciudadanos vive un momento de exaltación del propio partido, y difícil será un giro de Rivera hacia posiciones más ‘colaboracionistas’ con el PSOE, aunque ya veremos lo que ocurre con los resultados autonómicos y locales, que sin duda generarán extraños compañeros de cama. En Podemos apenas encontramos una ambición –lógica, entiendo—por ‘pisar moquetas’ ministeriales o en la presidencia del Congreso de los Diputados. Donde sea. Ambición que, claro está, gusta poco no solo a la patronal y al Ibex, como, simplificando, dicen los cercanos a Pablo Iglesias, sino también a muchos sectores de centro-izquierda o de la izquierda moderada socialdemócrata.

Así que en las manos de Pablo Casado y de su buen entendimiento con Sánchez dependerá nada menos que el futuro de España en los próximos cuatro años. De ese entendimiento, que no prejuzga, claro, el juego Gobierno-oposición, podemos esperar un reformismo prudente en momentos tan complicados políticamente como los actuales, cuando, para colmo, excesos como los del reglamentismo desaforado de la Junta Electoral acabarán dando bazas al victimismo de un enemigo del Estado como Carles Puigdemont. No se trata de abrir una brecha entre constitucionalistas e independentistas, de la misma manera que sí hay que cerrar el abismo entre ‘las derechas’ y ‘las izquierdas’. Pero es que ocurre que el acuerdo entre quienes creen en una España unida se hace cada día más urgente. ¿O es que no resulta ya demasiado obvio, o es que no se han cometido ya los suficientes errores?

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Nos quedan, ay, semanas de ‘Gobierno en funciones’

Enviado por Fernando Jáuregui | 02/05/19

El dislate de haber convocado dos elecciones con apenas un mes de intervalo se pone ahora, una vez más, de manifiesto: se prolonga la interinidad del Gobierno, esta condición de ‘Ejecutivo en funciones’ que limita la capacidad de decisión y hace que ministros, ministras, vicepresidenta y hasta el mismísimo presidente tengan la cabeza en otro lado. Mucho más atentos a completar la victoria en municipios y autonomías que a ver qué papel va a jugar España en una crisis internacional del volumen de la de Venezuela, en la que Trump y Putin, para no hablar de China, juegan a fondo sus bazas.

Pero claro, Josep Borrell, superado por varios flancos –que si el mediador Zapatero, que si el incordio podemita– , y atento a ver si lo suyo se concreta, tras ganar el escaño en el europarlamento, en una comisaría importante, no está ahora, pese a su indudable valía, para grandes alharacas. España está perdiendo una oportunidad en Venezuela: parece que ni desde Estados Unidos ni, menos, desde Moscú o Pekín, llegan las informaciones precisas, y nuestra diplomacia se ha enterado tarde, y mal, de los movimientos de un Guaidó que depende de muchas cuerdas exteriores. Y más o menos lo mismo parece que está ocurriendo en otras áreas de nuestra gobernación.

Así, la buena ministra de Trabajo, Magdalena Valerio, anduvo como desaparecida ante las reivindicaciones de los sindicatos el 1 de mayo, en cuyas manifestaciones apenas se pudo ver al titular de Fomento, Abalos, que tampoco pintaba mucho por allí. Y de los otros ministros apenas sabemos que la señora Celáa aparece por el atril del portavoz en La Moncloa tras los consejos de los viernes, que son, se quiera o no y pese a los ‘decretazos’, ‘en funciones’.

Por lo demás, las especulaciones ya han comenzado: qué ministros se van, cuáles se quedan, si Carmen Calvo quiere o no ir a presidir el Congreso de los Diputados…En fin, las inevitables quinielas de ‘ministrables’ cuando aún ni siquiera sabemos qué Gobierno se formará y con quiénes: ¿ministros de Podemos? Seguramente no, pero a ver quién es capaz de adivinar en qué va a parar todo esto.

De momento, la primera decisión ‘pública’ de Pedro Sánchez tras ganar las elecciones, es decir, convocar la semana próxima a La Moncloa a Pablo Casado, Albert Rivera y Pablo Iglesias, que personalmente me parece impecable, ha sido criticada por algunos comentaristas, que entienden que suplanta o ‘madruga’ las consultas del jefe del Estado con los líderes políticos de cara a la investidura. No puedo estar de acuerdo con algunos respetables colegas que tal piensan: más bien, los contactos de Sánchez, que deberían ampliarse para incluir a Vox y alguno discreto con Esquerra Republicana –al fin y al cabo, han ganado en Cataluña–, van a facilitar la tarea del Rey cuando tenga que recibir a los líderes parlamentarios –por cierto ¿también a Oriol Junqueras, el preso?– . Se trata, precisamente, de salvaguardar la figura de Felipe VI, que tan zarandeada fue en las anteriores consultas de 2016.

El caso es que desde fuentes monclovitas parece que sugieren que el Gobierno podría estar formado allá por mediados/finales de junio, que este Ejecutivo será básicamente ‘continuista’ –menos en Exteriores, Justicia y alguna otra cartera ‘quemada’—y que, sin embargo, actuará ‘de modo diferente’. Ya comprobaremos, más allá de las anunciadas subidas de impuestos, en qué consiste esto del ‘modo diferente’. Lo que no sería bueno, estimo, es seguir gobernando como hasta ahora. Y menos prolongar el estatus de ‘en funciones’.

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¿Y si la cosa se arreglase, y encima de la mano de Sánchez?

Enviado por Fernando Jáuregui | 01/05/19

((No es que hasta ahora yo haya confiado mucho en Sánchez; ha dado motivo para no merecerlo. Pero hay que dar cien, o doscientos, días de gracia y apoyarle para que no cometa errores irreversibles)

 

Este mes de mayo marcará nuestro futuro para mucho tiempo. No solamente porque determinará qué pactos se harán –o no—para formar un Gobierno y sabremos hacia dónde pretende orientarse ese Gobierno; es que los próximos días marcarán una forma de proceder, un talante que debería recomponer consensos morales que hasta ahora parecían perdidos de manera irremisible. Algunos hemos escrito, y dicho, que Pedro Sánchez tiene ahora la posibilidad de arreglar o destrozar definitivamente las mejores esencias del país. Una responsabilidad que también atañe, desde luego, a los partidos de la oposición. Y todo eso debe ocurrir, en medio de la nueva refriega electoral, en mayo.

Tengo la impresión de que el hombre que volverá a ser presidente ha entendido el mensaje: los españoles están hartos del griterío (y del voxerío), de las descalificaciones, de las ocurrencias, del humo y de las bravatas. Su primera medida me ha parecido acertada: convocar a La Moncloa, uno a uno, a los líderes de los partidos democráticos para, con ellos, empezar a diseñar el futuro. Era un paso obligado, confío que una mano tendida, que los otros partidos tendrían que recoger, aunque no estoy tan seguro de que todos ellos hayan entendido cabalmente lo que las urnas han dicho; caben, desde luego, muchas interpretaciones, bastantes de ellas forzosamente erróneas. Y la peor, a mi entender, sería pensar que ahora hay que cerrar filas.

A Sánchez supongo que le cabe ejercer la generosidad y la flexibilidad. Acabaron las épocas en las que los sueldos sustanciosos de las empresas públicas se repartían entre los amigotes, se acabó el pretender copar ‘para los nuestros’ las presidencias de Congreso y Senado, de las instituciones, de los medios de comunicación públicos, de los servicios de inteligencia: gobernar con todos y para todos no puede ser una mera proclama obligada para el vencedor, que inmediatamente suele olvidar esos anunciados buenos propósitos ecuménicos.

A la oposición, a las oposiciones, les toca revisar planteamientos. Pablo Iglesias no puede actuar como en 2016, cuando la crisis política estalló en toda su virulencia, exigiendo para sí y para sus incondicionales carteras ministeriales, televisiones y prebendas. Albert Rivera no puede actuar bajo el impulso de sus simpatías o antipatías personales, ni descalificando ‘a priori’ “porque hay que echarle” a alguien ungido con la fuerza de siete millones y medio de votos. En cuanto a Pablo Casado…

El Partido Popular sigue siendo sustancial para el equilibrio político en España. Apartarse de ese punto de equilibrio es lo que, a mi entender, ha provocado el desastre en la formación creada por Fraga, refundada por Aznar y orientada hacia el declive por Rajoy. Casado ha jugado sus bazas de manera equivocada: no será llamando “felón” al presidente del Gobierno, oponiéndose a todo, en todo y todo el tiempo como se mantendrá de líder de la oposición, cosa que entiendo que sigue mereciendo. Debería escuchar el llamamiento del presidente de la patronal, que es otro recién llegado, con fuerza y ganas, al cargo, permitir que su apoyo –absteniéndose—facilite la investidura de Sánchez sin hipotecas a los ‘socios de la moción de censura’ e instalarse en la crítica a cuanto la merezca –y son muchas las cosas de Sánchez que la merecen—y en la cooperación a cuantos planes regeneracionistas puedan alumbrarse entre todos.

La fuerza de los más insensatos planes de los secesionistas catalanes se ha basado en las divisiones de los constitucionalistas en todo lo fundamental, incluyendo la integridad nacional, las desigualdades territoriales, la educación y hasta la política exterior. Es preciso reforzar, actuando de manera radicalmente nueva, ese bloque constitucionalista y poner a todo el país a avanzar en una misma dirección. ¿Será capaz Pedro Sánchez, en sus próximos contactos con los otros líderes políticos –excluyendo, parece, a Vox, lo cual es algo que no acabo de entender–, de enderezar el rumbo del barco nacional hacia proyectos constructivos de futuro? Nunca he confiado demasiado en Sánchez, y tengo siete millones y medio de razones para pensar que quizá me haya equivocado. Creo que debemos –por otro lado, qué remedio– concederle cien días de gracia. O doscientos, si preciso fuere. La cuenta atrás ya ha comenzado, precisamente este mes de mayo. Sánchez, no nos falles…más.

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La ‘vía (¿muerta?) Garamendi’

Enviado por Fernando Jáuregui | 30/04/19

 

Las especulaciones y cálculos acerca de cómo tratará Pedro Sánchez de formar un Gobierno que le garantice el poder durante cuatro años de Legislatura animan el ya de por sí movido panorama político nacional. La ‘vía Garamendi’, que adelanto que me parece muy conveniente para los intereses del país, ha sido la última propuesta. Pero, para salir adelante, necesita de grandes dosis de generosidad, realismo y altura de miras por parte de todas las fuerzas políticas. Y debo decir que la acogida inicial no me ha parecido precisamente entusiasta.

Insta el presidente de la CEOE, Antonio Garamendi, a Ciudadanos y Partido Popular para que se abstengan en la sesión de investidura de Pedro Sánchez como presidente, de manera que el socialista pueda gobernar solo, sin necesidad de recurrir a Podemos y a otros de los ‘compañeros de viaje’ que facilitaron, en su día, hace diez meses, el ascenso de Sánchez a La Moncloa. Las formaciones naranja y ‘popular’ quedarían, así, como oposición constructiva, apoyando puntualmente transformaciones y proyectos que cada una de ellas consideren de interés para el país y tratando de bloquear iniciativas del Ejecutivo socialista que les parezcan lesivas.

No tengo, lo reconozco, informaciones alentadoras sobre la acogida de esta propuesta en ninguno de los tres partidos afectados. Y menos aún en el cuarto, Podemos, que basa su estrategia inmediata en un pacto de coalición con el PSOE, metiendo ministros en el Ejecutivo que forme Sánchez tras su investidura. Ni Albert Rivera ni Pablo Casado parecen estar por la labor. No parecen percibir, ni siquiera el segundo tras el enorme varapalo sufrido por el Partido Popular, que estamos en una nueva época y que lo que antes podría ser simplemente desacertado ahora sería muy gravemente inconveniente: el electorado ha rechazado el frentismo radical y las acusaciones disparatadas contra el Gobierno, los planteamientos de ‘solamente dureza’ respecto del secesionismo catalán e incluso desde el propio PP se alzan voces pidiendo un giro al centro, abandonando la ‘derecha dura’.

Ni tampoco los socialistas se muestran, hasta donde se me alcanza, demasiado ansiosos por inclinarse hacia la generosidad que comportaría que les dejen, inicialmente, gobernar en solitario: para ello, lo idónea sería renunciar a ‘meter amigos y correligionarios’ en las empresas públicas, a nombrar a miembros del PSOE en las presidencias del Congreso y del Senado, a cualquier injerencia en los medios públicos y en las instituciones. Me parece olfatear que para nada está el PSOE dispuesto a consensuar puestos en el Legislativo, en el Judicial ni en esos rentables apéndices del Ejecutivo que abarcan desde a los servicios secretos (ahora tocaría renovar el CNI) hasta las presidencias mejor pagadas en empresas públicas.

Teme Garamendi que, si no es capaz de asegurar la formación de un Gobierno con Ciudadanos –que se ha negado rotundamente a una coalición de centro-izquierda con el PSOE—y si el PP no se abstiene, para luego ejercer una oposición crítica pero constructiva, Sánchez, para mantenerse en el cargo, recurra a aquel llamado ‘Gobierno Frankenstein’. Ya recuerdan: aquel en el que el PSOE era respaldado, desde fuera, por la formación de Pablo Iglesias, por los separatistas catalanes, los nacionalistas vascos y hasta por los separatistas de Bildu, a los que convencionalmente se tilda de ‘herederos de ETA’. Y, claro, esta amalgama gusta poco a la patronal, a la Banca y a no pocas instituciones: consideran que el ‘statu quo’ económico y social podría saltar hecho pedazos.

Pienso que la sugerencia del presidente de la patronal facilitaría que se atenúen los dos bandos que han venido alimentando su mutua hostilidad, haciendo hoy imposible pensar en cuestiones como cualquier reforma constitucional, electoral, educativa, laboral, económica o incluso social. Y contribuiría a expandir la idea de que nos hallamos, efectivamente, ante esa segunda transición que algunos sectores se niegan a admitir, pese a que se trata de un hecho obvio.

La vieja política, aquella que hizo a Pablo Iglesias, hace tres años, exigir ministerios, servicios secretos, televisiones y una vicepresidencia a cambio de apoyar, “como una sonrisa del destino”, la investidura de Sánchez, ha pasado ya a la historia; que el secretario general de Podemos se haya atrevido a pedir para sí, hace pocas semanas, nada menos que el Ministerio del Interior, muestra que repite sus errores de enero de 2016 y que no ha entendido gran cosa de por dónde anda el juego. Él, tampoco. Me gustaría poder decir otra cosa, pero me parece que esa ‘vía Garamendi’ ha entrado, valga la redundancia, en vía muerta.

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Pasar página, o todo el libro

Enviado por Fernando Jáuregui | 29/04/19

Permítaseme pensar –y decir—que excluir al fugado Puigdemont y a los ex consellers , igualmente fugados, Toni Comín y Clara Ponsatí de las listas legales a las elecciones europeas es un error por parte de la Junta Electoral Central. Como lo es mantener la prisión provisional para varios de los triunfadores en las elecciones en Cataluña, comenzando por Oriol Junqueras. Y conste que sé perfectamente que esto que digo se leerá y escuchará con recelo en amplios espectros ideológicos de buena parte de la geografía española, más allá de lo que pueda pensarse en Cataluña.

Pero ahora, tras las elecciones, ha llegado el momento de hacer política de manera diferente a como veníamos haciéndolo hasta el momento, y de actuar en consecuencia. No puede ser que los lazos amarillos se conviertan en la soga del entendimiento con una parte sustancial de España, como es Cataluña. Debemos recordar que ha sido un partido independentista, Esquerra Republicana de Catalunya, quien ha ganado de manera difícilmente discutible las elecciones en esta Comunidad Autónoma, y que el líder de esa formación, el presidiario (preventivo) Oriol Junqueras, va a tener pronto el acta de diputado, si es que nuevas decisiones polémicas de la JEC, o de los tribunales, no lo impiden.

Junqueras es parte sustancial de ese entramado que nos muestra a todos, comenzando por quien ha ganado las elecciones, que debemos pensar de manera diferente y actuar, por tanto, de muy otra manera. La política no es solamente ligarse a la actuación de los tribunales –que también–, sino crear espacios de diálogo y de libertades sujetos a las necesidades actuales, no a las de ayer. El triunfador Pedro Sánchez sabe, creo, que habrá de dialogar con el ahora recluso y con lo que él representa para garantizar esa nueva era que se ha abierto ante nosotros: yo le llamo, para enfado de inmovilismos, Segunda Transición.

Puede que Sánchez pretenda gobernar en solitario, contando puntualmente con apoyos –y rechazos– de Podemos, Ciudadanos, ERC, Junts per Cat, PNV, Bildu…y, cuánto me gustaría, el propio PP. El partido de Casado tiene que sacar lecciones profundas de lo ocurrido: no será con el ‘no a todo’, llamando “felón” al presidente del Gobierno, y acusándole de estar al servicio del independentismo y de ETA, como se levantará de la postración.

Pienso que alguien con la capacidad política de Casado tiene que entender que lo que el país anhela son pactos para reconstruir consensos, tender puentes e iniciar la obra regeneracionista de la nación. Y Sánchez habrá de entender –“acuérdate de que eres mortal”—que solamente con generosidad, olvidando agravios y obviando que tiene derecho a copar los puestos más rentables en empresas públicas e instituciones, podrá llegar a esa superación de las dos Españas y a una ‘conllevanza’ con el problema territorial.

Me parece que el futuro mejor solo nos vendrá de una ideología que acabe con los clichés de la vieja política, abrazando esa ‘nueva política’ que consiste en pensar que los pactos se hacen cediendo un poco a todos los que algún día podrían apoyar tu investidura. Lejos de mi ánimo dar consejos a nadie, pero creo que el viejo-nuevo presidente tiene que tender manos, y lo primero que habría de hacer sería llamar a La Moncloa a Pablo Casado y a Albert Rivera y explorar las posibilidades de que no desentierren el hacha de guerra –nunca ha sido enterrada, es la verdad—en estos momentos en los que el país está pidiendo que se abran páginas nuevas en el viejo libro de nuestra Historia; una era de regeneración política, que buena falta nos hace.

Temo que la nueva decisión ‘restrictiva’ de la Junta Electoral no va por este camino. Yo, que aborrezco las ideas (¿?) de Puigdemont y de sus secuaces, creo que deberían tener una oportunidad de confrontarlas con las de los demás: luego, los electores, esclarecidos, decidirán. Ahora, a los ‘indepes’ los hemos convertido nuevamente en víctimas, precisamente a ellos, que pueden ser los verdugos de una cierta idea, moderna, integradora dentro de todas las diferencias, de España.

Me parece que esta decisión de la JEC no ha sido una buena noticia precisamente en la jornada en la que los socialistas celebran, espero que acordándose Sánchez de que ‘tú también eres mortal’, una indiscutible victoria, que implica la obligación de arreglar, entre todos, los desaguisados de tantos años.

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“Evidente, Sánchez presidente”

Enviado por Fernando Jáuregui | 28/04/19

“Evidente: Sánchez, presidente”

Fernando Jáuregui

Grupos de personas con los que me topé recorriendo sedes de partidos –euforia en uno; en los demás, más bien caras largas—gritaban “evidente, Sánchez presidente”. Y sí, lo evidente es que Pedro Sánchez ha ganado las elecciones de manera nada sorpresiva. Formará Gobierno, pero ¿con quién? Necesita, además de a Podemos, al PNV y contará, en la segunda jornada de la sesión de investidura, con la probable abstención de Esquerra Republicana de Catalunya, la otra gran triunfadora y con su líder encarcelado.

No sé cómo calibrar hasta qué punto ese Ejecutivo será estable y conveniente para los intereses del país, pero me parece que, a estas alturas, volver a especular con una posible coalición entre el PSOE y Ciudadanos –sería lo más simple, quizá lo más agradable para los ‘poderes fácticos’ y para Europa—carecería de sentido. Eso deja a la formación de Rivera en una situación algo descolgada, entre un Partido Popular hundido y que va a ser acosado por Vox –tampoco han obtenido los resultados que esperaban—y la izquierda: Albert Rivera tendrá que redefinirse de alguna manera, porque no creo que los suyos estén muy dispuestos a pasar cuatro años más de travesía del desierto.

¿Y Pablo Casado? Fue el gran perdedor de la jornada electoral. El mapa de España se ha vuelto rojo. No gana el PP ni en algunos de sus feudos tradicionales. Quizá la campaña y la jornada han sido injustas para las magníficas cualidades de Casado y para la solidez que aún mantiene el PP, pero las cosas han sido como han sido. No pueden descartarse movimiento internos en la formación conservadora, ni pases a la formación que está a su derecha.

Sí, pero, al margen de lo que les ocurra a los partidos y a sus dirigentes, al margen de qué pactos se hagan –Pablo Iglesias pedirá ministerios, ya lo verán– ¿cambiarán las cosas en España?¿se comenzará la reforma propia de una segunda transición? Temo que Pedro Sánchez tiene motivos para pensar que los españoles han aprobado su forma de actuar hasta ahora. Y eso profundizará el ‘más de lo mismo’ y la división entre las dos Españas, tan perceptible. Para mí, la buena noticia es que los ‘puigdemonistas’ quedan relegados, abriéndose una posibilidad de negociación ‘no onerosa’ (no demasiado) con Esquerra. Sánchez tiene en sus manos procurar una nueva era de ‘conllevanza’ con el eterno ‘problema catalán’. Tiene también la posibilidad de iniciar un consenso para una etapa de grandes reformas, desde la Constitución hasta la ley electoral, pasando por procurar una mayor equidad en el país. ¿Querrá, sabrá hacerlo?

Habrá que aguardar a ver qué pasa. De momento, dudo que se cierren acuerdos hasta después de las elecciones municipales y autonómicas: otro mes de inacción, derivada del error de celebrar ambas confrontaciones electorales con apenas un mes de separación. Porque, a partir de hoy mismo, se inicia de nuevo la campaña electoral, otra campaña electoral. Seguimos, pues, con la provisionalidad.

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El (casi) ingobernable Parlamento que nos viene

Enviado por Fernando Jáuregui | 28/04/19

 

A veces, unas elecciones pueden servir para enmarañar más aún las cosas que para solucionarlas, y eso que, en el caso de la política española, el lío ya era monumental. Se puede afirmar con bastante certeza que el Parlamento, tanto la Cámara Alta como, especialmente, la Baja, va a ser muy difícilmente gobernable, independientemente de los acuerdos a los que pueda llegar Pedro Sánchez, que todavía es el más probable nuevo/viejo presidente del Ejecutivo de España.

Quien vaya a desempeñar la presidencia del Congreso, que a saber quién acabará siendo, tendrá que hacer filigranas para que las sesiones puedan llegar a algo útil. Y no quiero ya hablar del dificilísimo papel moderador y no sé si arbitral que le va a tocar desempeñar de nuevo al Rey en la apertura de consultas para ver si se puede llegar a una investidura: acabamos de salir de la loca espiral de la campaña electoral –ahora viene otra—y ya estamos metidos de hoy y coz en el muy delicado proceso de las consultas reales, ante las que no siempre todas las formaciones han mostrado el debido respeto y, menos aún, el necesario espíritu de colaboración en el marco del Estado.

Es algo que va a ser especialmente perceptible ahora, cuando una mayoría de las fuerzas políticas en el Parlamento no pueden considerarse precisamente monárquicas. Lástima que no se haya aprovechado el tiempo malgastado en dimes, diretes y campañas de imagen para, entre otras cosas más útiles, reformar ese artículo 99 de la Constitución, tan lleno de agujeros, potenciando el papel del Rey en estos momentos.

Así que nos jugamos el prestigio de nuestras principales instituciones, la Jefatura del Estado y el Legislativo, mientras que el Judicial se la está jugando todos y cada uno de los días que dura el ‘juicio del siglo’ contra los políticos catalanes golpistas…que, por cierto, van a estar personalmente representados en el Parlamento, a menos que algún recoveco legal se lo impida, algo que podría ser aún peor.

Es decir, salvo que se imponga la cordura generalizada entre nuestras fuerzas políticas y comience a imperar un espíritu de pacto que sustituya a la batalla electoral –de ahí el error de convocar separadamente las dos elecciones, estas generales y las del próximo 26 de mayo: sigue esa batalla–, la investidura puede demorarse bastante. O incluso, si no se llega a investir un presidente del Gobierno, podríamos llegar a una repetición de las elecciones en otoño, y eso sí que pienso que sería de lo peor que podría pasarle a la ya maltrecha imagen de España tanto dentro como fuera de nuestras fronteras.

Así que en el ‘día uno’ tras las elecciones amanecemos todos preguntándonos ‘y ahora ¿qué?’, como si la masiva afluencia a las urnas no hubiese contribuido a despejar los nubarrones de la incertidumbre, quién nos gobernará y, sobre todo, con quién. Y cómo: con un espíritu regeneracionista o con las viejas ideas (no-ideas) de siempre. Bienvenidos a la nueva era.

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Diario de una campaña muy larga. Yo no les compro un coche usado

Enviado por Fernando Jáuregui | 24/04/19

Bien que siento lo que a continuación voy a decir, porque tengo aprecio personal por casi todos los participantes en los ‘debates a cuatro’ que nos han mantenido despiertos hasta después de la medianoche los pasados lunes y martes. Pero me hicieron recordar lo que, en la prensa norteamericana de la época, decían de ‘Richard (Nixon) el tramposo’ tras lo de Watergate: “¿compraría usted un coche usado a este hombre?”. Yo no estoy seguro de que los hombres –ninguna mujer en el ‘casting’, una pena—que quieren ser presidentes de mi país no intentasen disimular, si me estuvieran vendiendo un vehículo, algún fallo del motor o de la caja de cambios. Creo que no me aventuraría a hacer esa compra.

No quiero parecer excesivamente pesimista ni destructivo, pero fue tal el cúmulo de medias verdades –vamos a llamarlo así–, trucos de imagen que harían parecer la magia de Houdini como algo casi de realismo socialista, descalificaciones mutuas y puñaladas disfrazadas como palmadas en el hombro, que, tras ambos espectáculos, me levanté de mi silla de comentarista desazonado: ¿Es eso lo que podría esperar de quien ocupe el principal despacho de La Moncloa durante los próximos cuatro años, si nadie lo remedia?

Tengo a los cuatro por personas honradas. Y deseosas, cada cual, claro, con sus ambiciones personales, de servir a España, entendiendo cada uno a su manera cómo ejercer este servicio. Buena gente, supongo, en general, aunque ningún verdadero estadista entre ellos. La bondad, como el valor a los soldados de antaño, se les supone, y yo no tengo ninguna prueba en contrario. Aunque el propio Pablo Iglesias dijo que había tres guapos –con corbata, por cierto—y que los tres eran malos. Será porque el candidato de Podemos se considera el feo y el bueno; juzgue usted mismo/a sobre tales cuestiones estéticas (y éticas).

Yo lo único que digo es que todo lo que vieron mis ojos en las dos noches consecutivas fue un ejercicio de impostura. Quien ha presentado una enmienda a la totalidad de la Constitución monárquica se nos presentó como el campeón de la defensa de nuestra ley fundamental; quien se reclamaba líder de la transparencia nos mostraba exactamente lo contrario; quien decía tener más conocimientos se refugiaba en la lectura de los temas que él mismo debería haber redactado…Hubo intercambio venenoso de libros, listados de corruptelas, fotos de ausentes, descalificaciones injustas, preguntas comprometidas sin respuesta.

Debo decir, para que nadie me acuse de escaquearme, que, aunque personalmente discrepo de muchas de sus recetas programáticas y de bastante de lo que ha hecho durante la campaña, en este sentido Pablo Casado me pareció (en el segundo debate) el más sincero y convencido de lo que estaba diciendo, el menos –Pablo Iglesias tampoco lo fue mucho, la verdad—marrullero.

Pero no les compraría un coche usado a ninguno de los cuatro. Tampoco a la mayoría de los que deberían, desde sus aspiraciones a ocupar La Moncloa, haber estado en los debates y no estuvieron. Lo malo de esta reflexión mía es que, en mi concepto, un voto vale bastante más que un coche. Y yo acudo a mi colegio electoral en bicicleta, así que ni siquiera voy motorizado.

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