Enviado por Fernando Jáuregui | 16/02/19

Más apariciones de ‘Los periodistas estábamos allí para contarlo’

https://eldia.es/nacional/2019-02-16/6–politicos-ya-piensan-Espana-bien-comun-sino-mismos.htm

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Enviado por Fernando Jáuregui | 16/02/19

Estamos en la recta final de las presentaciones del libro…El martes, en Madrid; El viernes, en Burgos. Animaos
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Pues quizá haya que repetir elecciones en septiembre, ya ven…

Enviado por Fernando Jáuregui | 16/02/19


¿Serán estos los árbitros de la próxima situación política? No, otra vez no, por Diossss…

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En menudo lío nos han metido entre todos. Votaremos en abril, en mayo y, si se repite el escenario de 2016, cuando caímos en lo más profundo del pozo de la crisis política, de nuevo en septiembre… o así. Todo dependerá, claro, de lo que ocurra en las elecciones legislativas del casi inminente 28-a, que es cuando Pedro Sánchez ha fijado la marcha a las urnas: ya este domingo tenemos los primeros indicios vía encuestas, que dan a los socialistas como ganadores de estos comicios de abril, pero, claro, no por la mayoría suficiente como para lograr una investidura nuevamente de Sánchez.

Y entonces ¿qué? Pues eso: que, en el peor de los escenarios, quizá habría que repetir nuevamente las elecciones, como ocurrió en junio de 2016 tras haberse imposibilitado, durante cinco meses, la formación de un nuevo Gobierno, una vez que Rajoy –tampoco Sánchez, claro– no consiguió los escaños suficientes para ser investido. Solo que ahora podría calcularse que esta repetición se produciría, con los plazos inciertos que ofrece el artículo 99 de nuestra Constitución, allá por el otoño. De nuevo colocamos al Rey en el epicentro de la tormenta, de nuevo habrá que buscar apoyos entre los nacionalistas, quién sabe si intentar, horror, otro ‘Gobierno Frankenstein’. O meter a la ultraderecha en un pacto legislativo. Puede ser un lío, en efecto.

Acorralado por la no aprobación de los Presupuestos que elaboró con Podemos, y animado, al tiempo, por unas encuestas relativamente optimistas para él, Pedro Sánchez anunció el viernes la disolución de las Cámaras –que se producirá dentro de poco más de dos semanas—y la consiguiente celebración de unas elecciones generales anticipadas en un año y dos meses con respecto a lo que habría sido el calendario ‘normal’ de esta Legislatura que ya muere. Lo que ocurre es que nada ha sido ‘normal’ en esta Legislatura, ni en la anterior, ni en la anterior: llevamos más de tres años sumergidos en una intensa crisis política de la que poco indica que vayamos a salir si los dirigentes políticos que nos hemos dado no varían sus métodos, sus méritos y sus mesianismos. Y sus alianzas.

Desde luego, no me encuentro entre los críticos ‘por principio’ al actual Gobierno de Pedro Sánchez. No, desde luego, en el sentido de los instigadores de la manifestación de Colón del pasado domingo, un acto del que alguno de sus propios convocantes ha tenido ya ocasión de arrepentirse. Pero me resulta, al tiempo, difícil entender qué justifica que el partido que sustenta al Ejecutivo, el PSOE, suba en intención de voto y los augures demoscópicos le otorguen alrededor de veinte escaños más de los obtenidos en junio del 16. La Legislatura que muere tras el triunfo de la moción de censura contra Rajoy, hace de eso ocho meses que parecen ocho años, no ha tenido, desde luego, los perfiles brillantes con los que Sánchez trató de deslumbrarnos desde el atril de La Moncloa el pasado viernes. Hasta Franco sigue en el Valle de los Caídos.

Ahora, enfrentado a una tórrida primavera electoral, que va a propiciar el cambio de miles de cargos público-políticos, el país se paraliza de nuevo, aderezados los titulares, para colmo, por los avatares de un ‘juicio del siglo’ contra los secesionistas catalanes que empezó con más normalidad de lo que era de prever, pero que registró esta semana que termina una intervención de Oriol Junqueras, el principal procesado, muy seguida por los ciudadanos: nadie quiere convertirle en un ‘Nelson Mandela a la catalana’, pero ese riesgo, al menos internacionalmente, no podemos desconocer que existe. Y resultaría absurdo también ignorar que la ‘cuestión catalana’ tiene mucho que ver con la crisis política nacional y con la indudable involución que se está produciendo en la ciudadanía, y que a saber qué consecuencias tendrá a la hora del voto. Solo diré que, mientras el de Podemos parece que se desinfla algo, la ‘novedad’ de Vox crece, dicen al menos los sondeos. Y a mí, qué quieren que les diga, la posibilidad de que este partido se erija en el árbitro de las combinaciones que se puedan dar en el futuro para llegar a la formación de un Gobierno, me produce escalofríos.

Decía Macron, en una entrevista en ‘Le Point’ cuando aún no era presidente, que “habrá que cortar las dos puntas a la tortilla para que las personas razonables gobiernen juntas, dejando de lado a los dos extremos, de derecha e izquierda, que no entienden nada del mundo”. Ahora, el presidente francés ha ‘fichado’ a un connotado gaullista, como Alain Juppé, persiguiendo esa reconciliación nacional que busca afanosamente tras el estallido de los ‘chalecos amarillos’, que es similar al que los ‘indignados del 15-m protagonizaron en España. Solo que los vecinos del norte han buscado soluciones imaginativas, y por estos pagos, ya lo ven, seguimos aferrados a las viejas recetas, a los discursos frentistas de siempre, que nos han llevado hasta aquí. O sea, a pensar, Dios nos libre, en que la hipótesis de unas elecciones legislativas de nuevo allá por el otoño serían, son, posibles. La repera, vamos.

fjauregui@educa2020.es

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Ya solo cabe un Gobierno de centro-derecha o de centro-izquierda. Nada más

Enviado por Fernando Jáuregui | 15/02/19

Todo un país pendiente, diez de la mañana de este viernes, del anuncio de algo que muchos ya sabían: que las elecciones generales tendrán lugar el 28 de abril, dentro de menos de dos meses y medio y veintinueve días antes de los comicios europeos, locales y autonómicos allá donde toquen. La campaña más larga, dura, desordenada y tempestuosa que hayan conocido los españoles se nos echa encima, con la inevitable mezcolanza entre unos y otros comicios, la patente falta de tiempo para redactar unos programas electorales atractivos y constructivos y también con el evidente pasmo de un mundo que se pregunta si puede un país albergar tantos sobresaltos políticos y judiciales al mismo tiempo.

La improvisación del Gobierno ya casi en funciones –aún no se han disuelto las Cortes; para ello quedan dieciocho días—obliga a forzarlo todo: los tiempos, los mensajes, las posibles alianzas. Todo puede salir mal, pero también cabe la posibilidad de que todos reflexionen sobre los patentes errores cometidos y logren enderezarse las cosas. Porque, pase lo que pase, la única salida a una crisis política que dura ya casi cuatro años será un Gobierno de centro-derecha o de centro-izquierda. Todo dependerá de cómo jueguen sus cartas ante el ‘árbitro’ Albert Rivera por un lado Pablo Casado o, por otro, Pedro Sánchez.

Existía al menos una docena de razones, y no solamente el coste, para abonar la acumulación de todas las elecciones en el ‘superdomingo’ 26 de mayo. Pero parece que se han impuesto los argumentos de algunos líderes territoriales socialistas, que no querían ‘devaluar’ sus elecciones autonómicas y locales con las generales, ni que el duelo en ayuntamientos y autonomías se centrase en las figuras de Pedro Sánchez, Casado, Rivera y Pablo Iglesias… si es que el líder de Podemos se reintegra del todo de su enclaustramiento, que, por cierto, en lo personal le honra, aunque cierto es que su sustituta no cumple con las cualidades que ahora serán esperables de una de las cuatro grandes formaciones nacionales.

Entramos, sí, en un período político surrealista, si es que alguna vez habíamos salido del surrealismo en los últimos cuatro o cinco años. Y la valoración de urgencia de lo que ha sido esta mini-Legislatura difiere mucho, desde luego, de la triunfalista que hizo el presidente del Gobierno este viernes tras el Consejo de Ministros extraordinario: sí, algo de mítin de inicio de campaña tuvo este anuncio del fin de una etapa y la convocatoria de elecciones. El balance real es pobre: ni siquiera Franco ha abandonado el Valle de los Caídos, y dudo ahora de que vaya a hacerlo de aquí a la marcha a las urnas. Eso sí, con nueve meses de retraso, obligado por las circunstancias y por sus equivocaciones, Sánchez, que a comienzos de este año seguía repitiendo que las elecciones generales tendrían lugar el año que viene, ha tenido que recular y hacer buena su primera promesa de convocar elecciones ‘pronto’. No tan pronto, desde luego: en estos meses de gobierno de Sánchez en minoría se ha deteriorado notabilísimamente el clima de convivencia política, entre otras cosas. Se ha comprobado, menos mal, que un nuevo ‘Gobierno Frankenstein’, con la anuencia de separatistas y de trapecistas de la política, va a ser imposible, Dios sea loado.

Puede que, trato de ser optimista, lo que ahora comienza acabe bien. Ya digo, con un Gobierno de coalición, a la derecha o a la izquierda, moderado por el centro. Puede que reculen las fuerzas independentistas –divididas irremisiblemente–, seguramente las formaciones más extremas, a la izquierda y quizá también a la derecha, no alcancen las expectativas que se calcularon en el pasado. E incluso cabe la posibilidad de que los cuatro líderes mencionados mediten en las posibilidades de mejora que ofrece esta nueva era que hace tiempo se ha abierto ante la ceguera culpable de quienes no quieren verlo y actúen en consecuencia. Las primeras reacciones de los responsables de la oposición, insistiendo en el frentismo, tampoco abonan mucho la esperanza, la verdad. Pero, como bien decía Romanones, ‘en política, cuando digo jamás, quiero decir hasta esta misma tarde’. O sea, que los ‘vetos’ de Rivera contra Pedro Sánchez, por ejemplo, previsiblemente decaerán, lo mismo que decayeron en el caso de Rajoy. Y entonces, probable Gobierno de centro-izquierda. Sin Podemos, obviamente, que los ‘morados’ y los ‘naranjas’ son como agua y aceite. Si no, pues probable Gobierno de centro-derecha. Sin Vox, naturalmente, que la formación de Abascal es incompatible con la de Rivera.

Se abre espacio al posibilismo, al pragmatismo. Y si tiene que caer alguien, pues que caiga. No derramaré, en lo personal, una sola lágrima si resulta que, esta vez sí, este puede ser el fin político de Sánchez, aunque tampoco le veo demasiados sustitutos posibles en un PSOE que es necesario. Ni, menos aún, la derramaré por Pablo Iglesias, ni sufriré en absoluto si resulta que la amenaza emergente de Vox se queda en eso: en amenaza. El juego está entre ‘populares’ –claro que las posibilidades de que Casado se convierta en presidente del Gobierno se acrecentaron algo estos días, y más se acrecentarán si modera lenguaje, actitudes y programas–, socialistas y, obvio, centristas. Nunca, desde la llegada de Suárez al poder en 1976, había tenido la llamada ‘clase política’ tanta responsabilidad, nunca el futuro de los españoles ha dependido tanto de que nuestros representes se comporten con patriotismo, espíritu de sacrificio e inteligencia.

Estamos, y no lo digo solamente por Cataluña y por el proceso judicial en marcha, en horas graves. Confío en que quienes tienen la responsabilidad de enderezar esta crisis política, que se va haciendo casi crónica, encuentren el camino para hacerlo. Y conste que no es tan difícil: se trata, simplemente, de sumergirse en las aguas purificadoras del regeneracionismo.

fjauregui@educa2020.es

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Enviado por Fernando Jáuregui | 13/02/19

Recta final de las presentaciones del libro, casi todas ellas bastante concurridas hasta ahora

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Ya solo quedan, además del acto del día 19 en Madrid, Burgos, Avila y poco más. Ha sido agotador, pero ha merecido la pena, sin duda

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Elecciones, para el ‘super-super domingo’. Ni antes, ni después

Enviado por Fernando Jáuregui | 13/02/19

Concluido ya el episodio, previsible, del rechazo a los Presupuestos Generales del Estado, queda ahora saber cuándo tendrá lugar la disolución de las Cámaras legislativas y la consiguiente convocatoria de elecciones generales. Los últimos días, incluso antes de que ocurriese lo que todos menos algún anclado en un infundado optimismo gubernamental esperaban, han sido pródigos en rumores, filtraciones más o menos ‘oficiales’ u ‘oficiosas’ y especulaciones acerca de cuánto se adelantará el final de la Legislatura, que, por cierto, lleva de hecho bastantes meses concluida ‘de facto’.

Las fuentes que creen estar más cerca de lo que piensa Pedro Sánchez indican el 28 de abril como el día más probable para que se celebren las elecciones legislativas, con lo cual el Congreso y el Senado tendrían que disolverse a comienzos de marzo. No tendrá el Gobierno, así, tiempo para sacar adelante ninguna de las reformas legislativas que, con más voluntarismo que realismo, comenzó a poner en marcha, y me refiero desde el coto a la reforma laboral hasta el proyecto de ley de Educación. Nada. La Legislatura concluirá sin haber cambiado nada en el fondo: y ya veremos, por cierto, si el Consejo de Ministros de este viernes logra sacar a Franco del Valle de los Caídos. Sobre lo de Cataluña, mejor ni hablar.

Ha sido una Legislatura inútil, mucho más destructiva que constructiva. La Legislatura de la crispación. Y lo peor es que ninguno de sus protagonistas, en el Gobierno o en la oposición, ha sido capaz de hacer apuestas sensatas de futuro, ni de plantar las bases de la regeneración política que urgentemente necesita España. Creo que los españoles tenemos derecho a estar enfados con eso que se llama nuestra ‘clase política’.

Creo que sería importante fijar ahora la fecha más conveniente para las elecciones. Sin demoras y sin cálculos partidistas sobre qué lo que más conviene a unas formaciones políticas y menos a otras. En ese sentido, me parece que lo mejor sería, llegados a esta situación pre caótica, tratar de abaratar lo más posible el proceso electoral, no multiplicándolo, y procurar que la ciudadanía acuda lo más masivamente posible a las urnas. No parece muy conveniente, por tanto, esa fecha del 28 de abril, a un mes de distancia de las ya fijadas elecciones europeas, autonómicas –donde toquen—y locales. Entre otras cosas, por esa fecha de abril está demasiado cerca del ‘superdomingo’ 26 de mayo, y los resultados de abril podrían influir negativamente, por cansancio, desaliento o hartazgo, en la concurrencia a votar en mayo.

Entiendo que, por otro lado, resultaría muy conveniente ofrecer a los ciudadanos la idea de que van a votar para comenzar esa regeneración política de la que tanto tiempo llevamos hablando y tan poco actuando. Y nada como cinco urnas diferentes alineadas –cuatro o seis, según en qué Comunidad Autónoma— en un mismo día para que entre los españoles cunda la sensación de que ese día, en el que se renuevan tantos mandatos, comienza una nueva era. Considero, pues, para lo que sirva –que para poco servirá si, como pienso, ya está todo decidido en función de consideraciones electoralistas–, que aprovechar el ‘superdomingo’ para convocar a los españoles ante las urnas sería lo democráticamente más conveniente. Y que no se me diga que no hay precentes para tanta proliferación simultánea de meses electorales: casi nada de lo que nos está ocurriendo en este peculiar país tiene precedentes.

Y, además, lo probable es que, para el 28 de mayo, el ‘juicio del siglo’ haya concluido y no influenciará tanto su resultado sobre el hoy decaído ánimo de los electores cuando, papeleta en mano, acudan a votar nuevo alcalde, nuevo presidente de su Comunidad Autónoma, nuevos eurodiputados y…nuevo –o no—presidente del Gobierno central, con sus ministros y todo lo demás. Una nueva era, con nuevas cartas para repartir a todos los niveles.

fjauregui@educa2020.es

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Pedro Sánchez empieza la semana cometiendo un error

Enviado por Fernando Jáuregui | 10/02/19

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(el librito, que nadie aún conoce, el primer error; ha habido otros…)
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Pedro Sánchez comienza la semana cometiendo, a mi juicio, un error: ha cancelado un viaje a Barcelona para asistir a un acto organizado por uno de los dos grandes periódicos de la Ciudad Condal, un periódico desde el que se predica, en el horno que es hoy Cataluña, la moderación y la falta de sectarismo. Desde allí, en el escenario montado por ese diario, podría, segundo error, haber lanzado una proclama anunciando que anticipa las elecciones a ese ‘superdomingo’ de mayo, como desean patentemente tantos miembros relevantes del Partido Socialista, tanto del sector gobernante como del sector ‘opositor’ al ‘sanchismo’.

Ha habido más errores recientes y por venir: desde el librito del resistente –maaadre mía, qué ocurrencia—hasta haber permitido que coincidiese la presentación de la ‘agenda del cambio’, su programa estelar, con todo el follón del ‘relator’; de manera que esta última equivocación, por decirlo suavemente, ha anulado lo de la ‘agenda’, algo de lo que seguramente usted ni ha oído hablar. Otro plan, quizá brillante, que nace muerto.

Pero es que parece que Sánchez, que seguramente permaneció el domingo en La Moncloa recibiendo noticias de cómo iba la manifestación ‘de las derechas’ en la plaza de Colón, ha hecho buena la reflexión que uno de sus ministros le hizo a un colega mío, gran periodista: “de aquí al miércoles queda un siglo”. Todavía espera el presidente el milagro de que el independentismo catalán reconsidere –¡en pleno inicio del juicio contra los secesionistas que intentaron un golpe de Estado!—y retire sus enmiendas a la totalidad de los Presupuestos, que se votarán el miércoles en el Parlamento, que al fin parece tener una utilidad y renacer de sus largas vacaciones.

No creo que Torra y su mentor en Waterloo se caigan del caballo: han ido demasiado lejos. Y los sectores más duros y fanatizados del independentismo no se lo perdonarían, máxime en las jornadas en las que se inicia el proceso contra los doce implicados en la intentona de octubre de 2017. Pero, aunque lo hiciesen y retirasen sus enmiendas ¿le conviene a Sánchez, le conviene a la nación, mantenerse en el timón de un Estado sometido a chantajes, a la inestabilidad permanente de saber cuándo le dejarán caer, mantener, en suma, al Estado en la precariedad?

No sé si a Pedro Sánchez le interesa permanecer en el palacio de los falsos mármoles en la Cuesta de las Perdices un año más, unos meses más. Pero estoy seguro de que a España esta situación de desconfianza ciudadana, de lapidación mediática desde el exterior, de crispación política máxima propiciada a veces por una oposición que se pasa de frenada, no le interesa ni le viene nada bien: un ochenta por ciento de los españoles, dicen las encuestas, quiere elecciones ya. Y ese ‘ya’ no puede ser sino el ‘super-superdomingo’ 26 de mayo. Ya lo he dicho otras veces: cinco urnas para la regeneración del país.

Y conste que no creo que la regeneración venga exclusivamente de una oposición que se ha mostrado demasiado vociferante a fuer de ‘voxiferante’, usted me entiende. Hay que poner en marcha, como ha hecho Macron en Francia, nuevos mecanismos de contacto con la gente, con la buena gente de la calle que se lanza a ella –o no—para expresar su protesta. Y ya no se puede esperar no un siglo –que es lo que va, en cuanto a acontecimientos que puedan ocurrir, de aquí al miércoles, según el anónimo ministro–, sino ni siquiera tres días. La medida del tiempo, como usted y yo sabemos, es subjetiva: un minuto puede parecer un siglo, y un siglo puede quedar borrado en un minuto. A Sánchez le quedan menos de cincuenta horas para ganar un siglo. O perderlo.

fjauregui@educa2020.es

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La Legislatura ya está acabada. Solo Sánchez lo ignora

Enviado por Fernando Jáuregui | 09/02/19

Si quedaba alguna duda de que la Legislatura está, de hecho, acabada, no había sino que ver los rostros en la referencia del Consejo de Ministros del viernes para despejarla. La vicepresidenta Carmen Calvo, una vez más en el papel de portavoz que no ejerce Isabel Celáa, destrozó en tres minutos la estrategia anterior del Gobierno, renunció a emplear cualquier ‘relator’ –o como quiera llamarse– en las negociaciones con los partidos independentistas y dio por finalizadas las negociaciones con los secesionistas catalanes en busca de apoyo para los Presupuestos Generales del Estado. O sea, si no ocurre un milagro favorable a Sánchez, y desfavorable para los intereses de España, hay que disolver las cámaras y convocar elecciones ya, tal vez para el ‘superdomingo’ 26 de mayo. Cinco urnas en los colegios electorales para una regeneración en el país.

En primer lugar, Carmen Calvo no debería actuar como rostro del Gobierno a la hora de anunciar cosas importantes. Atizó la hoguera con lo del ‘relator’, sin haberlo consultado con nadie –los ministros se enteraron por la prensa, lo mismo que los ‘barones’ territoriales socialistas—y ella misma, cuatro días después, a la vista del escándalo, lo enterró.

Y todo ello, con un gesto avinagrado, que era el mismo que hemos visto estos días en la cara de no pocos socialistas, que ‘sotto voce’ admiten que empiezan a preguntarse si estamos, en las manos de Sánchez, en buenas manos. Quizá no sean buenos socialistas, quizá no les guste el entrecejo de la vice, en fin, pero me da la impresión de que el PSOE está más dividido que nunca y que la figura del presidente/secretario general está en el epicentro de la tormenta y la de su ‘número dos’ ya está bajo las aguas torrenciales.

No sé si el anuncio de ‘retirada, retirada’ de Calvo trataba de frenar el posible éxito que una manifestación, a mi juicio extemporánea y poco deseable, convocada por los partidos de la oposición, pudiera tener este domingo. Casado y Rivera han rivalizado en las frases descalificatorias (a veces insultantes) contra el Gobierno, se han pasado de frenada comparando lo de Cataluña con lo de ETA y han tenido que admitir más o menos abiertamente –con muchas reticencias, es verdad, Ciudadanos– a Vox en el club. El partido extremista de Santiago Abascal se está convirtiendo en el pescador que gana en el río muy, muy revuelto. Lo malo es que los peces acaso seamos los ciudadanos.

El ‘juicio del siglo’ que empieza el martes en medio de aprensiones sin cuento en el desorientado Ejecutivo, en el inoperante Legislativo y en el pasmado Judicial, incrementa la dificultad de que los partidos independentistas vuelvan grupas y retiren, de aquí al miércoles, las enmiendas a la totalidad de los Presupuestos. Lejos de mí la funesta manía de dar consejos, pero son muchos los que piensan que Sánchez debería haber aprovechado la jornada de este viernes para anunciar que convocaría elecciones ya, en lugar de esperar a que sean los gritos de los manifestantes de este domingo los que lo soliciten airadamente. En todo caso, ya que no se ha podido evitar la toma de la calle en lugar de la acción en las Cortes, acaso debería el presidente hacer buena su promesa de convocar ‘pronto’ (han pasado siete meses) las elecciones antes de que, ese miércoles, es decir, dentro de menos de ochenta horas, todo haya quedado consumado.

No, yo no quiero para mi país el ‘teléfono rojo’ de Pablo Iglesias tratando de negociar ‘in extremis’ con los ‘indepes’. Porque no quiero que los Presupuestos de mi país salgan adelante con cláusulas de negociación funestas que se tratan de mantener en secreto. Ni quiero a quienes se atribuyen la resistencia de Agustina de Aragón, que fue una heroína de la guerra de independencia, de la que precisamente estamos lejos: para mi país quiero estadistas, y de ello andamos bastante escasos. A menos, claro, que unas elecciones, de una vez, nos convenzan de lo contrario. Lo demás, seguir con la ficción de que la Legislatura puede continuar ¡¡hasta 2020!! es como la quimera del oro.

fjauregui@educa2020.es

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No, yo no voy, gracias

Enviado por Fernando Jáuregui | 08/02/19

La izquierda, cada vez más dividida y en una peor situación estratégica, se sea o no resistente, o resiliente o reticente. La derecha, cada vez más unida, incluso con la adhesión antes evitada de un partido como Vox que, guste o no guste –a mí, nada–, va a ser clave para una futura, quién sabe si inevitable, victoria electoral en estos tiempos de cólera y de involución. Las últimas ocurrencias de Pedro Sánchez y la muy defectuosa comunicación de estas ocurrencias a la ciudadanía en general y al propio PSOE en particular han creado grietas muy serias en el partido fundado por Pablo Iglesias (Posse); en el que fundó, ciento treinta y tantos años después, Pablo Iglesias (Turrión), esas grietas son abismos. Y así está la izquierda. Este es el panorama desde el puente de un observador ante una manifestación en la calle, este domingo, que va a ser más que una manifestación y mucho más que la moción de censura que ni PP ni Ciudadanos se han atrevido a presentar en el cada vez más inoperante Parlamento de España: quiere ser el comienzo del relevo de la izquierda por la ‘nueva derecha’, la post-Rajoy, la de Casado, que ha logrado aglutinar, en la búsqueda del poder, a los centristas de Ciudadanos y a los extremistas comandados por Santiago Abascal.
Siento mucho tener que decirlo, porque aprecio sinceramente muchos de los esfuerzos tanto de Pablo Casado como de Albert Rivera por tratar de regenerar este país nuestro llamado España: no, yo no voy a ir a esa manifestación. No solo porque en ella vayan a participar ‘voxeros’ y organizaciones cuya significación ‘ultra’ es patente; es que tampoco veo la utilidad de trasladar a la calle la sal gorda de un mitin que, sin duda, va a hacer daño al Gobierno, un Gobierno cuyo funcionamiento es muy mejorable, en el peor momento para el Estado: cuando empieza un juicio delicadísimo contra el secesionismo catalán. En lugar de unir a las fuerzas constitucionalistas para mejorar la ‘marca España’ ante los retos que va a plantear a la nación ese largo proceso judicial, asistimos a una división y a una crispación, con proliferación de insultos y gruesas descalificaciones por ambas partes, como yo no había contemplado en muchos años.
Así que no me esperen (ya sé que tampoco me esperaban, claro). Y no precisamente porque comparta las últimas patadas propinadas por el Ejecutivo de Pedro Sánchez al sentido común y a lo que debería ser una lógica estrategia política, sino, ya digo, porque creo que estas salidas masivas a la calle, las cosas que inevitablemente allí se van a decir y gritar, favorecen a las ‘dos españas’ y debilitan, en cambio, lo que debe ser el vértice de una democracia sana, el Parlamento, que habría de ser donde los socialistas llevasen sus iniciativas y la oposición sus réplicas. La ‘toma’ de las funciones del Parlamento por la calle, que es un grito de alarma clásico, no es ya, pues, algo privativo de los independentistas catalanes, que han hecho de ‘su’ Parlament un elemento inoperante; ahora, los que habrían de ser los ‘partidos de orden’ se lanzan a una demasía de enfrentamientos de los que difícilmente saldrá nada bueno.
Les veré a ustedes, señores de la pancarta, por la televisión y, de paso, me ahorraré algún berrinche ante posibles comportamientos poco civilizados. Y no se preocupen por las reprimendas ante mi ‘pasotismo manifestante’ reflejado en este comentario: ahí están las redes sociales para recoger los improperios que, hagas lo que hagas, te dirigen unos, otros o los de más allá. Las ‘dos twittespañas’, que han de helarte el corazón como ya nos han atrofiado el cerebro…

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Palabras que matan…a quien las pronuncia

Enviado por Fernando Jáuregui | 07/02/19


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((Recuperar la palabra. Periodistas, nos toca decir las cosas claras una vez más))
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Diecinueve descalificaciones graves dirigió Pablo Casado contra Pedro Sánchez para definir la introducción de la figura de un ‘relator’ en las negociaciones entre el Gobierno central y la Generalitat de Catalunya. No quisiera entrar ahora en el fondo, sino en las formas, que, en política, son tan importantes como lo primero. Dijo el presidente del PP que lo de Sánchez en su negociación con los ‘indepes’ catalanes es “alta traición”, “lo más grave que ha ocurrido en España desde el intento de golpe del 23-F”, acontecimiento del que ahora, por cierto, se cumplen 38 años. “Traición”, “felonía”, han sido términos abundantemente empleados por los dirigentes de la oposición para referirse a la acción de Sánchez y del PSOE gobernante –porque hay un PSOE que no es el gobernante: quedó claro el miércoles en la presentación de un libro de Alfonso Guerra: fue una enmienda a la totalidad de la política del habitante de La Moncloa, sin citarle expresamente–.

Nos advertía un distante corresponsal británico, que también escribe para medios norteamericanos, que en España “las palabras están perdiendo su significado”. Lo hemos intentado de este lado del Ebro, jugando con ligereza con términos como ‘sedición’ y ‘rebelión’, o acusando de terrorismo a quien coloca neumáticos en un peaje para detener el tráfico. Y muchas veces lo han consumado del otro lado, hablando de que en España no hay democracia, de que la justicia no es imparcial y que, en fin, España ‘ens roba’. Cuando se acusa a todos de franquistas, o de terroristas, o cuando se habla, como si tal, de que el adversario está loco, hacemos que las palabras pierdan su significado prístino, llevando a la confusión a quienes se colocan como espectadores de un circo en el que seguramente ellos, que al fin y al cabo son los que votan y los que pagan la fiesta, no participan.

Creo que estamos, de las palabras a los hechos, llegando demasiado lejos. Este Gobierno comete dislates constantes, tratándonos a los ciudadanos como menores de edad a los que hay que ocultar la verdad, transformando las palabras o disimulando los conceptos. Y esta oposición aspira a llevarnos por el camino de la manifestación callejera, obviando –ambas partes— al Parlamento, que es donde deberían dirimirse las polémicas nacionales. Ni Pedro Sánchez parece dispuesto a celebrar un debate sobre el estado de la nación –ya que no convoca elecciones, qué menos que eso—ni Pablo Casado y Rivera se decantan por presentar una moción de censura. Sánchez, porque no quiere enfrentarse al tiroteo verbal en el hemiciclo; la oposición, porque no tiene mayoría para ganar la moción. Así que el uno se refugia en el bunker monclovita y los otros, hala, a tomar la calle.

No se me ocurre un peor escenario político que el que vivimos, con un domingo de manifestódromos en los que posiblemente sea el más extremista, Vox, quien alce la palabra más que nadie y a quien, por tanto, más se oiga, y con un Gobierno como replegado en sí mismo, incapaz de elaborar una estrategia de comunicación –la vicepresidenta Calvo no debería, obviamente, dedicarse a eso—y, menos aún, de acción.

Y, a todo esto, el ‘juicio del siglo’, que es un juicio como de hace dos siglos, a punto de comenzar. No se me ocurre un panorama político más preocupante que el que estamos encarando, la verdad. Me faltan las palabras, porque nuestros representantes ya las han manido todas, dejándolas inservibles.

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