La ‘cumbre’ de Marivent

Enviado por Fernando Jáuregui | 04/08/19

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(las conversas, aprisa y corriendo, de Sánchez nada tienen que ver con ‘le grand debat’ de Macron en la crisis de los chalecos amarillos)
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El contexto político hace que cada año resulten más densos los tradicionales encuentros entre el jefe del Estado y el presidente del Gobierno en el palacio mallorquín de Marivent. Si mal no recuerdo, esta es la primera vez que una ‘cumbre’ de esta especie tiene como uno de los interlocutores a un presidente en funciones, a la espera de ver si el mes próximo es o no capaz de completar con éxito su investidura. Son muchos y de mucho calado los temas que Felipe VI y Pedro Sánchez han de abordar en este encuentro que tiene lugar al margen de los semanales habituales durante el curso político.

Ahora todo es nuevo: el presidente está en funciones y, por tanto, con la capacidad de gobernar limitada; el desafío catalán se acrecienta ante la inminencia de una sentencia presumiblemente dura contra los golpistas de octubre de hace dos años; y la sombra de Podemos como presumible ‘aliado principal’ del Gobierno, en una fórmula ‘a la portuguesa’, revolotea en el ambiente, sin que sepamos muy bien si finalmente el proyecto se concretará en algo tangible y votable. Sin que podamos olvidar las proclamas republicanas –muy legítimas por otra parte—de Pablo Iglesias, el hombre que intentó colarse en el Ejecutivo de alguien que, como Pedro Sánchez, prometió, al llegar a La Moncloa tras la moción de censura, fidelidad a la Constitución del Reino de España, es decir, a la norma fundamental monárquica.

No digo yo que el sistema esté en riesgo, pero el clima es de enorme preocupación, casi de alarma en los sectores más conscientes. Poco será, como es usual, lo que se nos explique verdaderamente del estado anímico en el que discurra el encuentro del jefe del Estado con el jefe (en funciones) del Gobierno. Pero la inquietud en La Zarzuela, en Moncloa, ahora en Marivent, desde luego que existe, derivada sobre todo de la provisionalidad, que empieza a ser demasiado permanente, por la que discurre nuestra vida política.

Mientras, Sánchez sigue con sus contactos políticos (este lunes, con Compromís en Valencia) y con lo que llaman ‘la sociedad civil’ (esta semana, con sindicatos y patronal), en busca, dicen, de completar un programa de actuación que ofrecer a sus interlocutores políticos, a ver si los convence para que apoyen su investidura. Parece esta una explicación demasiado simple. Estos fugaces encuentros del presidente (en funciones) con interlocutores seleccionados de la ‘sociedad civil’ no son precisamente ‘le grand debat’ con el que Macron zarandeó durante cuatro meses a la sociedad francesa, agitada por el movimiento de los chalecos amarillos, antes de dar a luz un plan severo y milimetrado de acciones sociales y económicas.

Claro que no es lo mismo el caso galo y el español: ahora Sánchez tiene prisa, porque de alguna manera se va instalando en la ciudadanía la sensación de que, si hay repetición de elecciones, y por tanto si la provisionalidad se prolongase durante casi otros seis meses, el principal culpable será él, aunque no se pueda eximir de responsabilidades a los otros actores políticos.

Tendremos que estar muy atentos a lo que ocurra este mes de agosto, porque van a ocurrir cosas; sería impensable e irresponsable que no ocurrieran. De algo de eso hablarán, es de suponer, este miércoles en Marivent el Rey y el hombre que, en funciones, ocupa La Moncloa.

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España, ese país en el que, quien gana, pierde

Enviado por Fernando Jáuregui | 03/08/19


(dije a la nueva presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, que debía garantizar que la CAM no siga siendo el ejemplo de todas las corrupciones y luchas navajeras que ha sido desde que Leguina abandonó el cargo. Espero que esta joven colega separa mantenerse ajena al golferío de sus [email protected])
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Jamás entenderé que la inepcia, o la pereza, o el descuido, o el persistente error, o todo ello, de nuestros representantes haya permitido que las pasadas elecciones se celebrasen sin una mínima reforma de la normativa electoral. Esa normativa que hace que España sea uno de los escasos países democráticos del mundo –también ocurrió en las presidenciales de Estados Unidos, conste—en el que quien gana en número de votos no tiene en absoluto garantizado que vaya a gobernar. Más bien suele ser al contrario. Navarra o la Comunidad de Madrid son buenos ejemplos de ello y el atasco, peligrosísimo a mi juicio, a la hora de formar un Gobierno central es también muestra de que con esta legislación reguladora de las elecciones a todos los niveles no se puede seguir. Simplemente, no se puede seguir.

Cuando hablas con un político, de cualquier nivel y de cualquier formación, y le comentas lo inadecuado de una regulación de las elecciones que, ocasión tras ocasión, lleva a la coyunda de extraños compañeros de cama, a la exaltación del valor de minorías a veces extremadas –Bildu en Navarra, Vox en Madrid—y posiblemente a la deformación de la voluntad de los electores, siempre te da la razón: hay que estudiar y ponerse de acuerdo para una reforma a fondo de la normativa electoral, desde la definición de la circunscripción hasta precisar un sistema de doble vuelta que permita eso, que el más votado sea alcalde, presidente de Comunidad Autónoma o presidente del Gobierno de la nación. Pasando, entre otros muchos puntos que sería prolijo enumerar aquí, por el desbloqueo de las candidaturas.

Pero uff…qué pereza. Convocatoria electoral tras convocatoria electoral, nuestros políticos olvidan sus buenos propósitos, si es que alguna vez los albergaron. Y seguimos con el viejo sistema, que produce bloqueos que, en esta ocasión, duran ya desde hace tres años y medio y no apuntan fáciles salidas para que tengamos una gobernación sólida y estable que permita pactos de Legislatura reformistas o, mejor, regeneracionistas.

Y así ha ocurrido lo de Navarra, donde quien ganó por una diferencia de nueve escaños, nueve, o sea, Navarra Suma, se queda fuera del juego, gracias a la intervención decisiva de Bildu y al acuerdo de cuatro formaciones no demasiado afines entre ellas. Y en la Comunidad de Madrid, donde quien ganó por más de ciento cincuenta mil votos, el socialista Angel Gabilondo, ve cómo, tras complicada negociación, esta siempre peculiar autonomía, donde ahora los juzgados nos recuerdan culpas de ex presidentas a sumar a las de ex presidentes, se queda en manos del PP. Y lo mismo ha sucedido en Barcelona, con la ‘común’ Ada Colau frente al independentista Maragall, y en docenas de ayuntamientos y en algunas autonomías, como Castilla y León.

Para no hablar, claro, del mismísimo Gobierno central, sometido el ganador socialista a los vaivenes de una formación que es la cuarta en número de votos y escaños para lograr la investidura de Pedro Sánchez. El sistema propicia el chantaje del minoritario al mayoritario y, ya digo, esas alianzas tantas veces indeseables que Churchill calificó como de extraños compañeros de cama, que ya se sabe que, a la mañana siguiente, consumado el acto, se levantan sin saber muy bien quién ocupa la almohada de al lado ni cómo harán para chincharse mutuamente durante el resto de la Legislatura..

No sé si estamos condenados a repetir elecciones en noviembre. Posiblemente, ni Pedro Sánchez lo sabe a estas alturas en las que tendrá que emplearse a fondo en el teléfono negociador en estos días agosteños. Quizá incluso, a la vista de lo que dicen las encuestas, esté deseando esa repetición, para aclarar el panorama. No lo sé, ni tampoco es seguro que los resultados de noviembre produjesen esa clarificación, porque ninguna formación suscita hoy el suficiente entusiasmo de los electores como para que estos den a nadie una mayoría absoluta. Y en estos juegos andamos, en lugar de propiciar una reforma, que naturalmente tocaría algunos artículos de la Constitución, para que nuestra ida a las urnas sea, al menos, más eficaz, ya que no más racional.

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Sánchez quiere ser Macron o Costa, pero no puede ser

Enviado por Fernando Jáuregui | 02/08/19


(un Estado donde no se respetan los símbolos del Estado es un Estado que empieza a ser fallido)
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Me dice alguien que presume de tener buen contacto con Pedro Sánchez (no sé si con el PS de los lunes, miércoles y viernes o con el de los martes, jueves y sábados; los domingos también varía, según sea par o impar) que ahora quiere imitar a Macron en una España gobernada ‘a la portuguesa’, como la que ha conseguido el socialista Antonio Costa. No lo veo fácil, no. Y bien que lo siento por el futuro de mi país.

Que España no es Portugal, donde ninguna fuerza imaginaría siquiera sustraerse al sistema, resulta obvio; además, no existen tentaciones secesionistas desde ningún territorio, Azores incluida. Que España tampoco es Francia es igualmente evidente por muchas razones: que no me hablen del nacionalismo corso en la Galia chauvinista, porque me parto de risa. Nuestro vecino del norte es un país que venera su historia, su himno, su bandera, el concepto de patria. Y ningún Estado puede ser fuerte si no coloca por encima de todo sus tradiciones, su enseña nacional, su unidad territorial.

Casi nada de esto es valor dominante aquí, en este secarral político, donde el concepto ‘Estado’ se diluye en líos semánticos, en nacionalismos más o menos vergonzantes y en deformaciones de la realidad histórica. Y, desde luego, se diluye en momentos de auténtico surrealismo de lo más hispano, por mucho que este concepto pueda molestar a quienes no quieren serlo. Hispanos, digo, no surrealistas.

Ver a doña María Chivite y a su ‘número dos’, Ramón Alzórriz, escuchando a través de los cascos en el Parlamento navarro la traducción del discurso en euskera de la representante de Bildu, Bakatxo Ruiz, anunciando la abstención parcial de su grupo para que la socialista Chivite, que perdió las elecciones, pueda gobernar en el territorio foral, fue un momento cumbre de esperpento valleinclanesco. Que el republicano independentista Gabriel Rufián se haya constituido en el principal patrocinador de un acuerdo nacional para poder llegar a formar el Gobierno (el que a él le interesa, claro) del Reino de España, convendrá usted conmigo en que tampoco está del todo mal como ejemplo que ni Dalí ni Magritte podrían haber imaginado jamás en sus fantasías.

Pero si España, por motivos obvios, no es Portugal ni tampoco Francia –y menos aún, ay, Alemania, mientras nos acercamos a la Italia cada vez más berlusconiana–, convengamos que Pedro Sánchez tampoco es Antonio Costa, esa figura sólida que de lo que menos presume es de su físico y de lo que más, de sus cualidades dialécticas. Ni, claro, tampoco Macron, por mucho que ahora el presidente español en funciones se haya lanzado, como el jefe del Estado galo hizo, a un pretendido diálogo con algo que él cree que es la sociedad civil en un intento de convencernos de que contará con ella, y no con Pablo Iglesias, para hacer su programa reformista.

Este diálogo, aunque sea con prisas, agostidad y alevosía, me parecería muy plausible…si fuese sincero. Sánchez juega, como siempre, a la imagen y a lo inmediato. Quizá Macron, lanzado a una campaña de contactos con los franceses ‘de a pie’ durante meses a raíz de la crisis de los ‘chalecos amarillos’, también lo hiciese en un afán de ‘public relations’; pero el Iván Redondo del Elíseo debe ser algo más paciente y consecuente que el de La Moncloa, porque, además, de esos contactos ‘con todos’ –no solo con los afines–, de la mente macroniana salió un plan reformista que pienso que a los franceses les resultó atractivo, porque la estimación por su presidente aumentó en varios puntos.

La ofensiva de Sánchez, que bienvenida sea en todo caso, para lo que valga, es más oportunista que oportuna, más chapucera que bien hilvanada, más de improvisación que de trabajo constante. Le quisiera yo ver acudiendo –no llamando a Moncloa—a visitar a esos excluidos de los que no se acuerda nadie, a esos autónomos a los que los servicios de Hacienda acusan, así, en general, de evadir impuestos, a esas ONG que se parten la cara por los inmigrantes. O dando ruedas de prensa de dos horas ante trescientos periodistas, como su admirado Macron, para rendir, de verdad y sin vendettas posteriores ante preguntas incómodas, cuenta de lo que hace o no hace.

Claro, estamos en un momento de interinidad –larga, impensable en otro país europeo salvo la Italia de Salvini—que impide hasta que el presidente en funciones cumpla con el compromiso de llamar a los chicos de la prensa al final de todo período de sesiones –pero, además, ¿de qué sesiones, si el Parlamento está inoperante?—para pasar revista al curso político. En esta ocasión, más vale obviar esa vista atrás, por lo tremebundo del panorama. Tremendo (vale para español, portugués y otras lenguas vernáculas). Immense, para los franceses.

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Las mujeres, necesarias en política

Enviado por Fernando Jáuregui | 30/07/19


¿No hubiera sido mejor Hillary Clinton que este machista, me refiero, claro, al rubio, no al otro?)
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(Arrimadas decepciona por su seguidismo)
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(¿Y si empadronamos a Merkel en España, en un pueblo segoviano, por ejemplo, que ya se ha visto que es fácil, y entra en la competición electoral?)
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Sí, necesitamos más mujeres en política. Van, es cierto, ocupando los segundos escalones, pero quienes nos han metido en este lío son varones, machos alfa que hacen las cosas por sus santos c… y a ver quién la tiene más larga. Las negociaciones entre Pedro Sánchez y Pablo Iglesias han tenido mucho de testiculares, lo mismo que entre Rivera y Casado se ha establecido una competición absurda por ver quién se hace con un liderazgo de la oposición que es cosa que al interés de la nación importa más bien poco.

Ya dije alguna vez que era indeseable que todos los principales candidatos a llegar a La Moncloa fuesen varones, altamente poseídos de sí mismos, competitivos al máximo. Un cien por cien masculino que ya no representa la realidad sociológica, ni profesional, ni cultural, de España. De acuerdo: escalan posiciones Lorena Roldán en Ciudadanos –personalmente, me siento algo decepcionado ante el seguidismo ciego de Inés Arrimadas–, Cayetana Alvarez de Toledo en el PP –aunque sea una persona más bien controvertida—y espero que Isabel Díaz Ayuso se consolide en Madrid, poniendo fin a la que está cayendo, de la misma manera que desearía que no se consolidase, ay, la llegada de María Chivite al Gobierno de Navarra, llegada que no se produce precisamente por méritos derivados de urnas.

Pero a la cumbre, lo que se dice a la cumbre, ese puerto de arribada tan deseado situado en el palacete de la Cuesta de las Perdices, no ha llegado ninguna dama, ni se la espera de cara a los próximos acontecimientos políticos, salvo que Pablo Iglesias dé ese paso al lado, aunque sea para colocar a su compañera vital en la carrera de salida.

No soy amigo de generalizar, ni siquiera cuando se habla de géneros, pero cierto es que uno, que va acumulando jefas más que jefes, ha de constatar de manera definitiva que el estilo de unos y otras es diferente. Y en política, donde lo suyo es convencer, pactar, llegar a resultados desde postulados diferentes, las mujeres me parece que son más competentes que los hombres, básicamente porque no tratan de aplastar a nadie. Y siento decir eso cuando acabamos de concluir una negociación de no-investidura desastrosa, en la que han participado, por el lado socialista, y con éxito muy descriptible, dos mujeres de talla política desigual, que de todo ha de haber en la viña del Señor.

Ya digo: cuando las cosas van mal, y la política española, lo sugieren hasta las tripas del CIS, va mal, hay que cambiar a los responsables, que mire usted lo que ha pasado en el segundo banco del país (todos hombres, no como en el primero). No entiendo por qué no íbamos a producir un viraje también político y, además, sustancial, si poco a poco lo hemos ido propiciando en la judicatura, lentamente en los negocios o en el periodismo. Tal vez las cosas empezarían a irnos algo mejor. ¿O no cree usted que a los estadounidenses les hubiera ido mejor con Hillary Clinton que con ese, ejem, señor encaramado a la Casa Blanca? Si hasta a Theresa May acabarán añorándola los británicos, vuelve Theresa, que te perdonamos…

Merkel, ¿por qué no te empadronas en España, en un pueblo de Segovia por ejemplo, y te presentas a las elecciones aquí? Y de paso, tráete de vicepresidenta a esa mujer admirable que es Ursula von der Leyen, que sustituirá con ventaja a un tal Juncker, que en tanto barullo nos metió. Quién fuera alemán, diría uno a veces, si no quisiera tanto a España…

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¿Vivimos mejor sin Gobierno? Pues no

Enviado por Fernando Jáuregui | 29/07/19

Es como una chanza, un chiste compartido que tiene sus gotas de verosimilitud: ¿para qué necesitamos un Gobierno, si la vida sigue tan ricamente sin él? Cada día se escucha esta frase con mayor frecuencia. Quizá la consecuencia más lamentable de tres años y medio de crisis política, ahora agudizada, sea el hecho de que este desdén hacia nuestros representantes se esté incrustando en serio en la sociedad. Lo cual es lamentable porque la verdad es que sin Gobierno NO se vive mejor, y el país ‘en funciones’ corre serios riesgos de convertirse en un Estado fallido.

Tome usted, por ejemplo, la llamada ‘operación Chamartín’ en Madrid. Un proyecto de casi veinte mil millones de euros y más de doscientos mil puestos de trabajo aprobado este lunes tras un cuarto de siglo largo de parálisis. Ha sido necesaria la llegada de un nuevo equipo municipal a la capital para que se firmara la puesta en marcha de la que será la operación urbanística –se culminará dentro de veinte años—más importante de Europa. Y eso que la Comunidad de Madrid sigue varada por la falta de acuerdo entre el Partido Popular, Ciudadanos y Vox para investir a la candidata ‘popular’ Isabel Díaz Ayuso.

Traigo aquí la ‘operación Chamartín’ para poner de relieve que sorprende, en este carajal político en el que nos movemos, que alguien haga algo en favor del avance del país. Porque, en el fondo, y pese a que los relativamente buenos datos del paro y del crecimiento económico se mantienen, España es una nación seriamente amenazada de parálisis. Apenas hay más ‘operaciones Chamartín’ en marcha, y la verdad es que las necesitamos. Son muchas las cosas que están a la espera de una clarificación del panorama político: ¿se llegará en septiembre a una investidura de Pedro Sánchez o iremos a unas nuevas elecciones en noviembre? Y, si a eso vamos, ¿resolverían esas elecciones la actual situación de bloqueo? Y, en todo caso, aunque la resolviesen, no tendríamos un Ejecutivo estable hasta ¡¡febrero de 2020!!

La verdad es que resulta complicado pedir a los empresarios que inviertan en medio de tanta incertidumbre. Porque, como me comentaba un dirigente de la patronal, no está nada claro el terreno legal y factual en el que tales inversiones habrían de desarrollarse. Así, la paralización se va extendiendo, los planes de futuro se estancan y la credibilidad en nuestros representantes políticos se ha esfumado. La política exterior española se resiente –ahora, en un arranque más de la fantasía política que nos invade, hay quien pide que Borrel sustituya a Pedro Sánchez como negociador ‘con la derecha’–; la política interior se difumina –y ahí están esos homenajes a etarras—y la política económica va arrastrando los pies, ocupada la ministra del ramo en su candidatura a la organización económica más importante del mundo. Todo ello, con instituciones que precisan urgente renovación, como RTVE, el Consejo del Poder Judicial, el CNI…

Sí, las panaderías siguen abriendo, los colegios funcionan y los turistas siguen visitándonos y disfrutando de una hostelería modelo. Pero nada de eso supone innovación, avance, regeneración de unas estructuras que se van quedando viejas ni combustible para una locomotora que pierde velocidad. Ni supone alicientes para la somnolienta sociedad civil. Para mí, el mayor valor de ese acto de aprobación, al fin, de la ‘operación Chamartín’ es comprobar que ‘eppur si muove’, que, sin embargo algo, aunque sea con veintiséis años de retraso, se mueve. A pesar del no-Gobierno.

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Agosto no va a ser un mes tranquilo, ni siquiera en Doñana

Enviado por Fernando Jáuregui | 28/07/19


(¿último año en Doñana?¿Primeras vacaciones ‘plenas’ en Galapagar?)
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Agosto, que se nos echa encima, no va a ser un mes tranquilo. Estamos en plena resaca de los bochornosos episodios que llevaron a la no-investidura. Y los líderes políticos, pese a su piel de caimán, son no obstante conscientes del descrédito que han acumulado entre la ciudadanía. Todos ellos. Nadie salió con bien del debate parlamentario de la semana pasada, que tendrá consecuencias indudables. Y alguno abandonó el hemiciclo consciente de que para él nada volverá a ser lo mismo. Toca ahora pensar, usar mucho el teléfono y un cambio de chip. Y eso empieza este mismo lunes.

En los periódicos de este domingo leíamos la reconstrucción de esas setenta y seis horas de negociación chapucera que llevaron, como era lógico, a la ruptura. Pero había más: han renacido las alusiones a una gran coalición, a algún tipo de acuerdo que no signifique necesariamente insistir en el pacto de la izquierda con la extrema izquierda, que eso ya se ha visto que, mientras el tándem Pablo Iglesias-Irene Montero siga ahí, no va a ser posible. Ni deseable. Miradas, pues, de Pedro Sánchez hacia la derecha. Más hacia el Partido Popular que hacia un Ciudadanos que en estas horas prepara una ‘cumbre’ de su dirección, es de temer que más para cerrarse en sí mismos que para abrirse a algún tipo de concordia con los socialistas.

Es mucho lo que queda pendiente en las inminentes conversaciones entre Pedro Sánchez y Pablo Casado. El PP reúne esta semana a su Junta Directiva Nacional, digo yo que para algo más que designar –o no—a Cayetana Alvarez de Toledo portavoz del grupo parlamentario en el Congreso y a Javier Maroto ‘el segoviano’ en el Senado. Pablo Casado, que es el que con menos rasguños ha salido de este lance, tiende manos tímidas: acuerdos de Estado para después de la investidura. Pero ¿qué investidura? Algo habrá que hacer para llegar a ella. Insisto: la idea de algún tipo de gran coalición va abriéndose paso, aunque a una mayoría le parece un experimento demasiado arriesgado, más por inédito y por nuevo que por cualquier otra cosa. Ya lo decía Pompidou: el miedo y la pereza son elementos motores de la humanidad.

¿Y Podemos?¿Y el clima interno en el PSOE? Ambos partidos –como el PP y Ciudadanos, por otro lado—tienen una fuerte estructura jerárquica. No conviene enfrentarse a los designios del jefe. Lo que ocurre es que en la formación morada el jefe ha ejercido tanto como tal y con tanto despotismo que su autoridad moral se ha debilitado mucho. Ya andan urgiéndole los socios de Izquierda Unida para que acepte investir a Sánchez a cambio de nada, o de un acuerdo programático de mínimos. A mí no me extrañaría que Pablo Iglesias nos anuncie, de nuevo, que no seguirá mucho en el cargo; pero tampoco anda el patio como cederle los trastos a su pareja así, sin más.

Y los socialistas no parecen demasiado conscientes de que son ellos los motores de este cambio que ha de venir: han callado tanto tiempo ante los vaivenes sin rumbo aparente de Pedro Sánchez y su guardia de corps, ante la incompetencia de ‘las negociadoras’, que parecen haber perdido la voz. Pero uno puede escucharla, sobre todo la de los veteranos, en privado, ya que no ante los micrófonos. Y esa voz indica que los más lúcidos saben que Pedro Sánchez, el afortunado (hasta ahora), no tiene garantizado su futuro político si no actúa en la dirección adecuada. Porque si ‘ellos’ son los culpables de que llevemos tres años y medio de severa crisis política, puede que algunos ciudadanos empiecen a decir que tal vez haya que ir pensando en sustituirlos. Ni más, ni menos.

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Tres meses que empeoraron España

Enviado por Fernando Jáuregui | 27/07/19


(un diálogo que va a ser inevitable)
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Se cumplen este domingo tres meses desde las elecciones legislativas que dieron una victoria insuficiente al PSOE y las llaves del futuro del país a Esquerra Republicana de Catalunya, un partido cuyo líder está en la cárcel, ahí queda eso. Han sido tres meses devastadores para la imagen que los ciudadanos tienen de sus representantes. Tres meses que acabaron en lo que tenían que acabar: en una desastrosa sesión de no-investidura de Pedro Sánchez culminando una negociación que sabíamos imposible, tal y como se produjo, entre PSOE y Podemos (o entre el círculo de hierro de Sánchez y Pablo Iglesias, para ser más concretos).

Tres meses que han dejado a España sin más expectativas de futuro que cambiar radicalmente de modos, de ideas y de rostros o volver a las urnas por cuarta vez en cuatro años, sin grandes esperanzas de que los resultados mejoren el estado de cosas: para el elector es muy difícil decidirse entre una opción u otra, porque ninguna entusiasma, y eso se nota, claro, en el voto disperso, en la falta de apoyos claros a ninguno de estos partidos que tenemos.

Todo, todo ha ido a peor. Hasta el crecimiento del empleo en el que suele ser el mejor trimestre del año. Ni la situación en Cataluña ha avanzado en un sentido positivo, ni el concepto de los españoles sobre la moral de sus representantes podría mejorar en un país en el que lo primero que han hecho muchos alcaldes ha sido subirse impúdicamente el sueldo y donde se sigue colocando al fiel, por ejemplo en el Senado, por encima de otras meritocracias. Ni se respeta en Navarra el principio de que debe gobernar el (claramente) más votado, ni se ha desatascado, increíble, la gobernación en la Comunidad de Madrid.

El jefe del Estado, que es lo que aún nos queda a salvo (no descarte usted que también se acabe destrozando una figura que es clave para la estabilidad del país y del sistema), se ha protegido y nos ha protegido de nuevos disparates como el que significaba el ‘parto de los montes de los Montero’, aplazando al máximo el momento de volver a llamar a los líderes parlamentarios a La Zarzuela. ¿De qué serviría ahora tal llamada, con un Sánchez mirando hacia una derecha que le vuelve la espalda (¿por cuánto tiempo?) y desdeñando a una izquierda que sale de este lance desarbolada y preguntándose si no habría que cambiar de caballo? Ahí está Alberto Garzón, el líder de Izquierda Unida, proponiendo apoyar al PSOE sin buscar contrapartidas ministeriales o hasta vicepresidenciales, que esa era otra. Menudo bofetón, menuda lección, ha dado Garzón a su ‘socio’ podemita.

Y, en el otro campo, ahí está la siempre poderosa voz de Alberto Núñez Feijoo reclamando al PP que medite un cambio de estrategia, y hasta de táctica, si se hacen ‘propuestas serias’ desde el Gobierno en funciones que preside Sánchez. Creo que no debe este dejar pasar la oportunidad: solo le queda el clavo ardiente del PP para volver a intentarlo, porque sospecho que, tras el Consejo General que el lunes celebra Ciudadanos, Albert Rivera no se va a mover ni un milímetro de la línea pienso que errónea que se ha marcado. Cuando los dioses quieren perder a los hombres, primero los ciegan. ¿Es que no leen en Ciudadanos las unánimes críticas en los editoriales y comentarios periodísticos, es que no escuchan lo que se dice en tantas reuniones familiares? “No nos importa: estamos acostumbrados a los ataques”, me replicó en una tele, cuando le hice esta pregunta, la portavoz adjunta de los ‘naranjas’. Lo que digo de los dioses y la ceguera…

Me veo obligado a elogiar, entre tanta descalificación por cierto bien justa, la actitud de Pedro Sánchez no queriendo ceder al ‘Gobierno paralelo’ en el que quería hacerle caer Iglesias con la complicidad de la Esquerra de Rufián, que fue muy claro en su discurso en la sesión de investidura animando al aún líder ‘morado’ a integrarse en el Ejecutivo y mostrar ‘que es mejor’ que los socialistas; menudo equipo de demolición nos íbamos a encontrar en el Consejo de Ministros. Hay que admitir que Sánchez ha tenido, esta vez, sorteando un peligro para la nación, cierta visión de la jugada. De la jugarreta, más bien, que intentaban hacerle desde las filas de Iglesias/Montero. Por cierto que me sorprende, debo decirlo, el silencio del líder morado, que debe estar rumiando su segundo fracaso de asalto a los cielos, digo a las moquetas. ¿Cuánto tiempo le queda al frente de Podemos?

Lo que no sé es si Sánchez y su asesor circular –que carece por completo de ideología– habrán entendido el mensaje. Tiene que cambiar equipo: ni Carmen Calvo ni, menos aún, Adriana Lastra valen como negociadoras. Se ha cargado a una parte de lo mejor del PSOE, la que más sabía. Tiene que ofrecer cosas a cambio de apoyos: no por su cara bonita. Y Navarra y la Comunidad de Madrid podrían ser un primer elemento de negociación, por muchas razones, en el inevitable ‘giro a la derecha’ de un hombre que, como Sánchez, es, en el fondo, mucho más conservador de lo que nos quería hacer ver durante las piruetas con Iglesias con la inevitable demagogia populista.

Tras este trimestre de dislates sin cuento, a Sánchez le quedan menos de dos meses para llegar a acuerdos sólidos, reparar las cañerías, buscar interlocutores adecuados en su propio bando, mudar modos y talantes, ser generoso a la hora de dar y perdonar y poder presentarse al Rey como, ahora sí, el candidato posible para seguir en La Moncloa. Lo otro, ya se sabe, es urnas en noviembre y gobernación en funciones, o sea, con sordina, hasta al menos ¡febrero de 2020!. ¿Se puede aguantar esto?

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Por favor, no me hablen de Frente Popular

Enviado por Fernando Jáuregui | 24/07/19

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(Pero ¿Sabe seguro Sánchez lo que es un Frente Popular?)
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Por favor, que no digan que el gobierno que tal vez se constituya dentro de unas horas, si triunfa la investidura de Pedro Sánchez, es un nuevo Frente Popular. Escucho en estas últimas jornadas demasiadas veces la a mi entender no tan afortunada comparación, y lo escucho, por cierto, no solamente desde los escaños de Vox y desde algunas columnas especialmente alarmadas. Resucitar el ‘guerracivilismo’, azuzar el fantasma de las dos Españas, la de la izquierda y la derecha (decía José Calvo Sotelo que en España no hay centro), es una clara irresponsabilidad que no le cabe solamente a la derecha extrema y, a veces, a la extrema izquierda, sino que ocasionalmente afecta a todos nuestros líderes políticos.

Cierto que el Gobierno que podría constituirse mañana, con PSOE y Unidas Podemos, sería la primera coalición de fuerzas de izquierda desde que, el 15 de enero de 1936, se formó, bajo el liderazgo de Manuel Azaña, aquel Frente Popular definido como “el que abarca desde el centroizquierda a la extrema izquierda”, con ocho partidos y el apoyo externo de los sindicatos y del Front d’Esquerres, básicamente integrado por Esquerra Republicana de Catalunya. Cierto también que aquello significó, cuando el republicanismo moderado de Azaña fue superado por el ‘largocaballerismo’, el comienzo de una ‘España roja’, que siempre sería, vuelvo a citar a Calvo Sotelo, mejor que una ‘España rota’, porque la primera, decía el líder derechista asesinado el 13 de julio de 1936, sería una fase pasajera, mientras que la segunda seguiría rota a perpetuidad.

No sé si estamos ante una posible España roja, pero sí sé que no culminarán los intentos, en los que desde luego ni Sánchez ni el PSOE participan (confío en que Iglesias y sus aliados catalanes tampoco), de facilitar una España rota. Claro que mucho dependerá de cómo Sánchez y Pablo Iglesias, que sin duda liderará las acciones de Unidas Podemos y de los miembros de este partido que, en su caso, entren en el Gobierno, entiendan que la política de España, país de constitución monárquica –no pueden olvidarlo los muy republicanos ‘morados’–, debe seguir insertada en el sistema. Introduciendo, desde luego, todos los cambios que se necesitan en esta segunda transición, cuya sola mención molesta a los más conservadores, pero manteniendo al país dentro de los cauces básicos en los que ahora se mueve.

Y el sistema, nuestro sistema, es Europa. Y la nuestra es una democracia perfectible, pero no inferior a la de los mejores países de la UE. Y tenemos una economía, que no marcha, con todo, mal, que se desarrolla en el marco en el que se desarrolla, como no podría ser de otra manera. Ni España, ni Europa, ni el mundo, a pesar de gentes como Trump y ahora Boris Johnson, de los Netanyahus, los Bolsonaros y de los Salvinis, de los Putin, los iraníes y, claro, los chinos del astuto Xi Jinping, están para grandes experimentos.

Y eso fue el Frente Popular, en su precisa coyuntura, que nada tiene que ver con la actual: un experimento desafortunado, entre otras cosas porque la Monarquía de Alfonso XIII, que a mi entender no fue un buen rey, había fracasado y la República se convirtió en una solución casi de emergencia.

Frente a los experimentos, España conserva una Jefatura del Estado, encarnada en Felipe VI, que es garantía de solidez. Creo que Pedro Sánchez no cederá ni un milímetro en esto a sus posibles aliados de Gobierno (repito, si es que este jueves sale adelante un pacto de investidura que otras fuerzas, que se dicen conservadoras, podrían haber evitado): parte de sus posibilidades de mantenerse en La Moncloa dependen no solamente de que sepa manejar con mano de hierro en guante de terciopelo a sus coaligados y a los aliados de estos, señaladamente a ERC, sino también de que logre fortalecer, incluso mediante alguna reforma constitucional consensuada con el PP y Ciudadanos, y frente a sus ‘socios’ republicanos, a la figura del actual jefe del Estado.

Nunca más que ahora, ni siquiera en los inicios de la Transición, fue más importante la figura del Rey. Un Rey que, por cierto, se gana el puesto de trabajo todos los días, que es algo bastante diferente a lo que hizo su bisabuelo. Y esa es, a mi entender, la principal de las muchas diferencias entre esta situación y aquella de 1936, al margen de que nuestros actuales militares son modélicos y aquellos no tanto y de que vivimos en una sociedad bastante más próspera que aquella: en 1936, la jefatura del Estado se hallaba muy debilitada y ese no es, y espero que así se mantenga, actualmente el caso. Y ahora, a ver qué sorpresas nos depara este jueves histórico.

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Lo que Sánchez dirá (y lo que callará)

Enviado por Fernando Jáuregui | 21/07/19

((Sánchez: un guiño pícaro a la izquierda)

Comprendo que hay más expectativas por conocer los nombres del nuevo Gobierno –hay quinielas de ‘ministrables’ por todos los rincones—que por saber el contenido programático del discurso con el que, este lunes a mediodía, Pedro Sánchez abrirá la sesión de su probable investidura. Pero a mí al menos me interesa mucho el tono, el contenido y el marco de lo que el presidente del Gobierno en funciones tenga a bien comunicar a las señorías que tienen que aprobar su investidura. Que son, recordémoslo porque a veces se olvidan, los representantes de la ciudadanía.

Todos los que dicen saber aseguran que Sánchez hará el discurso ‘progresista’ acorde con su intención de formar la primera coalición de izquierda desde la República: feminismo, ecología, igualdad, respeto por las pensiones…para Cataluña, la receta será una insinuación de cambio del Estatut, que abra la puerta a un referéndum constitucional para, según el artículo 152.2 de la Carta Magna, aprobar esta reforma. Que no sé si recibirá el beneplácito o no de los independentistas, pero que puede abrir la puerta a un cierto desbloqueo de la situación.

Ignoro si el presidente precisará más acerca de sus intenciones para gobernarnos durante los próximos cuatro años, con la muleta de Podemos y el beneplácito de la abstención –en este cuarto de hora– de Esquerra, Bildu y quizá Junts per Cat. Ni sé si será más concreto en lo referente a qué hacer con algunas instituciones bloqueadas, como el Consejo del Poder Judicial, RTVE o el CNI, por poner apenas tres ejemplos. Y no hablemos ya de las reformas legislativas urgentes, comenzando por la propia Constitución –antes las modificaciones constitucionales eran su caballo de batalla, aunque ahora apenas se habla del tema—o la normativa electoral, que debería constituir el primer pacto para un gran avance democrático.

De lo que seguro que no va a hablar será, pienso, de la composición de su presuntamente inminente Ejecutivo. Ni de la desconfianza que sigue anidando en su pecho en relación al comportamiento que su ‘socio’ Podemos pueda tener a lo largo de la Legislatura: ya se sabe que ni Exteriores, ni Justicia, ni Defensa, ni Interior, ni Hacienda, irán a parar a manos de los ‘morados’ a los que Iglesias quiere colocar en el Consejo de Ministros.

Claro, en la hora en la que proliferan los contactos ‘reservados’ entre los dos casi seguros aliados ante la investidura es pronto para saber hasta dónde llegarán los acuerdos. Tanto sobre el programa como sobre la actuación de cada uno con respecto al otro. Sánchez, me dicen, quiere garantías de que Pablo Iglesias, que ya ha quedado fuera del Gobierno, no influya con sus manejos en la gobernación del Estado; o sea, que no desestabilice ‘su’, de Sánchez, futuro y quizá muy próximo Gobierno. Veremos por dónde salen los ‘negociadores’.

De momento, lo que tenemos es poco: intuiremos algo más cuando, por la tarde, tras el discurso inicial, que siempre es más formal, se produzca el rifirrafe con una oposición, PP y Ciudadanos, que, al no abstenerse, ha empujado este ‘Gobierno de progreso’ que se nos viene encima tras dos meses de tiras y aflojas que han hecho que una capa de vergüenza se extienda sobre el cuerpo político nacional.

Personalmente, como comentarista y como ciudadano, debo decir que poco me ha gustado la gestión de este futuro equipo, aunque me reconozco partidario de un Gobierno progresista encabezado por el ganador de las elecciones, es decir, el PSOE. Hubiese preferido un equipo en el que, entrando alguien de Podemos, también lo hubiesen hecho ministros procedentes de otros sectores, desde el de Errejón hasta Ciudadanos, e incluso cercanos al PP. Es decir, un Gobierno de concentración para abordar todos esos temas que requieren reformas inminentes y que necesita a todos a bordo de la nave. Pero, como se decía en la frase final de una célebre película de mi juventud, hay que conformarse con lo que se tiene. Con la casa y el coche que te tocan, con la novia o el novio que te cae en suerte. Y con un Gobierno que no sé si nos merecemos a estas alturas.

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¡Váyase, señor Ceaucescu, váyase!

Enviado por Fernando Jáuregui | 20/07/19

Sé perfectamente que mucho de lo que aquí voy a decir puede quedar desmentido y superado –ojala– por los acontecimientos en este fin de semana que probablemente es el más tenso políticamente que recuerda la última década. El fin de semana en el que los teléfonos ardieron; quizá así serán recordados, quién sabe, este sábado y este domingo de negociaciones precipitadas y asustadas.

Lo que sí me atrevo a decir en esta hora es que, ante el debate de investidura que comienza el lunes, difícilmente las cosas van a poder quedarse así, como las ha querido diseñar Pablo Iglesias: una vicepresidencia, cinco ministerios…Iglesias, que, por cierto, retirándose, se ha erigido en el ganador de este cuarto de hora en su indudable duelo personal con Pedro Sánchez, paradójicamente el verdadero perdedor en el ring, pese a haber sacado de él a su rival. Porque menudo lío tiene ahora Sánchez: se ha comprometido a un Gobierno de coalición con Podemos sin Iglesias y ahora, si no sabe salir del atolladero, tendría que cumplir. ¿O no?

Lo de dar un paso a un lado es algo ya visto en Pablo Iglesias; bueno, en realidad en el líder de Podemos lo hemos visto ya casi todo, incluso el querer situar en el trono que él no puede ocupar a su sucesora, acelerando la ‘operación delfinato’. Lo que no entiendo demasiado bien es cómo, si Sánchez casi definió a nuestro Ceaucescu nacional como escasamente demócrata, infiel, inclinado a apoyar al secesionismo más allá de lo razonable y otras lindezas más que sugeridas en las comparecencias presidenciales ante los medios esta semana, cambiaría al uno por la otra. Al fin y al cabo, Elena Petrescu iba a resultar tan nefasta para el pueblo rumano como su marido Nicolae.

Yo sé, todos saben, que al presidente del Gobierno en funciones y aspirante a seguir consolidado en La Moncloa desde la semana próxima no le gustan estos manejos de Iglesias. Le irrita, y no me extraña, su estilo. Le sacan de quicios sus maniobras, incluyendo, desde luego, esa consulta a las bases que ya ha quedado, con la ‘dimisión’ (¿de qué?) del líder morado, olvidada como lo que era: algo irrelevante. Alguien, a quien yo considero quizá próximo al presidente, me dijo esta semana: “Pablo (iglesias) se tiene que marchar de la política española”. Lo que yo creo es que, con lo que hizo este viernes a las seis de la tarde, ‘si el obstáculo soy yo, me aparto’, para colocar, eso sí, a sus más próximos en el Consejo de Ministros, Iglesias, más que irse, se quiere quedar en el mejor sitio para él: mandando entre bambalinas y desgastando al ‘jefe’, que es algo que se le da bien.

Creo que Sánchez está recibiendo ya no pocos recados del disgusto que generaría una decisión precipitada en cuanto a un Gobierno de coalición indeseable para casi todos, incluyéndole a él mismo, aunque no para Podemos, Esquerra, Junts per Catalunya y Bildu. A ver, Tezanos, me gustaría saber si los españoles piensan que eso, esa investidura, es lo que votamos hace dos meses.

¿Y la derecha?. Encantada y cegada por haber llegado a un acuerdo en Murcia, que piensa que es casi haberlo logrado también en Madrid, y frotándose las manos por el desprestigio que la izquierda montaraz de una tal Raquel Romero, en su cuarto de hora de ‘prota’, está adquiriendo en Rioja. Pero me parece que los líderes de la derecha moderada también están recibiendo mensajes. No haber facilitado la gobernación en solitario de Pedro Sánchez, a cambio, entre otras cosas posibles, de programa-programa-programa, puede devenir en un error histórico, que tendremos, supongo, que lamentar a posteriori. O sea, como siempre. Y sí, ya sé que Pablo Casado se frota las manos ante el Ejecutivo socio-podemita que parece que nos viene, pensando que pronto fracasará. Pero ¿y nosotros, los sufridos ciudadanos? ¿Qué haremos entretanto?

Si Sánchez no lo remedia a última hora, quizá ya solo nos quede hacer recuento de cuántos ministerios coaligados, y de qué peso, recaerán en Elena Petrescu y sus adláteres. Ese Gobierno, al que no me resigno, sería el resultado de la etapa de negociación –llamémosla así—más descarada, inmoral y vergonzosa a la que yo he tenido que asistir en mi ya larga vida de comentarista político. Ahora, esa negociación, en su recta finalísima, ha de culminar en las próximas 48 horas, según nos sugirió este sábado la ‘negociadora’ socialista Adriana Lastra.

Sí, váyase, señor Iglesias, pero de verdad. Ni siquiera Ceaucescu se atrevió a colocar a Elena como sucesora: se limitó a nombrarla viceprimera ministra, y a ella eso, se decía en los censurados mentideros de Bucarest, le parecía poco. La cosa, claro, tenía que acabar mal. Y lo digo de veras: yo no quiero que esto acabe mal. Ni para Petrescu ni para su marido. Es solo que, precisamente para que esto no acabe mal, ni al uno ni a la otra los quiero en el Consejo de Ministros de mi país, y ya sé que hasta decirlo así me podría costar caro en un Bucarest aquí reproducido.

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