Ahora se ve que Rajoy perdió una oportunidad

Enviado por Fernando Jáuregui | 01/05/18


(Rajoy ama rodearse de los suyos. Pocas veces se abre verdaderamente a otras opciones, a la sociedad, aunque cierto es que, por las últimas declaraciones de Pedro Sánchez, parece haberse ‘ganado’ al líder socialista. Más porque comparten enemigo, Ciudadanos, que por otra cosa, claro)
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Cuando, hace siete semanas, Mariano Rajoy decidió limitar su ‘remodelación’ gubernamental a la sustitución de Luis de Guindos por Román Escolano al frente del Ministerio de Economía, perdió, a mi juicio, una espléndida oportunidad para poner orden en el cada vez más revuelto gallinero que empieza a ser su Consejo de Ministros. Y, naturalmente, dejó pasar la ocasión de ofrecer una imagen nueva, más abierta, que incorporase al Ejecutivo eso que se llama ’sensibilidades’ políticas diferentes. Ahora, desde hace un mes, se ve que también desdeñó deshacerse de figuras ‘quemadas’ que puedan estar lastrando el funcionamiento de un Gobierno demasiado agobiado por variadas coyunturas y problemas que requerirían un elenco ministerial algo más reforzado en puntos clave, como Hacienda, Justicia, Interior, Comunicación y Exteriores, entre otros.

Vaya por delante que el párrafo anterior no implica un juicio negativo sobre la actividad del Ejecutivo, en general: el Gobierno de Rajoy está teniendo que hacer frente a pruebas que muy pocos primeros ministros europeos y sus equipos hayan tenido que afrontar. Pero los grandes males se afrontan, entiendo, con grandes remedios, y no con parches que todo quisieran disimularlo. Si ocurre que un enfrentamiento patente entre la vicepresidenta y la titular de Defensa provoca innecesarios quebrantos en el funcionamiento del Gobierno central, algo habría de hacerse más allá de esperar a ver si a una se la designa candidata al Ayuntamiento de Madrid y la otra regresa a sus cuarteles de invierno castellano-manchegos, destinos, por cierto, para nada apetecidos ni por la una ni por la otra.

Y así, con todo lo demás. Si el titular de Justicia mantiene un largo y casi abierto contencioso nada menos que con el máximo representante de la Judicatura, Carlos Lesmes, no conviene esperar a que una metedura de pata verbal del señor Catalá en un asunto popularmente muy sensible una a todas las asociaciones judiciales y fiscales a la hora de pedir su dimisión, ya sugerida ante las reivindicaciones salariales y de otro tipo que podrían provocar una huelga de togas dentro de tres semanas. Lo que le faltaba a un Gobierno agobiado por las encuestas, por los juicios por la corrupción pasada, por lo que está ocurriendo en la Comunidad de Madrid, por las protestas de pensionistas…

Lo mismo podría decirse del titular de Hacienda, que provoca la hostilidad de no pocos sectores de la sociedad, algo que, por lo demás, podría considerarse normal dado el cargo del señor Montoro, que, además, ha incurrido en las iras nada menos que del magistrado que ‘lleva’ el ‘caso Cataluña’, alguien en cuyas manos, en el fondo, el propio Rajoy ha dejado casi la gobernación del Estado.

Se entiende mal que el presidente no haya aprovechado, así, la ocasión que le brindaba el paso de Guindos a un rentable y visible puesto europeo para hacer una crisis ministerial en toda regla. Es decir, cambiando incluso el organigrama de su Gobierno, dando paso a figuras independientes, conectadas con la sociedad catalana –que es hacia donde hay que enfocar buena parte de la actividad gubernamental–, haciendo, por qué no, incluso un guiño a Ciudadanos, en lugar de facilitar la hostilidad actual, que le gana un enemigo –o, al menos, un competidor– en lugar de proporcionarle un futuro aliado.

Que no digo yo, oiga, que Rajoy tenga la culpa de todos los males. Al contrario: muchos de ellos ha podido y sabido conjurarlos con su conocida estrategia de dejar que los problemas se pudran. Pero el momento de los cambios profundos, de dar pasos hacia una renovación que sin duda los españoles habrían agradecido y valorado, ha llegado hace ya bastante tiempo, sin que Rajoy parezca percibirlo. Y, así, se encuentra hoy ante un cúmulo de problemas generados desde el propio ‘bando amigo’, con ministros que no se entienden y dicen cosas contrapuestas, que hacen declaraciones disparatadas, que se unen en corro para cantar juntos el ‘soy el novio de la muerte’ y que, sobre todo, imitan a su jefe a la hora de evitar dar la cara en cuanto tienen la oportunidad, pese a que la mayoría de ellos mantiene, reconozcámoslo, un talante digno de encomio.

Ha sido este de Rajoy un Gobierno quizá hasta heroico a la hora de mantener la calma ante tormentas de enorme envergadura, como la catalana. Pero esa consideración se conjuga ya en pasado, temo. Y la tormenta sigue. O quizá arrecia, y entonces ¿qué?.

fjauregui@educa2020.es

Hay que leer con cuidado las encuestas

Enviado por Fernando Jáuregui | 30/04/18

¿Cuánto afecta el lamentable ‘caso Cifuentes’ a las expectativas de voto del Partido Popular en Madrid? La verdad es que los sondeos que se publican estos días, previos a la gran fiesta de la Comunidad madrileña, no han tenido el tiempo suficiente para recoger en sus muestras la que posiblemente sea indiferencia despectiva de la ciudadanía ante el espectáculo que esa llamada ‘clase política’ está dando. Hay que leer cuidadosamente las encuestas, me advierten quienes de esto saben porque es su trabajo diario: el PP no se hunde tanto como quieren algunos titulares, el PSOE se mantiene bastante equilibradamente dentro de la atonía, Podemos desciende algo –algo—y Ciudadanos sube patentemente, pero nadie puede asegurar que tal ascenso sea imparable: el menor tropiezo puede dar al traste con el ‘Macron español’. Así que…

Así que parece que aún queda mucho partido por jugar hasta las elecciones de dentro de un año –municipales y autonómicas—y más todavía hasta los comicios generales, sean a finales de 2019 o en junio de 2020, como aún pretende Mariano Rajoy. Porque los próximos meses –este mayo sin ir más lejos—van a estar llenos de tropiezos y de acontecimientos: hay quien piensa que episodios tan chuscos como el de la señora Cifuentes, que ha pasado al ostracismo político desde sus antiguas posiciones numantinas, van a ser casi el pan nuestro de cada día. Sí, porque la sociedad española, véase la reacción, me parece que bastante lógica, ante la sentencia de ‘La Manada’, anda como desorientada, en busca de liderazgos, y está dispuesta a no dejar pasar ni una. Ni una más.

¿Es algo de esto lo que se desprende de una lectura atenta de ‘las tripas’ de las variadas encuestas que andan circulando por ahí? Yo diría, apoyado por algunos especialistas, que no es descabellado pensar que la ciudadanía está extremadamente escéptica ante lo que hacen y no hacen nuestros políticos, harta, literalmente, de lo que pase o no pase en la Cataluña que lleva ya seis meses de aplicación del artículo 155, y está empezando a exigir soluciones ‘políticas’ que no pasen necesariamente por dejarlo todo al implacable brazo togado, que puede acabar siendo más problema que solución.

O sea: que muy probablemente haya que empezar a pensar en ejercer la gobernación de los españoles de forma radicalmente diferente. A lo largo de una dilatada gira por veintiséis ciudades españolas para presentar un libro y otros trabajos, he podido reunirme con no menos de dos mil quinientas personas en los últimos seis meses –o sea, los ‘meses del 155’–, yo diría que la mayor parte de ellas enmarcadas en lo que podríamos llamar expectativas bastante conservadoras, sobre todo por la edad: puedo asegurar que, excepto quienes ejercen cargos en el partido gobernante, no he encontrado ni un solo hombre o mujer que defienda ardorosamente las políticas de Rajoy. Hay mucha gente comprensiva con lo hecho en el pasado, e incluso se elogia la ‘calma rajoyana’ –yo mismo, confieso, la aplaudo—a la hora de enfrentarse a problemas con los que muy pocos dirigentes europeos han tenido que lidiar. Pero…

Pero está claro, y me sigo refiriendo a las ‘tripas’ de las encuestas que algunos saben leer mucho mejor que quien suscribe, que ni siquiera los más mayores consideran ya que Rajoy es el hombre para afrontar en solitario los muchos cambios que hay que hacer para que la sociedad, como se demostró con la indignación popular con los jueces de ‘la manada’, no se sienta por completo desconectada de sus representantes, para que la ciudadanía deje de encogerse de hombros –o algo peor– ante los dislates de quienes pretenden dirigirla. Seré más tajante: Rajoy, presidente del Gobierno central, presidente del PP y por tanto jefe de Cifuentes y compañía, president accidental de la Generalitat mientras el 155 lo quiera, ha sabido mantener este equilibrio inestable en el que ya casi nos hemos acostumbrado a vivir en tanto que los datos macroeconómicos nos sonrían. Pero esto tiene que cambiar, no tiene más remedio que cambiar. Sí, lo digo yo, que no soy nadie, pero también las encuestas, para lo que valgan.

fjauregui@educa2020.es

Todo –o nada– ocurrirá este mayo

Enviado por Fernando Jáuregui | 30/04/18


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(mayo, mes de las bodas, de los encuentros, de las flores a María…)
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Mayo, el mes florido, es tiempo de casamientos, de excursiones, de planes para el verano. Este año, en España, es mes en el que políticamente puede ocurrir casi de todo: desde el ‘arreglo’ de la situación en Cataluña –bueno, arreglo provisional en todo caso, claro—hasta que haya que repetir elecciones, y entonces ya veríamos. También será el mes que previsiblemente contemple el reforzamiento de los pactos que consoliden a Mariano Rajoy en La Moncloa al menos hasta que, a finales de 2019 o en la primavera del 20, convoque las elecciones generales, y entonces también veremos lo que ocurre: según el peculiar calendario político hispano, falta una eternidad para eso.

Así que ya digo que es mucho lo que va a suceder en las semanas que vienen. Entre otras cosas, tendrá Rajoy que solucionar la crisis en su partido, un PP que, como se verá ya el próximo miércoles en Madrid, tiene un boquete en la capital, además de en Cataluña, en Andalucía –dicen las encuestas–, en Valencia y en el País Vasco, al menos.

Quienes saben de política aseguran que es imposible ganar unas elecciones generales sin tener una mayoría en Madrid y Andalucía y sin contar con un buen granero de votos en Cataluña. El PP sigue siendo fuerte en Galicia –y todas las miradas se dirigen ahora al presidente de la Xunta, Alberto Núñez Feijoo–, en Castilla y León –ahora, el salmantino Mañueco sustituirá a Juan Vicente Herrera al frente de la Junta–, en Murcia y conserva una plaza relativamente fuerte en Madrid, pero con las encuestas avisando de un dramático descenso en la capital. El ‘caso Cifuentes’ ha ocasionado un daño al partido gobernante que aún resulta difícil de evaluar, pero el destrozo en la CAM ya está hecho, y lo comprobaremos cuando, el próximo día 2, el omnipresente vicesecretario Pablo Casado y la vicepresidenta Sáenz de Santamaría sean casi los únicos ‘populares’ en comparecer en la otrora glamurosa fiesta conmemorando el alzamiento contra la Francia napoleónica.

Ya comprobaremos si los pronósticos que dicen que SSS y Casado serán los candidatos para la reconquista de Madrid se cumplen; no me parece que la vicepresidenta esté muy convencida a la hora de aceptar ese destino que algunos le proponen, cuando las encuestas dicen que el ascenso de Ciudadanos amenaza la hegemonía de los populares en la Comunidad madrileña. En todo caso, auguro mucho morbo periodístico en el pasilleo de la Casa de Correos este miércoles.

Lo de Cataluña pinta bastante peor para el PP. El mantenimiento de la aplicación del 155 ha arrasado con el escaso apoyo que el partido gobernante aún tenía en esta Comunidad. Alguna solución de urgencia habrá de arbitrar Rajoy para mantener siquiera una presencia testimonial en el territorio, más allá de lo que representa el delegado del Gobierno. En Valencia, las corruptelas pasadas han dañado muy seriamente al partido, y en Andalucía, la otra gran región política, los sondeos indican invariablemente que el PP no logrará destronar a los socialistas y que, lo que es aún peor, que Ciudadanos morderá una buena parte del voto ‘popular’ en la región.

Hay que ser muy miope para no darse cuenta de que el partido que gobierna en España desde finales de 2011 está bastante enfermo. Necesita una renovación más allá de cambiar la gaviota, o el charrán, por una encina modernista. Ciudadanos está ‘tocando’ a los militantes regionales más válidos, una OPA hostil cuyas consecuencias aún no se han comenzado a visualizar. El partido más numeroso en militantes, en sedes y en implantación, el que hasta el momento aparece como el más cohesionado, pierde gas, fuerza y liderazgo, y este mismo mes de mayo tendrá que empezar a implementar soluciones radicales. Previsiblemente, no lo hará, porque el jefe máximo anda como distraído, sin duda preocupado hasta mucho más allá de lo que su calma proverbial deja entrever, por lo que está ocurriendo en Cataluña y no solo en Cataluña, claro. Rajoy, o alguien, necesita tiempo, dedicación y voluntad para reparar las enormes vías de agua que se le han abierto a su partido, que es sin duda una formación necesaria para la estabilidad del país.

Como decía al principio, mayo es mes de casamientos. Que es lo que el PP y España, necesitan: pactos, acuerdos, mucho más que lanzarse desde ya a la preparación de las batallas electorales que se nos echan encima, quién sabe si Cataluña la primera y Andalucía la segunda. Cómo saberlo si apenas estamos entrando en el proceloso mar de los sargazos de mayo.

fjauregui@educa2020.es

Ante el 1 de mayo, antes Fiesta del Trabajo…

Enviado por Fernando Jáuregui | 30/04/18

Cada 1 de mayo, desde hace ya años, muchos comentaristas insisten en la necesidad de que los sindicatos –y, de paso, los partidos políticos—actualicen sus mensajes sus objetivos, sus tácticas su estrategia, su ética y su estética. O sea, todo. La verdad es que el entusiasmo por la vida sindical, que se ha mostrado a veces tan despegada de la ciudadanía, no parece haber aumentado sensiblemente ni siquiera con el relevo de caras que las dos principales centrales sindicales de clase, UGT y Comisiones Obreras, han experimentado no hace mucho.

Y sí, los sindicatos y los partidos españoles –y, en general, creo que puede afirmarse lo mismo en casi todos los países del mundo—han cometido errores de acuerdo; quizá, incluso, corruptelas y egoísmos, que les han llevado a olvidarse ocasionalmente de su ‘clientela’, los votantes y los afiliados. Pero lo más grave, con todo, es que ni unos ni otros han sabido adaptarse a unos tiempos que han cambiado, en la última década, mucho más que en el medio siglo anterior. Ni la robotización, ni siquiera Internet, ni la velocidad con la que desaparecen algunas modalidades de trabajo para ser sustituidas por otras impensables apenas un par de años antes, han sido constantes asumidas suficientemente por unos sindicatos y unos partidos que permanecen, en general y salvando algunas excepciones personales, bastante anclados en un pasado que ya se sabe que siempre fue mejor…sobre todo para algunos.

Los sindicatos y los partidos políticos son el arquitrabe de una democracia que debería ser moderna, continuamente perfeccionada, cada día más exigente. Pregunté a un dirigente del PP si, a la reciente convención –malhadada convención—del partido en Sevilla se había invitado a youtubbers. Casi prefiero no reproducir la respuesta, ignorante e incomprensiva. Otro dirigente de la misma formación, que es la que por cierto nos gobierna, me aseguró, cuando le expresé mi pesimismo por la marcha de las cosas en Cataluña, que, en el fondo, nada ocurría, porque “las panaderías siguen abriendo cada día”. Y, ante mi inquietud sobre las razones que impulsaron a UGT y CC.OO a unirse a la huelga política’ de la CUP y los CDR en Cataluña, un dirigente ugetista me replicó que “hay que estar donde la gente quiere que estemos”. ¿Seguro que toda la gente quería ver a los líderes sindicales portando la pancarta de la independencia?

Esta actitud acomodaticia, perezosa ante el cambio y ante la adopción de soluciones tajantes y nuevas para los grandes problemas, es la que, me parece, está divorciando a partidos y sindicatos de esa sociedad civil que, en el fondo, a ellos no les interesa que funcione demasiado; no, al menos, demasiado al margen de las propias organizaciones sindicales y partidarias. Y así van a la zaga de las reivindicaciones de la ciudadanía, como la igualdad salarial para hombre y mujeres, que solo ahora entra en los lemas de este 1 de mayo, cuando es una cuestión que ha sido lacerante durante siglos…y que ahora ya empieza a corregirse algo –algo–.

Lamento escribir todo esto cuando ya las calles se preparan para albergar las grandes’ –bueno, veremos que no tan grandes—manifestaciones en el Día del Trabajo. Un trabajo que está cambiando en sus modalidades, en sus clasificaciones, en sus afanes. Hay que empezar por variar la propia concepción del trabajo, de lo que son clases medias, de lo que constituye lo que se llamó el sector obrero. Los grandes problemas de los individuos en su relación con el mundo laboral (y, claro, con el ocio) simplemente no están recogidos en los planteamientos de quienes planifican jornadas como este Primero de Mayo, una fecha que los mayores, que hubimos de vivirla cuando salir a la calle era un riesgo prohibido por las autoridades, sabemos que hoy significa casi nada: eso es lo que han conseguido.

fjauregui@educa2020.es

Aprendiendo a bailar el Valls

Enviado por Fernando Jáuregui | 22/04/18

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(hay que aprender a bailar el Valls)
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Albert Rivera anuncia que habrá más sorpresas tras lo de Valls. Así que todos atentos a los pequeños detalles, como si no estuviésemos en medio de la crisis política y moral más profunda que haya aquejado a España desde 1898: la ciudadanía quiere novedades, rostros nuevos, sorprendentes. Algo. Está harta, y las encuestas dominicales lo evidencian, de la impasibilidad de Rajoy, de los volatines de Iglesias, de la inanidad de un metro noventa de Sánchez. Y, claro, del ‘affaire’ lleno de verdades y mentiras de Cristina Cifuentes, de la ‘lista’ de Errejón, que es como la de Schlinder, salvando carreras políticas, de…

Lo cierto es que, pese a que cada día ocurren en este país nuestro cosas inéditas en el mundo mundial, inexplicables, ridículas, repasas cada día decenas de periódicos y parece que nada está pasando. No hay noticias tangibles, la provisionalidad derivada de lo que ocurre en Cataluña a todos nos desespera, viendo cómo se deterioran día a día, poco a poco, el Ejecutivo, el Legislativo y, quizá sobre todo, el judicial. Así que llega una oferta para que el ‘francés’ Manuel Valls se convierta en candidato a la alcaldía de Barcelona y los de la ‘competencia’ pierden el paso y el resuello: al fin algo nuevo, carne que asar para bien o para mal, dice la opinión pública. Y esto, sospecho, es solo el comienzo de la búsqueda de gente nueva, candidatos con los que sorprender al personal ciudadano, tan aburrido en el secarral de ideas políticas. Hay que bailar un Valls con quien sea, como sea. El caso es girar al son de cualquier música, aunque no sea un Valls.

De modo que estamos a punto de meternos en un decisivo mes de mayo en el que, ya desde el primer día, se evidenciarán las arrugas profundas que el’procés’ catalán ha dejado en los sindicatos, y el segundo veremos las cicatrices que el ‘caso Cifuentes’, que sigue a los ‘casos’ Aguirre, Gallardón, González o Granados –no meter a todos en el mismo saco, por favor–, ha provocado en la Comunidad que es la joya de la corona para el partido gobernante en España. No está mal para empezar, teniendo en cuenta que será seguramente el mes en el que sabremos si Rajoy saca o no adelante los Presupuestos y si los catalanes tendrán o no que ir a las urnas en función del grado de incompetencia de quienes ganaron las elecciones el pasado diciembre, o sea, los ‘indepes’.

Pero, claro, todo esto es un proceso largo, la progresiva carcoma que corroe las entrañas políticas del país desde aquellas elecciones a finales de 2015, que sirvieron para estropearlo todo un poco más. Y quien más impresión ofrece de que nada ocurre es Don Tancredo mirando al tendido, mientras Rivera le gana por cinco a cero, como el Barça al Sevilla, en un marco en el que las banderas contrapuestas ondean al sonido de los pitos y los aplausos de las dos Españas, con el jefe del Estado firme y teniendo que hacerse nerudianamente el ausente. Pero en el PP, a pesar de la aparente flema de Don Tancredo, cunde el pánico, me consta, no solamente por las poltronas por perder, sino por el ridículo por hacer, domingo tras domingo, en las encuestas que consideran al partido (y a su líder) tocado y como hundido, aunque la verdad vaya, quizá, a ser muy distinta a la hora de las urnas.

En eso confía Don Tancredo, que cree, pese a la que tenemos liada en Cataluña –y no solo–, que no lo está haciendo tan, tan mal. Pero el (Mon)toro de Miura está aprendiendo a embestir a la estatua. Y, aunque es cierto que Don Tancredo, con su inmovilismo, ha protagonizado lances sorprendentes, todo indica que, entre Cifuentes –que da sus últimas boqueadas–, el todavía ministro de Hacienda, cierto magistrado del Supremo y el hasta ahora miembro de la cuadrilla ‘Riverita’, le están serrando las patas del taburete. Cuídese Don Tancredo de los ‘idos’ de mayo, no vaya a ser que quien tenga al final que irse, por muy atada que tenga la Legislatura con el PNV, sea él, y encima empitonado. Así que tendrá que intentar bailar un Valls con quien se deje o se preste, si es que al final encuentra pareja para llegar, al menos, hasta el 2020.

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¡Es la nueva era, estúpido!

Enviado por Fernando Jáuregui | 21/04/18

Me acojo a la referencia de la agresiva frase del asesor de Clinton, ‘¡es la economía, estúpido!’, para, transformándola, hacerme llegar, incluso a mí mismo, el mensaje de que ya no podemos disimular que la España de 1968 nada tiene que ver con la actual, ni aquel mundo, aquella Europa, con los de hoy. Me parece, pues, justificada la polémica, estéril por lo demás, suscitada por el anuncio de la disolución de ETA: han sido cincuenta años de pesadilla protagonizados por la banda asesina, que –el 7 de junio se cumple medio siglo del primer crimen, contra el guardia civil Paradinas–, simplemente, ha perdido la batalla y hasta ha tenido, de alguna manera, que reconocer su absoluto fracaso, su derrota empapada en sangre. Se acabó.

Aquella de 1968 era una España en dictadura, que miraba con envidia a una Comunidad Económica Europea que sabíamos que jamás nos aceptaría en su seno hasta que la democracia nos llegase. Llegaría, con la Constitución, diez años después. Y ahora aquí estamos, ante la crisis política sin duda más grave en cuatro décadas, preguntándonos quiénes en realidad somos, de dónde venimos y hacia dónde vamos a parar. Inquietudes que son mucho más trascendentales que saber quiénes ganarán las elecciones municipales y autonómicas, que a veces parece ser la máxima preocupación de nuestros representantes.

No me basta con los mensaje de tranquilidad que nos lanza el Gobierno de Rajoy, heredero y protagonista de mucho de lo bueno y lo malo que nos ha pasado en este medio siglo, que algunos –por favor, no nos culpen de ello—hemos vivido con intensidad de mirones profesionales. No basta con que el Partido Nacionalista Vasco, que algo tuvo que ver con el nacimiento de la pesadilla, y mucho con la solución al problema de ese terror, vaya ahora a apoyar los Presupuestos del partido conservador que preside Rajoy, quizá garantizando a ese Rajoy un par de años más en La Moncloa (después no, ya no estará allí). Ni basta con que los españoles del lado de acá prácticamente hayamos dado por amortizado, enquistado, irrecuperable, el ‘problema catalán’, pensando que el tiempo lo arreglará, cosa que no deja de ser un pensamiento muy ‘rajoyano’, si usted me permite el palabro.

Vivimos los ciudadanos en el ensimismamiento: si, con nuestro sufrimiento, con nuestro sacrificio, hemos logrado vencer a la bestia sanguinaria, ¿cómo no vamos a ganar a esos independentistas caóticos que parecen el ejército de Pancho Villa? Hay, incluso, quien quisiera juzgarlos, a esos independentistas sin rumbo ni concierto, como a terroristas, dislate máximo impulsado por ciertos brazos togados con puñetas.

Y es que algunos se quieren refugiar en la indudable fuerza del Estado para tapar problemas que empiezan a ser seculares. No será metiendo en la cárcel a media Cataluña e inventando calificaciones penales abusivas como resolveremos una cuestión delicadísima, el alejamiento de los catalanes –incluso no independentistas—del resto de nosotros, los españoles. Una cosa es cumplir la ley, y otra aplicar la ‘summa lex’, que siempre trae la ‘summa iniuria’. Enorme dilema el de hasta dónde hacer llegar el peso de la ley cuando de política y de sentimientos –el nacionalismo es un estado de espíritu— se trata.

Mientras, nos entretenemos con el espectáculo de la pequeña política. Que si Cristina Cifuentes se marcha o deja de marcharse –que se marchará; no creo que llegue ni al 2 de mayo–; que si el ‘francés’ Manuel Valls quiere convertirse en el alcalde de Barcelona, nada menos: menuda jugada ha hecho Albert Rivera, descolocando a todos; que si Carolina Bescansa e Iñigo Errejón y Pablo e Irene y Tania, y… Maaadre mía.

El caso es que la economía va sustancialmente bien (para unos mejor que para otros) y el futbol funciona a todo ritmo, aunque sea con abucheos, este espectáculo tremendo que va para diez años, al jefe del Estado y al himno nacional, pitidos soeces que a veces nos recuerdan que no todo marcha con normalidad en esta España que debe aceptar de una puñetera vez que ya hemos entrado en una nueva era, y que de nada sirve discutir si el arrepentimiento de los asesinos es real o ficticio.

Lo importante es saber que no volverán a matar, así que algo ha mudado para siempre, Dios sea loado. Junto con mi compañero Federico Quevedo, escribí un libro titulado ‘¡Es el cambio, estúpido!’; se lo hicimos llegar a Rajoy y comprobé inequívocamente que ni el título ni el subtítulo –se hablaba de una ‘segunda transición’—le gustaban. Pero el cambio llega y ahora ‘es la nueva era, estúpido!’, y conste que me aplico en primer lugar a mí mismo la frase del tal James Carville, asesor cuestionable de Bill Clinton que pasó a la fama solo por este exabrupto. Sería, en efecto, una estupidez no constatar que ya nada es lo mismo, y nada va a ser nada igual, ni remotamente parecido, a lo que fue. Actuemos impulsados por esta evidencia, pues.

Ahora comprendo por qué a Rivera le va tan bien

Enviado por Fernando Jáuregui | 19/04/18

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(Albert, acuérdate de que eres mortal)
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Las formaciones políticas españolas, muchas de ellas al menos, deberían hacérselo mirar. Menuda catástrofe, entre títulos falsificados, procesos por la corrupción pasada, espectáculos derivados de ambiciones sin cuento y falta de ideas renovadoras. Nunca como ahora, quizá, estuvieron nuestros partidos tan distanciados de los ciudadanos, lo cual es, sin duda, grave, teniendo en cuenta que la nuestra es una democracia basada y asentada en el sistema partidario.

En el Partido Popular, entre el máster de Cristina Cifuentes y las meteduras de pata -que para mí no lo son tanto, pero en fin…– del ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, resulta difícil evidenciar una mayor descoordinación informativa, táctica y estratégica, de la que ya existe. El PSOE anda desautorizando a su ‘hombre en Madrid’, que era el hombre de Pedro Sánchez, es decir, José Manuel Franco, por su ‘charla informal’ con la alcaldesa Manuela Carmena, en la que presuntamente se llegó a hablar de que los socialistas ofrecerían a la edil la candidatura a la Villa et Corte, algo prontamente desmentido desde el propio Ayuntamiento y desde Podemos: jamás aceptaría Carmena, dicen estas fuentes, ir en otra lista que no fuese la de Ahora Madrid, es decir, la apoyada por los ‘morados’. Menudo zasca –espantosa palabra– a quienes, desde el PSOE, creían poder hacerse, mediante una maniobra de aproximación a Carmena, con el municipio más importante y emblemático de España. No: ella, pese a sus encontronazos con algunos de sus concejales más irreductibles, sigue fiel a quienes la llevaron al sillón en La Cibeles. Una muestra más de que Franco no es, desde luego, licenciaturas en matemáticas aparte, Metternich precisamente.

Y ahora que hablamos de Podemos…

Bueno, la última de Podemos ha sido una metedura de pata monumental, que evidencia, sin embargo, hasta qué punto está averiada esta formación. Pues claro que ha habido conversaciones entre Iñigo Errejón y Carolina Bescansa (y más gente) para disminuir, o incluso acabar, con la hegemonía un tanto absolutista de Pablo Iglesias. Pero esas conversaciones, plasmadas en un documento interno, se filtraron al exterior gracias a un ridículo (y cuestionable) error informático. Un error que ha puesto de manifiesto que, desde la Comunidad de Madrid, si es que la gana en las elecciones del año próximo, Errejón trataría de construir una alternativa al cada día más ampliamente contestado tandem Iglesias/Irene Montero.

Demasiadas luchas por el poder, conspiraciones en grado de tentativa o vaya usted a saber en qué fase se encuentran, peleítas partidistas que recuerdan aquel dicho, atribuido a Schröder, “hay enemigos, enemigos a muerte y correligionarios”. Y lo vamos comprobando en el PP, que era hasta ahora el partido más numeroso, mejor estructurado y más cohesionado del panorama político español. Se hace patente también en el PSOE, donde las guerras internas son ya legendarias y lo evidenciamos igualmente en Podemos, donde todo tiene aires de futura, aunque quizá a no tan corto plazo, escisión, quizá porque el liderazgo de Iglesias se hace cada día más insoportable para una fracción de este partido y de sus asociados. Aunque forzoso es reconocer que Iglesias supo manejar esta crisis bastante bien, logrando una ‘lista unitaria’ en Madrid.

Lo que más castiga el electorado, dicen las encuestas desde siempre, es la falta de unidad interna, las contradicciones, la falta de liderazgo, en los partidos. Quizá por eso les va tan bien a los de Ciudadanos en los sondeos: el liderazgo de Rivera no se discute
-algunos le han querido enfrentar con Inés Arrimadas, pero esto no es lo de Pedro Sánchez y Susana Díaz, ni mucho menos–, entre otras cosas porque en el entorno de Rivera faltan figuras de auténtico nivel. No hay, por otro lado, historias de corruptelas en el partido, aún no demasiadas al menos, y el mensaje sigue siendo transversal: ni demasiado de derechas –aunque cada vez se decanten más hacia ese lado, para arrebatar clientela al PP– ni demasiado de izquierdas. La formación naranja solamente ‘pincha’ ante nacionalismos como el vasco o, lo que viene a ser casi lo mismo, el navarro. Y es enemiga mortal, claro, del secesionismo catalán, lo cual es algo que a C’s le viene bien en el resto de España.
Las encuestas que conozco indican que Ciudadanos es, además, un partido mejor aceptado intergeneracionalmente. Si PSOE y, sobre todo, PP, encuentran su acomodo apenas en los mayores de sesenta años, y Podemos apenas en los menores de treinta, C’s sería el partido de las generaciones entre los treinta y los sesenta, pero penetrando algo en los más jóvenes y en los más mayores.

Y además, ya digo, no se pelean y, aunque cambien demasiado de opinión y de posturas de cara a la galería, no lo discuten entre ellos, o no demasiado, que se sepa. ¿Comprende usted ahora, visto lo que estamos viendo en otras partes, por qué sube la intención de voto a Ciudadanos? Ahora solo falta que, como a los aurigas vencedores en Roma, alguien preceda a Rivera en sus paseos triunfales y le susurre: “acuérdate, Albert, de que eres mortal”.

La Moncloa piensa que “hay plazo” para todo. Creo que se equivocan: los plazos corren mucho

Enviado por Fernando Jáuregui | 15/04/18

Enviados especiales este sábado a Zamora, el feudo del ‘super vicesecretario’ Fernando Martínez Maillo, insisten en manifestar la sensación de tranquilidad que emanaba de quienes rodeaban al líder, Mariano Rajoy, investido, en estos tiempos de falsas investiduras, con la increíble capa alistana, de hondo significado folclórico y también religioso. ‘Lo urgente es esperar’; la máxima de Pío Cabanillas se ha convertido en la divisa del ‘marianismo’.

Periodistas viajeros a Zamora preguntaban, cuando podían, al entorno del presidente por las angustias sobre el ultimátum dado por Ciudadanos a Cristina Cifuentes para que dimita; o sobre el otro ultimátum del PNV para apoyar –o no—los Presupuestos para 2018; o sobre qué va a pasar con la ‘ofensiva jurídica’ del Gobierno, ahora contra el Parlament catalán por haberse atrevido a querellarse contra el juez Llarena. O, claro, acerca del bombardeo aliado sobre la Siria del genocida Bashar al-Asad, un ataque que Rajoy, en discrepancia con la izquierda, ha aprobado. Buscaban los que indagaban algún signo de nerviosismo, algún avance programático, algo: ¿se acerca la tormenta perfecta, si es que no estamos ya instalados en ella? Nada, ni un indicio de intranquilidad, ni un paso hacia adelante o hacia atrás: “hay plazo”, te decían, siguiendo sin duda la filosofía presidencial, quienes al presidente rodean y loan.

“Hay plazo” ha sido la máxima de la conducta política de Rajoy probablemente desde que, hace más de cuarenta años, se encaramó a la vida pública. Hay plazo, ahora, para decidir qué hacer con Cifuentes, aunque nadie dude de que está sentenciada. Lo malo que es que Ciudadanos ha fijado el comienzo de mayo –el 2 es la fiesta de la Comunidad de Madrid, recordando el levantamiento contra los franceses: ¿presidirá los fastos la actual presidenta del ‘master’? Lo dudo—para decidir si se unen a la moción de censura contra CC propuesta por los socialistas y apoyada por Podemos. El margen de actuación de Rajoy aquí es, como máximo, de dos semanas. Menos margen aún le queda para saber si el PNV podría llegar, en última instancia, a apoyar los Presupuestos o, ya en el debate parlamentario sobre las enmiendas a la totalidad, deja caer al Ejecutivo. Por cierto que los ‘rajoyanos’ se muestran, comenzando por el ministro de Hacienda, seguros de que el respaldo peneuvista a las cuentas del Estado acabará por llegar. Hay plazo…

…O no, porque mucho depende de cómo evolucionen las cosas en Cataluña, donde, por el momento, todo va a peor. El último episodio bélico en la guerra jurídica se centra ahora en la querella presentada por el presidente del Parlament, Roger Torrent, contra el juez Llarena, enemigo público número uno de los independentistas, por presunta prevaricación. A lo que el Ejecutivo central piensa en responder con otra querella, esta por presunta malversación contra el Parlament, que estaría indebidamente gastando el dinero en su acción contra Llarena.

Sí, es de locos. Pero, mientras tanto, los plazos hasta el 22 de mayo, cuando, si no se ha formado el Govern, habrá que repetir elecciones en Cataluña, siguen corriendo. Para bien o para mal, quién podría saberlo. Lo que sí pueden constatar viajeros a Zamora es las prisas del Gobierno Rajoy por deshacerse del pringoso paquete del 155, que distancia la política del PP hasta de los catalanes menos independentistas, amén, claro, del PNV, de un PSOE que ya empieza a tambalearse en su apoyo a la política catalana del Gobierno y de no pocos medios europeos, crecientemente críticos con la España pilotada por Rajoy.

Pero, ya digo, el Gobierno mantiene la calma. Incluso en medio de las oleadas de manifestantes que claman contra el mantenimiento de “presos políticos”, que es una realidad irreal, pero muy recogida por la prensa extranjera. Incluso cuando miles de personas salen a la calle en Pamplona para gritar contra el juicio por la vía antiterrorista a los descerebrados que atacaron a unos guardias civiles en Alsasua. El respeto al Estado de derecho, a la legalidad vigente, a las instituciones, se resquebraja. Y no todo se puede tapar con la capa de gruesa tela de Aliste. Ni me parece que esta vez se pueda basar la estrategia en aguardar a que se pudran los problemas y en sentarse a ver pasar ante tu puerta el cadáver de tu enemigo. Ya se sabe –bien que lo comprobó, a su costa, Sancho II de Castilla—que Zamora no se ganó en una hora. Siete meses tardó el asalto a la ciudad en la que doña Urraca se había hecho fuerte. Y es que no conviene ni acortar los plazos de manera artificial ni, en plan Don Tancredo, tratar de alargarlos, como si no existieran. Y el tic tac del reloj, implacable, sigue sonando, también para el impasible Mariano Rajoy, aunque él nada de esto muestre en su rostro impenetrable.

fjauregui@educa2020.es

Nos quedan Navarra, Rioja, Murcia, Extremadura, Baleares, Canarias. Solo eso. Iremos con libro o sin libro

Enviado por Fernando Jáuregui | 14/04/18


(escribes, pesentas, libros y, al tiempo, sabes que tienes que sufrir deshaciéndote de otros libros, escritos quizá por gente mejor que tú. Para mí, este procurarme espacio deshaciéndome de libros amigos –todos, o casi todos, lo son– es un inmenso dolor).

Este viernes, en Palencia, completaremos la segunda fase de un recorrido que nos ha llevado a un total de veintiuna ciudades, congregando a un total de mil seiscientas personas en torno a los presentadores de nuestro libro ‘El Desengaño’. Ignoro cuántos ejemplares hemos vendido –no serán muchos–, pero sé que hemos mantenido inolvidables debates sobre el estado de la pol´tica en nuestro país. Memorable fue el del jueves pasado, día 12 de abril, con Alberto Núñez Feijoo en La Coruña: creo que él es una apuesta seria de futuro. Ni Pedro Sánchez, ni Zapatero, ni Iñigo Errejón, ni Rivera, a quienes hemos invitado a acompañarnos, han querido siquiera responder a la invitación. Pero han venido Carolina Bascansa, Margarita Robles, Pablo Casado, Miguel Gutiérrez, Alfonso Alonso, Patxi López, Iñaki Anasagasti, Mónica Oltra, Emiliano García Page, José Bono, Gaspar Llamazares, diputados del PP y del PSOE, alcaldes que concurrieron pese a que el libro no es complaciente ni con socialistas ni con ‘populares’… Así, este viernes estarán con nosotros en Palencia Inmaculada Martínez Seijo, próxima a Pedro Sánchez, y Miguel Angel Paniagua, próximo a Rajoy. Cerrarmos un ciclo.

Sabemos que nos quedan por visitar La Rioja (seguramente en julio), Navarra –iremos el 17 de mayo–, Baleares — en junio–, Extremadura –por concretar fecha– y Canarias. Habremos entonces recorrido todo el país: comenzamos en Madrid, luego Vitoria, Sevilla, Zaragoza, Barcelona –el día de reflexión de las elecciones–, Segovia, Salamanca. Alicante, Burgos, Toledo, Bilbao, Valencia, Vigo, Santander, Oviedo, Ferrol, Coruña, Granada, Tomares (Sevilla), Guadalajara y, ahora, Palencia. Un esfuerzo que me ha encantado hacer: nuestros políticos deberían hablar así con la gente, mirándola a los ojos, tocando sus manos y escuchando lo que tienen que decir los ciudadanos, que suele ser mucho.

Lo del libro, por mucho que se quiera a los hijos/libro, ha sido, así, casi un pretexto; quien ha querido, lo ha comprado. Quien no, no. Un libro, hoy, vale lo que vale, sirve para ilustrarnos un rato, o para discrepar de él, o para apasionarnos, o para aburrirnos.Da igual: es un et vivo, que languidecerá, pero que ahñi está, queda, para que alguien, un día, vuelva sus páginas, nostálgico.

Ahora me empeño en deshacerme de un par de miles de los muchísimos libros que empiezan a invadir mis espacios libres. Cada libro que entrego, me cuesta un disgusto: a todos los he amado, los amo, aunque muchos signifiquen haberlos escrito por compromiso, o por encargo. Me quedo con los que me dedicaron los amigos, o con aquellos de los que jamás puedes prescindir. Un día de estos contaré de cuáles no se sido capaz de separarme.

Ahora preparo dos, tres, libros. Son mi proyecto de supervivencia en una vida que cada día me va interesando menos. Pero sé que tengo una labor que cumplir, con mi programa sobre educación, y con mi propia biografía, que, al menos, debe servir para indicar a quien quiera seguirme que no debe cometer los mismos errores que yo he cometido.

Algo huele a podrido, y no en Dinamarca, debió pensar Rasmussen…

Enviado por Fernando Jáuregui | 14/04/18


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(algo huele a podrido, y no debe ser en Dinamarca, debió pensar Rasmussen, danés de pro en La Moncloa)
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Y ahora ¿qué hacemos? He constatado la perplejidad de toda una clase política, ‘instalada’ o con ganas de instalarse, ante la situación que se vive en el país y que esa misma clase ha creado: una enorme controversia jurídica que llevará a más desconcierto aún, una asfixiante bola de trolas académicas, un gigantesco ejemplo de falta de ideas renovadoras. Un silencio de fondo que envuelve al ejército de vocingleros. Un problema de gran relieve, Cataluña, que los independentistas agravan de día en día sin que, del otro lado, se sepa contrarrestar adecuadamente el nuevo Apocalipsis. Una mole ya inabarcable que quizá los medios y quienes en ellos nos ejercitamos no estemos sabiendo narrar en toda su extensión y profundidad.

Quienes pusieron en marcha el ‘ventilador de la basura’ para tratar de minimizar las exageraciones académicas, ejem, de la aún presidenta de la Comunidad madrileña, Cristina Cifuentes, probablemente no previeron que, incluyendo en el paquete del dislate a un socialista (Franco), a algunos en Ciudadanos y al menos a uno de Podemos (el gallego Juan José Merlo), además de airear de nuevo las incomparecencias universitarias del becado Errejón, iban a dar un puntillazo a toda la clase política.

No; los ‘ventiladores’ ni quitaban ni ponían Rey, pero ayudaban a su Señor. Se trataba, simplemente, de otro ejercicio del españolísimo ‘y tú más’ con el que se quieren zanjar los debates: de acuerdo, ‘la nuestra’ se hizo con un master de malas maneras, pero ¿y el vuestro falsificando una licenciatura? Pues anda que el tuyo, declarándose ingeniero sin ser ni perito… No creo que la ya pésima reputación de eso que los políticos no quieren que se llame ‘clase política’, pero que cada día merece más ser denominada así, haya mejorado mucho con estos episodios, que están teniendo aún más repercusión que los capítulos de la corrupción rampante que tanto abundaron en España en años pasados. El falseamiento del propio curriculum, para engrandecerlo, es, en el fondo, una forma chapucera, acomplejada, de corrupción.

Y luego, como demostración paralela de ese acomplejamiento, de esa chapuza, de ese lanzar piedras al estanque para propagar las ondas, está el lamentable espectáculo jurídico-judicial. Nada menos que el president de un Parlament, que debería mostrarse neutral, querellándose contra un magistrado del Supremo en cuyas manos, pienso que involuntariamente, ha caído el presente y el futuro del ‘procés’ y quizá de otras muchas cosas. Una querella que, desde el Partido Popular, se viste… de posible malversación, ahí queda eso. Y más cosas: toda una Fiscalía insistiendo en atribuir delito de terrorismo a quien apenas provoca desórdenes públicos, en medio de una controversia leguleya que dudo mucho de que esté siendo acompañada por el ciudadano de la calle, sea esta calle catalana o del resto de España; una ciudadanía que, a estas alturas, supongo que debe declararse por completo perdida y, por tanto, buscando nuevos horizontes. Y ¿nuevos rostros, nuevos mensajes, alientos nuevos?

Pensaba yo este viernes en el pobre primer ministro danés, Lars Lokke Rasmussen, que ha tenido la mala idea de aterrizar en La Moncloa precisamente cuando Rajoy preparaba, aprovechando la comparecencia conjunta con el nórdico, una respuesta de respaldo (de aquella manera…) a Cristina Cifuentes. Era un intento, supongo, de apaciguar ánimos en su partido, bastante dividido entre quienes pretenden la defensa numantino de la presidenta madrileña (y de todo un statu quo, que no es solo Cifuentes de quien se trata) y quienes predican la patada en salva sea la parte de quienes provoquen el escándalo, sea académico, financiero o social en cualquiera de sus acepciones.

Pero ¡estas cosas no ocurren en Escandinavia! se decía, sin duda, Rasmussen, que debía estar pensando que se hallaba en medio del rodaje de ‘House of Cards’ o, con más sabor danés, Borgen. Como de marcianos. O, mejor, como de locos, vamos; no se le ocurre ni a Shakespeare en Hamlet, tragedia, como saben, ambientada en Dinamarca y en la que todo acaba fatal, y el país, invadido.

fjauregui@educa2020.es