Melchor, Gaspar, Baltasar y…Tezanos

Enviado por Fernando Jáuregui | 04/01/19


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(Tezanos, el Rey mago…de las encuestas, hop, nada por aquí, nada por allá…)
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Nadie podrá negarme que al director del Centro de Investigaciones Sociológicas, José Félix Tezanos, le pones un turbante y un camello y hala, a la caravana de los Magos de Oriente por la Gran Vía. Parece el cuarto de ellos, con sus barbas entre levíticas y sarracenas, su talante paciente, sus andares pausados, su mirar desafiante. Y tiene el oro de los resultados que dicen que cocina, la mirra con la que se perfuma el ganador y el incienso que sirve para que todos se gloríen de va a ganar…a pesar, dicen todos, de Tezanos.

El caso es que todos miran al cuarto Rey Mago como un oscuro objeto de deseo: ¿qué regalo nos traerá la siguiente encuesta del CIS? ¿Un incremento en la intención de voto o el carbón del despeñamiento en el favor de los electores? Ellos dicen no creer en los reyes de Oriente, pero unánimemente, también, les envían su carta de peticiones. Y muchos ya hemos dicho que, desde que Donald Trump trató de desengañar a un niño de siete años sobre la existencia de Papa Noel, nos hemos pasado al bando de los creyentes ciegos no solo en Santa Claus, sino en los tres del camello, en las meigas, que haberlas haylas…Si Trump dice que no existen, seguro que es que todos ellos son reales.

Como los datos del CIS. Todos piensan que son los padres socialistas quienes, de la mano del fabricante Tezanos, engordan en la noche más mágica ,con cáscaras de plátano y esas cosas que se les dejan a los camellos de SS.MM de Oriente, los resultados que los consultados para los sondeos arrojan. Yo creo que los datos existir, existen. Otra cosa es que el Sumo Interpretador trate, como Beltrán du Guesclin, de no poner ni quitar rey (mago), pero sí de ayudar a su señor, Enrique de Trastamara, frente a Pedro I el Cruel. Aunque aquí sea Pedro I El Volador el señor de Beltrán Tezanos.

Que sí, que sí creo en las encuestas…Tanto como en los Reyes Magos. Pero ocurre que, cuando todos en la real cabalgata creen que aquel concejal pintado de negro es, en efecto, Baltasar reencarnado, se produce un efecto hipnótico y todos ven al Rey, en realidad desnudo de apoyos ciudadanos, vestido con magníficos ropajes de intención de voto.

Lo malo es que ni con todo el proceso de ilusionismo ilusionante que rodea a Melchor, Gaspar y Baltasar (y Tezanos), el oro, incienso y mirra que traen al portal de Belén en forma de tablas demoscópicas no va a servir, según todos los indicios, para sacarnos de la crisis política en la que entramos hace ya unos años. No hay forma de formar un Gobierno que no sea de coalición. Y apuesten ustedes por que un año de estos, cuando a quien controla la estrella, o sea, el señor de Beltrán Tezanos, le dé por convocar elecciones, saldremos de ellas con un pacto de centro-derecha o de centro-izquierda.

Un pacto en el que ni Herodes Vox ni Pilatos Podemos van a figurar siquiera entre las figuritas del Belén, por mucho que el líder del primero nos haga llegar vídeos a lomos de la jaca que galopa y corta el viento y por mucho que el segundo se cuide la cabellera más que Sansón frente a Dalila, consciente de que, sin su pelo/coleta, perdería toda su fuerza.

Y, el lunes, tras los efímeros regalos de estos días, el cuarto Rey Mago regresará a su fastuosa y carísima residencia en la calle Montalbán, frente al Palacio de Correos, que es digno, ya digo, de un poderoso Monarca. Y, desde allí, preparará su próxima cabalgata demoscópica para el mes que viene y hala, todos los descreídos a volver a ilusionarse/desesperarse: ¿me tocará oro?¿incienso?¿mirra?¿carbón? Y uno tiende a preguntarse si en verdad este cuarto Rey Mago nos es tan, tan necesario, cuando ya tenemos a los otros tres tan consolidados

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Extremadura, Andalucía, Cataluña y las otras catorce

Enviado por Fernando Jáuregui | 03/01/19


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(la España desigual no lo es solamente por trenes y aeropuertos. Hay que gestionar urgentemente esa desigualdad)
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Como si fuese algo nuevo, toda España se levantó de pronto escandalizada por el ‘aislamiento’ en el que vive una Extremadura sin duda menos desarrollada que otras autonomías españolas. Los sucesivos retrasos y averías de dos trenes y un cierto ‘apagón’ informativo de las primeras horas del nuevo año propiciaron que, de pronto, los grandes titulares se fijasen en que, en realidad, Extremadura está a la cola de los privilegios y a la cabeza de las Comunidades peor tratadas en el reparto de los Presupuestos. Y no faltaron tertulianos y comentaristas de varias facturas y sensibilidades que comparasen las ‘dádivas’ a Cataluña con la tacañería con la que se trata a otras regiones, la extremeña, que anda en constante desventaja en casi todo, muy en particular. Hay quien todo lo politiza: “como Extremadura es tierra fiel a la Constitución, no se le da nada; quien no llora, no mama”, me espetó este jueves un colega, por lo demás querido, en una televisión autonómica.

Creo que los diagnósticos demasiado simplistas corren el riesgo de acabar siendo demagógicos. El mal trato, vamos a llamarlo así, a Extremadura, a sus comunicaciones, a su casi inexistente industria y a su en cambio prometedora agricultura viene de mucho antes de que Cataluña y País Vasco estallasen en reclamaciones secesionistas. Mire usted aquella foto de Alfonso XIII en Las Hurdes, que de pronto supuso un aldabonazo en tantas conciencias, para comprobar que lo que digo es cierto. Admitiendo que todas las causas han derivado en estos resultados, hay que decir que el problema territorial español nunca ha sido bien comprendido, y menos aún admitido, por ninguno de nosotros, fuésemos centralistas o federalistas. Y hasta que no asimilemos que no todas las tierras de nuestra España son iguales, que el ‘café para todos’ hubiese sido mucho más sabio admitiendo que hay muchas formas de tomar café, no estaremos, me parece, en el camino de la solución.

Me confieso cántabro por dos costados, y vasco y madrileño por los otros dos; jamás reclamaría para mi Cantabria lo mismo que los catalanes para Cataluña o los gallegos para Galicia. Ni creo que los andaluces sean iguales que sus vecinos murcianos, ni estos que los valencianos. Cada Comunidad tiene sus necesidades propias, su idiosincrasia, su economía y hasta su cultura, si hacemos bueno eso de la ‘diversidad en la unidad’ con la que se llenan la boca nuestros representantes en sus discursos oficiales. Lo que ocurre es que nunca hemos profundizado ni en la unidad ni, menos, en la diversidad. Y alguna vez habrá que poner en práctica ideas como que hay que dedicar unas regiones a unas cosas y otras, más idóneas para ello, a otras. O que una prioridad de las políticas nacional, autonómica y local ha de ser contribuir a hacer atractivas para los jóvenes zonas que se están despoblando rápidamente. O que hay que dialogar ‘a diecisiete’, sí, pero también cada Autonomía con el Gobierno central.

Hay todo un plan de comunicación y luego de actuación social, educativo, ecológico, energético y, por supuesto, económico (y, por tanto, con todos estos vectores, un plan sobre todo político), que se hace inevitable para un desarrollo equilibrado del conjunto del país. Y eso abarca a la reforma de la Administración, al número de aeropuertos, de líneas de AVE, de gasolineras con suministro eléctrico y hasta a la contención de la avaricia urbanística en nuestras costas. Culpar a la ‘incapacidad’ de la compañía de ferrocarriles de que los trenes extremeños se averíen con unas vías decimonónicas, como ha hecho el presidente de Extremadura, puede canalizar la ira ciudadana hacia objetivos más fáciles de manejar que, por ejemplo, el Ejecutivo del mismo signo político.

Pero tanto agotar las culpas en uno o en otro, o en ambos, es un error. Creo que el tema tiene mucho más calado que esos conceptos casi electoreros que manejamos constantemente. España necesita un plan, un rumbo, unas ideas sólidas más que ocasionales ocurrencias y altisonantes gritos de alguna formación populista que nos llega con vídeos en los que vemos al Líder y otros caballistas –casi todos varones, por cierto– montados en briosas jacas galopando sobre fincas andaluzas.

A los partidos a los que voto y cuyos gastos sufrago con mis impuestos les pido, les exijo, la puesta en marcha de ese plan. Un plan de ajuste, de reequilibrio de recursos, de presupuestos solidarios y compartidos por todas las fuerzas verdaderamente reformistas. Y ya verán entonces cómo esos ferrocarriles que parecen los de ‘más madera’ de los hermanos Marx o de Buster Keaton, lo de esos ‘aeropuertos peatonales’ que han proliferado como setas, los de las radiales carísimas por las que nadie paga ni circula, lo de algunas organizaciones de estibadores chantajistas, se arregla como por ensalmo. Pero, claro, hay que ponerse a ello, y eso da mucha pereza; pudiendo irse de mítines de campaña a que te aplaudan…

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Tenemos un año para seguir haciéndolo así de mal

Enviado por Fernando Jáuregui | 01/01/19


(Todo, hasta la horterada pertinaz, siguió siendo lo mismo. ¿Y así seguiremos?
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Me despierto al año nuevo con el dolor de cabeza de las campanadas retransmitidas por la misma señorita, célebre apenas por sus desvestidos. Y con el dolor de alma de comprobar que 2019 comienza como se fue 2018: los mismos rostros políticos, los mismos Presupuestos no renovados –igual que algunos ministros del Gobierno, que no hay manera de renovarlos–, el mismo presidente del Tribunal Constitucional y del Supremo –ya venció su mandato ‘oficial’ hace cuatro semanas, y nada–. Con el mismo tono imposible en el mensaje de Torra, idéntica respuesta vaga de La Moncloa, parecidas exigencias de dureza desde la oposición. Y, ‘deja vu’ en Nochebuena, bastante gente pasando la Nochevieja en los alrededores de Lledoners, clamando contra una prisión preventiva que yo mismo, que de ‘indepe’ tengo poco –ni siquiera soy catalán…–, considero que se va prolongando demasiado.

No escuché, en los últimos mensajes del año, ni uno de tinte verdaderamente regeneracionista, algo que infundiese un mínimo optimismo para los doce meses que se nos echan encima hasta volver a tomar las uvas y ver, inevitable, a la misma señorita desvestida dar las campanadas. Ni una idea para el Cambio procedente de la izquierda, de la derecha o de la extrema derecha, de los constitucionalistas o de los secesionistas. Nada: muy parecidas palabras a las que nos encontramos cuando transitábamos de 2017 a 2018.

Tenemos, en suma, doce meses por delante para prolongar la crisis política que viene de ya ni recuerdo cuándo, pero que se agravó con las elecciones del 20 de diciembre de 2015, que establecieron un difícil (des)equilibrio, un cierto desgobierno, una carrera de ambiciones hacia el poder, una atonía del Parlamento y una sensación de caos en sectores de la Justicia. Brillante. Doce meses para seguir olvidando a Montesquieu, para insistir en la vieja pelea electorera –ahí es nada, ese ‘superdomingo’ de mayo que tenemos por delante…–, y para seguir desprestigiándonos por ahí fuera, cosa a la que sin duda van a ayudar los comentarios de los ‘indepes’ a los medios foráneos que aterrizarán en Madrid ávidos de titulares ante el ‘juicio del siglo’.

No entiendo a qué espera Pedro Sánchez para reunirse con Pablo Casado y con Albert Rivera –porque con Pablo Iglesias sí que se reúne, incluso para proponer ambos desde La Moncloa unos Presupuestos que no saldrán—y hacer un anuncio conjunto en el que, por el bien de la nación –aunque sea para mal de ciertos partidos–, se fije una fecha para la disolución de las Cámaras legislativas y las consiguientes elecciones anticipadas. Es urgente que los partidos constitucionalistas envíen un mensaje de unidad al descaro efectista, como siempre lo es el victimismo, de ese Quim Torra protagónico que puede llegar a ser el personaje más destructivo para los intereses de los españoles, catalanes –todos los catalanes—incluidos, por supuesto.

Ya sé que esto que digo suena a utopía angelical de puro buenista o de mero despistado: no hay más que recordar la última rueda de prensa de Pedro Sánchez o los discursos de los líderes de la oposición, pidiendo mano dura con los catalanes, porque eso les da votos en el resto de España, un resto que involuciona a marchas forzadas mientras Cataluña, por su lado, se enroca.

Pues hala, no desaprovechemos la oportunidad: sigamos así, satisfechos de lo obtenido hasta ahora. Que inventen y hagan cambios ellos, sean ‘ellos’ quienes sean. Otros. A mí, la verdad, puedo asegurar a quien esto lea –aprovecho para desearle a usted un año feliz, pese a todo—que el panorama que veo ante nosotros para 2019 no acaba de gustarme. Ni un pelo.

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Por quién doblan las campanas esta noche (vieja)

Enviado por Fernando Jáuregui | 30/12/18

Cuando, a las doce de la noche de este lunes, suenen las doce campanadas desde la Puerta del Sol, advirtiéndonos de que comienza un nuevo año, nos estarán diciendo mucho más que eso: las campanas doblan por la muerte de una era y el comienzo de otra, aunque algunos discursos navideños y de fin de año, como los de Torra y Susana Díaz, se nieguen a admitirlo. Ni uno, ni otra, ni el silente Rajoy, ni tantos que se fueron por la puerta no tan grande en estos últimos doce meses para sumirse en el ostracismo, ni prácticamente nadie, puede esperar que 2019 sea como el maldito 2018 fenecido. Y, quien no entienda que nada-va-a-ser-igual, que arroje la toalla como ‘influencer’. Porque la que nos espera va a ser de órdago.

No sé si Pedro Sánchez volverá a comerse las uvas en La Moncloa (bueno, en La Mareta, que se nos ha ido de vacaciones a Canarias), ni dónde las tomarán Rajoy, Soraya Sáenz de Santamaría ni, ya que estamos, la momia de Franco. Lo que sí le digo es que los presos de Lledoners ‘et alia’ habrán visto sensiblemente modificado su estatus vital en la Nochevieja de 2019, que muchos alcaldes habrán dejado de ser alcaldes y bastantes presidentes autonómicos, comenzando, ay, por el asturiano Fernández, también. Y ya veremos si hay o no ‘superdomingo’ electoral con el añadido de los comicios para renovar el Congreso y el Senado, y todo lo que ello significa.

Cuando suenen las campanadas a medianoche de este lunes, 31 de diciembre de 2018, piense usted que inauguramos un año verdaderamente crucial para salir del atasco político en el que estamos metidos desde hace más de un lustro…o para profundizar nuestra estancia en las pantanosas arenas movedizas en las que nos movemos. Lo que sí le repito es que resulta inútil pensar, como pensaba el mencionado Rajoy, que ‘rebus sic stantibus’, que todo podría quedarse así porque vivimos en el mejor de los mundos, error que he empezado a detectarle también al actual presidente del Gobierno central: todo va bien, así que para qué cambiar, si estamos (bueno, quizá él se sienta así) en el mejor de los mundos.

Dicen que Sánchez ha dejado esta consigna de Camilio José Cela, aquel gran cínico y a veces también gran escritor, a sus ministros: “el que resiste, gana”. Algo que no siempre ocurre, dicho sea de paso. Rajoy trató de resistirse a su destino. Y mira que le decían que hiciese algo, disolver las Cortes, dimitir, convocar elecciones, algo, y nada: erre que erre en su inmovilismo hasta que tuvo que aceptar, desde una larga sobremesa en un restaurante cercano a la Puerta de Alcalá, la patada de una moción de censura.

Sánchez, descansando en la residencia que fue de los reyes en Lanzarote, a donde llegó, claro, en ‘su’ Falcon –no haré demagogia con eso: me parece hasta lógico–, da la impresión de haberse ido de asueto sin haber entendido gran cosa; ni de lo de Andalucía ni, quizá, lo de Cataluña ni, quizá, de lo que está ocurriendo en el resto de España abocado a elecciones al menos autonómicas y locales.

Ocurre que no menos, y muy probablemente bastantes más, de quince millones de españoles van a votar a opciones que nada o poco tienen que ver con el fenecido bipartidismo –por ese ya doblaron las campanas de Nochevieja hace tres años—,en el que tan cómodamente se repartían el poder y las trampas los ‘populares’ y los socialistas. Quince, o más, millones de votos que se fueron probablemente para no volver. Y lo malo es que buena parte de ellos se han largado hacia opciones que, glub, vaya usted a saber por dónde acabarán yendo.

Así que, del Rey abajo, todos tendremos que sentarnos ante el televisor para ver a la Pedroche, a Chicote, a la que la lía parda, al otro, al de la moto, sabiendo que se han acabado las bromas. Y que no podemos, al menos como sociedad civil, tolerar que 2019 sea una repetición de 2018, de 2017, 2016, 2015…¿Sigo?

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Este 2019 no nos lo podemos perder

Enviado por Fernando Jáuregui | 29/12/18

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(otro salto…¿en el vacío?)
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Cuando, tras el último Consejo de Ministros de este 2018 que ha sido tan horribilis, ví a Pedro Sánchez en su rueda de prensa de este viernes, tan satisfecho, tan escasamente autocrítico y tan crítico con las demás fuerzas políticas, dí en pensar que todo seguía igual. Luego me puse a repasar los acontecimientos de estos doce meses en-los-que-tanto-cambió, desde el presidente del Gobierno al líder de la oposición, y me dí cuenta de que el futuro no es lo que era, que va a ser distinto y quién sabe si hasta distante. Este 2019 no nos lo podemos perder, y menos que nadie los periodistas, ni nos lo perderíamos aunque, asustados como ciudadanos por los retos que nos llegan, quisiéramos.

Mire usted, sin ir más lejos, a Andalucía, donde una fuerza emergente, a mi juicio poco homologable con una democracia tal y como la entendemos y deseamos, se ha convertido poco menos que en árbitro de la situación de desalojo a ese socialismo rampante en campo de gules que ha hecho y deshecho durante casi cuatro décadas. Lo de Vox, quién lo iba a imaginar hace apenas tres meses, va a ser, a escala nacional, el negativo equivalente a los titulares que el emergente Podemos nos deparó desde 2014, mientras los dos grandes del extinto bipartidismo se desgastan y Ciudadanos, que será el perejil de cualquier Gobierno futuro, aguarda demasiado pacientemente su oportunidad.

Nadie tiene la bola de cristal para saber si este 2019 habrá elecciones generales además de las europeas, autonómicas y locales. Sánchez, lacónicamente, nos dijo a los periodistas que acudimos a su última comparecencia del año que piensa agotar la Legislatura, es decir, seguir en La Moncloa al margen de las urnas hasta junio de 2020. Si hoy hubiese elecciones, dicen los sondeos, las ganaría. Y sería el momento de decidir si sigue con sus actuales, extraños, compañeros de cama o si dirigirá sus favores hacia otro lado, que no puede ser sino el Ciudadanos de un Rivera que tendrá que moderar sus giros a la derecha, porque ese espacio está sobradamente ocupado, y comportarse como un auténtico liberal europeo.

Y luego está todo lo demás. Cataluña y el ‘juicio del siglo’, que ya está a punto de empezar y que va a emponzoñar los mítines electorales de mayo. Torra, en particular, que nadie sabe si este 1 de enero se levantará con el pie derecho de la negociación o con el izquierdo de la soflama a los CDR y a la lucha callejera. Los presos preventivos y un diálogo subterráneo, para nada transparente –“las negociaciones no se radian”, me dijo un ministro un día–, que no parece avanzar mucho. La crisis del Poder Judicial, que se pondrá en evidencia aún en mayor medida. El Parlamento, que no legisla, varado, a la espera de ese debate sobre el estado de la nación que nadie reclama no vaya a ser que ponga al desnudo el estado lamentable del Estado. El diagnóstico de este gran país, España, que necesita urgentemente que nos sintamos orgullosos de él, cosa que, entre unos y otros, nos están poniendo difícil.

No resulta nada sencillo, desde luego, ni ensayar un resumen exhaustivo de un año tan poliédrico que hasta ha resucitado –maaadre mía…– a Franco, ni tampoco meterse en demasiadas honduras sobre lo que será el inmediato futuro cuando entramos en el Año IV de la gran crisis política habiendo perdido de vista a figuras de referencia clásica que llevaban cuarenta años en el coche oficial. Comenzando por Rajoy –adiós, Mariano, adiós al lacónico marianismo– y siguiendo, si usted quiere, por el Rey emérito.

Menudo tsunami hemos experimentado; solo espero que no sea semejante, o incluso menor, que el que nos podría venir. Yo, a los Reyes Magos, a ese Papa Noel que, según el salvaje Trump, no existe, y aunque sea tirando piedras contra mi tejado de periodista, solo les pediría que la nuestra de 2019 sea una democracia como debe ser una verdadera democracia: algo aburrida, normal, sin sobresaltos. Una democarcia de ‘no news’, que son, como se sabe, las auténticas ‘good news’. Ese sí que sería el año que, como ciudadano, yo no me perdería, aunque me aburriese como periodista.

fjauregui@educa2020.es

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Pero ¿por qué no enseñan a Sánchez a hacer ruedas de prensa?

Enviado por Fernando Jáuregui | 29/12/18



(alguien debería decirle a Sánchez que ser wappo no lo es todo en esta vida)
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Alguien debería enseñar a Pedro Sánchez a hacer ruedas de prensa. A no gastar media hora en balances triunfalistas, como hacía Rajoy, sin permitirse ni la menor autocrítica. A dar alguna brizna de información: ya ni nos atrevemos, total para qué, a pedirle la enumeración de las veintiuna peticiones que, dice Torra, le hizo en su encuentro del pasado jueves en Pedralbes y que él, Sánchez, sigue manteniendo en secreto. Alguien debería decirle que tiene que evitar dar la sensación de que se quita de encima, menudo latazo estos chicos de la prensa, la ya obligada, por tradicional, comparecencia ante los periodistas cada fin de curso político.

Confieso que no me decepcionó demasiado esta aparición de Sánchez ante los informadores que le aguadábamos en la sala de prensa de La Moncloa. He aprendido a no esperar más, y no me refiero, claro, solamente a Sánchez. Había que escuchar a Pablo Casado, al tiempo, haciendo el tradicional balance catastrófico de la labor que el Gobierno presentaba con tintes tan épicos.

Si el presidente pensó que se había zafado brillantemente de las continuas preguntas acerca de lo tratado con el president de la Generalitat la semana pasada, se equivocaba: tendría que haber escuchado los comentarios de mis compañeros tras una conferencia de prensa de la que resulta muy difícil sacar titulares novedosos, más allá de lo que ha sido repetido y archirrepetido: que piensa agotar la Legislatura, que en siete meses su Gobierno ha hecho más que el de Rajoy en siete años, que le gustaría llevarse bien con Pablo Casado, pero que este se empeña en que no sea así, que él (Casado) verá lo que hace aliándose con la ultraderecha…Y que diálogo, diálogo, diálogo, y convivencia, convivencia y convivencia. O sea, el concepto repetido ya por el Rey en su mensaje de Nochebuena.

Pues eso: que solo le faltaba el plasma para recordarnos la técnica (in)comunicadora de Rajoy. No sé qué le aconsejan los dieciocho –sí, 18—funcionarios monclovitas que copaban las primeras filas de la sala de prensa. Pero ya digo que alguien debería explicar a Pedro Sánchez cómo afrontar con éxito una rueda de prensa sin matar de aburrimiento a los plumillas.

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Pues yo sí creo en los Magos. Y hasta en Papa Noel. Que se fastidie Trump

Enviado por Fernando Jáuregui | 26/12/18

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(hay que ser muy Trump para decirle a un niño si, a los siete años, sigue creyendo en Santa Claus)
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Uno no sabe muy bien qué esperar de 2019 cuando 2018 se muere dejando tras de sí tan inhóspitas perspectivas. Hemos pavimentado mal los caminos, desde Andalucía a Cataluña, desde Lledoners a Soto del Real, desde Washington a Moscú, y ya nadie puede estar seguro de que transitar por tales senderos pueda resultar seguro y, desde luego, no va a ser nada cómodo. El mundo va dejando de ser, si es que alguna vez lo fue, ese lugar apacible que nos mostraban las películas de Hollywood, llenas de gente íntegra y entera, en las que aparcar en la Quinta Avenida siempre era posible y los taxis amarillos aguardaban simplemente a que levantases la mano para acogerte, sonrientes. Quizá por todo eso confiábamos en el sueño americano.

Ese mundo feliz está ahora poblado de gentes desgraciadas, inmigrantes a los que todos rechazan miopemente, olvidando las lecciones de la caída del Imperio Romano. Es un mundo minado por un emperador, con nombre Tramposo, que pregunta a un niño de siete años si aún, a su edad, cree en Papa Noel. Y a nadie se le cae la cara de vergüenza, pensando en que el hombre más poderoso de la Tierra, que aún ni dos años lleva empeorándolo todo, es un liquidador de ilusiones.

Eso es lo que entre todos hemos matado y ella sola se murió: la ilusión. Recuperarla, no sé si a nivel nacional o hasta internacional, va a ser, ya digo, tarea muy difícil, porque los cimientos que estamos poniendo no son buenos. Yo, de momento, incluyo entre mis buenos propósitos para el año que entra volver a creer, sin fisuras, en los Reyes Magos. Y que se fastidie Trump, hala.

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Torra roba titulares al Rey

Enviado por Fernando Jáuregui | 25/12/18

Era de esperar: el president de la Generalitat, aprovechando el vacío informativo de la Nochebuena, se hizo con los titulares este martes, ‘pisando’ a los que glosaban el mensaje navideño de Felipe VI en el que alertaba sobre los riesgos que la convivencia corre en España y se preocupaba del futuro de los jóvenes.

Porque lo que Torra hizo, aprovechando la ofrenda floral ante la tumba de Maciá, fue lanzar una noticia: la de su propuesta de 21 puntos al presidente Sánchez en su reunión del pasado jueves en Pedralbes. No especificó el contenido de estas propuestas, excepto la petición de una ‘mediación internacional’ que arbitre en el ‘tema catalán’. Una exigencia imposible, claro, pero que ya digo: sirvió para que los digitales del día de Navidad abriesen sus informativos con esta cuestión, de alguna manera relegando, en el fondo, las palabras del Monarca.

He de hacer una confesión personal: la cena de Nochebuena nos reúne a casi cuarenta personas, entre hermanos y sus cónyuges, hijos, sobrinos y algunos amigos allegados. Solamente dos de mis cuñados y, por supuesto, yo mismo, algo más joven que ellos, nos congregamos, rodeados de la indiferencia del resto, ante el televisor para escuchar lo que Felipe VI nos tenía que decir en su mensaje. Los jóvenes ‘pasaron’ unánimemente de las palabras del Rey, y tengo fundadas sospechas de que tampoco tenían intención de diseccionar luego sus palabras reproducidas este martes en los diarios y en los noticiarios. Pregunté y se mostraron aburridos: no les interesaba el tema. Y algo semejante me ocurrió cuando inquirí al respecto en las redes sociales.

Habría de aplicarse, me parece, una nueva estrategia a los mensajes del Rey y, en general, a todas sus actuaciones en el futuro. Estos parlamentos responden siempre a unos esquemas similares, y los ‘tags’ conteniendo en la nube las palabras del jefe del Estado confirman que, año tras año, son más o menos las mismas. Difíciles de criticar, porque son términos benévolos, pero también complicadas a la hora de destacar unos conceptos sobre otros. Y ya se sabe que ‘noticia es todo aquello que alguien no quiere que se publique’, lo cual es lo opuesto a un mensaje en el que se busca agradar a todos y no irritar a nadie.

Hace tiempo que pienso que el jefe del Estado debe ver reforzadas sus facultades e incluso sus poderes constitucionales para hacer su figura más operativa, para situarla más por encima del poder Ejecutivo y de la ‘case política’. A la que, por cierto, en alguna ocasión el Rey –como en aquel memorable mensaje de Juan Carlos I poco antes de su abdicación; ocurre, no obstante, que hay que predicar con el ejemplo—ha reprochado su escasa altura de vuelo y de miras. Claro que a ver quién, mediante la oportuna reforma de la Constitución, le pone el cascabel a ese gato.

Pero vienen tiempos difíciles para la Monarquía y hay que reforzarla, reflexionando, en primer lugar, que no se pueden afrontar los problemas de hoy con mensajes bien intencionados, impecables, pero que suenan a lo mismo de ayer. En el Parlament catalán han llegado hasta a reprobar la figura de Felipe VI, y el líder de Podemos llegó a la ceremonia del aniversario de la Constitución en el Congreso lanzando una enmienda a la totalidad de la misma y pidiendo ya el advenimiento de la República. Todo ello, ante la relativa pasividad y el enfrentamiento electorero de las fuerzas llamadas constitucionalistas.

Esa barahúnda y la escasa reacción ante la misma hacen, sin duda, que mis hijos y mis sobrinos, que ya han abandonado la edad adolescente, se alejen del televisor cuando se anuncia, nueve en punto de la noche, que se va a emitir el mensaje nada menos que del jefe del Estado. Ellos, quizá yo mismo, quieren noticias, algo más tangible que las meras palabras bonitas y benéficas, por muy preocupadas que esas palabras se muestren acerca del futuro de esos jóvenes que empiezan a angustiarse por su vida laboral.

Y luego están, claro, los otros hechos. El que Torra quiera dialogar, casi ‘de Estado a Estado’, con mediadores internacionales, con el Gobierno del Reino de España, sin que la palabra ‘Cataluña’ se haya siquiera insinuado en el mensaje real. No quiero creer que el encuentro con Pedro Sánchez, ese inicio de diálogo, no haya servido de nada. Pero lo cierto es que Torra, anticipando una información que debería habernos dado La Moncloa, se quedó con los titulares navideños. Y alguien debería haberlo previsto, porque eso, la anticipación, forma parte también de las urgentes soluciones que se necesitan y reclaman.

fjauregui@educa2020.es

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El muy difícil mensaje del Rey este lunes

Enviado por Fernando Jáuregui | 23/12/18


(El discurso del Rey en Navidad ha pasado por momentos difíciles, y por chirigotas en las implacables redes, llenas de ‘memes’, como esta ‘aparición’ del ‘pequeño Nicolás’… El de este año puede batir récords)
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De la Navidad tradicional quedan pocas cosas. Una, la lotería con los niños de San Ildefonso, que actúa –mire usted los periódicos—como uno de los pocos elementos de cohesión de todo el territorio español. Otra, el mensaje de Nochebuena del jefe del Estado a los ciudadanos, destinado a lo mismo: a tratar de unir los corazones de todos los españoles al menos esa noche. Cada año, este mensaje se ha ido produciendo en circunstancias más y más difíciles. El de este lunes bate todos los récords: nunca la Monarquía ha estado tan zarandeada; jamás, ni en los momentos más delicados de la Transición, el Rey se ha enfrentado a una coyuntura como la que se puede avizorar ante 2019.

¿Qué dirá este año Felipe VI? Parece que ha medido al milímetro este parlamento. Porque, dicen quienes tratan de colarse por las rendijas de los silencios de La Zarzuela, él sabe que cada una de sus palabras van a ser analizadas críticamente. Más que en los años anteriores. Y que, diga lo que diga, los portavoces del independentismo y del republicanismo, que son, desde luego, les guste a los primeros o no, una parte de España, van a poner en solfa este mensaje: todos ellos encontrarán que falta o sobra algo. Incluso algún pretexto para el agravio.

Hay que admitir que, desde que ascendió al trono tras la abdicación de Juan Carlos I, Felipe VI vive sus momentos más complicados. No solamente porque los ‘indepes’ catalanes se empeñen en la proclamación –pienso que imposible—de la República de Catalunya, lo cual exige, claro, desprestigiar al Rey, a su familia, a sus circunstancias…y a los partidos constitucionalistas; también porque el principal aliado del actual Gobierno de Pedro Sánchez, es decir Podemos, se empeña en frecuentes proclamas republicanos y de menosprecio a la actual forma de Estado.

Ignoro, desde luego, el contenido del mensaje, me insisten que ‘institucional’, del Rey, que estaba siendo ultimado este mismo domingo, tras todo lo ocurrido en Cataluña en los días pasados, y en medio de unas perspectivas novedosas en lo referente al gobierno de la tercera autonomía en importancia, Andalucía. Todos los frentes parecen abiertos: elecciones, seguramente también generales, en 2019; auge de un partido tan imprevisible –por decir lo menos—como Vox; quizá descenso –o no– de la tensión secesionista en Cataluña…Probablemente, nada de esto va a ser aludido por el Rey en su mensaje, que se limitará a consideraciones genéricas: diálogo y unidad territorial pese a las diferencias, respeto a la Constitución aunque con la posibilidad de introducir cambios en ella, etcétera.

Felipe VI es extremadamente prudente. Sus más cercanos asesores lo son aún más. No herir ninguna sensibilidad es su bandera y su divisa principal, aunque sea renunciando a los titulares sorprendentes. “El Rey no hace titulares”, me dijo un día Juan Carlos I. A su hijo le enseñó a ser un profesional de la Corona, y eso es lo que Felipe VI es por encima de todo: un profesional en su trabajo, sabedor de que es el único que desempeña su labor, la de un jefe del Estado de por vida, en España. Y de que tiene que ganarse ese puesto laboral cada día.

Lo que ocurre es que hay días más significativos que otros. Y este lunes, Nochebuena, es uno de ellos. Los españoles raramente podemos escrutar el pulso de La Zarzuela. Tampoco, la verdad, el de La Moncloa. Esta semana tendremos ocasión de bucear en ambos palacios. Con el mensaje de Nochebuena y con la rueda de prensa ‘abierta’ que, el viernes, dará Pedro Sánchez tras el último Consejo de Ministros de este 2018 que, menos mal, se nos marcha, dejando tras de sí una crisis política de aúpa. ¿Qué dirán? Insisto en que las palabras del jefe del Estado corresponden a alguien que reina, pero no gobierna: como todos los años, buscaremos por dónde entrar al comentario. Tarea no sencilla, más allá de los de antemano previsibles elogios y ataques.

Yo confío en que, al menos, lo que el jefe del Gobierno diga tenga más de concreto que sus recientes declaraciones dominicales al diario ‘La Vanguardia’ tras el Consejo de Ministros en Barcelona y el encuentro ‘apaciguador’, creo, con Quim Torra. Necesitamos pistas para adentrarnos con algo de esperanza, algo, en 2019. Felipe de Borbón y Pedro Sánchez lo saben.

fjauregui@educa2020.es

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No, con Sánchez no nos ha tocado la lotería, pero…

Enviado por Fernando Jáuregui | 22/12/18

La oposición recibió con enorme hostilidad el encuentro entre Sánchez y Torra: “traición”, “humillación” e “irresponsabilidad histórica”, son algunos de los calificativos que pudimos recopilar, procedentes ora de Pablo Casado, ora de Albert Rivera, tras conocerse el indudablemente ambiguo comunicado sobre la ‘cumbre’ de Pedralbes entre el inquilino de La Moncloa y el de la Generalitat catalana. Me recordaba todo aquello a algunos de los desaforados ataques que recibió Adolfo Suárez tras su encuentro inicial con Tarradellas, allá por 1977, que, sin embargo, inauguró treinta años de fructífera ‘conllevanza’ con el problema catalán.

Pero no crea usted que este comentario está destinado a defender a Sánchez (Pérez-Castejón). Como mucho, defendería a Sánchez (Llibre), el conciliador presidente de Foment, la patronal catalana, que se hizo célebre esta semana tratando, en la cena anual de los empresarios catalanes, de unir las manos de ‘Pedro y Quim’, que se miraban con indudable recelo. La verdad es que me da la impresión de que, tras lo ocurrido los pasados jueves y viernes en Barcelona, la sensación predominante en la ciudadanía es de desconcierto. ¿Han empezado a desbloquearse las cosas o, simplemente, como dijo la portavoz del Govern, Elsa Artadi, “para esto (cambiar el nombre de El Prat y ‘perdonar’ a Companys) no hacía falta que vinieran”?.

Los ‘cartoonists’ y, ahora, las bromas virales constituyen el elemento crítico más fuerte con el que puede contar hoy un Gobierno y hasta un sistema político. Este Consejo de Ministros en Barcelona y, la víspera, el encuentro entre Pedro Sánchez y Quim Torra desataron la imaginación sobre todo de quienes consideraban que el presidente del Gobierno central había hecho ‘muchas concesiones’ al presidente autonómico. “Al menos, no hemos tenido que rebautizar Barajas como aeropuerto Puigdemont”, decía la portavoz, Celáa, al dar la referencia de lo tratado en el Consejo según un dibujo de humor que pude ver este sábado en no recuerdo qué digital de buena factura. También me llegó un ‘meme’ en el que aparecían Torra y Sánchez. El primero pregunta a su interlocutor: ‘¿Parla catalá?’. A lo que Sánchez, siempre caricaturizado como no demasiado brillante, responde: ‘eso es innegociable; Parla seguirá siendo de Madrid’.

Siento no poder compartir las críticas a Sánchez (Pérez Castejón) por haber tenido la idea de celebrar un Consejo de Ministros en la Ciudad Condal. La intención suya era buena, la de los ‘indepes’, rechazando la mano tendida, mala. Pero alguien tenía que hacer algo, dar algún paso conciliador, mostrar que ‘Madrid no roba a los catalanes’. Un buen amigo catalán, que debe de ser uno de los pocos no-independentistas de la indómita Gerona, me decía, a propósito de la tradición del sorteo de este sábado: “no, con Pedro Sánchez no nos ha tocado la lotería, precisamente; pero sí que es casi una buena pedrea, en comparación con el inmovilismo de Rajoy”. Es cierto que el presidente del Gobierno central sigue viviendo de la imagen ‘redonda’, pero no cabe desconocer que son las formas, más que los fondos, el principal elemento animador de la política.

Lo malo es que la política catalana está en manos de los CDR, jaleados por el irresponsable Torra –ya debe de estar bien arrepentido, de eso y de lo de Eslovenia—y, si las cosas siguen así, pronto incluso agradeceremos que del control político de esta autonomía se haga cargo alguien que hoy permanece encarcelado en una excesivamente larga prisión preventiva. Y cuyas relaciones con el actual president de la Generalitat, que debe su cargo al recluso, son ahora pésimas,

Que la situación en la que es la segundo Comunidad Autónoma en importancia sea la que describo, y que en la tercera, o sea Andalucía, la formación de un gobierno autónomo dependa de Vox, ya es bastante reveladora de la crisis política que arrastramos precisamente desde aquel 20 de diciembre, de 2015, cuando se celebraron aquellas elecciones generales que nada resolvieron y todo lo complicaron. Desde entonces, ni el oculto Rajoy y sus gentes, ni Sánchez (P-C) y las suyas, ni Rivera y sus ‘naranjitos’, ni Casado con todas sus indudables cualidades, ni, desde luego, Pablo Iglesias, parecen haber comprendido nada. Del nefasto Torra y su mentor en Waterloo ya ni hablamos, claro.

Menos mal que nos quedan los ‘cartoonists’ y esa sociedad civil, representada por Sánchez (Ll), para mantener la sonrisa, aunque sea algo amarga, y las manos unidas, aunque sea a la fuerza. Y menos mal que nos queda, por supuesto, la lotería, para fingir que seguimos la tradición y aún nos queda la esperanza de regar a los afortunados con cava, como si fuesen vencedores de la Fórmula 1.

fjauregui@educa2020.es

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