La España de doña Leonor

Enviado por Fernando Jáuregui | 30/01/18


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((¿Llegará a reinar? Resulta hasta políticamente incorrecta la pregunta, fíjense))
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Resulta curioso, y sintomático, que el primer acto de Doña Leonor de Borbón como futura reina de España, la imposición del toisón de oro el día del cumpleaños de su padre el rey, haya coincidido con la que podría haber sido la jornada de mayor desafío contra la nación y, de paso, contra la Monarquía. Un llegado a la ‘alta’ política por vías accidentales, alguien como Carles Puigdemont, tuvo durante todo el día –y antes, y después—en vilo a un país que resulta ser la décima –o la undécima, no importa a estos efectos—potencia del mundo. Sin duda, una satisfacción íntima para un fugado que ha colocado en situación de riesgo a quienes tenía que haber representado con prudencia y sentido común, algo que obviamente no ha ocurrido porque ni una ni otra cualidad le distinguen.

En los medios, los elogios a la trayectoria de Felipe VI en sus más de tres años como rey se mezclaban con los denuestos al ex president de la Generalitat y aspirante –¿en vano?—a lo mismo. Algo de todo ello sonaba a dicotomía peligrosa, a situación que no puede prolongarse mucho más. Nos desayunábamos con portadas dedicadas a un sin duda buen jefe del Estado, pero más tarde escrutábamos las noticias en las televisiones y en las radios para ver qué iba a ocurrir en un pleno del Parlament catalán que todos intuíamos que estaba abocado a generar aún mayores conflictos en Cataluña. Y, claro, en el resto del país. Al final, ese pleno se aplazó, pero la tensión extrema sigue. ¿Hasta cuándo?

Por ello digo que mal día fue este martes para un homenaje dinástico. Porque, ahora que el padre de la princesa de Asturias cumple medio siglo, en plenitud de funciones y ya casi consagrado como el mejor rey que haya tenido la historia de España, nos encontramos ante un vacío anímico, ante un país al que se le diagnostica parálisis política y forzado a preguntarse si esa inteligente niña de doce años logrará algún día reinar en España, cosa que, personalmente, deseo fervientemente.

Puede que alguien me advierta sobre lo inconveniente que podría resultar un comentario como este. Lo escuché en las últimas horas con motivo de un coloquio al que asistí durante la presentación de un libro mío: resulta poco correcto políticamente, me dijeron, preguntarse si doña Leonor reinará. Y yo creo precisamente lo contrario: hay que empezar a pavimentar el camino de la heredera, ahora que afortunadamente quedan muchos años de vida a su padre. Pero en España nos sigue gustando aferrarnos a lo inmediato e instalarnos en una improvisación política en la que llevamos ensimismados ya muchos años. Nos enzarzamos en lo accesorio, casi en la anécdota, y desdeñamos lo trascendental, popr pereza, negligencia o mero desconocimiento.

No de otra manera cabe interpretar, por ejemplo, esas palabras del presidente de la Xunta gallega, Alberto Núñez Feijoo, reprendiéndonos por especular acerca de la sucesión de Mariano Rajoy: absurdo, dice Feijoo, tratar sobre un tema que no va a plantearse hasta dentro de casi tres años, cuando se acabe esta Legislatura, se celebren elecciones y el propio Rajoy determine lo que quiere hacer con su futuro. Lo siento, pero discrepo del por otro lado creo que excelente político Feijoo: es precisamente ahora cuando hay que empezar a hablar sobre el futuro a medio y hasta a largo plazo, para construir bien el camino, independienteme3nte de que Rajoy loigre, que no estoy seguro de ello, agotar esta Legislatura.

Otra cosa que no sea tratar de bucear en el futuro nos lleva a los continuos golpes de mano, puñaladas de Bruto en espaldas teóricamente amigas, sorpresas desagradables tras maniobras en la ocuridad y nula participación, en el fondo, de los ciudadanos en las cosas que más les interesan.

Pues lo mismo con doña Leonor. Una de las cosas más inteligentes que les debemos a los reyes eméritos, Juan Carlos y Sofía, fue la formación que exigieron para su único hijo varón, destinado a ocupar el trono de España en circunstancias sospecho que menos difíciles –aunque también lo eran—de las que va a vivir la actual princesa de Asturias. Don Felipe es un profesional de la Corona, un hombre del que sospechamos que nada va a desviar del que él cree su deber. Está viviendo momentos complicadísimos, y me parecería lógico –él nunca lo confesaría, desde luego—que sintiese la misma inquietud por la pervivencia de la máxima institución que un día, no solo aquel 23 de febrero de 1981, sintió Juan Carlos I.

Porque la España en la que vivirá doña Leonor de Borbón Ortiz poco tendrá que ver con este país desorientado con personajes en busca de autor, un país cuyo principal activo se llama Felipe de Borbón, un activo que corre el riesgo de ser utilizado para tapar casi todos los huecos, para coser todos los rotos. Habrá de ser un país más democrático, en el que el débil sentido del Estado que actualmente tiene el conjunto de la población civil haya sido sustituido por todo lo contrario, por un orgullo patrio inserto en una Europa más fuerte y más unida. Ninguna de las trapisondas políticas, ninguno de los bofetones que vemos impasibles que reciben las instituciones, deberían entonces ser ya siquiera imaginables.

Algún día entenderemos hasta qué punto lo que algunos comentaristas han llamado ‘el asunto de Cataluña’ ha actuado como vacuna contra algunos de nuestros males tradicionales. Porque en este capítulo, del que dependen tantos otros –la cohesión de las fuerzas políticas, la marcha de las instituciones, la unidad territorial, la actualización de la Constitución y, sobre todo, una reflexión a fondo de la ciudadanía sobre a dónde vamos y por dónde–, ya hemos tocado fondo. Más abajo ya no se puede ir, así que toca ir emergiendo de una vez. Esa España mejor será, quiero creer, la de doña Leonor y la de nuestros hijos y nuestros nietos, sus contemporáneos.

fjauregui@educa2020.es

SSdeS: cuidado con ella y con su ‘comando’

Enviado por Fernando Jáuregui | 28/01/18


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((la nueva imagen de Soraya Sáenz de Santamaría, lejos ya de aquellas fotos provocativas de ‘El Mundo’, con las que quiso mostrar su libertad, indica, dicen quienes entienden de eso, ruptura con un pasado. Y una voluntad de situarse de cara al futuro. Pero ¿cuál futuro?))
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La decisión algo salomónica del Tribunal Constitucional, impidiendo en el fondo una fantasmagórica sesión del Parlament el próximo martes para elegir desde la distancia a Puigdemont como president de la Generalitat, ha sido, en el fondo, un triunfo algo apurado del Gobierno central. Tras unas horas de pesadilla, en las que su recurso contra la sesión de investidura recibió un zasca del Consejo de Estado, se han salvado los muebles: no habrá espectáculo circense en el Parlament este martes. Puede que, a cambio, haya algo peor, que de momento ni imaginar podemos –siempre, últimamente, viene ocurriendo lo peor–; pero, al menos, investidura como tal no habrá, diseñe la conspiración que diseñe el presidente de la Cámara, Roger Torrent. La ‘arquitecta’ de la ofensiva gubernamental, Soraya Sáenz de Santamaría, se ha apuntado un tanto. En el último minuto y de penalti discutido, pero ha ganado este partido, que no la Copa: a estas horas, si todo hubiese salido mal, estaría políticamente muerta. Y, en cambio…

En cambio, ella, al frente de esa ‘brigada Aranzadi’ a veces tan denostada –incluso en medios del propio Gobierno, donde la vicepresidenta tiene no pocos enemigos–, pero tan eficaz, ha sacado a su jefe y, en el fondo, a todos nosotros, del atolladero. De manera coyuntural, que el riesgo del vuelco total sigue ahí, pero al menos hemos ganado unos días para procurar que baje la marea, que amenazaba ya con ahogarnos. Ignoro si Puigdemont forzará su ya caricaturesca imagen de Houdini-trapecista e intentará entrar en España: el propio Gobierno no tiene la menor idea y el ministro del Interior se esfuerza en reforzar fronteras, como si eso fuese a servir de algo. Pero lo que sí tengo claro es que Puigdemont no será, en estos momentos, el nuevo-viejo molt honorable president de la Generalitat. Puede que lo sea una marioneta suya, como por ejemplo la señora Artadi. O Rull. O Turull. O alguien a quien Esquerra designe. Pero no el fugitivo.

A ver, en resumen, con qué nos encontramos este martes de pasión. Pero, en este cuarto de hora, ya digo, haya lo haya, Soraya. Los editoriales que la condenaron por instar ‘precipitadamente’ la presentación de un recurso contra la investidura de Puigdemont este domingo se felicitaban por la decisión del Tribunal Constitucional, que no entra en el fondo del recurso gubernamental, pero que en la práctica da la razón a la ‘número dos’ del Ejecutivo frente a los aspavientos legalistas del Consejo de Estado, al que, por cierto, no le faltaba razón, a mi entender, en las pegas que ponía.

Sáenz de Santamaría, cuyo reciente cambio de ‘look’ indica, supongo, un nuevo estado de espíritu de combate, es una mujer pugnaz, a quien, al frente de sus abogados del Estado, y en abierta discrepancia con otras instancias en la propia Moncloa, pocas cosas se le ponen por delante. Acaba de colocar a una persona de su confianza, José Luis Ayllón, como responsable nada menos que del Gabinete de Mariano Rajoy, sustituyendo al diplomático Jorge Moragas, que de manera tan poco airosa abandonó el barco presidencial tras la derrota electoral en Cataluña. Equilibra así SSdeS algo las cosas, porque no todo el mundo en el entorno marianista se podría definir como precisamente acérrimo partidario de la vicepresidenta.

Gran parlamentaria, capaz de destrozar dialécticamente a casi cualquier oponente, SSdeS es, sin duda, una figura de valía y, por eso mismo, poco querida en las esclerotizadas filas ‘populares’ y en una parte del Gobierno que ve en ella una fuerza demasiado arrolladora. Cierto, se ha convertido, o algun@s colaborador@es la han convertido, en una figura poco simpática, lejana de aquella cercanía y frescura de otros tiempos, cuando, portavoz gubernamental, los corrillos con los periodistas la rodeaban los viernes. Pero es el peaje que se paga por ejercer el poder de forma tan absorbente y personalista. Ignoro si, como algunos evalúan, podría ser la sucesora de Rajoy algún día, a pesar de sus muy pocos partidarios en el ‘aparato’ casi siempre aquiescente del PP. Por ignorar, hasta ignoro si pretende serlo, que me parece que no, porque es realista y sabe que esta partida se está acabando.
Claro que le quedan muchas batallas jurídicas y políticas –ella sí sabe aunar ambos procedimientos—por dar y por ganar. O por perder. Desde luego, la mediática, por unas u otras razones, la está ganando pese a todo. La política, aún no lo sé, pero me parece que la perderá; todos la acaban perdiendo, hasta Churchill. La jurídica la ganará casi seguro, que a ver quién es el guapo que se enfrenta al ‘comando Aranzadi’, tan empollón, tan puñetero y togado.
Bueno, veamos lo que ocurre este martes, día en el que, cosas que ocurren, el Rey celebra su medio siglo de vida –qué mala coincidencia con jornada tan potencialmente conflictiva–. Porque podrían pasar muchas cosas. O nada. Todavía. El caso es que SSdeS habrá de seguir cumpliendo su papel de último pararrayos para que Mariano Rajoy trate, como dice que se empeña, de llegar incólume al final de la Legislatura, algo que le va a resultar tan difícil como a Paris salir sin un rasguño de la guerra de Troya. Porque sí, esto es la guerra. Más madera.

fjauregui@educa2020.es

Parece que Puigdemont por fin pudo entrar en España (risas)

Enviado por Fernando Jáuregui | 28/01/18

El ingenio de la gente no para. Y el tiempo para ‘fabricar’ estas cosas no se agota… Bueno, mientras mantengamos el sentido del humor…

Lo meto en el blog, pese a lo chusco, solamente a efectos de record. Esto es como un diario que tiene ya bastantes años de vida.

el cumpleaños del Rey ‘cae’ en mal día

Enviado por Fernando Jáuregui | 27/01/18


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((Hice la primera entrevista al Príncipe de Asturias cuando cumplió los 18 años, para El País))
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Cumplir cincuenta años es algo muy importante en la vida de una persona. Es una entrada en la madurez definitiva: ya sabes lo que es bueno y malo, quien es bueno y quién malo. Y, sobre todo, sabes de la exactitud de aquella frase de Tarradellas, según la cual todo es admisible en política, excepto hacer el ridículo. Creo que el ciudadano Felipe de Borbón y Grecia, que además es Rey de España, ha ocupado el trono cuando le correspondía: ni demasiado pronto –tenía mucho que aprender–, ni demasiado tarde –está en plenitud de fuerzas físicas y mentales–. Desde que ocupó la Jefatura del Estado, no hace aún ni cuatro años, se ha enfrentado a retos, desafíos y dificultades por los que ni su padre, que también tuvo lo suyo, hubo de pasar. Ahora, precisamente el mismo día en el que va a celebrar su cumpleaños, este martes, Felipe de Borbón va a tener que sortear una de las situaciones institucionalmente más peligrosas a las que un estadista pueda tener que hacer frente.

Me siento incapaz de afirmar que el Gobierno de Mariano Rajoy, que se proclama monárquico pero que ha puesto en algún aprieto a la Monarquía, se haya equivocado rotundamente al plantear recurso al Constitucional tratando de paralizar la investidura del fugado Puigdemont como president de la Generalitat de Catalunya. También soy, desde luego, incapaz de asegurar que el Ejecutivo y quien ha impulsado este recurso, la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría, hayan acertado de lleno. Carezco de la suficiente formación jurídica para apostar demasiado por una tesis u otra.

Puede que haya habido algo de precipitación, y de esa seguridad que alguna vez acompaña a los abogados del Estado, en el paso dado sin haber evacuado consulta al principal órgano consultivo, perdón por la redundancia, y en este sentido puede que el varapalo jurídico haya sido merecido. Pero la intención era buena: hay que frenar la insensatez de consagrar representante del Estado en uno de los territorios más significativos e importantes de España a quien se ha convertido ya en el principal enemigo de ese Estado.

Un Estado que es monárquico y unitario. Un Estado que se llama España y que es la décima, o la undécima, no importa, potencia del mundo, no puede estar atrapada en el puño poco letrado de un aventurero que se autoproclama exiliado y que ha causado una verdadera catástrofe para sus representados y para quienes no lo somos. Algo tenía que hacer Rajoy, más allá del artículo 155. Y, con este recurso que pretende paralizar la sesión de investidura del martes en el Parlament, lo intentó.

Me consta que Rajoy está intentando defender con todas sus fuerzas el mantenimiento de un ‘statu quo’, de un sistema, que tiene a la Monarquía como la principal seña de identidad. Es una tarea en la que merece la pena abrasarse, y él se está abrasando. Temo que de esta va a salir, al menos, chamuscado y alguna/a de sus más cercanos/as colaboradores/as, carbonizado/a. Bueno, consolémonos pensando en que, al menos, habrá cambios de caras y tal vez de talantes y actitudes.

Porque algunos pensamos desde hace tiempo que, en lo referente a Cataluña, habría que haber insistido más en la conllevanza orteguiana y menos en la entrega del problema al brazo togado y a las puñetas. No sé si se quería tanto mostrar que en España existe la separación de poderes –que sí—como alejar del área de la pura política, del consenso, de la negociación, un problema de tomo y lomo. La cuestión es que todo esto está afectado seriamente a la imagen exterior de España, a la cohesión del Ejecutivo, está paralizando políticamente el país y está salpicando, lo queramos o no, a un Rey que tiene que acudir a Davos a pronunciar no el discurso convencional propio de los jefes de Estado cuando allí acuden, sino un parlamento bien comprometido, que mostraba a las claras las dificultades por las que atraviesa el país.

Resulta complicado tener que echar mano del Rey cada vez que pasamos por un mal trago, que últimamente está siendo demasiadas veces. Quizá sea necesario, en un futuro inminente, reforzar constitucionalmente el papel de la Jefatura del Estado y protegerla de avatares indeseables y de indeseables que viven en el puro avatar. Creo que el propio Monarca debería tomar conciencia de que no será solamente con videos familiares más o menos entrañables, más o menos espontáneos, como se consolidará de una vez el papel de la Monarquía, ahora encarnada por quizá el mejor Rey que haya tenido la Historia de España. Y eso, tanto Rajoy como los demás que militan en el área constitucionalista deberían tenerlo muy en cuenta a la hora de las ocurrencias que nos llevan al enfrentamiento entre instituciones.

fjauregui@educa2020.es

Dos años, cuatro meses y, sobre todo, cinco días

Enviado por Fernando Jáuregui | 24/01/18


Insiste Rajoy en una entrevista radiofónica en que su intención es agotar la Legislatura, e insinúa que piensa presentarse a la reelección. Es decir, teniendo en cuenta que tocaría celebrar las elecciones generales en junio de 2020, nos faltan aún dos años, cuatro meses y, sobre todo, cinco días (ahora explico esto de los cinco días), para ir a las urnas en unas nuevas legislativas. Muy largo me lo fiáis, me da la impresión. Y es que el mundo, y sobre todo nuestro pequeño mundo patrio, se mueve a una velocidad de vértigo: las cosas no están precisamente como para hacer predicciones a largo plazo.
Le pregunté este miércoles a Albert Rivera si él cree que, efectivamente, se llegará a agotar la Legislatura hasta alcanzar nada menos que hasta la primavera de 2020 y si pensaba que será Rajoy nuevamente quien encabece el cartel del Partido Popular. En realidad, lo que le estaba yo preguntando al líder de Ciudadanos era si él se ve ya como presidente del Gobierno de España, y qué papel creía que le estaba reservado, en este panorama, al actual inquilino de La Moncloa.
Pero Rivera fue cauto y, a la vez, amenazante: sabe que la supervivencia de Rajoy depende en buena parte de él. “Si Rajoy tiene palabra, podrá contar con nosotros y con que apoyemos los Presupuestos”, se limitó a decirme Rivera, en uno de esos multitudinarios desayunos informativos que casi siempre resultan tan interesantes. Y luego se lanzó a descalificar sin disimulo a su aún ‘socio’ Rajoy (al fin y al cabo, Ciudadanos pactó con el PP la investidura del candidato ‘popular’, que está donde está gracias al apoyo ‘naranja’); dijo de él, insinuaciones sobre corrupción aparte, y sin citarle expresamente -aunque se le entendía todo–, que lleva cuarenta y dos años en la política, constituyendo un ejemplo de no renovación de caras y, se supone, de ideas.
Cierto: Rajoy, a quien respeto y de cuya trayectoria pública pienso que ha tenido más momentos positivos que negativos, aunque estos últimos no hayan faltado ni falten, se ha convertido ya en el político con más trienios acumulados, el que más tiempo ha permanecido, todos sus destinos en el pasado contabilizados, en un coche oficial. Lo cual tampoco significa que se tenga que marchar ya necesariamente, para ser sustituido por alguien en su partido, o por Rivera o, acaso más probablemente, por una coalición entre Ciudadanos y los socialistas: aún albergo la esperanza -leve– de que Rajoy entienda el mensaje y se lance por el camino regeneracionista, antes de aplicarse la limitación de mandatos. Que es algo que me parece muy sano y conveniente se trate de quien se trate.
En todo caso, respecto a la eventual sucesión del actual presidente del Gobierno, creo mucho más en un acuerdo de coalición PSOE-C’s que en las actuales conversaciones Rajoy-Pedro Sánchez, que son dos personajes que se detestan y de cuyos pactos temo que no podremos esperar mucho alcance.
Así que a Rajoy le quedan dos años y cuatro meses para intentar la supervivencia, con o sin Presupuestos -también puede vivir sin que se aprueben–, con o sin consensos. Pero le quedan, además, cinco días. Quizá los peores. Los que median de aquí a la sesión de investidura –¿de quién?- en el Parlament catalán. Como al propio Rajoy le gusta decir, menudo lío. Ahí tenemos al ministro del Interior, en una de las declaraciones más raciales que se le recuerdan, asegurando que las fuerzas de Seguridad del Estado se han movilizado para impedir que Puigdemont, que es el candidato de consenso independentista, pueda entrar ilegalmente en España, aunque sea en el maletero de un coche o en un dirigible. O, eso lo digo yo, disfrazado con la peluca de Carrillo. Dios mío.
Desde luego, si, dentro de cinco días, el fugado ex president y aspirante a president logra colarse en la sesión de investidura, con el tsunami que se seguiría, sobrarán los otros dos años y cuatro meses de Legislatura. Todo habrá acabado probablemente para Rajoy. Y no deja de ser triste que el destino de un gobernante democrático y al que debemos bastante por más que represente al pasado y se equivoque en algo en el presente, dependa de las trapisondas de un peso pluma de la política como Carles Puigdemont. Pero así vamos, qué le hemos de hacer.

Un domingo asesino

Enviado por Fernando Jáuregui | 21/01/18

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(Ha sido un domingo doloroso, en el que he tenido que separarme de cientos de viejos –y no tan viejos– amigos… Nuevas circunstancias, nuevas necesidades, reducción de espacios y, en fin, la vida…))
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Uno de los ejercicios más autodestructivos que existe, y quizá a la vez uno de los más necesarios, es el que he tenido que practicar este domingo: limpiar tu biblioteca. La mía superaba los cinco mil volúmenes, ya no tengo sitio en casa para tantos y he tenido que proceder a la primera parte de la selección: unos setecientos libros, mirados uno a uno, irán a parar a quien los quiera, si es que tal cosa ocurre. Ha sido dolorosísimo: piezas que creí maestras escritas por amigos que pensé del alma, y que no han resistido ellas el paso del tiempo y ellos el peso de la amistad; obras de personas a las que conocí y tal vez admiré, muertas en el olvido; gentes que escribieron pretendiendo redimir el mundo, otras que lo que querían era empobrecerlo, lisonjeando a algún poderoso ya ido…

Creo que era Max Weber quien decía que todo libro, incluso el peor, tiene algo en él digno de consideración, porque su autor puso en el papel lo mejor que tenía dentro. Ocurre que vas acumulando en las estanterías saberes ajenos que ya ni tiempo tienes de asimilarlos. Y sucede también, desde luego, que el tiempo, la actualidad que pisa a la anterior actualidad, las modas, yo qué sé, tus propios caprichos y curiosidades cambiantes, desvalorizan lo que en algún momento tuvo tanto valor.

Y piensas, cuando te dejas alejarte de piezas a las que tanto has querido y que yacían olvidadas como un arpa becqueriana, que seguramente ya te vas haciendo viejo, básicamente porque has vivido una época que ya no interesa a tus hijas ni, claro, a tus futuros nietos. O quizá porque el libro, del que cada día se producen centenares de nuevos títulos en España, es una cosa que va quedando para eso, para las librerías, para los anaqueles, para los cementerios librescos de los que hablan Borges o Ruiz Zafón. O para las gentes como usted y como yo, que aman ese olor inconfundible del papel impreso, pasar las hojas sabiendo que con ello estamos al tiempo pasando a una era diferente, que nos deja anticuados.

Deshacerte de una biblioteca es un ejercicio de humildad: lo mismo harán o han hecho con tus libros, de los que te sientes tan orgulloso. Simplemente, como en los cementerios, no hay sitio para todos, por mucho que los apretujes, los arremolines, los comprimas. ¡Es la digitalización, estúpido! Bueno, no solo eso: la televisión, que ya se sabe que hace muchos ágrafos. Internet, que juega con doscientos ochenta caracteres. Y el espacio, el puñetero espacio que no se cómo se achica…

Casi ya nada te importa, al final del día, salvo los libros que has salvado. Los de algunos amigos especialmente queridos. O los que han dejado en tu alma una huella indeleble, Kafka, Cortázar y otros latinoamericanos de aquellos años en los que tanto tiempo me dejaba la vida para leer, antes de comprender que uno en fin, no puede, simplemente no puede, llegar a mirar siquiera las portadas de todos los libros que le parecerían interesantes.

Sí, ha sido un ejercicio importante de nostalgia el que he practicado este domingo. Un adiós a muchos viejos conocidos, amigos, incluso hermanos, padres o hijos. Y todo simplemente porque la vida es así: unos afanes sustituyen a otros y, al final, resulta que el espacio de tu casa se ha reducido, por unos motivos o por otros, y simplemente tus libros, esos que escribieron gentes con esfuerzo, con ilusión, con sabiduría quizá, no caben, te dicen. Y es como una orden de fusilamiento: fusíleme unos cuantos cientos de libros, o quémelos en la plaza pública: son reos de envejecimiento, hay que ofrecerles la eutanasia de ir a parar a una biblioteca que los acepte –ya nadie los acepta—o a una guillotina de reciclado. Y es precisamente entonces cuando comprendes lo ajustado del pensamiento de Azaña, que nos dijo que cuando quieras que algo pase desapercibido debes publicarlo en un libro. Nadie se va a enterar…

Rajoy, Sánchez, etc, a tapar la calle

Enviado por Fernando Jáuregui | 21/01/18


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(¿De verdad sirve de algo que Rajoy viaje ‘a provincias’ para seguir rodeado de los suyos, que le aplauden tanto?)
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Si le digo a usted la verdad, creo que todos estamos un poco aburridos de esta situación. Lo poco agrada y lo mucho empalaga. Puigdemont, Junqueras y también los del lado de acá, a base de colocarnos a todos en una situación políticamente límite, han acabado por provocarnos un hartazgo mortal. Ellos mismos, los causantes de todo esto que arrastramos desde finales de 2015, o desde bastante antes, si usted quiere, parecen haberse dado cuenta de que esto, así, ya no da más de sí. Si quieres que algo cambie, o incluso que solo parezca que cambia, no puedes seguir haciendo siempre lo mismo, vino a decir Einstein. De manera que se han lanzado a hacer las Españas, que es algo que uno, modestamente, viene haciendo ya desde hace un tiempo. Lo que ocurre es que me parece que ‘ellos’ no van para conocer de primera mano problemas ni a buscar ideas nuevas, sino a recibir palmaditas en la espalda y gritos de ‘Pedro, Pedro’ o ‘Mariano, presidente’.

“Hay que recorrer el país”, es la consigna que el presidente ha dado a sus ministros y a sus vicesecretarios de comunicación en el PP. Lo que ocurre es que en la mente presidencial este ‘road show’ consiste, como hacen las grandes multinacionales, en explicar las buenas oportunidades que la empresa ofrece para comprar acciones, es decir, para seguir votando a un PP que, es la verdad, sigue siendo el partido más cohesionado de España. Pero no sé de qué servirá tanto recorrido si no hay ideas nuevas, regeneradoras, sobre el tapete. Y ahí tiene usted, en la foto, a los Maíllo y a los Arenas aplaudiendo al jefe en Sevilla, rodeados todos de correligionarios más o menos entusiastas, pero siempre palmeros y asustados en todo caso de que otros lleguen a comerse el pastel que a ellos les corresponde, creen.

Otro tanto se podría decir de Pedo Sánchez y ‘su’ PSOE, que no es, mírese por ejemplo hacia Valencia, Asturias o incluso Madrid, ‘todo’ el PSOE. El secretario general socialista, que tuvo que abandonar apresuradamente su estrategia de ‘no, no y no’ a cuanto significase contacto con el PP de Rajoy (al que ha vuelto a asediar a asediar la Gürtel, por cierto, si es que alguna vez le abandonó), está volviendo a las andadas: en claro menosprecio de Corte y alabanza de aldea, se ha lanzado de nuevo a contactar directamente con la militancia, obviando a barones y comités federales, para explicarles ‘su’ verdad, la verdad de Pedro. La nueva izquierda. Pero, aunque alguna vez se hayan esbozado algunos rayos de luz nueva en los últimos meses, lo obvio es que las ideas renovadoras en profundidad están ausentes de sus discursos tras los que invariablemente es aclamado por ‘las bases’, a las que él cree tener bajo control y admiración.

Claro, a ninguno de los dos, ni a Mariano ni a Pedro, y de Pablo Iglesias ya ni hablamos, les sale este paseo por las Españas tan natural como a Albert Rivera, que también anda de recorrido. Del líder naranja se comprende que anda a la busca de adhesiones, de traspasos y fichajes, para completar la batalla por el ‘sorpasso’ hacia La Monloa. Porque, todo bien mirado, una larguísima precampaña electoral ya ha comenzado.

Lo que sucede es que Lo Único, es decir, la corteza de los árboles que no deja ver los árboles y menos aún el bosque, sigue acaparando titulares y, ya digo, aburrimientos: a ver qué pasa este lunes, cuando el nuevo Parlament catalán, como un torrente, convoque sesión de investidura, dejando más o menos veladamente obvio que será Puigdemont el candidato. Sospecho que, dado lo enrevesada (y, lo digo otra vez, bostezante) que se ha vuelto la política catalana, habrá pocas explicaciones sobre todo eso que este fin de semana estaban tratando frenéticamente los responsables de las formaciones independentistas: cómo se va a hacer posible esa investidura a distancia, si es que finalmente es a distancia y Puigdemont no decide –porque aquí todo lo decide él, por control remoto—darnos a todos, al Gobierno central, que sospecho que no se está enterando de nada, el primero, alguna nueva sorpresa.

Así que, ya que el patio catalán está hecho unos zorros, lo que les toca es patearse (el resto de) España, en busca más bien, insisto, de escapes, aplausos y adhesiones que de escuchar voces críticas, que es lo que uno anda haciendo estos días en los que, por sexta vez en cinco años, está recorriendo todo el territorio nacional con el pretexto de presentar un libro y un programa educativo, pero con la voluntad última de hacer una radiografía personal sobre cómo andan los ánimos ciudadanos, para lo que valga.

Algún día, estando seguro de que no prestarían la menor atención, me gustaría explicarles en algún nuevo volumen a nuestros responsables lo que en estas reuniones en Vitoria y Bilbao, en Segovia y Salamanca, en Tomares, Sevilla y Granada, en Toledo y Albacete, en Santiago y Vigo, en Oviedo y Santander, en Alicante y Valencia, en Málaga, en Zaragoza y también en Barcelona (donde algunos de Sociedad Civil me abroncaron cordialmente por ‘blando’), que son los últimos puntos de mi recorrido actual, me está llegando sobre la situación que esos ciudadanos que tienen la amabilidad de encontrarse con nosotros perciben. Desde luego, para nada me extraña la bajísima puntuación que los líderes políticos de este país reciben en los índices de valoración que publican las encuestas. ¿Lo tendrán en cuenta cuando lleguen a las concentraciones de forofos, cuando inauguren un tramo de autovía o de AVE y escuchen, acuérdate de que eres mortal, los vítores, pero nunca, nunca, los problemas de esos potenciales votantes llamados ‘gente’?

fjauregui@educa2020.es

Hay piropos y piropos…y despiropropositos

Enviado por Fernando Jáuregui | 18/01/18

El costumbrismo habitualmente me interesa menos que las salidas de tono políticas, que las ocurrencias de los gobernantes o que esas ‘payasadas’ que tan de moda se están poniendo, sobre todo desde que se practican por parte de algunos independentistas catalanes y de quienes los replican. Pero si todos estos elementos se unen es ya otro cantar. Y cuando el españolísimo piropo es el centro de la cuestión, pues qué quiere que le diga: que siempre puede ser objeto de comentario el que se busque un brusco viraje en los usos y costumbres carpetovetónicos. Sobre todo, si el tema te da la oportunidad de, por una vez, no escribir sobre Lo Único, que me parece que tan hartos tiene ya a los españoles, catalanes, claro, incluidos.

No, no es que me parezca mal que la Junta de Andalucía, a través de los institutos correspondientes, lance una campaña contra los piropos callejeros, que son “una forma de violencia de género socialmente aceptada”, dice el Gobierno de doña Susana Díaz. Bajo el lema ‘no seas animal’, esta campaña divide a los hombres piropeadores entre los que lanzan piropos de lejos (‘gallitos’), ‘cerdos’ (los que gritan ordinarieces); ‘buitres’, siempre al acecho; ‘pulpos’, que se arriman cuando pueden y ‘buhos’, que no quitan ojo a las mujeres.

Ya digo: no es que me parezca mal. Han conseguido distraernos de la angustia ante lo secesionista y ante lo absurdo, y han logrado que las redes sociales apenas hablen de otra cosa, que era a lo mejor de lo que se trataba. Pero yo animaría a la Junta andaluza, ya que se mete en estas veredas, a distinguir entre piropos y piropos, entre comportamientos nauseabundos y miserables y lo que antes se llamaba galantería. O, incluso, se llamaba, y se llama, frivolidad galante de barra de bar.

No vaya a ser que, como siempre que se exacerban las cosas –lo que en España es tan corriente–, se caiga en comportamientos y discriminaciones injustos, cuando no en el ridículo de erigirnos en Savonarolas de cualquier conducta inocente; el piropeador no es un acosador ni un delincuente, o al menos no tiene por qué serlo. Puede, eso sí, ser mal educado y hasta zafio. Pero cada conducta en particular envilece o ensalza a quien la practica, sin necesidad de juzgadores/as que vayan a lapidar a nadie. Claro que ya sabemos que a veces los tuiteros-justicieros, que tanto daño están haciendo a la convivencia en este país nuestro, no distinguen entre unas cosas y otras; todo lo confunden, no se paran en detalles a la hora de tirar la primera y la segunda piedras.

Son a veces, por cierto, esos mismo tuiteros a los que les parece tan bien casi todo lo que hace Trump, sobre quien tantas sospechas caen en relación con su comportamiento con el otro sexo. Pero claro, Trump es lo que es, algunos productores y directores cinematográficos son lo que son y el mero viandante es, en cambio, alguien que no puede defenderse de la fiscalía de los fariseos. Nos lo han dicho algunas actrices francesas, que seguro que saben mucho de piropos y hasta de acosos: no conviene exagerar porque se produce el ‘efecto boomerang’. Y se puede caer en lo patético.

Me parece que esta campaña, sin duda muy bien intencionada, hace, como algunas salidas de tono ultrafeministas –o ultramachistas–, muy poco por la verdadera igualdad entre el hombre y la mujer. Que ya ha conseguido, me parece, situarse por encima del paternalismo de quienes no tienen cosa mejor que hacer que estas campañas, tan ‘antiparitarias’, en una Junta, la andaluza, que, por cierto, funciona bastante mal en temas que afectan mucho más a la vida diaria de los ciudadanos. Y de las ciudadanas, claro.

Cuando la Navidad se celebra el 16 de enero, algo va mal

Enviado por Fernando Jáuregui | 17/01/18

Este año, la copa de Navidad que la Presidencia del Gobierno ofrece a los periodistas desde hace dos décadas se celebró el 16 de enero. Una anomalía más en el calendario político agitado de este país. No estaba la cosa como para reunirse con los informadores un día entre el 20 y el 22 de diciembre, que es cuando habitualmente tenían lugar estos encuentros. Incluso este martes, 16 de enero, los periodistas que acudíamos esperábamos ver la tensión reflejada en los rostros de Mariano Rajoy y de los miembros de su Gobierno –no todos, pero la mayoría– que acudieron al encuentro con los chicos de la prensa. La cosa seguía estando que ardía, con la constitución del nuevo Parlament catalán este miércoles.

Soy un atento observador, desde la obligada distancia –no es fácil para alguien como uno acercarse al presidente, y no por culpa de euno, claro—de Mariano Rajoy y de sus reacciones. Nunca defrauda: no hay reacciones visibles. Al presidente, en los corrillos, le preguntábamos por la constitución este miércoles de la Mesa del Parlamento, por qué hará el Gobierno en el caso de que se intente alguna ‘trampa legal’ que facilite una investidura telemática de Puigdemont, o cualquiera de las otras ocurrencias que puedan pasar por las mentes, creo que bastante agotadas y hasta agobiadas, de los independentistas. Pero Rajoy, que estuvo atento y hasta amable con esos asfixiantes corrillos que organizamos los periodistas en ocasiones como esta, da pocas señales de vida; si tiene un plan B, lo esconde bien.

Y esta fue mi desazón en la fiesta, ejem, ‘navideña’ de La Moncloa: el Gobierno no tiene idea de lo que va a ocurrir en estas dos semanas cruciales para la unidad de España y para la marcha política del país. Recurrirán al Constitucional todo lo que puedan, pero no hay política tras el muro de códigos y togas de jueces. Claro que tampoco los independentistas parecen saber, por las últimas noticias que nos llegan desde su frontera particular, qué hacer: chocarán contra el 155, contra el juez Llarena, contra el Supremo en pleno, chocarán contra sí mismos –las divisiones internas ya son más que patentes. ¿Cómo no, cuando la dirección política del tren que va al abismo la lleva Puigdemont?–. A partir de este miércoles, por si hiciera falta, quizá vayamos a asistir a la crónica de la chapuza política más grande que se haya ensayado en esta nación en un siglo.

Pero eso sí: puedo certificar, ya digo que como forzado observador desde la distancia, como oyente desde el fondo de los corrillos, que a Rajoy no se le mueve un pelo. El presidente del Gobierno más agobiado de las últimas ocho décadas aparece relajado, calmoso. No es como si no pasara nada: estoy convencido, cada día más, de que él cree que en realidad no pasa nada, que todo se va a arreglar con el paso del tiempo, ya se pudrirá lo malo y florecerá lo bueno. Me lo comentaba un corresponsal extranjero, que por una vez ha encontrado un trato aceptable en La Moncloa: al menos, me dijo, esa actitud de lord inglés paseando por Bond Street tranquiliza a los ciudadanos. O no…que diría el propio Rajoy. A mí, si le digo la verdad, todo me sonaba, uno mismo incluido, casi a fin de ciclo. Esto se agota y no hay nada que lo sustituya. Feliz post Navidad, que es como la posverdad con canapés retrasados.

fjauregui@educa2020.es

Un Parlament que va a ser la casa de los líos

Enviado por Fernando Jáuregui | 14/01/18


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(Han conseguido sembrar el caos, al no haber podido instaurar el golpismo, en el Parlament)

Cuando, este miércoles, se constituya el Parlament salido de las urnas catalanas el pasado 21 de diciembre, seguramente se habrá dado un paso más hacia un nuevo caos. Que es lo que los independentistas, con la complicidad del mirar a otro lado de los constitucionalistas, han traído a Cataluña desde que esa catástrofe ambulante llamada Artur Mas –este lunes, en los tribunales– decidió romper con sus antiguos planteamientos en 2012 y lanzarse por el camino del ‘procés’.

Dicen que seguramente será Ernest Maragall, otrora hombre fuerte en el PSC, hoy en la órbita de Esquerra, quien suceda a la golpista Carme Forcadell al frente del Legislativo catalán: el hermano del que fuera ‘president de las ocurrencias’, Pasqual Maragall, es conocido por sus bandazos y por un temperamento, ejem, peculiar; en todo caso, no mandará mucho, porque va a estar teledirigido desde la prisión de Estremera, piensan no pocos en Barcelona. Y este es ya un dato del caos que viene a superponerse al caos ya existente.

Las especulaciones de última hora creen que hay un pacto subterráneo entre Esquerra y la plataforma de Puigdemont para ‘repartirse’ el Parlament y el Govern, dado que el huido en Bruselas no parece cejar en su pretensión, quien sabe si imposible, de presidir la Generalitat, aunque sea por persona interpuesta.

Aseguran que este fin de semana se estaban produciendo ‘conversaciones telefónicas muy intensas’ con la capital belga, visitada muy asiduamente por los incondicionales ‘puigdemontistas’ de JxCat, que no son exactamente los mismos que ahora comandan el timón del PDeCat, sucesor de Convergencia Democratica de Catalunya. Es, ya lo sé, un lío, pero qué quiere usted: es el lío que ha ido montando, en su (falta de) estrategia un personaje con tan poco fuste político y tanta carga aventurera como Carles Puigdemont, que, me consta, tiene horrorizados a sus antiguos socios de la Esquerra Republicana. Que, de acuerdo, puede que sigan siendo sus socios, pero que claramente divergen en cuando a planes y tácticas con el huido, cuyo futuro personal y profesional parece, en estos momentos, bastante comprometido y más bien lejano de la presidencia de la Generalitat.

Todas estas incógnitas las hemos de resolver en los próximos quince días, antes sin duda de que se celebre una sesión de investidura que hoy parece no tener unos perfiles demasiado definidos, más allá de que el molt honorable president de la Generalitat será, claro, un independentista. O nadie, si los de Puigdemont insisten en la pretensión de que sea este, telemáticamente o como fuere, el investido desde la distancia. Mil trescientos kilómetros, el doble que el recorrido entre Barcelona y Madrid, separan a la Ciudad Condal de Bruselas: difícil gestionar el día a día de los catalanes, aunque sea a través, ya digo, de persona interpuesta, desde tan lejos.

Así que andamos, de nuevo, asomados al abismo. Sin que se encuentren soluciones políticas de diálogo ‘con Madrid’, donde parece aguardarse a que las fuerzas independentistas lleguen a algún tipo de solución que no les eche encima a los jueces…o que se estrellen en sus propias especulaciones. Resulta sorprendente, en todo caso, la pasividad de las fuerzas constitucionalistas, mucho más atentas a lo que dicen las encuestas sobre intención de voto de los españoles, que a lo que pueda o no ocurrir en este trozo de España llamado Cataluña.

Están todos como a la espera, mientras se enzarzan en debates internos sobre si hay o no que hacer una remodelación ministerial para insuflar aire nuevo al partido, en el caso del PP, o si hay que ir más o menos a la izquierda para anticipar los movimientos que puedan darse en Podemos, en el caso del PSOE. En cuanto a Ciudadanos, ya incluso están hablando de con quién gobernarán y cómo, a la vista de que algún sondeo les da como hipotéticos ganadores en unas elecciones generales.

Quizá lo que estoy afirmando pueda parecer injusto, pero es una percepción generalizada en muchos círculos políticos y profesionales: una vez más, el resto de España mira hacia otro lado cuando de Cataluña se trata. Quizá porque nadie encuentra soluciones al inmenso lío que allí se ha montado. Quizá porque no han entendido que es imposible ganar votos en Gerona y en Zamora al mismo tiempo y que, por tanto, ha llegado el momento de ser impopular, inmolarse, en busca de soluciones para arreglar algo, algo, la relación con el nacionalismo-separatismo catalán, que es el principal problema que tenemos ahora todos los españoles. El independentismo. Que no ha podido ver triunfar su tan mal planteada revolución, pero que tampoco ha visto que naufrague del todo, ante el éxito en las urnas. Y es hora de imponer algo, algo, de cordura en la vida política catalana y, de paso, en el conjunto de la española, que ya se va deslizando otra vez por los cauces desgraciados de 2016.

Con los partidos ‘reorientándose’, con el Parlamento nacional casi cerrado por vacaciones, con el Ejecutivo bajo mínimos en medio de voces que reclaman una crisis gubernamental, con el Judicial en plena polémica interna sobre lo que se puede o no hacer en una coyuntura inédita que está poniendo a prueba la eficacia de no pocas leyes, el Parlament se pone en marcha. Vuelvo al titular con el que encabezo este comentario: me temo que los líos están asegurados en aquella casa imposible.

fjauregui@educa2020.es