Cuatro años de Felipe VI, cuatro

Enviado por Fernando Jáuregui | 17/06/18

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(Cuatro años de ‘Rey normal’ en una situación anormal)
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Tengo un par de compañeros que ya han comenzado a escribir libros sobre el cambio que puede significar Pedro Sánchez, un hombre que, en apenas cuatro años, desde que asumió por primera vez la secretaría general del PSOE, ha bajado a los infiernos del Dante y ha subido a los cielos de Pedro Duque, que es donde ahora se halla, no sé cuánto de provisionalmente, instalado. Si ya en un libro –y uno lo ha intentado—es complicado sintetizar lo que ni siquiera ha sido un lustro de frenéticas transformaciones, a pesar del Gobierno, imagine el lector lo difícil que resulta, en esta simple crónica, analizar lo que ha pasado, lo que está pasando en una realidad tan poliédrica, ahora facilitada por otro Gobierno.

El caso es, sin embargo, que el próximo martes se celebra el cuarto aniversario de la subida de Felipe VI al trono de España, tras la abdicación de su padre. Luego dimitió Pérez Rubalcaba para ser sustituido por Sánchez; muchas cosas cambiaban…y solo Mariano Rajoy permanecía. Ahora, sin embargo, Rajoy es un ciudadano particular cuyo nombre apenas se invoca si no es para hablar de sus posibles sustitutos en la carrera por el despacho de la calle Génova que se inicia este miércoles, cuando conozcamos quién se presenta a la liza (sería difícil para Núñez Feijoo justificar el no hacerlo).

Rajoy hizo lo posible por taponar los cambios, imprimiendo un no-ritmo desesperante a la política española. Sin embargo, la transformación de España, de la mano de la sociedad civil, se aceleraba gracias a la degradación de la política: la verdad es que, en este momento y comparándola con la de hace solo cuatro años, a España casi no la conoce ni la madre que la parió.

Ahora es el turno de Pedro Sánchez, que ha llegado a La Moncloa como ha llegado, aunque a casi nadie parece importarle a estas alturas el ‘detalle’ de que no haya accedido a la cúspide a través de las urnas, como sería deseable. Sánchez nos propone cambios cosméticos, de alcance para la opinión pública: no hay más que ver la recepción mediática a los inmigrantes del Aquarius –muchos más llegaban por el sur, pero nadie les hacía caso: no venían traídos por el nuevo Gobierno–. O la que se ha montado con el proyecto, que este mismo lunes debatirá la ejecutiva del PSOE, de sacar ya a Franco del Valle de los Caídos– .

Pero el gran tema inmediato, otras cuestiones y operaciones de comunicación aparte, es el de los presos catalanes. No voy a llamarles presos políticos, claro, pero casi estoy quedándome solo. Son un problema de primera magnitud, y sospecho que Sánchez los utilizará como moneda de cambio, en lo que pueda, ante su cercano encuentro con Quim Torra en la Moncloa. Los acercará a cárceles catalanas en cuanto el juez Pablo Llarena, el hombre que casi ha gobernado España en los últimos meses a golpe de toga y de artículo 155, acabe su instrucción. Lo que ocurrirá, dicen, muy en breve. Entonces, sin Llarena y sin 155, y con un Govern incómodo, pero no intratable, empezarán a ocurrir bastantes cosas, sospecho, porque la política –es un decir—llevada a cabo hasta ahora en y con Cataluña no podía mantenerse.

Veremos qué pone en marcha Sánchez –supongo que se lo preguntarán este lunes en TVE—en relación con Cataluña, pero una política de buena voluntad es imprescindible para intentar una nueva ‘conllevanza’, como la que consiguieron, para treinta años, Adolfo Suárez y Josep Tarradellas. Dos pistas: ¿por qué Artur Mas, que puso en marcha todo el endiablado engranaje independentista, predica ahora políticas ‘realistas’? Y ¿qué explica que Puigdemont esté tan callado, a la espera del dictamen del tribunal que decida sobre su extradición a España o no? Hay muchas tesis elaboradas, como meras conjeturas, claro, en torno a estas dos preguntas.

Pero hablábamos del Rey, a quien los independentistas han convertido en el enemigo público número uno de la separación de la ‘República de Catalunya’ del resto de España. Y tienen razón: Felipe VI, que sin duda no pasa por sus mejores días, es el principal baluarte de la unidad de España, y bien harían los partidos constitucionalistas en reforzar la figura del Jefe del Estado, ahora con la tribulación suplementaria de ver, en estas mismas horas, cómo el marido de su hermana ingresa al fin en prisión en medio del desprecio ciudadano. Menuda semanita, otra más, nos espera. Porque la transformación de España sigue, a toda marcha, hacia…¿dónde? Quizá Pedro nos diga algo al respecto esta misma semana. O no.

fjauregui@educa2020.es

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Pedro va a hablar, al fin. ¿De qué?

Enviado por Fernando Jáuregui | 16/06/18


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(Pedro, no nos falles…más))
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Será cosa del ‘omniasesor’ Iván Redondo, pero el caso es que hasta ahora Pedro Sánchez ha guardado tan celosamente el secreto de lo que piensa hacer con su flamante y brillante Gobierno como los pastorcillos de Fátima el mensaje explosivo que dicen que les comunicó la virgen María. Puede que en ambos casos no haya nada, pero lo de Sánchez pertenece a lo que toca de lleno nuestros intereses y, por tanto, en algo habrá de concretarse . Esta semana que comienza, tras unos días en los que la actualidad fue –y no es tópico, no– de auténtico infarto, ¡Pedro Sánchez tendrá que hablar a la opinión pública!. Saldrá en la televisión oficial, en formato aún no anunciado cuando se redactan estas líneas, y comparecerá en su primera sesión de control en el Parlamento. Y uno, que va conociendo el paño pero jamás pierde la esperanza, se pregunta: ¿nos dirá algo, al menos algo, de todo cuanto quisiéramos preguntarle?

Uno, claro, ni estará entre los periodistas entrevistadores –y uno confiesa que bien que le gustaría a uno—ni entre los interpelantes en el Congreso, comandados por el montaraz portavoz ‘popular’, Rafael Hernando. La cosa, tanto por lo que respecta a esta entrevista televisiva como a la sesión parlamentaria, promete muchos titulares: ¿cuándo se entrevistará con Torra y para decirle qué?¿Cuáles va a ser, de verdad, sus relaciones con Podemos, que acaba de proponer, glub, un pacto de Legislatura al novísimo inquilino de La Moncloa? ¿Qué más hay tras la imagen ‘redonda’ de un elenco ministerial que, la verdad, es serio, eficaz y tiene más títulos que el propio presidente?¿Va a seguir siendo todo política de gestos, que es, por otra parte, lo único que permite la aritmética parlamentaria?

A uno le gustaría también preguntarle por cuestiones algo menos…actuales , como si de verdad se va a pensar en el ciudadano a la hora de gobernar, y no en las próximas elecciones. O si promete que les demasías en materia de comunicación perpetradas por el anterior equipo monclovita se han acabado para siempre, y contaremos con unos medios públicos de veras independientes de los poderes políticos –incluyendo al PSOE, claro—y, en cambio, dependientes de los intereses ciudadanos. No son minucias, no, aunque comprendo que el estado de bienestar que puedan aumentarnos o disminuirnos quienes representan al nuevo poder, que ha venido para quedarse, es lo que más inquieta a la buena gente en la calle, que estaba harta de lo que tenía, sí, pero que me parece que necesita pruebas de que ‘los nuevos’ no van a seguir en las mismas.

Estoy seguro de que Sánchez se encaramará a las buenas y grandilocuentes palabras, intentando tranquilizarnos. Pero solamente podrá hacerlo del todo con propuestas concretas, con ideas, con realidades que podamos tocar, como la extensión de la sanidad pública. Que no todo es comunicación ‘redonda’ ni fuegos de artificio ni darle un revolcón desde el escaño a un Hernando que, ya lo verán, acudirá a su cuarto de hora de protagonismo provisto de un cañón de sal gorda y de una máquina averiada de picar carne.

Sí, por fin habla Sánchez. No debería ser noticia la comparecencia de un presidente ante los medios o ante el Parlamento, que es urgente que se revalúe. Debería haberlo hecho muchos días atrás. No es precisamente un campeón de la transparencia ni de la comunicación a media distancia –a corta sí, es simpático; atrae en los primeros minutos–, pero tendrá que aprender a serlo (y para ello no bastan los trucos de magos de la publicidad), para afrontar, y ayudarnos a afrontar, los meses que nos quedan.

Y, por cierto, ¿responderá Sánchez a la pregunta de cuándo piensa revalidar su remontada a La Moncloa con unas elecciones?
La respuesta –que no la habrá, me temo–, también esta semana. Habla, Pedro, habla.

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Pedro Sánchez a por el (mundo) mundial

Enviado por Fernando Jáuregui | 15/06/18

Ya sé, ya sé que ahora todo es pan (y cerveza) y futbol. Hablar hoy de la cansina política española choca, no había más que ver bares y disminución de transeúntes por las calles este viernes noche, con el interés ciudadano. Pero el caso es que la política se cuela por todos los rincones, y ya he contado alguna vez que una flamante ministra, eufórica –no había ocurrido aún el ‘tropiezo Maxim Huerta’—me dijo: “ahora, a Pedro (Sánchez, claro) solo le falta ganar el mundial”. Ahí queda eso, nuestro primer ministro, tan nuevo, conquistando el máximo trofeo futbolístico del mundo mundial. Entiendo lo que la ministra me quería decir: Pedro va a por todas. Pero, para ganar no el mundial, sino el premio nacional del apoyo del respetable público, me parece que habrá de corregir el tiro a puerta, algo el centro del campo y mucho, mucho, la defensa. Y confiar en el árbitro, no intentar comprarle.

Incluso en el futbol los periodistas apreciamos la transparencia informativa, y en esta asignatura Sánchez nos está saliendo deficiente. No a los periodistas, claro, sino a los ciudadanos, que siguen sin saber –y no son meros cotilleos morbosos—cómo se ‘fabricó’ este sin duda buen Gobierno y, sobre todo, cuáles son las metas a alcanzar. En una democracia que se precie de tal los representantes tienen que hablar con los representados, y no solamente a través del plasma y/o del Parlamento, que una cosa son las sesiones de control parlamentario y otra, muy distinta, el lenguaje que hay que emplear cuando te diriges directamente a la opinión pública y publicada. .

Que, hasta el momento de escribir este comentario, PS no haya dado una rueda de prensa ni siquiera de esas descafeinadas aprovechando la presencia de un mandatario extranjero, temo que es algo que nos augura a los profesionales de la comunicación –y, por tanto, a usted, amable lector—una etapa más semejante al ‘marianismo’ que al ‘felipismo’. Y supongo que, a estas alturas, ya debe saber el señor Sánchez que el gran error de la era Rajoy, sobre todos los demás errores, fue su planteamiento, y el de sus colaboradores/as, en materia de comunicación.

Los ciudadanos tenemos derecho a un máxima transparencia por parte de quienes nos representan. Y comunicar con la sociedad no consiste solamente en que los ministros, algunos ministros, aparezcan en sus medios favoritos en plan colegueo con el periodista; es preciso un planteamiento mucho más serio que los volatines a los que al parecer –me informan donde me pueden informar al respecto—es tan aficionado algún fabricante de imágenes que ahora está en el entorno privilegiado del principal habitante de La Moncloa. Sánchez ha de someterse a los medios críticos, y los medios críticos tienen, pienso, la obligación de reclamar, respetuosa pero implacablemente, la presencia del presidente del Gobierno, mucho más frecuente y estructurada que sus antecesores, el último en especial.

Supongo que en los próximos días, una vez asentada esa maniobra mágica que fue la formación del Ejecutivo, su principal responsable comparecerá en eso que se llama rueda de prensa: con preguntas sin límite y sin discriminaciones en la convocatoria. Y quiero suponer que sus apariciones ante los informadores no serán de Pascuas a Ramos, sino con la asiduidad suficiente como para que los medios, que somos los intermediarios con la opinión pública, podamos evaluar la trayectoria de un Gobierno que llegó sorpresivamente, pero que ha concitado, no obstante, el entusiasmo esperanzado de amplias capas de la sociedad. Lo que ocurre es que el entusiasmo es aroma que pronto se desvanece, si no se cultiva. Y entonces, claro, es cuando se pierde el Mundial.

fjauregui@educa2020.es

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‘Cenáculos’ está, ay, de cumpleaños

Enviado por Fernando Jáuregui | 14/06/18

Cuando el cronista se muestra abrumado…

La situación, veloz como una liebre perseguida por el galgo, es tan abrumadora que el cronista casi tiene que volver su vista atrás. Es lo mejor cuando todo cambia; cuando, en diez días, han cambiado el primer ministro, el líder de la oposición, el seleccionador nacional, el ministro de Cultura, la dirección de algunos de los principales medios del país, muchos segundos escalones de la Administración, la presidencia de alguna de las más señeras empresas españolas…Entonces es cuando recuerdas que, tal mes como este, hace trece años, inaugurabas un blog, al que diste el humorístico título de ‘cenáculos y mentideros’, contando que acababa de morir Fraga y que estaba a punto de nacer doña Leonor de Borbón Rocasolano, que iba oficialmente a encarnar el futuro de España. El futuro…

Es precisa una reflexión: ni siquiera el blog, al que se han merendado las redes sociales, ha sobrevivido, aunque uno aún lo mantenga, de una manera digna. Me llama un amigo: que ayer estuvo en una especie de ‘cumbre guerrista’ con motivo de la presentación de un libro patrocinado por quien fue un conocido productor cinematográfico, y me transmite su desolación: . allí todos sabían que eran el pasado, somos el pasado, me dice. Yo también lo pienso, conmemorando para mí mismo, en solitario, este decimotercer aniversario de un blog que cuenta, día a día, cómo, en trece años, este país ha dado la vuelta como un calcetín, pese a una clase política que, como mucho, permitía cambios cosméticos para que todo siguiese igual.

Y así, de golpe, sin que nadie lo hubiera previsto suficientemente –excepto él, claro, que siempre se supo destinado a La Moncloa–, llega la ‘hora Sánchez’. Hace exactamente cuarenta años, aquel 1978 en el que se aprobó la Constitución, acabó la ‘era Suárez’, aunque el que aún era presidente del Gobierno no lo entendiese hasta algunos meses después. No sé si nuestro actual primer ministro, que ha llegado a La Moncloa como ha llegado, entiende cabalmente la que se le viene encina: no ha mostrado aún ser un estadista, sino un mago del ilusionismo. Pero al menos no ha caído en chapuzas contemporáneas, como lo de la casita de la playa de Huerta, ni en el chalet de Galapagar, ni en la mansión de Pedralbes –qué vergüenza, ver a alguien que perteneció, y pertenece de alguna manera, a la familia real, en estos trances–, ni en el pisazo en La Castellana de Zaplana. ..

Y es que en estos tiempos de enorme velocidad, en los que todo se revoluciona, hace falta volver a algunas esencias, a aquello del veraneo con el botijo y el pañuelo de cuatro nudos en la cabeza, que decía el ya mentado Guerra antes de perderse en los meandros del guerrismo. Hay que anclarse en algunos de los valores del pasado para poder encarar y propiciar las grandes transformaciones que exige el inmediato, inmediatísimo, futuro.

Nada hay mas descorazonador que un periodista aplastado por la actualidad. La obsesión por escrutar la corteza de los árboles no nos permite ver el árbol, y del bosque ya ni hablamos. Y encima te llaman ‘jauría’ porque criticas lo impresentable. Hay que serenarse, parar un momento para poder templar los acontecimientos, que se agolpan. Trabajé unos meses en un periódico de Ginebra: era difícil encontrar un titular cada día, porque la normalidad democrática suiza era aburrida. Aquí y ahora, la situación es más bien la inversa: no sabemos si titular con una catástrofe o con la que llega apenas minutos después. Las crónicas escritas por la mañana se quedan viejas, ay, por la tarde. Y debo insistir en que la democracia perfecta debe incorporar una cierta dosis de aburrimiento.

Por eso, querido lector, le pido, por este deslumbramiento ante todo lo que ocurre, nos ocurre, comprensión. Que es algo que ya pedí cuando, hace trece años tal día como hoy, inauguré aquel ‘cenáculos y mentideros’ sin sospechar que allí se iba a contar una parte sustancial de la Historia, que los historiadores considerarán pronto inverosímil, loca, de España. De nuestra España, que nos duele.

fjauregui@educa2020.es

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A Pedro Sánchez le crecen los enanos

Enviado por Fernando Jáuregui | 14/06/18

Mira que siempre hemos pensado que Pedro Sánchez, nuestro flamante presidente del Gobierno, llegado al cargo, hay que decirlo, a golpe de audacia, pero no de urnas, es un hombre afortunado. Y la fortuna es de los que se atreven a desafiarla, incluso hasta la temeridad. Pero, ay, a veces la mala suerte llega. Porque, hace no muchas horas, un miembro del círculo de hierro de PS, tras su fulminante ascenso a La Moncloa, y en medio de negociaciones con buena cara con sindicatos y patronal, con un horizonte no demasiado negro en lo referente a su próximo encuentro con Quim Torra, me decía: “Ahora solo falta que ganemos el mundial”. Sí, porque los gobernantes tienden a atribuirse incluso las victorias deportivas, cuando las hay, culpando de las derrotas al atleta vencido.
Pero ya digo: de pronto, los vientos de locura que imperan sobre este país nuestro, incluyendo –o empezando por– el fútbol, nos lanzaban al torbellino Lopetegui, en plena insensatez gratuita, apostando por el Real Madrid desde su puesto de seleccionador nacional. Y, claro, ha sido fulminantemente destituido, lo que a nadie se le oculta que tendrá repercusiones en el rendimiento de nuestro equipo, que se ve abocado ya a enfrentarse al Portugal de –lo que son las cosas– el aún madridista Cristiano Ronaldo. O sea, que ahora a Pedro Sánchez le va a resultar más complicado ‘hacerse’ con la copa de campeón del mundo, mecachis, con lo bien que le hubiera venido –bueno, no hay que perder todas las esperanzas– fotografiarse repartiendo abrazos al equipo vencedor.
En todo caso, debería nuestro flamante presidente pensar que ‘sic transit gloria mundi’. Como le ha pasado a Albert Rivera con las encuestas, se habrá percatado de que todo es efímero, viento que pasa. Sin Lopetegui, que es un metepatas, pero un buen entrenador, las cosas no serán lo mismo, y nuestra selección ya se siente como gafada, espero, insisto, que sin motivo.
Lo peor es que las cosas, cuando son malas noticias, nunca vienen solas, y ahora resulta que el no menos flamante ministro de Cultura y Deporte –pobre Máxim, aterrizar precisamente ahora en la Casa de las Chimeneas– tiene en su pasado algún asuntillo fiscal que un medio ha tenido a bien divulgar y, así, el hombre que encarnaba la única ‘travesura’ de Pedro Sánchez a la hora de formar su elenco, ha empezado, demasiado pronto acaso, a darnos tardes de gloria.
A ver, que alguien haga con Sánchez lo que los romanos con los aurigas vencedores: que pongan a una persona constantemente ante él que le repita “acuérdate, Pedro, de que eres mortal”. Como Lopetegui. O como Màxim, cuando menos. No somos nada, en fin.

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Rajoy, trotando por la Casa de Campo; y Sánchez ¿dónde fue Sánchez?

Enviado por Fernando Jáuregui | 10/06/18


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((Rajoy ahora se podrá dedicar a lo que le gusta. Merece ya un descanso. Y lo merecemos))
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Ya sé que los medios, y también la opinión pública, son veletas. En diez días todo ha volado por los aires, y ahora, del pasado, solo queda un Mariano Rajoy envejecido, trotando por la Casa de Campo como un jubilado y a la espera de ver cómo le organizan una sucesión que debería haber organizado, tiempo ha, él mismo; en todo caso, el resultado será idéntico, sospecho, y Alberto Núñez Feijoo será el hombre y el nombre del porvenir, y me parece que ninguna mujer. Pero no; lo que apasiona ahora es el presente, que va a marcar el futuro. Estamos a la espera de esa rueda de prensa en la que Pedro Sánchez habrá de convencernos de que hay vida más allá del alumbramiento de un Gobierno recibido con esperanza –es lo menos malo que podía habernos pasado– por todos. Menos, claro está, por los separatistas, Podemos y Ciudadanos, cada uno por sus propias razones.

Lo que pasa es que Sánchez tiene más miedo a la prensa aún que Rajoy, aunque me parece que la respeta algo más. Se ha ganado grandes enemigos en los medios, y de alguno ha empezado a deshacerse. Se comprende que, antes de lanzarse a comparecer plenamente –otra cosa serían apariciones puntuales, a lo Rajoy– ante la muchachada mediática, espere a que sus ministros orienten un poco la aguja de marear, se acompasen y acoplen. Porque no puede ser que los medios separatistas catalanes detecten, con razón, un lenguaje en Batet y otro en Borrell: en Cataluña habrá que hacer una especie de Batell, una síntesis entre el palo-por-principio de Rajoy y la zanahoria del referéndum que le pedirá a Sánchez, porque no le queda otro remedio que hacerlo, el president de la Generalitat, Quim Torra, cuando ambos se encuentren, más pronto que tarde, en La Moncloa.

Así que esta será la semana en la que todos deberán encajar piezas: el PP, con la junta directiva que convocará el congreso del mes próximo para elegir al sucesor de Rajoy, el sucesor de Aznar que sucedió a Manuel Fraga, un hombre que, en estas circunstancias, y después de echar unas cuantas broncas, me parece que votaría por su paisano y sucesor remoto al frente de la Xunta. Ciudadanos, que habrá de meditar en que ‘sic transit gloria mundi’, y que las encuestas, como el laurel de los aurigas vencedores, acaban marchitándose antes de lo pensado: tiene Ribera que redefinir estrategias estos mismos días, y silenciar a sus voceros que insisten en que el Gobierno Sánchez está influido por Otegi, Puigdemont y Torra, algo que no se sostiene y convendría rectificar.

Me parece que tanto Ciudadanos como el PP deberían ir orientando sus tiros a la futura formación de una coalición con el PSOE, que será de centro-derecha o de centro-izquierda, pero siempre de centro: me parecen fuertemente errados quienes airean ya la casi desaparición de la formación naranja, cuando ayer daban a Rivera como el próximo presidente del Gobierno de España.

Y así, todos instalados en el análisis reflexivo. De Podemos solo subrayo la distancia entre aquel Pablo Iglesias que, en enero de 2016, ni dos años y medio hace, se arrogaba una vicepresidencia, los servicios secretos, RTVE, Defensa y que sé yo cuántas cosas más, porque él era la “sonrisa del destino” que iba a permitir a Pedro Sánchez quedarse con la presidencia, hasta este Iglesias hundido en su chalet y mendigando algún segundo escalón en el poder. España merece una formación como Podemos, crítica con el poder e impulsando cambios de izquierda desde el Parlamento –sesteante institución que a ver si de una vez retoma sus plenas funciones– ; pero no merece tener a alguien como Iglesias en gobierno alguno, así que bien está ahí, cociéndose en su propia salsa tras tantas volteretas. Contra lo que dice, no ha sido él, sino los tremendos errores de Rajoy, que los historiadores de lo contemporáneo detallarán, quien facilitó la irregular llegada de Sánchez a La Moncloa.

Y ahora, con Sánchez en La Moncloa, a ver qué pasa. A ver esa reforma constitucional, nunca bien detallada por el PSOE. A ver esas prisiones preventivas de políticos catalanes, que yo sé que a los socialistas (Borrell quizá excluido) tampoco les gustan. A ver, Iván Redondo, ideas más allá de los fichajes estelares en algunos ministerios. Y, claro, a ver esa rueda de prensa, Pedro, no nos falles…nunca más.

fjauregui@educa2020.es

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El Gobierno ha gustado, no cabe duda

Enviado por Fernando Jáuregui | 06/06/18

Claro que la designación del astronauta Pedro Duque como nuevo ministro de Ciencia e Innovación ha provocado numerosas bromas y chistes de ocasión: un Gobierno de altura, un Ejecutivo en las nubes, Pedro Sánchez toca los cielos con su tocayo Duque, han sido algunos de los comentarios que he visto en las a veces no tan ingeniosas redes digitales. Pero es cierto que alguna sorpresa, y la del hombre del espacio ha sido la mayor de ellas, se reservaba el presidente del Gobierno en su particular armario a la hora de los nombramientos. Y, anécdotas aparte, hay que convenir que, en principio, se trata de un elenco ministerial que suena a competente, preparado y con experiencia en sus campos respectivos. Puede que, si está bien dirigido, acabe por no volar apenas a ras del suelo, que es a lo que generalmente estábamos acostumbrados.
Se ve claramente que Sánchez ha procurado atender a tres campos de compromiso que, de una u otra manera, tenía pendientes: el europeo, el de los ‘veteranos’ y el territorial, comenzando por el catalán y siguiendo por el andaluz. No sé si con este equipo cierra las heridas con la Unión Europea (Juncker guardaba viejos agravios de cuando Sánchez se negó a apoyarle como nuevo ‘míster Europa’), con Felipe González, Susana Díaz y Pérez Rubalcaba (creo que no, pero eso ahora importa relativamente poco) y con el secesionismo catalán: sobre esto último, creo que Josep Borrel no es precisamente el favorito de la actual Generalitat, pero no es ahí donde el nuevo ministro de Exteriores tendrá que desarrollar sus funciones, contra lo que hacía (mal) su antecesor al frente de la diplomacia, García Margallo. Será más bien Meritxell Batet, de muy otro perfil, la que se encargue de lubricar las relaciones con la Cataluña levantisca de Puigdemont-Torra.
Es un Gobierno patentemente inclinado hacia el peso femenino, con mujeres que llevan tiempo demostrando su competencia y preparación; por ahí, nada que decir, ni siquiera ante la vicepresidencia otorgada a la exministra (y de nuevo ministra) Carmen Calvo, cuyo perfil no es el de una persona capaz de llevar las riendas de un Ejecutivo en el sentido en el que lo hacían Fernando Abril, Alfonso Guerra, Rodrigo Rato, María Teresa Fernández de la Vega o Soraya Sáenz de Santamaría. Veremos cómo se resuelve el complicado día a día de la coordinación de los ministerios. Y también el de la comunicación externa desde La Moncloa, la gran asignatura siempre suspendida por Mariano Rajoy y su equipo, y a la que Sánchez tendrá que hacer frente, partiendo de la distancia que le separa hoy de una mayoría de profesionales y medios.
En cualquier caso, Sánchez cuenta con personas lo suficientemente preparadas como para asumir, aunque no sea desde un Ministerio, tales tareas de coordinación: José Enrique Serrano, que ya estuvo en Presidencia con Felipe González y Zapatero, es indudablemente una de ellas. Pero hay, desde luego, más. El PSOE está demostrando que, pese a sus querellas internas y sus modos abruptos, tiene banquillo.
Otra cosa es cómo quedan el partido y el grupo parlamentario. Adriana Lastra no es exactamente Margarita Robles, y algunas de sus carencias pueden llegar a ser clamorosas. En cuanto a la coordinación del PSOE, una maquinaria que no está tan bien engrasada como sería de desear, hará falta alguien más que Abalos (que tiene que simultanear nada menos que el Ministerio de Fomento y la Secretaría de Organización), para poner en marcha una formación dividida, acomplejada y que solo muy relativamente se muestra orgullosa por la manera como se ha llegado a La Moncloa.
Luego vendrán, importante fenómeno a tener en cuenta, los llamados ‘segundos escalones’. Comenzando por el fiscal general del Estado -clave para lo que pueda ocurrir en las relaciones con los secesionistas catalanes–, algunas embajadas (tengo la impresión de que un par de ’embajadores políticos’ podrían ser destituidos) y una catarata de secretarías de Estado y subsecretarías, amén de empresas públicas y otros destinos con sus respectivos jefes de gabinete, secretarías… Un total cercano a los tres mil despachos que cambian de inquilino y, esperemos, muchos de ellos también de orientaciones sobre lo que hay que hacer.
Se ha cerrado una etapa que ya acusaba falta de oxígeno. ¿Habremos abandonado el desengaño para ascender por la senda de la esperanza? Tengo mis dudas, pero me niego a sumirme en el pesimismo que ya algunos van predicando: este es quizá el penúltimo tren posible hacia la mejora moral y estética de un país que ya había, menos mal, conseguido superarse económicamente; el último mérito de Rajoy, sin duda.

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Sin Rajoy, con Sánchez…¿hay quien dude de que empieza una nueva era?

Enviado por Fernando Jáuregui | 05/06/18


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(Rajoy, en su despedida, con la gaviota, o el charrán, tras él)
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Los españoles, atónitos, contemplamos cómo ocurren cosas que cambian nuestras vidas a un ritmo desconcertantemente veloz, como a cámara rápida. Mariano Rajoy pasó, en poco más de una semana, de ser el satisfecho presidente del Gobierno que había logrado imponer los Presupuestos a convertirse en un ex, un señor al que una moción de censura echó, primero, de La Moncloa y que, cuatro días después, por voluntad propia, dejaba la presidencia del partido más fuerte, más numeroso y cohesionado de España…al menos hasta ahora, claro.

Los que ganaban, pierden y los que perdían, ganan. Mientras los nombres de los inminentes ministros del Gobierno socialista de Pedro Sánchez iban desgranándose a la prensa, un sollozante Mariano Rajoy, a quien la adversidad parece haber humanizado, se despedía de los suyos: “punto y final” a una carrera política que ha durando cuarenta años, de los cuales seis y medio al frente del Gobierno del Reino de España, quizá la décima potencia del mundo. Ignoro si regresará a ‘su’ registro de la propiedad, y cuando esto escribo ni siquiera sé si pretende mantener su escaño de diputado, aunque sospecho que sí, porque aún le quedan algunas pruebas ante los tribunales y tampoco es cosa de renunciar al aforamiento.

Supongo que llega la hora del elogio relativo. Rajoy ha sido un gobernante sensato, sobre todo –ahí están las últimas cifras de empleo—en el terreno de la economía. Pero no es este el único campo de batalla de un gobernante, y Rajoy ha dejado huecos importantes a la mejora del país en el terreno legal, moral y estético: su cercanía a los ciudadanos a los que representaba ha sido nula, y su encierro en el entorno de los/as pelotas monclovitas, claramente excesivo. Perdió el contacto con sus compatriotas, un contacto que alguno de sus palmeros, por cierto, nunca tuvo.

Pero, en fin, al menos mantuvo unido al gran partido de centro-derecha que es el PP, conteniendo los asaltos –mal planificados siempre y peor aún ejecutados—de los amantes de la derecha ‘dura’ y de quienes, nucleados en torno a su antecesor, pensaban ya en otra cosa distinta al PP. Ignoro si quien reemplace a Rajoy al frente del partido, seguramente Alberto Núñez Feijoo –desde hace años no hay otra posibilidad–, será capaz de detener la sangría que se adivina. Sería bueno, porque España sigue necesitando al PP, aunque no sea, como muchos preveíamos y deseábamos desde hace mucho, un PP liderado por Rajoy, ni lleno de gaviotas y encinas, ni atrincherado en la calle Génova, ni quizá compitiendo con Ciudadanos, sino buscando una coalición con ellos en un futuro mucho más cercano que lejano.

El nuevo PP que salga del congreso extraordinario del mes próximo habrá de prestarse a la colaboración con el actual Gobierno para reconstruir puentes y autopistas rotos, sobre todo con Cataluña. Debo decir que los nombres del Ejecutivo que alumbra Pedro Sánchez me parecen, en principio, al menos sensatos; claro es que también lo dije cuando, en diciembre de 2011, Rajoy anunció los nombres de sus ministros, y ya ve usted lo que ha pasado. El nuevo PP debe ser capaz de renunciar a personalismos y cesarismos excesivos. Rajoy no dejó crecer la hierba bajo sus pies. El nuevo PP ha de ser moderno en cuanto que reformista, partidario de los cambios y de la regeneración del país en no pocos aspectos.

Y nunca, nunca, encerrarse en sí mismo. La agorafobia de Rajoy habría, en mi opinión, de quedar desterrada para siempre. Hay cualidades que el ex presidente del Gobierno y del PP nos ha dejado impresas: deben aprovecharse. Pero hay carencias de las que quien suceda a Rajoy, y pienso que aquel a quien más se cita es político válido e inteligente, habrá de huir como de la peste. Porque todo está cambiando, aunque Rajoy, y sus turiferarios/as, solamente lo hayan entendido demasiado tarde.

fjauregui@educa2020.es

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Una etapa que termina

Enviado por Fernando Jáuregui | 04/06/18

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((almaceno muchos libros, muchos recuerdos. Es el momento de ponerlos en orden y contarlo todo, todo, todo…)
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Nuevo ciclo: todo lo que parecía asentado se desmorona, algo nuevo se construye. El periodista, nuevo o, como uno, veterano, tiene que replanteárselo casi todo: algo nuevo hay que hacer. Llegan nuevos contactos y se van los que estaban, sin duda habrá una nueva política a la que tendremos que criticar y, cuando se tercie, hasta aplaudir.
El sábado dí por concluida la vigencia de mi último libro, ‘El Desengaño’, con una firma en la feria del Libro. Allí se cuenta quién es en realidad Pedro Sánchez, y quién fue, en realidad, Mariano Rajoy. Ahora, hay que seguir los primeros pasos de Sánchez, exigirle, desde la crítica, un comportamiento mejor que el que tuvo Rajoy. Me planteo otro libro más, siguiendo con la tarea de escribir sobre todas las épocas que nos está tocando vivir, a veces demasiado aprisa. Por eso, conviene una reflexión algo más demorada, cuando nos dejen hacerla.
A ello me pongo desde hoy, cuando se cumplen trece años de este blog, en el que se refleja casi un diario de lo que ha ido aconteciendo, que no ha sido poco, en este país nuestro. Gracias a quienes lo han seguido, gracias a quienes se han asomado a los libros escritos en estos ya muchos años de ejercicio profesional. Hoy, ahora, empezamos de nuevo. Como el primer día cuando, allá por 1970, periodistas en prácticas en Europa Press, salí a hacer el primer reportaje de mi vida. Pues que no decaiga.

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¿Pretende Rajoy llevar al PP a la clandestinidad?

Enviado por Fernando Jáuregui | 04/06/18

Ignoro, claro, qué va a ocurrir cuando, este martes, Mariano Rajoy convoque a los dirigentes de su partido. Pero la cosa tiene mala pinta: en el PP parecen empeñados en despeñarse por la senda del error. Votando en el Senado, por ejemplo, contra los Presupuestos que ellos mismos aprobaron y que ahora los socialistas defienden cuando tanto los combatieron: todo con tal de fastidiar a los “traidores” nacionalistas vascos, con los que el Gobierno de Mariano Rajoy se mostró tan pródigo a cambio del apoyo del PNV para aprobar esos Presupuestos que ahora, dicen que para mejorarlos, los ‘populares’ se quieren cargar. Y esta incoherencia presupuestaria no es, desde luego, el único indicio de que en el PP la aguja de marear se ha imantado hacia la locura.

Los aplausos al increíble discurso con el que el portavoz parlamentario del Grupo Popular, Rafael Hernando, cerró, airado, la sesión de investidura en la que Mariano Rajoy fue destronado por Pedro Sánchez, me inducen a pensar que algo no va bien en la táctica, ni en la estrategia, del Partido Popular. ¿Cómo se puede aplaudir y respaldar un parlamento en el que se calificó de ‘golpe de Estado’ y de ‘fraude’ el resultado y la mera presentación de la moción de censura contra Rajoy? O ¿Cómo se puede no criticar desde el propio partido la prolongada ausencia, ejem, de Rajoy del hemiciclo en una sesión en la que se le censuraba formalmente?

El PP tiene que dejar de ser una formación cesarista. Lo fue con Fraga, cuando aquello era todavía Alianza Popular; lo fue, desde luego, con José María Aznar. Y lo ha sido, en grado superlativo, con Rajoy, que ha segado cualquier hierba sucesoria que creciese bajo sus pies. Hace tiempo que, desde muchos círculos –aunque ninguno de los dirigentes del PP, al menos en público—, le susurraban a Rajoy que debía empezar a preparar ordenadamente su relevo; que cuarenta y dos años en el coche oficial son muchos años; y que al frente de la gran formación conservadora, sin duda la más numerosa, organizada y cohesionada del país, hacía falta ya una figura más joven, más reformista, más inclinada al cambio, con otro talante y diferente talento. Que no digo yo que Rajoy no lo tuviese, sino que lo tenía más abocado al cierre de filas que al avance y conquista de nuevas parcelas regeneracionistas.

Me dicen que Rajoy piensa seguir un tiempo, ahora sí ordenando las cosas para un futuro, no lejano, en el que él no estará. Llega muy tarde: esta vez le ha fallado su mágico ‘timing’. Sabe que no podrá ser el cabeza de cartel para las próximas elecciones, sean cuando sean, y creo que asume que será el presidente de la Xunta gallega, Alberto Núñez Feijoo, una persona que tiene cualidades que a Rajoy le faltan, quien más probabilidades tiene de sucederle. Los demás que sonaban, comenzando por la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría, enfrentada a la dirección del partido, que representa María Dolores de Cospedal, saben ya que su vida política quizá esté llegando a su fin.

De ahí la importancia de este primer cónclave del PP tras la derrota. Hacen falta caras nuevas, que no son las de la mayoría de los vicesecretarios que tan fuerte pisaban cuando llegaron; hace falta deshacerse de no poco lastre y, lejos de desdeñar, como se hace, a Ciudadanos, tratar de llegar a un acomodo con la formación naranja. Al fin y al cabo, cunde la sensación de que el próximo presidente del Gobierno, en alianza con Pedro Sánchez, acabará siendo, de una manera o de otra, Albert Rivera: a saber por qué caminos llegaremos a ello, pero llegaremos. Y el PP, para entonces, puede haberse convertido en casi irrelevante, lo que sería una pésima noticia para la estabilidad de nuestra democracia: no quisiera yo ver a Vox, u otras formaciones ‘ultras’ semejantes, encaramarse a las encuestas.

Lamerse las heridas, culpar a todos, menos a sí mismos, de sus desgracias, salir corriendo el que pueda y atrincherarse el que no pueda, a nada les va a conducir a las buenas gentes del PP. Y me temo que Rajoy, que seguramente ahora ve cuánto daño le han hecho algunos/as pelotas en su entorno, es ya incapaz hasta de pronunciar un buen discurso póstumo. Cuanto antes hay que reconocerle los servicios prestados –que los ha habido, y muchos—y hala, que se vuelva a ocupar su plaza en el registro de la propiedad, que bien abandonada la tiene.

Fjauregui2educa2020.es

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